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Juicio Divino: La última Guerra Santa


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189 respuestas a este tema

#181 Kael'Thas

Kael'Thas

    Here's to the ones that we got

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Masculino
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Publicado 21 septiembre 2020 - 20:51

Hola Rexomega, vengo a saludar y veo has avanzado mucho durante este tiempo no he estado, pero bueno tocara ponerse al dia, un saludin. 


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#182 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Publicado 25 septiembre 2020 - 13:47

Cap. 43 - ¿Quién $//$% es el Hijo?
 
Parece que lo sucedido con los Power Rangers y el despertar de Akasha sucedieron en tiempos simultáneos o muy cercanos.
 
En la reunión de Hybris nos enteramos que la primer santa de Virgo le gustaban los tríos y.... algo más XD (picarona)
 
Conocemos más sobre Orestes y de Altar Negro, miembros de las Alas del Rey que sirven "al Hijo", pero aun asi Altar Negro es devoto a Atena, tanto que durante la revuelta de Saga ya estaba planeando un contraataque y ser el prota pero pues el anime es Saint Seiya por lo que fue inútil xD
Pero vale, larga explicación y al final de ella a Munin solo le interesa saber quién es el Hijo y no esa historia jajaja.
 
Cap informativo en el que nada más puedo agregar.
Saludos.
 
PD. Buen cap, sigue así x3

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#183 Rexomega

Rexomega

    Friend

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Aries

Publicado 28 septiembre 2020 - 15:09

Saludos

 

¡Buen review sigue así!

 

Kael´Thas

Spoiler

 

Seph Girl

Spoiler

 

***

 

Capítulo 44. Somos legión

 

La pregunta de Munin quedó en el aire durante largos minutos, reinando el silencio hasta que el caballero negro de Cuervo decidió cambiar de tema.

—Hay un detalle que no nos has contado.

Altar Negro se limitó a fruncir el ceño, tratando de recordar.

—¿Por qué atacamos la isla Thalassa mientras vuestro líder estaba pactando con el Santuario? —lanzó Oribarkon—. ¿Quién era el que se hacía pasar por el Segundo Hombre? —Un gruñido de Altar Negro pretendía hacer que el telquín notara el error que cometió, pero no le hizo caso—. Créeme, humano, no quieres saberlo.

—Sí quiero —objetó Munin.

—No quieres —insistió Oribarkon.

Una palmada detuvo la discusión. El líder de Hybris, sabedor de lo largas que podían hacerse las cenas si les daba rienda suelta, decidió que era bueno dar algunas explicaciones. Merecían saberlo, ya que era parte del sino de la organización.

—Como ya he dicho, estaba dentro de mis planes ganar para nuestra orden el favor de Poseidón. Si Julian Solo hubiese accedido a mi propuesta, habría ordenado el ataque a isla Thalassa, donde fue trasladada el ánfora de Atenea, tal y como estaba previsto. No obstante, las cosas sucedieron de otro modo y decidí dar un rodeo, personándome en el Santuario y pactando una alianza con Arthur de Libra. Un personaje peculiar, ese Arthur, no dudo que tarde o temprano vestirá la toga papal —acotó, retomando pronto el punto—. Aprovechando mi ausencia, Tritos de Neptuno, miembro de los Astra Planeta, usurpó mi identidad. Le fue fácil porque llevó a cabo las mismas acciones que yo habría realizado. La razón la desconozco, ya que no creo que a él le interesara que Poseidón fuera liberado. Presumo que estaba atado de pies y manos, que no podía hacer otra cosa que guiar los acontecimientos, por eso hizo ver al Santuario el despertar de Poseidón como algo que los Astra Planeta buscaban.

—Estás especulando, Viejo —bufó Munin.

—¿Qué otra cosa podría hacer? No estaba ahí —se disculpó Altar Negro, alzando las manos. Munin volvió a soltar un bufido, y dándolo por perdido, desvió la atención hacia Ícaro—. No quiero que pienses que el sacrificio de tu madre fue en vano.

En eso estaba siendo sincero, por lo menos; Hipólita, como el resto de caballeros negros involucrados en el ataque a isla Thalassa, solo cumplía las órdenes que sabían que pronto recibirían de él. Sin embargo, no dejaba de ser cierto que habían sido utilizados por Tritos de Neptuno, un psíquico sin parangón capaz de tal suerte de proezas que no podía entenderse que todo hubiese ocurrido del modo en que ocurrió, a menos que en verdad los dioses le hubiesen impedido actuar de forma directa. Que fuera a medias no cambiaba nada si quien debía velar por ellos, el caballero negro de Altar en quien todos confiaban, pasó todo ese tiempo y los meses posteriores pactando con el enemigo.

Estudió a Ícaro por largo rato. No encontraba en él la ira volcánica de Munin, pugnando por escapar, pero tampoco la mortal indiferencia de Adremmelech. Aquel joven que el mundo conoció en Reina Muerte como la sombra de Aioros de Sagitario y que él veía ahora como la única vida que él y Hipólita engendraron trece años atrás, con el largo cabello caído en una trenza dorada y los ojos de un frío azul, relampagueante, estaba enfadado, de eso no cabía duda. La pregunta era hacia quien iba dirigido tal enfado. Mentalmente, se preparó para que le asestara un buen puñetazo. No se defendería.

—Los Astra Planeta son el grupo al que pertenece Caronte de Plutón, el enemigo de la diosa y del Santuario que mancilló, ¿cierto? —preguntó Ícaro, a lo que Altar Negro asintió—. Entonces, lo entiendo. En el despertar de Poseidón estaría involucrado no solo Hybris, manipulado por ese usurpador de identidades, sino también Leteo, uno de los ríos del inframundo, así como el Aqueronte fue parte de la batalla en el Santuario trece años atrás. Para el ejército de Atenea, tales hechos apuntarían a que liberar a Poseidón era algo que debían evitar a toda costa. Un caso de psicología inversa.

—Que fue bastante mal —aprobó Altar Negro, orgulloso de la capacidad de entendimiento de su vástago—. Tritos de Neptuno se dejó llevar por la corriente, no creo que él tuviera nada que ver con los acontecimientos de Reina Muerte, ese fue el último de los trece eventos desafortunados que han ocurrido en el mundo de los vivos desde que el reino de los muertos se quedó sin soberano; tampoco influyó en nuestros planes. No obstante, quiso aprovecharse de la situación, creyó que Akasha de Virgo era un ser racional a quien podría engañar con facilidad. No contaba con su astucia —concluyó, riéndose luego de su propio chiste—. Ni con su ambición.

—Menudo genio —dijo Munin, mirando al henchido de orgullo Ícaro—. No fue nunca al colegio y míralo ahora, desentrañando toda una conspiración para… para…

No pudo terminar la frase, pues no había entendido el punto de todo aquel asunto.

—Es afortunado que no haya que ir al colegio para aprender a matar criminales —soltó Tomomi, distraída, antes de probar un nuevo trozo de pizza.

—Yo tampoco tuve una educación normal —dijo Munin, fingiendo no haberla oído. No la miraba a ella, ni a Altar Negro e Ícaro, sino a Oribarkon—, quizá por eso no entiendo cómo puede alguien entregar toda una vida de recuerdos y luego recordar cosas.

A la vez que Oribarkon carraspeaba, tomado por sorpresa ante tan repentina pregunta, Altar Negro veía con los ojos muy abiertos a su antiguo pupilo. Munin de Cuervo Negro, experto en manipular la memoria, había sido un temerario difícil de controlar desde el día en que se unieron sus caminos, durante la Rebelión de Ethel, pero de vez en cuando tenía atisbos de lucidez que le dejaban atónito. Él estaba dando por sentadas muchas cosas, como la forma en que el mago apareció allí de pronto, luego de pasar mucho tiempo siendo ilocalizable tanto para Hybris como para el Santuario.

—Entregué los recuerdos de mi pasado, desde la caída de la Atlántida hasta…

—La caída de la Atlántida no sucedió hace diez mil años —le interrumpió Altar Negro, entrecruzando los dedos—, no sabía que Leteo fuera tan selectivo a la hora de tomar la memoria de alguien, de alguien que la sacrifica, además.

—Ese mozalbete de Tritos estaba en mi cabeza —se quejó Oribarkon—. Me dejó conservar algunos recuerdos para que lo ayudara a evitar la liberación de mi señor, para que manipulase a la muchacha que se parece… —sacudió la cabeza con violencia, asustado por el lapso de un instante—. ¡Chiquillo arrogante! ¿Por qué iba yo a negar al Señor de esta Tierra el derecho a disfrutar de los rayos del Sol? Huí el tiempo que estimé conveniente, no sabía cómo regresar… ¡No sabía a dónde regresar!

La corrección final llenó de desconfianza el ambiente. Solo Adremmelech y Orestes, el callado siervo del Hijo que permanecía de pie, detrás de Altar Negro, seguían impertérritos ante todo lo que ahora se revelaba.

—No te eché en falta por dos razones. La primera es que mis negociaciones con Arthur de Libra eran una apuesta, dependía del todo del despertar de una muchacha —admitió Altar Negro, temblándole la voz en el mismo sentido y tiempo que había ocurrido con Oribarkon—, de lo que decidiría. Si todo iba mal, al menos tendría la certeza de que solo yo estaría a merced del Santuario, que Hybris podría reorganizarse y actuar en el futuro. La segunda es que tu promesa ya fue realizada, una copia perfecta de un manto dorado, ¡el de Sagitario, nada menos! —Conforme hablaba, Oribarkon pasó de una extasiada alegría al asco más vulgar,  llegando a escupir fuera de la mesa, al vacío interestelar—. Tenía intención de pedirte otro reto, claro, nuevas armaduras negras para mis chicos, que superen la maldición que los reduce a meras sombras de los héroes, pero es solo un capricho, el deseo de un padre por ver a sus hijos brillar con luz propia. No urgía. Dioses, te invoqué para preparar algo mejor que pizza y refresco y nunca pensé en invocarte para que te ocuparas de esa tarea.

—¡Puedo ocuparme de esa tarea! —aseguró Oribarkon—. ¿Niegas que sea capaz?

—Dudo que pueda confiar en alguien que no sabe qué recuerdos perdió —sentenció Altar Negro—. Tritos te permitió mantener recuerdos del sacrificio de tus memorias y Leteo. ¿Y luego? ¿Qué sucedió en estos meses, Oribarkon?

Ella decidió que debía recordar ciertas cosas. Por eso estoy aquí.

Nada más salió de los labios del telquín, tan secos por una angustia que muy pocos allí podían comprender, que se lanzó a tomar un poco de refresco. Altar Negro lo observó, meditabundo, hasta que realizó un gesto de asentimiento. Todo estaba explicado.

 

—¡Eso no explica nada! —gritó Munin, sobresaltando al líder de Hybris—. Por los dioses, Viejo, ¿qué te pasa? ¿Qué os pasa a todos? ¿Quién es ella?

Los ojos del caballero negro de Cuervo iban de la sombra de Altar a Oribarkon, luego a Adremmelech, Ícaro y Tomomi, solo los dos últimos parecían ajenos a lo que allí se había revelado. Hasta el tal Orestes, tan regio y estoico, tuvo un estremecimiento.

Ella es la creadora de este lugar —explicó Altar Negro—. Nuestro refugio, dentro de la oscuridad que subyace al mundo de los vivos, no es tan viejo como el universo, es incluso más joven que el planeta en el que vivimos. Fue creado para ser inaccesible para todos los mortales, no solo los comunes, que sobreviven gracias a la rápida mente que les dieron los dioses, sino también a quienes sirven a los inmortales, como los santos en el Santuario, los marinos en la hundida Atlántida y los espectros en el aún más hondo Hades. Aquí, ni siquiera el Ojo de las Greas y la espía del Sumo Sacerdote, navegante del caos primordial, pueden vernos. Estamos a salvo.

—Tendrías que haberme dicho que nos protegía una diosa, Viejo, pensaba que estábamos solos —dijo Munin, con un alivio que solo duró el tiempo que tardó Altar Negro en sacudir la cabeza—. ¿No es una diosa?

—Para algunos lo fue, pero era tan humana como tú y como yo.

Una vez más, Oribarkon escupió al vacío, lleno de odio y una pizca de miedo. Ese sonido fue lo último que se escuchó en la reunión durante un buen rato.

 

Pasado el tiempo, la curiosidad fue anidando en los corazones de los caballeros negros, no solo sobre esa misteriosa mujer, sino también por el Hijo, Orestes y todo lo que la presencia de aquel caballero implicaba. Altar Negro casi podía olerla, mientras que Oribarkon, ahora un mundo aparte, extrajo el refresco que quedaba en su vaso, manteniéndolo en el aire como hizo con el trozo de pizza. Aunque seguía siendo líquido, la magia de Oribarkon lograba que mantuviera la misma forma que tenía en el vaso, y con calculados roces de cada uno de sus largos dedos, lo hacía temblar como si fuera gelatina. ¿Con qué fin? Con Oribarkon, era difícil saberlo, y más aún era entender el método que estaba siguiendo, así que optó por dejarlo estar, de momento. 

—Así que —dijo Munin, el primero en toda la orden a la hora de cuestionar al líder—, ¿no nos explicarás nada más, no? ¡Tus dos relatos se quedaron a medias!

—A menos que deseéis servir al Hijo por vuestra propia voluntad, no necesitáis saber más de quienes le sirven —aseguró Altar Negro—. La presencia de Orestes no afecta al plan que habéis estado trazando. Y el pasado de un Padre irresponsable, mucho menos.

—¿Y la alianza, Padre? —intervino Ícaro, habiendo adquirido confianza durante la reunión. Ya había terminado su comida, como casi todos—. El Santuario ha exigido el fin de la cacería, como condición para aceptar nuestra colaboración.

—Incluso sin contar el Ojo de las Greas, el líder del Santuario no es ningún estúpido y es muy distinto perseguirnos a lo largo y ancho del mundo, que adivinar que seguimos actuando tal y como antes de la alianza. Poco importa lo cuidadosos que seamos, o si utilizamos medios que cualquier persona de a pie podría utilizar, como armas de fuego; lo sabrían, y eso no solo acabaría con todos mis años de trabajo, sino que pondría en riesgo a toda la humanidad, por cuyo futuro tantos sacrificios habéis hecho.

