SKIN © XR3X
x

Jump to content


* * * * * 2 votos

Juicio Divino: La última Guerra Santa


  • Por favor, entra en tu cuenta para responder
224 respuestas a este tema

#221 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,479 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 22 marzo 2021 - 19:27

Saludos
 
¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl.

Spoiler

 

***

 

Capítulo 69. Frente sur

 

Tras una desesperada preocupación por todo el globo, Garland de Tauro aterrizó en el limbo estabilizado por Kanon de Géminis para el transporte de tropas entre los diversos frentes de la guerra. No era la Otra Dimensión, sino una ciudad descolorida y borrosa, habitada por fantasmas, si no es que la urbe en sí misma era uno. A cien metros, los edificios y las personas que deambulaban por las calles de monótono gris se volvían difusos hasta parecer parte del decorado. E incluso de cerca, si se veía con suficiente atención, todo tenía un aire espectral, como si en cualquier momento se pudiera ver a través de una pared, aun si ese no era el caso. No era tanto que se sintiese irreal, no estaba ante el inmenso mundo ilusorio que un aficionado trató de construir y se quedó a medias, al contrario, se hallaba en un lugar muy real, solo que más apegado al reino espiritual que al mundo de los vivos. Vida y muerte, no importaba, ambas eran realidad.

Él se hallaba en la azotea de un edificio de mediana altura, con la sensación de flotar más que de pisar concreto. Al norte, un gran círculo dorado rodeaba una suerte de espejo para gigantes donde podía ver la magnífica Bluegrad, custodiada por los guerreros azules en la entrada principal, la Silente y sus Arqueros Ciegos en la trasera y las robustas montañas en los flancos. En el este y el oeste, del mismo modo, se mostraban imágenes del continente perdido, lleno de brumas, montes y fantasmas del pasado, y de un abismo tan lóbrego como aquel que corona la Colina del Yomi, abierto por el poder sin parangón de Arthur de Libra. Aquellos tres círculos, portales dimensionales, estaban conectados entre sí por túneles invisibles que se extendían por encima de la ciudad fantasma, junto a un cuarto que se hallaba en el extremo sur. Allí podía verse una tierra yerma de la que emergía la Torre de los Espectros, por vez primera protegida de una invasión que no terminaba de darse. Todos se veían impacientes allí, desde los necios que hacían la guardia en la cima de la torre —Ícaro de Sagitario Negro, Orestes de la Corona Boreal y un tercer integrante, sin armadura y sin rostro— hasta los que más abajo se ponían a las órdenes de Ishmael de Ballena.

—Desde el punto de vista de nuestros compañeros y aliados, hay un camino de piedra recto, suspendido sobre la oscuridad, entre el lugar de donde vienen y aquel al que pretenden ir. En ese camino ellos pueden ver otros portales que dan al Santuario, los barcos de la costa siberiana y el portaaviones Egeón, aunque estos son solo de entrada —explicó Kanon, apareciendo de improviso detrás del santo de Tauro—. Esta ciudad es el limbo humano, una sombra de nuestro mundo, parte de la oscuridad que subyace a nuestro mundo y que Hybris ha usado como base durante años. El sub-espacio en sí son los túneles de gusano conectando los portales. Pero eso ya lo has intuido, ¿verdad? Garland de Tauro. No eres tan fuerte como imaginaba.

Los ojos del antiguo Sumo Sacerdote se clavaron sobre el segundo manto zodiacal, muerto. Garland carraspeó, molesto, y la sagrada vestidura se desligó de él pieza a pieza para unirse a su lado como un bravo toro del color del hielo. El pecho del santo de oro quedó al descubierto tras la rajada camisa sin mangas que llevaba, lleno de cicatrices, pero sin una sola herida. Tampoco la sangre había manchado la tela.

—Lo normal es que el manto de oro sobreviva a su portador, no al revés —observó Kanon—. ¿He de entender que no lo necesitas?

—Siempre viene bien llevar un abrigo allá donde hace frío —recordó Garland, a lo que Kanon alzó ambas cejas—. La Bruja está incapacitada y el Pacificador ocupado con una rival esquiva. No todos los planes salen bien, ex-Sumo Sacerdote.

Alguien tenía que enfrentar a Cocito. No a la Abominación que estaba persiguiendo, sino al río en sí. La guerra sería eterna si no daban cuatro certeros golpes en el corazón del Hades. Quién lo haría, estaba decidido antes de que las cosas empezaran a ir mal.

—Localizaré a Kiki… —empezó a decir Kanon.

—¡Rápido, el maestro herrero de Jamir podría estar en peligro! —exclamó Garland, sorprendiendo una vez más a su interlocutor—. Oh, estuve preguntándome estos días como tendría que dirigirme a un Sumo Sacerdote que ya no lo es. Mi conclusión fue que no importa y creo que es acertada. No son tiempos para formalismos.

—No te equivocas —admitió Kanon, dirigiendo la mirada hacia el portal sur. Ningún ejército se levantaba en las tierras de Naraka, pero la presencia del inframundo era fuerte en el continente asiático. Demasiado—. Han tomado la Colina del Yomi, buscan liberar a sus genuinos generales, capitanes y tenientes de la torre y saben lo útil que sería el Trono de Hielo para fortalecer sus ejércitos. Luchamos contra seres pensantes, es normal que busquen acabar con quienes pueden sanarnos, a los santos y nuestros mantos sagrados. Minwu de Copa está en Naraka. Kiki y sus discípulos están en Jamir.

Garland asintió, guardándose mencionar la presencia de Leteo en el continente Mu. Sus acciones al inicio de la guerra habían debido convencer al antiguo Sumo Sacerdote de que algo era distinto en ese frente donde se hallaba un ser lo bastante fuerte como para rechazar una y otra vez a un santo de oro sin mediar contacto. No hacía falta que le explicase lo que Damon buscaba lograr apoyándose en la ambición de un rey muerto y la sed de venganza de los Señores del Hades, bastaba con que el santo de Géminis y todo el Santuario supiera que era peligroso. Así podrían luchar con todas sus fuerzas sin tratar de comprender una historia bien muerta y enterrada. Era lo mejor.

—¿A quién enviarás? —cuestionó el santo de Tauro, decidiendo al final buscar él la respuesta. No era difícil sentir lo que ocurría en la Tierra. Después de todo, el sub-espacio existía para conectar cuatro zonas del planeta—. Ofión, ¿en serio? Apareció de la nada, fue ungido por Aries y jamás se molestó en entablar cualquier clase de relación. Ni siquiera tiene discípulos y por ello se le conoce como el Ermitaño.

—Es igual que tú —dijo Kanon—. Y Nimrod. Los tres sois autodidactas. No es extraño en la larga historia de los santos de oro.

—Suena a que confías en nosotros.

—Deberías asumir que no confío en nadie —advirtió Kanon, severo—. No del todo.

—¿Por eso tengo siempre la sensación de que algo me vigila? No me malentiendas, creo que la Dama Blanca deja que me percate a propósito.

—No siempre puedo entender las decisiones de Shizuma de Piscis. Se dice que sigue las órdenes directas de Atenea —señaló Kanon, casual, como si en verdad solo estuviera expresando un rumor. Notando el sobresalto en el alegre semblante de Garland, añadió—: Un planeta, un ejército. Eso es lo que dice la Suma Sacerdotisa. Ya no se trata de confianza, sino de proteger este mundo.

—Siempre se ha tratado de eso, ex-Sumo Sacerdote. Siempre se ha tratado de eso.

 

***

 

En Jamir, así como en otros lugares señalados del mundo, ocultos a la civilización, el tiempo se comportaba de forma caprichosa.

Fjalar de Escultor, un hombre alto y fornido, de pobladas cejas sobre la amplia nariz, estaba acostumbrado al frío, por supuesto. No en vano, siendo un niño debió entrenarse en aquel lugar del Himalaya, a seis mil pies de altura, donde respirar era una lucha constante contra la muerte y los pies pesaban como el plomo, dificultando el solo dar unos cuantos pasos. Contrario a Nenya, su esbelta compañera de entrenamiento, para él cada día hasta la obtención del manto sagrado había sido un infierno; en muchas ocasiones creyó que moriría. Sin embargo, cuando terminó la prueba, victorioso, todo cambió: el cuerpo se había fortalecido, estaba ya acostumbrado a respirar aquel denso aire y el manto sagrado que vestía, junto a las labores que le correspondían como el santo de Escultor, le daban la calidez necesaria para sobreponerse al incómodo frío. Hasta para las fuerzas de la naturaleza era difícil doblegar a un santo.

Y con todo, ahí estaba, tiritando. Incluso la santa de Cincel, que no cesaba de mover las largas piernas en un andar constante, temblaba sin poder evitarlo ni esconderlo. Eso era más extraño todavía que el frío que helaba el alma de Fjalar, pues Nenya destacaba, además de por una habilidad sobrenatural para emplear las herramientas celestes, por ser una roca hecha persona. Nada parecía afectarle, ni siquiera los esfuerzos de Kiki, maestro del par, por poner a prueba tan notable resistencia.

Los santos de Escultor y Cincel cruzaron miradas por un momento. Aunque la máscara de Nenya impidió a Fjalar ver el rostro de esta, la forma en que se movía, con un nerviosismo impropio de ella, ya le decía mucho sobre lo que pensaba. Era lo mismo que él estaba temiendo: las almas de los gigantes, uno de los cuatro grandes ejércitos contra los que Atenea y los santos debieron combatir, estaban en Cocito. Ahora que el mundo de los muertos se había levantado en armas, era posible que los antiguos enemigos se levantaran a la par de los espectros. De repente era incluso un alivio que Akasha hubiese establecido una alianza con Poseidón.

Kiki apareció en medio del espacio que había entre el par de santos. Lo hizo sin avisar, como siempre, y a pesar de los años que Fjalar y Nenya habían entrenado bajo la tutela del pelirrojo, fueron incapaces de verlo venir.

—Vaya, vaya —saludó con una traviesa sonrisa—. Mis queridos discípulos, a quienes transmití el noble arte de la reparación de los mantos sagrados, están… ¡En el lugar destinado a reparar los mantos sagrados! ¡Inaudito!

Tras aquellos gritos sarcásticos, empezó a reír de forma exagerada y falsa, para vergüenza de los antaño pupilos. En parte, sabían que merecían el sarcasmo, pues tardaron demasiado en reparar el manto de Acuario. Sin embargo, Kiki tenía la sorprendente habilidad de parecer culpable aun cuando tenía razón.

—Maestro, permitid que os recuerde que todos los mantos están en perfecto estado en la actualidad. No teníamos trabajo que…

—¡Silencio! —chilló, frunciendo el ceño y golpeando a Fjalar con el bastón. Aquella actitud, como de anciano huraño, hacía más notables las hebras plateadas del cabello, signo de la maldición que recibió al tratar de romper la mente de Caronte—. Si no me respetas, no me llames maestro. Llámame como te apetezca, pero no maestro. ¡Lo mismo va por ti, Nenya! Lo que me impide leer tu mente confabuladora no es esa máscara, sino el aprecio que te tengo. ¡Os vi crecer, demonios!

Mordiéndose la lengua, el maestro herrero de Jamir hizo rápidos gestos que resumían lo que él recordaba que habían sido las vidas de Fjalar y Nenya. Al verlo, el par se encogió de hombros casi al unísono, pero eso solo irritó más a Kiki, quien refunfuñaba frases sin aparente sentido sobre la confianza.

Fjalar dio un largo suspiro. No era la primera vez que desaparecían de Jamir sin avisar, pero en los últimos dos años Kiki había estado muy metido en los asuntos de la división Andrómeda y desde mucho antes en el afamado proyecto del profesor Asamori. Todos los prototipos de las armas, armaduras, vehículos y otros recursos de la Guardia de Acero habían pasado por las manos expertas del maestro herrero. En buena medida, fue con miras a ese proyecto que decidió entrenar no solo a Nenya, tan capaz en el arte de trabajar el metal como en el de la lucha, sino también a Fjalar; necesitaba que otros siguieran ocupándose de la labor que tenía como el último discípulo de Mu. A veces incluso les permitía quedarse con el mérito, de tan distraído que estaba en heréticas ocupaciones. Otras, se atribuía por la misma clase de despiste la labor que ellos dos habían llevado a cabo. La situación alcanzó su máximo descaro durante el exilio de Akasha y, cuando esta entró en coma y Kiki decidió recordar que era un maestro, regresó sin dar la más mínima explicación. Fjalar podía perdonarle, después de todo era su padre y la razón por la que había llegado a vestir el manto de Escultor, incluso si llevaba ya un par de años siendo un herrero talentoso. Pero desde su regreso, a cada escapada de sus hijos, peor reaccionaba quien antes ni se daba por enterado.

Dos posibilidades venían a la mente del santo de Escultor. La primera era que al fin su padre tenía tiempo para fijarse en ellos como en algo distinto a trabajadores sustitutos; la segunda, un poco más amable, era que siempre estuvo consciente de las idas y venidas del par, y ahora estallaba. En verdad se había portado con ellos como algo parecido un padre, en cuerpo y mente, por lo que saber, no que ya que no contaba con la obediencia de dos hijos díscolos, sino que tampoco era respetado por esto, debía dolerle.

