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Juicio Divino: La última Guerra Santa


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23 respuestas a este tema

#1 Rexomega

Rexomega

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Espana
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Aries

Publicado 30 septiembre 2019 - 13:29

Saludos

 

En el mes de octubre del año de 2005 me registré en este foro con el propósito de publicar una historia. Muchas cosas han pasado desde entonces, pero lo que no cambia es mi gusto por este grato lugar y mi ánimo para escribir historias. No se me ocurre mejor época, ni mejor lugar, para publicar mi último trabajo, que en esta ocasión está concluido, con un final ya escrito.

 

Aclaraciones:

1) El ritmo de publicación será semanal. 

2) En cuanto a continuidad, la base de la historia es el manga original. Habrá variaciones, de menor importancia y algunas significativas respecto a los tomos 13, 27 y 28, que serán detalladas a su tiempo. 

3) Aparecerán personajes similares al anime original, pero no son necesariamente los mismos, sino originales que comparten nombre y rasgos.

 

***

 

SAINT SEIYA

JUICIO DIVINO: LA ÚLTIMA GUERRA SANTA

 

Índice

Preludio 

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Parte 6

Parte 7

Parte 8


Editado por Rexomega, 11 noviembre 2019 - 10:51 .



#2 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Signo:
Acuario

Publicado 30 septiembre 2019 - 13:42

¡Saludos!

 

¡Seph_girl aquí, después de una larga, pero larga ausencia...!

 

Y la verdad sólo porque fui invocada para constatar queeeee este fic de Rexomega en VERDAD ya tiene un FINAL.

No será uno de esos fics que queden en el abandono (como frecuentemente pasa), lo he leído como dos veces ya y puedo garantizarles que es muy, muy bueno, pero como con toda buena historia deberán ser pacientes y darle oportunidad a la trama a despegar y desarrollarse, ¡no lo van a lamentar!


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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#3 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,356 mensajes
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Espana
Signo:
Aries

Publicado 30 septiembre 2019 - 13:47

Saludos

 

Preludio.

 

Primera parte. Soñador

 

La Antigüedad, la época oculta detrás de los avances de todas las ciencias, recoge un pasado remoto y oscuro donde la línea que separa lo divino de lo terrenal aún no terminaba de definirse. En aquel tiempo, los todopoderosos seres que crearon y dieron forma a todo cuanto existe, fuera o no conocido por el hombre, descendían sobre la tierra y guiaban con su ilimitado conocimiento y sabiduría a unos pocos elegidos a los que obsequiaban con inapreciables dones. Aquellos seres eran llamados dioses, y sus elegidos ganaron con sus actos el título de héroes.

Hoy, los dioses ya no caminan sobre la tierra; sus ojos han dejado de ver en los seres humanos niños de destino y potencial desconocido, y ya solo distinguen en ellos todo el mal que han causado y que pueden causar.  La Edad Heroica no es más que un frío e inerte recuerdo en el saber de los inmortales, y una sucesión de increíbles leyendas en el de los hombres. ¿A quiénes debe maldecir el hombre, víctima de los males del mundo? ¿A los lejanos dioses, por su abandono? ¿A sí mismo, por no haber estado a la altura?

Sin embargo, el aferrarse a una época anterior de la que se han olvidado los errores cometidos y solo se recuerdan sus bondades no es más que un iluso intento de escape de la propia realidad que se vive; lo es incluso en el momento en que se divide la Historia en eras y se pretende que cada una sea un mundo aparte, aislado sincrónicamente. No hay sentido en culpar a dioses ni hombres de la actual situación de la Tierra, pues los males que la aquejan siguen siendo los de hace milenios.

Ni siquiera los héroes que embellecieron con sus hazañas la historia de sus vidas, y fueron elegidos por los dioses, estuvieron exentos de los pecados propios de los hombres comunes. Heracles, hijo de Zeus, conoció la locura tras el asesinato de su propia familia; Belerofonte, primer y único jinete de Pegaso, solo extrajo de la gloria ambición y arrogancia; Jasón deshonró su palabra por simple conveniencia. Y los inmortales, sin lugar a dudas, sabían de la oscuridad que albergaban los corazones de los hombres a los que con su guía e incluso ayuda elevaron por encima del resto.

La corrupción y el vicio son cualidades tan posibles en la naturaleza del ser humano como lo son la redención y la virtud; tal realidad no puede escapar de quienes son responsables de su creación. Entonces, solo se puede concluir que lo que movió a los dioses a alejarse de la Humanidad no fue la imperfección de esta, pues ya la conocían. ¿Perdieron la esperanza que un día depositaron en el potencial de su obra o…?

 

***

 

—¿Se cansaron de jugar con sus muñecos de barro? —preguntó una voz, cargada de sarcasmo, al vacío. La pregunta fue casi un susurro, pero al ser formulada en medio de la nada, donde no se veía otra cosa que no fuera un monótono negro interminable, resonó con fuerza, como el reclamo a los cielos que en realidad era.  

Dos hombres, uno de mediana edad y otro que todavía podía ser considerado un muchacho, avanzaban por lo que muchos podrían confundir con el vasto exterior, aunque desprovisto de estrellas, planetas, y cualquier otra figura cósmica que pudiera arrojar algo de luz. Caminaban, ciertamente, pero no podrían asegurar que lo hacían sobre cualquier superficie; bajo sus pies no sentían el contacto de ninguna clase de superficie, no era posible distinguir lo que fuera que estuviesen pisando del resto del entorno: el cielo era la tierra, y la tierra era el cielo.

Si existía algo que pudiera empeorar el viajar entre aquella oscuridad, sin nada que ver, sentir u oler, debía ser el silencio absoluto que imperaba en el lugar. A pesar de eso, ninguno hablaba con el otro; no tenían nada que decirse, y no solo porque el panorama no había cambiado en todo el tiempo que llevaban allí, sino porque provenían de mundos demasiado distintos. El adulto, caucásico, vestía un corto quitón, sujeto por un cinto y fíbulas en los hombros; nació en la Grecia que aún no era conocida como tal, durante los últimos años de la Edad Heroica, en Micenas. Por el contrario, el más joven no provenía de ninguna región de Europa sino del Lejano Oriente, con marcados rasgos asiáticos en el rostro; calzando gruesas botas en lugar de sandalias, vistiendo vaqueros y una camisa descolorida sin mangas, había nacido en el siglo XX.

Tiempo y espacio separaban a los dos viandantes, pero ambos eran herederos de la Edad Heroica, tenían una responsabilidad con el pasado y un deber con el futuro que sobre muy pocos hombres pesa. Aquello los había unido en una única misión como compañeros, más allá de las diferencias pudiera haber entre ellos.

—La misión… —musitó el joven, deteniéndose por un instante.

—Parece que hemos llegado —apuntó el aqueo; la voz era serena, al tiempo que firme y clara, digna de la clase de hombre que alguna vez debió dirigirse a amplias multitudes.

El joven no dijo nada; estaba perplejo. De la misma forma en que la luna aparece en el cielo nocturno, una indescriptible edificación había surgido de la oscuridad en un parpadeo. Por instinto la identificó como un palacio, debido a la majestuosidad que simplemente encontraba en ella, pero en realidad no podía compararla con ninguno de los logros arquitectónicos que conocía. En primer lugar, no tenía puertas ni ventanas, como si fuera un monumento más que un edificio; además, su inestimable altura era comparable a la de las grandes montañas que se alzan hasta más allá de las nubes.

La fantástica visión, tal vez una respuesta a la pregunta que hizo sin querer en voz alta, cambió por completo la idea que tenía respecto a las tinieblas sobre las que había caminado con la incertidumbre de si escondían suelo firme o el fondo de un precipicio. Ahora sospechaba que la oscuridad que lo envolvía solo la había entendido como tal tomando como referencia al allende de Micenas que lo acompañaba, y que en realidad lo único que existía en el lugar, aparte de ellos, era el palacio. En verdad habían estado avanzando a través de la nada, lo que indicaba que estaban en el camino correcto.

—¿Qué tan grande puede ser? —preguntó el joven venido de Oriente, dominado por una extraña sensación mezcla de alivio y pavor.

—El hotel Oneiroi[1] tiene un millar de pisos, e incontables habitaciones reservadas para todos aquellos que son capaces de soñar.

—¿Un millar dices, Orestes? Bueno, si la Yokohama Landmark Tower[2] tiene 70, yo me creo que este palacio tenga… Ah, pero seguro que tú no conoces…

Calló; algo no cuadraba. Aunque no había hablado demasiado con el micénico, bastaba escucharle decir una sola frase para asegurar que su voz era distinguible de la de cualquier mujer, mientras que de la respuesta que había recibido podría afirmar todo lo contrario. Dio la vuelta precavido, ya con los puños alzados.

Los soñadores ojos azules y la blanca sonrisa que se dibujaba en el rostro de la mujer que se encontró, le invitaron a romper la postura de combate que había adoptado. Por lo general no era tan ingenuo como para ignorar que un enemigo podía esconderse tras falsa amabilidad, o que la primera impresión no siempre era la correcta, pero en aquel preciso momento ver a alguien, aparte del callado micénico, le pareció tan reconfortante como lo fue el primer vistazo al palacio.

 

—¿Necesitáis ayuda? Conozco este lugar como la palma de mi mano, os puedo servir de guía —sugirió la mujer. La voz era tan suave que el oriental llegó a sentirse mal por haberla confundido con la de su compañero.

Antes de responder, el muchacho buscó la aprobación del micénico. Aquel hombre ni siquiera se había volteado hasta el momento; mantenía la mirada fija en el palacio, ajeno a lo que ocurría o pudiera ocurrir. Quizá escuchando la pregunta, quizá solo despertando del corto trance en el que estaba sumido, Orestes miró por encima del hombro al oriental y la auto-nombrada guía, asintiendo.

—La verdad es que nos sería de mucha ayuda —admitió el joven—. Ni siquiera sé cómo voy a entrar en el palacio y ya estoy preocupado por tener que revisar cada uno de los cuartos del… ¿Qué es tan gracioso? —preguntó con cierto enojo, notando que la mujer parecía estar aguantando la risa.

—Encontrarías más habitaciones en cada piso de este hotel que estrellas en el firmamento  —le aseguró, divertida.

El joven no podía creer lo que oía. ¿Estaba llamando hotel a la residencia de un dios?

—En todo caso, no podéis entrar por aquí. Seguidme.

Orestes y el joven venido de Oriente retomaron la marcha, internándose en la nada. Tener un camino que seguir, marcado por los pasos de la misteriosa mujer, fue de agradecer. Hubo un momento en que el oriental sintió que solo estaban rodeando el palacio —el hotel—, pero un mal paso provocó que el colosal edificio desapareciera de su vista de la misma forma en que había aparecido antes. Por fortuna pudo volver al sendero correcto guiándose por la voz de la guía —que nunca más confundiría con la de Orestes—, y no volvió a dudar de lo mucho que necesitaban su ayuda.

 

Durante la caminata, el muchacho habló largo y tendido con la mujer, olvidando sin querer las debidas presentaciones, o que eran unos perfectos desconocidos. Pronto entendió por qué llamaba hotel al palacio: era el Oneiroi; no la casa de un dios sino la de los sueños, los buenos y los malos. Por cada potencial durmiente había en el interior una habitación reservada para albergar todos los sueños que tuviera en vida.

—No era la primera parada que teníamos prevista —comentó el joven.

Siguieron conversando mientras avanzaban, de muchas cosas y a la vez de nada. De la charla, lo que más llamó la atención del oriental fue la tendencia de la guía a describir el lugar en el que se encontraban con términos que jamás se le habría ocurrido utilizar, como fue el caso de llamar hotel al Oneiroi; por momentos le daba la impresión de que forzaba el uso de aquellas palabras para poder darse a entender.

Orestes, sin ánimo de unirse a la conversación, les seguía manteniendo la mirada en los pasos de la mujer, dando de tanto en tanto rápidos vistazos al Oneiroi. Debido a alguna de aquellas distracciones, fue el último en detenerse ante la torre hasta la que habían sido guiados. Esta, cristalina y con base de doce lados, contenía un cilindro tan negro como la oscuridad por la que viajaban, con espacio suficiente para unas seis personas.

—¿Un ascensor? ¿Es una broma? –exclamó el joven.

—Cuatro torres flanquean el hotel, mas esta es la única que pueden utilizar los seres humanos —apuntó la mujer—. ¿Ha sido muy largo el viaje?

«Esta es la única que pueden utilizar los seres humanos.»

Eso fue lo último que el muchacho quiso escuchar. Por primera vez pudo ver a bien a la mujer, pues ya no estaba rodeada por la nada sino justo enfrente de la torre: el largo cabello negro, el rostro de suave piel clara, el corto y delicado cuello, y la armadura de oscuro color plateado que la envestía. No era la clase de armaduras que llevaron los caballeros de Europa o los samuráis de Japón, sino más bien una propia de los sirvientes de los dioses; en concreto, la suya evocaba a las amazonas de los tiempos mitológicos.

—¿Quién eres? –preguntó, con una recién descubierta desconfianza.

—La guardiana del Oneiroi, por supuesto —respondió la mujer con tranquilidad; no parecía haberse percatado del cambio en el joven—. Mi deber es proteger el palacio de cualquier intrusión que pueda perturbar la labor de sus mil reyes, los Oneiros… ¡Mas vosotros sois visitantes, no invasores! —se corrigió enseguida, temiendo que pudieran malinterpretarla—. ¿Gustáis en seguirme? Mi señor os está esperando.

Para el muchacho no pasó desapercibido que Orestes no se había alterado en lo más mínimo; era probable que supiera quién era aquella mujer desde el momento en que se presentó. Que a aquel hombre, mayor que él y con más experiencia en aquella clase de tareas, no le importara ser guiado por una posible enemiga sirvió para tranquilizarlo un poco. Seguía lamentando lo ingenuo que había sido, pero ya no había vuelta atrás.

Solo después de que los visitantes que guiaba asintieran, la amazona chasqueó los dedos, abriendo una entrada en la hasta entonces hermética torre cristalina. La brillante pared azul se volvió líquida al abrirse como dos cortinas de agua. Ofuscado como estaba, el joven no pudo apreciar en ese instante lo extraño del evento. Una vez cruzaron la apertura, se cerró, reformándose la pared a sus espaldas.

Enfrente, como si el ascensor notara las tres presencias que se acercaban —la de la mujer, quizás, o así pensaba el joven— se abrieron improvisadas puertas mostrando un interior tan negro y monótono como el exterior, excepto por un panel de control con un botón por cada letra griega. Este, luego de que la guardiana del Oneiroi pulsara algunos botones, se hundió en la superficie de la cabina antes de desaparecer.

Y de ese modo comenzó un lento e incómodo ascenso.

 

***

 

Pasó el tiempo sin que nadie se molestara en medirlo.  Orestes estaba apoyado en un extremo del ascensor, y el joven en otro, los dos callados, aunque no por las mismas razones ni con el mismo ánimo. Orestes lucía pensativo, mientras que el muchacho tensaba la mandíbula y endurecía el rostro, repasando mil veces los recientes acontecimientos, maldiciéndose por ser tan confiado en semejante situación.

Entre aquel par se hallaba la guardiana del Oneiroi, tan relajada como había estado desde el  momento en que se encontraron; parecía ajena a las preocupaciones del oriental, lo que lo confundía todavía más.

—¿Queda mucho? –preguntó el muchacho, más por la necesidad de romper aquel molesto mutis que por esperar una respuesta. De hecho, aunque no era del todo consciente de ello, ya había formulado esa pregunta varias decenas de veces.

Como otras ocasiones, la guardiana del Oneiroi se limitó a asentir y sonreír, y el joven volvió a recluirse en sus propios pensamientos; sin poder decidir si podía —si debía— confiar en la mujer, solo eso le quedaba. Se aisló de aquel tiempo y lugar, recordando el camino que le llevó hasta allí, la misión que se le encomendó. Volvió a ver, en la oscuridad de unos ojos cerrados, a los dioses, sus guerras y sus sirvientes, y escuchó más verdades de las que podía comprender, preguntas más allá del entendimiento de cualquier mortal. Buscó un porqué en aquel caos, y solo halló una luz lejana, divina.

«¿Por qué ella es tan distinta a los demás dioses?»

 

—Cada nivel del palacio corresponde a uno de los hijos de vuestro señor, ¿me equivoco? —cuestionó Orestes, interrumpiendo los pensamientos del joven.

—No te equivocas —respondió la mujer—. ¿Por?

—Asegurasteis que nuestro destino se encontraba en lo más alto del palacio y que solo a través de esta torre y con vuestra guía podríamos llegar. Sin embargo, en el mundo inconsciente[3], reino de Morfeo, que se construye y destruye por los sueños y despertares de incontables seres, ascender solo puede significar… 

—Espera, no entiendo. ¿Hacia dónde pretendes llegar? —interrumpió el muchacho.

—Los sueños comunes son denominados falsos; meras fantasías, deseos e ideales formados a partir del ego del durmiente —expuso Orestes, dirigiéndose al joven—. Solo algunos elegidos por los dioses gozan de sueños auténticos, capaces de advertirles de un evento que sucedió, sucede o podría suceder.

—¿Algo así como sueños proféticos?

—Algunos, sí. Morfeo y sus más ilustres hermanos dan forma a estos mensajes oníricos, tan nítidos que resultan indistinguibles de lo que los hombres llamamos realidad, el mundo consciente[4] del que provenimos.  

—Hay sueños falsos y sueños verdaderos, ¿y? —El joven trataba de seguir el hilo de las explicaciones de Orestes, pero los rodeos que daba y su costumbre de decir solo una pequeña parte de lo que pensaba dificultaban semejante tarea.

 —Son mil los niveles de este palacio, uno por cada uno de los hermanos de Morfeo…

—… y uno correspondiente al propio Morfeo y los sueños verdaderos —completó el joven, más por instinto que porque realmente se diera cuenta de lo que estaba diciendo. Orestes asintió, prosiguiendo con sus conclusiones.

—Sí, y ese nivel ha de ser el más alto, al que nos estamos dirigiendo.

—¿El más alto? ¿Por qué?

—Aquel por el que iniciamos este viaje, que es padre del inmortal Morfeo, situó este reino más allá de la vida y la muerte, más distanciado de nuestro mundo que los Campos Elíseos y el terrible Tártaro. Él escogió vivir alejado de su hermano, la Muerte; lejos de todo tiempo y el espacio, en la más profunda sima de la Creación[5].

—Creo que ahora empiezo a entender —dijo el joven, aunque el tono de su voz seguía mermado por la confusión y la duda—. Si el reino de Morfeo se encuentra debajo del mundo y del propio Hades, existen unos sueños falsos y otros reales, y este palacio, hotel o lo que sea, asciende sin duda hacia las alturas mil pisos… ¿Pero cómo podemos saber si arriba y abajo significan lo mismo en este lugar que en la Tierra?

—Nadie conoce el subconsciente del ser humano más hábilmente que Morfeo —afirmó Orestes con convicción—. ¿Acaso no os habéis dado cuenta? Todo cuanto vemos, el palacio, el inexistente paisaje, este extraño medio de transporte que nos eleva, tiene esta forma para adecuarse a ti, el durmiente que nos ha llevado hasta aquí. Arriba y abajo no puede tener otro significado que el conocéis, que el que ambos conocemos.   

El joven negó con la cabeza varias veces. Hasta entonces había asumido que el lugar que buscaban era alguna idílica ilusión, acaso la realización del más profundo deseo de cada uno de sus compañeros, capaz de mantenerlos prisioneros de su propio subconsciente en un sueño eterno. Sin embargo, la explicación de Orestes tenía cierta lógica: asumiendo que todo cuanto veían se adecuaba a ellos, tenía sentido que cuanto más ascendieran, más próximos estarían a la realidad —mundo consciente, mejor dicho— bajo el cual existía el reino de los sueños —denominado por Orestes mundo inconsciente—. ¡Y ellos estaban ascendiendo, quizá hasta el piso que correspondía a Morfeo! ¿Sería posible que la prisión que buscaban fuera en realidad un sueño verdadero, regalo de los dioses para sus elegidos?

 

—¿Tan incómoda os resulto como compañera de viaje? —preguntó la mujer, olvidada por el par de visitantes. El joven, que no esperaba una intervención así en aquel momento, la miró perplejo, e incluso podría jurar haber percibido un fugaz gesto de sorpresa en la faz del estoico Orestes—. Perdonad que lo diga así, mas escuchar tantos rodeos respecto a la planta a la que os guío me hace pensar que estoy siendo una mala compañía. ¿He hecho algo indebido?

—En absoluto… —respondió casi de inmediato el joven con un ligero tartamudeo. «¡Vaya forma de interpretarlo! ¿De verdad sirve a los dioses?»

—Entonces, ¿por qué el estrés? En este lugar —se detuvo un momento para mirar a los visitantes—, ¿no deberíamos solo soñar, sin tratar de sujetar todo a un porqué? Todo instante es agradable cuando se está soñando. ¡O así pienso yo!

Las palabras de la mujer, fuera por el hecho de incluirse a sí misma, la firmeza de su exclamación o el simple tono inocente y natural de su voz, calaron hondo en el joven. Es cierto que se había sentido un estúpido por confiar sin más en una extraña aparecida de la nada, pero eso no hacía mejor el tiempo dedicado a buscar para todo una causa, una explicación que lo dejara satisfecho.  Cambiar un extremo por el otro era absurdo, y él había sustituido su ingenuidad no por cautela, sino por paranoia.

Evitó las miradas de Orestes y la mujer, enfocándose en el negro azabache de la cabina. Poco a poco trató de sacar de su cabeza, por un momento al menos, todas las preguntas que le aquejaban, fueran sobre lo ocurrido en aquel viaje, o de mucho antes. Y al tiempo que vaciaba la mente y dejaba caer el peso de sus dudas, venían viejos recuerdos de tiempos menos complicados, donde todo se reducía a un único y simple objetivo.

 

En la pared que tenía enfrente, el negro se deshacía en un sinfín de colores que adoptaron la forma de la ciudad de Orán, las pruebas inhumanas por las que pasó sin jamás titubear, y el bello rostro por el que había decidido superarlas. Se supo de nuevo capaz de todo, invencible. Veía a rivales palidecer ante la fuerza y capacidad que había obtenido, la mirada de aprobación del maestro ante cada logro; sintió en cada partícula de su ser una fuerza sin límites, sin igual.

Durante seis años pasó por obstáculos que llevarían a la muerte a la mayoría de los hombres, que se cobraron la vida de casi un centenar de niños, hermanos suyos; un infierno para muchos, pero no para él. Consideraba el sufrimiento, por grande que fuera, un precio justo si se trataba de alcanzar un sueño, y cada punzada de dolor solo hizo crecer su confianza en que un día cumpliría el suyo. Aunque hacía mucho que había entendido lo iluso que fue entonces, mientras sentía cómo las estrellas lo separaban del destino heroico que anhelaba, en ese momento…

Se oyó de pronto una voz en la lejanía. El joven parpadeó, algo desorientado; solo al oír que lo llamaban por segunda vez se desperezó. Las puertas del ascensor estaban abiertas de par en par ante lo que parecía ser un inmenso océano con el agua más clara, limpia y cristalina que recordaba. La vista le resultaba aún más reconfortante que el más agradable recuerdo. Hipnotizado, olvidó por un instante dónde se encontraba.  

Un tercer grito llegó a sus oídos, y no necesitó más para entender que debía salir de ahí cuanto antes: ¡el ascensor estaba a punto de descender! También supo, con solo observar el océano una vez más, que debía evitar a toda costa caer en el agua por muy tentadora que la idea le resultara. Oteó el horizonte siguiendo la voz que lo llamaba de vez en vez, y pronto pudo distinguir un puente de cristal deshaciéndose segundo a segundo. El elevador tembló con violencia, dando un tirón hacia abajo.

Sin la sombra de la duda, el joven dio algunos pasos hacia atrás, tomó carrerilla y saltó sin dudar al frente, al punto desde donde lo habían llamado. Era una situación imposible para cualquier hombre, pero solo complicada para un santo de Atenea.

 

 


[1] Los mil dioses del sueño, hijos de Hipnos.

[2] El segundo edificio más alto de Japón desde 2014. Antes de esa fecha podría ser el primero.

[3] Reino de los Sueños.

[4] El universo.

[5] Todo lo que fue creado por los dioses. 

 

 

Como adelanté la fecha de publicación, este sábado 5 de octubre habrá capítulo extra. ¡Hasta entonces!  


Editado por Rexomega, 30 septiembre 2019 - 13:55 .



#4 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Publicado 01 octubre 2019 - 18:49

"Bienvenidos al Hypnos Hotel", así debió llamarse el Capítulo 1 XD
 
Empezando el fanfic con dos héroes cuyos nombres se quedan en el misterio por ahora, entrando a la morada de Hypnos y su gran familia oneira, quien parece que lo pasado en la saga de Hades no le afectó en nada de nada o simplemente no le ocurrió... strange.
 
Aún recuerdo la primera vez que leí esta parte y me alegra que hayas decidido poner en palabras mas simples toda la narrativa, porque uff, tenía que centrarme demasiado para creer que entendía lo que querías contar.
Así pues, aunque es un capitulo muy corto para comenzar una historia larga, los que estén acostumbrados a leer capítulos de manga por semana no tendrán ningún problema :)
Hay muchas palabras clave que hay que tener en cuenta para comenzar a ligar lo que está pasando, pero no puedo dar pistas porque serían spoilers, jujuju.
 
¡Saludos!
 
P.D. Buen cap, sigue así x3

Editado por Seph_girl, 01 octubre 2019 - 18:54 .

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#5 Rexomega

Rexomega

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Publicado 04 octubre 2019 - 18:09

Saludos

 

En una parte del mundo ya es 5 de octubre, así que aprovecho para dejarles el capítulo extra prometido, pero primero:

 

Seph Girl Buen review, ¡sigue así!

