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El Mito del Santuario


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511 respuestas a este tema

#1 -Felipe-

-Felipe-

    Benethol

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Publicado 05 julio 2014 - 13:58

Mi tercer fic en este foro, el cual publicaré paralelamente con SSAlpha. Pero antes del largo prólogo, unas cuantas informaciones sobre la historia.

 

*Mito del Santuario funciona como remake y reboot del manga original de SS. Esto porque contiene partes de la historia contadas de manera distinta, y otras muchas cosas totalmente nuevas. Así, este fic relata partes tal cual del manga, modifica otras ligeramente, agrega detalles en otras, le quita fragmentos en otras, y en muchos casos, narra una historia totalmente diferente, tomando otros rumbos. También se han agregado personajes, se han eliminado otros, y se han modificado unos cuantos. Uno de los objetivos de MdS es corregir los errores de Kurumada y el animé original.

 

*El fic está basado principalmente en el manga, pero contiene elementos también del animé original, de TLC, de Omega, de Episodio G, de Next Dimension, LoS, e incluso de los sidestories, y hasta de Sho puede que meta algo. La finalidad de esto es lograr una historia como universo unificado, con el objetivo primordial de mantener la coherencia, es decir, agregar lo necesario del Canvas y del ND sin caer en los errores a los que nos tiene acostumbrados SS, es decir, las contradicciones, y como meta principal, no perder más de 23 neuronas en el intento xD. En caso de perder 24 o más, de verme forzado agregar una mísera Zodiac Clamation, una fumada SuperOmega Cloth, o un tal Arles, renunciaré continuar el relato.

 

*Inspirado en las novelas de George Martin, y como innovación, cada capítulo estará contado desde el punto de vista de un personaje, por lo que, de antemano, aviso que los protagonistas no serán necesariamente solo cinco. El capítulo PdV significa que se narrará solo lo que sabe, ve o siente el personaje en cuestión.

 

*Las edades de los personajes y años en que transcurren los hechos han sido modificados, para evitar, en el primer caso, los errores de Kurumada como el Shura de 10 años matando a Sagitario, que Muu y Aiolia hayan entrenado solo un año con sus maestros, y evitar esa broma que nos hace Kuru de que nos traguemos que Seiya tiene 13 años xD. En el segundo caso, sobre los años, es por comodidad del autor. Aún así, varias cosas se mantienen, como el tiempo que ha pasado desde la guerra anterior con Hades.

 

*Es posible (aunque poco probable) que agregue alguno que otro elemento de mis otros dos fics, el Prologue de Omega, y Alpha, pero si se da el caso, será solo como cameo personal, autoreferente al autor, y no afectará de manera importante la historia principal, en ninguna circunstancia.

 

Mito del Santuario Volumen I Fantasía del Soldado. Corregido, revisado, embellecido xD

Descargar PDF (120 Mb aprox)

Versión ligera (4 Mb aprox), tiene unos errores en las imágenes de los extras, pero nada más.

 

Mito del Santuario Volumen II Tiempo de Oro.

Descargar PDF (4 Mb aprox)

 

GUÍA DE CAPÍTULOS:

Spoiler

 

 

Dicho esto, vamos con el Prólogo, que es bastante largo, pero totalmente necesario. Ojala les guste, y espero sus comentarios y críticas constructivas.

 

***************************

 

PRÓLOGO

 

22:30 p.m. del 1º de septiembre de 1997.

—¿Te toca la ronda nocturna? —preguntó su hermano menor. Se acomodó entre las sábanas y puso su cabeza sobre la suave almohada para descansar del largo día de trabajo.

—No, el Sumo Sacerdote me mandó a llamar.

—¿Por qué? —Su hermanito soltó un profundo bostezo. Se había esforzado mucho, no podía negarlo—. ¿La estrella fugaz?

—Quizás, no lo sé. Ahora, descansa. —Era mentira. Estaba seguro que ese era el motivo pero no quería continuar desvelando al pequeño.

—Bien, bien, pero mañana nos levantaremos temprano, ¿está bien? Esta vez sí lograré golpearte. —El niño cerró los ojos y se durmió con la misma facilidad con la que despertaba.

—Sí. Tal vez lo logres, Aiolia.

 

La noche estaba muy calma en el Santuario de Atenas, como si la estrella jamás hubiese caído. Los había puesto a todos en alerta, desde los soldados rasos que vigilaban entre en el Zodiaco hasta los que visten de oro. Pero el Sumo Sacerdote, desde lo más alto del Monte Estrellado, alzó la voz. Mientras subía los escalones recordó oír su voz como si lo hubiera tenido a medio metro.

“A todos en el Santuario: calma, lo que acaba de suceder no es para tener miedo, sino que es una buena noticia que nos llenará a todos de orgullo y valor”.

No dijo nada más. Pero él, como Santo de Oro[1], supo deducir lo tácito. Llegó a su destino, el Templo Corazón, y lo primero que hizo fue saludar a los dos guardias de la entrada. Al interior las antorchas estaban encendidas; recorrió el largo corredor que llevaba hasta el trono dorado y allí se encontró con las personas que esperaba.

El Sumo Sacerdote sentado tranquilamente como si las palabras que tenía pensado pronunciar le quitaran un peso de encima que había cargado mucho tiempo. Se decía que ese hombre tenía casi dos cientos cincuenta años de edad, Aiolia reía cada vez que se lo contaba. Llevaba una larga sotana negra que cubría hasta sus pies, y por encima una estola dorada con hermosos detalles florales además de un medallón zafiro; alrededor del cuello lucía un rosario compuesto de esferas multicolores y sobre la cabeza un yelmo de oro tan brillante como el sol, ornamentado con la figura de un águila, el animal emblemático del dios rayo, su sombra ocultaba tanto marcas de la edad como los ojos que habían visto tanto a través de las épocas. Su cabello caía por la espalda convertido en canas, pero no había barba ni bigote.

Con una rodilla en la alfombra roja, frente al trono dorado, se hallaba el compañero de batallas a quien consideraba el hombre más noble, fuerte, orgulloso y compasivo sobre la Tierra, vestido con el ropaje que se le entregaba a la élite del ejército: el Manto Sagrado de Oro[2]. Era más alto y robusto que él, su cabello negro azulado caía sobre la capa, sus ojos seguían siendo esmeraldas tranquilas y seguras, dignas de un hombre a quien llamaban semidiós.

—Su Excelencia, lamento mucho la tardanza. Buenas noches, Saga. —Se quitó el yelmo, plegó las alas y se arrodilló.

—Buenas noches, Aiolos —le respondieron al unísono.

Pudo oír por un brevísimo instante, después del saludo protocolar, a un bebé llorando en la habitación lateral del Templo, detrás de la cortina. Se calló el mismo instante en que Aiolos sonrió. Sabía de quién se trataba, no necesitaba que el Sacerdote se lo dijera.

—Saga, Aiolos, los he enviado a llamar para darles información importante. Primero, la estrella fugaz —Aiolos entendió que el Sumo Sacerdote no tenía pensado perder tiempo—, como estoy seguro que dedujeron, es ella. Ha llegado nuestra diosa, el ser por el que pelearemos hasta la muerte, la divinidad que vela por toda la humanidad y a quien debemos nuestro servicio.

—Atenea[3].

—Sí —contestó el anciano—. Bajó desde el Olimpo y aterrizó a los pies de la estatua con la forma de un bebé.

Aiolos tardó en tragar las últimas palabras. Le habían dicho hace años en su entrenamiento que la diosa de la sabiduría y la guerra estratégica aparecía de esa manera, pero no dejaba de ser algo chocante.

—¿Un bebé? —Saga cruzó miradas con él, al parecer también lo afectó.

—Atenea es la diosa que cuida y protege a los seres humanos, por eso ha venido al mundo terrenal como una humana, para vivir, sentir y luchar como ellos. Como nosotros. Pero no se equivoquen, aún con cuerpo de carne y hueso sigue siendo una divinidad, posee el poder de los olímpicos en su interior.

—-Y por eso daremos hasta la vida por ella —dijo Saga con orgullo.

—-Aún después de la muerte. —Por alguna razón las palabras que salieron de sus labios le parecieron muy significativas, como si acabara de pronunciar el voto más sagrado de su existencia, algo que lo seguiría por el resto de su vida.

—Me alegro de oír eso. Ahora el bebé duerme, pero mañana, apenas despierte, se les permitirá verla por primera vez, no solo a ustedes sino también al resto de Santos de Oro.

El corazón de Aiolos latió con fuerza, estaba ansioso. Solo debía esperar unas cuantas horas para ver, admirar y venerar a quien protegería el resto de su vida, al ser más maravilloso sobre la Tierra, la diosa humana que vela por sus hombres y mujeres. Al mirar de reojo a Saga supo que se sentía igual.

—Una cosa más... —una pequeña sonrisa se asomó en el rostro anciano del Sumo Sacerdote— Como verán ya estoy viejo, muy viejo, tengo doscientos cuarenta y cinco años, la hora de mi muerte se acerca y necesito un reemplazo.

Eso sí que tomó por sorpresa a ambos Santos de Oro, se quedaron mirando al Pontífice sin respirar por unos segundos que se hicieron eternos.

—Su Excelencia, esto es...

—No hay nada que decir Aiolos, he envejecido y las estrellas me han revelado que se acerca mi hora. No tengo miedo. Al contrario, aceptaré mi partida con orgullo después de vivir tal como quise. El problema es que no es el momento más propicio para quedarnos sin un líder en el Santuario.

—¿Qué quiere decir?

—Las estrellas me han dicho que las sombras y la muerte se acercan. Después de más de dos siglos tendremos una nueva Guerra Santa y no sé si estaré vivo para cuando eso suceda.

«Guerra Santa..., una vez más un dios intentará apoderarse del mundo humano protegido por Atenea». Aiolos bajó la cabeza con tristeza.

—Son los únicos Santos de Oro que superan los dieciocho años, tienen experiencia y liderazgo, han probado su valor en incontables ocasiones desde que se pusieron esas armaduras. Son justos, fuertes, virtuosos, uno de ustedes tomará mi cargo y el otro lo asistirá en todo lo que pueda. Deberán trabajar siempre juntos en pro de repeler el mal sobre el planeta —pausó un par de segundos como si aún lo pensara, pero era tan obvia la elección—. Aiolos, tú has sido elegido por las estrellas, Nicole lo hará oficial mañana mismo.

Al principio no supo cómo reaccionar. Aún trataba de entender la situación, una guerra se avecinaba contra las sombras y el Sumo Sacerdote estaba preparado para morir. Cuando habló sobre el sucesor al cargo más importante empezó a preparar las palabras de aliento que le daría a Saga, a quien apoyaría hasta la muerte mientras estuviera al mando, lo consideraba el más apropiado para dirigir el ejército de Atenea, jamás creyó que...

—¿Yo, Su Excelencia? —fue lo que logró soltar de sus labios, y ni siquiera se oyó con claridad.

—Te encargarás de educar a Atenea como diosa y forjar la nueva legión de Santos que esté preparada para la nueva guerra, en cuanto las sombras se hagan presentes. ¿Saga?

—Le apoyo totalmente en su decisión, también creo que Aiolos es el más apropiado para el cargo y no escatimaré esfuerzos en ayudarlo en la protección del Santuario, en la lucha por la paz y la justicia sobre la Tierra, incluso si enfrento cara a cara a la muerte.

—Saga...

 

12:15 a.m. del 2 de Septiembre de 1997.

Le costaba creerlo. En pocos minutos había acumulado tanta información y reunido tantas emociones que no sabía muy bien cómo actuar. Tenía que admitirlo: se sentía apto para el cargo de Sumo Sacerdote, no había mayor honor que representar a Atenea en la Tierra y ayudarla en la protección del mundo..., el problema es que consideraba a Saga mucho mejor preparado.

Le decían “semidiós” porque la gente lo consideraba una divinidad con cuerpo humano. Amable y compasivo, el pueblo lo adoraba, jugaba con los niños cada vez que veía uno (entre ellos Aiolia), pero además de su enorme corazón era también poderoso; un titán entre los hombres. Él lo había visto. A su máxima capacidad podía ser capaz de destruir galaxias enteras, pero utilizaba esa energía solo por la justicia, siempre contra la maldad, la depravación, la traición y las sombras que habitaban en el mundo.

¿Por qué lo habían elegido a él? No dejaba de hacerse esa pregunta al tiempo que esperaba el amanecer, no podía aguantar los deseos de ver al bebé por quien dedicaría el resto de su vida, el ser más importante del universo, su diosa. Allí, de pie sobre una de las estatuas de centauro que tenía a las puertas de su propio Templo, Aiolos se permitió una sonrisa y su puño tembló de ansiedad.

«¿Qué haría Aiolia?»

Comenzó a reírse en medio de la noche ante la respuesta que llegó a su cabeza, y en segundos ya estaba subiendo las escaleras que lo llevarían de vuelta al Templo Corazón, aquel edificado tanto para Atenea como para su representante el Sacerdote, deseoso de verla, de admirarla, y de paso saber cuál sería su propia reacción. ¿Se comportaría como un digno Santo de Oro?, ¿tal vez como un niño a quién se le encarga ser el guardaespaldas de su hermanita? ¿Importaba todo eso ahora que había sido elegido Sumo Pontífice?

Era el único entre sus compañeros que tenía alas en la espalda, siempre habían sido pesadas pero ahora las sentía especialmente ligeras. Voló a través de los hogares de sus hermanos y en poco tiempo llegó a su objetivo. Antes de entrar, sin ningún motivo en particular, miró en dirección al Monte Estrellado, la montaña más alta de la Tierra, un monolito a corta distancia del centro del Santuario. Desde allí los Sumos Sacerdotes de cada generación miraban las estrellas y predecían el futuro, solo a ellos se les permitía subir. Una nube negra ocultaba la cima. Se preguntó cuánto tardaría en aprender a leer el destino.

Se le aceleró el corazón cuando sintió aquella perturbación. Fue como un cambio en el aire, una pesadez en el ambiente. Se sintió alarmado, algo golpeaba su pecho y nublaba sus sentidos con rapidez. El flujo del Cosmos había sido alterado y la fuente se hallaba a pocos metros de él.

—Atenea...

Y corrió con todas sus fuerzas, con toda la velocidad que le entregaban sus piernas. Después de abrir los portones se encontró de frente con los guardias que le sonrieron como siempre. Por primera vez en su vida no los saludó y pasó de largo. No era su culpa, no podían sentir lo mismo que él.

—¡Señor Aiolos, no puede...!

Aiolos miró atrás, sintió compasión y levantó un dedo. Después del destello se disculpó en silencio por dejarlos dormidos de esa forma, al mismo tiempo que corría las cortinas que llevaban al pasillo lateral.

La presión que comprimía su pecho como una piedra de varias toneladas aumentó a ritmo con los martillazos que daba su corazón. La puerta blanca, aquella destinada solo a la diosa, era la fuente de su aflicción. La abrió: la imagen se reflejó en su retina y el cerebro procesó la información al tiempo que estiraba el brazo y detenía con toda su fuerza el de aquel que se consideraba la máxima figura de autoridad en el Santuario, alguien digno de toda admiración. Entre los dedos sujetaba una brillante daga dorada de arriaz alado con joyas verdes, rojas y azules incrustadas en la empuñadura y gemas doradas a lo largo de la brillante hoja. La mantenía a centímetros del cuello del bebé, un ser precioso perfumado de lavanda, de cabellos castaños y sonrisa adorable que no entendía la situación

—¿¡Pero qué demonios intenta hacer, Su Excelencia!?

