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El Mito del Santuario


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637 respuestas a este tema

#21 T-800

T-800

    Miembro de honor

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Publicado 17 julio 2014 - 15:48

No entendi lo que le pasa a Ban de León Menor ,esperando el proximo capitulo


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#22 -Felipe-

-Felipe-

    El temor de un hombre sabio

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Publicado 18 julio 2014 - 20:52

Bueno, es un capítulo desde el punto de vista de Saori, no esperaba que alguien entendiera toda la palabraría hippie que siempre dice y piensa xD

Pero, en serio, lo de Ban y Jabu se va a explicar en los próximos capítulos. Por ahora, vamos con el primer capítulo de uno de los deuteragonistas de la historia. El gran y único...

 

 

SHIRYU I

 

12:05 p.m. del 25 de Agosto de 2013.

La gente en occidente tendía a confundirlos, pero para él China y Japón eran totalmente distintos. Ahora que volvía a su país natal sentía como el aire tenía un olor diferente, el viento tocaba su piel con otros dedos, le susurraba al oído con un distinto tono de voz.

Allí había nacido, lo habían abandonado, había crecido y había aprendido. Mientras recorría tranquilamente el pasillo principal del orfanato Niños de las Estrellas, el mismo que cuando antaño sus compañeros cruzaban corriendo, se preguntó cuán diferente serían ellos ahora. Él se sentía igual, le habían enseñado en LuShan[1] que cada paso debía ser con un propósito, y que eso reflejaba en cierta forma su postura ante la vida. Así que al igual que a los once años cuando dejó Japón, no corría. Shiryu caminaba con calma, como si lo rodearan bellos jardines y relajantes cascadas; en todas partes había algo que admirar, no importa dónde ni cuántas veces.

Shunrei había enviado con él una gran bolsa llena de juguetes tradicionales chinos de madera que había recolectado entre los vecinos para donarlos al orfanato, pero Shiryu vio con algo de tristeza como casi todos los niños con los que se topaba hablaban por sus teléfonos celulares o jugaban con diminutas consolas portátiles de videojuegos que nunca había visto.

«Los tiempos cambian muy rápido, aunque el maestro dice que el pasado es lo que está enfrente de nosotros, nunca detrás. Todo vuelve a su debido tiempo... pero en realidad no creo que estos chicos dejen esos aparatos».

De todas formas no iba a desperdiciar el regalo de Shunrei y los habitantes en LuShan, así que cruzó la puerta de la oficina principal y entregó la bolsa en manos de la encargada quien se lo agradeció con una gran sonrisa, aunque ambos reconocieron que los niños preferían otras cosas en la actualidad.

¿Qué restaba? Visitar la mansión Kido donde vivía la acaudalada nieta del hombre que lo había enviado a entrenar, para conversar temas pasados. Antes de tomar el avión, seis años atrás, Mitsumasa Kido le había preguntado qué querría a cambio de volver con el Manto Sagrado al que postularía, y él había respondido que solo necesitaría un lugar donde estar tranquilo. Fue una respuesta sencilla que no requirió pensar mucho, no se consideraba un hombre ambicioso, pero ahora que lo meditaba bien sí sería muy útil. Un lugar donde incrementar y cultivar su Cosmos en silencio, cerca de las montañas y donde quizás, en un futuro, pudiera enseñar a otros lo que su maestro a él: LuShanRyu[2]. Pero sus pensamientos fueron repentinamente acallados por un grito de dolor y el sonido de un puñetazo que ahuecó un muro bajo el techo de un corredor, un par de metros a la derecha.

—No... ¡No!

—Tranquilo, no llores por favor, tranquilo...

—¡No, no es justo! ¡No!

Una joven profesora del orfanato, quizás menor que Shiryu, trataba de confortar a un muchacho de edad similar que lloraba y gritaba desconsolado llamando la atención de otros niños. De la chica también caían tiernas lágrimas por sus mejillas rosadas. Vestía como las demás maestras en el orfanato un delantal verde amarrado con una pañoleta blanca. Lucía zapatos de tacón corto recién lustrados que se movían al vaivén nervioso de sus pies. Tenía cabello negro atado en dos coletas, una nariz diminuta y puntiaguda, y ojos de un tono azul tan oscuro como el mar bajo la noche. Sus labios temblaban emitiendo sonidos apenados y sin sentido, y sus delicadas manos especializadas en el cuidado de infantes no eran capaces de alcanzar al joven.

Éste tenía cabellos castaños y desordenados como si acabara de levantarse, piel morena pero enrojecida en el rostro, una sudadera roja sin mangas y jeans celestes raídos junto a zapatillas de una marca que no reconoció. Se notaba físicamente muy fuerte, los ojos de Shiryu se percataron de las secuelas de un intenso entrenamiento. Su puño no derramó una gota de sangre por el golpe.

—Mi hermana... ¡Pero cómo! ¿Qué le pasó?, ¿cuándo? ¡Dime, maldición! —El joven agarró a la chica de los hombros y la zarandeó con brusquedad, haciéndola llorar aún más.

—¡Seiya, por favor!

«¿Seiya?» El nombre hizo un efecto inmediato en su memoria. No le gustaba entrometerse en los problemas personales de otros, le habían enseñado que todas las personas tenían la obligación no solo de enfrentar sus adversidades, sino que también de superarlas. Pero la situación, evidentemente, cambiaba cuando alguien podía resultar herido...

—Ya es suficiente. —Liberó a la chica de las manos de Seiya, quien atrapado por la ira dirigió una de ellas, empuñada, al rostro de quien estaba ahora frente a él. Sin embargo, Shiryu lo detuvo con su propia mano con cierta dificultad.

«Qué fuerte es, como supuse. Si tuviera control sobre sus emociones podría haberme roto la mano»

—¡No te metas, infeliz! —Seiya respiraba entrecortadamente, con dificultad, sudaba y hacía crujir sus dientes. Su mano húmeda tiritaba en una descontrolada vorágine nerviosa.

—Tranquilo, solo deja que ella hable y no le hagas daño. —Aplicando más fuerza de la esperada, bajó el puño de Seiya y lo mantuvo un rato allí—. Me iré. Como bien dices esto no me corresponde, solo te pido que...

No necesitó hablar más desde el instante en que vio los ojos de Seiya posarse en los de la chica y suavizarse de golpe. Su brazo apenas imitó la fuerza de un bebé, así que lo soltó y dejó que se desahogara en los brazos de la profesora quien le acarició el cabello con cariño.

“Para los grandes sentimientos, grandes consecuencias” decía su maestro. Ese era el momento de retirarse, aún tenía mucho que hacer después de todo. Sin embargo ese chico... ¿Podía ser que Seiya...?

Una muchacha pequeña entró corriendo al orfanato haciendo tronar sus zapatos en el silencio profundo en que todo había quedado, cruzó el patio y se acercó a las profesoras que seguían mirando a Seiya y su amiga. Habló en voz baja pero las maestras no eran tan sutiles, al parecer.

—¿¡Que atacan la mansión Kido!? —se oyó en todo el patio.

—¿¡Pero quién!?

—Unos hombres de negro, dicen —terminó subiendo la voz la niña, agitada y nerviosa—. Parece que no es un robo, y hay muertos...

La mansión Kido, el lugar a donde pensaba ir de todas formas. Se disculpó con la pareja que aún lloraba y corrió sin esperar si le respondían. No importaba quien fuera o las circunstancias. Si alguien resultaba herido sin merecerlo era su deber evitarlo y ayudar.

 

Las calles pasaban a su lado una tras otra como en una película acelerada. Se preguntó si debió buscar su armadura en el departamento que había arrendado en el centro, pero eso le haría perder tiempo, estaba lejos. Si la situación era demasiado grave quizás llegaría tarde.

La mansión se encontraba en el interior de un frondoso bosque a los pies de una montaña. Era una zona exclusiva donde solo vivían los Kido, la familia más adinerada de todo Japón, pero cuando las calles se transformaron en grandes árboles le pareció un barrio congestionado, como si todo Tokyo hubiera ido a observar y comentar la situación.

“Lo que provoca temor, atrae” decía su maestro. Los muros exteriores de la mansión eran tan grandes como para que nadie cruzara de un salto, y parecían sumamente macizos, de cemento en gran concentración. Ante sus puertas había una conglomeración que trataba de entrar y ver qué sucedía incluyendo algunos medios de comunicación. Al interior se oían ruidos fuertes, golpes, cosas que se rompían, choques de cadenas. Dos hombres con lentes oscuros, de espaldas ante el portón cerrado, les impedían el paso.

—No se puede —dijo uno.

—¡Por favor, queremos saber qué pasa!

—No se puede pasar —repitió el agente.

—¿La señorita Kido está bien?

—¿Es verdad que hay muertos?

—Fuerzas especiales se está encargando de la situación —explicó el otro.

«¿Fuerzas especiales?» Buena respuesta para la gente, pero él era capaz de percibir la verdad. El flujo del Cosmos parecía pasar por un terreno pedregoso allí adentro, era una batalla entre guerreros sin duda alguna.

Subió a un inmenso árbol afuera del ala oeste de la mansión con velocidad y disimulo. Podría haber saltado sin necesidad del árbol, pero así se ocultaba unos segundos para perderse de la vista de los curiosos. Desde allí se arrojó al interior de la vivienda diez segundos después. Se sintió como un ladrón por un momento, eso lo avergonzó pero el sentimiento se diluyó cuando vio lo que ocurría. Hizo un rápido análisis de la situación antes de tocar el césped.

Había un Santo de Atenea con armadura felina y anaranjada inconsciente en el suelo, su Cosmos era débil pero sobreviviría. Otro, un muchacho pelirrojo bajo de rasgos finos portando un Manto Sagrado fucsia desplegaba larguísimas cadenas rosáceas por sus brazos y protegía a la heredera de los Kido. Tenía largas hombreras como lágrimas cóncavas que se aferraban cayendo desde el peto adornado de detalles florales. Usaba perneras que cubrían hasta los muslos, y su cinturón conectado al pecho se distinguía por las piezas en forma de anillo que descendían por ambos lados. Su yelmo lucía un adorno en el centro, un diamante con dos salientes afiladas hacia arriba como puntas de una corona.

Saori había crecido por supuesto, pero era fácil de reconocer allí de rodillas tratando de reanimar a un hombre calvo que yacía en sus brazos. «Tatsumi», recordó. El que los atacaba era un tercer Santo, uno extremadamente ágil, trataba de arremeter con patadas pero las cadenas lo hacían retroceder. Había varios miembros del servicio, la mayoría gravemente heridos. Y en el centro del patio tres sombras. Esos eran los culpables, no le costó descifrarlo, poseían Cosmos desequilibrados, rodeados de oscuridad y manipulación.

—¡Ustedes! ¿Qué hicieron? —llamó la atención. Solo uno de los hombres de negro, de cuyas espaldas salían alas como las colas del fenghuang[3], respondió.

—¿De dónde saliste, metiche? —Vestía totalmente de negro, se distinguían apenas sus rasgos incluso a plena luz de día, llevaba puesta una armadura también... pero no era un Santo.

—Les pregunté qué han hecho. —Se acercó a ellos a la vez que analizaba sus habilidades y características físicas. Eran fuertes sin duda, pero...

—¡¡Debo vencer al mal!! —gritó el joven que atacó a Saori Kido. Tenía un Cosmos perturbado, no parecía controlar sus acciones y aunque la cadena le había dañado continuaba arremetiendo.

—¡Jabu, basta! —gritó ella con voz temblorosa.

—Jabu, si sigues con tanta agresividad no podré dominar más mis cadenas, te acabarán asesinando. —La voz del chico pelirrojo tenía un tono tan dulce que no parecía hacer juego con lo que estaba enfrentando. Más aún, ni siquiera movía los brazos: las cadenas parecían tener vida propia, rechazaban una y otra vez al tal Jabu que seguía dando patadas sin obtener resultados. Pero Shiryu también notó la sangre en las manos del joven de voz suave como si se esforzara hasta el límite de lo posible por controlar a un perro rabioso.

—¡Oye tú, te dije que te fueras! —Tenía que admitir que había perdido de vista por un segundo al de negro que ya tenía su puño a centímetros de cercanía, pero logró agacharse, rechazar el brazo con una mano, y luego chocar la palma de la otra en su pecho. El hombre de negro dio pasos tambaleantes hacia atrás con la sangre saliendo de su boca como ríos escarlata, lo único vivo en ese ser oscuro.

—Vaya, un tipo interesante. —La segunda sombra puso su atención en Shiryu. Sus ojos estaban cubiertos por un antifaz oscuro de lentes grises.

—Una marioneta más —dijo sonriendo la tercera. Un Cosmos sombrío como si saliera de lo más profundo de la noche se concentró en su puño derecho. Su aura era negra, un tono rarísimo según su maestro.

Dio un veloz puñetazo al aire y el miedo se apoderó repentinamente de Shiryu. Torció el cuello a un lado haciéndose daño en el proceso para evitar una corriente oscura que pasó de largo a fantástica velocidad. En ese instante el otro hombre de negro hizo el mismo movimiento, pero el temor que lo gobernaba como a una marioneta le haría imposible esquivarlo también.

A medio camino, el puño de la sombra se detuvo agarrado por la mano de un chico de cabellos castaños y ojos lacrimosos. Las marcas del sufrimiento se habían convertido en cicatrices rosas en su piel morena. El hombre maldijo antes que el muchacho le destrozara el rostro con un magnífico puñetazo. La sangre manchó la hierba del jardín con la misma velocidad del miedo desvaneciéndose de su alma como el veneno eliminado por el antídoto adecuado.

«Seiya».

—Pero tú... ¿qué haces aquí? —preguntó sorprendido por la rápida reacción del chico que minutos antes lloraba desconsolado y la fuerza antes insignificante.

—Si te refieres a lo que creo que te refieres, después lo arreglaré. Esto va primero, Shiryu —su voz entrecortada hacía juego con el ligero temblor de sus manos, pero aún las juntó e hizo crujir los dedos.

«Es sorprendente que recuerde mi nombre». Ahora eran dos contra tres, de los que un par ya estaba lastimado.

Más allá, el joven de las cadenas logró someter a Jabu atándolo fuertemente con ellas y obligándolo a caer al suelo. Shiryu pensó en principio que para un Santo no sería ningún problema destruir esas cosas, pero luego se dio cuenta de que no eran comunes. Su brillo destellante, el Cosmos que surgía de ellas... Su maestro le habló de ese Manto una vez, pero no lo recordó al principio. Jabu fue finalmente controlado por las maravillosas cadenas de Andrómeda y el chico le dio un golpe en el cuello que lo dejó fuera de combate. Rápidamente ambas armas apuntaron en dirección a los hombres de negro como si acabaran de hallar su nueva presa.

Así se convirtió en un tres contra tres, una situación más justa y honorable en una lucha, pero obviamente los hombres de negro no pensaban lo mismo. En instantes se transformaron en sombras negras como manchas de pintura en el aire que se dispersaron y saltaron los muros de la mansión a toda velocidad. Huir de una batalla en condiciones igualadas siempre le pareció muy desagradable de presenciar, tuvo que desviar la mirada.

 

12:40 p.m.

Shiryu ayudó a llevar a los integrantes del servicio a sus habitaciones para que los profesionales de la salud contratados por Saori los atendieran. Lamentablemente algunos perdieron sus vidas y la heredera de los Kido se comunicaba personalmente con sus familias. Los Santos que resultaron heridos en el combate, Jabu y Ban, también terminaron en terapia intensiva. El primero por asfixia y el segundo por graves heridas en la zona pectoral producto de múltiples patadas a altísima velocidad. Seiya, por su parte, se fue tan silenciosamente como llegó. Tenía asuntos que tratar, era comprensible. Cuando terminara le agradecería haberlo salvado.

Mientras tanto se encontró con el muchacho pelirrojo en el pasillo del ala oeste de la mansión, la zona más dañada que la policía ya estaba examinando. Desprovisto de su armadura pudo verlo mejor: tenía ojos verdes puros y sencillos, despejados de malos deseos, le transmitían una sensación agradable y calma. Sus rasgos eran suaves y finos, no eran las líneas faciales de un guerrero, con una barbilla pequeña, pómulos algo caídos y una nariz que parecía tallada de marfil. Era bajo de estatura y muy delgado, no parecía muscularmente muy desarrollado como Jabu o Seiya, menos aún Ban. Vestía pantalones blancos de tela con suspensores sujetos en los hombros sobre una camiseta verde.

