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Juicio Divino: La última Guerra Santa


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44 respuestas a este tema

#21 Kael'Thas

Kael'Thas

    Alumbra el camino, (el camino)...

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Publicado 11 noviembre 2019 - 11:18

Genial...es lo unico puedo decir tu historia y me gusto hagan referencia a pelicula de Freddy Krueger 


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#22 WhiteShadow.01

WhiteShadow.01

    Visitante

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Publicado 12 noviembre 2019 - 10:28

Por los deberes del dia al dia me tardare en dar una completa opinion sobre el tema. Gracias por ello. Estare pendiente. Volveria a decir ya con lo que lleva que es un buen trabajo.

 

Saludos. Rexomega  y los demas.



#23 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 12 noviembre 2019 - 12:34

Bien, bien, bien, bien.

 

Hola Rexo, un gusto leerte nuevamente, no solo por ser tú el escritor, sino porque hace rato que no se ve aquí una historia de calidad, y las tuyas jamás decepcionan. Es hasta inspirador para continuar las mías. Creo que la última vez que te leí fue en aquel fanfic, cuyo nombre no puedo recordar, que trataba de los Martians y los Asgardianos... ¿me perdí el final o nunca lo continuaste?

 

Más allá de eso, voy a tardar un rato en estar al día, pero trataré de esforzarme para ello. Hoy leí los capítulos 1, 2, 3 y 4.

 

 

Parte 1:

La idea de un hotel (Hotel Hypnos, como le llamó la gran Seph) me parece sencillamente fantástica, y más cuando lo relacionas a los sueños. Siempre me ha gustado el concepto del hotel que se usa en la ficción, no se por qué, quizás por la mezcla entre orden y caos en un lugar tan grande y con tanta gente distinta. Hazbin Hotel, Overlook Hotel, Grand Budapest Hotel, Bates Motel, Hotel Denoument, hasta Hotel California xD También se me asemeja un poco a la Casa de los Eternos de AOIAF o la Dark Tower de King. Luego está la cosa con los Sueños, mi tema favorito de toda la vida, y noto cierta inspiración en Inception, lo que me parece maravilloso (y a medida que leo, cada vez me parece más evidente que te inspiraste en ello, en mi peli favorita... ud es un buen aliado de Satán, señor Rexo, me agrada)

 

Los personajes, por ahora, van bien. La guia se me hace real ahora, si bien algo ajena a lo mundano, para alguien que se supone que no es una diosa. Quizás eso explica que es bastante sincera, por lo que parece. Orestes, aun me falta para encariñarme. El oriental pensé que era Seiya, y lo imaginé como tal... hasta que leí Orán y caí jaja

 

 

Parte 2:

Para... Killcrom aun existe??? Y DÓNDE ESTÁ?

En fin. Centrarse en Jabu como protagonista es... interesante. Quiero olvidarme del Jabu de este foro y pensar en el personaje, en aquel que estuvo a punto de ser prota pero que no, en el único secundario con algo de personalidad y desarrollo, en una suerte de joven líder, pero distante a su vez a los que se rompieron verdaderamente el lomo. ¿Qué es lo que tiene que ocultar? ¿Qué es lo que alguien como él puede ocultar? Salió de las aguas de uno de los cinco ríos del infierno sin muchas memorias, como Leo DiCaprio, tratando de recordar lo que había olvidado. En este mundo, el soñador es el que crea el escenario, y las consecuencias de ello me parecen espectaculares.

Especialmente destaco lo que provoca el gerente, el rubio Hypnos, respetable y cordial, como es lo usual. Solo verlo provoca una sensación difusa, cansada pero relajante, y lograste hacerme percibir eso (o imaginarlo) como si hubiera estado allí en tanto leía. Muy muy buen efecto, como si estuviera en un cine 4D jaja Y toma café, para mantenerse despierto el dios del sueño. ¿¡Cómo siquiera funciona eso!?

 

Parte 3:

¡ME ENCANTA HYPNOS! Ya desde el manganime original que es uno de mis favoritos. No es un desquiciado sanguinario que quiere gobernar el mundo y se ríe así (muajajajajaja), y tampoco pareció nunca querer matarlos a todos. Era solo un tipo indiferente a todo lo que ocurría, desganado, muy poco humano, que se hartaba más del ruido que salía de la boca de Seiya que de la presencia de un Santo en Elysion. Y aquí lo retrataste aun mejor, me fascina, al igual que la profunda coonversación que el humano, Unicornio, tiene con el dios. Un humano tuteando a un dios que apenas lo considera una brisa... no por falsa superioridad ni orgullo, sino porque realmente para él es nada, comparado con el infinito del tiempo. De hecho, ese pequeño truco con las llaves infinitas, me recuerda al primer experimento que realicé cuando tuve mi primer sueño lúcido: contar mis dedos. Fue un desastre, eran como treinta (a la vez que cinco) pero me sirvió para comprobar que efectivamente estaba durmiendo. A Jabu le sirvió para comprobar que nada tenía sentido.

Una cosa eso sí, ni tú vas a convencerme que Kido quería a sus hijos. No me lo creí antes, ni me lo creeré jamás.

No terminé de comprender toda la discusión, y los términos ofrecidos por el dios a quien sirve Orestes, pero me parece que no se supone que lo entendiera todo. Y eso es bueno. Aunque sí quedé con una duda: ¿qué pasó con el cofre de unicornio que apareció frente a Jabu? Digo, imagino que es la armadura, después la lleva en la espalda, pero me faltó la parte donde hace hincapié en ella, y en que la cuelga sobre los hombros.

 

Parte 4:

Primero de Diciembre, Seiya siendo Seiya. ¡Boxeador profesional mis calzoncillos! Aunque, por un lado, me alegra que lleve una vida normal, con la hermana que tanto adoraba (y de la que se olvidó a mitad del manga juju); por otro, el hecho de que esté conectado a Saori por algo que no puede explicar es precioso. Las estrellas los unen, y ni los dioses parecen ser capaces de separarlos.

¿Cosa curiosa? Nunca jamás me llamó la atención a que los chicos del orfanato nadie los adoptara, o siquiera mencionara esa opción. ¿Es que acaso todos tuvimos la misma idea en la parte trasera de nuestras cabezas de que vivían en una casa de niños abandonados, y no en un orfanato donde esperan ser adoptados? Como que se nos olvidaba la última parte. Muy curioso.

¡¡Oh, las malditas cosas indestructibles de los sueños!! Cómo las detesto, como cuando tratas de golpear a alguien y el tipo está hecho de caucho o algo así, y tus puños se sienten desesperantemente débiles.

Otro detalle interesante: Jabu (o la idea que en el sueño tienen de él) viven en USA... ¿cómo en Omega? Mish. Pero, más allá de eso, ¿cómo que es no conoce a Furedi Kurugaa? Muy mal, equino, muy mal.

 

¿Y como que cómo lo despiertas? No te han hablado de...

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Recuerde su entrenamiento, señor Seiya, note los patrones, ud sabe que esto no es real...

 

 

---

 

Eso es todo por ahora. Muy bien, Rexo, seguiré más adelante leyendo los demás hasta quedar al día.

 

¡Saludos!


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#24 Seph_girl

Seph_girl

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Publicado 14 noviembre 2019 - 15:07

Cap 8. A que Saori resultó ser muy lista todo este tiempo...
 
Seguimos sumergidos en el flashback, donde Jabu insiste en querer volverse el nuevo Seiya lanzándose de cabeza ante cualquiera que le hable feo (o a Saori en su defecto), lo bueno que Sorrento estuvo ahí para ponerlo en su lugar tal cual debe ser.
 
Tuvimos un resumen de la historia clásica, en la que Julian resalta que todo este tiempo Saori ha sido una maldita genio, nada lo hizo por casualidad jajaja, nunca he sido fan del personaje, pero vale, solo la imagino a ella diciendo "SURE" a la Linda Blair.
Y nos expones que seguiste el camino del manga, en que fue Kanon quien salvó a Athena del tridentazo de Poseidon.
 
Ahora, Poseidón es mi dios favorito en Saint Seiya, por lo que una posible alianza con Atena siempre será de mi agrado XD, y es claro que la necesitará si lo que dijeron sobre la próxima guerra final termine siendo cierto.
Suerte para ellos dos x3, y para el autor del fic.
 
P.D. Buen cap, sigue así :3

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#25 Rexomega

Rexomega

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Publicado 18 noviembre 2019 - 17:50

Saludos

 

¡Buen Review, sigue así!

 

Kael´Thas

Spoiler

 

WhiteShadow0.1

Spoiler

 

Felipe

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Seph Girl

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***

 

Preludio

 

Novena parte. La alianza

 

Saori Kido solo podía dar una respuesta, y la dio. Ella lo sabía, así como Julian Solo y Poseidón, cuya voluntad se extendía a todos los seres vivos. Aun así, el empresario no se arrepentía de nada de lo que había dicho. No, en cierto modo aquello no había sido solo una propuesta, lo que de verdad deseaba era disculparse; no podría hacerlo con quienes debería, mil razones se lo impedían, pero pedir perdón a quien había elegido representarlos a todos —inocentes o no—, consideraba que debía hacer al menos eso. 

La negación de Atenea hizo desaparecer todo el espacio que Julian Solo, con un poco de ayuda divina, había moldeado tantas veces. Lo que quedó fue la realidad, donde el tiempo parecía haberse detenido mientras los avatares echaban un lento y detallado vistazo a los sucesos del pasado. Tanto Sorrento como Jabu se encontraban tranquilos; el santo de Unicornio empezaba a reducir la tensión en su cuerpo. Saori asintió tras observar aquello por el rabillo del ojo, estaba bien que la reunión no acabara de forma violenta, sobre todo por aquel muchacho que tan lealmente la acompañaba.