—Mi consejo es que esperéis —terció Oribarkon, todavía entretenido en su tarea. Con la habilidad del artesano, dividía el líquido en toda clase de figuras, solo para volverlas a unir en una sola masa, que alargaba y contraía sin aparente sentido—. Con la caída de la Atlántida, yo me retiré a las sombras, y aunque no recuerdo cuanto ha ocurrido desde entonces, debe de haberme ido bien, ya que estoy vivo. ¿Esta bebida fue preparada antes o después de la última batalla? —le preguntó de improviso a Altar Negro, cuya atención estaba depositada en otros asuntos.

—Es lo más sensato —admitió Ícaro, adelantándose a la seguramente inoportuna participación de Munin—. Sin embargo, si nos quedamos sin hacer nada, estaremos fallando al mundo, rompiendo nuestro juramento. ¿Está bien eso?

—Muchas personas están muriendo ahora mismo —apuntó Orestes, de nuevo parte de la conversación—. No solo a causa de los criminales que cazáis, sino también por la enfermedad, el hambre, la naturaleza de los hombres y del mundo, un accidente o incluso un suicidio. ¿Está bien eso?

—No somos dioses, lo sabemos —terció Munin—. ¿Crees que eres el primero en darnos lecciones de ética y moral? —Rio, alto y fuerte, llenando el lugar de desprecio y hastío—. Ni eres el primero, ni serás el último. 

—No soy quién para juzgaros en ese sentido, pues tampoco soy un dios, sino el sirviente del Hijo. Tan solo pretendo solucionar vuestro dilema: hagáis algo o no, nada cambiará; no tiene sentido poner en riesgo al mundo entero para salvar a unos pocos mientras miles y miles siguen muriendo, desamparados.

 

—Sí que tiene sentido. —Munin habló en voz baja, casi en susurros, y luego se levantó con tal brusquedad que la silla cayó. Era casi tan alto como Orestes, y si bien no gozaba del inmenso poder del aquel, no titubeó al hablar—. Hay personas sufriendo en el mundo, y si tengo el poder para salvar aunque sea a una sola, ¡me basta con eso, y al infierno con todos los grandes planes que tengan los dioses!

—Tenéis sed de justicia, sed que nunca será saciada —afirmó Orestes—. Los humanos ya clamaban por justicia mucho antes de concebirla; con el paso de los milenios, decidieron que los gobernantes no eran distintos del resto de hombres y dieron por ello muerte a sus propios soberanos. ¿Ni siquiera con eso se sienten satisfechos?

—Lo que los hombres llaman democracia hoy en día es en realidad la misma tiranía de siempre, solo que con una pizca de incompetencia e hipocresía. Es la ilusión de haber logrado algo, un sueño indolente al que debemos poner fin —afirmó Altar Negro, tranquilo pese al cinismo con que pronunciaba tales palabras—. No obstante, están en lo cierto en que un gobernante solo se diferencia de quienes gobierna en la función que cada uno desempeña, así como la responsabilidad que esta conlleva. Todos somos hombres, malolientes sacos de carne, huesos, sangre y otros fluidos, que deambulan por la tierra buscando un sentido a la breve existencia que los dioses nos concedieron.

»En cambio, un dios, ¡no, una diosa! Atenea sí es distinta de mí, de vosotros, y todos los habitantes de esta tierra de locos. La sentaremos en el trono de los hombres, y en su voluntad depositaremos el sueño de un mundo en el que prospere el justo y el malvado reciba su castigo. Acudirá, una vez destruyamos la ilusión que a todos ha engañado. 

Aunque no fue pronunciada pregunta alguna, todos la podían intuir, implícita, y era claro que Altar Negro esperaba una respuesta. Por un corto espacio de tiempo, solo hubo silencio, apenas interrumpido por los suaves movimientos de Oribarkon, que convertía el líquido que amasaba en una especie de corona, y un bolígrafo rozando el papel de un cuadernillo. Tomomi Asamori apenas había participado en la reunión, ya que estaba más interesada en tomar notas sobre lo que escuchaba, y más aún sobre lo que intuía; casi todos sabían que la información estaba destinada a su abuelo, después de lo cual quemaría las hojas, así que nadie trató de impedir que siguiera escribiendo.

—Nadie me responde —se quejó Oribarkon, con la extraña corona oscilando sobre tres de sus dedos—. La bebida y la comida que en este día me has ofrecido, ¿fue creada antes, o después de la batalla? —cuestionó a Altar Negro.

—El refresco, antes. La pizza está recién hecha. —Pese a que respondió como lo haría en una conversación seria, Altar Negro parpadeaba sin control, como sin poder creer lo que estaba ocurriendo, y no era el único.

—Creo… —Una especie de mareo casi envía a Munin al suelo. Nada físico; simplemente, de pronto se sintió descolocado, fuera de lugar allí, de pie y acusando a Orestes al tiempo que la conversación se le escapaba de las manos. Siguió hablando mientras daba vueltas erráticas, tratando de recuperar la compostura—. ¿Qué vas a hacer? ¿Mezclar pizza y refresco como un niño pequeño? ¡Sacarás tu bastón y mezclarás pizza y refresco! —Todo le sonaba ridículo nada más salía de su boca, tanto como lo era la escena—. ¿Se llevaron tus neuronas junto a tus recuerdos? ¡Bébete eso de una maldita vez! ¡Cómete la maldita pizza y haz tu maldito trabajo!

—En realidad, mis manos son instrumento suficiente, ¿por qué utilizar el cetro para tareas tan sencillas? ¡Tranquilízate, humano, tranquilizaos todos! No es la materia lo que deseo tratar, sino lo que fue, lo que es, y lo que será. ¡He olvidado demasiadas cosas! Y aunque no las puedo recuperar, pues yo mismo entregué cada uno de mis recuerdos de los pasados milenios, sí que puedo ver el pasado del mundo que no recuerdo a través de las cosas que en él estuvieron, cuando yo no. Una vez lo consiga, poco importará que regaléis al Santuario todas las armaduras negras que he creado, salvo la joya de la corona, claro —acotó con disgusto, mirando a Ícaro—, pues crearé unas mejores, que rivalizarán con las escamas del mar, los mantos mortuorios del infierno y las sagradas vestiduras de los santos de Atenea.

Rara vez Oribarkon daba explicaciones claras, y para lamento de todos, esa no era una de esas veces. En silencio, cuando parecía a punto de ceñirse la corona sobre la cabeza —cosa que por poco provocó en Munin la risa que trataba de contener—, el telquín cabeceó de un lado a otro, negando. Así, rodeado por un centenar de burbujas de diversos tamaños, desapareció. Lo próximo que supieron de él, fue un suceso de comparable extrañeza: el respaldo de la silla en la que se sentaba estalló, y las astillas bailaron en el aire para formar algunas palabras en una lengua que solo los magos recuerdan, pero todos los seres entienden —«Sigo el Camino del Crepúsculo. El pacto aún no se ha roto»—, antes de caer y volver a formar el respaldo. ¿Una ilusión? ¿Manipulación de los átomos? Nadie lo supo, y a nadie le importó.

 

—Desde que tengo consciencia —dijo el esbelto y recto Ícaro, cansado de la visión de varios de sus mayores mirando la silla vacía, boquiabiertos—, he sabido que mi destino era portar la armadura negra más poderosa que jamás se ha creado. Es mucho lo que le debo, Padre, y también sé que ha depositado sus esperanzas en mí. Sin embargo, de tener que elegir entre la misión de mi madre y mis compañeros, y la suya y la del caballero Orestes, temo que hoy tendría que despedirme de usted, así tuviera por enemigo al Santuario y la Atlántida, pues tan grande es mi compromiso con el mundo de los hombres, como el que me une a esta orden, en la que nací. 

»Soy incapaz de expresar la dicha que siento al no tener que tomar esa decisión, y aunque no creo que esté bien dejar de lado a las gentes del mundo por el bien de una alianza que desconocen, algo sabemos los caballeros negros de anteponer un mal menor antes que uno por mucho peor. ¿Y qué puede ser peor que el fin del mundo? Esperaré a la batalla, y lucharé a su lado, como es mi destino y deseo. Luego…

Altar Negro asintió antes de que Ícaro terminara, conforme con sus palabras. El muchacho era sincero y honesto, lo que era bueno, no solo útil, sino bueno. También era idealista en exceso, y eso podría no serlo tanto. En el discurso que acababa de escuchar, descubría a un niño soñándose como un caballero de brillante armadura, surgido de un cuento de hadas para derrotar dragones y otras criaturas terribles. Claro que, no sería la primera vez que subestimaba a alguien en su larga distancia.

—Yo sólo sigo las órdenes de Ella —clamó la voz de Adrammelech, que por primera vez se hacía escuchar, lejana, como si proviniese desde las profundidades de la tierra, y a la vez cercana, como un temblor que se extiende a través del suelo, poderoso y terrible. Todos, hasta el mismo Orestes, sentían un escalofrío al escuchar esa voz distorsionada, que tan poco tenía de humana—. Más allá, nada tiene importancia.

Solo quedaban Munin y Tomomi por expresarse. El primero, todavía de pie, tenía los brazos alzados, reclamando a dioses en los que apenas creía. Cerró y abrió el puño mientras lo levantaba y bajaba a semejanza del martillo que golpea el yunque con fuerza. Las palabras de Orestes, los disparates de Oribarkon y los misterios que envolvían al hombre que se hacía llamar Padre, se mezclaban en su mente, llena a su vez de los pensamientos de infinidad de hombres a los que había leído en el pasado —monstruos la mayoría—. Estaba a punto de estallar, con ganas de levantar la mesa y golpear con ella a alguien, aunque al final se limitó a poner la silla que había tirado en su sitio. Se sentó en ella, dejando caer sus brazos sin fuerzas. Dejando escapar la ira.

—Seguiré su camino, Viejo, hasta el fin de la guerra, siempre que nos permita cumplir nuestro verdadero objetivo una vez termine.

—Se suponía que ibais a concedernos un ejército leal, vasto y temible; en cambio hoy os veo negociar con vuestro soldado, si es que un niño merece ser llamado así  —terció Orestes mientras caminaba hacia Munin—. Vuestro objetivo y el nuestro son como una gota de agua y el mar, no se pueden comparar.

—Ya, ¡ya! ¡Dije que le apoyaría en la guerra! ¿Es que no te basta con eso?

—Oh, no se dirigía a ti, Munin —dijo Altar Negro, cuya tranquilidad contrastaba con la actitud de Cuervo Negro de tal forma que solo lo enojaba más y más—. Sería una locura moverse luego de la guerra, nuestros caminos no coincidirán para entonces. Si deseáis cumplir la meta que os propusisteis hace años, tendrá que ser durante la guerra, mientras los guerreros sagrados de la Tierra y el Mar están distraídos.

—Eso jamás ocurrirá —dijo Orestes, alzando la voz—. ¿Es que habéis perdido la razón, padre de hombres, guía de héroes y reyes? ¡Sabéis bien que no habrá salvación para este mundo ni ningún otro si fracasamos, y aun así os empeñáis en asegurar que tal cosa ocurra por apoyar una tarea insignificante, estéril! ¿Qué ocurrirá si yo, Orestes de la Corona Boreal, cumplo con la misión que rehuís, y neutralizo a todo aquel que se interponga en el reencuentro de mi señor y Atenea?

Se escuchó el sonido de un objeto cayendo sobre la mesa con fuerza, un cuaderno. Tomomi, tan tranquila como Altar Negro, casi un reflejo femenino del líder Hybris, habló con voz suave y palabras firmes

—Si eso ocurriera, Orestes el matricida, podríais comprobar que así como el hijo venga a su padre, también el padre venga a sus hijos.

Tomomi e Ícaro, en representación del profesor Asamori e Hipólita, junto a Oribarkon, Adremmelech y Munin; Altar Negro contaba con el apoyo de los cinco, lo que a todas luces le satisfacía. El único disgustado en aquel lugar era Orestes, que tras un vistazo en derredor, lanzó un ataque en su contra. Nadie lo vio venir, pues nadie se esperaba aquel gesto. Aun cuando se sucedieron los segundos, y una línea de oro era visible entre la punta del dedo de Orestes y la frente de Altar Negro, ninguno se movió; no sabían qué estaba ocurriendo o qué podían hacer, y su líder no parecía estar sufriendo.

 

«El Hilo de Ariadna me revelará vuestros secretos, Segundo Hombre —pensaba Orestes, concentrado por completo en su tarea—. Aun el más complejo e intrincado de todos los laberintos, la mente, no tiene secretos para esta técnica.»

Se adentró en los pensamientos de Altar Negro sin encontrar resistencia, contrario a toda expectativa que pudiera albergar. En los que conocían las artes de la Raza de Plata, era habitual una fortaleza psíquica virtualmente impenetrable, y si bien el Hilo de Ariadna no tomaba la ruta del cerebro o del espíritu individual, sino la del plano en que se mueven todos los pensamientos, sentimientos y emociones de todos los seres, realmente esperaba que el hombre escogido por el Hijo no estuviese tan indefenso. No tardó en darse cuenta de lo apresuradas que eran sus conclusiones.

Luego de observar un espacio en blanco por lo que pareció una eternidad, se encontró con una tormenta de pensamientos que no podían pertenecer a una sola persona, ni siquiera el Segundo Hombre, pues aunque había una cierta tendencia que los unía, en su mayoría eran demasiado distintos entre sí. Muchos hombres, afamados maestros del Ojo de Plata, habrían acabado abocados a la locura con solo un vistazo, y él tenía que desentrañar el misterio. Decidió que el riesgo era necesario, y poniendo cada uno de sus sentidos en aquella tarea, acabó chocando contra la verdad como el corredor que choca con una pared, o un árbol que no había llegado a ver.

«Esta es la gran ventaja de vuestros caballeros negros —concluyó Orestes, maravillado—. La técnica heredada del pueblo de Mu, capaz de unir dos o más mentes, con un enlace que pueda administrar toda la información que el resto reúne. ¿Cuándo fue la última vez que se conectaron miles de hombres?»

