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El Mito del Santuario


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685 respuestas a este tema

#161 carloslibra82

carloslibra82

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Publicado 29 noviembre 2014 - 21:24

Q buen final de la batalla, Felipe, y ese DeathMask tiene q haber estado loco para dejar su alma en el Yomi. Tal vez eso sea una explicación para q después pudiera tener una posible redención (aunque puede no ser así). Lo único q no me gustó fue q Shiryu no haya recuperado la vista, aunque debes tener una muy buena explicación para eso. Saludos, y sigue así!!



#162 T-800

T-800

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Publicado 30 noviembre 2014 - 16:43

me pregunto porque todos odian a los dorados de cancer?XDDD

 

Bueno me comformo al menos que DeathMask  de tu fic no quedo tan en ridículo como los cancer de next dimension o el de omega 



#163 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 02 diciembre 2014 - 15:30

No odio a los cangrejos xD Simplemente seguí lo que hizo Kuru con DM, pero cuidé de hacerlo un poco más fuerte, darle más técnicas (gracias a Shiori) y arreglar algunos detalles sobre su técnica y su ida al Yomi que no parecían del todo coherentes. Y no quiero dar spoilers, pero eso de que DM aparezca en la saga de Hades como un buen tipo me parece una de las mayores incoherencias de todo SS.... ahí lo dejo...

 

Por cierto, lo de la vista de Shiryu fue porque no lo veo muy bien que simplemente por despertar el séptimo sentido recuperes la vista. Si fuera así de fácil no se entiende el caso de Shiryu contra Poseidón, o el mismo Asmita... Sé que va a seguir siendo difícil por el tema de hacer puntos de vista de un tipo ciego, pero lo consideré necesario. Además, para que después quede ciego de nuevo... como que nah!

 

 

Sigamos entonces.

AIOLIA I

 

El viento soplaba con bríos a través de las montañas, construía una extraña sinfonía de silbidos de distintas tonalidades e intensidades bajo el sol, solemne en su punto más alto. El calor lo hacía transpirar, y la tierra rocosa de ese lado de Grecia le dañaba los pies descalzos.

—Maldita sea, no puedo... —se quejó, lo había intentado cientos de veces. Le dijeron que a través de la perseverancia se podía lograr cualquier meta que tuviera en mente, pero evidentemente no era así siempre el caso.

—Aiolia, ¿qué haces? —le preguntó su hermano mayor. Venía sin su Manto de Oro, pero su presencia era tan intensa como siempre. La gente decía que Aiolos, el Santo de Sagitario, era una de las personas más nobles y justicieras que habían pasado por el Santuario, un ser radiante como el sol, el guía de la luz, lleno de compasión y un poder increíble. Aquel capaz de exterminar al Ejército del Sol dos años atrás.

Le sonrió y le revolvió el cabello con la mano enguantada. Aiolia sintió su calidez, era mayor a la de cualquier otra persona, y hasta le servía para generar su mejor técnica, la más espectacular entre los Santos.

—Entreno, no me molestes —le respondió. Podía ser un héroe o un ángel para las demás personas, pero para él, Aiolos era solo un hombre. Fuerte, claro, y noble, y con todas esas características que le adjudicaban, pero también un hombre, con errores y todo.

—Vaya, estás de mal humor hoy, ¿verdad? —dijo su hermano, risueño—. ¿Qué te preocupa? Puedo sentir un Cosmos fuerte viniendo de ti, y muy... cálido.

—¿Tú qué crees? —Se dio media vuelta para no mirarlo y clavó los ojos en una piedra ligeramente diferente a las demás. Más cuadrada.

—Lo estás intentando de nuevo, ¿verdad? Noto el calor en el aire. Aiolia, mi querido hermano, ¿por qué sigues con esto?

—Todo el mundo habla de tu Quiebre del Infinito, una técnica que irradia casi tanta energía calórica como el sol. Pero no soy capaz de generar tanto fuego en mis manos... —Propinó un fuerte golpe a la base de la montaña que tenía al lado, las rocas cercanas flotaron y se desquebrajaron en medio de destellos. Pero no era nada en comparación con lo que el arquero de Athena podía hacer.

—No tienes que replicar mis técnicas, hermano.

—Lo haré, puedo hacerlo. Hubo hace dos siglos un Santo de Leo que era capaz de replicar cualquier truco que vieran sus ojos... —Lo había leído en un libro de la biblioteca. Un Santo cuyos ojos aprendían toda habilidad que vieran.

—Regulus era Regulus, así como yo soy yo, y tú eres tú. Tratar de imitar a un prodigio de la orden ateniense solo hará que tu Cosmos se debilite más. Tienes que desarrollar tu propio estilo de combate.

—Pero tu técnica es muy fuerte, Aiolos. —Volvió a voltearse hacia él, las discusiones se hacían frente a frente—. ¿Por qué no puedo hacerlo si tenemos la misma sangre? ¿¡Por qué no me has enseñado a utilizarla si eres mi maestro!?

—Aiolia... —Aiolos se sentó en el suelo polvoriento, el viento agitaba sus cabellos castaños y sus ropas de entrenamiento, pero su Cosmos seguía tan quieto e impasible como siempre. Alerta. Preparado—. Hace dos años me encomendaron la tarea de entrenarte, ya que vieron el talento innato en ti para ser un Santo de Oro. Me sentí feliz por eso, pero me lo he tomado con seriedad todo este tiempo. No digas cosas que no son.

—¿A qué viene eso? —replicó Aiolia. Le ardía la cara, pero no le importó—. Al no enseñarme tus técnicas es obvio que me saboteaste, no digas que no.

—Lo primero que debía hacer como tu maestro era identificar tu estrella guardiana, lo cual hicimos el primer día, ¿recuerdas? El león resplandecía con intensidad, mirándote.

—¿Y? —se impacientó Aiolia.

—Después de eso, los maestros tenemos que elegir entre dos modalidades. La primera es enseñarle al discípulo las técnicas de las que uno dispone, lo que me pides, que te heredara los trucos que han usado los guardianes del Centauro.

—Ese no fue el método que usó tu maestro, ¿cierto? Él no fue un Santo de Sagitario... ¡Pero eso no tiene por qué aplicarse a mí también!

—La segunda forma es la que usaron conmigo y que decidí utilizar contigo: instruir en las técnicas de la constelación guardiana. Los Mantos de Oro son capaces de memorizar las artes marciales de sus dueños, y además hay una infinidad de libros que explican cada técnica que tienen los Santos por constelación. Conozco, por ejemplo, el Impulso Luminoso de Quirón[1], que ha utilizado todo Santo de Sagitario, pues es la técnica de la armadura, pero que mi maestro jamás pudo replicar. Él me enseñó las técnicas de una constelación que no le correspondía, de otros Santos de Sagitario. Con el tiempo desarrollé una técnica propia, esa que tanto quieres imitar.

—Entiendo, entiendo, y decidiste enseñarme entonces las técnicas de los Santos de Leo, ¿verdad? Pero no me interesan las tradiciones...

—El Rayo Relámpago por ejemplo, sí —interrumpió Aiolos, sin ser molesto—. Y te lo enseñé antes que lo aprendieras por ti mismo al llevar el Manto un tiempo, pero no fue para mantener la tradición de los guardianes del quinto Templo, sino porque tenías una gran disposición genética al uso del rayo. Los impulsos eléctricos recorren tu cuerpo con más intensidad que en otras personas.

—Si puedo generar electricidad, entonces debería poder usar esa energía de manera calórica, ¿o no?

—No son la misma cosa. El Cosmos tiene ramas casi infinitas para su uso. La especialización es uno de los puntos fuertes en nuestra base marcial. En tres o cuatro años participarás en el torneo que te entregará, de seguro, el Manto de Leo, y ya ahora manejas muy bien las artes eléctricas que han usado por generaciones los guardianes del León. Incluso creaste tu propia técnica, el Colmillo Relámpago, tal como hice yo con mi Quiebre del Infinito.

—Esas técnicas no se parecen en nada. Ninguno de mis golpes es capaz de deshacerse de todo un ejército como el tuyo...

—Quizás no quemarlos, pero sí paralizarlos. Incluso has logrado detener todos mis movimientos un par de veces. Luego, con el tiempo y la experiencia, serás capaz de destrozar solo con una chispa a la velocidad de la luz, a aquellos que amenazan la paz en el mundo.

 

13:45 p.m. del 11 de Septiembre de 2013.

Abrió los ojos. No supo si se había quedado dormido o estuvo recordando, eran sensaciones similares. Aiolos de Sagitario, el Traidor, le había enseñado todos sus trucos. ¿Cómo hacía Aiolia para seguir usándolos sin avergonzarse? Al pensar de nuevo, se dio cuenta de que no había tenido motivos para soñar, o recordar, ese día de entrenamiento. Fue dos años antes de que su hermano mayor se rebelara contra el Santuario e intentara asesinar a la diosa Atenea.

“Los enemigos de Atenea, herederos de la voluntad de tu hermano, han venido al Santuario para completar su trabajo. Cuando alguno de ellos llegue a tu palacio, no lo mates de una vez. Primero hazle saber por medio de tus rayos cuál es el poder de los Santos de Oro”, le había dicho el Sumo Sacerdote después de que subiera a buscar sus instrucciones. Todo ese discurso fue una manera elegante y políticamente correcta de decir «Tortúralo».

No le agradaba la idea, pero las órdenes eran órdenes, y el enemigo debía ser muy cruel y sanguinario para que el Sumo Sacerdote dictara un mandato como ese. ¿Sería acaso algún sobreviviente de Reina de la Muerte? ¿Quizás alguien del ejército de un dios despiadado como Ares? No podría saberlo hasta que...

—¡Aiolia! ¿Estás aquí? —llamó una voz.

Había llegado. Tenía voz muy grave, violenta y arrogante, como la de un demonio que acaba de despertar de su sueño. Salió a su encuentro listo para ponerlo a dormir otra vez.

—¡Aiolia! —El enemigo gritó tan fuerte que hizo temblar todo el Templo después de abrir los portones de su palacio, sin invitación. Evidentemente ni Goldie ni Blondie lo intimidaron en la entrada.

Cruzó las habitaciones y bajó desde el segundo piso por la escalera de oro. El sol entraba con fuerza por todos los ventanales, y la temperatura se había elevado bastante. Juzgando por el Cosmos del monstruo, sería una batalla igual de ardiente.

—¿Me buscas a mí, demonio? —le desafió encendiendo su Cosmos cargado de relámpagos, para enseñarle desde el principio la diferencia entre sus poderes.

—¿Demo qué? —preguntó con brusquedad. Vestía una armadura totalmente negra, como una sombra, y debajo lucía ropas tan grises como sus largos cabellos. La diadema asemejaba los cuernos de una bestia salvaje, era de brazos gigantescos y peludos, capaces de destrozar a un hombre con las manos. Su rostro era grotesco, cargado de cicatrices, con ojos sin iris y dientes afilados dentro de unas fauces que derramaban espuma. Debía ser uno de los guerreros de Ares, sin duda. Por eso el Sumo Sacerdote se había preocupado—. ¿Te atreves a llamarme demonio? Aiolia, ¿por qué me...? ¡Acabaré con tu vida!

—¿Atravesaste los demás Templos? ¿Acaso mataste a Muu, Aldebarán, Saga y DeathMask? —No era capaz de sentir ninguno de sus Cosmos, pero era imposible que los cuatro perecieran. Obviamente su enemigo tenía la capacidad de disfrazar el Cosmos para evitar la vigilancia.

—¡Aiolia de Leo! —vociferó con eco. Luego comenzó a balbucear sandeces sin ningún sentido; apenas era capaz de modular.

—Si no te largas en tres segundos, acabaré con tu miserable vida. —Avanzó lentamente hacia él, a paso firme, no por temor, sino para atemorizarlo. El Pontífice le había ordenado torturarlo, pero primero quería ver su reacción.

Lo vio arrastrarse hacia él a una bajísima velocidad, como si lo analizara, previo al combate. Alargó una garra para cortarle la garganta, pero no le costaría nada esquivarlo, y el demonio no pudo seguir la luz.

Deteniéndose junto a él, Aiolia le clavó con fuerza su Rayo Relámpago en el estómago. Podría haberlo pulverizado de una sola vez, pero no usó todo su poder. Primero quería sacarle información sobre el ataque de Ares.

—¡¡A-Aiolia!! —gritó el soldado, tosiendo sangre por sus diabólicas fauces.

—¿Qué trama tu líder? —Lo golpeó de nuevo, esta vez en el pecho—. ¿De qué escuadrón eres, alimaña? —Luego en el rostro—. ¿Cuáles son sus planes? —Proyectó la electricidad hacia su brazo y se lo entumeció mientras lanzaba lentísimas esferas de luz blanca con la otra mano que casi le hicieron cosquillas.

—¿Q-qué te pasa? —preguntó el guerrero cruel, aunque esta vez su voz se oyó mucho más tenue, como la de un hombre joven.

—¿Tratas de engañarme, cobarde?

—¿E-engañarte? Pero de qué est... ¡Tendré que acabar contigo! —El diablo, que nunca se presentó siquiera (ni le importaba), volvió a lanzar sus esferas de luz. Era una técnica similar a la de Marin, un topetazo velocísimo en todas direcciones a discreción. La había visto tantas veces.

Aiolia concentró un poco de su electricidad en su mano y lo proyectó en un arco para que se transformara en la Corona Relámpago y girara a su alrededor como una libélula. Pulverizó cada golpe que trató de conectar.

 

Para compensar, se arrojó sobre Aiolia como un animal hambriento o una sombra despiadada. Pudo esquivarlo fácilmente y le asestó con tanta fuerza un golpe en el brazo que una de sus hombreras se resquebrajó. Llevaba suficiente potencia como para hacer polvo un Manto de Bronce, así que confirmó que era al menos en términos defensivos más resistente que uno. Le golpeó el rostro que se manchó de borbotones rojos, luego lo tomó del otro brazo, lo levantó del suelo como si fuera un muñeco y lo azotó contra la alfombra. El perro de Ares no paraba de sangrar.

—¿P-por qué haces esto, A-Aiolia? —preguntó con voz de chiquillo, aunque luego cambió a una grave, cargada de desprecio y chanza—. ¿Es todo lo que tienes, gato de tercera?

—¿Gato? Muy bien, ya que estás ahí recostado serás presa de sus colmillos. —Había creado esa técnica como una variación de otro de sus trucos. El Colmillo Relámpago canalizaba la electricidad a través de la energía subterránea y luego salía en ascenso de forma brusca y recia, recargada en el proceso.

Hizo un boquete en el techo y pasó de largo hasta el segundo piso, donde destruyó los muebles, y finalmente se estrelló con brusquedad sobre unos maderos que antes fueron su cama. Con una observación atenta, podía notar las grietas en su armadura negra.

—A-Aiolia... —gimoteó con sangre en los labios.

—Esta batalla le dará un mensaje a tus jefes, miserable. Los Santos de Oro somos superiores a ustedes; eres menos resistente, fuerte y veloz que yo, no tienes posibilidad alguna. Ríndete y recibirás una muerte rápida, porque no permitiré que nadie se acerque a las habitaciones de mi diosa.

—¡No! —gritó, y con dificultades se volvió a poner de pie. Temblaba, y con el vaivén se le caían las piezas de metal al primer piso. La electricidad ya debía recorrer todo su cuerpo, quemando sus nervios y órganos internos, pero brincó y cayó de rodillas frente a él, antes de alzarse nuevamente.

—Insensato. —«Interesante, al menos tiene orgullo de guerrero. Admito que es de admirar ese espíritu de lucha»—. ¿Te levantas de nuevo? La próxima vez te atacaré con mucho más poder, gusano.

 

Siempre respeta a tu contrincante, Aiolia. Sea quien sea, si transpira orgullo entonces merece todo tu respeto. Da todo de ti mientras peleas, se lo debes desde el momento en que decide pararte frente a ti, le dijo una voz.

Una voz traicionera que le causó una migraña. Se sacó el yelmo de felino y se agarró los cabellos, cerrando los ojos por el dolor de cabeza y perdiendo de vista a su contrincante.

—¿¡Qué te pasa!? —gritó el hombre de Ares. No era preocupación, claro, sino que lo desafiaba—. ¿Estás...? ¿Te rindes?

—Maldición, estoy mareado... —Abrió los ojos y vio a la sombra con la que luchaba, una bestia con cuernos—. Veo que tienes trucos mentales también. Esto se está poniendo interesante.

—Yo no tengo... —fue lo único que entendió. El resto fue un montón de murmullos en un raro idioma.

—Lo que digas. Me dijeron alguna vez que había que respetar al enemigo, pero si alguien amenaza a la paz del mundo con sangre y fuego como tú, no merece nada de eso. Si eres capaz de esquivar alguno de estos rayos, entonces te tomaré en serio, perro de la guerra.

 

La imagen de un chico de ojos y cabellos castaños se apareció frente a él, le sonreía con alegría y aires de amistad. Parecía ser un viejo compañero, pero no lograba recordar quién era. Trató de pensar en otra cosa; la cabeza aún le dolía, pero enfocó su energía eléctrica y descargó con bríos.

Era una técnica que empleaba a tope la velocidad luz del Séptimo Sentido. Con un millón de golpes por segundo generaba una red de luces doradas —aunque de niño eran azules— que se cruzaban por todos lados a máxima rapidez frente a los ojos del oponente. Sin embargo, a menos que obtuviera la misma velocidad y nivel Cósmico —y a veces ni con eso—, solo lograba ver, con suerte, un resplandor, antes de ser atrapado por las cuerdas que lo destruían con agresividad. Eran sus garras de león, el truco principal de Leo creado por Panos, el primer guardián del quinto Templo. El Plasma Relámpago[2].

El perro de Ares no fue capaz de reaccionar y en menos de un segundo ya tenía toda su armadura maltrecha, el yelmo se hizo polvo igual que su espíritu. El hombre estaba aplastado de espaldas tosiendo sangre que le caía sobre el rostro. No había superado ni por las dudas su prueba. No era digno de su respeto.

...Hasta que, tras veinte o treinta segundos en que Aiolia se mantuvo quieto, como si esperara algo que no reconocía, el demonio volvió a levantarse haciendo arder más su Cosmos, rojo como sangre. Sonreía con arrogancia y orgullo, aunque ya no decía nada. Tropezó, pero apoyó la mano en el piso, con la otra se impulsó de uno de los muebles del salón, y salió airoso de su proeza.

—Interesante... Pero tu poder no da para tanto.

—Aiolia... —susurró, pero su garganta se desagarró para gritar, el aullido más aterrador posible de una bestia que vivía para el asesinato, ver la sangre y alimentarse de la violencia. Aiolia le destrozó de un sola golpe la pierna izquierda, junto con la pernera, para que no pudiera ponerse en pie nunca más.

 

 


[1] Cheiron Light’s Impulse, en inglés. Quirón fue un centauro mitológico famoso por ser maestro de héroes.

[2] Lightning Plasma, en inglés.


Editado por -Felipe-, 20 febrero 2016 - 14:35 .

