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El Mito del Santuario


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#101 T-800

T-800

    Miembro de honor

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Publicado 18 septiembre 2014 - 15:54

Shaina se puso celosa XD

 

por cierto en tu fic ,seiya seguira en la zona friend con saori o cambiaras eso


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 R.I.P      O. M  Tu querías que tu hijo creciera en

un mundo mejor,fuiste un buen padre


#102 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 18 septiembre 2014 - 20:50

Shaina se puso celosa XD

 

por cierto en tu fic ,seiya seguira en la zona friend con saori o cambiaras eso

¿Qué es peor que una mujer celosa que puede electrocutarte con un dedo? xD

 

Sobre la pregunta, lo único que puedo decir es que pienso hacer una Saori más "humana", no el robot hippie que me pareció siempre en el clásico.

 

 

SHUN VI

 

01:00 a.m. del 1º de Septiembre de 2013.

—¡Seiya! ¡Saori! —gritó, y vio una mujer de cabellos negros alejarse del lugar. En el camino se cruzaron con un Santo de Plata calvo que parecía un zombi, que no trató en ningún momento de combatir. En cambio, los que estaban cerca de Saori...

Se pusieron instintivamente en guardia cuando vieron al que parecía liderar ese escuadrón. Llevaba una larga capa blanca y un escudo muy extraño en el brazo izquierdo. Su Cosmos era increíble; aunque no había comenzado a pelear, se veía superior al de Mozes o Asterion.

—¡Shun! ¡June! —llamó Saori, y ellos corrieron hacia la mujer que una hora atrás les dijo que era Atenea. No importaba si era verdad, en todo caso, ya que estaba en problemas y su deber era ayudarla. Estaba cubierta de magulladuras y raspones, pero el que lucía realmente grave era Seiya, estaba sobre una cama de su propia sangre. Su Cosmos estaba muy débil, no parecía que despertaría pronto.

—¿Por qué está en estas condiciones? —preguntó June.

—Él me cubrió con su Cosmos para que no sufriera graves daños al caer pero no dejó casi nada para él, solo lo necesario para sobrevivir, y además acababa de pelear con un Santo de Plata.

—Si terminaron de hablar, les ha llegado la hora, niños de Bronce —dijo un Santo de Plata cuyo Manto tenía varios aros que se veían muy filosos. Tomó uno en su mano, dispuesto a lanzarlo, pero el líder lo detuvo con paciencia.

—Espera, Capella, no seas maleducado. Déjalos despedirse, no sabemos si se reencontrarán en el otro mundo.

—Pensé que serían más —dijo un Santo de Bronce con acento inglés que llevaba un yelmo que parecía cabeza de un delfín; lucía una sola hombrera en el lado derecho, y la falda caía por ese lado también, en tonos aguamarina. Tenía brillantes ojos azules y cabello rubio muy corto.

—No importa cuántos ni quienes sean, los que desobedecieron las órdenes del Sumo Sacerdote deben morir —dijo una mujer de cabello castaño y ojos negros con una armadura rojiza de hombreras curvas y falda elegante; su yelmo tenía una larga punta que asemejaba un pico.

—Dos Santos de Plata y tres de Bronce contra dos muchachos de Bronce recién certificados con sus Mantos, una muchacha indefensa, y un niño cubierto de sangre —dijo un tercero, robusto y lleno de cicatrices en el rostro, llevaba una hoz en la mano del mismo color anaranjado de su Manto Sagrado, se veía muy afilada—. ¿Está seguro que el Sumo Sacerdote le teme tanto a estos, señor Algol?

—Sí. Concéntrense, chicos, sientan el flujo del Cosmos moverse. Los demás están a punto de llegar.

—¿Te llamas Algol, cierto? —preguntó Shun, sintió que era momento de explicar las cosas. El Cosmos que percibió en Saori no dejaba lugar a dudas, ¿para qué iba a cuestionarse más?—. Sé que será difícil de creer pero el Santuario está dirigido por un ser malvado, alguien que vela solo por sus propios fines egoístas. La muchacha que ven aquí es la diosa Atenea reencarnada en la Tierra.

—¡Ja, ja, ja, ja! Niño tonto, Atenea está en el Santuario —dijo el tal Capella, instantes antes de lanzar uno de sus discos a altísima velocidad directo a su cuello.

—¡Shun! —oyó gritar a Saori y June al mismo tiempo.

El aro aterrizó a pocos centímetros de sus pies girando muy lentamente, cubierto por una fina capa de escarcha.

—¿¡Qué!? ¡Yo nunca fallo!

—Mira bien, Capella. —Algol apuntó con el dedo hacia atrás. Al voltearse, se encontró con tres de sus compañeros. Justo a tiempo.

—Entonces hoy comenzaremos a hacer historia —dijo Hyoga con su típica voz fría y determinada.

—¡Nadie lastimará a la señorita Saori mientras yo esté aquí! —exclamó Jabu, ubicándose cerca de ella.

—Digan sus nombres, los de aquellos que caerán ante las garras del gran Santo de Hydra. —Ichi llegó moviéndose como una serpiente.

—Ahora se pone más interesante. ¡Algol de Perseo!, líder del escuadrón cuya misión es asesinar a los Santos rebeldes y a la que parece se cree la diosa Atenea.

—Capella de Auriga. —El Cochero sacó dos discos más, y lo miró.

—Venator de Delfín. —El Santo de Bronce rubio caminó lentamente hacia el Unicornio, quien concentró de inmediato su Cosmos en las piernas, avanzando para que la pelea no afectara a Saori.

—Gliese de Tucán. —La chica no se movió, pues June ya estaba a metros de ella. A diferencia de los demás, ella no tendría limitaciones para pelear con una mujer, y su látigo estaba preparado.

—Izar de Boyero. —El grandulón pasó la lengua por su hoz, e Ichi sacó las garras de sus guanteletes sonriendo como un bufón.

—Eso nos deja a mí y a ti, ¿cierto, Cisne? —Algol se quitó la capa, una señal de que no estaba subestimando a su contrincante.

—Esta va a ser una pelea muy desagradable si vas a seguir hablando.

—Lo siento. Es que tú mataste a Babel, uno de mis hermanos de batalla. Tengo muchas ganas de tomar tu vida, tal vez más que las de cumplir mis órdenes. —Algol no sonreía, se mantenía excesivamente tranquilo y confiado. Shun vio una lluvia de nieve soplar fuertemente, y alcanzó con dificultad a esquivar un disco poco después.

 

De repente, no pudo encontrar a  sus compañeros con la mirada, el Cisne había puesto una cortina de hielo que los separaba y ocultaba. Un movimiento inteligente puesto que así, si uno de ellos perdía, el contrincante no sabría el estilo de combate que tendría el nuevo rival.

—¡Muchacho, pon atención aquí! —Capella dio un gran salto. Un par de aros cortantes salió de sus manos y Shun los golpeó fuertemente con las cadenas. No sabía si aguantarían, después de todo eran de Bronce y los discos de Plata, pero se alivió al saber que las cadenas, aunque recibiendo algunas fisuras, no se rompieron, y lograron desviar el camino de los discos.

“El poder de las cadenas es dependiente del Cosmos de su portador”.

Las palabras de Daidalos hicieron eco en su cabeza. Encendió su energía de golpe, cerrando los ojos, al mismo tiempo que oía lo que ocurría a su alrededor. Jabu maldecía, pero una de sus patadas parecía haber hecho efecto ya que el Delfín gritaba de dolor; no podía distinguir qué sucedía entre las chicas; Ichi lamentaba que se le habían roto las uñas, pero la voz de Izar manifestaba que o había perdido la hoz, o se la habían destruido. La pelea entre Hyoga y Algol era en un absoluto silencio, aunque sentía los movimientos del Cosmos producidos por el intercambio de golpes.

Al mismo tiempo dos aros más iban hacia él, lo sabía, escuchaba el silbido de sus giros, el cambio en el viento, el sabor de la angustia. Su concentración debía aumentar. Se movió unos centímetros a la izquierda, pero una de sus hombreras voló en pedazos como si fuera solo un montón de arena.

«¡Rayos!». Debía enfocarse más... No pensar en los otros y sus batallas, ni siquiera en la revelación de Atenea.

 

—¿¡Cuánto más crees que aguantarás, Andrómeda!? Mis discos no son solo dos, y tampoco son algo que subestimar, ¡por algo son Discos Cortantes![1]

Capella no podía acercarse a sabiendas del poder de las cadenas, así que debía enfocarse en su estilo de lucha a larga distancia... Pero ya no podía percibir solo un par de platos voladores... sino que muchos. Volaban en todas direcciones, chocaban entre sí y cambiaban de ruta, volaban a su alrededor como murciélagos, Shun no sabía a dónde moverse.

—Cadenas, ayúdenme. Ikki...

No. Había algo extraño...

«Debo concentrarme y agudizar el oído. Si abro los ojos me perderé...»

Por la cantidad de discos que volaban y chocaban por todas partes, en los pocos segundos que habían pasado ya alguno debía haberlo rebanado como mantequilla. Por estadística. Los Discos Cortantes parecían estar imantados, por eso siempre volvían a aparecer en las manos de Capella; sin embargo, los de ahora solo parecían volar, las cadenas no sentían una gran fuerza magnética. Se enfocó en el movimiento, dejó a un lado el ruido de los impactos...

—¡Parece que ya te resignaste! Como quieras. En nombre del Santuario, serás asesinado de manera rápida y poco dolorosa.

«No son reales, solo dirige con su Cosmos un par de ellos... ¿Dónde están esos?». El aire cambió bruscamente, las cadenas dieron un pequeño choque eléctrico a sus manos y abrió los ojos.

 

«Lo siento mucho».

Vio decenas, cientos de discos volando como ráfagas o moscas en todas direcciones, pero solo dos de ellos importaban. Iban hacia él, mezclándose entre la multitud de anillos filosos, pero ya los había identificado. La Cadena Nebular resonó, las extensiones de sus brazos atravesaron los discos a toda potencia, se multiplicaron y pasaron entre medio de los demás aros.

Capella dio un grito feroz poco después.

A la vez que sus sentidos volvían a la normalidad, las ilusiones se esfumaron y el Santo de Auriga cayó muerto boca abajo. Se percató que tal vez sí fueron más de dos discos, ya que su armadura había sufrido severos cortes y algunas piezas se habían hecho polvo, pero no se dio cuenta ya que se enfocó en los que Capella tenía en la mano. ¿Había tenido suerte o las cadenas lo habían salvado por voluntad propia? No quería descubrirlo.

Con respecto a lo que ocurría a su lado, ya no había mucho ruido de batalla, parecía que todo se calmaba. La cortina de nieve se desvaneció muy bruscamente, y pudo ver a sus compañeros otra vez a pesar de la oscuridad: Saori seguía de rodillas con Seiya en brazos, quien no paraba de derramar sangre en el suelo pedregoso. En el suelo había dos Santos de Bronce vencidos pero no muertos, a quienes Jabu y June les perdonaron la vida; el Galope y el Látigo Mimético habían derrotado a Delfín y Tucán, pero el Boyero no había corrido con la misma suerte. El gigantón estaba envenenado a los pies del Santo de Hidra, quien se tambaleaba visiblemente agotado. Ninguno de sus tres compañeros estaba en condiciones de seguir peleando, June ni siquiera podía mantenerse en pie.

Shun no supo a quién ayudar primero, hasta que se topó con algo que lo horrorizó violentamente y lo paralizó. En el escenario de la batalla principal al centro de la cortina, Algol contemplaba con serenidad una estatua de piedra frente a él. La gris escultura representaba a un hombre con yelmo alado, un escudo en el brazo levantado y una falda de plumas de cisne.

«Imposible».

Saori lanzó un grito y Jabu una fuerte maldición. No sabían cómo, pero el Cisne se había convertido en una estatua de piedra. Estaba totalmente inmóvil, su frío Cosmos se había desvanecido.

—¿Q-qué has hecho? —preguntó Shun, incapaz de comprender nada.

Jabu se arrastró con dificultad hacia Saori, sin dejar de mirar al Santo de Plata que todavía les daba la espalda.

—Mataste a Capella. A cuántos más... —Algol se giró lentamente, su mirada estaba llena de una furia calma, una tristeza profunda, un mar de fuego—. ¿A cuántos más de mis hermanos van a asesinar?

—¡Ustedes nos atacaron primero! —gruñó Ichi, sangrando del pecho. Tenía una herida muy profunda, la hoz se había incrustado con fuerza y había roto el peto de Hydra. No parecía que sus garras surgirían otra vez.

—No es necesario seguir peleando, ya ha habido muchas pérdidas —sollozó Saori, sin soltar a Seiya—. Por favor, Algol de Perseo, hay que detener esto.

—El mito de la bestia con cabellos de serpiente y la estrella principal de mi constelación, unidos con el fin de vengar a mis compañeros. Prueben la Cabeza Demoníaca de la Gorgona[2].

Algol desapareció. En su lugar, un sinfín de verdes serpientes surgió de bajo las piedras y la arena, subiendo velozmente por los cuerpos de Shun y los demás, como bestias subterráneas y hambrientas.

—¿¡Qué es esto!? —gritó Jabu, protegiendo a Saori con sus brazos.

—¿Acaso es una ilusión? —preguntó June golpeando las serpientes con su látigo, pero siempre había dos más en lugar de la que caía al suelo.

No tenían término, eran infinitas.

—Sí, debe ser eso, un truco... pero... ¡Ah! —Una de las serpientes lo mordió, sintió el dolor, y otra se le enrolló en el cuello.

—Por los dioses, ¡odio las serpientes! —exclamó Ichi.

—¡Shun, cuidado! —Esa fue la voz de alerta de Saori Kido. Shun se percató muy tarde que Algol descendía desde el cielo con todo su Cosmos concentrado en el pie derecho, aprovechando la inmovilidad que habían creado las serpientes. Sería tan potente que se seguro destruiría más que al Manto de Andrómeda.

 

Alguien lo sujetó con brazos de hierro, y lo hizo a un lado justo a tiempo. Una explosión se manifestó en el punto donde Algol aterrizó con todas sus fuerzas.

—Chicos, llévense a Seiya a la mansión, su vida se desvanece —dijo quien lo rescató con una velocidad impresionante.

—Eres... ¡eres tú!

—¡Shiryu! —exclamó Saori con alegría evidente.

El Santo de Dragón se veía en casi perfectas condiciones a pesar de todo lo que había dicho Kiki. Su escudo esmeralda había incrementado su tamaño y brillaba más que nunca; la triple protección del brazo izquierdo tenía más grosor, y la hombrera simple del lado derecho se había duplicado. En sí, Draco se veía el doble o de robusto y firme. Sin embargo, la piel de Shiryu tenía un color un poco apagado.

—Pero Shiryu, acabas de regresar de la muerte, no podemos...

—Les dije que se fueran, están en pésimas condiciones. Me encargaré de esto yo mismo, preocúpense de Seiya. —Los ojos de Shiryu se veían llenos de vida nueva.

—E-está bien. Vámonos, señorita Saori. —Jabu levantó a Saori, e Hidra puso sobre su hombro el cuerpo debilitado de Pegaso.

—Contamos contigo, Shiryu.

—¡No irán a ninguna parte! —Algol desapareció nuevamente.

Shun lo vio convertido en un proyectil dirigido hacia Ichi y Seiya. La cadena sería más veloz que él o Shiryu, así que la arrojó con fuerza...

Algol se detuvo en el aire y sonrió con aires de triunfo.

—¡Oh no! —gritó Shiryu.

—¡¡¡Shun!!! —grito June.

La cadena chocó contra el escudo cuya figura en relieve, un rostro de mujer con cabellos de serpiente, abría los ojos de piedra, tan grises como los del mismo Algol. Lo miraba directamente a él. Sintió como la lengua se le secaba, la visión se nublaba y los músculos se...


[1] Ripping Saucer en inglés.

[2] Ra’s Al-Ghul Gorgoneion en árabe.

 

 

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Algol, quien ya había salido en el primer capítulo de Shaina, pero sin armadura.

Y, por cierto, antes que alguien pregunte, no usé a Dante aquí porque es otro personaje, el discípulo de Shaina de los primeros capítulos.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:20 .

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#103 carloslibra82

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Publicado 18 septiembre 2014 - 23:49

Otra cosa q has hecho mejor q en el clásico: aquí los caballeros de plata se comportan como caballeros de honor, q se preocupan por sus camaradas, y q realmente creen q atenea está en el Santuario, pero en la serie parecían matones sin sentimientos. Felicitaciones, Felipe, sigue así!!



#104 T-800

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Publicado 19 septiembre 2014 - 16:11

estuvo increíble la batalla contra uno de los plateados mas poderosos del clasico

 

 

esperando el próximo capitulo


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#105 -Felipe-

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Publicado 20 septiembre 2014 - 12:44

Otra cosa q has hecho mejor q en el clásico: aquí los caballeros de plata se comportan como caballeros de honor, q se preocupan por sus camaradas, y q realmente creen q atenea está en el Santuario, pero en la serie parecían matones sin sentimientos. Felicitaciones, Felipe, sigue así!!