—¿Qué opinas de la posibilidad de que la Fundación Graad y las Empresas Solo puedan cooperar? —preguntó Julian Solo con tranquilidad, ya ajeno al curioso embelesamiento que lo dominara hacía tan poco, hablando no como el muchacho que soñaba con un Deus Ex Machina que resolvería todos los problemas del mundo, sino como el competente hombre de negocios que estaba destinado a ser—. Por supuesto, sé que la mayoría de nuestros intereses difieren, así como lo hacen los campos en los que nuestras empresas se han movido desde los tiempos del señor Kido y mi padre...

—... Eso es cierto en los negocios, pero no es de lo que estamos hablando. Aunque ha pasado el tiempo, los daños provocados por el Gran Diluvio todavía no han sido reparados... Aquellos que pueden repararse —corrigió de inmediato, procurando que no sonara a represalia—. Sigue habiendo personas que necesitan ayuda, y organizaciones que tratan de ayudar aunque no cuentan con los fondos que desearían.

—Creo que nuestras empresas podrían hacer mucho por remediar eso. Pero no solo hablo de dar dinero a unas cuantas causas benéficas mientras miramos hacia otro lado, ese que solo está formado por beneficios y pérdidas a mediano largo y plazo.

Así inició una nueva conversación, menos sobrenatural que la anterior pero no por ello menos agotadora. Saori no tardó en entender que se había adelantado en su juicio: no era que  Julian hubiese dejado de soñar con cambiar el mundo, solo había buscado otra manera en la que podría hacerlo. El joven griego era inteligente, pero incluso si durante horas solo hablaron de todo lo que podían hacer por las víctimas del diluvio, detrás de esa discusión premeditadamente enfocada, la nieta adoptiva de Mitsumasa Kido distinguió más, mucho más. No tardaron en hablar de las reuniones con importantes personalidades —reconocidos filántropos, la mayoría, tal como su abuelo y el padre de Julian fueron en vida— que el último de los Solo pretendía invitar a la mansión.

—Esta tarde habrá una reunión, aunque entenderé si no puedes quedarte —mencionó Julian Solo, al tiempo que animaba a Sorrento a tomar una copa con el divertidamente estoico santo; Saori aprobó aquello con un gesto, por lo que Jabu cedió.

Pese a la edad, el vino no era desconocido ni para Sorrento ni para Jabu, aunque la calidad de la bebida sí que la supieron disfrutar. Poco a poco, sin que siquiera lo planearan, acabaron separándose de la posición de guardaespaldas que habían adoptado —cosa extraña a ojos ajenos, pues estaban detrás de las que sin duda eran las dos personas más poderosas del planeta, pero las vidas de todos los allí presentes eran extrañas, y así debían ser—, llegando incluso a hablar en un lugar apartado. Eso estaba bien, la conversación de los avatares era puramente terrenal, de un sentido que no les concernía. En especial, a Saori le alegró que el santo de Unicornio pudiera tomar con naturalidad que una situación acabara de forma pacífico; aquel muchacho llevaba demasiado tiempo cargando con más responsabilidad de la que debía, lamentaba eso.

Al final, la forma en la que Julian abrió aquella conversación —extensa, si bien no lo bastante como para que Saori pudiera asistir a la reunión que se celebraría en la tarde— no fue una burla gratuita, sino una forma de señalar lo obvio: él no era Poseidón; así quisiera volver a serlo, así su petición era volver a serlo, no lo era. No fue la mejor forma de dar tal información, ni tampoco invadir un reino fue una invitación ideal, pero tampoco fue la peor, hubo cierta utilidad que pudo aprovecharse.

 

***

 

Sentado en uno de los aviones privados de la familia Kido, Jabu ya había olvidado casi toda la conversación que escuchara en la mansión Solo. Recordaba lo esencial: las aparentes intenciones de Julian Solo y el exquisito sabor del vino que había tomado. Su maestro, un hombre vital y salvaje al que pocas convenciones sociales podían limitar, ya le había hecho probar toda clase de bebidas, pero ninguna tenía tal calidad.

Negó con la cabeza, sabiendo que le estaba dando más importancia a unas cuantas copas de la que debía, y quedó absorto varios minutos al ver el rostro tranquilo de Saori, quien se encontraba dormida con la cabeza apoyada en el cristal de una ventana. Quizá era una postura incómoda, que le pasaría factura en cuanto despertara, pero ni esa idea bastaba para que la moviera; no quería despertarla. Podría decir que era por la encantadora imagen que tenía enfrente, de esa joven que por un año solo conoció la angustia y el dolor por batallas que no terminan y los amigos que se pierden en el camino; solo en instantes como aquel podía aparentar paz y tranquilidad, cuando no una sonrisa. Sí, podría decir eso y le serviría como excusa, pero solo sería una verdad a medias.

Después de todo, no solo Julian Solo, en el nombre de Poseidón, y Saori Kido, hablaron sobre el mundo en el reino de Morfeo. Jabu de Unicornio también estuvo ahí, escuchó todas y cada uno de las palabras que se dijeron a la vez que observaba todo cuanto, en principio, debía mostrarse solo a Atenea. Nada estuvo mal; fue el empresario griego quien afirmó que cada santo era parte de la diosa, y así fuera una simple metáfora, le explicaba a Jabu por qué debió escuchar aquella conversación.

El destino que atrapaba a los cinco santos de bronce no sorprendió a Jabu del todo, porque ya sospechaba que algo así podía haber pasado. Le extrañó más que Poseidón, un enemigo hacía menos de medio año, le ofreciera a Atenea ayuda sin pedir nada a cambio. Oyó con suficiente claridad la negación de Saori a una alianza, esa que tenía como recompensa la liberación de Seiya y los demás. Entonces: ¿por qué le ofreció el dios ayuda? ¿No esperaba nada a cambio, acaso?

Porque Jabu sospechaba que solo un tipo de ensueño podía desaparecer en Saori todas las preocupaciones que había cargado estos meses. Todavía le eran ajenos conceptos tales como sueños reales y falsos —en el sentido que años después comprendería a punta de repetidas explicaciones—, pero no era necesario ese conocimiento para intuir que la diosa estaba soñando el mismo sueño que aprisionaba a cinco valientes jóvenes, los héroes que habían salvado a la humanidad y que por ello habían sido maldecidos. Quiso ver en la tranquila faz el momento en el que la diosa podría reencontrarse con los santos a los que tanto quería y, sin llegar a pensar en cualquier tipo de envidia que pudiera sentir o en el hecho de que aquel momento de felicidad debía agradecerlo a la voluntad de Poseidón, quedó conmovido de un modo inexplicable.

Desvió la mirada y se acomodó en su asiento; él también debía dormir, conocer la situación de Seiya y los demás solo era el principio del largo camino que sería liberarlos. Y entonces, poco antes de caer rendido en los dominios de Morfeo, reparó en qué día era y sonrió.

—Un curioso regalo de cumpleaños, ¿no crees, Seiya? —musitó Jabu.

 

***

 

Describir al ser humano como una mota de polvo en el universo no sería más que  una afirmación arrogante. La Tierra, ese inmenso planeta lleno de vida, de personas y de tantas y tan distintas criaturas, sí que era un grano de arena en el desierto; las más grandes estrellas eran minúsculos puntos de luz en el infinito, y las galaxias como mucho podrían considerarse pequeñas islas en un océano más grande de lo que el ser humano podría imaginar. Pensando así, ¿no era lógico que el macrocosmos —o los dioses que lo dirigen— pudiera solucionar la inexistencia de un simple hombre?

Esa era la conclusión a la que Jabu estaba llegando, aceptando que los seis años de búsqueda que siguieron a aquella reunión entre Saori Kido y Julian Solo no sirvieron para solucionar el problema. Rememoró el momento en que Orestes llegó al Santuario, dispuesto a lograr la formación de una alianza entre el misterioso dios al que servía y Atenea. Si aquel hombre no hubiese aparecido, ¿habría llegado a donde estaba ahora? ¿Siquiera hubiese sido posible despertar a los santos de bronce en algún momento?

—Hay algo que no me explico —comentó Jabu de manera distraída, llamando la atención de Ifigenia—. ¿Qué habría pasado si alguien hubiese muerto en ese mundo? Por casualidad, me refiero.

—Los seres humanos mueren, en todos los tiempos y en  todos los universos —empezó a responder Ifigenia. Por un momento, Jabu creyó ver un pequeño cambio en el rostro de la entidad que acompañaba a la amazona, pero fue algo demasiado rápido como para que pudiera pensar más en ello—. Pegaso, Dragón, Cisne, Andrómeda, Fénix. Todos ellos habrían muerto, tarde o temprano, y eso es tan válido en este lugar como aquel en el que despertarán.

—Porque soñaban con un sueño real, uno que es copia de un mundo que pudo haber pasado —comentó Jabu, queriendo decir que lo había entendido—. Lo lamento, creo que nunca podré aceptar que el castigo de vuestro señor fuera tan a prueba de fallos como parece. Pero supuse que al menos esa duda me la podrían resolver.

—¡No importa! Tienes todo el tiempo del mundo para preguntarnos cualquier cosa —repuso Ifigenia de inmediato.

—Tú no eres una sierva de Hipnos, ¿verdad? —preguntó Jabu, para sorpresa de la amazona—. Eres parte de él —instintivamente, el santo se mordió la lengua antes de añadir o eso—, al igual que ese ser que toma la apariencia de Seika. Sois más que leales súbditos, y no quiero decir que seáis algo como amigos o familiares, sino que...

