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El Mito del Santuario


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685 respuestas a este tema

#681 ~Thrillington~

~Thrillington~

    Visitante

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Publicado 23 enero 2019 - 13:06

Después de demasiado tiempo (en verdad, bastante) paso a comentar a este gran fic que me ha amenizado la espera del trazo canónico al punto de esperar y estar atento habitualmente de su actualización, aunque, por cuestiones de tiempo, no había tenido espacio de reseñar puntualmente. Sin más preámbulo empecemos:
* * *
Simplemente me encantó la forma en que se manejó todo el conflicto entre Shaka y el trío de Santos revividos. Qué manera de atormentar a alguien que ha visto el mismísimo infierno envenenándolo con sus propios demonios traumáticos; mientras el dorado budista se engalanaba con sinfín de recursos ilusorios, el gemelo de la voz aguardientosa trataba apresurado de deshacerse del nudo a contrarreloj. Me hizo recordar la primera vez que vi animada tal batalla en la televisión ya que, al igual que la gran mayoría de usuarios (basándome en lo que he ido leyendo), SS llegó a mi por el Anime/OVAs. Muy inteligente el uso narrativo de la «amnesia» para hacer que no dieran con el emisor, siempre encontré absurdo que no relacionaran al rubio místico con la parafernalia budista que adornaba la situación.

Shura y Camus se vieron al fin como seres pensantes reivindicando la paupérrima participación vista en este arco del manga (evitando mencionar a EZ), y hablando de éste último: ¡¿Quién diablos es el maestro de Camil?! ¿Mystoria quizá? ¿Algún personaje nuevo? Dudo que sea uno de LC. El embrollo cansino del maestro del maestro del maestro de mi maestro sigue prolongándose para el pato jajaja.
Fue una grata sorpresa ver a Izo.

Al aparecer el cameo del personajazo tutor de los gemelos me hizo preguntarme si se tendrá contemplado utilizar a más personajes muertos que aún no han aparecido (llámese Aiolos, Nicole, Deathmask ...) o a aquellos que han dado leves pinceladas de su actual paradero (Kiki, Mayura, Marín [?], Verona... inclusive a Hilda y los Goddo Uōriā) sin que la historia se sienta forzada a que aparezcan sin razón alguna. Por otro lado, si se llegara a idear una buena conexión cronológica sería sumamente enriquecedor.

Debo de admitir que no percibí supremacía ni del lado del más cercano a un dios ni del de la encarnación divina, muy adecuado para no lastimar la susceptibilidad de los adoradores de cualquiera de los dos bandos.
El «¿Cómo hubiera pasado?» en el hipotético combate de las primeras líneas del capítulo me pareció razonable, digamos que sació momentáneamente la sed del combate directo que siempre quise ver.

En referencia a los Sales Gemelos, veo que hiciste una adaptación más fiel al manga dónde el Kān no es tan resistente como en las OVAs. En adición a eso, la explicación del porqué el Tenbu Horin se ve exageradamente OP en el manga (sin afán de enterar al versus prohibido) tuvo concordancia al estar Athena de por medio al menos en la cacería de zombies.

Llegando ya al momento apoteósico del encuentro, imaginé a la perfección la Exclamación de Athena impactando dea lleno a la humanidad del Santo de Virgo, carcomiendo su piel como si se tratase de cartón al fuego, impresionante.
Duelo sólo superado por el combate perfecto, heroico y sensual.
La cuota canónica del poema post mortem sí que cumplió con su objetivo de plasmar lo visto en el manga aluzando al octavo sentido.

Para que este post no se vea tan irremediablemente pesado de leer (mea culpa) después continúo con los demás capítulos prometiendo llegar a un epítome.

Buena vibra

Editado por ~Thrillington~, 23 enero 2019 - 13:09 .


#682 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 25 enero 2019 - 17:20

Wow, gracias por ese gran review. De verdad se aprecia mucho cuando otro lector aparece, y trataré de responder a las dudas que me planteas, o a aclarar los detalles que necesites.

  1. Quien diga que llegó a SS por el manga es un mentiroso o alguien muuuuuuuy excepcional. Y con las OVAs, el hype subió y llegó con las emociones de lo que mejor ha hecho TOEI. La pelea de Shaka con los Darks fue uno de los puntos máximos, así como el generador de un montón de disputas ridículas que aquí traté de presentar, al mismo tiempo que pacificar. Y arreglar los errores, claro, como eso de que no se dieran cuenta que Shaka estaba detrás de todo...
  2. El maestro de Camus, así como desarrollo de Izo como maestro de Shura, probablemente no saldrá aquí en Mito, pero sí en el tema gemelo, Anécdotas de Oro, que escribo con mi pareja. No puedo revelar quién es (es alguien conocido), pues una pista más sería demasiado obvio jaja No es Mystria, te lo aseguro, y tampoco es el papá del ganso o algo así xD Lo positivo fue mostrar a Shura y Camus como personas y no como piedras en el zapato de Saga.
  3. Aquí hay harto que mencionar. Nicole, DT, Verona, Izo, Aiolos... todos ellos son y serán desarrollados en Anécdotas de Oro, que sirve como precuela y complemento de Mito (a la vez que es su propia historia). Serás bienvenido en ese tema también :D Mayura ya fue protagonista del arco cero de Mito, pero seguirá apareciendo más adelante en este mismo tema. Hilda y los God Warriors aparecerán solo cuando sea necesario, pero que no haya duda de que lo harán alguna que otra vez.
  4. Hacerlos empatar no solo fue lo único que se me ocurrió para contentar a todos, sino que es lo que realmente pienso que ocurriría si se enfrentaran de verdad. Siento que Kuru ha dado pistas para ambos. Pero para ello, como mencionas, tuve que hacer algunos ajustes, como la presencia de Saori en el combate, para equilibrar las cosas.
  5. Muchas muchas gracias por pasar, y espero tus comentarios. Saludos :D

 

 

 

DOHKO IV

 

07:15 hrs. 16 de junio de 2014.

La miró fijamente otra vez, para cerciorarse de que sería capaz de llevar a cabo esa misión. Aunque no podía admirar sus ojos, por culpa de la máscara, comprendió que era más que capaz. Marin de Águila tenía las dotes para llevar a cabo ese destino.