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#164 T-800

T-800

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Publicado 02 diciembre 2014 - 16:21

asi que Aiolia:

 

no reconocio para nada a seiya cuando lo ataco eso no me cuadra del todo

 

pero si me cuadra que el Sumo Sacerdote lo haya ordenado que torture a sus oponentes,eso explicaria porque seiya no fue eliminado al poco tiempo de empezr el combate

 

 

 

esperando el proximo capitulo

 



#165 carloslibra82

carloslibra82

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Publicado 03 diciembre 2014 - 01:54

Mmm, interesante la forma como enfocas la situación de Aioria. Parece q el sumo sacerdote le distorsionó la realidad, eso parece más lógico. Además, siempre me pareció ilógico q Seiya haya sido golpeado por lo menos unas 30 veces por Aioria/Aiolia sin morirse, pero tú lo explicas bien en tu fic. Se ve de verdad interesante esto. Y me encanta tu guiño a tu otro fic, Alpha, mencionando a Panos de Leo. A la espera del siguiente capítulo



#166 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 06 diciembre 2014 - 12:56

asi que Aiolia:

 

no reconocio para nada a seiya cuando lo ataco eso no me cuadra del todo

 

pero si me cuadra que el Sumo Sacerdote lo haya ordenado que torture a sus oponentes,eso explicaria porque seiya no fue eliminado al poco tiempo de empezr el combate

 

 

 

esperando el proximo capitulo

Paso a explicar algunas cosas. Primero hay que decir que el Pontífice tiene la misma técnica de Ikki, el Genma Ken, no es el "Satán Imperial", por lo tanto los efectos son distintos. Pensé que Aiolia, por más manipulado que estuviese, no podía simplemente golpear a Seiya hasta la muerte, y menos actuar de esa forma tan cruel. Encontré más sensato que pensara que era un sanguinario soldado de Ares para que así pudiera pelear con todas sus ganas (a la vez que torturándolo, claro). Además, cambié otras cosas, como esa regla de que debe ver morir a alguien para despertar, y la dejé como la que usé en este fic para salir de la ilusión (durante la pelea con los Santos de negro), esto es, recibir un golpe muy fuerte hasta llegar a la inconsciencia.

Mmm, interesante la forma como enfocas la situación de Aioria. Parece q el sumo sacerdote le distorsionó la realidad, eso parece más lógico. Además, siempre me pareció ilógico q Seiya haya sido golpeado por lo menos unas 30 veces por Aioria/Aiolia sin morirse, pero tú lo explicas bien en tu fic. Se ve de verdad interesante esto. Y me encanta tu guiño a tu otro fic, Alpha, mencionando a Panos de Leo. A la espera del siguiente capítulo

Lo de la tortura fue para arreglar justamente ese detallito. Si bien en el manga original, el león no golpea muchas veces a Seiya, en el animé sí, y eso hizo que grandes sabios como alexin llegaran a este foro a iluminarnos con esa info sobre la debilidad de Aiolia. Me vi en la necesidad de ajustar eso. Gracias por captar el detalle sobre Panos :)

 

 

Gracias por los comentarios. Ahora un capítulo corto (Oír con "pope Ares" de fondo...)

 

 

PONTÍFICE I

 

14:15 p.m. del 11 de Septiembre de 2013.

—¡Maldición! —gruñó el Pontífice al cesar la presencia de DeathMask de Cáncer. Fue la primera baja importante de su flanco. El guardián del cuarto Templo se había enterado hacía muchos años de sus planes con Atenea, poco antes de que Aiolos de Sagitario...

«Aiolos de Sagitario», repitió en su mente, y un sabor agrio se aglutinó en su boca. Le pasaba siempre que pensaba o pronunciaba ese nombre.

Minutos antes de que ese hombre apareciera en el Templo Corazón para estorbarlo, estuvo rezando en voz alta en el salón principal de su Templo, rogando a los dioses que no lo juzgaran por las acciones que emprendería, sino por las del futuro, cuando el mundo estuviera bajo sus pies y los tuviera a todos en completo orden. Eso era todo lo que deseaba.

—Interesante, así que eso planeas —dijo DeathMask, apoyado en la puerta abierta con una divertida sonrisa en los labios.

—¿¡DeathMask!? Así que oíste todo... ¿Piensas detenerme?

—Sí vas a gobernar a todos con mano de hierro, ¿qué pasará con los débiles? —le preguntó sin el menor atisbo de aura de combate rodeándolo.

—No me interesan. Solo los fuertes tendrán cabida en mi mundo —contestó con franqueza. La pasividad del Cangrejo le dio confianza.

—Entonces me apunto. ¿Quieres que te ayude con algo?

Ni siquiera lo había dudado, así que le encomendó que interceptara a quien fuera que se entrometiera en sus planes, y cuando se fue, tomó rumbo directamente al Monte Estrellado para comenzar su parte del espectáculo.

Cuando Shura de Capricornio mató a Aiolos...

«Aiolos de Sagitario», pensó otra vez, aunque las primeras letras del nombre se le soltaron por la comisura de los labios.

...Cuando Shura lo cortó en trozos, dijo que no había ningún bebé con él. De seguro el arquero la había ocultado en alguna parte, o tal vez ya había muerto, de hambre o frío entre las montañas de Atenas. Era la oportunidad perfecta. Cáncer ya se había enfrentado a él durante la noche, solo había que inventar que se la había quitado y devuelto al Santuario, pero que no había sido lo suficientemente capaz para también ejecutar al raptor. Y cuando le explicó al Cangrejo su papel en la obra, se limitó a reír.

—¿Qué yo me preocupé más de salvar a un bebé que de matar a Aiolos? Ja, ja, ja, ja, ¡suerte con que te crean eso!

—Será mejor que sigas el juego.

—Sí, ya lo sé, y es divertido, vaya.

Pero había funcionado. DeathMask de Cáncer podía ser algo extremo en sus gustos y métodos, pero cumplía con eficiencia los mandatos del Santuario. La gente no tenía por qué desconfiar de un Santo de Oro que en sus tres o cuatro años en el cargo no había fallado en ningún trabajo.

Ahora, como Sumo Sacerdote su trabajo sería escribir en el Libro Dorado las últimas líneas sobre el guardián del Templo del Cangrejo. Tomó pluma y tinta, se sentó frente al escritorio de Altar, en el ala oeste, y comenzó a escribir:

Fue asesinado durante la rebelión de la falsa Atenea a manos del Santo de Bronce Shiryu de Draco, el 11 de septiembre de 2013.

No. Ese hombre lo había ayudado, le debía un epitafio más honorable, al menos. Arrugó el papel, y tras tirarlo al suelo, agarró otro de la mesa para anotar la corrección: Fue asesinado a manos de los rebeldes dirigidos por la falsa Atenea, a traición, el 11 de septiembre de 2013.

Sí, con eso estaba bien. Solo restaba enviárselo a Sextans.

 

—Aunque eso no quita que fuera un inútil —dijo el hombre que había huido del espejo, sentado en la escalinata que aún mostraba daños por la batalla con Aiolia.

—Puede que sí —le siguió el juego, dejando el pergamino en la mesa.

—No es un «puede que», sino un «claro que» —corrigió su reflejo, con sus ojos rojos como ríos de lava—. Fue asesinado por un simple Santo de Bronce.

—Shiryu logró despertar su Séptimo Sentido, se puso al nivel de los Santos de Oro por un par de minutos.

—Y el Cangrejo lo permitió. Si no se hubiera puesto a jugar como un imbécil a la tortura psicológica, enviándolo al Yomi, y lo hubiera calcinado desde el inicio, Draco no habría logrado despertar ese poder. Para colmo, intentó matar a alguien querido para el chico. Fue un imbécil, eso despierta el poder oculto de cualquiera.

—Eso no desacredita el potencial de Shiryu. Solo tienes que ver cómo pasó a través del laberinto de los Gemelos. —Debía entender que el plan no sería tan fácil de llevar a cabo.

—Eso fue porque estaba ciego, cosa que no habíamos considerado.

—Tampoco consideramos que quien cruzaría la puerta blanca, de entre todas las personas, sería Aiolos de Sagitario —se burló, aunque las lágrimas descendieron por sus mejillas al recordarlo.

«Aiolos de Sagitario», repitió un eco en su cabeza.

—¿¡Cómo te atreves!? —El hombre que saltó del espejo se levantó con sus ojos rojos brillando como el fuego. Golpeó el aire con él.

—¡No! —Y lo bloqueó con las manos desnudas. Al bajarlas, el hombre del espejo había desaparecido. Quizás había regresado allí.

Se puso de pie y bajó las escalinatas. Era su oportunidad ahora que el otro se había ido, no debía perder tiempo. Pasó por las cortinas blancas del lado derecho del Templo y avanzó por el largo corredor. Las antorchas encendidas alumbraban el polvo acumulado del pasillo. Se tenía prohibido a todos entrar a ese corredor, ya que se dirigía a la habitación de la diosa.

Abrió la puerta blanca con una llave que solo él tenía.

—Con permiso, mi diosa —se excusó, pero no había nadie adentro. Él sabía que no había nadie adentro, a diferencia de aquella ocasión.

Era una recámara circular de piedra blanca cuyos muros estaban llenos de telarañas, y un gran boquete por donde ellos habían escapado, dejando entrar la luz del sol que se movía azarosamente sobre la Eclíptica de esa dimensión, pero desde los palacios se encontraba quieto.

Había un armario y un gran espejo, ya negro por la tierra que entraba por las ventanas y el agujero, además de varios muebles pequeños, y la cama donde la diosa dormiría cuando fuera mayor. Como solo él sabía, todo eso estaba abandonado y sucio. Se suponía que el encargado de la limpieza era el Santo de Plata de Altar, su asistente personal, pero desde que tomó el cargo de Sacerdote prescindió de uno. Al anterior, un guerrero noble y sabio que había admirado por muchos años, el hombre del espejo lo mató en silencio, sin una cuota de culpa.

Pero solo un mueble se mantenía pulcro y hasta resplandeciente tras todos esos. Bajo la ventana, la cuna donde Atenea había descansado unas horas tras nacer, era iluminaba por los rayos amarillos y anaranjados del sol, pero además desprendía su propio fulgor, una mezcla cálida de blancos y dorados. El Cosmos de Atenea había permanecido allí eliminando toda impureza que se acercara.

Pero no era la única razón de ese brillo tan intenso. Bajo las sábanas aún rotas por la Daga de Physis[1] se hallaba una delicada pluma de gamanio y oricalco, del mismo tono dorado que los Mantos del Zodiaco. La pluma de la saeta de Sagitario. Solo debía clavarla arriba y eso sería todo. Habría salvado a su diosa y purgaría sus pecados, todo de una vez. Acercó la mano...

 

Lo vio a punto de agarrar la flecha como el tonto era. Había intentado hacer lo mismo por dieciséis años, cientos de veces, pero siempre se le olvidaba que estaba allí y que lo detendría. Que podía impedírselo con facilidad.

—¡No! —gritó el imbécil cuando le agarró el brazo, tal como Aiolos hizo con él, años antes.

«Aiolos de sagitario... qué nombre tan desagradable».

—Ya te dije que es imposible.

—¿Acaso saliste de ese espejo? —preguntó el otro, el de ojos verdes, con el sudor corriéndole bajo el yelmo de águila, indicando con un dedo trepidante hacia el cristal circular que colgaba de la pared—. Vuelve ahí, debo cumplir con mi misión.

—¿Tu misión?

—¡Sí, salvar a Atenea! —Aplicó más fuerza, pero su brazo no se movió un centímetro más. Podía detenerlo con dos o tres dedos, si lo deseaba—. ¡No, basta!

—En todos estos años no lo has entendido, al parecer. Siempre que trates de sabotearme, saldré para detenerte. Debes recordar que soy más fuerte que tú. Más bien, muchísimo más fuerte que tú —se corrigió el Pontífice.

—Pero...

—Desaparece, gusano cobarde —le ordenó.

Y así lo hizo. Se metió al espejo llorando como un bebé, odiando su propia debilidad y falta de valor. Era patético, aparte de olvidadizo, siempre se arrastraba de la misma manera al vidrio, primero con el pie derecho y luego el izquierdo, opuesto a él en todos los sentidos. Al menos no intentaba suicidarse muy regularmente, era divertido impedírselo, pero había tantas lágrimas que le asqueaban.

Miró la pluma, brillaba con tanta intensidad que la habitación era aún más blanca de lo que podía llegar a ser. Con las cuatro horas que ya habían pasado, un tercio del Cosmos de Atenea se había acumulado allí, y también significaba que los Mantos de Aries, Taurus, Gemini y Cáncer habían perdido la batalla contra la flecha, la cual debía estar muy cerca del corazón de la chica.

Aquel que asesine a un dios se convertirá en uno, rezaba el dicho. Y poseía el arma para ello. Además Ptolemy había muerto, según el plan, aunque aún no había descubierto cómo, solo habían encontrado su cadáver bajo el Meridiano. Al final poco importaba. Cuando marcara las doce horas, y los doce Mantos Sagrados dieran su permiso obligado, él se convertiría en un dios.

El problema es que en esas cuatro horas, justamente cuatro Santos de Oro habían dejado pasar a los rebeldes, quisieran o no. Muu había regresado después de dieciséis años exiliado solo para molestarlo; reforzó las armaduras de los mocosos y se quedó cuidando a Saori Kido. Tenía planeado que muriera igual que su maestro, solo debía fijar la hora.

Aldebarán lo había traicionado, no había duda. También se haría cargo de él de la manera más cruel. Que un Santo de Oro permita que cuatro de Bronce pasen solo porque le cortan un cuerno es una vergüenza.

Y Andrómeda despertó el Séptimo Sentido para pasar por la trampa en el Templo de los Gemelos. Draco lo imitó para vencer a DeathMask.

—Pero Pegasus no correrá la misma suerte —dijo el Pontífice, apoyado en la ventana, mirando las montañas del este que adquirían tonos dorados—. Con tantos golpes de Aiolia perderá toda la voluntad de seguir luchando, no habrá forma de que despierte su Séptimo Sentido. Luego, cuando las sombras se desvanezcan de la mente del León y abra sus ojos, se encontrará con el cadáver de su viejo amigo, se dará cuenta que su intento de asesinarme salió mal, y eso lo llevará al suicidio por incumplir con sus votos como Santo, tal como le enseñó Aio...

«Aiolos de Sagitario».

—Lo que hiciste fue muy cruel. Aiolia es tan noble como su hermano mayor —gimoteó el cobarde desde el espejo adornado con flores doradas en el que Atenea nunca se miró.

—¡Ja, ja, ja, ja! Ni él se esperó eso. —rio el Pontífice, tosiendo baba sobre la cuna—.La gente cree que la Ilusión Diabólica es una técnica que solo usan los habitantes de la isla Reina de la Muerte. Qué ilusos.

Recordó cuando Shaka y Aiolia chocaron sus poderes, una semana atrás. Virgo quedó inconsciente primero al impactar contra el muro que tenía atrás, pero antes que lo mismo le pasara al León, lo atizó con esa técnica que, según dicen, se inventó en el infierno.

—Ahora debe creer que Seiya es un monstruo, ¡va a matarlo!

—Esa es la idea, tarado. Nublé todo recuerdo de Pegasus en su mente, así como también los sucesos anteriores a regresar a Grecia. Apenas lo viera comenzará a sufrir su cerebro, solo sabrá que un dios al azar está atacando el Santuario y que es su deber eliminarlo, para salvar a Atenea. Desearía bajar solo para admirar su horror, cuando el efecto desaparezca, ja, ja.

—Eres un demonio —sollozaron los ojos verdes del bueno para nada. No se atrevía a salir del espejo a pesar de que la ira inundaba su corazón.

—No, los demonios son los que Leo ve ahora. Está completamente bajo mi merced, no osará a retar mi credibilidad.

—Hiciste que hasta Shaka se creyera eso...

—Shaka creerá lo que yo le diga que crea.

Pegasus a punto de morir pulverizado por los rayos de Aiolia. Andrómeda y Draco débiles por los vórtices dimensionales y las Llamas Azules, no serían capaces de avanzar mucho más, y si lo consiguen, Aiolia los tomará por más demonios, se divertirá mucho, y me lo agradecerá después de todos nuestros pleitos durante la Titanomaquia. «Y de Cygnus ya se encargó otro ingenuo, ja, ja, Camus lo encerró para siempre en el Templo de la Balanza».

Así también el viejo decrépito de Dohko aprendería a no meterse más donde no lo llaman. Ya no quedaría nadie para interponerse en sus planes, ni siquiera Muu y Aldebarán serían suficientes.

—¡No! ¿Ya te olvidaste de ese Cosmos que te estorbó en los Gemelos para salvar a Shun de Andrómeda?

—¡No es nadie! Soy un humano absoluto, y pronto seré un dios.

Sus lágrimas sabían más saladas que nunca.


[1] Physis es la deidad primordial que encarna la naturaleza, en la mitología griega.


Editado por -Felipe-, 20 febrero 2016 - 14:36 .

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#167 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 07 diciembre 2014 - 15:45

Y sigo con el siguiente capítulo, el primero de Shaina, que en realidad escribí junto con el anterio del Pontífice.

SHAINA I

 

14:20 p.m. del 11 de Septiembre de 2013.

—¿¡Dónde está Cassios!? ¿Dónde están todos? —le preguntó a Yuli, quien la había cuidado, apenas despertó.

Las heridas producto de recibir de lleno el Rayo Relámpago de Aiolia, y los ataques del grupo de Sirius, aún no sanaban totalmente, pero hasta el momento la había atendido uno de los guardias del Santuario, Cassios. Lo vio las pocas veces que despertó. Aunque no venía bien, sabía que era él por la asimetría en las orejas, su peinado mohicano y los grandes músculos. Le cambió las vendas, le dio de comer y la llevó hasta la puerta del baño, siempre en silencio, no sabía si por vergüenza o por otra cosa que no comprendía.

El caso es que esta vez, cuando ya había juntado fuerzas suficientes para abrir bien los ojos y mover la lengua, Cassios ya no estaba allí. Tampoco había guardias cerca; los percibía reunidos, a lo lejos.

—Tranquila, Shaina, aún no estás recuperada —dijo la Santo de Sextante, comiendo una manzana mientras leía una revista, sentada a su lado.

—Dime por qué hay tantos Cosmos concentrados en un solo lugar. Parece que hubiera un combate.

—Shaina, la guerra ha comenzado en el Santuario —explicó Yuli, dejando la lectura para después—. Los rebeldes de Bronce han entrado a la Eclíptica y ahora se enfrentan a los Santos de Oro.

—¿¡Qué!? ¿Te refieres a Seiya?

—¿Seiya de Pegaso? Sí, él es uno de ellos. Otros tres también fueron con él, pero un grupo aparte se reunió a las afueras del territorio del Carnero para cuidar a la falsa Atenea.

—¿De qué hablas? —De verdad no entendía nada. ¿La oficial de astronomía estaba sugiriendo que todo el mundo estaba peleando entre sí, en el Santuario?

—Otros Santos de Bronce traidores, liderados por el discípulo de Retsu, Jabu de Unicornio, entraron al Santuario y luchan en estos momentos contra nuestros aliados. Los guardias se han dispersado a sus estaciones de combate también.

—Pero... ¿Cassios...?

—Sí, él te ha cuidó todos estos días, pero hace un par de horas se le ordenó subir a su puesto. Es la primera vez que deja tu lado, y me pidió que lo reemplazara para vigilarte. Es un buen hombre, Shaina.

Por supuesto que lo era, pero estaba pensando en otra cosa. «Solo quienes visten Mantos tienen permitido pasar por los doce Templos, y siempre y cuando el Santo de Oro guardián conceda el permiso».

Pero los guardias y criados tenían otros métodos para entrar a la Eclíptica. Cada uno tenía una ruta específica en el laberinto del Santuario que los llevaba, sin pasar por los otros Templos, a las escaleras entre medio. Eran vías diseñadas solo para aquellos que recibían la bendición del Sumo Sacerdote en persona y un objeto impregnado con el Cosmos del Santo de Oro para el que trabajaban.

En el caso de Cassios, su ruta lo llevaba hasta el espacio entre el Templo del Cangrejo y el del León, y solo podía hacer guardia en ese lugar, porque trabajaba exclusivamente para Aiolia de Leo. No podía subir ni bajar a otros Templos a menos que, de forma extraordinaria, lo permitiera el Sacerdote. La única manera de regresar era por la misma puerta, en la periferia de la montaña o las cercanías de la Torre Meridiano.

—¿O sea que subió? Pero...