Muchas gracias, estos comentarios me hacen esforzarme más. Fue un gusto darles un poco de personalidad a los Platas.

 

estuvo increíble la batalla contra uno de los plateados mas poderosos del clasico

 

 

esperando el próximo capitulo

Muchas gracias, concuerdo en el poderío de Algol en el clásico, quise plasmarlo en el fic también.

 

SHIRYU V

 

01:40 a.m. del 1º de Septiembre de 2013.

Shiryu les gritó que siguieran corriendo. June se detuvo unos instantes pero les dio la orden con tanta fuerza y desesperación que ni ella intentó darse la vuelta. No había que mirar atrás, ellos lo sabían, solo les quedaba confiar en él. Lo mismo Hyoga y Shun, convertidos en piedra por la magia de Algol, cuyos cabellos dorados se mecían por el viento que corría al interior de esa meseta entre montañas, pero su confianza era imperturbable.

—¿Por qué te quedaste? ¡Dragón! —preguntó el Santo de Plata aún con el escudo en alto—. Sufrirás el mismo destino que tus amigos.

—Por dos razones —contestó sin dudar—. Primero, si hubiera ido con ellos todos habríamos sido blancos fáciles para un ataque tuyo. Segundo, porque debo salvar a Shun y Hyoga.

—¿Salvarlos? Ellos ya están muertos, Dragón, se han convertido en piedra, ¿no los ves? —Se acercó hacia la estatua de Shun, paralizado en la pose de cuando arrojó la cadena—. Basta con que le dé un empujón para que se haga pedazos.

—No lo intentes.

Se arrojó con el Dragón Volador hacia Perseo, quien lo esquivó con muchísima facilidad. Shiryu se volteó y lo encontró de pie sobre una roca alta después de moverse con su grandiosa velocidad a pesar de los fuertes vientos que para un Santo de Plata era poco más que una brisa.

Si mataba al Santo de ojos grises, o al menos destruía su poderoso escudo, los devolvería a la normalidad, estaba seguro de ello. Siguió a su contrincante con puños y patadas, pero Algol siempre lograba evadirlo retrocediendo con saltos simples y una mirada despreocupada. ¿Estaba también entrenado en artes marciales o era solo mucho más hábil que él?

Encima de un pequeño monte, Algol se detuvo y levantó el brazo izquierdo con una repentina y desconcertante sonrisa. Shiryu dirigió su golpe a la coraza hasta que un súbito pensamiento le hizo levantar su propio brazo zurdo. El Dragón Eterno. El golpe no le hizo ni una sola grieta al rostro con cabellos de serpiente incrustado en el escudo, y luego la Gorgona abrió los ojos lentamente, pero Shiryu ya se había protegido por el escudo de jade.

—Vaya, muy astuto, Dragón —le oyó decir.

—Si hubiera tardado un poco más en darme cuenta me habría convertido en piedra igual que ellos, pero Hyoga me salvó —explicó con ojos cerrados, cubriéndose el rostro con el escudo del Dragón.

—¿Hyoga? ¿Te refieres a Cygnus? —Shiryu alcanzó a divisar bajo el escudo como Algol bajó el brazo izquierdo, así que lo imitó.

—Sí. Hay escarcha en ese escudo.

—El famoso Polvo de Diamantes de los Santos de hielo no consiguió hacerle el menor daño a Medusa.

—Pero me mostró la forma en que funciona. Mi maestro me dijo una vez que hay Santos entre los Ochenta y Ocho con técnicas fantásticas, fuera de lo normal, algunas llegando a ser letales de un solo golpe, como si fueran de dioses. Pero para utilizarlas se requiere de un pago a cambio: una condición.

—Je. Así es. —Algol sonrió con cierta simpatía, como si fueran pocos los que descubrían el secreto—. Un juramento al corazón y el alma para usar una técnica sin igual, eso se da más entre los Santos de Oro, pero yo soy una excepción.

—Sí. Para que Medusa se active, para que puedas usar su poder casi divino de convertir a cualquiera en piedra, primero el escudo debe ser golpeado con una fuerza que no logre romperlo. Esa es la condición para que abra los ojos.

 

Recordó el mito de Perseo. El héroe le cortó la cabeza a Medusa usando un escudo como reflejo para no mirarla directamente a los ojos; y cuando tuvo el rostro serpentino en sus manos, lo utilizó para convertir al monstruo Ceto en piedra, y así salvar a la princesa Andrómeda.

—Tú debes ser el discípulo de legendario Dohko. Creo que serás un digno rival, admito que me entusiasma.

—El poder de Medusa no funcionó con el escudo de Draco, creo que tengo la ventaja. ¡Ahora prueba el rugido del dragón que asciende hasta los cielos!

El Dragón Ascendente, su mejor técnica, la cual hacía hervir su sangre a la inversa; pero que por el contrario, hacía que un golpe recibido en una zona vital del cuerpo fuera fatal incluso con la armadura puesta. Después de luchar contra los Dragones Negros había aprendido a controlarla mejor, su sangre ya no hervía tanto como antes. Con un potente gancho derecho hizo volar a Algol con la mandíbula probablemente desquebrajada. O eso pensó.

No tenía cómo fallar, pero evidentemente algo salió mal. Algol aterrizó sin una mueca de dolor y nada más que un poco de sangre en la barbilla.

—¿¡Pero qué...!?

—De esa forma nunca ganarás, Dragón.

—Estoy seguro que conecté el Dragón Ascendente con toda mi fuerza. Será que...

—La mitad de eso puede ser cierto. Sí utilizaste toda tu fuerza, pero en un golpe desperdiciado. Fue como construir una bomba nuclear de poder demoledor para lanzarla en una isla deshabitada. Inconscientemente me golpeaste intentando alejar tu mirada de Medusa, ya que sabes que el efecto aún no termina; eso provocó que no me dieras con toda la fuerza que reuniste.

—Sí, tuve esa suposición. El efecto del golpe recibido a Medusa no acabará hasta que termine convirtiendo al agresor en piedra, ¿verdad?

—Como dije, un poder cuasi divino conlleva una condición. Atenea creó este escudo con el objetivo de que fuera un arma de asistencia, defensa y ataque durante una guerra. La máxima baza de los Santos de Plata.

 

Shiryu levantó rápidamente el escudo esmeralda para bloquear la patada sorpresiva de Algol, tan fuerte que su respiración se agitó con brusquedad. No pudo recuperar el aire ya que otra patada le siguió, luego un puñetazo, y más golpes sucesivos. El Santo de Perseo tenía una fuerza tremenda, lo podía sentir; si no fuera por el escudo de Draco reforzado por Muu, estaría en pésimas condiciones con solo recibir uno de esos ataques.

Si no iba a poder solo con fuerza, entonces debía utilizar el cerebro para vencerlo. Dio vuelta el escudo de Draco para que sirviera como espejo, la superficie totalmente pulida la ayudaría a mirar directamente a su rival sin ser afectado por el poder de Medusa. Se volteó para observar el reflejo, y vio a Perseo correr hacia él... hasta que desapareció.

Inmediatamente después, una centena de serpientes comenzaron a subir por sus piernas. Algunas le mordieron los brazos, pudo sentir su superficie escamosa y sus colmillos afilados penetrando en su piel; otras se enrollaron alrededor de su cuello y lo asfixiaron poco a poco. «Es una ilusión... pero es tan potente que mis sentidos han sido engañados. De verdad no puedo moverme».

La patada que poco después recibió en la espalda fue tan dolorosa que le hizo gritar, sintió que le quebró algunas vértebras. Un sabor nauseabundo se agolpó en sus labios y comenzó a sangrar. Cayó de rodillas incapaz de mantener el equilibrio, le temblaban las piernas. Si no hubiera sido por la protección de Draco, ese ataque lo habría partido en dos mitades.

—Esa es la Cabeza Demoníaca de la Gorgona. Trataste de usar el truco del héroe de la mitología, ¿pero creíste de verdad que yo, el Santo de Perseo, no conocería esa historia? —Lo miró desde arriba como un dios a una cucaracha, con Medusa lista para abrir los ojos, deseosa de convertir en piedra a una víctima tan esquiva.

 

«Tiene razón, cometí un error estúpido, obviamente él conocía la leyenda. Dio un veloz salto para escaparse del reflejo de mi escudo, y luego me atacó desde el cielo. Fui un tonto».

—Lamento subestimarte, no cometeré el mismo error otra vez. —Aunque le costó, se puso en pie nuevamente, pero apenas sentía la espalda y las piernas.

—Tienes un gran honor, Dragón, y fuiste un buen contrincante, pero debo acabar con tu vida. Por ellos.

—¿Ellos?

—Misty, Babel, Mozes, Capella... Todos ellos murieron cumpliendo con su deber, pero no por eso me voy a quedar con los brazos cruzados sin vengar a mis compañeros, a mis hermanos de Plata.

Ellos atacaron a los Santos de Bronce, no al revés. Mis amigos se defendieron y ganaron en una batalla justa, con todas las de la ley.

—Lo sé. El corazón humano es algo muy raro, ¿no es así? No obedece a la razón. —Algol suspiró con fuerza, como si se sacara un peso de encima—. Soy consciente de que fueron batallas legales, sin trampas ni ayudas externas, y que tus compañeros ganaron con justicia; pero por otro lado, mi alma desea la venganza y tú serás la víctima de mi anhelo. —Era un hombre con orgullo y honor que, por más erróneo que pudiese parecer, le agradaba como contrincante. Peleaba uno contra uno y respetaba a su oponente, era un digno Santo de Atenea.

—Lo comprendo perfectamente, pues es el valor de la amistad por el cual seguiré luchando para salvar a Shun y Hyoga.

—Pero de seguro también entiendes que no tienes más oportunidades, ¿no? Tu espalda está rota y usar el escudo te ayudará a defenderte, claro, pero no podrás atacarme por temor a Medusa. Sabes que tarde o temprano será mi victoria.

—Lo sé. Por eso he decidido no ocultarme más tras mi escudo. Te atacaré de frente. —Se rasgó el pantalón a la altura de la rodilla temblorosa y se ató la tela morada alrededor de la cabeza cubriendo sus ojos.

Dio un salto hacia atrás preparado para luchar, pero debía agudizar su oído y olfato, para eso los dioses les habían dado tantos sentidos a los humanos.

—Astuto. Muy bien, Dragón. Pero lamentablemente una fina venda no es rival para Medusa.

En la oscuridad, guiado por sus demás sentidos, Shiryu vio dos luces violetas surgiendo como el sol después de un eclipse. La venda se rasgó en pedazos, tuvo que desviar la mirada hacia abajo para no caer en el hechizo, y se encontró con un cuerpo mitad carne y mitad piedra.

—¿¡Qué es esto!? —desde el cuello hacia abajo, como si fuera cruzado por una línea vertical imaginaria, la fracción izquierda de su cuerpo había sido convertida totalmente en fría y gris roca, incluyendo el fantástico escudo. No era capaz de mover ni siquiera los dedos de la mano izquierda, no los sentía. Era como si sufriera el síndrome del miembro fantasma.

—No importa si los cierras o los cubres, el poder de Medusa reacciona ante la presencia de la retina. Solo tu escudo podía bloquearlo y ahora se ha vuelto una pieza inútil, así como todo tu lado izquierdo. No importa qué intentes, la Gorgona siempre logra al menos una parte de su objetivo.

—Si ya convirtió en piedra parte de mi cuerpo significa que el efecto pasó. Para que Medusa abra nuevamente los ojos tiene que recibir otro golpe, ¿no es así?

—Es correcto, pero digamos que Medusa está algo sensible ahora. Cuando ataques (no importa cómo), me defenderé con el escudo y la Gorgona reaccionará abriendo los ojos de inmediato. Y no podrás moverte para esquivarlo, ya que la mitad de tu cuerpo está inmóvil.

«Apenas golpee a Algol me convertiré en una estatua de piedra, tal como Shun y Hyoga. No podré salvarlos ni defenderme con mi cuerpo inutilizado. No puedo creer que fallara, ¡daría cualquier cosa por devolverles la vida, amigos! Pero no puedo..., no mientras mis ojos se enfrenten a la Gor...»

 

—Eso es —musitó.

—¿Qué pasa, Dragón, decidiste rendirte? Si lo haces te daré una muerte totalmente indolora, ya que fuiste  un oponente que me enorgulleció enfrentar. Eres digno de ponerte al nivel de un Santo de Plata, y por eso llevaré tu cadáver personalmente a tu hogar para enterrarte, lo juro. —Shiryu alcanzó a ver como Algol levantaba el brazo antes de girarse y darle la espalda—. ¿Qué haces?

—Lo que sea. Haré lo que sea para salvar a mis amigos —Abrió la mano que aún funcionaba y tensó los dedos índice y corazón.

—¿No irás a...? —Por primera vez el tono de voz del hombre con el Manto de Perseus se quebró. Sintió su temor.

—Con esto será suficiente. Ahora sí voy a vencerte, Algol.

Dirigió su brazo hacia su rostro con la violencia necesaria, y sus dedos chocaron con una superficie que no pudo oponer demasiada resistencia. Su grito se lo llevó el viento, y la noche nunca fue tan oscura.

 Jamás sintió un dolor tan profundo como ese en toda su vida, fue peor que cualquier entrenamiento del venerado maestro, cuyo rostro no podía imaginar viendo esa escena, no podría adivinar su reacción. Pero había algo que de cierta manera lo aliviaba. Los rescataría, ya no había nada que se lo impidiera.

 

Encendió su Cosmos al máximo nivel y se volteó.

—No puedo creer que tú te... cegaras voluntariamente. ¿Acaso estás loco?

—Como dije, haría cualquier cosa por mis amigos. Creí que serías capaz de entender eso, Algol.

—La sangre no para de correr desde tus cuencas heridas, Dragón, pero tu Cosmos crece más y más. ¿Eso es lo que querías lograr? Neutralizaste el poder de Medusa, y ahora piensas derrotarme.

—Así es —respondió. Dolía, y mucho, pero ya no había vuelta atrás, tenía confianza en que sería capaz de lograr un milagro a costa de sus ojos y la sangre que había recuperado después de entregarla en Jamir.

“El sacrificio. Dar incluso la vida por otros es algo honorable, algo que se debe admirar pero... también es muy triste, Shiryu” le dijo una vez su maestro. Ya no volvería a verlo, ni tampoco a Genbu, a Seiya, Shun, ni a Saori.

Ni a Shunrei. Su largo cabello negro, sus ojos azulados llenos de pureza, sus dulces labios siempre dispuestos a sonreír. No volvería a ver nada de eso nunca más, pero sentía su corazón libre de arrepentimiento.

—Parece que me subestimas, Dragón. ¿Crees que solo dependo de Medusa? También tengo mi Cosmos, ¡soy el Santo de Perseo! —Lo oyó correr hacia él a toda velocidad, percibió su esencia cargada de energía y sintió su Cosmos abarcando el lugar rocoso donde combatirían, donde se darían su último golpe.

 

La Cabeza Demoníaca de Gorgona ya no funcionaría sin las ilusiones previas de las serpientes, y Medusa estaba fuera de combate. Solo restaba poner todo su poder en el puño derecho para acabar con Algol. Había sacrificado la capacidad de ver a sus amigos nuevamente, sus compañeros, y a su querida Shunrei para ello. ¿Valía la pena perder tanto para cumplir ese objetivo, incluso con el riesgo de que no fuera lo suficientemente fuerte como para destruir la coraza de piedra?

—¡Por supuesto que sí! —Lanzó con todas sus fuerzas el Dragón Ascendente.

Pasó a través de un frío muro de oricalco con relieve, y su puño continuó su rumbo hasta atravesar una segunda barrera, una de carne y huesos. Sintió y olió la sangre ajena cubrir su brazo derecho junto a las piezas de oricalco que caían como una suave lluvia sobre la tierra rocosa. También escuchó el quejido de dolor, y las pulsaciones del corazón vibraron junto a sus músculos.

—M-muy bien hecho, Dragón... No. Muy b-bien hecho, Shiryu. E-ese es tu nombre, l-lo recordaré incluso tras la muerte. Al parecer l-la verdadera diosa sí está de tu lado, j-joven Santo de Bronce.

 

Lo oyó caer sobre el suelo como el cadáver de un gigante. Algunas piezas de metal aterrizaron en sus pies aun temblorosos. Sintió ambos. Pero no volvió a percibir el gran Cosmos de Plata de su rival.

Le prometió a su alma que lo visitaría siempre en el cementerio del Santuario cuando lo liberaran del mal que también lo había engañado. Inhaló profundamente y con calma, y exhaló con fuerza. Obtuvo la victoria.

 

—¿Shiryu? —Esa era la voz de Shun.

—¿Has vencido a Perseo? Admito que es increíble. —Y Hyoga.

Una gran alegría inundó su corazón. Los había salvado, sus amigos estaban vivos. Se tambaleó y casi cayó de rodillas; aún tenía la espalda quebrada y las piernas débiles, pero sus compañeros lo sostuvieron con firmeza.