Estaban en la periferia del Santuario, esperando a que las tropas se reagruparan para tomar el siguiente paso. Allí se encontró con el Águila de Plata, que había estado buscando en Italia lo que se había perdido, solo para comprobar que, como Libra Dohko temía, ya no estaba: la Espada de Rubíes que Hades había perdido durante la anterior Guerra Santa, estaba de regreso en el Inframundo. Al menos había conseguido conocer a la actual Espectro de Mefistófeles, y obtenido algo de información.

Ahora comenzaría la gran batalla, el final de su historia. Tras dos siglos de vida sabía que esto sería probablemente el fin… pero no era relevante, en realidad. Solo tenía ansias para llevar a cabo su misión.

Y ya que no podría seguir ejerciendo como Sumo Sacerdote, le pareció haber tomado la decisión correcta.

—Muy bien, Aquila. Puedes retirarte, agrupa a tus tropas y prepárense.

—¿Cuándo zarpará el navío?

—En dos días. Al amanecer.

Ya salía el sol cuando terminó de hablar con ella. Todos en el Santuario se veían sumamente decaídos, como si presintieran lo mal que había resultado todo. Y no era de otra manera, pues muchas vidas se habían perdido, tanto incontables inocentes (los que morían por primera vez y los fantasmas revividos) como sus camaradas Santos, guerreros valientes y Espectros que no eran tales. Bronce, Plata y Oro, el rango no importaba, todos habían sido engañados por Hades.

Y no tenían a Atenea entre ellos. Era el símbolo del ejército, sin el cual no se podía esperar que lucharan con deseos, anhelos, bríos, ímpetus o esperanza. ¿Qué les quedaba? ¿Solo funcionar como máquinas de lucha hasta que perdieran la cabeza ante las guadañas de los Esqueletos? ¿Tal como en la guerra anterior, cuando Sasha fue directamente a enfrentar a Hades a los cielos? Nadie volvió de eso, y el tiempo había sido reconectado en un ciclo de torturas… que Saori Kido esperaba reparar.

Dohko se desplazó al oeste, más allá del cementerio del Santuario. Allí estaba el viejo observatorio donde Nicole había trabajado, y Hakurei antes de él. Los Santos de Altar trazaban ciclos estelares que el Sumo Sacerdote convertía en predicciones, y por ello supo que encontraría allí a la persona que buscaba.

—¿Qué ves?

—El Santuario. Y todo en el mundo.

—Ya veo.

 

El observatorio era un templo de piedra blanca y cúpula redonda, aunque el resto era de estilo dórico tradicional. En el techo se hallaba una estatua de Zeus, el rey del cielo, con un libro en una mano y el planeta Tierra en la otra. Contaba con muros pintados con imágenes negras de soles, lunas y los astros en perfecta concordancia con el firmamento, y en relieve estaban representadas las ochentaiocho constelaciones que los dioses dictaron para proteger a los Santos.

Sion de Aries le daba la espalda, y su vista se extendía por todo el universo. Lo había conocido en su juventud, entrenando todavía en el Templo de la Nube Púrpura. Era quien lo había presentado al Santuario y le había enseñado todo lo que sabía, pues llevaba más tiempo allí que él. Ahora era tiempo de verlo como un admirador más de su belleza sin tiempo.

Dohko dio algunos pasos más hacia adelante, y se detuvo. ¿Qué haría cuando ocurriera lo que sabía que ocurriría? Ese hombre… era algo así como su alma gemela, su compañero estelar, el discípulo de Hakurei con alma torturada. El Carnero que les había dado nuevas armaduras a aquellos pobres muchachos, y la persona más querida en su memoria de guerrero.

—¿Hablaste con ella?

—Sí. Lo hará perfectamente, te lo aseguro.

—Así está bien —contestó Sion, y siguió hablando como si no fuera un rotundo cambio de tema, como siempre hacía. Parecía tan antinatural, y a la vez, tan jodidamente perfecto, que Dohko de Libra requirió de años de preparación para seguir el cauce de sus pensamientos—. Por cierto, los Esqueletos destruyeron por completo una aldea, pero Lince los salvó a todos. Y más allá… una nueva especie de amapola nació.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Nacieron tres nuevos leones por allá… pero los Espectros se acercan. Y uno de nuestros soldados tendrá que ver su pierna amputada. No, dos. ¿Acaso estamos bien, querido Dohko?

—Seiya y los demás… una vez más tuvieron que luchar en nuestros combates, a pesar de todos mis esfuerzos para que descansaran.

—¿Crees que corresponde que un grupo de Santos descanse?

—Si hubieras visto lo que ellos hicieron en tan poco tiempo, estarías conmigo.

—Lo estoy. Los conozco desde que nacieron. Y aunque les di esos Mantos, me gustaría ofrecerles disculpas.

Dohko soltó una pequeña risita que solo Sion conocía, la infantil e irrespetuosa del joven Tong Hu, un Taonia. Se dio fuerzas y pasó caminando junto a Sion, aunque sin atreverse a mirarle el rostro. Avanzó hasta casi llegar al borde del risco junto al gran observatorio, cuyo telescopio buscaba más el ocaso que el amanecer, en contra de la tradición. Dohko se sentó en una piedra sumamente cómoda que encontró cerca, y liberó un largo suspiro después de reír.

—Nada ni nadie habría sido capaz de detenerlos, ni tú, ni yo, ni nadie. No, ni siquiera Atenea, Sion… Aunque lamento no haberles educado más en el Octavo Sentido.

—El mensaje que Shaka le dio a Atenea… la única manera de entrar al mundo de los muertos con vida, conservando la consciencia, es con el Octavo Sentido que se haya más allá del Séptimo, en una zona diferente del Cosmos.

—Despertar ese conocimiento secreto en vida es también el secreto de ésta. Es lo que se llama abrir el tercer ojo… conectarse con la esencia de la vida y abrirse a la muerte con humildad, dándole la bienvenida.

—Eso es lo que Atenea hizo. Y lo que todos deben hacer para triunfar en esta ocasión. En esta última oportunidad.