—Al parecer los guardias desde el Toro hasta el León se reunieron en un solo punto, después del Carnero, pero fueron vencidos por los Santos de Bronce —explicó Yuli, antes de terminar la manzana.

—Pero si Cassios tuvo que subir de manera urgente, eso significa...

—Sí, uno de los Santos logró llegar al Templo del León.

—¿Quién?

—Se rumora que es... —Una corazonada ya le había revelado el nombre que Yuli diría a continuación, pero esperó a que ella lo mencionara—. S-Seiya de Pegaso. ¿Qué es lo que te pasa con ese chico, Shaina? ¡No pongas esa cara!

Shaina saltó de la cama y se vistió rápidamente con su Manto de Plata, que ya había sanado gran parte de sus heridas.

—¿A dónde vas?

—Hay que detener esto, Yuli. Esta guerra no tiene razón de ser —se escuchó diciendo. Había tenido pensado decir «La falsa Atenea no es tal», pero todavía le costaba tanto creérselo que ni siquiera podía mencionarlo en voz alta.

 

Corrió a la máxima velocidad viable con esas heridas, aunque no podía decir que le molestaran. Sus piernas se sentían cómodas, y sus pies no presionaban los caminos del Santuario con dolor. En dos minutos arribó a la gigantesca y enigmática Torre Meridiano, encendida por la invasión, donde los Cosmos más potentes se concentraban. Cuatro llamas azules se habían extinguido, y de las restantes la más ardiente yacía frente al rostro del león.

Halló una batalla campal tan desigual en número como en poder. Apostados en las escaleras que llevaban al Templo del Carnero vio a los guardias del Santuario armados con lanzas, espadas, escudos, cadenas y algunos mazos; casi un centenar que se reunió para asesinar a los rebeldes enviados por la falsa Atenea.

Frente a ellos había un joven con Manto violeta cuyo yelmo se distinguía entre los demás por el cuerno azulado que se erguía hasta el cielo. Debía ser Jabu, el Santo de Unicornio y discípulo de Retsu, a quien no veía en ninguna parte. Sus patadas eran eficientes, sus saltos ágiles, y su Cosmos intenso, ligeramente mayor al que se esperaría de un Bronce común y corriente. Lideraba un trío de compañeros:

Uno era gigantesco como Algheti. Lucía una armadura de tonos oscuros, y su estilo de combate parecía recaer en la fuerza física; se deshacía de los guardias con la facilidad de un oso contra un cachorro.

Otro tenía un peinado mohicano y un rostro engreído que parecía calavera. De sus guantes salían garras plateadas; su Manto parecía hecho de escamas. Aquellos que enfrentaba caían al polvo con la piel morada.

Finalmente, una chica de cabellos rubios y armadura verdusca hizo estragos en las filas enemigas con un látigo. Iba y venía con gracia y astucia; cada movimiento parecía calculado con anterioridad.

Por los rasgos de los Mantos Sagrados debían ser Oso, Hidra y Camaleón.

—¡Con el gran Ichi de Hidra aquí, Atenea está totalmente segura, jo, jo, jo! —rio el de apariencia punk mientras ejercía movimientos sinuosos con los brazos.

—¡Solo cállate y pelea, idiota! —gruñó el gigantón.

—¿Acabas de llegar y ya soltaste la lengua? —le reprendió Jabu. Hablaban en japonés para que no supieran de lo que hablaban, pero era un idioma que Shaina comprendía bastante bien desde que conoció a Marin.

—No los dejaremos pasar... —dijo un guardia desde el suelo. Tenía rojo el estómago, pero se arrastraba hacia los invasores para regresar al combate.

«Vaya, tipos con orgullo a pesar de todo».

—¡Shaina! —exclamó Yuli al llegar. Ya portaba a Sextans.

—Esos Santos de Bronce no son normales, son muy fuertes —dijo Shaina más para sí misma que para la chica de cabellos plateados.

—Supongo que tendré que unirme a la batalla. —Yuli dio un paso adelante, pero Shaina la detuvo con la mano sobre el hombro—. ¿Qué pasa?

—Creo que no puedo dejar que los lastimes. Ah, maldita sea, no puedo creer que diga algo así sobre unos Santos de Bronce.

—¿Eh?

—¡¡No vamos a dejar que avancen!! —gritó uno de los capitanes, que aún sostenía su lanza a pesar de ser quebrada en dos por el Santo de Oso.

—No importa quién se entrometa, nuestro lugar está con la señorita Atenea —desafió el Unicornio, esta vez en griego para que todos lo oyeran, incrementando su Cosmos. Comenzó a cojear visiblemente.

—Para estar con Atenea tendrían que pasar toda la Eclíptica —replicó un Santo de Bronce que seguía de pie, Nesra de Pez Austral. De cara cuadrada, cabello negro y ojos azules, era el segundo mayor entre los Santos de Bronce.

—No hablo de esa imaginaria, sino de la verdadera.

—¡Él se refiere a Saori Kido! —dijo la chica del látigo tras deshacerse de dos guardias al mismo tiempo, y antes de enfrentarse con otros cinco—. ¿Dónde está?

Desde ese instante, todo se convirtió en una desagradable mezcla de gritos, gruñidos e insultos poco claros que se sumaron a los sonoros puñetazos, patadas, columnas rotas, cuerpos sobre el piso, y un perro ladrando, a lo lejos...

—¡Esa es la falsa Atenea!

—¡Ella es la única Atenea!

—¡Cállate, Ichi!

—Los ejecutaremos en nombre de Atenea.

—¡¡Atrévete!!

—¡No dejaremos pasar a nadie hacia el Templo del Carnero!

—¡¡¡Nuestro lugar está junto a la señorita Saori!!!

—¡La estafadora esa está a punto de morir!

—¿¡Qué dijiste!?

Shaina comenzó a perder la paciencia, pulsaba rápidamente la bota contra el suelo y vigilaba a Yuli para que no se le escapara e hiciera una estupidez. Al final, no aguantó demasiado.

—¡¡¡Silencio!!! —terminó el alboroto con una gran exclamación, acentuando cada sílaba lo más que pudo. Levantó la mano y soltó una decena de chispas que se convirtieron en una tormenta eléctrica alrededor de los presentes. El Trueno seguía funcionando como se esperaba.

—¿¡Quién es esa!?

—Es... una Santo de Plata...

—¡Shaina de Ofiuco! —dijo alguien, y su nombre se empezó a clonar en la multitud. Irritante.

—Así que una Santo de Plata —dijo el Unicornio con altanería, simulando que no le pasaba nada en la pierna—. Pues será lo mismo, Seiya y los demás ya acabaron con varios de ustedes. Unidos podremos lograr ese mérito también.

—Señorita Shaina, es bueno tenerla de vuelta —saludó Nesra. Era un Santo disciplinado y bastante serio, pero no tenía malos sentimientos. No merecía lo que iba a sufrir en unos minutos.

—Ya estoy bien. Vine a poner algo de orden...

—Me encargaré de ella. —La chica Camaleón brincó con el látigo en alto y una aureola tono limón que proyectó como una estela. Tenía una postura sin puntos débiles evidentes, y su Cosmos era intenso, lleno de vigor y quizás... algunos deseos vengativos, se notaba en su ansiedad, reconocía bien  los síntomas. Sin embargo estaba luchando por la verdadera Atenea, así que no iba a matarla.

—Quédate sentada —ordenó. Soltó una descarga eléctrica que la paralizó en medio del aire y la arrojó bruscamente al suelo.

—Maldita seas. —El Oso encendió su Cosmos carmesí y lo concentró en sus titánicos brazos abiertos, dispuestos a quebrar huesos.

—Tus garras no me asustan, las mías pueden envenenar a...

—¡Chicos, cuidado! —alertó el Unicornio. Fue el único en darse cuenta de la situación, era alguien a tener en consideración en el futuro.

Shaina levantó la mano, y Yuli se hizo velozmente a un lado para protegerse, la conocía bastante bien. Invocó el Trueno, y tanto el punk como el grandote quedaron estampados en el suelo con chispas danzando sobre sus cuerpos.

—¡Mi Galope acabará contigo! —El Unicornio desapareció de su vista por un instante, pero rápidamente pudo captarlo acercándose deprisa por el flanco derecho, con sus piernas cargadas de un potente Cosmos verde azulado.

—¿No lo entiendes, cierto? ¡Me debes respeto! —Shaina lo derribó con una patada rápida y plantó la garra directo hacia el rostro arrogante del muchacho, pero no siguió más allá.

—¿¡Qué!? —Unicornio se quedó paralizado por la veloz acción defensiva, no fue capaz de contraatacar ni retroceder.

—Estoy de tu lado, niño imbécil, así que será mejor que te tranquilices. Lo mismo va para ustedes tres.

—¡Shaina! —protestó Yuli.

—¿¡De qué hablas, Ophiucus!? —rugió Nesra, rojo de ira. Otros Santos de Bronce se pudieron detrás de él. Ninguno tenía el espíritu de batalla que los otros tres. Pero ella ahí era la de máximo rango, la única Santo de Plata en el Santuario.

—Nesra, te ordeno que me digas dónde está Atenea. —Shaina comenzó a avanzar entremedio de los guardias, todos convertidos en estatuas, aproximándose al grupo de Bronces.

—Qué... ¿Cómo que dónde está Atenea? En el Templo Corazón, claro, en la cima del Santuario.

—¿Acaso aún deliras? —le preguntó Yuli, entre preocupada y confundida.

—Hablo de Saori Kido. —Shaina suspiró y no le quedó más remedio que seguir hablando—. De verdad me costó mucho creerlo, es peor decirlo en voz alta, pero no tiene caso evitar más la verdad.

Seiya estaba luchando contra los Santos de Oro, contra aquel que los había atacado sin piedad en el bosque, y era su amigo desde la infancia. A ese Seiya había confesado sus sentimientos. Si ya los había desatado, ¿qué caso tenía ocultarse más? Se había dado cuenta de golpe cómo tenía que actuar, cuando despertó y no se topó con la sonrisa de Cassios.

—Saori Kido es la verdadera Atenea.

—¿Qué? ¿¡Y quién crees que es la que está en la cima!? O acaso... ¿Es que no confías en nuestro Sumo Pontífice, Shaina?

—Sentí el Cosmos de Saori Kido hace semanas, es más que digno de una diosa, me paralizó por completo, más que cualquier Santo de Oro. Sei... ejem, Pegaso y otros Santos de Bronce han logrado vencer a mis hermanos gracias a que tienen el poder divino de su lado, eso es innegable, ¿o tienen alguna otra explicación? No sé qué trama el Sacerdote, pero evidentemente nos ha mentido muchos años. —Soltó una descarga que se transformó en una lluvia relampagueante, y alzó la voz para que sus palabras sonaran amenazantes—. No se mientan a ustedes mismos, tontos.

—Shaina de Ofiuco... ¡T-traidora! —gritó el Pez Austral tras titubear unos segundos. El pobre no era culpable, cualquiera dudaría de lo que decía... Era, de hecho, hasta sensato—. Guardias, Santos de Bronce, ¡levántense! Todos pelearemos y castigaremos a los rebeldes que amenazan la paz de nuestro mundo. ¡Acaben con Ophiucus y los demás!

Eso era complicado. Cada vez bajaban más guardias, los que cayeron ante Seiya y los otros, pero sumados era una fuerza de temer. Y con los seis Bronces que formaban el grupo de Nesra, tendrían suerte de salir todos vivos.

—Shaina, ¿qué estás haciendo...? —preguntó Yuli, sin poder entender nada.

—Dándote una explicación, Sextans. Ahora entiendes por qué el Pontífice no te ha enviado ningún reporte, ni quiere a nadie cerca de él. ¡Y ustedes, enanos! —le gritó al cuarteto que ya había vuelto a encender su Cosmos tras ponerse de pie. Debían aguantar mucho en la batalla que se avecinaba, ya que sería bastante larga. —Como su superiora, les ordeno que den todo de sí. Debemos evitar que la gente de Nesra entre a entorpecer el trabajo de Seiya y los demás.

—¡Ja, ja, ja! Me cae bien esta mujer. Nos quema los nervios, nos da la paliza de nuestras vidas y nos da órdenes —rio el Oso, pero su voz no parecía indicar que la iba a desobedecer, sino todo lo contrario.

—Seguimos siendo Santos del Santuario, es nuestro deber —dijo la chica del látigo de Camaleón—. Obedeceremos a nuestra superiora.

—Vamos a ayudar a ese burro infeliz, a Shiryu, Shun y al ganso. Eso es lo importante —sonrió Jabu, acercándose a Nesra mientras hacía sonar sus nudillos.

—¿¡Dónde está nuestra diosa, pequeños!? Je, je, je, respondan antes que mis garras los perforen —susurró Ichi. Shaina deseaba saber lo mismo; no le quedaba duda de que Saori Kido estaba en el Santuario.

—Atenea está en el Templo del Carnero —confesó el Pez Austral, bajando la mirada—. Fue herida por una flecha de Sagitta, un simple dardo que la confirma como una humana. En unas horas perderá la vida, y por eso se encendió el reloj.

—¿¡Qué cosa!?

—Y si le digo esto es por el deber de un Santo de Bronce con su superior, pero eso acaba aquí. ¡Te declaro traidora ante la estatua de Atenea! Nuestra misión no es solo acabar contigo así como matamos al arquero de oro, sino deshacernos de aquella que se hace pasar por nuestra diosa. Es la única forma de mantener la paz sobre la Tierra.

—Y el nuestro es evitarlo —dijo Unicornio, preparando el primer golpe—. No lo de la paz, claro, sino todo eso de hacerle daño a la señorita.

—Esto no tiene ningún sentido, luchar entre Santos solo le facilitará las cosas al Sumo Sacerdote... Pero si no queda de otra...

Con sus relámpagos hizo a un lado a una decena de guardias. El camino hacia el Templo del Carnero estaba despejado, tanto como sus dudas. Amaba a Seiya y protegería a Atenea. Cassios también debía saberlo. No importaba nada más.

 

 

 

Una imagen de Yuli de Sextante, que ya había salido pero no le había sacado la foto xD Se me achicó un poco de cintura para abajo, pero ahí está jaja Arreglado

Sería el Santo de Bronce número 12.

Spoiler

Editado por -Felipe-, 20 febrero 2016 - 14:37 .

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#168 Rexomega

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Publicado 07 diciembre 2014 - 19:30

Saludos

 

Bondades del capítulo: 

1) Es sobre Shaina, eso lo vuelve automáticamente bueno >=).  

2) La posibilidad de que el cambio de perspectiva del Santuario tenga, no más sentido, pero sí mejor desarrollo. Porque pasar de una guardia que trata de matar a Saori (impedidos por los cinco de bronce y, creo, Tatsumi) a que la misma guardia la celebre de lo más contento, deja un poco que desear. No es que no entienda el cambio, es sólo que pudo trabajarse mejor. 

 

Claro que, como de costumbre, me estoy adelantando a los hechos. No sé si esta línea argumental va a seguir al menos un capítulo más, o si quedará como contexto (como la Steel War, excluyendo al Jabu vaquero  :lol:) de la trama principal, o qué. Ya se verá, pero todo lo que sea más Shaina, será para bien.


Editado por Rexomega, 07 diciembre 2014 - 19:33 .



#169 T-800

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Publicado 08 diciembre 2014 - 20:41

el dibujo no estubo muy bien que digamos pero tampoco es feo

 

sobre los capitulos

el sumo sacerdote y saori hacen una buena dupla sus mentes son muy caoticas XD

 

sobre el capitulo de shaina fue interesante ya que empieza a mostrarse su liderazgo sobre los protas secundarios 

 

buen fic



#170 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 11 diciembre 2014 - 14:51

Saludos

 

Bondades del capítulo: 

1) Es sobre Shaina, eso lo vuelve automáticamente bueno >=).  

2) La posibilidad de que el cambio de perspectiva del Santuario tenga, no más sentido, pero sí mejor desarrollo. Porque pasar de una guardia que trata de matar a Saori (impedidos por los cinco de bronce y, creo, Tatsumi) a que la misma guardia la celebre de lo más contento, deja un poco que desear. No es que no entienda el cambio, es sólo que pudo trabajarse mejor. 

 

Claro que, como de costumbre, me estoy adelantando a los hechos. No sé si esta línea argumental va a seguir al menos un capítulo más, o si quedará como contexto (como la Steel War, excluyendo al Jabu vaquero  :lol:) de la trama principal, o qué. Ya se verá, pero todo lo que sea más Shaina, será para bien.

Soy algo fan de Shaina, así que va a haber más de ella. No entendí de que guardia que celebraba hablas, pero trataré de ser más claro en los siguientes capítulos, en todo caso... Menos los del Pontífice, esos están hechos para ser caóticos xD

 

el dibujo no estubo muy bien que digamos pero tampoco es feo

 

sobre los capitulos

el sumo sacerdote y saori hacen una buena dupla sus mentes son muy caoticas XD

 

sobre el capitulo de shaina fue interesante ya que empieza a mostrarse su liderazgo sobre los protas secundarios 

 

buen fic

Para eso fue el capítulo de Shaina básicamente, para comenzar a mostrar su relación con Jabu y los demás.

 

 

Gracias por los comentarios, sirven mucho, de veras.

SEIYA II

 

14:30 p.m. del 11 de Septiembre de 2013.

No era capaz de ponerse en pie, ni con todas sus fuerzas. Su pierna izquierda hubiera pasado por muerta de no ser por el dolor bestial que la invadía, recorriendo desde la punta de los dedos hasta los muslos como un fuego intenso. Los rayos de Aiolia no parecían querer matarlo, sino a torturarlo; y su viejo amigo no se cansaba de llamarlo «bestia» o «monstruo».

—No podrás hacer más —le dijo desde lo alto. Su voz era imponente como los rugidos de los leones de ébano en la entrada, que lo habían paralizado por unos instantes. Incluso su aliento lo había hecho retroceder, pero Aiolia provocaba algo muy superior.

Reinaba la oscuridad en el aire, algo que había sentido antes, en combates contra las Sombras de Reina de la Muerte. Lo más probable era que Aiolia fue presa de la legendaria Ilusión Diabólica, y su percepción de la realidad había sido dañada.

—A-Aiolia, ¿qué te hicieron? —Cada vez que hacía la pregunta, el hombre dorado respondía con algo sin sentido. Así tenía que ser, ya había visto los efectos de ese truco, y si no hubiera peleado contra el Fénix y sus hombres tantas veces, el Cosmos oscuro que bailaba en torno a Aiolia le hubiera hecho desmayar.

—¡Por supuesto que no! Puedes ver que eres un gusano al lado mío.

—No te he dicho...

—¿Te burlas? A ver cuánto más aguantas mi Plasma Relámpago

Lo primero que vio fue un nuevo resplandor. Solo una luz. Lo segundo fue el techo del primer piso del palacio, de un dorado tan caluroso como el incipiente sol que se colaba por los gigantescos ventanales del Templo del León. Lo tercero no fue nada, no era capaz de abrir los ojos mientras la electricidad recorría su cuerpo, igual que el sudor en su frente. ¿Era la temperatura, o quizás al temor de encarar pronto a la muerte?

Pero no. No podía morir todavía. Se impulsó con la mano izquierda, el brazal se quebró como cristal en un terremoto, y se equilibró con un escritorio roto para compensar su pierna. Si el espíritu de Pegasus ardía como el Cosmos de su alma, no importaba cuánto lo golpearan, ya que siempre podría ponerse de pie.

—¿Sigues? Se nota que como todo perro de Ares vives para la lucha. Pero lamentablemente es bajo la causa equivocada.

—No sé quién te lanzó la Ilusión Diabólica, pero lo hecho, hecho está. Si es necesario golpearte para que te hagas a un lado, lo haré, Aiolia. —Al darle un gran golpe a sus compañeros, las ilusiones acababan o disminuían, recordó. «Pero ¿cómo podré golpear a este hombre?»