Tuvo una visión más amplia de lo de que Akasha, días atrás, descubrió a través del Ojo de las Greas. En cada gobierno de la Tierra, así como en grupos y organizaciones de gran poder, desde las principales agencias de inteligencia y los ejércitos de las grandes potencias, hasta los medios de comunicación y las más influyentes empresas, había al menos un caballero negro infiltrado, listo para cumplir órdenes; los que se encargaban de cazar criminales y derrumbar el crimen organizado, eran solo una facción de la orden negra. ¿Realmente fracasó la primera etapa de su misión? Él no veía tal cosa, veía un peligro que el Sumo Sacerdote había subestimado a lo largo de los años. Un Santuario que no estaba recluido en una montaña aislada, sino que abarcaba el mundo entero.

«Y ese espacio en blanco —recordó—. ¿Acaso este hombre está conectado a toda la raza humana? ¿Pretende convertirse en el avatar de toda la humanidad?»

Se sintió observado de pronto, por miles y miles de ojos; no todos los caballeros negros, solo quienes estaban despiertos y podían permitirse el lujo de responder a su intrusión. Todos ellos sabían cuanto se había dicho en la reunión, todos ellos sabían quién era él y a qué había venido. Todos ellos le respondieron a la vez:

 

—Salvaremos el mundo del falso orden, y el Santuario lo salvará del caos que sobrevendrá a la limpieza. Los justos prosperan y los malvados son castigados.

Tales fueron las palabras, dichas por nueve mil hombres a la vez, resonando en la mente de Orestes como el grito de un dios temible que lo arrojó de aquel lugar. En el universo físico, apenas había pasado una fracción de segundo..

El Hilo de Ariadna se deshizo al instante. Orestes sudaba copiosamente, y enfrente, Altar Negro sonreía. Los demás no parecían entender lo ocurrido, seguramente eran ajenos a la red que el Segundo Hombre había tejido, por lo menos por esa noche.

—Ninguno volverá a dirigirse al Santuario sin mi consentimiento —dijo al fin, recuperando la compostura y la autoridad. Aun antes de terminar, ya daba la vuelta, marchando hacia las escaleras—. Desde ahora hasta el fin de la guerra, yo estoy al mando. —Lo dijo en un susurro, quizá porque era consciente de que era mentira. Las almas de esos jóvenes estarían en manos del Segundo Hombre hasta el fin de sus días.

 

***

 

Lejos de aquel lugar, y a la vez cerca, Azrael caminaba hacia las montañas cercanas a Atenas, o al menos lo que la mayor parte del mundo creía que eran meras montañas. Iba cubierto con un manto de viaje con capucha, que apenas dejaba entrever las manos, ya que aunque habían dado un rodeo para evitar Rodorio, donde él y la señorita eran bien conocidos, seguía siendo posible que algún aldeano extraviado o un guardia del pueblo los reconociera, celebrando su llegada. El Sumo Sacerdote ya estaría enterado de que venían, desde luego; poco era lo que aquel hombre no sabía de antemano —excepto, pensaba Azrael, la exacta localización de cada caballero negro—. Sin embargo, para el Santuario, Akasha era una traidora, así como todo aquel que tuvo tratos con ella en los años de exilio estaban bajo sospecha. No era conveniente que dos perspectivas tan opuestas chocaran, mucho menos de cara a una negociación.

Miró hacia atrás con el rabillo del ojo, y distinguió la figura de Akasha en la lejanía. Mientras la veía acercarse, se dio cuenta de que no le llegó a preguntar por qué debieron rodear Rodorio por separado, aunque lo podía intuir: movida por el azar, o incluso un presentimiento, Akasha había decidido utilizar el Ojo de las Greas. «¿Ha olvidado que no sirve para observar a ese hombre?»

—Disculpa la tardanza —dijo Akasha una vez llegó, también cubierta por un manto; la máscara y los cabellos quedaban ocultos bajo el embozo—. Ya podemos proseguir.

—¿Ha descubierto algo interesante, señorita? —No vio motivos para ocultar que sabía lo que estaba haciendo, ni a ella pareció molestarle que lo supiera.

—Orestes y Oribarkon han desaparecido —dijo Akasha, ofuscada—. ¿Qué clase de magia posee ese hombre, Azrael? ¡Es el Ojo de las Greas!

No hablaron más de eso en aquel día. Se limitaron a retomar la marcha, tomando una barca para atravesar el enorme lago artificial en que había sido convertido el valle que Geki y Nachi crearon durante la batalla trece años atrás. Día y noche, un centenar de ninfas de los árboles y el agua salada vigilaban la nueva frontera entre la tierra de los comunes y el dominio de la diosa, ya fuera desde el interior del lago o el bosque que habían creado alrededor de él, y un número no menor de guardias patrullaba en las lejanas montañas, que ocultaban el único paso a tierra sagrada. Ni Azrael ni Akasha se molestaron en comprobar que seguía siendo así; sabían que la Fortaleza de Atenea —la división Pegaso— ya debía estar enterada de su llegada, y así querían que fuera.


Editado por Rexomega, 11 octubre 2020 - 15:12 .

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Publicado 03 octubre 2020 - 16:45

Cap 45. Ella.
 
Seguimos con la reunión de los caballeros negros.
Entre la diversidad de temas de la cena de Hybris, nos enteramos que Ícaro de Sagitario Negro es hijo de Hipolita y de Altar Negro (pillines).
 
También entra otra entidad misterioso al vocabulario llamado sólo "Ella", que no es ninguna diosa, sino una humana con mucho poder que incluso en su ausencia varios de allí la veneran y/o le temen XD.
 
Me encantó leer que pese a que los caballeros negros se unirán al Santuario prometiendo que no habrá más cacerías en nombre de Kira, se las ingeniarán para continuar haciéndolo en medio del caos de la guerra xD Qué listos y temerarios.
 
He leído mucho de defensas psíquicas en otras historias, y vaya que la de Altar Negro es una de las más impresionantes pues no es algo que tenga de manera individual sino que es por un enlace de otras miles de mentes XD. Bravo.
 
No hay que fiarse de los caballeros negros pese a que finjan ser buenos tipos al parecer.
 
Y el cap termina con Akasha llegando al Santuario. ¿Cómo es que será recibida?
 
PD. Buen cap, sigue así x3

Editado por Seph_girl, 03 octubre 2020 - 16:46 .

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#185 Rexomega

Rexomega

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Publicado 05 octubre 2020 - 20:23

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl

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***

 

Capítulo 45. Una difícil situación

 

Al igual que hace trece años, el león de bronce y el líder del ejército de Atenea se encontraron frente al bosque que resguardaba el mayor tesoro del Santuario. Al ver los grandes árboles entre los que los indignos estaban condenados a perderse, Ban no pudo evitar sentir un pinchazo en el estómago que nada tenía que ver con la paliza que recibieron en Alemania, ni con el estado en que pudieran hallarse Fang de Cerbero y Bianca de Can Mayor, aquella terrible compañera de celda que apenas se había permitido recibir primeros auxilios antes de salir corriendo, como de costumbre. No, el dolor no estaba relacionado con el futuro, sino con el pasado, uno lleno de decisiones ya tomadas, de pérdidas irreparables. Esperando que Su Santidad no ahondara en su atribulada mente, lo encaró de frente, mirando al antaño llamado Kanon de Géminis.

«Y Kanon de Dragón del Mar —añadió para sí.»

El Sumo Sacerdote asintió en ese momento, quizás leyéndole la mente, quizá solo recordando que era un hombre que creía haber vivido más de lo que le tocaba. No podía saberlo con corteza, no con alguien capaz de permanecer cerca de Lucile de Leo, la bruja que señoreaba cualquier emoción humana, sin siquiera inmutarse. Podía verla allí, tan cerca del cuerpo del primero de los santos como lejos estaba de su espíritu devoto, lo que restaba a Lucile la presencia y dominio de la situación que le mostró en la última misión que cumplieron juntos. Ni el manto zodiacal de Leo ni la capa que portaba ahora, como si todavía fuera general del ejército, tenían importancia para ella en ese momento. Porque se le había denegado lo que más preciaba.

—Eres muy viejo como para tener miedo de una mujer —observó Kanon.

—Si vos no la teméis, ¿por qué está obligada a guardar silencio? —repuso Ban, más osado que la mayoría—. Sabéis lo que quiere.

Un brillo fugaz resaltó bajo el casco papal, el ojo del Sumo Sacerdote sorprendiendo a Lucile de Leo antes de que pudiera soltar el comentario mordaz que había preparado.

—Lo que queréis todos. Que perdone a Akasha como si todavía fuera mi pupila y hubiese hecho novillos por Rodorio en un día de entrenamiento. Nunca ocurrió tal cosa, como bien sabes —aclaró—. Hasta hace cinco años, fue la más recta entre los doce.

Con más descaro que el habitual, Lucile se interpuso entre ambos y alzó dos dedos de la mano derecha, tratando de corregir al Sumo Sacerdote. Este negó con la cabeza.

—Que hace dos años se hiciera evidente no significa que entonces empezara todo. Fue el Cisma Negro lo que tornó la sabiduría de una joven idealista en astucia y soberbia. ¡Calla, mujer, si no quieres volver a tu prisión! —exclamó iracundo Kanon, previendo otro intento de Lucile por corregirlo—. No olvido a esa pequeña. Nadie lo hace.

Tras encogerse de hombros, Lucile dio algunos pasos hacia atrás.

 

—¿Y bien, Ban? ¿Cuándo vas a hacerme la petición que otros tantos me han hecho?

—¿Por qué, Su Santidad? ¿Por qué liberó a Orestes?

—Me apetecía que sobrevivieras, verte tan estropeado me hace sentir más joven. —La broma, tan extraña que cambió por completo la seria faz de Ban, no previno carcajada alguna, ni siquiera una sonrisa—. La maldición de Medusa se debilitó durante la batalla del Pacífico. Hace seis meses que Orestes está libre, si se puede llamar libertad a vivir apartado incluso de quienes vivimos aislados, aquí en el Santuario, bajo constante vigilancia e interrogatorios que harían llorar de emoción a Lesath de Orión y Hugin de Cuervo. Me preparo para lo que mi pupila pudo haber provocado, solo eso —aclaró antes de que Ban pudiera hacerle reclamo alguno—. Orestes sabe que nunca serviremos a otro dios que no sea Atenea y yo sé que ese hombre es demasiado honesto para las conspiraciones, al contrario que su compañero, Gestahl.

—¿Gestahl?

—El líder de Hybris. Sí, también tiene que ver con el Hijo, pude averiguarlo ya que ambos estuvieron en el Santuario este tiempo, uno bajo mi cuidado y el otro bajo el de Arthur. Hemos disipado muchas sombras y tenemos un mayor entendimiento de la situación en la que nos encontramos, por eso solté a quien no era un peligro y en cambio podía sernos útil, bajo la atenta vigilancia de la única en quien puedo confiar en estos días, claro —acotó, misterioso, a la vez que Lucile hacía un breve gesto, aludiendo a la demencia del Sumo Sacerdote—. Como ya te he dicho, gracias a eso estás vivo.

—Dejarlo libre para salvarme a mí y una díscola santa de plata —entendió Ban, recordando el duro encuentro con los Campeones del Hades—. ¿Es que ya habéis tachado de herejes a todo el ejército y ahora debemos depender de mercenarios?

Esta vez, Kanon sonrió, tal vez divirtiéndole una crítica tan directa.

—Si fuera el santo que un día fui, pensaría como tú, habría viajado hacia Alemania y arrasado la fortaleza del enemigo, tal vez llevándome algunos conmigo. Mas esta túnica pesa como los doscientos cincuenta inviernos que vivió mi predecesor, me hace lento y me obliga a pensar más las cosas. Tres días —añadió de repente—, ¿ese es el plazo que nos da para decidirnos? Aprecio demasiado ese detalle como para no aprovecharlo.

—Me temo que no os comprendo, Su Santidad.

—Orestes de la Corona Boreal atacó al rey Bolverk, el primer guerrero azul, que no tiene justificación para declararnos la guerra de momento.

—¿Pensáis aliaros con él?

—El día en que la vejez haya terminado de atrofiar tu cerebro, león de bronce, avísame para dar a otro el manto que portas —advirtió Kanon, severo—. Bolverk piensa eliminar al rey de Bluegrad y a toda su estirpe, ¡a Piotr!, quien fue un valioso aliado del Santuario en su momento de mayor necesidad. ¿De qué me acusas, León Menor?

Lo que debería aliviar al santo de bronce, en realidad solo lo confundió más.

—Os pido, Su Santidad, que olvidéis mis afrentas y me habléis con toda claridad. ¿A dónde nos dirigimos, con santos acusados de traidores y un extraño libre de toda vigilancia? ¡El plazo que Caronte nos dio se está agotando!

Por cómo reaccionó el Sumo Sacerdote a aquella declaración, era muy posible que eso era lo que esperaba. Menos osadía, menos rebeldías. Menos sombras.

—Aprovecharé los tres días que el rey Bolverk nos ha concedido, así como hemos aprovechado estos trece años que aquel que insultó todo en lo que creemos nos dio. Ya hay alguien que ha recibido la misión de demostrar a los muertos el coraje de los vivos, el general de la división Pegaso, mas este me pide una condición para actuar antes de que venza el plazo. Quiere que resuelva el asunto de mi pupila ya, sin más rodeos. Son tan orgullosos como yo lo fui, Arthur y Akasha, mis más queridos discípulos —murmuró con añoranza, retomando pronto las explicaciones—: Orestes servirá como un aliado más del Santuario y mantendrá vigilado a Gestahl, de modo que nuestros recursos pueden centrarse en vigilar al rey Bolverk y el circo al que llama corte. No pide nada a cambio, considera que está saldando una deuda de honor.

—Creía que confiabais en que Bolverk cumpliría su palabra —observó Ban.

—Aun si así es, debemos conocer a nuestro enemigo —dijo Kanon—. Que no te confunda lo que viste, Ban de León Menor. Orestes sobrevivió en Alemania porque jamás pretendió ganar la batalla; huyó en cuanto logró asegurar el escape de tres santos de Atenea de un grupo que ni siquiera lo tomaba todo lo serio que debiera. Además, el caballero de la Corona Boreal se encuentra en un lugar inaccesible para cualquier mortal, el mismo que los caballeros negros han utilizado todos estos años.