—Si pienso detenidamente en ello, nosotros despertamos el Séptimo Sentido, lo cultivamos y desarrollamos hasta dominarlo, usándolo en un sinfín de batallas. Pero estos muchachos que ya conociste también lo han hecho, a pesar de su rango, a pesar de su juventud… creo que podrán hacerlo, Sion. Esos chicos son algo muy especial.

—Admito mi grata sorpresa —dijo Sion. Su voz estaba ligeramente entrecortada, y un poco más débil. Casi nadie hubiera notado aquel color de voz, pero el Santo de Libra lo conocía demasiado bien.

—¿Qué te pareció? Tú sabe a quién me refiero…

 

La llama de Piscis en la Torre Meridiano estaba a punto de extinguirse. Doce horas habían pasado. Doce horas habían sido concedidas a los Espectros para vivir nuevamente, tal como Dohko sabía desde la Guerra Santa anterior, Hades podía hacer. Pero ni siquiera él podía conceder vida eterna a alguien, y tampoco revivir de forma permanente a un residente del Inframundo. Era algo que se había acordado mucho antes de la época de Zeus, Hades y Poseidón. Por eso había encendido el reloj.

Ahora, Dohko de Libra se arrepentía de su decisión, pues sabía que esas doce horas significaban el fin de una conversación.

—Oh, dioses… Dohko, ese muchacho es idéntico a él.

—Por supuesto que sí. En todo sentido.

—Entonces era cierto… ¿Tenma volvió?

—Sí. —Por un breve destello de tiempo, Dohko volteó a ver a Sion, y captó una maravillosa sonrisa. Solo por un segundo. Era la sonrisa triunfante de quien ha esperado siglos para ver un árbol crecer—. Tenma cumplió su promesa.

—Pero no lo entiendo… ¿acaso Seiya no lo sabe?

—No. Ja, ja, por lo que sé, ese chico jamás ha ido a una biblioteca. Solo bastaría sacar un libro cualquiera sobre armaduras o historia de los Santos para saber quiénes fueron los portadores del Manto de Pegaso… y por qué se parecen tanto entre sí.

—¿Y sus amigos? ¿La gente del Santuario?

—Muchos saben la historia, así que supongo que asumen que lo sabe. O, como Aiolia, no le quieren poner mucho peso sobre los hombros.

—Tenma y Sasha regresaron como Seiya y Saori Kido. Dohko, no puedo ver las estrellas, pero tengo la sensación de que ahora sí cambiará el curso de las guerras santas, para siempre.

 

La llama del reloj cambió a un azul intenso. Comenzaron a escucharse los tics tacs más altos y graves, en todo el Santuario, que indicaban los últimos minutos. La luz del sol comenzó a asomarse tímidamente por el este, más allá de la montaña principal y el bosque Dodona. Un nuevo día se acercaba.

—Sion, ¿acaso vas a ponerte sentimentalista y al fin creerás en el azar, a tu edad?

—Dohko, puedo hacer lo que quiera, p-para algo sirve estar muerto.

Dohko notó que tanto su voz como la de Sion se habían quebrado, pero, aun así, se rieron con fuerzas. Una última carcajada, como cuando bebían en el comedor del Santuario y recibían los regaños de los superiores, cuando todavía no decidían su destino.

—El alma de Pegaso… e-el cuerpo herido d-de Hades. S-sabes lo que debes hacer, ¿no es así, Dohko?

—Sabes que sí. ¿Y tú, hiciste tu trabajo?

—Hablé con Ara[1] hace un rato. El M-Manto de mi maestro. Encontrarás el nuevo Cofre de Pandora en la Academia. E-esta vez… t-trata que nadie se sacrifique para s-sellar a ese par de d-dioses —dijo Sion, con cada vez más problemas de pronunciar las palabras. Dohko no se atrevió a mirarlo a los ojos, y optó por el suelo. Decidió que su amigo debía conservar su orgullo y dignidad hasta el final, incluso si se le rompía el corazón.

 

Recordó la primera vez que comieron juntos en el Santuario. Dohko pidió una pierna de cerdo que se comió en un minuto, por lo que tuvo que pedir otra. Se tuvo que limpiar la camisa tres veces.

Sion, en cambio, pidió una ensalada de distintas hierbas, más un té. Comió y bebió con absoluta perfección, en tiempo perfecto, con modales perfectos, y con la ropa perfectamente pulcra tras terminar.

Dohko creía en el azar y el cambio del destino, mientras Sion creía seriamente que las estrellas dictaban lo que uno haría, y que había que atenerse a ello para hacerlo de la mejor forma posible. Distintas formas de ver la vida que llevó a innumerables discusiones filosóficas y almuerzos de cerdo y ensaladas.

Libra. Aries. Perfecta dicotomía, como el cielo y el infierno, la tierra y el mar, el yin y el yang, la luz y la oscuridad. Ninguno era negativo o positivo, eran diferencias que nacían de su propia individualidad, que se encargaban de complementar. Alguna vez, Dohko pensó lo bien que representaban la balanza en equilibrio sus estrellas guardianas, sostenida por la diosa de la justicia.

Todo inicio tenía su fin. Y ese fin, ¿podía volverse un nuevo inicio?

—Dohko… d-de ser posible, me hubiera g-gustado… me hubiera encantado seguir hablando contigo —dijo Sion. El primer destello de sol iluminó el Meridiano, y la llama azul comenzó a extinguirse.

—No te preocupes, pronto nos volveremos a ver.

—Tienes razón… e-esperé 243 años —dijo Sion, y Dohko pudo adivinar su perfecta y maravillosa sonrisa, la del mejor compañero de armas y amigo que se podía pedir al destino, las estrellas o la vida—. Un poco más n-no… significa mucho, ¿no es así? P-podemos… esperar un poco más.

El único sobreviviente junto a él de la anterior guerra… y la razón de que no se necesitaran más palabras.

Ya no sentía su presencia detrás de él. Al contrario, un montón de destellos y sombras cruzaron su semblante, pero los ojos de Dohko, húmedos y decididos, se habían clavado en el piso mojado por sus lágrimas. Ya había pasado. Sin embargo, no era un adiós… sino un hasta pronto.

—Hasta que nos veamos otra vez… Sion.