—¿Aiolos? ¡Muévete, no te metas en lo que no te importa! —Su voz era grave, rasposa, cargada de ira y odio, no se parecía a la voz suave del hombre que el destino había elegido para dirigiera a los Santos con bondad y honor. El Pontífice le dio un codazo en la cara que le hizo retroceder y de inmediato volvió a arremeter contra la indefensa que lloraba en la cuna. No sintió dolor, su cerebro enviaba señales de alerta imparables y su cuerpo se movió como el rayo.

Tomó al bebé entre sus brazos, dejó que la daga atravesara las finas telas y sábanas para luego darle un puñetazo al anciano. Fue extraño, los músculos de su estómago eran demasiado firmes para alguien de dos siglos y medio de edad. Al impactar contra el muro el yelmo con la efigie de águila cayó sonoramente al piso, y el hombre de cabello gris lo miró directamente aunque se tapó la cara como pudo con los dedos. Pero no... Sus ojos...

—Rojos... como la sangre. El Sumo Sacerdote siempre ha tenido ojos del color de las rosas... no puede ser. —Puso más atención, percibió su energía y acomodó las ideas. Se fijó en la falta de arrugas, el vigor en sus movimientos y comprendió lo que deseó no haber comprendido—. ¿Qué...?

—Aiolos, entrégamela. Mi destino está marcado con fuego y sangre —sonrió como una víbora frente a su presa, hizo que un escalofrío le recorriera la espalda—. Debo asesinarla, no te metas en mi camino o lo lamentarás.

—...Loco desquiciado —era lo único que podía pensar en ese momento, lo soltó en voz alta. Vio el Cosmos, la energía del universo, acumularse en la mano desnuda del hombre que tenía al frente y su Manto de Oro reaccionó al instante. Alcanzó a voltearse y cubrir a Atenea con sus alas, la pequeña no dejaba de llorar. Un profundo dolor recorrió su cuerpo cuando la luz lo atravesó y escuchó el muro a su espalda crujir... No, no solo el muro, también sintió los huesos de sus brazos, piernas y torso quebrarse.

«No puedo seguir así, mi deber es cuidarla a toda costa».

Con un grito de suplicio dio un fuerte golpe a las piedras bajo la pequeña ventana que dejaba entrar la luz de la luna, rasgó las blancas cortinas de terciopelo y sin pensarlo dos veces saltó sin saber dónde caería. Le dolía el cuerpo pero lo que más le preocupaba era la salud del bebé a quien no podía inspeccionar todavía, cubierta por las plumas doradas de sus alas de oricalco. Resbaló por las piedras y el barro de la montaña, y oyó con toda claridad la voz estridente del que ocupaba el cargo de Sumo Sacerdote a lo largo y ancho de todo el cerro.

—¡A todos los Santos y soldados de este Santuario, alertas! Uno de nosotros ha traicionado a sus compañeros y roto sus votos, acaba de intentar matar a la infanta Atenea. ¡¡¡Ejecuten al traidor Aiolos de Sagitario!!!

«Genial, quiere acabar con ambos de una vez, qué astuto».

 

—¡Detente ahí mismo, Aiolos! —Esa voz llena de orgullo solo podía provenir del Santo de Oro más cercano al Sumo Sacerdote, Aphrodite. Tenía cabello rubio y rizado, un lunar en la mejilla izquierda sobre uno de sus ojos celestes; labios gruesos sosteniendo una rosa como era habitual. Siempre olía a perfume de flores, ayudaba a la distracción. Su Manto tenía forma de escamas marinas: hombreras dobles, un peto decorado con un emblema rosáceo, perneras y brazales con aletas, su falda tenía la forma irregular de un jardín de corales, en su centro resplandecía el símbolo de la flor de lis. Tenía preparada otra rosa en su mano. Esa rosa.

—¡Aphrodite espera, no es lo que parece! —Debía llegar a su Templo, alertar a su hermano...

—¡Dije que te detengas! —el muchacho levantó el brazo dispuesto a lanzar la rosa de pétalos blancos.

—¡Aphrodite, mira a quien llevo, no lo entiendes! —«Maldita sea, es tan joven e impulsivo, pero aun así me tiene respeto como para no disparar de una vez, como para dudar». Plegó las alas lo suficiente para que se viera el bebé pero no tanto como para recibir alguna herida.

—¿¡Raptaste a Atenea!?

—¿Qué? ¡No! —El sentido de justicia nublaba la visión de su oponente, era de halagar en cierta manera. Aphrodite dejó que la flor se despegara de sus dedos. El proyectil blanco siempre llegaba a su destino, estaba creado con esa propiedad especial, y como lo esperaba se incrustó sin problemas en su corazón perforando la gruesa coraza dorada.

...Pero eso no iba a detenerlo...

—Aiolos...

—¡Lo siento Aphrodite! —ni siquiera apuntó, supo de antemano dónde y cuán fuerte lo golpearía. De su puño salió un destello dorado fuerte como el trueno, veloz como el rayo, brillante como el relámpago. El chico gritó al estrellarse contra la fuente de agua que tenía a la salida de su Templo, pero se mantuvo consciente el tiempo suficiente para activar el mecanismo de seguridad. Las rosas rojas aparecieron como las estrellas de la noche sobre las escalas que guiaban al Templo Corazón—. ¡Maldición!

Con la rosa blanca en el pecho no aguantaría mucho si además tenía que enfrentarse todo el camino a las rosas rojas, así que saltó por el acantilado volviendo a cubrir con las alas al bebé, haciendo todo el esfuerzo posible para que no sufriera el menor rasguño y esperando caer cerca de su hogar. Era allí donde debía llegar, tenía que dejar un mensaje, informar de la situación y revelar la traición en el Santuario, porque estaba seguro que ninguno de sus compañeros entendería la situación. Quizás dudarían, probarían su lealtad, pero apenas vieran al bebé su deber como Santos se apoderaría de sus corazones y almas, y atacarían sin vacilar igual que Aphrodite...

 

...Al menos la mayoría de ellos actuaría así. El que se encontró a mitad de la caída era un Santo de Oro sumamente especial.

—¿Creíste que escaparías tan fácilmente, Aiolos?

—DeathMask... —ni siquiera alcanzó a intentar razonar con él, solo tuvo tiempo para abrazar a Atenea con todas sus fuerzas antes de recibir el puñetazo que lo enterró al interior de la montaña. La pequeñita de mejillas sonrosadas se puso a llorar y llevó sus manitas a los ojos para dejar de mirar la noche violenta.

—Dame al bebé, Aiolos, o te haré polvo junto con ella.

—Muy directo, ¿eh, DeathMask? —lo sorprendió su actitud, pero no tanto. Jamás entendió por qué el Manto lo aceptó. Estaba de pie sobre una roca saliente con perfecto equilibrio mostrando su sonrisa perversa; su armadura tenía un peto pentagonal reforzado que servía como escudo, estaba decorada con gemas del color de las piedras del inframundo, lucía formas que asemejaban patas de cangrejo en las hombreras, cintura y antebrazos. Era puntiaguda, afilada y tétrica, iluminada por los rayos de luna que la hacían ver bastante lúgubre. Más aún con la capa manchada de sangre como era su costumbre.

—La orden es no dejar nada de ti, Sagitario —el italiano sacó a relucir su mejor técnica. Los fuegos azules comenzaron a reunirse entre sus dedos, y las alas no serían suficientes para proteger al bebé. Además tenía prisa.

—Si no bajas los brazos en un segundo lo pagarás muy caro, DeathMask. —Como esperó no lo hizo pero Aiolos lo había visto luchar desde niño, conocía cada uno de sus movimientos. Esquivó las primeras tres llamaradas dirigidas exactamente hacia donde calculó y luego hizo explotar el universo que había en su interior. Lo que los Santos llamaban encender el Cosmos. Incrementó la profundidad de la grieta donde había sido enterrado, hizo dispersar el polvo con las alas y se movió como un destello de luz para darle una patada a DeathMask en el vientre. Por un instante perdió el equilibrio y Aiolos aprovechó para darle un puñetazo en la cara, uno que no estaba motivado por las mismas razones que el que le entregó a Aphrodite. El fanático de la sangre cayó por el precipicio y no tendría otra oportunidad.

Pero estaba débil: varios de sus huesos estaban hechos añicos, una rosa clavada en el pecho disminuía los latidos de su corazón y rápidamente notó como las llamas azules succionaban su vida, deseaban llevárselo al otro mundo. No tenía tiempo que perder así que corrió lo más rápido que pudo, tanto como para que ni los soldados y ni los guardias percibieran más que un fulgor que los hiciera pestañear o una brisa que revolviera sus cabellos.

Entró al Templo del Centauro, aquel que desde la época mitológica estaba bajo el cargo del Santo de Oro de Sagitario. A oscuras se dirigió al pedestal donde descansaba la Caja de Pandora. Normalmente allí guardaba el Manto Sagrado, pero ahora tendría otra función. La llenó de sábanas, telas y almohadas, y acomodó a la niña en su interior; ella dejó de llorar y le tomó un dedo con sus pequeñas manitas de piel blanca. Se alegró al ver que no tenía el más leve rasguño y sonrió al tener un pensamiento digno de su hermano menor: en su primer día había cumplido perfectamente con el deber de protegerla.

Debía sacarla de allí, el Santuario no era un lugar seguro y él mismo tendría que desaparecer hasta que los ánimos se calmaran. Si la llevaba en la Caja podría defenderse, aunque no se veía en buenas condiciones. Su corazón se detenía. Cojeando se acercó a un muro y le hizo una grieta que serviría como fachada. ¿Cómo debía ponerlo?

¿El Sumo Sacerdote es un traidor?

¿Aiolia, escapa, te espero en tal parte?

¿El Santuario está en peligro?

¿No intenté matar a Atenea sino que la protegí del verdadero traidor?

 

Supo la respuesta apenas oyó los pasos que se acercaban lentamente por la salida del Templo. Su respiración firme, su Cosmos determinado, la energía que provenía de sus brazos afilados. Entonces lo comprendió todo, sintió los ojos llorosos y sonrió. Poco importaba su honor como Santo ni la vida que se apagaba, ni la verdad de la traición, ni la situación interna del Santuario. Solo una cosa era fundamental, lo único significativo: Ella.

Escribió rápidamente los sentimientos que la bebé le producía en la pared y la ocultó rápidamente con su propio Cosmos, materializando una firme capa de piedra sobre el mensaje que solo algunos podrían entender como él. Le suplicó a Sagittarius con la mano en el pecho que solo le permitiera ver su mensaje a aquellos que fueran dignos. Y en ese momento sintió el aire cambiar, de reojo lo vio aparecer por el pasillo.

—Aiolos.

—Hola Shura. —«Es joven, pero definitivamente es un Santo de verdad. Qué lástima que nos encontremos así».

—¿Intentaste matar a Atenea, Aiolos?

—No.

—Aunque el Sumo Sacerdote nos acaba de informar de todo. Tienes las marcas de la pelea, Sagittarius. —Sus ojos verdes, serenos, pequeños y juiciosos lo inspeccionaron de arriba a abajo—. Aphrodite, DeathMask... si no los convenciste a ellos no veo cómo podrías conmigo.

—Haz lo que debas hacer.

—Así será.

Aiolos se colocó el yelmo, plegó las alas, y puso la enorme Caja en su espalda. Mientras corría recibía los profundos y dolorosos cortes, la sangre manaba de las hendiduras en su armadura, el corazón ya no podía latir. Pero reunía la fuerza suficiente para mantener a raya a su compañero de armas, ese joven esbelto de cabello negro y ojos serios con el casco cornudo, lejos de él y su diosa. Pronto se vio en la necesidad de usar el brazo que le quedaba y notó como corría a saltos. El último lo dio por el precipicio nuevamente, sin esperar caer en la montaña. No, simplemente voló lo más lejos que pudo en medio de la noche, esperando que la oscuridad lo ocultara el tiempo necesario. Esa oscuridad que, irónicamente, en un futuro la preciosa bebé y los que leyeran su último mensaje deberían ahuyentar.


[1] Gold Saint en inglés, el rango más alto del ejército ateniense.

[2] Gold Cloth en inglés, la armadura más poderosa del ejército ateniense.

[3] Originalmente Aqhnaih  (Athénaia), en griego antiguo.


Editado por -Felipe-, 02 abril 2016 - 18:35 .


#2 T-800

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Publicado 05 julio 2014 - 15:22

suerte en tu fic pero te sugiero que las letras lo hagas un poquito mas grande


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FIC:  1-LA BATALLA DE FUEGO

 

 


#3 mihca 5

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Publicado 05 julio 2014 - 15:27

Muy buen remake, buena historia para el centauro!!

¡Si una hembra te rechaza es por el bien de la evolución!

 

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#4 zeus god king

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Publicado 05 julio 2014 - 15:43

good good 



#5 -Felipe-

-Felipe-

    Benethol

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Publicado 05 julio 2014 - 16:16

Aumentado un poco el tamaño de letra. Lo había olvidado mencionar, las armaduras también se "rebootearon". En particular, y aunque no soy de lo mejor dibujando que digamos, este es el Manto de Oro de Sagitario. Aiolos.

14tnjl.png


Editado por Felipe_14, 13 julio 2014 - 20:31 .


#6 zeus god king

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Publicado 05 julio 2014 - 20:15

me gusta la armadura es increible .....ojala sabiendo dibuja asi hagas una especie de manga en tu fic ,,si te demoraras mas pero quedaria pro 

 

 

veo que hiciste la parte de la cadera como la de shaka ..

 

Xc5oRB6cG.jpg

 

igual te quedo  de verdad muyyyyyyyyyyyyyyyyyy bonita te felicito 

 

si yo dibujara asi yo hiciera mi fic como un manga 

 

cuando puedas pasa por mi fic  y comenta  algo 



#7 -Felipe-

-Felipe-

    Benethol

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Publicado 07 julio 2014 - 20:02

Vamos con el primer capítulo en sí, cuatro años años antes de la historia principal, protagonizado por... quién más que él.

 

SEIYA I

 

01:45 a.m. del 15 de Octubre de 2009.

Esta vez sin duda lo lograría. Cuando tenía un deseo hacía lo posible para llevarlo a cabo, y normalmente lo concretaba, pero en ese objetivo particular Marin siempre lograba mantenerlo a raya.

Había llegado hace dos años al Santuario para comenzar su entrenamiento de Santo quedando a cargo de Marin, y cada día durante ese tiempo, sin excepción, se levantaba para quedarse embobado mirando la gigantesca montaña en el centro del recinto. Era enorme, monumental, un titán de tierra, rocas y cosas más misteriosas. No alcanzaba a distinguir bien, el hogar de su maestra estaba más cerca de la periferia, pero casi podía asegurar que unos edificios blancos se erigían alrededor de la montaña, apenas visibles entre las piedras, pero lo suficientemente atractivos para que él los considerara algo que descubrir e investigar.