 

Iré al Hades por eso... ¡Bienvenida de nuevo a SSF! En comparación al resto de la historia, sé que fui muy reticente a editar estos primeros capítulos. Fueron lo primero que escribí después de tres años de sequía creativa y sentía que no debía cambiar ni una coma. Pero la experiencia y los certeros consejos de Killcrom, quien se encargó de revisar esta parte de la historia, me permitieron aligerar el capítulo sin que se perdiera ese tono que quise para el primer capítulo. Lo que no ha cambiado nada fue la primera media página. Me alegra que la situación se haya vuelto más comprensible. Creo que el cambio fue para bien. 

 

Sobre los misterios, ¿qué puedo decir? Algunas respuestas pueden tardar, pero todas llegan. Si no, ¡será mi culpa y de verdad tendré que irme al Hades! 

 

***

 

Preludio

 

Segunda parte. Sueño

 

Un nombre le llegó, arrastrado por la corriente, y con él, como suele ocurrir con todos los nombres, venía una historia.

Los primeros años carecían de importancia; un huérfano más en la capital de Japón, con una infancia ni mejor ni peor que la de la mayoría. A la mitad de ese período de su vida, donde decenas de niños como él vieron tragedia, él sintió que el destino  por fin le sonreía, pues fue uno de los elegidos para emprender una tarea que solo podía compararse con las proezas de los antiguos héroes. Durante seis largos años, entrenó duramente a fin de obtener un manto protector, nombrado en honor a una de las ochenta y ocho constelaciones; una herencia de la Edad Heroica. Se convirtió entonces en un guerrero sagrado, un santo

De entre cien niños —todos hijos del mismo padre—, él fue uno de los diez que contra todo pronóstico lograron su objetivo. Regresó a Japón cargando en su espalda el manto por el que luchó. Desde ese momento formó parte de una orden que ya en tiempos solo narrados en mitos defendía la Tierra y a la humanidad de toda amenaza en nombre de Atenea, diosa griega de la guerra. No luchó todas las batallas que hubiese deseado; no tuvo ni la fuerza ni la voluntad suficiente, a diferencia de otros cinco como él. Seiya, Shiryu, Hyoga, Ikki y Shun.

Ellos llegaron a enfrentar a terribles adversarios que amenazaban, por uno u otro motivo, la justicia y la paz en el mundo, e incluso la pervivencia de la raza humana. Lucharon, incansables, siempre al lado de la reencarnación de Atenea en aquella época, quien por trágicos acontecimientos vivió durante trece años como la nieta del magnate japonés Mitsumasa Kido, su padre. Ella tenía un nombre: Saori Kido.

Ni siquiera los dioses, los seres inmortales que crearon a los hombres, llegaron a amedrentarlos. Los cinco, osados y valientes todos ellos, acompañaron a Atenea hasta las profundidades del infierno, pasando a través de inefables castigos que innumerables hombres aún sufren, y enfrentaron a quien se había alzado como némesis de esta, si no es que de la vida misma. Él, responsable del tormento sin fin de los culpables de crímenes, unos vanos y otros atroces, así como del eterno retorno de los justos: Hades.

Triunfaron; no podía ser de otra forma. La entereza de sus hermanos fue tal, que la diosa de la guerra logró la victoria frente al más implacable de todos los jueces. Sin embargo, al hacerlo enfrentaron la voluntad de un dios, siendo ellos hombres, y eso tenía un precio. Atenea regresó a la Tierra acompañada por sus campeones, vivos, pero maldecidos por un dios tan terrible como el que acababan de derrotar: Hipnos.  

Escuchaba los nombres, los recordaba. ¿Cuál era el suyo? Aunque la pregunta era sencilla, por momentos se vio incapaz de responderla, y temió haber olvidado quién era. Entonces escuchó una voz en la lejanía, y recordó.

Él era Jabu, hijo de Mitsumasa Kido, santo de Unicornio.

 

***

 

Despertó a la orilla de lo que parecía ser un océano, con medio cuerpo sumergido en aguas frías y tranquilas, silenciosas de un modo antinatural. Por instinto se alejó, arrastrándose. No podía hablar, así que optó por pensar de nuevo en el camino que lo había traído hasta allí, fijándose en cada detalle, repitiendo cada nombre hasta que estuviera seguro de no haberlo olvidado. Era un repaso obsesivo, una tortura que se estaba infligiendo a sí mismo, pero sentía que de no hacerlo, olvidaría algo importante. 

 

—El Leteo lleva vertiendo sus aguas desde que nació de la encantadora Tetis; es terrible incluso sobrevolarlo a escasa altura —comentó la guardiana del Oneiroi.

«Leteo. Uno de los ríos del Hades, del que beben las almas antes de reencarnar, para así olvidar sus vidas pasadas y aceptar un nuevo futuro. —Eran las palabras de un hombre sin rasgos ni nombre; el maestro de Jabu, de quien solo recordaba explicaciones—. Mojarse en él es terrible, incluso si solo se trata de una pequeña parte de tu cuerpo. Los más importantes recuerdos son arrancados por una fuerza a la que no te puedes oponer, y aun si pudieras conservar algunos, sería como si ya los hubieses perdido.»

«Bueno —pensó, incorporándose—. Parece que he tenido suerte, dentro de lo que cabe.» Podía recordar todo, o al menos, todo lo importante. El último suceso empezaba a volverse nítido: había un puente de cristal entre el ascensor y su destino, pero para cuando lo vio ya estaba desapareciendo, y aunque trató de alcanzarlo de un salto, al parecer solo lo logró a medias. «Medio fracaso, medio triunfo.»

—Es una temeridad que un santo de bronce…

Jabu gruñó con enojo. La mujer se estaba dirigiendo a Orestes, menospreciándole a favor del micénico, o así le pareció al principio. Enseguida supo que no podía enfurecerse, no con ella. Su voz, su tono, su rostro, todo en ella le hablaba de preocupación, no de soberbia ni de insultante infravaloración. 

—No debéis sentiros mal, Unicornio —dijo Orestes una vez la mujer se alejó de ambos, tal vez al entender que había ofendido al joven—. Su voz está encantada, encantada por quien  hemos estado buscando.

—Hipnos —susurró Jabu, aún tratando por todos los medios de no olvidar, de no perder algún recuerdo por aquellas aguas malditas.

—Así es. Puede lograr que el más despierto de los hombres, incluso un semidiós, caiga en un sueño ligero. Parecíais despierto, e incluso respondisteis cuando ella nos advirtió que saliéramos de aquel medio de transporte. Las palabras de una sierva de Hipnos sumergen en un mundo aparte a quienes tienen la dicha o desdicha de escucharlas, y ese fue vuestro caso, aunque no nos dimos cuenta hasta cruzar el puente. Es similar al canto de una sirena; ni el más grande de los héroes sería inmune —le aseguró.

Sin más que decir o escuchar, el silencio permitió a Jabu ser consciente de los alrededores. De nuevo se veía rodeado de oscuridad: una densa tiniebla con la que jamás había convivido en el mundo consciente. Sin embargo, sentía que no era la misma negrura que rodeaba el palacio del millar de pisos. Aquella era nada, un vacío al que no podía ni quería mirar. Lo que lo cubría ahora era la inconfundible capa oscura de la noche, una sin luna o constelaciones, dominada por estrellas solitarias, apenas visibles.

Bajo aquel cielo nocturno se extendía un jardín de amapolas y otras plantas igual de hipnóticas, aunque desconocidas para él. La hierba era suave, siempre inclinándose hacia las aguas que había más allá de  aquella tierra. «Nos encontramos en una isla en medio del olvido —pensó, sorprendiéndose al notar somnolencia aun en los pensamientos.» Trató de desperezarse moviendo la cabeza de un lado a otro,  y lo único que consiguió fue que los aromas del lugar le llegaran con mayor intensidad, inspirándole, junto al resto de la atmósfera, el deseo de echarse a dormir.  Pensó por un momento en someterse sin prestar resistencia a un sueño prometido, placentero y pacífico, donde ya no habría dudas, ni dolor, ni preocupaciones. El silente océano formado por el fluir del río del olvido se le antojó un paraíso, y quedó tentado en ofrecerle de forma voluntaria los recuerdos a los que antes se había aferrado.

—¿Dónde nos encontramos? —preguntó Jabu, alzando la voz todo lo que pudo, como si quisiera despertarse a sí mismo—. ¿Qué piso es este?

—Podría decirse que nos encontramos en la terraza del hotel. El Urano de esta tierra de sueños. La bóveda celeste del Oneiroi —respondió la mujer. A pesar de la distancia que los separaba, las palabras llegaron a su mente con perfecta claridad sin que gritara o siquiera alzara la voz; una voz encantada, en verdad.

Que la sierva de un dios usara palabras tan modernas como hotel seguía siendo chocante para Jabu; quizá por eso la mujer había usado más de un ejemplo, o tal vez lo hizo porque ella misma no estaba familiarizada con aquellos términos, dado el modo en que los pronunciaba. En todo caso, no eran necesarios más ejemplos. Después de todo, un vocabulario más próximo a su época le ayudaba a entender mejor el mundo inconsciente. Partiendo de la teoría de Orestes, por la que cada piso del palacio era más cercano al mundo consciente, era lógico pensar que más allá de todos los pisos hubiera un techo que separara ambos mundos, un nexo entre el sueño y la vigilia como lo sería el mismo acto de dormir, que Hipnos encarnaba. 

Las cavilaciones del santo se interrumpieron con una visión inesperada. De pronto apareció una mansión, colosal y majestuosa en los lejanos recuerdos de su infancia, a pocos metros de donde se encontraban. De hecho, desde un principio fueron las luces de la vivienda las que le permitieron ver con claridad cuanto le rodeaba.

«Siempre estuvo ahí, solo que hasta ahora me doy cuenta.»

Jabu avanzó hipnotizado por lo extraño que era ver aquella casa en un lugar como aquel, así como por la nostalgia que le producía ver de nuevo la mansión de los Kido. Orestes y la mujer le siguieron, entrando en la vivienda sin mediar palabra.

 

***

 

Ya en el segundo piso, frente a la puerta del despacho, Jabu comprobó que sus compañeros lo habían seguido. Tenía la cabeza ida, como cuando no era más que un niño de siete años en una casa que era idéntica a aquella, si no es que eran la misma. Se había empezado a sentir así desde que entró en la mansión. Lo primero que vio fue el busto del señor de la casa, al fondo del recibidor, y mientras la recorría siguió sintiéndose observado por él, sabiendo que lo recriminaba por el héroe que nunca fue.

Al girar la cabeza vio al serio Orestes, que observaba todo aquel lugar, ajeno a su época, con genuina curiosidad. Vio también a la guía, que le recordaba lo pequeña que era la mansión de los Kido frente al inmenso hotel de los sueños.

Sonriendo sin apenas darse cuenta, Jabu abrió la puerta.

 

Se encontró con las mismas estanterías con los mismos libros, todos con apariencia de haber pasado por demasiadas manos a lo largo de demasiado tiempo. El mismo desorden sobre la única mesa que había en el despacho, llena de documentos sobre diversos autores sobre los mismos temas, así como anotaciones de la mano de una única persona. Junto a tal montaña de papeles, la vieja máquina de escribir seguía apoyada en el borde, de tal modo que un mal movimiento bastaría para que cayera al suelo. Detrás de la mesa vio el desgastado sillón, firme a pesar de los años, sobre el que un sabio hombre pasó incontables días y noches, la mitad de una vida.

No vio al hombre, el dueño de aquella mansión. Su padre, Mitsumasa Kido, no estaba presente. Había otra persona en su lugar, detrás de la mesa, mirando hacia la ventana.

—Lamento mucho la tardanza —se disculpó la mujer, quien seguía junto a la puerta.

—¿Qué importancia puede tener el tiempo en un reino que es más antiguo que Crono? —La voz era neutra y poderosa. El tono, cargado de la misma calma y suavidad de la mujer, si no es que la de las aguas del Leteo—. Antes de tu llegada era pronto, después de tu llegada sería tarde. El momento siempre estuvo en tus manos, mi pequeña Ifigenia.

Jabu miró hacia atrás, encontrándose con el rostro de la mujer, bello incluso entre aquella mezcla de alivio, pena y rubor. Mientras volvía la mirada hacia delante, sin necesidad de un espejo se supo también ruborizado; hasta aquel momento ni siquiera le había preguntado cómo se llamaba. «Ifigenia.»

En cuanto pudo ver la cara del anfitrión, escuchó un nombre, uno que no revelaba historia alguna, sino la condición divina de aquel.

En un sentido estético, su forma y apariencia reforzaban tal certeza, pues solo un ser divino podía reunir, de manera tan prodigiosa, la juventud de un efebo, la madurez y entereza de un hombre adulto, y la sapiencia del más venerable anciano. Y había más, algo que no captaba a través de los sentidos —fueran cuales fueran los que utilizaba en aquel reino—. Era una sensación inexplicable e incomprensible para él, más profunda que cualquier pensamiento que había tenido, y tan pura como el sentimiento que le permitió sobrevivir a los seis años de entrenamiento que lo convirtieron en santo.

«Santo.» Desde el día en que decidió creer en algo, siempre debió obediencia a Atenea, Saori Kido, y el resto dioses se convirtió en un sinfín de nombres de los que podía renegar. Incluso podía restar importancia a la forma, por perfecta que fuera. Sin embargo, no podía rechazar la divinidad del ser; al contrario, la aceptaba sin reservas. No hacían falta explicaciones, ni mucho menos una vana muestra de poder. Él podía sentirlo porque tenía un alma, la esencia divina que mueve la voluntad de todo hombre. Y su alma estaba reaccionando frente a algo de similar naturaleza.

Nombre, forma, y sentir precedieron a una última realidad que no requirió ser aprendida, sino recordada. Lo que veía era sueño. No se encontraba frente al rey de una parcela de la Creación, ni ante la encarnación de alguna fuerza universal, sino al mismo hecho de dormir y estar soñando personificado en un ente con la apariencia de un hombre. Aquella verdad se traducía en las oscuras prendas que lo envolvían, tela extraída de la misma noche que dominaba el exterior de la casa, y en el color de sus cabellos, semejante a la arena mágica que, según la vieja leyenda del Sandman, depositaba sobre los ojos de los hombres para adormecerlos.

Él  era el dios al que habían venido a buscar.

—Os saludo —dijo Orestes—. Padre de los Mil Ensueños; Señor de Morfeo, Formador de Sueños; Vástago de la Noche; Estrella Dorada del Primer Cielo; Hipnos.  

—Acepto tu saludo, Orestes el matricida —dijo el dios—. Te doy la bienvenida a mi casa a ti y a tu tímido compañero, podéis sentaros.

Tras un parpadeo, Jabu sintió que algo había cambiado en el despacho, aunque no podía descartar que no se hubiese fijado antes. Frente a la mesa había ahora dos sillas, lo que excluía a Ifigenia. Se sentó solo cuando Orestes e Hipnos lo hicieron, poco antes de percibir una taza en la mano del dios. «Huele a café.»

Negó con la cabeza, resuelto a tomar como naturales semejantes cosas. «Si la residencia de un dios se llama hotel, me puedo creer que tome café, ¿no?» Al terminar, se encontró con que miraba de nuevo a Ifigenia. La guardiana del Oneiroi seguía de pie, tan relajada como siempre. Le sonrió, y él volteó tan rápido que se sintió mareado.

Por fin libre del hechizo inherente a la divinidad de Hipnos —no podía seguir hipnotizado después de verlo dejar una taza de café en la mesa—, lo miró a los ojos y se dispuso a hablar, a exigir la liberación de sus cinco hermanos.


Editado por Rexomega, 05 octubre 2019 - 12:47 .



#6 Seph_girl

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Publicado 05 octubre 2019 - 13:06

La parte 2 que titularé "Hola Jabu"
 
So, sí pasó lo de Hades, pero después de eso todos ellos quedaron malditos, no solo Seiya.
 
"Leteo" mencionado desde el preludio parte 2, recuerden ese nombre x3
 
Siempre me gustó que la reunión con Hipnos fuera en un lugar que simulaba ser el despacho del viejo Mitsumasa Kido. La sola idea de ver a Hipnos sentado en un lugar tan emblemático me agrada.
Y el que Jabu se  altere por verlo "tomar café" me da risa, jaja seguro hasta la taza tiene el logo de Starbucks, pero nadie lo menciona... Le daría un paro cardíaco al niño si el tipo de repente el dios sacara un Iphone o algo así XD
 
Y ya, hemos descubierto los nombres de los personajes y la razón de estar allí. ¿Lo lograrán? No es fácil hacer un trato con un dios, y casi siempre terminan con resultados sepsuales x3 (lo pongo así a propósito... no sé si hay prohibición de ciertas palabras)
 
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P.D. Buen cap, sigue así x3

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#7 Rexomega

Rexomega

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Publicado 07 octubre 2019 - 12:34

Saludos

 

¡Empieza la semana y ya viene otro capítulo! Pero primero la sección ¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl. En efecto, como les dije, hay detalles de la historia que ocurrieron de diferente forma al original, en especial durante los tomos 13, 27 y 28. ¿Hasta qué punto? Lo sabrán leyendo, por supuesto.

 

Uf, ¿recordar a Leteo? ¿Eso no es una paradoja? ¡Si es el río del olvido! Bueno, desde luego, más dura es la tarea que tienen nuestros héroes por delante. A pesar de los años (y todo escritor sabe lo mucho que pesan los años a la hora de leer lo escrito tiempo atrás), todo lo referente al Reino de los Sueños, incluido el aspecto del lugar en el que se encontrarían nuestros héroes con Hipnos, me sigue gustando y me alegra que sea compartido. Sin embargo, no creo ser capaz de poner a un dios griego con un Iphone, esa clase de libertad creativa se la dejo a Rick Riordan.

 

Un momento, resultados sexuales, la mansión de Mitsumasa Kido, un dios griego… ¡Corre, Jabu! ¡Corre por tu vida!

 

***

 

Preludio

 

Tercera parte. Sueños

 

Para Jabu, el despacho de su padre era el último sitio en el que habría pensado para cumplir la más grande misión que se le había encomendado. Por cada intento de hablar, veía algún detalle en la habitación que le recordaba su infancia con una dolorosa nitidez.

—¿Cuál será la primera pregunta, Unicornio? —Hipnos sentado en un sillón de cuero negro, idéntico a aquel desde el que Mitsumasa Kido había estudiado innumerables mitos y leyendas: viejo y muy usado, mas digno en tal antigüedad.

—¿Por qué este lugar se parece tanto al despacho de mi… de Mitsumasa Kido?

Los ojos de Hipnos, de un dorado sobrenatural, atravesaron el espacio entre los dos visitantes hasta llegar a Ifigenia, que no tardó en ponerse al lado del escritorio.

—¿Recuerdas aquella conversación que tuviste con tu amigo en el ascensor?

—Desde luego —dijo Jabu—. Tratábamos de entender el porqué de todo.  Por qué aquel mundo funcionaba del modo en que lo hacía, por qué estábamos subiendo…

—Tu amigo… ¿Orestes? —Jabu asintió, aunque no escogería esa palabra para referirse al micénico—. Él estaba en lo cierto cuando dijo que todo cuanto veíais eran imágenes que vuestra mente os daba para poder comprender algo que no se supone que deba comprenderse. El Oneiroi se ha estado adaptando al durmiente, como siempre.

—¿Y seguimos bajo las mismas leyes que en el hotel de los sueños? —preguntó Jabu.

—El hotel de los sueños, suena bien —dijo Ifigenia, antes de dar un vistazo al despacho y añadir—: Creo entender que este fue el lugar donde un hombre de mucho poder y riqueza decidía asuntos importantes, puede que un comerciante. Si alguien ajeno a su círculo personal entra en una casa así solo puede ser con la intención de hacer un trato, de llegar a un acuerdo con él. ¿Podría ser que tu mente expresa tus intenciones hacia el señor Hipnos dándole esta forma a su hogar?

Ifigenia hablaba de forma algo atropellada. Era como una muchacha aficionada a las historias de detectives que trataba de resolver un misterio tal y como veía hacer a sus héroes, solo que sin la capacidad y experiencia necesarias para expresar sus conclusiones de forma adecuada. Y es que, a parecer de Jabu, aunque había cierta lógica en las deducciones de Ifigenia, también dejaba para sí mucho de lo que pensaba para llegar hasta ellas. En ese sentido, era muy parecida a Orestes.

—Quizás —fue lo único que pudo decir.

Hipnos guardaba silencio, dejándole la impresión de que no sería él quien respondería sus dudas. Jabu, aunque se sentía a gusto hablando con Ifigenia, no pudo evitar imaginar lo que había detrás de eso. Un dios menospreciando a un mortal, al punto de  tal vez considerar indigno responder las dudas de un simple hombre.

—Eso es todo, Ifigenia. —dijo Hipnos de pronto—. Puedes retirarte.

Casi demasiado tarde, cuando solo un paso separaba a Ifigenia de la puerta del despacho, Jabu dio un grito sin significado. Los dedos de la mujer rozaban el picaporte.

—Espera. Necesito que me respondas otra pregunta, una que solo tú puedes responder… —En ese momento no era consciente de que estaba de pie, dándole la espalda a un dios para hablar con su sierva con una excusa terrible.

—El tiempo es oro —citó Ifigenia, a un tiempo severa y simpática—. No hay ser en la Creación a quien esa frase defina mejor que al señor Hipnos, una vez despierto.

—¿Sois enemigos de Atenea? ¿Somos enemigos tú y yo?

—No. —Ifigenia no necesitó pensárselo ni pedir la aprobación de Hipnos—. Mi señor no tiene enemigos, del mismo modo en que no tiene aliados. El sueño es, para todos los que tienen el privilegio de poder soñar, tan equitativo e inevitable como lo es la muerte para los mortales. No, ni Atenea, ni Poseidón, ni los dioses que ya no caminan sobre la Tierra son enemigos del señor Hipnos, así que tampoco son mis enemigos.

La mujer se retiró con una sonrisa, una que no era necesaria tras tan alentadoras palabras, pero de la que Jabu no pensaba quejarse.

 

Una vez se cerró la puerta, Jabu dio la vuelta, encontrándose con que Hipnos no parecía en absoluto molesto por la situación. Aquello, más las pocas veces que lo escuchó hablar con Ifigenia, lo llevó a preguntarse si la relación que lo unía con Ifigenia no era la de dios y sierva, sino una más familiar, la de padre e hija.

—Imagino que sin ella no os queda más remedio que hablar con este santo de bronce, ¿no? —espetó mientras se sentaba.

El hijo de la Noche tomó un sorbo de café antes de contestar. 

—Hablar puede ser algo agotador, Unicornio, sobre todo cuando necesitas que alguien entienda lo que dices. Ifigenia sabe interpretar los sueños de los hombres, ella podía responder tus preguntas del modo en que debían ser respondidas.

—Es mejor que los mortales hablen entre ellos, ¿no es así? ¿Para qué fui hasta aquí si…? —A media pregunta, Jabu ya podía vislumbrar la respuesta en la neutra expresión de Hipnos. Era él quien se había reusado a ser tratado por la sierva en lugar del dios. El orgulloso, el que tenía altas miras y había menospreciado a Ifigenia era él

—Ya que no será Ifigenia quien responda tus preguntas, Unicornio, quisiera amenizar esta conversación. Olvidemos la diferencia entre dioses y mortales. Te concedo a ti, hijo de un hombre y una mujer, el derecho a tratarme de tú.

La propuesta del hijo de la Noche, tan franca y directa, sorprendió a Jabu. Asintió tan pronto como salió del shock, concordando en que hablar de tú a tú haría las cosas más fáciles, o al menos, todo lo fáciles que podrían ser. 

—¿Cuál será la siguiente pregunta, Unicornio?

—¿Dónde están mis hermanos? Sé que en el reino de Morfeo existen sueños falsos y reales, unos no son más que fantasías e ilusiones y los otros son visiones del pasado o el futuro que los dioses dan a sus elegidos. También sé que mis hermanos han vivido un sueño real durante todos estos años, y que vos… que tú les diste ese castigo debido a algo que sucedió en la última Guerra Santa.

—Tus hermanos se encuentran en un sueño real, tal y como te dijo Orestes, solo que no se trata de una visión del pasado, el futuro o el presente. Una ucronía.

—¿Una qué? —exclamó Jabu, que lamentando la ausencia de Ifigenia, buscó respuestas en el callado Orestes. El micénico negó con la cabeza, tampoco le sonaba de nada.

—Pegaso, Dragón, Cisne, Andrómeda, Fénix y tú, Unicornio, sois hijos del mismo padre. Es por eso que el Hado te ha llevado hasta aquí, porque solo tú podrías entender mi acción. Mitsumasa Kido quería a sus hijos, tanto como amaba al mundo y al género humano. Encontrar al moribundo Sagitario con la reencarnación de Atenea en brazos fue el momento de mayor dicha y angustia de su vida.

—Gracias a ese momento conocimos a Saori Kido y llegamos a convertirnos en santos de Atenea —reflexionó Jabu.

—Desde que Zeus se sentó en el trono de Crono y reunió a todos los inmortales a su alrededor, nos hizo saber que lo único que frena el orgullo desmedido es un choque con la realidad. ¿Qué podía ser más apropiado para tus hermanos que vivir una vida sin Atenea ni su condición de santos?

—Ser santos es nuestro destino, ¿qué pretendes lograr negándonoslo? —Conforme entendía a dónde quería llegar el dios, Jabu empezaba a perder la compostura.

—No se trata de destino, Unicornio. No guardo interés alguno sobre lo que acontece en los reinos de los hombres y los dioses. Solo existe una excepción: los Campos Elíseos, la más perfecta comunión entre mi mundo y el vuestro, creado por Hades como destino final de las almas puras; el más sagrado de los reinos, mancillado por la guerra.