—Entendemos lo que quieres decir, joven héroe —dijo la entidad—. Aunque no sea fácil de expresar con palabras, podemos entenderlo.

—Es lo mismo con los santos de Atenea, en cierto sentido, por eso no puedo aceptar esa oferta —mientras hablaba, Jabu evitó la mirada de Ifigenia y acabó mirando al tercer habitante de aquel espacio. No le sorprendió que ya no tuviera la forma de Seika, sino de Saori Kido; era una réplica exacta de la reencarnación de Atenea en el siglo XX—.  Tal vez sea arrogante decirlo, pero creo que somos distintos al resto de los seres humanos en la misma medida que ella se ha distanciado de los otros dioses.

—No tienes que renunciar a quien eres, ¡el señor Hipnos incluso me permitió conservar mi armadura y mi identidad como guerrera satélite! —exclamó Ifigenia, y Jabu no pudo recordar haber recibido un golpe más doloroso; después de todo, el abominable crimen que había cometido solo fue un sueño.

—Un santo siempre será un santo. En mi mundo y tiempo, incluso los más condenables traidores se redimieron en el Hades, por lo que sé. Durante un tiempo me preguntaba el porqué, pero pronto entendí que el motivo era evidente: la distinción entre Atenea y los santos apenas existe; traicionarla es traicionarnos a nosotros mismos, separarnos de ella es renunciar a lo que somos.

En la oscuridad, la resplandeciente entidad que adoptaba la forma de Saori Kido —vistiendo un largo vestido blanco de delgadas asas, observando al guerrero con esos ojos grises que la más antigua hija de Zeus ha poseído desde el momento de su nacimiento— asintió. Comprendía lo que el santo de Unicornio trataba de decir.

—Hasta el último momento puedes cambiar de opinión, joven héroe. Lo dejo a tu cuidado, muchacha.

 

Jabu notó cierto tono de familiaridad en las últimas palabras de la aparición, pero eso ya no tenía mucha importancia; había desaparecido sin más ceremonia, y de nuevo solo estaban él e Ifigenia en el centro de la nada infinita.

El santo de Unicornio miró a la amazona, ya no podía evitar hacerlo. La respuesta fue inesperada, y no por eso la agradeció menos: ella mostraba la mejor de las sonrisas, una de oreja a oreja coronada por dos ojos en los que era incapaz de ver el dolor que había intuido. Algo, una fuerza incontrolable —¿la esperanza, tan despreciada por los dioses? ¿O acaso Eros, del que se dice es el más antiguo de los inmortales?—, impulsó su mano hacia a aquel blanco rostro, pero ya no tenía ninguna mano que mover. Desconsolado, ordenó a su mente, a esa masa rosada que un día nombraron cerebro y que en teoría controlaba, que moviera el pie derecho o el izquierdo; tres, dos, ¡no! Solo un paso bastaría. Sin embargo, no tenía pies, ya no; no importaban los pocos pasos que necesitara, no podría dar ninguno nunca más.

Ifigenia avanzó, pues todo en ella aún existía y seguiría existiendo por toda la eternidad. No hacía falta avanzar para gritar a aquel casi anónimo héroe lo que podría querer decirle, pero quizás no tenía intención de hacerlo. La amazona simplemente extendió los brazos hacia Jabu, alcanzando no las extrañas ropas del santo, sino el monótono vacío al que tanto se había acostumbrado.

Obstinada y sin pensar, levantó el rostro y besó al muchacho.

Nunca en la vida que le esperaba, Ifigenia podría decir si sus labios alcanzaron a Jabu —carne onírica, en verdad hecha de sueños, ¿pero importaba eso?— o simplemente la frialdad de lo que no existe. Sin embargo, de algo sí podía estar segura: la expresión con la que el santo de Unicornio la recibía era de paz y convicción, libre de todas las dudas que lo atormentaron a lo largo de aquel viaje, no de resignación. Al comprender aquello —saber que había tomado una decisión, que no se arrepentía de ello— pudo contener de nuevo esa tristeza que había escondido del muchacho. Sonrió.

 

Él había partido feliz. Ella no podía recordarlo con tristeza.

 

***

 

El sábado, capítulo extra. ¡Estén atentos! 


Editado por Rexomega, 18 noviembre 2019 - 17:55 .

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#26 Kael'Thas

Kael'Thas

    Alumbra el camino, (el camino)...

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Publicado 18 noviembre 2019 - 17:58

Ya estoy acercando mas a donde vas escribiendo y ademas no tengo mucho decir del fanfic, pero una cosa es alucinante 


Editado por Kael'Thas, 18 noviembre 2019 - 21:22 .

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#27 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 18 noviembre 2019 - 21:38

Buenos días, tardes o noches, según corresponda. Paso a comentar hoy los capítulos 5, 6 y 7

 

Y como respuesta a tu respuesta a mi comentario, ¡sabía que era Inception la inspiración! Lo que no había terminado de comprender es que esta historia ya la habías escrito hace años. ¡Quién lo diría! Y por todos los dioses, ¿tú y Jabu? Si es que hay gente que *********** ¡Quién lo diría también! ¿Y que Killcrom está vivo? ¡Quién lo diría! Dale mis afectuosos saludos por favor, se le extraña por estos lares.

 

Vamos entonces con el review.

 

Parte 5:

OHHHHHHHHHHHHH Makoto y la enana que le hacía ojitos a Shun!!! Qué ternura, qué recuerdos, y qué insoportable se ha vuelto el que ya era pesado de niño jaja Muy bien.

¿Cosa curiosa? Placebo también está leyendo tu historia, y ella tiene su propia versión de cómo luce Orestes (lo estaba dibujando hoy en plena asamblea de la u xD), de pelo corto, castaño, barbudo y delgado; yo, por mi lado, lo imagino más como Mykene físicamente, asumo que debido a su lugar de origen. El punto es, ¿quién está más cerca? ¿Hay alguna imagen oficial del personaje? :O

Jabu repitiendo las palabras de Seiya a Miho. Maravilloso. Lástima que provocara lo que provocó, pero fue un buen y noble pago. Más aún cuando te comportas como el Sr. Charles y haces temblar todo el bar. Se me hizo un poco "abrupta" la aparición de Hyoga e Ikki en el bar, pero tiene sentido al ser el cumpleaños de Seiya. Solo que me faltaron algunas señales más que "el parcito del fondo", creo.

 

Parte 6:

Es curioso que nunca veamos realmente combates entre Santos y civiles que no sean protas o dorados. Ver que los secundarios también son Santos, por más inútiles que se vean en comparación, y que ven el mundo de la lucha en cámara lenta frente a los humanos regulares. Eso tiene su gustito, a pesar de que las víctimas aquí sean el valiente y determinado Seiya, el dulce y puro Shun, el protector y complejo Ikki, el leal y sacrificado Shiryu... y alguien más, que se me pasa.

Aún así es terrible de leer e imaginar, especialmente tras la decapitación de Ikki y el horror de Shun. Se me partió el corazón, en serio.

Ah... "cabello dorado de Orestes". Diablos, empezamos mal xD

Para cerrar... ¿está bien si imagino la batalla y los temblores con la música de Hans Zimmer en mi cabeza? Porque lo hago de todas formas.

 

¿Estoy siendo muy pesado con Inception? Discúlpame, estoy obsesionado con esa película.

 

Y ahora resulta que Seph también hizo su propio dibujo de Orestes. ¡Se parece mucho más al de Placebo que a la imagen que yo tenía! ¡No!

 

 

parte 7:

Nada. Sublime nomas. Tanto la arenga de Jabu frente a los caídos en las ruinas del castillo Heinstein (mostrándonos sin querer los minutos posteriores al tomo 28, como su conversación con Saori. Todo como una remembranza a la vida del Santo de Unicornio, que unirá su esencia (pues ya no es vida ni falta de ella).

Mi parte favorita fue sin dudas la reflexión que hace Saori sobre sí misma, como humana y como diosa. Es aquello en que me enfoqué también en Mito, porque es algo que, según lo veo, faltó en la historia original; Saori es solo una hippie que de un momento a otro pasa de ser una humana con miedo a una máquina de tomar decisiones y sacrificarse, sin ninguna explicación. Gracias por mostrar su conflicto interno, Rexo.

 

Con esto termino por ahora. ¡Saludos! ¡¡¡Esto se pone cada vez mejor y mejor!!!


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#28 Patriarca 8

Patriarca 8

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Publicado 19 noviembre 2019 - 15:29

Preludio.
 
Primera parte. Soñador
 
 
 
buena introducción a la mitología de los héroes
 
al parecer el unico héroe perfecto el dohko
 
el  hotel Oneiroi es muy misterioso
 
mucha suerte en tu fic
 
 
 
 
 

 

 

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/////La firma no cumple las reglas del foro/////

PD: Se tenia que decir y se dijo


#29 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Publicado 21 noviembre 2019 - 13:18

Parte 9. Adiós, vaquero.
 
Bien, el flashback terminó, así como la existencia misma de Jabu.
 
Ay, esa Ifigenia, quedando mal ante la decisión super leal de Jabu, shame a ella ya todas las Satélites! (kukuku)
 
Recuerdo que la primera vez que leí este cap me causó mucha lástima el destino de Jabu... Sí, Jabu, que en el 99.99% de las veces me vale un chicharo, lograste que en mi cerebro se almacenara una escena en la que me importó, por lo que bravo.
Pensar que sólo es el primero, ya que has repetido el milagro varias veces con otros personajes (y las que faltan)
 
Ya está pronto el inicio del gran acto, qué emoción.
 