—¿Y bien? ¿No van a decir nada?

—No —dijo Nenya.

—¿No? —Kiki, más sorprendido que enojado por una respuesta tan directa, tardó en asumirla—. Esta es mi casa, ¿sabéis?

—No —dijo Nenya de nuevo, esta vez descolocando incluso a Fjalar—. Tu lugar está con Azrael, el profesor Asamori, Ludwig von Seisser, Gestahl Noah y Adrien Solo. Te has encargado personalmente de convertir la Guardia de Acero en tu nueva vida.

—¿Ahora os molesta esto? ¿De verdad? ¿Sabéis quién es ahora Akasha?

—Siempre nos ha molestado —le cortó Nenya con especial brusquedad—. Esperábamos que como nuestro maestro te dieras cuenta, tal vez te sobrestimamos. ¿Negarás acaso que has descuidado por completo Jamir?

—¡Es la Suma Sacerdotisa! Y aprueba este proyecto.

—No es ahora, con el enemigo entrechocando armas en la frontera, cuando el Santuario entenderá las consecuencias de transmitir la ciencia de los Mu a los hombres. Será más tarde, cuando los sobrevivientes entiendan que ya no hay vuelta atrás.

Poco a poco, la irritación del pelirrojo se achicaba a la vez que este retrocedía y bajaba la cabeza. Ni siquiera asía el bastón bien, lo que provocaba en Fjalar un cierto sentimiento de culpa. ¿Estaban juzgando con justicia a quien desde un principio actuó por el bien del Santuario y del mundo? ¿O solo pretendían devolverle un poco de los últimos años, en los que se sintieron utilizados?

Pero Kiki, maestro en malicia aun antes de que aquellos adolescentes dejaran de ser cargados por sus madres, pronto recuperó la compostura y preparó un discurso que habría de cambiar las tornas. Solo la aparición de un gran cosmos impidió que el juego de reproches prosiguiera en aquel tiempo en el que cada segundo valía oro.

—Nadie te está juzgando, gran maestro de Jamir.

La torre sin puertas brilló como el oro antes de que Ofión de Aries, quien estaba en el interior del edificio recolectando las herramientas celestes, minerales estelares y otros recursos indispensables para la reparación de los mantos sagrados, apareciese frente a los tres. Un gran resentimiento dominó la inquieta mirada de Kiki al observar los ojos rasgados de aquel, tan fríos e inaccesibles por grande que fuera la amabilidad que mostraba en forma de palabras y gestos.

No era un secreto para el Santuario que la caótica personalidad de Kiki se debía a haber visto truncado el destino de convertirse en el nuevo santo de Aries. Por muchos años, sintió que había fallado a quien lo cuidó y entrenó desde siempre. Y esa sensación de fracaso empeoró el día en el que un muchacho del montón, al que el Santuario ni siquiera había marcado a pesar de la intensiva búsqueda instigada por Akasha luego del Cisma Negro, apareció vestido con el primer manto zodiacal. Para el que fue primer y único discípulo de Mu, ver ese rostro común sobre los cuernos del Carnero Blanco, clamando al Sumo Sacerdote que era uno de los santos de oro, fue similar a la maldición que recibió de Caronte. Un cruel recordatorio de su fracaso.

—Ofión de Aries, como de costumbre, destacando. —Aunque el manto dorado lo protegía por completo, llevaba la caja de Pandora colgando de la espalda a modo de mochila. Kiki podía percibir que allí había guardado las herramientas celestes; el resto de recursos de herrería debía haberlos teletransportado a algún lugar seguro directamente—. Y dices que no me están juzgando. ¿Es eso cierto, chicos?

—Nosotros lo hacemos —dijeron, a un mismo tiempo, Nenya y Fjalar.

Tanto Kiki como Ofión parpadearon frente aquella muestra de compenetración. El santo de Aries hizo amago de dar algunas amables palabras, pero fue interrumpido por la sonora carcajada del maestro herrero de Jamir.

—Vaya, vaya. ¡Si hasta a Fjalar le he sacado algo de valentía en estos años! ¡Qué tiempos cuando de verdad creía que si no cumplía las tareas diarias haría caer sobre él un meteorito! —gritó a pleno pulmón, apropiándose como si tal cosa del crecimiento de aquel diligente discípulo—. Así que no me contaréis qué habéis estado haciendo todo este tiempo, ¿verdad? Porque no soy un santo…

—También yo lo desconozco.

—¡Nadie te preguntó, Ofión! —exclamó Kiki sin mirarle—. Estoy hablando con…

Un fuerte viento barrió la cima de la montaña, obligando tanto al maestro herrero cuanto a los demás a ponerse en guardia y abandonar la conversación. De forma repentina, el frío que había penetrado en el alma de todos desde que llegaron a allí, se materializó en una fina capa de hielo que no solo recubrió cada palmo de tierra, sino también la torre. Fjalar y Nenya tenían que oponer a aquella helada todo el poder que poseían para evitar que los mantos de Escultor y Cincel fueran destruidos.

Más allá, en la única y terrible entrada a Jamir por tierra, el llamado cementerio de las armaduras, los presentes percibieron el despertar de una antigua fuerza. De inmediato, Kiki, que se enorgullecía de ser llamado maestro herrero de Jamir, levantó una portentosa barrera contra la que chocó media docena de bólidos supersónicos.

—¿Así que Cocito usará las almas de los santos muertos, eh? —dijo Kiki entre dientes. Mantenía la palma apuntando hacia el Muro de Cristal que había conjurado, viendo cómo otros guerreros de piel pálida y armaduras descoloridas se unían a los primeros seis. ¡Eran los cadáveres de quienes en el intento de reparar los mantos sagrados, muertos en combate, murieron a merced de meras ilusiones!—. No vais a pasar…

Atrás, mientras las botas doradas de Ofión se separaban del suelo, Fjalar y Nenya se posicionaron en los flancos del maestro herrero de un salto. Podía ser un diablo rojo, por título y por acciones a cual más condicionada y herética, pero como discípulos de aquel, hijos aun si no lo eran por sangre, no iban a abandonarlo en un combate.

Kiki lanzó alguna bravata mal pronunciada cuando vio dos veces conjurado el Muro de Cristal, sin embargo, justo en ese momento ya eran cincuenta los guerreros helados que estaba conteniendo, y fue grande el alivio que sintió gracias a la ayuda de los diligentes y hábiles discípulos. Las tres barreras se inclinaron hasta chocar unas con otras, formando una suerte de pirámide que mantenía aprisionados a muchos enemigos.

Del resto de guerreros helados, que cabalgando soplos de viento frío pasaron por encima de la técnica combinada de los tres herreros, rindió cuenta Ofión de Aries. El poderoso santo, flotando de tal modo que el sol le golpeaba la espalda, liberó de los dedos dorados diez hilos luminosos que enseguida se clavaron en la piel de los enemigos, a quienes con un solo movimiento despedazó con terrible facilidad. En menos de un parpadeo, decenas de brazos, piernas, cabezas y torsos llenaron el suelo congelado, mientras la inmensa Pirámide de Cristal se achicaba aplastando a quienes había en el interior, que carecían de la fuerza suficiente como para oponer resistencia.

—Ah, perdóname Atenea… —murmuró Kiki, evitando que Fjalar y Nenya lo vieran. ¡No fueran a creer que se sentía orgulloso de ellos en ese día, en el que eran más rebeldes que nunca!—. Detesto a ese hombre. De verdad lo detesto.

Ofión se había alzado en el aire como las aves, y aunque aquello era algo que Kiki podía hacer desde que era un crío, el áureo manto que lo cubría volvía la postura más digna y solemne. La sombra del santo de Aries cubría la tierra congelada, en la que los cadáveres de unos cincuenta guerreros estallaron de repente en un sinfín de partículas. Estas, poseedoras de un poder proveniente del mismo Hades, se proyectaron a la velocidad de la luz sobre el guardián del primer templo.

—¡Detrás de ti! —gritó Fjalar, tarde. Un guerrero gigante ya se había manifestado a la espalda del santo de Aries, quien sin embargo no volteaba—. ¿Por qué…?

El ente desenvainó una espada envuelta en vapores fríos, pero antes de que pudiera emplearla para decapitar a Ofión, sendos hilos surgieron de los castaños cabellos de este, atando con fuerza inusitada el brazo armado del gigante.

Los ojos verdes del santo de Aries brillaron, indicando a los expectantes herreros lo que estaba por venir. Un segundo después, el cuerpo del gigante fue lanzado contra la tierra con tal fuerza que los hilos de luz temblaron, pero no cayó, sino que logró recuperar el equilibrio a tiempo. Alzando la cabeza, oculta bajo el yelmo, clavó los gélidos ojos en quienes flotaban en las alturas: no solo Ofión, que llevaba el sol por manto, sino también Kiki, Fjalar y Nenya, quienes se habían teletransportado en el momento preciso. Un sonido desagradable, como garras de bestia arañando una pizarra, emergió del rostro sombrío del ente, y todos los guerreros helados derrotados se alzaron de nuevo, entre los afilados picos de roca en que perdieron la vida.

—¿Es necesario? —preguntó Kiki, por primera vez suplicante.

Fue una pregunta vana, por lo que Ofión ni tan siquiera se molestó en responderla. Más de cien guerreros helados respaldaban a la Abominación, cuya espada traía el frío del cero absoluto. Había muchos cadáveres en las cercanías de Jamir durante el tiempo que Mu vivió como un ermitaño, pero eran más, muchos más, los que habían muerto en esas tierras. Lo demostraba el hecho de que durante los últimos veinte años el Santuario se había ocupado de extraer del cementerio de armaduras los huesos, para incinerarlos, y los mantos sagrados, para repararlos. Y aun así, Cocito había creado cuerpos para muchos de los santos que allí murieron a partir de la nada. No necesitaba un cadáver. En un instante fugaz, Kiki comprendió que su hogar era demasiado peligroso en una guerra contra las fuerzas del Hades, aunque no por eso aceptó lo que ocurrió.

El cosmos dorado de Ofión alumbró Jamir por entero, para luego transformarse en los letales Husos Desgarradores. Miles de hilos pasaron entre los guerreros helados que chocaban contra las barreras que al tiempo levantaron Kiki y sus discípulos, clavándose una y otra vez en la Abominación, avatar mermado del río Cocito. A la velocidad de la luz, la tremenda energía del santo de oro dibujó la constelación de Aries sobre el amplio pecho del enemigo, la cual ardió más allá del aura vaporosa que lo cubría.

—Vámonos —dijo Ofión, observando cómo el ente se retorcía en un vano intento de evitar explotar—. Ya no hay nada que nos una a este lugar.

El santo de Aries voló como una estela luminosa a algún otro rincón del mundo, pero los herreros sí que se permitieron ver, desde la lejanía, cómo Jamir, su hogar, esa parte del Himalaya que el mundo jamás conocería, era engullido por una gran explosión.

 

***

 

En un intento de seguir a Ofión, sin siquiera tener claro lo que esperaba conseguir, Kiki acabó en el sub-espacio que Kanon resguardaba. Allí estaba la Caja de Pandora con el Carnero Blanco dibujado en relieve, contenedoras de las herramientas celestes, así como algunas bolsas con materiales y un toro de oro, cristalizado. 

—Menos mal que todos los mantos sagrados están en perfecto estado, Nenya. Si llegan a estar mal, qué sería de nosotros.

Ni Nenya ni Fjalar le prestaron atención, algo que solo le molestó el tiempo en que tardó en notar que en la azotea del edificio de enfrente Garland de Tauro asía de los hombros al santo de Géminis, al antiguo Sumo Sacerdote, mientras le gritaba.

—¡Un general no pierde dos mil hombres! Puede perder las malditas llaves y el maldito cepillo de dientes si se ha hecho viejo, pero no dos mil hombres.

Los tres herreros se miraron, comprendiendo la razón por la que Ofión había ido a ese lugar y marchado después de cumplir su misión. No era esa una escena en la que nadie quisiera verse involucrado. Y aun así, ni apartaron la vista ni cerraron los oídos.

—No puedo decírselo a la Suma Sacerdotisa.

—Si no lo haces tú, lo haré yo, iré y… —Apretando los dientes con la misma fuerza con la que había cerrado el puño sobre el inflexible santo de Géminis, Garland empezó a serenarse. Tragó saliva, miró de reojo a los observadores y luego escupió hacia las calles fantasmales—. Las amazonas de Helena, los Toros de Rodorio, Tiresias, tres santos de plata… ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Desde cuándo sabes que desaparecieron?

—Es evidente —dijo Kanon, sin molestarse en apartar al ser inmenso que lo observaba con ojos sedientos de respuestas—. Desde que Triela está en Bluegrad.

—Tienes que encontrarlos.

—Estoy en ello. El espacio-tiempo es mi especialidad. Vigilar que cada quien cumpla con su papel, mi deber. La Suma Sacerdotisa también tiene una tarea, como escogiste tenerla tú. ¿Todavía necesitas ese abrigo, no?