—Shiryu, muchas gracias. Parece que tuviste una dura pelea; toma mi mano, volveremos a la mansión para que descanses.

—Tus ojos... —murmuró Hyoga.

No importaba, ellos estaban bien. Trató de alcanzar los dedos de Shun con su mano izquierda, ya de carne y hueso de nuevo.

—¿Qué pasa, Shiryu? ¿Por qué no puedes...?

—Por todos los dioses.

—¿Por qué dices eso, Hyoga? Shiryu... Oh no.

—Para destruir el escudo de Medusa y salvarnos... ¿diste tu propia vista? —preguntó el Cisne con un temblor en la voz para nada común en él.

—¿Qué? ¡Shiryu! Pero... ¿¡Por qué!? —Las lágrimas de Andrómeda le cayeron sobre el brazo, sintió la calidez de su amistad.

—Tranquilo, Shun. Y aún tengo mis otros sentidos, Hyoga, lo importante es que estamos los tres vivos.

—Shun, hay que llevarlo rápido a la mansión, démonos prisa antes que más Santos de Platos lleguen.

—S-sí. Sujétate bien, Shiryu —respondió Shun con la voz quebrada.

Eran buenos compañeros. Por más que lo pensara, no encontraba motivo alguno para no dar la vida por ellos.

 

*****

Lloren :D


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:20 .

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Publicado 20 septiembre 2014 - 16:47

creo que este es uno de los capítulos mas emblemáticos del casico

y tu supiste plasmarlo en letras felicitaciones

 

aunque  eso de la comparación de construir una bomba nuclear de poder demoledor, capaz de acabar con un país, y lanzarla en una isla deshabitada.fue un poco extraño teniendo en cuenta que quien lo dice es un plateado XD

 

De todas formas este es un fic que mejora cada vez mas

 

esperando el proximo capitulo


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Publicado 20 septiembre 2014 - 22:53

Q capítulo más estremecedor. De verdad, te aplaudo de todo corazón, llegué a emocionarme mucho. Y este Algol es como uno esperaría q fuese un caballero de honor de Atenea. Genial, Felipe, sigue así, felicitaciones!!!



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Publicado 21 septiembre 2014 - 13:34

creo que este es uno de los capítulos mas emblemáticos del casico

y tu supiste plasmarlo en letras felicitaciones

 

aunque  eso de la comparación de construir una bomba nuclear de poder demoledor, capaz de acabar con un país, y lanzarla en una isla deshabitada.fue un poco extraño teniendo en cuenta que quien lo dice es un plateado XD

 

De todas formas este es un fic que mejora cada vez mas

 

esperando el proximo capitulo

Sí, la verdad dudé mucho de escribir esa línea, incluso el texto estuvo sin ella mucho rato, pero al final la agregué para graficar la falla del shoryuha. Y gracias, es lindo escribir momentos como la famosa pelea dragon vs perseo.

 

Q capítulo más estremecedor. De verdad, te aplaudo de todo corazón, llegué a emocionarme mucho. Y este Algol es como uno esperaría q fuese un caballero de honor de Atenea. Genial, Felipe, sigue así, felicitaciones!!!

Muchas muchas muchas gracias.

 

SHAINA IV

 

10:30 a.m. del 2 de Septiembre de 2013.

Había estado vigilando todo el día con su Cosmos oculto desde un árbol cercano, en medio de las sombras que otorgaba el follaje. A través de la ventana abierta del hospital de la fundación Graude, podía contemplar al joven que se había escapado de sus garras nuevamente, que seguía ocasionando problemas tanto en la batalla como en su alma atormentada, por su valentía, su audacia y su rebeldía.

Aunque sus quejidos tenían poco de eso.

—¡Ay, Miho, eso duele! ¡Dueleeeee!

—Si no paras de moverte y quejarte, no podré ponerte bien esta venda —dijo una chiquilla vestida con un delantal, como una profesora de párvulos. No sabía quién demonios era, pero parecía muy cercana a Seiya—. Solo harás que te duela más.

—Je, je, je —soltó una risita el Santo de Andrómeda, cerca de ellos.

—Pero es que no tienes ni una pizca de suavidad, ¡qué poco femenina!

—¿Qué dijiste?

—¡¡¡Ay, ay, no, para por favor, me dueeeele!!!

—¡Ja, ja, ja, ja!

—¡Deja de reírte, Shun! ¡Ay! Y todo esto por salvar a Saori, no me importa si es Atenea o no, ¡no vale tanto dolor!

 

Así es, lo recordaba. Cómo se habían mirado con ojitos de borrego a punto de ser sacrificado, como final de película romántica. Se lanzaron al vacío sin importar las consecuencias, y Seiya se había convertido en una estrella fugaz en medio de la noche.

Pero si esa mujer, Saori Kido, era realmente Atenea como pensaba Seiya, entonces había sido lo correcto dar la vida por la diosa de la guerra. Pero era tan tonto pensar que era ella... «Aunque ese Cosmos que mostró ante Jamian...» El Cuervo no había vuelto a aparecerse por ningún lado, se lo había tragado la tierra, el impacto ante esa energía debió haber sido horripilante para él. O quizás era lo natural, una reacción comprensible ante el Cosmos de una diosa.

—¿Recuerdas lo que dijo Marin en la playa, Seiya? “Protejan a Atenea”. ¿No tendrá que ver con esta Atenea, la dueña de este hospital? —dijo Andrómeda.

—Admito que es posible, pero tal vez estamos adaptando los hechos a nuestra conveniencia para confirmar una teoría, ¿no lo crees?

—¿Estás usando la cabeza, Seiya? Ahora entiendo por qué el doctor dijo que estabas tan mal, je, je —se burló la mocosa de las trenzas.

—Muy gracioso..., y Shun, eh... ¿Cómo está Shiryu?

Dragón había sacrificado sus ojos para vencer a Algol y salvar a sus amigos de la prisión de piedra en que se encontraban. No comprendía cómo podía el Santo de Perseo estar muerto, pero ya los guardias lo habían enterrado en el cementerio.

—Volvió a China, su novia lo vino a buscar acá. La pobre se puso a llorar a mares apenas lo vio, pero él... bueno, ya lo conoces.

—De seguro le hizo creer que estaba bien, y que no importaba porque lo hizo por el honor y la amistad y toda esa cursilería hippie. Es un imbécil, el mejor imbécil que he conocido en mi vida.

No. Seiya sí era un imbécil, también Marin, quien después de vencer al Sabueso desapareció, nadie la había encontrado desde entonces.

—En cuanto a los demás, todos volvieron a sus lugares de entrenamiento para descansar: Hyoga volvió a Siberia, June se está quedando en una isla cercana a nuestro hogar, donde están las tumbas de nuestros maestros, y así también los demás. Incluso Jabu se apartó de Saori.

—¿A sabiendas que es Atenea?

—Por lo mismo. Una batalla grande se aproxima y todos debemos estar en perfectas condiciones para defenderla.

—¿Tú también lo crees?

—Al igual que yo, tú sentiste su Cosmos, Seiya. También debo recuperar mis fuerzas. Es lo que mi hermano hubiera deseado.

 

20:30 p.m.

Dejó que llegara la noche. Después de que Andrómeda y la chica se fueran, Seiya no recibió más visitas, ni siquiera se apareció la supuesta Atenea. Era su gran oportunidad. Podría haberlo asesinado en esa ocasión, era una Santo de Plata hace poco y ese chiquillo metió su nariz donde no lo llamaron mostrando compasión, dulzura y gentileza a pesar de ser ella una guerrera.

«¿¡Por qué no lo he asesinado aún!?».

Se escabulló por la ventana. En la cama Seiya roncaba sonoramente. Solo bastaba un golpe bien dado en el cuello: le cortaría la cabeza con eficiencia y limpieza, luego se la llevaría al Sumo Sacerdote (vengaría la muerte de Misty con ello), y al fin podría librarse de él. Sus garras estaban afiladas. No podía fallar..., no debía fallar...

 

Y falló. No supo cómo, pero tenía la mano enterrada en las suaves sábanas de la cama; y un Seiya con los cabellos alborotados, grandes ojeras y una mueca de disgusto la estaba mirando desde arriba de una mesita.

—¡Santo cielo, eso estuvo cerca! —Tenía una expresión de espanto tan infantil que solo sirvió para aumentar su ira.

—¡¡¡Seiya!!! —exclamó.

—¿Shaina? ¿Qué haces aquí tan entrada la noche? —Parecía que aún no despertaba completamente.

—Deberías saberlo. Como Santo de Plata enviada por el Sumo Sacerdote, debo llevarle tu cabeza, Seiya de Pegaso.

—¡Ah, maldición! ¿Por qué siempre me atacas a mí primero? Tengo tanto sueño —dijo con tono de berrinche—. ¿Qué no tienes un poco de piedad por alguien que se rompió la cabeza hace poco?

—Pronto ya no tendrás que preocuparte más por esa cabeza —Shaina llenó sus dedos con energía eléctrica, el Trueno lo haría pedazos sin contemplaciones ni dudas, no importaba si con eso despertaba a todo el hospital. Todo lo que deseaba era acabar con su vida de una vez por todas.

 

Un Cosmos magnánimo se hizo presente a las afueras del hospital como el nacimiento del día. Sintió una fuerte presión chocando contra las paredes, la aplastaba, tensaba sus músculos, algo impresionante hasta para un Santo de Plata como ella. No era Saori Kido, percibía un Cosmos de combate tan grande que la hacía parecer un insecto en comparación, algo que solo algunos podían lograr. Doce personas. Uno de ellos estaba en el bosque al lado del hospital de la fundación Graude.

—¿Pero qué diablos es esto? Jamás sentí una energía tan gigantesca, parece que solo una pizca fuera capaz de derribar todo este hospital...

—¡No puede ser! —dijo al darse cuenta de quién era en particular.

—Aunque también siento cierta nostalgia, ¿qué será?

—León...

—¿León? ¿A qué te refieres?

—El León. El Santo de Oro Aiolia de Leo está aquí.

—¿Aiolia de Leo? Me suena, me suena... Un momento, ¿¡Aiolia!?

—Maldición, ni siquiera los Santos de Plata somos suficientes para el Sumo Sacerdote, ya ha enviado Santos de Oro.

—Oye, Aiolia es un guardia del Santuario, no un Santo de Oro —dijo Seiya, sonriendo como un bufón—. Además, es mi amigo.

—¿Por qué tiene el Pontífice tanto empeño en acabar con Seiya y los otros?

Se asomaron por la ventana y lo vieron perfectamente como si fuera lo único que existiera. Digno, brillando como un sol nocturno, portando uno de los doce Mantos Sagrados más poderosos del Santuario. Cubría casi íntegramente su cuerpo, portaba una robusta y varonil pechera en el torso decorada con el emblema de la constelación y dos líneas rojas que semejaban ojos felinos; una larga falda cubierta por detalles florales; fuertes brazales redondeados con anillos ajustados; una elegante capa dorada, y un yelmo semejante a la cabeza del rey de las bestias en la mano...

—¿¡Aiolia!? No puedo creerlo, ¿te ascendieron a Santo de Oro? No me parece creíble, sin ofender...

—¡Seiya! —gritó el león. Su Cosmos ni siquiera estaba muy encendido y ya era suficiente para atemorizarla. Sintió el sudor corriendo por sus mejillas.

—¿No será una broma? Si fueras un Santo de Oro me lo habrías dicho, ¿o no? Pero viniste a visitarme, tengo que agradecerte eso, hacía horas que nadie se aparecía aquí, y no confío en que mi maestra me vea en estas...

—¡Seiya, sal de aquí ahora! —gritó Shaina, agarrándole la camisa de pijama.

—¿Qué? ¿Y ahora qué te pasa? Me vas a romper la ropa, y aún estoy muy adolorido para que...

—¡Escapa!

—¡No me avergüences frente a mi viejo amigo, ja, ja, ja!

Hizo como si no la hubiera escuchado. Le tiró con más fuerza de la camisa.

—¡No seas idiota, Seiya, él viene a matarte!

—¿Ah? ¿No eras tú la que venía para eso? —Seiya tenía razón... pero es que no lo comprendía.

—Él no es un simple Santo de Plata o Bronce, Seiya, ¡es un Santo de Oro! No sabes lo terribles que son, la distancia entre el tu poder y el mío no es nada comparada con la que un Santo de Oro tiene con cualquiera de nosotros.

 

Y empezó a ocurrir. Como por una fuerza invisible fueron levantados en el aire, despegados del piso alfombrado, nada pudieron hacer para retornar a su lugar. Una energía magnética los arrojó a través de la ventana, un Cosmos eléctrico como el suyo, pero la diferencia de nivel entre ellos era tal...

—¡¡¡Ah, por los dioses!!! Mi pobre espalda —se quejó Seiya. Al igual que ella había caído al pasto con mucha violencia, tenían trozos de vidrio incrustados en la piel—. ¡Aiolia! Eso no se le hace a un amigo, menos cuando no nos hemos visto en tanto tiempo, así que dime, ¿qué es lo que te pasa, con un demonio?

—Seiya. Lo lamento mucho —dijo el león con ojos cerrados y una expresión de tristeza en el rostro, comenzando a mover la mano.

No lo permitiría.

—¡Shaina! —exclamó Seiya cuando la vio ponerse entre ellos.

—Aiolia, espera, yo me encargo de Seiya, no es necesario que hagas nada, por favor —le suplicó. Suplicar. Jamás había suplicado nada, pero no era momento de avergonzarse, ya que cualquier movimiento en falso significaría que estarían ambos más que muertos.

—Hazte a un lado o también resultarás herida, Shaina.

—Por favor, Aiolia...

—Je, je, je, je, Shainita, verte suplicando es algo que recordaré hasta el día de mi muerte —dijo una voz horrorosa que reconocía.

—¡Mosca!

 

Aiolia resopló molesto cuando Dío apareció detrás de él cubierto por Musca, su Manto de Plata. Era una armadura bastante ligera de tonos algo oscuros, con las grandes hombreras redondas atornilladas en el peto de dos piezas; un cinturón circular adornado con una joya azul; y perneras muy gruesas y firmes, diferentes al resto de la vestidura. No llevaba su casco.

—¿Otro Santo de Plata? —preguntó Seiya.

—¿Qué haces aquí, Dío?

—Jo, jo, jo, solo pasé a saludar, claro. Desde que me amenazaste el otro día no he parado de pensar en ti, así que aquí estoy. Deseaba tanto verte otra vez, je, je, je, je. —Tenía una risa tan desagradable que la irritaba.

—Dío de Mosca —llamó Aiolia.

—Eh... ¡Sí, señor!

—¿Me estás vigilando?

—¿Q-qué cosa?

—El Sumo Sacerdote me envió a asesinar a los Santos de Bronce rebeldes, no necesito hombres de Plata conmigo para eso. ¿Por qué están aquí ustedes tres?

—¿Tres? —preguntó Seiya.

Tampoco entendió al principio, hasta que afinó sus sentidos y sintió el Cosmos de dos presencias más entre los árboles cercanos, sigilos. Los reconoció.

—Bueno, yo... nosotros...

—Sí, Aiolia, te vigilamos, la Mosca siempre está pegada a las paredes y yo, el Perro, nunca pierdo mi rastro —se presentó el segundo hombre. Con un gran yelmo canino sobre su larga cabellera negra; grueso peto embellecido de tres placas; cinturón oscuro; brazales como patas de perro... Era el más viejo de los Santos de Plata, mayor incluso que varios de Oro.

—Can Mayor —dijo Aiolia con calma.

—¡Sirius! —exclamó Shaina. El Perro era un hombre inteligente y temible, pero más peligroso todavía era el tercer Santo de Plata que apareció.

—El Sumo Sacerdote no confía en ti, León, y la verdad es que nosotros tampoco. Después de todo, eres el hermano del Traidor. —Era enorme, más que Mozes, Daidalos o Aldebarán, el más alto entre los Santos de la actualidad. De ojos verdes, cabello gris, nariz chata y rostro cuadrado, estaba orgulloso de sus firmes y robustos músculos y su fuerza sinigual. Su Manto era asimétrico: el brazo derecho era cubierto íntegramente por piezas que asemejaban una maza; el zurdo tenía una hombrera muy grande, y un brazal con púas; su casco era casi igual al de Aiolia; y su torso estaba completamente protegido desde la cintura hasta el cuello—. Veremos si cumples con tu misión.

—Algheti de Hércules.

Era entendible que fueran los elegidos para poner un ojo sobre un Santo de Oro: el más ágil, el más experimentado, y el más fuerte, tres Santos de Plata que solo salían a misiones muy específicas.

—Vaya, ser el hermano de Aiolos aún me trae algunos problemas, incluso después de dieciséis años. Cumpliré con la misión asignada, pero si se interponen los mataré sin dudar... ¡Lo mismo va para ti, Shaina!

—¿Cómo te atreves a amenazar así a tus compañeros, Aiolia? Ya me queda claro que eres un Santo de Oro, pero no tienes por qué c...