—Quería reconocer tu ayuda, no habría podido contra todos esos hombres a la vez. Muchas gracias. —Hizo una inclinación respetuosa de gratitud después de saludarlo con suma cortesía, un gesto acostumbrado japonés que Shiryu no esperaría de ninguno de sus viejos compañeros después de estar lejos de su patria madre por tantos años.

«¿De verdad es un Santo?»

—No hay problema, solo trataba de ayudar... eh... —trató de buscar su nombre entre el orden de sus recuerdos, alguien le hacía mucho sentido pero era el niño más débil de todo el orfanato, no podía ser él.

—Shun. Mi nombre es Shun, y si la memoria no me falla... —respondió antes de mirarlo detenidamente como quien busca, encuentra y contempla un paisaje de su memoria—, cabello negro azabache, ojos turquesa, actitud seria, aura tranquila. ¿Eres Shiryu, cierto? —le sonrió con un gesto que, le pareció, nadie que hubiera luchado a muerte tendría alguna vez. No es que no supiese pelear sino que le parecía demasiado puro, virtud registrada en su retina gracias a tantos años cerca de Shunrei.

Y lo reconoció. Hasta ese punto pensaba que había pasado desapercibido en su niñez, pero ahora veía que no. En cuanto a Shun, no recordaba si ese era el nombre del niño que siempre lloraba, el hermano menor de Ikki... Pero si era el caso entonces la madurez que había obtenido era impresionante. Físicamente no tanto, pero el Cosmos que despedía, incluso de manera pasiva, era temible.

—¿Y Seiya? —preguntó Shun. No le sorprendió que lo recordara también, Seiya siempre llamó la atención de todo el mundo.

—Parece que tenía asuntos importantes que tratar —contestó, restándole importancia. En ninguna circunstancia era correcto hablar de los problemas de alguien con un tercero sin su permiso.

—Él estaba bien ¿cierto? No comprendo que les sucedió a Jabu y Ban. Solo hablaban de derrotar al mal, se comportaban de manera extraña.

—Yo tampoco sé qué les sucedió —«aunque tengo una suposición»—, pero definitivamente los culpables fueron los de negro. Shun, si llegas a encontrarte con ellos no dejes que te toquen. Debes estar alerta porque, fuese lo que fuese, algo buscaban aquí. Y volverán.

—Lo que sucedió sí fue una distracción, otras sombras se infiltraron a la mansión en silencio aprovechando el caos —dijo Saori acercándose por el corredor limpiándose las lágrimas con un pañuelo blanco que colgaba de una singular pulsera de pétalos de rosa en su muñeca—. Sé qué es lo que buscaron, pero no lo encontraron esta vez. No podemos permitir que lo logren.


[1] Monte Lu, en China.

[2] Arte marcial del Dragón del Monte Lu.

[3] Fénix de la mitología china.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 17:58 .

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Publicado 18 julio 2014 - 21:41

Te quedo bastante bien, me gustó la lucha de Shun y Seiya narrado atravez de los ojos de Shyriu!!

¡Si una hembra te rechaza es por el bien de la evolución!

 

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#24 T-800

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Publicado 19 julio 2014 - 08:34

Me agrado la pelea y el final es intrigante.lo que no me agrado mucho fue cuando Shiryu recordó un poco a Shunrei al ver a Shun.Ya estas como Toei queriendo darle mala fama a los protas XD

 

esperando el proximo capitulo


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#25 -Felipe-

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Publicado 19 julio 2014 - 14:33

Me agrado la pelea y el final es intrigante.lo que no me agrado mucho fue cuando Shiryu recordó un poco a Shunrei al ver a Shun.Ya estas como Toei queriendo darle mala fama a los protas XD

 

esperando el proximo capitulo

Ah, vamos, fue una ligera referencia a la pureza de Shunrei xDDD... aunque debo admitir que mientras lo escribía, recordé cuando Ikki confunde a Esmeralda con su hermano, uno de los momentos más incómodos que he tenido que ver por televisión en mi vida jajajaja.

 

Bueno. Dejo la imagen de Shun, Santo de Andrómeda.

 

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#26 T-800

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Publicado 19 julio 2014 - 16:49

Ah, vamos, fue una ligera referencia a la pureza de Shunrei xDDD... aunque debo admitir que mientras lo escribía, recordé cuando Ikki confunde a Esmeralda con su hermano, uno de los momentos más incómodos que he tenido que ver por televisión en mi vida jajajaja.

 

 

 

creo que ese es uno de los momentos que los fans de ikki preferimos olvidar.XD     esperando el proximo capitulo


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#27 -Felipe-

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Publicado 20 julio 2014 - 18:11

Este es un capítulo largo.

 

SEIYA III

 

20:20 p.m. del 25 de Agosto de 2013.

El cementerio estaba desierto a esa hora. En realidad ya había cerrado pero Seiya se quedó allí desde que salió de la mansión Kido. Se diría que tuvo una irónica suerte ya que ningún encargado pareció notarlo, y de los tres cementerios en la ciudad acertó al primero. Encontró la tumba que buscaba en apenas dos minutos... Y eso era lo irónico: hubiera deseado jamás hallarla.

Seika, la hermana que lo había querido y cuidado como una madre, quien lo crio y le enseñó a dar sus primeros pasos a pesar de ser solo cuatro años mayor que él. Allí estaba, cubierta por la hierba por toda la eternidad y él nunca se enteró de su paradero. Según lo que Miho alcanzó a contar antes de la intervención de Shiryu, ocurrió poco después de que Seiya tomara el avión a Grecia, aunque no le dijo los detalles. Era tan injusto, había perdido el juicio y casi le hace daño a su mejor amiga de la infancia. Después se recompuso y fue a ayudar a la casa de los Kido, pero se entristeció con cada momento que estuvo allí viéndola... a ella.

Saori Kido. Nieta del viejo Mitsumasa Kido. De cabello castaño, rasgos poco orientales y ojos de tono esmeralda, no le costó reconocerla y recordarla a pesar de los años. No sabía si era tan desagradable como antes pero el solo verla le causó repulsión. La misma sangre del hombre que la alejó de Seika, aquel que provocó que ella lo siguiera y muriera. ¡Seis años atrás y no lo supo!

Fue tan fuerte el sentimiento que ni siquiera se despidió de Shiryu o alguno de los otros Santos presentes que seguramente conocía, sino que se fue y preguntó por los cementerios. Y desde que encontró la lápida con su nombre rodeada de flores estuvo durante horas conversando con ella. Le relató todo lo que hizo en Grecia, lo que aprendió, las personas que conoció: Aiolia, Shaina, el Sumo Sacerdote, y sobre todo Marin.

—Sabes, te reemplazó muy bien aunque no era tan cariñosa como tú —relató sentado entre las flores frente al frío mármol que tenía grabado su nombre. El viento soplaba con intensidad y elevaba los pétalos para unirlos con el aire veraniego—. Pero por lo demás fue casi como seguir estando contigo. Mismo color de cabello, misma edad, diría que medían casi lo mismo cuando la conocí, también usaban el mismo perfume de alguna flor creo, pero no sé sobre los ojos. Nunca me los mostró. En cambio los tuyos brillaban con luz propia, siempre eran amables y alegres, todos lo decían... ¡Oh!, y también es japonesa...

Se detuvo de repente a meditar sobre las grandes semejanzas entre ambas, una increíble coincidencia. Pero por otro lado sabía que era imposible que fueran la misma persona: la voz de Marin era más profunda y su físico más entrenado, era Piscis y no Virgo; y lo más importante, no tenía lógica. Llevaba como Santo de Plata desde hace años y todos en el Santuario la conocían, casi siempre estaba allí.

De todas formas durante los primeros años durmiendo en esa fría y dura cama, a veces le confortaba pensar que su hermana se había transformado en una mujer estricta y poderosa solo para seguir cuidándolo.

—Eh... ¿Seiya? —le habló una voz detrás. Un sentimiento de vergüenza y culpa lo arropó, merecía que lo regañara como cuando niño.

—Miho.

—Solo quería saber si estabas bien... Si te molesta que esté aquí dímelo y...

Él se levantó, se dio vuelta y la abrazó. La había tratado muy mal, la muerte de Seika no era su culpa. Nada lo era. Miho aceptó las disculpas devolviéndole el abrazo y sollozando sobre su pecho, sus manos cálidas y nostálgicas presionaron contra su espalda como si no quisieran soltarlo.

—De verdad lamento haberte lastimado, no tenías cómo saber que el viejo no me contó lo que pasó.

—Está bien Seiya, sé que fue un golpe muy fuerte —dijo limpiándose las lágrimas con los dedos. Tenía lindos ojos de color azul oscuro que le reconfortaban dándole calor, amistad y soporte. De niña, de su parte solo caían regaños, quejas y llantos cuando él la molestaba. A menudo. Ahora era distinto.

—No tienes que irte, me agrada que estés aquí. Cuéntame por favor.

Ella lo miró como si tuviera temor de una reacción como la de antes, pero eso no se repetiría. No lloraría otra vez, al menos frente a ella. Miho se dio cuenta, respiró profundamente y comenzó sin vacilaciones.

—Seika estaba muy triste cuando te llevaron al aeropuerto. Tratamos de consolarla, pero temía por ti, pensaba que morirías allá en Grecia. Se encerró en su cuarto, pidió que nadie la visitara en todo el día pero nosotras obedecimos solo por más o menos una hora. Cuando le llevamos algo de comer, ya no estaba. Tampoco sus pertenencias.

—Me persiguió... —Seiya sintió nudo en la garganta pero recordó que se hizo una promesa y pensó cumplirla.

—Sí. Las profesoras fueron al aeropuerto a buscarla, era el lugar más obvio. Pero al llegar se encontraron con ambulancias y paramédicos. Según contaron los testigos... —titubeó pero continuó casi al mismo tiempo—, vio un avión salir por el ventanal y eso le hizo perder la razón. Se paró a mitad de la calle y causó un choque que terminó con su vida y la de la pareja ebria que conducía el auto que la atropelló.

Qué sensación tan angustiante. La expresión cabizbaja, acongojada, sonrojada y lacrimosa de Miho indicaba que solo deseaba suicidarse al terminar de relatar la historia. Puede que Seika viera su avión o cualquier otro, no tenía cómo saber cuál era el correcto, y de todas maneras...

Quizás ni siquiera había tomado su avión cuando sucedió. Ese pensamiento repentino le causó un retorcijón de estómago y decidió borrarlo de su mente, no le haría más que daño, y era solo una simple posibilidad.

Volvió a abrazar a su amiga quien parada de puntas lloró sobre su hombro.

—Lo lamento tanto, Seiya. Lo siento tanto, nunca quise...

—Gracias por ser tan sincera conmigo, como siempre. Otro distorsionaría la historia o habría titubeado antes de cada letra, pero tú no. Estoy en deuda contigo.

—Pero... yo...

—No hay resentimientos. Como prueba no te tironearé del cabello, ni te arrojaré fango, ni te levantaré la fal...

—¡Bien, bien, ya entendí! —respondió sonriendo apenada cuando le recordó qué hacía para molestarla cuando niños. Para ella también debió haber sido difícil todo eso, no solo para él, eran amigas muy cercanas—. Muchas gracias Seiya.

—Ella murió, debo vivir con el hecho de que nunca la volveré a ver, pero murió pensando en su deseo de cuidarme. Esos son sentimientos extraordinarios que permanecen después de la muerte, lo que significa que aún está aquí. No es que me crea muy fuerte ni nada parecido —añadió, aunque ella no aparentó pensarlo—, sino que tengo la firme creencia de que está con nosotros. Conmigo, contigo. Y que nos cuida desde las estrellas.

—Sí. Tienes razón.

 

20:50 p.m.

El orfanato estaba sumido en un silencio abismal cuando regresaron cogidos de la mano, arriesgándose a que los niños se burlaran si los veían. El reloj en lo alto de la torre central marcaba casi las nueve. Era tarde pero tenía toda la noche para pensar en su hermana, llorar por ella y decidir qué haría al día siguiente. No sabía si ir con Saori Kido, quizás se dejaría llevar por sus impulsos otra vez y la culpara de lo que ocurrió, y todavía estaba presente el asunto del ataque de temprano.

—Gracias por no hacerme sentir mal, Seiya —le dijo ella en el portón de hierro gris, ante la institución de arquitectura colonial.

—Gracias a ti por acompañarme, me hizo muy bien. Ahora descansa.

—Sí —respondió la chica acercándose a él para despedirse hasta que pareció recordar algo—. ¡Espera un momento! ¿Tienes donde quedarte o vas a dormir en una plaza como un vagabundo?

—Ja, ja, me estoy quedando en una casita cerca de la... —El aire cambió de repente con brusquedad, y él por instinto abrió el portón y entraron. La apoyó contra un muro de la oficina principal mientras afinaba sus sentidos.

—¡Seiya! ¿Qué vas...? —preguntó ruborizada, pero un gesto de silencio con el dedo le caer en cuenta que algo estaba mal.

—Quédate adentro y no salgas por nada del mundo. Despierta a tus amigas y vayan con los niños, cuídenlos y no permitan que ni siquiera se asomen por las ventanas, ¿de acuerdo?

—S-sí. Pero ten cuidado, por favor.

 

La dejó y volvió a contemplar la noche. Había una presión muy intensa en el ambiente, un aura oscura se mezclaba con en el viento, tenía dificultades para respirar.

«Es un Cosmos siniestro lleno de ira y violencia. No. Es más de uno».

Solo en medio del patio vio un par de sombras saltar el portón y detenerse frente a él. Todos llevaban la misma armadura, negra como alas de cuervo.

—Hola, muchachos —saludó en griego, ya que ese fue el idioma que usaron temprano—. No me importa si no tienen nada mejor que hacer, este orfanato está cerrado a esta hora, aunque les puedo organizar una cita por la mañana. —Seiya encendió su Cosmos y se puso en guardia para intimidarlos.

Intercambiaron algunos cuchicheos y miradas confusas, definitivamente no lo esperaban allí. Tal vez al menos uno de ellos hubiera participado del ataque a los Kido también. No sabía de qué eran capaces pero lo mismo iba para ellos. Su misión era proteger a todos en el orfanato.

—Imagino que no se familiarizan con el sarcasmo, así que lo repetiré de otra forma. —Seiya carraspeó y alzó la voz—. ¡Largo!

—¡Imbécil, estás muerto! —gritó uno de ellos aunque atacaron al mismo tiempo. Seiya los esperó con el puño derecho preparado para lo que viniese, aunque aún lo tenía resentido por la pelea con Shaina el día anterior.

Eran fuertes. Sus puñetazos eran capaces de producir grandes impactos, poseían una velocidad digna y llevaban corazas a diferencia de él... pero no era suficiente para vencerlo. Pudo bloquear los golpes y evitar las patadas con agilidad, siempre teniéndolos cerca. No sabía qué habilidades tenían pero el Cosmos de Shiryu había cambiado cuando uno de ellos lanzó ese ataque misterioso cargado de energía oscura, y él no permitiría que lo realizasen.

Repentinamente sintió una sombra detrás, un tercer enemigo que lo agarró por la espalda y lo expuso a los ataques. Rápidamente concentró su Cosmos en sus piernas y vientre para dar un gran salto y llevarse consigo al cobarde. Antes de caer dio un cabezazo hacia atrás que le quebró los dientes, vio las salpicaduras rojas mezclarse con el aire, y al tocar el suelo se dirigió a los dos restantes.

—¿Qué traman? ¿Qué buscan aquí?

—No te importa, muchacho —respondió uno de ellos.

—Si nos dejas hacer nuestro trabajo no te mataremos. —El otro reunió mucha energía en su puño derecho como un guante de oscuridad. Una sensación de terror invadió a Seiya antes que el ataque saliera pero le habían enseñado a estar preparado cuando conocía la principal estrategia enemiga.

Evitó el rayo negro agachándose y pateó al agresor en el estómago, aunque pronto volvió a arremeter.

—Aunque no pelees mal, terminarás sucumbiendo ante tantos a la vez —dijo el tercer hombre de negro, que aun sangrando se metió al intercambio de golpes.

—¿Eso creen? Ya veremos...

El Meteoro era una técnica que utilizaba el Cosmos para enfrentar más de un enemigo a la vez entregando rápidos, precisos y dispersos puñetazos. Era el arma de Marin con el que se había ganado el respeto de todo el Santuario; al menos mantendría a raya a esos tres gusanos.

