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El Mito del Santuario


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694 respuestas a este tema

#521 Πραχια δε ζεō

Πραχια δε ζεō

    Miembro de honor

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Femenino
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Leo

Publicado 25 febrero 2017 - 05:17

Se me acumula el trabajo para los reviews   :t647:

 

 

¿Vale decir que este fic está en mi top tres de fics leídos en toda mi vida?  :t660:

 

 

¿Vale decir que es PERFECTO? (No comparto todos los headcanons, pero ni importa eso)

 

 

Saludos!!!!!!!!!


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#522 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 02 marzo 2017 - 23:35

Whoooooa, eso es un halago tamaño familiar! Muchas gracias, estimada Praxia. No es perfecto, para nada, pero se aprecia mucho que lo consideres uno de los mejores que has leído, significa mucho.

 

Saludos :D

 

 

CAPÍTULO 20

 

LA ZONA DE LA DIVINIDAD

 

15:36 p.m. del 11 de Junio de 2010. Santuario de Atenas, Grecia.

La Discordia se había aparecido en la forma de una joven que nació y murió en Japón, pero que no había llegado a escapar al otro mundo. Hanako observaba a Saga de Géminis y DeathMask de Cáncer con ojos que no eran suyos.

—Santino… je, je, no he usado ese nombre en años. —El Santo de Cáncer sonrió, por primera vez con algo de temor y nerviosismo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Saga, vestido con las ropas papales de Sion y decenas de Pontífices antes, intentando lucir con confianza ante una diosa.

—Dirígete a mí con respeto, Saga Laskaris, recuerda que estás frente a una divinidad —enfatizó la mujer envuelta en llamas azules, desligada del control de las Ondas Infernales de DeathMask.

Con los labios de Hanako, Eris sonreía.

—¿Por qué no has acabado con nosotros ya? Siendo una divinidad debería ser más que fácil para ti.

—No son mis enemigos. No tengo intención de matar a nadie en concreto, solo quiero que nos divirtamos.

—Tus Dríades se despliegan por el mundo, luchan contra los Santos, atacan ciudades, raptaron niñas. ¿Puedes considerarte una aliada aun?

—No dije aliada, sino que no era su enemiga.

—Quieres ver el mundo arder, ¿es eso? —inquirió DeathMask, con muchos problemas para controlar las llamas de su dedo. Sabía que si las soltaba, Eris haría lo que quisiera con el Santuario, y eso no les convenía.

—Qué banal sería eso de mi parte, Santino di Siero, pero es algo así. Ustedes controlan el Santuario en nombre de una diosa que no está aquí, eso ha alimentado a mi hija Disnomia por muchos años, razón de que haya podido infiltrarse y plantar Semillas en este sitio.

—¡Maldición! ¿Crees que puedes jugar con nosotros? —El Cosmos de Saga, nada parecido al de Sion de Aries, se encendió como una llamarada vivaz, capaz de destruir galaxias enteras.

—Sé que puedo —respondió tranquilamente la mujer que flotaba—. Pero mi plan no equivale a destruirlos, Saga Laskaris. Mientras más hundan al mundo, mejor será para mí, pero preferiría que el líder no tuviera tantas dudas en su corazón.

—No tengo dudas, el mundo se postra a mis pies gracias a mi fuerza.

—Ante ti, sí, ¿pero qué hay del otro?

—¿De qué hablas, bruja?

—Ja, ja, tal vez esto te ayude a practicar el respeto.

El Templo Corazón desapareció, fue reemplazado por una cortina negra que se extendía a lo ancho, largo y alto en una situación y orden imposible. Frente a él Saga vio su propio rostro flotando en la nada, pero con ojos verdes en vez de rojos.

¿Qué haces negociando con la maldad, Saga? ¿No fue suficiente con todo el daño que hiciste? ¿No fue suficiente intentar matar a la diosa que juraste cuidar? —preguntó el rostro severo, pero triste.

—¡Me convertiré en el nuevo dios cuando Atenea perezca por mi mano! Es solo cosa de tiempo. —Sabía que había estado hablando con Eris hace poco, en el fondo estaba consciente de la ilusión, pero no podía detener a sus labios. Su cuerpo parecía reaccionar automáticamente a los estímulos.

Qué tontería, nunca te convertirás en dios. Tal vez no te das cuenta de que las estrellas se reúnen alrededor de Atenea. Bañada en esta luz dirigirá el mundo, y después recibirás la recompensa por tus crímenes.

—No me molestes. No importa cuántas estrellas se reúnan, las extinguiré a todas ellas.

¿Serás capaz? Entre esas estrellas hay una que brilla con más intensidad que las otras desde la era mitológica, que siempre está junto a su diosa. Esta estrella tiene una luz que aniquila cualquier oscuridad. Es imposible apagar esa luz.

—Si no puedo apagarla, la haré pedazos.

No. No podrás. Te vencerá quien menos lo esperas, ¿no recuerdas la profecía de Sion?

 

—¡¡¡Maldición!!! —Saga cruzó los brazos sobre su cabeza, pero la risa súbita de la diosa lo hizo detener. La Discordia había revivido viejas memorias de una de sus conversaciones con el otro. A sus pies se hallaba DeathMask de Cáncer, aun con el dedo levantando, conectado al espíritu al que no podía regresar a su cuerpo, pero absolutamente cansado—. ¿Qué demonios…?

—Ah… mis Llamas Azules no funcionan, de verdad es una diosa. No le des lo que quiere, Saga. ¡No le des en el gusto a esa bruja!

—¿Qué? ¿Qué es lo que podría desear alguien como ella?

—Todo, Saga Laskaris. Lo quiero todo, quiero regresar al Olimpo, quiero el Trono del Rayo, quiero que el mundo baile al son de mi dedo. Todos ustedes.

—¿Y para eso necesitas que yo gobierne aquí?

—Ya pudiste comprobar tu propia locura, ¿no? ¿Estarías dispuesto a darme esa mente para cumplir tus deseos?

—¿Qué dijiste? —La furia de Saga estaba desbocada. Era el Sumo Sacerdote, ¿cómo se atrevían a hablarle así?

—Si sigues con tu plan, eventualmente te derrotarán. Pero yo puedo cumplir tus deseos con toda probabilidad. Dame el control, dame tus secretos, pues los más profundos pertenecen a tu otro yo y no puedo verlos. Dame los conocimientos que alguna vez fueron de Sion de Aries.

—Pensé que era muy fácil para ustedes los dioses, ja, ja, ja —se burló Cáncer hasta que fue estampado contra el suelo por una fuerza que no pudo ver. Sintió que sus huesos eran aplastados por toneladas de un objeto invisible—. M-m*erda…

—Elegí este cuerpo desde que nació, y estaré en él hasta que muera, pues es solo una humana sin Cosmos que sepa controlar. Por eso los dioses no tomamos a guerreros sagrados. Sin embargo, si tú lo haces voluntariamente…

—Quieres que te de mi cuerpo, ¿verdad? ¿Crees que será posible matar a los dioses del Olimpo si lo haces?

—¡Saga! —recriminó DeathMask ante la rápida aceptación de Géminis. ¿Era tan evidente la diferencia de poder que simplemente se rindió? No recordaba a Saga tan débil…

—Mi ambición va más allá de mí. Anhelo ser un dios, así que si te doy este cuerpo, quiero un poco de consciencia. Esa es mi condición.

—¿Es en serio? ¿Lo decidiste así de fácil?

—Es la mejor oportunidad que tendré en mi vida. Si Atenea llega a regresar, quizás solo un dios pueda acabar con ella.

—No tendrás control, solo podrás ver. Me entregarás tu cuerpo por propia voluntad, incluyendo tu porción del dominio de la Gran Explosión. De esa manera el Santuario se hará cargo del Olimpo, el universo bailará al ritmo de la Discordia…

—Saga, pedazo de tarado idiota, solo quiere crear más caos del que ya hay, maldito imbécil, ¡ahhhhh! —gritó DeathMask. Saga le aplastó la mano mientras aún era prensado por el Cosmos de la diosa, que apenas y se estaba esforzando. Jamás habían sentido una presencia similar, pero al mismo tiempo no lo percibían, como si estuviera en otro mundo.

—Bien. Hazlo de una vez, pero cumple lo que siempre quise —rogó Saga de Géminis, poniéndose de rodillas.

—Que así sea, Saga Laskaris. Siempre supe que me servirías bien, hice una gran elección hace años. —Hanako abrió las manos y su cabello se alzó junto con una intensa aura azul verdoso que esperaba conectarse con el cuerpo del Santo que esperaba de rodillas. Éste se preguntó qué significaban las palabras de la diosa, pero preguntárselo solo retrasaría su deseo. Como bien dijo, no tendría otra oportunidad más en la vida.

 

En el Santuario, las gemelas hijas de Hismina habían acorralado a los Santos de Plata, pero Algheti de Hércules, con solo su titánica fuerza de voluntad, se había zafado de la prisión en que los tenían. Corrió usando su Vigor Olímpico hacia Palioxis del Retroceso de Batalla, pero su hermana Proioxis del Avance de Batalla, tras un curioso y velocísimo movimiento de muñeca, provocó que Algheti, sin control de su propio cuerpo, pasara de largo y se estrellara contra una columna del fondo.

Sirius de Can Mayor, viéndose libre por la distracción, disparó con absoluta precisión el Perro Brillante, que a pesar de ser un láser golpeaba como un tanque. El rayo de luz se detuvo frente a Palioxis, quien con un movimiento rápido de brazo, lo devolvió directo hacia el ejecutor. Luego los ojos de Proioxis brillaron y el disparo se aceleró a toda velocidad. El Santo de Plata tuvo que casi quebrarse el cuello para no perder un ojo.