Durante la mañana Marin le hizo memorizar cada uno de los huesos en las extremidades, sintió que el cerebro se le calentó y, de un momento a otro, su maestra lo estaba regañando porque se había quedado dormido. Incluso si ella no llevara esa máscara y pudiera ver sus ojos, él jamás se hubiera atrevido a pensar que le mentía. Su tono de voz despejaba toda duda y como castigo se le complicó la tarea de la tarde. Debía levantar una roca de aproximadamente 300 kilogramos con las manos, pero esta vez serían 350 y solo con la mano izquierda. Cuando dejó de sentir el brazo y se le enrojecieron los dedos pensó que le dejarían descansar, pero quedarse dormido mientras Marin le enseñaba era bastante duro. Tuvo que repetir con la derecha.

Cansado, golpeado y desanimado, se bañó y acostó. En la cama contigua Marin dejó el antifaz en la mesita de noche y le dio la espalda mientras se dormía, como hacía siempre. Solo una vez intentó verle los ojos y jamás olvidaría el día de entrenamiento infernal que trajo eso como consecuencia.

«¿Es tan fea, acaso?, ¿o deforme?, ¿le faltarán los ojos? Si no fuera por eso se parecería bastante a Seika». Era esbelta y de rizado cabello rojizo. Llevaba una máscara plateada que ocultaba sus ojos y frente, normalmente sus labios rosas estaban rectos en una mueca severa. Era capaz de sacarle el corazón, mostrárselo y metérselo de nuevo por la nariz en un segundo. Seiya recordó soñar eso una vez...

Mientras esperaba que su instructora se durmiera, recordó a su hermana de quien se había separado en Japón. La última imagen que tenía de la dulce chica que lo había cuidado como una madre era ella de rodillas, arrastrándose detrás del auto que lo llevaba al aeropuerto, a Grecia, mientras sus rostros se consumían por las lágrimas. De hecho, y por lo mismo, ese recuerdo era bastante borroso...

Y Marin no era mala (debía admitirlo), simplemente demasiado estricta. Lo cuidaba, no como Seika, pero se notaba su preocupación por formar un buen guerrero, un Santo digno. Incluso, y a pesar de ser japonesa como él, le obligaba a hablar en griego, la lengua oficial en el Santuario. No le deseaba ningún mal, y por un instante dudó al levantarse de la cama, pero luego se acercó a la ventana y fijó la vista en dirección a la montaña. O eso imaginó, la noche era absoluta pero le pareció distinguir la figura rocosa, cada lodazal, cada piedra, y esos monumentos. Sus ojos jamás habían logrado ver la cima, siempre estaba cubierta por las nubes, pero Marin le aseguraba que en el punto máximo había una estatua que representaba a Atenea, diosa griega de la guerra estratégica y la sabiduría, y la protectora de Atenas. Le habían dicho que un Santo luchaba bajo las órdenes, reglas y valores que Atenea había dejado en la Tierra y por eso, a los miembros del ejército al que lo obligaban a unirse, los llamaban Santos de Atenea. Más aún, le habían hecho creer durante esos dos años que la propia diosa vivía en lo profundo del refugio sagrado, y le parecía que esperaban sinceramente que se tragara eso. No era ningún idiota.

Cuando cruzó la puerta y se puso la manta negra encima, Seiya se rio con picardía y se maldijo por compadecerse de su maestra. Si él iba a ser parte del Santuario no veía motivo para que se le restringiera una zona del mismo.

 

Era bajo para los doce años que tenía, y en este caso (solo en este caso) se sentía a gusto con ello. Podía ocultarse fácilmente, conocía las costumbres de algunos guardias y le fue relativamente sencillo pasar junto a ellos sin ser visto. Había otras cabañas dispuestas para los otros aprendices, sus maestros, y los soldados rasos, pero le pareció ser el único con curiosidad. La montaña se hacía cada vez más grande y él insignificante. «¿De verdad es posible que haya una estatua allá arriba?», se preguntó mientras se acercaba al Coliseo.

La arena de combate estaba disponible para cualquier entrenamiento. Con su gran amplitud podía tener en su interior al menos a cien hombres entrenando con comodidad, y a veces a él le había tocado hacer sus ejercicios allí. El último que recordaba consistió en perforar los átomos de un pilar cerca de las gradas. Le pareció simple, pero al romperse la mano solo se ganó regaños y risas. “Debes romper los átomos” le decían, pero le costaba comprender a qué se referían con ello. Sabía que los átomos eran las partes más pequeñas de la materia, más ínfimas que un centésimo de un grano de arena, ¿cómo iba a golpear y destruir solo eso?

 

Pensando en ello estaba cuando una luz iluminó brevemente su rostro y rápidamente se ocultó detrás de unas rocas. Ya estaba cerca, unos cuantos metros más allá estaría el pie de la montaña, pero al parecer su maestra ya lo había interceptado. O eso pensó al principio.

Con sigilo y el esfuerzo de la prudencia levantó la vista para ver la fuente de la luz y casi se cayó de espaldas al ver que no era una sino muchas luces las que se habían encendido en el cielo nocturno. Formaban un círculo, unas diez llamas azules flotando en medio del aire, más brillantes y grandes que las estrellas...

—¿Ovnis? —murmuró, con el corazón en la garganta, pero al acostumbrarse su visión pudo definir mejor lo que se le presentaba—. No. Un Reloj.

Era una torre, el monumento más grande que recordara ver en su vida, hacía ver al reloj del orfanato como un insecto al que aplastar. Después de tres bloques montados como pirámide había unas estatuas que Seiya no pudo distinguir bien, pero sus cabezas sujetaban el enorme reloj cúbico. Las contó, eran doce espacios, doce llamas en cada cara..., pero ningún número. Con la luz del fuego pudo ver que en vez del “doce” se encontraba en la zona norte la imagen de dos peces unidos. Al centro del reloj se vislumbraba la figura del sol, y a su alrededor otro anillo dividido por extraños símbolos.

—¿Cómo es que nunca vi esto? —preguntó en voz alta con el cuello torcido.

—Nunca debiste, ese es el motivo.

Casi tuvo una taquicardia. Se volteó lentamente preparado para la peor golpiza de su vida, pero en vez de un guardia cualquiera se encontró frente a frente con uno muy familiar.

—A-Aiolia.

—Seiya. No debes estar aquí.

Aiolia le duplicaba la edad, tenía corto y ondulado cabello castaño, un rostro redondeado de tez morena con barbilla pronunciada y ojos verdes que siempre le entregaron amistad, simpatía y honestidad. Era dueño de un físico privilegiado entrenado al límite humano posible, muy alto y robusto, pero esbelto. Vestía con las ropas típicas de los centinelas: hombreras, peto y cinturón de cuero, aunque sin armas. Se le acercó con actitud amenazante, parecía muy enfadado.

—Aiolia, espera, yo...

—¿Qué haces aquí? —su voz era firme, no admitía oposición. Seiya sabía que mentir sería inútil.

—Me-me esca... quise... quería ver... —Sus ojos involuntariamente se posaron en la montaña que se erigía a unos cuantos metros, y por más que levantara la vista no conseguía ver la famosa cima.

—A esta montaña solo pueden entrar los doce que pertenecen a la élite del Santuario, además del Sumo Sacerdote y por supuesto la diosa Atenea.

—Oh, Aiolia, no estarás pensando que me creeré... —Durante un segundo, olvidó el temor y sonrió como un tonto al oír lo de la existencia de una diosa real en medio del Santuario, pero al siguiente pestañeo el miedo volvió junto a la voz rugiente de Aiolia.

—Aquellos que entran sin permiso reciben un horrendo castigo... a algunos se les ejecuta. Esto no es una escuela Seiya, sino un centro de entrenamiento.

—Aiolia..., no irás a... —Tenía ganas de llorar, de pedir disculpas, y el orgullo masculino no se dignaba a llegar para evitarlo, pero la repentina risa de su amigo, simpática y jovial, amistosa y sincera, lo hizo desistir—. ¿Pero qué...? ¿¡Te ríes!?

—No te equivoques Seiya, lo que acabas de hacer es incorrecto, Marin tendrá que darte un castigo de todas maneras, pero no creerás que permitiré que te asesinen, ¿o sí? Ja, ja, ja. —Le revolvió el cabello y Seiya comenzó a molestarse—. Agradece al menos que tu instructora es Marin y no la italiana, ella te cortaría un dedo por cada vez que ronques durante la noche.

—¿Qué te pasa, Aiolia? ¡No me trates como un tonto!

—Ah, Seiya... cuando tenía doce años era idéntico a ti, sería un hipócrita si me enfadara. Pero también a esa edad fue cuando el curso de mi vida y la marca de mi destino cambiaron. —Aiolia miró con una sonrisa triste hacia la montaña oscura, sus ojos nostálgicos calmaron un poco a Seiya—. Lo único que deseo, muchacho, es que con esta experiencia tu estrella también cambie el rumbo.

—¿Mi estrella?

—Todos tenemos una estrella guardiana allí en el cielo que marca nuestro futuro y nos protege de la oscuridad eterna. Las experiencias pueden afectar ese destino y convertirte en un mejor hombre, es lo que siempre me decía mi he... mi instructor. —Volteó la cabeza y lo miró—. Conviértete en un guerrero digno, en un Santo valiente, leal, justo, fuerte, y que siga las reglas. Solo así las estrellas podrán llevarte por el camino más indicado sin desvíos.

—¿Entonces lo de hoy...?

—Una pequeña mancha en tu expediente, nadie es perfecto, pequeñín. Pero si vuelves a venir aquí sin permiso a subir las escaleras te asesinaré —Aiolia se puso a reír mientras lo agarraba del brazo y lo llevaba de vuelta a casa. Otro guardia lo habría acusado, pero Aiolia... ¿Por qué estaba él ahí en todo caso?

 

Marin esperaba en la puerta con los brazos cruzados y una mueca de rabia contenida. Supuso que si no llevara la máscara con solo ver sus ojos se terminaría quemando o algo similar. Aiolia se fue después de aconsejarle castigos suaves, pidiendo que no fuera tan dura esta vez. Normalmente eso hacía que ella fuera el doble de estricta, ¿acaso él lo sabría?

«¡Por supuesto que lo sabe, cabeza hueca!»


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 17:17 .


#8 T-800

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Publicado 08 julio 2014 - 16:53

siempre me he preguntado como es posible que seiya siendo entrenado en el santuario desconociera varias cosas sobre el como la existencia de los 12 caballeros y athena.

 

esperando el proximo capitulo


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FIC:  1-LA BATALLA DE FUEGO

 

 


#9 -Felipe-

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Publicado 08 julio 2014 - 17:04

Ese "¿Quién es Hades?" fue épico.

 

 

 

Por cierto, una curiosidad. "Mito del Santuario" fue el título que escogí después de "Leyenda de Seiya" y "Saint Seiya New"..., que se parezca a "Leyenda del Santuario" es una inmensa coincidencia no premeditada en ninguna forma.

 

Lo otro es que este sería el volumen 1, que tomará toda hasta lo que sería la saga de los 12 Templos. Como prueba, vamos.


Editado por Felipe_14, 08 julio 2014 - 17:32 .


#10 -Felipe-

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    Benethol

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Publicado 08 julio 2014 - 21:04

Paso a dejar el tercer capítulo también, básicamente porque casi cuenta como dos. Es muy largo, pero es porque son dos historias importantes, una narrada en flashback seis años atrás, y otra dos años atrás. El Punto de Vista de hoy es...

 

SHUN I

 

13:30 p.m. del 3 de Mayo de 2011.

—¡Que te levantes! —le gritó mientras lo agarraba del brazo y lo lanzaba al aire como si fuese una pelota.

Antes de tocar el ardiente suelo, Leda lo pateó en el estómago enviándolo violentamente hacia las rocas, lo que sirvió para evitar que cayera al mar. Era un joven muy fuerte de músculos seriamente fortalecidos. Llevaba su largo cabello rubio suelto hasta el final de la espalda, tenía un rostro casi triangular con una nariz aguileña y ojos azules que denotaban orgullo inquebrantable.

Le dolía todo el cuerpo, el brazo derecho se le había roto, pero no iba a lamentarse. No frente a todos ellos.

—Leda..., ¿ya te cansaste?

—Qué cobarde asqueroso, ¿por qué no te defiendes? ¡Pelea conmigo de una maldita vez! —corrió hacia él, lo tomó del cuello como a un juguete y lo levantó sobre el precipicio amenazando con soltarlo a las hambrientas olas debajo.

—El entrenamiento ya había... terminado por hoy... —murmuró Shun con dificultades, solo Leda pudo escucharlo.

—¡Eso no importa! De todos los que vinieron contigo a esta isla solo quedas tú, y en cuatro años no has ganado ni una sola vez, ¡me da náuseas competir con alguien tan débil! —Leda le golpeó la mejilla con el brazo izquierdo, pero pronto lanzó un quejido cuando ella lo salvó pateándole la rodilla.

—¡Basta ya, Leda!

—June, no te metas en lo que no te incumbe, no estás en la misma prueba que este cobarde y yo.

—Aunque compita por otro Manto, Shun aún es mi compañero. —Sus ojos eran intensos, dignos de una guerrera, estaba seguro que ella sí lograría su meta.

—No me importa luchar con una mujer si es necesario, no pensarás defenderte con eso —Leda sonrió, pero ella devolvió el gesto y se puso en guardia.

—Solo trata de no ahogarte con tu propia sangre.

—¡Muy bien, ya basta los tres! —gritó la voz de su maestro. Era como un eco grave, se replicaba fácilmente en toda la isla. June y Leda juntaron los pies y se quedaron quietos, y él aprovechó el momento para levantarse—. El entrenamiento de combate terminó por hoy Leda, es la última vez que permito esto de ti.

—Sí, señor —dijo en voz alta aunque el tono de queja era evidente.

—Y tú, June, agradezco tu compañerismo pero Shun debe aprender a defenderse por sí solo. Además, si no me equivoco tu hora de entrenamiento no ha terminado, vuelve ahora mismo con Caph.

—Sí, maestro Daidalos. —June partió en seguida sin mirar a Leda otra vez.

—Y los demás —advirtió el instructor dirigiéndose a los demás aprendices que miraban atentamente la contienda—, ¿qué diablos están mirando?, ¡la comida está lista desde hace cinco minutos, no sé queden ahí mirando, morbosos!

Cuando todos se fueron, Daidalos de Cefeo se quedó a solas con Shun. A veces se sentía insignificante junto a él. Su instructor era el doble de alto, pesaba el triple, y con una mano podía quebrarle todos los huesos con facilidad. Tenía áspero cabello negro siempre desordenado, una barbilla enorme, rasgos duros en el rostro, muchas cicatrices en el cuerpo, y ojos aguerridos. Era obvio que había participado de muchas batallas en su vida a pesar de solo tener veintidós años, la experiencia le sobraba. En cambio él, tal como había indicado Leda, con cuatro años preparándose en la Isla de Andrómeda aún no era capaz de ganar la más mínima rencilla, y tenía un físico escuálido, baja estatura y débiles músculos.

De eso quería hablarle su recto instructor.

—Shun.

—Maestro. No volverá a pasar, intentaré no enfadar a Leda de nuevo.

—No. Shun, ¿por qué no te defendiste?, ¿por qué no lo golpeaste? —Su voz era compasiva a pesar de lo ronca, siempre lo trataba con respeto.

—Mi primera victoria en la isla no podría ser contra Leda maestro, es el más preparado para llevarse la armadura —Shun se permitió sonreír a pesar de que le dolía la mandíbula. No entendía por qué Daidalos insistía tanto con lo de vencer a Leda.