Saltó sobre un columpio y preparó el movimiento concentrando el universo en su interior, haciéndolo explotar. Pero algo le hizo perder pie, el juego de niños desapareció por culpa de un enorme brazo y una fuerza titánica.

Al caer se encontró frente a un gigante de casi dos metros que llevaba una armadura oscura pero no tanto como la de los demás. Éste era un Manto Sagrado portado por un Santo de cabellos y ojos oscuros, de barbilla cuadrada, cejas pobladas y frente amplia, músculos hercúleos en los brazos y el torso. Lucía enormes hombreras verticales como escudos, un peto unido por una correa de gamanio con el cinturón y un casco que asemejaba a la cabeza de un oso.

En primer lugar se puso en guardia para poder pelear contra los cuatro, pero notó enseguida que las sombras se habían ido. ¿Dónde? Probablemente al interior del orfanato. En su lugar, apareció también un muchacho bajito de ojos diminutos murmurando algo sobre “eliminar la maldad”. Vestía coraza turquesa, era un Manto sencillo que contaba con un peto octogonal atado sobre el corazón por dos cinturones que iban al hombro y la cadena; llevaba perneras con garras en las rodillas y un yelmo que se parecía a un perro.

«Maldición, no puedo permitir que lleguen hasta los niños...» Seiya hizo ademán de correr tras los de negro pero un repentino y sorpresivo Cosmos le hizo detenerse de golpe. Fue como si le hubieran roto las piernas. Cayó de rodillas, sintió un temor intenso y una angustia profunda. Era un aura cargada de los peores sentimientos liberados por Pandora en la mitología: dolor y furia, pena y deseos de venganza, una vida infernal colmada de sufrimientos y torturas como Seiya nunca pensó que podría soportar un ser humano.

No. No era humano, sino que un animal muerto o un alma en pena. Ese Cosmos no le pertenecía a ninguno de los dos Santos que tenía delante pero tampoco a las sombras. Era de alguien presente allí en el orfanato. Los vigilaba, observaba la situación sin participar. El recuerdo de Seika ocupó los espacios vacíos de su mente como si le infiltraran tristeza y rabia con un taladro a la fuerza.

Un corte de aire le hizo reaccionar, esquivó una patada velocísima del Santo de ojos pequeños pero aun así logró cortarle la mejilla. Al hacerse a un lado vio al grandote dirigir su puño contra él y tuvo que poner todo su Cosmos en los brazos para no ser destruido en pedazos, aunque no pudo evitar salir volando varios metros hacia el portón. El dolor en la espalda fue horrendo, y se le sumó un cosquilleo desde los hombros hasta los dedos, le costó unos segundos de más recobrar las sensaciones.

«Debo llegar con Miho y los demás, ¡maldita sea mi suerte!»

—¡Debemos eliminar el mal! —clamó el grandote meneando la cabeza de un lado a otro como si algo se le hubiera metido adentro.

—Eres una sombra poderosa, pero no tanto para vencernos —dijo el otro reuniendo su Cosmos en ambas manos. El aire de verano se solidificó como hojuelas celestes semitransparentes y se afiló entre sus dedos, pequeñas navajas cortantes. El otro se acercó abriendo los brazos a los lados, cada paso que dio produjo un temblor que meció los juegos del patio.

—Mi Ahorcamiento Bestial [1] ha sido capaz de estrangular cientos de osos, una pequeña sombra del mal no será problema. —Entre sus dedos se concentró una capa de aura rojiza como el pelo de un oso pardo.

—Te convertiré en trozos con el Aullido de los Muertos[2].

El Cosmos infernal seguía presente en alguna parte y le impedía concentrarse en pensar un plan para defenderse de ambas técnicas. Las navajas salieron disparadas como en un acto de circo contra su único objetivo, el temor paralizó sus piernas impidiendo la evasión, y sin Pegasus para bloquear ese Aullido... tendría que usar solo sus brazos y Cosmos.

 

Sonó como cristales quebrados frente a un gran impacto, una ráfaga de aire que no pudo pasar más allá de un muro sellado. Y aunque Marin lo entrenó en muchas áreas del arte marcial de la defensa (distintos escudos, bloqueos, uso del entorno...), jamás vio antes algo así.

Tenía forma perfectamente circular, era verde y brillante, no parecía de mayor tamaño que otros, pero Seiya se dio cuenta que ese escudo no era para nada normal. Marcada por bellos símbolos chinos como flores, la coraza parecía ser de diamantes. A primer vistazo entendió que si la golpeaba con todas sus fuerzas no le haría el más mínimo rasguño.

—¿Estás bien Seiya?

—Sí, gracias. —El mismo muchacho que lo había visto llorar en la mañana y a quien había reconocido como Shiryu, el niño extremadamente tranquilo que había sido su compañero en la infancia. Su cabello negro le llegaba hasta el final de la espalda; tenía un rostro afilado, ojos aguamarina que le transmitían sosiego y paz como un estanque de aguas eternamente en calma. Su Manto Sagrado poseía el color de las esmeraldas y se componía de decenas de piezas como escamas de reptil montadas una sobre otra para que fuera ridículamente sólido, como se veía el peto de ejemplo. Era asimétrica: el brazo derecho lucía una hombrera pequeña con una garra acoplada encima más un brazal que cubría desde el codo hasta la mano, dibujada con detalles orientales y diversas flores; pero el lado izquierdo llevaba tres hombreras una sobre otra protegiendo todo el antebrazo, además del magnífico escudo, por supuesto. No iba a dudar de su confianza ni de una potencial traición, tener un compañero de batalla así no se podía desperdiciar.

—Es mucho más honorable un dos contra dos aunque estos están fuera de sí —dijo Shiryu quitándose el yelmo que recordaba a la cabeza de un dragón.

—Sí, ya me fijé que tienen el cerebro hecho pulpa. —Rápidamente lanzó su Meteoro sobre el Oso quien lo bloqueó con sus gigantescos brazos en forma de cruz delante de él. Para su sorpresa logró avanzar como si caminara en medio de los disparos de una ametralladora, siempre moviendo la cabeza como si le doliera.

A su lado Shiryu luchaba mezclando varias artes marciales tradicionales de China de las que solo pudo reconocer algunas de ellas. Sus piernas eran férreas y muy elásticas, sus manos ágiles y fluidas, sus movimientos elegantes y certeros, pero no atacaba sino que solo desviaba y se defendía. El rival se movía también muy rápido, pero no lograba hacerle daño gracias al magnífico escudo.

Como supuso, ese ataque que lanzaban las sombras los dañaba mentalmente, de alguna forma les hacía creer que él y Shiryu eran seres del mal que tenían que eliminar. No podían hacerles daño, no era su culpa... ¿pero qué más podían hacer?

Finalmente, el Oso logró alcanzarlo. De su boca salía la sangre producto del Meteoro, pero con las manos llenas de Cosmos tomó a Seiya del cuello en un movimiento semejante a una trampa de cacería, y después de presionar un poco lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo.

—¡Seiya! —oyó a Shiryu correr para ayudarlo, sus botas de verdes diamantes causaban un retumbar sonoro en el silencio del Niños de las Estrellas, pero su propio contrincante lo detuvo con una patada en la sien.

—¡El mal nunca vence! Caerá uno y ahora el otro oirá mi Aullido.

El gigante comenzó a asfixiarlo aunque Seiya puso todas sus fuerzas en los brazos para alejar los del Oso de su cuello. Le fue casi imposible, logró controlarlo solo para que no le destrozara la tráquea, pero no duraría mucho tiempo. La ventaja era de su oponente.

—¡¡Desde esta posición solo puedes usar la mitad de tu fuerza, te será imposible sobrevivir!! —gruñó con voz grave. En sus ojos solo podía ver oscuridad en la forma de una llama negra donde deberían estar sus pupilas.

 

Mientras lo ahorcaban recordó la pregunta de Marin de hace unos años.

“Seiya, ¿has sentido tu Cosmos? Como debes saber todo está hecho de átomos, cada cosa que existe en el universo. Los Santos obtienen su poder del micro Cosmos que hay en cada uno, una porción de la Gran Explosión, eso les permite destruir estrellas con los puños y rasgar la tierra con los pies ya que también están hechos de átomos. Si sientes tu Cosmos podrás concentrarte en un punto exacto de lo que quieras atacar, así no solo lo golpearás, sino que lo destruirás. No importa si es cartón o diamante, todo está hecho de diminutos átomos que si consigues atizar con tu Cosmos despierto, harás estallar. Así nada será lo suficientemente duro o resistente, porque el Cosmos...”

—...Es infinito —dijo Seiya. Aunque perdía el aire y la conciencia agarró los fuertes brazos de su oponente protegidos por gruesas piezas de metal oscuro. Esta vez no intentaría alejar las manos de su tráquea. Llevaría a cabo una misión muy distinta que no habría hecho si Marin no le hubiera enseñado lo que sabía.

Concentró su Cosmos en los dedos y los puso sobre los brazales de Osa Mayor. Los Mantos de los Santos, según le había explicado su maestra, estaban hechos de dos metales legendarios muy raros de encontrar en la actualidad: el gamanio y el oricalco[3]. Eran muy resistentes, capaces de absorber y redirigir el Cosmos del portador. Pero si lograba superar la energía de su adversario, destruiría los átomos de la armadura, no importaba el material de la que estuviera hecha.

Así que a punto de asfixiarse por completo Seiya llevó todo el flujo de su energía desde la cabeza hasta los hombros, desde los pies hasta los dedos, y en un pestañeo los brazales se hicieron añicos mezclándose como polvo en el aire, oliendo a metal quemado. Podría haberle roto los mismos brazos si el gigante no lo hubiera soltado prorrumpiendo en graves quejidos de dolor, incapaz de mover los dedos. No importaba tenía lavado el cerebro: por el bien de ese Santo debía vencerlo, para que no hiciera más daño. Preparó el Meteoro.

A su lado, Shiryu contuvo con sencillez el Aullido de los Muertos una vez más gracias al escudo, y pareció resolver también terminar con la situación. Su Cosmos era de color jade, lo rodeaba como un cobertor de energía en forma de serpiente, girando a su alrededor. Repartió equitativamente su fuerza en todo el cuerpo, se arrojó sobre el joven con cabeza de perro como un bólido de fuego esmeralda en horizontal. Su aura tomó la forma de una bestia voladora que devoró a su presa, que se manifestó como un puñetazo en el rostro. Le destrozó el yelmo y lo dejó inconsciente junto al gigante que ya había sido vencido.

—Bien, fue suficiente... —murmuró Shiryu, aparentemente aún decaído por pelear contra quien debía ser un compañero de armas.

—Sí, discúlpame pero debo ir con los niños por si... ¡Ahhh!

—¿¡Pero qué...!?

Ambos cayeron de rodillas aplastados por una tenebrosa energía llena de odio, el mismo Cosmos endemoniado de antes. Aunque inundado por el temor Seiya ya no estaba combatiendo, así que podía concentrarse en buscar la fuente de ese poder atemorizante, esa sanción angustiante y hasta vomitiva. Shiryu lo imitó mirando a un lado y otro, les costó dar con el extraño.

Solo pudo ver su sombra oculta por la noche sobre la torre del reloj, pero parecía tener forma humana aunque nada de lo que emitía su aura era terrenal. Pudo notar que llevaba puesto un Manto Sagrado con colas de plumas casi idéntico a los que llevaban los de negro, pero con un yelmo grande con tres o cinco cuernos en la cabeza en lugar de una diadema.

Creo que no será tan fácil —dijo una voz fría y cargada de desprecio, su eco reverberó a lo largo y ancho del orfanato como si viniera de ultratumba.

En ese momento uno de los tres hombres de negro que habían llegado antes cayó como un bulto cerca de ellos totalmente encadenado por grilletes rosáceos. De la puerta interior salieron Saori y un joven pelirrojo que le recordó al hermano llorón de Ikki. También Jabu y otro Santo. Una de las cadenas se tensó, la que terminaba en una flecha, y apuntó bruscamente hacia el ser infernal.

El fantasma desapareció inmerso en una llamarada negra que pronto se convirtió en cenizas llevadas por el viento.


[1] Beast Hanging en inglés.

[2] Dead Howling en inglés.

[3] Originalmente Gammanium y Orichalcum.

 

***

Eso.

Y las imágenes correspondientes, varias en esta ocasión. El Dragón, el Oso y el Lobo. Con eso me faltarían cuatro de los 11 Bronces originales.

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Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 17:59 .

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Publicado 21 julio 2014 - 16:29

me agradaron las peleas y tambien las imagenes de las armaduras especialmente la del dragon pero creo que exagerastes en la forma que murio Seika , existen mil formas de morir y una chica joven muere de un paro cardiaco 


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Publicado 23 julio 2014 - 20:25

Estaba entre eso y que la atropellara un auto. Pensé que eso era demasiado grotesco para ella, y decidí el ataque cardíaco por el shock. Para ella, el que Seiya se fuera en el avión era exactamente igual que verlo morir, ya que se decía que entrenar en Grecia para un niño era como morirse. Hay que pensar que para ella, Seiya no solo era un hermano menor, era casi un hijo al que crió.

 

Ah, necesito aclarar algunas cosas, por si acaso.

 

Primero: Como se habrán fijado, en este universo no hay ni habrá Galaxian Wars, o "Torneo Galáctico". Esto es porque, como expliqué en el primer post, mi idea era anular las incoherencias y agujeros argumentales de Kuru (como lo hice con Seiya no sabiendo sobre los dorados, o pensando que Marin era su hermana, o Cassios llegando a la final sin saber que es el Cosmos, el mismo siendo entrenado por un Plata, etc). El Galaxian Wars es otra. Saori en el manga sabe que es Athena desde varios años antes del torneo, por lo que también sabe que los Santos trabajan en el anonimato (como se explica al principio del volumen 1 del MO), y que solo pelean contra las fuerzas del mal, o defendiéndola, pero jamás entre ellos. ¿y lo primero que se le ocurre cuando vuelven es esto?:

 

"Soy la diosa que protege la Tierra, que vela por la paz de la humanidad, y que está a cargo de 88 guerreros sobrehumanos que se convierten en hermanos en el Santuario, que nunca pelean egoístamente, solo por el bien de los inocentes, siempre en las sombras, humildemente, así que lo más lógico que debo hacer es hacer pelear a los 10 niños de hace 6 años que volvieron de su duro entrenamiento entre ellos, en un ring de la WWF, al interior de un coliseo lleno de cámaras y galerías para los que paguen la entrada y me den más dinero, transmitido gracias a mi -de nuevo- mucho dinero, a todo el planeta. Lucharán a muerte para que el ganador se lleve la armadura dorada de Sagitario, a pesar de que por signo, solo podría corresponderle a uno de los 10, el chiquillo que siempre me molestaba cuando niña, y al que odio. Con este espectáculo ganaré más dinero, y tal vez el Santuario lo vea por la televisión y vengan a matarme para robársela. Dios Zeus, tal vez no soy la más fuerte entre tus hijos e hijas, pero sí que sí soy la más inteligente :D..."

Es una estupidez. Curiosamente, en el animé sí tiene algo de sentido, ya que ahí Saori no sabe mucho sobre los Santos, no tiene idea que es Athena, y sigue pareciendo bastante ambiciosa.

Así que eso.

 

Segundo: La muerte de Seika. ¿Por qué decidí matarla? La respuesta es que en el manga original el que esté viva no tiene relevancia durante la historia. Claro, durante los primeros capítulos sí es muy relevante, y eso continúa hasta la pelea con Asterion y Moses. Pero después de eso, Seiya se OLVIDA CASI COMPLETAMENTE de su hermana, y solo la recuerda en estos momentos puntuales: cuando Marin lo salva en Piscis, y cuando Lymnades se disfraza de ella. Después de eso aparece en la saga de Eliseos, y cuando Seiya la ve parece que hubiera estado toda su vida pensando en ella, se vuelve su principal motivación, y por un momento se olvida de Saori.