Dio brincó a la vez que Algheti se acercaba a la primera gemela que tuvo al frente. Podía servir al menos de distracción, así que comenzó a girar a alta velocidad para usar el Vuelo Deslizante. En dos segundos se estrelló en el piso, pues Palioxis había reducido su rapidez. Algheti lo agarró por la espalda y desencadenó el Portador del Mazo, pero desde el aire, la Dríade arrojó un enorme tronco afilado que Hércules a duras penas evitó, aunque un segundo ataque, de Proioxis, rozó su pierna derecha y le hizo caer de rodillas… y luego se levantó con un dolor intenso cuando Palioxis hizo retroceder su tiempo.

—¡Ahhh! Malditas brujas, ¿¡cómo demonios las destruimos!? —bufó Algheti, apoyándose en un pilar mientras Dio y Sirius eran atacados a la vez.

—Se preocupan mucho de nosotros —dijeron las gemelas, sonriendo ambas a la vez que azotaban a los dos Santos de Plata al piso—. ¿No deberían temer más por nuestras Semillas?

—¿Q-qué Semillas? —preguntó Sirius, poniéndose de pie con dificultades.

—Las que plantamos en la villa cercana. ¿Le llaman Rodrio? Bueno, pues ya no será nada más que un pueblo fantasma. —Hasta sus preguntas eran al unísono, los estaba desesperando. ¿Pero qué podían hacer? Enfrentarlas podía significar perder gente inocente, pero si se dirigían a la villa…

Un ejército de soldados rasos corrió hacia las gemelas con las armas en alto, dirigidos por el capitán Pharole. Éste se digirió a Sirius, y con la mirada le transmitió sus intenciones.

—Quiere darnos tiempo para ir a Rodrio…

—¡Pero no podemos! Nuestro lugar es aquí, Sirius —refutó Dio, intentando encender su Cosmos.

—Lo sé, pero hay gente inocente ahí, y aquí hay… —“Santos de Oro”, iba a decir, pero órdenes eran órdenes. Un batallón debería ser el encargado de dirigirse a Rodrio mientras ellos se enfrentaban a las Dríades y sus Semillas, pero mientras sus superiores no lo ordenaran, solo les quedaba luchar y ver, como en ese momento, a hombres valientes perder sus vidas atravesados por las gruesas lanzas de las gemelas hijas de Hismina—. ¡Maldición!

—No nos queda más que acabar con esto rápidamente. —Algheti incendió su Cosmos y Dio lo imitó al ver el rostro de su compañero africano. Ese rostro de pura decisión y férrea frialdad siempre le indicaba que debía dejar de hacer el payaso.

—Vamos, entonces… ¿Algún plan?

—Sí —contestó Sirius, antes de concentrar su Cosmos en el dedo derecho y apuntar el Perro Brillante en dirección a Proioxis del Avance de Batalla. Acababa de crear un plan que, por supuesto, no tenía tiempo de contarle a nadie. Solo necesitaba la confianza de sus hermanos de Plata, y aquellos dos hombres se la habían ganado hace mucho tiempo.

Por eso fue que en el momento en que comenzó a levantar el brazo, Algheti y Dio empezaron a moverse, dispuestos a adaptarse a cualquiera fuera la táctica del Perro. Rapidez, habilidad, eficiencia, astucia… habían entrenado todo eso juntos por tantos años que confiaron ciegamente en lanzarse al frente.

Palioxis, la de ojos verdes, podía retroceder cualquier ataque, y hacia ella fue el disparo de Sirius. Había una rotación especial en la bala, un toque extra de energía que le dijo a Dio que usara el Vuelo Deslizante de nuevo, para que Palioxis no pudiera detenerlo. El Santo de Mosca se arrojó al vuelo sobre su contrincante y Proioxis, la de ojos violetas, lo esperó lanzando un tronco con el que acaba de derribar a un par de decenas de soldados. Pero exactamente bajo el mexicano estaba Algheti, que por puro instinto descargó una onda de energía con el Portador del Mazo hacia arriba, que elevó a su compañero giratorio por sobre la trayectoria del misil, y le permitió bajar a toda velocidad sobre Proioxis. Palioxis, viendo que el Perro Brillante ya retrocedía a su dueño, usó su poder para ayudar a su hermana deteniendo a Dio, pero Algheti le atacó con el Vigor Olímpico a toda velocidad. Ni siquiera miró hacia atrás para saber lo que sus amigos harían… porque no eran solo compañeros. Eran hermanos de las estrellas y amigos de sangre. ¡Santos de Plata!

Proioxis se apartó de Dio mientras su hermana lo detenía, y aceleró el ataque de Hércules nuevamente. Cuando pasó de largo, a su lado, la Dríade del Avance de Batalla se encontró con alguien que había corrido justo detrás de Algheti, escondido detrás de su gran envergadura. Sirius de Can Mayor tenía en su mano derecha la ira del Destructor de Montañas, su técnica más potente, que descargó sobre el espíritu.

—¡Maldita sea! —gruñó el Perro cuando Proioxis, a duras penas, detuvo su golpe con una mano.

—Fue un buen intento, lo admito. —La Dríade sonrió, pero Sirius la imitó por sorpresa.

—Claro que lo fue.

Algheti, llevado por el impulso, se estrelló contra un montículo de roca; con el impacto se dispersaron miles de pedregones sobre ambas Dríades por la espalda, algo que ambas captaron.

Dio, cuyo giro se había invertido hasta detenerse, aprovechó el impulso del Portador del Mazo y la propia técnica de Palioxis para caer con su pierna cargada de Cosmos, el Vuelo sin Escape, que la Dríade también atrapó con una mano a pesar de la distracción de Algheti.

—¿Es todo lo que tienes? Ni siquiera hubiera necesitado frenarte de saber lo débil que eras.

—Je, je, je, je, no hable de más, señorita —sonrió Dio, que por primera vez retrocedió de manera voluntaria.

—Humanos, llegó su hora —dijeron al unísono las gemelas.

Palioxis y Proioxis compartieron una mirada fugaz antes de elevar su Cosmos e intentar paralizar a los tres Santos como antes, exactamente en las posiciones en que estaban, pero un proyectil azul, sorpresivo, atravesó a Proioxis por la espalda… su objetivo original.

—¡Hermana! —exclamó Palioxis, poco acostumbrada a hablar sola.

—¿Q-qué pasó…? ¿Q-qué…? —Proioxis cayó de rodillas mientras el haz de luz caía a tierra tras salir de su estómago.

—Je, je, je, pensé que iría hacia la otra —dijo Dio, agotado tras el uso de dos técnicas a la vez—. Sirius es demasiado poco arriesgado, je, je.

—¿Q-qué? ¿El a-ataque… o-original? —La sangre caía por la comisura de los labios de Proioxis mientras hablaba. Palioxis la contemplaba atónita.

—Sí, sabía que tu hermana lo devolvería, así que hice que tomara una curva para que te atravesara por la espalda. Un ataque cobarde, sin duda —admitió Sirius bajando la mirada, hasta que abrió los ojos con firmeza, de golpe—, pero atacar al pueblo lleno de inocentes me parece aún peor.

—Llamémoslo compensación. —Algheti era quien mejor estaba de los tres, y aun así tuvo muchos problemas para evitar que el zarpazo que le dio Palioxis con el tronco en su espalda no le arrancara la quijada.

—¡Malditos sean, Santos de Atenea! Dame tu fuerza, hermana —pidió la de ojos verdes, y Proioxis se desplomó mientras se deshacía de su poder—. ¡Malditos sean, Santos! —repitió. Abrió ambas manos y tantos los Santos como los soldados anonadados por el trabajo de equipo que habían contemplado, retrocedieron como si fueran atraídos por una fuerza magnética—. Mientras más quieran avanzar será peor, se romperán los huesos y desgarrarán los músculos si desean seguir luchando.

Sus botas apenas resistían, sus brazos se balanceaban junto a sus torsos, sus cuerpos estaban agotados, pero su Cosmos ardía finalmente al unísono, como uno solo, de vivos colores verde, azul y rojo. La mayoría de los soldados se rindieron y fueron arrojados atrás, pero los Santos de Plata aguantaron.

—¿Algún nuevo plan, Sirius?

—No.

—Je, je, je, así está bien.

—No me gusta tanta táctica de todos modos.

—¡Adelante!

—¿Qué intentan? —La cara de Palioxis emitió absoluta confusión. Una cosa era que usaran una táctica para vencer a Proioxis, pero ahora, y como unos minutos antes, Algheti utilizaba su fuerza bruta para avanzar contra sus propios impulsos, los que la Dríade activaba. Cargado con el Vigor Olímpico, usaba su energía para avanzar, lo que seguramente agotaría todo su Cosmos… ¿por qué seguir peleando?

—Somos… somos Santos… ah… Santos —dijo Hércules, un titán entre los hombres, abriendo el camino para Sirius y Dio—. ¡Somos Santos! Nada nos puede hacer retroceder o rendirnos, nuestro Cosmos siempre ruge hacia el frente.

—El fuego que arde en nuestros corazones no puede apagarse.

—¡Sigaaaaaan! —ordenó Sirius.

—Malditos Santos, son detestables.

Palioxis arrojó su tronco y Algheti lo despedazó de un puñetazo. Dio distrajo con una patada y Sirius conectó su Destructor de Montañas antes de ser repelido. En ese momento, Algheti completó su Vigor Olímpico.

 

—¡SAGA! —El grito atónito de DeathMask se perdió. El cuerpo flotante de Hanako, poseído por la diosa de la Discordia, se acercó al Santo de Géminis que la esperaba de rodillas.

—Entrégame tu cuerpo, Saga Laskaris, y cumple tu deseo.

—Sí. Eso haré.