Garland asintió, brusco, y en ese mismo instante apareció frente a Kiki y sus discípulos. En comparación al pelirrojo, delgado, no demasiado alto y apoyado en un bastón, el santo de Tauro parecía un gigante de la mitología apunto a devorar a un hombrecillo. No solo por la altura y la cara marcada por el enfado, con las blancas cejas y el cabello surcados de sudor, sino por las incontables cicatrices que había en un cuerpo más grueso y fornido de lo que debería ser posible en un ser humano. Garland no era como Docrates y Jaki, pero en ese momento aparentaba ser igual de grande.

Aun así, Kiki lo miró a la cara. Garland solo tenía un mal día. Era una buena persona, incluso había ido a Reina Muerte para ayudarles. Si ahora estaba a punto de darle un puñetazo a quien el pasado año fue su líder, se debía a la gravedad de las circunstancias. Los santos de Centauro, Lagarto y Auriga —Kiki recordaba las identidades de los que quedaban en Rodorio cuando ascendió por la montaña junto Akasha y Lucile—, desaparecidos junto a muchos valerosos soldados. No es que eso fuera a cambiar el curso de la guerra, claro, pero tampoco era algo que podía suceder sin una razón. Desde luego, era la clase de cosa que tendría que comunicarse a quien representaba a Atenea en la Tierra, si dicha persona no debiera estar en ese momento aislada de toda clase de preocupación, como Akasha llegó a comunicarle.

—¿Son tus discípulos? —preguntó Garland, casi gruñendo.

—Son mis hijos —replicó Kiki con el rostro erguido. Atrás, los santos de Cincel y Escultor lo imitaban, poniendo además los brazos en jarras.

—Tienes muchos hijos tú. 

Kiki no pudo evitar reír.

—Akasha, quiero decir, la Suma Sacerdotisa, opina lo mismo.

—Bueno, como un potencial santo de oro, tienes mucho que dar —dijo Garland, rascándose la cabeza. Se estaba calmando. Un poco—. Necesito mi abrigo.

—¿Te refieres a…?

—Mi manto, sí, el manto de Tauro. Repáralo.

Solícito, Kiki observó el toro cristalizado con los sentidos que poseía como heredero del pueblo de Mu, confirmando su primera impresión: estaba muerto.

Cuando el maestro herrero de Jamir giraba la cabeza para dar la noticia, dos gritos le hicieron mirar en cambio a sus discípulos. De Nenya, por la máscara, no podía estar seguro, pero Fjalar tenía la boca tan abierta como para tragarse un enjambre de moscas, si es que en esa extraña ciudad en la que estaban las había. Miró entonces hacia Garland y él mismo gritó abriendo mucho los ojos y la boca. ¡Garland acababa de morderse uno de los brazos! Lo hizo con saña y debió encontrar la vena, pues desde la herida piel manó sangre a raudales, tiñendo de rojo los dientes y la oscura piel del santo de Tauro.

—Rápido. ¡Rápido! —exigió Garland—. Antes de que se regenere.

Impelidos por la urgencia que aquel les transmitía, los tres herreros movieron el toro cristalizado hasta los pies de su guardián. Solo entonces Garland soltó su brazo, en apariencia desgarrado por las fauces de una bestia, y dejó así caer la sangre sobre el tótem. La sangre de un genuino santo de Atenea, primer requisito para revivir un manto sagrado tan dañado que ya no albergase vida en su interior. Kiki comprendía lo que el Gran Abuelo hacía, pero no la forma en que decidió hacerlo.

—Tengo que controlar mi temperamento —murmuró Garland al sentirse observado en exceso por el maestro herrero de Jamir—. ¿Cuánto tiempo?

—Menos de una hora —contestó enseguida Kiki, al tiempo que Fjalar abría la Caja de Aries y recogía los instrumentos. Nenya se ocuparía de los sacos donde guardaba el polvo de estrellas y otros recursos—. La guerra ha empezado… ¿cómo?

Garland no respondió. En lugar de eso, impaciente, mordió el brazo libre y dejó que más sangre cayera sobre el tótem taurino. Un tercio debía perderse si quería revivirlo, y la primera herida estaba empezando a regenerarse, tal y como había advertido.

—Deja de mirar mis cicatrices, mujer —pidió Garland sin mirar a Nenya. No es que mirarla la hubiese cambiado nada, por la máscara—. No nací siendo inmortal.

Nada más dijo el santo de Tauro, concentrado como estaba en la misión que llevaría a cabo una vez pudiera vestir de nuevo el manto de oro. Los herreros, aun con mil preguntas rebullendo en sus mentes, decidieron ponerse manos a la obra.

 

Entretanto, Kanon contemplaba con preocupación el portal sur. A las fuerzas de Azrael se les unían las de lord Folkell, pero seguían lejos de la Torre de los Espectros, donde la impaciencia crecía por minutos.

«Apreciad ese tiempo, insensatos —deseó decirles el antiguo Sumo Sacerdote, conformándose no obstante con haber informado a Ishmael de que Yu de Auriga no acudiría pronto—. No sabéis lo que os espera.»

La presencia del inframundo era poderosa en Asia. Destruir Jamir no había servido de nada, la Abominación era ahora una fría tormenta que helaba cada palmo de tierra en que un guerrero sagrado hubiese muerto en el pasado, cada montaña en que pudiera hallarse sellada el alma de un gigante. Solo la presencia de Shun de Andrómeda evitaba que el Lamento de Cocito condenase todos los pueblos y ciudades a una nueva edad de hielo, un pequeño aporte para quien aseguró que no formaría parte de esa guerra. Sin embargo, Kanon estaba convencido de que el rumbo tomado por el enemigo era el que deseaba seguir. Para reunir fuerzas, aplastar todos los obstáculos y al final destruir a toda la humanidad. Anunciaron trece días de guerra. Y este era solo el primero.


OvDRVl2L_o.jpg


#222 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

  • 887 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Acuario

Publicado 26 marzo 2021 - 19:38

Capítulo 69. No haré chiste sepsual por el número del episodio... ¿o sí?
 
Vaya, ahí los santos metidos en un Limbo para partir hacia los diferentes puntos de la guerra.
 
Vemos a Kiki interactuar con sus otros discípulos, sus otros 'hijos' que no alcanzo a entender si también tendrán los puntitos "lemurianos" o no XD
Y al fin vemos a OFION DE ARIES, hola, mucho gusto. ¿Qué estaba haciendo en Jamir? ¿Acaso él también sabe cómo reparar mantos? Digo, se esta llevando herramientas por lo que... ¿supongo que sí?
Recuerdo que dijeron que estaba desaparecido y pues yo ahí lo estoy viendo al vago... o esta escena es antes de eso? Confusión.
Vemos que Ofion usa hilos para pelear, recordándome a Walter de Hellsing (pero pues multiplicado por un santo de oro, claro)
Si de por si Kiki odia a Ofion, el forro hizo explotar su casa jaja que mal rollo... ojala las avalanchas que eso haya causado no hayan matado a nadie que anduviera de explorador o aldeas montaña abajo jaja.
 
Qué bárbaro se ha de ver visto Garland mordiéndose los brazos para sangrar O.O
 
Nos enteramos que Kanon perdió 2000 personas en sus portales jaja, qué bien Ex-Sumo sacerdote.
 
Apenas estamos en el primer día de la guerra y no ha habido muertes de personajes con nombres.
 
PD. Buen cap, sigue así :3

ELDA_banner%2B09_.jpg

 

EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#223 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,479 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 29 marzo 2021 - 11:20

Saludos

 

Seph Girl.

Spoiler
 

 

***

 

Capítulo 70. Frente oriental

 

Los barcos de la Alianza del Pacífico no podían atracar en el continente Mu, así lo declaró Munin desde el navío insignia al observar los escarpados acantilados que se extendían de norte a sur hasta donde alcanzaba la vista. Sin esperar confirmación de parte de Sorrento y Dione, la nereida de perlada armadura, comenzó a ordenar a los suyos que saltaran sin más a tierra. Los que no pudieran superar los cientos de metros de altura de los acantilados, por lo menos debían ser lo bastante rápidos y ágiles como para correr a través de ellos sin que la gravedad hiciera lo suyo. Una prueba de valor.

De los oficiales de Hybris que había en el barco, nueve se apresuraron a acatar las órdenes y uno las ignoró por completo. El caballero negro de Lebreles, semejante en apariencia al predecesor de Mera, Asterión, arrancó un pedazo de roca del acantilado, larga como un hombre, lo aplanó en uno de los lados mientras lo acercaba al borde de la cubierta y saltó hacia la pétrea tabla, todo en tan solo un segundo. A Munin no le dio tiempo de recriminarle, pues con una sonrisa en los labios, el díscolo oficial salió volando, directo al acantilado. Otros como él, o más bien otras, sombras de Mosca, siguieron su estela saltando de barco en barco para finalmente saltar hasta llegar a la altura del caballero negro de Lebreles. Entonces, este y las Moscas Negras descargaron su fuerza mental sobre la roca. Si no contaban con una playa, la crearían sin más.

—¿Un surfista aéreo? ¿Eso es lo mejor que se te ha ocurrido para imitar a Hipólita, Miguel? —Munin de Cuervo Negro era incapaz de creerlo. No era que no estuviesen siendo efectivos, ni que fuera una proeza considerando que había cinco caballeros negros de plata implicados, pero las maneras eran vergonzosas—. Siento que tengáis que ver esto. Gran General. Señora Dione.

La voz de Munin no llegó al líder del ejército marino, por los estridentes ruidos que hacían sus subordinados al atacar y la subsecuente avalancha. Decenas de rocas salían volando, siendo usadas por las Moscas Negras a modo de plataforma para mantenerse en el aire y seguir atacando. Poco tiempo después, ya tenían una playa en la que atracar.

Al menos eso fue lo que el caballero negro de Lebreles afirmó antes de que Munin le ordenara vigilar lo que fuera que creó durante el resto de la guerra.

«La insubordinación es la insubordinación —pensó Munin, mirando con el mismo semblante serio a las sombras de Mosca—. ¿Cómo le habría ido a Makoto si Hybris hubiese contado con un caballero negro de Mosca y no mujeres? Ah, malditos santos de Atenea, tienen una suerte de mil demonios.»

Esperaba recibir un poco de ella ahora, que trabajaría como un aliado de ellos.

 

***

 

Para cuando Ofión de Aries se dignó a recibirlos, Munin estaba respaldado por doce de los mejores oficiales de Hybris, si se descontaba a Cristal, quien sería destinado al frente occidental junto a los caballeros de Ganímedes, y Miguel. Al Gran General, por el contrario, solo lo acompañaba el mago Oribarkon. Dione se había quedado atrás para mantener la seguridad de la flota hasta que estuvieran bien informados de cuanto acontecía en aquel continente surgido de las profundidades del inframundo. Era fundamental, puesto que más allá del punto en el que estaban, la playa que habían creado, todo era niebla. Una bruma densa, difícil de atravesar hasta para percepciones tan desarrolladas como la suya. Solo las elevadas montañas podían distinguirse en esa tierra, la antigua morada del pueblo perdido de Mu.

El guardián del primer templo no dio tanta información como cabría esperar después de tres días de investigación, pero lo peor no era eso, sino que lo poco que decía sonaba a un disparate. Una cosa eran los fantasmas, Munin de Cuervo podía aceptar que Leteo creara fantasmas, así como el Aqueronte levantaba muertos vivientes como soldados, Cocito guerreros helados también llamados espectros y Flegetonte monstruos. El pueblo de Mu era poderoso en mente y en espíritu, de nada serviría a Leteo darles un cuerpo, incluso si era posible. Es más, resultaba más práctico no dárselos. ¿Un ejército de seres inmateriales capaces de hacer daño sin que otros puedan devolver el golpe? ¿Qué rey no desearía algo así? Y si además de luchar podían trabajar el metal como ningún herrero sobre la faz de la tierra podía desde su desaparición, era posible mandarles crear tesoros invaluables, como nuevos mantos sagrados o…

—¿A qué te refieres con máquinas? —preguntó Munin, sin poder creerse lo que acababa de oír—. ¿Te has enfrentado a un robot?

—Les llaman ingenios mecánicos —repitió Ofión, seco.

—Un robot es un robot —insistió Ofión, para luego dar la vuelta—. ¿Oribarkon?

El mago, lejos de prestar atención a lo que se decía, estaba sentado con los pies cruzados con un cofre de lo más extraño. Tenía la imagen en relieve de siete criaturas legendarias, insignias de los generales de Poseidón, y no dejaba a nadie, ni siquiera a Sorrento de Sirena, acercársele. Munin se guardó de dar demasiados pasos hacia el estrafalario telquín, pero siguió mirándole ceñudo hasta que le sacó una explicación.