—Esta vez te destrozaré la otra pierna también. —El León izó un brazo y desde el hombro hasta los nudillos fluyó su Cosmos como destellas. Se transformó en un cielo tormentoso.

«Debo tratar de esquivar esa cosa». —Marin lo había entrenado en un estilo de pelea similar al de Aiolia. El Plasma Relámpago funcionaba bajo el mismo principio que el Meteoro, una rápida sucesión de golpes dispersos en el menor tiempo posible. La diferencia era, por supuesto, que Aiolia era muchísimo más rápido y que utilizaba electricidad como el Trueno de Shaina.

El truco de Aiolia era mezclar los de Marin y Shaina. Si todo regresaba a la normalidad y seguía vivo, le haría una broma al respecto.

Para evitar el Meteoro de Marin tuvo que aprender a moverse, aún por un breve parpadeo de tiempo, a una velocidad similar a la del retroceso de su puñetazo, y así calcular a dónde iría a parar el siguiente misil. Para conseguirlo, primero debía enfocar el aura en sus ojos, ya que incrementaba la velocidad de reacción, pero eso dejaba desprotegido el resto del cuerpo.

Contra un Santo de Oro no podía darse ese lujo, así que dejó una porción cubriendo su cuerpo como una capa superficial. Sin embargo, con la pierna inmóvil, e incluso si descifraba el rastro luminoso que liberaba el Plasma, ¿cómo evitaría la descarga eléctrica?

Lo que consiguió ver fue parecido a una mosca volando cerca del rostro. No pudo ver al insecto en sí mismo, solo su rastro en forma de una imagen residual que se clonaba en el aire como un hilo transparente. Esta vez el hilo fue del color del oro fundido, una línea dorada que se cruzó con otra en una red difícil de comprender, compleja y demasiado brillante.

Arrastró la pierna derecha hacia atrás, instintivamente, para que la mosca pasara de largo, pero un enjambre de mosquitos más chicos lo tomó de la otra y lo arrojó violentamente contra un muro, justo cuando cambió de idea sobre enfocar el Cosmos en sus ojos. Si no se iba a poder hacer a un lado por culpa de la pierna rota, solo le quedaba resistir lo más posible hasta que se recuperara, aunque eso podía tomar días, o incluso semanas... no tenía tanto tiempo. La quinta llama debía estar a menos de una hora de apagarse.

El Manto Sagrado que portaba se trisó poco a poco; pronto Aiolia se cansaría de torturar e intentaría asesinarlo. Para peor percibía los Cosmos de Shiryu y Shun —sin Hyoga— acercándose. ¿Aiolia los confundiría por bestias de Ares también? ¿Pasaría eso con cualquier persona? La respuesta llegó con una hermosa muchacha...

 

Lucía una melena lacia y negra hasta poco más arriba de los hombros, tenía labios pequeños y un aro en la nariz. Baja, aparentaba unos veinte años; era de senos pequeños y una cadera acentuada bajo la esbelta cintura; vestía una camiseta blanca de mangas largas que descubría sus hombros, pantalones de pescador azules hasta las pantorrillas y sandalias negras. Sus ojos azules se abrieron como platos al toparse con la batalla.

—¿Señor Aiolia? —La joven entró casualmente por la puerta principal con una bolsa llena de naranjas en la mano izquierda, y en ese momento Seiya se dio cuenta que su brazo izquierdo era de metal. Gracias a eso la reconoció en el caos dentro del palacio.

—¿Viniste acompañado, eh, monstruo? También acabaré con esta alimaña —dijo Aiolia con una mirada furiosa en los ojos.

«¿Qué? ¡No es un monstruo, Aiolia!». Era Lithos Chrysalis, una amiga de Aiolia que éste aducía amar como a una hermana. Seiya nunca habló con ella, pero había oído que tuvo un importante rol durante una gran batalla. ¡Cómo no! Era, por supuesto, la criada de Aiolia, a quien debió asistir en la Titanomaquia. Se perdió mucha información mientras creyó que el Santo de Leo era un guardia.

—S-señor Aiolia, vine a... vine a ver si necesitaba algo ya que... hay estado de alerta y... —balbuceó la chica—. ¿D-de qué alimaña está...?

—¡Huye! —avisó Seiya, pero Aiolia ya había comenzado a cargar el brazo de electricidad—. ¡Sal de aquí!

—¿Señor Aiolia...? ¿Qué hace...?

—Maldita sea, ¡corre!

—Todo enemigo que intente atravesar sin permiso el Templo del León será asesinado. —Se avecinaba el Plasma Relámpago, la atmósfera ya estaba cargada con rayos oscuros.

—¡Detente, Aiolia! —No tenía más opciones.

Seiya apoyó la pierna buena en el piso, encendió su fuego interno, tomó impulso y sacó fuerzas de flaqueza para lanzarse como un bólido hacia Lithos.

 

Cuento contigo, Seiya —le dijo Saori, apareciéndose súbitamente delante de él mientras la red de plasma de Aiolia se tornaba tan lenta que pudo ver su figura. Saori era transparente, pero su Cosmos era muy real.

—¡Saori! ¿Cómo es...?

No dejes que los inocentes sufran daños. Como Santo, debes asegurar que la paz reine.

—Saori... ¡ayúdame!

 

—¡Señor Aiolia! —gritó la chica, cubriéndose con su único brazo de carne y hueso. El otro lo había perdido durante la cruda guerra contra los titanes, algo triste pero factible durante una batalla de esas proporciones...

Pero perder su vida frente a un hombre a quien servía y quería, un Santo de Oro digno, valiente, amable, heroico, justo, solo por culpa de una técnica sucia... Eso no tenía razón de ser. El destino no podía ser tan injusto.

Seiya enfocó todo su Cosmos en los ojos y dejó que su cuerpo hiciera el resto en medio del aire. Cruzó la estancia a través de objetos que se quebraron, rompieron o volaron en todas direcciones. Captó la red brillante del Plasma, mezclado de forma difícil de explicar, con la caída de un rayo en un día despejado, bajo un sol intenso.

Tomó a la chica y evitó un resplandor. Saltando en una pierna, atrajo a Lithos hacia su pecho, se agachó y deslizó debajo de otro haz de luz. Y otro, y otro más. Se dio cuenta de que su aura se distribuía nuevamente de forma uniforme en su cuerpo.

Dejó a Lithos en el suelo tras rodar con ella fuera del alcance de la maraña luminosa, y se proyectó como un cohete al interior de la segunda que Aiolia conjuró. Era su oportunidad. Pudo ver a través de su técnica y no debía malgastar el impulso que le había dado su Cosmos...

«Y Saori. Me prestó estas fuerzas cuando la vi, me... salvó, también a Lithos. Se está volviendo una buena diosa protectora». También la mano de su hermana lo alejaba de los peligros, Seika siempre estaba con ella.

—¡Ten cuidado! —advirtió Lithos con una voz tan valiente como asustada. Estaba acostumbrada a ver batallas, claro, pero nunca a Aiolia como el malo.

—¡Arremetan, Meteoros, y acaben con lo que nubla la visión de mi amigo! —bramó Seiya al tiempo que proyectaba una multitud de estrellas fugaces azules, a una rapidez solo superada por la vez que vistió a Sagittarius, frente al mismo oponente.

Oyó los muros crujir y las ventanas vibrar, vio el techo desprenderse en pedazos y el suelo abrirse de par en par tras el choque de técnicas. Aiolia encendió su Cosmos y levantó las manos, pero fue arrastrado hacia atrás por los Meteoros... que lo estrellaron contra un armario que se convirtió en astillas y abundante polvo.

—¡Al fin! —festejó Seiya con una gran sonrisa, cayendo de rodillas mientras el salón se derrumbaba sobre la nube que envolvía a Aiolia.

—¡Señor Aiolia! —chilló Lithos y corrió a socorrerlo.

 

«No», escuchó en su mente, su propia voz, cuando la corriente del Cosmos cambió de sentido y se hizo extremadamente violenta. Detuvo con la mano a Lithos a medio camino, agradecido de que estuviera a su alcance, ya que ya no era capaz de ponerse de pie y caminar. Su cuerpo no era más que una masa de dolor.

—Mejor no te acerques...

—Pero... ¿por qué mató al señor Aiolia?

—Difícilmente alguien pueda. —Bosquejó una sonrisa para reconfortarla, y también para creérselo. ¿Y por lo trataba de «usted»?

Un rugido lo sacó de sus pensamientos e les hizo mirar a la entrada, lejos de la polvareda donde Aiolia hacía arder su Cosmos como una llamarada.

—Son Blondie y Goldie, ¡alguien más llegado a Leo! —dijo Lithos.

—¿Eh? ¿Serán Shiryu y Shun? —«No, todavía está lejos», descubrió con su Cosmos—. Pero esta energía...

—Buen intento, demonio, pero una técnica como esa apenas le sacaría brillo a mi armadura y me empujaría un poco.

Seiya sintió algo de vergüenza. Se había alegrado demasiado por golpear a Aiolia, pero no se había detenido a pensar que era la primera vez que se acercaba a algo así, y que la diferencia entre el Bronce y el Oro seguía existiendo.

Ahora le parecía bastante lógico que Aiolia no tuviera ni un rasguño. Seiya se había confiado demasiado después de distinguir el rastro de haces de luz en el Plasma Relámpago y lanzar al León al piso, cuando en realidad no había conseguido nada.

—De verdad eres un Santo de Oro, Aiolia...

—¿Dices que me queda poco tiempo de vida? No me hagas reír —sonrió el León, pero el gesto no se asemejaba en nada a la que compartía con él años atrás, llena de bondad y calidez. Ésta indicaba enfado, era despiadada, preparada ya —como había temido— para abandonar la tortura y pasar al punto final.

—Señor Aiolia, ¿qué le pasa? ¿Por qué actúa así? —Lithos dio un paso adelante que tuvo que retroceder inmediatamente después con el tirón del brazo de Seiya. Los calurosos rayos solares de esa hora del día iluminaron de frente a través de los ventanales su expresión de confusión.

—Aléjate de él, ¿no entiendes?

—Pero...

—¡Largo!

—Los mataré a ambos con mi Rayo Relámpago, ahora que son incapaces de moverse. Concentra todo mi poder en un solo punto, es el máximo truco de los Santos de Leo. Diste una buena pelea, perro de Ares, pero es tu fin. —Un hilo de sangre caía desde su nariz, aunque no parecía ser producto de los Meteoros. Estaba sufriendo de nuevo, su mente combatía contra la Ilusión Diabólica.

—Maldita sea mi suerte. —Seiya cruzó un brazo por delante de Lithos y puso en guardia el otro. El sudor en su frente le estorbaría la vista en cualquier momento, pero hasta su último suspiro, no pensaba rendirse. Pelearía.

—¡¡¡Aiolia!!! —se oyó la voz más potente que Seiya hubiera oído en su vida, superando incluso la de Aldebarán; retumbó en todo el palacio y quizá más allá, oyó hasta cristales reventándose.

—¿Quién... quién dijo mi nombre? —preguntó el León. Lo había oído con claridad, la Ilusión no distorsionó las palabras.

—Aiolia, no puedo dejar que mates a Seiya. —Era enorme, y su Cosmos, una suave capa blanca a su alrededor, ardía aunque nunca había aprendido a usarlo; lo debió lograr por puro instinto, o quizás por enfrentar cara a cara a la muerte. Aún le faltaba una de las orejas, pero no se molestaba en cubrir el agujero.

En sus seis años entrenando con Marin ese hombre fue uno de los que más difícil le hizo la vida. Pelearon muchas veces, a veces con palabras y muchas otras a golpes, y a pesar de no tener un maestro —Shaina lo rechazó por poco potencial, y no buscó otro— fue capaz de dejarlo inconsciente una docena de veces. Eran los grandes intérpretes del caos en el comedor...

Y ahora estaba allí, entre él y el León para quien hacía guardia, arriesgando su vida como si fuera poca cosa.

—¡Cassios!

—Seiya, apártate, no voy a permitir que mueras —replicó el gigantón, con los dientes chocando entre sí y los músculos aumentando de grosor.

—¿De qué hablas, idiota? ¿Desde cuándo...?

—¿Otra bestia? Eres más grande que los otros, pero eso no evitará que te aniquile también —dijo Aiolia, retomando la postura del Rayo Relámpago. La sangre de su nariz no paraba de derramarse sobre sus labios.

—No me malentiendas, Seiya. Te odiaba antes y te odio aún más ahora —dijo el hombretón, avanzado con paso firme hacia el Santo de Oro. Sus auras eran tan lejanas entre sí como el cielo del infierno, pero no parecía importarle.

—¿Por qué estás aquí? ¿Qué tramas?

—¡Huye, Seiya! Corre al siguiente Templo, es la única forma de que salgas vivo de esto, ya que Aiolia piensa matarte. —Sin que el León pusiera impedimentos, Cassios lo abrazó como un oso a su presa para evitar que se moviera y lo levantó ligeramente del piso. El Rayo Relámpago se convirtió en una llamarada paciente.

—Qué bestia tan patética, tu Cosmos no alcanza ni siquiera al más pobre de nuestros Santos de Bronce. Con solo soltar unas chispas de mi aura despedazaré tus órganos internos, ¿quieres probar?

—¡Cassios, detente, maldición! —rugió Seiya. Trató de apartarlo, pero su pierna no respondió más que para hacerlo caer de bruces al suelo—. ¡Maldita sea! Cassios, ¿por qué haces esto?

—Por ella... ¡¡¡Ahhh!!!

—¡¡¡Cassios!!!

El hombretón gritó desesperado al recibir un poco del Cosmos de Aiolia en su cuerpo, pero ni así soltó a su presa que parecía demasiado ocupado con la sangre en su nariz para usar sus fuerzas físicas. Se limitó a liberar su energía para deshacerse del guardia del Santuario. Éste se confesó, interrumpiéndose solo aullar de dolor.

—L-la he c-cuidado todo este tiempo, he... ¡Ah, ahhh! Uh... Me he desvelado por ella, no he hecho n-na... ¡Ahhhhh! Nada más que velar p-por su bienestar. ¿Pero sabes qué susurraba en las noches? ¡Ah, ahhhh, ahhhh! ¿¡Sabes que es lo único que decía cuando lograba abrir la boca!?

—¡No, basta por favor! —gimió Lithos con la mano en la boca y los ojos entre cerrados. Nada de lo que ocurría debía ser comprensible para ella. Aiolia no actuaba así, y el hombre electrocutado que lo alzaba del suelo...

Seiya. Eso era todo lo que decía, ¡tu maldito nombre, ahhh! T-te odio más que a nadie en el universo, Seiya. Te robaste un Manto que... ¡ah! Q-que debía pertenecerme por derecho, y también ¡ahhh!, la mujer que más amo, a quien idolatro desde que la conocí, a quien he seguido sin descanso.

—Cassios, ¡ya suéltalo!

—Bestia insolente, te rostizaré como el animal que eres.

—Ella no quiere que sufras, y menos que mueras, porque piensa en ti como yo en ella... ¡¡¡La haré feliz, así que vete y salva tu vida, maldito hijo de cain!!!

—¡¡¡Cassios!!! —Su maldita pierna no quería reaccionar, tampoco el resto de su cuerpo respondía bien, así que le suplicó a Pegasus que lo moviera a la fuerza; no tenía mucho tiempo hasta que Cassios fuera electrocutado hasta la muerte.

—¡No! —gritó Lithos—. Señor Aiolia, por favor... ¡Detente, Aiolia!

 

Un crujir de huesos resonó tan fuerte como la voz del dueño de los mismos. La electricidad se propagó por todo el palacio como una tormenta de rayos dorados.

Antes que el cuerpo de Cassios cayera, el Plasma Relámpago se replegó desde la mano de Aiolia como una red lumínica que cortó el cadáver en descenso en ínfimos trozos. Amenazaba con hacer lo mismo a Lithos en unas centésimas de segundo, un periodo en el que, por alguna razón, Seiya tuvo mucho tiempo para pensar.

Aunque fuera su último aliento no iba a permitir que más inocentes fueran víctimas de una guerra tan estúpida... Empujó a Lithos con todas sus fuerzas hacia atrás, cuidando de que fuera a caer sobre su brazo mecánico.

Luego se despegó del suelo gracias a la ayuda de Pegasus, que lo tomó como marioneta, y vio nuevamente la imagen de Saori. ¿De verdad había aprendido ese truco desde su cama en el Templo del Carnero o es que estaba imaginando cosas? Fuera cual fuera el caso, la chica le rogaba que no se rindiera jamás.

«No necesito que me lo digas, no conozco esa palabra». Pasó a través de los haces de luz que cercenaban el cuerpo sin vida de Cassios antes de que tocara el piso alfombrado, manchado con su sangre. Se agachó, saltó gracias a su pierna buena, evitó y se agachó otra vez. Perdió varias piezas de su armadura y esquivó haciéndose a un lado una vez más, como cuando cruzaba las pistas de obstáculos de Marin en su entrenamiento de niño.

Y aunque esa pierna izquierda le ardía como los mil demonios, la usó para romperle la quijada a aquel que había sido su más grande amigo en esa época.

 

Se dio cuenta de que el sol ya no ardía con tanta fuerza. De hecho, sintió una corriente de brisas refrescantes a través de las rendijas y la puerta abierta por la que ahora entraban sus compañeros de Bronce.

Le tembló la pierna y cayó nuevamente. Le dolía todavía más si era posible, el rostro de Aiolia era absurdamente duro, era como si acabara de patear una montaña, pero el dolor significaba que estaba vivo, lo obligaba a mantenerse despierto.

La cabeza le daba vueltas, pudo oír el murmullo de los pasos de Lithos en dirección al León, y no pudo hacer nada para evitarlo... Tal vez ni era necesario. La oscuridad del aire había sido evaporada.

—Seiya, ¿estás bien? —preguntó Shun, cruzando el brazo de Seiya tras sus hombros con prisa.

—¿Te puedes levantar? —Solo entonces vio la mano que le tendió Shiryu. Su cuerpo no tenía graves daños a pesar de haber luchado contra un Santo de Oro. Ya habría tiempo para que le relatara...

—Sí —mintió. No podía mover ni los dedos—. Me alegra verlos, chicos.

—Por los dioses, estás hecho pedazos. ¿Qué ocurrió aquí? —preguntó Shun.

—Pensé que el guardián de Leo era nuestro aliado.

—Lo era, Shiryu. Aún lo es. Fue atacado por la Ilusión Diabólica, aunque no sé quién se la aplicó. ¿Y Hyoga?

—Él...  desapareció en el Templo de los Gemelos, pero estoy seguro que está bien —contestó Shun, poco convencido.

Así que otro compañero había perdido la vida en esa guerra cruenta. No era tiempo para lamentarlo, Seiya se sintió tan desanimado que ni siquiera quiso seguir hablando del tema.

—La técnica legendaria que nos dio tantos problemas —dijo Shiryu, con la misma idea—. Sin Ikki, ¿quién pudo haberla aprendido también?

—Tengo mi teoría, pero creo que no debemos pensar en eso, por ahora. El Santo de Leo no merece más dilemas en su casa.

—Señor Aiolia, ¿está bien? ¡Señor Aiolia! —gritaba Lithos, zarandeando a su jefe. Aiolia estaba sentado en el suelo con el rostro manchado de sangre, parte por la patada, y parte por culpa de su cerebro.

—Qué rayos... ¿Qué? Lithos, ¿qué diablos haces? ¡Ah! —gritó Aiolia al alzar la cabeza. Se agarró con fuerza los cabellos, gimiendo.

—¡Señor Aiolia!

—¿Qué es esto? ¿Qué estuve...? ¡Oh, no! —exclamó cuando, en el vaivén de su cabeza dolorida, se topó con el cuerpo sin vida de su guardia. Abrió la boca y le tembló la mirada, que luego se clavó en Seiya—. No puede ser... Seiya, ¿acaso yo te hice...? ¿Yo le hice...?