—¿Por qué respondes de esa forma cada vez que te pregunto esto? Shun, deja de engañarte a ti mismo, tú y yo sabemos que eres capaz de mucho más, por algo eres el único de tu país que sigue aquí.

—No sé qué pasaba por la mente de mis compatriotas cuando renunciaron pero yo tengo una meta, maestro. Tal vez me tome diez o veinte años más pero me convertiré en un Santo y volveré a mi tierra. Lo lograré pase lo que pase —Shun oyó sus tripas sonar y se sonrojó—. Eh..., yo... lo sien...

—No te disculpes. Ve a comer, Shun —lo despidió su maestro con un gesto de resignación y un suspiro afligido.

 

18:00 p.m.

—Tocan la puerta —dijo alguien al fondo de la cabaña, cerca del brasero.

—Ve a abrir Shun —le instó Spica dándole un empujón mientras los demás se reían y continuaban comiendo.

Se acercó a la vieja puerta de madera y la abrió con la facilidad de la experiencia. Siempre lo mandaban a él y ella lo sabía.

—Como pensé, qué bueno que abriste tú.

—Hola, June.

—Necesitamos hablar. Ahora.

—¿Necesitamos?

Ya había anochecido en la Isla de Andrómeda, cerca de las costas de Etiopía. Allí los días eran sumamente calurosos: alcanzaban los 50ºC en su máximo, por eso se le conocía como uno de los tres infiernos sobre la Tierra. Pero al caer la noche la temperatura se enfriaba, en ocasiones llegando a bajar de cero grados. Pocos habían aguantado entrenar en esas condiciones, y Shun siempre se sentía aliviado cuando, como ese día, entrenaban solo durante la mañana.

Se alejaron hasta la playa y ella se quedó de pie mirando el mar, agresivo, peligroso, y la mayor prueba para quien llegaba hasta esa isla. Era de piel algo oscura y de largo cabello rubio atado en una cola de caballo, ojos celestes como el cielo de la mañana, rostro fresco y jovial; de figura esbelta y un poco más alta que él. Llevaba una pañoleta amarilla atada a la cintura y aún traía las hombreras de entrenamiento. Shun se quedó detrás de ella.

—¿June?

—Shun, ¿por qué viniste aquí? ¿Por qué aceptaste este entrenamiento? —su tono de voz era firme y sin vacilar, incluso se notaba un dejo de molestia.

—Lamento que tuvieras que involucrarte en lo de hoy, espero que no hayas tenido problemas con la maestra Caph.

—No pasó nada grave, ella sabía a lo que iba. No has respondido.

—No, no lo he hecho.

—Shun... eres dulce, inocente, y pacífico, ni siquiera en este infierno ha cambiado tu manera de ser en todos estos años. No es un lugar para alguien como tú. ¿Qué te trajo hasta aquí?

Shun miró el mar, rememoró sus años de infancia, sus compañeros en el orfanato Niños de las Estrellas, a su hermano...

—Jamás me habías preguntado esto.

—No eres de los que habla de su vida porque sí, y yo no soy de las que preguntan mucho. Pero esta vez es necesario porque supongo que no eres tan idiota como para ignorar que llevas cuatro años enfrentándote a la muerte.

—Je, je, lo sé. Está bien June, te contaré. Me crie con mi hermano mayor en un orfanato de Tokyo ya que nuestro padre nos abandonó y nuestra madre murió poco después que nací. El Niños de las Estrellas era dirigido por Mitsumasa Kido, un empresario que nos visitaba a menudo. Siempre puso mucha atención en cada uno de nosotros y a veces nos citaba personalmente para hacernos entrevistas.

—¿Mitsumasa Kido? ¿El multimillonario que murió hace unos años?

—Sí, era bastante famoso. En el orfanato éramos cientos de niños y niñas, pero hace cinco años eligió a cien, los que le parecían estaban más preparados o a los que les había hecho más preguntas, y nos hizo ejercitar por todo un año en diversas artes marciales en la Fundación Graude de la que era dueño.

—¿Qué?, ¿ese viejo los obligó a entrenar a tan corta edad? ¿Por qué?

—Recuerdo que dijo que para convertirnos en hombres y mujeres fuertes, que éramos el futuro y que debíamos conocer el mundo para cuidarlo de la mejor forma. Aunque su mayordomo constantemente nos decía que había demasiados niños en la fundación y no podían mantenernos a todos. Mi hermano se metía en muchos problemas cada vez que lo encaraba por eso.

—¿Y después de ese año? —preguntó June luego de un corto silencio.

Y Shun le respondió al mismo tiempo que hacía pasar por su retina las imágenes de su memoria como si las estuviera viviendo de nuevo. Ese día lluvioso de junio cuatro años atrás...

 

***

—¿Saben qué son los Santos? —preguntó esa vez el anciano Mitsumasa, de larga barba blanca, nariz gruesa y ojos tan pequeños que parecía tenerlos cerrados. Tenía de la mano a su pequeña nieta quien jugaba con su teléfono celular.

Ninguno respondió. Cien niños y niñas de entre nueve y doce años se sentaron en el amplio auditorio de la Fundación Graude. Estaban atentos, ansiosos, nerviosos, no se reunían a menudo. Normalmente se hacían grupos pequeños y algunos solo se formaban de dos personas, como él y su hermano. Habían puesto una larga cortina dorada en uno de los pasillos, no recordaba haberla visto antes. Ikki estaba en la silla de su derecha y la pareció que no estaba con ánimos de escuchar lo que tuviera que decir Kido.

—A lo largo de la historia ha habido gran cantidad de guerras, calamidades, perversiones y actos malvados que han puesto en peligro la existencia del planeta y la mismísima humanidad, pero siempre ha aparecido el ejército de sombras, los hombres y mujeres que se hacen llamar Santos de Atenea, quienes en secreto han mantenido la paz y la justicia sobre la Tierra por cientos de años.

—¿Y qué tiene que ver ese cuento con nosotros? —preguntó un muchacho de cabello castaño en los asientos delanteros. No lo veía bien pero solo podía ser Seiya, siempre le pareció excesivamente irrespetuoso.

—¡No es un cuento, chiquillo insolente! —le reprendió el calvo mayordomo de los Kido, Tatsumi Tokumaru, un hombre alto y sin cejas vestido siempre igual, pero un gesto con la mano de su jefe lo detuvo.

—Tal como dice Tatsumi, no es un cuento, los Santos existen. Se reúnen en el Santuario de Atenea en Grecia, un lugar misterioso al que solo algunos pueden acceder y desde donde vigilan los movimientos del destino para así enfrentarse a los peligros que amenacen a la humanidad.

—Qué tontería —murmuró Ikki a su lado. No le respondió, tampoco estaba seguro de creer en esa historia pero Mitsumasa Kido jamás les había mentido y en sus entrevistas siempre lo trataba bien, a diferencia de sus compañeros.

—Vestidos con Mantos Sagrados son capaces de romper estrellas con sus puños y hacer fisuras sobre la tierra con sus pies, y eso es porque se han entrenado física y mentalmente desde pequeños, tal como ustedes.

Se hizo un silencio sepulcral. De pronto a Shun se le hacía claro el rumbo que estaba tomando la situación.

—¿Qué tramas, anciano? —preguntó Seiya, esta vez no dudó que era él.

—¡No le hables así a mi abuelo, Seiya! —replicó la nieta de Mitsumasa Kido arrojándole el celular a la cabeza. Era una niñita algo desagradable de tez bronceada y ojos grandes que poco tenía de japonesa ya que había sacado herencia de su madre. Le gustaba atar su cabello castaño en exagerados peinados de adulta, vestir como princesa de cuento y torturar a los niños montándose sobre ellos como caballos con una fusta. Se decía que sus padres siempre estaban viajando y que jamás la veían, y para él al menos era una excusa comprensible para su reprochable conducta. Su abuelo la llamaba princesa o regalo de los dioses. Los niños la llamaban enana insoportable.

—Tranquila Saori... Seiya, tú y tus noventa y nueve compañeros aquí presentes se dividirán en grupos e irán a las veinte áreas de entrenamiento que se han abierto en secreto alrededor del mundo. Se formarán como Santos de Atenea convirtiéndose en defensores de la humanidad que velarán por la paz sobre la Tierra, tal como siempre he soñado.

—¿¡Sueño!? —Seiya se levantó de la silla y Tatsumi lo sentó de nuevo con un empujón, pero fue la voz de su hermano la que se alzó más alto que las demás.

—¿¡Crees que somos tus juguetes, viejo miserable!?

—¡Ikki!

—Quieren separarnos Shun, y deshacerse de nosotros al mismo tiempo. Hasta para ese viejo debemos ser muchos niños que mantener.

—Muchacho, no es... —Mitsumasa tenía una voz triste, jamás lo olvidaría.

—¿Lo que parece? Por favor. Enviarnos a campamentos militares lejos de Japón donde seremos olvidados y seguramente muchos moriremos, con la excusa de ser un... ¿un Santo? ¡Qué tontería más absurda, pertenecer a un ejército inexistente y pelear por el amor y la verdad! Pudiste inventar algo mejor...

Se calló en el momento en que Tatsumi (a quien captó acercarse entre las filas, pero el miedo le impidió alertar) le dio una fuerte bofetada que hizo levantar a todos de sus asientos. Kido pidió calma pero el mayordomo se llevó a su hermano a una silla al lado del estrado, lo sentó con violencia y le puso las manos fuertemente encima para que no se moviera.

—¡Enano irrespetuoso, te callarás de una put...!

—¡Tatsumi, basta! —Por primera vez el anciano alzó la voz y mecánicamente todos se sentaron. Shun recordó que las lágrimas corrían por sus mejillas. Hizo encender un proyector que mostró paisajes de todo tipo alrededor del mundo—. En la pantalla verán imágenes de los distintos campos de Santos, les entregaremos los pasajes que los llevarán a sus destinos después de seleccionarlos gracias a las entrevistas. De entre el grupo, solo uno tendrá posibilidad de volver con el Manto Sagrado después de su entrenamiento, y si lo hacen... su destino... el...

Tomó aire que le faltó, su rostro enrojeció y se llevó la mano al pecho. Saori pegó un grito muy agudo, su abuelo se arrastró con dificultad hacia la cortina amarilla que había al costado y la abrió con fuerza justo cuando unos hombres de blanco entraron repentinamente al salón generando un caos que duró varios minutos. No podría olvidar jamás lo que vio detrás de la cortina, un centauro alado tan brillante como el sol.

***

 

—Cuando se llevaron al señor Kido a su clínica, Tatsumi cerró la cortina y nos entregó los pasajes uno por uno, afirmando que escapar de ese destino era imposible. En mi boleto decía Isla Reina de la Muerte.

—Isla... ¿¡Reina de la Muerte!? —alzó la voz June en medio de la noche. Las olas rugieron contra las rocas al fondo del acantilado.

—¿Has oído de ella?

—Se dice que hay tres infiernos sobre la Tierra y que el peor, ¡el más mortífero, cruel y despiadado para vivir es ese lugar! Y ese viejo te mandó allí porque sí, es... —June pareció meditarlo un momento y se relajó un poco bajando las cejas doradas—. Pero... estás aquí.

—Gracias al pasaje de mi hermano, sí. Al día siguiente, en el aeropuerto de la fundación, me despedí de Ikki. Recuerdo haber llorado mucho. Verás, siempre me molestaban en el orfanato y mi hermano me defendía a golpes... algo así como tú ahora que lo pienso, ja, ja. —Ella no sonrió—. Bueno, lo que pasó es que mi hermano cambió los boletos mientras me abrazaba, no me di cuenta, y como el vuelo aquí a la Isla de Andrómeda salía más tarde, se peleó con todo aquel que tuvo enfrente mientras yo corría detrás de él, lanzó un... escupitajo... al anciano Kido que había llegado en silla de ruedas, le dio un puntapié a Tatsumi, golpeó a los ayudantes y subió al avión después de empujarme de las escaleras. Sobrevive me gritó. Por alguna razón Mitsumasa Kido permitió eso y que yo viniera a este lugar que, aunque difícil, se supone es mejor que la isla Reina de la Muerte. Creo.

—Recuerdo que cinco japoneses llegaron ese día para competir por uno de los dos Mantos de esta isla, pero...

—Tres de ellos viven ahora en las islas aledañas y la chica no sobrevivió a los primeros meses.

—¿Y ese anciano los envió aquí, y los dejó a su suerte así como así?

—Sí, me imagino que deseaba que viviéramos por nosotros mismos.

—¡Pero Shun! Tú eres distinto, muy distinto a los demás. Pudiste haber escapado, renunciado, cualquier cosa... Tú no...

—Aunque no consiga en los próximos meses el Manto al que postulo, dentro de algunos años se abrirá otra competencia por una nueva armadura seguramente, y aunque lo intente diez o cincuenta veces más volveré con ella a Japón, demostraré que soy capaz. Le mostraré a mi hermano mayor que puedo protegerlo a él también.

—Shun... —Supuso que ya no había mucho que decirse, había dejado claro su meta. Tanto a ella como a sí mismo.

 

08:20 a.m. del 4 de Mayo de 2011.

A la mañana siguiente, muy temprano, Leda interrumpió el entrenamiento de velocidad y anunció a viva voz que se sometería a la Prueba del Sacrificio. Aseguró estar listo para convertirse en Santo, pelear con quien fuese, superar cualquier obstáculo.

—Si bien es correcto que los aprendices pueden tomar la Prueba incluso el mismo día que llegan, lo normal para chicos como ustedes sería esperar al menos unos cinco o seis años para tomarla —dijo Caph con serenidad, una mujer mayor de quien se decía había llevado la armadura de la Reina por décadas, y aunque se había retirado después de perder ambas piernas seguía instruyendo nuevas generaciones de postulantes a Santos.

—Allí no hay marcha atrás. En el foso las cadenas te atarán, y si no logras soltarte a tiempo te ahogarás, Leda, te devorará el Ceto y ninguno de nosotros podrá salvarte, eso te lo aseguro.

—Sé muy bien eso, maestro Daidalos, estoy preparado para todos los retos desde hace muchos años —Leda le dirigió una mirada furtiva a Shun acompañada de una sonrisa triunfadora—. No voy a esperar décadas una oportunidad fácil en la vida.

 

Leda se puso de pie en la roca ya preparada muy lejos del acantilado, en medio del mar, listo para comenzar. A sus lados había dos efigies plateadas de princesas que no se habían deteriorado ni con todo el mar Índico, y frente a él una grandiosa caja blanca marcada por el relieve de una mujer encadenada. Se decía que allí se había parado firmemente Andrómeda, la princesa mitológica, cuando voluntariamente se sometió a ser devorada por el monstruoso Ceto para así calmar la ira de Poseidón por los pecados de su reino. El mito contaba que el héroe Perseo la había salvado, pero este caso era diferente.

—Cuando dé la señal surgirán dos cadenas imposibles de cortar de la Caja que lleva el Manto Sagrado al que postulas, Leda. Se aferrarán a las estatuas de oricalco que tienes a tus lados y posteriormente te atarán a ti. Progresivamente aumentarán la fuerza con la que te tienen, empezarán a estrangularte y romperte los huesos, y el Cosmos despedido de ellas hará a la marea subir y ponerse violenta. Deberás incrementar tu energía, hacer explotar el Cosmos de tu interior para superar las fuerzas de las cadenas y lograr soltarte antes de que el mar termine contigo. Si consigues el objetivo habrás vencido a todos tus compañeros, y lo que contiene la Caja será tuyo. Deberás ser tanto Andrómeda sacrificándote, como Perseo liberándote. Si no...