PD. Buen cap, sigue así :3

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#30 Kael'Thas

Kael'Thas

    Alumbra el camino, (el camino)...

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Publicado 21 noviembre 2019 - 17:14

Un momento no pare y no pare de leer , acabo alcanzarte ja , eso Jabu atacando a Seiya me sorprendio

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#31 Rexomega

Rexomega

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Publicado 22 noviembre 2019 - 15:32

Saludos

 

Voy a tener un sábado algo ocupado, así que he decidido publicar hoy el capítulo extra. El siguiente vendría el lunes, si todo va bien.

 

¡Buen review, sigue así!

 

Kael´Thas

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Felipe

Spoiler

 

Patriarca 8. 

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Seph Girl

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***

 

Preludio

 

Décima parte. Desde las fauces del infierno

 

Resuenan las puertas gigantescas al abrirse, y la bestia despierta.

El mundo que por tanto tiempo ha contemplado, debía entenderse como un sueño incluso cuando no lo fuera. Mientras es liberado de ciento ocho cadenas, el ser abre pesadamente unos ojos de intenso color violeta, llegándole así de nuevo un sinfín  de imágenes incomprensibles acompañando los contradictorios sonidos e imposibles combinaciones de olores del día a día. Pero hay algo nuevo detrás de esa sensación en la piel que es frío y calor a un mismo tiempo y en idéntica intensidad. Ha despertado, o al menos va a despertar, y eso no puede ser producto del azar.

Sin dedicar un minuto más de pensamiento a aquel lugar donde el tiempo se expande y acorta a capricho de antiguas voluntades, se deja llevar por la fuerza que lo llama. A través del oído —con el que ha escuchado todos los sonidos del mundo, en todas las combinaciones posibles— le llega entonces ese ruido característico de los mecanismos viejos y en desuso, otorgándole la soñada imagen de esas detestables puertas de bronce abriéndose de par en par. Mediante los ojos ve la oscuridad a la que se dirige. 

Se sumerge en las tinieblas con fe ciega. No puede determinar, ni tampoco intuir, qué es el arriba y el abajo, pero avanza, atravesando un lugar aún peor que el espacio estrellado que se extiende más allá de las montañas y las nubes del mundo. Y a pesar de que con cada instante crecen la presión y el frío hasta resultar insoportables, la criatura halla paz en la monotonía de la oscuridad. Aún recuerda la locura del abismo que abandona, esa realidad que todos los que la habitan quisieran llamar pesadilla, pues aquel tira del prisionero con una fuerza sin parangón, de la que ni la luz podría escapar. ¿Qué es la ausencia de luz  comparado con ese recuerdo imborrable?

El tiempo para pensar es escaso, las viejas cadenas siguen cerca, generando un ruido tan molesto como amenazador al chocar unas con otras. La atracción del abismo y la presión de la sombra alargada en la que se mueve parecen estar arrancándole la piel, mas el ser se aferra a aquello que le despertó. Tiene una misión y lo sabe, aunque la ha recibido a través de un mensaje no compuesto por sonidos ni imágenes, de algún modo la comprende. Ese saber, junto a la voluntad inquebrantable que lo forma, es el único hilo que puede llevarlo hacia la libertad.

 

Tras pasar por la primera de las tres capas de la noche, empiezan a cobrar sentido el arriba y el abajo. Un momento de desconcierto provoca que la criatura caiga. Sobre poniéndose a la fuerza que pretende arrastrarlo, recupera el equilibrio antes de caer en un río hecho del más ardiente de los fuegos, justo aquel que desde tiempos inenarrables rodea la prisión de la que está escapando.

No se puede permitir una sonrisa ni un momento de tranquilidad, el corte que tiene cerca del cuello —separando por varios centímetros piel, carne y huesos, expulsando un humillo que tanto puede desprender olor a quemado como a sangre vaporizada— se lo recuerda. Pronto escucha el restallido de un látigo, e instintivamente entiende que no estuvo a punto de caer por un descuido, sino por la acción de su inefable carcelera. Ahora está preparado para esquivar los destellos de luz que caen inclementes contra él desde la cima de la torre a la que se aferra: un látigo hecho del mismo fuego que por poco sorteó, aunque no más temible que quien lo porta.

Es solo una prueba más. La escarpada pared a la que se ha sostenido hasta ahora arde como si estuviera compuesta por pequeños soles solidificados, con finos hilos de un rojo sanguinolento cayendo entre los huecos de la negra piedra. Detrás de cada piedra a la que puede agarrarse, se escucha un extraño tamborileo que se asemeja al latido de un corazón, aunque no de ninguna criatura que conozca. Por un momento, el antiguo prisionero empieza a ver en la torre que escala la carne de un ser vivo, y pasea la lengua por los colmillos apenas siendo consciente de ello.

Así transcurre el tiempo, que solo existe para la bestia que ha sido liberada de la más antigua prisión, si es que no está simplemente escapando de ella y el mensaje que lo impulsa no es un mero delirio. Junto al muro interminable que escala con rapidez y agilidad inconcebibles, trescientos ojos están pendientes de él. Colosos indescriptibles que caminan sin que el río flamígero que baña sus talones hagan mella en ellos. Por fortuna, tales seres son poseedores tanto de una fuerza inimaginable como de una lentitud —o desgano— pasmoso; o tal vez eso no es algo bueno y el lento avance solo es una treta para arrojar a lo más profundo al prisionero que ha tocado al fin la cima.

Pero no es un simple prisionero en fuga, no lo duda, no quiere dudar de ello. Teme a esos gigantes tanto como al látigo que constantemente debe esquivar sin parar de ascender; ve en esos obstáculos el recuerdo de las cadenas y el castigo eterno, atisba en la superación de este reto la ansiada liberación. Así sube, y ni la primera capa de la piel de su cuerpo vuelve a sentir el roce del látigo. El aliento de los guardianes del lugar, proveniente de más de un centenar de bocas abiertas de par en par, es como una tormenta colosal que amenaza con despegarlo de esa carnosa piel negra que escala. Son hálitos cargados de un calor antinatural, que penetran en él a través de la espalda herida en intervalos cada vez más pequeños conforme aquellos colosos se acercan. Él, que ha superado la atracción del abismo, no está dispuesto a caer.

Llega a la cima, y con la rapidez que solo instinto puede otorgar se aleja lo más posible del borde. Una insignificante fracción de tiempo lo salva de ser alcanzado por uno de los gigantes que vigilan su ascenso, y tiene la certeza de que de no haber ocurrido de ese modo, habría sido arrojado al río llameante sin que hubiera lugar para la compasión o la misericordia. O quizás su cuerpo habría sido roto en mil pedazos como si estuviese hecho de cristal; desconoce la auténtica fuerza de aquellas criaturas ancestrales, y no tiene tiempo ni deseos de comprobarla.

No ve a la carcelera y no le extraña: ha podido subir al torreón desde el que gobierna todo este páramo sin vida, es digno de seguir. Escucha el sonido lejano de dos puertas terminando de cerrarse, algo que debía haber sucedido hacía mucho tiempo —justo cuando salió de aquella prisión, probablemente—, pero que le sirve de confirmación. De nuevo se adentra en las tinieblas, en la segunda capa de la noche.

 

El frío no importa, tampoco la presión, pero… Mientras camina sobre la cima de la torre vigía, a oscuras, cree escuchar el sonido de una enorme roca subiendo una pendiente lentamente para luego caer; oye los gritos de un hombre quemándose, acompañados por el ruido de una rueda girando sin cesar; el lamento del que no puede saciar la sed ni el hambre inhumanos que padece llega con igual fuerza, así como el extraño discurrir constante del agua que pasa por los agujeros de un tonel. Sonidos muy conocidos por la criatura que es avasallada por ellos: son el resultado del mal hacer de los hombres, nada que a él le concierna.

¿Cuál es el propósito de hacerle llegar tales lamentaciones? ¿Acaso sigue siendo prisionero del abismo y todo cuanto ha superado no ha sido más que un engaño? No quiere creerlo, pero sabe que lo que escucha es real, es el eco del mismísimo infierno. Pronto llega al final del camino y se deja caer.

Esta vez no hay látigo que lo reciba, ni un río ardiente al que pueda caer. Al contrario, por encima del terreno que ahora pisa, se extiende un firmamento hecho de fuego, que le da la sensación de que está caminando bajo aquel río. El calor es sofocante, camina sobre lo que parece ser un desierto. Sin embargo, este no está hecho de arena, sino de polvo y ceniza. No le cabe duda de que detrás de cada grano se esconde una historia, la de un ser vivo —hombre, animal, planta, monstruo… no tiene importancia, no aquí— o incluso la de un mundo o una estrella que ha muerto. Enseguida renueva la marcha, manteniendo siempre en mente el mensaje que lo ha liberado.

En todas direcciones, les prestara atención o no, ve imágenes de una vida pasada: la suya. Todos los pensamientos y emociones que una vez tuvo o sentido, expresadas o no, salen a relucir en aquel páramo. Respeta aquel intento, sabedor de la debilidad que puede haber en otros condenados, pero él se considera distinto. Ningún recuerdo basta para detenerlo o hacerlo retroceder, sino más bien, refuerzan la idea de que sigue encerrado. El desierto que recorre —de poca solidez, al punto de convencerlo de que si por un instante se detiene, será devorado por la misma tierra— no posee esa naturaleza caótica e incomprensible del abismo, pero un castigo tan personal…

El dolor, la más primaria sensación, es la que suele separar lo real de lo onírico. No siempre es así, pero cuando el prisionero siente cómo unas pequeñas gotas caen sobre la herida aún abierta junto al cuello, no tiene otro remedio que creer en la realidad de su propio grito. La extraña sustancia recorre todo su ser, una que jamás ha entrado en la tierra de los vivos por decreto divino; no se encuentra en animales, minerales y vegetales, ni tampoco ha sido fabricada, sino que es tan antigua como las almas.