—Lamento no haberte dicho mi verdadero rango, Seiya, pero lo hice para mantener nuestra amistad sin los protocolos de jerarquía. Sin embargo has faltado a las reglas del Santuario de nuevo, y como te advertí hace muchos años, tengo que matarte, ¿lo entiendes?

—¡Y si no lo hace él, lo haremos nosotros! —Dío saltó y enfocó su Cosmos en la pierna izquierda.

Así que se interpuso de inmediato, cruzó los brazos y bloqueó la patada usando todas sus fuerzas. «Maldita Mosca, me entumeció los brazos».

—No le harán daño a Seiya, soy yo quien lo asesinará.

—Pero... Shaina...

—Detuvo el Vuelo sin Escape[1] —murmuró Dio, confuso. ¿Qué creía, que era una simple guardia o algo así?

—Ophiucus, no te metas —dijo Sirius. Sus penetrantes ojos azules podían ver el interior de su alma; la experiencia le hacía conocedor del corazón de los más jóvenes—. No queremos considerarte una traidora también. Debes saber que poco importa quién lo mate, mientras veamos su tumba.

—Puedo aplastarte como una cucaracha, lo sabes bien. —El grandulón de Tanzania preparó su puño.

—No importa si tengo que pelear con los tres a la vez... —Juntó los rayos en su mano derecha, solo bastaba con tocarlos...

—El Perro Brillante[2] acabará contigo, Ophiucus. —Sirius concentró la energía en uno de sus dedos y lanzó un resplandor que la cegó de inmediato, como si todo el mundo se hubiera esfumado. Después, el impacto de un camión le golpeó el pecho y la arrastró hacia atrás, donde la esperaba una mole cuyas gigantescas manos la atraparon como un niño a un pequeño insecto.

«No, ya me tiene. Portador del Mazo[3]... la más brutal de las técnicas entre los Santos de Plata...»

—¡Suéltala!

Escuchó una quijada rompiéndose. Seiya le había dado un impresionante puñetazo a Algheti que le hizo soltarla.

—Vaya, este niño golpea muy bien, me dolió... Me divertiré con él.

—¡Alto! —Aiolia encendió su Cosmos y todos los presentes quedaron paralizados, no por una fuerza extraña, sino por el temor que infligía el León, como todos los Santos de Oro—. Me encargaré de Seiya, ustedes tres no se metan. Tampoco tú, Shaina, deja las estupideces.

—Aiolia, el Pontífice te ha estado mintiendo —comenzó a excusarse Seiya, supo que le contaría todo—, él y los suyos son los malos. La verdad es que Aiolos no fue un traidor, ¡él salvó a la diosa Atenea bebé! De seguro fue el Sacerdote quien quiso matarla en realidad.

—¿Cómo sabrías tú algo así, Seiya?

—Porque Atenea... está aquí en Japón, no en Grecia. —Parecía que le costaba decirlo, pero lo creía. Lo notó cuando se arrojó con la chica—. Es... Saori Kido.

—Sí. Parece que eso que todos decían en el Santuario sobre tu ingenuidad era verdad, Seiya... Lamento mucho esto, de verdad. —Aiolia levantó un dedo, allí reunió su Cosmos. Solo eso bastaba...

—¡Aiolia, debes creerme!

—Hasta nunca, Seiya.

 

Sintió un horrendo dolor cuando se interpuso en el camino. Ella, una experta manipuladora de aura eléctrica, a quien no le afectaba ningún tipo de shock, quedó paralizada en un abrir y cerrar de ojos, incapaz siquiera de quejarse por el intenso dolor que erizó sus cabellos, nubló sus sentidos, y quemó su interior. Era el Rayo Relámpago[4], una técnica muy superior a su Trueno.

—¡¡¡Shaina!!! —gritó Seiya. La sostuvo entre sus fuertes brazos, tal como lo había hecho con la muchacha de ojos verdes que se hacía llamar Atenea—. Oye, resiste Shaina, resiste, por favor...

—Seiya...

—¿Por qué diablos hiciste eso? Si tanto querías asesinarme, ¿entonces por qué salvaste mi vida? —Su rostro era ingenuo e inocente, marcado por diversas líneas de confusión. Qué tonto era.

Lo odiaba.

—Porque te amo —se oyó diciendo como una idiota. El odio lo dirigiría ahora a sí misma por no detener la liberación de su alma al mismo tiempo que el dolor crecía en su interior corpóreo—. Qué tontería... ¿cierto?

—¿Shaina?

—El caso es que si te amara... sería un estorbo, ¿verdad? —Lo abrazó.

Sintió su energía, el universo en el fondo de su alma nacido de la misma Gran Explosión, todas las trece estrellas de su constelación, la fortaleza del caballo alado. Lo sentía tan cerca.

—¡Shaina, resiste!

—De verdad tienes un Cosmos cálido y cariñoso... Puede crecer mucho más y conseguir milagros al defender la justicia de Atenea... Sinceramente lamento mucho enamorarme de ti.

—¿Qué? Shaina... ¡Shaina! —le oyó gritar, antes que la consciencia y la visión se apagaran.


[1] Dead End Fly en inglés.

[2] Shinning Dog en inglés.

[3] Kornephoros en griego.

[4] Lightning Bolt en inglés.

 

 

 

***

El León es de los primeros dibujos que hice hace tiempo, no estoy muy orgulloso del resultado (siento que me salió demasiado "joven", y hay algunas partes que definitivamente no parecen armadura), pero bueno, aquí está.

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Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:21 .

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Publicado 21 septiembre 2014 - 22:50

Muy bueno, la actitud de Shaina y la aparición del gran león dorado. Quiero ver como vas a presentar esta confrontación con Aioria, sé q nos sorprenderás gratamente otra vez



#110 T-800

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Publicado 22 septiembre 2014 - 16:11

Aunque el dibujo no es muy bueno que digamos la intención es lo que cuenta XD

esperando el proximo capitulo


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#111 -Felipe-

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Publicado 22 septiembre 2014 - 18:38

Aviso de antemano que ningún Dorado (con excepción de Aiolos en la primera página, y tal vez Camus) me quedó muy bien jajaja, fueron los primeros que dibujé, y si los voy a publicar es porque soy tremendamente obsesivo xD

 

SEIYA IX

 

21:00 p.m. del 2 de Septiembre de 2013.

—¡Vaya, qué estupidez hizo! Dejarse asesinar a manos de un Santo de Oro por proteger a un chiquillo como ese —dijo el pequeño Santo de la constelación de Musca con una grotesca mueca de burla.

—Eres de verdad imbécil, Mosca —dijo el mayor, el que usaba un yelmo de perro, al que llamaban Sirius. Recordó de pronto haberlo visto brevemente un par de veces en Atenas, siempre acompañado de algún aprendiz—. Mantén silencio en un momento como este.

—Ahora ya nada se interpondrá, podré mostrarle al asesino de Misty por qué soy quien usa el Manto Sagrado que representa al más grande héroe de la mitología, ¡el hijo del mismo Zeus! —exclamó el grandote, el tal Algheti.

Pero a él le importaba otra cosa totalmente distinta.

—¿Por qué hiciste esto, Aiolia? ¿¡Por qué!? —Notó como las lágrimas corrían por su rostro, y la ira crecía en su corazón. El cuerpo de la mujer estaba tibio detrás del frío gamanio, pero su calor no tardaría en apagarse.

—No deseaba que sucediera esto —respondió su antiguo amigo con los ojos cerrados y un rostro tranquilo—. En honor a Shaina te perdonaré la vida por hoy. No se hará más daño en este día...

—¿Por qué diablos no te detuviste? ¡porqueria! Eres un maldito Santo de Oro, ¿o no? Debiste verla cuando corrió a interponerse en tu golpe para protegerme, ¿así que por qué no paraste?

—Seiya...

—¿Ahora que usas esa grandiosa y brillante cosa dorada tienes que demostrar tu poderío golpeando mujeres? ¿¡Te sientes más hombre ahora!? No te recuerdo tan cobarde. —Concentró todo su poder en su puño derecho cuando hizo el ademán de irse—. No te vas a ninguna parte, ¡primero me responderás, Aiolia!

Le dio con todas sus fuerzas. Su Cometa enfurecido chocó contra el rostro imperturbable de Aiolia, que parecía hecho de hierro y acero más que de hueso. Los árboles se agitaron y la noche se calló unos momentos.

—Espero que eso te haya calmado un poco, Seiya.

—¿¡Qué!? —«No le hizo ni un rasguño»—. ¡Ah, qué diablos! Ay... ¿¡Pero qué porqueria tienes en lugar de cráneo, maldición!? ¡Aaaay!

—Te seré sincero. —Aiolia lo empujó a un lado suavemente y caminó hacia Shaina, quien yacía en el césped—. Fue mi error, un gran error, porque de verdad no la vi cruzarse en mi Rayo Relámpago. Si no, créeme que hubiera frenado. Lo siento.

—¿Qué haces?

Tomó a la muchacha entre sus brazos metálicos que iluminaban la noche; su capa dorada ondeaba tras su espalda haciéndolo parecer un ser divino.

—Si me apresuro, quizás aún pueda salvarla. Pero recuerda, has infringido la ley del Santuario y desobedeciste las órdenes absolutas del Sumo Sacerdote, tal como hizo Aiolos de Sagitario. Así que al final, de igual manera tendré que matarte.

—Aiolia... Él no...                                                                                                   

—Por nuestra vieja amistad, te permitiré recuperarte de tus heridas para que hagas un contraataque y tengamos una batalla en igualdad de condiciones, frente a frente, solos tú y yo. Vivirás hasta entonces.

—O quizás es la excusa que das para traicionar también al Santuario, León —dijo Sirius de Can Mayor, quien actuaba como líder—. Al fin y al cabo, tampoco estás cumpliendo con las órdenes del Sumo Sacerdote.

—Las que llamaste órdenes absolutas, je, je —rio Mosca.

—Los temores del gran Sumo Pontífice se han cumplido. Eres igual que Aiolos —murmuró Algheti—. Habrá que castigarte.

—Hércules, no me importa qué tan fuerte seas, no te conviene amenazarme si quieres conservar la cabeza. ¿Crees que puedes hablarme así? —El Cosmos de Aiolia ardió de pronto. ¡Era realmente enorme! Los tres Santos de Plata juntos parecían bichos al lado de un león.

—¡Tranquilos! Aiolia, si no cumples con las órdenes, por supuesto que no te atacaremos, no somos tan estúpidos. Pero sí haremos lo que nos pidió el Sacerdote en caso de que esto sucediese —dijo Sirius.

—¿Y eso sería...?

—Mataremos personalmente a Pegasus... Primero con el Perro Brillante...

Seiya vio un resplandor salir del dedo de Sirius, fue como una incandescente chispa azulada que le nubló la vista. Justo después, un fuerte golpe impactó en su estómago y le atravesó la carne, saliendo por la espalda. El sabor de la sangre inundó su boca, y un dolor agudo y descontrolado recorrió su cuerpo.

 

Instantes después, enormes manos ardientes le tomaron como si fuera un muñeco de trapo.

—Ahora morirás, ¡vengaremos a Misty y los otros! —Algheti lo arrojó con una fuerza bestial hacia arriba, mientras era atrapado y paralizado en un tornado para que no pudiera escapar. Se parecía mucho al Bombardero Propulsor de Mozes del que le había hablado Shun, el cual culminaba en un grotesco y sangriento golpe en la columna vertebral—. ¡El golpe del hijo de Zeus, Portador del Mazo!

Pero al mirar abajo, Seiya vio que el Santo de Hércules había saltado también, y su brazo derecho se había convertido en un mazo de púas semitransparente hecho de un Cosmos verdusco. Iba a destrozarlo apenas empezara a descender, cuando tomara velocidad...

—¡No, no, no! ¡Yo tomaré la cabeza de Seiya! Por algo soy e... —No pudo oír más por un rato, la patada que le dio la Mosca en medio del aire nubló su audición y lo desvió del camino ascendente, arrojándolo contra un árbol con una brusquedad increíble para un hombre tan pequeño.

El impacto le rompió varios huesos del torso, pero con eso volvió a oír y ver bien al risueño Santo pelirrojo. No supo si eso fue bueno o malo.

—¡¡¡Con el Vuelo sin Escape quedas totalmente desprotegido, pero los remates los hago con el Vuelo Deslizante[1], no podrás huir!!!

—¡Maldito seas, Dío! —gritó Algheti, aunque de todas formas sonreía.

Era como una competencia para ellos, y él un juguete. Dío saltó a la altura de la copa de los árboles más cercanos, y se mantuvo en medio del aire. Luego empezó a girar sobre su propio eje a una velocidad casi inalcanzable, y se convirtió en un remolino plateado que descendió hacia él a toda prisa. Con esa rapidez de giro de seguro lo haría trizas. Y Seiya no llevaba a Pegasus consigo, pero se puso de pie, listo para morir dignamente.

 

—¿¡Pero qué hacen!? —Alguien lo agarró de un brazo y lo lanzó al suelo.

Oyó como el árbol donde había estado se hizo astillas con el choque del Vuelo Deslizante de la Mosca. Quien lo salvó tenía ojos azules, fríos y expertos.

—¡Sirius, no me digas que también te vas a entrometer tú¡ No porque seas el mayor tienes el derecho de matar a Seiya —reclamó Dío al descender, con pedazos de tronco sobre el cabello.

—¿¡Qué es lo que tramas!? —preguntó Algheti con voz de trueno.

—¡Esto no es un juego! Aunque sea un rebelde traidor, también es un Santo, y merece nuestro respeto incluso antes de asesinarlo. Además... —Con una fuerza grandiosa lo estampó contra un roble. Seguidamente levantó el puño llenándolo de Cosmos como llamas azuladas—. Primero hay que saber algunas cosas.

—¿De qué... hablas? —su boca sabía a sangre, le dolía respirar, y sentía las costillas desquebrajadas.

—¿Dónde están tus compañeros? Andrómeda, Draco, Cygnus y los demás.

—No te lo... diré...

—¿Dónde está tu maestra, Aquila?

—No te lo diré.

—¿Dónde está Sagittarius?

—No te... lo... diré... estúpido. —La verdad es que no tenía la menor idea del paradero de su maestra ni del Manto de Oro, pero no quería darles en el gusto. Al menos antes de morir seguía siendo sincero consigo mismo.

—Bien. Ya has respondido a todo, no te queda nada por lo que vivir. —Una fuerte energía se desprendió del puño derecho del Perro. Un sonoro temblor cruzó el bosque como un crujido...

—Usará el Destructor de Montañas[2], ji, ji —rio Dío.

—Tenía pensado aplastarlo con mi Vigor Olímpico[3], pero qué más da. —Algheti sonrió con relajo y se cruzó de brazos—. ¡Acábalo, Sirius!

—En nombre del Santuario de Atenea y el Sumo Sacerdote, yo el Perro de Plata, Sirius de Can Mayor, te condeno a muerte.

«Al fin se acabó. Al menos podré ver a mi hermana nuevamente, si es que voy hacia donde creo que voy».

 

El sol salió de repente, aunque eran casi las diez de la noche y había cerrado los ojos para esperar la muerte; un intenso resplandor con forma circular en medio del cielo que descendía poco a poco.

Antes de que el puño de Sirius llegara a su rostro, la oscuridad tras sus párpados se llenó de luces, y el sabor agrio de la sangre en sus labios se tornó mucho más dulce. Abrió los ojos, varias piezas metálicas de color dorado descendieron desde el extraño disco solar como una lluvia de luz. De pronto sintió su cuerpo más pesado, notó que ya no estaba tocando el suelo y que el Cosmos de sus tres oponentes se alejaba, como si los hubieran rechazado con una fuerza magnética.

Y cuando sintió que su espalda adquiría funciones y capacidades que antes no tenía, parecidas a extremidades, se dio cuenta que en realidad el sol todavía no había salido. Levantó la mano, estaba cubierta de un aura resplandeciente de un tono muy diferente al azulado habitual. También escuchó brutales gritos cerca de él.

—¡No puede ser, es Sagit...!

—¡El Manto de O...!

 

Cuando la luz se difuminó y el bosque volvió a aparecer frente a sus ojos, se sintió grandioso, más poderoso que en toda su vida; sus heridas ya no dolían y su Cosmos no solo había sanado, sino que también se había incrementado. El entorno se había vuelto extraño, le pareció que las hojas se movían más lentas en los árboles, lo mismo el césped sobre el suelo; el viento nunca había sido tan suave.

Sirius y Dío eran cadáveres. De sus labios salía sangre y de sus ojos miradas perdidas y desorbitadas. Los Mantos Sagrados de Canis Major y Musca se habían convertido en polvo.

Algheti se levantó de todas formas a pesar de que estaba muy débil. Gritó y avanzó hacia él cubierto de Cosmos como si fuera una estrella fugaz, corriendo como en cámara lenta. Ese debía ser el tal Vigor Olímpico, pero no entendía por qué tardaba tanto en llegar; hasta las gotas de sudor flotaban a su alrededor sin ser afectadas por la gravedad... En ese instante, escuchó la exclamación de Aiolia.