Leda asintió, se notó confiado en sus fuerzas. Daidalos no esperó más tiempo, tocó con la mano el suelo en la orilla del foso y su armadura plateada brilló junto a él. El resto ocurrió de manera rápida e impetuosa.

Un par de cadenas salieron de la Caja blanca y como brazos de un ser de luz que quisiera salir del mar se engancharon a las estatuas. Eran de eslabones color rosáceo y despedían una luz tan hermosa y radiante que hizo a Shun preguntarse si serían capaces de matar a Leda. Se cruzaron frente al torso del muchacho, se dispusieron alrededor de sus brazos, piernas y cuello. Rápidamente comenzaron a presionar como pitones.

Al parecer Leda no esperaba que actuaran tan aceleradamente, quizás pensó que tendría tiempo de analizar la situación ya que pegó un grito cuando se le comenzó a cortar el aire. Las olas golpearon fieramente como la cola del Ceto a las rocas e hicieron tambalear al chico quien ya luchaba por soltarse. El nivel del agua llegó a su pecho en pocos segundos, a pesar de la distancia se veía el líquido rojo correr por sus extremidades. Trató de romper las cadenas con sus manos desnudas en esa incómoda posición, pero le fue imposible.

—¡Maestro Daidalos! —Shun no pudo aguantar más.

—Shun, quédate atrás si no eres capaz de ver. —También oyó la voz de June diciendo su nombre mientras los otros, decenas de chicos superados por Leda en cada prueba, clamaban palabras de aliento.

—Se va a morir, no será capaz. —En ese momento notó que los movimientos de Leda se pausaban, el agua llegaba hasta el cuello presionado por los eslabones, estaba perdiendo las fuerzas. Gritó una última vez.

—Él creyó que podría, nada se puede hacer más que esperar.

—No lo logrará...

—Entonces está muerto —los ojos de Daidalos no vacilaban, había intentado disuadir a Leda sin éxito, nada podía hacer ya.

El mar rugiente y violento cubrió todo el cuerpo del muchacho, las cadenas estaban más tensas que antes y las aguas cristalinas se tornaban rojas. No se podía sentir el Cosmos de Leda luchando por sobrevivir y supo que había perdido la conciencia. En ese preciso instante, sin pensarlo dos veces, saltó.

 

Oyó su nombre pronunciado y gritado varias veces por Daidalos, por June y por la maestra Caph, mezclado con el ruido de las olas mientras agarraba las cadenas con todas sus fuerzas.

Como pensó, Leda ya no estaba consciente, se había convertido en huesos rotos y piel sangrante.

—No morirás... —susurró cuando salió a tomar aire, aunque no iba a oírlo.

—¡Shun, basta, las cadenas te atacarán a ti! —exclamó Daidalos.

Pero no se rendiría. Sería un Santo digno, como su hermano ya debía serlo, y demostraría que era capaz de proteger a alguien. Leda era el más indicado, había entrenado por años para ello, debía ayudarlo, darle otra oportunidad.

Sintió la energía salir por sus poros. Se metió baja el agua nuevamente, agarró las cadenas y jaló. No pudieron o no quisieron oponer resistencia, los eslabones soltaron a Leda y sintió calma en su interior. Se veía capaz de todo. Empujó a Leda hacia la superficie y la tranquilidad no se disolvió ni siquiera cuando las cadenas arremetieron buscando venganza. Ataron a Shun cabeza abajo, pero él se mantuvo calmo aunque rápidamente presionaron con la fuerza de diez osos, había algo que lo tranquilizaba, que le daba aire bajo el agua. Sobrevive le había gritado su hermano. Volvería a verlo, esta vez convertido en un hombre.

Cerró los ojos y la sangre dejó de fluir hacia el exterior. Sentía que las cadenas apretaban tanto como telas de algodón, escuchó los eslabones sonar unos contra otros, palpó su sabor, captó su olor, y pronto pudo verlas en su cabeza girando una y otra vez, arremolinándose como la galaxia de Andrómeda. Era tan brillante como ésta.

Después dejó de sentir agua sobre su rostro, escuchó a las gaviotas en el cielo y pudo notar que su energía, su Cosmos, su porción de universo, se extendía por sus brazos y más allá, por unas largas extensiones metálicas que se aferraban a dos estatuas de Andrómeda. Abrió los ojos cuando volvió a oír a su maestro.

—Parece que necesitará un par de años para entrenarse con esas cadenas.

 

 

------

 

Eso.

Espero sus comentarios.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 17:18 .


#11 T-800

T-800

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Publicado 10 julio 2014 - 16:21

muy buena la forma en que narrastes el entrenamiento de shun pero creo que exagerastes un poco sobre ikki y eso de lanzarle un escupitajo... al anciano Kido

 

si bien Ikki es capaz de eso y de lanzarle un puñete pero tambien se vio en el anime y en el manga  que guardaba cierto respeto por el viejo al menos cuando era niño y tampoco me imagino a Tatsumi permitiendo ese comportamiento por muy fuerte que sea ikki


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FIC:  1-LA BATALLA DE FUEGO

 

 


#12 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 10 julio 2014 - 16:28

Sí, sinceramente tampoco lo imagino en el Ikki del manga y anime original. La cosa es que este Ikki va a resultar un poco... distinto a los que nos tenía acostumbrados. Hay cosas que cambian especialmente en relación a Kido.

 

Tanto Ikki como HYoga van a modificarse un poco para que se destaquen más sus personalidades, que a veces terminaban muy semejantes en la obra original, por eso esta situación-.

 

Gracias por el comentario, por cierto :D

 

 

 

--

 

Ah, lo olvidaba. Sobre lo de Tatsumi, es porque Kido lo permitió. Él sabía que Ikki tomaría el lugar de su hermano, y que sucedería eso en el aeropuerto, era parte del destino que el mayor fuera a DQIsland y el menor a Andrómeda. El viejo sabe MUCHAS COSAS en esta historia.


Editado por Felipe_14, 10 julio 2014 - 16:32 .


#13 -Felipe-

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Publicado 11 julio 2014 - 21:49

AIOLIA I

 

16:40 p.m. del 24 de Agosto de 2013.

Las gradas estaban llenas, incluso faltaron asientos. Es que era una situación muy especial, más allá del combate final por el premio, puesto que evidentemente no eran los únicos dos que pelearían.

La arena del Coliseo tenía forma de media luna y estaba rodeada por largas columnas de mármol de las cuales pocas conservaban un estado decente, los años no pasaban en vano. En el altar al centro del escenario se hallaba la Caja de Pandora, blanca e inmaculada, por la cual pelearían los dos contendientes. En su cara frontal se dibujaba la figura en relieve de un caballo alado. Detrás de la Caja el Sumo Sacerdote, líder supremo del ejército ateniense, se erguía imponente a pesar de los años, vestido con la sotana blanca y el casco de oro.

Sonrió al recordar que cuando niño no creía en la longevidad de ese hombre, Aiolos le decía que tenía más de dos siglos de edad y él se reía. Luego comprendió, cuando pasó a formar parte del círculo interno del Sacerdote, que el Cosmos podía otorgar esas propiedades. No necesitaba bastón ni un ayudante que lo sostuviera, las sombras del casco se encargaban de ocultar sus arrugas, y jamás se lo quitaba. Decía que era para no desalentar a los nuevos reclutas pero Aiolia lo consideraba, en silencio, una tontería. Si eres viejo y tienes siglos de experiencia debes mostrar las evidencias de ello y ser respetado por lo que aún eres.

Vida.

Aunque de todas formas se la pasó buena parte de su juventud rebelándose contra ese anciano.

—Aiolia, no pensé verte aquí, menos de civil —era la voz grave, sonora, de un ser conocido.

—Cassios. Baja la voz, Seiya podría oírte —le respondió mientras el gigante de más de dos metros se sentaba junto a él. Tenía tez oscura marcada por el sol, músculos vigorosos dignos de un titán, ojos negros y un peinado mohicano. Le faltaba la oreja izquierda desde hace unos días.

—¡Que escuche! No entiendo por qué se lo ocultas a ese imbécil —Cassios se molestó visiblemente al oír el nombre del chico.

—Ja, ja, aún enojado.

—¡Me cortó la oreja, me la cortó un chiquillo asiático y escuálido!

—Después que tú intentaste arrancársela primero. Y cuidado Cassios, la discriminación no es muy bienvenida aquí.

—Me cortó la oreja y me quitó la opción del Manto Sagrado, debería ser de un griego. Ojalá Dante lo haga pedazos.

—Debiste entrenar tu Cosmos como te lo dije —Aiolia le sonrió y fue un gesto recíproco, aunque Cassios seguía recitando una por una las virtudes de los que nacieron en Atenas.

 

Mientras el gigantón hablaba Aiolia se fijó en los asistentes al espectáculo preguntándose si sería el único que había pedido permiso para dejar su puesto. La respuesta la obtuvo de inmediato, no le costó reconocer al enorme Aldebarán sentado en las gradas opuestas, ni a Milo, ese orgulloso que despreciaba los rangos bajos cubierto por una capa negra. Tampoco a DeathMask, ese loco desquiciado que a Lithos tanto miedo le daba, bebiendo junto a varios soldados detrás del altar.

Mejor sería poner los ojos en los contendientes, uno a cada lado de la arena oyendo las palabras finales de sus maestros. O maestras, más específicamente. Por primera vez en la historia del Santuario los instructores de los finalistas que competían por la armadura eran ambas mujeres, y además muy distintas entre sí.

Marin ocultaba sus ojos a todo el mundo. Si le preguntaban el motivo se alejaba o desviaba el tema con cierta cortesía, pero él jamás lo hizo en persona. Seiya le contó en una ocasión que tuvo un entrenamiento infernal cuando trató de robarle el antifaz de plata, y aunque pensó que el chico exageraba, sabía que ella se tomaba muy en serio ese tema.

Por lo demás era una estratega profesional, una mujer que analizaba cada golpe durante la batalla calculando los resultados posibles y prediciendo los movimientos del oponente. Gracias a su agilidad y talento natural se le conocía como el Santo con la técnica más veloz dentro de su rango, un arte que ella había tomado como suyo de una constelación que no le correspondía pero que se asemejaba mucho a su propio estilo de combate. El puño de estrellas fugaces: el Meteoro[1]. A veces se preguntaba si incluso podría llegar en batalla superar el nivel de su jerarquía aunque, como siempre, todo lo que tuviera que ver con ella estaba envuelto en una capa de misterio.

Estaba dándole las últimas instrucciones a Seiya, quien tenía los ojos fijos en su contrincante tal como lo había hecho durante toda la competencia. Al principio las peleas de ese chico irrespetuoso comenzaban con un manotazo de Marin en la nuca por ignorarla: todos reían, se relajaba el tenso ambiente e involuntariamente él obtenía una ventaja. A estas alturas, semanas después, su maestra ya no se molestaba pero las semillas ya se habían plantado.

Seiya se había enfrentado a diez pretendientes a la armadura y los había derrotado a todos, incluyendo a uno de los que llegó con él seis años atrás y a Cassios, por supuesto. Él fue el último, todo músculo y fuerza bruta, mantuvo en aprietos al chiquillo e incluso estuvo a punto de quitarle la cabeza de un solo tirón con una de sus manos, pero le faltó algo importante, fundamental, algo que Marin había inculcado a Seiya desde el primer día. Quien mejor domina el Cosmos es el ganador. Y Cassios, siendo autodidacta, jamás aprendió a controlar su propia energía.

El oponente de esta jornada, por otro lado, sí que era capaz. Se llamaba Dante, italiano como su maestra, un tanque. Alto, de cabeza cuadrada y cabello rubio. Exageradamente musculoso, pero a diferencia de Cassios había demostrado en sus diez peleas que sabía manejar el Cosmos, conocía sus propiedades y lo controlaba con cierta facilidad, siempre perseverante y orgulloso de ello. Era algo esperable del discípulo número uno de Shaina.

Ella era la mujer más temible de todo el Santuario aunque tenía solo veinte años, respetada por los de su rango como una líder, siempre capaz de dirigir a sus tropas con mano dura e implacable. Era más alta que Marin y de contextura ligeramente más atlética también. Tenía largo cabello negro azabache que no se molestaba en peinar, si le tapaba los ojos verdes al luchar nadie habría dicho que le incomodaba. Al pelear era agresiva, asfixiante, no daba tiempo ni espacio para descansar y se le consideraba una de las pocas especialistas dentro de los Ochenta y Ocho en el arte elemental. En su caso tenía un Cosmos tan violento que generaba chispas, era capaz de canalizar entre sus dedos una corriente de diez mil voltios además de quemar el sistema nervioso. Se había colocado, a diferencia de la pelirroja, su Manto Sagrado para la ocasión, una de las armaduras de rango medio entre los Santos: un Manto de Plata[2], aunque excluyó el yelmo con forma de cabeza de cobra. El resto era una armadura robusta de tonos plateados y morados, contaba con una serpiente de gamanio enroscada en el brazo derecho y una cinta de tela amarilla alrededor de la cintura duramente protegida por las placas laterales que salían del peto.

Y su rostro... eso era lo único que no calzaba en la figura de Shaina. Aiolia se preguntó si alguna vez pensó en ocultarlo como su rival. No porque fuese fea, era todo lo contrario, tenía líneas tan suaves, bellas e inocentes que chocaban con el resto de su cuerpo como una fuente de aguas estancadas en medio del infierno. Lo único evidente y de conocimiento público (y que hacía más atractivo el espectáculo), era la famosa rivalidad entre ambas damas. Shaina no intentaba jamás ocultar el odio que sentía hacia Marin por ser supuestamente poco digna de su rango. En silencio aguardaba detrás de su alumno a que empezara la batalla final. El Sumo Sacerdote alzó la voz para culminar las ansias.

—Seiya, entrenado disciplinadamente por una Santo de Plata[3], y Dante, igualmente curtido en el manejo del Cosmos por una de nuestra guerreras de rango medio. Ambos han superado los obstáculos de su largo camino, han perseverado y resistidos los embates de la vida en el Santuario por seis años, y después de vencer cada uno a diez oponentes se han transformado en los más aptos para obtener el máximo premio, el símbolo que reconoce a los Santos, la recompensa al cansancio, el esfuerzo y el control.

Se acercó a la Caja de Pandora y la tocó con su mano enguantada con un brazal dorado. Las cinco caras visibles brillaron con un resplandor azulado como si el Manto tampoco pudiera esperar conocer al campeón con el que trabajaría hasta la muerte. Aiolia lo sabía, fuese un caballo alado o un león las armaduras reaccionaban así. Él las consideraba seres vivos con todo lo que eso implicaba, y no vacilaba para afirmarlo y discutirlo con quien fuese.

—Acérquense, jóvenes. —Dante y Seiya avanzaron y quedaron a escasos centímetros uno de otro, tenían la vista puesta en el Sacerdote y la Caja blanca—. El que gane hoy obtendrá este Manto y lo vestirá con valor, honor y orgullo, pero el otro podrá unirse a la guardia si lo desea, ya que sin importar el rango todos tenemos la misma misión. ¿Cuál es?

—Defender la paz y la justicia de la Tierra —respondieron al unísono.