Huye de las fauces de las cincuenta cabezas serpentinas que buscan devorarlo, lo hace mucho antes de llegar a oír el terrible siseo de aquel monstruo. Siente aún el veneno dentro de sí, doblegando poco a poco las fuerzas de las que dispone, pero el dolor no niega una clara esperanza: la guardiana que enfrenta no existe para impedir la salida de aquel lugar, sino la entrada; en el fondo, el sufrimiento que ahora padece solo le indica que hasta ahora todo ha sido real.

Pese a todo, evita un nuevo contacto con el veneno con más determinación que con la que había evadido el látigo de fuego de la señora de la torre. En su fuero interno, está agradecido de no tener que escalar a la vez que evita a tan feroz y ágil guardián, sin olvidar por ello que retroceder no es una opción. Corre, lamentando no ser todo lo rápido que debería ser, directo hacia una puerta construida para dejar paso a gigantes, si no montañas andantes. Sobre ella, en lo más alto de la triple muralla que rodea una torre vigía, una feroz hidra lo ataca sin descanso con docenas de cabezas, al tiempo que otras se limitan a observar, y el veneno de sus fauces cae en torno a las columnas de adamantina que rodean el portón.

Solo hay una oportunidad: si en verdad ha sido liberado, la puerta que tiene enfrente se abrirá y podrá atravesarla; si, en cambio, solo está huyendo, deberá ascender el muro y padecer de nuevo los dolores de los más antiguos y terribles venenos. La opción de enfrentar al guardián ni siquiera se le ocurre, ya que aquel es desde su nacimiento inmortal e imposible de destruir o controlar.

Y se abre, ¡no podía ser de otra manera! Al hacerlo chirria incluso más que las puertas del abismo, pero el prisionero le resta importancia al molesto sonido. Desde detrás, una de las cabezas de la hidra trata de liberarlo, pero logra reaccionar en el momento justo: dos rápidos golpes contra los gigantescos colmillos le dan la insignificante fracción de segundo que necesita para cruzar la puerta. La docena de intentos del guardián por impedirle la salida no le resultan problemáticos, pues el ser movimientos similares le permite predecirlos sin detenerse.

 

Tras la puerta está la tercera capa de noche que rodea el abismo, la última. Y lo que sigue es confuso, incluso para el prisionero. El espacio, habitado por planetas, estrellas y otros cuerpos celestes, lo asocia al ascenso inicial en el que se vio envuelto por un tiempo indeterminado. Sabe que después ha pasado al lado de un inmenso castillo, más tenebroso e imponente que la torre vigía del abismo, del que escapa una pregunta y una respuesta que incluso ahora no está dispuesto a creer: ¿Dónde está el Rey? ¡El Rey ha muerto! Se acuerda de haber sorteado aquella edificación, solo un insensato querría entrar en ella sin motivo. Lo único que lamenta es no haber visto los estanques que se encuentran junto al palacio, pero el tiempo es escaso. ¿O sí lo hizo? No está seguro, los recuerdos son demasiado vagos, fundidos poco a poco en una luz pálida.

Atraviesa una tierra helada, gemela del río de fuego que todavía recuerda. Una tormenta busca hacerlo retroceder, arrojándole vientos capaces de hacer que la más alta montaña se incline del mismo modo que las hojas de los árboles, y un frío que no conoce llama que no pueda apagar. Pequeños cristales se adhieren a toda la parte quemada de la piel, juntándose al veneno que sigue sintiendo sin poder remediarlo: no hay lugar para la vida en el infierno, no hay cura en tal lugar para los males que en él nacen. El contraste entre el calor y el frío es brutal, y el prisionero —no ha dejado de considerarse tal, y no lo hará hasta que sea libre— prefiere evitar elegir cuál es peor.

Herido en la mayor parte del cuerpo, llega al fin del río de hielo sin hacer caso del lamento que esconde en lo más profundo, el llanto de la vieja humanidad. El paso por el prado gris y nebuloso que tiene enfrente, lleno de árboles caídos y espectros carentes de alegría o tristeza que simplemente dan vueltas sin razón o propósito en torno a bellos asfódelos, es un descanso que agradece, si bien no baja nunca el ritmo. Además, de algún modo encuentra en esos fantasmas que no tiene reparo en atravesar la reafirmación de su misión: él, por muchos crímenes de los que sea culpable, jamás debe acabar en un lugar como ese, tiene un destino que perseguir.

Cuando ve desde una pendiente un nuevo río —el último, está seguro de ello—, no teme. Se encuentra en el punto de no retorno para los muertos, donde un can de tres cabezas deja entrar las almas que han aceptado su final y entran al más allá, pero que se torna en un muro infranqueable para quienes se arrepienten en el último momento y tratan de dar la vuelta. Percibe la presencia de aquel guardián, quizá tan viejo como la hidra que resguarda las murallas del abismo, sin siquiera mirar atrás por ello; para él ya solo hay un camino posible: hacia adelante.

Invadido por lo que muchos llamarían locura, el prisionero salta, sabiendo que el can le permitirá salir. Dos nuevas sensaciones lo invaden al mismo tiempo que le llega el inefable olor de aquellas aguas amarillentas, tan parecido al del miasma: primero, una nueva fuerza tratando de arrastrarlo, almas en pena que no han aceptado el fin de sus vidas y se arrojaron a medio camino desde la misma barca que los llevaría al averno, nada que pudiera preocuparle a él; por otro lado, es consciente de que el río busca robar las pocas fuerzas  que le restan. La combinación es terrible, pero no peor que todo por lo que ha pasado, sigue sin bastar para quebrarlo.

Nadando, dedicando cada fibra de su ser a alcanzar la orilla —las manos, extrañamente, no le responden bien—, el prisionero termina la travesía que no es sino el principio de su misión. Es por esta que sabe hacia dónde debe dirigirse, incluso en el río interminable en el que no pueden determinarse el norte y el sur.

 

El sol de la tarde golpea su espalda quemada, pero es un calor agradable. La esperanza llega junto a los rayos de luz, invisibles para muchos, pero no para él. El otrora prisionero respira sin mesura el aire que no ha necesitado en milenios de encierro. Solo cuando toca la tierra y la siente deslizarse entre sus dedos, es de nuevo consciente de que es humano.

O al menos de que tiene esa forma. El pecho, los brazos, las palmas. Los ve mientras en ellos las viejas heridas, pruebas de merecer su libertad, van desapareciendo poco a poco. El frío cede, las quemaduras sanan, las heridas se cierran: ya no está en el infierno. Aquí la vida nace y se recupera. Incluso puede escuchar el icor de su interior actuando. Entre la sangre divina que corre por sus venas, incluso el veneno que jamás ha existido en el mundo desaparece.

¿Por qué un monstruo debe ser un gigante de cien brazos? ¿O una hidra de colosales colmillos? ¿O un can de tres cabezas? En el fondo, no hay razón para que un monstruo no pudiera tener la forma sencilla del hombre, última obra de los dioses.

Se inclina en señal de respeto, no solo a los inmortales, sino al mismo planeta sobre el que de nuevo puede andar. Aún no piensa en el dulce sabor de la ambrosía mientras su cuerpo se recupera; cada bocanada de aire limpio le basta. En esos momentos llegan a él innumerables sensaciones, ordenadas de un modo que no podía ocurrir en el abismo que ha abandonado. Enseguida es consciente del dónde y el cuándo al que ha sido enviado, y de cada uno de los pecados de la raza humana; nada escapa sus sentidos sobrenaturales. Es tanto el mal que percibe, que la misión que le fue encomendada bien podría ser exterminarla.

Nada es del todo claro, el mensaje que lo guía no está compuesto de sonidos ni imágenes, él debía darle el significado final. Se descubre preguntándose si está tomando el camino correcto, si debe avisar de su llegada.

 

Tras una muda oración, el antiguo prisionero se levanta, libre del dolor pasado y de toda herida aparente. Ha decidido hacer caso a su instinto, a quién es. Él existe; solo tuvo un origen, no necesita más de un camino. Después de todo, aun los hombres malvados necesitan a algo por lo que sentir temor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Notas del autor:

 

Este capítulo ya fue publicado en Saint Seiya Foros hace algunos años. Entonces, fue tarea de Killcrom revisarlo, y de Wind no Joseph y Marcus el de dar algunos apuntes sobre el texto, publicado como un One Shot en esa ocasión, que se tuvieron en cuenta para esta publicación. ¡Un gran y agradecido abrazo para los tres!

 

***

 

¡Hasta el próximo lunes!


Editado por Rexomega, 22 noviembre 2019 - 15:42 .

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#32 Kael'Thas

Kael'Thas

    Alumbra el camino, (el camino)...

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Publicado 22 noviembre 2019 - 17:22

Como siempre maravilloso

 

Si pasa siempre cuando se entusiasma con los capitulos 


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#33 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 22 noviembre 2019 - 21:04

Leyendo partes 8, 9 y 10. ¡Me puse al día! Wiiiiiiiiiiiiiiiiii

 

Parte 8:

Googlée el Vega Sicilia Único del 62... y lo encontré. Buen dato, señor Rexo. Vino de los dioses.