Así que pasaba esto. Seiya tiene tres mujeres que lo motivan: Marin, Saori y Seika. La primera es una guía, lo ayuda en momentos de guerra, y sus enseñanzas que recuerda en ocasiones críticas son de tipo técnico, o sea en base a estrategias de guerra y ese tipo de cosas, como para vencer a Alde, Aiolia, Geki, etc, y en otros casos, de ánimo, pero siempre con base en la vida d eun guerrero. Saori, en cambio, es una motivación de tipo personal, más humana, le ayuda con el alma, le da esperanzas, le habla telepáticamente para darle animo y que se levante, es una cosa más espiritual-emocional-fiel-humana que guerrera como lo es Marin. ¿Y Seika? Ella era igual a Saori, solo que funcionaba únicamente cuando Saori no era más que la muchacha engreída dueña de la plata de los Kido, o sea, cuando todavía no estaba claro que era Athena. Apareció Saori en sus sentimientos, y Seika debió desaparecer. Marin podía mantenerse.

Así que tenía estas opciones: Mantenerla viva o no. Si era lo primero, tendría que inventarle una motivación diferente (no emocional ni guerrera), como por ejemplo, el de la "búsqueda", pero si Seiya se dedica a buscarla, pierde el deber de guerrero, que es defender a Athena. Además, es bastante anticlimático que Seika aparezca de la nada en el mismo Santuario recién al final de Hades. Por otro lado, matándola se convierte en otro tipo de motivación, el puramente ESPIRITUAL. Si Saori es su corazón e ideal, Marin es su pulmón y cerebro, entonces Seika se convertiría en su Alma y Espirítu, quien vela por él, su ángel guardián por así decirlo, quien le sirve para recordarse constantemente que nunca estará solo, aunque Saori esté inconsciente y Marin en el Santuario, Seika siempre estara ahí. Además, sirve para que él siempre desee sobrevivir y obtenga la victoria, así sus seres queridos no sufran por "verlo morir" como ella.

 

Bueno, luego de ese testamento explicativo, vamos con el siguiente capítulo.

SHAINA I

 

10:00 a.m. del 26 de Agosto de 2013.

Aunque el Santuario era una zona inmersa en constante peligro de guerra a la que no era difícil, sino casi imposible acceder por medios normales, contaba con variadas tecnologías y suficientes recursos económicos para mantener a los Ochenta y Ocho Santos de Atenea, sus criados, y los cientos de soldados rasos en condiciones si no cómodas, al menos bastante dignas. También había medios para estar conectado con el resto del mundo sin quedar aislado de información.

Y eso se debía a la existencia y desarrollo de un pueblo cercano en el valle bajo de Atenas. Era una aldea muy grande y de gente humilde: campesinos, agricultores, constructores, gente que se beneficiaba de la protección del Santuario y la remuneración de un trabajo a cambio de centinelas, alimento, información, asistencia y limpieza. Se llamaba Rodrio.

Cuando los Santos estaban libres de obligaciones bajaban a la villa a relajarse y distraerse con hábitos más mundanos y situaciones más cotidianas que las de la vida de un protector de la Tierra, pero Shaina fue esa mañana con el único propósito de leer el periódico.

Ataque en la Mansión Kido decía un titular. No le sorprendió que un hecho delictivo en una mansión de Japón fuera noticia importante en un diario griego, ya que los Kido eran famosos a nivel mundial. Pocas familias tenían tantos recursos económicos como ellos. La noticia decía que una tríada de ladrones con amplio historial criminal se adentró a plena luz del día en la mansión Kido y que había sido controlada por Fuerzas especiales contratadas por la heredera y cabeza de la familia Saori, de casi dieciséis años. Lograron penetrar en lo más profundo de la casa rompiendo innumerables muebles en su camino, pero no consiguieron robar nada valioso. Los testigos alegaron ver sombras, no personas.

Una noticia más pequeña al pie decía que en un delito posiblemente muy relacionado con el anterior, un grupo de ladrones irrumpieron en un orfanato de la Fundación Graude, parte del consorcio Kido... también fueron contenidos por esas  Fuerzas Especiales.

Shaina no pudo evitar reírse al acabar de leer. Los Kido tenían efectivo suficiente para manipular la información pública como quisiesen, pero los detalles más interesantes siempre quedaban almacenados en agujeros donde poner el ojo para deducir sucesos más realistas.

Sabiendo que esta generación incluía muchos jóvenes Santos de Bronce japoneses criados por los Kido se deducía evidentemente que ellos, ya concluidos sus entrenamientos como le habían informado los maestros alrededor del mundo, eran las famosas Fuerzas Especiales. Seiya entre ellos, tal vez...

Luego los “ladrones expertos”. Los que lograron entrar a una mansión blindada inutilizando su ridícula seguridad. Gente capaz de manejar el Cosmos. Por otro lado, registrar completamente el edificio con más joyas de todo Japón sin llevarse nada era un absurdo: buscaron algo en especial, muy particular, pero el Santuario no organizó ninguna misión con respecto al asunto. Restaba concluir que esos ladrones o eran Santos traidores, o...

—Sombras. Solo eso puede ser, ¿no te parece? —le dijo una voz cercana.

 Shaina estaba sentada en una fuente cerca del mercado decorada con estatuas de bronce representando héroes y doncellas de la mitología. El agua que salía a chorros de la boca de un delfín no era tan fuerte ni tampoco el cuchicheo del ágora[1] para no oír bien, mas no logró advertir cuándo se sentó él a su lado.

Eso la exasperaba aunque conocía la reputación de ese hombre, uno de los Santos más respetados en el Santuario. Tenía una larga melena lisa y marrón, casi rubia que le llegaba un poco más bajo que el cuello, pero era de tez oscura. Un árabe muy alto, de contextura atlética y barbilla pronunciada cubierta de una barba de dos o tres días. Su nariz era grande, convexa y de raíz alta. Lucía ojos apagados de luz, grises como la piedra. Ese día vestía un chaquetón blanco de algodón cerrado hasta el cuello y pantalones azules de cuero.

—Algol. —Trató de ocultar la sorpresa como pudo, pero supo de inmediato que no dio resultado—. ¿Te fue bien en tu misión?

—Un desperdicio de tiempo, créeme que hubiera preferido la otra tarea —dijo con un acento que aún no disfrazaba bien, soltó un suspiro de resignación. Era un hombre sereno e inteligente pero orgulloso, por lo que llamaba la atención que hablara así de una misión encomendada por el Sumo Sacerdote.

—¿Qué pasó?

—Todos estaban muertos, Shaina. Convertidos en ceniza.

—¿¡Qué!? —Eso sí fue sumamente sorpresivo, tanto que se puso de pie. Esa isla estaba llena de la peor calaña de la humanidad: hombres y mujeres sin honor, despreciables y mentirosos, traicioneros y asesinos de la más baja ralea humana, pero también muy fuertes. Se decía que se practicaban artes oscuras, trabajos con sombras que el Santuario condena. Por eso se envió a uno de los Santos de Plata más poderosos para poner orden, pero si ya estaban todos muertos...

—¿No te parece curioso? —Algol se levantó también. Su Caja de Pandora con el relieve de la Gorgona reposaba en el suelo—. A los habitantes de Reina de la Muerte les llaman Sombras. Mueren allá y aparecen en Japón, es muy llamativo.

El hombre le insinuó algo que no quiso (o no pudo) decir en voz alta. Trató de armar rápidamente las piezas del puzle y pronto se volvieron más nítidas. Él también leyó la noticia y ésta lo dirigió a una conclusión que a ella le costó mucho más tiempo contemplar.

De verdad Algol podía ser irritante. La gente que compraba tomates y otras verduras a medio metro de ellos y los niños que se divertían luchando a sus pies con espadas de plástico solo veían un hombre recio de mirada apagada, pero ella siempre se topaba con un guerrero que vivía un paso más adelante que los demás.

—Había menos cadáveres de lo esperado, ¿no es así?

—Sí. Ningún alma, pero todos los cuerpos. Casi todos los cuerpos —corrigió de prisa—, faltaba gente y creo que sabemos dónde están. Al final me asignaron una misión de observación, si me hubieran enviado al otro lado...

—Esa misión requirió de un Santo de Oro —le recordó. Le enfadaba que fuera tan soberbio, pero lo peor era que tenía méritos para serlo.

—Para acabar con uno de Plata, una de Bronce retirada y un montón de chiquillos. Aunque admito que una pelea contra Daidalos habría sido grandiosa.

Shaina volvió a meditar sobre los hechos. Algo tienen los Kido que causó que los sobrevivientes de Reina de la Muerte fueran hacia allá y luego se infiltraran incluso en el orfanato de la familia. ¿Pero qué?

Un Cosmos apareció cerca sin invitación, esta vez no le fue difícil captarlo. Además este era diferente: también la exasperaba pero no le suscitaba respeto alguno, sino desprecio y asco.

—Je, je, je, je, veo que se enteraron de lo de las Sombras, lo vi por la red —dijo sin saludar, como era su costumbre—. Algol, lamento que no hayas tenido tanta suerte como el Pez Dorado, je, je, je.

—Mosca —saludó Algol con frialdad. Shaina no estaba dispuesta ni siquiera a imitar ese gesto protocolar con él.

—¿No tienes nada que hacer, Dío?

—Jo, jo, Shainita, no te pongas así. —Era el más bajo de los Santos de Plata, pero muy ágil y escurridizo. Tenía desesperantes e inquietos ojos café, una amplia bocaza propensa a las más diversas muecas, una larga nariz ganchuda y cabello rojo muy oscuro. Sus piernas estaban especialmente entrenadas, eran robustas y flexibles. No traía su Manto sino que una camisa verde a cuadros y un pantalón manchado con lo que parecía mostaza, probablemente de las hamburguesas que traía en una bolsa en la mano. No intentó ocultar la botella de tequila en la zurda.

—¿Qué quieres?

—Pues participar de una conversación con mis camaradas, claro —respondió como si se ofendiera de que le preguntaran—. Los últimos días han ocurrido muchas cosas raras en el Santuario, y con lo de hoy todos se están moviendo, ¿no se fijaron?

—¿Moviendo?

—Je, je, je, claro. Supongo que no te diste cuenta porque todavía piensas en lo de tu alumno, pobrecita, tan preocupada...

—Al grano, Mosca —dijo Algol antes de que ella hiciera algo de lo que no se arrepentiría tanto.

—Je, je, en el Santuario van a ver a todo el mundo con el periódico bajo el brazo, es una vista muy peculiar, je, je. El Sumo Sacerdote está interesado en lo que sucede en Tokyo, quizás le recuerde lo que... se perdió. Je, je.

Trató de olvidar la mención de Dante y su derrota, y fue fácil cuando se dio cuenta que no solo ella y Algol, sino que el resto del Santuario estaba atento al tema de las Sombras en Japón.

—¿Qué podría desear el Santuario de los Kido? —preguntó Algol. En ese momento giró la cabeza y puso la vista en dirección a la montaña principal del Santuario, el lugar donde vivían Atenea, el Pontífice y los Doce Santos de élite—. ¿¡No será...!?

—Parece que el buen Algol también lo pensó, je, je —rio Dío antes de darle una mascada poco elegante a la chatarra que llamaba desayuno—. Hay solo dos cosas que el Santuario puede desear, cosas que le pertenezcan pero que hayan perdido, cosas que no han recuperado a pesar de todos sus esfuerzos. El Carnero no viene hace años y el Tigre debió retirarse, pero ambos aún poseen sus Mantos. ¿Nunca te has preguntado, Shainita, por qué nadie ha reemplazado al Traidor en dieciséis años? Y es que si no hay ropa adecuada el cliente no puede vestirse...

—Tienes una boca demasiado grande, Mosca —cortó secamente Algol—. Recuerda que los muros tienen oídos.

—El trabajo de las moscas es justamente estar en las murallas y oír lo que se dice tras ellas. Al menos yo apuesto por eso, o quizás las Sombras encontraron la Victoria, quién sabe. Bueno, supongo que nosotros simples Santos de Plata nunca lo sabremos. Ahora tengo que reunirme con los muchachos, hay mucho que hacer. —Hizo un ademán desganado de despedida, se acercó a Shaina y le puso una mano en el mentón—. Para la otra, no pongas los ojos solo en el papel, también mira lo que hacen tus compañeros.

—Dío. —De un no tan suave manotazo se quitó el brazo de encima, ya la tenía harta—. Lo que acabo de permitir fue por el escaso respeto que te tengo como Santo de Plata así que te lo advertiré una sola vez: si me vuelves a poner una mano encima te llamarán El manco por el resto de tu vida, ¿está claro, Mosca?

 

10:36 a.m.

Shaina accedió a que Algol la acompañara de regreso al Santuario, no le molestaba tanto. Aunque a veces era fanfarrón, aún de lejos era mucho más agradable que tener a Dío de Mosca cerca. Además tendrían una conversación inteligente, y cuando llegaron al Coliseo se hizo evidente que algo tendrían para hablar. Una vista peculiar sin duda, tal como dijo el idiota que pasaba su día libre llenándose el estómago de basura.

 Todos los Santos de Bronce y Plata iban de un lado a otro, entraban y salían de las cabañas con periódicos bajo los brazos, conversaban y murmuraban entre sí como las vendedoras en el mercado... Hacía mucho que no veía tanto movimiento ni tantos Santos en el mismo lugar.

—Parece que habrá una competencia por lo que tienen los Kido.

—¿Por qué tendríamos que sospechar que esto es asunto del Santuario, Perseus? Las Sombras son solo criminales patéticos de poca monta, y ni siquiera tienen medios de comunicación en su isla. ¿Cómo sabrían que Saori Kido tiene algo que le pertenece al Santuario? ¿Y por qué ellos?

—No estoy seguro. Pero Dío tiene razón en algo al menos, hay dos cosas que el Santuario nunca recuperó y que se perdieron hace dieciséis años. Podemos intuir que a través del mercado negro y las subastas clandestinas fueron cambiando de mano y que el Sumo Sacerdote no se enteró porque sus dueños actuales tienen muchos recursos para bloquear o desviar el rastreo y... —Repentinamente el rostro de Algol cambió, como si hubiera recordado donde había dejado la pieza de rompecabezas faltante, pero no alcanzó a decirle lo que su memoria encontró.

Un cuervo negro pasó volando por sobre sus cabezas e inmediatamente después otro le siguió. Dejaron caer un pedazo de papel para cada uno justo en sus manos. El cielo se cubrió de múltiples manchas negras repitiendo el proceso.

 

«Jamian, un mensaje del Sacerdote». Lo leyó.

 

Los siguientes Santos de Bronce han quebrantado los votos y juramentos del Santuario luchando entre sí por motivos personales:

·        Andromeda Shun

·        Monoceros Jabu

·        Draco Shiryu

·        Leo Minor Ban

·        Pegasus Seiya

·        Ursa Major Geki

·        Lupus Nachi

Los siete Santos anteriores tienen como máximo dos años de haber obtenido su nombramiento y mínimo solo un día.

Se les ha condenado por sus acciones a la pena capital.

Un Santo de Bronce ha sido enviado a impartir la ley del Sumo Sacerdote por órdenes expresas de éste en nombre de la paz, la justicia y las enseñanzas de la diosa Atenea. En caso de fallar, los Santos de Plata deberán prepararse.

 

Atentamente el Sumo Sacerdote del Santuario a través de

Corvus Jamian, Santo de Plata. Por Atenea.

 

—Parece que nuestro líder no pierde el tiempo —reflexionó Algol.

—¿Siete Santos de Bronce lucharon entre sí al mismo tiempo? Esto no me cuadra, algo malo pasa aquí. Y además... —«Pegasus».

—Si no me equivoco, Andrómeda debería estar muerto. Se supone que un Santo de Oro no debería fallar, a menos que haya escapado antes de la isla.

—Algol, sea lo que sea que esté pasando el centro de todo está en Tokyo, en Japón. Allí es donde está Seiya y no creo que los demás estén lejos, no existe una coincidencia tan grande como siete Santos recién certificados peleando en situaciones aisladas a lo largo del mundo rompiendo de paso sus votos.

—No hagas una tontería, Shaina, no podemos salir en una misión como la que estás pensando sin una orden del Pontífice..., y a propósito, debo informarle lo de mi propia encomienda a pesar de ser un fracaso total. Nos vemos.

El Santo le dio la espalda y se alejó lentamente en dirección a la montaña principal, pero de repente se detuvo.

—Lo olvidaba... No tengo por qué decírtelo pero lo haré por la mutua antipatía que sentimos por la Mosca y porque quizás nos ayudará a resolver todo este misterio. Supongo que sabes qué se guarda bajo siete llaves en la isla Reina de la Muerte.