—Por Atenea, entonces. Den tres pasos hacia atrás... Comiencen.

 

El primer embate hizo tambalear las gradas cuando los puños de Seiya y Dante chocaron uno contra otro, la polvareda se levantó y tres soldados rasos cayeron de espaldas. Lo que esperaba, ambos dando todo de sí. Dante comenzó a atacar con violentas arremetidas como le habían enseñado, dando golpes a diestra y siniestra que Seiya esquivaba con cierta facilidad. Y sonriendo.

Esa era la particularidad que hacía emocionantes sus combates, al menos para Aiolia. No es que disfrutara la violencia sino que el enfrentarse a sus límites y poner a prueba sus virtudes lo alegraba. Y lo sabía porque él también era así, aún después de tantos años no había cambiado esa sensación y la reconocía cuando la veía. Por eso había simpatizado con ese alegre oriental desde niño. Seiya casi recibe una patada en el costado pero la supo evadir de un salto, siempre con la sonrisa.

—¡Casi-casi, el próximo seré yo! —dijo en voz alta haciendo reír al público.

—Arrogante enano. —Dante no permitió que tomara la delantera y aumentó la velocidad y fiereza de sus golpes. Aiolia notó un cambio en el ambiente y se concentró en el movimiento del Cosmos. Al principio, Dante mayormente reunía la energía en los pies para la velocidad, por lo que sus puñetazos eran solo para despistar, desequilibrar y buscar el error rival. Ahora sus manos estaban cargadas de un aura blanquecina, ya no esperaba el descuido.

Pero Seiya debió notarlo también. Con un ágil toreo dejó pasar a Dante, agarró uno de sus brazos y lo arrojó de espaldas contra el polvo. Los guardias aplaudieron al oriental y aclamaron a Dante cuando se recuperó y dio una patada en el pecho que hizo a Seiya perder el aire un momento.

—Eso le pasó por ser tan soberbio, Dante lo hará pedazos con su Trueno [4] —dijo Cassios, a su lado.

—Sé paciente, esto recién comienza —replicó Aiolia, quien había participado en tantas batallas que sabía cuándo el curso de una pelea cambiaría, y también cuántas veces durante la misma.

Dante no perdió tiempo y volvió a lanzarse sobre el pequeño de ojos café, quien se limpió el polvo y levantó los brazos para defenderse de los múltiples golpes cargados siempre de Cosmos.

«Veinte..., veintidós, treinta y uno..., quince...», contaba Aiolia segundo a segundo, reconociendo la estrategia de la fuerza por sobre la rapidez. Uno de los golpes impactó a Seiya sobre la mejilla, otro fue a parar a su estómago y un tercero se dirigía al mentón hasta que el puño se detuvo en las manos del japonés quien arremetió de regreso. Sus patadas eran ágiles, sus puñetazos ligeros, mantenía un equilibrio correctísimo en su Cosmos entre defensa y ataque...

Pero entonces una chispa se hizo presente en el aire, tan efímera como un parpadeo, y la balanza se inclinó hacia el italiano con rapidez. Al instante que siguió, cuando Cassios se puso a reír, Seiya quedó atrapado entre las manos de Dante cuya electricidad pasó desde sus dedos hasta el cuello del rival. Las luces se presentaron con intermitencia y el grito de su amigo no se hizo esperar. El Trueno era una técnica tan violenta que afectaba incluso la ropa, la hombrera de Seiya se empezó a quemar como si tuviera un corto circuito y el humo se mezcló con el ambiente. No podía ver los ojos de Marin pero sus labios seguían tan impasibles como al principio.

—¡Dante, hazlo más rápido, ese imbécil aún puede continuar! —se oyó la voz de Shaina en medio de los gritos. El muchacho recibió una patada en la quijada que lo dio vueltas en el aire, y al tocar el suelo se quitó rápidamente la hombrera y la camisa que estaban ardiendo.

—Faltó poco, pero mi idea de morir no es precisamente a las brasas. —Y como siempre, con esos chistes inclinaba la balanza de vuelta. Se revolvió el cabello como si tuviera chispas encima aún y miró a su adversario que volvía a contraatacar. Esta vez dejaba rastros de electricidad como una estela en el camino. Seiya separó las piernas más allá de su centro, la zurda adelantó a la otra; levantó el brazo izquierdo sobre su cabeza y puso el peso en la pierna derecha doblando ligeramente la cintura hacia ese lado. El puño diestro, cerrado y concentrando la mayor parte de su Cosmos se arrastró hacia atrás como un arco tensado listo para disparar al recibir la orden.

«Esa postura significa que lo hará debutar hoy». Aiolia se levantó, no se esperaba un riesgo así a esas alturas. El arte secreto del más afamado Santo de Bronce[5] que Marin perfeccionó, el puñetazo que asemejaba a estrellas fugaces por su intensa velocidad y su precisión dispersa.

Seiya gatilló, cortó el aire y lanzó el brazo derecho hacia adelante, y para sorpresa del público también fue capaz de generar chispas, aunque en su caso eran más bien luces azuladas que se precipitaron contra su oponente al tenerlo a corta distancia. Después de tres efímeros segundos las luces se apagaron, Seiya bajó el brazo y Dante cayó de bruces. El mundo se quedó en un profundo silencio.

—L-Lo golpeó... ¿cuánto, diez veces? —dijo Cassios con los ojos como platos.

—Primero fueron setenta y seis, después ochenta, y finalmente cuarenta y cuatro golpes —recapituló Aiolia. Había sido fácil contarlos pero extremadamente difícil digerirlo, el sudor se agolpaba en su frente. «Si hubiera puesto más ganas Seiya habría superado al sonido, ¿o acaso vi mal?»

 

—Seiya, has vencido a tu contrincante número once, no puede levantarse. Te declaro ganador de esta competencia y te reconozco como digno merecedor del rango de Santo de Bronce. —Ante las palabras del Sumo Sacerdote Seiya se inclinó frente a él pero el temblor en sus manos era notorio—. Esta Caja y la esperanza de su interior son tuyos, y desde este momento serás conocido como Pegasus, un Santo de Atenea.

—Sí, Su Excelencia, usaré con honor... con orgullo... con... —Y no pudo aguantar más, Aiolia había previsto que algo así ocurriría pero no pudo menos que reírse con el público. Seiya dio un largo salto y abrazó la Caja de Pegaso como un familiar, como un amigo de toda la vida mientras daba gritos de alegría y rompía en llanto. Shaina destruyó, presa de la cólera, una de las columnas pero a nadie pareció importarle. No sabía que expresión tenía el Sacerdote por esas malditas sombras, pero cuando carraspeó Seiya se cayó del susto encima de la caja.

—Recuerda Seiya, este Manto Sagrado es uno de los Ochenta y Ocho que forman el ejército de Atenea, regido por las estrellas de las constelaciones para imponer la justicia y la paz y para eliminar el mal sobre la Tierra. Llévala con respeto, deja que te guíe, ilumina el camino de la humanidad, y vela por el bien de los inocentes, los débiles, y sobre todo nuestra diosa, quien ha presenciado tu combate desde el Templo Corazón. Permite a Atenea conducir tus puños por la ruta de la bondad, la templanza, el valor y la rectitud. Conviértete con ayuda de Pegasus en un Santo.

—Sí, señor —respondió Seiya con una reverencia humilde. Aún sonreía como un buen niño.

 


[1] Ryuusei en japonés.

[2] Silver Cloth en inglés, la armadura media del ejército ateniense.

[3] Silver Saint en inglés, rango medio del ejército ateniense.

[4] Thunder en inglés.

[5] Bronze Saint, el rango inferior del ejército ateniense.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 17:20 .


#14 mihca 5

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Publicado 12 julio 2014 - 09:48

Vaya este Dante si le dio más palea al Pegaso que le toco recurrir a su técnica preferida

Muy bueno el capítulo!!

¡Si una hembra te rechaza es por el bien de la evolución!

 

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#15 T-800

T-800

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Publicado 12 julio 2014 - 15:31

Si bien es cierto la batalla fue entretenida ,creo que tan bien fue innecesaria ya que tanto el manga como el anime establecen muy claro que  Cassios fue el ultimo rival de seiya en el torneo.

 

mi consejo seria que te emfoques en los agujeros negros que dejo Kurumada y vaya que dejo muchos.

Bueno de todas formas la forma que narras tu fic me parece buena


Editado por T-800, 12 julio 2014 - 15:35 .

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FIC:  1-LA BATALLA DE FUEGO

 

 


#16 -Felipe-

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Publicado 12 julio 2014 - 16:32

Es que ese es el punto. Que Cassios pelee la final con Seiya me pareció siempre absurdo.

 

No por el personaje en sí, sino por la forma de pelear. Cassios fue entrenado por Shaina de Ofiuco, una Santo de Plata, para obtener una Armadura de Santo, y no tenía idea qué era el Cosmos, el requisito principal para usar la Cloth. Esa es una incoherencia tamaño familiar! Partiendo de la premisa de que Cassios no podía estar en la final, al menos peleando así, tenía varias opciones:

 

1. Mantener todo igual y dejar a Cassios en la final con Seiya, y discípulo de Shaina, pero con conocimientos del Cosmos y con técnicas.

2. Dejar a Cassios como un bruto que solo tiene fuerza física, lo cual no lo haría merecedor de competir mucho. No podría ser discípulo de Shaina, porque es incoherente. Por lo tanto, tendría que quedarse en el camino.

3. Dejar a Cassios tal cual en el manga, cosa que como dije me es absurda.

4. Cassios no llega a la final, porque si bien fue entrenado por Shaina su manejo del Cosmos es muy poco, ya que prefería la fuerza física.

 

Uno pensaría que la opción más obvia es la primera, pero sentí que eso chocaba con el concepto de la existencia de Cassios, un tipo muy fuerte, típico luchador-gladiador de la vida real, para demostrar que un muchachito japonés de 1.70, con solo conocer el Cosmos, era capaz de superar ese obstáculo que eran los músculos.

Así que Cassios no podía llegar a la final, porque no lo merecía, y tampoco podía conocer el Cosmos, porque chocaba con el motivo de su existencia, así que tampoco podía ser discípulo de Shaina, ya que ella se lo habría enseñado.

 

Lo que me quedaba era inventar un personaje que tuviera todo lo que Cassios no. Y entonces me acordé de Dante. Este Dante es básicamente el mismo que en el manga y animé original actúa como Santo de Cerbero, pero en este fic (y en todos los que he escrito sobre SS) JAMÁS uso a Cerbero como constelación, sino que solo las 88 modernas. Coincidía además que era italiano como Shaina, así que era cosa de reducir su edad y ponerlo en este universo paralelo. Era demasiado oportuno como para desperdiciarlo!!! xD

 

 

Así que eso. Ese fue el motivo, como ves, sí estoy cubriendo en cierta manera algo que considero "agujero argumental" de Kurumada. Por otro lado, muchas gracias por la crítica, es bueno que se analice la obra, me da más ánimos de hacer algo más complejo ;)


Editado por Felipe_14, 12 julio 2014 - 16:33 .


#17 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 13 julio 2014 - 18:09

Bueno, aclarada ya la situación con Cassios, supongo que con ese cambio tan drástico (pero en mi opinión, como dije, necesario), ya se ve a qué rumbo voy a llevar la historia. Vamos con el capítulo 5, el segundo personal de nuestro protagonista.

 

Antes, eso sí, otra aclaración, por si hay dudas. En este universo no existe la "ley de la máscara". Creo que muchos coincidimos en que es un inmenso absurdo, el "ocultar" la feminidad solo con el rostro como si nadie notara las curvas o la figura femenina. Solo Marin lleva máscara, y es más bien un antifaz. El motivo se revelará con el tiempo.

 

SEIYA II

 

18:05 p.m. del 24 de Agosto de 2013.

—¿Cómo que no puedo verla? —le preguntó, no tenía lógica, ¡qué chico no puede abrir su regalo de navidad o de cumpleaños!

—¿Exiges explicaciones? Te portas como un niño —dijo Marin. Después de ganar la armadura no le había dado ni una palabra de aliento, nada de felicitaciones como sí lo hizo Aiolia. Solo lo acompañó a la cabaña donde había vivido los últimos seis años y le pidió que guardara sus cosas. Siempre había sido algo fría, pero Seiya esperaba que al menos reconociera su triunfo o su esfuerzo; pero no, allí estaba, regañándolo como siempre, prohibiéndole cosas.

—Es que no le veo sentido —alzó la voz mientras metía un pantalón en la valija con fuerza—, gané este Manto, ahora formo parte de los Ochenta y Ocho, merezco respeto, ¿por qué no puedo simplemente abrir la Caja? Aunque seas mi maestra no puedes solo seguir dándome...

—No soy tu maestra, Seiya. Ya no más. —Marin se dio vuelta para mirar por la ventana junto al mesón de madera. Aún no anochecía y la montaña se distinguía claramente, brillando con el ocaso—. ¿Quieres que te dé la última instrucción?

—¿Marin? —Algo hizo que Seiya se sintiera mal de hablarle así, ella no era una mujer que pudiera generar lástima.

—No te lo dijo el Sumo Sacerdote, pero hay una regla que todos los Santos debemos respetar, algo en lo que jamás debemos fallar. —Volvió a mirarlo, en vez de ojos llevaba un antifaz de plata, dos placas al lado de la nariz debían ser transparentes desde el interior para que ella pudiera ver—. Nunca, en ninguna circunstancia, uses esta armadura por un motivo egoísta o una razón inocua. ¿Recuerdas por qué se les llaman Cajas de Pandora?

—Sí. —no había olvidado esa clase cuando Marin le mostró por primera vez la Caja de plata que le pertenecía, la que tenía un águila en el frontis a punto de alzar el vuelo y que guardaba en un armario en la habitación—. Es porque si se abre de forma impulsiva o incorrecta pueden salir toda clase de desgracias.

—En las Cajas de Pandora están todos los males del mundo, pero si un Santo la abre con el motivo de proteger a un inocente o pelear con el mal, o dar fe de la justicia, o reunirse en este recinto sagrado con sus hermanos... entonces lo único que saldrá será la esperanza que tomará la forma de tu Manto.

«Y yo quería abrirla solo por verla...»

—Marin, lo que hay dentro...

—El Manto Sagrado de Pegaso, una de las cincuentaidós constelaciones de Bronce. Si lo usas de tal forma que vayas en contra de las enseñanzas de Atenea, entonces todo el Santuario te perseguirá para matarte. Y yo también —dijo Marin con el mismo tono con el que diría que la mañana había estado cálida.

Seiya no trató de abrir la Caja de nuevo ni a insistir con el tema. Recogió sus cosas, las guardó en tres maletas distintas y salió a admirar el atardecer. Marin regresó a su puesto en la ventana. Esa sería la última noche que dormiría allí, a la mañana siguiente volvería a Japón.

Por supuesto, como Santo de Bronce tendría que regresar muchas veces al Santuario, a su cabaña propia en la periferia, pero ya no volvería a vivir con Marin. Y en ese momento lo que deseaba era ver a su hermana. No sabía qué sería de ella pero tenía que verla sonreír, darle un abrazo, escuchar su voz.

 

El ambiente se tensó, el viento sopló más fuerte y un hormigueo recorrió la espalda de Seiya. Al mismo tiempo que el sol dejaba de verse surgía la silueta de una mujer cuyo Cosmos desprendía chispas como rayos.