La conversación entre los empresarios es buenísima, sin sutilezas. Gran detalle que aquí Saori tenga ojos grises, como la Atenea del mito. Y don J diciendo las cosas como son, poniendo los puntos sobre las íes: lo del Galaxian Wars tiene hasta sentido en el animé, pero en el manga es una soberana estupidez de parte de Kuru. Pobre pobre Saori. Eso y el "amor de Kido a sus hijos"... sé lo difícil que es justificar algunas decisiones de la historia original. Kanon salvando a Saori... claaaaaaaaaaaaaaaaaaaro, Masami, muy lógico...

Y esto me recuerda por qué Pose es mi dios favorito. En su simpleza (o, más bien, la que Kuru le dio) se puede ver una complejidad que los otros dioses de la franquicia no tienen. O son demasiado puros, o son demasiado malos. Don Pose no quiere la destrucción de la Tierra, quiere salvarla, solo que considera que la humanidad que la puebla es malvada y lo echa a perder todo. Quiere salvar a los que sí cuidan el planeta, deshacerse de los demás, y reconstruir todo de buena manera. Extremista, sí... ¿pero quién no ha pensado así al menos alguna vez en su vida? ¿Rehacer todo, cuidando nuestro hogar?

Un pequeño detalle, estimado Rexo. Cuando describes a Sorrento, dices que sus pupilas son rosa, cuando probablemente quisiste decir "iris". También hay algunas partes (muy inusualmente) en que hay errores de concordancia tipo (auténticas capacidades sobrehumano; tratando de sacar tales pensamiento,  que una situación acabara de forma pacíficoetc).

 

Parte 9:

Sorrento platicando con Jabu. Eso no lo vi venir xD Otra vez es primero de Diciembre. O más bien... ¿primera vez? Antes que la otra que mencioné, sin duda.

Pero me sigue sin quedar claro por qué Julian y Sorrento fueron a atacar una ciudad. Si se establece que sinceramente está arrepentido de sus actos (o los de Pose) no me cuadra que hiciera eso por una intención tan ligera como tener una entrevista con Atenea. Se me ocurren otras maneras de llamar la atención de Saori, incluyendo, por ejemplo, ir él mismo a Japón, que no debe costarle al flojonazo jaja

Pero bueno. Jabu se fue, besado por una guerrera conejo, tras comprender que los Santos, fuera de toda arrogancia, lo son porque son diferentes. Especiales. Así se lo dijo también a Seiya, y Seiya a Miho años atrás. Ha partido un noble héroe que jamás pensé que me agradaría tanto. Bien hecho, Rexo.

 

Parte 10:

El recorrido del ángel, de vuelta, a través de los cinco ríos del infierno y todo lo demás. No hay mucho que comentar, más que sentir. Quedé más que impresionado, es de las mejores cosas que he leído en materia de fics de SS... o en general. Quedé... de verdad sin palabras. Impresionante. Felicitaciones, estimado Rexo.


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#34 Seph_girl

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Publicado 23 noviembre 2019 - 14:50

Parte 10. ¡La cosa ahora si se va a descontrolar!
 
Hace años que publicaste este texto a modo de oneshot, me acuerdo, pero ni idea de si te dejé Review en él y eso O.o, pero no pienso buscar para hacer copy -paste XD
 
Como te apasiona tanto la mitología griega, es natural que te haya salido tan bien relatar el escape de esa Bestia al mundo de los humanos donde, de seguro, hará un maldito caos XD, por algo el infeliz estaba metido hasta el fondo jajaja.
 
Leyendo este fic aprendí mucho de esa mitología del infierno y demás, es educativo a final de cuentas. Sin embargo, en estos tiempos, todo lo referente al Tártaro y eso, me hacen cantar la canción de ¡ZEUS! kukuku.
 
No hay nada más que decir salvo...
 
PD. Buen cap, sigue así.

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#35 unikron

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    el iluminado

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Publicado 24 noviembre 2019 - 20:55

interesante como se ha ido desarrollando la guerra



#36 Rexomega

Rexomega

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Publicado 25 noviembre 2019 - 15:23

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Kael´Thas

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Felipe

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Seph Girl

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Unikron.

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***

 

Capítulo 1. Luces y sombras

 

En la sala de espera del hospital, un joven temblaba de forma incontrolable, dominado por un miedo que para el resto de mortales no era más que un mal presentimiento. Sobrecogido por esa sensación, se levantó de la silla y empezó a andar en círculos hasta que por fin se abrió una puerta.

El médico entró a la sala con mal semblante, apenas ocultando el temblor de las manos manteniéndolas en los bolsillos de la bata. El joven, luego de dar un suspiro, se bajó la capucha y trató de ofrecerle la mejor de sus sonrisas, sin éxito. Hacía ya tiempo que no era capaz de realizar ese simple gesto, siempre preocupado por un ataque que nunca terminaba de llegar. Si se encontrase en Grecia, esta sería la novena noche desde la última vez que sonrió, deseándole buen viaje al Sumo Sacerdote de Atenea. También era la última vez que lo vio, por lo que durante días creyó que el temor que sentía no era más que preocupación y se limitó a seguir la única orden que tenían: reunir a todos los santos de Atenea en el Santuario, tal y como se hizo en la pasada Guerra Santa.

Apenas hacía una hora, mientras se preocupaba de que cada guardia estuviera en su puesto y no holgazaneando, cayó en la cuenta de que había malinterpretado las palabras del Sumo Sacerdote, quien debía ser cauto, pues iba acompañado de un desconocido en el que solo confiaba lo indispensable. Sí, todos los santos de Atenea vivos se hallaban ahora en el Santuario, incluso un veterano que desoyó el llamado durante la pasada Guerra Santa fue arrastrado hacia allá por la mujer más peligrosa del planeta. Todos menos cinco, que dormían a solo dos pasos de donde se encontraba.

—Puede llevárselos —dijo el médico, a sabiendas de que el recién llegado, de una importancia que no reflejaban la humilde túnica que vestía, no necesitaba permiso para hacerlo—. Lléveselos.

En las gafas del médico, pudo verse reflejado con esa mueca desagradable en la cara antes siempre dichosa o decidida. Cabello rojo despeinado, grandes ojos inquietos bajo una frente sin cejas, donde resaltaban dos puntos morados. Él era Kiki, último discípulo de Mu de Aries, el mayor maestro de psicoquinesia y telepatía que hubo en el mundo. Pensar en todo eso, por vergonzoso que pudiese sonar si lo dijera en voz alta, le dio ánimos. Podía hacerlo. Si alguien quería matar a los héroes legendarios que desafiaron a Poseidón en los océanos y a Hades en las profundidades del infierno, tendría que pasar por encima de hasta el último hombre que luchaba en nombre de Atenea.  

—Si me encuentro con la señorita Kido en la otra vida, no seré capaz de mirarla a la cara —dijo el médico—. Le he fallado.

—No creo que ella lo vea así —replicó Kiki—. Al igual que ocurrió después de la Batalla de las Doce Casas, ha cuidado de ellos sin perder la esperanza, manteniéndolos con vida estos años. Ese es su papel y lo ha cumplido con creces.

—Siguen en coma. No he podido cambiar eso.

—Tampoco puede entender por qué siguen dormidos, ¿cierto? Nosotros hace ya tiempo que aceptamos el estado de nuestros compañeros como un castigo divino, el precio a pagar por la victoria frente a Hades. Lo vimos así un día como este, hace ya tiempo. Ella vino al Santuario para encomendarnos el cuidado del mundo y de sus campeones, sus amigos, antes de ascender a los cielos. Ese día comprendimos que no iban a despertar así como así, que era un asunto de dioses, que solo ellos podían resolverlo.

—La señorita Kido. Fue tan inesperado.

Kiki asintió, comprensivo. En el Santuario tuvieron la oportunidad de despedir a la diosa por la que habían librado tantas batallas, mientras que quienes trabajaban para la Fundación se encontraron con esa noticia de la noche a la mañana.

—Estamos a mano. Ni la magia del Santuario ni la ciencia de la Fundación pudo despertarlos. Y como le dije, doctor, usted tuvo esperanza y siguió luchando.

—Si trata de levantarme los ánimos, despreocúpese. En este momento, estoy seguro de que cada segundo cuenta y no vale la pena gastar tiempo en alguien como yo.

—Usted sí que se tendría que preocupar si vuelve a sugerir que soy un buen hombre. ¡Y no me gusta que me trate de usted alguien que podría ser mi abuelo!

Después de mucho tiempo, con una cara de enfado que habría hecho reír al más serio de los soldados en el Santuario, Kiki logró formar una sonrisa. Una forzada y retorcida, como la maliciosa sonrisa de un duende listo para realizar alguna travesura.

—Si es posible, me gustaría saber a dónde se los llevará a mis pacientes.

—Rusia, Grecia y Japón. Sí, ya sé que estamos en Japón, me refiero a un lugar mejor protegido. Prefiero no decir más. Si lo hiciera, pondría en riesgo su vida.

—Es tarde para eso.

Las repentinas palabras del médico desconcertaron a Kiki, que en un esfuerzo por superar el miedo que seguía embargándolo, centró todos sus sentidos en percibir la presencia de un enemigo. No pudo encontrar nada, no sintió que hubiera nadie en el hospital, salvo él, el médico y los héroes durmientes. De hecho, no era capaz de sentir vida de ninguna clase en el barrio, como si de repente todo el mundo hubiese decidido marcharse. No, más bien, huir de un peligro inminente.

Kiki miró al médico con nuevos ojos. Aquel hombre humilde, a quien ni siquiera se había molestado en preguntar cómo se llamaba, había permanecido cerca de sus pacientes a sabiendas de que eso le podía deparar un destino peor que la muerte.

—Puede que tenga que dejar a uno de sus pacientes aquí. Si acepta, solo contaría con el apoyo de un santo de Atenea, no podemos permitirnos prescindir de más hombres.