—Sí. —Se le hizo un nudo en la garganta al asentir, pudo presentir lo que diría, algo que intranquilizaría a la propia Atenea. Algol volteó levemente la cabeza para mirarla por el rabillo del ojo.

—Bien. Porque ya no estaba.


[1] Plaza central en las ciudades griegas antiguas.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:00 .

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Publicado 23 julio 2014 - 22:43

Un capitulo muy intrigante aunque fue un poco extraño que los plateados estuvieran en situaciones mas cotidianas.XD

 

esperando los proximos capitulos


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Publicado 26 julio 2014 - 17:13

Sí, pero sentí que era bueno ponerlos en situaciones normales, eso fue algo que sentí le faltó al manga de Kuru y que aplicó muy bien tanto el G como Omega.

 

En fin.

 

SAORI II

 

11:05 a.m. del 26 de Agosto de 2013.

La mañana seguía bastante inquieta, no había podido dormir. Los mayordomos se movían de un lado a otro, los guardaespaldas aparecían en masa tras cada muro de la mansión llamados por Tatsumi aún postrado en la cama, y los Santos pasaron toda la noche sentados en silencio en el salón. No los culpaba, no es que fueran antisociales pero requerían explicaciones, y cada uno de ellos meditaba y reflexionaba a su manera para hallarla.

El día anterior se puso un largo vestido blanco muy formal para darles la bienvenida (aunque detestaba vestirse así, ya no era una niña) y hacer los arreglos necesarios sobre las promesas de su abuelo, pero esta vez se vistió con unos jeans, zapatillas y una sencilla camisa verde de algodón, no quería verse como una princesita en una situación como esa. En la muñeca izquierda se ató, como cada mañana, la pulsera de flores que su abuelo le regaló antes de morir, la que nunca siquiera empezó a marchitarse.

Jabu estaba de pie pero en malas condiciones. Los golpes del León y la asfixia de la cadena eran suficientes para dejarlo en cama; la mansión tenía muchísimas, pero cuando se enteró que irían a proteger el orfanato no esperó un segundo en levantarse. Allí tuvo que luchar con un hombre de negro protegiendo a un par de niños que escaparon de sus profesoras y lo mantuvo lejos de las habitaciones el tiempo suficiente hasta que huyó al verse en desventaja numérica. Si quería ser su guardaespaldas ya superaba las expectativas, aunque no era exactamente lo que Saori deseaba para él. Era demasiado leal.

Ban tenía un traumatismo abdominal por las cincuenta y cinco patadas de Jabu durante el mismo segundo. Cuando despertó, y después de jurar que dominaba por completo sus acciones, se levantó y pidió humildes disculpas a cada uno de los mayordomos que había lastimado, pero Saori no se atrevió a contarle de las bajas. Ban relató que no sabía por qué había actuado así, que solo alcanzó a sentir un cosquilleo en la cabeza antes de perder la conciencia y soñar que luchaba con sombras sin forma. Al igual que Jabu fue con Saori al orfanato para proteger a los niños. Luchó también con una de las Sombras, la otra que huyó.

Pero sus otros dos compañeros estaban en casi perfectas condiciones y lo demostraron con creces durante la pelea. Ambos le llamaban mucho la atención, no eran la clase de personas que se veía todos los días. Les relató que se infiltraron en las habitaciones más secretas de la mansión sin robar nada, y que supo lo que buscaban por la forma en que abrieron los baúles y muebles muy grandes.

En ese momento, sin preguntar qué era el objeto en cuestión, Shiryu indicó que buscarían en otros lugares pertenecientes a la Fundación Graude, con toda probabilidad en el orfanato. Saori estuvo de acuerdo aunque la inundó el temor como una ducha fría por unos instantes, el Santo de Dragón mantuvo toda la calma y serenidad, y rápidamente dio con un plan de acción que lo ponía a él en la primera línea de defensa protegiéndola de los hombres de negro mientras ella iba con los niños. Le sorprendió gratamente su humildad, tranquilidad e inteligencia, ni siquiera pidió saber si lo que las Sombras buscaban estaba realmente en el orfanato. Cuando estuvieron de acuerdo, simplemente fue a buscar su armadura.

Por otro lado, Shun era un muchacho único, jamás había visto a alguien tan lleno de pureza y bondad. El Santo de Andrómeda no parecía un guerrero, admitió desde el principio que no le agradaba ningún tipo de lucha. Si no se equivocaba era el hermanito menor de Ikki del que los demás se burlaban cuando niños, y que siempre llegaba llorando con Mitsumasa Kido. Parecía frágil y débil en comparación con los demás chicos, pero cuando llegaron al orfanato rápidamente supo la ubicación de las Sombras. Las fantásticas cadenas en sus brazos reaccionaron como perros de caza, y cuando se encontraron de frente con los enemigos, Shun luchó con valor, derrotó  y ató fácilmente a uno de ellos. Aún había que interrogar a ese tipo.

Al llegar al salón se encontró con Shiryu mirando silenciosamente por la ventana, Shun sentado en el sofá de cuero negro junto a la chimenea apagada con los ojos cerrados y una mano enyesada, Ban con el estómago vendado a su lado tomándose un café, y Jabu acercándosele con muletas. Pero quien más le llamó la atención fue el muchacho de caótico cabello castaño y camisa roja que caminaba de un lado a otro del pasillo central como león enjaulado.

—Señorita Saori, ¿cómo está Tatsumi? —preguntó el Unicornio.

—Mejor Jabu, gracias. Mañana o pasado mañana estará como nuevo, según él. —No era para sorprenderse, su fiel jefe de mayordomos solo vivía para servir, detestaba estar sin hacer nada.

—Me alegro... y... ¿usted cómo está? —inquirió esta vez, de nuevo mirando el suelo. Tenía que admitir que le hacía cierta gracia que se comportara así a pesar de su apariencia de joven rebelde.

—Intranquila, por eso necesito hablar con ustedes cinco. —Shiryu, Shun y Ban la miraron con atención pero Seiya no pareció oírla. Porque obviamente era Seiya, ese muchachito insolente de su pasado. Entendía su incomodidad de estar allí, ya debía haberse enterado de la muerte de Seika seis años atrás. Se aclaró (sin necesidad) la garganta—. Primero quiero agradecerles a todos su ayuda, los niños están a salvo en el orfanato y fue gracias a ustedes.

—Solo cumplimos con nuestro deber, señorita —respondió Jabu, galante.

—No podíamos permitir que algo malo sucediera. Inclusive si no pensaban lastimar a nadie... —dijo Shun.

—Tal vez no atacaron personalmente a los civiles pero sí usaron a otros, como lo hicieron conmigo. —Ban parecía más enfadado consigo que con los agresores.

—¿No sabes qué fue lo que te pasó, verdad?

—Repito, no, Kido. —A él claramente le costaba un poco más la cortesía que a Jabu—. Solo recuerdo que algo impactó contra mi nuca y después ya estaba en la cama que usted me preparó.

—A mí me rodearon entre los tres y me golpearon en la cabeza, pero de allí solo tengo las mismas memorias. Como en un sueño, combato contra figuras negras que, sin razón, que son malvadas —rememoró Jabu.

—Lo mismo le pasó a Geki y Nachi, ¿no es así? —preguntó Shun antes de beber un sorbo de té. Así se llamaban los otros dos Santos que habían regresado de sus entrenamientos para reclamar que se cumplieran las promesas de su abuelo. Geki de Osa Mayor y Nachi de Lobo aún dormían inconscientes.

—Cuando despierten les preguntaremos, tal vez tengan detalles de lo que les pasó —vencer a las sombras decían también, una y otra vez.

—No creo que sea necesario, Saori —Shiryu rompió su silencio solemne como un sabio, tenía voz grave y paciente—. A Seiya y a mí nos atacaron directamente a la cabeza con un Cosmos sumamente oscuro que nos infundió temor. Creo saber de qué se trata.

—¿Qué quieres decir? —Saori notó de reojo como Seiya se detuvo y miró a su compañero.

—Mi maestro me habló de ella una vez, una temible técnica legendaria que solo alguien con el corazón manchado y el alma podrida podrían ejecutar. Le llaman Ilusión Diabólica[1].

—¿Ilusión Diabólica? ¡Qué nombre! —dijo Jabu, a su lado.

—También mi maestro me habló de eso, aunque en cuanto una leyenda y no algo real —recordó Shun.

—Mi maestro dice que es un golpe capaz de dañar el sistema nervioso sin la necesidad de tocar el cuerpo. Puede controlar el flujo de los pensamientos, en cierto grado las acciones y la percepción de la realidad, que es lo que hicieron con Ban, Jabu, Nachi y Geki. Cuentan que los más expertos en la materia, aquellos dominados por un rencor inhumano y un deseo irracional de crear caos, pueden volver real la peor pesadilla de la víctima estando aún despierta e incluso obligarle a contar sus memorias.

—Eso es de dementes, solo alguien loco podría hacer algo así —dijo Ban.

—Si la leyenda de la Ilusión Diabólica es verdadera, entonces esas Sombras solo son capaces de ejecutarla en su forma más tenue. Es decir, alterando la percepción nerviosa y sensorial. Si no, hubieran hecho algo peor —razonó Shun sujetando su mano vendada con la otra.

—Con excepción de ese hombre —cortó Shiryu con un tono sombrío. A Saori le corrió un escalofrío por la espalda al recordar esa sensación: cada vello del cuerpo se le erizó, sintió un profundo temor, una horrible angustia, algo netamente oscuro en su corazón y alma apenas vio a ese hombre arriba de la torre del reloj. Tuvo náuseas y la necesidad urgente de sobrevivir a pesar de que no la estaban atacando—.Quizás sea capaz de utilizar la técnica a su máximo potencial aunque no entiendo como...

—Ese no era un hombre, Shiryu —interrumpió Seiya al fin. Había un ligero temblor en su voz—. Era un monstruo, una bestia demoníaca, algo que no..., que no corresponde aquí. —Dio dos nerviosos pasos más hacia el sofá, apoyó su mano sobre un brazo y se dirigió a sus compañeros de Bronce—. Recibieron entrenamiento en el Cosmos como yo, saben muy bien que el aura que salía de esa cosa estaba podrida, negra y llena de ira, dolor, tristeza y sufrimiento a un nivel que el ser humano no aguantaría. Ni siquiera creo que fuera Cosmos, era más bien...

—No logré distinguirlo pero en cierta forma estoy de acuerdo con Seiya, no era normal —dijo Shun, al ver que Seiya se detenía—. Cuando mis cadenas salieron al patio apuntaron sin dudar al reloj y reaccionaron tan bruscamente que una de ellas me rompió los huesos de la mano. Jamás se comportaron así antes, tan agresivas y... tan temerosas.

—¿Qué insinúan? —preguntó Saori, había algo que todos ellos eran capaces de sentir después de recibir adiestramientos marciales, pero ninguno se atrevía a decirlo, se notaba en sus rostros.

—Esa cosa estaba muerta —sentenció Seiya mirándola directamente a los ojos por primera vez.

Tardó un momento en decidir qué hacer. Las palabras de Seiya la dejaron fría, ninguno de los demás hizo ademán de contradecirlo. Había entrado al salón con el objetivo de contarles la verdad y los secretos de su abuelo, de revelar lo que su corazón ocultaba, pero ya no estaba tan segura. Si respondían negativamente quizás no podría seguir protegiendo esa verdad. En el caso contrario...

«No. Al menos deben saber una parte».

—Muchachos, ninguno me lo ha preguntado pero tienen derecho a saberlo. Les mostraré lo que esos hombres de negro buscaban.

Shun saltó de su asiento, a Ban casi se le cae el café, Jabu se tambaleó y Seiya mostró un rostro de desconfianza. Solo Shiryu se mantuvo impasible.

—Espere señorita, no creo que sea prudente —susurró Unicornio aunque al parecer todos lo oyeron.

—Es cierto —dijo Ban—. Aún no sabemos si el efecto de esa ilusión-como-se-llame sigue en nuestro cerebro, podríamos revelar algo al enemigo.

—Más aún, ni siquiera sabes si puedes confiar en nosotros, solo nos recuerdas de cuando niños. Puede que seamos espías o algo peor —sugirió Shun con su dulce cara que evocaba cualquier cosa menos lo que dijo.

Ella notó que no hablaban solo por su protección, sino que cada uno de esos muchachos desconfiaba en menor o mayor grado de los demás, no deseaban saber la verdad por temor incluso de sí mismos. Pero Saori sentía diferente. Había algo que le decía en lo profundo de su corazón que no había de qué temer. Quizás fuera una de sus obligaciones futuras el tener esa confianza ciega en ellos, así que no iba a dudar desde el presente. Tenía fe en los Cosmos que veía con toda claridad como a través de ventanas cristalinas.

—Confío plenamente en ustedes chicos, no deben preocuparse. —La miraron como si fuera una extraña mientras se dirigía al librero al fondo del salón—. Por favor vengan conmigo. Les mostraré algo que quizás recuerden.

 

Bajaron por las largas escaleras en espiral ocultas detrás del mueble al que se accedía por una llave maestra en la puerta. Aunque estaba iluminado solo por unas cuantas lámparas pegadas al muro de piedra, daba pasos firmes, de memoria, aunque Jabu cada cinco segundos hacía ademán de ayudarla a descender. Los demás iban en silencio, seguramente sorprendidos por la situación. Aunque por lo que sabía no era el primer ni único pasadizo secreto en el mundo de las grandes y viejas mansiones como la suya.

Lo que originalmente fue un gran búnker para los terremotos, su abuelo lo convirtió en el Centro de Investigación e Información de la Fundación Graude dieciséis años atrás. Con las más modernas computadoras y los mejores recursos, allí se realizaban diversos tipos de estudios, especialmente relacionados con el cuerpo humano y sus límites, la biología, fisiología, pero también trabajan allí científicos especializados en la astronomía. Se manejaba y obtenía información de todas partes, era una red global de datos. Aunque los ingresos de los Kido provenían principalmente de la industria petrolera y sus acciones en empresas alrededor del mundo, su abuelo dedicó sus últimos años a la rama de la relación humana con el Cosmos.

¿Y esto por qué? Todo debido a su viaje a Grecia dieciséis años atrás, toda la idea surgió allí. Incluso ella, todo lo que era y sería en el futuro se originaba en ese periplo y, por supuesto, también lo que los hombres de negro buscaban. El gran tesoro de la aventura de Mitsumasa Kido a Atenas.

Saori abrió la gran puerta de acero con solo poner el ojo a la altura del sensor, y casi sin hacer ruido se abrió hacia adentro.

—Que tenga un buen día, señorita Saori —dijo la voz cibernética como cada vez que ponía un pie adentro. Hizo un ademán con las manos a los nueve o diez científicos de turno ese día para indicarles que todo estaba bien, que sus acompañantes eran amigos.

—No se preocupe señorita, está en perfectas condiciones —le dijo el doctor Asamori Hakase, jefe de los astrónomos, conociendo el motivo de su llegada. Como siempre con su bigote bien peinado, su cabello tornándose cada vez más cano y la distinguida bata blanca.

—Muy bien. Quiero mostrársela. A solas.

—Como ordene —el doctor los guio hasta una compuerta al fondo de un pasillo blanco iluminado por lámparas de neón. Nuevamente activó el sensor e hizo pasar a sus cinco acompañantes después de encender las luces. En realidad, aunque la cámara estaba oscura, era innecesario. La caja de oro brillaba por sí sola.

—P-Pero... q-qué... —tartamudeó Shun.

—¿Qué es esto? —preguntó Jabu sujetándose bien de sus muletas.

—Lo recuerdo. Vagamente, pero lo recuerdo —oyó la voz de Seiya, tenía un tono soñador como si viajara al pasado para rememorar.

—Nunca le di importancia pero ahora tiene sentido... —Shiryu recordaba también, al parecer.

La Caja parecía de oro macizo aunque estaba hecha de gamanio y oricalco en su forma más pura, y el segundo era un metal dorado. Estaba repleta de adornos florales hermosos y un sol asomándose en dos de sus caras; en el frontis relucía en relieve el ornamento de un ángel con la mitad inferior del cuerpo de un caballo, era un centauro sujetando un pequeño arco tensado.

Los rostros de los chicos solo mostraban asombro y sorpresa, brillaban ante las luces emitidas por el arquero de oro.

—Una de las Ochenta y Ocho Cajas de Pandora, parte de la élite.

—Una de los Doce Mantos zodiacales.