De pronto, ante Eris, Saga comenzó a alejarse, aunque seguía exactamente en el mismo lugar, con el cabello sobre el rostro y las ropas papales. Cuando la levantó, mostró la sonrisa propia del hombre que planeó matar a la diosa de la guerra, se veía amplia a pesar de estar ya lejos.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no puedo moverme? —preguntó Eris a través de los labios fríos de Hanako. Era arrastrada por una fuerza sinigual.

—Mi deseo es convertirme un dios. “Aquel que mate a un dios, se volverá un dios”, dice la leyenda. —Saga se puso de pie y extendió los brazos. Detrás de Eris se abría un portal que parecía cortar el espacio, mostrando un boquete en el que podía contemplarse un cielo sin estrellas, repleto de infinita oscuridad y planetas de todos los colores, cruzado por una red luminosa—. No puedo matarte todavía, bruja, pero puedo encerrarte por toda la eternidad en una dimensión especial para ti, donde no hay espacio que permita el movimiento.

—¡Soy una diosa! ¿Qué podrías…?

—En un cuerpo humano –le interrumpió Saga, pasando por encima de todos los protocolos en las relaciones entre humanos y dioses—. Te quedarás ahí, Eris, no importa cuánto grites, ja, ja, ja.

—Una dimensión donde el ser humano no reacciona por la falta de espacio. Nada mal, Géminis, me asustaste un momento, ja, ja. —DeathMask se acercó a Saga justo cuando sintió el Cosmos de Aphrodite acercándose muy atrás—. Ah, le pusiste una trampa al pescado, ¿verdad?

—Manipulé el espacio, creerá que es cosa del enemigo, tardará muchísimo en llegar. Y tú, diosa endemoniada, ¿estás lista para acomodarte en tu prisión?

—Ju, ju, ju, muy buena idea, Saga Laskaris. —De alguna manera espectacular que nadie habría imaginado, Eris se aferró al aire, a las aperturas creadas en medio del salón con las dos manos, y se impulsó en dirección contraria.

—¡No puede ser!

—No hay mayor pecado en el universo que atacar a un dios, y tú intentaste apresar a uno, que es casi tan grave como intentar asesinarlo. ¿Querías saber todo sobre los dioses? —El Cosmos que emanó del cuerpo de Hanako deshizo un par de columnas como si fueran de arena, el techo tembló y los dos Santos de Oro fueron arrastrados hacia atrás, aunque opusieron su propia energía para que Eris cayera, así pudiendo cerrar el portal—. ¡Haré que conozcas al mismísimo Hades!

El Cosmos de la Discordia estalló en una luz azul verdosa, y Saga clausuró la Otra Dimensión con todas sus fuerzas, mientras repasaba una y otra vez en su mente una sola cosa, lo único que se adueñaba de sus pensamientos: el mundo sería suyo, solo requería la Daga de Physis para usarla al interior de esa dimensión contra esa mujer, fuera como fuera, debía investigar cómo llegar a moverse allí. Todo era cosa de tiempo.

Las manos de Hanako fueron arrastradas atrás cuando el portal se cerró, y el mismo DeathMask tuvo que usar su Cosmos para quemarlas y así permitirlo. ¿Todo les decía que habían vencido a un dios?

El posterior estruendo que les hizo caer de rodillas pareció indicar otra cosa. Una figura inhumana comenzó a asomarse junto a la estatua de Atenea. Aphrodite de Piscis, y más atrás Taurus Aldebarán, Aquarius Camus y Capricornus Shura, se prepararon para su batalla más difícil en mucho tiempo.

Y en el Templo del León, el trío de Santos de Bronce, liderado por Venator de Delfín, se halló con una conversación.


Editado por -Felipe-, 02 marzo 2017 - 23:36 .

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#523 -Felipe-

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    Bang

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Publicado 18 marzo 2017 - 23:03

CAPÍTULO 21

 

LA TRAICIÓN DEL MUNDO

 

En el nivel uno, Daidalos de Cefeo resistió todo lo que pudo, se enfrentó a su pena y derrotó a un Hamadríade, Ponos de la Tristeza. En el nivel dos, Mayura de Pavo terminó con las Dríades que restaban, pero ahora luchaba contra Limos del Hambre y sus desesperantes poderes, que la tenían de rodillas. Rigel de Orión logró avanzar hasta la cima, mientras que en el nivel tres, Orphée entonaba una canción de cuna.

Todo esto lo veían las Hamadríades. Nerviosas, desesperanzadas, ansiosas.

—Disnomia, ¿dónde estabas? —preguntó Ate, al ver junto al árbol a una de sus hermanas, la dríade del Engaño—. Te dije que no salieras por tu cuenta hasta que recibiéramos órdenes.

—Fu, fu, fu, Ate… —saludó el espíritu con una sonrisa indecorosa—. Solo usé un clon mío para dar un paseo por el Santuario.

—¿Al mismísimo Santuario? —se sorprendió honestamente Ate—. Por eso estás tan impregnada del olor de los Santos…

—Es que es un aroma delicioso, y conocí a un Santo fantástico —se relamió Disnomia los labios—. Muchas cosas interesantes hay en el Santuario.

—Sigues siendo tan egoísta, pero por ahora esperamos órdenes de Madre, así que permanece donde podamos encontrarte para ayuda inmediata.

—Oh, no te pongas dramática, solo fui a estirar las piernas a la Tierra, hacía mucho que no iba. —Disnomia, que había estado mirando el cielo, se volteó hacia su hermana con una expresión reflexiva—.Brotamos y nos marchitamos en nombre de nuestra Madre, pero parece que ya está allí.

—¿Qué? No puedo creerlo… ¿¡nuestra Madre en el Santuario, dices!? —Ate necesitó apoyarse en una columna para no caer. La Discordia se había presentado en la Tierra sin avisarles cuándo ni dónde… ¿qué rayos tramaba?

—Sí, Manía la vio en el cuerpo de una chica, y yo misma sentí su presencia.

—Eres el espíritu del Engaño, ¿por qué debería creerte? No. Si así fuera, ella nos habría dicho. ¡Es nuestra Madre!

—Solo nos preocupamos de la prosperidad de nuestro jardín, Ate. Lo demás, para ella, es irrelevante, y lo sabes, fu, fu. —Aunque parecía divertirse, la expresión en el rostro de Disnomia, que se giró de nuevo hacia el cielo, indicaba lo contrario; no contaba con los engaños de la propia Eris. También se cuestionaba qué pasaba por la mente de su Madre, pero dada su naturaleza, les era imposible enfrentarla de cualquier manera—. Fu, fu, parece que alguien determinado viene, ¿lo sientes, Ate? Vamos a recibirlo como corresponde.

 

02:15 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel tres del Templo de Eris.

—No voy a…

Hismina de la Pugna no pudo decir nada más. Se desplomó con los ojos tan cansados como si fuera una vulgar humana. Todo le pesaba, era como estar bajo un hechizo, ¡vergonzoso! Iba a asesinar a esa rata asquerosa, iba a arrancarle la cabeza y mostrarla a Madre para vengarse de Ponos y todas las Dríades que habían perecido, especialmente las que aquel Santo había vencido.

Si tenía que hacer sacrificios, los haría en nombre de ellos.

La Serenata siguió resonando mientras Orphée se acercaba. El mundo había dejado de tener sentido, todo le daba vueltas tras la golpiza que la Hamadríade le dio por matar a una de sus Dríades. Solo se había defendido, no había iniciado aquella guerra, ninguno de ellos lo había hecho. Y aunque no los conocía bien, el Santo de Lira también había perdido hermanos de Plata, como Yuan y Georg, que perecieron durante la primera misión, y tantos soldados valientes en la misión a Kinsasa. Para peor, casi acaban con el combustible de su corazón, la fuerza que lo mantenía vivo y luchando, más allá del Cosmos, su Eurídice.

—Tu muerte será rápida, lamento hacerlo de este modo. —Orphée levantó una mano estirada, el guante resplandeció como luz de luna, se preparó para dar un golpe certero en el cuello de la gigantesca criatura mientras se hallaba de rodillas. No era honorable, pero en esa guerra se le estaban acabando las opciones. Además, esa Dríade había derrotado a Marin, era lo más seguro. Temía preguntar, pues si había sido vencida, solo había conseguido una pequeña rotura en la pernera izquierda de aquel demonio.

La melodía dejó de sonar, pues debió dejar de rasguear las cuerdas. Hismina no se movía, su mente se hallaría durmiendo por unos cuantos días si lo permitiera, pero no sería el caso.

Mayura le había pedido que cuidara de Rigel. El estado mental en que estaba era para preocuparse, quizás qué tonterías haría. Lo cierto era que las Hamadríades eran peligrosas, y si debía arrancarle la vida a una demasiado poderosa, que ponía en riesgo a los seres que apreciaba y a millones de inocentes, su Cosmos no dudaría, así se lo había enseñado su maestra Laskine.

—Lo siento mucho.

—¡MALDITO HUMANO!

Hismina elevó tanto la voz que llamó la atención de Orphée. Solo tuvo una opción en una centésima de segundo para evitar que un manotazo le arrancara de cuajo la cabeza, y la consiguió a costa de una hombrera que voló en pedazos. De un salto retrocedió, y se sintió pequeño ante la altura de Hismina, que se ponía de pie cubriéndolo con una sombra de increíble magnitud.

—¿Cómo pudiste resistir la Serenata? —preguntó Lira con un ligero temblor de voz. Su cuerpo debería pesarle toneladas, ni siquiera debería poder abrir los ojos.

—No oigo lo que balbuceas, pero tranquilo, pronto ni siquiera hablarás.

Mientras Hismina se acercaba a pasos agigantados y atemorizantes, Orphée percató en la sangre verde que manchaba los hombros de la mujer, y comprendió lo que le habían advertido desde muy joven, que se convertiría en la debilidad del arpa.