—¡Si la Guerra Santa debió llegar a esos extremos  fue por…!

—Esperanza —interrumpió Hipnos, sereno en contraposición a la creciente indignación de Jabu—. ¿Te has preguntado alguna vez por qué vuestros mantos deben reposar en una Caja de Pandora? Son Esperanza, un bien que hace que los santos de Atenea jamás desfallezcan, por muy terrible que sea el enemigo; un mal que impide que sean conscientes de las consecuencias de seguir avanzando.

—¿Debieron rendirse a la voluntad de Hades, acaso? Yo no estuve ahí, pero de haber estado, de haber podido luchar, también habría avanzado hasta las últimas consecuencias. Para eso nací, para eso vivo.

—No, Unicornio. De haber luchado en el infierno, incluso si hubieras tenido el poder necesario para ello, habrías muerto antes de llegar a los Campos Elíseos. Eso es lo que diferencia a los santos de oro de los de plata, y a estos de los de bronce, a cuya casta tú perteneces: la esperanza de lograr el triunfo de los ideales por los que luchan, incluso cuando carecen de la más mínima oportunidad.

—Ese discurso… —carraspeó. Necesitaba un segundo para contener la furia que la soberbia del dios le provocaba. No quería gritar, eso sería admitir la derrota—. Al menos cinco santos no están de acuerdo: Seiya, Shiryu, Hyoga, Ikki y Shun. 

—Piensas por ello que toda regla tiene excepciones, y estás en lo cierto. La traición de Saga de Géminis al Santuario y a Atenea condenó las vidas de cinco santos de oro. Sagitario, Acuario, Capricornio, Cáncer y Piscis. El Hado restableció el equilibrio con tus hermanos, Unicornio; ellos debían expiar el pecado de Géminis y asegurar la victoria de Atenea en la Guerra Santa.

—¿Qué…? —musitó, de pronto apagado. La verdad que Hipnos le ofrecía era un insulto a todo lo que creía, pero también era la verdad—. Ya veo. El propósito real de todo esto no es castigar, sino evitar males mayores. Impedir que la Esperanza siga motivando a esos cinco santos de Atenea a alterar más aún el orden de las cosas.

—Si un hombre supiera que el mal que aqueja el mundo podría terminar por una acción suya, es razonable pensar que debe llevarla a cabo. Mas ¿y si lo que separa tal acción del fin de todos los males es la peor y más sanguinaria de todas las guerras? Si el hombre tiene conocimiento del futuro, sabe entonces que de no hacer nada seguirá viviendo la misma vida que ha soportado, y también sabrá que esa guerra nunca se dará.

—¿Una guerra entre los dioses y los hombres? —sugirió Jabu.

—La rencilla eterna entre padres e hijos que se extiende desde la separación entre el Cielo y la Tierra nunca fue, ni será jamás, final de algo, sino avance —respondió Hipnos como sutil negación, para sorpresa del muchacho. 

El silencio dominó el despacho, trayendo consigo la duda y las preocupaciones de quienes tienen tiempo para pensar. Jabu, cabizbajo, caviló sobre las implicaciones del discurso de Hipnos. ¿Podía creer que el castigo sobre sus hermanos servía para evitar un conflicto peor que la Guerra Santa contra Hades, que la rebelión de Saga y la batalla contra Poseidón? ¿Y en qué podía consistir semejante conflagración? El dios había negado que se tratara de una guerra entre el Olimpo y los hombres.

«No importa —se dijo, resuelto—. Mi misión es liberar a mis hermanos, nada más, nada menos. Solo hay una pregunta que necesito ver respondida: ¿lo harás por propia voluntad o tendré que obligarte a golpes, dios del sueño?»

Miró a Hipnos con los ojos entornados, sin encontrar el valor para formular esa simple pregunta. Avergonzado, se encontró rezando por que aceptara. No había Esperanza en su pecho que le hiciera creer que tendría alguna oportunidad si no era así.

—No habrá liberación para mis hermanos… —dijo Jabu, más afirmando que cuestionando, y a pesar de ello, se permitió creerse equivocado unos segundos más.

Hipnos tomó de la taza antes de responder, tardando esta vez algo más de lo habitual. Para Jabu, ver al dios del sueño bebiendo café resultaba más extraño e hilarante en cada ocasión. Era un gesto demasiado cotidiano —demasiado humano— para una entidad tan poderosa, tan antigua. Empezaba a preguntarse, cuidándose de no hacer ningún comentario, si tenía algún significado, como el ascensor del Oneiroi

—No.

Hipnos no hizo ruido al devolver la taza al platillo sobre el escritorio; en realidad, nunca lo hacía, excepto cuando hablaba. Por el contrario, la reacción de Jabu generó un sonido que reverberó a lo largo de toda la estancia, como si al golpear la vieja madera hubiese provocado un terremoto; era un milagro que la mesa siguiera de una pieza.

Jabu, dominado por toda la cólera que había tratado de contener, entendió en ese momento por qué Hipnos pidió que lo tuteara: ¿qué sentido tenía cualquier otro trato, si detrás de él, en lugar de devoción o respeto hacia un dios, solo habría hipocresía? Después de todo, Jabu de Unicornio era solo un mortal más con exigencias, y toda la cortesía que estaba dispuesto a mostrar quedaba condicionada a si se cumplían o no.

 

Fue en ese momento, cuando Jabu amenazaba en vano al imperturbable Hipnos, cuando Orestes decidió intervenir:

—Vos no sois un hombre. Vuestro papel no es el de impedir la Gran Guerra, ni tampoco auspiciarla. Ese dilema solo existe para alguien regido por la Esperanza o la Desesperación, un ser humano en otras palabras, y no en un dios que alegremente vive la eternidad sumergido en pura e ineludible Necesidad. Lo que deseáis es esto.

Un destello dorado llenó la habitación, cegando a Jabu. Fue un instante fugaz, como si se hubiese encendido y apagado el interruptor de la luz. Aquel fenómeno, del que Orestes era causante, provocó un nuevo cambio en el despacho: a los pies de los visitantes había dos cofres metálicos; el primero, junto a Jabu, tenía la cabeza de un unicornio en relieve, mientras que el que apareció a la diestra del micénico mostraba una corona, y estaba abierto. De este último emergió un pergamino.

—Asegurar que la Gran Guerra no afecte a la pervivencia de este reino, que se dé en el momento y lugar adecuados. Ese es vuestro papel. ¿Me equivoco?

Apartado del escenario, Jabu observó cómo Orestes desenvolvía el pergamino sobre el escritorio sin esperar una respuesta de parte de Hipnos. Trató de leer el texto, de tinta color esmeralda y brillante, pero acabó desviando la mirada hacia la hoja, finísima y de un color más parecido al de la piel humana que al papel al que estaba acostumbrado.

Hipnos leyó el manuscrito con la serenidad que lo caracterizaba, tan cercana a la pereza y el desgano de los hombres, aunque sin llegar a ese grado de vulgaridad. Conforme lo hacía, tomó otro sorbo de café, sin apartar la mirada del texto. Al final de la lectura, a Jabu le pareció ver una sonrisa tan tenue como fugaz en el rostro del dios. El contenido del pergamino parecía haber llamado la atención de Hipnos, quizá lo suficiente como para ser el pago adecuado para la liberación de los santos que había maldecido.  

Al menos, eso era lo que Jabu quería creer.

Con rapidez, sin por ello perder la elegancia, el dios tiró de uno de los cajones del escritorio. Jabu escuchó de repente sonidos que le recordaron incontables amaneceres golpeando un despertador en la vieja posada de la ciudad de Orán, antes de que pudiera despertarse por sí mismo. Resultaba extraño: hasta ese momento, ya estuviera alzando o bajando la taza de café, o acomodándose en el desgastado asiento, Hipnos no emitía más ruido que el de las palabras que pronunciaba, y ahora ese silencio, ya fuera fruto del poder o de la habilidad, se rompía con un ruido incesante, parte metal chocando contra la madera, parte timbre. No creía que se debiera a la torpeza del dios, desde luego, sino que, lo que fuera que estuviese buscando, sin duda había sido creado para causar ruido.

 

—Otro —susurró Jabu. Tras el constante golpeteo metálico en el cajón del escritorio, esperaba cualquier otra cosa antes que ver cómo Hipnos dejaba que un pergamino se extendiera hacia los dos visitantes. Era casi idéntico al que Orestes había sacado, solo diferenciándose en el color de la letra: tan dorada como los ojos del dios.

—Acepto el trato del dios de Orestes de Micenas, Unicornio. Mas solo tú puedes aceptar lo que yo ofrezco a cambio, pues eres el Soñador.

—¿Y qué ofreces, si se puede saber? —inquirió Jabu. Hipnos señaló el pergamino, siendo suficiente una ojeada para que el contenido se insertara en la mente del santo.

—Dejar de ser el Soñador para convertirte en parte del Sueño —contestó el dios—. Esas son las condiciones del trato que te ofrezco, Unicornio.

—Es la única forma de lograr el despertar de los santos de bronce —apuntó Orestes, buscando reforzar las palabras de Hipnos.

Jabu reflexionó por un momento, observando los dos viejos pergaminos sobre el escritorio, tendidos a distintos destinatarios. Para Hipnos, el instante en que observó el que Orestes había traído le bastó para decidir aceptar, pero era imposible estar seguro de cuán diferente era la forma de pensar de un dios frente a la de un hombre, cuántas posibilidades podía concebir en un solo segundo. Él, un humano de corta vida, solo podía seguir el camino que había escogido, donde aquella decisión ya estaba tomada.

—¿Con qué se supone que debo…?

—Con la mente —indicó Hipnos, apoyando tres dedos sobre la sien.

Primero se imaginó firmando aquel pergamino; no ocurrió nada. Luego, no sin dificultad, trató de pensar en sí mismo como si, en lugar de Jabu de Unicornio, fuera tan solo el efímero sueño de otra persona. Eso era lo que aceptaba al firmar aquel papel que, como el que Orestes había ofrecido a Hipnos, le inspiraba la extraña idea de que estaba hecho de piel, acaso la del dios del sueño. Notó que en la parte inferior de la antigua y fina hoja se dibujaban nuevas letras de brillo violáceo; no necesitó poder entenderlas para saber lo que decían: Jabu de Unicornio.

—Vuestro turno, Hipnos —dijo Orestes. La desconfianza imperaba en el azul de sus ojos, pero el dios se limitó a señalar el pergamino de letra esmeralda para demostrarle que lo había firmado al mismo tiempo que Jabu firmó el otro—. Debía cerciorarme.

El dios asintió, comprensivo. Enrolló el pergamino de Orestes, cuyo contenido sería siempre desconocido para el santo de Unicornio, y lo dejó caer en el cajón del escritorio aún abierto, esta vez sin hacer ningún ruido. Jabu pensó que con aquel acto el trato había terminado de cerrarse. Ya solo quedaba el último paso de la misión que se le había encomendado; no supo qué debía sentir, si excitación o temor.

—¿Cómo es posible que los humanos necesitéis tantas palabras para expresar ideas tan simples? —exclamó Hipnos con franca serenidad. Mientras esperaba la respuesta de Jabu, decidió tomar un último sorbo de café.

—Así nos hicieron, ¿no? Y creo que he entendido muy poco de nuestra conversación.

—Has comprendido lo fundamental, lo sé. El resto no son más que adornos de los que no he podido prescindir. ¿Ifigenia?

La voz de Hipnos, sin perder el tono neutro ni la característica tranquilidad, adquirió la misma fuerza que Jabu había sentido en la guardiana del Oneiroi. La puerta del despacho se abrió, e Ifigenia entró casi de inmediato. Jabu no pudo evitar sonreír, en parte por volver a verla, en parte por imaginársela pegando la oreja a la puerta.

—Nuestros visitantes tienen mi permiso y mi bendición. ¿Deseas acompañarlos?

Ifigenia asintió enseguida, y Jabu supo dentro de sí una ya conocida alegría por ello. El santo de Unicornio, buscando evitar a la mujer de momento, vio cómo Hipnos extraía un último objeto del cajón del escritorio antes de cerrarlo. A primera vista era un simple aro plateado con doce llaves de diversas formas y tamaños colgando, pero cuando la mirada de Jabu pasaba de la primera a la segunda, surgía una tercera entre ambas, y así sucedía una y otra vez, hasta que pareciera que en el aro había cien, mil, o incluso millones de llaves. Entonces volvía a mirar el llavero como un conjunto, y de nuevo solo se trataba de una docena de llaves. Todo un dolor de cabeza.

Al sentir la mano de Hipnos, cerrada formando un puño, en el hombro, Jabu tuvo un sobresalto. Ni siquiera lo había oído levantarse.

—Los sueños, por maravillosos o terribles que sean, siempre son efímeros. Aprovecha tu oportunidad, Unicornio. —Al abrir la mano, el dios reveló un montoncito de arena con granos violáceos. En la mesa ya no estaba el pergamino firmado por Jabu. 

Hipnos dejó caer lo que primero había sido algo metálico y ruidoso, para terminar siendo simple arena. Y como hiciera el Sandman en las viejas historias, envió a Jabu a un sueño, aunque no uno propio. 

 

El dios, envuelto en tinieblas, contempló el despacho vacío. Orestes e Ifigenia habían seguido la senda del otrora Soñador, ahora Sueño.

 

***

 

Esto sería todo. ¡Hasta el próximo lunes!

 

 

 

 


Editado por Rexomega, 14 octubre 2019 - 14:55 .



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Publicado 08 octubre 2019 - 11:34

Parte 3 "Conoce tu lugar, Jabu no-Seiya"
Jaja, nunca he sido, ni seré fan de Jabu, por lo que me encanta la parte en la que Hipnos elegantemente le dice que aunque hubiera peleado en lo de Hades, se hubiera muerto, kukuku.
 
So, los cinco bronces protas están sumergidos en la Matrix, viviendo vidas normales.
También nos revelan que es para que no ocurra una guerra, ¡la mas final y por ende la mas batalla de todas! (y por eso el nombre del fic)
 
Y mientras Jabu ya se preparaba para intentar hacer "una Seiya" contra Hipnos, bravo por Orestes que ya venia preparado para las negociaciones, un trato misterioso del que en serio, será desconocido hasta uuuuh.
 
Pero ya "se hizo la machaca" como dicen por mi tierra, y los santos de bronce parece que pronto serán liberados.
 
Pd. Buen cap, sigue así.

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#9 Rexomega

Rexomega

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Publicado 14 octubre 2019 - 14:49

Saludos

 

El lunes ha llegado y hay un nuevo capítulo, pero primero demos paso a la sección ¡Buen review sigue así!

 

Seph Girl. Estoy seguro de que Hipnos habría agradecido tener tu resumen el día en que grabamos el capítulo, pero ha llovido mucho desde entonces y ahora debe de estar tomándose sus merecidas vacaciones en Hawai. El mundo del fanfiction es muy grande, cualquier personaje puede llegar a ser lo que sea, pero aquí quise adentrarme en el peligroso terreno de por qué unos lograron lo imposible y otros no. Y, lo más entretenido, cómo lidia con lo imposible quien es incapaz de crear milagros.

 

***

 

Preludio

 

Cuarta parte. Ucronía

 

—¡Un dios así, no lo necesito!

En una esquina de una modesta habitación, Seiya gritó aquellas palabras al tiempo que olvidaba lo que significaban. Como las otras veces que tenía algún sueño disparatado, como que era un rebelde que luchaba contra el imperio de las máquinas, que un viejo ricachón lo sacaba del orfanato para mandarlo a entrenar a Grecia o que se convertía en un boxeador profesional, estaba envuelto en sudor, con dolor de cabeza y con unas ganas tremendas de echarse a la cama y tener un sueño sin sueños.   

Esa era la parte normal de todo aquello, luego venían los consejos estrafalarios de su familia. Como que los sueños significaban que debía apreciar más a su hermana y tomarse más en serio el boxeo, aunque fuera un enclenque que nunca había ganado más que unos moratones y más visitas al hospital que un delincuente.

—¿Qué me dirían sobre este sueño? ¿Se supone que debo ser más religioso? —dijo, echando un vistazo al cuarto, mitad dormitorio, mitad sala de entrenamiento. Se imaginó a sí mismo adaptándola como un lugar donde rezar. Rio—. ¡No, no es lo mío!

Justo en ese momento, mientras Seiya se levantaba, alguien llamó a la puerta.

—¿El qué no es lo tuyo, hermanito? ¿Despertarte temprano?

—Seika —murmuró Seiya entre dientes, ya pudiéndose imaginar a su hermana con los brazos en jarras, una mirada jocosa y esa vivaz sonrisa de mujer madrugadora que nunca tenía sueño. Contuvo un bostezo mientras se levantaba, ojeando el cuarto: no había tanto desorden como para preocuparse, sobre todo si tenía en cuenta cómo entró en él. Guantes de boxeo en una pared, algo de ropa tirada aquí y allá…

—¿Te has vuelto a quedar dormido? ¡Voy a entrar!

—Prepárate para los peligros del cuarto de un…

Seika abrió la puerta de par en par.

—… hombre en calzoncillos —completó la mujer.

Seiya tardó unos segundos en reaccionar, tan avergonzado como el primer día en que le dijo a su hermana que ya no quería que lo viera en paños menores. ¡Ya era un hombre!

—Creo que en el sueño estaba desnudo —fue lo único que se le ocurrió decir antes de correr a vestirse con lo primero que encontraba.

—Bueno, bueno, admito que no está tan mal para tu primera borrachera.

—¿Borrachera? —preguntó Seiya, que empezó a oler la camisa que se había puesto. No recordaba haberse tomado más que un par de copas, a eso no se le podía llamar borrachera—. ¿¡Qué hice!? ¿¡Qué dije!?

—¡Te quiero, hermanita! ¡Soy el hombre más fuerte del mundo! Lo típico de un veinteañero que toma una copa por primera vez. Ah, también le pegaste a un policía.

—No.

—¡Sí! Estaba fuera de servicio, ebrio y con ganas de desafiar a un boxeador profesional.

—¿Le dijiste a un policía que soy un boxeador profesional?

—En el sueño lo eras, ¿no?

Seiya se quedó mudo. Entonces regresó el dolor de cabeza, que ya relacionaba más con los tragos de la pasada noche y menos con el sueño que tuvo. Eso lo alivió. La resaca y el ridículo eran más normales que sentir que unos sueños fantasiosos eran tan vívidos como la vida misma. No era un hombre que desafiaba a los dioses, solo un hombre que dejaba inconsciente a un policía de un puñetazo en la cara. Sí, ahora lo recordaba.

—Quería ser la primera en decírtelo, este es un día único después de todo. ¡Feliz cumpleaños, Seiya! Ya eres todo un hombre.

—¿Me dejarás de decir hermanito, entonces?

—¡Jamás! Molestarte es mi deber de hermana mayor. Además —añadió, adoptando un tono jocoso—, crecer y madurar no van de la mano para todas las personas.

—Lo sé. Soy un año más viejo, no más sabio.

—Eso es algo más propio de Shiryu que de ti —observó Seika—. Anímate, sí que has cambiado en estos años. Eras un niño que se peleaba con todo el mundo y siempre se metía en líos, que lloraba cada vez que alguien quería adoptarlo solo a él en el orfanato, que se hacía… —Seiya gruñó—. Y ahora buscarás a la mujer de tus sueños.

—¿A quién?

—A esa chica que viste hace seis años, en tu decimocuarto cumpleaños. Una hermosa muchacha de largos cabellos castaños, sonrisa radiante y vestido blanco.

—Estoy seguro de que no te la describí así.

—Nunca tuviste alma de poeta, hermanito. Pero ya que te he refrescado la memoria, ¿admitirás que cada año, el mismo día, vas a ese lugar donde se encontraron?

—Solo la vi una vez, por casualidad, mientras buscaba a la familia que te había adoptado. ¿Por qué tendría que buscarla? ¡Ni siquiera sé cómo se llama?

—Espero que hoy tengas suerte.

—¿¡Me estás escuchando!?

—Subestimas el poder combinado de la intuición femenina y de ser la hermana mayor —contestó Seika, riendo al ver que Seiya caminaba hacia la puerta, ruborizado—. No olvides que varios de los chicos del orfanato han venido a Tokio por tu cumpleaños. Quedamos en que yo me ocupo de los detalles de la fiesta y tú de los invitados.

—Claro, claro —dijo Seiya para salir del paso. Era otra de las cosas que se había olvidado. Menos mal que siempre quedaba en el mismo lugar con ellos—. En el restaurante chino, dentro de un par de horas, debo distraerlos hasta que llegue la tarde.

—Eso sería cierto si fuera mediodía. ¿No has visto la hora que es?

Seiya, que ya estaba al otro lado de la puerta, buscó con la vista el despertador. Se lo encontró a los pies del saco de boxeo, al menos una de las piezas.

Salió corriendo a la velocidad de la luz.

 

***

 

A través de los cinco sentidos, Jabu percibía el lugar en el que se encontraba como Tokio; el sexto, asociado con la percepción extrasensorial, tampoco le permitía distinguir aquel sueño de la realidad. Era una sensación extraña, había soñado en más ocasiones de las que podría contar, pero no recordaba ninguna experiencia tan real.

Al lado estaba el taciturno Orestes, observando todo con gran interés. Ifigenia frente a un edificio que Jabu recordaba demasiado bien, removía el aro plateado del que colgaban las llaves del Oneiroi, para más habitaciones que estrellas en el firmamento. No le sonaba que hubiese usado alguna de ellas, nada le venía a la mente después de la arena cayéndole sobre la cara. A partir de ahí, todo era confuso, como cuando empezaba a ser consciente de que estaba soñando a partir de la mitad del sueño.

—Hijos de las Estrellas. ¿Es aquí donde están tus hermanos? preguntó Ifigenia, señalando el orfanato en el que Jabu, Seiya y otros hijos naturales de Mitsumasa Kido fueron reunidos por el magnate japonés. ¿Ocurre algo?

—Es que es todo tan raro —dijo Jabu, rascándose la cabeza—. Para ser un sueño, parece tan real. ¡Ni siquiera sé cómo habrían sido nuestras vidas sin ella!

—Esto es un orfanato, ¿no? Donde la gente va a adoptar niños sin hogar.

—Eso lo resume muy bien.

—Entonces habrán sido adoptados, ¿no?

—Hasta ahí llego —refunfuñó Jabu, que mientras hablaba sopesaba la dificultad de la tarea que se había propuesto—. La pregunta es cómo saber qué familia adaptó a cada uno, dónde viven, cómo llegamos hasta ellos…

—Estoy segura de que los dioses nos serán propicios.

—Tú eres la guía.

—Aquí soy más bien una turista —replicó Ifigenia, dejando a Jabu boquiabierto—. Este lugar es importante, es el corazón del sueño, donde empezó.

Jabu asintió, sintiendo que aquello tenía lógica. El orfanato Hijos de las Estrellas era un punto de inflexión para ellos, separando una vida normal de un destino como santos de Atenea. Abrumado por la sensación, fue incapaz de imaginar los cambios que habían ocurrido en un mundo en el que todos hubiesen vivido ajenos a las Guerras Santas. ¿Seguía siendo Ikki un lobo solitario? Sin duda Shun habría conservado su bondad, fuera cual fuese la vida que le tocó vivir. ¿Y Seiya? Sin una misión como santo de Atenea, ¿se habría dedicado a buscar a su hermana?

—En verdad es casi indistinguible de la realidad –murmuró Orestes, sosteniendo entre sus dedos una hoja de árbol. Trató de partirla, sin éxito.

—Este mundo es inmutable para toda fuerza externa apuntó Ifigenia. Pronto notó el interés que Orestes tenía sobre el tema, así que decidió continuar—: Cada sueño real es un mensaje divino, cualquier intento de cambiarlo implica pretender alterar la voluntad de un dios. Eso solo está al alcance de los dioses.   

Esta vez, Jabu adoptó el papel de observador. Tenía curiosidad por saber qué impedía a Saori deshacer ella misma aquel sueño. ¿Estaba limitada, por ser una diosa encarnada en un cuerpo mortal? ¿Se habían opuesto a ello los dioses del Olimpo? Lo más seguro era que no lo sabría nunca. Tampoco quería, no podía imaginarse a Saori sacrificando las vidas de quienes tanto dieron por ella con tal de asegurar la paz que habían logrado. Ese tipo de decisiones, por lógicas que pareciesen, eran humanas, no divinas.

Había otra razón para estar pendiente de aquellas explicaciones que lograba entender a medias: Orestes. Desde el largo ascenso en el elevador del ascensor, había empezado a sentir que el micénico guardaba un interés excesivo sobre cómo funcionaba el reino de Morfeo. Ahora que el tema volvía a surgir, se le ocurrió que detrás de ese interés podía haber un motivo oculto, tal vez contrario a los deseos de la diosa Atenea.

—¿Ni siquiera Morfeo podría alterar este mundo? –preguntó Orestes.

—Los más célebres Oneiros, encargados de construir los sueños reales, no los alteran cuando participan en ellos como mensajeros de los dioses.

—¿Tampoco Hipnos?

—Los sueños reales están sujetos a las leyes que mi señor dictó mucho antes de que el primer hombre naciera. Representan un momento en el tiempo que un dios desea dar a conocer a algún mortal, deben ser una imagen fiel de la realidad.

Entiendo. Cualquier cambio que ocurra en este lugar solo puede proceder de una parte del sueño concluyó Orestes.

—Como lo soy yo ahora, ¿no? terció Jabu. Convertido en un sueño por el dios Hipnos, formo parte de este lugar y puedo intervenir en él.

—Exacto dijo Ifigenia.

—Hace mucho que no me sentía tan impotente musitó Orestes, al tiempo que posaba la mano sobre el hombro de Jabu—. Sois el único que puede cumplir la misión que nos ha traído hasta aquí, Unicornio, y el fracaso no es una opción.