—¡Sagittarius! —Seiya dio un paso hacia la Caja pero retrocedió un instante después como si lo hubieran repelido. Se volteó bruscamente hacia ella—. ¿Por qué tienes esto aquí, Saori?

«Aunque en su corazón sepa que yo soy inocente no puede evitar hablarme así, es algo involuntario. Es del todo comprensible. Seiya es a quien más miedo tengo de contarle la verdad».

—Esto es seguramente lo que buscan las Sombras aunque no sé cómo saben que la tengo yo, si les soy sincera. La he resguardado estos años tal como hizo mi abuelo antes que yo. En su lecho de muerte me relató cómo dio con ella, quién se la entregó, qué más halló... —Se le hizo un nudo en la garganta, decidió seguir rápido con la explicación—. Y me encomendó que sin importar lo que ocurriese protegiese a Sagittarius. Me hizo jurar que por ninguna razón permitiría que el Santuario se lo llevara mientras tuviera el mismo líder.

—¿El Sumo Sacerdote? Quien me entregó a Pegasus es un hombre casi divino, ¿qué hay con él? —preguntó Seiya con la desconfianza escrita en toda la cara. En ese momento sonó su teléfono en el bolsillo y lo contestó velozmente, la excusa perfecta para tomar aire después de esa incómoda pregunta.

Señorita.

—Ichi.

—¿Ichi? —preguntaron los cinco a la vez. Sus expresiones eran idénticas, bocas abiertas y ojos enormes, le hizo mucha gracia. Obviamente lo recordaban.

—¿Ese chico completó su entrenamiento? ¿Hablamos del mismo Ichi?

Señorita, je, je, je, creo que habrá problemas... ¡qué frío!, jo, jo... —Su voz se oía rara, tiritona incluso cuando lanzaba su característica risa.

—¿Frío? Dime qué pasa Ichi, ¿dónde estás? —Se le ocurrió encender el altavoz pero desistió. Si Ichi revelaba algo a destiempo...

Me llegó u-un mensaje del Santuario..., un ase... ¡achís! Un asesino fue enviado para ajusticiar a los muchachos..., ¡oh, qué frío hace!, ¡uh!, parece que está cerca, je, je. —Saori pudo escuchar con todo detalle como los dientes de su Santo castañeaban.

«¿Asesino?»

—¿Dónde estás? —repitió preocupada.

Cerca del bosque, por la avenida. La llamo para que esté alerta, p-por si acaso, pero no se preocupe... e-el gran Ichi de Hi... ¡drachú!... Él se encargará y...

La comunicación se cortó justo después, algo que con la tecnología que manejaban solo podía suceder si el teléfono se dañaba. Se oyó como el crujir de un pedazo de hielo...


[1] GenMa en japonés.


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Publicado 26 julio 2014 - 17:48

Ojala  saori no se equivoque al confiar en los caballeros,ya sabemos que a pesar que segun la mitologia deberia ser muy inteligente ,en el anime no lo era mucho que digamos 


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Publicado 26 julio 2014 - 17:52

Ojala  saori no se equivoque al confiar en los caballeros,ya sabemos que a pesar que segun la mitologia deberia ser muy inteligente ,en el anime no lo era ES mucho que digamos 

Fixed xD

 

 

Por cierto, Asamori Hakase aparece en el capítulo, en el animé original (Y Omega) es un viejo amigo de Kido que inventó las armaduras de acero. PERO no se equivoquen, aquí está solo como cameo, los Santos de Acero no existen en este fic.


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Publicado 27 julio 2014 - 01:46

un buen fic , haces buenos fics felipe_14 , si puedes pasas por mi fic y me das algunos consejos .

#35 -Felipe-

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Publicado 27 julio 2014 - 19:06

HYOGA I

 

12:05 p.m. del 26 de Agosto del 2013.

Pleno verano de un mediodía de Japón. A pesar de haber vivido unos años allí le desagradaba de sobremanera, lo suyo era otro tipo de clima, llevaba ya demasiado tiempo acostumbrado a ello así que dejó que su cuerpo se aclimatara y que el hielo se expandiera a los alrededores. Se iba a dar el pequeño y vano gusto de cumplir su misión en condiciones cómodas. Después de todo, y a pesar de su superioridad evidente, tendría desventaja numérica.

La nieve comenzó a caer a medida que se acercó al bosque. La Caja de Pandora en su espalda se puso aún más blanca como una capa que la cobijó. Eso le fortaleció, incrementó su determinación para cumplir con su deber. Los transeúntes miraron al cielo sorprendidos, algunos entraron a sus casas temblando de frío, no todos eran capaces de aguantar algo así. Otros cuchicheaban entre sí, sabía que hablaban del extraño fenómeno a pesar de no manejar muy bien el idioma. En realidad ninguno de ellos importaba, solo los siete que incumplieron con las reglas.

Un Cosmos se manifestó de repente junto a un chico rarísimo entre dos árboles ya cubiertos de hielo. Vestía una camisa verde sin mangas y pantalones ligeros de color anís, temblaba notoriamente por el aire frío, hasta oyó sus dientes castañear. Tenía un rostro pálido, muy alargado y de barbilla huesuda; apenas se veían sus ojos por culpa de los enormes superciliares que le daban un aspecto bizarro. Sería calvo si no fuera por el larguísimo mohicano gris que llegaba hasta mitad de la espalda.

Vio una Caja de Pandora blanca detrás de uno de los árboles.

El chico le gritó algo con un acento japonés tan raro que pudo entenderle aun repitiendo las palabras en su mente. No sabía si era necesario entablar conversación con él, ya que aunque era un Santo no distinguía por el relieve de la Caja si era o no uno de los traidores. Siguió caminando hasta adentrarse en el bosque haciendo caso omiso del balbuceo del flaquísimo muchacho.

—Silencio —le terminó diciendo cuando lo tuvo a unos metros.

—¿Eh? —El tipo encendió su Cosmos tal vez para darse calor por el frío que hacía, porque supuso que era consciente que en una pelea entre ellos saldría perdiendo con toda probabilidad.

—¿Hablas griego? No manejo muy bien el japonés —le dijo en el idioma oficial del Santuario que su maestro le obligó a hablar en todo momento.

—Sí, maldición, ¿cuál es tu problema? Jo, jo, ¿qué quieres aquí? Je, je —le respondió con un pésimo (aunque comprensible) acento helénico. Con cada palabra hacía sonar los dientes y el aire se volvía más gélido.

—Si eres un Santo habría dos opciones: la primera sería que sepas a qué vine por la carta del Cuervo, por lo que no tendría nada en tu contra, simplemente te pediría que te largaras de mi vista; la segunda sería que no sepas qué hago aquí, lo que te convertiría en uno de los traidores al Santuario, por lo que te mataría —le dijo sin rodeos, detestaba eso.

—Sé muy bien a qué viniste por supuesto, eres el perro del Santuario que quiere matar a mis amigos pero yo, el gran Hydra Ichi, no lo permitiré. —La Caja en el suelo se abrió y una serpiente gris surgió de ella, se arrastró un poco por la nieve, pasó entre sus piernas y luego se unió al cuerpo del tal Ichi en medio de una luz violeta. Hasta el Manto era extraño, parecían varias piezas pequeñas unidas como escamas de serpiente especialmente en la falda y brazales, de las manoplas surgían tres garras de gamanio que se veían bastante filosas. Bajo las hombreras había dos garras más—. Recomiendo que regreses por donde viniste, je, je, je.

—¿De verdad piensas pelear contra mí, tonto insensato? —Elevó un poco su Cosmos y la hierba donde estaban parados se congeló. El hielo subió por el metal paralizándole los dedos.

—¡Ah! ¿Qué...? Frío, frío...

—Lo repetiré: déjame pasar. Si eres el Santo de Hidra entonces no tienes por qué morir, sino que al contrario deberías obedecer las órdenes del Santuario, no veo motivo para que te metas en esto y arriesgues tu vida.

—No entiendes... ¡qué frío! Los... los s-siete que sentenciaron no pelearon por motivos p-personales, parece que los controlaban con alguna técnica rara, unos hombres d-de negro los... ¿¡qué diablos hiciste con el clima!?... Los hombres de negro los mani... ¡Achís! Los manipularon.

—¿Hombres de negro, eh? Leí la noticia en la red durante el viaje, algunos testigos dijeron haber visto sombras en la mansión Kido, ¿y ahora tú me dices que viste hombres de negro? —Aunque no sonrió le hizo gracia. Conocía la respuesta.

—No..., no los vi p-pero la señorita Saori me lo dijo, así que es... ve-verdad.

—Señorita Saori... ¿La dueña de la mansión? No me digas que te contrató para que la defendieras. Si no estás autorizado por el Santuario...

—¡Claro que no! Peleo p-por ella porque quiero. De hecho to-todos los Santos, tú incluido, deberían hacer lo mis... mismo. —Ichi incendió su Cosmos y derritió el hielo, separó las piernas y amenazó con las garras en guardia.

—Lo imagino, debe pagar muy bien. —De reojo vio algunas personas acercarse, no tenían por qué ser testigos de nada. Tomó una decisión, sería un buen precalentamiento—. Como quieras, Hydra. Vamos más arriba, no quiero que mates a un inocente por torpeza.

 

Caminaron varios metros subiendo por la montaña frondosa, cada vez más nívea. Ichi iba lento, se detenía a veces y temblaba. Si no fuera por la armadura habría muerto congelado.

«¿Cómo es posible que a los Santos no les entrenen para adaptarse a situaciones térmicas bajo cero?»

—Suficiente, na-nadie nos verá aquí. —Dio un salto hacia atrás y se puso en guardia. No era una pose quieta, movía los brazos lentamente, hacia los lados y en vertical, todo con una agilidad sinuosa como la de una víbora frente a su presa balanceando la cabeza.

—Lo que digas. Por respeto a quien no participó de esos combates contra las reglas, me vestiré y presentaré. Soy Hyoga de la constelación de Cygnus. —El ave albino salió de su cofre, voló entre los árboles dejando una pequeña llovizna a su paso y lo cubrió de pies a cabeza—. Que quede claro que lucharás contra mí por tu propia voluntad, con el objeto de defender a esos tontos. Eso también te convierte en traidor, por lo que mi misión se ha ampliado a ocho sentencias.

—Di to-to-todo lo que quieras, ellos están bajo la pro-protección de la señorita Saori, y si llegas a hacerle daño te convertirás en el mayor traidor de la historia. —Ichi se le acercó lentamente sin parar de mover los brazos con movimientos serpenteantes.

—Sí, veo que esa niña caprichosa te tiene como marioneta. —Hyoga permitió que hiciera el primer movimiento.

Ichi lo golpeó en la cara y no perdió tiempo para atacarlo también con una patada en el cuello que bloqueó con el brazo. Pudo haberlo bajado y subido unas diez veces antes de protegerse, Hidra era absurdamente lento para ser un Santo. Y débil, le dio un rodillazo en el estómago que apenas le provocó un cosquilleo.

—Vamos, vamos, apenas empezamos y ya estoy ganando je, je, je, dime, ¿así quieres asesinar a otros siete Santos a la vez? Jo, jo, jo...

—Te tienes mucha confianza. —Esquivó otro golpe haciendo que pasara de largo pero su agilidad lo recuperó, logró pasar su pie por encima de su espalda y cabeza y le dio con la punta en la nariz. La sangre al fin salió.

—¡Ja, ja, ja, ja! Te lo digo Cisne, te daré un golpe más, será el fin para ti.

—¿En serio? ¿Apenas me dañaste la nariz y ya te sientes vencedor? —En serio era un sujeto ridículo...

—Solo observa. —Ichi lanzó otro puñetazo mucho más lento que el anterior, no le dio oportunidad y lo sujetó con la mano con facilidad. Lo vio sonreír con su boca enorme—. A esto lo llamo Veneno Suave[1].

Las garras se alargaron repentinamente. Aumentó la velocidad de ataque, lo tomó por sorpresa, y las incrustó en su muñeca perforando a Cygnus. Ichi se separó de las garras y dio unos pasos hacia atrás.

—¿Esto...?

—¡Ja, ja, ja, ja! Así es Cisne, parece que mis leeeentos movimientos bajaron tu guardia. Ji, ji, el Veneno Suave ya está haciendo efecto, no tienes salvación.

Era bastante arrogante, le estaba molestando. Tomó con sus manos las tres uñas en su brazo, las sacó y las quebró en mil pedazos.

—Y te quedaste sin tus garras, no me costará defenderme de las de tu otra mano —le dijo al mismo tiempo que concentraba su Cosmos en el brazo herido con sutilidad, manteniéndolo lo más transparente posible.

—Claro. Pero en realidad podría irme ahora que morirás en unos minutos. Las garras de Hydra son mortíferas, incluyen un veneno tan fuerte que un humano normal caería instantáneamente. En el caso de un Santo es un proceso más lento por supuesto, pero también más doloroso. Puede que te arrastres, pero como dije, ¡no llegarás hasta la mansión de la señorita Saori!

—¿Crees que no puedo matarte ahora? —Se movió rápido, su velocidad aumentó en medio del viento gélido, patinó sobre el aire y quedó a centímetros de su rival. Éste pegó un grito y atacó instintivamente con la mano izquierda pero Hyoga destruyó las garras con un manotazo y luego lo golpeó en el mentón con el pie. La sangre fluyó de la nariz de Ichi manchando en segundos la gris armadura—. Ahora estamos a mano.

Se llevó la mano a la herida y lo miró con ojos negros, parecían dos cuencas vacías que emitían un bizarro tipo de terror. Se arrastró a Hyoga con dificultad, levantó el puño derecho y lo golpeó en el pecho lentamente, sin fuerza. Estaba agotado por el frío...

Pero sonrió. Le sonrió como el hijo de un demonio con un payaso.

—Nunca desprecies a los colmillos de la Hidra, rubiecito. —De los agujeros en la manopla surgieron nuevas garras que se incrustaron fácilmente en la pieza central del torso de Cygnus, pudo escuchar al ave emitir un suave y débil quejido. El imbécil se alejó rápidamente.

—Entiendo perfectamente. Al igual que en el mito tus garras crecen aunque las corten, ¿me equivoco?

—Exactamente, mis garras son eternas. Mientras pueda hacer arder mi Cosmos se seguirán regenerando. —Ichi parecía ganar confianza.

Hyoga no iba a permitir que eso se perpetuara.

—Entonces lo que debo hacer es impedir que crezcan. —Volvió a patinar con el viento gélido y agarró con ambas manos las muñecas de Ichi desde donde debían surgir esas cosas. Concentró su Cosmos y rápidamente bajó la temperatura tanto corporal como la de la armadura. Los Mantos de Bronce se congelaban a 150 grados bajo cero, temperatura que le era muy fácil producir.

—¡Qué diablos, suéltame! ¡Ah, mis manos! Las tuyas son como témpanos, ¡ya no las siento! —gritó Ichi. Sus brazos se convertían en pedazos de hielo con cada segundo que pasaba—. ¿Cómo es posible que puedas hacer esto? ¡Oh por todos los...!

—Soy capaz de congelar todo lo que toco. A diferencia de los demás Santos no necesito destruir los átomos, simplemente detengo sus movimientos tal como el crecimiento de las cabezas de hidra.

—Es cierto, ya no puedo... ¡no puedo hacerlas crecer!

—Se acabó.

—Pero mis habilidades... ¡no se limitan solo a mis brazos! —Ichi chocó violentamente su rodilla en el costado derecho de su torso, sorpresivamente salieron garras de ella y se incrustaron por tercera vez en la armadura. Así logró soltarse de los brazos del Cisne.

—¿También tus rodillas?

—¡Je, je, ahora sí morirás! —Hidra rio estúpidamente otra vez—. Incluso si alguien aguanta una vez, con tres ataques el Veneno Suave es infalible, hasta un Santo de Oro moriría con eso. Te deben quedar unos cinco segundos de vida...

—¿En serio?

 

Volvió a encender su Cosmos níveo como los glaciares eternos en Siberia. El granizo se presentó cayendo como estrellas fugaces sobre el bosque. Las aves y ardillas se alejaron temerosas del extraño clima e Ichi tardó en percatarse de lo que ocurría.

—¿Pero qué...?

—Ya ha pasado casi un minuto y no me siento para nada muerto.

—¿Cómo es posible? No deberías seguir respirando, ¡te golpee tres veces con el Veneno Suave!