—¡Te rompiste los tímpanos! —No, tal vez ni siquiera tenían lo mismo que los humanos en cuanto a órganos. Hismina directamente se había arrancado ambas orejas, eran ahora un par de medias lunas puntudas y pálidas mecidas por el viento, sobre el piso oscuro.

—Mataste a Alala, mataste a Ponos, mataste a mi Kydoimos, mataste a todos.

Ahora acababa de agregar otro nombre a la lista, cuando a la única que había vencido era la tal Alala del Llanto de Guerra. Fuera como fuese, en el momento en que ese demonio se dispusiera a combatir, Orphée no resistiría, así como tampoco el Águila de Plata contuvo ese destructivo poder.

Rápidamente visualizó el entorno, no halló puntos estratégicos donde poder ocultarse más para crear un plan, y ella detendría su paso si iba con Rigel, pero aún tenía la posibilidad de combatir. No sabía cómo, pero lo intentaría, pues debía hallar una manera de seguir vivo. No se trataba de una posibilidad de lograrlo, solo que lo haría, le parecía una verdad absoluta el regresar con Eurídice, solo que no conocía el camino todavía.

En esos pensamientos estaba cuando la realidad se le apareció con un fuerte puñetazo que le habría quebrado ambos brazos de no ser por la física. Al protegerse, concentró su Cosmos solo en los brazos, así que con el impacto, ambas piernas le temblaron como locas y por ello fue arrojado tan rápido, lejos y dolorosamente que le tomó un par de segundos pensar bien las cosas. Le costaría un tiempo recuperar la movilidad de sus extremidades.

El aire silbó, lo atacarían por atrás, así que invocó la Museta para detenerla y perforarla al mismo tiempo, pero Hismina esquivó, a pesar de su gran envergadura, los hilos afilados atravesando entre medio, y conectó un rodillazo en su estómago que le quitó el aire.

«Maldición». No se rendiría. En la fracción de segundo durante la cual era proyectado hacia el suelo, contraatacó con un rayo de energía que impactó en la cara de Hismina. Lamentablemente eso solo la enfureció más. Orphée intentó utilizar sus ilusiones para multiplicarse aprovechando la momentánea distracción, pero al acabar su truco, vio a la Dríade crear una esfera de luz violeta entre sus manos. Al aplastarla la dividió en cientos de dardos relampagueantes, y presa de la gravedad, Orphée no tuvo oportunidad para bloquear los que impactaron en su pierna y hombro.

La caída fue dolorosa, algunos huesos le crujían, y se le habían desgarrado los deltoides al lado derecho… pero su mente se hallaba intacta. Sabía que sobreviviría, le parecía una verdad evidente, pues debía ver a Alexandra, ¿pero cómo hacerlo?

—¡No te distraigas! —Hismina descendió como impulsada por un cohete, no en caída libre.

—Regresaré con mis seres queridos, ¡no voy a morir!

El impacto fue como el de un meteorito. La tierra seca y maloliente tembló y se deformó en un cráter antes de cubrirse con abundante sangre carmesí. El viento sopló y se dispersó, llevándose con él un grito agónico que Hismina no podía oír.

—Te mataré por todo lo que has hecho, humano, pero no todavía o ya te habría roto el cuello. Primero, sufrirás.

—Ah, esto no… —Apenas podía hablar del dolor. Con sus brazos solo logró detener uno de los puños de Hismina, el otro le fracturó el hueso del hombro, y con la rodilla le aplastó el hígado. Solo se sostenía con el pie herido por Marin—. No…

—¿Pensabas volver? Vuelve a la realidad, humano. Morirás aquí.

 

02:18 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel superior del Templo de Eris.

—Al fin. —Le costó esfuerzos que habrían acabado con cualquier humano normal en segundos, pero Rigel de Orión consiguió escalar más allá de los niveles inferiores, presentándose en un suelo rugoso, como de madera blanca, poblado de pequeños arbustos y largos pilares grises que flanqueaban un camino hasta un gran templo, una magnífica construcción de estilo griego diseñado, probablemente, en los tiempos mitológicos. En sus escalones y muros había raíces grandes y pequeñas, y en el friso central un símbolo circular con una cruz negra inscrita.

Dos columnas especialmente altas, adornadas con relieves de plantas, se hallaban a los lados. Detrás, un gigantesco árbol brillante, de copa verde y frondosa, arrojaba al espacio destellos dorados en forma de frutos tan grandes como un puño cerrado. El tronco y las ramas también relucían con luz, pero eran blancos como marfil. En el centro, entre las cepas, resplandecía una esfera transparente hecha de Cosmos, que en su interior atrapaba a las niñas que había jurado proteger incluso arriesgando su vida, las pequeñas que había conocido desde hacía solo un par de noches, pero con quienes se había encariñado. Kyoko y Shoko, las huérfanas cuya madre no fue capaz de salvar por culpa de su debilidad.

Allí, bajo una noche gris sin estrellas, pero repleta con decenas de misteriosas luces azules, Rigel se encontró frente a frente con las Hamadríades: Ate, Disnomia, Phonos, Emony, Neikos y Manía, viva y con el disfraz de otro Rigel, luciendo una sonrisa tétrica.

—Te esperábamos, Orión —saludó Ate con fingida cortesía, sonriendo con sorna y sensualidad a la vez—. Llegaste antes de lo planeado, te felicito.

—Miren qué cansado se ve, ja, ja, ja —se burló Emony, abrazando su tétrico osito de felpa, que acababa de encorvar una sonrisa.

—Necesitamos que identifiques cuál de estas… —Phonos no pudo concluir su oración. Una llama azul le rozó el rostro cuando logró esquivarlo, convirtiendo su expresión en el vivo desprecio—. Tú… ¡cómo te atreves, basura!

—Fu, fu, fu, tranquilo, hermanote, no nos precipitemos. —Disnomia parecía disfrutar especialmente tanto de la ira del Dríade del Asesinato como de la prisa y la frustración del Santo de Plata. Emony y Manía intentaron contener la risa mientras Ate, elegante, solo se permitió una sonrisa pérfida—. Dejémosle hablar.

—Entréguenme esas niñas —amenazó Rigel, acercándose sin ápice de temor con flamas en ambas manos—. No lo repetiré.

—Ups, tal vez no debimos —se mofó Disnomia otra vez.

—¡No estás en posición de exigir nada! —exclamó Phonos, bajando deprisa los escalones—. Una de estas humanas es el avatar de nuestra Madre, pero no…

—Silencio.

Rigel se adelantó a una velocidad que tomó por sorpresa al Dríade. Le golpeó el estómago con una mano ágil, y cuando Phonos, sin daño más que en el orgullo, se preparó para un contraataque, afilando y extendiendo las uñas de sus dedos como si fueran patas de araña, el Santo de Orión hizo explotar sus llamas de improviso, para distraer a su contrincante por un momento. Lo tomó del brazo y lo arrojó por sobre su hombro, proyectado sus llamas con el movimiento.

Phonos aterrizó sin problemas, pero enfurecido de gravedad. Concentró su Cosmos en ambas garras esta vez, pero perdió la tensión cuando Rigel cayó al suelo pedregoso repentinamente.

—¡M*erda! No puedo moverme bien…

—Ah, gracias, Emony, ya me estaba mareando la golpiza a nuestro querido hermano —dijo Disnomia, recogiéndose el cabello casualmente.

—Ojalá con eso estés más tranquilo, ¿verdad, Mikku? —le preguntó Emony a su oso de peluche. A su alrededor revoloteaban pequeñas mariposas azules que se revolvían también junto a Rigel, agotándolo desde que pisó el templo. Manía, con el cuerpo del Santo, se agarraba la barriga en el suelo, riendo a no más poder.

—Ahora nos oirás, ¿está claro? —Esta vez, Ate reemplazó el puesto de su hermano Phonos, cerca de Rigel—. Una de esas niñas es el cuerpo que Madre usará de huésped, pero no sabemos exactamente cuál. ¿Te percataste de algo inusual en alguna de ellas, Orión?

—Si les dijera quién es, matarían a la otra, ¿verdad? —inquirió el Santo de Plata, a sabiendas de la respuesta, solo para que la misma le devolviera la fuerza que esos bichos azules le habían arrebatado.

—Por supuesto.

 

El fuego que surgió de lo más profundo de su alma consumió hasta las rocas bajo sus rodillas, y algunas mariposas huyeron despavoridas mientras las demás eran calcinadas hasta el polvo. Que sus enemigos fueran seis Hamadríades le importaba poco o nada, estaba decidido a cumplir su misión. ¡Nada le impediría salvar a esas pequeñas que dormían en ese árbol, lo había jurado!

Phonos, con habilidad impecable, trazó con las manos una imprecisa ruta en el aire, y una telaraña violeta, casi fluorescente, surgió a espaldas de Rigel para atarlo, ¿pero por qué lo detendría eso también? ¡Lo quemaría todo! Las Dríades, el templo, el árbol, todo menos a esas huérfanas que todavía tenían un padre.

Se liberó de las ataduras con un grito, el vapor que se desprendió del choque de Cosmos lo ocultó a la vista de los Dríades, pero no ocurría lo mismo a la inversa, pues Rigel lo había previsto. Estudió durante dos segundos a las presas, pensó atacar al eslabón más débil primero, pero se decidió por Ate, que parecía más peligrosa, y así acabar con ella de una vez. Cubrió su mano de llamas hasta que ardió y preparó la Devastación Fatua… sin embargo, se detuvo cuando percató en que había acababa de contar cinco Dríades, y uno se le había perdido.