«También era inaccesible para el Ojo de las Greas —recordó Ban.»

—Arriesgasteis demasiado para sacarnos de ahí, meter a otro en territorio enemigo…

—No hay riesgos. Pues ella no está allí.

Por algún motivo, la respuesta del Sumo Sacerdote sobresaltó a Lucile, en cuya blanca piel creyó ver erizarse el vello. Un fantasma apareció a la diestra de la leona de oro, ataviada con un vestido de finísima tela que ondeaba sin viento. Poco podía decir Ban de aquella aparición, más que era joven y portaba una máscara semejante a la de los santos femeninos, solo que carente de rasgos y tan blanca como el largo y lacio cabello que le caía por la espalda. Cuando Ban quiso ver mejor quién era, esta desapareció de la misma forma que había aparecido, sin dejar el menor rastro.

«No siento su cosmos —observó el santo de bronce—. Ni antes ni ahora.»

—Tampoco estuvo aquí —continuó Kanon, indiferente al malestar en sus subordinados—. Ella está en todas partes y en ningún lugar en concreto. Shizuma Aoi, la única discípula de Shun de Andrómeda, que hoy viste el manto de Piscis.

—Era ella quien permitía a Akasha y Azrael salir y entrar en los mares olvidados.

—Exacto. Solo hay dos barreras infranqueables para Shizuma, el territorio de los dioses y la fortaleza de Gestahl de Altar Negro, sea lo que sea ese lugar.

—Si eso es así, todo nuestro viaje fue…

—… Inútil —completó el Sumo Sacerdote—. Nosotros no necesitamos el Ojo de las Greas, al menos no por los motivos que Akasha puede argumentar. Admito que creí que esa herramienta mítica serviría para sortear el único obstáculo que Shizuma considera insuperable, es por eso que estaba dispuesto a acceder a lo que me pidió a cambio de obtenerlo. Me conmovió, Lucile de Leo habría pedido el fin del exilio, ella pidió misericordia por otra persona. El problema es que los años y la distancia me permiten no verla más como una niña que se preocupa por su atolondrado escudero. Pedí a Shizuma que os vigilara de cerca. Desde que obtuvisteis el Ojo de las Greas.

—Eso significa… ¡Dioses del Olimpo!

Ban gritó al cielo, tratando de tragarse la rabia con la que Lucile debía haber convivido desde que fue llamada al Santuario. Ahora veía sentido en que unos condenados como él y Bianca fueran invitados a la Fuente de Atenea. ¿Se había dado cuenta la santa de Can Mayor de tamaña hipocresía? Seis meses abandonados y de la nada ahora volvían a ser dignos de la bendición de la diosa, solo porque alguien cargaría con todas las culpas.

—Akasha pagará por todos.

—Le enseñé bien —dijo Kanon, expresando orgullo por la joven, en lugar de pena—. Manipular a los dioses supone un alto precio, en especial cuando no se logra nada con ello. Yo lo viví —afirmó, palpándose el pecho donde aún debían estar marcadas las tres puntas del tridente de Poseidón—, ella no habría dado uno solo de los arriesgados pasos que dio si no esperara pasar por lo mismo. La vida de Akasha quedará en manos de Atenea. ¿Qué será de la de los posibles cómplices, me pregunto?

Miró largamente al santo de bronce sabiendo cuál sería la respuesta, porque ni siquiera él tenía algo que decir al respecto. Todo estaba decidido, desde hacía trece años.

—Hasta el último santo de la división Andrómeda preferiría hundirse con ella en el infierno antes que traicionarla.

«Y uno de nosotros, incluso trataría de conquistarlo para sacarla de allí —pensó, evocando a quien sin vestir manto alguno era el más leal de todos ellos.»

—Sea —dijo Kanon—. Entonces aceptad su voluntad y vivid como santos de Atenea, pues ya los pies de mi pupila pisan tierra sagrada. Y no porque alguien la haya obligado.

 

***

 

—En resumen —dijo Bianca, cuyas explicaciones habían acompañado a Makoto en un largo paseo hasta el patio del hospital de Bluegrad—, seis Campeones de Hades le declararán la guerra al mundo dentro de tres días. Si hoy puedo contártelo es porque un apuesto caballero blanco nos rescató a mí, a mi compañero de males y bienes y a mi odioso carcelero, que ahora debe dormir a pierna suelta en la Fuente de Atenea. No creo que Ban esté tan agotado para ser igual de vago.

—Por lo que me dijiste, esos animales le destrozaron la cara —gruñó Makoto—. Está inconsciente, puede que en peligro de muerte. No durmiendo la siesta.

—A mí me abrieron el estómago hace nada y tú ni siquiera me has ofrecido una copa de vino mientras te cuento tantas cosas interesantes. ¡Qué desconsiderados somos!

—¿Y a qué viene ese tono? —exclamó Makoto—. Apuesto caballero blanco, compañero de bienes y males…  ¿Hay algún hombre al que no quisieras seducir?

Más rápida que el sonido, Bianca agarró a Makoto del brazo y lo empujó hacia una columna, luego, posando una mano a la mejilla, le susurró:

—Si ese hombre existe, no eres tú.

El rostro del santo de Mosca enrojeció, aflorando en él la última vez que estuvo tan cerca de una mujer. Ni notó que la caricia se transformó en un tirón de moflete.

«La máscara hace que no veamos una mujer, solo un guerrero capaz. ¿Por qué conmigo no funciona? —lamentó—. ¿¡Qué está mal conmigo!?»

Al final pudo recuperarse y apartar el brazo de Bianca, que rio con descaro.

—No es tiempo para juegos. ¡Estamos en guerra!

—Ya me quedó claro cómo haces la guerra. ¿Qué tal sienta besar a tu enemiga?

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Telepatía?

—¡Bingo!

Un segundo después, la magia de la máscara volvió a funcionar.

«O tal vez siempre ha funcionado —reflexionó Makoto, en un intento por convencerse de que no era él quien estaba mal—. La telepatía tiene muchos usos, no solo leer la mente, es posible que Bianca tenga un don para controlar a los hombres.»

—No soy Mera, claro —proseguía la santa de Can Mayor—. No te leo como un libro abierto, más bien te hojeo, mosca pervertida. ¡Vaya! ¿He hecho yo eso?

Allá donde Makoto había chocado, empujado por Bianca, había un hueco de medio metro bastante vistoso. Haría falta dinero para arreglarlo, pero la enmascarada ya se había alejado de tal forma que cierto chico japonés parecería el responsable.

—¡No huyas!

—Esto no es un juego, Makoto. Estamos en guerra.

—Cuando dije eso, lo decía en serio.

—Sí, es verdad —dijo al fin Bianca, cruzando los brazos tras la cabeza y volteando—. Ya te he contado todo lo que sé. Te toca a ti contárselo a tu jefa. ¡Dioses! Cuando Lucile se entere de que dejé que Akasha cometiera una estupidez…

 

Makoto no tuvo tiempo de preguntar a qué se refería, pues de inmediato estuvieron ambos santos ante una imagen sorprendente. Hugin estaba allí, quejándose a viva voz de que una compañera estuviera bien de salud. Y es que aquello era inaudito: la batalla contra Hipólita había dejado marcas en todos los implicados, pero ni una cara golpeada, ni una mano rota ni un coma de seis meses eran irreparables, una columna rota sí. En todo Bluegrad, solo el médico real, que en un solo día podía reconstruir la piel de un brazo entero, sería capaz de tamaña proeza y a pesar de eso ahí estaba Mera, víctima de los ataques de una Hipólita que ya saboreaba la derrota. De pie.

—Entre enmascaradas os consentís todo. Mira al pobre Icario. ¿A él no podía curarlo esa… esa…? ¡Con un demonio, es culpa de ella que estemos todos aquí!

Mera asentía mecánicamente a las protestas del santo de Cuervo, siendo claro que ni se molestaba en escucharlo. A pesar de que estaba sana, seguía fija en un solo sitio, cerca de donde Icario dormía plácidamente, sobre una silla de ruedas que le acompañaría lo poco que le quedaba de vida. Un tiempo que ella compartiría con su maestro.

«¿Maestro? Parecen más bien padre e hija —decidió Makoto, conmovido.»

En eso, Bianca se acercó a Hugin sin la menor presentación. Y antes de que el santo de Cuervo pudiera decirle el pecado que cometía al poder caminar, dio algunas explicaciones que él mismo tendría que saber ya.

—Pastor de Bueyes no está bajo las mismas sospechas que nosotros. Por muy paranoicos que estén los líderes del Santuario, hay límites.

—¿Paranoicos? —repitió Hugin, airado.

—Es normal —continuó Bianca, ignorándole. Se dirigía a Mera y Makoto, que ya la había alcanzado—, conocieron de primera mano el patriarcado de Saga de Géminis, cualquier signo de que algo esté mal con uno de los doce es preocupante. El problema es que cuando la guerra es inminente, la paranoia suele hacerle el trabajo al enemigo. Evitar una hipotética guerra civil no cambia nada si debilitas a tu propio ejército.

—¿De qué guerra hablan? ¿Alguien me va a explicar qué pasa?

—Es irónico que la Can Mayor de Lesath, Cazador de Santos, diga eso —dijo Makoto, ahogando sin pretenderlo la petición de Hugin—. Yo no sé quién es inocente y quién es culpable, pero no tengo problema en admitir que en todo lo que ha ocurrido hay algo raro y peligroso, en lo que todos podríamos estar implicados, ya sea como cómplices o como peones. ¿Sabes en qué he estado pensando estos seis meses?

—¿Qué fuiste tú quien reveló a Hybris la ubicación del ánfora de Atenea? —se le adelantó Bianca—. No fuiste tú, fue tu mente, tu simple y vulnerable mente de adolescente en cuerpo de hombre, que si a mí me revela tanto, a un titán de la telepatía como el líder de Hybris le pudiste haber mostrado hasta tus días en el vientre materno. Sea como sea, no sirvió de nada, porque el Sumo Sacerdote lo había previsto y por eso cambió la ubicación del ánfora de Atenea antes de que un agente de Hybris entrara en Bluegrad. Y así llegamos hasta la batalla en el Pacífico.

El tercer grito de Hugin ni siquiera llegó a formularse. Bianca, más fuerte de lo que aparentaba, le agarró con el brazo por el gaznate y se lo llevó fuera del patio, donde le pondría al día y tal vez trataría de obligarlo a que la invitara a algo.

Makoto apenas prestó atención a aquellos dos, ensimismado en la red de eventos en que se había envuelto. ¿Podía ser que esa red, que Sneyder y Hugin atribuirían sin duda a Akasha, la Tejedora de Planes, llegara a una oscuridad tan profunda como la que llevó a Saga de Géminis a la locura? No era un asunto que debiera tomarse a la ligera, se trataba de un hombre que llegó a usurpar el trono papal y que además se aseguró la complicidad de tres santos de oro, sentando el precedente de que ni tan siquiera el Santuario estaba libre de la corrupción. Bianca tachaba las decisiones del Sumo Sacerdote como simple paranoia; él, por el contrario, veía en ellas el producto de la sabiduría y la cautela. No debían tropezar dos veces con la misma piedra. Ellos no.

Pero, ¿qué podría haber detrás de tantas sospechas? ¿Los héroes de la pasada Guerra Santa que aún seguían en contacto con el Santuario? No era posible, ellos purificaron la maldad que lo dominaba tantos años atrás. ¿Y el resto? Todos los generales eran personas intachables, aunque no por ello humanos, todos excepto quienes fueron degradadas. Akasha y Lucile, tan distintas y a la vez tan unidas. De ellas sí dudaba, y por extensión, también de las personas más cercanas a ellas. ¿Eso incluía a Ban, Emil y Lesath? Shun apostó por la santa de Virgo cuando era una apestada, ¿eran él y June, su compañera, sospechosos? ¿Y Azrael? ¿Quién es culpable, y quién inocente? Acabó frente a Mera, y se maldijo por ser capaz de sospechar de una víctima como ella.

«No es una víctima —negó una voz en lo profundo de su mente; paradójicamente, era la voz de Mera, usando palabras similares a las que alguna vez escuchó de  la guerrera de Lebreles—, es una guerrera de Atenea.»

Sintió que la cabeza le iba a estallar y forzó una sonrisa.

—Icario despertará —aseguró, ganándose la atención de la santa de Lebreles.

—Por supuesto —dijo esta, firme como un junco—. Los santos no mueren.

 

***

 

Ajenos a las duras conversaciones que surgían en Rusia, así como lo que la máxima autoridad del Santuario revelaba no muy lejos de donde se encontraban, Akasha y Azrael avanzaban hacia el destino que la joven se había marcado. Nada podía detener a la guardiana del sexto templo zodiacal, eso lo sabía bien Azrael, nada excepto media centena de guardias que les esperaban, divididos en dos largas columnas apoyadas en las paredes que hacían de pasaje a tierra sagrada.

Todos eran altos y fornidos, con hierro en el yelmo, bronce en la coraza sobre armaduras de cuero y un metal negro como el ébano en las lanzas y escudos que portaban. Los dirigía un hombre desarmado, de fuertes y cicatrizados brazos, con los ojos vendados y una larga capa pendiendo de los hombros como distintivo de su rango.

—Amiga mía, ¿qué tiempos son estos en los que los campeones de la diosa deben entrar a hurtadillas en su fortaleza, como vulgares ladrones?  

—Es el tiempo después de Ethel, capitán Tiresias —respondió Akasha, más cortante de lo que habría deseado—. Cuando la tierra está empapada de aceite, ¿qué sentido tiene encender la mecha de un conflicto innecesario? No vengo como ladrona, ni tampoco como campeona de Atenea, pero sí como su sierva, una que le ha fallado tantas veces, que ahora sus auténticos campeones están en peligro…

El llamado Tiresias se adelantó, apartando la capucha que ocultaba los cabellos de Akasha, así como su máscara. Posó las manos sobre sus hombros e inclinó la cabeza, como si la estuviera mirando. Sin mediar palabra, la abrazó, y así estuvieron un breve momento, entre el expectante Azrael y la guardia del Santuario.