—¡Huye, tonto! No podrías vencer a Seiya ni aunque hubiera diez como tú.

 

Seiya levantó de nuevo el puño para frenar el intento vacío de enfrentarse con él, y sucedió tal como quiso: Algheti gritó y su armadura voló en pequeños pedazos. El gigante cayó lentamente al suelo, desprovisto de toda vida.

—¿Qué es esto? —Se sentía mal por asesinarlos de esa manera. Después de todo, estaban engañados como todos los asesinos del Santuario anteriores. Pero le preocupaba aún más todo ese poder que recorría su cuerpo como la sangre en sus venas, apenas podía controlarlo.

—¡Seiya, tranquilízate un poco más, eso hará que la velocidad vuelva a la normalidad! Recuerda que los Santos de Oro podemos atacar a 300.000 kilómetros por segundo.

—¿Eh? Eso es imposible —dijo Seiya, pero trató de calmarse. Oyó el silbido del viento remecer los cristales del hospital y las hojas en las copas más altas; contó en silencio las estrellas del firmamento, brillantes como su propia aura; respiró como su maestra le había enseñado alguna vez, aunque no era dado a aplicarlo. La armadura en su cuerpo también respiraba.

—Sí, la velocidad de la luz. Sé que es difícil controlarlo al principio, pero debes hacerlo. —Aiolia se calló y lo miró unos instantes, como si estudiara lo que veían sus ojos—. Dime, ¿por qué Sagittarius ha venido a protegerte?

—¡Yo qué sé! Solo... ¡llegó y ya! —Su cuerpo estaba totalmente cubierto por piezas doradas, las mismas que sus compañeros habían recuperado de las Sombras hace poco tiempo. Un yelmo alado que cubría íntegramente su cabeza y no aislaba los sonidos; gruesas hombreras decoradas con símbolos florales de tono anaranjado, acopladas encima de una pieza larga para el cuello y los hombros; un peto recubierto con una insignia azulada heptagonal sobre el esternón que dibujaba una flecha apuntando al cielo; brazales redondeados y esbeltos de una pieza con un anillo para las muñecas; una larga y puntiaguda falda de tres segmentos adornada con bellos dibujos amarillos y un zafiro en el cinto; y un par de hermosas alas doradas de plumas metálicas que era capaz de mover, por alguna razón. Las que hace un tiempo deseó nunca llevar puestas.

—Como sea, ya no hay marcha atrás. En lo que se refiere a protección estamos en las mismas condiciones, Seiya. Utilizaré el Rayo Relámpago de nuevo para que lo veas por ti mismo.

Vio una chispa salir de la mano de Aiolia, más veloz que la de Sirius, cargada de más electricidad que el Trueno de Shaina. La chispa se hizo más grande y se dirigió hacia él cruzando el aire, así que saltó para evitarlo. Y no bajó. Se sintió como si volara, las alas lo llevaban más y más arriba; su cuerpo era increíblemente ligero.

—¡Bien! Si pude evitar un golpe a la velocidad de la luz, entonces también puedo usar uno también. —No alcanzó a contar sus Meteoros por la altísima velocidad, pero fueron más que los cien que arrojaba normalmente, más que trescientos, más que mil en un segundo. Aiolia chocó contra el muro del hospital con una mueca de dolor y sangre en la barbilla—. ¡Pero qué diablos, golpee a un Santo de Oro!

—No cantes victoria, Seiya. —Aiolia se levantó y se puso en guardia, con el brazo derecho adelantado y empuñado, el izquierdo retrasado pero absolutamente listo para la defensa, y las piernas arqueadas y separadas. De pronto, también levantó una ceja—. Como veo que tienes tanto poder, no me contendré en mi próximo ataque. Aunque es muy extraño...

—¿Qué es extraño?

—Vestir un Manto de Oro no te hace automáticamente tan fuerte ni tan veloz como un Santo de Oro, es una tontería... Déjame adivinar: ni siquiera pudiste contar los Meteoros que arrojaste, ¿no es así?

—¿Eh? —Lo había adivinado.

Y es que ni siquiera lo sintió diferente a su técnica habitual, pero vio salir muchas más estrellas fugaces de lo común.

—¿Acerté, verdad? Eso significa que el Cosmos que ahora corre por tus venas, el que te permitió lanzar ese ataque, no es tuyo. Probablemente Aiolos dejó un rastro de su Cosmos en su armadura, y eso es lo que la hace actuar de esa manera. Mi traidor hermano está tratando de enfurecerme.

Otro chispazo dorado; esta vez no pudo verlo bien, ni menos esquivarlo. La armadura se sintió horrendamente pesada cuando cayó de bruces al pasto, como si lo comprimieran con un gran martillo. Le costó mucho respirar, y nuevamente no pudo levantarse; una fuerte energía eléctrica le recorría el cuerpo como el aroma de la hierba en su nariz. «El verdadero poder del Rayo Relámpago de Aiolia de Leo...»

—¿Por qué... lo ayudas...?

—¿Qué cosa?

—¿Por qué defiendes al Sumo Sacerdote? Créeme, yo también lo hacía, fue quien me entregó a Pegasus. Pero luego uno se da... cuenta que... en realidad es solo un mentiroso. Quería apoderarse del Manto Sagrado de Oro, y muy probablemente ordenó matar a Aiolos también por...

—¡Mi hermano fue un traidor, no hay duda de eso! El Sumo Sacerdote es difícil de tratar pero es absoluto, no hay razón para dudar de él. La gente lo ve como un dios, y mi hermano seguramente tuvo envidia de él.

—Aiolos... También era el instructor del que me hablabas cuando era niño, ¿verdad? —preguntó. Con dificultad logró ponerse en pie de nuevo, aunque el Manto Sagrado seguía pesando una tonelada—. Deberías confiar en él y no en un extraño como el Pontífice.

—¿Por qué ya no le crees? ¿¡Por qué lo traicionaste, Seiya!?

—Porque conocí a la verdadera diosa Atenea. —«Al demonio». ¿Para qué seguir engañándose cuando ya llevaba varios minutos al borde de la muerte? Quizás el destino estaba retrasando su final para que lo admitiera—. Sentí su Cosmos, no hay duda de que fue el poder de una diosa.

—No. Eres un Santo de Bronce, para ti cualquier Cosmos superior debe ser divino, pero Atenea está en el Ateneo[4], tras los aposentos del Pontífice. Aiolos quiso asesinarla apenas nació, y el señor Sion la protegió arriesgando su vida.

—¿La has visto alguna vez, Aiolia?

—¿Qué?

—¿Has visto a Atenea alguna vez en tu vida?

—Yo... ¡Suficiente!

Nunca lo había visto tan enojado. Siempre supo que era terco, pero ahora era la víctima de su propia confusión y sus dudas evidentes. Las ramas se agitaban como asustadas, el viento se cargó de electricidad y el césped parecía querer separarse del suelo. Lo vio levantar el puño y concentrar su Cosmos dorado allí

—Con mi golpe, creo un vacío en el aire por el cual proyecto mi energía eléctrica, algo muy superior a lo que un Santo de Bronce podría hacer... ¡Pero ni eso se compara con lo que el Pontífice puede hacer, por eso Aiolos no pudo cumplir su ambición, Seiya!

 

—El Sumo Sacerdote no es un dios, Aiolia. Por favor, baja el puño —dijo una voz angelical.

«Angelical. Ja. Y pensar qué nos gritaba como un diablo cuando éramos niños».

—¡Saori Kido! —gritó Aiolia dando un paso hacia atrás.

Seiya se hubiera alejado también si hubiera podido, el Cosmos que emanaba de la chica de ojos verdes era mayor incluso al de un Santo de Oro como Aiolia, quien se convirtió en un gatito asustado delante de ella.

Venia vestida como una chica normal, con una chaqueta de cuero, jeans y zapatillas, era baja y delgada; pero el cetro alado que llevaba y su aura luminosa la convertían en alguien digna de venir del Olimpo, a pesar de su físico tan humano.

—¿¡Pero qué demonios es la energía que sale de esta muchacha!?

—El Sumo Sacerdote es un ser maligno que trató de matarme cuando era una bebé, y es a él contra quien deberías dirigir el puño.

—¡No! Tú eres la que dirigió a los Santos de Bronce a infringir las leyes del Santuario, engañándolos con tu dinero, tu apariencia falsa y tus mentiras. ¡Tú eres el único ser maligno aquí, Saori Kido! —Leo alzó de nuevo el puño con aire amenazante.

—¡Que bajes el puño, Aiolia! —exclamó Saori con voz autoritaria, sujetando firmemente el báculo que le entregó Tatsumi, una estatuilla de Niké modificada por el viejo Kido.

«No puedo creerlo». El hombre que se había visto tan imponente ante él y cuatro Santos de Plata al mismo tiempo antes, se quedó callado y bajó lentamente la mano, con un rostro compungido y confuso. El sudor resbalaba por su temblorosa barbilla, y sus ojos eran esferas dubitativas.

—¿Qué clase de truco es... este?

—Hace dieciséis años, tu hermano, Aiolos de Sagitario, me salvó la vida a costa de la suya, en el acto más heroico y triste de la historia del Santuario.

—¡Él... fue un traidor!

—Un verdadero héroe —corrigió Saori rápidamente—. Un guerrero justo, lleno de honor y deseos puros. Y una noche, hace exactamente dieciséis años, el Sumo Sacerdote intentó asesinarme. Tu hermano me rescató y huyó conmigo en brazos enfrentándose a todo aquel que se le puso enfrente, hasta que terminó encontrándose con mi abuelo, Mitsumasa Kido.

—¡No, los Santos de Oro lo detuvieron! Shura lo mató y DeathMask te rescató y devolvió al Templo... ¿DeathMask te...?

Algo pareció molestarle al pronunciar ese extraño nombre, el del supuesto salvador de Atenea. Se dio un manotazo en la frente, y su expresión cambió hasta parecer la de un niño asustado.

—No alcanzó a decirle a mi abuelo exactamente los detalles, pero parece ser que Aiolos vio algo que no debió, y por eso le dijo que el mal se había apoderado del Santuario. Antes de fallecer, me dejó a cargo de mi abuelo y también al Manto de Sagittarius que ahora cubre a Seiya.

—¡No puedo creer algo así! Estás diciendo que todo lo que creímos estos dieciséis años es falso, y que la persona por la que los Ochenta y Ocho hemos peleado es un demonio... ¿¡Es eso!?

—Lo lamento mucho, pero es así. El Sumo Sacerdote no sabía que tanto Atenea como la armadura estaban en Japón, pero apenas se enteró, comenzó a enviar Santos de Bronce y Plata para matar a los que mi abuelo asignó para protegerme desde que eran niños.

—¡Él envió esos Santos porque tus amigos eran rebeldes que habían luchado entre sí por motivos personales!

—¡Nosotros luchamos por influencia de la Ilusión Diabólica de las Sombras de la isla Reina de la Muerte, reverendo idiota! —dijo Seiya, ya harto de escuchar tanta terquedad y no aportar.

—Pero...

—La aparición de Ikki y los hombres de negro sirvió para que el Pontífice descubriera el paradero de Sagittarius aquí en Japón, y por supuesto, debió deducir también que yo era Atenea cuando la armadura de Oro protegió a Seiya, y cuando sus Santos terminaron muertos. Por eso envió al Cuervo a raptarme.

—Los derrotamos a todos, Aiolia. Vencimos legalmente a hombres superiores a nuestro rango. ¿Crees que haríamos algo así si no fuera porque estamos protegidos por el poder de una verdadera diosa? —Vio el rostro de su viejo amigo destruirse cada vez más. Él también había sido engañado, y Seiya consideraba su deber ayudarlo a pelear por lo correcto.

—Al final decidió enviarte a ti, el hermano del supuesto Traidor, a matarnos a todos para eliminar toda sospecha en su contra que pudieras tener en tu corazón. Eras el único con posibilidades de dudar.

—Muy bien, ¡suficiente! Dices que eres Atenea, ¿no? Entonces deberías ser capaz de sobrevivir a uno de mis golpes.

—¡Aiolia, con una porqueria! —Eso sí que le enfureció, ni él era tan imbécil. Se interpuso rápidamente entre ellos y no supo cómo, pero extendió las alas de su espalda cuando trató de abrir los brazos.

Saori le puso una mano en el hombro.

—Como quieras, Aiolia de Leo, lanza tu mejor golpe.

—¿¡Qué!? —preguntaron tanto Seiya como el León.

—Seiya, tranquilo, es la única forma de probar lo que le digo y convertirlo en el verdadero Santo que es en el fondo.

—Pero Saori...

—Te lo advierto —titubeó Aiolia—, podría herirte... podría matarte...

—Desde hace un tiempo que estoy preparada para morir. Vamos, hazlo.

—C-como quieras. M-mi Rayo Relámpago te a-atravesará el alma, Saori Kido, t-te lo advierto... Te lo advertí...

—Hazlo.

—¡Demonios! —gritó desesperado, y lanzó una esfera de luz relampagueante tan veloz que a Seiya casi se le escapa.

 

Casi.

—¿¡Qué rayos!?

—¡Seiya! —gritó Saori.

—Aiolia... —dijo mientras sostenía la esfera eléctrica entre sus manos. No sabía cómo estaba resistiendo, pero sí que debía continuar—. Créeme, entiendo tus cochinas dudas, yo también las tuve. Pero ni siquiera para despejarlas, nunca... ¡jamás ataques a una mujer, maldito cobarde!

—¿¡Detuviste mi Rayo Relámpago!?

—Sí... Parece que ese rastro de energía que dijiste habita en la armadura, de verdad existe... Y no sé por qué, pero creo que quiere decirte algo con esto.

—¿Qué? Imposible... ¡A-Aiolos! —Aiolia dio un apresurado paso hacia atrás. Tenía la mirada temblorosa, puesta en algún punto sobre Seiya, aunque éste solo veía árboles y noche.

—¿Eh?

—¡Ahí! V-veo a Aiolos, mi hermano está ahí...

—¿¡Pero de qué diablos hablas!?

—¡Seiya, desvía esa energía a otro lado o se te destruirán las manos! —advirtió Saori. Tenía razón.

—Hermano, ¿qué es lo que dices?... ¡No!, claro que soy un verdadero Santo como lo fuiste tú, es solo que... ¡Espera, no lo hagas, Aiolos!

—¡No entiendo! Quiero desviarla hacia otro lado, pero mis brazos se mueven por sí solos hacia adelante. —Trataba de controlarlos, pero le era imposible, como si no fueran ya parte de su cuerpo—. Hay una fuerza externa que hace crecer mi poder, ¡y va a arrojarlo hacia Aiolia!

 

Un chispazo. Un resplandor.

 

Lo siguiente que vio fue a Aiolia de Leo de espaldas en el suelo, su armadura humeante y su cuerpo paralizado, luego de ser atacado violentamente por su propia técnica. Por unos segundos pareció más bien un muerto, aunque su Cosmos seguía flotando a su alrededor... Hasta que se apagó de golpe.

El Santo de Oro se puso de pie tan rápido como la luz, pero no se acercó ni se alejó de ellos. Observaba atenta y fijamente el suelo.

—¿Aiolia?

—He perdido, Seiya —dijo con la mirada fría y la voz desprovista de las emociones que había exhibido al principio de la batalla.

—¿Qué? Pero si yo...

—No perdí contra ti —admitió.

 

Y de repente sonrió.

La misma sonrisa que tenía cuando le enseñaba a resistir mejor los entrenamientos de Marin, o cuando comían juntos en el comedor cerca de la salida a Rodrio, o cuando se burlaban de los guardias... Era la misma sonrisa cálida y llena de justicia, ahora acompañada de lágrimas orgullosas.

—No perdí contra ti, sino contra mi hermano, un verdadero Santo de Atenea, y nunca un traidor. Aiolos de la constelación de Sagitario.

Justo después de decir eso, Sagittarius se separó de su cuerpo como si lo hubieran llamado desde algún lugar lejano. Su cuerpo se sintió tan liviano otra vez que sus piernas se tambalearon y el frío recorrió su piel. Las piezas doradas volaron alrededor de los árboles del bosque, y finalmente se integraron en un centauro alado, brillante como el oro macizo, que galopó hasta el suelo cerca de Saori. Sujetaba un arco con la mano zurda y tensaba una flecha con la derecha. Seiya no supo dónde se guardaron esas armas cuando llevó puesto el Manto Sagrado.

—¿Aiolia? —llamó Saori.

—Usted es Atenea —dijo Aiolia, poniendo una rodilla en la hierba, frente a ella—. Dirigí irrespetuosa e imprudentemente mi puño contra usted; incluso si no la golpee, ese es un pecado que se paga con la muerte.

—Pero Aiolia...

—Después de llevar a Shaina a su hogar en el Santuario para que descanse, me quitaré la vida. Se lo prometo por mi honor de Santo. —El hombre se levantó, se acercó a Shaina, recostada contra un árbol, y la tomó en sus brazos nuevamente.