—Sí —asintió a sabiendas de cuánto había luchado su amigo, en su mente, contra esa técnica infernal. Notó las lágrimas del orgullo roto en su rostro—. Pero tranquilo, los efectos de la Ilusión Diabólica no han terminado, he visto lo que ocurre después. Tal vez no puedas levantarte en unos días.

—Cassios...

—Si no hubiera sido por su distracción, jamás habría podido encontrar el punto débil de tu Plasma Relámpago para darte esa patada. De no ser por Cassios, Lithos y yo, todos estaríamos...

—Se sacrificó —terminó Aiolia cuando Seiya no pudo seguir hablando. Se empezó a desvanecer poco a poco, debía tener muchas ganas de subir a enfrentar al Sumo Sacerdote, principal sospechoso de su extraño comportamiento, pero eso solo empeoraría las cosas—. No sé qué decir, estoy más que avergonzado, y enfadado, y... Seiya... ¿Lo hizo para ayudarme? ¿O a ti?

—Ninguno. Fue por Shaina.

Sí, ella también se había sacrificado por Seiya, ante el mismo rival. Ya estaba harto de todo eso.

—Seiya... porqueria, no sé qué... ¡Maldita sea! Mi vista se está nublando. —El Santo de Leo apoyó una mano en unas vigas y se aferró del brazo mecánico de su criada para no derrumbarse todavía.

—Señor Aiolia, debe descansar por favor.

—Lithos... C-cuando pierda la c-conciencia, ordena q-que sepulten el cuerpo de Cassios. Con honores... Y Seiya... rayos...

—Aiolia, no te culpes. El Sumo Sacerdote debió...

—No dejes que abra sus ojos —interrumpió mientras, irónicamente, cerraba los suyos—. No se lo permitas. Cuando eso ocurre... la gente tiene a morirse. —Al fin, después de tanto, Aiolia le sonrió. El mismo gesto que le dedicaba cuando niño.

—¿Eh? ¿De qué hablas? ¡Aiolia!

Pero Aiolia de Leo ya no podía oírlo.

 

 

 

****

Sé que quizás quedó medio apresurado el final, pero no encontré otra forma de arreglarlo, lo siento. Meter a Lithos fue para que Seiya tuviera su primer golpe de poder, y lo de Cassios fue para el definitivo, y que no quedara como en el clásico donde elevas tu Cosmos "porque sí" Quise hacer lo que pasó con Shiryu y Shunrei de una forma distinta...

 

Pero en fin, ojalá igual les haya gustado. Ahora ya saben lo que se viene, ¡Shakistas, congréguense!


Editado por -Felipe-, 20 febrero 2016 - 14:38 .

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#171 T-800

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Publicado 11 diciembre 2014 - 20:44

bueno aun no he leído todo el episodio G así que algunas partes me parecieron confusas pero aun así en lo general estuvo bien el capitulo

 

 

esperando el proximo



#172 carloslibra82

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Publicado 11 diciembre 2014 - 22:49

Me gustó el capítulo, amigo Felipe, le vas dando lógica al poder de los caballeros de bronce. Ahora espero con ansias la aparición de Shaka, y la de otro personaje perdido desde el principio de tu fic. Obviamente, me has captado a quien me refiero, cierto? Saludos!!



#173 Killcrom

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Publicado 13 diciembre 2014 - 22:45

Buenas noches, Felipe. 

 

A ti también te he tenido aparcado estas dos semanas. Por ello, llego con sesión doble de comentarios. Estoy algo agotado por haber leído hoy otros tantos fics, pero te prometo que eso no será excusa para disfrutar de tus palabras y dedicarte otras tantas. Sin más, comienzo. 

 

Seiya II

 

¡Por fin nuestro burro alado favorito vuelve a escena! Habrá que ver si sigues manteniendo el rasgo distintivo que mostraste, o fue solo un destello que no has logrado pulir. Antes de leer, te diré que confío en tu capacidad de lograrlo. 

 

Quería mencionar que la palabra valija no es utilizada por España, o al menos no en la ciudad en que vivo. Aunque imaginaba de qué se trataba, tuve que buscarla en el diccionario. Agradezco mucho estos "choques" culturales que aumentan el vocabulario. Ese es otro de los puntos favorables de leerte a ti en concreto.

 

Una alusión temprana a lo especial de Pegasus. Buen detalle. Si la obra del viejo hubiera estado planeada al 100% desde el principio, este tipo de destellos y pistas, que sí se ven en otras obras como Berserk, convertirían a Saint Seiya en algo más que un Shonen.

 

Me alegra leer que tu Seiya sigue manteniendo el punto. Esos comentarios sobre Shaina son deliciosos. 

 

Quería preguntarte una cosa sobre los niveles de velocidad de tus santos. Dices que Shaina es santo de plata, el nivel medio del Santuario, y como tal puede moverse a la velocidad del sonido. Pero según recuerdo (y puede que me equivoque), creo que esa velocidad era ya alcanzada por los de rango bronce. ¿Has decidido recortar los absurdos niveles de velocidad que pueden alcanzar los santos, o es un fallo no intencionado? También es cierto que añades la coletilla "sin esfuerzo", pero el significado de la frase sigue siendo el mismo. 

 

Supongo que Seiya sí escuchó la explicación del cosmos de Marin aunque pareciera dormido. Me hizo reír ese pequeño flashback. Habría sido puro comic relief si hubieras puesto  que recordaba haber escuchado algo de su maestra sobre el cosmos, pero que por haberse dormido, ahora no sabía de qué se trataba. Una tontería, pero a veces esas pequeñas cosas gustan.  :lol:

 

Has hecho un buen trabajo describiendo la armadura de Pegaso y la asimilación de esta por parte de Seiya. ¿Esta versión que presentas es tuya, o la de LoS? No he visto aún la película, pero según me comentó Rexomega, usas cosas de ella...

 

Hasta aquí llego con Seiya II. Bien trabajado. La puntuación mejor que en capítulos anteriores. El nivel de narración es adecuado, aunque sabes que yo estoy obsesionado con eso y habría escrito el doble o más. .

 

A pesar de todo esto, espero mucho más de ti, Felipe. No porque lo hagas mal; todo lo contrario. Tienes lo que hace falta y ya has andado mucho. Al igual que el cosmos es ilimitado, tu capacidad para describir debe serlo también.  :lol:

 

Ahora, un último esfuerzo con Tontori Saori I

 

Antes de leer, un comentario previo. Supongo que usas el Word para escribir. Mencionarte que es posible adaptar las comillas "<<" a un símbolo "«" mucho más elegante y vistoso, y además, de un solo carácter. Si me tuvieras que preguntar cómo lo hice... te diría que no lo recuerdo. Fue algo parecido a asignar el guion.

 

Tenía una captura de pantalla por ahí, pero al parecer la perdí al cambiar de PC. Si no has logrado resolver esto ya, siento no poder ayudarte más. 

 

Esa Saori niña debió ser un encanto. Me habría encantado conocerla. No ser su juguete, pero sí ver cómo era de @|¬~#6a.

 

La escena entre Saori y Jabu fue linda y cautivadora. He de ser sincero; me ha gustado mucho. Un recuerdo de la infancia como ese no debió ser agradable para ninguno de los dos, pero la ironía de que Jabu obtuviera la armadura de Unicornio y cómo lo presentaste quedó muy bonito. Se nota que trabajaste esa parte. Y si la improvisaste, lo hiciste muy bien.

 

A continuación de esa escena se te cuela un dedazo. Escribes que "Mitsumasa Kido os envió a ti y otros noventa y nuevA..." Esto es inevitable. Solucionas un dedazo y aparecen dos más. Aporto mi granito de arena avisándote de este. 

 

El resto del capítulo fue agradable. Se notan ya las diferencias, y tal y como advertiste, no parece que vayas a presentar torneo galáctico, lo que tiene sentido. A cambio, nos ofreces estos enfrentamientos entre León menor y Unicornio, y habrá que ver qué más sorpresas tienes preparadas.

 

Sea como sea, el capítulo presenta un cambio de eventos refrescante, aunque confieso que me habría encantado leer una saga del coliseo completa (con gran final y ganador). 

 

Estoy agotado ya. No doy más de mí. Me despido hasta mañana, que daré el último review (a Mihca5) y publicaré.

 

Buenas noches, Felipe. Sigue trabajando. Nos queda mucho por mejorar, ya que como te habrás dado cuenta, esto es un camino sin fin. 

 

Abrazos.  ^_^


Editado por Killcrom, 13 diciembre 2014 - 22:49 .

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(Parte 3 de 3)

Publicado: ?? de ? de 2018


#174 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 14 diciembre 2014 - 12:40

bueno aun no he leído todo el episodio G así que algunas partes me parecieron confusas pero aun así en lo general estuvo bien el capitulo

 

 

esperando el proximo

Supongo que te refieres a Lithos. Es la ayudante/sirvienta de Aiolia en el Episodio G, aunque yo la mezclé un poco con Galan respecto a lo del brazo. Lo importante es que en el G Lithos tiene una participación muuuy relevante, va a seguir saliendo en este fic, aunque cometí el error de no mencionarla antes.

 

Me gustó el capítulo, amigo Felipe, le vas dando lógica al poder de los caballeros de bronce. Ahora espero con ansias la aparición de Shaka, y la de otro personaje perdido desde el principio de tu fic. Obviamente, me has captado a quien me refiero, cierto? Saludos!!

Ya se viene xD

 

Para Killcrom...

Spoiler

Spoiler

Mil gracias por los comentarios.

 

Y ahora...

SHUN III

 

15:05 p.m. del 11 de Septiembre de 2013.

Los guardias no estaban disponibles. Al parecer una cruenta batalla se daba a los pies de la montaña que los requería a todos. Algo le decía que June y los demás estaban involucrados en el asunto.

Así que después de vendarle la pierna rota a Seiya y ayudar a la criada de Aiolia a cargarlo hasta su habitación en el segundo piso, Shun y Shiryu levantaron una rápida y temporal sepultura para aquel que se había sacrificado por amor. No lo conocía ni había oído de él, pero tampoco necesitaba esa información, ya que había sido testigo de su muerte.

Lo cubrieron con sábanas blancas y Lithos lo perfumó antes de dejarlo en una habitación cerrada hasta que pudieran transportarlo al cementerio del Santuario, su sitio de descanso final.

Seiya permaneció todo el tiempo sentado en las escaleras de la salida, con los ojos en la Torre Meridiano. El fuego de Leo se había apagado y solo restaban siete horas para que la flecha matara a Saori.

Junto a Shiryu lo cargaron y lo ayudaron a retomar el camino hacia arriba. Le habían sugerido que se quedara allí a sanar sus heridas, o que lo acarrearan sobre los hombros, pero Seiya seguía tan terco como siempre. Les suplicó que lo ayudaran a correr unos minutos hasta que sus piernas se forzaran a acostumbrarse...

Y no tardó tanto en ocurrir, extrañamente.

—¿Seiya, estás bien? —le preguntó Shiryu.

—Me duele como los mil demonios, pero no importa. Si me hubiera podido mover antes quizás Cassios estaría vivo, así que esta pierna tendrá que obedecer en todo lo que diga. —Seiya hizo el ademán de golpear su propia extremidad, pero prefirió seguir corriendo.

 

A diferencia de los tramos que habían recorrido antes, el camino hacia el Templo de la Doncella era de un hermoso y paradisíaco color verde, y era más plano que los demás. Aunque notaban que estaban ascendiendo, no había tantas escaleras, sino varios valles con algunos árboles frutales, pequeños templos en ruinas, arbustos de bayas y un sol que había disminuido muchísimo su calor, amedrentado por las nubes que comenzaban a aglutinarse como una multitud que desea ser testigo de un espectáculo callejero.

Desde los riscos comenzaron a salir algunos guardias armados, más grandes y fuertes que los anteriores, pero ahora parecían limitarse a demorarlos, no a intentar matarlos. Las cadenas de Andrómeda se hicieron en gran parte cargo del trabajo, y Shun les ordenó que no asesinaran a ninguno de ellos. Obedecieron esta vez.

—No debemos dejar que avancen —animó un capitán a sus hombres. Tenía un enorme lucero del alba en la mano, trató de azotar con el mismo a quien se veía más débil, pero Shiryu apareció al rescate con su Escudo de Dragón. Ya había luchado contra un Santo de Oro, y se había debilitado, pero seguía resistiendo de manera formidable los embates de la gigantesca maza de acero.

—Son valientes. Cassios también cumplía su misión sin importar el costo —musitó Seiya, sacándose con el brazo dos soldados de encima que cayeron por el acantilado, arrastrados hacia una saliente verdusca de abajo por las cadenas. No supo si lo hizo por respeto a esos valientes, o en honor de aquel que murió en el Templo del León. Simplemente sentía que nadie más debía morir, por más necesario que pareciese. Quizás con la sola excepción de aquel que aguardaba cerca de la cima de la montaña.

—¡Chicos, allá está! —advirtió de repente. A lo lejos, más allá de un par de cortas escaleras, que al mismo tiempo parecían elevarse varios metros, se divisaba un magnífico palacio de color albar—. Pero...

—Ja, ja, ja, niños ingenuos —rio un soldado que había sido derrotado por un duro puñetazo de Dragón, y que manchaba de sangre las hojas de hierba bajo su boca—. Jamás llegarán al Templo de la Doncella, ja, ja.

—¿A qué te refieres? —preguntó Shiryu.

—No puede ser. —Seiya se puso la mano como visera para tapar el sol que ardía sobre ellos y mirar mejor el camino al palacio—. Es una larga distancia.

—Frente a nosotros, el prado se detiene y hay un barranco. Uno enorme —explicó Shun para que Shiryu se hiciera la idea—. Después está el Templo, que aun así pareciera verse cerca, pero no lo está. Es muy extraño y... ¡Oh!

Podía asegurar que antes no estaban, pero ahora veía extraños obeliscos de color celeste flotando sobre el acantilado, separados aleatoriamente en el aire. A su alrededor se arremolinaban pequeñas partículas de tinte rosa que liberaban un aroma dulzón muy peculiar.

—Bah, somos Santos, saltar esa cosa no es ningún problema —afirmó Seiya y tomó vuelo para dar una gran carrera. No pareció darle importancia a las columnas flotantes, o tal vez no se había percatado.

—Ja, ja, ja, por supuesto que un Santo podría saltar esa distancia en el mundo normal —murmuró el capitán, cuyo lucero del alba estaba incrustado en uno de los árboles—. Pero esto es territorio del Santo de Virgo.

—¡Seiya, detente! —gritó Shun, presintiendo que algo estaba mal.

Seiya no detuvo su galope a pesar del evidente cojeo, y llegó hasta el límite del acantilado. La luz solar fue obstruida unos instantes por las nubes invitadas al funeral del caballo alado, que brincó en su propio lugar, sin avanzar.

El alarido de Seiya en medio del aire hizo reaccionar a las cadenas de Andrómeda que se desplazaron a toda velocidad, se ataron a los brazos del chico que seguía maldiciendo todo, y lo tiraron atrás de nuevo. Seiya había saltado con una fuerza tremenda, pero no pareció avanzar una larga distancia; ni siquiera llegó a la mitad cuando comenzó a caer.

Shun lo atrapó con dificultades por el intenso retroceso. En la cara de Seiya se mezclaban la ira y la confusión.

—¿Estás bien?

—¡Y una porqueria! No entiendo, ¡estaba seguro que lograría llegar!

—Je, je, je, se los advertimos. Ni nosotros nos podemos acercar a ese lugar, el Santo de Virgo siempre ha preferido proteger por sí mismo los alrededores, je, je. —Dicho esto, el guardia finalmente quedó inconsciente y el verdor bajo él se tornó rojo escarlata.

—Seiya, ¿qué sucedió? —preguntó Shiryu, haciendo caso omiso.

—No sé, yo veía que era capaz de llegar, pero en tanto avanzaba el barranco se hacía cada vez más extenso. No sé cómo explicarlo, era como si me impidiera llegar al otro lado. O quizás mi pierna mala me jugó una mala pasada... O tal vez fueron esos estúpidos pilares azules que aparecieron y me distrajeron, no sé...

—¿Los viste? —No, esa no era la pregunta—. ¿Los viste después que yo? No entiendo qué...

Aléjense... —susurró el viento.  Lo oyó más en su mente que en los oídos, también sus compañeros, dadas su reacciones.

Fue una voz retumbante, serena, pero no como la de Muu, sino con un toque de imponencia y aire celestial que nunca había oído antes. Fue un coro de ángeles cuyas voces mezcladas pronunciaron unas cuantas sílabas en medio de las corrientes de aire, directamente a su cerebro, que las transformó en un mandato.

—¿Quién es ese? ¡Muéstrate!

—Seiya, tranquilo... —pidió Shiryu. Él también debía sentirlo: un Cosmos magnífico, celestial, externo al mundo. Se percibía a millones de kilómetros, pero estaba muy cerca.

¿Cómo te atreves a hablarme así, impertinente? —inquirió la voz. Aunque se asemejaba a un silbido del viento, se entendían perfectamente las palabras graves y tranquilas, como un eco entre las montañas que resuena desde el bramar de las olas contra la arena.

—¡Maldito seas! Voy a romperte la...

—¡Seiya, basta! —lo detuvo esta vez Shun. Seiya se acercaba peligrosamente de nuevo al acantilado, con pasos cortos.

—¿¡Eh!? Un momento, pensé que estaba más lejos...

—¿Qué?

—Ahora este precipicio me parece tan pequeño, pero...

—Alguien está jugando con nuestros sentidos —meditó Shiryu. Dio un paso al frente muy lento, otro le siguió tambaleante, pero el tercero y el cuarto fueron firmes. Se detuvo donde culminaba el verde—. Pero sigue existiendo una realidad.

—¿A qué te refieres?

—¿No sienten ese olor?

Shun agudizó el olfato y percibió un aroma que ya había sentido desde que llegó al prado, pero a lo que no le tomó mucha atención. Sin embargo, no sabía qué tenía que ver ese...

—¿¡Qué hay con ese olor a flores!? —interrumpió Seiya, verbalizando sus pensamientos—. No nos vamos a detener a oler árboles, Shiryu. —El perfume a rosas se extendía a lo largo y ancho del verde, pero no se vislumbraba ninguna entre los árboles o los arbustos.

—Solo hay en un lugar. Como soy ciego, puedo captarlo con mayor facilidad que ustedes. —Shiryu dio un paso adelante, directamente al vacío.

—¡Cuidado! —gritaron Shun y Seiya, pero solo bastó un susto.

El Santo de Dragón tenía el pie flotando en el aire, como si lo apoyara sobre un piso invisible. Adelantó la otra bota a la primera. Oficialmente estaba suspendido sobre las corrientes de viento que llevaban el aroma a pétalos de loto.

—¿¡Pero qué demonios!? —exclamó Seiya.

—Síganme, justo detrás de mí. Aunque no puedan verlo hay un puente que cruza este acantilado, lo puedo sentir bajo mis pies. —Shiryu avanzó unos pasos más y poco a poco fue trazando una comba, pasando entre dos espigados obeliscos de piedra celeste.

Váyanse, tontos... —murmuró el viento.

—Tú no nos dices qué hacer —contestó Seiya, como si fuera normal.

—No se confíen, no es un puente recto. Es estrecho y tiene varias curvas, pero las rosas solo se huelen directamente sobre él. No se retrasen y sigan el camino exacto que yo recorro, o serán atrapados en la trampa en la que casi cae Seiya.

Ambos lo escoltaron, obedientes. Seiya le relató que Shiryu lo salvó de la misma forma en el laberinto del Templo de los Gemelos; su ceguera podía ser triste y cruel, perjudicial para ver las cosas maravillosas en el mundo, pero por otro lado era efectivamente útil en el campo de batalla.