—No tienes que ser tan formal conmigo. Yo solo soy el capitán, ¡y tú la santa de Virgo! —dijo mientras se separaban—.  Me alegro tanto de volver a verte… ¡Oh, aún uso esa expresión! —Rio, y algunos de los guardias, los más veteranos, rieron con él—. Siento decirte que todas tus precauciones han sido en vano. Las noticias sobre santos desertores, exiliados e incluso prisioneros, se escuchan en cada rincón, y siempre he tenido a algunos de mis hombres esperando tu llegada. ¡La guarnición de Rodorio ya celebra tu regreso por toda la aldea!

—No era algo que debían saber en la aldea, mucho menos celebrarse —se lamentó Akasha, cabeceando de un lado a otro.

—Oh, ¡siempre debe celebrarse una buena noticia, así venga acompañada de otras malas! —Tiresias hablaba a viva voz, como era su costumbre hacerlo, siempre con un optimismo inagotable—. ¿Cómo negar a quienes son salvados, la posibilidad de agradecer a su salvador? Salvadora, en este caso.

Tiresias rio de nuevo, una risa agradable y honesta, del tipo que Akasha siempre agradecía. Sin embargo, ¿estaba bien provocar de ese modo al Sumo Sacerdote, su maestro? Buscó la opinión de Azrael, quien estuvo observando la escena en silencio. No pasó mucho antes de que asintiera.

—Caminaremos juntos hasta el corazón del Santuario, luego iré sola.

—No podía ser de otro modo —dijo Tiresias—. ¡En marcha!

Cada pareja de guardias chocó las lanzas, de tal modo que el camino que Akasha y Tiresias recorrieron entre ellos, seguidos de cerca por Azrael, tenía un improvisado techo de hasta veinticinco triángulos. El paso bajo aquellas armas negras, así como los primeros minutos de viaje, estuvo dominado por un lema que evocaba tiempos pasados. Palabras de aliento para hombres desesperados, sin el menor atisbo de esperanza.

—¡Santos de hierro! ¡Santos de hierro! ¡Santos de hierro!

Así proclamaron, con alegría y orgullo, el título que les fue dado años atrás, al término de la Rebelión de Ethel. Acompañaba a las voces, jóvenes y adultas, el sonido de astas  golpeando el suelo y el escudo. Si alguien en el Santuario no había sido informado de la llegada de Akasha de Virgo hasta ahora, ya no tendría dudas.

 

No fue hasta que las voces se apagaron, que Akasha se decidió a volver a hablar.

—Capitán Tiresias, tengo un favor que pedirte —susurró, aunque sabía que no podía hablar tan bajo como para que Azrael no la escuchara.

—Habla —dijo el capitán entre susurros.

—Hace algunos meses, envié una carta al Sumo Sacerdote. Desde hace cinco años, mi asistente sufre de inexplicables dolores de cabeza, a veces simplemente molestos, y otras mortales, o lo habrían sido sin mi ayuda. Ningún médico puede detectar nada, y sin saber qué le ocurre, no puedo curarlo.

—Akasha, no puedo…

—El Sumo Sacerdote me concedería el permiso una vez obtuviera el Ojo de las Greas: claro que ha cambiado mucho en estas semanas, y ahora ni siquiera los santos tienen derecho a entrar en la Fuente de Atenea. Pero yo no pido cura, solo conocimiento, y el santo de Copa, Minwu, lo tiene.

—Señorita —intervino Azrael, caminando a la altura del par—. Lo que nos espera al final del camino es demasiado duro, ¡déjeme acompañarla, por favor! Ahora me encuentro bien, hace mucho que no padezco esos dolores.

—Ningún hombre común, por grande que sea su lealtad para con la diosa y los santos, puede cruzar las Doce Casas. Puedes ir a la Fuente de Atenea en busca de información, o quedarte al pie de la montaña, o regresar a Rodorio. —A pesar de sentirse sumamente agradecida, Akasha decidió ser cortante, sabiendo lo tozudo que Azrael podía ser. Se le adelantó, dando a entender que no había lugar para la discusión.

—Lo que me pides es muy difícil… —decía Tiresias, en cuya faz era presente el esfuerzo que hacía por encontrar una solución satisfactoria—. Le llevaré al bosque, ¡y que decida Atenea si ese hombre debe encontrarse con Minwu!

El viaje no tuvo más sorpresas, buenas o malas. Fue, de hecho, muy tranquilo y ameno, lleno de historias de la guardia y del Santuario en los últimos dos años.

La calma antes de la tempestad.


Editado por Rexomega, 11 octubre 2020 - 15:14 .

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#186 Seph_girl

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Publicado 11 octubre 2020 - 00:04

Cap 45. Con varias dudas...
 
¿Por qué rayos Lucile no puede hablar? La respuesta a eso se me escapó, jajaja...
So, ¿la maldición de Medusa tiene fecha de caducidad? XD Qué conveniente, vaya suerte la de Orestes.
¿El que Akasha fuera por el ojo de las Greas fue para que ayudaran a Azrael con sus jaquecas? ;_; cuanto amor...
 
Conocemos a Shizuma Aoi, la actual santo de Piscis que es como el gato de Schrödinger (odio esa confusa paradoja... ¡maldigo a Hellsing! jaja)
la cual pues es la super espía de Kanon al parecer.
 
Sigo sin comprender por qué todos pudieron ser curados menos Icario o.ó ¿vejez? ¿simple plot? XD
 
Pues Akasha es muy querida en el Santuario por los llamados "santos de hierro" XD, a ver cómo le va en su juicio con el Papa.
 
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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#187 Rexomega

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Publicado 12 octubre 2020 - 07:45

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

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***

 

Capítulo 46. La aventura de Makoto

 

Bianca y Hugin regresaron al patio del hospital más tarde de lo previsto, habiéndose permitido un almuerzo frugal en medio de las explicaciones, por lo que no les sorprendió descubrir que Makoto no los esperaba.

—¿Todas las enmascaradas pueden comer a esa velocidad? —preguntó el santo de Cuervo, con sincera admiración.

—Es cuestión de técnica —explicó Bianca—. Parece que estamos solos.

Ni Icario ni Mera seguían por ahí. Alguna enfermera debía haber llevado al antiguo capitán de la guardia a su habitación, que en ese momento estaría custodiada por un lebrel de rojos cabellos. Eso significaba que ambos podían hablar con total libertad.

Algo malo para ella.

—¿Qué hacía usted en isla Thalassa? —cuestionó Hugin.

—Veranear. Y molestar a la división Cisne.

—Je, a otro con esos cuentos, perra.

—¿Qué tienes tú que decirme a mí, cuervo?

—Nada bueno, nada bueno —aseguró Hugin, con las manos en la espalda y una odiosa sonrisa de autosuficiencia—. Sé que Lucile y Akasha son cómplices, también sé que las dos fueron en busca del ánfora de Atenea. Antes y después de que la robaran.

—Eres todo un detective…

—El sarcasmo es inútil conmigo —cortó Hugin.

—¿Qué tal la verdad? Pretendía poner en un lugar seguro el ánfora de Atenea. Es decir, en cualquier lugar donde no estén Shaula y su tropa de incompetentes.

—La deslealtad no es mejor que la incompetencia.

—Yo soy muy leal —dijo Bianca.

—¿A quién? —inquirió Hugin—. Te hieren de gravedad en Alemania, eres testigo de un suceso que podría cambiarlo todo y hasta te permiten acceder a la Fuente de Atenea en estos tiempos, cuando en el Santuario deciden acordarse de que un buen hombre como yo es el hermano de un miembro notable de Hybris, donde a Makoto se la acusa de ser un espía en una organización donde la telepatía es la asignatura básica y hasta alguien como Mera resulta sospechosa por respirar el mismo aire que la culpable de todo. ¿Y qué haces? Te escapas en cuanto te cierran la herida, desesperada por salvar a esa persona del destino que merece, el destino que ella misma persigue.

—¿Soy leal y bondadosa? —dijo Bianca a modo de explicación, cayendo enseguida en un detalle de la perorata de Hugin. Palpándose el estómago con ambas manos, añadió con una débil voz unas palabras—: ¿Te preocupas por mí? ¿Es que acaso es cierta la leyenda de que eres un humano y no un cuervo humanoide?

—Lo soy —afirmó Hugin, rotundo—. Las otras divisiones pueden mirarnos con recelo a los de la Lanza de Atenea, pero somos tan humanos como ellos. Solo que más cautelosos, y más inteligentes, si se me permite decirlo. ¿Eso me debe volver inmune a saber que una compañera de armas pudo haber muerto? Claro que no.

—Trato de imaginar al Pacificador sintiendo pena por alguien…

—Podrías morirte tratando —la interrumpió—. Si existe un santo en el Santuario del que se pueda negar su condición de ser humano, ese es el señor Sneyder.

—Y sin embargo, él es necesario, así como lo es la señora Lucile —apuntó Bianca—. Si viviéramos en un cuento de hadas, los héroes, servidores de la justicia, podrían permitirse ser amables y compasivos a la vez que justos y sabios, todo lo que harían sería recto y claro como el agua cristalina. Por desgracia no es así en este mundo, en este mundo un hombre usurpó el trono de una diosa para lograr sus propios fines. Es por eso que se necesita que alguien dude donde nadie duda, que alguien cuestione a los que nadie quiere cuestionar. Y que alguien trabaje donde nadie quiere trabajarar.

—Pensamos igual —dijo Hugin—. Pero eso no te salvará del juicio divino, Bianca, como tampoco me salvará a mí. A veces, solo a veces, me gustaría ser un idiota como Makoto, capaz de marchar al Santuario para salvar a alguien en quien ni siquiera confía del todo. Sí, no me mires con esa cara, tú también sabes a dónde fue.

Bianca rio, acariciándose la máscara mientras se contenía de decirle que él no podía saber con qué cara le miraba. La telepatía no bastaba para esa barrera.

—¿No será que pasó demasiado tiempo viviendo con los caballeros negros?

Ya alejándose, el santo de Cuervo miró a Bianca por encima del hombro.

—Confío en todos los que lucharon bajo el ala del Fénix, con algunas excepciones que sabes muy bien. No cometas ninguna estupidez, Bianca, no puedes salvarla.

Así se internó entre las columnas, que franqueaban el patio. No entraba aún en el edificio cuando la santa de Can Mayor se atrevió a comentar algo.

—¿Te alegró que Mera estuviera bien, verdad? No es Makoto el tipo de persona que quisieras ser, Hugin, sino Akasha. La que vela por los santos, por encima de las reglas.

Ninguna respuesta salió de los labios del santo de Cuervo.

 

***

 

«¿Qué estoy haciendo? Esto es una locura. ¡Una locura!»

Ese pensamiento se había repetido en la mente de Makoto de Mosca al menos un centenar de veces. Incluso en el hospital de Bluegrad, con la mano aún vendada y vistiéndose con lo primero que encontró, ya sabía que andaba directo hacia una condenación cierta; en esencia, desde el primer paso hasta los que daba ahora, se estaba oponiendo a la decisión del mismísimo líder del Santuario. No tenía excusa.

Pese a ser consciente de eso, llegó pronto a Rodorio, al no tener problema en que lo reconocieran, a diferencia de Akasha y Azrael. Conociendo a aquel par, estaba seguro de que no querían causar problemas en la villa, donde tenían muchos simpatizantes. Y de eso dependía todo, de que los conociera bien y no fuera un engañado más. De otro modo, pretender llegar a un lugar más rápido que una santa de oro sería ridículo.

—Si Azrael puede seguirle el paso, yo también —murmuró, ya en la plaza principal de Rodorio. Alrededor del área, circular, se disponían comercios, albergues y un par de bares. En el centro, una fuente decorada con motivos marinos, conmemorativa del antiguo intento por Poseidón por ganarse el favor de la ciudad vecina de Atenas, despedía constantemente el agua más clara y limpia que conocía—. Estoy cerca.

Siguió corriendo entre casas cerradas y abiertas, siendo un borrón para alegres tenderos e irritados guardias hasta que llegó al lugar que cinco años atrás fue el más bullicioso de toda la villa: el mercado, trasladado desde entonces a la plaza que había dejado atrás, carecía ahora de puesto alguno; ni el más rebelde comerciante quería vender ahí, tampoco los niños más traviesos se atrevían a jugar en las pocas casas abandonadas que no acabaron derribadas por un mal movimiento en el duelo legendario que puso fin al Cisma Negro, o le dio comienzo, según cómo se mirara. Fuera como fuese, en aquella batalla se derramaron las últimas gotas de sangre de una noche de matanza, sangre que había alimentado las semillas del guardián ante el que Makoto ahora rendía respetos.

Llevaba dos años sin verlo y seguía siendo tan increíble como siempre. Nació en un tocón de hielo, lleno de sangre seca, y creció hasta engullirlo, convirtiéndose en una sola noche en un árbol todavía más imponente que cualquiera de los gigantes arbóreos del bosque en que se hallaba la Fuente de Atenea. Las ramas, que parecían arañar las nubes, daban sombra al lugar entero, y no era eso lo más increíble de ese prodigio de la naturaleza, ese lugar quedaba reservado para las hojas, de un imposible azul hielo.

Ahí dormía Kushumai, líder de las ninfas de Dodona y madre de Shaula de Escorpio. Ese era el único lugar en el que era seguro encontrar a la inquieta santa de oro.

«Si quiero hacer algo, necesito el apoyo de un general —se recordó Makoto, tratando de infundirse valor. Mientras se ocultaba en la casa más cercana, vacía de todo mobiliario o ser humano, repasó el resto de opciones—. Garland de Tauro, comandante de la división Dragón. No lo conozco, nadie lo conoce en realidad. Además, da miedo. ¿Sneyder? —Por primera y única vez en su vida, pensar en el comandante de la división Fénix le hizo reír—, si Akasha va a ser ejecutada, él estará encantado de ser el ejecutor, si es que ese hombre puede estar encantado con algo. Solo me queda Shaula.»

La comandante de la división Cisne era, al fin y al cabo, hija de Ban, eso la relacionaba más a Akasha que los otros dos generales. Además, aunque no se lo diría a la cara, la juventud de la ninfa era una razón de peso para pensar en ella como una aliada en tamaña locura; a esa edad, no sería tan dura como el resto de santos de oro.

—Como si yo fuera un muchacho… —soltó sin querer en ese silencioso lugar.