—¡Ni pensarlo! No quiero que mueras, Aiolia de Leo. Desde este momento se librará un terrible combate contra el Santuario, y deseo que luches a nuestro lado, que nos ayudes. ¿Qué dices?

El León no se dio por entendido.

—¡Aiolia, maldita sea!

—Te ordeno que no mueras, León de Oro.

—Como usted diga —respondió finalmente.

El León de Oro se alejó metiéndose entre los árboles del bosque, ocultando la melena de su yelmo, su Cosmos relampagueante, y su presencia imponente.

 

Al parecer, Sagittarius también tenía sus propios planes. Después de una breve cabalgata junto a Saori que pareció una despedida, tomó vuelo y abrió las alas. Luego dio un gran brinco y se perdió en la oscuridad, convertido en una estrella fugaz dorada, convirtiendo la noche en día durante un suspiro de tiempo.

Saori se volteó hacia él.

—Sé que me odias, Seiya, por todo lo que te hecho pasar.

—¿Eh? Espera, yo no te odio... tanto...

—Solo quiero que entiendas que todo lo que hizo mi abuelo (y lo que yo haré), está marcado por el destino de las estrellas. —Saori se sacó el cabello de los ojos y miró el firmamento azulado—. También lo que hacen ustedes, incluso las acciones de Ikki, son guiados por los astros del cielo.

—¿Los astros? —preguntó, confuso por tanta poesía esotérica.

—Ahora iré al Santuario a enfrentar mi destino estelar; pero antes, te doy las gracias de todo corazón por toda la ayuda que me has brindado. Dile eso a los demás de mi parte también, por favor.

—Ah, sí, que te vaya bien... Espera, ¿qué? ¿¡Vas a ir sola al Santuario!? ¿Estás loca o qué? Con todo lo que tienes, podrías simplemente quedarte resguardada y...

—Son solo cosas materiales. Como dije antes, ya estoy preparada para morir —dijo con una sonrisa tan dulce y conmovedora que solo servía para recordarle que era una diosa, ya no una simple chica—. Enfrentaré el destino que las estrellas me han marcado. Lucharé por la paz y la justicia en el planeta, como corresponde.

Inclinó la cabeza en señal de despedida, y se alejó a paso lento. Orgullosa, sosteniendo su báculo de oro, radiante y hasta bonita. La famosa diosa de la que todo el Santuario hablaba. Iba al oeste del bosque, justo en la dirección a Grecia...

«Por todos los dioses...»

—¡Oye, espera! Eh...

—¿Sí? —Saori se detuvo y miró hacia atrás con un semblante inocente, más humano que anteriormente.

—Yo... te acompañaré.

—¿Qué?

—Ya sabes, soy un Santo y tengo que volver al Santuario algún día. Y... aprovecharé el viaje y el pago de los pasajes.

—Ji, ji, Seiya... —rio la muchacha cubriéndose la boca con la mano libre.

—¡No pienses otra cosa! Solo voy de compañía. Cuando lleguemos a Atenas, tú harás lo que quieras hacer, ¿está bien?

—Como diga, señor Santo de Pegaso —le respondió sonriendo con aire tierno y hasta algo travieso.

—Sí, sí, lo que sea, señorita diosa griega. Así que... ¿cuándo partimos?


[1] Fly Slider en inglés.

[2] Mountain Smasher en inglés.

[3] Sfrigos Olympiaki en griego.

[4] Originalmente, Atehnaeum en griego.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:22 .

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#112 carloslibra82

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Publicado 23 septiembre 2014 - 10:11

Q emocionante, de verdad te superas, Felipe, me gusta como planteas la historia, pese a estar leyendo lo q todos sabemos, muchas veces pones cosas q sorprenden, y aún poniendo lo mismo, se siente diferente. Sigue así, hasta las 12 casas, Poseidón, Hades, y si quieres inventas Zeus o lo q te plazca, jajaja. Esperando el siguiente capítulo!!



#113 T-800

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Publicado 24 septiembre 2014 - 16:01

me agrado el capitulo pero no crees que te estas adelantando un poco sobre la parte del santuario ,veo a los protas un poco verdes para enfrentarse a los dorados


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Publicado 24 septiembre 2014 - 20:38

Estaba esperando el capítulo donde apareciera el gran Argol y lo pusiste en el sitio que le correspondía como un auténtico plateado

Bueno supongo que ahora se viene el León vs la Virgen!??

¡Si una hembra te rechaza es por el bien de la evolución!

 

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#115 -Felipe-

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Publicado 26 septiembre 2014 - 18:24

Q emocionante, de verdad te superas, Felipe, me gusta como planteas la historia, pese a estar leyendo lo q todos sabemos, muchas veces pones cosas q sorprenden, y aún poniendo lo mismo, se siente diferente. Sigue así, hasta las 12 casas, Poseidón, Hades, y si quieres inventas Zeus o lo q te plazca, jajaja. Esperando el siguiente capítulo!!

Wow, de verdad te agradezco mucho estos comentarios, son estimulantes e inspiradores, dan más ganas de seguir escribiendo.

me agrado el capitulo pero no crees que te estas adelantando un poco sobre la parte del santuario ,veo a los protas un poco verdes para enfrentarse a los dorados

Y yo que pensaba que iba a lograr el efecto contrario, por eso le di a Shun su pelea con Mozes (para que no fuera solo Capella) y a Hyoga la de Algol (no solo Babel), además de los varios Santos de Bronce enemigos, para que tuvieran más experiencia. Pero es tu punto de vista, trataré de disminuir esa percepción xD

Estaba esperando el capítulo donde apareciera el gran Argol y lo pusiste en el sitio que le correspondía como un auténtico plateado

Bueno supongo que ahora se viene el León vs la Virgen!??

¡Bingo!

AIOLIA III

 

—¡Ahí! V-veo a Aiolos, mi hermano está ahí...

—¿¡Pero de qué diablos hablas!? —le preguntó Seiya, sosteniendo su Rayo Relámpago entre sus manos como si fuera una pelota luminosa.

Justo por encima de él, se veía la figura legendaria del Santo de Sagitario como una ilusión semitransparente para sus ojos, pero totalmente real para su corazón. Flotaba en el aire con ayuda de sus grandiosas alas doradas, vistiendo su Manto Sagrado, con una expresión severa y decepcionada en el rostro.

—¿Sigues siendo tan terco, Aiolia? —preguntó. Hace dieciséis años que no oía su voz, pero era la de él, la podría reconocer en cualquier parte. Tan orgullosa y llena de justicia, tan magnánima...

—Hermano, ¿qué es lo que dices?

—¡Sigues siendo un niño! ¿O acaso aún no comprendes la diferencia entre el bien y el mal? —Sus ojos verdes mostraban rigidez y furia, su voz era como el sonido de un trueno—. Tal vez es que simplemente no eres un Santo de verdad.

—¡No!, claro que soy un verdadero Santo como lo fuiste tú, es solo que...

—Cometiste un grave pecado al dirigir tu puño contra la diosa Atenea, a quien deberías cuidar con tu vida. —Le vio alzar la mano, estaba envuelta con un Cosmos luminoso, increíble, mayor que el de cualquier otro Santo de Oro.

—¡Espera, no lo hagas, Aiolos!

Fue en ese instante cuando Seiya le devolvió su golpe a la velocidad de la luz, guiado por la mano férrea del más grande arquero del Santuario.

 

10:10 a.m. del 3 de Septiembre de 2013.

No podía quitarse de la cabeza su encuentro con Pegaso y la misma diosa Atenea. Aiolos se había aparecido para protegerlos aún después de morir, haciéndolo parecer como si ahora habitara en su armadura, en Sagittarius. Y a diferencia de lo que había hecho el Sumo Sacerdote en dieciséis años, la chica sí demostró que era Atenea en un par de minutos. Había sido engañado al igual que el resto del Santuario, y no iba a dejarlo simplemente pasar. Lo enfrentaría directamente, no importaba quién se entrometiera.

Ninguno de sus pares le bloqueó el paso. No tenían por qué, era un Santo de Oro desde hace más de diez años, tanto como ellos, pero también (quizás) el único que tenía la mente clara, sin velos de mentiras. Pensó el contarles la verdad mientras subía, pero si uno de ellos no le creía y se le enfrentaba, tal vez no tendría las mismas energías para cuando llegara al último Templo. O peor, podría enfrentar a más de un Santo de Oro a la vez, eso lo retrasaría demasiado.

Los combates entre Santos de Oro normalmente terminaban en lo que se conocía como Guerra de Mil Días, una lucha sin cuartel de bestiales despliegues de energía en la que, por la similitud entre poderes, ninguno de los dos rivales era capaz de doblegar al otro. Se decía que podía durar mil días, una metáfora para indicar que era una batalla que podía darse para siempre, porque el Cosmos es infinito. Ninguno ganaría... y muy probablemente, al final, ambos morirían.

Así que para evitar eso, cruzó los doce Templos saludando con cordialidad y pidiendo permiso a los dueños como lo hacía siempre. Aldebarán lo invitó a comer, pero lo rechazó con la excusa de una cita urgente con el Pontífice. Saga ni siquiera se inmutó, se quedó allí sentado en una mesa del rincón sin darle una sola mirada... En su hogar, Lithos se quedó mirándolo unos segundos desde que la saludó, como si le leyera la mente. Era la persona que mejor lo conocía en todo el Santuario, pero al final no dijo una sola palabra, y bajó en silencio y con un dejo de tristeza para comprar el almuerzo en Rodrio. Después tendría que conversar con ella, no quería preocuparla más de la cuenta.

Siguió subiendo, los Templos cuatro, seis y siete estaban vacíos. Al final, solo Milo le puso algunas trabas.

—¿Qué tramas?

—¿A qué te refieres?

—Ya te di permiso para pasar, sube si lo deseas; pero como camarada, deberías decirme qué es lo que tramas.

—¿Por qué crees que tramo algo?

—Porque tu Cosmos es bastante ofensivo... —contestó. Sus ojos celestes eran acusadores, y aunque no llevaba su armadura puesta, de todas maneras era capaz de atacarlo. Y eso no sería bueno para ninguno de los dos.

—Solo debo arreglar algunos asuntos con el Pontífice, Milo, y no desperté de buen humor hoy, es todo. Tal vez sea lo mejor.

Y sin esperar más comentarios, avanzó.

 

Los guardias se hicieron a un costado apenas lo vieron con la capa dorada, pero esta vez no le pareció gracioso ese respeto magnífico que le tenían solo por llevar un Manto de Oro... Esta vez estaba enojado, Milo lo había notado gracias a lo paranoico que era por naturaleza, y a pesar de todo, hasta donde sabía, él tampoco sabía la verdad que ocultaba el Sumo Sacerdote.

Allí estaba él, sentado cómodamente en su trono de oro al final de la larga alfombra roja. Detrás de las cortinas de terciopelo blanco tras su espalda, había una larguísima escalera que llevaba al Ateneo. Allí esperaban tanto la estatua como los aposentos donde supuestamente habitaba la diosa, aunque solo el Pontífice tenía permiso para subir allá.

Qué estúpido había sido al creerle eso...

—Aiolia, regresaste. Pero no veo la cabeza de ningún Santo de Bronce en tus manos. ¿Acaso fallaste la misión? —Ni siquiera un saludo de protocolo. ¿Para qué? Él sabía lo que había sucedido, por eso había sido tan directo.

Decidió seguirle el juego.

—No la cumplí por voluntad propia, Su Excelencia. —Tampoco se molestó en hacer la reverencia acostumbrada, no estaba de humor para gestos insulsos.

—¿Y eso a qué se debe? —Su voz ya denotaba marcada molestia.

—A que era una tontería.

—Siempre has sido tan rebelde, León, es en tu caso tanto una virtud como un defecto, y lo permití bastante durante la Titanomaquia. Pero hasta este momento nunca te habías puesto así, con esos aires de traición tan... —El Sacerdote mostró su sonrisa bajo la sombra que proyectaba su yelmo dorado—. Familiares.

—Quiero una audiencia con la diosa Atenea.

—Una audiencia con... ¡No seas tonto! Sabes muy bien que solo yo puedo verla, para eso fui elegido Sumo Pontífice hace más de dos siglos de entre los doce Santos de Oro. Si tienes algo que decirle, yo se lo comunicaré personalmente.  Aunque deberías saber que, como diosa, ella conoce tus preocupaciones y ya está haciendo algo para solucionarlo.

—Ah, sí, cierto... Como sea, subiré a verla, quiera o no.

—¿Qué te ocurre? —preguntó el anciano. Tensó los nudillos sobre los brazos del sillón de oro—. ¿¡Cómo te atreves a desafiarme así!?

—Si no se aparta, Su Alteza, tendré que asesinarlo. —Se sorprendió de sus propias palabras, pero no se arrepintió. Ya estaba decidido.

—Ya veo... —El Sacerdote cambió a una voz casi tranquila, pero movía los dedos impacientemente en el trono—. Así como tu hermano, tienes la misma sangre traidora; seguramente la falsa Atenea en Japón te lavó el cerebro e hizo brotar esos deseos traicioneros que habitaban en tu corazón, y ahora te has sublevado contra la verdadera diosa, tal como lo hizo el arquero.

«¿Arquero? Su nombre era Aiolos». Vaya, cómo detestaba cuando la gente inventaba excusas así para seguir mintiendo.

—¡Déjese de idioteces, el único traidor aquí es usted! Atenea jamás ha vivido en el Santuario, con excepción de sus primeras horas de vida antes de que tratara de asesinarla dieciséis años atrás...

—¿Ah, sí?

—Aiolos le salvó la vida y usted lo condenó a muerte. Fue llevada a Japón y adoptada por la familia Kido, sentí su poderoso y divino Cosmos hace solo unas horas —dijo furioso. Sintió la ira proyectándose por sus venas con cada segundo que pasaba sin que el viejo desmintiera sus palabras—. ¡No es más que un fraude, un anciano mentiroso y senil que está tan acabado que no vio otra forma de controlar a su ejército de guerreros más que inventando que la actual reencarnación de Atenea era tímida! Yo, el León Aiolia, acabaré de una maldita vez con todo este engaño...

 

El piso temblaba y las cortinas se mecían a ritmo con el vaivén de su aura encendida, pero ninguno de los guardias se apareció para detenerlo. Durante unos segundos se preguntó qué podría estar pensando el Sumo Sacerdote, silencioso y paralizado en su trono.

Finalmente, su voz ronca se asomó con un tono sombrío.

—Je, je, je... Muy bien, Aiolia, te felicito.

Por un instante, los ojos del Sumo Sacerdote brillaron con un resplandor rojo escarlata por sobre la sombra, aunque siempre había oído que eran del color suave y casi blanco de las rosas, o los pétalos de los cerezos en el Japón natal de Seiya.

—¿¡Pero qué demonios...!? —Sintió un fuerte Cosmos provenir del Pontífice sentado en el trono. Uno lleno de vigor, ira, violencia y una inquietante juventud—. Este no puede ser el Cosmos del Pontífice.

—Finalmente has descubierto parte de la verdad, Aiolia. Quién lo diría, tú y Aiolos debieron haber sido detectives en lugar de Santos, así no habría tenido que matarlos a ambos...

Sorpresivamente el hombre de cabellos grises se puso de pie y alzó su mano, de la cual salió un destello dorado. Era tan rápido como la luz a pesar de los años, apenas pudo verlo, pero logró bloquearlo con los brazos evitando que le diera en el cráneo. El ataque le quemó los dedos, entumeció sus músculos, y le arrastró unos cuantos metros a través de la alfombra.

El Sumo Sacerdote lo había atacado, lo que significaba muchas cosas: no era tan viejo como para que se le olvidara pelear; todavía era capaz de moverse a la velocidad de la luz... y lo más importante.

 

Ahora tenía derecho para devolver la cortesía.

Descargó el Rayo Relámpago con todas sus fuerzas. El Sacerdote golpeó el aire a máxima velocidad, y ambos ataques de energía chocaron formando una esfera dorada que se mantuvo flotando sostenida por ellos como si compitieran por quien jalaba más fuerte de una cuerda. La bola luminosa parecía un perro rabioso y lanzaba mordiscos furiosos en forma de destellos mortales que desprendían las piedras del suelo y dañaban las columnas a los lados.

«Ja, ja, qué curioso que Atenea no haya salido de su habitación y bajado las escaleras a ver qué ocurre, ¿no cree usted, anciano farsante?».

—¡Un remolino se ha creado por nuestros golpes a la velocidad de la luz! Lo que significa que tu Rayo Relámpago es algo que puedo bloquear fácilmente con un giro de mi mano.

—Veo una gota de sudor en su rostro, Su Excelencia, no se crea tanto. —Caía justo por la nariz, bajo la sombra que proyectaba el casco y que no dejaba ver sus arrugas y ojos, aunque éstos seguían desprendiendo un vibrante brillo rojizo oscuro.

—Vas a luchar en serio contra tu superior, ¿verdad? ¡Muy bien! Te darás cuenta con unos cuantos golpes más que jamás debiste tomar una decisión tan estúpida en toda tu vida.