Sin decir una palabra, el médico asintió.

—Ya le diré qué hacer cuando acabe —dijo Kiki un instante antes de desaparecer como por arte de magia. No le había dado tiempo al médico de sorprenderse cuando volvió a aparecer, rascándose la cabeza—. «Lo que hace grande a un soldado de Atenea, no es la armadura que lleva puesta, sino su fe en la diosa y su valor para defender sus ideales.» Es lo que mi hija siempre dice cuando me burlo de un guardia que está haciendo el vago, aunque creo que la mitad de una frase tan rebuscada se debe al loco que escogió como escudero. ¡No se sienta mal, doctor, porque en este día esa bata blanca que lleva brilla para nosotros con el mismo brillo que los doce mantos zodiacales!

Al terminar tan improvisado discurso, volvió a desaparecer. En la sala solo quedó el médico, quien sonriente se limitó a encogerse de hombros. No tenía tiempo para preguntarse cómo Kiki había hecho eso, tenía trabajo que hacer.

 

***

 

Tal y como sucedió en los alrededores de aquel hospital, la sombra del miedo se había extendido sobre un humilde pueblo costero de Grecia conocido como Rodorio. Ocurrió en el mismo momento en que Kiki se dio cuenta de la verdadera orden del Sumo Sacerdote, todos los aldeanos sintieron un repentino deseo de marcharse, que solo pudieron combatir con el amor que sentían por la tierra en la que sus antepasados habían vivido desde mucho antes de que Grecia fuera conocida como tal. Las gentes de Rodorio ganaron esa batalla a medias, que libró cada uno en el interior de su alma, pues acabaron todos encerrándose en sus casas, con todas las puertas y ventanas cerradas a cal y canto. En las calles no quedó nadie, ni tan siquiera un mendigo.

Por este motivo, cuando el barco de la Fundación, blanco como un cisne, atracó en el puerto de Rodorio, solo había cinco personas para recibirlo. En nombre de las amazonas estaba Geist, acompañada por un lancero que hacía notables esfuerzos por mantener oculta la oreja, roja como un tomate; también estaba presente Docrates, nombrado esa misma semana capitán de la guardia del Santuario, tan alto como viejo era el hombre que se mantenía a su diestra, un héroe de guerra llamado Icario, reclutado hacía tan solo unas horas. Cerraba aquel quinteto Shaina de Ofiuco, líder de facto del Santuario en ausencia del Sumo Sacerdote. Frente a las armaduras de cuero que llevaban los demás, ella vestía una coraza del color de la luna llena.

Al lancero le parecía un grupo más bien improvisado y la prueba de lo mal que estaba el Santuario en esos tiempos, pero no dijo nada. Ya bastante había tenido con que aquella amazona enmascarada lo reprendiera y trajera hasta allí de la peor manera posible. Se mantuvo quieto y callado, como una estatua, tal y como le habían ordenado, hasta que los pasajeros del barco salieron a la cubierta.

—¿Ese es Seiya? —exclamó el lancero.

—No lo es —susurró Geist—. Fíjate bien.

Salvo el hombre que dirigía la procesión, que parecía tener sendos bosques en vez de cejas, todos los que bajaban por el puente tendido entre el puerto y el barco tenían armaduras negras. Si el lancero había confundido a uno de ellos con Seiya era porque tenía la misma cara, altura y complexión, apenas distinguiéndose del durmiente santo de Atenea por tener el cabello y los ojos tan oscuros como la noche. Del mismo modo, la armadura que portaba solo se distinguía del manto sagrado de Pegaso por el color, así como la falta del brillo y la vida del original. 

—Son los caballeros negros de Pegaso, Dragón, Cisne, Fénix y Andrómeda —dijo Geist, todavía hablando en voz baja—. También podrías llamarlos sombras.

—¿Sombras? —preguntó el lancero.

—A quienes visten la burda imitación del manto sagrado que no pudieron obtener, Atenea los maldice con tener la misma apariencia que el último portador legítimo. Al menos esa es la versión oficial. Ahora, calla y observa.

 

Un total de trece caballeros negros se dispusieron en una línea, firmes y desafiantes. El guardia que presumía haberlos traído desde la misma Reina Muerte, se preparó para presentarlos. Ya estaba apuntando a los dos de ellos con la lanza, que por alguna razón estaba envuelta por harapos, cuando Shaina dijo:

—Leda y Spica, de la isla Andrómeda. Vuestro maestro y vuestros compañeros murieron con honor en una trágica batalla, no puedo decir lo mismo de vosotros, que no solo huisteis en ese momento, sino que tampoco acudisteis al llamado del Santuario una vez terminó la Batalla de las Doce Casas. Vuestro crimen es la cobardía.

Ambos jóvenes, sombras de Andrómeda, no pudieron mantener la cabeza en alto mucho tiempo. Sabían que aquellas palabras eran tan duras como ciertas.

—Agni y Rudra, desconozco mucho sobre vosotros. Quién fue vuestro maestro, a qué manto sagrado aspirasteis y cuáles son vuestros auténticos nombres. Lo que sé, empero, avergonzaría por igual a todos en el Santuario y a vuestra gente, allá en la India. Vuestro crimen es el asesinato, ¡ni las aguas del Ganges podrían lavar vuestras manos! 

Mientras que la sombra de Pegaso, a quien el lancero había confundido con Seiya, escupió a un lado, la sombra de Dragón pareció reflexionar frente aquella acusación. Shaina no se detuvo ni por un gesto ni por otro y siguió pasando revista.

—¿Cuál es tu nombre, caballero negro de Fénix?

—Llama —contestó el siguiente, caballero negro de Cisne—. El mío es Cristal.

Shaina, a quien le constaba que Llama era incapaz de hablar, hizo un gesto de asentimiento, para luego preguntar:

—¿Cuál es tu crimen, Cristal? Fuiste tú quien detuvo a Llama antes de que arrasara la aldea de Kohoutek, llevándolo en persona a Reina Muerte. ¿Por qué no fuiste al Santuario, donde te tratarían como un héroe? ¿Por qué te quedaste allí?

—Porque fallé a un amigo muy querido, causándole una muerte deshonrosa —replicó Cristal—. Ya que nadie me ha juzgado por ese pecado, tuve que hacerlo yo mismo.

 

—¿Por qué necesitamos a esta gente? —preguntó el lancero mientras veía a Shaina acusar a otro caballero negro de Fénix de usar niños para robar en distintas ciudades de Grecia—. Los que no tienen las manos manchadas de sangre, son unos cobardes en los que no se puede confiar. ¿Estos serán nuestros refuerzos? ¡Son todo lo contrario a lo que un santo de Atenea debería ser, incluso si un día aspiraron a serlo! Solo velan por su beneficio personal y seguro que nos traicionan a la primera de cambio.

Soltando un bufido más propio de animal que de hombre, Docrates dirigió al lancero una mirada furibunda. Estaba por propinarle un buen coscorrón con aquel puño tan grande como una cabeza humana cuando Geist se le adelantó.

—¡Ay!

—¿Qué te he dicho? Calla y observa.

—¿Es que usted confía en esa gente?

—Confío en el criterio de los santos de Atenea. Y en el de Shaina más que en el de ningún otro. Llevamos ya varios años de paz, es comprensible que nuestras fuerzas estén mermadas y que necesitemos reunir gente de donde sea, aunque no nos guste.

El lancero, todavía con reservas, cabeceó para dar a entender que estaba de acuerdo.

 

Para entonces, Shaina ya había terminado las deshonrosas presentaciones y volvía a ignorar los intentos del guardia de la lanza envuelta por tomar protagonismo. Faetón, que así se llamaba, dirigió una mirada furtiva al barco, como esperando algo.

—Si queréis mi opinión, muchos de vosotros no sois más que basura —exclamó Shaina, como haciendo eco de las quejas del lancero—. Aspirasteis a ser santos de Atenea, a vestir un manto sagrado. ¿Cómo pudisteis caer tan bajo? ¿Es que el fracaso enturbió vuestras almas? Doble sería la vergüenza entonces. Docrates pugnó con Algethi, el santo de plata de mayor fuerza física de mi generación, por el manto sagrado de Hércules. Y ahí lo tenéis, no a una bestia con piel de hombre, como vosotros, sino a un soldado de Atenea que ha acudido al llamado del Santuario para luchar una vez más.

Desde el momento en que Shaina lo señaló, Docrates había empezado a sonreír. No solo por el halago, sino por las miradas de pavor que algunos de los caballeros negros le dirigían, temerosos de un hombre que de sobra doblaría en altura al más alto de los presentes. Con tal de ver esas caras de niños asustados, había valido la pena que le recordaran que había fracasado en convertirse en santo hacía tantos años.

—Sea como sea —continuó Shaina en cuanto entendió que Docrates no diría nada—, ahora estáis aquí, de vuelta en el Santuario. Se os otorga la oportunidad de volver a luchar en nombre de Atenea, siempre que renunciéis a las armaduras negras.

Si las reacciones de los caballeros negros a las acusaciones de Shaina habían sido diversas, en esta ocasión todos asintieron al unísono. Ya en el viaje habían sido informados de la condición que debían acatar para ser liberados, no de la culpa, ya que esta persigue a los hombres hasta el día en que mueren, sino del infierno en la Tierra al que habían sido recluidos. La isla conocida como Reina Muerte.

—El hombre del que os he hablado os dirá qué puesto os corresponderá el resto de vuestras vidas. Sed mejores de lo que fuisteis y peores de lo que seréis.

De nuevo, los trece asintieron, dirigiéndose hacia donde estaban Docrates y los demás.