 

Dohko se puso de pie, permitiendo que el sol limpiara sus lágrimas y le ayudara a pensar con claridad. Aunque él ya no estuviera, no estaba solo, pues habían creado juntos una increíble generación de Santos valientes que cumplirían su labor sagrada con la misma pasión y dedicación que ellos, tantos años atrás.

La llama de Piscis se apagó. Un nuevo sol cubrió el mundo.

 

Ahora, era cosa de esperar. Seiya, Shun, Shiryu, Hyoga… ¿qué sería de ellos?


[1] Nombre de la Armadura de Plata de Altar.


25solfo.jpg

(by Placebo)


#683 Cannabis Saint

Cannabis Saint

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Publicado 26 enero 2019 - 15:35

Buenos capítulos, los sentí cortos pero buena introducción para la parte del inframundo! Muchos sentimientos, falto leerlos con el ending de la saga de Hades! Saludos y eso es lo que yo tambien opino, la mayoría conocimos SS por el anime, esperando por mas! Saludos y que sientas el cosmos!

#684 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 31 enero 2019 - 21:23

Sí, los últimos capítulos (incluyendo el de hoy y el otro que falta) son bastante cortos, porque ya no incluyen mucha pelea que desarrollar. Solo a los personajes y los sentimientos que mencionas.

 

Gracias por comentar, saludos :D

 

 

IKKI IV

 

08:30 hrs. 16 de junio de 2014.

«Alguien murió». De verdad no sabía qué hacer. Por primera vez en muchísimo tiempo, tras pensar en un solo nombre, rompió a llorar. Supo quién había muerto sin que hiciera nada por evitarlo. «Murió».

Estuvo caminando sin rumbo por horas. Por eso le parecía tan raro que, a pesar de todo, arribara al Santuario. Entró por el portal en las montañas, cruzó la árida tierra hasta que vio los portones y la Torre Meridiano, e ingresó al recinto sin saludar a los guardias, que parecían inquietos. No le importó.

De hecho, todos parecían alterados. Muchos soldados a caballo pasaron a su lado, en dirección a los establos, y otros saliendo de allí. Algunos iban magullados, un par había perdido miembros, y en general tenían una expresión de desazón que solo podía indicar tragedia. Ikki sabía de eso mejor que nadie, pues su vida entera se había tratado de ello. No tenía que ver con los Espectros, o con Hades.

No podía morir. En su lugar, Shun había muerto. Shun ya no existía.

 

Cuando salía de la frontera de Austria, Ikki tuvo una idea desesperada, cuando su vergüenza, tras la derrota ante Aiacos, se había convertido en ira. Iría al mismo infierno a buscar a Shun, lo arrebataría de las manos de Hades y ejecutaría a todos los Espectros que se encontraba… luego, cayó en una zanja, cerca de una granja donde una niña lo miró con miedo, y su perro le ladró. Allí se dio cuenta de lo patético que se veía, y de lo inútil de su idea. No sabía cómo llegar hasta donde Hades, e incluso si lo hacía, no podía morir, no podía ingresar al infierno; las veces que lo había hecho, había terminado sin recordar nada y regresando al mundo de los vivos. Por otro lado, Aiacos le había dado una paliza; ni siquiera al Espectro felino, el llamado Cheshire, o a la mujer que le aterró tanto los podía vencer. Era un perdedor que Shun no merecía como hermano. Había tocado fondo.

Así que lo que estuviera ocurriendo a su alrededor, allí en el Santuario, no tenía por qué afectarle. Vio algunos Santos por allí y por allá, corriendo y entregando órdenes, preparándose para algo. El recinto sagrado temblaba de vez en cuando, algunos muros y columnas simplemente se caían, y el viento ni siquiera estaba tan intenso; todos parecían saber por qué. Ikki avistó a Geki de Oso y Venator de Delfín con sus manos sobre… ¿cómo se llamaba? ¿Jabu? El tipo estaba derrumbado, y varios más tenían los ojos rojos. Fugazmente se preguntó qué ocurría, y luego decidió que no le importaba tampoco. Shun había muerto.

Era lo más preciado que tenía. Más que el recuerdo de su madre. Incluso más que la memoria de Esmeralda. Desde luego que más que Atenea. Shun era la razón de su lucha, la persona a quien había jurado proteger a pesar de demostrar que se las podía valer perfectamente solo. Hasta se decía a sí mismo que la razón de que volviera tanto del infierno era justamente gracias a él.

Lo había visto por última vez en Sicilia. Shun quería tener unas vacaciones con él. Vacaciones normales de hermanos. En su lugar, se enfrentaron a los huestes de Tifón, y luego Ikki decidió abandonarlo para buscar respuestas a una pregunta idiota. No moría porque el infierno no lo quería, o porque era un tal “Bennu”, o lo que sea. Shun había quedado solo, mirándolo con la esperanza de que se volteara y recuperaran los años perdidos, pero él se portó como un idiota solitario que no sabe comportarse con otros, y lo dejó. Y luego Shun murió. Ikki no pudo hacer nada para ayudarlo, solo pudo sentir cómo se esfumaba su Cosmos… y llorar, y caminar y no hacer nada.

—¡Ikki!

Ikki se volteó ante el llamado, y la Caja de Pandora en su espalda, con la armadura de Fénix, se le hizo más pesada que nunca. Pero no era Shun quien había gritado su nombre, sino Shaina de Ofiuco, comandante de Santos de Plata y Bronce por igual. Le había conocido tras la batalla contra Poseidón… no tenían mucha relación ni habían conversado mucho, pero se respetaban mutuamente. Aunque era en el tiempo en que Ikki se consideraba un tipo rudo, como ella… ahora era solo una sombra sin hermano de quien era antes.

—Shaina. —Ikki pronunció el nombre de la Santo como un saludo, antes de prepararse para voltearse e ir a donde los pies lo llevaran, pero ella le alcanzó en menos de un segundo.

—¿A dónde vas? ¿Dónde demonios estabas? —La mujer tenía rastros en su armadura de una ardua lucha anterior, y mucha sangre seca en el rostro y los brazos. Algo terrible había sucedido en el Santuario mientras no estuvo.