—¡No voy a sentir compasión por un maldito traidor! Le devolveré a golpes los engaños en los que me ha tenido todo este tiempo: el provocar la muerte de Santos de Bronce y Plata, la de mi hermano, y el haber tratado de matar a Saori Kido en Japón... ¡Ha tratado de asesinar a Atenea tantas veces que no tiene ninguna forma de salvarse del infierno!

 

Un Cosmos se introdujo en el Templo Corazón, orgullosamente tranquilo e infinitamente severo, como un juez venido de los cielos. El Sumo Sacerdote empezó a reírse, anuló el choque de fuerzas entre ellos con un movimiento de su mano, y se dio media vuelta para volver a sentarse en su trono.

—¿Qué le pasa? ¿Se rinde? —preguntó aún pendiente del intruso que se acercaba al palacio.

—No va a ser necesario que siga combatiendo, Aiolia de Leo —contestó con absoluta confianza y seguridad—. Él no ha oído nada, y frente a sus ojos solo habrá otro Traidor.

—¡Cómo no! —dijo al tiempo que recordó que su Templo estaba vacío. Pensó que no estaba en casa, pero quizás meditaba en alguna de las habitaciones internas.

Escuchó sus pasos más allá de los grandes portones que se abrieron cuando los guardias, con rostros asustados por lo que sintieron que ocurrió tras sus espaldas (aunque no fueron capaces de entrar), vieron su capa dorada.

Ni siquiera se volteó para mirarlo, no estaba de ánimo para ser cortés con su aburrido y entrometido vecino.

—Cómo no iba a venir la doncella favorita del Pontífice cuando está en aprietos. Si te dignaras a abrir los ojos de vez en cuando, no serías tan ingenuo.

—He sentido tu Cosmos enfrentar al Sumo Sacerdote, Aiolia, no hagas una tontería así —le dijo con su típica voz llena de paz, justo cuando puso un pie al interior del salón y cerraron las puertas detrás de él.

—¿Para qué diablos viniste, Shaka?

—Golpear al Sumo Sacerdote es lo mismo que rebelarse contra Atenea, por lo que merece un castigo celestial.

—¡Maldito seas, siempre metiéndote donde no te llaman! —Se volteó cuando no pudo aguantar más el sonido de esa voz tan fingidamente humilde del Santo de Oro de la constelación de Virgo.

Era de estatura media para su edad, de tez morena y lampiña, aunque con una larga melena rubia ceniza que llegaba hasta la cadera. Tenía labios finos, mejillas escuálidas y una nariz pequeña y afilada. Un lunar brillaba sobre su frente con un resplandor carmesí. Siempre llevaba los ojos cerrados, mostrando aires de divinidad y misterio; solo una vez los vio abiertos, durante la guerra con los Titanes, y no fue una linda visión.

Shaka de Virgo era tal vez el más apático entre los Santos de Oro junto con Saga, todo el tiempo pasaba recluido en el sexto Templo, en permanente meditación con la intención de llegar a alcanzar el maldito Nirvana.

—Aiolia, calma...

 —¡Y para peor, llegas con tu desagradable jerga religiosa!

—¡Shaka! Aiolia se ha rebelado contra Atenea, cumple con tu deber —le dijo el Sacerdote.

—Lo sé, Su Excelencia, sentí su violento Cosmos atacándolo desde mi sala de meditación, pero primero le haré una advertencia. Aiolia, si sigues con esto, a pesar de todas las batallas que hemos luchado hombro junto a hombro, lamento decir que tendría que matarte. —Su armadura brillaba tanto como la de Leo, aunque era de un diseño muy complejo, con algunas piezas que no parecían ser afectadas por la gravedad, como las alas plegadas sobre el pecho para formar hombreras con numerosas estrías, bordeando una gema fucsia bajo su cuello; los brazales y perneras tenían una forma rugosa que les hacía parecer capas más que placas de gamanio; un collar con forma de V bajaba desde la garganta hasta el abdomen, sujeto por la hebilla del complicado cinturón, empezando con un triángulo invertido en la zona lumbar, y terminando en una falda decorada con múltiples frisos y adornos florales y hasta angelicales, con dos placas laterales que flotaban sobre sus piernas, y una central con forma de espada. Su capa era quizás más brillante que la de los otros.

—¡Lo que deberías hacer es ayudarme a matar es a este viejo que nos ha tenido engañados tantos años, Shaka! ¡Él es el verdadero Traidor! Vi a la Atenea real en Japón, es una chica de dieciséis años...

—...Llamada Saori Kido. Sí, he oído de ella, la falsa Atenea que el Cuervo no pudo someter. El Santuario entero habla de ella y piensa en la situación, sin llegar a entender cuánto daño le hacen a la diosa de verdad.

—¡Sentí su Cosmos, era una fuerza divina!

—Probablemente una ilusión que afectó tus inocentes sentidos. No seas ingenuo, Aiolia, sabes tan bien como yo que Atenea vive en sus aposentos más allá de esas cortinas, y la prueba está en el poder del Sumo Sacerdote. Tanto poder, tanta aura de justicia y generosidad en una persona solo puede significar que la diosa está de su lado. Por favor, lo ruego una vez más, no te lleves a ti mismo a esto.

—Dices que el poder significa justicia... —No pudo evitar soltar una risilla antes de hacer hervir su Cosmos y ponerse en guardia. Cargó de electricidad su puño derecho—. Como dije antes, la doncella favorita del Pontífice.

—Si así lo deseas... —Su rostro jamás cambió la expresión en toda la plática, tampoco cuando se colocó en su clásica posición de combate, con ambas piernas juntas, las manos unidas por las palmas, y sacando a relucir luces celestiales como rayos solares desde su Cosmos—. Esto conllevará la primera Guerra de Mil Días en muchos años.

—¡Que así sea! —Dejó salir el Colmillo Relámpago[1] por la alfombra al golpear el piso, se hizo trisas cuando docenas de rayos luminosos ascendieron como columnas electrificadas de Cosmos.

Shaka soltó una sílaba desde su boca, y los Colmillos se desviaron de forma circular, como si hubieran chocado contra un muro invisible esférico que rodeada al Santo de Virgo.

 

Varios seres transparentes aparecieron de la nada rodeando a Aiolia. Eran parecidos a calaveras con una estela gris humeante detrás, como salidos de una pésima película de terror. Le sonreían con maldad pura, lo amenazaban con llevarlo al infierno con sus ojos vacíos.

—¡Bien hecho, Shaka! —exclamó el Sumo Sacerdote, relajado en su silla de oro como si disfrutara de una función de teatro. Esa confianza tan exagerada en sí mismo y en Shaka iba a ser su perdición.

—¿Crees que tus truquitos de magia me van a asustar, Virgo? —Alzó un dedo y arrojó un rayo de luz que al desplazarse por el aire ya cargado del Templo Corazón, tomó una ruta circular, como un anillo, que pulverizó todos los espectros ilusorios de una sola vez. Era su Corona Relámpago[2], la forma de mostrarle a Shaka que no solo él tenía métodos para defenderse.

Sintió como los guardias trataban de abrir las puertas, alertados por el bestial despliegue de Cosmos, pero la proyección de energía se los impedía como un campo magnético. Y eso era lo mejor, ya que no tenía intenciones de luchar a media máquina preocupado por el bienestar de ellos; demostraría todo su poder.

 

—¡A partir de ahora eliminaré las dudas de mi corazón con las enseñanzas de Buda! Nada me impedirá acabar contigo, has pasado por encima de todos los votos de los Santos de Atenea —dijo Shaka con la misma voz de sermón de siempre.

Por primera vez se movió desde que comenzó la pelea, unió el pulgar y el dedo índice de la mano derecha en el centro de su pecho, sobre la palma izquierda hacia arriba, con el pulgar y el dedo corazón unidos también.

—¡Si quieres desaparecer del mapa cumpliré tu deseo, Shaka, no me asustas con tus gestitos budistas! —Los rayos de la Corona Relámpago regresaron a su mano derecha, listos para atravesar el vacío. Si tenía que matar a su compañero para luego acabar con el Sacerdote... lo lamentaría siempre, pero lo haría.

—Mis dudas se han disipado, mi Cosmos y mi mente se han liberado de los fantasmas. Te dejaré en manos de los Vedas. —Shaka soltó otra sílaba y un potente Cosmos salió de sus manos, como una luz de pura fuerza ofensiva.

—¡Escucha el rugido del león, Rayo Relámpago!

El choque de poderes fue tan atronador que hizo temblar el Templo Corazón. Algunas pilares se trituraron, las cortinas se desgarraron y el suelo se desquebrajó. Aiolia alcanzó a distinguir al Sumo Sacerdote mientras caía hacia atrás, impulsado por el choque de Cosmos, en medio de una luz. Lo vio con el dedo extendido hacia él, y un fuerte y súbito temor lo invadió repentinamente, como una sombra que inundó sus ojos y un velo que destruyó sus sentidos con descontrol. Las fuerzas del más allá se apoderaron de su mente.


[1] Lightning Fang en inglés.

[2] Lightning Crown en inglés.

 

***

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La "Doncella favorita del Patriarca", o el "hombre más cercano a los dioses"... o Barbie. Virgo Shaka.


Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:24 .

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#116 carloslibra82

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Publicado 26 septiembre 2014 - 23:08

Como lo esperaba, la misma pelea del clásico, la plasmaste de forma más emocionante aquí. De verdad, espero con ansias el próximo episodio, amigo Felipe. Será acaso Shiryu contra Death Mask? Bueno, es tu fic, tú eres el q nos va a sorprender



#117 T-800

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Publicado 29 septiembre 2014 - 17:12

Jajaja estuvo bueno el capitulo pero que me late que eres fan de saga o quizas del heroico cuyo cosmos sobreapasa a los olimpicos

 

La "Doncella favorita del Patriarca XD 


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 R.I.P      O. M  Tu querías que tu hijo creciera en

un mundo mejor,fuiste un buen padre


#118 -Felipe-

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Publicado 29 septiembre 2014 - 17:25

Como lo esperaba, la misma pelea del clásico, la plasmaste de forma más emocionante aquí. De verdad, espero con ansias el próximo episodio, amigo Felipe. Será acaso Shiryu contra Death Mask? Bueno, es tu fic, tú eres el q nos va a sorprender

Síp, se viene el Shiryu vs DeathMask, los últimos capítulos han sido básicamente los del clásico, pero el que le sigue es totalmente creación mía, completamente original.

Jajaja estuvo bueno el capitulo pero que me late que eres fan de saga o quizas del heroico cuyo cosmos sobreapasa a los olimpicos

 

La "Doncella favorita del Patriarca XD 

Nah, si fuera fan de Saga y anti Shaka, no hubiera hecho capítulos donde meto al "Sumo Sacerdote" como un esquizofrénico extremo xD. Soy fan de ambos, por así decirlo... jaja. Además, es el punto de vista de Aiolia, no el mío xDDD

 

 

 

Antes de poner el capítulo, tal vez me ayuden a resolver una duda. ¿Hacer o no una saga entre los doce templos y Poseidón? He ahí el dilema, sea Asgard o lo del País de los Hielos, y es que eso va a definir un capítulo que se viene muy pronto. Sus respuestas pronto, por favor :)

 

En fin. Al final sí pude hacer un capítulo de Punto de Vista de un personaje SIN VISTA.

SHIRYU VI

 

09:40 a.m. del 10 de Septiembre de 2013.

La vida era tan tranquila en China, en comparación con Japón. Lagunas, ríos, cascadas, árboles por doquier, tierra que trabajar, un sol brillante, estrellas titilantes en la noche, gente humilde, y la mano cálida de Shunrei como guía a través de los caminos de LuShan. Se la aferraba con fuerza, no porque temiera perderse, sino porque le daba confianza, amor y quietud, sosiego y paz. Aunque no tuviera vista, seguía con vida, y le gustaba disfrutarla con ella; debía aprovechar esos momentos.

La atrajo hacia sí, la abrazó, y sintió como se paró de puntillas. Se preguntó cuándo volvería a enfrentar su destino como Santo viajando al Santuario, algo de lo cual quizás no saldría vivo. ¿Cuánto tardaría en regresar con ella y su maestro?

—¿Dónde estamos ahora, Shunrei? —le preguntó.

—En el río, justo al frente de la Cascada Colmillo de Dragón —contestó con calma; la tristeza de sus primeras respuestas se había sosegado.

—Ya veo... Quiero decir, ya entiendo, je, je.

—Shiryu, no digas esas bromas, por favor. Me entristece el corazón que no puedas ver lo que yo veo: las lejanas montañas, los verdes prados, el cielo azulado, debe haber alguna forma para...

—Tranquila, ya te dije que no hay problema alguno —le dijo antes que su alma llorara—, además hay muchas ventajas. Antes no podía disfrutar tanto del canto de las aves, distingo las distintas especies que mi maestro me enseñó mezclándose con el viento sur: el faisán dorado sobre nuestras cabezas; los carboneros en las copas de esos sauces a la derecha, cuyas hojas no paran de mecerse; los picardos bañándose en el río... Esos cerezos a mi izquierda deben estar brotando ya, ¿no es cierto?

—¿Cómo... cómo supiste?

—Huelo su frescura, algunos pétalos tocan mi piel. También escucho el clamor del río chocando contra las piedras; de seguro hay un par de niños jugando unos metros más allá.

—Son los hijos de la artesana al pie de la montaña, Shiryu —dijo Shunrei con marcada alegría. Oía las risas de los pequeños que chapoteaban sobre el agua.

—Y por supuesto, mi tacto también está más fino. Tu mano es más cálida y gentil que nunca, tus sentimientos se transmiten a través de tu suave piel y la presión que tus dedos ponen sobre mi brazo. —Shiryu suspiró y el aire retornó sobre su rostro—. Es cierto que no puedo verte, tal vez nunca lo haga, pero no es algo malo, en realidad. Sé que sonríes, y eso es lo importante al final.

—Shiryu...

 

Acompañaría a Saori Kido en poco tiempo como uno de sus guardianes; deseaba aprovechar al máximo las situaciones que no podía percibir con los ojos, pero sí con el resto de los sentidos. Saori combatiría en una guerra que dejaría muchas bajas como saldo; quizás él mismo sería una de esas, pero lucharía en su nombre de todas maneras. Después de todo lo que había presenciado y lo que sus compañeros habían relatado, no había motivos para dudar de su divinidad, era como sospechó desde que la volvió a ver ese día del ataque a la mansión. Ella era Atenea.

 

—¿¡Qué es esto!? —detuvo la caminata cuando el flujo del Cosmos se alteró con una brusquedad inimaginable.

—¿Shiryu?

—¿Qué es ese Cosmos tan imponente? Es muy fuerte, muchísimo más que el de Algol, lleno de violencia y... ¡está en la Gran Cascada!

—¡Shiryu, espera!

—¡No te muevas de aquí, Shunrei! —gritó, y se alejó corriendo, guiándose por medio del fino sentido de orientación que había ganado con la pérdida de su visión y la experiencia de los años entrenando allí.

 

Sintió dos Cosmos cuando salió por los arbustos cerca de la laguna. El de su anciano maestro lo ubicaba donde siempre, sentado en lo alto sobre una de las rocas salientes de la montaña, frente a la ruidosa Gran Cascada, cuya fuerza descendía hasta las rocas del fondo donde había ocultado a Draco. Dohko tenía una energía suave, tranquila como aguas en un estanque, llena de paz y sapiencia ilimitada...

Pero la segunda energía era brusca, agresiva e impetuosa. Hasta olía la esencia de la sangre en ella...

—¡Maestro! ¿Está bien? ¡Respóndame, por favor! —Sabía que su Cosmos estaba allí, pero no podía verlo. Necesitaba oírle.

—Shiryu, vete de aquí y protege a Shunrei —contestó con voz cansada.

—¿¡Qué dice!?

—Ja, ja, ja, ja, vaya que está viejo, anciano. —Era la voz del recién llegado, brusca, irrespetuosa y cargada de arrogancia. Hablaba en chino, pero tenía un marcado acento italiano—. Los doscientos años no pasan en vano, ¿verdad?

—¿¡Quién eres tú!? ¡Responde! —Notó los Cosmos muy cerca uno de otro, el tipo violento estaba al lado de su maestro, y Shiryu temió por su seguridad. El extraño desprendía una angustiante sed de sangre, una sensación grotesca y vomitiva.

—Cangrejo, así que el Sumo Sacerdote te ha enviado para que me mates. Debe estar muy preocupado por mi existencia.

«¿Cangrejo? ¿No será...?»

—Yo no cuestiono las decisiones de Su Excelencia, solo las cumplo; y en este caso la orden es quitarle la vida, anciano

Qué voz tan insoportable.

—¡Inténtalo si puedes! —Saltó a otra saliente para balancearse y poder llegar a la superior. Cuidaría la salud de su maestro a cualquier costo.

—¡Detente, Shiryu! Te dije que te fueras.

—¡Pero maestro! —Se detuvo a medio camino; lo notó por el ruido de la Gran Cascada a su costado, con su fuerza en la máxima intensidad.