—Como pensé —musitó Marin.

—¡Seiya! —gritó Shaina a pesar de estar a pocos metros. No llevaba puesta su armadura sino solo su ropa de entrenamiento de tonos verdes y púrpuras. Se había atado el cabello, sus uñas se veían larguísimas y su rostro...

«¿Cómo es posible que una mujer tan brusca se vea así?»

—¿Qué haces aquí, Shaina? —preguntó Marin desde la ventana abierta, impidiendo que Seiya hablara.

—¿No es obvio? Vengo por Pegasus.

—¿Pegasus?, ¿hablas de mi Manto? —preguntó Seiya. No entendía qué pasaba con esa mujer, desde que la conoció lo trató con irreverencia y provocación.

—Seiya ganó el Manto Sagrado de Pegasus con todas las de la ley. Es suyo, nadie puede arrebatárselo, no molestes. —Para su sorpresa, Marin recostó el codo en el marco y puso la mano en el mentón, lanzó un suspiro desganado como si la actitud de su rival tuviera nula importancia. Jamás la había visto hacer un gesto tan sencillo a la vez que soberbio—. Imagino que conoces el camino de regreso.

—Vamos, aguilucha. Sabes tan bien como yo lo que tiene esa armadura, lo que significa para el Santuario. —Sus ojos verdes mostraron una pizca de alarma que no pasó desapercibido para Seiya.

—¿De qué habla? ¿Qué tiene Pegasus? —Seiya se volteó hacia Marin pero ella no respondió ni dio muestras de saber algo.

—¿No le has dicho, eh? Tu mocoso no es digno de llevar ese Manto Sagrado, no le llega ni a la planta de los zapatos a...

—¿Dices que Dante es más apropiado? —interrumpió la pelirroja—. Te recuerdo que perdió en tres segundos. Tres segundos exactos.

Un chispazo llenó de luz esa zona del Santuario por un instante cuando Shaina tensó los huesos de sus dedos. No había ni un solo guardia alrededor, los debieron haber “reacomodado” para la ocasión.

—Dante perdió, fue golpeado por sorpresa pero era más digno que este niño insolente. ¡Pegasus se quedará en el Santuario!

—¡Oigan, oigan, basta! También tengo opinión en esto, ¿cierto? —Ya estaba harto. Hablaban de su premio, lo que ganó a base de esfuerzo—. No sé por qué me odias tanto Shaina, pero la armadura es mía, no puedes quitármela.

—¿No? —Shaina se acercó amenazante, su Cosmos presionaba con fuerza los huesos de Seiya aunque estaba a diez metros, parecía que un camión lo estuviera aplastando contra un muro poco a poco—. Recuerda que eres un simple Santo de Bronce, no te creas tanto. Soy de Plata, debes obedecer mis órdenes así que...

—Pero se la entregó el Sumo Sacerdote, la máxima autoridad en este recinto. —Cuando lo notó, Marin ya estaba a su lado y su Cosmos se manifestó como un aura gaseosa que salía desde sus cada uno de sus poros—. En resumen, alguien a quien tú no puedes desobedecer.

«Esto no me ayuda, me siento aplastado entre dos tanques».

—Ten cuidado, pajarita —amenazó Shaina dando otro paso adelante y levantando la garra que tenía por mano.

—Y otra cosa. Las peleas entre Santos por motivos personales son ilegales y tú claramente tienes algo en contra de Seiya y de mí. No provoques algo que no se permite en este Santuario.

Por unos segundos que se hicieron eternos ambas se miraron una a la otra, y Seiya entre medio solo quería entender la situación. Shaina lo detestaba, quería arrebatarle la prueba de su triunfo a costa de ir contra las reglas, y todavía no sabía que tenía de importante Pegasus, ni tampoco qué le había hecho él a la italiana. Recordó que cuando la conoció fue lo más amable que pudo con ella. Por otro lado la instructora que momentos antes había estado tan fría, despreocupada y distante con respecto a su victoria, ahora lo defendía con su Cosmos intimidante. Demasiado para su gusto, tal vez. ¿Cuál era más intenso? En esas circunstancias no era capaz de saber.

Shaina bajó la mano y apagó su Cosmos, pero el aire siguió pesado. Cerró los ojos, sonrió y dijo algo que Seiya no pudo oír. «Tiene un rostro tan delicado e inocente, y ojos tan lindos... ¿Por qué tiene que estar loca?»

—¿Shaina, estamos bien? —preguntó, aunque se sintió como un idiota.

—Eres tan imbécil Seiya, y tú también Marin, tu actitud pasiva me cabrea tanto, no lo puedes imaginar...

—Bueno, mi maestra no es lo que se diga...

—¡Esta noche no seré un Santo entonces!

—¡Seiya, cuidado!

Un Cosmos relampagueante estalló de repente y una serpiente azul se hizo paso a través de las partículas de aire como un rayo que se forma en medio de las gotas de lluvia. Solo logró dañarle el brazo izquierdo gracias a la advertencia de su instructora, pero se lo entumeció hasta dejárselo inmóvil, contraer sus músculos y quemar levemente su piel.

—¡Shaina, basta!

—Marin, no puedes darme órdenes. Seiya, ve por la armadura, le pertenece a Grecia, a hombres que sean dignos como lo han sido sus portadores anteriores, y no te atrevas a intentar recuperarla. Aunque me costó resistir la tentación, hice que mi Trueno no fuera tan rápido, y por supuesto tampoco tan mortífero. Si insistes, no seré tan generosa —sus manos se llenaron de centellas azules, moviéndose como si bailaran entre sus dedos afilados.

—No quisiera pelear con una muj...

Otro relámpago se manifestó en el aire y Seiya cayó de rodillas, sus piernas no reaccionaban.

—No te atrevas a volver a decir eso, infeliz. —Sus ojos estaban llenos de ira, algo personal, no había rastro de pelear por el honor de Pegasus—. Y tú, Marin, obviamente no vas a defender a tu alumno ya que te guías por las reglas y los modales como una niñita buena. ¿Qué sientes al ver a Seiya sufrir así?

—Él ya no es mi alumno, es un Santo como tú y yo. Se ha convertido en un hombre, no tiene por qué necesitar mi ayuda —había algo tembloroso en su voz pero Seiya no sabía si era miedo, ansiedad, o rebeldía.

Le dolía el cuerpo, sentía la corriente pasar a través de sus nervios, la parálisis total no tardaría y ni siquiera estaba luchando como acostumbraba.

—Como quieras. Seiya, arrástrate a tu casita y tráeme el Manto. Aunque no uso el mío no has sido capaz de defenderte, ni siquiera podrías golpearme, ¿para qué quieres esa armadura?

—Y si Seiya pudiera golpearte... ¿lo dejarías en paz?

Eso tampoco se lo esperaba. Evidentemente Marin estaba planteando un desafío, y por la sonrisa arrogante de Shaina parecía que aceptaba. Pero él no estaba en condiciones de hacer nada, menos contra una Santo de Plata de quienes se dice pueden moverse más rápido que el sonido sin ningún inconveniente.

Y eso pensaba cuando la Caja blanca ornamentada con el caballo alado en relieve le cayó encima del pie. No supo si Marin intentó hacerlo despertar como siempre en forma sutil, o solo quiso cabrearlo. Fuese como fuese, Pegasus lo había hecho reaccionar. Seiya logró ponerse de pie (aunque le dolía uno), y miró fijamente a su contrincante.

—¿Un golpe? Muy bien, acepto. Seiya, ¿quieres ser alguien digno de usar esa armadura? Trata de golpearme pero te lo advierto: cada vez que falles te quemaré uno de tus nervios hasta que no seas capaz de levantarte por el resto de tu vida, quedarás vegetal, suplicarás que te mate para acabar con tu tormento.

—¿Matar a un compañero de armas? Tendrías problemas...

—No si queda claro que desafió a su superior. —Levantó el dedo índice, un destelló iluminó el cielo y Seiya recibió una fuerte estocada eléctrica en el pecho, lo hizo tambalear y cayó sobre la Caja.

—Pegasus...

—¡Recuerda Seiya! Si no te conectas con el Cosmos de Pegasus él jamás saldrá. Debes estar motivado, debes creerte capaz y digno de luchar junto a él —indicó Marin justo cuando Shaina arremetió de nuevo, esta vez de manera física.

Seiya esquivó el primer golpe rodando por el suelo, pero al levantar la vista la tenía de nuevo encima y en segundos dejó de sentir la cara. Protegió como pudo el resto de su cuerpo pero el golpe de un Santo puede rasgar el cielo. Si aún no lo había asesinado era porque quería torturarlo. Se puso de pie de un salto, pero una zancadilla lo hizo caer y todo comenzó de nuevo.

«Pegasus... Santo de Atenea... Mi Cosmos... Atenea...»

—¿¡Cuánto más aguantarás allí sentado, Seiya!? —gritó Shaina sonriendo con su hermoso rostro que en nada se asemejaba a su actitud. Un golpe en la cabeza que no pudo bloquear casi lo deja inconsciente.

 

“Recuerda, Seiya: el Cosmos está en todo lo que existe, las plantas, los animales, las armaduras, cada uno de los seres humanos. Como tal, todos estamos conectados ya que somos parte del mismo universo que nació de una Gran Explosión. Así que Seiya, si te conviertes en un Santo deberás buscar dentro de ti esa porción de universo y conectarla con la del Manto Sagrado que llevarás como protector de este planeta para... ¿Lo entiendes? ¿Seiya? ¡No te duermas!”

No tenía idea de que se acordaba de eso. Las palabras de Marin, aunque parte de un recuerdo de su niñez, le hicieron reaccionar. Dobló su cuerpo cansado y dolorido arqueando la espalda hacia atrás y puso la mano quemada en el suelo, se impulsó y levantó la pierna izquierda de improviso. Apuntó al rostro de Shaina y falló por poco gracias a los reflejos sobrehumanos de la mujer, pero su objetivo primordial era tener un poco de tiempo. Solo un poco para hacer estallar el Cosmos que había en su interior.

Un aura semitransparente salió por los poros de Seiya. Con un grito desde lo profundo de su alma lo transformó en un fuego azul que se extendió por sus extremidades, su torso, su cabeza, todo.

—Eso es, Seiya —oyó decir a Marin.

—Viene volando —alertó Shaina.

Cuando Seiya volteó la vista, un precioso caballo de zafiros estaba a su lado, formado de pequeñas piezas metálicas unidas entre sí por una energía celestial.

—¿Tú eres Pegasus?

Tenía alas que se extendieron apenas el caballo alado alzó las patas delanteras, relinchó ante las estrellas que se asomaban en el cielo nocturno y después solo hubo luz. Mucha luz.

Había algo extremadamente pesado en su cuerpo, la gravedad hacía su efecto y deseaba arrojarlo al suelo. Pero no se permitió a sí mismo la rendición, ni lo haría en el futuro con la derrota. Respiró profundamente una, dos, tres, cuatro, cinco veces... Mientras inspiraba oyó que otro exhalaba. Rápidamente se fueron acoplando y Seiya oyó a Shaina gritar. El rayo azul con forma de serpiente arremetió otra vez, pero levantó el brazo izquierdo, el cual estaba rodeado por una gruesa placa de metal azulada, y apenas sintió un cosquilleo cuando hizo contacto.

Se fijó en sí mismo cuando Shaina soltó una maldición. Pegasus se había separado, sus patas tomaron la forma de perneras que cubrían desde los pies hasta los muslos adornados con pequeñas piezas que simulaban alas en las pantorrillas; un cinturón muy detallado que se alargaba por la cadera, una delgada placa apareció en su pecho cerrándose por la espalda con las alas plegadas, y por encima otro peto más pequeño que tapaba de manera íntegra la zona del corazón que en el centro estaba decorado por el rostro de un caballo; dos redondas hombreras se habían adaptado perfectamente a ambos lados de su cuello; y finalmente un magnífico yelmo con forma de cabeza de caballo le protegía de los golpes letales.

No perdió tiempo. Separó las piernas, levantó el brazo izquierdo y arqueó el derecho concentrando su espíritu, su mente y su corazón en el movimiento que Marin le había enseñado y heredado.

“El Meteoro es una técnica que requiere de precisión y velocidad, posee la facultad de mejorarse a sí mismo a la vez que tú desarrollas tu Cosmos. Mientras más cultives tu energía y más fuerte la hagas explotar en tu interior, mayor será la velocidad y potencia de los golpes. Serás capaz de golpear cien veces en un parpadeo, y con el tiempo lograrás algo aún mayor. En sí el Meteoro no tiene ningún límite. Dime, ¿por qué ocurre eso, Seiya?”... No había sabido responder en esa ocasión.

—Porque el Cosmos es infinito —Pero sí pudo esta vez.

Las estrellas fugaces se dispararon como proyectiles desde su mano empuñada y aterrizaron con brusquedad sobre Shaina. Sin embargo, con veloces bloqueos y ágiles sorteos la muchacha pudo contener cada uno de los puñetazos como si le llegaran en cámara lenta.

—Cuarenta, no es nada... ¡Sesenta y dos!, veintiuno, once, catorce, ¿¡qué pasa, es todo lo que tienes!? Qué patético, cincuenta, cincuentaicinco, dieciocho... —Shaina movía los brazos de un lado a otro, el Meteoro era una técnica de dispersión y ella resolvía con facilidad el problema.

—Una Santo de Plata, no puedo golpearla, apenas la distingo —se dijo a sí mismo en un murmuro.

—¡Seiya, enciende tu Cosmos! ¡Si quieres ver a tu hermana hazlo arder!

Y ocurrió. Tal parecía que las palabras de aliento que necesitaba llegaron de la persona indicada con respecto a su ser más querido. Era perfecto. Aunque la electricidad recorría su cuerpo aumentó la velocidad más y más, él era capaz de eso, capaz de todo.

“El Cosmos es infinito”.

—¡Setenta! ¡Ochenta y dos! ¡Noventa y seis! ¿Pero qué diablos...?

—¡Volveré a Japón con este Manto, iré a ver a mi hermana así que fuera de mi camino, Shaina!

Su mano percibió el aire muchas veces, pero antes que el brazo le cayera por el costado, agotado, logró sentir otra cosa. Una sola vez. Piel.

Shaina tuvo que esquivarlo cuando se acercó con cierto peligro, y aunque se había movido con una destreza y elasticidad surrealistas, un solitario golpe dio en el objetivo. La sangre corría por su sien producto del rasguño.

—Seiya... —oyó que decía Shaina en una mezcla de furia, sorpresa, dolor... pero la imagen de la mujer de cabellos negros se fue diluyendo, desvaneciendo como si se sumergiera en una fuente, una imagen borrosa que lo hizo caer...

 

07:30 a.m. del 25 de Agosto de 2013.

Despertó en la cabaña que compartía con Marin cobijado hasta la cabeza por mantas calientes con un fuerte dolor en todo el cuerpo, pero... «¿Cobijado hasta la cabeza con mantas? ¿Pero quién...?»

Se levantó algo mareado, miró su reloj y se dio cuenta que había dormido por horas, su vuelo a Tokyo saldría en poco tiempo. Se arregló, tomó las maletas, miró alrededor y abrió la puerta..., pero tuvo que devolverse. La Caja de Pandora seguía reluciente en una esquina con la cara frontal observándolo como un amigo que también ha sobrevivido después de la guerra.