—Da igual, déjame en paz.

—¿No te has enterado, cretino? —Shaina le atrapó el brazo. En condiciones normales habría liberado un poco de fuego para quitársela de encima, pero ahora no le importaba. Ella se veía terriblemente agitada e intranquila.

—¿De qué?

—¡Atenea ha muerto!

 

Se hizo el silencio. Un soldado raso llegó a caballo preguntándole a Shaina algo que Ikki no comprendió, y ella le respondió con un “llévalos al puente”, o algo así. Alguna orden que no tenía relevancia, un ruido más que no llegaba a sus oídos o su mente. Ni siquiera el viento norte sacudía su corazón.

—…esas cosas aquí de inmediato! Y tú, lleva esas bolsas al Navío —ordenó Shaina, antes de volver a dirigirse a Ikki, cuando éste ya había comenzado a escucharla de nuevo—. ¿No me oíste, Phoenix? Atenea murió.

—Ah, ¿sí? —se sorprendió de lo natural que le salió. Había aprendido a luchar por Atenea; desde la batalla contra Poseidón, cuando la vio sacrificarse por la Tierra y enfrentar a un dios demasiado superior a cualquiera de ellos, le tenía respeto. Junto a los demás, pero en silencio, había jurado protegerla… no sabía si por protocolo o no, pero la respetaba… ahora también estaba muerta, y por eso el Santuario se hacía pedazos.

—¿Qué diablos te pasa? —inquirió Shaina, pues Ikki había soltado una risa de pura frustración. Todo se le hacía tan irreal que solo podía ser una mala broma, o un pésimo sueño. Shun y Atenea habían muerto, y él ni se enteraba.

Decidió seguir el juego.

—¿Y qué quieres que haga con eso?

—Parece que no sabes ni m.ierda —contestó Shaina, indicando a la amiga de Shun… ¿cómo se llamaba? ¿June? Ella se acercó junto con dos otros Santos, que Ikki no conocía bien. Osa Menor y Paloma, dadas sus armaduras—. ¿Podrían informar a Phoenix de lo ocurrido? Llévenlo a la Academia, o a la Palaestra, o lo que sea, pero lo necesito preparado para lo que se viene. Eres molesto, Ikki, pero eso no cambia que seas útil para el combate.

—¿¡Y para qué quiero yo saber todo eso!? —exclamó Ikki, cansado de ser el patético centro de atención—. No me vengas con tonterías. Esta mi.erda de Santuario se está cayendo a pedazos, a ustedes parece que les pasó un camión encima, y no hay ni un solo Santo de Oro a la vista, supongo que también están muertos, como Atenea, como todo lo demás…

—¿Entonces qué viniste a hacer aquí, Ikki?

—Observar. Observar como todo se termina.

Shaina le tomó el brazo con todas sus fuerzas, y le dio una patada en la canilla, haciéndole tambalear. El Fénix trató de defenderse, pero Shaina liberó una intensa carga eléctrica, le rompió los lazos de la Caja de Pandora, y finalmente lo arrojó sobre la fría tierra, paralizado e inmovilizado. Cuando trató de voltearse, Shaina le puso una mano en la nuca y aplastó su cabeza contra el piso.

—¿Qué demonios te sucede, Fénix?

—D-déjame en paz… —masculló.

—No puedo creerlo. Ikki, puedes ser un Santo de Bronce, pero de ninguna manera podría haberte hecho esto con tanta facilidad… Eres patético. ¿Acaso solo decidiste abandonar la lucha y no hacer nada más? Tu hermano y los otros luchan intensamente en Alemania. ¿Y tú? No haces nada más que quejarte y lloriquear.

—¿Alemania? —Ikki hubiera querido reírse de no estar con la cabeza aplastada contra el suelo. ¿Alemania? ¿Eso significa que Shun se dirigió exactamente a donde él estaba? ¿La pelea se dio cerca de él mientras estaba tirado por allí, inconsciente en una zanja? ¿Qué clase de mala broma era esa?

—¿Vas a defraudar a Shun de esta manera, solo observando?

—Todo da igual… Shun está muerto.

 

Shaina se apartó de un salto. Luego, retrocedió a pasos lentos, al mismo tiempo que Ikki se ponía de pie y la Santo de Camaleón se acercaba a él. No le importaba una m*erda lo que sintiera.

—¿Qué fue lo que dijiste, Ikki?

—D-dije que Shun está muerto… —Ikki se limpió el polvo de la ropa y tomó la armadura de Fénix, arrastrándola de lo que quedaba de cinta—. Murió hace algunas horas, así que comprenderán que me da igual lo que vayan a hacer.

—N-no puede ser… ¡no puedes hablar en serio! —chilló Camaleón. Había ira y tristeza arremolinadas en su rostro, como una danza fúnebre, llena de terror, deseos de venganza y furia contenida. Osa Menor se acercó a consolarla, pero ella la apartó de un manotazo—. ¡No me vengas con esa mierd.a!

—No lo es. —Ikki la miró a los ojos. Directamente. Se dio cuenta de que tanto ella como él estaban derramando lágrimas, pero no le importó. Incluso la vida carecía de significado, pero no podía apartarse de ella—. Ofiuco, no me interesa lo que ocurra con Hades. El Santuario ya perdió, y la muerte de Atenea lo prueba.

—Fénix… e-entiendo lo que sientes, pero…

—No hay excusa. Mejor déjame fuera de esto. —Ikki se dio media vuelta y se dirigió al bosque, detrás de la Eclíptica, donde se hallaba el Monte Estrellado—. Esto se acabó. Ni siquiera sé por qué vine hasta aquí.

 

Volvió a caminar. Vagar sin rumbo, con la imagen de Shun en su cabeza. Trató de que fuera reemplazada por el rostro de Saori Kido, por un ridículo fin protocolar, pero no lo consiguió. Solo Shun le había importado por tanto tiempo, que su ausencia era como si se le hubiera olvidado respirar.

Más soldados. Más criados del Santuario. Más Santos. Ninguno se le acercaba. ¿Acaso todos adivinaban sus pensamientos? ¿Sabían ya sobre Shun?