 

El Templo de la Doncella olía a flores de loto, y sus paredes estaban hechos de un mineral tan blanco como la leche. Tenía tres alas con la central adelantada; la extensión de las dos laterales se perdía detrás de un par de gigantescas montañas que ocultaban cualquier mirada hacia la parte trasera del palacio e impedían que pudiera escalarse por encima.

Sobre el friso se hallaba el glifo de la constelación, que parecía una M y representaba la medicina, además de la palabra VIRGO, con mayúsculas a diferencia de los otros palacios, lo que decía mucho del carácter de su guardián. A ambos lados de la puerta central de un tono celeste pálido se erguían dos colosales estatuas. En disconformidad con la pareja de leones en la casa de Aiolia, éstas eran distintas entre sí, pero no eran relieves como en los Gemelos. Dos representaciones muy detalladas del Buda, de pie sobre una flor de loto abierta. Con largas togas de piedra blanca, bindis[1] sobre la frente, distintas posturas de las manos y dedos, ambos parecían meditar y a la vez invitarlos a ingresar al palacio, a diferencia de la celestial voz que resonó como trompetas de ángeles en sus oídos rato antes.

El Templo de la Doncella era internamente de la misma mezcla de tonos celestes, blancos y grises que los obeliscos sobre el acantilado. Al final de un extenso corredor que parecía también alargarse mientras avanzaban, bordeado por Budas más pequeños y diversas cámaras cerradas —hasta parecían bloqueadas—, había una escalinata que ascendía hasta una especie de altar con forma de flor de loto, similar a aquellas donde las estatuas reposaban. Pero no era una representación de piedra del Iluminado lo que descansaba sobre el sitial, sino que de carne y hueso.

O eso parecía.

—¿Qué es... este Cosmos...? —tartamudeó Seiya.

—¿Ese hombre es el guardián de este Templo? —preguntó Shiryu, sin hacer ningún esfuerzo por levantar el escudo.

—Pero... no parece ser... —Shun no tenía dudas sobre que ese hombre era el dueño de la voz que habían oído antes, a pesar de no abrir la boca. Parecía un humano normal, quizás de la India, de tez morena pero con una excéntrica melena rubia que adelantaba su cintura. Era muy delgado, casi famélico, sus pómulos eran huesudos y sus labios finos.

Su Manto Sagrado tenía bellas formas alargadas, incluyendo una pieza central magnífica que parecía un par de alas plegadas sobre el pecho formando un triángulo alrededor del cuello, extendiéndose más allá de los hombros. El yelmo brillaba con una piedra de color fucsia casi tan luminosa como el bindi sobre su frente; la gema también la halló en los brazales, las botas, tres veces en la falda exageradamente compleja, y la más grande en el gorjal, bellamente decorado con adornos florales que se repetían en toda la armadura.

Permanecía con ojos cerrados, sentado sobre sus posaderas con las piernas cruzadas a la “manera india”, con los dedos de las manos entrelazadas en un gesto pacífico y singular. Al interior de una pequeña recámara con cortinas transparentes casi flotando sobre el gigantesco loto abierto, el hombre, de veintisiete o veintiocho años, parecía meditar; a su alrededor se percibía un fuerte aroma a incienso. Detrás de él había una pared azul cobalto con la imagen de un sol estrellado en relieve, así que la salida debía seguir por el pasillo de la izquierda. Y su Cosmos...

Su Cosmos... era imponente, magnánimo, con aires que no correspondían a algo terrenal, sino a una cosa superior. La ilusión en Géminis era parecido, pero esto era real, una presencia solo superada por la señorita Saori. Y a pesar de eso era una energía serena, de paz y paciencia, no se atisbaba violencia alguna. El Santo brillaba con incandescencia tras las cortinas abiertas, y no parecía haber notado su presencia aunque ardiera su aura. O eso pensó... hasta que separó los labios.

—¿Qué hacen aquí? —Fue un sonido tranquilo, lleno de supremacía, pero también de humildad, como un monje que intenta comunicarse con animales.

—Somos Santos de Bronce, necesitamos pasar a través de este Templo —explicó Seiya, sin levantar los brazos para ponerse en guardia como siempre hacía. Parecía que lo intentaba, pero algo se lo impedía.

—¿Nos dejarás pasar? —preguntó Shun, con la esperanza de una respuesta positiva basado en la pasividad del hombre de oro.

—No —respondió el Santo, pero no realizó ningún gesto violento ni intentó levantarse de su sitial. De no ser por su respiración pausada, habría pasado por una estatua más con lo inmóvil que permanecía. Parecía desear ser testigo de su actuar, aunque ni siquiera abrió los ojos.

 

...Ojos...

“No dejes que abra sus ojos”, dijo Aiolia. Por alguna razón, a Shun se le hizo extremadamente importante esa advertencia; de vida o muerte.

—Bueno, pero necesitamos pasar, así que con permiso. —Seiya tomó la ruta izquierda cuando su paciencia llegó al breve límite, era la única potencial salida, pero no pudo dar más de tres pasos. Primero quedó paralizado, el sudor cayó por su frente como una cascada, y luego se derrumbó sobre el frío piso blanco.

—¿¡Qué!? ¡Seiya!

—¿Qué le pasó a Seiya?

—Qué irrespetuoso. Tratar de pasar de esa manera por mi casa es una osadía. Pude eliminar el puente ahí afuera, pero decidí dejarlos pasar para estudiarlos mejor. —Lo único que movía eran los labios, el resto era pétreo—. Debo decirles que no tengo una buena impresión.

—Si quieres pelear, seré tu oponente —amedrentó Shiryu, con nerviosismo notorio, muy poco común—. Shun, cuando lo golpee cruza el palacio con Seiya y sigan adelante.

—¿Qué dices?

—Alma ingenua... —suspiró el Santo de Oro. El hombre que no debía abrir los ojos—. ¿Te atreves a atacarme?

—Haré esto rápido —dijo Shiryu, y con un gancho derecho ejecutó con una ola su Dragón Ascendente. El aire cambió de la tranquilidad a algo muy violento por un segundo, pero nuevamente se detuvo, a juego con el puño. Quedó paralizado debajo de la mano del hombre, quien solo se limitó a levantar la mano. Entre las manos de ambos había al menos veinte centímetros traducidos en un vacío luminoso.

—¿¡Qué rayos...!? Hay una gran presión que me impide avanzar —rezongó Shiryu, cuyos músculos se tensaron, las venas salieron a relucir, y su Cosmos esmeralda ardió más que antes, pero parecía tratar de desplazar un enorme bloque de concreto resistido por gigantes. No podía acercarse al hombre ni siquiera un milímetro. Éste abrió la boca de nuevo, con calma impasible.

—Si avanzas más se te romperán los dedos, luego le seguirán los huesos, se te desgarrará la carne, y finalmente la mano desaparecerá. Eres como un fantasma hambriento que se abalanza sobre una presa sin tener el raciocinio suficiente como para comprender que el mismo fantasma es la presa, y la presa un dios.

—¡¡¡Shiryu!!! —-Shun desplegó ambas cadenas y las arrojó con bríos sobre el Santo de Oro. Este levantó un dedo y expulsó a Shiryu hacia atrás, lanzándolo sobre un tapiz decorado con hermosas imágenes religiosas que colgaba de una pared. El hombre giró su cabeza hacia las cadenas.

Om[2] —dijo, imitando el sonido primordial del universo, y antes de que Shun pudiera responder, se encontró con la garganta atada por su propia cadena. Se le había enroscado también alrededor de las piernas, los brazos, el torso, y estaba cerca de arrancarle la cabeza. Ni siquiera podía gritar, solo sentía sangre derramarse desde sus poros y en su interior los huesos resquebrajándose. Shun no entendía en absoluto lo que estaba ocurriendo.

—Ugh... ah... —«¡Mi propia cadena!».

—Solo basta con que cante el Om otra vez y tu cabeza rodará. Les preguntaré nuevamente mi dilema: ¿qué hacen aquí?

—Ya te respondí, ¡somos Santos de Bronce que deben pasar la Eclíptica! —exclamó Seiya, que despertó y volvió a equilibrarse en un pie. Shun lo vio disparar sus Meteoros a toda prisa, y provocar que la cadena lo soltara antes de decapitarlo.

El hombre ni siquiera se inmutó, solo verbalizó el mantra otra vez, y Seiya fue derribado junto a sus compañeros.

—No.  ¿Qué hacen aquí... en este mundo? —clarificó la pregunta el Santo.

—¿Eh?

—¿Qué hacen vivos? ¿Por qué no fueron asesinados ya por los Santos de Oro anteriores? ¿Acaso han traicionado al Sumo Sacerdote? —Parecía hablarse más a sí mismo que con los invasores, era un hombre muy extraño, ajeno a las costumbres mundanas de los humanos.

—¿De qué diantres estás hablando?

—Seiya, tranquilo.

—¿Deberé ayudarlos personalmente a ir al otro mundo para que reencarnen como seres más inteligentes? —reflexionó todavía más Virgo, retornando a su pose férrica de antes como si nunca hubiera contraatacado, aunque eso fuera solo mover sus manos—. ¿O quizás deberé matarlos sin piedad por su insolencia, sin considerar sus proezas y valor?

—¿¡Qué demonios has dicho!? —se enfureció Seiya, y se levantó al igual que Shiryu que también perdió la paciencia, pero Shun, por reflejo, extendió la Cadena Circular que volvió a obedecerle.

El hombre puso sus palmas frente a frente delante de su pecho, a unos centímetros de distancia entre sí, y en ese espacio concentró su Cosmos.

—Prepárense porque yo, Shaka de Virgo, los guiaré hasta el infierno.

—¡El Cosmos de este tipo es enorme!

—¡Y está concentrado solo entre sus manos!

—Los someteré con mi Exorcismo[3]. Ríndanse, demonios, ante los espíritus luminosos. Om —concluyó, y una luz infinita se propagó por el Templo y más allá.

 

Las columnas, muros y estatuas fueron reemplazados por ángeles posando la punta de sus espadas, suavemente, en los cuellos de cientos de horrendos demonios que suplicaban piedad, en un cielo rosa. El universo se fue achicando al igual que los seres espirituales que combatían hasta que se convirtió en una simple partícula de un pétalo solitario de una flor de loto infinitamente grande.

La comprensión de su pequeñez llevó a Shun a ser aplastado por la luz, como un demonio ante dios, y fue arrojado bruscamente al piso del Templo de la Doncella al igual que sus dos compañeros. Ninguno de los dos parecía ya consciente, pero la cadena lo había salvado del mismo destino, aunque seguía incapaz de ponerse en pie y la mente se le estaba nublando. Tenía un dolor intenso pero reconfortante en todo el cuerpo, como en un sueño... Aunque la sangre que manaba por entre las piezas de gamanio eran bastante reales. Definitivamente los había atacado físicamente, pero todo eso que Shun y los demás vieron... ¿fue real también?

—El Exorcismo ha limpiado en gran parte este palacio sagrado... pero veo que no fue completo, y uno de los ávidos demonios continúa buscando algo que aquí no encontrará. —Shaka extendió la mano desde el altar; ni siquiera el vencer a los tres fue un esfuerzo suficiente para que se levantara—. Piedad por los malvados... ¿Será eso en lo que escaseo para alcanzar la Iluminación?

El Cosmos de Virgo se proyectó lentamente, con sutileza y compasión, hacia Shun, quien se hundía cada vez más en la inconciencia. Sin embargo, sus ojos aún miraban el brillo celestial acercándose. Eso acabaría con su vida con facilidad. «¿Por qué se siente tan bien?», pensó.

La luz celestial fue dispersada de súbito por el fuego infernal, como si uno de los demonios hubiera logrado oponerse al Exorcismo de Shaka.

—¿¡Y esto!? —alzó Virgo por primera vez la voz—. Este violento Cosmos ha interrumpido mi meditación.

Shaka de Virgo... un tipo que se cree un dios, y que somete jóvenes que confunde con demonios. —La que apareció fue una voz arrogante y severa, brusca, nada parecida a la de Shaka. Pero también traía consigo una sensación familiar, y a la vez altamente confusa—. Al final eres solo un loco más.

—Tú... Aquel que ha vivido el infierno en carne. ¿Por qué interrumpiste mi bendición hacia Andrómeda?

«No puede ser. Es imposible...», pensó Shun. Las lágrimas que salieron desde sus ojos eran más intensas y reales que cualquier brote de sangre.

Vio una armadura de tonos violetas, azules y anaranjados, con colas negras de ave inmortal, que ya había visto antes. Su Cosmos era solo fuego ardiente, sin sombras ni oscuridad; sus ojos eran los faros de la justicia que había admirado en su niñez... La vista se le nubló justo antes de oír nuevamente a su hermano mayor.

—Interrumpir tu maldita bendición es lo primero, después de que trataste a estos chicos de esa manera. Lo segundo será acabar con tu vida.

—Eres... Ikki de Fénix...

Shun se durmió con una sonrisa en el rostro.

 

 


[1] Elemento decorativo con forma de punto, normalmente de color rojo, usado en la frente por seguidores de la religión hinduista que representa el “tercer ojo”.

[2] ॐ. Es el mantra más sagrado del hinduismo. Se traduce como Respiración Divina.

[3] Tenma Koufuku, en japonés.

 

 

He's back.


Editado por -Felipe-, 20 febrero 2016 - 14:39 .

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#175 carloslibra82

carloslibra82

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Publicado 14 diciembre 2014 - 20:44

Clap, clap!! Me encantó el final del capítulo. La entrada de Ikki fue espectacular. Espero mucho del próximo episodio, saludos!!



#176 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 20 diciembre 2014 - 11:28

Gracias Carlos :) Ya era hora de que volviera el Fénix.

 

Pero ahora vendrá un capítulo, digamos, de transición, para seguir con la "subtrama" de la pelea en las afueras del Santuario, y para dar algunas respuestas sobre el universo que estoy creando. Ampliarlo, por así decirlo.

Así me sirve para arreglar algunos detalles de los próximos capítulo que ya tengo escritos, ya que el siguiente en realidad iba después xD Tuve que modificar hartos diálogos para que calzara aquí.

 

 

EDIT: Pero primero, el capítulo que me salté de Ikki, va antes del de Muu

 

IKKI I

 

¿Ikki? —le llamó una voz desde algún lugar infinitamente lejano, pero al mismo tiempo tan cercano como un susurro a su oído.

—No, déjame —suplicó desde las profundidades del más oscuro infierno.

“No, Ikki, no te conviertas en alguien como mi amo, tienes un gran corazón y alma llena de bondad y justicia”, le había dicho una vez. Pero la traicionó ese día, cuando Guilty los asesinó al mismo tiempo con un solo puñetazo.

¿Ikki? —le llamó de nuevo desde el Paraíso—. Sal de ahí, no perteneces ahí.

—No, al contrario, merezco esto —replicó mientras las bestias se comían sus huesos y el fuego consumía su carne—. Erraste, no poseo un alma bondadosa ni un corazón justiciero... Fui un cadáver viviente.

La primera vez que murió, Phoenix lo trajo de nuevo al mundo de los vivos convertido en un ser sin alma, lleno de oscuridad y fuegos fatuos; escaló las negras paredes infernales, y al llegar a la cima terrenal asesinó a sangre fría a su maestro, y luego a todos los que se oponían a sus deseos. El Manto legendario lo convirtió en el Santo a cargo de las Sombras de Reina de la Muerte, pero a cambio perdió a sus amigos, a su hermano, y al recuerdo de Esmeralda.

En tus momentos finales decidiste rescatar a Shun y a los demás. ¿No te acuerdas cuando me hablabas de lo mucho que deseabas verlo nuevamente? Querías protegerlo, cuidarlo... y al final lo lograste. —Esmeralda se refería a su segunda muerte, la definitiva.

—Sí, los salvé, aunque arrepentirse de los pecados a último minuto es una jugada cobarde —sonrió Ikki. Un fantasma trataba de arrancarle los ojos, pero ya no dolía tanto, siempre se reparaban y se repetía la rutina—. Aun así estoy aquí, solo.

No estás solo, Ikki, nunca lo estarás. Siempre estaré contigo, te lo prometí aquella primera vez, esa noche maravillosa. ¿No entiendes que el infierno en el que estás es una creación de tu mente culpable? Salvaste a tus amigos y a tu hermano; cuando mueras de verdad estarás aquí conmigo, no allí.

—¿De qué sirvió? El Santuario tratará de matarlos con sus guerreros de Plata —alegó, aunque las palabras de Esmeralda y sus recuerdos estaban haciendo que sus brazos tomaran nuevas fuerzas; se había sacado con un manotazo al fantasma de encima. —Incluso tal vez los que visten de Oro...

En ese caso, tal vez necesiten tu ayuda.

—¿Pero cómo lo hago, Esmeralda? Dices que no estoy muerto, pero esto se siente igual que la primera vez. No puedo salir de aquí solo...

Toma mi mano —dijo ella, bajando desde las nubes, tal como la recordaba. Su cabello rubio, su tez sonrosada, sus ojos verdes, su vestido floreado favorito. Le tendió esa mano angelical que había adorado, con la otra cargaba una enorme caja blanca con un ave tallada en relieve en el frontis—. Tómala y alza el vuelo, Fénix.

 

Al despertar entre los escombros más enterrados del monte Fuji, se dio cuenta de que sus llamas ya no ardían con los mismos tonos negros, sino que eran amarillos, rojos y anaranjados, fuego de verdad. Phoenix, armado a su lado, no podía decirle cuánto tiempo había pasado en la tumba, pero sí hacerle notar que estaba débil. Debía recuperarse si quería salvar a sus amigos de los asesinos del Santuario.

El tercer infierno sobre la Tierra fue una buena opción. Desde allí pudo interrumpir la concentración de un hombre con dos caras...

 

15:20 p.m. del 11 de Septiembre de 2013.

—Ikki de Fénix —dijo el hombre que se hacía llamar Shaka.

—Suelo responder al nombre. —Un Santo de Oro tenía un poder increíble, pero no podía mostrarse débil ante él, especialmente después de volver de la muerte.

—¿Cómo es posible? —preguntó el hombre, sentado aún impasible en una ridícula flor gigante—. Se suponía que habías muerto en el monte Fuji junto al resto de las Sombras.

—Veo que estás muy bien informado. El caso es que a los del infierno no les caigo nada bien, así que me cerraron la puerta de entrada en la cara y no me quedó de otra que volver aquí.

—Ya entiendo... tú sí que eres un demonio encarnado, mi deber será hacerte desaparecer de la faz de este mundo. —Su voz era como la de un fanático religioso que cree conocer todas las respuestas, que se siente un juez superior a los demás. Ikki detestaba eso.

Hizo arder sus nuevas flamas, las manipuló con un movimiento veloz de su mano y las arrojó a través del piso hacia Shaka. A pesar de las condiciones en que estaban Shun, Seiya y Shiryu, el Santo de Oro no se había movido aparentemente, pero cuando se empezaron a quemar las cortinas sobre la flor, e incluso el altar, Shaka de Virgo desapareció entre las llamas. Se movió.

—Inquietante, pareces ser un poco mejor que esos tres. —Shaka apareció detrás de él, pero su presencia era tan intensa que pudo pensarse que siempre estuvo allí, de pie.

—No has visto nada aún... obviamente —se burló. Se volteó y lanzó fuego a su rostro. Shaka lo evitó a duras penas, pero una línea roja cruzó su mejilla cuando la flama lo rasguñó.

—Vaya... —musitó sin cambiar su expresión.

—No eres tan rápido, al parecer —dijo Ikki con cierta confusión. ¿Acaso volver de la muerte y recuperarse en la isla Canon lo había vuelto tan veloz como un Santo de Oro?

“Para vencer a uno de estos doce hombres, primero debes despertar el Séptimo Sentido que te permitirá moverte a su velocidad”, le dijo Muu, el único —junto a Aldebarán— que logró verlo en el Santuario.