Antes de conectar, lo halló sobre las ramas del árbol, con su mano apoyada en la esfera brillante que envolvía a las niñas. ¿Qué intentaba? En las cuencas vacías de la cabeza de Neikos, Orphée encontró algo tétrico, siniestro, horrible… sin dudar las mataría. De verdad lo haría. ¡Era tan o más peligroso que Ate!

Apagó las flamas de su puño y se detuvo con tanta fuerza que sus piernas temblaron del dolor. Ate, molesta por verse sorprendida, miró al árbol cuando el humo se dispersó.

—¡Baja de ahí, Neikos! ¿Qué piensas hacer?

—Retrocede, Santo de Orión, o tomaré las vidas de estas niñas. Sabes que lo haré, ¿verdad? —Hablaba con voz lúgubre, como si viniera de ultratumba, como huesos chirriando.

—¡Neikos! —vociferaron las otras Dríades a distintos tiempos. ¿Su hermano iba a arruinar sus planes así? Más aún, ¿cómo sería capaz de ir contra su naturaleza?

—Podemos esperar para otra ocasión —musitó—. Madre regresará en otro momento. Nos ocultó mucho.

—¿Por qué tomar ese riesgo? —inquirió Phonos, furioso—. ¿Por este vulgar y patético humano?

—No lo subestimes, su Cosmos crece progresivamente.

—¡No es rival para nosotros!

—Lo mismo pensó Algos del Dolor, pero Algos del Dolor está muerto, y ya lo acompaña Ponos de la Tristeza, ¿o no sintieron su deceso?

Ninguna había querido hablar de eso. Simplemente no aceptaban que podían morir, que eran capaces de ser derrotadas. Eris no les había dicho eso durante la era de los mitos.

—¡No! —espetó Ate, encendiendo su Cosmos—. No lo admitiré, ¡baja ahora mismo de ahí, Neikos! Ponos y Algos no son excusa, tenemos mucha ventaja como para que la pierdas por un solo humano que luce algo amenazante.

—Es verdad… ¡recuerda que distribuimos Dríades por todos lados! ¿No es así, Mikku? —Emony percató en la mirada sorprendida de Rigel y sonrió—. Sí, los enviamos a las tierras que ustedes abandonaron cuando vinieron aquí. Seguramente, junto a las Manzanas y las Semillas, ya han acabado con toda la población.

—Eso sería interesante de ver, qué lástima que nunca ocurrirá. Ya acabé con toda esa basura con ayuda de un tipo que me dio un tour psíquico por Asia.

Rigel conocía esa voz petulante y orgullosa desde que era muy joven. Nadie en el Santuario era como él, y por eso se permitió sonreír. Recordó una vez más el juramento, lo había olvidado desde que Hanako falleció, su misión primordial como Santo: proteger a Atenea, y a través de ella, la paz y seguridad de la humanidad. Solo eso importaba.

—Maestro… Las…

—Soy lo suficientemente rápido como para matarlo antes de que mueva la mano —aseguró con plena confianza el Santo de Oro Milo de Escorpión—. Y él lo sabe, ¿o me equivoco, monstruo?

Neikos retiró lentamente el brazo.

 

02:30 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel tres del Templo de Eris.

La paliza que le estaban dando era como una tortura eterna. Con cada golpe le desgarraban un músculo, le herían un tendón o le trisaba un hueso, y con el brazo derecho descolocado del hombro, apenas podía usarlo de escudo improvisado; por supuesto, tocar el arpa se había hecho imposible.

Consiguió defenderse una de cada tres veces durante los primeros minutos, pero con el paso del tiempo, se hizo mucho peor. Cubierto en su propia sangre, con las fuerzas restantes utilizadas en proteger el instrumento que canalizaba su Cosmos y defenderse en lo posible, bloqueaba solamente uno de cada cuarenta impactos. Sus ojos daban vueltas, estaba mareado y débil, el cielo se transformaba en tierra y de vuelta constantemente, pues los golpes lo llevaban a una y otra parte de la isla sin siquiera dejarlo caer más que un par de veces. El Manto de Lira estaba dañado muy gravemente, había sido lo único que posibilitó a su esqueleto no deshacerse entero y a su cabeza permanecer en su lugar.

¿Cómo era posible? Si iba a sobrevivir y regresar con su Eurídice, ¿por qué le parecía que se acercaba su muerte? La solución debía estar ahí en el aire, solo que no había dado con ella por los estrepitosos impactos y la furiosa venganza de la Dríade de la Pugna. Necesitaba algo de tiempo para pensar en ello, para hallar el camino a la victoria que lo eludía tanto.

Al fin, la respuesta le alcanzó con la visión de un antifaz de plata que cubría los ojos más misteriosos en todo Grecia.

M-Marin… —susurró a través de la telepatía con algunas energías que le quedaban, pues la Dríade se había arrancado las orejas.

Hacía años, Capella le había enseñado que para hacer tiempo durante una batalla, un gran método era decir algo que se saliera de los parámetros, algo que no tuviera que ver con la pelea en que se hallaban. Hablar del piso, contar, pronunciar un nombre, quejarse del calor, cualquier cosa que, dentro de todo, no indicara que había perdido la razón. Orphée lo había considerado una ridiculez aquel día, pero ahora le había salvado. Hismina detuvo su carrera.

—¿Qué cosa, basura?

—Marin… ¡Aquila Marin! —pronunció esta vez en voz alta, abriendo mucho la boca. Esperaba que ella leyera sus labios.

—Marin, ¿la chica de Plata esa? ¿Qué hay con ella?

—L-la… ¿la mataste?

—¿Si la maté? Pfff, claro. No me digas que quieres sufrir oyendo la historia, porque eso me haría muy feliz. —La Dríade sonrió mostrando dientes entre verdes y amarillentos. La sonrisa de un ser mitológico que vivía del combate—. No fue tan difícil, aunque era una mujer sumamente escurridiza.

—¡Ahhh! —No entraba eso en sus planes. Hismina lo agarró del cabello y le golpeó duramente el rostro mientras hablaba. Perdió un par de dientes, y si no soltó toda su mandíbula con sus manos fue con la ayuda del Cosmos.

—Así que te quedan fuerzas, ja, ja, ja. Esa muchacha era peligrosa, pero tonta como ella sola; por alguna razón parecía estarse limitando, a sabiendas de que era muy inferior y… —Las siguientes cinco o seis palabras, Orphée no pudo oírlas por culpa de una fuerte patada en la nuca, todavía protegida por el yelmo, que esta vez se trisó—. Ja, ja, pero de todas formas la atrapé. En ese momento soltó un Cosmos muy peculiar, inmenso, pero me alimenté de las batallas aquí arriba y la derribé, no fue para tanto, aunque admito que me asustó un segundo. Solo consiguió quebrarme la pernera izquierda, y yo le perforé el corazón con esta mano.

—¿Q-qué? —¿De verdad había muerto el Águila de Plata? Antes de seguir preguntando, el guante le golpeó el pecho y lo azotó contra el suelo.

—Sufres, ¿no es así? Por la muerte de esa mujer, pero imagina cuántos perdí yo por culpa de ustedes. —Hismina le aplastó la mano derecha hasta que sus huesos crujieron—. ¿Quieres matarme? Puedes ver que soy la más fuerte de las Dríades en términos de potencia física.

—M-maldición… ah… —Pero ella no lo oía, lo cual podía ser útil. Con una patada se quitó a Hismina de encima, y utilizando la misma maniobre, ésta lo arrojó volando hasta una roca solitaria. Cuidó de aterrizar dándole la espalda aunque se le rompió la frente.

—La mujer era silenciosa, pero dijo algo al final sobre que nunca se rendiría. ¿Dices lo mismo? Debes entender que no existe la posibilidad de salir vivo de aquí.

—No… —susurró Orphée, moviendo lo más sutilmente que podía el brazo izquierdo—. No mientas. Es obvio que sobreviviré, y ya encontré la forma.

—No hay salida. —Hismina acercó tomó a Orphée de nuevo del cabello, y al apartarlo de la roca, se percató de la pequeña treta.

—¡Resuena, Cosmos! —Que la mujer se hubiera quitado las orejas tenía sus pros y contras, y esto era un pro. No pudo oír como entonó el Nocturno con todo el Cosmos que le quedaba, confiando ciegamente en que ese sería el cierre de todo, la batalla al fin terminaría.

Los relámpagos destellaron en toda la isla, flores blancas se materializaron en el aire, inundándolo de una fragancia dulce. La melodía veloz electrocutó a Hismina con notas resplandecientes, y azotó su peso contra las piedras de atrás.

Orphée, que había sostenido el arpa con su pecho y antebrazo, se puso de pie con lentitud, pues le causaba dolores atroces el respirar, y el cansancio solo lo hacía peor. Su armadura de Plata había tomado tonos escarlata, su brazo derecho ya no le respondía, y tenía la vista nublada, pero al menos había acabado.

«Te lo dije, mi Eurídice, era cosa de tiempo. Gracias por esperarme». Ahora debía, o encontrar el corazón de ese nivel, o buscar a Rigel. Tal vez lo segundo era lo mejor, lo otro podía esperar, pero se preguntó cómo llegaría arriba.

 

En esos pensamientos estaba cuando una mano enorme y negra lo agarró del cuello, emitiendo olor a quemaduras. No podía creerlo, la Dríade se había puesto de pie y ahora lo levantaba del suelo causándole una mezcla de sorpresa, mal augurio, terror e incertidumbre. ¡La había atacado con todas sus fuerzas!

—N-no puede ser…

—Buen ataque sorpresa, pero demasiado débil. —Hismina, con quemaduras en el rostro, le sonrió triunfante. Enfocó su Cosmos en el puño derecho… parecía que ya se había hartado de torturas.