—Los Mu crearon seres vivos a partir del metal y los llamaron mantos sagrados. ¿Crees que no probaron toda clase de caminos antes de copiar mi trabajo? —Oribarkon carraspeó de repente—. Perdón, quise decir, antes de que contaran con la guía de Atenea. Para nada se inspiraron en las escamas de nuestra gente para crear los mantos sagrados, para nada lo hicieron. Los Mu no hacen nada malo. Nunca.

A Munin no le interesaba demasiado el santo de Aries y sus descabelladas historias. Prefería recibir las explicaciones de Oribarkon, lo que hablaba muy mal de la situación.

—¿Crearon los Mu máquinas vivientes? ¿Vamos a enfrentarnos a un robot gigante como en un cómic ochentero? ¡Dímelo! Quiero saberlo. Por los viejos tiempos.

De la incredulidad pasó al enojo, del enojo a la exigencia y de allí bajó a la humilde curiosidad y una súplica de lo más falsa. Oribarkon sacudió la cabeza.

—¿Cómo quieres que me acuerde? Mi memoria no es lo que era.

—Creía que no perdiste tantos recuerdos y estabas en proceso de recuperarlos.

—Entre la petición del Segundo Hombre y la del santo de Libra no me ha dado tiempo. ¿Por qué no vas tú a ver si hay un robot de esos? Yo no me moveré hasta que sea estrictamente necesario. Tengo una misión muy, muy importante.

Munin estuvo tentado de gritarle, pero entonces cayó en cuenta de que los oficiales que trajo lo miraban, y también Sorrento y Ofión. Estaba actuando como un capitán de pacotilla cuando el Viejo le había dado plena autoridad en ese frente. Él tenía que organizar la estrategia a seguir en el continente junto a Sorrento y el santo de Atenea. Debería estar tomando decisiones con ellos en lugar de pensar en idioteces. 

 

Así, los tres dirigentes de la Alianza del Pacífico hablaron largo y tendido de la situación, interrumpidos de vez en vez por sucesos a cada cual más inesperado. Una estela dorada barriendo el cielo, una Abominación de Leteo repeliendo el primero de varios intentos por parte del santo de Tauro, Damon arrastrando aquella Abominación brillante como un sol hasta situarla allí donde deseaba, más intentos de lucha infructuosos de parte del guardián del segundo templo zodiacal y la repentina aparición de una bellísima sirena y el santo de Tigre, quienes resultaron no ser tales, sino la capitana de los guerreros azules y un Lord del Reino. Katyusha se molestó en explicar la particularidad de su armadura, pero no así Baldr, quien reaccionó con una mueca despreciativa a la curiosidad de Munin por saber a qué reino se refería.

Entonces, de forma brusca, Ofión mencionó que debía irse y desapareció antes de que nadie pudiera opinar nada al respecto. También lo hizo Sorrento, entre murmullos sobre lo inquieto que estaba el mar y otros comentarios de mal agüero.

—Bueno, queda suspendida la reunión estratégica hasta nuevo aviso —se decidió a decir Munin antes de empezar a dar instrucciones a sus subordinados—. Dorer, ocúpate de levantar el campamento, serás su guardián  y máxima autoridad; solo me respondes a mí. Eren, reúne a todos los sabuesos de Hybris, excepto Miguel, él ya tiene una tarea pendiente. Sham, tú y tu escuadrón de arqueros respaldaréis a Eren en una misión de reconocimiento. El resto podéis volver a vuestros navíos y esperar nuevas órdenes. ¿Lo habéis entendido? —Los caballeros negros de Cerbero, Orión y Flecha dieron una respuesta afirmativa muy sonora, los demás solo un cabeceo—. ¡Pues adelante!

Todos obedecieron con igual decisión, incluso si algunos estaban decepcionados por venir ahí para nada. Munin no tenía intención de sacarlos de su error solo para decirles que veía peligro en aliados. Lo cierto es que hasta él se sentía ridículo. ¿De qué servirían esos patanes si el Gran General Sorrento se hubiese decidido a partirle la cabeza? ¿Y Ofión, con ese manto reluciente a pesar de los días vagando entre la niebla y las noches durmiendo al raso? Desde luego, Munin de Cuervo Negro era un líder lamentable a pesar de ser uno de los seis jefes de Hybris, pero de todas formas, era todo lo que tenía esa gente en el Pacífico y no estaba mal ejercer la autoridad de vez en vez.

—Oye, satánico, te estoy hablando —insistió por tercera vez Katyusha.

—¿A quién llamas satánico? —dijo Munin, airado. Junto a la capitana de los guerreros azules, Baldr esbozó una fugaz sonrisa burlona—. ¡Soy un caballero negro!

—Bueno, no estoy muy segura de a quién adoran los caballeros negros…

—¡A Atenea, por supuesto! La servimos. A nuestra manera.

—Como sea —dijo Katyusha, restándole importancia con un gesto—. Te estaba diciendo que cuando un capitán da una orden a sus soldados, debe preguntarles si se ha explicado bien, no si lo han entendido, porque la responsabilidad de ser claro es tuya.

—Tú eres capitana, yo soy más que eso —aseguró Munin, quien no obstante se atragantó al continuar, cohibido por la manera en la que la guerrera azul lo miraba. Pudo recuperar el control dando un salto atrás y apuntándolos a ambos con el dedo—: ¡Soy Munin de Cuervo Negro, uno de los seis líderes de Hybris y comandante en jefe de la Flota Negra del Pacífico! ¡Recordadlo bien!

En ese momento Eren regresaba acompañado de caballeros negros de Lebreles, Can Mayor, Can Menor, Lobo, Zorro y León Menor, dando fuerza a sus pretensiones. Con medio segundo de retraso se unió el escuadrón Robin Hood, nombre que Munin jamás diría en voz alta pero que a Sham de Flecha Negra le pareció estupendo para referirse a sus hombres por la labor que llevaban a cabo. Eran un total de diez tiradores excelentes, nueve asemejados a Emil y otro al anterior santo de Flecha, como fuera que se llamase. Sham llegó a ser caballero negro antes del Cisma Negro. Un veterano.

«Y un debilucho —guardó Munin para sí—. Será mejor que les acompañe.»

Debió ser muy evidente su intención, porque no estaba terminando de abrir la boca cuando Katyusha le puso la mano en el hombro.

—Si dices que eres el comandante del ejército, no puedes ir a luchar a territorio desconocido. Espera a que tus capitanes te informen.

La joven siberiana veía a Eren y Sham. Ninguno comentó nada.

—Tú tienes tu manera de hacer las cosas y yo las mías —gruñó Munin, apartándose. Sin mirar a los hombres reunidos por Eren y Sham, dio la orden esperada—: ¡Esta es una misión de reconocimiento! ¡Si veis al enemigo no entabléis combate a no ser que sea para proteger vuestras miserables vidas!

—Podemos echaros una mano —gritó Katyusha. Todos los caballeros negros corrían hacia la niebla, excepto Munin. Él estaba invocando un eidolon tan blanco como la nieve siberiana—. A eso he venido.

—Como quieras, mujer —dijo Munin a la vez que el cuervo de cosmos graznaba y echaba a volar—. Cuatro brazos siempre vienen bien a… —Dándose cuenta de que no había contado a los hombres reunidos para esa misión, Munin soltó una maldición.

—Bueno, no sé si mi compañero tendrá lo que hay que tener para la lucha —comentó, burlona, Katyusha a la vez que Baldr hacía una mueca.

Munin ni se dio por enterado del intercambio de miradas, lo cierto es que incluso olvidó el ofrecimiento de la capitana de los guerreros azules al seguir la estela de su pequeño ejército. Lo último que se oyó del caballero negro de Cuervo en ese lugar fue apenas un murmullo, oído no obstante con claridad por el fino oído de Katyusha:

—Si al menos se pusiera una máscara. Atenea es sabia.

 

***

 

Katyusha no pudo menos que reír a carcajadas por el comentario, asustando sin pretenderlo a Dorer de Cerbero Negro y quienes le ayudaban a montar un campamento en la playa menos natural que había visto en toda su vida. ¡Ponerse una máscara! Era bueno que en la guerra hubiera tiempo para hacer chistes, pero eso era demasiado.

Demasiado para ella, no para el serio y molesto Baldr.

—El líder que va de cabeza a lo desconocido no es valiente, sino idiota.

—Se me da bien proteger la vida de los idiotas —comentó Katyusha con una sonrisa llena de confianza—. ¿Me acompañas o prefieres montar tiendas de campaña con Doritos? —preguntó con aquel tono burlesco tan suyo.

En un gesto inesperado, Baldr se le puso en frente y la agarró del cuello, alzándola hasta diez centímetros por encima del suelo. Era un hombre bastante alto, según pudo comprobar ahora. Y fuerte. No le sería fácil liberarse ahora que lo había provocado.

—Dudar del valor de un hombre del Reino, incluso si este es un simple comerciante que sobrevive merced de caprichosas tormentas y bandidos sin ley, justificaría que ese hombre te mate así lo haga mientras duermes plácidamente.

—Tuviste tu oportunidad de mostrar tu valor.

—¿En vuestro torneo amistoso? —preguntó Baldr, empleando un tono sarcástico—. Si el nuevo Señor del Invierno y lord Folkell respaldados por toda la guardia real y los berserkers hubiesen participado como un solo grupo, me habría planteado unirme.

—¿Te ves a la altura de mi tío, es decir, del rey Alexer? —preguntó Katyusha, atónita.

—Me considero muy fuerte.

—¡Cuánta humildad!

—¿En tu tierra las mujeres aman a los hombres humildes?

—No aman a los presumidos, desde luego.

Aquel último comentario hizo sonreír a ambos, pero solo Katyusha lo mantuvo a partir del momento en que silbó. Entonces, todo el cuerpo de la guerrera azul brilló como el sol y Baldr apartó la mano que la sujetaba por acto reflejo. Katyusha cayó al suelo con elegancia y empezó a acariciarse el cuello sin prestar atención a la burbuja de agua que cubría la cabeza entera de Baldr, negándole cualquier soplo de aire.

—Ni siquiera tengo marcas, ¡qué hombre tan blando! ¡Céntrate en tu trabajo, Doritos! —exclamó mirando al curioso caballero de Cerbero Negro, un momento de distracción que bastó para que todo cambiara al devolver su atención a Baldr. El rostro del sujeto permanecía imperturbable en el agua y la mano que acercaba a la burbuja para hacerla desaparecer, la misma que acababa de hacer contacto por un segundo con dieciocho mil grados centígrados, ni siquiera estaba negra—. El fuego no te quema y no necesitas respirar. Sí que eres fuerte. Serías un rival digno para un Señor del Invierno.

La mano de Baldr se llenó de una energía del color de la sangre, reduciendo a una nube de vapor su Prisión Marina. No lucía enfadado, al contrario.

—Te habría podido arrancar la cabeza en el tiempo que tardaste en dar ese silbido, pero florituras aparte, luchar contigo habría sido divertido.

—Opino lo mismo.

—Quien te venciera en ese torneo, tendría tu mano.

—En eso no estoy de acuerdo.

—Tú misma lo dijiste. La noche anterior.

—¿Lo dije? —Extrañada por la insistencia de Baldr en aquel disparate, trató de hacer memoria, hasta que rememoró cierta conversación con Nadia cuando acababa de levantarse—. Estaba borracha, hombre, digo muchas tonterías cuando tomo. A la chiquilla de pelo azul que iba con mi hermano hará dos años le grité que mi padre era Zeus antes de darle una tunda. Y mi padre era lampiño, como un bebé.

—¿Bebiste hasta el punto de emborracharte antes de luchar? —repitió Baldr. Tal vez sorprendido, tal vez admirado. Era difícil decirlo.

—Si dije eso, ya lo creo que sí. ¿Habrías luchado si no lo hubieses oído?

—Deseaba luchar porque lo había oído, por eso salí de la ciudad durante el torneo.

Una vez más, Katyusha dejó escapar una risa. La curiosidad por ver un continente nuevo y el deseo de ayudar a un aliado insensato eran apenas susurros en su cabeza.

—Creía que lord Folkell era tu amigo. ¿Le arrebatarías a su prometida?

—¿Me ves como un hombre capaz de hacerlo? ¿De tomar de su propio hermano sus tierras, sus ejércitos, su castillo y hasta su nombre y el amor de sus padres?

—Ya que has sido tan específico… —Katyusha solo tardó medio segundo en asentir, muy segura—. Excepto en lo de amor, no tienes cara de hablar de esas cosas.

—Me tienes bien calado —aceptó Baldr con una maliciosa sonrisa.

—¿De verdad hiciste todo eso?

—Así lo ven en el Reino. Mi hermano, el heredero legítimo, murió y yo ocupé su posición. Desde entonces consideran que cualquier maldad de la que un hombre es capaz yo podría emplearla contra ellos.

—¡Qué terrible amigo serías!

—Qué terrible amigo soy —corrigió Baldr con especial énfasis—. A pesar de ello, Folkell confía en mí y trata de inculcarme los valores que debo tener, como molestarme porque una mujer insinúe mi cobardía, luchar con honor y toda esa sarta de sandeces de los buenos hombres. No sabe que en el Reino solo él lo es.