—Te has atrevido a atacarme, y además osas mancillar mi lugar sagrado de meditación. Tu castigo celestial ya ha comenzado.

—¿Qué cosa? ¡No... no puede ser! —gritó al mirar hacia abajo luego de que Shaka inclinara la cabeza.

—¿Lo ves, Ikki? Este es tu castigo, te he enviado al río Flegetonte del reino del dios Hades. ¿Cómo te sientes?

Un mar de sangre. Un mar creado a partir de las gotas de sangre en la cara de Shaka, se extendía a lo largo y ancho del Templo de la Doncella. Su borde escarlata le llegaba ya a las rodillas mientras Shaka flotaba en el aire, lejos del sufrimiento infernal. La laguna ardía como si lo hubieran metido en un horno. Era caliente, el vapor se alzaba como una nube gris, Ikki olió su piel se quemándose, pero Phoenix no parecía quejarse. Si era franco, el dolor era muy extraño.

—Puedo sacarte de ahí si lo deseas. Arrodíllate ante mí con humildad, jura obediencia al Sumo Sacerdote y a la diosa Atenea. Si bajas la cabeza hasta que beses mis botas, entonces prometo sacarte de ahí.

La sangre ardiente le llegó al pecho.

—¿Quieres que te adore como un dios? ¡Y al Pontífice! Qué imbécil, jamás haré algo así. —Ardía. Ardía mucho, tenía ya la piel negra, pero el Manto Sagrado legendario no parecía sufrir ni una pizca.

—Es la única manera de vivir. El Flegetonte que nace de mi sangre será tu destino final si no tomas la oportunidad que te brindo.

La laguna infernal llegó más allá de su cuello, Ikki comenzó a ahogarse.

 

No...

No se ahogaba. Creía ahogarse. Prendió su Cosmos, llamas reales que nacían de la pasión de su corazón y el orgullo de su alma. Esmeralda se lo había dicho, él era el Fénix, un pájaro inmortal que vive en el fuego, así que una ilusión tonta no iba a engañarlo. El vapor se elevó hasta convertirse en una humareda, el nivel del mar descendió y se redujo a ínfimas gotas de sangre a los pies de Shaka.

El Templo de la Doncella volvía a estar en calma, el aire se había templado y la humedad aumentado. Lo único que ardía con fuerza era el Cosmos que nacía de las llamaradas de su corazón.

—Impresionante —felicitó Shaka, aunque no cambió su estúpida expresión de estatua—. Te has liberado del Flegetonte y vuelto al mundo humano.

—Déjate de idioteces, nunca dejé este sitio. Eres un buen ilusionista, pero yo también soy capaz de usar esos trucos, así que no vas a engañarme.

—¿Ilusionista? No, Ikki, no soy tal cosa. Soy alguien que ha cultivado su Cosmos hasta llegar al borde de la Iluminación, he seguido todas las enseñanzas de Buda para alcanzar este grado de conocimiento universal. Pero quizás... sí. —Shaka esbozó una sonrisa por primera vez. Sus ojos permanecían cerrados, pero parecía mirar a Ikki con nitidez—. Quizás fue un pequeño susto que quise darte. Ahora te llevaré al verdadero infierno, ave inmortal.

—Inténtalo —replicó Ikki, poniéndose en guardia. Si bien las Sombras de Reina de la Muerte lo llamaron Aleteo Celestial, ahora no le parecía un nombre tan irónico. Era en nombre de Esmeralda, quien descansaba en el cielo. Lanzó las llamaradas de Cosmos con bríos enérgicos para a destruir a su enemigo, pero éste se limitó a pronunciar una sílaba.

Kan[1]. —dijo Shaka, y se confinó en una esfera dorada de energía. El fuego de Fénix pasó de largo, chocando con la barrera y desviándose hacia los lados, destruyendo muebles y mandalas que colgaban de las paredes, pero Virgo estaba tan impasible como siempre.

—¡No puede ser! —«Jamás habían rechazado mi ataque de esa manera tan imperativa. Tan clara».

—El Kan es la sílaba que representa la protección que me brinda Fudo ante todo mal; con la meditación se es capaz de conseguirse algo así sin problemas, solo hay que alejarse de las distracciones terrenales, y nada malo ocurrirá.

—¡Debo... debo...!

—Soy un ser superior en la tierra y en el cielo. Como te dije, solo te queda desaparecer y acompañar a tus compañeros a uno de los infiernos. Los de verdad.

Resonó la sílaba primordial, e Ikki fue arrastrado hacia atrás. Shaka unió los dedos medio y pulgar de su mano derecha con la palma hacia arriba, y sobre ella puso la izquierda en actitud agresiva y compasiva al mismo tiempo. Su Cosmos se incrementó de golpe a un grado inalcanzable, la barrera se transformó en una flor de loto que se abrió a su alrededor.

—Qué es... este Cosmos... —Ikki estaba totalmente paralizado, y sentía un miedo tan intenso que el sudor corría por su rostro como los ríos del Flegetonte. Era el mismo temor que una cucaracha sufre frente a un león.

Metempsicosis por las Seis Rutas[2]. Elige, Ikki.

 

Y entonces se sintió pequeñísimo, menos que el más ínfimo de los insectos; no, aún menos que un grano de arena. Una mano gigantesca lo tomó entre sus dedos con eterna gentileza y lo arrastró hacia un agujero en medio de la tierra. En ese momento pegó un grito de horror...

Había cadáveres apilados por todos lados, se amontonaban unos a otros para escapar de tortuosas lluvias de azufre y ríos de lava ardiente. Mientras Ikki estuvo muerto creyó estar en un lugar similar, pero este era mucho peor. Solo había gritos desgarradores, piel quemándose, miembros despedazados, tormento impasible de día y temor absoluto de noche.

Con el peor de los karmas, la Rueda de la reencarnación te traerá aquí, al Mundo Infernal —dijo una voz que sonaba como un murmullo en el viento, como si un dios usara un filtro para no destrozar a alguien con una simple sílaba, un coro de seres celestiales en un único individuo majestuoso—. Solo la peor calaña del universo cae aquí. ¿Será esta tu elección después de tus pecados, Fénix?

La mano gigante lo arrojó con fuerza despiadada hacia una montaña negra que despedía un olor nauseabundo, pero Ikki no podía vomitar allí, no tenía control sobre sus movimientos. Estaba lleno de seres pudriéndose en la arena, desnutridos, esqueléticos, con los estómagos inflamados por hambre sin poder saciarla.

El Mundo de los Pretas, aquí se estrellan los avaros, envidiosos y egoístas, se convierten en Gaki, demonios eternamente hambrientos. No sé si va contigo pero, como dije, es tu elección. ¿Deseas esto, Fénix?

Ikki trató de huir, abrir las alas y alzar el vuelo, pero uno de los dedos celestiales le bloqueó el paso, lo aplastó, y lo dejó a merced de una gigantesca bestia peluda con grandes colmillos. Babeaba, lo miraba con hambre y desprecio, él mismo se sentía con ganas de asesinarla o devorarla... Movió de lado a lado la cabeza y miró en otra dirección, donde se topó con innumerables animales de gran tamaño que se tragaban unos a otros.

La sangre de la masticación le manchó todo el cuerpo con una simple gota, pues era ínfimo. Las fauces de una bestia se comían a una más débil, pero pronto se convertía también en presa de una más grande, y así seguía el ciclo con demonios instintivos en una lucha de depredación.

El fuerte come, el débil es devorado, y si no cambias tu karma, aunque mueras volverás aquí, como presa o como depredador. Siendo franco, es muy difícil salir del Mundo de las Bestias, ya que no tienen el raciocinio necesario para cambiar sus acciones mundanas. Si deseas demostrar que eres superior a otros, elige este mundo de mal karma, Fénix.

Una espada le decapitó, aunque pronto le volvió a crecer para ver quien le había hecho daño. Guerreros con gruesas armaduras se mataban entre sí frente a sus ojos, mientras la mano gigantesca los manipulaba como a títeres. Solo había peleas, asesinatos, crueldad, sangre, desmembramientos y gritos de guerra. No le pareció que supieran lo que era bueno o malo, solo les importaba matar y luchar, y volver a matar para sobrevivir unos segundos más.

Semidioses que viven por el combate. El Mundo de los Ashuras te vendría bien, ¿no es así, Fénix?

Luego la mano divina lo llevó hasta una ciudad repleta de gente. Algunos reían, otros lloraban, otros luchaban, otros amaban u odiaban. Un remolino de emociones destrozaba todo rastro de calma y equilibrio a su paso.

Ahora estás en el Mundo Humano. Aquí hay felicidad, ira, llanto, cólera, sufrimiento, risa, miseria. Es un reino inestable, para siempre dividido entre el bien y el mal, pero es la única de las Seis Rutas donde te será posible... tal vez, llegar a la Iluminación. Si tienes esos intereses, quédate en este mundo como una persona diferente, una que no se atreva a poner un pie en mi palacio, Fénix.

La voz de Shaka lo aterrorizó como nunca lo había hecho nadie antes, no le daba ni siquiera oportunidad para sacar su orgullo o negarse a la verdad. Ikki abrió las alas, corrió entre las calles de la ciudad, encendió sus llamas y alzó el vuelo.

Atravesó las nubes, pero debía llegar aún más lejos. Quizás en la órbita lunar... No. Encendió el fuego de su interior y voló aún más lejos, hasta dejar que el planeta Tierra se volviera del tamaño de una pelota de juguete. Pero debía alejarse aún más si quería escapar del gigantesco Cosmos de Shaka, y en especial de la mano horrorosa que no lo había dejado en paz, la que quizás todavía lo buscaba. Así que recorrió miles de kilómetros, millones, billones, hasta el punto más apartado del universo, una zona oscura con pocas estrellas visibles. Sería el lugar perfecto para reponer fuerzas, aún debía salvar a Shun y...

Notó el piso bajo sus pies. Se movía. Bajó la vista hasta encontrarse con una fisura en la tierra dorada que se extendía miles de kilómetros, millones, billones... hasta una nueva fisura. Luego venía otra, y finalmente la punta.

«Un dedo...». Con horror al saber lo que le esperaba, pero incapaz de dirigir su terror, se volteó y se encontró con un muro de oro. Al alzar la vista cubierto de sudor se topó con un hombre gigantesco, casi infinito. Ikki estaba de pie sobre su mano extendida, siempre estuvo ahí...

—¡Es... Buda! —comprendió con horror.

En el Mundo Celestial viven los Devas. Ni ellos han sido iluminados, están aún en medio del ciclo de reencarnaciones, pero tan arriba, en tanta paz, serenidad y quietud que un solo error, hasta el más mínimo pensamiento impuro, los envía de inmediato a uno de los más horribles reinos infernales, Fénix.

—Buda. No puede ser... —Estaba fuera de sí, horrorizado ante el Iluminado que lo observaba como un dios a una hormiga en su dedo. Con su mano lo había guiado por las Seis Rutas.

Ah, sí. Creíste que habías recorrido una gran distancia, pero ahora sabes que te moviste bastante poco. Eres solo un mono dando vueltas sin cesar sobre la palma de Buda.

 

Repentinamente Ikki se encontró de regreso en el Templo de la Doncella. Shaka estaba frente a él, en completa calma y sosiego, como si acabara de escuchar un concierto de música relajante; sus gritos, en este caso.

—Lograste alzar el vuelo y escapar de mi técnica por unos instantes —le dijo Virgo con una sonrisa complacida—. De verdad eres un Santo de Bronce poco común, te concedo mis más sinceras felicitaciones.

—¿Tú técnica? —inquirió, tensando sus dedos sutilmente para confirmar que estaba vivo en un sitio real—. Esa patraña era solo una ilusión, no eres ningún dios como para tener la capacidad de hacer reencarnar a alguien —le espetó con firmeza convincente. Pero las imágenes que vio se agolparon en su cabeza y lo atemorizaban aún. Por un lado deseaba huir, y hasta el suicidio lucía como una buena idea, pero su mirada se encontró con el inconsciente Shun, y sus llamas ardieron otra vez.

—¿Ilusión, eh?

—Como dije, conozco esa clase de trucos. Prueba mi Ilusión Diabólica.

¿Funcionaría ahora que estaba desconectado de las sombras y la muerte? Lo supo un segundo después, cuando el rayo de energía brotó sin problemas desde su dedo índice. Todavía podía ser implacable e imponer las más horrendas visiones en la mente de su oponente, y ni siquiera el Santo de Oro de Virgo podría...

—Me molesta tu armadura, quizás es la que te permite realizar tantas hazañas —dijo Shaka, impasible. La llamarada le voló el casco, pero no parecía afectado de ninguna manera.

—Imposible... ¿Acaso eres un dios? —preguntó. No quería oír la respuesta.

—Primero usaré el Exorcismo para limpiar el Templo de la Doncella de esa molesta armadura inmortal. —Un brillo incandescente de sus manos fue seguido por una visión de ángeles destruyendo demonios. Ikki se sintió insignificante, y su Manto Sagrado se convirtió en trisas dispersas por todo el palacio.

—¡Mi armadura! —exclamó.

—Lo siguiente será tu alma. Pero te explicaré algo primero: tu Ilusión Diabólica es una buena técnica que podría afectar incluso a los Santos de Oro. El caso es que algunos somos inmunes a ese tipo de trucos. Lamentablemente, no pensé que por tu estadía constante en el infierno, real o no, te harías también inmune a los efectos de las Seis Rutas. Tu mente ya debería estar hecha pulpa, pero has resistido gracias a tu increíble fuerza de voluntad y a tu experiencia desde tus días de entrenamiento en la isla Reina de la Muerte.

—¿Entonces fue una ilusión? —Se sintió tonto al preguntar inmediatamente después de hacerlo.

—Cuando acabe con tu cuerpo y tu voluntad, te mataré y reencarnarás en uno de esos seis reinos, según tu karma en esta vida. Entonces no te parecerá más una ilusión, Fénix.

 

Se preparó nuevamente para el Exorcismo, pero Ikki también estaba listo. Lo estuvo desde que su armadura se hizo pedazos, el Manto legendario encerrado en la profundidad de la isla, al que solo un hombre había vestido en toda la historia.

Se conectó con el espíritu de su armadura, y por primera vez hizo el truco de la resurrección en medio de llamas doradas, ya no negras. Este era el fuego de la vida, no el de la muerte.

—¿Qué es esto? —dijo Shaka en su primer atisbo de sorpresa, abandonando la postura del Exorcismo.

—Te lo dije, soy Ikki de Fénix. Mi armadura es la más poderosa entre las Ochenta y Ocho, nada ni nadie puede destruirla, menos un ilusionista barato como tú. —Phoenix estaba como nuevo, brillaba más y despedía una energía mayor que antes. Se había reparado completamente desde las llamas.

—Comprendo ahora lo que decían de ese Manto legendario. Ni siquiera los Santos de Oro tenemos una capacidad así, es una armadura eterna conectada a la vida y la muerte. No puede ser destruida...

—Así es. Tus Seis Rutas no dañarán mi mente mientras mi voluntad siga conectada al fervor de estas llamas. —Ikki encendió su Cosmos y preparó su Aleteo Celestial de nuevo, no importaba cuántas veces tuviera que hacerlo—. Tu Exorcismo tendrá que atravesar mi armadura inmortal primero, así que tampoco podrás acabar conmigo con eso, Shaka, no te quedan más recursos.

«Te puedo vencer», comprendió, como si no fuera obvio. No luchaba contra un dios, sino contra un humano. Poderoso, pero humano al fin y al cabo. Las olas de fuego bramaron, el pájaro dorado y carmesí voló por encima de mesas y sillas, cuadros y ventanas, pilares y estatuas budistas, decidido a aplastar todo, convencido de su inmortalidad.

Shaka ni siquiera se inmutó, las llamas pasaron a su lado al pronunciar una de sus molestas sílabas y estaba tan calmo como siempre. Pero Ikki ya había previsto esa situación, y su carta era liberar su fuego tantas veces como fuera...

 

—No te me acerques —ordenó Shaka en voz baja, aunque lo oyó con toda claridad como un eco en cada esquina de su mente—. Nunca debiste venir aquí, has ignorado groseramente las reglas absolutas del Sumo Sacerdote y Atenea, por lo que tu castigo será sumamente pesado si te acercas.

—¿¡Qué!? ¿Qué demonios es esto...?

Un Cosmos mayor que antes. Muchísimo mayor, tanto que el anterior, en comparación, se asemejó al de un simple soldado. Se extendió más allá del Templo de la Doncella, recorrió todo el Santuario, se expandió por toda Grecia y más allá, y se alzó hasta topar con la frente del gigantesco Buda que lo había encontrado en el punto más lejano del universo.

Era una presión gigantesca. Se sintió encerrado en una cámara de tortura, esperando con angustia a su atormentador verdugo.

—No te me acerques —repitió Shaka, serio y concentrado, con las manos una frente a otra entremedio de las flamas infernales del ave fénix. Un mandala con símbolos y figuras religiosas se materializó bajo sus pies sorpresivamente—. Te lo advertí, no lo olvides.

—Que no me acerque... ¡No me hagas reír!

Vio a su oponente en una condición frágil, no tenía postura defensiva ni la resistencia física para resistir, era el momento idóneo para atacar... Pero era difícil. Su instinto le indicaba otra cosa.

«¡Al demonio!»

Alzó sus llamaradas al techo, olvidándose de estatuas gigantes e ilusiones sin sentido, y corrió vehemente hacia el Santo de Virgo que seguía tan relajado como un animal que se rendía... si no fuera por ese Cosmos absoluto que quería hacerle creer había desplegado a lo largo y ancho del universo.

—Te enseñaré la última verdad el universo, el arte secreto más grande de los Santos de Virgo, el máximo conocimiento. —Shaka comenzó a enfocar su Cosmos en el espacio entre sus manos, pero el resplandor que surgió no parecía atacar como con el Exorcismo. El mandala bajo sus pies se quemó, pero no se extinguió, renacía una y otra vez.

Ikki pisó el tapiz a sabiendas de que los trucos e ilusiones eran inútiles con él, y preparó su fuego. Pero de pronto, como si siempre lo hubiera sabido...

—¡Buda! —gritó al percatarse de la verdad universal de la que su oponente estaba hablando. Una revelación instantánea.

Danza de la Rueda Divina[3] —dijo, y toda la presión aplastó a Ikki como la mano gigante había hecho antes.

Shaka había abierto los ojos.

 

 


[1] हां. Sílaba que representa a la divinidad Acala. Se traduce como Inmovilidad Divina.

[2] Rikudou Rinne, en japonés.

[3] Tenbu Hourin, en japonés.

 

 

 

EDIT: Ahora sí, el de Muu.

 

MUU II

 

15:40 p.m. del 11 de Septiembre de 2013.

La fiebre de Saori Kido crecía a juego con el Cosmos que solo disminuía. De seguro sufría mucho tras perder la mitad de su conexión con la energía del universo, la que ido a parar a alguna parte apartada del Santuario. ¿A dónde? Muu tenía sus sospechas, pero tampoco podía asegurarlo.

Un estruendo hizo temblar un poco el techo, el sonido crudo de las ventanas ante un impacto fuerte remeció sus oídos, seguidos por la voz alarmada de Kiki.

—¡Señor Muu! —gritó en silencio para no despertar a la diosa durmiente.

—¿Qué pasó? —preguntó Muu fingiendo desconocimiento de la situación. A su joven aprendiz le gustaba ser el primero en entregar información.

—Han llegado más aliados de los Santos de Bronce, ahora son seis.

—¿Uno de ellos causó la explosión?

—No, fue la Santo de Plata que parece que liderarlos. Maestro... e-esa mujer me da miedo.

—De acuerdo, sigue vigilando, Kiki. Mientras más aliados vengan, más claro será el estatus de su divinidad —concluyó, y el chico salió corriendo por el pasillo de cristal, pero a puntillas.