—Admito que es una buena técnica si se usa sorpresivamente, me causaste una buena impresión Santo de Hidra, y por eso creo que no te mataré. Además no estabas en las órdenes del Sumo Sacerdote y has sido leal con tus compañeros de infancia; valoro un poco eso.

—Qué frío... Qué frío hace, no puedo mover ni un músculo... —mintió, pues aún movía la boca.

—El Manto Sagrado de Cisne está hecho de oricalco y gamanio como las demás armaduras, pero en su caso están congelados. Ha pasado incluso siglos encerrado en los indestructibles glaciares siberianos, fortaleciéndose más que Hydra o cualquier otra armadura. Lo único que hice activamente fue concentrar mi Cosmos en las zonas que atacaste, de manera que el veneno detuviera su flujo dentro del metal.

—Ahora sí estoy seguro... eres ese niño ruso... ese que estuvo unos años... con nosotros... el que siempre estaba... solo y... ¿qué es esto? Veo cristales de hielo frente a mí, se están... ¡Ay miiis ojos!... mi cuerpo...

—Sinceramente no te recuerdo de esos días. Pero no te preocupes, has sido un buen rival, no me olvidaré del Santo de Hidra.

—Mi-miedo... —Su lengua al fin se paralizó.

—Lo que sientes es el frío glacial, aire helado que puedo manejar a mi antojo; lo que ves es un fenómeno meteorológico que se da principalmente en los polos, una nube o bruma de partículas congeladas y lluvia de cristales. Se le conoce como... —Concentró la energía en su puño derecho libre de veneno y lanzó un puñetazo en el aire. Una brisa ártica golpeó con fuerza a Ichi y lo lanzó de espaldas.

Sssss...

Polvo de Diamantes.[2]

 

Dejó que el ambiente se temperara un poco, eliminó el granizo y la nieve pero mantuvo helado el aire e invernal el viento. Había entrado en calor y ahora podía cumplir con la parte principal de su misión.

Vio por última vez al muchacho extraño que yacía en el suelo convertido en una estatua de hielo, y se dio cuenta que tal vez no sería tan fácil como pensó, después de todo estaría en desventaja numérica. Supuso que no tendrían cero chances de vencerlo como pensó antes, sino que al menos un cinco por ciento de posibilidades.

Hyoga subió por la montaña nuevamente preguntándose si sería necesario congelar toda la mansión.

 

[1] Poison Mellow en inglés.

[2] Diamond Dust en inglés.

 

 

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Y bueno, las imágenes correspondientes.

El Cisne Hyoga, antagonista y PdV de este capítulo; y la Hidra Ichi, pobrecito protagonista.

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Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:02 .

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Publicado 28 julio 2014 - 16:57

Pobre Ichi  es tan débil que ni siquiera en los fics logra ganar  Jajaja

 

Esperando el proximo capitulo


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#37 -Felipe-

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Publicado 29 julio 2014 - 19:30

SHUN II

 

12:50 p.m. del 26 de Agosto de 2013.

Era de verdad algo hermoso, un Manto que resplandecía como el sol. La única vez que presenció algo similar fue ese momento seis años atrás cuando vio la misma armadura detrás de la cortina dorada, Mitsumasa Kido la reveló durante su ataque cardíaco. Sagittarius estuvo en la mansión, lo supo por todos esos años pero jamás le prestó suficiente atención, ni siquiera cuando su maestro habló de los Mantos de Oro. Pero allí estaba, con tres de cuatro patas encima de las placas abiertas de la Caja, la otra levantada como en las estatuas a los héroes caídos por sus heridas de batalla. El centauro sostenía un arco tensado con una flecha de oro, y de su espalda salía un par de alas inmensas y brillantes en la que sus rostros se reflejaban.

Salió por sí solo de su cofre en el momento en que Saori cortó la llamada y les avisó que un asesino había llegado a los alrededores de la mansión. Shiryu dedujo rápidamente que el Santuario los condenó por pelear entre ellos, ignorantes de que las Sombras los manipularon con artes oscuras.

—Aclaremos la situación.

—Tiene razón. Aunque es vergonzoso decirlo debemos explicarle que esos tipos nos tenían como marionetas, nunca tuvimos intención de pelear —dijo Jabu.

El centauro movió la pata levantada, aunque por la reacción de los demás pareció que solo Shun lo notó. Saori miraba intensamente el arco.

—Si subimos, los hombres de negro podrían aprovechar...

—¿Insinúas que la mereces más que ellos? Tal vez tengas razón, pero si un enviado del Santuario vino podría aprovechar de llevársela —dijo Seiya. Shun pudo notar su incomodidad con la situación y su rencor hacia Saori, sin saber la razón.

—¡No! El Santuario no debe tenerla por ningún motivo...

—¿Crees que solo porque tienes tantas cosas tienes el derecho a...?

—¡Suficiente! —interrumpió Shiryu cuando los demás empezaron a discutir también, al instante se hizo el silencio. Le recordó un poco a su maestro—. No es momento de pelear aquí, no cuando nos están sentenciando por ello. No sé de qué será capaz Ichi pero en el caso de que lo superen, el juez llegará a la mansión y Geki y Nachi aún están en cama. Ven conmigo, Seiya, si hay un combate será mejor que luchemos los más completos. También sube tú, Saori, pero recomiendo que no digas nada sobre la armadura.

—¡Pero Shiryu! —le recriminó Seiya de inmediato. Shun pensó en abrir la boca también pero habría sido para apoyar al Dragón, y eso no era bueno para el ambiente, la tensión podía cortarse con un cuchillo. Además, después de lo de la isla no quería nada con el Santuario...

—Saori aún tiene que explicarnos por qué conserva esto aquí. —Shiryu colocó su dedo frente a la punta de flecha de Sagittarius—. Así que por lo pronto haremos como que no sabemos nada. Después de todo, ella tiene razón en algo: si nos enfrentamos con el verdugo que envió el Santuario, los hombres de negro podrían aprovechar la oportunidad, y aunque no entiendo por qué el Manto está aquí, es mejor mantenerlo así a que se lo lleven esos hombres sin honor. Por eso Shun, Jabu y Ban deben quedarse aquí a proteger la armadura.

 

Seiya no pudo discutirle, Shiryu los convenció y se hizo tal como ordenó. Ya habían pasado varios minutos de eso y no oían nada problemático.

—Aquí no tenemos cómo oír nada —murmuró Jabu caminando de un lado a otro frente al arco de oro sin mirarlo—, estamos como cincuenta pisos bajo tierra.

—No exageres. Aún deberíamos poder sentir su Cosmos, ¿no? —preguntó Ban quien contemplaba las alas de Sagittarius.

—¿Y si no? La señorita Saori puede estar en problemas y esos dos podrían estar muertos. Ichi de seguro no duró nada.

—Me cuesta creer que sobreviviera a su entrenamiento. —dijo Ban. Shun también se acordaba de ese chico, de su extraña apariencia y actitud...

—-Ese imbécil de Seiya no tiene ninguna intención de ayudarla —hizo caso omiso el impaciente Jabu—. No sé si serán capaces de vencer a un Santo de Plata incluso entre los dos...

—Podría ser incluso un Santo de Oro.

—No digas estupideces, Ban. Es de Bronce o Plata, los Santos de Oro no aparecen así como así.

—Si fuera un Santo de Oro lo sabríamos. Créanme, se siente.

—¿Cómo lo podrías saber, Shun? —le preguntó Jabu. No supo si responder, apenas lo conocía como para contarle, además todavía estaba algo avergonzado de lo que le hicieron sus cadenas.

Deseaba conversar con alguien sobre ello de todas formas, pero la única en quien confiaba ciegamente estaba en el hospital aun recuperándose de sus heridas. June había tenido suerte de sobrevivir y él de estar en una pieza. Necesitaba verla.

Sagittarius extendió las alas repentinamente, casi cubrieron el largo de toda la habitación, hicieron que los tres dieran un paso atrás. El centauro tensó el arco y apuntó la flecha hacia arriba moviendo la pata delantera con actitud de alerta, esta vez todos lo vieron. No perdió un instante y salió de la cámara aunque sus compañeros fueron más lentos por sus heridas.

Fue el primero en salir por el pasadizo secreto del librero, y se encontró con una situación que le hizo llamar inmediatamente a Andromeda. El ambiente estaba tan frío como al interior de un iceberg. La sintió venir a través de los corredores de la mansión desde la habitación que Saori le prestó.

Shiryu y Seiya estaban de pie aunque se tambaleaban y tenían las manos en las rodillas. El guante derecho de Pegasus estaba congelado, igual que las perneras de Draco, y una capa ligera de escarcha los cubría a ambos como si sus armaduras se fundieran con el blanco. A su alrededor los muebles de madera se convirtieron en astillas, los cuadros de las paredes blancas se despedazaron, y algunos otros artefactos eran añicos.

En la puerta estaba su contrincante, un muchacho rubio de edad similar a ellos con ojos celestes como glaciales, piel blanca y un Manto Sagrado níveo; producía frío solo verlo. Llevaba una larga falda de plumas congeladas de cisne, un escudo en el brazo izquierdo con forma de copo de nieve, gemas diamantinas en el peto y rodilleras, y un yelmo alado. El chico sangraba de la nariz y se veían consecuencias de golpes en diversas partes del cuerpo, probablemente culpa del Meteoro de Seiya. Sin embargo su Cosmos seguía enfriando el ambiente. El asesino parecía ser un hombre ártico sin emociones, observaba a sus rivales con determinación y frialdad, dispuesto a cumplir con su deber.

Saori estaba en el suelo, sangraba de una rodilla y tenía un brazo cubierto por escarcha excepto en la muñeca donde llevaba atada su pulsera. Sus ojos eran reflejo de tristeza y desesperación, algunos de sus mayordomos yacían frente a ella tapados por una película de nieve.

Andromeda llegó justo a tiempo. En un parpadeo sintió los brazos mucho más largos, con las cadenas enroscándose a su alrededor. Rápidamente extendió la zurda, se concentró y le dio una orden. La cadena que terminaba en una argolla obedeció, pasó a toda velocidad por el salón y perforó una muralla; volvió a entrar por la ventana y cruzó la estancia para aterrizar en las escaleras donde se amarró por sí sola, separando a los tres guerreros.

—¡Deténganse por favor, esto es una estupidez! —exclamó avanzando hacia ellos. El Santo de hielo puso los ojos árticos en él por primera vez.

—¿Y tú? —Lo inspeccionó de arriba a abajo poniendo especial atención en las cadenas de sus brazos. Luego alzó una mano y la cubrió con su Cosmos de hielo—. Andrómeda, también fuiste sentenciado por el Santuario así que prepárate para morir.

—¿Vas a pelear contra los tres acaso, Hyoga? —preguntó Shiryu quien seguía con el escudo en alto. Al parecer el hielo no lo afectaba, estaba intacto y brillando cálidamente como las esmeraldas.

—Así que sabes mi nombre. Es una lástima que no te recuerde, ni a ti —dijo el joven en griego indicándolo con el dedo. El nombre le hacía sentido, hubo un niño ruso que estuvo un par de años con ellos en el orfanato, siempre silencioso y solitario, se fue mucho antes de la selección. No pensó que también se convertiría en un Santo por sus propios medios—. En cambio a ti sí, Seiya. Excesivamente arrogante, un mocoso irrespetuoso, no olvidaría jamás tu rostro ni diría que me desagrada el tener que asesinarte.

—Ja, habla de arrogancia quien se atreve a pelear contra tres Santos a la vez. —Seiya sonrió al encender su Cosmos azulado hasta que la cadena se movió nuevamente para llamar su atención.

—¡Esto es una locura! Escucha Hyoga, no combatimos porque quisiéramos. Hubo unos hombres de negro que vinieron a esta mansión y manipularon a Jabu y los otros para que pelearan según sus órdenes.

—¿Hombres de negro? Aunque todos digan lo mismo no deja de ser una ridiculez. —Parecía bastante terco, estaba a punto de disparar el hielo de su mano.

—¡Es verdad, imbécil! Esos tipos nos atacaron y golpearon con una técnica llamada Ilusión Diabólica, ¡tarado! —Jabu se presentó sujetándose de las muletas junto a Ban en el salón.

—Ahora somos cinco contra uno, supongo que eso te hará usar el cerebro —dijo el León.

—Esas Sombras podrían atacar de nuevo, ¿no lo entiendes? —Seiya parecía dispuesto a seguir luchando, tenía el puño derecho congelado, pero el aura en el zurdo ardía con fuegos azules.

—Ajá. Entonces me dicen que un grupo de ilusionistas de negro vinieron de quién sabe dónde para hacerlos pelear entre ustedes. Aquí en esta mansión, y eso tal vez para distraerlos y... —Hyoga levantó una ceja y dejó que alguien continuara la oración. ¿Qué buscaban esas Sombras aquí? preguntaban sus labios cerrados.

—Lo siento, no podemos decírtelo, es que...

—Como pensé. —Hyoga desapareció entre los cristales de hielo del ambiente y pasó sobre la cadena. Shun pudo verlo dos segundos después, muy tarde, patinando sobre el aire como un cisne sobre un lago. Shiryu saltó y se enfrascó con él en una velocísima lucha donde los diamantes de Cosmos chocaban contra el férreo escudo de jade; Dragón intentaba golpearlo aún con sus piernas congeladas.

Shun retrajo la cadena, trató de usar la otra pero aún le dolía mucho la mano. Aun así los eslabones que terminaban en un diamante salieron disparadas apenas recibieron su orden mental. Solo bastaba con pensarlo o con desearlo, ni siquiera tenía que armar una oración en su cabeza para que la cadena respondiera. Detenlos pensó esta vez, y la flecha de oricalco superó la velocidad de los contrincantes y se estrelló contra una muralla tras ellos, separándolos bruscamente sin hacerles daño. Hyoga cayó sobre un sofá que se congeló casi inmediatamente y allí lo atrapó Seiya, quien disparó su rápido golpe. Fueron como varias estrellas fugaces azuladas, cincuenta en promedio por segundo, que se desvanecieron sobre el escudo de hielo.

—¡Ustedes fueron condenados por nuestro máximo líder el Sacerdote, dejen de inventar excusas y acepten su destino como hombres! —gritó Hyoga con un tono poco emocional, descargando una ventisca que lanzó a Seiya contra el techo. Paralizó a Shiryu segundos después. Saori estuvo a punto de recibir el hielo pero Jabu y su Manto violeta le sirvieron como corazas cubriéndola justo a tiempo.

Shun ya había visto demasiado. Peleas entre Santos, una sentencia injusta, la muerte de compañeros y amigos... No quería presenciar nada de eso nunca más. Sus cadenas reaccionaron a toda velocidad arrojándose sobre el verdugo, atándolo contra la pared de fondo.

—Por favor, te prometo que es verdad, nunca deseamos pelear entre nosotros —le dijo mientras suplicaba a las cadenas que no lo electrocutaran.

—¿Crees que estas cadenas me pueden detener? —Hyoga las sostuvo con las manos y Shun sintió el frío extenderse por sus brazos. Las estaba congelando.

—¡No seas terco! Danos la oportunidad de explicarlo y te soltaré, lo juro, no hagas algo que lamentemos ambos... —No podría detenerlas tanto tiempo, eran como sabuesos furiosos—. ¿No nos ves pelear juntos en este momento contra ti?

—Shun, ¿qué demonios haces? Si no lo matas lo hará él, no es momento de hablar —le recriminó Seiya.

—A mí me electrocutaste, ¿no puedes hacer eso de nuevo? —preguntó Jabu ayudando a levantar a Saori, quien lloraba y se agarraba la rodilla con ambas manos.

—¡Shun no puede controlarlas esta vez, esas cadenas están deseosas por matar! —Shiryu saltó justo a tiempo tanto con su explicación como para reparar el dilema.

Concentró su Cosmos en el brazo derecho y lo dirigió contra la cabeza de Hyoga, pero éste sonrío fríamente y lanzó una ráfaga de aire glacial desde el cuerpo sin soltar las cadenas. Dragón voló por el salón y Ban alcanzó a salvarlo de estrellarse contra las escaleras.

—Me enseñaron solo a cumplir órdenes, ¡deberían hacer lo mismo! —Hyoga congeló las cadenas que empezaron a resquebrajarse, Shun pudo sentir su dolor como si le quebraran los huesos de los brazos. No podría más, le permitiría a sus armas actuar como quisieran...

—¡Es Sagittarius! —gritó desesperada una voz femenina.