 

Después de un rato, cuando ya había dado por perdida esa posibilidad, Shaula y sus eternos acompañantes aparecieron. Subaru y Mithos, una leyenda entre los santos de plata que incluso un apestado como él podía admirar y hasta envidiar, escoltaban a la ninfa vistiendo los mantos de Reloj y Escudo. También ella estaba protegida por el manto de Escorpio, de cuyas hombreras pendía la capa que la distinguía como una de los cuatro generales del ejército de Atenea, que solo respondían ante el Sumo Sacerdote; no era raro en ella, desde la batalla del Pacífico parecía querer reunir méritos ante el Santuario a toda costa. Cuando no estaba peleando con un enemigo, lo buscaba por lo todo lo ancho y largo del mundo, hasta que toda pista desaparecía y volvía a Rodorio.

Volvía para velar el sueño milenario de su madre.

—Buenas tardes, mamá —saludó Shaula, con la mano acariciando el árbol de hojas azules—. Sigo intentándolo, con todas mis fuerzas.

Makoto aguzó el oído, queriendo saber a qué se refería, pero la conversación pronto tomó un rumbo inesperado. E incómodo.

—Oye, Mithos —dijo Shaula, girándose hacia el decimotercer Campeón de Hades, que desde hacía seis meses todos conocían como el santo de Escudo—. ¿Conociste a mi madre? Quiero decir, antes de morirte.

—¡Eso es una falta de respeto, señorita Shaula! —exclamó Subaru—. Sería mejor que habláramos de temas más halagüeños, como el tiempo que hará mañana…

Nadie prestó atención al extraño intento del santo de Reloj por cambiar de tema.

—Mi madre la conoció. Era una mujer muy bella, como usted, l-lady Shaula.

Con la celeridad del relámpago, la dorada mano de Escorpio apuntó a la frente de Mithos, acariciando la uña del dedo extendido el casco de Escudo.

—No seas zalamero, Mithos, no me incomoda que mi madre fuera más bella que yo.

—Eh, sí —dijo el santo de Escudo, pese a que había sido sincero—. A mi madre tampoco le importaba que Kushumai fuera más bella que ella, la consideraba la más hermosa mujer que había conocido. No sé cómo pudo enamorarse de alguien como Ban.

Mithos se tapó la boca con ambas manos, seguro de que había dicho algo indebido, mientras Subaru se golpeaba la frente y lamentaba el aciago futuro que no pudo evitar.

—Prepárate para vomitar —dijo Subaru, tapándose los oídos.

Shaula, ignorando lo que consideraba una payasada más de su compañero, infló el pecho, llena de orgullo, para empezar el corto y apasionante relato de su concepción.

—Mi papá, como uno de los pocos santos de Atenea que quedaban, fue enviado al bosque de Dodona para firmar una alianza. Pero las ninfas del lugar lo confundieron con un sátiro —apuntó con cierto malestar—, así que estaban bien escondidas, no era posible encontrarlas. Luego de peinar el bosque entero, mi papá decidió descansar en un claro, con tan mala pata que ahí se estaba bañando una mujer, de piel morena y cabellos rubios. Él, osado como los héroes de la Antigüedad, quiso cerciorarse de si era una ninfa, por lo que se acercó, ¡se acercó demasiado! Ella volteó y se vieron por largo rato, hasta que los ojos de la líder de las ninfas de Dodona relampaguearon. Por su atrevimiento, Ban de León Menor se convirtió en un auténtico león por una noche, nueve meses después de la cual nací yo, ¡Shaula de Escorpio!

—Ay, dioses, no sirve de nada que me tape los oídos si ya sabía qué diría —se quejó Subaru—. Y lo peor es que ya sabía que no vomitarías.

Mithos de Escudo estaba lejos del desagrado que mostraba el santo de Reloj. Los ojos le brillaban de emoción, como un niño al que le hubiesen contado un cuento fantástico.

—Convertido en un animal después de verla desnuda —dijo Mithos, enrojecido al recordar el día en que él y lady Shaula se conocieron—, es increíble, como en las historias de la Antigüedad. ¡Una aventura digna de…!

—¡No blasfemes! —gritó Subaru con una gruesa y extraña voz, antes de darle un buen golpe en la cabeza—. ¡Que te parta un rayo si completas esa frase!

—¿Desde cuándo eres tan quisquilloso? —dijo Shaula—. ¿Tienes envidia?

Entre las quejas de Mithos y la risa de Shaula, Subaru se hizo escuchar una vez más.

—¿¡Cómo voy a tener envidia de una historia tan desagradable!? ¡La sola imagen me da dolor de estómago! ¡Hoy no podré dormir bien y mañana el Sumo Sacerdote no te hará ni caso porque a alguien que cuenta esas cosas no se le puede tomar en serio!

—Sí, es envidia de la mala —dijo Shaula, sintiéndose apoyada por Mithos, que asentía.

Las palabras de Subaru, proféticas, no alcanzaron ese día a la santa de Escorpio, acaso por ser demasiado sensatas para lo que aquel japonés tan particular solía ser. Sin embargo, debían ser pronunciadas para que alguien ajeno al futuro que Subaru podía ver, siempre relacionado con Shaula, tomara una decisión.

Ni siquiera Subaru lo sabía, pero Makoto, habiendo presenciado esa bochornosa escena, entendió que necesitaba un apoyo más sólido si quería cumplir su cometido. A hurtadillas, se alejó de la zona sin que nadie notara que siquiera estuvo allí.

—¿Ves, mamá? —dijo Shaula, de nuevo viendo la leyenda viva de Rodorio, el Árbol de la Tregua—. He conocido bueno amigos.

 

***

 

Makoto sabía lo suficiente de Subaru de Reloj como para confiar en sus predicciones, Shaula no podía ayudarlo, Sneyder no querría y Garland era un misterio. Llegar a ese punto muerto le hizo pensar en aquel en quien no quiso pensar, el responsable del exilio de Akasha y el encierro de Lucile dos años atrás. Y también el hombre que había sucedido a la santa de Virgo como general de la división Pegaso. General de nombre, al menos, ya que Marin de Águila era quien más estaba al pendiente de los santos de bronce y de plata que vivían en el Santuario, la Fortaleza de Atenea. Él tenía otras ocupaciones, tan implacables como podía serlo Sneyder.

«El Juez. Dioses, ahora sí que esto es una locura.»

Tratándose del comandante de la división Pegaso, solo había dos posibilidades, si es que no estaba dictando sentencia, estaría resguardando el séptimo templo del zodiaco o conversando con las únicas personas a las que se dirigía como un ser humano. La primera lo colocaba fuera de su alcance, ya que a pesar del caso excepcional de Bianca, Ban y el santo de Cerbero, la entrada al Santuario debía seguir vedada para todos los sospechosos, de modo que solo le quedaba esperar que fuera la segunda. El Sumo Sacerdote no podía negar a un santo la entrada a Rodorio, eso solo causaría desconcierto en la buena gente de la villa, a menos que estuviera condenado a muerte.

«De momento, no lo estoy.»

Cuando al fin lo distinguió, sentado junto a una tienda, estuvo a punto a dar gracias a los dioses a gritos; claro que eso habría llamado la atención de los aldeanos, que ya tenían suficiente con ver a un hombre con una mano vendada corriendo de un lado a otro solo para volver al sitio de partida. Era gracioso, pero cierto, se encontraba de nuevo en la plaza principal de Rodorio. Tratando, no obstante, de no reír, caminó hacia él con tanta naturalidad como podía hacerlo un santo bajo sospecha cuando se dirigía al Juez.

Mientras avanzaba, sin prisas, se iba dando cuenta de las pocas veces que lo había visto. No recordaba, por ejemplo, lo particular que era, con un pelo demasiado alborotado para lo corto que era, y una chaqueta marrón mucho más grande de lo que debería, distinta al ya habitual uniforme de los santos. Cuando estuvo a pocos pasos, el hombre se levantó, fuera porque recién se daba cuenta de que venía o por mera cortesía, irguiéndose en sus 1.90 metros. De complexión fuerte y toscos rasgos, fruto del más duro de los entrenamientos que un hombre —aun un santo— podía ejercitar, él era Arthur, el Juez.

—Makoto de Mosca, ¿cierto?

—Así es. He venido en busca de ayuda, o de consejo, si lo primero no es posible.

Fue un saludo tranquilo, traducido en un sencillo apretón de manos; todo lo contrario a lo que Makoto esperaba. Arthur le indicó que se sentara en una silla cercana. Antes de hacerlo debió retirar un vaso y un par de platos de plástico que había encima, uno de ellos con algunos restos de ensalada; los puso en el suelo, a falta de un lugar mejor. «¿Ves? Él come. Es humano, como tú, sólo que puede condenarte a muerte si dices algo indebido… ¿Cómo no lo vi cuando pasé por aquí? ¿Estuve tanto tiempo vigilando a aquellos tres? ¡Maldita sea, Makoto, tranquilízate!».    

—Bueno —dijo Arthur, ya sentado—, ¿en qué cuestión necesitas mi ayuda?

—Pues… Es sobre… Hace unos días… Y ella, nosotros… —Empezó mil frases y no terminó ninguna. Arthur lo miraba, cercano y lejano a un mismo tiempo, dejándole la impresión de que lo supo todo con un simple vistazo. No sentía que le leyeran la mente; el Juez no trabajaba así. Más bien, él la estaba exponiendo sin siquiera darse cuenta; él era débil, como le había demostrado Bianca—. ¡Salve a Akasha, por favor!

—Quieres que salve a Akasha —repitió Arthur, tratando de confirmarlo. Makoto asintió torpemente—. ¿Por qué?

—Porque no es culpable —contestó de inmediato, sin creérselo—. ¡Ninguno de nosotros es culpable! Es solo que circunstancias desesperadas requieren…

—Sé perfectamente por qué debo salvar a Akasha. Lo que pregunto es por qué quieres que la salve —apuntilló el Juez.

—Ella… —Tenía mucho que decir: «es buena», «es justa», «me ayudó a convertirme en santo», etc. Sin embargo, nada de eso convencería a Arthur, el Juez solo podía estar satisfecho con la verdad—. Ella va a sacrificarse por nosotros.

—Ocho santos de bronce y plata por una santa de oro, lo sé. He estado aquí un buen rato esperando que viniera a hacerme ese ofrecimiento. No creí que siguiera odiándome.

—Entonces, ¿la va a ayudar? —Si podía convencer al Juez de intervenir antes de que Akasha se reuniera con el Sumo Sacerdote, aumentaría las posibilidades de todos.

—Si no lo hiciera, la muerte de Akasha os liberaría de toda culpa. Flecha, Orión, Mosca, Lebreles, Can Mayor, Can Menor, Cuervo y León Menor. Todos volveríais a ser santos de pleno derecho. Por no hablar de los problemas que se ahorrarían Leo, Andrómeda, Camaleón y Erídano. ¿Por qué quieres que la salve?

—La muerte de uno no lava las culpas de otros. —«Es lo que ella diría», pensó—. Desde hace tiempo, algo no está bien en el Santuario. La Rebelión de Ethel, el Cisma Negro, la Cacería, todo lo que hemos hecho para conservar el Ojo de las Greas… Problemas que hemos ido arrastrando a lo largo de los años, implantando soluciones a corto plazo que no terminan de resolver nada. ¿Somos culpables? ¡Bien! ¡Digan de qué somos culpables! Así podremos responsabilizarnos, todos y cada uno, no una persona en el nombre de los demás.

Discernir lo que Arthur pensaba era aún más complicado que adivinar el gesto de una santa de Atenea detrás de la máscara. El Juez prácticamente no cambiaba de expresión, no sonreía ni fruncía el ceño, ni daba muestras de interés o de aburrimiento. Solo observaba, sin parpadear. Makoto no tardó en agachar la cabeza, debiendo apretar las manos contra las rodillas para evitar salir huyendo.  

—Es una declaración de motivos como cualquier otra, supongo. —Arthur se levantó sin previo aviso—. Bueno, ya que has venido aquí, ¿me acompañas? A Akasha le ayudará ver una cara amiga.

—Va a ayudarla —musitó Makoto, incrédulo. No creía haberlo convencido.

Arthur hizo un gesto de asentimiento, y girando levemente hacia la tienda, llamó a su propietario:

—¡Sixto, ¡Sixto!

—Ya voy, ya voy —decía una voz desde el interior, marcada por la edad, aunque todavía firme y no falta de fuerza—. ¡Estos jóvenes!

Llegó a toda prisa, adelantándose demasiados pasos antes de percatarse de que Arthur seguía al lado de la entrada. Dio media vuelta, primero serio, casi enfadado, aunque no tardó en suavizar el rostro. Era un hombre ya anciano, calvo y con el rostro surcado de arrugas, especialmente en torno a la comisura de sus labios. Llevaba puestas gafas de ver de cerca, y en una mano, una serie de folios con crucigramas impresos.

—Arthur, ¿qué quieres? ¿Por qué me gritas si sabes que no estoy sordo? Ya te dije que no puedo contarte más aventuras hasta que mi nieta regrese. Aunque —sonrió sin reparo, demostrando que todavía conservaba todos los dientes— sí que puedo volver a contarte uno de mis anteriores relatos. ¿Qué tal si te hablo el día en que conocí a Iskandar? A ese muchacho podría interesarle.     

—Me encantaría, Sixto. Sabes que es mi historia preferida. —Fue sincero. Makoto pudo ver al fin un rostro diferente en Arthur, más humano, menos… Arthur—. Lamentablemente, alguien necesita mi ayuda.

—Oh, ¡entonces debes ir presto a ofrecérsela! Eres como el noble Iskandar, salvando a la dama Selina de las garras de la muerte —alabó, arrancando en Arthur una leve sonrisa. Makoto se quedó pensando en cómo podía saber que quien necesitaba la ayuda del Juez era una mujer—. Por cierto: «musa de la astronomía, seis letras».

—Urania, me parece. ¿Le avisarás de que estuve aquí?

—¿A mi nieta? Claro que sí, cuando venga. La alcaldía la tiene muy ocupada, ya lo sabes. ¡Esta muchacha! Se exige demasiado, siempre se lo digo y no me hace caso.