«Imposible. ¿Acaso voy a morir aquí? Pero si regresaría con Alexandra». No le hacía sentido lo que ocurría, pero quizás no todas las peleas terminaban en triunfo solo porque lo deseara. Tal vez el mundo no tenía sentido, después de todo. No se podría reunir con la mujer que amaba, porque el universo le había traicionado.

 

15:36 p.m. del 11 de Junio de 2010. Templo del León, Grecia.

—¡Señor Aiolia! —alertó Venator. Frente a los Santos de Bronce había dos hombres. Uno era conocido, Aiolia de Leo, al que hallaron de pie, pero tembloroso, probablemente paralizado, mirando al desconocido. Éste se mostró cubierto por un largo manto blanco y una gran bufanda que asemejaba a un kufiyya[1], que solo dejaba a la vista la curva de una hombrera oscura y la mitad superior de su cabeza. Se hacía obvio que era alto y atlético, de espalda ancha; tenía la piel parcialmente bronceada y ojos verde azulados. Su cabello era algo alborotado y castaño claro, le llegaba poco más abajo que la nuca y por delante pasaba por sobre su ojo derecho; lucía una cinta roja alrededor de la cabeza.

—No se acerquen —ordenó el León de Oro. Debía ser una broma, ese tipo se parecía demasiado a quien había admirado tanto en su pasado y despreciaba tanto en la actualidad. Para peor, de alguna manera lo había embrujado.

—¿Qué sucede, señor Aiolia? —Venator había percatado en la parálisis que parecía afectar al Santo de Leo. Tiritaba como si estuviera enfermo, pero no movía ni los brazos ni las piernas, ni siquiera el cuello.

—¡Largo de aquí! —exclamó Aiolia, tragándose la respuesta a la pregunta: no lo sabía. Estaba en su templo cuando ese Cosmos maligno se manifestó en el centro del Santuario, pero súbitamente sintió la necesidad de quedarse ahí y salir al salón.

—Les pediré que no interfieran, Santos de Bronce —musitó el desconocido con calma. Venator, Izar y Gliese, por supuesto, hicieron todo lo contrario, y tanto la Cosecha de Sangre como el Chapotazo del Ángel fueron envueltos por la Nube.

—¡No, tontos!

Para el extraño no fue difícil apartar a los tres con un impulso de Cosmos. Se deshizo de la Nube con un movimiento de capa, detuvo la hoz con la mano derecha y esquivó la patada de Venator con agilidad y gracia.

—Mi Nube… ¿tan fácil? —Gliese se estrelló contra un muro del Templo del León, trisando de paso una mesa. Esa técnica estaba creada para ocultar sus auras, la había utilizado en muchas batallas con sus compañeros.

—No es como las cosas que estábamos enfrentando, m1erda —maldijo Izar, sobándose la mano herida por su propia arma.

—¡Señor Aiolia! —clamó Venator, desesperado. Los tres se habían percatado en un segundo que ese hombre anónimo era demasiado superior a ellos. Importaba poco cuánto se esforzaran.

—¿Cómo lograste encerrarme en mi propia casa? ¿Quién demonios eres, maldición? —Nada tenía sentido, ese hombre podía matarlos, pero no lo hizo. Y así también a él, un tipo que voluntariamente siguió y que se parecía tanto al héroe de su niñez, que podía cortarle el cuello con suma facilidad, después de salir de la nada.

—Mi nombre es Aesón, y mi único motivo de venir aquí era conocerte, Leo. Te estás alterando demasiado, no vine a pelear. —El extraño cerró los ojos y bajó la cabeza, parecía que sonreía detrás de la bufanda—. Ja, ja, ja, ni siquiera debería estar aquí, en todo caso, así que no te preocupes.

—¿Estás de parte de Eris?

—Sí, pero vine por mi cuenta. Como dije, Leo, solo quería saber la clase de hombre que eras. No estoy decepcionado. Espero que nos encontremos de alguna manera, en otro momento. Cuando llegue el día, tal vez sí deba matarte. Por ahora, nada podrán hacer contra la Discordia.

Aiolia recuperó la movilidad desplazándose hacia adelante. Intentó atacar en el instante mismo en que recuperó el equilibrio, pero Aesón ya no estaba. Ante los ojos de los Santos de Bronce, desapareció cuando los cerraron para el acto instintivo de pestañear.

—Señor Aiolia…

—Bajen a la periferia a ayudar —ordenó el León dorado con un leve temblor de voz—. No se les ocurra subir a donde iré.


[1] Pañuelo de lino o algodón tradicional de medio oriente utilizado contra el frío y el calor.


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#524 Presstor

Presstor

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Publicado 20 marzo 2017 - 13:05

hola!!como va todo hombre? espero que bien

bueno me han gustado este par de capitulos,esos platas y bronces dandolo todo en el santuario

ese saga manipulando a una diosa,deadmask  acojonado,aldebaran imponente

ese nuevo misterio con el leon de oro,

me lo eh pasado muy bien leyendolos,por cierto esa imagen de saintia sho,con eris en todo su esplendor manzana incluida

con saga detras le pega muy bien a ese momento saga y eris,en historia no me acaba de convencer,pero en dij¡bujo la chimaki tiene toda mi admiracion,me gustaria ver un artbook suyo dibujando a los bronces con las distintas cloth que han venstido,los enemigos que han enfrentado y por supuesto los dorados

por lo demas muchas ganas de seguir con tu historia

un saludo amigo



#525 -Felipe-

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Publicado 02 abril 2017 - 16:10

Hola, Presstor, gracias por pasar. Me anima que todo esto te esté gustando, porque como sabes, es una saga experimental.

 

En mi fic hay una estrecha relación entre Saga y Eris (y Kanon, como se vio en mi saga de Pose), muy basada en el manga de Chimaki, y plasmado aquí a veces explícitamente.

A mí me encanta Saintia, tiene mucho potencial y cada vez mejora más. Me tiene muy emocionado el anime, y ojalá Kuori hiciera eso que dijiste.

 

Así que eso. Saludos, compa, siempre es agradable tener un lector recurrente :D


CAPÍTULO 22

 

LA CANCIÓN DE LOS DÉBILES

 

02:31 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel superior del Templo de Eris.

Neikos retiró la mano de las niñas y clavó sus cuencas vacías en el desafiante, orgulloso y (con mucha razón) confiado Santo de Oro. En las escaleras que daban al árbol, Ate, Emony, Phonos, Disnomia y Manía contuvieron nerviosos la respiración.

—Neikos, baja de ahí en este instante —ordenó Ate sin sacar la vista de Milo y Rigel. Su mano derecha, cargada de Cosmos oscuro, temblaba frenéticamente. Era parte de una mayoría, pero por alguna razón la actitud controlada y relajada de aquel hombre los puso alertas y dubitativos… ¿acaso le tenían miedo? Ese hombre parecía seguro de ser más poderoso que ellos, y esa confianza la había transmitido con una férrea y ardiente mirada que los mantenía paralizados.

Pero Rigel sabía la verdad, pues en muchas ocasiones había presenciado esa técnica que inutilizaba momentáneamente el sistema nervioso: la Restricción.

—No subestimaremos a los Santos. Pero los Santos no deberían subestimar a los Dríades. —Neikos aceleró la mano hacia su posición original, utilizó una rapidez que Rigel a duras penas pudo seguir, y cuando se dio cuenta de que de verdad las iba a matar, ya sus dedos estaban rozando la esfera de luz… y luego, súbitamente, ya no. De hecho, sus dedos medio e índice se habían esfumado, de su mano derecha surgía un reconocible humo rojo, y en el rostro del Dríade se notaba el terror súbito ante la confirmación de una advertencia.

—Creí haberlo dicho, soy bastante rápido. —Milo bajó el brazo extendido y con la mirada le ordenó a Neikos que se alejara de las niñas, a lo acató tras sin un solo titubeo más—. Quiero que se larguen de aquí con sus Dríades, semillas y lo que quieran, y no regresen, o yo mismo me encargaré de juzgarlos y ejecutarlos.

—¿Juzgarnos? —Emony dio un paso lento al frente, abrazando a su oso de felpa—. ¿Cómo piensas hacerlo? ¿Cómo crees que lo haga, Mikku?

—Si la situación lo requiere, el Escorpión dorado puede convertirse en juez, jurado y verdugo, para ello hace uso de esto. —Con orgullo, levantó el dedo índice, cuya uña carmesí se erguía afilada como un sable—. Fallaron en su misión, así que lárguense o no tendré piedad. Debo sacar a esas niñas de esa cosa.

—Con que tú eres Scorpius Milo —sonrió Ate con nerviosismo, esparciendo su Cosmos equitativamente alrededor de su cuerpo—. Usaste tu famoso veneno de escorpión para restringir nuestros movimientos e infundirnos temor, ¿verdad?

—¿Qué hay con eso? —Jamás le había importado que supieran cómo usaba sus trucos, no iba a cambiar el desenlace de una batalla.

—Una de esas mocosas es el cuerpo que usará nuestra Madre, así que debo solicitarte que no acerques tus sucias manos a ellas. Yo, Ate de la Ruina, seré quien juzgue al juez.

—Así que Ate… No tengo tiempo para perder con nadie aquí.

—Ja, ja, ja, maldito descarado. —La Hamadríade levantó los brazos y su aura se elevó como un tornado—. ¡Tu impulsividad, ineptitud e inocencia serán ofrecidas a Madre cuando reviva!

Del piso, de entre los escalones, desde las columnas y desde atrás y sobre el templo surgieron cientos, incluso miles de espinos y ramas tan afiladas que parecían capaces de atravesarlo todo. Se arrojaron como perros de caza en busca de su presa.