—Él es DeathMask, el Santo de Oro de la constelación de Cáncer, alguien que ya ha demostrado sus palabras en el pasado. Cumple órdenes con prisa, sin vacilar, siempre y cuando haya una regla: Mucha sangre.

—Me halaga, anciano, de verdad me halaga...

—¿Qué? —El olor a sangre no era una cosa de Cosmos solamente. Lo sentía físicamente impregnado en el tal DeathMask—. ¿Por qué un hombre como ese sería Santo de Oro?

—Recuerda lo que te dije hace tiempo, Shiryu, sobre la voluntad de los que portan los Mantos de Atenea.

«Recuerdo. Si la voluntad o las emociones son tan intensas que superan a las de la armadura, entonces podrá usar sin problemas su poder. Así, el hombre más cruel del mundo podría llevar hasta un Manto de Oro».

—Niño, si no quieres ser parte del fuego cruzado será mejor que te largues. Te doy cinco segundos para eso. Obedece a tu maestro.

—Por esta vez... ¡tendré que desobedecer! —Dio un amplio (y calculado) salto para caer exactamente entre los dos Cosmos, justo frente a DeathMask—. Protegeré la vida de mi instructor, ¡soy el Santo de Bronce Shiryu de Dragón!

—Ah... Bronce, claro —dijo el Cangrejo con desgano—. Vete, chico. Por estar ciego no ves que uso un Manto de Oro, pero sientes mi Cosmos, ¿correcto? Es mayor al de cualquier rival al que hayas enfrentado.

—¡No me subestimes! —Enfocó su Cosmos en el pie derecho y lo alzó para dar una rápida y precisa patada al contrincante que sentía frente a él. Con esa potencia al menos le rompería un par de huesos, incluso si no dañaba el poderoso Manto Sagrado de Oro.

Pero si sus sentidos no lo engañaron... lo detuvo con el dedo índice. Lo mantuvo ahí en el aire, con las piernas abiertas como si se burlara de él.

—Te estoy diciendo que un Santo de Bronce es estiércol comparado con uno de Oro. ¡Ya déjate de juegos, niño! —DeathMask puso un poco de presión en el dedo, y fue como si lo empujara un camión. Una energía desagradable recorrió su cuerpo como una enfermedad, y lo arrojó de cabeza hacia el lago al fondo de la cascada. No pudo hacer nada por recuperar el equilibrio ni detener el ataque, nada podía frenar su ruta... Solo con un dedo lo habían vencido.

 

Pasaron unos segundos que se hicieron eternos. Sin dejar de descender bajo el agua cálida pero asfixiante, proyectó su Cosmos hacia la superficie para saber lo que ocurría con su maestro. La laguna y la distancia no eran impedimentos para oír lo que el corazón deseaba.

—¡Déjalo! No mates a mi padre, por favor, ¡es solo un anciano! —gritaba llorando Shunrei...

«¡Shunrei! ¿Qué hace aquí?»

—¿Solo un anciano? —dijo DeathMask. Oyó con dificultad su mofa—. Este hombre es un Santo de Oro, uno de los doce que son parte de la élite de los Ochenta y Ocho, y uno de los dos que tiene la mala costumbre de rebelarse contra el Sumo Sacerdote como si fuera gracioso. ¡Él es Dohko de la constelación de Libra!

«Sí... Fue un Santo de Oro en el pasado, aunque no sabía que era Libra... Como sea, ¿por qué DeathMask lo hace sonar como si fuera... actual?».

—¡Por favor no lo lastimes! ¡Suéltalo! —gritó Shunrei.

—Si no te callas, niña estúpida, los atravesaré a los dos con el mismo golpe, no es ningún problema para mí.

No le gustaba enfadarse, pero amenazar a sus dos seres más queridos en el planeta era la manera más fácil de provocar su ira y sentir nuevas energías. Draco estaba a pocos metros de él, hundido también en reposo, así que le suplicó que lo ayudara a través de su conexión con las estrellas, y el Dragón rugió una vez más, listo para el combate.

 

Recordó que para ganar su poder, tuvo que invertir el curso de la Gran Cascada, hacer que ascendiera en vez de descender, como un dragón que acaba de despertar y se dirige hacia la luna. Lo logró gracias a su mejor técnica, y ahora lo imitaba para subir a la altura de la lucha.

—¿Eh? ¿¡Otra vez tú, niño!? —aulló DeathMask.

—Te dije que no permitiré que le hagas daño. —Sentía como la laguna subía, lo impulsaba hacia arriba como un ascensor, y le permitió arribar cerca de los dos Cosmos. Escuchó a Cáncer soltar a su maestro y dejarlo caer—. ¡Maestro!

—Ja, ja, ja... ¿Crees que un Santo de Bronce, por más terco que sea, puede entrometerse en mis planes? ¡Mis órdenes son matar a Dohko de Libra!

—El Sumo Sacerdote es el verdadero Traidor —dijo el anciano maestro con algunas dificultades para hablar, tenía la respiración entrecortada—. ¡Él es el mal que quiso matar a Atenea y logró hacerse dueño de todo el Santuario!

«¿Qué? ¿Lo sabe?».

—¿Y qué? —preguntó DeathMask con una risita inesperada.

—¿Ah? Oh... ya veo. Pensaba que ustedes, la élite del Santuario, le eran fieles al Pontífice porque estaban engañados, pero veo que eres una excepción. Estás al tanto de su maldad y aun así lo obedeces. Tú, aquel que ha asesinado a incontables inocentes solo porque estaban en el camino hacia tu objetivo.

—Eso de bondad y maldad es algo curioso, anciano, es bastante subjetivo y cambiante. La historia ha demostrado en incontables ocasiones que lo que puede parecer cruel y despiadado en la mañana, puede llegar a ser justicia en la tarde.

—¡Imbécil! —gruñó el maestro con la voz agarrotada—. La justicia es justicia en la mañana, la tarde y la noche, pase lo que pase.

—¿Entonces se vuelve justicia al día siguiente? Ah, ahora entiendo.

Ya era demasiado.

—¡No te burles de mi maestro! —El dragón subió con el impulso de su puño, a través de su alma, su corazón y su sangre, directo a la mandíbula de ese ser lleno de maldad y deshonor que olía a putrefacción. Algo no salió bien—. ¿¡Qué es esto!?

 

Su Dragón Ascendente ni siquiera había alcanzado a acercarse a la respiración de ese tipo, como si hubiera golpeado solo las gotas que se desprendían como lluvia.

—Jo, jo, recién ahora me doy cuenta que te pusiste la armadura, y admito que tu golpe era bueno. Si me hubiera alcanzado, tal vez habrías... no sé..., quizás lograr que mi cuello temblara un poco. Lástima que yo sea tan, pero tan veloz...

—¡Eres un arrogante!

—¡Ten cuidado, Shiryu! —exclamó Shunrei.

—¡Shiryu! —gritó esta vez Dohko.

Una energía muy extraña se extendió por el aire e hizo que la Gran Cascada sonara como una multitud de quejidos, lamentos y rechinares de dientes. Se pareció mucho a la sensación que lo invadió en el Monte Fuji, un nauseabundo aroma a muerte, a carroña, a suciedad etérea que cruzó sus sentidos como una flecha del Más Allá. Al mismo tiempo, la energía de uno de los doce guerreros más poderosos al servicio del Sumo Sacerdote se intensificó.

—¿Qué es este Cosmos tan raro?

Acabo de abrir un portal a la Colina del Yomi. Niño, ¿serías tan amable de ir allá por las buenas? —le preguntó con una voz espectral que de pronto hizo eco.

—¡Algo... algo me está arrastrando!

Eran como manos cadavéricas que lo guiaban adelante, hacia DeathMask de Cáncer. Oía también algunos chillidos a los lejos, una dimensión lejana, y al mismo tiempo angustiosamente cercana.

Gritos espeluznantes, desesperados intentos de escapar de una tortura más allá de la razón y la moral. Usaba todas sus fuerzas en los pies para detenerse, para no ser parte de ese grupo de desgraciados condenados, pero no eran suficientes.

—¡Son las Ondas Infernales del Pesebre[1]! —exclamó su maestro, cuyo Cosmos parecía anulado, mientras el olor a sangre y muerte era cada vez más fuerte.

«¿Pesebre? Así se le llama al cúmulo de estrellas en la constelación de Cáncer que en algunos mitos antiguos se dice que es el pasaje que toman los muertos para llegar al otro mundo. Si dice que abrió un portal al Yomi...»

—¡Shiryu! —gritó Shunrei, su voz se oyó tan lejana.

—¡Basta, DeathMask! Usar una técnica como esa contra un Santo de Bronce es injusto y bastante... vergonzoso, ¿no te parece? —dijo una voz que, a pesar de haberse alzado, mantenía un tono sumamente pacífico, casi sobrehumano.

 

Un Cosmos casi tan tranquilo como el del maestro se presentó en LuShan, pudo sentirlo en su totalidad cuando dejó de ser arrastrado.

—¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? Ja, ja —rio DeathMask con aparente relajo, aunque hubo cierto tono nervioso detrás de su voz que no pasó desapercibido cuando los muertos se callaron y la cascada rugió de nuevo con toda su claridad—. Jamás pensé que dejarías tu vida de ermitaño en Jamir para venir al rescate de una princesa de Bronce en problemas.

—Shiryu es mi amigo, no voy a permitir que le hagas daño.

—Muu, es bueno verte aquí —dijo su maestro.

Respiró aliviado cuando la energía extraña de muerte se disipó, pero había otra cosa aún más rara. El Cosmos de Muu, quien había reparado sus armaduras, era mayor al que había sentido en Jamir; era gigantesco, casi tanto como...

«No será qué...»

—¿A qué viniste, Carnero? —inquirió DeathMask.

—La guerra contra el Sumo Sacerdote está a punto de comenzar, es lógico que me presente. Así que comencemos la lucha de una vez, o quizás prefieras...

—¡Ja, ja! No me tomes por estúpido, Muu, ningún Santo de Oro es capaz de pelear con dos a la vez; ni siquiera yo, el más poderoso entre los Doce.

—Nos vemos en el Santuario, entonces —contestó Muu con el mismo tono serio, pausado y elegante de siempre.

—¡Momento! ¿Huyes de nuestra pelea? —preguntó Shiryu, aunque se sintió estúpido de repente, frente a Muu y su maestro.

—¿Pelea? —cuestionó DeathMask con tono de mofa. Su voz se alejaba cada vez más en dirección a la Cascada—. ¿Cuál pelea, mocoso? Si no fuera por Muu te habrías convertido en comida para los cadáveres del Yomi. Si tan poco te importa la vida, entonces ve al Santuario y ya. Y cuida a la chica, un día va a hacer enfadar a alguien como yo y se convertirá también en fiambre.

 

Y su Cosmos desapareció completamente, como si nunca hubiera estado allí. Un cálido abrazo en su espalda lo trajo de nuevo a la normalidad, a la tranquilidad de LuShan, a la serenidad del viento tras las montañas chinas. Se volteó para devolver el gesto a la mujer que más amaba.

—¿Por qué volviste, Shunrei?

—Estaba preocupada por ustedes, no me puedes culpar por ello.

—Sí, pero...

—Muchas gracias por salvar la vida de mi terco discípulo, Muu —dijo el anciano maestro.

—No tiene que dar las gracias, me involucré en algo que usted podría haber resuelto por sí mismo. Lo lamento —contestó Muu.

—¡Un momento! Eres Muu, quien arregló a Draco y Pegasus y me salvó de la muerte... ¿Eres también un Santo de Oro? —preguntó sin entender muy bien la situación. Se sentía tan niño frente a ellos dos.

—Muu es el Santo de la constelación de Aries, uno de los doce guardianes principales de Atenea. El primero, de hecho —explicó el maestro, ahora hablando normalmente—. Al igual que yo, estaba al tanto de la maldad al interior del Santuario, por lo que se retiró a una vida lejos del mismo sin responder a los llamados del Sumo Sacerdote. Hemos estado en comunicación por muchos años, Shiryu, organizando las defensas para la guerra que está por llegar.

—¿Qué, ustedes sabían de esto? —preguntó. Se sintió algo ofendido por la falta de información—. ¿Cómo es eso posible?

Shunrei le tomó la mano y eso bastó para darse cuenta que había sido el movimiento más lógico. Aquel que repara las armaduras de los Santos, y el más viejo en el Santuario, deben trabajar en silencio.

Y si lo hubiera descubierto antes de seguro habría cometido una estupidez para defender a su instructor. Antes que le respondieran cualquier cosa, bajó la cabeza en señal de disculpa.

—Lo importante es que sepas que estamos de tu lado —dijo Muu, restándole importancia a su comentario—. Somos los dos Santos de Oro que el Sumo Sacerdote más detesta, por eso envió a DeathMask a matar a tu maestro. De seguro hay otro buscándome en Jamir en estos momentos...

—Y eso otro. Maestro, ¿no es un ex Santo?

—Él es Libra Dohko. Aunque esté un poco mayor, sigue ostentando el título del Guardián del Séptimo Templo.

—Y ahora, Shiryu, la guerra va a dar inicio. Si quieres pelear al lado de Saori Kido, la diosa Atenea, entonces debes partir cuanto antes, ¿no es así, Muu?

—Sí. Vine aquí a informarle de aquello, aunque me doy cuenta de que no fue necesario. Atenea está a horas de partir a Grecia.

 

11:40 a.m.

—Ya me voy.

—Cuídate mucho, Shiryu. Por favor, regresa con nosotros aquí. Conmigo. Te prohíbo que mueras.

—Tranquila, Shunrei. Regresaré, lo prometo. —La abrazó una última vez antes de salir de la habitación. Era una posible mentira, no sabía si volvería vivo... pero su mayor deseo era que sonriera, eso era lo importante, y haría todo lo posible por sobrevivir—. Cuida al maestro.

—¿Cuidar al Santo de Oro de Libra? ¡Claro, ningún problema! —dijo, soltando una risita dulce.

—Te amo, Shunrei.

—Te amo, Shiryu.


[1] Sekishiki Meikai Ha en japonés.

 

 

***

Y DM, a quien admito le puse CERO ganas al dibujarlo, no me gusta ni nunca me gustará el personaje xD Total, Shiryu no lo puede ver...

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Editado por Felipe_14, 23 julio 2015 - 18:25 .

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#119 carloslibra82

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Publicado 30 septiembre 2014 - 16:44

Genial capítulo, arreglaste todas las incoherencias que había en el clásico, nunca me pareció lógico q shiryu pudiera siquiera arrastrar a un santo de oro, aunq sea death mask. Y el maestro Mu, tan genial como siempre. Con respecto a tu pregunta sobre una saga post 12 casas, sólo como opinión me gustaría leer tu visión sobre asgard, ya q las inconsistencias de la serie (en este caso la Toei) nunca dejaron claro si los dioses guerreros eran más fuertes, menos fuertes o igual de fuertes q los dorados. Por ejemplo, siegfried les dice: "yo no soy tan débil como los rivales q tuviste antes". Pero Marín le dice a Aldebarán, extrañada por su derrota: "no hay dios gurrero tan fuerte como un caballero dorado". Cosas así. Quisiera ver tu opinión. Confieso q me gustaría q fuera cierta la opinión de Marín, soy gran admirador de los caballeros dorados (con excepciones, como death mask).Como te digo, es sólo lo q a mí me gustaría, tú sabes como hacerlo. Y me gustó igual el dibujo de death mask. Y no te aburro más, saludos!!



#120 Rexomega

Rexomega

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Publicado 30 septiembre 2014 - 20:27

Saludos

 

 

Antes de poner el capítulo, tal vez me ayuden a resolver una duda. ¿Hacer o no una saga entre los doce templos y Poseidón? He ahí el dilema, sea Asgard o lo del País de los Hielos, y es que eso va a definir un capítulo que se viene muy pronto. Sus respuestas pronto, por favor :)

 

 

 
El problema al que te vas a enfrentar es que las Doce Casas ofrecen nueve rivales (descontando a Aries, Libra y Sagitario), Asgard nueve (incluyendo a Hilda) y Poseidón nueve (incluyendo a Tetis y Poseidón), y cada una es bastante similar a la anterior, al igual que ocurre con el primer tercio de Hades. A mí me gusta Asgard, sobre todo en lo que a el pasado y los anhelos del enemigo refiere, olvidando detalles que me descolocan como Shiryu teniendo problemas con lobos o Hagen potenciando sus técnicas con lava. Puedo leer las tres sagas así como las vi en su día; la pregunta es si te ves animado para escribirlas, ya que precisamente el peso que Saint Seiya arrastra desde entonces es la repetición en la estructura que sigue cada temporada. La alternativa que se me ocurre creo que encaja más en un UA al estilo de Android que en un Remake/Reboot de SS. 
 
Sí, estoy leyendo el fic. No he dejado review porque le debo a otros. *Huye antes de que Marcus le dispare*. 

Editado por Rexomega, 30 septiembre 2014 - 20:32 .






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