Con una palmada en la espalda, Arthur le dio las gracias a Sixto, para luego partir rumbo al Santuario. Makoto, por momentos ensimismado, se desperezó por un coscorrón del tendero, quien con ademanes lo instaba a levantarse. Así lo hizo, poniéndose a la altura de Arthur con algunas torpes zancadas.

—La alcaldía —repitió Makoto, aún confundido—. ¿Acaso ese hombre es abuelo de…?

 

—Abuelo adoptivo —corrigió Arthur sin detener la marcha—. Seika apenas conoció a sus padres, mucho menos a sus abuelos.    


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#188 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Publicado 18 octubre 2020 - 01:30

Cap 46. Makoto quiere su propio cap.
 
Eso de que Hugin y Bianca se fueron a "comer" podría servirle a una "malpensadora" como yo que es una forma de decir que tuvieron sus revolcón jaja considerando lo sepsosa que se ha dejado ver Bianca XD
 
Pasamos a Makoto, que eligió a Shaula como elección A para su plan. Una escena en la que Mithos realiza la misma pregunta que yo me hecho desde que lo supe: No sé cómo Kushumai pudo enamorarse de alguien como Ban.
Seguido de un relato en el que Ban fue convertido en un león  y así fue como Shaula fue concebida... ¡Diablos, Señorita!
 
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Jajaja pero no hay que espantarse si Zeus y varios dioses antiguos tenían sepso rarofilo, por lo que una líder ninfa tan antigua no podía ser menos... Pero si así fue lo de Shaula, cómo habrá sucedido lo del hermano menor ¿algún día lo sabremos también? XD
 
Y conocemos a Arthur, santo de Libra, la Opción B de Makoto, el santo del que no paran decir que es requete fuerte y temible... Y que parece tiene algún interés en Seika, hermana se Seiya XD
 
¿Arthur podrá salvar a Akasha? Supongo lo veremos en los próximos capítulos.
 
PD. Buen cap, sigue así :)

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#189 Rexomega

Rexomega

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Publicado 19 octubre 2020 - 14:21

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl

Spoiler

 

***

 

Capítulo 47. Santa mártir

 

Cinco años atrás, en una noche de verano, la Rebelión de Ethel había terminado con la muerte de su líder, quedando en el aire el destino de todos los involucrados. En aquel momento, solo había un santo de oro presente, con autorización expresa para solucionar el problema, algo que hizo de la única forma que sabía: sin piedad.

El recién ascendido Sneyder de Acuario levantó un tocón de hielo e hizo desfilar a los responsables, sin distinguir entre aprendiz, santo, guardia y aldeano. Muchos perdieron la vida entonces, jóvenes a los que habían llenado la cabeza con sueños imposibles, veteranos de la invasión de Caronte al Santuario, como Rudra y Spica. No hubo resistencia. ¿De qué serviría? El hombre que les esperaba al fin de un camino de muerte vestía uno de los mantos del zodiaco, nadie podía huir de él, mucho menos hacerle frente. Los que dieron unas últimas palabras de desafío perdían la cabeza de la misma forma que quienes callaban, bajo el gélido relámpago que era la Espada de Cristal, una hoja corta a cero absoluto saliendo del brazal derecho de Acuario.

Los hombres que murieron no eran menos valiosos que el primero de los miles que fueron salvados, siendo un simple aspirante a santo, demasiado confundido como para sentir todo el miedo que debería, quien vio detenerse la Espada de Cristal frente a una barrera de luz prístina, Brahmastra. Sneyder no vio con odio a la responsable, Akasha, quien había llegado desde Jamir al término de la rebelión. Tampoco recibió con hastío las duras palabras que la aspirante a Virgo le lanzó, sino que las devolvió una a una con el mismo tono indiferente; Sneyder estaba allí cumpliendo órdenes, pero no se sentía incómodo con ellas, las sabía su deber. La justicia del santo de Acuario hizo hervir la sangre de Akasha, cuyo cuerpo fue por primera vez cubierto por el sexto manto del zodiaco. Tal fue el comienzo de la primera Batalla de los Mil días en mucho tiempo, tan larga que las estrellas en el cielo nocturno no pudieron atestiguar el final, tan intensa que el ejército de Atenea se fracturaba hora tras hora sin que quienes debían evitarlo pudieran ser siquiera conscientes de ello. Una estaba demasiado concentrada en defender todas las vidas que la rodeaban, el otro buscaba la muerte de todos los malvados, acaso incluyendo también a la joven de manto dorado.

El duelo bien pudo ser eterno, pues solo la sangre de uno de los contendientes podía detenerlo. Solo la muerte de uno o de otro impediría que el ejército de Atenea se hiciese añicos en tan crucial momento, cuando el resto de santos de oro terminaba el más duro de los entrenamientos muy lejos de aquella tierra. Eso lo entendió muy bien una invitada del Santuario, la líder de las ninfas de Dodona, Kushumai.

Sí, en verdad el joven al que Akasha había salvado a la vida no era mejor que Rudra, Spica o cualquiera de las víctimas del severo juicio de Sneyder, pero el pequeño Soma podía volver egoísta a una reina milenaria. Después de todo, Kushumai era su madre. Fue porque Akasha había actuado en ese momento que la sabia ninfa fue capaz de seguir observando en silencio, sin tomar una decisión temeraria que pusiera en peligro a toda su gente. Y también fue por esa noble intervención que Kushumai decidió ayudarla, interponiéndose en el último golpe que Sneyder lanzó contra Akasha. La Espada de Cristal atravesó frente a todos la carne inmortal, conmoviendo los corazones de hombres y ninfas, hermosas criaturas que aparecieron de la nada, como nacidas del viento. Brahmastra, la técnica de Akasha, se extinguió al mismo tiempo que esta cargaba el cuerpo de la ninfa, que nada pudo decir: había muerto en el acto.

Todos los que vivieron aquella larga noche hasta el final recordaban que Sneyder, aún sin el menor temblor en los ojos que juzgaban inclementes a los supervivientes, hizo un gesto de asentimiento, aceptando ese final. Convirtió la Espada de Cristal en polvo diamantino y se retiró, sin importarle lo que se dijera o hiciera después.

El cuerpo de Kushumai falleció, pero el espíritu se unió a aquella tierra. Entre edificios derruidos por la dura contienda y miles de hombres atemorizados, nació el Árbol de la Tregua. Un símbolo de la paz que ha de suceder a la guerra, del mismo modo que la alegría apareció para sustituir la tristeza que las ninfas habían sentido hacía tan solo un momento, pues estas, de vidas largas, confiaban en ver renacida a su líder en un futuro distante. Dentro de un siglo, tal vez un milenio, ellas podían esperar.

Soma no podía. Él, al igual que su padre, era un simple hombre y no podría vivir tanto tiempo. Más que orgullo por tan noble sacrificio y alegría por el seguro reencuentro, el joven sintió dolor, uno tan profundo como para hacerle abandonar la tierra que lo recibió como un futuro héroe y terminó tratándolo como un monstruo. El hijo de Ban y Kushumai se convirtió así en el último de los frutos del Cisma Negro, jóvenes aprendices que huyeron del Santuario para convertirse en el brazo ejecutor de Hybris.

Ban y Shaula llegaron al lugar tiempo después, demasiado tarde para poder solucionar nada, sin nadie que pudiera consolarlos. La joven tocó por vez primera el árbol que sabía era su madre y así sintió una honda tristeza. El sueño milenario de Kushumai no sería apacible, ya que había un mal blasfemo en el hielo de Sneyder que alcanzaba incluso el alma, desposeyéndola de toda fuerza y cristalizándola. Solo ella podía entender aquello entre las ninfas del Santuario, pues solo ella había cultivado el cosmos hasta el paroxismo; del mismo modo, solo ella podía ayudar a su madre a romper un día esa maldición. Dentro de mucho, mucho tiempo. En cuanto lo comprendió, abrazó a su padre y derramó todas las lágrimas le quedaban para el resto de sus días.

Ya que sus padres jamás podrían reencontrarse, ya que incluso Soma los había abandonado, ella cuidaría de él. Sería fuerte.

 

—La más fuerte —susurró Shaula, acariciando aquel tronco inmenso. Una de las hojas, del azul del hielo, cayó sobre su cuello, provocándole un estremecimiento.

—¿Lady Shaula? —dijo Mithos—. ¿Ocurre algo malo?

Ella sacudió la cabeza.

—Solo he recordado una deuda pendiente.

En la noche del Cisma Negro, creyó haber perdido para siempre a su familia. Ahora había tenido tiempo para reflexionar sobre ello, entender que seguía teniendo un hermano vivo, así hubiera errado el camino, gracias a que Akasha tuvo el valor de oponerse a las leyes del Santuario. Ella no podía ser menos.

¿Se atrevería a arrastrar incluso a Subaru y Mithos, aquellos atolondrados que la seguían a todas partes? ¿Podía volver a luchar sin ellos?

—No odio a Sneyder —dijo de repente, todavía con la vista fija en el Árbol de la Tregua—. Hacerlo sería insultar el sacrificio de mi madre, sin embargo…

—Si cayera en la boca de un volcán, ella no lo sacaría de allí.

Aquella frase, pronunciada por Subaru con aire profético, recibió un duro castigo. Shaula disparó un veloz proyectil escarlata que lo mandó a volar hasta una pared cercana, que se derrumbó al momento.

—Me alegro que vuelvas a ser el mismo de siempre, ya me estabas preocupando —dijo Shaula. Una mano se elevó entre el polvo y las piedras, con el pulgar arriba; por supuesto, el santo de Reloj estaba en perfectas condiciones—. La próxima vez…

—¿Lo mandará a dar la vuelta al mundo en ochenta segundos? —completó Mithos, que enrojeció al sentirse observado por Shaula—. ¡Siempre le dice lo mismo!

—Gracias a tu Rho Aias no lo tenemos que experimentar, pero un golpe a la velocidad de la luz duele. Duele mucho —aclaró Shaula—. Por eso me tengo que contener. Hasta cuando me enfado. No me hagan enfadar.

Pese a que dio aquella advertencia con total tranquilidad, como una broma para romper el hielo, el rostro de Mithos se empapó de sudor. Se quedó así, paralizado, hasta que Subaru le dio una palmada en el hombro que le hizo pegar un buen salto. ¡Qué miedoso podía ser aquel muchacho, al que ni siquiera Garland de Tauro podía derrotar! Cuando todo acabara, tendría que curarlo del susto. Era un santo de plata, después de todo, no podía ir por ahí tartamudeando delante de los más jóvenes.

Sí, después podría pensar en esas cosas. Ahora debía recoger los frutos de los últimos seis meses de actos temerarios. Pedir audiencia al Sumo Sacerdote y…

—¡Ese cosmos! —exclamó de pronto, interrumpiendo sus pensamientos.

—¡Mira, Mithos, tu cuñado viene a presentarse!

—¡C-cállate, Subaru!

Shaula ni siquiera se molestó en darles un escarmiento. Un muchacho había llegado desde el Santuario, rodeando el árbol con la agilidad de un lince. Varias figuras de fuego, semejantes a los colmillos de una fiera, le iluminaban en aquella hora tardía, revelando un cuerpo acostumbrado al sol en las partes que no eran cubiertas por una sucia túnica de prisionero. Un segundo después, los hermanos estuvieron frente a frente por primera vez en muchos años. Ella a salvo detrás de una máscara dorada, él mostrando una amplia sonrisa, llena de confianza, que quizás escondiera mucho más.

—Hola, hermana —preguntó Soma—. ¿Qué tal todo?

—¿Qué…? ¿Cuándo…? ¿Cómo…?

—Calma, calma. Te va a dar un infarto y solo has visto quince primaveras —dijo Soma, sacudiendo amistoso los hombros de la ninfa, que miraba a Subaru en busca de una muy necesaria predicción—. El viejo lo hizo. Me rescató.

—Secuestró —corrigió Subaru.

—Uno no dice esas palabras delante de su hermana —cortó Soma, muy serio, aunque pronto recuperó el buen humor—. Bueno, eso pasó hace seis meses, así que es agua evaporada —aseguró, convirtiendo las decenas de colmillos de fuego en una esfera que brillaba sobre su pulgar levantado—. Lo que cuenta es que ahora estoy aquí.

—Nadie me había dicho nada.

Hasta un reencuentro tan alegre estaba manchado por esa sensación de eterna subvaloración. ¿Cómo una santa de oro no podía ser informada de que su hermano estaba encerrado en el Santuario? ¿Tan poco confiaban en ella?

Para sacarla del ensimismamiento en que sabía que estaba, Soma le sopló en la cara, convirtiendo la bola de fuego en un montón de cenizas.

—¡Diablos! ¿No estornudas?

—La máscara no es un adorno, Soma, filtra esas cosas.

—Cada día se aprende algo nuevo. Pero estoy divagando, ¿verdad? —dijo el joven acariciándose la nuca. En sus ojos quedaban reflejados los compañeros de su hermana, que asentían enérgicos—. Fui capturado como un caballero negro y no acepté renunciar a mis ideales solo porque estuviéramos en una mala situación, por eso apenas ahora me dejan salir. Ya sabes, somos aliados ahora.

—¿Qué? ¿¡No has abandonado Hybris!?

Incapaz de entender cómo su hermano decía semejante cosa en presencia de su madre, Shaula se preparó para hacerle entrar en razón. Una Aguja Escarlata sería suficiente.

—Oye, oye, deja las uñas para mi cuñado, ¿quieres? —Quiso bajar la mano dorada de Shaula, pero cuando la tocó, el proyectil escarlata salió disparado, dándole de refilón en el hombro—. ¡Ay, por los dioses del Olimpo! ¡Tú y tu maldita virilidad de mujer!

—Abandona Hybris y el dolor desaparecerá —dijo Shaula, aterradoramente tranquila. Hasta ella empezaba a temerse a sí misma—. Te doy cinco segundos.

—¡Basta! ¡Tiempo muerto! ¡Escúchame!

La expresión de Soma, pese al dolor, fue más seria de lo que Shaula hubiese visto jamás. Por lo que bajó la mano dadora de dolor, y al mismo tiempo, sin proponérselo, anuló el sufrimiento que el caballero negro de León Menor padecía.