 

—Seré claro. Ya no me acuerdo de vuestros nombres, tendréis que ganaros uno nuevo en la próxima batalla —exclamó Docrates, sin dejarse impresionar por la disciplina con la que aquel grupo se había movido—. En el momento en que pisasteis este suelo, renunciasteis a portar armas y armaduras. Sí, habéis oído bien, lucharéis con nada más que vuestros cuerpos, como según se cuenta hicieron los primeros santos. Veréis vuestros puños sangrar con cada golpe, pues en cada golpe estará en juego vuestra vida y la de hombres mejores que vosotros. El abuelo que tengo a mi derecha será vuestro capitán. ¡Ni se os ocurra subestimarlo porque parezca poca cosa! Icario luchó como un santo de Atenea contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial.

—En realidad, fue en la segunda —aclaró Icario.

—¿Hubo…? —estuvo a punto de preguntar Docrates, carraspeando a media frase para librarse de la metida de pata—. Luchó contra los enemigos en la Segunda Guerra Mundial. Y está aquí de nuevo, en el frente, porque los soldados de Atenea no conocemos la palabra jubilación, nuestro único descanso es la muerte.

—Te estás yendo por las ramas otra vez —susurró Icario, que echó un vistazo a los reclutas de armaduras negras en busca de algún signo de hastío. No lo encontró, claro, nadie cuerdo querría regresar a Reina Muerte después de ganarse la libertad.

Aunque Docrates era un hombre de temperamento fuerte, no se enfadó con la intervención de aquel abuelo, más bien se echó a reír. Solo un santo de Atenea tenía los arrestos de decirle algo a una montaña de músculos como él.

—Os uniréis a un batallón formado por aspirantes. Desde ese día, eso diréis que sois. El que lo haya entendido, que me siga. El que no, que se suicide.

—No has explicado nada. ¡Qué desastre de capitán! —se quejó de nuevo Icario mientras Docrates ya daba media vuelta y se ponía en marcha.

 

El lancero, habiendo aprendido a las malas que a veces era mejor quedarse callado, vio  cómo aquel grupo de malhechores se convertía en un abrir y cerrar de ojos en parte del ejército de Atenea. Él, que había sido entrenado para convertirse en santo, solo pudiendo saborear la hiel del fracaso, llegó a ser informado del batallón que Docrates estaba organizando, uno al que podía unirse todo aspirante que no hubiese usado alguna vez en combate arma alguna. ¿Era posible que aquel honor, que ni siquiera soñó recibir al no creer que lo mereciera, recayera en asesinos, ladrones y cobardes? 

—Ya puedes hablar —dijo Geist mientras los caballeros negros se retiraban en fila, con Docrates e Icario a la cabeza—. ¿Te ha impresionado lo de que un santo luchara en la Segunda Guerra Mundial, a que sí?

—¿A quién se le ocurrió que era buena idea reclutar a esta gente?

No parecía la clase de decisión que pudiera tomarse estando el Sumo Sacerdote fuera del Santuario, por mucho que se hubiese declarado la alerta máxima. Quien hubiese propuesto algo así, debía ser el más audaz de los hombres. O un loco.

En lugar de mandarlo a callar de nuevo, Geist señaló hacia al barco, donde un último pasajero se hacía ver. No vestía ninguna clase de armadura, solo una sencilla camisa blanca, pantalones con tirantes color verde militar y la clase de botas que llevaría un soldado. Y como un soldado saludó a todos los que estaban en el puerto, con la mano extendida sobre la sien, muy serio.

—A él se le ocurrió —dijo Geist—. El escudero de la aspirante a Virgo, Azrael. 

 

***

 

¡Nos vemos el próximo lunes!


Editado por Rexomega, 25 noviembre 2019 - 15:27 .

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#37 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 25 noviembre 2019 - 19:57

Saludos Rexo.

 

Antes de empezar mi review, tengo una pregunta. De tu respuesta a mi review anterior, entendí que siempre tuviste en mente lo de Jabu y los sueños para la historia. Mi pregunta es ¿por qué? ¿Por qué Jabu? ¿En algún momento consideraste a otro tipo de personaje, incluso después de pensar en el Santo de Unicornio? No sé, solo quedé con esa duda.

 

Ahora sí. Primero, ver a Kiki crecido es siempre un agrado. Uno de mis personajes predilectos, causante de una de las pocas veces que me emocioné de verdad con Omega (final del episodio 17), y la gran razón de que leyera un montón de veces su combate contra Mu en Assassin. Kiki adulto es como ver crecer al hijo de uno, y verle tan maduro, pero sin perder su esencia, es algo que agradezco.

Luego tenemos el asunto de la gente. El pueblo de Rodorio, siempre al pie del cañón, siempre los que más sufren, y aún así viven allí, sea por valor, por razones económicas o por simplemente creer en una propuesta ideológica. Es como la gente en Gotham xD Siempre me ha llamado mucho la atención del concepto de esta gente viviendo con el Santuario, pero fuera del mismo.

 

Shaina, Geist, Dócrates, Llama, Cristal, Leda, Spica, Faetón. La primera, una favorita, y sé que también siempre ha sido una de tus predilectas. Los otros son una verdadera sorpresa, especialmente porque decidiste ligarte más a la historia del manga que del animé (aunque aquí claramente son personas "distintas", con solo una base para el personaje de Juicio Divino). Por cierto, en otro fic también tuve un personaje llamado Icario, y era el Santo de Boyero. Me pregunto si aquí resultará algo similar. Y ya que están todos esos ahí, ¿puedo esperar también a Ohko, Daichi, Ushio y Sho de alguna manera?

¿Los caballeros negros se hacen llamar "Sombras"? ¡OMG OMG OMG! También llamé así a los míos en Mito. ¡Me gusta esto! Y eso de que lucen igual porque Athena los maldijo me parece muy interesante, al fin una buena explicación para esa movida de Kuru.

 

Dócrates no supo que hubo una segunda guerra y solté una risotada. Es lo que podría esperar de él, por alguna razón. Genial que haya competido con Algheti por el Manto de Hercules, muy buena mezcla de referencias allí.

 

Azrael... ¿no pudiste encontrar un nombre más épico? Y es solo el escudero. ¿Qué voy a esperar de la aspirante entonces? ¿Lilith?

 

Nada más que decir, Rexo amigo. Excelente capítulo e inicio.


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#38 Kael'Thas

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Publicado 25 noviembre 2019 - 21:02

Esta interesante la historia como siempre y me gusto tomaras a los personajes exclusivos del anime

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#39 Seph_girl

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Publicado 28 noviembre 2019 - 19:23

Capítulo 1. Reclutando negros (no, espera, eso se lee muy racista)
 
Y mientras los broncinos siguen durmiendo (lo que significa que Jabu apenas está en su aventura por el hotel Oneiro),
nos enteramos que el mundo siguió y Saori "Subió al cielo", como Jesús de Nazareth XD (o la aventaron, quién sabe)
y también que el Santuario tiene un nuevo Sumo Sacerdote que no se dejará ver hasta hacer una entrada triunfal o algo así. ¿Quién podrá ser? Si ya vimos que Kiki no es, ni ninguno de los bronce protas. ¡Que se abran las apuestas!
 
Qué inquietante que a todos se les activó el sentido arácnido de "¡Corran, que ahí viene la bestia!" y por ello están en alerta roja en el Santuario, que hasta tienen que recurrir a los personajes que la Toei se sacó de la imaginación.
 
¡Mirá! Shaina es la segunda al mando cuando no está el vago del Sumo Sacerdote, las feministas deberán estar medio contentas XD
 
Buena esa explicación de por qué los caballeros negros tienen la apariencia exacta del portador de la armadura original :o Tienen suerte de que sean guapos, que sino maldición doble.
 
El peligro debe ser muchísimo si es que aceptaron recibir caballeros negros para la defensa, adoro al loco que se le ocurrió, oh sí, hablo de Azrael, denle una cerveza a ese carbr*n :D
 
Es todo por ahora.
 
PD. Interesante cómo es que se ha ido desarrollando la guerra, sigue así :3

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#40 Patriarca 8

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Publicado 29 noviembre 2019 - 16:53

-Pues si ese era  mi antiguo nombre 

 

Preludio
Segunda parte. Sueño

 

-buen resumen de todo lo que vimos en el manga y anime

-Asi que el poderoso Jabu es un personaje de tu fic ,me pregunto si en esta ocasión despertara su armadura divina ,seguns sus fans  el tiene el cosmos para hacerlo

-¿el maestro de Jabu es Milo?

-no entendí quien era ese dios

-

 

 

Preludio
Tercera parte. Sueños
 
-Este capitulo me recuerda cuando Tenma y Yato quedaron atrapados en el mundo de los sueños
-la personalidad de Hipnos es bastante peculiar  y trata con demasiada cortesia a Jabu para mi que en sus tiempos libres ingresa a saint seiya foros para alabarlo XD
-asi que Saga de Géminis y su lemur alteraron el destino de 5 dorados
-Orestes salvo a Hypnos de una golpiza a manos de unicornio
 
 
Preludio
Cuarta parte. Ucronía
 
-muy buen guiño a las otras obras del sensei alcohólico
-asi que Seika  esta viva
-el asno alado heredo los mismo intereses que su creador (el alcohol) menos mal que no se le dio por dibujar un manga
-seiya es mas valiente que Docrates
-me pregunto si el verdadero  Freddy Krueger hara un cameo mas adelante en esta historia
-muy buen fic al menos en cuanto a historia , te felicito

 

 

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/////La firma no cumple las reglas del foro/////

PD: Se tenia que decir y se dijo





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