Katyusha planeó hacerle una broma de mal gusto, para ver hasta qué punto podía provocarlo, cuando  un grito desgarrador se oyó desde las profundidades de la niebla.

—Tus idiotas —murmuró Baldr—. ¿No vas a defenderlos?

—Primero tenía que ver qué clase de hombre eras —repuso Katyusha.

Baldr sonrió.

—Piensas que puedes confiar en el amigo de tu prometido, ¿eh?

Katyusha correspondió su sonrisa y extendió la mano hasta el peto níveo de aquel Lord del Reino. El dedo extendido, terminado en una uña alargada para desgarrar la carne, pretendía tocar el oscuro corazón que había detrás. Tal vez para parar sus latidos.

—En mi vida, he luchado para dictadores y libertadores, para los que defendían a capa y espada el lado derecho, central e izquierdo de la política, para jefes de la policía y capos de la mafia. No hago distinciones, siempre que paguen bien, no sean un peligro para nuestra gente y no traten de engañarme, así que puedo diferenciar a un héroe trágico de un villano vil, capaz de arrancarle el corazón a la única persona que confía en él si con eso obtuviera algún beneficio. Ahora sé qué clase de hombre me cuidará las espaldas.

—Y yo sé qué clase de fuego quemará mis manos si me acerco demasiado —completó Baldr—. Estás loca, mujer. La vida de Folkell será turbulenta.

—Y triste, si para protegerlo tengo que matar a su querido amigo mientras duerme —lanzó Katyusha con una última sonrisa.

Esa también la compartieron ambos antes de lanzarse a lo desconocido como otro par de idiotas. La siberiana entre espirales de agua y fuego, al estilo de Merak, y el Lord del Reino rodeado de un aura carmesí, impropia de la armadura que vestía.

 

Dorer de Cerbero Negro los vio marchar sin saber bien quién mandaba ahora. Miró a Oribarkon mientras sus hombres trabajaban en el campamento, demasiado débiles como para tener que tomar decisiones. Claro que él no podía recriminarles nada.

—Señor, usted formaba parte de Hybris y ahora trabaja para los marinos. Tiene que saber lo que debemos hacer, ¿no? Díganoslo.

Pero el telquín no le hizo ningún caso. Se limitó a balancearse sobre el cofre al que Dorer se cuidaba bien de tocar siquiera con aliento, mirando siempre hacia arriba.
La Abominación de Leteo se parecía cada vez más al sol de ese continente.

 

***

 

Damon, Rey de la Magia, era consciente de que uno de los Nueve de Rodas lo observaba. El Jefe de Herrero de Atlantis, el único de los telquines que vivió a través de los milenios para servirle una vez más en la actualidad. Sin saberlo, claro.

Las oscuras aguas de Leteo burbujeaban recuerdos que volvían a la mente del siempre fiel Oribarkon. Este estaba extrayendo del mundo cuanto había dado al dios del olvido. Por suerte, ahora las puertas del infierno estaban abiertas. Incluso si no quedara nada de lo arrebatado a Oribarkon el pasado año, la conexión entre el más poderoso de los ríos del inframundo y la Tierra bastaría para mantener en pie a la Abominación y su proyecto. Así que no se preocupaba en matar a ese pequeño, a su hermano menor. No hacía falta y él nunca se había caracterizado por ser cruel sin tener un motivo.

—Todavía no es suficiente. Le desesperación no ha llegado al corazón de los santos. Sin desesperación no hay esperanza y sin ella mi deseo no se verá cumplido.

Damon no se dirigía a la Abominación sin voz ni consciencia, por mucho que dirigiera la mirada a esta. Mucho menos esperaba ser escuchado por el dios que olvidaba por igual plegarias y ofensas. Sus palabras, expresadas a modo de disculpa, pretendían llegar a los oídos de quienes ni tan siquiera tenían un cuerpo, como él. Pronto oyó una respuesta en el murmullo del viento que surgió desde la esfera de agua oscura, preludio de la aparición de siete espíritus sin labios para pronunciar palabra alguna. No tenían nada, aun si en el pasado lo tuvieron todo, aun si en un primer momento, al regresar las almas de los magos al mundo, lucieron la piel azul y los ojos ambarinos que los caracterizaba como telquines. La ilusión de la carne, pues eso era, una ilusión, duró un instante y enseguida fueron cuerpos de aire cubiertos por mantas viejas y dignas, asiendo con manos hechas de puro poder báculos más antiguos que el hombre. Siete hijas de la Tierra debieron sacrificarse para que los hermanos de Damon pudieran deambular por el planeta una vez más. Y él no sentía arrepentimiento por ello.

—Todavía no es suficiente, hermanos míos. Mi sueño no se ha cumplido y vuestra pesadilla ha de seguir un tiempo más. Solo un poco más.

Siete telquines volaron alrededor de su hermano mayor y rey.

—Id. Id y guiad al Lamento de Cocito hacia la prisión de sus señores. Id y despertad las almas de los hijos de la Tierra. Id y derribad la torre sellada por la hija de Zeus.

Uno tras otro, los telquines marcharon con tales órdenes, y Damon, compasivo señor de aquellos, los siguió en tal viaje, otorgándoles parte del poder por el que había regresado al mundo de los vivos como un Campeón del Hades.

 

***

 

Ningún caso hicieron los diligentes magos de cuanto vieron en el continente Mu. Ignoraron a los viejos habitantes y sus obras, aun si estos serían los primeros en entregar sus deseos al nuevo sol. Sobrevolaron a los caballeros de negra armadura, a la falsa sirena y un guerrero desconocido por todos sin sentir el menor asomo de curiosidad por estos. El heredero de Belias los miró cerca del mar con ojos implacables, llevaba ya tiempo de nuevo pisando esa tierra, tras una misión que tenía en el Asia, pero eso no tenía importancia. Tampoco importaban los temores de los marinos, pegados a sus barcos en espera de un ataque que no terminaba de llegar. Sin embargo, cuando el Gran General los vio sacó la flauta e hizo caer a uno de ellos a las profundidades del océano.

El caído permaneció oculto, sintiendo el alma de un gigante, el resto prosiguió su viaje a través del océano hasta llegar a los cielos asiáticos, donde buscaron el Lamento de Cocito en cada soplo de viento y lo unieron en una única corriente de aire. Miles de almas arrastraron de esa forma lejos, muy lejos, llenando la tierra y el firmamento con las lamentaciones de quienes antaño lucharon por un dios y murieron en tierra de nadie, sin ser enterrados ni incinerados. Los muertos de Jamir fueron los últimos en unirse, a pesar del inútil esfuerzo del heredero de Belias, y entonces los seis magos sintieron la portentosa presencia que desde el monte Lu les impedía seguir causando estragos en el mundo de los hombres. Uno de ellos fue en busca de aquel estorbo y jamás regresó.

En lo que cuatro telquines cruzaban los mil kilómetros que los distanciaban de la torre que habían de derribar, un quinto se desvió hacia algún punto en el océano. No era el más sensato del grupo, desde luego, y era mucho el tiempo que había pasado sin distraerse, no se le podía pedir más. Pequeño y escurridizo, acabó en un gran navío humano revestido con el negro metal de la antigüedad. Soldados de extrañas armaduras apuntaron hacia él cañones desde los que le lanzaban inofensivos y lentos proyectiles entre haces de energía a muy altas temperaturas, demasiado lineales para darle siquiera por accidente. Él los esquivaba con gracia, yendo a otras naves más extrañas, de las que no surcaban el océano, sino el cielo. Cazas Pegasus, según dijo el jefe de aquellos soldados, al mago le pareció tan curioso el nombre que decidió robarlos. Lo hizo con rapidez, apareciendo al lado de cada Pegasus, reduciéndolo al tamaño de un átomo y dejando que entrara en su cuerpo de aire, perdiéndose entre un par de moléculas. Uno tras otro, los cazas se iban esfumando y los humanos se volvían más y más violentos, hasta que llegó el penúltimo y le explotó en la cara, de repente.

—No piensas volar el Egeón, ¿verdad, Azrael?

—Tienes unas expectativas muy extrañas de mí, Leda.

—Yo no lo llamaría expectativas, sino certezas.

—¿Qué es cierto en esta vida?

La pregunta, incluso si no fue procesada por el pequeño mago, no podía ser más adecuada. Los soldados estaban vitoreando ante la acción de su comandante, en cuya mano estaba el interruptor que había usado para hacer estallar su pertenencia antes de verla robada, pero aquella acción fue del todo inútil. El ladrón, nada más que aire, magia y un bastón que un día fue parte de una ninfa dichosa, no presentaba más daños que manchas sobre la madera y la tela. La explosión fue lo bastante potente como para dejar el caza hecho pedazos, pero la ciencia humana no era nada frente a los telquines.

Y sin embargo, el menos sensato de los Nueve de Rodas miró al hombre del interruptor a la cara y acabó asintiendo, tanto como podía. Ya se había divertido suficiente, decidió, por lo que se fue de la nave volando con muchos tesoros, entre los que se encontraban los airados gritos de un batallón humano muy, muy molesto con él.

Los cuatro restantes llegaron a ver la torre y a percibir el aura de la muerte. No les gustaba, no les gustaba el inframundo y no les gustaban las partes del planeta tan muertas como esa prisión a la que por milenios estuvieron condenados. Pero avanzaron, entre otros muchos soldados iguales a los que su despistado hermano encontró en una nave lejana. Hicieron volar tiendas de campaña, tumbaron la comida y hasta llevaron a la muerte a más de uno, no porque pretendieran hacerlo, sino porque estaban en su camino. Uno de los magos del grupo, quizá el más perverso de todos ellos, acarició la tierra y llamó así al Aqueronte para que entrara de una vez a Naraka y echara una mano. La frontera de Naraka se tiñó así de amarillo allá donde los hombres de extrañas armas maldecían a magos y fantasmas, aplastando la calma que tuvieron por demasiado tiempo. Se oyeron disparos, se desenvainaron espadas y se arrojaron lanzas, sin que a los telquines les importara en lo más mínimo. Ni siquiera el cuarto miró atrás.

Cuando la torre parecía estar a un tiro de piedra, una flecha negra atravesó al responsable de despertar a Aqueronte. Los otros tres giraron hacia su hermano, pero para entonces este ya estaba cubierto por rayos negros y caía a la tierra sin remedio. Los tres no miraron cómo haces de luz ardiente terminaban de arrasar con el caído, sino que antes, imploraron la ayuda de Damon y el rey se las ofreció como pago a su valor. Así pudo llegar el trío hasta la torre y bloquear nuevos intentos del caballero negro de letal arco y el caballero blanco portador del fulgor solar. Un tercer integrante del grupo que protegía la cima de la torre se les escapó, un ser sin rostro que creían recordar.

No le dieron la mayor importancia, pues llegaron a la torre que habían de derribar.

 

***

 

Hugin de Cuervo, Emil de Flecha y Makoto de Mosca formaron un grupo de avanzadilla por orden del comandante en jefe de la Alianza de la Torre, como era llamado el ejército en el frente sur. El objetivo era el enemigo abatido, al que por supuesto el santo de Flecha logró ver primero que nadie, si bien fue Makoto quien llegó hasta sus restos solo para ver cómo un cuervo negro picoteaba su bastón hecho añicos.

—El poder de esos dos da miedo —dijo Emil—. ¡Con lo que nos costó a nosotros ganarle a un mago y él va y lo destroza a kilómetros de distancia!

—Será que tu poder da pena —comentó Hugin, concordando pese a todo con el arquero, incluso si no lo hacía de palabra. Él estuvo en Bluegrad, sabía lo peligroso que era un telquín si se le daba tiempo—. ¡Diablos, se mueve!

Makoto reaccionó rápido, o al menos creyó hacerlo cuando golpeó lo que quedaba del bastón hasta desintegrar cada astilla, pero ya era tarde.

—Lo viejo será olvidado, lo nuevo será recordado —anunció Damon desde su asiento en el firmamento de Mu, una voz que todos atribuyeron al mago caído.

Del mismo modo que despertó lejos al río del dolor, ahora hizo lo mismo, sacrificando para ello el lazo que lo mantenía en el mundo. Parte de la madera voló por el aire y se unió a la corriente más fría que el más frío de los inviernos, liberando un eco de lamentos tan terrible como desagradable era el hedor que venía desde lejos, donde la Guardia de Acero trataba de contraatacar a quien sabía cuántos soldados del Aqueronte. Los santos de plata no pudieron hacer más que retroceder cuando guerreros de hielo, espectros del Cocito, aparecían a cientos delante de ellos. A miles. En un abrir y cerrar de ojos, había ocho millares de seres vestidos con armaduras del color del hielo y con una piel que se cuarteaba con cada gesto que hacían.

—Debemos avisar, ¿no? —murmuró Emil, tartamudeando.

—Podemos avisar de más cosas —decidió Hugin. El cuervo volvía a su hombro, con un trozo de la tela del mago en el pico—. Son como los guerreros de terracota viniendo de China. Un ejército así necesita un emperador, ¿no?