—Ahora los caballeros negros y los santos somos aliados, así que ahorrémonos los discursos moralistas y trabajemos juntos, ¿quieres? Alemania —señaló Soma, consiguiendo la atención de los tres—. El viejo estaba allí encerrado por no sé qué cosa y hace un rato hubo una pelea allí. No me digas que no la has sentido porque mi interrogador personal me dijo que ningún santo de oro podía no sentir algo así. Quiero que investiguemos, que repartamos algunos puñetazos y patadas voladoras. Por primera vez, tú y yo y mi cuñado y ese que me mira con cara de que nos vamos a morir…

—Es Subaru —explicó Shaula, enternecida al ver a Soma dando puñetazos al aire, como cuando eran niños—. Y si te mira con esa cara es que moriremos en Alemania.

—Oh, vamos. Eres una leyenda por aquí. Y yo estoy al nivel de un oficial de Hybris.

—Subaru ve el futuro —dijo Shaula—. Mi futuro. Te prohíbo preguntar.

—Vale… Pero el futuro no está decidido…

—En este caso, lo está —insistió Shaula—. Además, antes tengo que pagar una vieja deuda. No he hecho todo lo que he hecho estos meses para ser una leyenda en el Santuario, sino para conseguir que el Sumo Sacerdote oiga lo que tengo que decir.

—¿Crees que debes compensar a Akasha porque me salvó? ¡Dioses! ¡Eres igual que toda nuestra gente! Por lo que a mí respecta, ella esperó a que fuera yo el que estuviera en peligro para que nuestra madre tuviera que ayudarle. Y para ganarse el favor de la tierra del mismo modo que ahora se ha puesto en el bolsillo a la gente del mar. Es una manipuladora, la Tejedora de Planes, no es como nuestra madre.

Soma hablaba con honestidad. Detrás de lo que decía había algo más que la suma de una rabieta infantil y cinco años de adoctrinamiento que aparentaba. De verdad pensaba todo eso de su salvadora. ¿Era esa la razón por la que huyó?

—Tú puedes ser malagradecido. Yo no.

—Oh, estoy muy agradecido a esa hija de… de… —Se entrecortó al intuir hostilidad en el ambiente—. Hija de Kiki. Me gusta estar vivo, solo que no pienso vivir besando el suelo por donde pisa, como mi viejo. ¡Que me parta un rayo si acabo como él!

—Hecho.

—¡Dioses del Olimpo!

 

La hostilidad que Soma había sentido no procedía de Shaula, que ocultaba bien las ganas que tenía de abrazar a su hermanito, mucho menos de Mithos y Subaru, lo bastante sensatos como para no intervenir en el encuentro.

Ya fuera que su presencia estuviera oculta como un favor de Kushumai —en cuyo nuevo cuerpo, el Árbol de la Tregua, se apoyaba—, ya se debiera a que su hija no había aprendido a detectar a quienes no querían ser descubiertos, el santo de León Menor pudo ver de lejos la reunión por la que había vivido cada día de los últimos cinco años. No quiso intervenir en ella, eso solo lo estropearía, tanto como podía estropearse un momento en el que el hermano ausente recibía a manera de bienvenida una Aguja Escarlata en el costado y gritaba a viva voz algunos blandos insultos.

«En mis tiempos, esa técnica se usaba para causar un dolor que solo puede desembocar en la muerte y locura —bromeó para sí—. Es algo más que fuerza nuestra hija, Kushumai, tiene lo que a mí siempre me faltó. Autocontrol. Flexibilidad.»

Los gritos se intensificaron. Shaula agarró las mejillas de Soma, estirándolas, a vez que este pedía clemencia con repetidos golpecitos en las hombreras doradas.

—¿Que mi padre hizo qué con quién en Alemania? ¡Repite eso! —exclamó Shaula.

—¡Nada que no hayas hecho con Mr. Shield!

Al decir eso, Soma guiñó al ojo a Mithos, que entró en liza.

—¡Tú no eres hijo de un león! ¡A buen seguro que eres hijo de un gatito!

—¡Esa fue buena! —dijo Shaula—. Aunque no me imagino a papá como un minino.

—¿Sigues con esos cuentos infantiles? —Rio Soma—. ¡Madura de una vez!

Una frase fácil, mil veces repetida, que en Ban evocó una época lejana, de un padre estricto, incapaz de disfrutar de la infancia de sus pequeños por haber sentido la muerte de tantos compañeros. Él quería que crecieran, que entrenaran hasta ser más fuertes que él; ellos, jovencísimos y con la suerte de tener dos papás, querían jugar, incluso la mayor, de un potencial ilimitado que asombraba a todos.

Entonces, como de costumbre, vino de la nada la más brava de las ninfas, con el dorado cabello recogido tras las orejas puntiagudas. Lo miró como la primera vez que se vieron y al igual que en esa ocasión, dejó claro lo que quería, alzando a aquel viejo cascarrabias que era el padre de Shaula y Soma junto a las copas de los árboles. Atado por lianas más fuertes que el acero, el león de bronce vio con severidad a Kushumai diciéndoles a los pequeños que hoy tenían el día libre para hacer lo que quisieran. ¿Cómo podía ser así? ¿No entendía que el tiempo ya no abundaba, que no todos podían permitirse vivir por milenios en un bosque sin que la guerra los alcanzara jamás? ¡Cuando bajara…! Si es que bajaba, hablaría con ella muy seriamente.

—¿Mamá es más fuerte que papá? —dijo Soma entonces, mirando hacia arriba.

—Sí. Y yo soy más fuerte que tú, hermanito —le respondió la pequeña Shaula con los brazos en jarras—. ¡Por siempre jamás!

 

—Ya no queda nada que me ate a esta tierra —susurró Ban, despejando aquel recuerdo. Frente a él, Soma y Shaula reían de las tonterías que acababan de decirse, invitando a Mithos y Subaru a unirse a una charla sin pretensiones—. Lo que me queda de vida, lo usaré para cumplir vuestra voluntad. Geki, Nachi, Ichi. Esperadme un poco más.

Se alejó del lugar sin dejarse ver por nadie, excepto Kushumai. Hasta que estuvo lejos, no apartó la mirada de quien siempre le dio tantas cosas, a cambio de tan poco.

Ojalá nunca hubiese tenido que bajar.

 

***

 

Cerca de la frontera entre el Santuario y el resto del mundo, Makoto y Arthur esperaban pacientemente el regreso de Akasha, al menos durante las primeras horas. El entrenamiento había corregido muchos de los defectos del santo de Mosca, pero la impaciencia que ya lo caracterizaba desde los años en el orfanato seguía ahí. Sin un rumbo fijo, iba de un lado a otro porque era la mejor manera de no volverse loco.  

Nunca creyó que esa actitud fuera un defecto del que la mayoría de las personas pudiera desprenderse, menos en situaciones como la que ahora vivía, de vida o muerte. Más raro le era ver a Arthur de pie, inmóvil y con la mirada perdida; el único movimiento que llegó a hacer en un buen rato fue meterse las manos en los bolsillos. En ningún momento siguió la irregular caminata de Makoto.

—Podríamos ir a ver al Sumo Sacerdote —sugirió una vez encontró fuerzas para ello. Se quedó enfrente del pensativo juez, esperando una respuesta.

—Si nuestro objetivo fuera la muerte de Akasha… Sí, podríamos.

—Es que está tardando mucho —se quiso explicar—. ¿Qué tanto tiene que confesar?

—Conociéndola, es posible que cuente hasta los días en los que no se cepilló los dientes tres veces al día —bromeó Arthur, cosa que parecía extraña en él, aunque Makoto no tenía forma de saberlo—. Ha superado los límites que el Santuario podía tolerar: reglas incumplidas, tentativa de robo de tesoros sagrados, manipulación de santos con fines nada claros... Ya no tienen sentido las mentiras ni las medias verdades, y ella lo sabe.

—¿Manipulación? ¿Es que acaso tienen algo concreto?

—Aerys de Erídano. ¿No te acuerdas de él?

—La verdad es que no pensaba en él, hasta ahora. ¿La ha denunciado?

—Prefiere pasar desapercibido. Todos lo prefieren, menos ella. 

—No está bien —dijo Makoto.

—¿El qué? ¿Tener valor? —cuestionó Arthur.

El santo de Mosca sacudió la cabeza.

—Si el precio de la salvación es que alguien se culpe por mis errores, no la quiero. Lo correcto es que cada quien se responsabilice de sus errores. Dices que no tiene sentido que Akasha mienta, pero culparse por los fallos de otros también es una mentira.

—Una mentira piadosa, podría decirse. ¡E innecesaria! Si tan sólo hubiese hablado conmigo primero, las cosas serían más fáciles.

 

La tarde empezaba a dar paso a la noche cuando pudieron vislumbrar a Akasha en el horizonte, escoltada por dos guardias de no muy buen humor.

—Ese Azrael no está aquí —decía el de más altura, tan inclinado hacia adelante que la lanza que llevaba parecía el bastón de un anciano más que el arma de un guerrero—. ¿Ves? ¡Hasta él tuvo el sentido común de dejarte a tu suerte!

—Déjala, Faetón —soltó el otro entre sonrisas burlonas. El rostro redondeado e imberbe carecía de las cicatrices de los veteranos; no conocía el combate—. Hace falta valor para llegar hasta aquí siendo… ya sabes… una… —En lugar de seguir hablando, escupió a un lado a la vez que su compañero soltaba una risotada.

—¿Qué miráis? —gritó el llamado Faetón, frente a Makoto y Arthur, que nada habían dicho—. Escoltamos a una prisionera al cabo Sunion. Si queréis despediros, hacedlo rápido. El tiempo apremia.

—¿No me reconoces, Faetón? —dijo Makoto, esperando que aquello bastara para amedrentar al dúo. Lo único que obtuvo fueron muecas de desprecio.

—Mi vista no es lo que era. Demasiados años vigilando a vagos como tú, japonés. A ver, ¿cómo era? ¿Makoto, no? ¡La mosca de plata, Makoto!

—Eres el único que se ríe de eso, Faetón —dijo el interpelado, que ya apenas podía recordar los tiempos que trataba de señor al jefe de los vigías—. Sea como sea, sigo siendo un santo, como quien me acompaña. ¡Arthur de Libra!

Esperaba que el nombre del Juez helara las almas de los guardias como paralizaría a cualquier santo, y así fue al inicio. Los dos enmudecieron por un corto tiempo, en especial Faetón, que parpadeaba de forma incontrolable. Sí que tenía mal la vista. 

—¿He oído bien, Claudio? ¿Dice que es Arthur de Libra?

—Eso espero, ¡porque si no es así los dos estamos sordos como tapias! —rio a carcajadas un par de segundos, deteniéndose abruptamente al ver que Faetón ni siquiera sonreía—. Oh, vamos. ¿Ves el manto de Libra por algún lado? Yo creo que se trata de Azrael disfrazado. Ropa descuidada, maquillaje, tinte para el pelo… Y zapatos para parecer más alto —añadió el tal Claudio, cohibido por la altura del recién llegado—. Makoto y Azrael fueron uña y carne en el pasado y ahora sirven a la misma división.

—En primer lugar, no estamos tan unidos —aclaró Makoto, irritado—. En segundo lugar, lo que más quisiera en el mundo es decir que eso es una estupidez, pero Azrael es muy capaz de hacer algo así —concluyó hundiendo los hombros.

En circunstancias normales, la idea de ver a Azrael disfrazado de santo de oro, y no uno cualquiera, sino Arthur de Libra, le haría reír. El problema es que no estaba en una situación corriente, sino que caminaba por la delgada línea que separaba el cuestionamiento de la ley de una abierta rebelión. ¡Y solo pensar en juzgar tradiciones milenarias por razones que no acababa de entender hacía que la cabeza le diera mil vueltas! No quería imaginar cómo acabaría si acababa teniendo que llegar a las manos con su antiguo superior, que ya empezaba a creer en los argumentos de Claudio. Enojado, sintió que una curiosidad morbosa y, hasta cierto punto, sádica, nacía en su interior: ¿de qué manera respondería Arthur, afamado por ser capaz de causar tanto daño con las palabras como con el vasto cosmos que le precedía?

Fue pensarlo y ver tal idea realizada, aunque él no tuvo nada que ver.

—¿Telequinesis, Makoto? —gritaba Faetón, ascendiendo junto a Claudio en el aire. Las lanzas de ambos habían caído al suelo—. ¿¡Usas telequinesis conmigo!?

La mirada del viejo jefe de los vigías pasó del confundido santo de Mosca a su compañero, irreconocible cuando vestía de civil y no como el Juez, de dorado manto y nívea capa. Pidió clemencia a gritos, sin que se le hiciera el menor caso. Claudio, por su parte, movía los brazos y las piernas como si estuviera en medio del mar y le fuera posible volver a la superficie con un poco de voluntad.

Lo cierto era que Makoto no sintió el menor arrepentimiento. Y eso le asustó.

—Nota mental —dijo en voz alta—: Pasar menos tiempos con Azrael. Urgente.

—El tiempo apremia —musitó Arthur, siendo esa toda la explicación que quiso dar sobre el suceso. Se dirigió entonces a Akasha, hasta ahora silenciosa, y Makoto creyó ver en el Juez el mismo rostro que mostró al hablar con el tendero—. Bueno, hermanita. ¿me permites que te salve la vida, por favor?


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    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Publicado 21 octubre 2020 - 23:32

Cap 47. Cachorros de león
 
Comenzamos con la narración de un evento al final de la tan nombrada REBELIÓN DE ETHEL de la que seguimos sin saber qué diablos pasó y por qué, pero al caso, Sneyder cortó varias cabezas, seguro se divirtió hasta que la aguafiestas de Akasha llegó para hacerse la buena porque que "casualidad" que apareció a salvar al hijo de la Reina Ninfa, al diablo el barrendero del pueblo XD
¿Cuánta experiencia ganaría Sneyder por haber matado a una reina ninfa? XD
 
Tenemos un reencuentro entre hermanos, en el que Soma expone lo que acabo de poner sobre Akasha y sus coincidencias jajaja
 
Y todo termina con Arthur pidiéndole a Akasha que le permita salvarle la vida... Falta que diga que no XD jaja
 
PD. Buen cap, sigue así x3

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"





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