Se adentró en el bosque Dodona, donde la vegetación era iluminada por breves y tímidos rayos de sol. Sin embargo, se dio cuenta de que, aunque el sol estaba en el cielo, muy cerca de las nubes y las montañas del este, había estado viendo todo oscuro, como si fuera de noche. Su corazón estaba cubierto por nubes negras.

En un claro al interior del bosque, se hallaba un hombre cortando leña. Ikki jamás lo había visto, y se sorprendió acercándosele. No era un hombre del Santuario, ni Santo ni soldado, y ni así le pareció extraño…

El leñador lo vio y sonrió. Su sonrisa era atractiva, carismática, pero también tenebrosa y lúgubre, como la muerte. Era alto y esbelto, tenía el cabello plateado como la luna, del mismo tono que sus ojos divertidos. Estaba pálido, pero en él parecía algo natural, como si infundiera miedo en vez de percibirlo. Usaba ropas negras, tanto la camisa a cuadros grises, como los pantalones y las sandalias.

—¿Quién eres? —se encontró preguntando Ikki, como un idiota.

—Alguien que puede solucionar todos tus problemas. —El leñador levantó el hacha, que también despedía destellos plateados no solo de la hoja curvada, sino del mango adornado por una estrella roja de cinco puntas.

Ikki notó que el leñador no estaba cortando leña, sino un manojo de brillantes hilos que parecían más resistentes de lo que parecía a simple vista, o de lo que podía esperarse de un manojo de hilos, pues el leñador tuvo que imprimir una gran cantidad de fuerza para cortarlos. Cuando los cercenó, el Santo de Fénix notó que su corazón se enfriaba, como si hubiera bajado súbitamente la temperatura, a pesar de la presencia del sol naciente.

—¿Qué estás haciendo?

—Mi trabajo. Pero veo que tú no estás haciendo el tuyo. ¿No eres un Santo? ¿No soy acaso yo un invasor en el Santuario? —El leñador puso otro manojo de hilos plateados sobre el madero que tenía a los pies, y volvió a bajar el hacha. No sudaba ni siquiera un poco, a pesar del esfuerzo.

Ikki apretó el puño, y rápidamente lo soltó, poco después.

—No tengo ánimos de seguir luchando.

—¿Quieres morir? Sin embargo, no puedes. La naturaleza no te deja ir, pues estás viviendo una vida falsa. —Otro manojo. Otro corte. Frío—. Hasta que no abandones esta vida no podrás dejar de vivir, a pesar de lo tonto que suena. De hecho, si lo piensas, tiene bastante sentido.

—¿Sabes que no puedo morir?

—Sé muchas cosas. Isla Reina de la Muerte, monte Fuji, Templo de Atenea, Castillo de Hades… has muerto muchas veces, pero no definitivamente. Vuelves al mundo de los vivos a sufrir, sin nadie que te acompañe, pues tus seres queridos te han abandonado. Tu amada, tu hermano, tu madre, tu diosa…

—Ya me sé la historia —trató de imponerse Ikki, a pesar del temblor que le recorría el cuerpo. Su valentía era como la de un conejo enfrente del fuego—. ¿Qué harás para solucionar mi problema, como dijiste?

—Es sencillo. Dime lo que deseas, Fénix. —El leñador levantó dos dedos, e Ikki sintió un pinchazo en el pecho. Luego, un hilo plateado apareció en manos del hombre misterioso, como si siempre lo hubiera tenido ahí—. Solo eso requiero.

—¿Lo que deseo?

—Sí… lo que más desea tu corazón.

¿Volver a ver a Shun? ¿Seguir luchando por Atenea? ¿Recuperar a Esmeralda? ¿Regresar a una niñez sufrida? ¿Tener amigos y seres queridos?

No. No había más que una respuesta. El leñador levantó el hacha a la vez que colocaba el hilo luminoso, conectado a su corazón por una bruma tenue, sobre el gran madero con el que trabajaba. Sonreía.

—Deseo morir.

—Pues, así será, humano.

Y el hombre cortó el hilo.


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#685 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 07 febrero 2019 - 12:21

Con esto llegamos al final del volumen 4. Muchas gracias a todos los que han seguido la historia hasta este punto, el proyecto escrito más friki y largo de mi vida jaja De verdad les agradezco mucho, en especial a los que se toman el tiempo de comentar y criticar constructivamente mi trabajo, que es lo que me ha ido ayudando a seguir mejorando.

 

El volumen 5 (que correspondería al final de la saga de Hades, desde "Inferno") ya lo comencé a escribir y llevo algunos capítulos, pero prefiero esperar un buen tiempo antes de volver a publicar, porque es algo que necesita tiempo y debo ordenar bien la historia primero, para que no haya errores de continuidad y que todo esté en su lugar. Como les dije desde hace, literalmente, años (xD) será en general diferente a lo que se vio en el manga y el anime, aunque algunas cosas que me agradaron se conservarán, o serán imposibles de evitar. No puedo decirles cuando volveré con la publicación, pero no será mucho. Les agradezco si están pendientes.

 

Saludos.

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

 

Se sentía diferente, pero no tanto. Sentía que respiraba a través de la nariz, pero su pecho no se inflaba. Podía ver, incluso si se tapaba los ojos; solo pudo realmente cerrarlos cuando decidió no ver. Comprobó que no tenía pulso, pero cuando se mordió un dedo sí brotó sangre. Tuvo que superar unos cuantos cuasi-ataques de pánico por todo ello.

Estaba muerta. Sobre ella se hallaba un cielo escarlata, a veces púrpura, a veces rosa, y sin nubes, adornado por breves destellos que simulaban ser estrellas, pero que no lo eran. A veces desaparecían totalmente, y segundos después surgían con fuerza, como si estuvieran en plena supernova. No había constelaciones. No había sol ni luna, pero estaba iluminado, aunque algunas secciones del cielo parecían más claras que otras, sin seguir un patrón fijo, como en el del mundo de los vivos en relación al ciclo solar. Aquella suerte de “estrellas” definitivamente no emitía brillo, eran casi… “manchas” en el cielo rojo.