—Pfff, qué aburrido. —Los movimientos de brazo de Milo eran precisos y sumamente ágiles, una persona normal no habría contemplado más que un par de chispazos, cuando en realidad fue una serie de certeros golpes que hicieron trisas las ramas centímetros antes de que tocaran su piel o armadura. No era que tardara, sino que poco le importaba la distancia si poseía ciega confianza en que las destruiría—. ¿Este es el poder de las Hamadríades?

—No cantes victoria, Santo de Oro —musitó Disnomia con cierta dulzura.

—¡Eso, eso, Ate! —celebró Emony, dando saltitos, con mariposas que ahora revoloteaban alrededor de los dos humanos.

—¡Cuidado! —Pero la advertencia del Santo de Orión fue más lenta que la hiedra que resultó de los cortes a las ramas. Como una serpiente veloz, la hiedra se enroscó alrededor del cuerpo de Milo, presionando con una potencia que le cortó el aire e hizo reír a Ate.

—Mi… M-mi Cosmos…

—Es inútil, Escorpión, esa hiedra está impregnada por el Cosmos de Madre y es guardiana de este templo, por lo que las presas que atenaza son debilitadas, sus Cosmos disminuidos. Te haré pedazos con mis propias manos.

—¿En serio? —Milo, a pesar de su situación, se permitió una sonrisa que su discípulo reconocía muy bien, una burlona y áspera… una sonrisa de triunfo—. Con esas manos huesudas solo lograrías rasguñarme, aunque no estaría mal para otra situación, pero no me atraen los árboles.

Manía se lanzó al suelo para reír, Emony y Disnomia compartieron una mofa y Phonos lanzó una pequeña descarga casi burlesca a Rigel que lo arrastró un poco. Solo Neikos se mantuvo pensativo; no parecía sentir dolor por perder los dedos.

—Maldito seas. —Ate disparó un rayo de luz que impactó en la cabeza del Escorpión, arrebatándole el yelmo—. Un ser tan inferior como tú no tiene derecho a insultarnos, a nosotras que somos hijas de la Discordia, nacidas en la era del mito cuando vivíamos tan cerca del Olimpo.

—¿C-cercanos a los dioses? —preguntó Rigel, que a pesar de todo seguía con su fuego ardiendo al máximo, ya se había puesto de pie otra vez a pesar del continuo ataque de Phonos y las mariposas de Emony.

—Ja, ja, los humanos son tan estúpidos y débiles. —La Hamadríade alzó la voz y gesticuló con las manos con actitud teatral—. Conflictos, batallas, dudas, no hacen más que cometer un error tras otro, son criaturas despreciables que deberían ofrecerse como postre para nuestra Madre.

El viento comenzó a soplar con fuerza, la hierba alrededor de Milo se tensó, y el Cosmos de Rigel tomó una actitud ofensiva.

—Pfff, ja, ja, ja —se burló Milo, por lo bajo, aunque muy evidentemente.

—¿De qué te ríes, criatura inmunda?

—Ja, ja, ja, nada, nada… es que ahora entiendo, vaya, te importa poco o nada si es Eris a quien sirves o no, me parece hilarante, ja, ja, lo siento… ja, ja, ja.

—¿Qué carajos dices? —La pregunta la formuló Ate, pero las Hamadríades restantes quedaron con los ojos como platos ante tal comentario, y el viento dejó de soplar súbitamente.

—Solo buscas conseguir las metas con las que fuiste programada, como un pobre robot sin consciencia, nada más te preocupa, ni siquiera quien te creó. —Milo agitó una muñeca y la hiedra se deshizo en polvo como si la hubieran quemado—. Ustedes son aberraciones de la naturaleza que los dioses tuvieron pereza de eliminar; me causa mucha risa que luzcan como humanos si dicen que los desprecian, y eso se debe probablemente a que quieren ser como nosotros, pero su propia naturaleza se los impide.

—Ya veo… s-sí… ¿quieres que te elimine ya? —amenazó Ate, con temblor en las manos y las piernas, algo inusual hasta ese instante.

—¿Eliminar…me? Ja, ja, ja, ¿es en serio? —Milo hizo hervir su Cosmos, no parecía disminuido para nada por la hiedra. Rigel también se preparó, sabía lo que se avecinaba, así que con un grito desplegó su Cosmos mientras su maestro atraía toda la atención—. ¿¡Piensas que alguien tan patética como tú podría eliminar a un Santo de Oro como yo!?

—Cretino insolente, ¡haré que el Templo se cubra de tu sangre!

Milo se libró de un solo movimiento. Aunque no lo admitiera, estaba usando todo el poder de su Séptimo Sentido de una vez, era una adversaria temible que ya había vuelto a conjurar sus cepas afiladas, cientos de ellas, así que en un parpadeo de tiempo, Escorpio tuvo que librarse de las hiedras, apuntar a sus objetivos y disparar la misma cantidad de Agujas Escarlata, sin que ninguna lo evadiera o podía resultar perjudicial y hasta fatal.

—¡Mier.da! —Phonos fue el primero en darse cuenta de que su hermana iba a tener problemas; que se odiaran no era impedimento para que se cuidaran la espalda mutuamente ante un enemigo en común. Así que atacó con sus garras, similares a patas de araña.

—¡No te muevas! —El Cosmos de Orión hacía eco con el de su maestro de una manera casi poética, se complementaban mutuamente y se elevaban con igual son. Sus llamas ardían tanto como el corazón del escorpión.

Ambos chocaron sus golpes, y al retroceder, el Hamadríade del Asesinato comprendió que Rigel había llegado hacía mucho rato al nivel que los humanos son capaces de alcanzar cuando creen en sus juramentos y se esfuerzan más allá de las posibilidades. Pero… tampoco sentía la presión característica de aquella misteriosa fuerza humana…

Neikos asumió rápidamente, mientras se contorsionaba ágilmente para evadir los múltiples embates despedidos por la lid, que Rigel había alcanzado su máximo potencial humano sin hacerlo estallar, estaba al nivel de los Santos de Oro sin estarlo al mismo tiempo, como una bomba construida tras muchísimas investigaciones y un sinfín de esfuerzos y tiempo gastado, pero que no consigue explotar… Mientras era guiado por la venganza, se limitaba sin ser consciente de ello. A pesar de la potencia de su Cosmos y la fuerza de sus golpes, todavía le faltaba una chispa que lo haría ser consciente de todo lo que lo rodeaba y de su propio ser, un caso bastante inusual en la historia del Santuario, probablemente, y Neikos lo sabía.

Neikos sabía demasiado sobre el género humano, lo había estudiado durante milenios enteros mientras se alimentaba del odio de la gente contra su propia clase. Tanto conocimiento había obtenido que sabía qué liberar a continuación, antes de que fuera tarde y el Escorpión y el Cazador fueran su perdición, tal como le ocurrió a Algos del Dolor, tiempo atrás.

—Es imposible, me está superando —musió la Ruina, estupefacta. Las cepas desaparecían, y los aguijonazos rojos penetraban su Hoja y piel—. ¿Por qué?

—¡Ateeee! —chilló Emony, que al fin saltó junto a Disnomia y Manía, libres de la momentánea Restricción.

—Te lo explicaré: los seres humanos pueden ser tan poderosos como deseen cuando tienen algo que proteger. Tú no deseas proteger a Eris, sino que te obligan a ello… ¡por eso somos superiores!

—Grrrr… —gruñó la sensual Dríade, que había comenzado a protegerse al tiempo que las raíces se terminaban de destruir. Había transcurrido poco más de un segundo desde el primer impacto. Rigel de Orión conjuró un inmenso muro ígneo para retrasar a las otras Dríades al menos medio segundo más, y aprovechó aquella velocidad supersónica que había adquirido inesperadamente para atacar a Manía, el eslabón más débil, que parecía herida por algún combate anterior mientras utilizaba el disfraz del propio Rigel. Le propinó una patada a su clon que probablemente le quebró la quijada.

—Rendición o muerte, esas son las opciones que otorgo a las víctimas de las Agujas Escarlata, pero la encarnación del mal no tiene ese derecho, ¡así que solo resta la muerte para ti!

—¡Maldito seas!

—El ataque definitivo, ¡la Antares!

El relámpago carmesí cruzó el campo de batalla atravesando una infinidad de diversos árboles que se pusieron en su camino para limitarlo y detenerlo, mientras la Ruina encarnada desafiaba la gravedad para alejarse del blanco. En ese momento el fuego de Rigel se dispersó, y tanto Disnomia como Emony quedaron al descubierto.

—¡No te creas tanto, bicho!

—Fu, fu, fu, te felicito por el esfuerzo, pero no puedes vencernos.

Y Milo era consciente de ello, no podría vencerlas a todas a la vez si ya le era bastante costoso superar solo a una… pero eso no significaba que no pudiera luchar a pleno. De hecho era el Santo idóneo para el trabajo, pues las Dríades no eran seres humanos, y merecían sufrir el dolor inimaginable que acarreaba la técnica principal del Escorpión.

Apuntando también a Phonos que retrocedía hacia Rigel, disparó tres Agujas sumamente cargadas de energía a los centros de sus pechos, solo una bastaría para causarles un gran sufrimiento, al menos durante las fracciones de segundo necesarias para que su discípulo completara su tarea.

"Proteger a Atenea, y a través de ella, la paz y seguridad de la humanidad. Solo eso importa”, le había hecho recitar cientos de veces. Ya era hora de que fuera consecuente con su palabra.

—¡Ahora, Rigel! —ordenó con todas sus fuerzas. Orión había brincado tras la férrea patada a Manía, y ya se mantenía en el aire con su brazo derecho envuelto en todo el fuego que era capaz de generar, justo sobre la copa del árbol.

—¡No te atrevas! —amenazó Phonos, pero el repentino golpe en su pecho impidió que, durante ese preciso instante, pudiera hacer algo para evitarlo. Milo no lo admitiría, pero el poder en bruto no era totalmente determinante de una batalla.