Todos se detuvieron. Hyoga no soltó las cadenas pero dejó de aplicar el aire frío, no fue necesaria la electricidad.

—¿Qué cosa? —preguntó.

—Sagittarius, el Manto de Oro, eso es lo que buscaban las Sombras. Por eso vinieron y atacaron a los Santos, porque yo tengo esa armadura aquí, créeme por favor —la muchacha de ojos esmeralda lloraba sin parar cerca de Jabu, podía notar su profunda tristeza... Incluso le pareció algo anormal, no estaba llorando por el estado de su casa ni por presenciar peleas, lo sentía en el fondo de su corazón—. No quiero verlos pelear, no es su destino, ¡nunca lo ha sido!

«Ella llora por nosotros. ¿Qué clase de persona es Saori... la señorita Saori, por qué siento...? Por los dioses, ¿¡qué es esto!?»

Ni siquiera necesitó mirar a sus compañeros, supo que todos sentían lo mismo. Del cuerpo de Saori Kido salía un aura blanca y dorada, limpia y pura como cálidos rayos de sol...

Todos los seres humanos poseían un Cosmos, pero éste era anormal, como si ella supiese controlarlo como los Santos. Era enorme, se extendía por el salón. Podía sentir como los latidos de su corazón, desesperados segundos antes, ahora estaban tranquilos interpretando una tranquila sonata. Notó a su armadura respirar aliviada, con deseos de ayudar y no destruir. De ayudarla... Su Manto estaba dispuesto a dar su vida por esa mujer, aunque no alcanzaba a entender el motivo.

 

***

 

22 de Agosto de 2013.

—Su deber es luchar por Atenea, sus ideales y esperanzas, porque ella es quien vela día y noche por la humanidad —dijo la maestra Caph cuando le entregó el Manto de Bronce a June. Él esperaba pacientemente a que terminara el ritual junto a Daidalos de Cefeo. Fue unas horas antes de que el Pez Dorado apareciera.

—Por Atenea, la diosa de la sabiduría y la guerra —recitó June con los ojos cerrados y el cuerpo vendado después de superar el desafío: sobrevivir a las distintas (y extremas) condiciones climáticas de la isla exageradas por el Cosmos de la maestra por toda una semana.

—Shun, tú también debes recordarlo —susurró Daidalos cuando la ceremonia comenzó a concluir—, los Santos luchamos para proteger a los inocentes y vencer a las fuerzas malignas, pero siempre debemos tener como norte principal la seguridad de la diosa de la Tierra.

—¿Entonces es verdad que existe? —le preguntó. Costaba tanto creerlo...

—Comprendo lo que quieres decir. —Daidalos sonrió—. A todos nos costó creerlo, incluso a nuestra sabia Caph. Pero ya que esperaste a que June culminara su entrenamiento de seguro irán juntos al Santuario. Allí lo descubrirán.

—¿Qué ella vive allí?

—Más bien al contrario... —le dijo al mismo tiempo que June se levantaba y se acercaba a la Caja, con un tono de voz enigmático que siempre oía en su cabeza antes de dormirse—. Solo recuerda una cosa Shun. Donde esté Atenea debes estar tú junto a ella. Siempre.

***

 

No supo por qué recordó eso en ese momento pero se sintió sumamente emocionado. Soltó a Hyoga y retrajo las cadenas, Jabu dejó las muletas como en una ensoñación y Saori se llevó la mano al pecho como si le costara respirar. De repente todos los presentes fueron presas del miedo y cayeron de rodillas cuando un Cosmos oscuro se apoderó bruscamente de la mansión. Sufrimiento y pena, venganza e ira, todo reunido en un aura demoníaca. Shun lo sintió tantas veces en poco tiempo que supo enfrentarlo, y buscó rápidamente a los hombres de negro con la mirada. Pero fueron las cadenas quienes lo alertaron. Sintió un horrendo dolor en la mano rota cuando la de punta triangular se tensó en dirección al librero, furiosa y temblorosa como en el orfanato.

«No puede ser, él está ahí» notó muy tarde. Vio a Seiya correr desesperado hacia el mueble pero éste explotó en un abrir y cerrar de ojos llenando el salón de los Kido de humo, astillas y fuego, las mesas y sillas aledañas sufrieron el mismo destino y pronto los muros le siguieron, cayéndose en medio de un sinfín de explosiones.

Antes que el techo sucumbiera, Shun de Andrómeda sintió un atormentado e impulsivo deseo de que la heredera de los Kido no sufriera rasguño alguno. Pensó si conseguiría contarle a June, en el hospital, lo que sintió.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:02 .

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Publicado 30 julio 2014 - 19:07

Este capitulo me hace recordar a los vengadores,cuando los heroes se reunen por primera vez

 

Esperando el proximo capitulo


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Publicado 31 julio 2014 - 20:13

Un capítulo que, la verdad, me encantó escribir. Al principio era casi un sinfín de tonterías y estupideces sin sentido ni hilo conductor, pero terminé editándolo bastante para que fuera ligeramente coherente. Igual me gustó, así que disfrútenlo, porque es del Punto de Vista de un personaje bastante importante.

 

SUMO SACERDOTE I

 

13:13 p.m. del 26 de Agosto de 2013.

Últimamente le resultaba sumamente incómodo el trono, como si la silla lo rechazara. Le parecía absurdo ya que antes eso ocurría solo la mitad de las veces que se sentaba allí, o incluso menos. Ahora era casi siempre.

«Este trono es mío, no importa nada más» se dijo, aunque no le sonó a su voz. Más bien era aquella otra... No importaba, estaba en la cima del Santuario, allí nadie se lo recriminaría. De hecho, estaba solo.

Aquella vez no estaba solo, como pensaba. Su mente viajó hacia el tema importante en el recinto sagrado, había recibido la información apenas se dio el alba y rápidamente dedujo las conclusiones necesarias. Un ataque en la mansión Kido del lejano Japón. Los testigos mencionaron Sombras. Un ataque al orfanato de los Kido. Combate entre Santos de Bronce recién certificados. La familia Kido era la más adinerada de todo Japón. Las Sombras eran como se llamaban los residentes de Reina de la Muerte a sí mismos. Mitsumasa Kido estuvo en Atenas dieciséis años atrás. Aiolos de Sagitario...

Se llevó la mano a la cabeza y se levantó de repente agitado, a punto de reír y llorar. Miró a sus lados, no había nadie, estaba solo. Aquella vez no estaba solo, como pensaba. Todo estaba cuadrando al fin, después de tanto tiempo. Porque las noticias no se equivocaban y menos sus deducciones. Además...

—¿Y si te equivocas? Tal vez no sean las Sombra, tal vez condenaste a la horca a siete muchachos inocentes —dijo alguien cercano, pero sabía que estaba solo. No como aquella vez.

—Siete Santos de Bronce —le respondió.

—Y justo cuando se acerca la Guerra. Estamos ante sus puertas, no puedes olvidarte de eso.

—Nada podrían cambiar. Además, si completamos las doce del Zodiaco y recupero la Victoria...

—Atenea aún existe. Y no está aquí, ¿lo recuerdas?

—¡Sé que no está aquí, deja de repetirlo! —gritó lanzando una ráfaga de energía hacia atrás de la cortina. Continuó, muy lejos, sin impactar contra nada—. Sé que no está... no hay nadie aquí.

Aquella vez sí, y no lo previste —se mofó por última vez esa voz, esa voz de nadie, y desapareció.

Estaba solo.

 

Bebió un poco del vino añejado traído hace dos días de Rodrio, y trató de calmarse. Sintió el sudor sobre su frente y la respiración entrecortada, agarró el rosario de su cuello. Si el Cisne cumplía con su deber, las Sombras se llevarían lo que se perdió dieciséis años atrás, y luego sería fácil recuperarlas. Para eso estaban los hombres de Plata, con uno o dos de ellos bastaría.

Se sentó nuevamente en el trono y sonrió. Qué incómodo, era gracioso, se preguntó si los Pontífices anteriores sufrieron con eso. Aunque el último no estaba allí al morir...

«No... No estaba ahí. Pero aquella vez no estaba solo» se dijo antes de reírse a carcajadas en medio del salón. No recordó cuándo se levantó de nuevo, pero lo aprovechó para mirar las cortinas detrás de la incómoda silla. Volvió a rememorar. Dieciséis años atrás, Aiolos de Sagitario. Y después de que lo investigaran supo que Mitsumasa Kido estuvo en Atenas durante esa época. Aiolos de Sagitario. El bebé. Las Sombras que vivían en Reina de la Muerte, uno de ellos debía saberlo. Se llaman a sí mismos Sombras. Aiolos de Sagitario. El ataque en el orfanato de la familia más adinerada de Japón. El Cangrejo. El Pez. La Cabra. Mitsumasa Kido dieciséis años atrás. Kanon...

—¿Qué? —se preguntó en voz alta. No supo por qué recordó algo así, después de todo debía estar más que muerto. Apoyó las manos en el trono y miró hacia la cortina, más allá; detrás de ella estaba la gigantesca estatua. Esa era Atenea, nadie más, estaba allí y solo él podía verla.

—Es solo una estatua, Atenea está en otro lado, imbécil —le susurró una voz, distinta esta vez, la reconocía desde su niñez.

—No. Esa es Atenea. Y este es mi trono, nadie lo merece más que yo. Y todos los demás están muertos, incluyendo Aiolos.

—No. Estás solo. No quisiste mi ayuda.

—Lo hice todo solo, ¡esa vez estaba solo!

—No, aquella vez no lo estabas, y todo se fue al diablo.

—¡Cállate! —gritó, tal vez demasiado fuerte.

 

—¿Alteza? ¿Todo bien? —preguntó alguien detrás de las gruesas puertas de oro. Conocía su voz, no era el que lo intentaba cambiar, ni el que lo insultaba, sino su guerrero más cercano.

—Aphrodite, adelante, todo está bien —dijo, poniéndole un tono de cansancio a su voz. No fue difícil.

—Lo oí gritar pero los guardias estaban en sus puestos. —El Santo de Oro ya tenía treinta y dos años pero seguía viéndose como de veinte, con su larga cabellera rubia y rizada, la sonrisa orgullosa, los ojos celestes cargados de energía. Vestía su Manto de Oro, era parecido a un montón de escamas doradas unidas y brillantes.

—Tuve una pesadilla, es bastante habitual últimamente.

—¿Quiere que traiga a Shaka para que lo evalúe?

—No, solo si es necesario. Cambiemos de tema, ¿qué te trae hasta aquí?

—Sí, Alteza, iré al grano. Señor, soy un Santo de Oro, parte de la élite del ejército de nuestra diosa pero confieso que fallé. Fallé en algo que nunca debí, y soy muy orgulloso como para dejarlo pasar. —Su cabello ocultaba uno de sus ojos y el otro estaba fijo en él—. Usted me envió hace cuatro días a ajusticiar a un grupo de rebeldes. Y...

Se detuvo titubeante.

—Continúa.

—Daidalos, Santo de Cefeo y Caph, ex Santo de Casiopea. Debía ejecutarlos con motivo de potencial traición.

—Las estrellas me lo dijeron, Aphrodite. Y recuerda que nunca atendían a los llamados al Santuario.

—Sí, lo sé, es usted admirable. Ni siquiera los Santos de Oro poseemos esa capacidad de predecir el destino, y sus palabras se comprobaron cuando ellos se defendieron en vez de aceptar el juicio, incluso renegando de la existencia de Atenea en mi propia cara. —Aphrodite bajó los ojos, su orgullo había sido maltratado—. El problema es, señor, que hoy en la mañana leí un mensaje del Cuervo de Plata firmado por usted. Decía que hay Santos traidores en Japón que rompieron sus votos, y que entre ellos estaba Andrómeda.

—Sí.

—Pensé... Creí haberlo castigado junto a los demás. Acepte mis disculpas, Alteza, no iré en contra de ninguna pena.

—No es necesario Aphrodite, recuerda lo que te he dicho. No eres Atenea, ninguno lo somos, ella está allí atrás velando por nosotros. Eres un humano, y como tal cometes errores. En particular este es un error muy menor, un Santo de Bronce no es ningún problema, y eliminaste decenas de potenciales amenazas rebeldes, sin mencionar a uno de los más poderosos Santos de Plata sobre la Tierra, uno de los Cuatro de Oro Blanco. Cygnus se encargará de limpiar esa mancha, y si falla, otros Santos lo harán en su lugar, no tienes de qué preocuparte.

—No tengo palabras para agradecer lo suficiente, Alteza. No sé qué decir. —El Pez Dorado bajó la cabeza humildemente.

Ahí está tu compañía, y por dentro te burlas de él dijo una voz, pero rápidamente la acalló. Estaba solo.

—Son las palabras de Atenea, recuerda eso siempre Aphrodite, yo no soy más que un humano. Pero si quieres agradecerme, hay una forma.

—La que sea, señor.

—Respóndeme algo. Hace dieciséis años trataste de detener al Traidor, ¿por qué no lo mataste?

—Por dos razones —contestó inmediatamente, le había hecho esa pregunta muchas veces durante esos años—, la primera es que él era muy experimentado y yo muy joven, era más fuerte que yo. La segunda es que llevaba a Atenea en sus brazos, cubierta por sus alas.

—Pero lanzaste esa rosa.

—Solo se puede utilizar contra alguien digno, y ya había usado las otras contra él en algunos entrenamientos.

—Pudo haberle alcanzado a ella.

—Algo imposible, con todo respeto, su Alteza —respondió con el orgullo alzándose de nuevo. El Sumo Sacerdote sonrió.

—Bien. Pero él logró noquearte y escapó con nuestra diosa. Entonces ¿cómo es que está allí atrás, a salvo?

—DeathMask lo debilitó un poco más y salvó al bebé, mientras que Shura terminó el trabajo asesinándolo.

—Exactamente, siempre debes recordar eso. Nosotros protegemos a Atenea con nuestra vida, y no importa si se requieran tres Santos de Oro, no es una mancha en el orgullo ni el honor, solo nuestro deber.

—Ahora lo convenciste, eres una rata traicionera, seguirás solo —le dijo la voz que lo insultaba, la que conocía desde niño.

«Aquella vez no estaba solo», recordó. Si lo hubiera previsto...

—No me lo preguntaba desde hace mucho tiempo, Alteza —dijo Aphrodite, completamente a su merced—. ¿Acaso es verdad ese rumor que corre entre las filas de los jóvenes Santos?

—Los rumores son solo eso, rumores. La verdad solo sale de mis labios porque Atenea es quien me la dice, ¿está claro?

—Sí, señor.

—Si lo que nos informó Algol es verdad, entonces desaparecieron muchas Sombras de Reina de la Muere y puede que estén en Japón... o en cualquier parte. Si llegan a encontrar a Sagittarius por medio de artes oscuras y demoníacas, habrá que recuperarlo con la fuerza pura y única de Atenea, solo hay que tener paciencia.

—Sí, Alteza.

—Bien. Regresa al Templo de los Peces.

 

«El Cisne. Mitsumasa Kido hace dieciséis años. La isla Reina de la Muerte quedó desierta, los sobrevivientes están en Japón. Aiolos de Sagitario se pudo haber llevado algo. ¿Dónde está el Manto de Sagitario? ¿Dónde está la Victoria? ¿Dónde está Atenea?» se preguntó finalmente y se llevó la mano al rostro. Comenzaron a caer las lágrimas por sus mejillas, el corazón le dolía.

—Ahora lloras, eres patético —le dijo una voz.

—Si tú no te hubieras metido...

—No. Tú y yo somos lo mismo. Estabas solo.

Aquella vez no estaba solo, como pensaba. Estaba Aiolos de Sagitario.

 

--

Muestro al segundo dorado, después de Aiolos, aunque ya había aparecido también en el Prólogo: Aphrodite de Piscis, pero aquí se le presenta adecuadamente.

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Y paso a dejar una imagen que me faltó, ya que la femme fatale de SS aparece con su armadura en el capítulo de Aiolia, durante la pelea de Dante y Seiya, así que aquí está. Debo decir que me encantó diseñar el casco.

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Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:03 .

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(by Placebo)


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Publicado 31 julio 2014 - 21:02

Muy bueno conocer un poco más del patriarca y su forma de manipular las cosas a su favor

Lo que no me queda claro es si la voz que resuena es la de su doble personalidad o la de su hermano gemelo?

¡Si una hembra te rechaza es por el bien de la evolución!

 

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