La tierra era muy árida y fría. No como si estuviera congelada, sino que carecía de sustancia. Carecía de “vida”, como si nada nunca fuera capaz de crecer allí, y los pies humanos no pudieran percibir que lo estaban pisando. No había insectos ni animales, ni nada parecido; ni siquiera las bestias que habitaban la Colina Yomi, donde había ayudado a Shiryu a luchar contra DeathMask, tiempo atrás.

El tiempo era otro asunto curioso. Le era imposible calcular hacía cuánto se encontraba allí, y tampoco estaba segura de que si le había tomado segundos u horas tomar su pulso o aprender a respirar sin fijarse en que no lo estaba haciendo. Había estado caminando, pero no sabía por cuánto. Quizás días, no se sentía diferente a una hora. Era un alma en un sitio completamente atemporal. No recordaba en lo absoluto cómo o por dónde había llegado allí, como cuando en los sueños uno se encuentra en la mitad de la trama onírica, sin inicio ni final.

Lo positivo era que estaba consciente de sí misma. Sabía cuál era su nombre, su historia, quiénes eran sus amigos, sus Santos, y conocía perfectamente su misión. A pesar de ser un alma, conservaba su cuerpo, con piel, huesos, músculos y sangre; y aunque le había preocupado antes de llegar, no estaba desnuda. Llevaba el vestido que le tejieron Europa y Megara cuando se presentó por primera vez ante el Santuario, a pesar de que llevaba otro muy distinto cuando murió. Hasta llevaba la pulsera de flores de su abuelo atada a la muñeca, pero notó que tenía menos pétalos.

El caso era que, en general, conservaba su esencia. Caminaba hacia donde ella deseara, y recordaba perfectamente todo lo que había hecho antes de clavarse la Daga de Physis en la garganta. El sacrificio que había realizado para que la gente dejara de estar sufriendo por la falta de voluntad y empatía de las Atenea anteriores… de ella misma. Todavía se le dificultaba pensarlo así, el saber que su vida, la de Saori Kido, no era su primera vez en la Tierra. Sabía sobre la reencarnación, pero debía ser una de las pocas que se convertía en un ejemplo explícito de ello, con todo y memorias de tiempos pasados. Si para eso tenía que pagar con su vida, con no volver a la Tierra y ver a sus compañeros… bueno, le entristecía, pero le parecía hasta obvio, igual a que Shiryu se quitase la vista para salvar a sus amigos de Algol de Perseo.

Ya había cumplido su profecía. La visión que había tenido ante el Oráculo de Delfos. Las estrellas plateadas caerán sobre ti como saetas, y no podrás evitar que hieran tu cálido corazón, mientras los astros de sol arden como fuego azul”. Claro, era la flecha de Aiolos arrojada por Ptolemy, al pie de la Torre Meridiano de llamas azules. “Te azotarán con látigos de agua hirviendo mientras bebes las lágrimas de todos los hombres y mujeres del mundo”. Eso fue cuando le encerraron en el Sustento Principal y casi se ahoga con las lluvias que caían sobre el planeta. “Caminarás por vías de sangre junto a bestias eternamente torturadas; una espada de rubíes te conducirá hacia el trono de la doncella hecha muerte hasta que supliques ver prados floreados”. Esa era la última, la que estaba viviendo. La espada de rubíes debía ser la daga, ¿no? Y ya que estaba en el inframundo, no tendría problemas al ver torturados… En retrospectiva, las profecías eran bastante más claras de lo que parecían, y se sorprendió de que todas las calamidades le ocurrieran en poco más de un año.

Pero no había más profecías. Allí acababa todo para ella. Lo sabía desde hacía tiempo y vaya que lo había llorado. Sufrió y sintió miedo como una niña pequeña. No. Tal vez era un miedo sumamente humano, desprovisto de la inmortalidad divina. Eso le hacía sentir bien.

Y el miedo ya había pasado. Se había armado de valor frente a Saga, Camus y Shura, que sufrían en silencio; frente a Kanon, Muu, Milo y Aiolia, que nada podían hacer. La sangre de sus manos tocó la hoja y se activó su poder… y se clavó sin más. Era una sensación parecida a cuando estaba aprendiendo a nadar, y no quería arrojarse al agua por miedo al frío. Una vez que lo hizo, la sensación se desvaneció… solo que en este caso la sensación era la muerte definitiva. En esta vida, y en ninguna posterior, podría volver a vivir, a caminar sobre la Tierra, a tener amigos, a reír y llorar, y a ver a sus seres queridos. No podría volver a ver a Seiya. Estando muerta, siendo un alma, le era mucho más fácil admitir sus sentimientos.

Lamentaba no haber podido despedirse.

 

Saori caminó por la tierra, subió las cumbres rocosas y bajó a los valles. No tenía idea de cuánto llevaba caminando, no solo por la falta de tiempo, sino que debido a lo repetitivo del inframundo. A pesar de lo ridículo que sonaba, no había visto ni un alma… hasta que las vio. Luego, después de un rato, tal vez días, encontró las almas. Siempre estuvieron allí.

Por todos lados había una suerte de nubes azules que salían del suelo. Algo así como pequeñas lenguas de fuego que liberaba un gas de un metro de alto o más. Saori las había estado esquivando inconscientemente durante todo el camino, hasta que sin querer topó con una. Se llevó el susto de su vida al encontrarse con el rostro de un hombre de unos cincuenta años, vestido con boina, larga chaqueta, barba descuidada y pantalones deshilachados. Un hombre del pasado con la mirada vacía, que ni siquiera se sorprendió de verla, ni tampoco le habló.

Cuando Saori se apartó, el hombre volvió a transformarse en una nube de gas, y sus ojos completamente blancos, sin iris o pupila, se convirtieron en las llamas de color azul que había visto antes, cerca del suelo.

Después de controlarse, y calmar los latidos acelerados de su corazón (proceso que incluyó tocarse la muñeca para comprobar que no estaba latiendo en realidad, y que la sensación estaba en su cabeza), Saori se acercó a las otras almas, y ocurrió lo mismo. Progresivamente a como se acercaba, el humo se transformaba en una o más personas viviendo su mundo, quietas en la nada, con ropas de distintas épocas y colores de piel de distintas etnias. Primero eran translúcidos, pero si Saori llegaba a tocarles lo que se suponía era ropa, se volvían tan realistas como si fueran de carne y hueso. Lucían así, de todos modos, solo que no lo eran en realidad. Le confundía pensar en ello, pues ella era la única excepción en el Inframundo.