No me lo tienes que recordar —soltó algo molesto, dándole vueltas a la idea de que tal vez los dos no compartían una misma misión. Para Jabu, que en él estuviese la decisión final era un alivio—. ¿Habría sido todo tan difícil en un sueño falso? ¡Siento como si todos los obstáculos se debieran a que es un sueño real!

—Un sueño falso surge de la parte más profunda del ego del soñador,  por debajo de la conciencia dijo Orestes antes de que Ifigenia abriera la boca. Manipularlo es manipular la mente, que es maleable a diferencia de la voluntad divina.

—En otras palabras, no habría sido necesario viajar hasta los dominios de Hipnos para liberar a mis hermanos trató de adivinar. Le bastaron un par de segundos para acallar esos pensamientos inútiles—. No. El castigo que se les impuso es un sueño eterno. Sin el beneplácito de Hipnos, no habría un despertar nunca, solo sueño o muerte.

—Muerte en vida corrigió Ifigenia—. Aunque los despertases, no podrían hablar, ni siquiera serían capaces de pensar. En el mejor de los casos, vivirían como animales.

La mirada de Ifigenia no era de advertencia, mucho menos del regocijo que otros sienten al hablar del inevitable castigo de los dioses a los que sirven. Era una mirada compasiva, triste incluso, sin una sonrisa iluminando el rostro, ahora apagado.

La inmutabilidad de los sueños reales —logró pronunciar Ifigenia luego de trabarse tres veces con la palabreja—, no siempre es un obstáculo, hoy será tu ventaja. No tendremos que preocuparnos de los peores elementos del reino de Morfeo, que se adentran en sueños ajenos para tornarlos en pesadillas y después devorarlos. ¡Freddy Krueger no podría siquiera aplastar una hormiga en este mundo!

—¿Quién es Freddy Krueger? preguntaron, a un tiempo, Jabu y Orestes.

El villano de A Nightmare on Elm Street contestó una voz femenina que no era la de Ifigenia. Jabu volteó, quedando perplejo al reconocerla.

Seika.

 

Transcurrieron los diez minutos más extraños que Jabu recordaba haber vivido en los últimos años sin que pudiera articular una sola palabra. La hermana de Seiya, muy distinta a la taciturna muchacha sin memoria que encontró Marin en Rodorio, empezó a hablar sin razón aparente sobre las vidas de todos. Nada sobre un destino ominoso como defensores de la paz y la justicia en la Tierra, no eran más que un grupo de huérfanos, hijos de un magnate japonés que consideró apropiado enviar a cada uno a una familia pudiente en un país diferente. Seika debió pensar que eso molestaba a Jabu, porque enseguida dio la explicación que el viejo le dio en su lecho de muerte:

—Quería que cada uno de vosotros vierais una parte del mundo que tanto ansiaba redescubrir, también deseaba que vivieseis una infancia feliz.

Seika no tuvo que explicar la razón por la que ella no se incluía en esas palabras. Era evidente que Mitsumasa la había adoptado, así como en el mundo consciente el magnate no pensó en enviarla a uno de los campos de entrenamiento en que bien podría morir.

—No quería que nos peleáramos por el dinero, ¿eh? —susurró Jabu, para luego negar con la cabeza. No debía pensar en el pasado de este mundo, sino en la misión.

—¿Llevas más de diez años en Estados Unidos y nunca has visto la película? —preguntó Seika, regresando al principio de la conversación. A Jabu no le dio tiempo de contestar cuando la muchacha añadió—: ¿Con quién estabas hablando antes? Juraría que no había nadie. ¿Es un nuevo teléfono microscópico? ¿Y por qué llevas una caja de metal colgada en la espalda? ¿Es la nueva moda en Occidente?

—Demasiadas preguntas —dijo Jabu. Se alegraba de ver a la Seika optimista y vivaz del orfanato, pero empezaba a agobiarse. Y no es que le ayudara mucho saber que estaba en Tokio con la caja de Pandora colgando y dos compañeros invisibles. Tuvo que recordarse de nuevo que estaba en un sueño para no perder los estribos.

—No te entretengo más, estarás muriéndote de ganas de reencontrarte con mi hermano, ¿no? Se supone que debía estar en el restaurante hace rato, pero sigue siendo tan vago ahora como en el orfanato. Al menos el entrenamiento se lo toma en serio.

—¿Entrenamiento?

Sí, sigue en eso del boxeo. Oye, debo irme, pero quiero pedirte que distraigas a Seiya, que no regrese a casa hasta que anochezca. Debes de ser de los pocos que ya está de camino, los demás deben estar apenas saliendo del aeropuerto. ¡Cuento contigo!

¿Saliendo del aeropuerto?

¿Todavía estás medio dormido? ¡Hoy Seiya alcanza la mayoría de edad! Creo que en Estados Unidos es distinto, pero en Japón cumplir 20 años es muy importante.

—Claro —dijo Jabu, que hasta ese momento no se había planteado qué día era—. ¿Por eso se reúnen todos los amigos de Seiya?

—¡Hablas como si tú no fueras uno de ellos! Mira, no te puedo adelantar mucho, solo te diré que quiero que este día sea inolvidable, a mi hermano estas fechas siempre lo ponen mal. Quiero que sepa que no está solo. ¡Y aún me quedan tantas cosas por preparar! Por favor, ayúdame a entretener a Seiya hasta la noche, pero traedlo sin falta. ¡No te vayas a escabullir! —advirtió, añadiendo una última cosa mientras ya salía corriendo—: ¡Si lo que tienes en esa caja es el regalo de cumpleaños, escóndelo antes de ir al restaurante!

Lo último que pudo oírse de la joven fue el nombre del local.

 

Así dejó Seika al determinado Jabu, perplejo, más consciente que nunca de las posibilidades de un mundo donde Mitsumasa Kido no llegó a encontrarse con Aioros. Donde Seika no había perdido la vitalidad y el optimismo, donde ningún hijo de Mitsumasa Kido murió fracasando en la prueba de la armadura. Donde todos, simple y llanamente, vivieron como personas normales.

Un mundo al que él tendría que poner fin.

—¿Cómo? —se preguntó Jabu en voz alta. No quería escuchar esas palabras viniendo de él, pero temía más a los pensamientos que podía engendrar el silencio que a la verdad—. ¿Cómo lograré que despierten? Seiya ha crecido con una hermana que lo quiere, sin el peso del mundo sobre sus hombros. Vivir aquí en este mundo es como vivir en el nuestro, no es como soñar. Sienten dolor, alegría, tristeza…

Todas las explicaciones que había recibido sobre lo que era un sueño real no podría siquiera compararlas a vivirlo. Cada segundo de ver, oír, oler y sentir aquel mundo separaba más y más su noción de lo que era real y lo que no. Poco a poco aceptaba la ciudad de Tokio en la que ahora se encontraba como el lugar donde nació.

¿Cómo puedo convencer a alguien de que está soñando cuando ni yo mismo, siendo consciente de que esto es un sueño, lo acepto?

Sintiéndose superado, buscó apoyo en Orestes. ¡De algo tenía que servir el interés que el micénico profesaba por el reino de Morfeo!

Y, sin embargo, no fue Orestes quien le dio una respuesta, una opción.

—Matándolos sentenció Ifigenia. 

 

***

 

Esto es todo. ¡Nos vemos el próximo lunes!


Editado por Rexomega, 14 octubre 2019 - 15:03 .



#10 Seph_girl

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Publicado 16 octubre 2019 - 18:20

Parte 4. Saint Seiyatrix
 
Lindos guiños de Seiya viendo a sus "yo" de realidades alternas del Kuruverso.
Y que se mencione a " Freddy Krueger" es otro punto gracioso XD pero a la vez atinado al estar hablando del mundo de los sueños.
 
Seika pidiendo a Jabu que quiere que ese día para Seiya sea "inolvidable": ¡No se diga mas! Mataré al bastardo :3
 
 
Fue un cap corto, a muchos les puede gustar que sean así, pero a mi no tanto.
 
Ya se viene la acción x3, ea ea.
 
PD. Buen cap, sigue así.

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#11 Rexomega

Rexomega

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Publicado 21 octubre 2019 - 14:50

Saludos

 

Nueva semana, nuevo capítulo, pero primero vamos a la sección, ¡buen review, sigue así!

 

Seph Girl. Como dije en una respuesta anterior, el mundillo del fanfiction es lo bastante grande como para que un Freddy Krueger Vs Santo de Atenea exista por allí, capaz Ifigenia se lo leyó y de ahí vino la ocurrencia. Otro que ha disfrutado de los sueños de otro ha sido nuestro amigo de siempre, Seiya, que parece haber experimentado de las vidas de los otros protagonistas de su creador. Muy conveniente que todos se parezcan tanto a él, ¿no? 

 

***

 

Preludio

 

Quinta parte. Pesadilla

 

—¿Lo encontraste? Menos mal, empezábamos a preocuparnos. ¿Dónde estáis? ¿Tan lejos? Bueno, supongo que no tardaréis en llegar yendo en moto. Gracias, Shun.

Tras colgar el teléfono, Shiryu suspiró. Seiya era la clase de persona que podría llegar tarde a su propia fiesta de cumpleaños, pero él estaba con las manos atadas. Con el dueño enfermo desde la semana pasada, tenía que hacerse cargo del restaurante. Y aunque de momento no había muchos clientes, solo contaban con un camarero, un muchacho vivaz que podía ser el empleado más responsable y dedicado del mundo, siempre que no hubiera una chica delante. En ese momento, hablaba sin parar con una conocida del orfanato, demasiado educada para decirle que la estaba incomodando.

—Makoto —le llamó Shiryu, indicándole que viniera con un gesto.

El muchacho puso mala cara durante un momento, pero se compuso antes de ir a la barra. Era un buen chico, Shiryu lo sabía, solo que estaba en una edad de cambios.

—¿Qué ocurre?

—Nada, solo que cierto chiquillo estaba molestando a una clienta.

—No eres tan viejo como para tratarme de chiquillo —se quejó Makoto—. Yo no estaba molestando a Mimiko, estábamos hablando.

—Tú hablabas, ella llevaba escuchando durante mucho tiempo —dijo Shiryu.

—Tenía mucho que contarle. ¿Qué sabrás tú de mujeres si nunca…? —Como entendiendo, sin que Shiryu hiciera el menor gesto, que había malinterpretado sus intenciones, Makoto calló, inclinó la cabeza y juntó las manos enfrente—. Perdón. No hace mucho que regresé a Tokio y me sorprendió encontrármela. Mimiko ha cambiado tanto —comentó, sonrojado—. ¡Antes solo era una enana molesta!

—Lo dejaré pasar esta vez —dijo Shiryu—. Ahora ve a atender a los clientes.

—Todos están atendidos. Los de la mesa del fondo, amigos de alguien que yo me sé, no han pedido nada y llevan ya un buen rato aquí.

—¿Amigos de alguien que reprendió a un camarero distraído y rencoroso, tal vez? —bromeó Shiryu, no pudiendo evitar sonreír—. A ellos los atenderás luego, de momento ocúpate del cliente que entró hace un buen rato.

—¡Podrías habérmelo dicho antes!

El muchacho dio la vuelta con una sorprendente rapidez, mostrando alivio al ver que el recién llegado no parecía molesto por la espera. Ni siquiera se había sentado. Caminaba hacia la barra despacio, pisando el suelo con aquellas viejas y desgastadas botas de viajero, mirando aquí y allá con aire melancólico. Conforme más se acercaba, más particular le parecía a Makoto, por no decir raro, y más familiar le parecía a Shiryu, 

—¿Tienen fideos en este local?

—¡Por supuesto que tenemos ramen!

—Jabu —dijo Shiryu, hablando casi a la vez que Makoto—. No sabía que habías llegado. ¡Cuánto tiempo! Apenas te reconozco.

—Ya lo creo, Shiryu, han pasado años desde la última vez que nos vimos. Y me parece que ambos tenemos mucho, mucho de qué hablar.

 

***

 

Sentada sobre la caja de Pandora de Unicornio, con los pies cruzados de un modo que le recordó a su lejana niñez, Ifigenia contemplaba el cielo azul con ojos soñadores. No había nadie en las cercanías, así que lo único que rompía el silencio era el sonido de un avión que sobrevolaba la zona por encima de las nubes.

—¿Cuánto hace que lograron volar por primera vez? ¿Cien años? –le preguntó a Orestes—. Los seres humanos son maravillosos. A pesar de sus límites, son capaces de encontrar la forma de superar todos los obstáculos y así hacer realidad sus sueños.

—Los seres humanos son monstruos —dijo Orestes—. Los pequeños monstruos con los que los dioses del Olimpo poblaron la Tierra. Eso somos los humanos.

Desconcertada, Ifigenia bajó la mirada hacia los azules ojos de Orestes. Aquel no hablaba con resentimiento, sino como quien acepta una verdad dolorosa para poder seguir adelante. Había sido tan despiadado con la humanidad como ella lo había sido al revelarle a Jabu la única forma de despertar a quienes eran prisioneros de un sueño real. Solo que ella se lamentaba de tan terrible realidad, mientras que el micénico, no.

—Unicornio ha llegado a su destino —dijo Orestes—. Ya no os necesito.

En un mísero segundo, el micénico pasó de estar en completo reposo a alzar por el cuello a una sorprendida Ifigenia, que no pudo verlo venir.

—Llevo preguntándomelo desde que aparecisteis, ¿por qué una guerrera satélite de Artemisa es la guardiana del palacio de Hipnos? —cuestionó, viendo sin sonreír cómo Ifigenia trataba de liberarse. Apretó más el cuello de la mujer, negándole siquiera gritar—. Vuestra voz de sirena no os salvará esta vez.

Y, a pesar de todo, el micénico oyó la voz de Ifigenia, sin que esta saliera de sus labios.

—Suéltame.

—¡No! —gritó Orestes, meneando la cabeza en un vano intento de alejar aquella orden de su mente. De nada sirvió: la mano con la que agarraba el cuello de Ifigenia cayó junto al resto del brazo como un peso muerto—. ¿Qué me habéis hecho?

—No quiero combatir, solo estás confundido.

Poco a poco, Ifigenia buscó acercarse a Orestes, quien por cada paso que daba aquella daba tres hacia atrás, alerta y desconfiado.

—Fui una guerrera satélite hace mucho tiempo.

En el cuello de Ifigenia aún quedaban las marcas de los dedos del micénico. Moradas, sangrantes, como si este hubiese querido, más que callarla, desgarrárselo.

«Si puede enviar su voz directamente a mi cerebro, la única oportunidad que tengo es eliminarla antes de que pueda hablar —pensaba Orestes, haciendo oídos sordos a todo lo que aquella mujer pudiera decirle—. Bastará un solo golpe.»

—¡Escúchame!

El puño del príncipe de Micenas llegó al estómago de la amazona antes de que completara la frase, provocando que se arqueara, dolorida, pero viva. Al no escuchar ningún sonido acompañando el golpe, Orestes recordó la hoja de árbol que no pudo dañar ni con todas sus fuerzas, y mientras la duda lo asaltaba, llegando a preguntarse si Ifigenia era parte del sueño, esta había desaparecido.

—¡Una ilusión! —vociferó Orestes, al tiempo que giraba sobre sí para buscar a la amazona—. «Las principales armas de las satélites de Artemisa no son solo el arco y la flecha, sino también la magia, especialmente aquella que sirve para engañar los sentidos. ¿¡Cómo pude olvidarlo!?»

Pero Orestes decidió dejar los lamentos para más adelante; creía haber visto a la amazona oculta entre las ramas de un árbol, aunque enseguida desapareció. Después de aquello, durante un preocupantemente corto lapso de tiempo, estuvo seguro de haberla visto del mismo modo en una docena de lugares distintos: detrás de alguno de los árboles, junto al letrero que indicaba el nombre del orfanato, sobre la caja de Pandora de Unicornio, al lado de alguna de las ventanas del edificio, incluso dentro del campanario o sobre el techo mismo, manteniendo un equilibrio envidiable. A veces se escondía —o quería aparentar que lo hacía—, otras simplemente estaba a plena vista.

Cuando no se trataba de una imagen difusa, casi un reflejo de luz, lo que se veía era un borrón negruzco desplazándose en círculos o en zigzag por los alrededores.

«No puede ser a causa de su velocidad. Solo mediante la magia podría engañar a mis sentidos —decidió Orestes, adoptando un papel menos agresivo, más observador.»

Encontró una ayuda inesperada en el lugar en que se hallaba. Un sueño real. ¿Qué podía ser más cierto que eso? ¿El universo? No, aquel dependía de cómo y por quién era observado; no necesitaba una naturaleza única, pues no se trataba de un mensaje divino; era más dúctil y complejo, por ello resultaría más fácil confundirlo con una ilusión.

—Lo divino y lo simple pueden coincidir, después de todo —musitó Orestes mientras subía unas escaleras, sabedor de que todas las veces que había visto a Ifigenia en los últimos segundos eran meras ilusiones. El contraste entre el entorno y el engaño de la amazona era muy sutil, incluso con conocimiento de la situación.

El sonido de un arco tensándose, que tan bien conocía, lo puso en alerta; saber que estaba rodeado de ilusiones no tenía demasiada utilidad si no conocía la ubicación real de su enemiga, no cuando esta era diestra en el arte de matar a distancia, como toda guerrera de Artemisa. Pensó rápidamente en todos los puntos donde podría estar localizada, apuntándole, y también sobre cómo debían distraerlo los borrones negros o las imágenes fugaces. ¿Debía atacar a alguna falsa Ifigenia, pensando que era la verdadera, para ser un blanco fácil? ¿O acaso lo estaba siendo ya al evitar aquel cebo tan obvio, reduciendo así cada vez más el espacio sobre el que se desplazaba?

No había forma de dar respuesta a aquellas preguntas, y quedarse quieto en la mira de una arquera consagrada a Artemisa tampoco era una opción, así que optó por actuar de manera arbitraria. En el momento justo, podía decidir acercarse a una imagen de Ifigenia para atacarla o, por el contrario, huir de ella. Todo ello sin dejar de correr, y repasando los alrededores en busca de cualquier escondite en el que pudiera estar.

A pesar de todo, las precauciones que estaba tomando solo retrasarían lo inevitable; más tarde o más temprano, si era lo suficientemente buena como guerrera, Ifigenia encontraría un patrón en su comportamiento errático y le acertaría una flecha en la cabeza, quizá incluso entre los ojos. Orestes lo sabía, y por eso se forzó a elegir uno de entre dos probables escondites: el interior del orfanato y campo abierto.

Solo que no era campo abierto en la superficie, sino en el cielo. Orestes miró hacia arriba, manteniéndose deliberadamente quieto por un par de segundos, y solo se movió, fingiendo haber tropezado, en el momento justo en el que la flecha debía haber sido disparada. La saeta rasgó una de las correas de su caja de Pandora antes de chocar contra el suelo, deshaciéndose en varias plumas negras.

La correa derecha se terminó de romper poco después, provocando que el cofre metálico colgara sobre el hombro izquierdo. El príncipe de Micenas, temiendo el efecto que las mágicas flechas de Ifigenia pudieran tener, entendió aquello como una señal, y dejó caer la caja de Pandora, que al abrirse, cubrió todo el lugar con una intensa luz.

 

***

 

En un humilde local, Jabu almorzaba sin prisas, ajeno a la batalla. Aunque era japonés, nunca antes había probado ramen. Ya fuera como un huérfano más en la capital nipona, un aprendiz en Orán o el santo de Unicornio, siempre comió lo que tocaba cada día sin rechistar. Apenas hacía un momento, frente al local que sería el último destino de su vida, cayó en la cuenta de ello y le entraron unas ganas locas de probarlo.

Así fue que pasó de tener en sus manos el destino del mundo a solo unos platillos y un plato caliente de ramen. Saboreando cada bocado, como si fuera el último. Durante un tiempo que no se molestó en medir, ni siquiera pensó que era parte de un sueño, no se atormentó con las explicaciones de Orestes e Ifigenia sobre cómo los sueños reales eran tan vívidos que resultaban indistinguibles de la realidad. Se limitó a disfrutar del momento, bajo la atenta mirada del encargado.

Aquel, Shiryu, observaba a Jabu con un desconcierto entendible por cuanto desconocía de la situación. Él no se imaginaba prisionero en un sueño que imitaba la vida que no tuvo y pudo tener. Si le hablasen de un mundo donde el destino lo colocó al servicio de la diosa Atenea como el santo de Dragón, sería incapaz de creérselo, pensaría que ese mundo ras un sueño que tuvo y olvidó, a pesar de que era allí donde llevaba ya largos años durmiendo y soñando. Tampoco podía saber que aquel plato de ramen que Jabu comía en silencio no solo era el primero, sino también el último.

 

—¿No te gustaría hacer algo por el mundo, Shiryu? —preguntó Jabu, tratando de atrapar unos fideos con aire distraído. 

—¿A qué te refieres?

—Llevar un peinado actual y vestir a la moda para salir de fiesta; llevar a la novia al mar o a la montaña, pisando el acelerador de un coche deportivo para impresionarla; vivir sin querer complicarse, pensando que ser responsable es estúpido —enumeraba entre bocado y bocado—. Algunos considerarían esa una juventud ideal, pero, ¿acaso no son actitudes superficiales, que tarde o temprano chocarán con la cruda realidad? Si esa es la forma en que los jóvenes deben divertirse, ¿no están malgastando los mejores años de su vida por modas que no les permiten desarrollarse?

Shiryu no respondió. Más bien, miró al frente, donde los pocos clientes que había seguían comiendo y charlando; aquel no era un local donde la gente se entrometiera en asuntos ajenos. Solo un hombre se interesó en el curioso discurso, un escritor ya entrado en años que alzó la copa, como aprobándolo. Makoto también se quejó, pero en ese tipo de situaciones él siempre se quejaba y Shiryu apenas le prestaba atención.

Cuando Jabu dejó los palillos sobre la mesa y miró a Shiryu a los ojos, este no pudo  evitar sentir una mezcla de respeto y admiración, incluso antes de que prosiguiera. 

—Nosotros somos distintos. Como seres vivos únicos en este universo, el cosmos en nuestro interior arde siempre con intensidad. Por eso llevamos una vida plena, que no depende de patrones creados por la sociedad. Vivimos regidos por el destino que nos marcaron las estrellas en nuestro nacimiento. —En ese momento, dos personas entraron en el local. El semblante de Jabu cambió, como si no necesitara mirar atrás para saber quiénes eran. Lo que le quedaba por decir, lo dijo en voz alta—.  Algunos nacen bajo el signo de una buena estrella, otros bajo una mala y los hay quienes la buscan hasta el fin de sus vidas. Pero tú decidiste vivir valientemente, sean cuales sean las estrellas que te guíen. ¿Me equivoco, Seiya?[1]

Un estremecimiento recorrió la espalda de Shiryu al escuchar aquellas últimas palabras. ¿Era posible que todo aquel discurso estuviera dirigido a Seiya? Así le pareció. Mientras Makoto le tildaba de loco y los clientes apuraban la comida y pedían la cuenta con impaciencia, Jabu fijaba la mirada en un veinteañero cuya mayor hazaña era pasear por las noches en invierno con camiseta sin enfermarse.

—Son tus palabras —aseguró Jabu, dando la espalda a Shiryu y a un plato donde solo quedaba una sopa fría—. Una amiga tuya, que ha velado por ti durante años, me recitó ese discurso con lágrimas en los ojos. Mi misión es traeros de vuelta, pero tuve que elegir entre probar el ramen o inventarme uno igual de inspirador. ¿Me perdonarás este robo? Oh, me alegro de que tú también hayas venido, Shun.

—Yo también me alegro de verte. Pareces algo tenso. ¿Te encuentras bien?

—¡Parece que no hay universo donde no puedas dejar de preocuparte por los demás! —exclamó, llamando ahora la atención de todos los presentes en el local—. Me encuentro bien, gracias por preguntar. Utilizo el sarcasmo para ocultar mi rabia, solo eso.

Shun hizo ademán de querer acercarse a Jabu, pero Seiya lo detuvo, meneando la cabeza. Luego, decidido, dio un paso al frente.

—Dices que tu misión es traernos de vuelta. ¿A dónde?

—A vuestro destino, por supuesto. Este sueño ya ha durado suficiente. Atenea…

 

Entretanto, Makoto se había acercado a la barra trayendo el pago de buena parte de la clientela, que se había retirado con tanta discreción como era posible. Se le veía preocupado. Ya no se limitaba a señalar, mediante gestos, que pensaba que Jabu estaba loco, parecía preocupado de verdad.

—Primero da un discurso y luego habla de diosas occidentales —murmuró entre dientes—. Shiryu, los clientes están asustados, quiero decir los pocos que quedan aquí. ¿No deberías pedirle que se vaya?

—¿Qué sabes tú sobre diosas occidentales? —preguntó Shiryu, en parte por genuina curiosidad, en parte por fingir la seguridad que ya no tenía.

—Es cultura general —dijo Makoto, restándole importancia—. Haz algo o lo haré yo.

Shiryu meneó la cabeza. No sabía mucho del pasado de aquel muchacho, pero lo habían contratado como camarero, no como un matón. Con el rabillo del ojo, miró a quienes ocupaban la mesa del fondo. Estos parecieron entender el mensaje.

 

—Después de la escena que has montado, ¿te parece que tenemos tiempo para escuchar tus estúpidas explicaciones? —exclamó Seiya, en respuesta a las palabras de Jabu. Tanto elevó la voz, que Shun se interpuso entre ambos, creyendo que no faltaba mucho para que empezaran a pelear—. Está bien. Ni siquiera sé quién es esa tal Atenea.

Desde su asiento, alejado de la barra y de la entrada, un hombre se aclaró la garganta.

—Según dice la mitología griega, Atenea es la diosa de la guerra y la sabiduría, hija del rey de los dioses, Zeus. Es la patrona de los héroes, hombres capaces de desgarrar el aire de un puñetazo y romper el suelo con los pies. ¿Te crees uno de ellos, Jabu?