Makoto hizo un gesto de asentimiento a la vez que Emil se estremecía. Quería marcharse y repensar la estrategia. No ayudaba nada que la Torre de Espectros tuviera en la cima una tempestad de rayos negros, fuego y hechizos lanzados por los tres magos más poderosos del mundo. El enemigo, acaso correspondiendo al temor del santo de Flecha, dio un paso al frente. Todos y cada uno de los espectros avanzaron y un poco de aire gélido surgió de la piel de todos para arremolinarse entre el ejército y los santos de plata. El aire se convirtió en hielo y el hielo tomó la forma de una vistosa armadura cubriendo a un ser invisible, como si el frío en sí mismo fuera la piel, los músculos y los huesos del emperador al que Hugin esperaba. La sombra del rey Bolverk.

La Abominación alzó una mano hecha de remolinos y estalactitas, conjurando un espadón de tres metros de altura, la mitad de su tamaño.

—Retirada… ¡Retirada! —gritó Makoto, demasiado tarde.

Sobre el santo de Mosca, quien se interpuso entre la Abominación y sus compañeros, estaba por caer aquella arma asesina de santos. Makoto no llegaba a procesarlo del todo, pero se negaba a huir mientras otros morían tras su espalda. Por eso no dio un paso atrás. Por eso alzaba sus puños hacia un enemigo peor que el que nunca había enfrentado. Por eso se encomendó a Atenea, diosa de la guerra justa.

Un instante después, Emil le agarraba de un brazo y lo arrastraba a donde se sentían los cosmos de Ishmael, Noesis y otros. Makoto se dejó mecer, demasiado azorado.

Adremmelech había venido de ninguna parte y recibido el corte. Desde el hombro hasta la cintura, todo el cuerpo del Caballero sin Rostro estaba partido en dos y se cristalizaba, sin que el antiguo santo de Capricornio siquiera gritara de dolor.

De hecho, ni siquiera miraba a su enemigo, sino a ellos. Los había salvado.

—Sigues siendo un santo, ¿eh? —dijo Makoto, antes de gritar—: ¡Gracias!

Entretanto, la Torre de los Espectros temblaba por un portentoso golpe invisible, dando inicio a la guerra entre la vida y la muerte en Naraka.


Editado por Rexomega, 29 marzo 2021 - 11:22 .

OvDRVl2L_o.jpg


#224 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,479 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 05 abril 2021 - 05:34

Saludos

 

Capítulo 71. De héroes y monstruos

 

Antes de que los hermanos de Damon asaltaran la Torre de los Espectros, antes de que la invasión al continente Mu diera comienzo y de que la legión de Aqueronte se levantara en el territorio del rey Alexer, al mismo tiempo que los primeros combates iniciaron en cierto rincón de Alemania, miles de guardias cantaban la segura victoria que esperaba. Pudieron hacerlo en cuanto Triela y los Arqueros Ciegos, acaso comprendiendo el temor que causaban en el resto de la gente, se les adelantaron al portal situado más allá de Rodorio, y solo los guerreros de máscara taurina al servicio de Yu de Auriga permanecieron en su habitual silencio.

Y es que todos, desde los santos de Centauro, Lagarto y Auriga hasta Tiresias y los únicos soldados no inscritos en la Guardia de Acero, depositaban su confianza en la Suma Sacerdotisa. Atrás dejaban el Santuario en las buenas manos de esta, y por si eso fuera poco, también el legendario Seiya rondaba por ahí. ¿Qué más podían pedir para la protección de sus seres queridos, allá en Rodorio? 

—Todavía estás a tiempo de unirte a mí, Yu —propuso el santo de Lagarto, insinuante—. Nos faltarán hombres, puesto que los caballeros negros no se nos unirán. Ocupar un continente entero requiere de todo su poder militar.

—¿Y quién los necesita? —exclamó el santo de Auriga—. Si eres un auténtico santo de plata, Margaret, valdrás por mil de esos caballeros negros. A mí me necesitan en Heinstein. ¡Tal vez quede uno de esos Campeones del Hades para mí! 

—No me gusta —intervino Centauro—. ¿Y si pretenden desviar el grupo que tenía que ayudaros en Naraka para seguir con su cacería? En esta guerra no podemos vigilarlos.

La propuesta de Joseph fue engullida por la risotada de Yu y un cabeceo de Margaret. Joseph tardó un poco en entenderlo hasta que miró en derredor, a los guardias más cercanos. Varios pegaban la oreja sin demasiado disimulo, por lo que les dedicó una mirada desaprobadora mientras él mismo se recriminaba en silencio sus propias faltas. La alianza entre ejércitos era fundamental para mantener la seguridad de todo el planeta, pero se trataba de los santos de Atenea, los guerreros azules, los caballeros negros y los marinos de Poseidón, cuatro órdenes que no nacieron para cooperar, la mayoría eran de hecho antagónicas. Si un oficial de rango como Joseph de Centauro exponía dudas sin fundamento, quien lo oyera podría dejar de creer en la alianza y todo se vendría abajo.  

Por suerte, no hubo demasiado tiempo para que la gente empezara a hablar. En un par de minutos estaban frente al portal que habrían de atravesar. Lo custodiaban Helena y sus amazonas. Triela y los Arqueros Ciegos lo habían atravesado hacía poco. Llegó entonces el momento de separarse, aunque algunos sugirieron dividirse una vez atravesado el portal cuando Tiresias les informó que había escogido en qué frente lucharía. Por supuesto, las palabras de Margaret habían llegado a sus oídos y le habían convencido de dónde haría más falta, cuestión que al tiempo había hecho dudar a los que ya habían escogido luchar bajo las órdenes de Joseph en Bluegrad. Los más jóvenes querían luchar por primera vez junto al capitán de la guardia, y clamaban con tal fuerza esa pretensión, a la que poco a poco se fueron sumando las voces de los veteranos.

—Agradezco vuestro apoyo, amigos míos —exclamó Tiresias, henchido de dicha—. También es mi deseo luchar al lado de cada uno de vosotros, pero temo decir que tengo uno mayor: ¡El de devolver a los enemigos de la diosa a las inmundas tierras del Hades!

Palabras sencillas para hombres sencillos. Tres veces gritaron los hombres el mantra de la guardia: «¡Santos de hierro!» Y luego, el ejército terminó de dividirse en tres columnas: los Toros de Rodorio y las amazonas bajo el mando de Yu de Auriga, con Helena como lugarteniente; mil doscientos guardias, entre guardianes y vigías, bajo el mando de Margaret de Lagarto, con Tiresias como lugarteniente, y los ochocientos restantes, también subordinados de Faetón y Tiresias, siguiendo a Joseph de Centauro, cuya intachable fama hacía innecesaria la existencia de un segundo que lo conectase con la guardia. Todos apreciaban a aquel miembro de la división Pegaso y lo seguirían gustosos a la batalla, incluso si algunos todavía miraban de reojo al batallón Lacerta.

—¿Estás segura de aceptar las órdenes de un hombre? —preguntó Yu a Helena.

—Estoy segura de que serán órdenes sensatas —fue la sencilla respuesta de la líder amazona—. No os hagáis una idea equivocada de nuestra gente.

El capitán del batallón Auriga asintió con una gran sonrisa. Para todo el que lo viera, era claro que consideraba estar llevándose consigo a los mejores.

—Adelante, amigos —gritó Joseph a sus hombres, decidido a levantarles el ánimo—. ¡Por la humanidad! ¡Por el mañana!

Todo el batallón Centauro repitió a coro las palabras de su capitán. Sí, aquel era un momento para mirar al futuro, a la inminente guerra, y todos aquellos soldados lo hicieron con el mismo orgullo que mostraron a las gentes de Rodorio. No mirarían atrás, pues habían decidido que iban a regresar a casa, victoriosos.

Solo uno actuó de otra forma. El último soldado del batallón dio la vuelta, deseoso de ver su tierra una vez más. Si no podía distinguir la aldea, al menos podría ver el Santuario. Alzó la mano para despedirse y parpadeó.

Al abrir los ojos, un hombre inmenso estaba delante, tocándole el peto con una amplia mano. Ni siquiera pudo gritar antes de desaparecer junto a otros miles de hombres.

 

***

 

Una vez terminó el trabajo, Terra se ajustó las gafas, solo en medio de la nada. Los guardias habían desaparecido y también las amazonas, devorados por el portal dimensional andante que era él mismo, Aquel que pudo haber sido rey. Todavía le asustaba el hecho de que uno de los guardias lo había visto, eso lo puso muy nervioso y por poco dejó escapar a los santos de plata. El más notable entre estos últimos, un joven moreno de cabello corto y rizado envuelto por el manto de Centauro, lo habría hecho si su buen corazón no le hubiese impelido proteger a sus compañeros. A eso debía dar las gracias Terra, Campeón del Hades y consejero del rey Bolverk, a la bondad del enemigo. Por ella, los nervios no impidieron que los tres santos de plata acabaran en el mismo pliegue en el espacio-tiempo que el resto, solo que separados por algunos kilómetros. Por ella, podía conservar la cabeza un día más.

Terra miró el portal que tenía enfrente. No tenía la apariencia de un hombre, tampoco era una piedra, sino un gran arco de energía asemejando el marco de una puerta en medio de la nada. El interior era un reflejo del pasaje al que uno accedería si avanzaba bajo el arco, cosa que él no tenía la menor intención de hacer, ni siquiera para descubrir si las palabras de su empleador eran ciertas. Según decía aquel siniestro personaje, el paso de todos los hombres a través de su cuerpo sería percibido por el santo de Géminis como si hubiesen atravesado el portal correcto mientras estuviera cercad e él, si es que siquiera se molestaba en corroborarlo, pero también le aseguró que sería invisible a los ojos de todos y a pesar de ello un guardia lo vio. Terra pasó un buen rato cavilando sobre el asunto ahí de pie, sin moverse, hasta llegar a un acuerdo consigo mismo: fue planeado; su empleador quería que lo vieran en ese momento, lo que no tenía por qué significar que quisiera verlo atrapado por el Santuario. De momento no, por lo menos, tenía que llegar a la cima del Santuario primero con toda esa carga encima.

«Dos mil guardias, incluido el más capaz de los hombres desprovistos de manto sagrado, Tiresias; entre cien y trescientas amazonas, incluyendo a la mejor de estas enmascaradas que jamás recibirían el título de santo femenino; tres santos de plata; los cincuenta Toros de Rodorio… —dejó de enumerar en ese momento, cayendo en la cuenta de que esos hombres se habían resistido a su Rapto. ¿Por la cercanía al santo de tez morena? No, las amazonas también estaban cerca de estos. ¿Era porque los de yelmo  taurino aguardaron mientras que las enmascaradas llegaron a pensar en atacarle? ¡Dioses, no! Eso significaría que todo el mundo llegó a verlo, no tenía sentido. La única respuesta posible era la que ya conocía, que todo estaba planeado al milímetro por su empleador, el último miembro de la carga—. Caronte de Plutón. Astra Planeta.»

Solo pensar en él le provocó un escalofrío, no porque lo conociera, sino porque la mera presencia de aquel sujeto dentro de sí le impelía a salir corriendo como un niño asustado. Era extraño. Desde el día en que su hermano decidió por ambos quién iba a gobernar, Terra descubrió una conexión hacia el universo interior del que hablaban los santos de Atenea. Muchos siglos atrás, incluso milenios, descubrió que existía un lugar así, un mundo al que debía referirse como el Reino que pudo ser y que sin embargo terminó llamando Reino Fantasma, porque eso era. Una posibilidad sin concretar, un pliegue en el espacio-tiempo al que los hombres llamaban realidad, uno entre tantos. Resultaba apropiado pensar en él como el fantasma del mundo sobre el que caminaba, y más todavía lo parecía ante la incapacidad de la gente para sentirlo, de modo que Terra podía extraer energía del Reino Fantasma sin que los sentidos de cierta gente problemática percibieran el despertar de un cosmos. En los pocos casos en los que pasar desapercibido no era una opción, ya fuera cuando luchaba junto a su  hermano contra cierto santo de plata legendario, ya al servicio del revivido príncipe Alexer, del rey Bolverk y de Caronte, el Reino Fantasma le era todavía más útil: cualquier ataque que recibía pasaba a través de él sin causarle ningún daño y ninguna lesión. Un portal dimensional andante, eso era Terra. Nadie podía matarlo. Nadie salvo su hermano, muerto hacía dos milenios y siete siglos. Lo hizo invocando el poder de su padre.

«Marte. Astra Planeta —recordó Terra en ese momento, guardando para sí una maldición—. Ese Caronte de Plutón puede matarme de adentro hacia afuera. Lo noto.»

No invocó tan lúgubre pensamiento al azar, sino para convencerse de que tenía que seguir caminando. Se sentía de verdad ridículo allí de pie, en medio de la nada. Incluso si no tuviera una misión pendiente, incluso si su condición de ser invisible por la voluntad de su perverso empleador fuera una mentira, seguiría avergonzándose de su comportamiento. ¡Estaba vivo! Murió a manos de su hermano, bajo el poder de su padre, tal y como debía ocurrir. Pasó una eternidad en el inframundo y después tuvo la oportunidad de resucitar como un Campeón del Hades. La vida era una sola para la mayoría. Él tenía una segunda oportunidad y debía aprovecharla.