Más adelante comprobó que todos se dirigían, con más o menos prisa, hacia un mismo punto. No sabía si era norte o sur, o este u oeste… o siquiera si existían las direcciones en ese lugar, pero era evidente que iban al mismo sitio.

Saori los persiguió hasta que divisó la primera estructura diferente: a lo lejos, más allá de un montón de ruinas y riscos, se notaba un edificio similar al Arco del Triunfo de Paris, solo que éste era muchísimo más grande. De hecho, le tomó más tiempo llegar allí de lo que le pareció al principio… y así pudo comprobar que, cuando pensaba en ello y se concentraba, sí podía casi medir el tiempo. No podía hacerlo con precisión absoluta, pero ya podía diferenciar entre “días” y “horas”, y entre “minutos” e “instantes”, lo cual era un gran avance.

El problema era que, además de almas lúgubres y miradas vacías, convertidos en pequeñas motas de gas, aquel lugar estaba atestado de Esqueletos, los soldados rasos del ejército de Hades. También de un par de Espectros, que se evidenciaba pues daban órdenes a los Esqueletos, que daban de latigazos a las almas para que cruzaran el arco gigantesco ese. Visto de más cerca, se dio cuenta de que era casi una réplica del Arco de Tito en el Foro Romano… o quizás, el Arco de Tito era una réplica de este edificio infernal; con dos torres gigantescas, adornadas por imágenes grabadas en negro de criaturas deformes, con la horizontal siendo un verdadero portal. En él aparecían las letras de un mensaje, enormes para que cualquiera pudiera leerlas, en rojo sangre.

 

ΟΠΟΙΟΣ

ΜΠΑΙΝΕΙ ΕΔΩ

ΝΑ ΠΑΡΑΤΑ ΚΑΘΕ ΕΛΠΙΔΑ

 

“Aquellos que entren aquí, abandonen toda esperanza”, en perfecto griego. Era un mensaje realmente tétrico que le causó escalofríos a Saori… a pesar de que su cuerpo no tembló. Casi le viene otro ataque de pánico por la falta de facultades orgánicas, pero lo superó. Ya no debía tener miedo a esas alturas, no cuando ya había pasado lo más terrible.

Al interior del arco se encontraba una suerte de… distorsión dimensional. Era de múltiples colores, como un arcoíris arremolinado, que ocupaba el espacio entre las torres completamente, impidiendo que pudiera verse más allá. Por más esfuerzo que pusiera, no podía ver nada más que colores y luces. Hacia allí era donde se dirigían las almas, que la cruzaban sin miedo, sin retroceder o aminorar el paso, observados por los Esqueletos y Espectros que guardaban el sitio.

Más allá del arco, por los lados del mismo, solo veía sombras. No literales, sino que parecía que su propia vista tenía como límite el espectro multicolor al interior del arco, y nada más. Dedujo que se encontraba a la entrada del reino de Hades, y que había caminado, sin recordarlo, por la colina del Yomi, anteriormente.

El Yomi era el límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Allí, no se necesitaba del Octavo Sentido para conservar la consciencia, ya que solo era la puerta.

El camino pedregoso por donde llevaba tanto rato caminando era el hall principal, el Inframundo propiamente dicho, donde residían las almas ya desprovistas de toda consciencia, y donde trabajaban los Espectros.

Sin embargo, más allá del arco debía encontrarse el reino de Hades, el reino construido en el Inframundo, su propio Templo, como el Santuario en comparación con Atenas. Ese era su destino; cruzar para enfrentarse directamente a Hades en su territorio.

Decidió usar por primera vez su Cosmos para poner a prueba lo que Shaka le había estado enseñando por tanto tiempo, y comprobó lo que ambos sabían. Su aura dorada y blanca flotaba a su alrededor sin ningún problema, pues el Cosmos superaba los límites de las dimensiones. El Cosmos se hallaba tanto en el universo entero como en su propio corazón, y nadie podría quitárselo, ni siquiera la muerte.

Solo lo despertó por un segundo, para no llamar la atención de los guardias, y el suficiente tiempo para poder conjurar en su mano derecha el cetro de Niké que la certificaba como protectora de la Tierra. Era momento de actuar como diosa, y no como una humana insegura de poder respirar. Niké respondió a ello con destellos de oro tan radiantes como el sol, y le demostró que estaría siempre con ella. La Victoria que había sido robada por alguien desconocido la misma noche que murió, y que Mitsumasa Kido había encontrado en las aguas de Grecia.

Luego llevó a cabo su segundo truco de magia, uno que Shaka tomó dos meses en enseñarle, con infinita paciencia y sabiduría. Conjuró una ilusión a su alrededor, la que reflejaba el entorno como si no hubiera nada allí, a la vez que se movía. En las mentes de los demás, siempre que no fueran aptos en sus habilidades psíquicas, solo verían el viento pasar, como un velo que les es imposible descubrir. Solo un puñado de Santos de Oro, como Géminis, Cáncer y Virgo podía realizar ese truco, aunque de maneras distintas. Saori se había vuelto completamente invisible. Lo comprobó acercándose a un Esqueleto que ni siquiera se inmutó por la presencia de una mujer con un cetro en la mano. Luego lo intentó con un Espectro, sin miedo, y obtuvo el mismo resultado.

Atenea se acercó al arco, rodeada por millones de almas que lo cruzaban. Se armó de valor y soltó un largo suspiro, pues era el momento de la verdad. Allí rezaba que debía abandonarse la esperanza, pero no lo haría jamás. Ella misma se convertiría en la esperanza de la humanidad, si era necesario.

Y pensando en eso, cruzó el umbral a lo desconocido.

 

 

 

 

 

 

Fin.


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#686 Cannabis Saint

Cannabis Saint

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Publicado 08 febrero 2019 - 17:45

Buen epilogo, la atena en el inframundo, a esperar el siguiente tomo, espero no se te pegue lo de kuri y GR Martin, es una broma! Jaja gracias por tan buen fic! Saludos




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