—Buenos días, Pegasus. ¿Nos vamos?

Era pesada y el dolor lumbar no ayudaba, pero el sol iluminó su rostro y la sonrisa se hizo presente cuando salió y se encontró con Marin esperándolo pacientemente de frente ante la montaña.

—Seiya.

—Hola, Marin.

—¿Cómo te sientes?

—Eh... muy bien, podría romper un tanque —trató de bromear aunque no esperaba obtener una respuesta positiva.

...Y ella sonrió. Sonrió como una hermana, parecida a la que lo esperaba; o como una madre que lo había cuidado estricta pero cariñosamente por seis años, la única que había conocido; o como la instructora que le había enseñado todo lo que sabía, que lo guio para superar sus obstáculos, que lo convirtió en un Santo.

—Me alegra oír eso. —Marin volteó el rostro, y con él un antifaz plateado que ocultaba sus ojos mirando de nuevo al corazón del Santuario—. Vete ya, es tarde, dormiste demasiado. Y recuerda, debes volver pronto a cumplir con tus obligaciones.

—Sí..., sí, maestra.

—Ya no soy...

—Siempre serás mi maestra, Marin.

 

---

Y al igual que lo hice con Aiolos, una imagen del Seiya que cree para el fic, con la rediseñada armadura de Pegasus.

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Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 17:21 .


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Publicado 13 julio 2014 - 21:10

la imagen te quedo muy bien y sobre el capitulo me agrado la forma en que explicastes lo que es el cosmos y me agrado que un caballero de bronce( aunque sea el protagonista )le haya costado trabajo emfrentarse a un caballero femenino plateado.


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FIC:  1-LA BATALLA DE FUEGO

 

 


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Publicado 15 julio 2014 - 21:39

Gracias por el comentario, y sí, quise reinvindicar un poco a Shaina, después de las humillaciones que pasó al principio del clásico cuando todavía parece que no se le ocurría a Kuru hacerla Plateada.

 

SAORI I

 

11:15 a.m. del 25 de Agosto de 2013.

Los papeles que le había traído Tatsumi esa mañana eran demasiados, la mano se le había cansado de tanto firmar. Pero, aunque tedioso, era su deber como la nieta de Mitsumasa Kido. Sin embargo, debía admitir que su mente no estaba totalmente concentrada en el papeleo. Divagaba pensando en lo que se avecinaba, en los jóvenes que volvería a ver después de tantos años. Muchos de ellos habían conseguido sus metas y estarían en Japón casi al mismo tiempo. Era una coincidencia del destino que no iba a dejar escapar.

Al fin y al cabo, lo más probable es que muchos llegaran ante su escritorio a pedirle cosas. Cosas que no ella, sino su abuelo, les había prometido cumplir si traían sus Mantos. Y ella debía mantener su palabra aunque no esperaba que fueran muy amables. Después de todo, Saori Kido no fue la mejor compañera de juegos en su niñez, eso no lo podría negar. Recordaba haber sido consentida y extremadamente caprichosa, azotaba a los niños con un cinturón, montaba sobre ellos como si fueran ponis, le mentía a Tatsumi diciendo que alguno la había empujado al fango cuando no querían jugar a las escondidas.

«No fui una buena niña, tampoco tuve amigos... Y ahora que mi abuelo ha muerto, los fantasmas del pasado llegan con sus triunfos obtenidos solo para ser sometidos a nuevos problemas por mi culpa... Pero yo no pedí esto».

 

—Señorita Saori, ¿lo hago pasar? —preguntó Tatsumi asomando la cabeza por la puerta. Cuando niña le divertía tratar de verse en su calva como si fuera un espejo, sin mucho éxito.

—Sí, no hay problema —respondió sabiendo de quién se trataba. Miró una vez más su collar de flores en la muñeca. En pocos segundos, un muchacho de cabello castaño claro y barba corta, vestido con una camiseta púrpura, guantes de cuero y pantalones vaqueros apareció frente al escritorio. Le tendió la mano y él la saludó torpemente, sonrojándose. Lo recordaba perfectamente, era el único que siempre se dejaba ser caballo.

—Señorita Saori... —Sus ojos verdes miraban en dirección al suelo.

—Jabu, ha pasado mucho tiempo.

—Sí.

Dejó que se acostumbrara un poco a la estancia y la situación mientras fingía que firmaba unos últimos papeles hasta que le dirigió de nuevo la palabra.

—Seré directa, Jabu. Me alegra mucho que hayas logrado superar todas tus pruebas en estos seis años. Lo que veo en la puerta, supongo, es tu Manto Sagrado —dijo poniendo los ojos sobre la enorme caja blanca que se asomaba por el marco.

—Sí, señorita. Gracias a mi maestro y a mi esfuerzo aguanté los seis años en Argelia, dominé la prueba final soportando un mes sin comer en el árido e inhóspito desierto del Sahara, solo a base de Cosmos y poder mental, y obtuve a Monoceros, un Manto de Bronce[1].

—Unicornio, ¿eh? —No pudo evitar que le causara cierta gracia.

—Sí, un caballo con un cuerno que... —Él también debió recordarlo, dado su nerviosismo. Siempre hizo de poni para que ella lo cabalgara aunque le azotara y dejara horribles cicatrices en su pequeño cuerpo, jamás se quejó.

—Sé lo que es un unicornio, Jabu. —Le sonrió para tranquilizarlo pero había temas importantes que conversar—. Y como dije, seré directa. Mi abuelo, el difunto Mitsumasa Kido, te envió a ti y otros noventainueve a distintas partes del mundo a entrenar y convertirse en Santos del lejano Santuario en Grecia. Si lo lograban les concedería un deseo, cualquiera que estuviera dentro de sus posibilidades. Y la Fundación Graude tiene muchas de esas. ¿Qué te prometió? Dímelo y cumpliré con su palabra.

Jabu se quedó sin habla unos instantes con el rostro perplejo por lo brusco de la pregunta, pero luego pareció meditarlo como si buscara profundamente entre los pasajes de su memoria. Finalmente la miró directamente a sus ojos.

—No recuerdo exactamente qué es lo que quería en ese entonces, pero sí sé lo que quiero ahora. El orfanato del señor Kido me acogió cuando estuve solo, él y usted me dieron la oportunidad de surgir por mí mismo, convertirme en lo que soy ahora. Siento que les debo mucho, y ahora que él murió solo puedo pagarle a usted. Mi deber como Santo de Atenea me obliga a proteger a los indefensos además de luchar por la diosa griega de la guerra. Me han dicho que ella existe físicamente en el Santuario, pero me es imposible creer eso. Por eso usaré mis habilidades como Santo no para proteger a Atenea sino a usted, Saori Kido.

No supo cómo responder. No esperó que el primero en llegar fuera bueno con ella y agradecido con su abuelo, ni menos que se ofreciera como guardaespaldas pasando por encima de sus votos como Santo. Más aún, que mencionara que no protegería a la diosa Atenea pero sí a ella era algo tan...

 

Un estruendo hizo que los papeles se cayeran del escritorio, y tanto Saori como Jabu se tambalearon. Se escuchó como si algo hubiera impactado contra algún muro de la mansión.

—¿Un temblor?

—¡Tatsumi! ¿Qué pasó? —No se parecía a un temblor. Su mayordomo no contestó, pero sí un nuevo estallido junto con los ruidos de la confusión y el alboroto al interior de su hogar.

—¡Señorita, quédese aquí por favor, iré a ver! —Jabu salió corriendo de la oficina después de agarrar la Caja de Pandora, y ella lo siguió casi un segundo más tarde, no iba a quedarse simplemente de brazos cruzados.

En el pasillo central, se encontró con el piano que tanto le gustaba tocar, hecho trizas contra un muro. Dos mayordomos estaban atrapados adentro, pero sus pies la llevaban cada vez más adelante, no podía detenerse.

Jabu era muy veloz. Cuando Saori llegó al patio central, él ya estaba sacando de apuros a una de las criadas evitando que el golpe fuera mortal. Un muchacho muy alto de cabello marrón vestía con una armadura anaranjada, su yelmo se asemejaba a la cabeza de un león rugiendo. Se le destacaban mucho las enormes protecciones en los brazos y piernas decorados por símbolos dorados.

Había arrojado a dos mayordomos hacia los muros ahora casi derrumbados desde varios metros de distancia y los demás criados lo rodeaban temerosos.

«Es uno de los muchachos... ¿Por qué nos ataca?»

—¿Qué te pasa infeliz, estás loco? —le gritó Jabu al mismo tiempo que evitaba una repentina patada agachándose.

—¡Mi deber es eliminar todo mal! —gruñó el muchacho a la vez que agarraba a Jabu por los hombros y lo arrojaba con fuerza hacia arriba. Superó los diez metros con facilidad.

—¡Jabu, no! —gritó, aunque la voz no le salió. En ese corto instante supo lo que pasaría. El león lo golpearía en caída libre y sería horripilante.

Sin embargo la caja blanca en el suelo se abrió de repente, un equino violeta saltó desde su interior y se desarmó en partes. Fue una secuencia tan rápida que Saori apenas pudo seguirla bien. Cuando pestañeó Jabu estaba de pie frente al otro chico, enfundado en una hermosa armadura reluciente. Había bloqueado el puñetazo enemigo con los brazos.

—Si eres un Santo... como yo... ¿entonces por qué atacas a esta gente? —Su yelmo poseía un largo apéndice simulando el cuerno mágico de los unicornios en la mitología. El resto era una armadura que se veía bastante ligera, diferente a la de su oponente, cubría menos espacio del cuerpo con excepción de la parte superior del torso, con un gran peto de tres piezas y dos largas hombreras.

—No entiendo lo que dices pero eres más fuerte que las otras sombras, mi deber es vencerte —dijo el otro, cuyos pies resquebrajaban el suelo por la presión. Saori no comprendió las palabras del joven, ¿de qué sombras hablaba?

—¿Sombras? ¡Estás loco! —Haciendo una pirueta muy elástica, balanceándose con ayuda de los brazos del rival, Unicornio saltó hacia atrás y le dio una patada en la barbilla que lo hizo tambalear.

—¡Señorita Saori! —oyó la voz de Tatsumi a pocos metros. Por el jardín a la derecha su leal mayordomo llegó vestido con su viejo bôgu[2] de kendo, balanceando amenazante una espada de madera.

—¿¡Qué hace aquí!? ¡Protéjase! —clamó Jabu al tiempo que conectaba una fuerte patada en el estómago del león y luego rápidamente una segunda en la espalda, saltando sobre él.

—¡Soy Ban, Santo de León Menor! No importa cuántos sean, eliminaré todos los males. Las sombras no son adversarias para mi Bombardero[3]. —El chico con el Manto anaranjado esquivó un tercer puntapié, y después de inclinarse un poco impactó con brutalidad su puño derecho en la boca del estómago del Unicornio, acompañado de un placaje con el hombro en el mismo movimiento. Saori pudo notar perfectamente como un rastro de humo quedaba detrás del león y la ropa de Jabu no protegida por la armadura se quemaba por la fricción. Su joven guardaespaldas vomitó sangre al caer al pasto.

Tatsumi trató de aprovechar la oportunidad para golpearlo con el bokken[4], pero de un manotazo de revés Ban lo hizo astillas en un suspiro y se preparó para hacer lo mismo con el mayordomo a quien confundió con una sombra. No podía ver eso, quiso cubrirse los ojos pero las manos no le respondieron. Deseó con todas sus fuerzas que el león se detuviera a medio camino y...

 

Resultó.

Ban estaba inclinado con el puño humeando como si se quemara, había cargado contra Tatsumi quien retrocedió pero quedó paralizado a pocos centímetros de su destino. La miraba fijamente con expresión de sorpresa y temor, como si de repente viera un fantasma o un dios. Saori se llevó una mano a la boca al pensar eso... al recordarlo.

—¡Aún no termino contigo! —Jabu caminó hacia él limpiándose los rastros de sangre. Al oírlo, Ban pudo moverse nuevamente, dejó a Tatsumi y lo esperó.

—Eres resistente, debes ser su líder, pero nadie aguanta más de un Bombardero. —El humo cubrió todo su brazo derecho, como una pantalla de hollín flotante.

Saori vio tres figuras negras saltar por los muros externos de la mansión, al tocar el suelo con un pie, usaron el otro para impulsarse y correr por el patio a gran velocidad. Iban hacia Jabu y Ban.

—Solo bastará con un Galope [5]—Jabu evitó el atropello de Ban con un elegante giro, dejó que pasara de largo y saltó, se mantuvo en el aire como si levitara. Cuando el León se volteó, Jabu le dio una patada y lo arrojó al suelo.

Recién en ese momento aterrizó y tres sombras lo rodearon. El Santo de Unicornio gritó y cayó encima del otro Santo en un abrir y cerrar de ojos.

 

Vestían completamente de negro y llevaban armaduras idénticas, igual de sombrías, que destacaban por largas colas de plumas que salían desde las espaldas. Cuando se voltearon hacia Saori notó que usaban antifaces que ocultaban sus ojos, y que en vez de yelmos llevaban diademas semejantes a un ave negra. Todos tenían cabellos de la misma tonalidad azabache. Ban aún estaba en el suelo, su armadura reflejaba daños serios que no tenía antes en más de una zona de su pecho, aunque Saori vio solo un Galope.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Tatsumi ubicándose de espaldas a ella con los brazos abiertos y la espada despedazada aún en su mano. Ninguno de los hombres respondió, solo hicieron espacio para que el Unicornio se levantara.

—Tatsumi, no por favor...

—Recuerde quién es usted, señorita. Nada debe pasarle —le dijo sin mirarla.

Jabu se puso de pie quejándose de un dolor de cabeza. Al mirar a Saori su semblante se transformó, había ira y violencia en sus ojos verdes.

—¡Esos son los líderes de las sombras, y mi deber es eliminar el mal! —Jabu arremetió contra ella en lugar de contra los hombres de negro que pacientemente esperaron. Algunos mayordomos y criadas se interpusieron en la ruta del joven que minutos antes se había ofrecido como guardaespaldas, y todos cayeron víctimas de empujones simples o algunas patadas rápidas. Cada uno de ellos era conocedor de las palabras de su abuelo en el lecho de muerte. Era injusto.

«Yo no quería esto, jamás quise ser esto, abuelito. Ordénales que dejen de protegerme”. Sintió un soplido mover sus cabellos, oyó un ruido parecido al del metal chocando entre sí y solo después pudo ver como una cadena absurdamente larga pasó cerca de su cara e impactó contra Jabu. Aunque la física no sustentaba la situación, la punta en forma de prisma romboidal al final de los eslabones rosáceos lo envió volando todo el camino de vuelta hacia los hombres vestidos de negro.

—No entiendo qué pasa aquí pero no permitiré que se dañen más inocentes —escuchó decir a alguien con voz muy suave. Eso se acercaba más a lo que esperaba en ese día.


[1] Bronze Cloth en inglés, la armadura inferior del ejército ateniense.

[2] Armadura típica de protección y entrenamiento en el arte marcial del kendo.

[3] Bomber en inglés.

[4] Sable de madera utilizado en las artes marciales japonesas como el kendo.

[5] Gallop en inglés.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 17:22 .


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Publicado 16 julio 2014 - 19:14

Jabu de Unicornio (que aquí no tiene el nivel dorado tan famoso últimamente en este foro xD) y Ban de León Menor.

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