Tuvo que contarse aquello durante una larga hora para dar el primer paso hacia Rodorio. Ni el santo de Géminis ni nadie más se percató de su presencia, incluso si ya debían notar la ausencia de una parte del ejército, por pequeña que fuese.

«¿Qué te traes entre manos, Caronte? —se preguntaba Terra mientras caminaba, alejándose más y más del portal creado por el santo de Géminis—. ¿Cómo ayuda este juego macabro a los intereses del rey Bolverk? Si tienes tanto poder, ¿por qué no…?»

No terminó la pregunta. En el mundo había seres a los que solo un loco cuestionaría.

 

***

 

—¿Por qué no vamos? —preguntó una vez más Joseph de Centauro.

Encontró la misma respuesta: silencio. Margaret, infinita y molesta tranquilidad hecha carne, mantenía la característica expresión con los ojos cerrados y los labios a punto de sonreír. Yu torcía el gesto de mil maneras distintas, lo que afeaba todavía más la doble equis que le cubría la mayor parte del rostro; cicatrices de batalla en una cara de por sí deforme. Pero nadie decía nada, nadie quería ser el primero en ir al infierno.

Joseph maldijo entre dientes. No tenía paciencia para adivinar las reacciones detrás de los yelmos de los Toros de Rodorio, y no había nadie más. Los dos millares de soldados que comandaban, habían desaparecido en un simple parpadeo. Él sabía lo que había ocurrido, desde un principio fue consciente del forzado teletransporte a través de las dimensiones y notaba diferencias entre el lugar que ahora ocupaba y el que ocupó hacía un parpadeo, no solo en cuanto a estar un poco más alejado, no solo en que no hubiera allí el portal que debían atravesar, sino algo más sutil. El mundo que veía era el mundo de siempre y a un tiempo no lo era. Pero ya que ni Margaret ni Yu decían nada al respecto, no quiso hacerlo notar, sino más bien les ordenó, pidió y suplicó, en ese orden, a sus compañeros ir en rescate de los batallones. Así durante muchos minutos, tal vez una hora, era difícil saberlo. Nunca le hacían caso, como si no pudieran oírle. La verdad es que él no podía escucharse a sí mismo cuando lo decía.

—El Santuario bajo ataque. ¿Nuestros mayores han elegido mal? —fue lo único que Margaret dijo antes de olvidar el don del habla una vez más.

Por un rato, Yu fue bastante más expresivo. Gruñidos, insultos y maldiciones escapaban de su enorme boca, hacia Caronte, los santos de oro, la Suma Sacerdotisa y a los dioses. Desde los enemigos de la diosa hasta el rey del Olimpo, para todos tenía entre tres y cinco blasfemias, ninguna lo bastante creativa como para ser recordada.

Y sin embargo, la ira nunca movió las piernas del santo de Auriga. Joseph quería culparlos, a él y a Margaret, deseaba tacharlos de cobardes e indignos del manto que portaban, pero él mismo tampoco era capaz de ir a por sus compañeros. Tenía miedo, sin más. No entendía de qué o por qué, solo que temía aquello que se encontraba junto a la desaparecida guardia. Estaba convencido de que luchar contra aquello era peor que ir de cabeza hacia el Hades para luchar él solo contra las legiones infernales.

—Debemos ir —insistió Joseph, arrastrando los pies. El esfuerzo le provocaba sudores por toda la frente. ¡Deseaba tanto marchar  a Bluegrad! Allí no había nada que temer, solo la guerra para la que todo santo estaba preparado.

—Es inútil —dijo Margaret, siempre listo para resaltar lo obvio—. Si llegas hasta allí, ¿qué harás? ¿Arrastrarte ante aquello que tememos y pedirle que se vaya?

—Habla por ti —exclamó Yu, golpeándose con brusquedad el peto—. ¡Yo, Yu de Auriga, no temo a nadie!

«¡Exacto! —Joseph creyó ver en aquel gesto bárbaro la esperanza que necesitaba. Valiéndose del orgullo desmedido del inmenso santo de plata, podría convencerlo de ir a auxiliar a la guardia—.Tal vez eso nos inspire lo suficiente como para seguirlo.»

—¿Bromeas? ¡Si estás pálido como un cadáver! —se burló. Trataba de recordar el tono y estilo de Emil de Flecha, experto en provocar a la gente como el santo de Auriga—. Tienes tanto miedo que a buen seguro te esconderás en algún rincón de mala muerte aprovechando este percance. ¡La guerra es demasiado para los niños aterrados como tú!

—¿Este ya perdió la cabeza? ¿Tan pronto? —Yu miraba a Margaret, quien se limitó a sonreír. Aun así, no pudo evitar responder—: ¡Iré a la guerra y aplastaré a tantos enemigos que no quedará nada para nuestros mayores! ¿Puedo decir lo mismo de ti, que ni siquiera puedes ir a salvar a ese montón de inútiles?

—¿Inútiles? ¡Ja! ¿Acaso no están ellos al lado de aquello que rehúyes? —apuntó Joseph. Si quería convencer a Yu, tenía que ignorar su desprecio por los rangos superiores; pondría el dedo en la llaga hasta que Auriga gritara como uno de esos berserker del Reino de los que se hablaba en los últimos días.

—¡Yu de Auriga no huye! Si quisiera, iría hasta donde sea que estén tus guardias y mis amazonas y aplastaría tu pesadilla de potro llorón con una sola mano.

—Yu de Auriga tampoco piensa, al parecer —intervino Margaret—. ¿No ves que solo intenta provocarte? Gracias por pensar en mis hombres, por cierto.

Por toda respuesta, Yu se encogió de hombros.

—La pesadilla del potro, el chófer y el lagarto, más bien —insistió Joseph—. Lo comprendo, pues algo que me provoca temor debe aterraros a vosotros, par de cobardes.

—Bah, ¿no se hacen llamar santos de hierro? ¡Si eso son, no deberá costarles acabar con tan poca cosa! Sí, un enemigo tan insignificante es carne de espada, lanza y quizás cierto caballito asustado… ¡Si Auriga el destructor cayera sobre él, sería injusto a los ojos de la diosa! ¡No tendría ni para empezar!

—¿Y si el hierro no puede con ese enemigo insignificante? —cuestionó Joseph—. Aun si son más valientes que nosotros tres, les falta poder. Dime, Yu, ¿qué es más poderoso? ¿El hierro o la plata?

—La plata, por supuesto.

—Más fuerte.

—¡La plata es más fuerte que el hierro! ¡Lo fue hace mil años, lo sigue siendo hoy, y lo será hasta el fin del universo!

—¡Más fuerte, cobarde con voz de niña!

Esta vez, Joseph lo golpeó en plena cara.

—¡Por los demonios del Hades! ¡Ni el hierro ni la plata importan! ¡Yo soy el más fuerte, patético potro llorón!    

Yu gritó con fuerza, agarrando del cuello tanto a Joseph como a un sorprendido Margaret. Los Toros de Rodorio les siguieron si soltar una sola queja.

 

***

 

Invisible para los guardias y amazonas que había reunido desde los batallones Lacerta, Auriga y Centauro, con la inestimable ayuda de Terra, Caronte observaba su obra. Miles de hombres angustiados, sin nadie que les explicara por qué los santos de Atenea se habían esfumado. Enseguida se pusieron a discutir unos con otros con tal intensidad, que si para entonces el único de ellos que podía darles respuestas se animara a hablar no podría llegar a los oídos de nadie. Hasta el mejor de ellos, el capitán de nombre Tiresias, estaba confundido, con más intensidad si cabe, porque al no ver la tierra y las montañas aledañas, captó algo más en el lugar, algo que el resto solo notaría una vez se enderezaran y empezaran a organizar expediciones.

En el Reino Fantasma, existía la extensión de tierra sobre la que se construyó la aldea Rodorio, pero no Rodorio en sí. Si uno buscaba el Santuario, vería montañas, pero solo las que enmascaraban la única que importaba de verdad a los siervos de Atenea. Ningún templo del zodiaco se levantó en todo ese mundo, como tampoco se levantaron fortalezas de otra clase. ¿Para qué hacerlo, si no había ciudades ni pueblos que defender? ¿Y para qué habrían de crearse tales pueblos y ciudades si ni un solo ser humano había pisado esa tierra hasta hoy? El llamado Tiresias, según comprendía Caronte, no era consciente de la historia detrás del mundo en el que él y sus hombres acabaron, tampoco sabía en qué estaban metidos, pero al menos intuía algo y eso provocaba mayor pavor en él que el miedo que ya dejaban escapar sus hombres. Un miedo simple, fruto de la ignorancia, aburrido, pero eficaz.

Con el paso del tiempo, el temor colectivo se fue convirtiendo en el terror y la impotencia de quienes no tienen esperanza. Ya nadie podía decirles lo contrario y hasta las bravuconerías de algunos se tomaban como pruebas de una certera derrota para una batalla que ni siquiera había empezado. ¿Y quién podría reprochárselo?  Cerca de dos mil hombres, bien armados y entrenados, temblaban como la primera vez que sostuvieron la lanza o la espada. Las mujeres, de rostro enmascarado, reconocieron entre ellos a los hombres que protegieron Rodorio mientras ellas, luchando codo con codo junto al resto de la guardia, defendían la aldea durante la invasión del Santuario. Caronte recordaba la ferocidad de sus movimientos, y el orgullo que las mantuvo vivas donde muchos cayeron; ahora eran presas del mismo terror que el resto. Solo eso hacía que valiera la pena pedirle a Terra que las incluyera en el Rapto. Por un momento, solo por un momento, dudaba si aquellas enmascaradas no se sobrepondrían demasiado rápido a la situación, como a buen seguro ocurriría con los santos de plata y los Toros de Rodorio. Por esa duda, se aseguró de mantener a esos dos últimos grupos fuera del espectáculo, de momento; por esa duda, pensó en apartar también a las amazonas. Al final, desechó esa posibilidad. Existía una razón por la que aquellos hombres y mujeres nunca jamás vestirían un manto sagrado. Carecían de esperanza para oponerse a él, y no estaban tan desesperados como los Toros de Rodorio como para no sentir miedo.

Dejó pasar el tiempo hasta que los santos de plata, demasiado alejados del lugar como para ver lo que ocurría allí, se pusieron en marcha. Esperó paciente, ignorando las discusiones ocurridas por toda clase de sinsentidos, haciendo caso omiso a los sollozos de hombres hechos y derechos, guardándose de aparecer entre Tiresias y la líder amazona, Helena, cuando por un detalle sin importancia acabaron entablando un corto duelo sin vencedor. Dejó pasar toda clase de oportunidades hasta que el silencio se adueñó del asustadizo ejército. Entonces consideró que el tiempo de cortesía había sido incluso excesivo para aquellos santos de plata y decidió manifestarse, musitando la palabra que mejor describía aquella raza tan belicosa y temerosa a un tiempo:

—Humanos.

 

Un primer vistazo bastó para que los más cercanos supieran quién era: Caronte de Plutón, invasor del Santuario. Y a través de susurros y murmullos, todos los demás descubrieron lo que estaba detrás del miedo que los dominaba.

—Prometiste tres días —advirtió Tiresias, el único con fuerzas para hablar—. ¿De qué vale un guerrero sin honor?

El capitán caminó con tanta lentitud, que todo el que lo veía daba pasos hacia atrás, atemorizados. Fue peor cuando las amazonas, de legendaria valentía, también retrocedieron. No existía lugar para el valor en su presencia.

—¿No vas a decir nada? —insistió Tiresias, luego de dar los tres pasos más difíciles de su vida—. Tienes fama de hablador, ¿sabes?

—Soy un mentiroso —dijo Caronte—. ¿De eso se me acusa, cierto? Pues tenéis razón. Os he mentido. Que me perdonen los dioses.

Tiresias habría desdentado a un hombre por menos que eso, pero ahora se vio incapaz de siquiera levantar el brazo, o de seguir hacia adelante. Todo su ser ansiaba dar la vuelta y correr sin mirar atrás. Entre la Guerra Santa y Caronte, la mente y el espíritu del capitán escogían la primera una y mil veces.

—¿Tienes algo que decir?

Caronte apareció a unos doscientos metros de donde Tiresias se encontraba, dirigiéndose a uno de los guardias. Este no tardó ni un segundo en cerrar los ojos y taparse los oídos, negando con brusquedad la cabeza. Al sentir que Caronte no se iba, se fue agachando hasta adoptar una posición fetal.

—¿Y tú? —repitió una y otra vez, apareciéndose ante cada guardia que no había dado un paso atrás cuando se apareció. La reacción nunca era la misma que la del primero, pero sí semejante; ningún hombre allí era inmune al miedo que su aura provocaba—. ¿Qué hay de las mujeres? Las míticas amazonas de Atenea… ¿No os parece injusto ocultar vuestras lágrimas detrás de una máscara?