—No conviene confundir el mito con la realidad —apuntó el hombre que lo acompañaba—. La mitología griega no son más que unos cuentos sobrevalorados.

—Ikki, Hyoga —dijo Shun, siendo escuchado por un sorprendido Jabu, quien no parecía haber sido consciente de la presencia de aquellos dos hasta ahora—. No es el mejor momento para discutir sobre eso, ¿no os parece?

—Sí —dijo Hyoga, formando una sonrisa socarrona mientras veía a Ikki y Shun—. No querría airear en público en qué os gastáis la fortuna familiar. ¿Qué investigabas ahora, Shun? ¿La extinta orden de los caballeros de Atenea?

A un mismo tiempo, Ikki y Jabu gruñeron, por distintas razones. Solo uno habló.

—Somos santos de Atenea, todos nosotros lo somos.

 

Tanto Ikki como Hyoga se levantaron, sabiéndose desafiados por Jabu. El par se dirigió hacia donde aquel seguía sentado, formando un semicírculo a su alrededor junto a Seiya y Shun. Era seguro que ninguno pensaba en pelear, como mucho querrían llevarlo a que lo viera un médico, pues no debía parecerles muy cuerdo. Sin embargo, Jabu intuía que todos ellos sabían muy en el fondo lo que estaba por venir.

Jabu rio. No pudo evitarlo. Los cinco jóvenes que lo rodeaban eran tan parecidos a los héroes que un día conoció. No contaban con la misma complexión física, desde luego, ya que ni siquiera habiéndose dedicado desde siempre a las artes marciales habrían pasado por algo comparable al entrenamiento de un santo. Shun tenía el pelo recogido en una coleta y vestía una chaqueta de cuero que apestaba a gasolina, pero seguía siendo el mismo chico gentil que conocía. Lo mismo podía decir de Seiya, que vestía, miraba y se movía como siempre, quizás con más dudas de lo habitual, como si ser uno más en el mundo no fuera bastante para el apasionado guerrero que nació para ser. Ikki, por el contrario, no era un guerrero duro e implacable forjado en la isla más cercana al infierno, sino un hombre sereno que vivía en paz consigo mismo, día a día. Hyoga era el único al que Jabu no podía leer, pero verlo uniformado de azul ya decía mucho.

«Así que Seiya es un aficionado al boxeo, Ikki y Shun usan su fortuna para buscar la verdad detrás de los mitos, Shiryu es un barman y Hyoga es policía.»

Todos eran hombres comunes, todos eran capaces de luchar por quienes querían. Ambas cosas eran verdad, por eso Jabu no podía distinguirlos de quienes conocía, por eso sentía rabia con solo verlos en esa situación. 

—Hace mucho tiempo —empezó a hablar Seiya—, cuando viajaba por Japón en busca de mi hermana, me encontré una muchacha. No hablamos mucho, nunca supe cómo se llamaba, llegué a pensar que había sido un sueño. La sensación que tuve entonces, se parece a lo que ahora siento. ¿Tal vez nostalgia?

—No —dijo Jabu—. No era un sueño, no hay más sueño que el que estás viviendo ahora y del que he venido a sacarte. —Dio un giro, mirando y sonriendo a cada uno de sus hermanos. De todos ellos, Shiryu era el más silencioso y a la vez el que estaba más alerta; en este mundo no era un santo de Atenea, pero sí un luchador, lo intuía—. ¡He venido hasta aquí para sacaros a todos de este sueño!

Al tiempo que Jabu gritaba, el local empezó a temblar. Varios platos, vasos y otros recipientes cayeron al suelo, estallando en mil pedazos. Los pocos clientes que quedaban empezaron a macharse, asustados, sin orden ni concierto.

—¡Te lo dije Shiryu! —exclamó Makoto, quien se había puesto frente a la única que se había quedado, Mimiko, con los brazos extendidos, buscando protegerla. La imagen no era muy gallarda, ya que la chica no solo era más alta, sino que presentaba una calma que él no tenía—. ¿¡Has hecho tú esto!?

Jabu se encogió de hombros.

—¿Me creerías si te dijera que no lo sé?

Makoto abrió la boca para hablar, pero mientras vocalizaba, Jabu apareció frente a él y le golpeó con un solo dedo en el pecho. El camarero salió volando, por encima de la chica a la que creía poder defender, hasta chocar contra el marco de la puerta.

Ni Shiryu, desde la barra, ni los demás, que estaban rodeando a Jabu, pudieron distinguir el momento en que este se movió, mucho menos llegaron a ver el ataque. Apenas supieron lo que había pasado al ver a Makoto ya en el suelo, siendo atendido por Mimiko mientras lanzaba a gritos maldiciones y desafíos. La chica, preocupada, se esforzaba por retenerlo antes de que hiciera cualquier locura.

—¡Solo me tomó desprevenido! —aseguraba Makoto—. ¡Lo machacaré!

—No seas idiota —replicó Mimiko, tan o más tenaz que él. Sin decir una palabra más, agarró a aquel temerario muchacho del brazo y lo arrastró como pudo fuera del local.

—¡Llamaremos a la policía!

Aquello fue lo último que se oyó de Makoto en el local, donde ya nadie quedaba salvo quienes debían estar. Jabu, parte de aquel sueño; Shiryu y los demás, un grupo jóvenes, apenas entrando en la adultez, que lo miraban extrañados, quizá sintiendo miedo por el sobrenatural temblor que azotó el local, pero sin ningún ánimo de huir.

—Llamarán a la policía —dijo Jabu, sorprendiéndose de no haberlo dicho en tono de burla. Aquel muchacho tenía agallas, respetaba eso—. ¿Me vas a detener, Hyoga?

No recibió ninguna respuesta.

 

Durante un rato, nadie habló. Con una tranquilidad admirable, Shiryu se limitó a recoger las mesas y poner en un rincón los miles de fragmentos que habían desperdigados por el suelo. Hyoga se quedó en la entrada, esperando escuchar la sirena de un coche patrulla que nunca llegaba a sonar, como si de repente estuvieran aislados del mundo. Seiya y Shun no podían ocultar tan bien lo preocupados que estaban. El primero, incapaz de quedarse quieto en un lugar, no paraba de dar vueltas, pareciendo en todo momento a punto de golpear algo. O a alguien. 

—¿Cómo nos piensas despertar? —cuestionó Ikki, rompiendo el silencio. Hasta Jabu quedó sorprendido por lo repentino de la pregunta—. Si estoy soñando ahora mismo, estoy teniendo una pesadilla sobre cómo el crío más servil del orfanato se ha convertido en un matón de tres al cuarto, exhibiéndose para asustar a gente inocente. Si estuviera teniendo semejante sueño, estoy seguro de que me despertaría, avergonzado.

—No quiere causarles daño —dijo Shun.

—¿A ti te preocuparía lo que les pase a los demás en un sueño? —preguntó Hyoga.

—Sí —respondió Shun, rotundo.

Cansado de la situación, Seiya lanzó un puñetazo contra la pared que tenía más cerca.

—¿Acaso le crees? —exclamó, observando los nudillos sangrantes. No había medido sus límites en ese golpe—. He tenido sueños raros. Todo el mundo tiene sueños raros. Pero no por eso voy a pensar que toda mi vida es un sueño. ¡Me niego!

—Si lo dices por mí, nunca he dicho que lo crea —dijo Hyoga—. Me pongo en los zapatos de alguien que cree que esto es un sueño.

Palabra tras palabra, Jabu escuchó a aquellos hombres discutir como si él no estuviese allí, como si la pelea que sabían inevitable no fuera a ocurrir. En eso, no tenían la culpa, él se los permitía, dándole vueltas a lo que sabía un hecho, hablando de un plato de ramen, recitando las palabras que Miho le contó en una de esas noches en que velaba a un siempre durmiente Seiya, no hacía más que perder el tiempo. Había algo que tenía que hacer, algo desagradable, algo que debía hacerse.

—Cuando vine aquí, dejé atrás la prueba de mi valía como un santo de Atenea —dijo Jabu, atrayendo la atención de todos. El local volvió a temblar, pero nadie dejó de mirarle. Shiryu, ya habiendo arreglado el estropicio, se colocó frente a la barra, dejando claro lo que ya era evidente; las charadas habían acabado, estaba listo para pelear, todos lo estaban—. Después de todo, no tengo derecho a considerarme uno.

—¿Ah, no? —espetó Seiya.

Jabu meneó la cabeza, esbozando una sonrisa triste.

—¿Qué clase de hombre podría decirse santo de Atenea, después de haber decidido asesinar a sus hermanos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Extraído del principio del tomo 8 de Saint Seiya. Parte de un diálogo entre Miho y Seiya previo a la Batalla de las Doce Casas que me pareció apropiado rescatar para esta obra.

 

***

 

Esto es todo. ¡Nos vemos el próximo lunes!


Editado por Rexomega, 23 octubre 2019 - 15:57 .



#12 Seph_girl

Seph_girl

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Publicado 25 octubre 2019 - 13:12

Cap 5- ¡Ya mátalos, Jabu!
 
Con que Ifigenia es/fue una satélite, jaja, imposible no imaginarla ya con su casco de orejas de conejo.
 
Todo se centró en Jabu dando largas para hacer lo que debe hacer, y también en darnos a conocer un poco la clase de vida normal que tendrían los 5  bronces protas; el Hyoga Policía siempre se me ha hecho raro XD, y de Shiryu, cada que decías que trabajaba en un restaurante, me lo imaginaba tipo Ukyo de Ranma 1/2 XD
 
En fin, en el que viene llega: ¡la venganza de Jabu!
 
PD. Buen cap, sigue así.

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#13 Rexomega

Rexomega

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Publicado 28 octubre 2019 - 16:12

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl. Ifigenia como guerrera satélite fue uno de los guiños que pensaba hacer a Next Dimension en aquella época lejana en el que empecé esta obra, a falta de poder considerar la secuela al estar incompleta, pero los años pasaron y la historia no avanzó tanto como creía. ¡El Hyoga policía no podía faltar! En cuanto al escenario, probablemente sí pensé en Ranma ½ entonces, al ser el escenario que pensé en un principio demasiado pomposo para el relato.

 

¿La Venganza de Jabu no pasó en 2005? Ahora viene el Ascenso de Kido, ¿no? Oh, rayos, creo que estoy confundiendo franquicias de nuevo.

 

***

 

Preludio

 

Sexta parte. Despertar

 

Cuando la fuerza de los músculos y el alcance de los sentidos han superado los límites concebibles para los seres humanos, todo cambia en el campo de batalla. Una milésima de segundo puede hacer la diferencia entre victoria y derrota, entre triunfar y ser masacrado. Los objetos que a otros pudieron servir como una digna protección, son tan vulnerables a los golpes sobrehumanos como pudiera serlo un muro de cristal ante un toro embravecido. Las armas blancas son inútiles, hasta el mejor acero ha dejado de ser algo respetable; las armas de fuego, que tanto afectaron y afectan a las guerras de los hombres, ya no son temidas, ni tampoco una opción. 

Durante miles de años, incontables jóvenes fueron entrenados desde la más temprana infancia, soportando las más terribles pruebas a fin de poder superar los límites humanos. La mayoría encontraba la muerte en tales entrenamientos; de los cien hijos de Mitsumasa Kido, que fueron enviados a distintas partes del mundo para convertirse en santos de Atenea, solo unos pocos pudieron regresar, incluyendo a Jabu; su cuerpo se había convertido en la única arma en la que podía confiar, una que quienes eran semejantes a él no debían subestimar, una que los hombres comunes debían temer.

Cinco jóvenes lo rodeaban. En el mundo que le tocó vivir, cada uno también era superviviente de un entrenamiento a cual más atroz; poseedores de una fuerza sobrehumana y una voluntad inquebrantable, realizaron hazañas que aun él consideraba milagrosas, salvando en repetidas ocasiones a la humanidad a costa de ser castigados por su osadía.  En el mundo en el que ahora se encontraba, uno que pudo haberle tocado, no eran más peligrosos para él de lo que sería una gota de agua para un monte.

Un rápido vistazo le bastó para conocer las intenciones de aquellos: solo Ikki y Hyoga estaban dispuestos a no contenerse, aunque sin duda cada uno tendría sus propias razones; el propósito de Shiryu y Shun parecía ser únicamente inmovilizarlo, detener el enfrentamiento; mientras que Seiya aparentaba estar algo ido, confuso, totalmente distinto al impetuoso jovenzuelo que conocía. Al saber que algunos albergaban esperanzas de que la situación simplemente se calmara, sopesó de nuevo la posibilidad de convencerlos de que vivían un sueño del que debían despertar, pero pronto rechazó esa idea: a pesar de la reticencia de Orestes, había tomado la decisión de confiar en Ifigenia, había aceptado que aquel era el único camino.

Tanto por la postura de combate que había adoptado, como por la tranquilidad que percibía en su mirada, Jabu dedujo que Shiryu tenía una cierta preparación marcial, pero no dejó que el tiempo lo corroborara. Antes de que el encargado del local siquiera lo viera venir, le asestó un rápido golpe en el pecho que lo empujó violentamente contra la barra. Para cuando Shiryu cayó al suelo, su corazón ya se había detenido.

Jabu giró veloz buscando a Shun, su siguiente objetivo, y no se sorprendió al no encontrar rencor en la mezcla de sorpresa, preocupación y temor que le blanqueaba el rostro. Shun siempre sería Shun, no importaba de qué mundo se tratase.

Vio cómo un desarmado Hyoga se abalanzaba contra él de frente, y esquivó tanto su acometida como el puñetazo que Seiya quiso propinarle desde el flanco izquierdo, provocando que los hermanos perdieran momentáneamente el equilibrio al casi chocar. Aquel doble ataque había sido coordinado por ambos con un rápido intercambio de miradas, pero incluso si él no se hubiera dado cuenta de ello, no había forma de que lo tomaran desprevenido: el ruido, tanto de los pasos sobre el suelo como de un puño alzándose, llegaba a sus oídos por muy leve que fuera.

Shun también corrió hacia donde él estaba, pero no para enfrentarlo sino para auxiliar a Shiryu, aferrándose a la creencia de que no era tarde; y si bien corría con todas sus fuerzas y era poca la distancia que los separaba, los ojos de Jabu lo visualizaban como una imagen estática. El santo de Unicornio alzó el brazo ejecutor como si fuera una espada, y apuntando al cuello del hermano que nunca le deseó ningún mal, desató el mortal golpe. Mas, antes de que llegara a siquiera rozar a Shun, cambió la trayectoria del ataque, pasando de horizontal a diagonal hacia arriba. Una de las sillas del local terminó recibiendo toda la potencia del brazo del santo de Atenea, partiéndose en dos.

El hombre al que Jabu respetó y temió como el santo del Fénix en un tiempo distinto de aquel sueño, no lucía sorprendido ni por su fuerza inhumana, ni por la herida que le provocó en la garganta, de la que manaba sangre que apenas pudo contener con la mano. Sin duda la intención de Ikki no fue detenerlo, sino hacer de escudo humano para Shun, que ya había llegado hasta Shiryu.

Admirando tal coraje, Jabu sonrió para sí, incluso cuando un restablecido Seiya lo golpeó con gran fuerza en la mejilla, sin siquiera lograr moverle la cabeza un centímetro. Aunque se sorprendió de aquello, Seiya siguió golpeando, una y otra vez, a pesar de que tras cada golpe debía notar cómo crujían sus nudillos y cómo los dedos se mojaban con su propia sangre; era como si estuviera atacando a una plancha de acero, no a un ser humano. Pero si otros sentirían miedo por una situación así, Seiya siguió golpeando el rostro de quien había herido, quizá de muerte, a Shiryu e Ikki.

—Esto es un consejo que quiero que lleves a nuestro mundo cuando despiertes empezó a decir Jabu; su rostro estaba cubierto por pequeñas manchas de la sangre de los puños de Seiya, quien no desistía—: ¡malgastas demasiados golpes!

Tras esa observación, dada a gritos, Jabu dio un único puñetazo a la cabeza de Seiya, para luego enviarlo fuera de la cafetería con una certera patada en el estómago.

 

Mientras buscaba de nuevo a Shun, pensando que ya solo quedaban dos de quienes ocuparse, Ikki se le interpuso. Tenía el rostro pálido y sudoroso, la camisa azul sin mangas estaba mojada y oscurecida por la sangre que bajaba desde una herida torpemente tapada con un trozo de tela que presionaba con una de sus manos. Sin mediar palabra Jabu le quiso hacer perder el equilibrio con un juego de pies, pero Ikki se apoyó en su hombro con la mano libre, agarrándolo antes de contraatacar con una patada en la entrepierna que, quizás por lo sobrehumano del santo de Unicornio, quizás por el débil estado de Ikki, fue tan ineficaz como los golpes de Seiya.

Jabu vio a Ikki tambalearse, tratando de mantenerse firme y seguir luchando pese a estar a las puertas de la muerte. Con tanto respeto por tal fuerza de voluntad como desprecio por el terrible acto que estaba llevando a cabo, completó su tarea: en un rápido movimiento del brazo derecho, decapitó al valeroso hombre. Un grito desgarrador inundó la cafetería, tan terrible que todo el cuerpo de Jabu tembló tras escucharlo. Shun, único observador de la sangrienta escena, gritaba de dolor, llanto y rabia, pero aún sin el odio que cualquier otro pudiera sentir frente al asesino de sus hermanos.

La bondad de aquel muchacho, la determinación de Ikki por protegerlo a costa de su propia vida y el espíritu indoblegable de Seiya. Consciente de que aquellas nobles virtudes no debían estar encerradas en un sueño, sino que su lugar era el mundo donde fluye el tiempo sin detenerse por nada ni nadie, Jabu halló de nuevo el sentido de su misión y, mediante aquella rapidez que el ojo humano era incapaz de seguir, se dirigió hacia donde estaba Shun, levantándolo al agarrarle el cuello.

Una cadena cayó rodeando el cuello de Jabu, sostenida desde los extremos por las manos de Shun. El santo de Unicornio decidió pensar en aquello como una simple broma del destino, pero antes de eso incluso temió por un instante que el hierro que rodeaba su garganta empezara a despedir voltaje, tal como ocurrió cuando combatieron en el mundo consciente. La situación en la que los dos jóvenes se encontraban podía ser un empate, donde cualquiera podría salir vivo o muerto, pero dos cuestiones hacían la diferencia: la superior fuerza de un santo de Atenea, y que el objetivo de Jabu no era ahogar o ahorcar a Shun, sino romperle el cuello.  

Antes de que Shun cayera, una botella golpeó la pared sin poder alcanzar a Jabu, a quien le bastó mover un poco la cabeza para esquivarla. La botella se quebró al instante contra la pared, impregnando el lugar de un intenso olor a alcohol. El santo de Unicornio pudo entender la estrategia de Hyoga, último de sus hermanos todavía prisioneros del sueño, cuando vio cómo este jugaba con un mechero azulado.

Un movimiento astuto, digno del que hubo de ser el santo de Cisne. Sin embargo, la astucia de un hombre mundano no tenía ningún valor allí, como supo enseguida Hyoga. Apenas había parpadeado cuando Jabu llegó hasta él, inmovilizándolo.

Para Hyoga, escéptico, negador de todo aquello que no había podido ver él mismo, ser apresado por la fuerza inhumana de un mito resultaba una broma, una broma pesada, del destino, y rio por ello con ganas y no poca dosis de cierta locura. Ya solo le quedaba algo por hacer, la más osada y desesperada jugada que un ser humano puede llevar a cabo. Fingiendo que trataba inútilmente de soltarse, dejó caer con naturalidad el mechero encendido, regalo de unos segundos padres a los que supo amar por todo lo que le dieron en vida, y sabía bien que todo el suelo en derredor estaba empapado del mismo líquido inflamable con el que había tratado de cubrir a su captor antes.

Ni siquiera se le permitió a aquel hombre de ley decidir cómo debía ser el fin de sus días. Rápido como las balas que en días mejores surgieron de las pistolas que empuñó, el asesino de sus hermanos golpeó el mechero, destruyéndolo por completo. Y al mismo tiempo, pues tal proeza no llegó a cubrir siquiera el segundo, le quebró la columna con un segundo golpe, rompiéndole el cuello en un efecto látigo.

 

***

 

Los más destacados hijos de Mitsumasa Kido, prisioneros de Hipnos, habían muerto. Orestes, de sentidos todavía más agudizados de lo que Jabu de Unicornio pudiera siquiera soñar, fue silencioso observador de la desigual batalla que se desató en aquella cafetería al otro lado de la ciudad. Pero no fue aquello lo que impidió que terminara con la vida de Ifigenia, principal instigadora de la matanza, cuando pudo posicionarse detrás de ella después de haberla desorientado con una luz cegadora.

Él, como guerrero que había sido, podía aprender más de alguien en el campo de batalla que en cualquier clase de conversación. La lucha con Ifigenia había sido corta, pero le bastaba para saber que aquella no había nacido bajo un hado violento. No gozaba de cada una de las batallas que libraba, ni las muertes que causaba. Sin embargo, si en el telar de las Moiras estuvieran escritos para ella un millar de enfrentamientos, los libraría del mismo modo en que ahora lo apuntaba: firme, sin temblor alguno en la suave piel blanquecina y el fino rostro, ahora turbado por la ceguera que padecía, porque aunque no era su deseo, sí que era su deber. Jamás renegaría de la vida que le tocó vivir.

Para cuando Ifigenia abrió de nuevo aquellos ojos de hechicera, Orestes ya adivinaba que aquella podía ser la más leal servidora del dios por el que luchaba, y, más importante, estaba seguro de que no sería capaz de llevar a cabo deshonrosos ardides, pese a tratarse de una mujer. En todo momento, ella había sido sincera.

Por otra parte, aún dolida por el resplandor, Ifigenia dirigió su mirada hacia la metálica vestidura que ahora cubría el cuerpo de Orestes de Micenas: por encima de las antiguas ropas que llevaba, ahora era protegido por una armadura blanca, con un intenso naranja en todos los bordes asemejando el brillo del sol en el atardecer; aquel mágico color era visible sobre todo en las hombreras, alargadas e imponentes, y ciertos detalles estelares en relieve sobre el peto, entre los que destacaba un semicírculo rodeado de pequeñas líneas que parecía representar una corona. Los brazos y las piernas estaban también cubiertos casi por completo con el mismo blanco bordeado de naranja;  era poca la piel descubierta por encima de los codos o las rodillas. Y si alguien pudiera creer que la armadura no llegaba a proteger la cabeza, debía ver con mejor ojo cómo una última pieza se confundía entre el cabello castaño dorado de Orestes, como una tiara en la frente que se extendía posteriormente hasta defender los flancos del rostro.

—¿Por qué no me has matado? preguntó sin titubear la amazona, hablando ahora con un recelo que parecía antinatural viniendo de ella.

—¿Preguntáis por qué no os he matado hasta ahora, o solo por qué no lo he hecho en este momento? –cuestionó Orestes.

Ifigenia tensaba todavía el arco con una flecha negra, y aunque no le estaba apuntando al corazón, la cabeza o cualquier otro punto vital, Orestes sospechaba que aquello se debía a que la magia detrás de la terrible saeta lo hacía innecesario.

—Ambas respondió Ifigenia.   

 —No he venido hasta aquí solo para cumplir una misión admitió Orestes—. Mi señor, a quien sin duda conocéis, no toma ninguna decisión por azar. Él, a quien el Hado le negó incluso el tener un nombre, me contó la historia de un hombre temeroso de los pecados que había cometido, más incluso que del castigo que pudieran imponerle por ello. Era tal el temor que sentía, que rogó a Hipnos, el sombrío dios del sueño, para que lo sumiera eternamente en un dulce sueño, tal como había hecho con Endimión, quien siempre contempla a Selene con unos ojos durmientes que jamás serán cerrados.

—Aquel hombre eres tú adivinó Ifigenia, y era deseo de Orestes que así ocurriera.

—En verdad caí en un largo sueño, aunque no puedo recordar qué soñaba, como tampoco podría deciros si Hipnos accedió a mi petición o me estaba castigando por mis pecados apuntó Orestes, forzando por momentos el ceño en un intento de hacer memoria—. Habría dormido por siempre, volviéndome entonces responsable del fin de la civilización micénica, si otro no se hubiera sacrificado para salvarme. Hipnos puede ser el gemelo de la Muerte, mas no es igual de inflexible.

—Por supuesto intervino Ifigenia, interrumpiendo a Orestes—. La Muerte acompaña a cada ser vivo hasta el día en que muere, pero de estos solo alcanza a ver cómo viven y cómo mueren, nada más atrae su atención. Mi señor Hipnos también está con los seres vivos, ofreciéndoles el descanso reparador que extiende la vida; pero además, a través de los honorables Oneiros, muestra a esos seres innumerables mundos más allá de las vidas que viven bajo la sombra de la Muerte.

—Él ve más allá… —musitó Orestes—. Desconozco qué vio detrás de la posibilidad de despertarme,  solo sé que fui liberado de un sueño, tal vez un castigo, que merecía a cambio de la vida de una persona cercana a mí. Mi señor me dijo quién era esa persona, oponiéndose a la voluntad de todos los dioses y al mismísimo Hado, mas ya no lo recuerdo. ¿Podéis imaginar por qué?        

—Esa persona se convirtió en un sueño respondió Ifigenia, siguiendo de nuevo las expectativas de Orestes. En ese momento, la amazona empezó a entender por qué el micénico se interesaba tanto en el funcionamiento del reino de Morfeo, sobre todo los sueños reales. Él había estado en la misma posición que los hermanos de Jabu.

—Aparte de lo que te he contado sé algo más, aunque es una especulación a la que me aferro, no un recuerdo. Solo un sueño puede intervenir en un sueño real, ¿y dónde, si no es en el reino de Morfeo, viven los sueños? Llegué a pensar que vos sabríais de la persona que se sacrificó por mí para despertarme, incluso creí que erais esa persona, a quien había olvidado o quizás nunca conocí.