«Quien hace un tiempo estaba obsesionada con matar a Seiya, ahora ayuda a sus amigos... Shaina de Ofiuco». Su anciano maestro le había contado una vez que la constelación de Ofiuco estaba alineada con en el Zodiaco, y que en la era mitológica Atenea pensó crear trece Mantos de Oro, incluyéndolo.

Sin embargo, el elegido para ese rango fue alguien de muchos pecados; el menor de ellos fue considerarse a sí mismo un dios, y por eso fue borrado de la historia. El Manto Sagrado de Ofiuco se construyó del rango medio de Plata para que no tuviera tanta cercanía con la diosa Atenea en caso de que su portador fuera una encarnación de ese hombre malvado. Así le había relatado su tutor una tarde, mientras miraba al mar desde el cabo de Sunión. Era en ese entonces solo un poco mayor que Kiki, pero había comprendido bien la intención de su maestro al contarle esa historia. No importa qué tan fuerte sea un Santo, sigue siendo un hombre. Shaina de Ofiuco parecía vivir bajo esa creencia también, por fortuna.

—¿Muu? —llamó la diosa, abriendo lentamente los ojos. Estaba pálida, sus esmeraldas se habían convertido en ojos verdes apagados, y la saeta en su camisa ya marrón por la sangre seca se incrustaba más cada hora que pasaba.

—Atenea, tranquila, está a salvo en el Templo del Carnero —le dijo, más por un tipo de cortesía protocolar que algo más. Sabía perfectamente que a Saori Kido le importaba poco o nada su propio bienestar si lo comparaba con el del resto de la humanidad... al menos ahora. ¿Pero habría sido así siempre?

—Muu, pude ayudar momentáneamente a Seiya en su lucha con Aiolia, pero no sé nada sobre el final de la lucha, me perdí en algún tipo de pesadilla —le explicó débilmente, su voz era apenas un susurro—. ¿Están ambos bien? D-dime que sí...

«Aún sufre por lo de Cygnus».

—Tal parece que Seiya ha logrado llegar al Templo de la Doncella, y Lithos Chrysalis, la asistente de Aiolia, me comunicó a través de una carta que su amo está vivo y en sus cabales nuevamente, pero muy débil. —La misiva, escrita en un papel de periódico, se hallaba en el escritorio de su habitación, al otro lado del palacio. El leerla fue un verdadero alivio.

—Qué bien, me alegro... —suspiró Atenea con una cálida sonrisa, y miró el techo de la habitación con ojos soñadores—. Seiya está bien...

«Esos ojos...»

“Atenea vela por todos los Santos por igual, siempre ha sido así. Es quien protege a la humanidad. A toda la humanidad”, decía su maestro cuando le contaba sobre las anteriores reencarnaciones humanas de la diosa.

—Shiryu de Dragón y Shun de Andrómeda están con él también.

—Seiya... —Atenea pestañeó por primera vez en mucho rato, y sus ojos se humedecieron—. Shiryu también, y Shun. Desearía que no estuvieran involucrados en esta guerra.

—Es el destino de nosotros los Santos, usted mejor que nadie debería saber que eso no puede ser cambiado.

—Sí. Pero eso no significa que no sea cruel.

«Atenea en un cuerpo humano, una diosa con tantos sentimientos...»

—También... Ikki de Fénix ha subido. Ya debe estar con ellos —le informó. El aguerrido Santo de la armadura inmortal había pasado por medio de ilusiones a través de la batalla entre Santos de Bronce y guardias de abajo, pero su Cosmos de ira lo delató. Ni siquiera intentó detenerlo, en sus ojos ardía el mismo fuego de justicia que en sus compañeros... incluso más intenso, quizás.

—¿Qué? ¿¡Ikki!? —exclamó Atenea. Tanteó el levantarse, pero tan pronto como su cabeza se separó de la almohada, regresó rendida a su posición inicial, suspirando un quejido débil.

—¡Atenea! Por favor no se esfuerce de más.

—Ikki está vivo, ¿estás seguro? —preguntó haciendo caso omiso de su aviso, estaba mucho más preocupada de los demás que de ella. ¿Se permitía esa conducta de esa manera tan exagerada en la diosa?

—Sí. Está de su lado.

—Qué alegría, Shun estará feliz... y... con su poder quizás logren...

—Quizás.

Pasaron algunos segundos en silencio, solo se oyeron los gritos y vítores de afuera, acompañados por el ritmo de explosiones, derrumbes y maldiciones. Con los ojos cerrados y la respiración entrecortada reflejada en su pecho atravesado, Muu pensó que se había dormido.

El Santo de Aries hizo ademán de salir, pero la diosa abrió los ojos de súbito, y Muu notó algo en ellos muy distinto. Ahora no era una mezcla de responsabilidad divina y la preocupación humana... Era...

«Saori Kido», descubrió. Cien por ciento Saori Kido.

—¿Muu? —llamó la chica con una voz de niña asustada, inocente, como aquella que suplica acostarse en la cama de sus padres para que los monstruos no se la roben durante la noche lluviosa.

—Dígame —contestó respetuosamente, volviendo a su posición de pie junto a la cama de sábanas plateadas.

—En caso de que ellos me... me... —dudó. Se sonrojó, aunque con la palidez de su debilidad era apenas un atisbo rosa que afloraba débilmente en sus mejillas.

—¿La salven?

—Sí. En caso de que sobreviva... ¿qué debo hacer?

—¿Disculpe? —se sorprendió Muu, y un cosquilleo le subió por la garganta.

—¿Qué debo hacer? ¿Cuáles serán mis deberes? ¿A dónde iré? ¿Qué debo hacer? —repitió por tercera vez. Había tantas dudas distintas agolpadas en su rostro que era difícil distinguir los rasgos faciales.

—Usted... es Atenea. ¿Nunca le...?

—Mi abuelo adoptivo, Mitsumasa Kido, me explicó en su lecho de muerte que era la encarnación de la diosa Atenea, que mi deber era velar por la humanidad, proteger a los inocentes y mantener el equilibrio en la Tierra. Deber confiado a mí por el rey de los dioses, Zeus... pero no sé nada más —confesó avergonzada, con la cabeza gacha.

—Y-ya veo...

 

Era una diosa, tenía aura divina, la amabilidad y gentileza de un ser celestial —aunque no se conocían más diosas como ella—, pero no tenía idea de qué era una diosa. Las antiguas encarnaciones habían sido educadas en el Santuario en todos los protocolos y funciones necesarias para llevar a cabo su deber celestial, pero Saori Kido fue educada por un empresario japonés en Tokio, y solo los últimos días antes de la muerte del mismo le reveló la verdad de su origen.

—¿Cómo debo actuar? Los guardias, los demás Santos de Bronce, o los de Oro... ¿Debo darles órdenes? ¿Las cumplirán? ¿Se rebelarán contra mí? Lamento preguntarlo de nuevo, Mu, pero... ¿qué...?

—¿Qué debe hacer? —No le interrumpió, sino que ella misma esperó a que terminara la pregunta—. Comprendo sus dudas, pero impartirle todas las clases que necesita para llevar a cabo su deber divino, en unas cuantas horas, considerando su estado actual, sería imposible.

A pesar de que era capaz de hacerlo. Su maestro le enseñó mucho en caso de que muriera prematuramente y Muu debiera encargarse de ciertas responsabilidades.

—Pero... —titubeó Saori.

Sí, aún le faltaba mucho, pero ¿tenía lo necesario? Todo indicaba que poseía el potencial, después de todo era la diosa de la guerra y la sabiduría, aunque con sus memorias de vidas pasadas evidentemente bloqueadas... Además...

“Seiya”, había susurrado más de una vez en sueños. No se lo dijo.

—Escúcheme, por favor. Si los jóvenes Santos de Bronce que luchan ahora en los doce Templos obtienen la victoria, eso le demostrará al Santuario que usted es la verdadera diosa Atenea, y todos se pondrán a sus órdenes sin siquiera dudar.

Recordó el báculo que tenía escondido en el taller del palacio, en caso de que intrusos entraran. Representaba a la diosa de la victoria, Niké. Se decía que otorgaba el triunfo a aquellos que lo merecían.

—¿Lo harán?

—Sí. Recuerde que los guardias, los Santos de Bronce, Plata y Oro, no están luchando contra usted por traicionarla, sino por ignorancia, desconocen la verdad. Son leales a usted hasta la muerte, pero no saben que Atenea y Saori Kido son la misma persona.

Saori Kido entrecerró los ojos, pronto volvería a quedarse dormida. Atenea seguía desaparecida.

—Luego dirigirá a los Santos con ayuda de un Sumo Sacerdote elegido por usted para que ayuden a la gente en todo el mundo, para que el caos no rompa el equilibrio reinante y para darle una esperanza a la gente.

“Muu, el deber de los Santos no es exactamente hacer que todo esté bien, no te equivoques. Siempre habrá maldad, pero nuestro deber es que no sea relevante. El equilibrio y la paz hacen que la gente desee seguir viviendo correctamente. Algún día, quizás, nos acercaremos a tener un mundo donde la maldad sea del tamaño de un insecto”, decía su instructor.

Muu no sabía si tenía razón, pero había algo con que concordaba. Una regla simple: los Santos debían luchar durante todas sus vidas para que los niños nunca tengan que hacerlo, deben sacrificarse para que una madre nunca lo haga para salvar a su hijo, deben obtener la victoria por aquellos que no pueden defenderse. La regla se resumía en...

—Los Santos debemos combatir para que haya paz.

—Combatir... Paz...

—Eso la incluye. Nació como Atenea, y puede que aún no se vea como tal, ni recuerde siquiera el Olimpo. Puede que le parezca injusto, pero...

—Pero si es por el bien de la gente inocente, los niños, e incluso mis propios Santos, entonces no tengo nada de qué quejarme —respondió con otra voz, una mucho más decidida y orgullosa, a pesar de la debilidad física—. Haré lo que deba hacer, con gusto, por ellos.

—Atenea... —La diosa había regresado.

—Sin embargo, eso no significa que no desconozca tantas cosas. No sé nada sobre los deberes diarios de una diosa en la Tierra, ni sé cómo dar órdenes. Así que te pediré algo, Muu.

—Dígame.

—Cuando llegue el momento, necesitaré que me ayudes, querría que fueses mi asistente. Muu, te elegiré a ti como...

—No se apresure, Atenea —intervino Muu con un súbito temor que casi le provoca un ataque de tos. Jamás lo habían considerado tan importante en su vida, y que fuera la diosa quien lo sugería lo puso nervioso como pensó que nadie haría. Era una sensación... algo reconfortante.

—No veo por qué no.

—Yo no soy... No...

—Tendré que ordenártelo entonces —sonrió Atenea. O tal vez Saori Kido, Muu no estaba seguro. Era un gesto cálido, infinitamente gentil, piadoso como el de la mejor reina... pero también tan humano—. Pareces distante, pero tu corazón es noble y lleno de justicia. Eres un buen hombre.

—Atenea...

—Agradezco que cuides de mí con tanto fervor, no podría pedir un mejor Santo —dijo la diosa, apretando su mano, con una expresión melancólica.

Solo en ese momento, Muu se dio cuenta de que se había sentado en una silla a su lado y que aferraba con fuerza las sábanas por miedo a que ella muriera por hablar tanto, o quizás por las ironías del destino. Ella le había puesto los dedos con calidez sobre los suyos para calmarlo, y él no lo había notado.

«¿Qué he estado haciendo?», se preguntó con terror. Trató de disfrazarlo con una máscara de cortesía y seriedad.

—Descanse por favor, Atenea —suplicó. Se puso de pie para salir, y ella le dedicó otra sonrisa de esas que no sabía si eran de la diosa o la humana.

—Gracias, Muu. —Y, tras deslizar débilmente su sábana más arriba, volvió a dormirse. Quizás ayudaría al Fénix en su lucha, pero eso le costaba mucha energía.

 

15:55 p.m.

Cruzó el largo pasillo y el salón principal del Templo del Carnero hasta llegar a la entrada. A lo lejos, muy abajo, los Santos de Bronce liderados por Shaina de Ofiuco daban todo de sí mismos para que los enviados del Pontífice no cometieran el error, sin saber, de asesinar a su propia diosa.

Desvió la mirada hacia arriba, desde ese punto apenas se podía distinguir algo el Templo de los Gemelos, pero mucho más allá, Seiya, Ikki, Shiryu y Shun sudaban y sangraban por salvar a Atenea e impedir que el mal escapara del Santuario en la forma del Sumo Sacerdote.

La misma diosa seguía abandonando su cuerpo para que su espíritu ayudara a sus jóvenes guerreros, aún a costa de acelerar la pérdida de su Cosmos y vida que robaba el dueño de la saeta de oro.

Y él...

“El deber de los Santos es velar por Atenea”, fueron las palabras llenas de sabiduría de su maestro que resonaron en todas las esquinas de su mente. Esperar a atestiguar el resultado de la batalla de los Santos para ver si Atenea era una digna regente, contemplar la victoria o derrota de los jóvenes Santos desde lejos para saber si los dioses se habían decantado por el fin de la humanidad como la conocían o no. Depender de esos Santos que apenas rozaban el Séptimo Sentido. Qué tontería. «Yo también soy un Santo de Atenea», se dijo, como si no lo supiera ya.

Se volteó para correr a la salida, desesperado, y un súbito Cosmos lo detuvo, uno que resonó directamente en sincronía con el suyo.

—¿Quién...?

Muu, tranquilo. Nunca te había visto así —dijo el otro Cosmos. Solo en ese momento lo reconoció.

—¡Maestro Dohko!

Hasta el momento solo tu maestro había visto tu fase nerviosa; ahora soy el segundo, je, je —rio el Santo de Libra desde la cascada en LuShan.

Se dio cuenta de que sudaba profusamente, que en un abrir y cerrar de ojos había llegado a las escaleras que llevaban al Toro, y que su Cosmos ardía por matar a sus enemigos y ayudar a los jóvenes de Bronce.

—Maestro... no sé qué me pasó —reconoció avergonzado.

Eres humano, nunca olvides eso, solía recordárselo también a tu maestro. Estar en presencia de Atenea causó ese efecto, no es antinatural; también eres un Santo de Atenea y ella una de sus encarnaciones más peculiares, sino la más peculiar.

—¿También lo notó? ¿Pero a qué se debe?

Es que es más humana que las anteriores. Se crio y creció con costumbres, sentimientos y gestos humanos.

“Seiya”, había balbuceado, entre sueño y sueño.

—¿Está mal eso, maestro? ¿Por eso me detuvo?

Para nada, Muu. Por ello debemos protegerla con más fuerzas. Si te apartas de su lado será frágil ante un ataque enemigo, especialmente de uno astuto que no esté luchando con el grupo de Shaina. Debes permanecer con Atenea, por ahora.

—Sí, maestro —lo obedeció sin rechistar. Era la persona más experimentada de todo el Santuario.

No te sientas tan mal, confía en ellos. Lograrán el milagro, recuerda que a los Santos así se les hace más fácil, y tú debes estar con ella cuando despierte totalmente. Ya te dio una orden. ¡Cúmplela a cabalidad, tal como te enseñaron!

—¡Sí!

El mal yace en el Santuario, uno de dos caras —le dijo Dohko de repente, no tenía mucho que ver con la conversación anterior. Usó un misterioso tono distinto.

—¿Maestro?

Ya te explicaré, fue un pensamiento en voz alta. Cuida a Atenea, Muu, los jóvenes Santos de Bronce han llegado a Virgo y necesitarán de su alma.

Las nubes se oscurecieron y las primeras gotas cayeron sobre el rostro del Carnero de Oro.


Editado por -Felipe-, 20 febrero 2016 - 14:41 .

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Publicado 20 diciembre 2014 - 21:20

me agrado la participación del fénix

y que athena parezca preocupada por todos sus caballeros ojala que al final no salga como la del anime

diciendo seiya y compañía lo consiguieron (acaso los demas no tienen nombre ,se le olvidaba sus nombres  o los demas solo estuvieron echando porras)XD

 

Por otra parte sobre el heroico gran maestro dohko no estoy muy seguro que no dejar que un dorado ayude a un grupo de caballeros de bronce que todavia no dominen el septimo sentido atraviesen las 12 casas cuando el tiempo se agota cada vez mas sea una buena idea.

 

Pd:el Muu de tu fic me agrada mas que el del clasico o al menos el papel que desempeño en la saga de las 12 casas

 

 



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Publicado 20 diciembre 2014 - 21:21

me agrado la participación del fénix

y que athena parezca preocupada por todos sus caballeros ojala que al final no salga como la del anime

diciendo seiya y compañía lo consiguieron (acaso los demas no tienen nombre ,se le olvidaba sus nombres  o los demas solo estuvieron echando porras)XD

 

Por otra parte sobre el heroico gran maestro dohko no estoy muy seguro que no dejar que un dorado ayude a un grupo de caballeros de bronce que todavia no dominen el septimo sentido atraviesen las 12 casas cuando el tiempo se agota cada vez mas sea una buena idea.

 

Pd:el Muu de tu fic me agrada mas que el del clasico o al menos el papel que desempeño en la saga de las 12 casas

 

 



#179 -Felipe-

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Publicado 21 diciembre 2014 - 11:32

Ehm... bueno, esto es incómodo. Cometí un gran error. Me salté un capítulo jajaja

 

Voy a editar el capítulo de Muu y voy a poner el que corresponde antes, así que por favor, léanlo también, ya que es muy importante. Lo voy a poner aquí también en spoiler...

 

IKKI I

Spoiler

 

 

Disculpen las molestias. Y por cierto, gracias T-800 :D


Editado por -Felipe-, 20 febrero 2016 - 14:41 .

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#180 Rexomega

Rexomega

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Publicado 21 diciembre 2014 - 16:38

Saludos

 

Desde que empecé a leer el remake, ya tenía dudas sobre si la saga de las Doce Casas podía reflejarse en un escrito sin perder su fuerza, y sobre todo si esa saga necesita algún cambio más allá de llenar algún que otro hueco argumental (como los que van a un Templo en específico sin ser detenidos en los anteriores*); y he tenido mis reservas con alguna que otra cosa, ya que con esta parte de Saint Seiya soy insufriblemente purista (?).

 

Pero creo que en estos capítulos has sabido trasladar el poder de Shaka de Virgo desde la animación hasta el escrito. Escena por escena he sentido esa forma tan particular de aplicar el poder que tiene Shaka, y que lo distingue aún de aquellos que están más allá. Uno entiende que el badass de Ikki sienta miedo, y es bueno que lo sienta, porque es eso lo que dará fuerza a lo que está por venir. Personalmente, considero que ver al héroe temer a su adversario la da a una batalla el sentido épico y ¿realista? que hace falta para que nos la tomemos en serio, y que la victoria parezca una gran hazaña, no un giro más del guión. Por supuesto, no sólo se trata de palabras, de ver al héroe decir/pensar que tiene miedo o que no puede ganar; se trata de que los hechos nos hagan pensar eso incluso antes de que lo diga. Eso es algo que el manga/anime logró con Shaka, entre otros; y diferencias aparte, creo que también se está consiguiendo en estos capítulos

 

Eso sí, luego de esto, costará expresar la superioridad de los dioses respecto de los humanos, destrucción de armaduras aparte.

 

*Eché en falta alguna explicación sobre por qué Ikki pasó los Templos sin más, pero pensándolo bien: a Mu le están ofreciendo ser la Mano del Rey; a Aldebarán ya le explicaron la verdad detrás de esa batalla; Deathmask está muerto; Aioria está soñando con whiskas. Y la ilusión del Templo de Géminis la detuvo desde la isla ¿Canon o Kanon?, como para intentar retenerlo allí estando Shaka disponible.  


Editado por Rexomega, 21 diciembre 2014 - 16:41 .






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