Tras caminar en torno a una joven de negro cabello trenzado, acercó la mano al rostro enmascarado, como una caricia. La amazona, dividida entre el temor a aquel demonio y al deshonor, dio un traspiés y cayó al suelo. Caronte permitió que un par de compañeras la ayudaran a incorporarse, pero luego dio un paso hacia ellas, y las tres cayeron.

—Perdón —dijo, cínico. De nuevo aparecía y desaparecía entre guardias y amazonas, hablando con una voz que podía escucharse a través de cientos de metros—. A eso he venido, santos de hierro, a disculparme por los actos pasados.

—Monstruo —logró decir Tiresias cuando lo tuvo delante. Caronte hizo un gesto de asentimiento, y desapareció.

—Hace trece años, mi Esfera de Plutón acabó con las vidas de algunos compañeros vuestros. Unos ejecutados por la legión de Aqueronte, y otros asfixiados, debido a su falta de valor. Nunca pude disculparme, pues no tenéis culpa de estar subordinados a líderes tan necios, incompetentes y sedientos de sangre.

Varios soldados trataron de huir en diversas direcciones, siendo detenidos por la súbita aparición de Caronte, quien seguía el discurso. Así como el aura del regente de Plutón los intimidaba al punto de querer escapar, el propio Caronte se los impedía, al parecer complacido de aquello. No se le escapaba el hecho de que casi ninguno soltaba su arma, por muy asustado que estuviera; al contrario, se aferraban a ella tanto como a su vida.

—Si todo hubiese salido como yo había planeado, ninguno de vosotros habríais podido salir de Rodorio, ni tampoco esos santos de bronce que os abandonaron sin mirar atrás. Os di un mensaje en cuanto salí del Hades, ¡solo teníais que no hacer nada y la Guerra Santa contra el dios del inframundo habría sido la última de vuestra generación! Pero Kiki os negó eso. Ese chiquillo os negó la paz que los santos habían ganado para el mundo, os aisló de mi primer aviso, así que tuve que alzar la voz para ser escuchado.

—¿Piensas que eso justifica lo que hiciste? —cuestionó Tiresias al aire, sabiendo que aquel demonio no tardaría en aparecer cerca.

—Ya es tarde para eso —cortó Caronte—. Me basta con que tengáis claro quiénes son los artífices de vuestro destino. Os he visto desde las alturas, a vosotros y vuestros nuevos compañeros. Guerreros del mar y sombras… ¿Los héroes siguen siéndolo cuando se alían con los villanos?

—No dudamos, monstruo —dijo Helena, de largo y salvaje cabello castaño. Su voz era fuerte, pero sus piernas flaquearon en cuanto lo tuvo delante.

—Sé lo que soy. Pertenezco a la innoble casta de los espíritus de la guerra y las batallas, Makhai, y como tal, tengo una visión bastante amplia de esa palabra. Hay dos tipos de monstruos, a mi parecer: están los que atentan contra el orden natural que los dioses nos han proporcionado a todos, desde los monstruos de la mitología que arden por la eternidad en el Flegetonte, hasta los más perversos especímenes de vuestra raza.

—¿Y luego estás tú, el peor de los monstruos? —trató de adivinar un veterano de larga barba gris—. ¡U-un demonio!

—Para enfrentar a esos monstruos, algunos hombres se alzan sobre sus semejantes y les imponen su voluntad. Se convierten en algo similar, fuente de envidias, miedo y opresión, aunque con un título más amigable: rey, héroe… Ilusiones que alimentan a las masas débiles e ignorantes para que sigan sosteniendo esta tierra de monstruos, el patio de juegos de mi raza. ¡Qué ironía!   

—Entonces… ¿Querías la guerra? —preguntó un guardia bajo y de corriente complexión. El que tuvo la desdicha de mirar atrás.

—Todos los que son como yo desean esta guerra. ¿Por qué debería desearla yo? —le dijo al muchacho—. Si los humanos se convirtieron en monstruos para enfrentar a quienes ya lo eran, ¿no tiene sentido responder de la misma manera? Yo soy la respuesta que buscas, chico. Un monstruo, como bien me ha llamado vuestro capitán, aquel que pondrá fin a vuestra mentira llamada heroísmo. 

—Sí que amas el sonido de tu propia voz —soltó Tiresias, buscando salvar al muchacho de la presencia de Caronte. El chico solo soltaba balbuceos.

—He sido consciente de mí mismo desde el momento de mi concepción. Mis pensamientos eran todo lo que tenía hasta que fui capaz de valerme por mí mismo, y sí, tengo la mala costumbre de expresarlos.

—Solo te pido que vayas al grano —exigió el capitán—. ¿Vas a matarnos? ¿Nos vas a decir que los santos somos los monstruos y tú el héroe? ¡Tú, el demonio que asesinaba a nuestros compañeros mientras llamaba paz a la sumisión!

—Simplemente quiero que todos entendáis algo. No hay peor monstruo que aquel que se opone a la voluntad de los dioses. Quienes se rebelan contra los creadores pisando la tierra que crearon para ellos. Me parece una ironía mucho más despreciable que mi supuesta confusión de palabras, ¿y a ti?

En un último movimiento, Caronte se apareció frente a la guerrera de la trenza. Su máscara, así como la de todas las amazonas, lucía diminutas grietas por todos lados, imperceptibles para la vista humana.

—Soy Caronte de Plutón. Mi aura, mis manos, mi voz… Todo existe para causar daño. Si es mi deseo, un susurro bastaría para hacer que vuestras máscaras estallaran. ¿Estaría bien eso? ¿Qué elegiríais? ¿Matarlos a todos, u ofrecerles vuestro amor?

—No… Por favor… No…

—Es inevitable. Supongo que no es agradable que incumpla mis plazos. No lo fue para mí cuando el Santuario aprovechó mi período de gracia de trece años para aliarse con los enemigos del Olimpo, potenciales y ciertos.

—Eso… No… —La amazona se llevó las manos a la máscara, notando las grietas que se ensanchaban desde los bordes.

Alrededor, cerca de un millar de guardias salió corriendo en desbandada. Unos iban a las lejanas montañas, otros al mar Egeo y el resto anhelaba la tranquilidad de Atenas. En poco tiempo, la mayoría empezó a chocar unos con otros, tropezando debido al terror que los embargaba. Y aun en el suelo, donde se arrastraban como recién nacidos, seguían aferrándose al arma que el Santuario les había dado.

—¿Sabes a dónde van? —preguntó Caronte, recibiendo la negativa de la amazona—. A la guerra. Cosecharán lo que vuestros líderes sembraron durante estos trece años. Pocos, muy pocos de los presentes, piensan en las familias que dejaron atrás.

Los que todavía seguían en pie, miraron a Caronte con odio y rabia, levantando lanzas y espadas tal que si estuvieran cargando con enormes rocas. Las amazonas, incapaces de auxiliar a su compañera, la animaban como podían, implorándole —pues las voces salían quebradas y débiles— que ignorase las palabras del demonio.

—Ir a la guerra mientras tu familia se queda sola y desprotegida. ¿Tiene sentido para los humanos? ¿Crees que merecen vivir?

—Sí… ¡Sí! Por favor… Sí…

—Luchamos precisamente por el bien de nuestros seres queridos, y el de las familias de nuestros compañeros caídos y el del mundo entero —intervino Tiresias, de los pocos que seguían cerca y firmes.

—¿Sabes por qué existe la guerra, capitán Tiresias? —lanzó Caronte, todavía mirando a la amazona—. Para que los monstruos se maten entre sí. Los fuertes son asesinados por los más fuertes, y estos por otros de mayor poder. Al final, solo los débiles, quienes permitieron que otros se alzaran por encima de ellos, quienes por su gran debilidad son llamados inocentes, heredarán el mundo.

—Maldito… charlatán… —Tiresias volvía a intentar caminar. Quería salvar a aquella joven, y más aún golpear ese rostro arrogante, lo mismo le daba si se rompía la mano.

—¿Qué es preferible, guerrera? ¿La muerte, ya anunciada, o la ceguera?

Las máscaras se dañaron todavía más. De cada una cayeron pequeños fragmentos al suelo, e incluso el más valiente se unió a quienes ya huían. En muchos, era grande el  conflicto entre el miedo que sentían y el deseo de cumplir con su deber, lo suficiente como para alentar el paso, pero no bastaba para dar la vuelta y encarar a Caronte. 

—No tienes que responder —dijo Tiresias, ya más cerca.

—Debe —insistió Caronte—. Podría ahogaros directamente, trayendo hasta aquí la Esfera de Plutón. En lugar de eso, os doy una oportunidad de vivir. Si ella decide que os lo merecéis —acotó, provocando más daños en las máscaras. En muchas amazonas eran visibles el mentón y las mejillas.

—Sí —contestó la amazona—. Merecen… vivir… Merecen… Por favor…

—Habla alto y claro, chica, algunos ya están muy lejos.

—¡Quiero que vivan! —gritó la amazona.

El estallido de cientos de máscaras llenó el lugar. Unas guerreras quedaron en shock, otras buscaron taparse el rostro, y el resto maldecía a gritos a Caronte, quien se limitó a chasquear los dedos.

Todo hombre de la guardia, por lejos que hubiese llegado —varios habían podido recorrer kilómetro y medio en ese tiempo—, fue cegado al mismo tiempo. Sus ojos simplemente estallaron, llenándoles las mejillas de sangre y el cuerpo de una desesperación sin precedentes; sumidos en las tinieblas de la ceguera, soltaron al fin sus armas, rindiéndose ante el ardid del demonio.

Tiresias, quien ya conocía aquel dolor, seguía en pie. Las amazonas, más allá de la máscara rota, estaban intactas, a excepción de una. La guerrera de cabello trenzado se retorcía a los pies de Caronte, sin ojos.

—Ninguno de tus compañeros podrá ver jamás a sus hijos, gracias a ti. Consideré que era justo que pagaras el precio —dijo Caronte, acercándose a la joven. Para su sorpresa, una veintena de amazonas le cortaron el paso—. Sin embargo, sus hijos sí que volverán a verlos, pues los has convertido en una masa inválida, inútil para la guerra.

—Tú has hecho esto —dijo Tiresias, a pocos pasos de Caronte. El puño alzado, listo para golpearlo—. ¡Y vas a pagarlo!

—Los humanos son…

A media frase, calló. Un inmenso cosmos vino desde lejos, partiendo la tierra y enloqueciendo los cielos. Impactó sobre el demonio con terrible velocidad, enviándolo a varios kilómetros de distancia.

Joseph y Margaret, arrastrados por los gruesos brazos de Yu, habían llegado.


OvDRVl2L_o.jpg


#225 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

  • 887 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Acuario

Publicado 05 abril 2021 - 09:16

Capítulo 70: Bienvenidos a Silent Hill
 
¿Niebla y fantasmas? Pues Silent Hill, ese es el continente Mu al parecer XD Donde hay un ejército fantasma como con el que Aragon obtuvo en la segunda película XD
Ah, y a eso  sumale que pueden tener "robots" como resumidamente los llamó Munin.
Oribarkon parece que le tiene resentimienti a los del pueblo de Mu XD, y tiene una misión importante que cumplir, ¿qué sera? ¿Tendrá que ver con la misteriosa caja que lleva consigo?
 
Katyusha aleccionado a Munin de cómo debe ser un Comandante pro.
Katyusha y Baldr... consiganse un hotel XD
 
Pues Damon soltó a sus hermanos para que vayan y hagan todas las cosas malas que han sucedido hasta ahora... los imagino como a los Dementores de Harry Potter XD
 
Makoto casí petó, pero fue salvado por el Caballero sin Rostro... que no creo que deba entrar en el contador de muertos ya que lo hemos visto perder varias veces (hasta le sacaron el corazón una vez) y sigue apareciendo, por lo que seguimos en CERO.
 
PD. Buen cap, sigue así :)
 
 
----------------------------
 
Capítulo 71: El chasquido de Caronte
 
Entonces Terra es un portal dimensional con piernas... Y fue el que raptó a los 2000 soldados que mencionaron hace unos cuantos episodios.
 
Básicamente el cap fue de Caronte haciendo un "experimento social" en el que en vez de ratones utilizó guardias, amazonas y santos.
Caronte que causa terror a su paso efectuó la escena que más recuerdo de él, ese Chasquido emblemático como el que tuvo Thanos XD, con el que al mismo tiempo humilla amazonas y deja ciegos a centenas de hombres de manera sádica y vil, dejándonos claro que: "Soy el Villano de este fic, recuérdenlo pese a que han pasado como 50 episodios sin que hiciera mucho, y apenas voy empezando, muajaja" XD
 
Me encantó, me encanta y siempre me encantará esta escena.
 
PD. Genial cap, sigue así :3
 

Editado por Seph_girl, 09 abril 2021 - 14:39 .

ELDA_banner%2B09_.jpg

 

EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"





0 usuario(s) están leyendo este tema

0 miembros, 0 invitados, 0 usuarios anónimos


Este tema ha sido visitado por 44 usuario(s)