—¿Querías pedirle perdón? ¿Acaso te arrepientes de haber sido despertado? cuestionó Ifigenia, recibiendo de inmediato la negativa de Orestes.

—Quería agradecérselo. Si le pidiera perdón, solo insultaría su gesto, demostraría que no se logró nada con liberarme de un encierro merecido. Si alguna vez pensé de esa manera, hoy no, hoy reniego de un pensamiento tan cobarde.

—Todo esto explica por qué no me mataste hasta que nos separáramos de Jabu, a quien llamas Unicornio dedujo la amazona, aún apuntando al imperturbable Orestes—, pero cuando él se fue decidiste enfrentarme. ¿Qué ha cambiado?

Esta vez Orestes no respondió de inmediato. Avanzó hacia el borde de la superficie sobre la que ambos se encontraban; sin duda, incluso para los hombres que realizaban proezas milagrosas, caminar en una nube era una experiencia curiosa. Miró hacia el horizonte, donde se encontraba la cafetería en la que cinco hermanos enfrentaron a un sexto que había venido a matarlos. Pasados unos segundos, volteó, diciendo:

—He decidido confiar en vuestro honor, guardiana del Oneiroi.

Satisfecha con la respuesta, pese a que fuera más escueta de lo que había sido la anterior, Ifigenia bajó al fin el arco. Para Orestes no pasó desapercibida la alegría que la amazona sintió al saber que no tendría que seguir peleando inútilmente.

 

***

 

Ante la mirada de Jabu, el sencillo restaurante había quedado reducida a escombros, bajo los cuales se hallaban enterrados los cadáveres de sus cinco hermanos.

—Cuatro se corrigió el joven, notando detrás de él cómo Seiya tambaleaba.

Incluso antes de darse la vuelta, ya estaba asombrado de lo obstinado que podía ser el santo de Pegaso. Pese a tener la nariz torcida y el rostro ensangrentado desde las heridas en la frente, así como varias costillas rotas, Seiya permanecía de pie, desafiante.

—¿No ha sido algo exagerado? fue lo primero que dijo Seiya, intuyendo no solo que Jabu destruyó el local a golpes, sino que sus hermanos ya habían muerto para entonces.

—No quise dejar nada al azar contestó Jabu. Si dejara a cualquiera de vosotros vivo aquí, no solo permanecería en este sueño de por vida, sino que además tendría que cargar con la muerte de sus hermanos a manos de un asesino que no podrán recordar.

—Y sin embargo, nos dejaste una oportunidad, aunque mínima apuntó Seiya, tratando de mantenerse firme—. ¿Sabes? Dijiste que utilizabas el sarcasmo para contener tu rabia, pero yo creo que no es así.

—¿Ah, no? Jabu, acercándosele poco a poco.

—Pienso que pretendías esconder tu miedo completó Seiya con suspicacia. No parecía amedrentado, ni por asomo—. Incluso si aceptara que este mundo no es más que un sueño, me podría preguntar qué sentido tiene que tengas que matarnos para liberarnos. Matar a tus propios hermanos a sangre fría, sin siquiera tratar de convencerlos por otros medios; no parece la misión de un héroe, precisamente.

—Por eso soy yo quien debe realizarla dijo Jabu, a escasa distancia de Seiya—. Tal vez no sea agradable, pero es necesario, y estoy dispuesto a nunca arrepentirme de ello. ¿Tuve miedo? ¡Quién sabe! Pero no os mentí cuando dije que lo que trataba de contener era rabia: rabia contra cinco héroes verdaderos que jamás perdieron la esperanza, y que sin embargo ahora veo que han pasado años viviendo un sueño sin cuestionarse nada.

 

Seiya retrocedió en un rápido movimiento, pero no para huir. Poniéndose en guardia, estaba dispuesto a caer peleando aun si la batalla estaba perdida, y no solo dudaba de lograr una victoria por su estado físico, sino porque él mismo ya empezaba a aferrarse a la esperanza que Jabu le estaba ofreciendo: todo aquello era un sueño del que iba a despertar. No era posible que la muda tristeza en los ojos de aquel hermano fratricida fuera producto de la simple locura.

 

Al mismo tiempo que Jabu se cubría de un aura violeta, toda la zona empezó a temblar, como ocurrió en el restaurante, aunque con mayor intensidad. El santo de Unicornio hizo memoria, sopesando la posibilidad de que estuviera a punto de emplear su cosmos en aquel momento, como lo hacía ahora. El fenómeno, empero, no lo estaba provocando él de forma consciente. No se trataba de un temblor de tierra, sino que también el aire, las nubes y el cielo empezaban a reaccionar del mismo modo que el cristal ante un estridente sonido. Y por supuesto eso era lo que ocurría: algo sonaba con la suficiente intensidad como para que el todo estuviera a punto de colapsar, un ruido que para él no era más que un pequeño dolor de cabeza, pero que probablemente era más que eso.

«Ha estado afectando este mundo desde que llegué pensaba Jabu, sin poder disipar el aura que lo rodeaba, la cual intensificaba el apocalíptico sonido más allá de toda medida—. Hipnos arrojó sobre mí algo para introducirme en este sueño, para hacerme parte de él: un contrato convertido en arena… No, antes era otra cosa, lo único que causaba ruido en el hogar del más silencioso de los dioses…»

De pronto, la respuesta le llegó, tan obvia como absurda.

¡Un despertador! exclamó Jabu, pudiendo imaginar ahora la auténtica forma de la herramienta que el dios del sueño sacó de su escritorio. Un tesoro divino capaz de traer la destrucción a un sueño real, usándolo a él como medio de transporte. ¡Primero una taza de café y luego un despertador! Tu humor es extraño, Hipnos.

 

«Ahora sí te volviste loco.» Eso es lo que Seiya habría espetado en cualquier otra circunstancia semejante, pero no ahora. Seguía en guardia, determinado a librar la última pelea, o quizá solo la primera de otras tantas peores; imposible de saber en aquel momento. Todo cuanto podía ver empezaba a llenarse de sutiles grietas, no solo las cosas sino también el mismo espacio entre ellas, pero ni eso lo distrajo. Después de ver el poder de un santo de Atenea, ¿qué otra cosa merecía sorprenderle? No estaba en un estado en el que pudiera permitirse malgastar energías, después de todo.

 

Para Jabu el próximo fin de aquel mundo tenía más de un significado. ¿Era una treta de Hipnos para eliminar a los santos de bronce? ¿Acaso Ifigenia habría enfrentado los designios del dios del sueño al llevarlo por el único camino posible, evitando que él, ingenuo, buscara mil y una alternativas mientras todo se iba abajo? ¿Qué habría pasado si el despertador hubiese roto aquel sueño antes de que él lograra sacar a sus hermanos de él? ¿Morirían? ¿Despertarían? Estas y más preguntas azotaban al santo de Unicornio, pero este decidió confiar en Ifigenia por encima de toda duda, fuera el despertador un ardid de Hipnos en su contra o a su favor.

—Esto es todo mi cosmos dijo Jabu; el cuerpo brillando con luz propia, al punto que parecía estar ardiendo—, el cosmos de un santo de bronce; el poder del hombre que asesinó a tus hermanos, el poder de tu hermano.

—Estos son mis puños respondió Seiya, mostrando nudillos cubiertos de sangre seca—, los puños de un boxeador y nada más que eso.

Jabu sonrió ante tan sencillas palabras, y sin más esperó a que él hiciera el primer movimiento. Cuando Seiya se lanzó en su contra, más rápido y más fuerte de lo que había sido durante los años vividos en aquella vida onírica, el santo de Unicornio saltó, cayendo sobre él como un bólido cuyo mortal extremo era el pie. La patada aérea, técnica que Jabu se enorgullecía de llamar Galope del Unicornio, llegó a Seiya con una violencia inusitada, pero fue incapaz de escuchar el momento en que el corazón de aquel valiente estallaba ante la presión de su cosmos violáceo, pues todo aquello sucedió en un movimiento que rompió la barrera del sonido.

En aquel instante, o un poco antes, el mundo entero estalló como el cristal en derredor del santo de Unicornio, antaño soñador, y ahora sueño.

 

***

 

¡Nos vemos el próximo lunes!




#14 Kael'Thas

Kael'Thas

    Incluso cuando está oscuro..Mira esta tierra que

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Publicado 28 octubre 2019 - 19:24

Debo decir Rexomega su prologo esta epico epico 

 

PD: Voy a leer de a poco 


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#15 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Publicado 31 octubre 2019 - 14:08

Parte 6. Saint Jabu
 
Jabu, sintiéndose como Superman en la peli de la liga de la justicia, jajaja mientras todos se le echaban encima.
 
Awww, qué recuerdos, cuando hace tantos años (muchísimos años) te hice un  dibujo de Orestes, el cual describes tan bien que claramente visualizo ese viejo dibujo XD (Por si alguien quiere ver:  https://www.devianta...Boreal-55089520 )
 
Y pues ya, Jabu ha cumplido su misión, por lo que el prologo está llegando a su final para que empiecen las cosas en verdad interesantes :3
 
PD. Buen Cap, sigue así x3

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#16 Rexomega

Rexomega

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Publicado 04 noviembre 2019 - 18:48

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl. ¡Buena comparación con esa escena! Seguro Seiya y los demás también sintieron el temor que abundaba en ella, aunque igualmente lucharon. De siempre me ha gustado cómo quedó el fanart (¡2007! Qué lejano suena), me sirvió mucho a la hora de describirlo años después, así que aprovecho para agradecerte por la ayuda. Como dices, la misión de Jabu ya ha terminado, lo que significa que una nueva historia está por empezar... ¿O acaso quedan cosas por contar de nuestro héroe? 

 

Kael´Thas. Bienvenido a la aventura, compañero. Espero que los otros capítulos te hayan gustado, aquí viene uno más.

 

***

 

Preludio

 

Séptima parte. Una victoria amarga

 

La oscuridad lo rodeaba una vez más.

No, no era oscuridad, era la nada. La ausencia de cualquier cosa que rodea los límites de toda la Creación, el vacío sin vida ni muerte sobre el que se construyen los sueños.

Los sueños son maravillosos, quizá incluso los malos, pero aquel lugar no lo era, no para Jabu de Unicornio.

Él, fratricida en un sueño que ya había terminado, agradeció con una sonrisa la aparición de Ifigenia y Orestes. Aquel par se le antojó como la Luna y el Sol manifestándose a la vez en un cielo nocturno sin estrellas, dispuestos a ahuyentar con una luz divina las tinieblas que tan poco le gustaban.

Aquello no tenía sentido, desde luego, pero a él, ¿qué podía importarle si lo tenía o no? Ellos estaban ahí, junto a él, solo eso importaba.

—Habéis obrado bien, Unicornio. Tanto como reconozco haber dudado de vos, ahora me alegro de haberme equivocado —aseguró Orestes, manteniendo esa forma tan característica de hablar. El rostro radiante y la mano que puso en su hombro fueron, para Jabu, lo más cercano que podía esperar a una sonrisa de parte del micénico.

—¡Y más veces te alegrarás de haberte equivocado, si es que dudas de nuevo de un santo de Atenea! —exclamó Jabu con un entusiasmo inexplicable, al tiempo que correspondía el gesto de Orestes— Tú también has hecho bien tu parte. No sé qué le ofreciste a Hipnos, a buen seguro no lo sabré nunca, pero sirvió.

Los dos hombres, separados por el tiempo y el espacio, unidos por un propósito común, se estrecharon la mano. No hubo más palabras entre ellos, ya estaba todo dicho en el reino de Morfeo, y ahora era el mundo de los hombres el que a Orestes debía importar. Jabu lo sabía bien, así que evitó lamentar la partida del micénico, quien se desvaneció entre las sombras tal que solo hubiese sido una aparición.

 

Ya solo quedaban él e Ifigenia, la amazona que lo había guiado hasta aquel momento. De resto, solo un negror infinito al que no deseaba dirigir la mirada.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó Jabu; si bien sabía la respuesta, deseaba que la voz de Ifigenia rompiera el silencio por última vez.

—Dejarás de existir para los mortales… —empezó a decir la amazona, manteniendo la serenidad que, sabía, aquel joven esperaba de ella—. Jabu, hijo de Mitsumasa, no llegará nunca a convertirse en el santo de Unicornio, ni morirá en el intento; ni siquiera habrá nacido. Si alguien te recuerda, y es difícil que así sea… —hizo una pausa, tratando de dar una pequeña esperanza a su atento oyente: es difícil, no imposible— lo hará tal y como se acuerda de un sueño.

—Con que no solo moriré, sino que ni siquiera habré nacido. No me espera el Hades, sino el olvido —dijo Jabu, expresando en voz alta lo que en su mente ya había concluido tiempo atrás.

Ifigenia asintió, tal y como Jabu esperaba. La expresión de la mujer era la de la amiga que sonríe por el amigo que está sufriendo, o quizás la de quien esconde una solución al problema que causa tal sufrimiento, una tan eficaz como inconfesable.

—No tiene por qué ser así —dijo una voz melodiosa, cubriendo la oscuridad reinante—. No para ti, joven héroe, que tomaste la única decisión que podía tomarse, aun sabiendo que te mancharía para siempre y que no tendrías recompensa alguna.

Tales palabras fueron el preludio de una aparición, si no majestuosa, cuando menos agradable a los ojos de Jabu. Vestida sencillamente con una blusa de claro rosado, falda larga de intenso color magenta, y zapatillas rojas, se presentaba ante él la pelirroja hermana de Seiya, y también suya. Debía de ser la misma persona con la que se encontrara en la versión onírica del orfanato Niños de las Estrellas, pero ahora no encontraba en ella un rostro simple y de naturaleza alegre, sino sereno, sabio; había alegría en su sonrisa y en sus ojos, pero no la alegría de una mujer mortal.

—Me niego a creer que era la única opción —repuso Jabu, escondiendo tras palabras desafiantes lo sorprendido que estaba por la aparición—; tal vez lo era para mí, pero eso no me dice mucho. ¿Acaso no lo dijo Hipnos, dios del sueño? Puede que la Esperanza esté en el corazón de cada ser humano, muchas veces en un rincón tan profundo que pasa desapercibida, pero aun entre aquellos que se dejan llevar por ella hay quienes tienen más o menos fe. Soy uno de los santos de Atenea, pertenezco a la casta de los santos de bronce y eso está bien, pues decidí aceptar que no hubiera una alternativa al fratricidio; no dejé que la Esperanza que gritaba desde el fondo de mi alma, me guiara.

—Eso no es cierto —interrumpió Ifigenia—. ¿Acaso realizaste esta misión solo porque te lo ordenaron? No lo creo. Estoy segura de que aquello que te empujó hasta este momento y lugar no fue la orden de tu diosa, ni el deber, ni el destino, sino la esperanza en un futuro mejor, uno en el que estuvieran tus hermanos, uno que pudiera protegerse.

—Creía que la Esperanza era considerada un mal por los dioses… —repuso Jabu, algo descolocado.

—Hay veces en las que nos da fuerzas para superar los obstáculos del día a día, entonces es una bendición de los dioses de la que debemos estar agradecidos; otras, solo sirve para dañar a otros o hasta a nosotros mismos, no nos ayuda sino que nos engaña, nos vuelve… tozudos —buscó la aprobación del ser que adoptaba la apariencia de Seika, y la obtuvo en forma de un gesto de asentimiento.

El primer pensamiento que tuvo Jabu fue que a Ifigenia le faltó mencionar la tercera posibilidad, la que Hipnos mencionó y a la que se había referido: «y el resto de veces lleva a cinco mozalbetes a trastocar el orden natural de las cosas, en el que los inmortales se placen —oyó en su mente.» Sin embargo, que aquella simpática y algo ingenua mujer redujera la decisión de matar a tus hermanos para despertarlos o tratar de convencerlos de que están dormidos, a ser tozudo o no, le provocó una gran sonrisa que enseguida se transformó en una risa genuina. Era un chiste, uno desagradable y de mal gusto, pero no pudo evitar reaccionar así.

  —¿Qué me ofreces, aparición? —preguntó Jabu pocos segundos después. No era el tiempo de risas ni sonrisas, así como no lo era de llantos ni lágrimas.

—La eternidad —respondió la entidad con la apariencia y la voz de Seika, asombrando por igual a Jabu e Ifigenia, aunque por distintas razones—. ¿Sabes en qué te convirtió el Padre Sueño, no es así?

—Sí, me han taladrado a base de bien la cabeza con el tema de los sueños reales y los sueños falsos —dijo Jabu con no poca irreverencia, y añadió—: me convirtió en parte del sueño en el que había encerrado a mis hermanos, en una especie de ente onírico. Ahora que ellos han despertado, imagino que me toca desaparecer a mí, del mismo modo que desapareció el mundo que soñaban.

—Desaparecerás para tus seres queridos y para el universo, eso me temo que es inevitable —las palabras de la criatura eran de un lamento y una compasión sinceras, sin por ello dejar de resultar lejanas—. Pero tú, joven héroe que reniegas serlo, puedes seguir existiendo en este reino si así lo deseas.

De pronto, Jabu tuvo la idea de que lo que estaba ocurriendo no era algo nuevo. Miró a Ifigenia —lucía radiante, manteniendo en silencio su propia esperanza, sin pensar si era un regalo de los dioses o tozudez— y se le ocurrió que ella pudo haber estado en su lugar: sirviendo a Atenea, o a otra deidad, se embarcó en una misión por la que debió  renunciar a su propia existencia en favor de otro u otros, transformándose en parte de un sueño; al final, una vez cumplido su papel y mientras era olvidada por todos los seres que la conocían y hasta por el propio mundo que la vio nacer, un rayo de esperanza atravesó la detestable oscuridad de la nada. La aparición no tendría la forma de Seika, desde luego, sino de alguien cercano, tal vez querido, con el que Ifigenia pudiera sentirse a gusto mientras le proponían una segunda oportunidad.

«Pero se olvidó de mencionarle un detalle entonces —pensaba Jabu. El joven había retrocedido unos pasos y evitaba mirar a Ifigenia o a la Seika onírica. Ahora, a pesar suyo, miraba a la sombra que no era sombra, como queriendo entender lo que estaba en juego—. Una segunda oportunidad en medio de incontables mundos por ver y proteger, pero sin un igual que camine a tu lado.»

No necesitó mirar a la amazona para que aquel rostro amable se dibujara en su mente, y aunque solo era una imagen fruto de unos pocos recuerdos, le dolió la mirada que le dirigía. En aquel momento se preguntó cuánto tiempo —¿Décadas? ¿Siglos? ¿Acaso podían ser milenios?— llevaba siendo Ifigenia la única habitante humana de un reino de sueños fugaces, dioses inmortales y otras criaturas fantásticas e inimaginables. Era posible que solo fuera una impresión suya, que solo veía lo que quería ver, pero en los ojos de la guardiana del Oneiroi que tanto había visto en aquel último tramo de su corta vida, creyó encontrar un grito de auxilio poderosamente contenido:

No quiero estar sola, no quiero estar sola nunca más.

Algo más preocupaba a Jabu. Más allá de la soledad de aquella mujer, más allá de si aceptaba o no la propuesta que aquel extraño ser le hacía, estaba un hecho tan cruel como verdadero: ya no era un ser real, no estaba ni vivo ni muerto. ¿Ya? No, eso no era del todo cierto: para todos los que lo conocían, para los que jamás lo conocieron, para el mundo en el que nació y vivió, él jamás estuvo vivo o muerto, nunca existió.

Sin poder evitarlo, empezó a plantearse cómo habrían ocurrido los acontecimientos en los que él estuvo presente, cómo el universo resolvería su ausencia. ¿Quién vestiría el manto de Unicornio?  ¿Quién lucharía contra Ban de León Menor, en las Galaxian Wars? ¿Quién reuniría a los hijos de Mitsumasa Kido que no conocieron ni la muerte ni la gloria, frente al templo de Aries? ¿Quién los animaría a defender la vida que todos y cada uno de los santos de Atenea debían proteger? ¿Quién…?

 

***

 

Era el año 1990. Tiempo atrás, alguien tuvo el acierto de resaltar la belleza de la noche primaveral. Hoy ese mismo muchacho trataba de mantener tal bella imagen del firmamento en su mente quebrada. Nachi, santo de Lobo, había evitado mirar el cielo aprovechándose de aquel ya lejano recuerdo. Y es que la bóveda celeste no era ya algo que ni él ni nadie pudiera tener deseos de mirar.

Habían pasado nueve días y cerca de nueve noches desde que la luz del sol dejó de tocar la superficie terrestre. Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno, Plutón… Todos los planetas del Sistema Solar se alinearon con el mundo que los hombres habían decidido llamar simplemente Tierra, negándole así la bendición del Astro Rey que desde tiempos inenarrables le ha correspondido; condenando a todos los que la habitan —fueran hombres, animales, plantas o cualesquiera de las criaturas que vivían ocultas en su seno— a un lento pero inexorable fin.

La Luna fue cómplice inesperado del resto de cuerpos celestes; tras haber arrojado durante incontables noches su hermosa luminosidad sobre la Tierra, ahora era un muro más entre esta y el Sol. A pesar de todo, sí que había luz en la negra capa que rodeaba el tercer planeta del Sistema Solar, incluso Nachi lo sabía, podía imaginarlo: estrellas viejas, tanto que era seguro que murieron hacía mucho tiempo y cuyo frío brillo fue siempre opacado por la presencia del Astro Rey, ahora alcanzaban cada uno de los rincones del mundo. Luces terribles que ninguna criatura viviente debería conocer, blancas rasgaduras en medio de las tinieblas que solo presagiaban muerte.

—Pero nada muere —musitó de pronto Nachi, al tiempo que daba un par de cortos pasos antes de detenerse, pensativo. Un viento frío venido de ninguna parte lo golpeó sin fuerza, casi como una caricia, provocándole escalofríos.

Por un momento fue consciente de qué tan helado estaba tanto el suelo como el aire, pero pronto desapareció la sensación. Aquel ambiente podía ser hostil para muchos, pero por él respondían un entrenamiento tan largo como intenso y severo en las Colinas Bomi, y la sagrada protección del manto de la constelación de Lobo. Hasta cierto punto, las bajas temperaturas no eran un problema, y más bien debía preocuparse de un frío que tenía poco de físico y mucho de espectral.

—Nada muere —repitió sin emoción, en parte creyendo que al hacerlo invocaría un nuevo golpe de viento, tal vez un fantasma errante. No hubo respuesta.

Nachi retomó distraídamente la marcha mientras le daba vueltas a la razón que lo había traído hasta ahí: primero estaba el eclipse solar, un terrible fenómeno provocado por la voluntad de un dios desconocedor de la piedad o la compasión; pero sobre todo, la imposibilidad de la muerte. Desde que el sol quedó oculto tras la luna nada había muerto, sin importar si era hombre o animal, así se tratara de la peor de las enfermedades o la más mortal de las heridas, toda criatura era simplemente incapaz de morir. Semejante situación, tan inexplicable como pavorosa, los llevó hasta las ruinas de lo que en otro tiempo fue un magnífico castillo en el sureste de Alemania.

Solo ocho santos de Atenea marcharon hacia aquel lugar, y solo ellos quedaban de los protectores primeros y últimos del mundo y la humanidad. El resto, sus compañeros de armas, se encontraban en las profundidades del Hades, unos como almas atormentadas, otros librando una batalla inimaginable que, quizás, sería la última.  

Nachi se detuvo en seco al borde de un extraño pozo, y tuvo tiempo de agradecer a los dioses —a una en particular, al menos— por no dar un paso más, antes de fijarse en cualquier otra cosa. Ese hueco en la tierra frente al derrumbado castillo Heinstein era a su modo tan terrible como el negro firmamento que los observaba con brillantes ojos muertos, no en vano era la entrada al reino de los muertos. Todo el interés que pudiera tener en echar un vistazo desapareció gracias el pérfido olor que asemejaba al miasma, propio de los cuerpos enfermos y las aguas estancadas. Emanación de alguno de los cinco ríos del Hades, supuso Nachi, quien estaba empezando a sudar.      

Cuando vio al otro lado del pozo a Jabu —más bien, lo que vio primero fue el casco característico del manto de Unicornio, coronado por un cuerno blanco—, y recibió una amplia y confiada sonrisa, de algún modo se sintió mejor. Seguía estando aterrado, sí; el sudor reaparecía sobre la piel por mucho que tratara de quitárselo, y el frío que había sentido por dentro hacía poco regresaba sin necesidad de viento alguno; pero saber que alguien como él podía sonreír en una situación así, le permitía replantearse las cosas.

Detrás de Jabu aparecieron dos mujeres enmascaradas. Nachi era consciente de que aquellas podían desplegar el poder más grande entre los santos de Atenea ahí reunidos. Después de todo, ellas eran las únicas supervivientes de la segunda casta de la orden, la de los santos de plata, siendo los otros seis, santos de bronce.

—¡Escuchadme todos! ¿Vais a escucharme? —exclamó Jabu de pronto.

No hizo falta que alguien respondiera, todos los presentes pusieron de inmediato su atención en Jabu. El resto de santos de bronce rodeó el pozo como un semicírculo; las veteranas solo giraron la cabeza hacia donde estaba el santo de Unicornio. 

—Veo temor en cada uno de vosotros, pero no puedo imaginar a qué tenéis miedo. —Los ojos de Jabu recorrieron el lugar, deteniéndose en cada uno de sus compañeros de manera inquisitiva—. ¿A quienes no mueren? ¡Pero si entre nosotros está Ichi, santo de Hidra, quien en sus garras guarda el veneno de Lerna, tormento de mortales e inmortales! ¿A los monstruos que habitan el Hades? ¡Por mí podrían presentarse en este instante, tan solo para conocer los poderosos brazos de Geki de Oso, que a tantas bestias ha dado muerte! ¿Acaso tembláis ante la idea de que los muertos dejen de estarlo, y regresen a la superficie rasgando la tierra que por siglos ha velado su descanso? ¡No hay criatura más sobreestimada que el zombi, simple aperitivo para Nachi y Ban, más fieros y más terribles que cualesquiera de los animales que han poblado este planeta! ¿A los que se esconden, los fantasmas, lo espíritus, esos que no vemos pero que nos acechan? ¡Entre nosotros hay una a la par de esos seres, y como el camaleón se mueve por el mundo siendo parte de él, June! ¿Tal vez al dios al que hemos venido a enfrentar, al que desde tiempos inmemoriales se ha erigido enemigo de los hombres, si no es que de todos los seres vivos? ¡Sabed que Shaina de Ofiuco estuvo también cara a cara con Poseidón, que nada debe al rey Hades, y ni eso bastó para hacerla retroceder! ¡Recordad a Marin de Águila, a mi diestra, pues ella estuvo dispuesta a enfrentar la voluntad de quien era llamado Papa en el nombre de la justicia!

La fuerza de las palabras no estaba solo en el volumen de su voz, sino en la confianza que Jabu, santo de Unicornio, mostraba a iguales y superiores. Cuatro santos lo miraron con una mezcla de admiración y sorpresa, aquel joven era el mismo que los había sacado de la vergüenza de la derrota, recordándoles que seguían teniendo un deber como santos; el que elegían como líder aun con toda la reticencia que pudiera mostrarles;  las otras tres, escondidas sus emociones tras máscaras metálicas, hicieron un gesto de asentimiento, aprobando el intento de su compañero por mejorar los ánimos.

Antes de que nadie en el lugar pudiera sopesar todo lo que acababa de ser dicho, un terrible grito surgió desde el fondo del pozo con una fuerza imposible, como si nueve mil hombres hubiesen gritado al mismo tiempo y con una sola voz. Una oleada de viento acompañó a aquel terrible sonido a la vez que un temblor tan intenso como fugaz pareció anunciar el hundimiento no solo del castillo Heinstein, sino de la montaña sobre la que fue edificado. Cada uno de los ocho guerreros presentes tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantener el equilibrio como buenamente podían, sobre todo cuando el nauseabundo olor de antes surgió del pozo como una columna de humo verde, casi como si siguiera al viento desatado.

 

«¿Era viento?»

Jabu se hizo esa pregunta al sentir un repentino escalofrío, y empezó a pensar que la ola de aire que los había golpeado no era tal, ni ninguna otra fuerza u elemento de la naturaleza, sino almas en pena huyendo de un castigo que debía ser eterno, pero…

Los pensamientos del santo de Unicornio se interrumpieron por un débil sonido, casi un hilo de voz que empero provenía de alguien que estaba gritando. No era de extrañar que el grito que había hecho retumbar una montaña entera al punto de amenazar con derrumbarla le hubiese afectado al oído; era más sorprendente la pronta recuperación, que bien podría atribuir a su condición de santo, bien a que lo que llegó a la superficie no era más que los restos de una voz mucho más potente.

—¡Arriba! ¡Detrás de esa cosa verde! ¿Es…? —exclamaba Nachi con conmovedora emoción—. ¿Es…? —repitió, atragantado.

Jabu todavía no se había recuperado del todo, pero no necesitaba oír bien para poder distinguir señas, menos unas tan sencillas como apuntar el cielo. Al seguir lo que la mano nerviosa de Nachi de Lobo señalaba, sintió cómo se le humedecían los ojos al tiempo que todo su ser se llenaba de una alegría sin parangón. Seguía siendo de noche, pero una luz dorada eclipsaba a las estrellas muertas que habían acaparado la bóveda celeste por nueve días con sus noches.

Una mujer era la fuente de tal fenómeno. Revestida por una armadura dorada de la que era imposible distinguir los magníficos grabados, debido al brillo solar que de esta manaba; dos alas —demasiado bellas y vivas para ser metálicas— se extendían por completo cada una en un metro de longitud desde su espada; iba armada con un inmenso escudo en la mano izquierda, y un báculo en la derecha rematado por una figura que parecía representar un águila rodeada por el halo del Sol, del mismo color de la armadura y el escudo; la cabeza era cubierta por un áureo yelmo que recordaba al casco ilirio utilizado por los antiguos griegos. Sin lugar a dudas, aquella que acababa de surgir desde lo más profundo del infierno, no era otra sino la diosa Atenea. 

Bajo el casco, el largo cabello castaño se movía al son de un viento mágico, acaso espíritus agradecidos que huyeron de un castigo infame siguiendo su senda. Aquello, junto a la sutil sonrisa y la dulce mirada que dirigió hacia la superficie, bastó para que varios de los santos presentes compartieran la misma alegría del santo de Unicornio, que expresaron con lágrimas de felicidad. Atenea descendió con suavidad, y junto a ella Jabu pudo distinguir cinco esferas brillantes, apenas visibles antes; cada una contenía sin duda a un hombre, y él creía poder adivinar quiénes eran.  

¿Por qué lloráis? —cuestionó una voz que no era la de ninguno de los santos, superando la temporal sordera que padecían al resonar directamente en el cerebro de cada uno—. ¡No es tiempo para eso! ¡Atenea ha vencido!

La persona detrás de aquella exclamación era un risueño niño pelirrojo vestido por una corta túnica beige sin mangas, ceñida por un cinturón verde. Destacaban en él, aparte del hecho de que hubiese aparecido de la nada, dos puntos morados en la frente, por encima de las depiladas cejas. Si no estuvo en el momento en que Jabu habló a sus compañeros, o cuando un ser —un dios, tal vez— gritó desde lo más profundo del infierno, o en el instante en que la diosa Atenea regresó al mundo tras la dura batalla que debió librar, fue por simple azar. Él no era un santo de Atenea, aún, pero había acompañado a los ocho últimos supervivientes de la orden durante aquella campaña.

Gritos de júbilo surgieron de la mayoría de los santos, solo unos pocos callaron. Entre ellos, Jabu pudo contemplar por primera vez una tristeza que tardaría en vivir en carne propia; un lamento callado anidó en los grandes ojos del recién llegado Kiki, dirigidos hacia la diosa que ya caminaba de nuevo sobre el suelo de los hombres. Aquel niño que sonreía por el bien de otros sabía con más certeza que el propio Jabu qué escondían cada una de las esferas, y sobre todo sabía qué —más bien, quién— no estaba en ellas. El de morado manto se fijó también en la palidez que la diosa presentaba, ya apenas oculta por el brillo solar con el que había cubierto el cielo hacía poco; era como si aquella muchacha hubiese vivido años alejada del sol.

La felicidad que embargaba a todos, estuvieran celebrando entusiastas, o manteniendo para sí la alegría en un solemne silencio, provocó que nadie fuera consciente de cómo el sol surgía de nuevo. Más tarde adorarían esa luz diurna tan familiar y extrañada, podrían pasar incluso horas disfrutando sin más de aquel regalo divino; pero ahora era el tiempo de Atenea, en parte hermana de ese brillo majestuoso. Nadie notó el retorno del Astro Rey en ese momento, ni que no solo había cinco esferas.

Eran seis.

 

***

 

Pasó el tiempo, el suficiente para que pudiera sopesarse lo perdido y lo ganado. Mu de Aries, Aldebarán de Tauro, Aioria de Leo, Shaka de Virgo y Dohko de Libra, únicos supervivientes del cisma provocado por la rebelión de Saga de Géminis, murieron en la batalla. Los santos de Pegaso, Dragón, Cisne, Andrómeda y Fénix llegaron vivos a la superficie, pero hasta ahí alcanzaba su suerte; desde entonces estaban inmersos en un sueño profundo que nadie parecía poder entender, menos remediar.  La orden ateniense había sido diezmada y ya muchos veían en ello su final.

La humanidad, apenas consciente de que el más largo eclipse de la historia era en realidad el castigo de un dios por todos los pecados cometidos por los hombres, disfrutaba de nuevo del la luz del sol que estuvo a punto de serles negada para siempre. El rey Hades y su ejército fueron derrotados; el Gran Eclipse fue interrumpido. E incluso si llegara el día en que la amenaza regresara a la Tierra —ya que los dioses son inmortales y jamás conocerán una muerte definitiva—, los santos de Atenea lograron comprar con su sangre un tiempo de paz para el resto de mortales.   

Todo aquello, las muertes, la guerra y la paz, recaía sobre todo en los hombros de una única persona. Para el mundo, ella era Saori Kido, nieta del acaudalado empresario japonés Mitsumasa Kido, así como la heredera universal del magnate; una joven de apenas catorce años y sin embargo, poseedora de una determinación sin par, digna de admiración. Pero detrás de esa identidad fruto del destino estaba la verdad que pocos conocían: ella era Atenea, una diosa encarnada que descendió a la Tierra para salvar a los hombres de amenazas que ni siquiera podían imaginar.

Ver a esa muchacha sin el divino manto que portó meses atrás,  provocaba en Jabu una culposa tranquilidad. En verdad los santos de Atenea, tanto los que habían muerto en el nombre de la diosa, como los que habían sobrevivido, vivían con el deber de luchar por el mundo y quienes lo habitaban. Sin embargo, incluso un guerrero nacido para la batalla podía llegar a disfrutar de la paz, desear que nunca terminase y que no fuera necesario volver a luchar ni que se derramara la sangre de más compañeros.

 

Ese día, la joven se encontraba en la entrada de la mansión, observando con aire pensativo el imponente busto esculpido en honor a Mitsumasa Kido, el hombre que la cuidó y guió durante los primeros años de su vida, el hombre al que podía llamar abuelo. A poco de terminar de bajar las escaleras, un recién despertado Jabu hizo ademán de saludarla pero algo lo retuvo; un mal presentimiento vino como un pequeño malestar en la cabeza, sin llegar a ser dolor. Sin hablar, aunque haciéndose notar por el sonido de los pasos, el santo de Unicornio se acercó a una distancia prudencial, manteniendo una postura de divertido estoicismo.

—Cuando la niña Saori se enfrentaba a un dilema que era incapaz de resolver, o tenía alguna pregunta sobre el mundo o ella misma que creía demasiado complicada, la primera persona en la que podía pensar era su abuelo —la joven se estaba dirigiendo a Jabu, pero sin apartar la mirada del busto—. ¿A quién debería consultar una diosa aquello que considera irresoluble? ¿Qué ser en el universo es para Atenea, lo que Mitsumasa Kido fue para Saori?

 —Zeus, el más sabio y lujurioso de los inmortales —respondió Jabu, casi por instinto; hacía tiempo que era consciente de la historia de Mitsumasa Kido y su descendencia.

Saori no pudo evitar reír ante un comentario tan espontáneo. No creyó que debiera sentirse ofendida por la crítica tras aquellas palabras; ella no juzgaba el tipo de vida que su abuelo decidió vivir hasta antes de que la encontrara —salvándola—, pero si había personas con el derecho de hacerlo, eran sus hijos. Jabu no parecía ser de esa misma opinión: cabizbajo, lucía avergonzado y arrepentido de haber dicho aquello.

—¿Seiya y los demás aún no han despertado? —quiso saber Jabu, en parte tratando de cambiar de tema. Saori hizo un gesto de negación—. Tras la Batalla de las Doce Casas también entraron en coma, sus más graves heridas debieron ser tratadas en el Santuario, y aun después de eso pasaron un tiempo en el hospital de la Fundación antes de despertar. Quizá los enfrentamientos contra los ejércitos de Poseidón y Hades…

—No —interrumpió Saori, sorprendiendo al santo de bronce—; en un principio pensé lo mismo, su recuperación tras la Batalla de las Doce Casas fue prácticamente un milagro, y a pesar de eso debieron volver a luchar, ¿cómo no esperar que acabaran incluso peor? Pero lo cierto es que sus heridas sanaron desde hace varios días, físicamente no hay nada realmente grave en ellos. Es como si… —calló un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas—… como si simplemente estuvieran durmiendo…

—Podría tratarse de una maldición —apuntó Jabu, siendo la primera idea que se le vino a la mente—, una que consiste en un sueño eterno.

—Es posible. Algunos días después de la última batalla, llegué a pensar que Hades pudo haberlos maldecido antes de desaparecer. Incluso pasó por mi mente la idea de ir al Olimpo, la morada de los dioses, en busca de respuestas, pero… Simplemente no deseaba otra guerra, ya se había perdido demasiado.

Es comprensible, quiso decir Jabu, pero evitó hacerlo. Saori deseaba la paz tanto como cualquiera de los santos que habían luchado por ella en su nombre; algo que otros podrían considerar contradictorio en quien era reencarnación de la diosa de la guerra, pero no él: Atenea era, antes que guerrera, un símbolo de paz y justicia en el mundo, con el poder de defender tales virtudes y la sabiduría de utilizar esa fuerza solo cuando era necesario. Sin embargo, Saori no necesitaba alguien que le recordara eso; lo que le hacía falta era que Seiya, Shiryu, Hyoga, Ikki o Shun, cualquiera de ellos, estuviera a su lado para darle fuerzas, para darle el empuje necesario para tomar una decisión que llevaba meses esperando tomar.

—Tal vez sea el momento de hacerlo —dijo Jabu al fin—. Quizás es la única forma de alcanzar por fin una paz duradera: hablar con los dioses.

—Hace mucho que los dioses olvidaron al hombre —repuso Saori con pesar—. Solo Poseidón, Hades y Atenea han permanecido en este planeta, para bien o para mal. Pero si lo pienso por un momento, ¿acaso no es lo mejor? —Jabu no pudo evitar sorprenderse ante esa pregunta; no la esperaba—. Desde tiempos inmemoriales Poseidón ha estado convencido de que con la dirección de un dios, resurgiría la Edad de Oro, tal como Prometeo profetizó en su cautiverio. Un ser con la inteligencia y la sabiduría necesarias para guiar a todo un mundo; con el poder para poner fin a todos los conflictos vanos que los seres humanos han provocado a lo largo de la Historia.

—Un ser perfecto solo puede crear un mundo perfecto… —empezó a decir Jabu, poniendo cierto énfasis en la última palabra—… Después de destruir el viejo, claro.

Saori hizo un gesto de asentimiento.

—Ni puedo ni deseo permitir el sacrificio de inocentes, sea cual sea el ideal que lo respalda; pero no es eso lo único que me enfrenta con Poseidón. La misma razón que hace de un dios un líder inigualable para la humanidad, explica el sinsentido que eso implica: un ser divino no puede comprender a quienes no lo son, ni tampoco gobernarlos; como gobernante, lo único que conseguiría sería volver a los seres humanos dependientes de algo que ellos mismos no son.

—Creo que lo entiendo —apuntó Jabu—: el cambio debe provenir del mundo de los humanos, no del reino de los dioses. Es por eso que tú… vos…, que Atenea reencarna en la Tierra como humana.

—Desconozco las razones que llevaron a Atenea a decidir nacer, vivir y morir como humana, mientras otros dioses escogen envolturas temporales de acuerdo a sus deseos. —Jabu pensó en Julian Solo, avatar de Poseidón; y Shun, santo de Andrómeda que por un breve espacio de tiempo fue avatar de Hades, quien lo escogió como el ser más puro de la Tierra—; incluso siendo yo misma una de sus reencarnaciones, mi cerebro no puede retener la vida entera de un ser inmortal, mucho menos procesar la manera de pensar de un dios. Pero no te confundas —advirtió Saori, mirando con seriedad al santo de Unicornio—, si de algo estoy segura es que la intención de Atenea jamás ha sido la de gobernar la Tierra. Mi deber y el de cualquier otra reencarnación, es el de proteger este mundo y sus habitantes; eso es lo único que Atenea desea.

Jabu sintió que en ese momento Saori le estaba leyendo la mente, no solo por la expresión dura que le había mostrado, sino porque justo había pensado en aquello: ¿qué diferencia había entre un ser humano y ella, Saori Kido, reencarnación de Atenea? Si a una persona se le permite el acceso a la sabiduría, la bondad, el amor —y el poder— de una entidad divina, ¿era tan mala la posibilidad de que dicha persona dirigiera a sus semejantes? Bastaron las palabras de Saori para que desechara tales ideas, más cercanas a Poseidón que a Atenea. Los dioses podían tomar la función de protectores, guías e incluso ideales por los que luchar, pero no gobernantes; el reinado imperecedero de una deidad, así vviera como humana, no sería sino la prueba innegable del fracaso de toda la raza humana. Al menos, esa era la resolución a la que había llegado.

—Y a pesar de todo, Poseidón tiene fe en la humanidad, en el mundo; por esa razón ha permanecido en la Tierra así como yo lo hecho, aun pudiendo simplemente olvidar que un día los dioses crearon a una criatura que decidieron nombrar hombre. Hades es distinto. Él había perdido la esperanza no solo en los seres humanos, sino en todos los seres vivos. ¿Siempre ha sido el enemigo  de la vida que enfrenté en los Campos Elíseos? ¿O acaso fue la visión de los pecados de incontables almas que llegaron a su reino lo que lo cambió? Aun hoy me lo pregunto… Pero lo cierto es que no había posibilidad de acuerdo, y por eso…

—Por eso debió morir —completó Jabu, creyéndolo oportuno ante el prolongado silencio de Saori. La frase sonó extraña a sus oídos, pues de los dioses se dice que son inmortales, pero parte de él quería creer que en concreto aquel dios, aquel enemigo de la vida como acababa de ser calificado, sí había muerto de forma definitiva—. Debió ser así, no había alternativa.  

 

El cierre de una puerta a lo lejos y unos pasos apresurados interrumpieron la conversación, impidiendo que Saori respondiera. Desde el pasillo que conectaba el despacho de Saori con la entrada a la mansión llegó Tokumaru Tatsumi, hombre de confianza de la familia Kido del que destacaba la falta de pelo tanto en la cabeza como en las cejas. Vestía con la corrección que lo caracterizaba: zapatos negros casi recién lustrados, camisa blanca, pantalón y chaqueta color azul marino, y una pajarita del mismo color. En las manos, temblorosas, llevaba una serie de papeles que despertaban en el santo de Unicornio un inexplicable mal presentimiento.

—Señorita Saori, Jabu, disculpad la interrupción.

—No te preocupes, Tatsumi —dijo Saori, al tiempo que Jabu restaba importancia al asunto mediante un mudo gesto con la mano—. Si es por lo de ayer, mi respuesta sigue sin cambiar: admiro el nuevo rumbo que ha tomado Julian Solo, pero no creo que deba volver a reunirme con él, al menos no ahora.

—No es eso, señorita, aunque es posible que tenga que ver.

Sorprendida, Saori le indicó a Tatsumi que siguiera hablando con un gesto.

—He recibido hace escasos minutos una llamada de Ichi: Bluegrad ha sido atacada. La guardia real al completo fue derrotada, aunque no ha habido muertos.

—Es terrible… —dijo Saori, quien ya empezaba a imaginar la procedencia de aquel ataque—, ¿se sabe quiénes son los responsables?

—El único testigo que aún podía hablar le aseguró a Ichi que el enemigo nunca se mostró. Lo único que obtuvieron de él fue una bella melodía, incomparable con cualquier otra que hubiesen escuchado. Existe otro testimonio, aunque son apenas balbuceos, de personas que juran haber visto a un hombre tocando una flauta.

—Es posible que sí deba reunirme con Julian Solo, ¿no te parece Jabu?

El santo de Unicornio respondió con un pesado gesto de asentimiento, sabedor de lo que su señora sospechaba. Una bella melodía, un hombre tocando una flauta. La descripción no solo era vaga, sino que la mitad ni siquiera era del todo fiable, pero la posibilidad de que se tratara de Sorrento, heredero del canto de las sirenas de la mitología, volvía toda precaución necesaria; no en vano, aquel un día fue el más fiel guerrero de un dios.

—No estaría de más hacer una visita de cortesía a Poseidón antes de ir al Olimpo, creo —contestó una vez pasaron unos minutos de incómodo silencio. Saori agradeció el comentario con una leve sonrisa, una que ocultaba más de una preocupación ajena al conocimiento de Jabu.

—Ejem, señorita… —interrumpió Tatsumi, sosteniendo los papeles con una mezcla de nerviosismo y fuerza que alimentó la curiosidad de Jabu por estos—, es muy temprano aun aquí, ni qué decir en Grecia. Además, ayer no comió mucho y…

—Lo entiendo, Tatsumi. Había planeado pasear un poco por los jardines esta mañana, pero creo que es más conveniente que descanse si vamos a salir de viaje. Me gustaría que estuviera todo listo para partir después de la comida.

—Por supuesto, señorita, ¡prepararemos los mejores platos! ¡Sus favoritos! También puedo llamar a los demás para que vengan a…

—No será necesario —interrumpió Saori—, el deber de cada uno de los santos es de vital importancia para el Santuario, incluso Ichi todavía debe prestar apoyo a Bluegrad por si se produce otro ataque. Han trabajado muy duro,  no quisiera molestarles por una simple sospecha, y de momento solo tenemos eso.

—Yo iré también —dijo Jabu, al tiempo que Tatsumi balbuceaba—, si la señorita Saori no tiene inconveniente, yo seré su escolta.

Por fortuna así fue, incluso Jabu creyó leer en el rostro de Saori que ella esperaba pedirle que fuera. En circunstancias normales, el problema no sería si un santo podía acompañar a la diosa Atenea en una misión quizás tan importante como peligrosa, sino quien. Sin embargo, habiendo tan pocos en activo, Saori evitaba todo lo posible separar a los santos de sus propias preocupaciones, siendo Jabu la única excepción: él estaba consagrado a protegerla, esa había sido la función que había escogido.

—Estoy de acuerdo siempre que también descanses y comas antes de irnos —dijo Saori, evocando los frecuentes descuidos de Jabu—. Tatsumi se encargará de que esta vez lo hagas. Estaré en el despacho, si necesitan alguna otra cosa.

Mientras la joven caminaba por el pasillo, el santo de Unicornio volvió a fijarse en los papeles que el mayordomo de la familia Kido llevaba en las manos. Comer, descansar, el viaje, todos esos pensamientos eran superados sin remedio por la mala sensación que aquellas hojas le provocaban.

—¿Qué contienen esos papeles? —se atrevió a preguntar Jabu, sintiendo cierta vergüenza por no haber podido contener la pregunta— No debí…

—No, no, está bien. Verás, Jabu, esto es… Esto es el testamento de la señorita.

 

***

 

¡Nos vemos el próximo lunes!




#17 Kael'Thas

Kael'Thas

    Incluso cuando está oscuro..Mira esta tierra que

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Publicado 04 noviembre 2019 - 19:02

Gracias compañero por la bienvenida a la aventura y muy interesante.

 

PD: Estoy leyendo lentamente...voy a demorar un poco


Editado por Kael'Thas, 04 noviembre 2019 - 19:06 .

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#18 Seph_girl

Seph_girl

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Publicado 07 noviembre 2019 - 18:37

Cap 7. Lo que pasó después de que Hades petara

 

Ay, este Jabu. Cuando enlista los puntos en los que ha sido "importante" en la historia de SS, es... entre triste y divertido porque es casi nada y soy mala.

Y pues ahora tiene una decisión que tomar, el dejar de existir o volverse el compañero eterno (y quizá el "algo más") de Ifigenia, quien si es la única en esa situación puede que no sea por valiente, sino porque es la única quien no ha aceptado el dejar de existir XD (UUUhhhh)

 

Como sea, la resolución de Jabu deberá esperar porque llegó ¡¡el tiempo de los FLASHBACKS!!

 

Flashback que nos muestra lo que sucedió al terminar la batalla Vs Hades, en donde es claro el guiño importante  de que no sobrevivieron 5 santos, sino 6  :3

 

PD. Buen cap, sigue así. x3


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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#19 WhiteShadow.01

WhiteShadow.01

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Publicado 07 noviembre 2019 - 19:54

Claramente, Tengo que tomarme mi rato en una buena zona para decicarle lo requerido a esta lectura!

 

Al ojeralo, ya se puede decir lo mucho que aporta o puede aportar a la historia, de grandes personajes!



#20 Rexomega

Rexomega

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Publicado 11 noviembre 2019 - 10:45

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Kael´Thas. No te preocupes, tómate tu tiempo, por suerte esta historia no tiene patas y no se va a mover de aquí. ¡Esperaré tus comentarios con impaciencia!

 

SephGirl. Justamente para escoger a Jabu como el protagonista de este arco introductorio tuve en cuenta lo que hizo a lo largo del manga... ¡Y al año siguiente tiene una gran aparición en una obra de Saint Seiya! Sobre si hubo otros casos como Jabu, entre este y el caso de Ifigenia, no puedo decir nada. El equipo de grabación estuvo siempre vigilado por Hipnos y sus hijos durante nuestra estancia en el Oneiroi, para evitar investigaciones incómodas. 

 

¡Saint Seiya no es Saint Seiya sin un buen flashback! ¿Seis...? Ah, sí, algo se dijo, pero, ¿quién puede ser el sexto?

 

WhiteShadow.01. Permíteme darte la bienvenida al foro y a esta aventura. Todos los lunes habrá nuevo capítulo, ¡que la disfrutes!

 

Un momento... ¡Si hoy es lunes!

 

 

***

 

Preludio

 

Octava parte. Atenea, diosa de la guerra

 

La experiencia de vivir en la mansión Kido suavizó en Jabu la impresión que el hogar de los Solo podía provocar. En realidad, al santo de Unicornio le resultó más impactante el lugar donde aquella inmensa y majestuosa casa fue construida. Los cuadros que decoraban el salón principal ya anunciaban con bastante fuerza la pasión que la familia Solo sentía por el mar, representando varios de ellos barcos de época, quizás en su momento pintados por encargo de alguno de los antepasados de Julian Solo, quizá simplemente adquirido tiempo después; pero la verdadera esencia de esa pasión se encontraba detrás de la residencia familiar, donde las aguas se mantenían siempre tranquilas en torno al acantilado sobre el que fue edificada.

La visión desde la terraza debía bastar para entender todo lo que la familia Solo significaba: el océano, desde las aguas superficiales hasta las más hondas profundidades; docenas de generaciones de hombres habían amado y respetado esa parte del mundo tan caprichosa, tan misteriosa y sobre todo tan peligrosa. ¿Podía ser una coincidencia que Poseidón escogiera, desde tiempos mitológicos, a un miembro de aquella familia como avatar? Aquella pregunta se esfumó de forma tan repentina como vino, al tiempo que Jabu distinguía la figura de Julian Solo.

El joven parecía hacer oídos sordos a la llegada de Jabu y Saori, a pesar de que el hombre que los guió a través de la mansión no se esforzó en hablar bajo a la hora de indicar que debía irse para ayudar con los preparativos. De hecho, todo el personal de servicio en la mansión parecía más atareado de lo normal, pero aquella no era una situación que concerniese a los visitantes.

—¿Es necesario asaltar un reino para que aceptes visitarme? —preguntó Julian con voz neutra, de manera distraída y sin siquiera voltear la cabeza.

La reacción de Jabu fue inmediata, lanzándose contra el empresario griego con la velocidad de una bala y el puño alzado. Pese a la rapidez del movimiento, imperceptible al ojo humano, el golpe no alcanzó al joven heredero, siendo detenido en seco por una flauta anaranjada. El hombre que sostenía aquel instrumento, con el cual había bloqueado no solo toda la fuerza sobrehumana del santo sino también la terrible onda resultante del movimiento supersónico, lo bajó en son de paz antes de hablar.

—Mi nombre es Sorrento, santo de Atenea. ¿Cuál es el vuestro?

—Jabu —respondió con sequedad, resintiendo en el puño la dureza de la flauta.

—Mi señor está dispuesto a dar todas las explicaciones que se le exijan, no hace falta recurrir a la violencia. Tomaré este último suceso como un simple malentendido.

Fue entonces cuando Julian se separó de la barandilla de la terraza y giró, saludando a sus visitantes con un gesto. El parecido entre él y Sorrento saltaba la vista, si bien el segundo era de facciones mucho más finas, con unos tranquilos ojos de pupilas rosadas muy distintas del intenso verde marino de la mirada del heredero de los Solo.

Necio como solo el más dedicado protector puede serlo, el santo de Unicornio permanecía en guardia entre los dos empresarios, a la vez que avatares de los dioses Poseidón y Atenea. Saori, que había sabido mantener la calma tras el sobresalto que le produjeron las palabras de Julian Solo, apoyó su mano sobre el hombro del santo, asegurándole con un sencillo intercambio de miradas que todo estaba bien.

—Un malentendido provocado por una mala elección de palabras, me temo —señaló Saori, a lo que Sorrento no pudo responder.

—¿Debí empezar por quién ha mantenido a tus más fieles guerreros en un sueño perpetuo todos estos meses? —preguntó Julian Solo, sin el menor atisbo de sarcasmo—. Creo que entiendes bien por qué elegí tales palabras, Saori Kido.

—Si así vas a dirigirte a mí, ¿debo suponer que estoy hablando con Julian Solo y no con Poseidón, dios de los mares?

El empresario griego no respondió de modo alguno, se limitó a señalar a los visitantes el lugar en el que pretendía hablar. Sin esperar cualquier reacción, Julian Solo descendió las escaleras que conectaban la terraza de la mansión con el acantilado. Ahí, entre varias columnas y un templete rodeado por algunos árboles, el que fuera en otro tiempo avatar del dios Poseidón se sentó sin parsimonia en una mesa preparada para dos personas, con una botella de exquisito vino, dos copas y algunos aperitivos. Sorrento permanecía de pie a pocos metros de distancia, guardando sus espaldas.

Saori no tardó en seguir al joven empresario, sentándose en la única silla libre solo después de pedir permiso. Jabu no dudó en seguirla. Desconfiaba de Julian Solo, de Sorrento, y en general, de la situación la que se encontraban; parte de él pensaba que no había sido buena idea viajar hasta Grecia: «Esto es una trampa —escuchaba en su mente.» Y a pesar de sospechar eso, de saberlo, incluso, comprendía que no importaba, que a esas alturas aquel conocimiento era del todo inútil.

 

—¿Una copa? —preguntó Julian, al tiempo que destapaba la botella de Vega Sicilia Único 62, que había traído expresamente para la ocasión.

A Julian Solo no le sorprendió que Saori se negara, aunque se permitió una momentánea expresión de incredulidad. El hecho de que una persona habituada en un tiempo a las reuniones de la alta sociedad, rechazara una copa de uno de los mejores vinos españoles, podría haberlo sorprendido años atrás pero, ¿cómo podría hacerlo ahora, que recordaba a aquella muchacha sentada enfrente como la única mujer en el mundo que lo había rechazado? Julian sacudió la cabeza, como tratando de sacar tales pensamiento; siempre podría ser que la razón del rechazo se debiera la edad o, incluso, a la antigua enemistad que se había forjado a lo largo de sus vidas pasadas.

—Confieso que estoy confundida —empezó a hablar Saori—. Las últimas noticias que tuve de Julian Solo hablaban de un hombre que dejó atrás su fortuna y se dedicó a prestar toda la ayuda posible a los damnificados por la catástrofe de hace unos meses. La suerte le sonrió, y de algún modo todo cuanto perdió, o más bien todo a lo que había renunciado, le fue devuelto de una u otra manera. Cuando me dijeron que quería hablar conmigo, creí que se trataría de algún asunto de negocios o…

—Esa es la razón —cortó Julian, conocedor de la alternativa que quedó guardada tras los finos labios de la joven—, aunque yo no llamaría un asunto de negocios a pedir que la Fundación Graad coopere con las Empresas Solo para ayudar a los damnificados por la catástrofe… Por el Gran Diluvio.

—Esta mañana me despierto descubriendo que una ciudad que ningún ejército humano podría tomar fue atacado por una misteriosa fuerza. —Sin sutilezas de ningún tipo, Saori Kido miró hacia Sorrento, quien se disculpó con un gesto—. Decidí viajar hasta aquí no para corresponder ninguna de las invitaciones que me llegaron, sino para asegurarme de que mis sospechas eran falsas.

—Nunca he pretendido negar mi implicación ni la de Sorrento en aquel ataque —reconoció Julian Solo, tajante—. Por eso escogí esas palabras como inicio de nuestra conversación antes de cualquier otra serie de saludos y preguntas banales. Pero estoy contando solo la mitad de la verdad, y eso no es suficiente, nunca lo es.

Saori Kido vio detrás de todas aquellas palabras una amenaza, y a diferencia de su silencioso escolta, quien había tenido una sensación similar, fruto de una corazonada, no actuó en represalia no porque no tuviera tiempo de reaccionar, sino porque decidió confiar en Julian Solo, tenía razones para hacerlo.

 

Así, Saori Kido vio cómo un rápido chasquido de dedos provocaba en todas las cosas —la mesa, el templete, la mansión, la tierra, el mar e incluso el aire— un extraño temblor, semejante al que sufría una imagen reflejada en el agua cuando esta era revuelta. Los colores del mundo se mezclaron en extrañas olas, como si la realidad hubiese sido desde siempre un océano en el que cada elemento  no era más que una gota de agua. Al final, como no podía ser de otra manera, solo quedó la oscuridad.

He aquí el reino de Morfeo; el destino de todos los soñadores, la prisión de tus santos de bronce.

Los ojos grises de la joven notaron cómo Julian Solo seguía sentado enfrente, aunque ya no sobre silla alguna; ella también estaba en esa posición, sentada sobre la nada. No tuvo tiempo ni necesidad de pensar en lo extraños que pudieran verse en esa postura, pues tenía algo más relevante en mente: Julian Solo no trataba de manipularla a ella, sino al entorno. Como mucho, los habría trasladado a alguno de los mundos paralelos al universo que muchos tienen la alegría de llamar realidad, si es que no se trataba de una mera ilusión. Eso estaba bien, le indicaba que el empresario griego no estaba tratando de dañarla o afectarla, al menos no de forma directa, y el sentir en todo momento y con claridad la presencia de Jabu terminaba de tranquilizarla.  

Un lejano ruido se empezó a escuchar, hasta ahora oculto tras la capa de oscuridad que los rodeaba. Pronto aquel sonido se intensificó y dividió hasta convertirse en una serie de gritos y aplausos, provenientes de una multitud entusiasmada como pocas veces en sus vidas podrían volver a estarlo. No importaba el sexo, la raza o la edad, personas de toda clase se encontraban llenando las gradas de un coliseo, uno creado bajo la dirección y financiación de la Fundación Graad, a fin de ser para el siglo XXI lo que un día fue para la Antigüedad el coliseo de Roma.

Antes de divisar en el ring a Shiryu de Dragón y Seiya de Pegaso preparándose para el que sin duda fue el más sonado combate de aquel torneo, Saori ya tenía claro lo que estaba viendo: Galaxian Wars, la competición que reuniría a guerreros de capacidades sobrehumanas desde todas partes del mundo para una lucha sin precedentes, con el manto sagrado de Sagitario como premio.

Por supuesto, aquel no era el verdadero objetivo ni de los participantes ni de la propia Saori Kido, organizadora del evento. Algunos de los llamados santos habían ido a luchar por el honor o la fugaz gloria personal, otros —como Seiya o Shun— buscaban solo encontrar a un ser querido, y al final estaban Hyoga e Ikki, enviados por el Santuario con el fin de ajusticiar a quienes habían osado corromper las más antiguas tradiciones de la orden ateniense. La intención de estos últimos era la más cercana al verdadero propósito de las Galaxian Wars: primero, asegurar la reunión de todos los huérfanos enviados por la Fundación Graad para ser entrenados como santos —todos hijos del mismo padre, Mitsumasa Kido—, incluso aquellos a los que el Santuario pretendiera utilizar; y segundo, atraer la atención del Santuario.

Una estrategia poco pensada, si se me permite la observación —puntualizó Julian Solo—. No dudo de que fuera efectiva: el Santuario daba el primer golpe, dignificando poco a poco la causa de Saori Kido, volviéndose más y más vulnerable en un sentido no solo físico, sino también moral; además, si alguno de los huérfanos acababa debiendo lealtad al Santuario, sería utilizado como asesino y no como rehén. Pero, ¿valía la pena mostrar al mundo la existencia de los santos?

Saori pensó en la campaña de difamación orquestada desde las sombras por Tokumaru Tatsumi. En realidad no fue difícil lograr que el mundo se convenciera de que las Galaxian Wars eran, en el fondo, una mezcla de auténticas capacidades sobrehumano con algo de fantasía —todo lo concerniente a los santos, el cosmos, los mantos sagrados y, sobre todo, su participación en eventos históricos— como trasfondo; las capacidades de aquellos jóvenes, aunque impresionantes, habían sido exageradas por el bien del espectáculo. Fue un duro golpe para la Fundación Graad, pero no algo de lo que no pudieran recuperarse; las competiciones de lucha siempre habían sido solo una actividad muy secundaria para la empresa, después de todo.

Así, Saori asintió sin dudar. Todas las vidas que se perdieron por aquella estrategia pesaban inclementes sobre su conciencia, desde los santos que murieron siendo fieles al Santuario sin llegar a saber nunca la verdad, hasta los noventa huérfanos que no llegaron nunca a convertirse en santos. Eso era cierto, lo aceptaba. Pero, si por ese pesar lamentara el riesgo que tomaron tantas personas, desde Aioros de Sagitario y su abuelo hasta ella misma, estaría negando el valor que esas muertes adquirieron en el final de la batalla, ¿era justo eso? En aquel instante, Saori Kido decidió que no.

 

El aire titiló, evocando el cambio que se iba a producir. Ante los ojos expectantes de la reencarnación de Atenea, el mundo cambió de nuevo: toda la creación descendió hacia abajo en la forma de un sinfín de cascadas, si bien compuestas de imágenes ya borrosas en lugar de agua. Por un momento tuvo la sensación de estar descendiendo, con toda probabilidad infundada —seguía segura de que solo su alrededor cambiaba, no ella ni su posición— pero no por ello menos intensa. Por instinto, la joven bajó la mirada hasta un punto en el que el todo volvía a adquirir forma, donde en un instante aun más corto que el más rápido parpadeo, un nuevo escenario se manifestaba.

Atenea pudo distinguir un templo dedicado a Poseidón, edificado sobre la cúspide de una construcción de varios niveles separados entre sí por largas escalinatas, una base colosal que asemejaba a la altura de un monte. Alrededor, una vasta tierra se extendía en todas las direcciones, destacando el corto camino pavimentado —dividido también por varias series de escaleras— que conectaba la sagrada edificación con una obra de, sin duda, igual importancia. El sendero estaba rodeado por bellas montañas de coral, un símbolo adecuado de la belleza del océano.

El lugar evocaba en la diosa una de las tantas batallas que debió librar, y supo pronto que estaba viendo justo ese momento. No le sorprendió verse a sí misma al lado de un joven envestido en una armadura dorada de la que surgían dos bellas alas metálicas; esperaba también ver la figura de Julian Solo frente a aquellos, cubierto el avatar por una armadura no menos majestuosa que la del joven —la carencia de alas incluso parecía reafirmarlo en la mente de Saori, como si eso fuera lo que había que esperar del ser que estaba observando: el señor de los mares, nunca de los cielos— y armado con un tridente y la cólera que emergía desde lo más profundo de su ser.

«Porque el cielo está cayendo —pensó Saori—. El cielo cae sobre los dominios del dios de los mares.» La bóveda que dominaba toda la extensión del reino submarino no era otra cosa sino el océano; lo que para los habitantes de la superficie terrestre eran los mares, para los súbditos de Poseidón se convertía en el firmamento gracias a la voluntad del dios por el que un día juraron vivir y morir. Pero los siete pilares que sostenían aquella imitación del Urano, uno por cada uno de los mares, habían caído, y el llamado Sustento Principal, erigido sobre una base comparable a la que se encontraba bajo el templo de Poseidón, se desmoronaba desde hacía escasos minutos. El joven de cabello rebelde que ahora encaraba sin temor a un ser divino, era el responsable.

Este es el momento de mi derrota —dijo Julian Solo; no el de abajo, que cargaba en su pecho la voluntad de un ser superior, sino el hombre que permanecía sentado frente a la expectante Saori Kido—. Estabas dispuesta a sacrificarte por el bien de la humanidad, retrasaste el diluvio universal con el que Poseidón había pretendido limpiar el mundo de toda maldad. ¿Pero eso no era todo, cierto? Fue tu decisión ser sellada junto a la única arma que podía detener a tu enemigo sin mayor derramamiento de sangre. Sobraban motivos para no desconfiar de tu propuesta y, sin embargo, ahora veo claro qué hice mal.

Este es el momento de la derrota de Poseidón, no la tuya —corrigió Saori, observando cómo el hombre que la traicionó apenas llegó al mundo, la protegía del tridente que el dios de los océanos había lanzado con todas sus fuerzas. Contemplar aquello por segunda vez, así fuera como una espectadora ajena a la realidad, la conmovió de tal manera que no prestó atención a cómo su otro yo sellaba el alma del más antiguo némesis de Atenea. Así, una guerra terminaba; de ese modo, el diluvio universal que amenazaba con poner fin a la mayor parte de la raza humana, era detenido. Saori sopesó un momento cuánto de aquella victoria dependía del noble gesto de Kanon, el hombre que la traicionó, el hombre que la salvó.

Sabías que los santos de bronce conseguirían destruir los siete pilares, así como no dudabas de que lograrían destruir el Sustento Principal. Hacía falta un milagro, cierto, pero desde tiempos mitológicos has enseñado de ello a esos jóvenes más de lo que te gustaría admitir. —Las palabras de Julian Solo, cargadas de un dejo de reproche, sacaron a la joven de su ensimismamiento—. De algún modo lograste que nuestro enfrentamiento dependiera de si caía o no el Sustento Principal, no de quién triunfara en el combate. ¡Tenía que ser así! Después de todo, ¿no reencarnaste en esta época con el fin de enfrentar a Hades? No estabas preparada para tenerme como enemigo, no como luchamos en otros tiempos en el Ática. ¡Y aun así ganaste!

Al mismo tiempo que escuchaba el extraño reproche —¿era reproche? ¿Siquiera era una crítica? Empezaba a dudarlo—, Saori oyó lo que le dijera al dios de los mares meses atrás, como respuesta a la seguridad de aquel en que todos los dioses del Olimpo se opondrían a ella si insistía en defender a la humanidad. Esas palabras las había expresado con el corazón, sin siquiera tener que pensarlas, y a pesar de ello estaba segura de que podría volver a decirlas ahora. Pero no lo hizo, como tampoco hizo el menor intento de negar que su intención de sacrificarse fuera parte de un plan previamente meditado. ¿Por qué debería? Julian Solo, no, incluso Sorrento, el más fiel de los generales de Poseidón, sabía que no era cierto.

 

Sucedió algo extraño: como una piedra salteando varias veces la superficie de un lago, un gesto impaciente de Julian Solo removió todo cuanto los rodeaba, mostrando una sucesión de rápidas imágenes de otros dóndes y otros cuándos de la memoria de Saori Kido. Primero vio a tres hombres vistiendo armaduras de un brillo oscuro, tres guerreros que debieron enfrentar a quienes un día llamaron compañeros por fidelidad a ella, si no es que al mundo entero. Inmediatamente después, al tiempo que sentía una dolorosa punzada en el corazón, se vio frente a Shun, santo de Andrómeda, poseído por el espíritu del inclemente Hades, rey del inframundo; en su interior, la joven agradeció haber podido salvar al muchacho de aquello. La tercera imagen fue la más dura: una pradera infinita, un mundo utópico en el que ni la guerra, ni el hambre, ni la enfermedad, ni la muerte existen, los Campos Elíseos. De un lado, ella misma dispuesta y armada para el combate; pero detrás de ella, paralizados como cuerpos inertes, los cinco jóvenes que siempre la habían acompañado.

Debiste morir para entrar en el reino de los muertos. De nuevo estuviste dispuesta a ofrecer tu vida para salvar a los hombres, pero ese no era tu objetivo, así como no lo fue en nuestro enfrentamiento. No, descendiste al Hades, a los Campos Elíseos, buscando acabar definitivamente con uno de tus más antiguos enemigos… —De nuevo Saori Kido notó en la voz de Julian Solo ese tono crítico que, de una extraña manera, no le parecía tal—. ¿Entiendes lo que intento decirte?

Los alrededores cambiaron a una cuarta imagen, la de un bebé recién nacido en brazos del empresario japonés Mitsumasa Kido. Un punto de inflexión para las vidas de muchas personas; sin duda las de los hijos de aquel hombre sufrirían el más duro revés, pero para Atenea empezaba un período de trece años en el que su hogar le daba la espalda, en el que apenas podría saber en quién confiar. Esa forzada soledad —que ella jamás respondería con rencor o reproche de ningún tipo—, fue el motor que provocó que cien huérfanos adquirieran por destino convertirse en santos.

Con el paso de sus reencarnaciones, Atenea se distanciaba del resto de los dioses que aún descendían sobre la Tierra, legando cada vez más poder a quienes luchaban en su nombre. —Las palabras de Julian resonaban en un tono neutro, casi ausente, como el narrador omnisciente que cuenta una historia ajena a él—. Los llamados santos se convirtieron en los brazos de la diosa, ellos libraron las batallas y profesaron todos los ideales que ella representaba, mientras la propia Atenea observaba con ojos mortales el resultado de su obra, mientras se convertía en un símbolo. 

Habría preferido evitarles el sabor de la guerra, la sucesión interminable de batallas que solo abandonan junto a sus breves vidas. —En aquel momento, Saori Kido no estaba segura de por quienes estaba hablando; pensaba en los cinco jóvenes que la acompañaron en los más terribles enfrentamientos, pero al mismo tiempo creía sentir el recuerdo de todos y cada uno de los santos de Atenea.

—¿Es esa la voluntad de Atenea, o el pensamiento de la mortal en la que ha reencarnado en esta era? No importa. Nunca ha sido mi intención recriminarte, creo que lo sabes. —Hizo una pausa, quizá en busca de una confirmación por parte de Saori, y prosiguió—. La presencia de Atenea sigue siendo necesaria en este mundo; todo cuanto ha hecho en esta reencarnación así lo demuestra, los santos no podrían haber alcanzado la victoria por sí solos. Pero eso cambiará tarde o temprano, Poseidón lo ha discernido en el constante flujo del tiempo, incluso Hades debió haberlo sabido: Atenea aspira a una Tierra, a una humanidad, que pueda prosperar tras el abandono de los dioses. ¿Cómo podría entonces yo, Julian Solo, juzgar tus actos? ¡En el tormento del diluvio universal, mientras los Señores de la Creación volvían la mirada, una entre ellos guió a la condenada humanidad hacia el poder de hacer milagros, les dio la esperanza que habían perdido en medio de la corrupción que los dominaba!

La exclamación de Julian sorprendió sobremanera a la joven, alterando el suave rostro que hasta entonces había mantenido sereno. El sonido de una llovizna se escuchó con fuerza, a la par que la imagen de Mitsumasa Kido cargando a la recién nacida Atenea se difuminaba, dejando que un sinnúmero de sonidos entraran desde todas direcciones, sobreponiéndose al primero. Eran voces, sin duda, aunque a Saori le resultaba imposible aislar una del resto: actuaban al unísono, como si todas provinieran de un único ser. ¿Eran esos gritos la encarnación de quienes padecieron meses atrás una catástrofe de proporciones bíblicas? Tal vez, esa era la forma con la que ahora se presentaba el lugar: el llamado Gran Diluvio del siglo XX; un cielo de lluvia y vientos tan incansables como violentos, un océano que no conocía la calma, mucho menos la piedad.

Como Julian Solo, debería pedir perdón a toda la humanidad, incluso si no hay nada en este mundo capaz de redimirme. Pero a Atenea debo darle las gracias; no por perdonar mi vida, sino por todo lo que ha hecho por nosotros, los seres humanos. Soy responsable de un genocidio, un hombre que habita la Tierra que es regalo de los dioses, y el avatar de Poseidón; de ninguno de esos rostros puedo renegar, ni tengo deseo de hacerlo. No volveré a huir de mí mismo.

 

La voz del griego seguía resonando por todo el lugar, pero algo había cambiado. Cada una de aquellas palabras escondía algo más natural, sincero y propio, que todo el extraño juicio que había recitado sobre Saori, o más bien, Atenea.

Como Atenea, acepto tu agradecimiento. Te reconozco como el ser humano que eres, pero no como un genocida, pues cuanto ocurrió en el pasado fue la voluntad de Poseidón, no de Julian Solo —aseguró Saori—. Incluso si la diferencia entre ambas ha sido mermada por el paso del tiempo.

Mis palabras pueden ser solo una débil interpretación de lo que Poseidón sabe, pero la conclusión es sencilla: tu victoria, Atenea, es un futuro por el que vale la pena luchar. —Julian no fue sutil a la hora de evitar seguir hablando sobre la responsabilidad que pudiera tener en el Gran Diluvio, pero Saori respetó su silencio—. No solo yo pienso así, él también; ambos queremos ver realizado el mundo que buscas construir, esa idílica civilización que no ha existido desde la lejana Edad de Oro. Me habló en sueños, y acepté escucharle solo a cambio de recordar todo lo que hice.

Por supuesto, la algarabía de voces que dominaba aquel espacio onírico era algo que Julian Solo ya había escuchado antes, aunque no buscando consuelo ni simplemente aceptando un merecido tormento. No, sin duda aquel joven de apenas dieciséis años tenía una única interpretación para aquel coro: debía compensarlos, debía compensar a la humanidad por lo que hizo; y como en todo el que ve antes lo malo que ha hecho que lo bueno, incluso si no era culpable de ello, no le bastaba con ayudar al prójimo, quería más. Quería cambiar el mundo, o al menos, ayudar a hacerlo.

El que en el fondo no era más que un niño —o un niño-hombre, si así era mejor decirlo—, fantaseaba con las torres de un castillo del que había olvidado los cimientos. ¿Siguiendo el juego de Poseidón? Improbable. En el fondo, por mucho que condenara las acciones de su antiguo némesis, Saori sabía que el deseo del dios por un mundo carente de maldad era sincero; así se lo había expresado a Jabu, y así lo creía ella misma. Tal vez, el dios del mar simplemente había decidido aceptar de forma temporal una alternativa, pues ni para la voluntad divina era el camino más deseable uno que se construye sobre muerte y destrucción. Esperaría, expectante, a ver el triunfo o el fracaso de la diosa que ponía toda su fe y esperanzas en la humanidad. En la victoria, Poseidón estaría satisfecho, en la derrota, simplemente retomaría lo que empezó.

El poder de Poseidón se encuentra en todos los seres vivos, en la misma esencia de la vida. Es por eso que, en este día, pudo manifestarse a través de mí —explicó Julian. La imagen del Gran Diluvio se había deshecho ya, y ahora ambos avatares hablaban de nuevo sobre la monótona oscuridad del reino de los sueños—. Te ofrezco una alianza, a ti y a todas las vidas que deba tener Atenea entre nosotros, lo hago no en mi nombre, sino en el de toda mi familia. Solo tú conoces el paradero del Ánfora Sagrada en la que encerraste la voluntad de Poseidón en este mundo; solo tú puedes abrirla. Te pido que lo liberes, te ruego que lo hagas para así poder redimir todo el mal causado. Déjame ser partícipe en el mundo que desde tiempos mitológicos Atenea ha buscado crear.

 

***

 

¡Nos vemos el lunes!


Editado por Rexomega, 11 noviembre 2019 - 10:51 .






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