—Fu, fu, ¡no puede destruir el árbol aun! —se burló Disnomia, saltando de una manera formidable para interceptarlo, y disparando al instante.

Claro, los tres corazones seguían intactos, pero destruir el árbol no era ya el objetivo de Orión. Con su mano de Plata empuñada supo que solo tenía un segundo más antes de que el efecto de los ataque de Milo se acabaran.

—El árbol es indestructible, y por lo mismo, no es lo que busco que se haga pedazos. —El Santo de Orión condujo su Devastación Fatua a través de cada átomo de su cuerpo, y con el voraz ataque del Cazador bestial, el fuego desencadenó tal luz que pudo cegar de un lado a otro de la isla.

El templo entero rugió y se bamboleó cuando la Devastación plateada irrumpió en el ejército de Eris. La esfera de luz se despegó de una de las cepas…

 

02:40 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel tres del Templo de Eris.

El universo lo había traicionado, sin ninguna duda. Por mucho rato, Orphée de Lira estuvo seguro de que sobreviviría a su pelea con Hismina de Pugna, no tanto por sus fuerzas, sino porque debía regresar con Alexandra, lo que más adoraba en el mundo. El amor, decían, era la fuerza más poderosa del universo, pero después de tocar su Nocturno gracias a una estrategia algo rebuscada, mientras su cuerpo se hacía pedazos, y no obtener los resultados esperados de acabar con su enemiga, le quedó muy claro que había sido abandonado por la misma lógica del cosmos, del infinito, de la naturaleza misma. ¿Cómo era posible que no viera a su Eurídice nuevamente?

Hismina, algo dañada por su técnica sorpresiva, lo tenía tomado del cuello, y con la otra mano se preparaba para arrancarle la cabeza de un solo ataque. Todo se acabaría para el Santo de Lira, no podría tocar más para ella, en cualquier segundo se hallaría en el inframundo gobernado por el Rey Hades, abandonado para siempre en una esquina tortuosa, sin volver a verla. ¿Cómo era posible?

«Sí, entiendo», se dijo al fin, cuando el puño se acercaba a toda prisa, aunque lo veía en cámara lenta. Orphée sonrió ante su estupidez, la que causaría su muerte. El mundo no funcionaba así, por más que alguien desee algo, el azar y el principio de acción y reacción dominaban el sistema del cosmos, no la convicción ni la fe. Él moriría en menos de un segundo, su cerebro se apagaría, sus ojos no contemplarían la belleza de Alexandra y sus labios no tocarían los suyos de nuevo. No, aún peor, sus puños no volverían a defender a los inocentes, su música no podría tranquilizar a los corazones despechados tras una guerra.

¡Esa era su misión! ¿Cómo pudo haberlo olvidado? La armadura maltratada que vestía le confería un deber marcado a fuego, una obligación sagrada, un poder inimaginable, una espada contra la injusticia y un escudo para los inocentes, como Eurídice y los niños que había ayudado con la venta de sus joyas, tiempo atrás… sin embargo, también le dotaba de un destino tortuoso, con la muerte siempre cerca, la proximidad del fin que haría llorar a sus seres queridos. Así funcionaba el mundo en el campo de batalla.

Solo quedaba fracción de segundo para que la mano gigantesca de Hismina topara con su mentón; en el instante en que lo tocara su vida se acabaría, cesaría de existir en el mundo humano, se convertiría en un fantasma caminando por la colina de los muertos hasta una meta de tinieblas. Esa era la vida de todos los Santos, sufrir y morir en el campo de batalla. Lo había olvidado, así que se permitió una sonrisa de aceptación antes de abandonar la condición de mortal. Había dado todo de sí, y no había sido suficiente, pero luchó hasta el final, y murió tanto amando como siendo amado, luciendo su ceremonial Manto de Plata.

«Adiós, mi Eurídice. Adiós, hermanos de Plata. Adiós, Atenea».

Orphée no sabía por qué había dicho eso en su mente, ni tampoco cómo era capaz de pensar en tantas cosas al borde de la muerte. ¿Tanto se había acelerado su cerebro que la muerte todavía no llegaba, aunque su cuerpo estaba al tanto del calor en el puño de Hismina?

¿O acaso era otra cosa? ¿Cosmos, la fuente de poder explotada por los seres humanos bendecidos, conocidos como Santos? Fuera cual fuese el caso, usando esa gran velocidad en sus últimos momentos le hizo sentir como un Santo de Oro…

 

—¡Ah! —soltó Hismina, perdiendo momentáneamente la velocidad; la ruta de su brazo se desvió levemente hacia arriba, en dirección a su frente, y su peso se cargó a su pierna derecha. Por una fracción de segundo, un breve suspiro de tiempo, Orphée se dio cuenta de que Hismina no era invencible, se había quedado paralizada por un lapso mínimo, podía sufrir igual que todos los demás mortales… Sí, eso era: mortal. Los Santos eran mortales, podían caer en cualquier momento de la batalla y hacer llorar a sus seres queridos…

Pero eso no tenía por qué ocurrir todavía. Lo importante era no rendirse en ninguna circunstancia, luchar hasta las fuerzas finales, hasta que le quedara un poco de vida. Si su corazón latía aún podía pelear.

El bramido de guerra de Orphée fue desgarrador, desde el fondo de su alma surgió una melodía de batalla que Hismina no podría oír, mas sí sentir. El Santo de Lira arriesgó todo, reuniendo su aura en su puño izquierdo, justo tras soltar el arpa que lo había acompañado durante el enfrentamiento. Con todo, quebró los huesos o lo que fuese que tuviera la Hamadríade en el brazo izquierdo, lo que le permitió caer para esquivar el puñetazo.

Al tocar el suelo, sintió como sus rodillas temblaron, su cuerpo le suplicaba a gritos que se detuviera, pero su alma, su conexión con el Cosmos, le impulsaba con bríos y chispas blancas en su mano sana. Sabía que una Hismina enfurecida estaba a punto de quebrarle la espalda con un puñetazo desde arriba, pero si iban a la misma velocidad, y parecía ser el caso, entonces Orphée llegaría primero a su pierna zurda. Esa pierna a la que, aparentemente, Marin le había producido más daño del que ella pensaba, y lo aprovechó utilizando todas sus fuerzas a pesar de ocuparlas en el golpe anterior; un doble ataque que terminó por romperle un par de huesos más, pero que requirió para hacer caer a Hismina aullando de dolor al perder la pierna, que cayó en el fango gracias a que el Águila “aflojó los tornillos” con una sencilla patada que, por supuesto, dañó gravemente todo el cuerpo de la Dríade. ¡Era también una Santo de Plata, claro!

—¡Ahhhh, maldito seas, Santo! ¡Maldito seaaaas! —rugió la mujer, en mucho mejores condiciones que su oponente a pesar de sus extremidades mutiladas y rotas, pero tan enfurecida que no parecía interesarle más que destruirlo. Aunque no podía caminar, brincó con un intensa y llameante aura roja a su alrededor, y Orphée la vio descender a muy poca velocidad, indicio de que había alcanzado aquella cualidad de los Santos que sobrepasaba a las demás, que le permitía ser consciente de todo a su alrededor. Aprovechándose de ello, solo le quedaba una oportunidad.

—¡Escucha el Réquiem de la Lira! —exclamó con vigor, al tiempo que con su brazo izquierdo enterraba el arpa de lado en el piso, y comenzaba de inmediato a tocar la última de sus melodías.

Un réquiem era una misa interpretada en honor a los muertos, un ruego para la salvación de las almas y una ceremonia para recordarlas. En el caso de la técnica de Orphée, era una tonada apresurada y ascendente, melancólica pero atrevida. Las cuerdas, así como con la Museta, salieron disparadas fuera de sus secciones en la caja y se enroscaron alrededor de Hismina como si la ataran con cadenas de diamante.

La Hamadríade cayó derribada a un costado, no muy lejos del Santo de Lira, que tampoco podía ponerse de pie, pero sí rasguear las cuerdas con el brazo sano. Hismina intentó liberarse con su impresionante fuerza bruta, pero habiendo perdido ambas extremidades de la izquierda se le hizo inútil en los primeros intentos por la evidente incomodidad natural.

—Maldita sea, ¡suéltame, maldición! —Intentó quemar los hilos con su aura, pero también le resultaba imposible. Las cuerdas comenzaron a dejar marcas en su piel, y pronto la sangre empezó a manar—. ¡Ahhhh, demonios, te mataré!

—Las cuerdas de Lyra no solo atan, sino que también presionan, y su fuerza depende del ardor de mi Cosmos, la velocidad de mi mano y la cercanía del rival… Mi melodía final dispone de todo mi Cosmos, pero no me arrepentiré. —Orphée debió cerrar los ojos ante el espectáculo que brindaba la rápida desmembración de la Dríade, que aun así no dejaba de gritar. No solo era el agotamiento acumulado, sino que además odiaba esa técnica, era primera vez que interpretaba el Réquiem en una batalla en serio, por lo monstruoso que resultaba, lo sangriento, lo sádico, lo cruento que era contemplar como las últimas notas de esa singular tonada que jamás debía modificarse en lo más mínimo, terminaban por degollar a la víctima y acabar con su vida. El Séptimo Sentido y el sacrificio de Marin le habían brindado esa oportunidad única, pero también le sacrificaron ante la sanguinaria guerra de los que dominaban el Cosmos.

—¡Asesino! Todos ustedes son unos malditos asesinos que acabaron con mi Kydoimos, con Algos, con Ponos… ¡maldito asesino!

La Dríade de la Pugna estuvo maldiciéndolo y culpándolo de la muerte de sus compañeros hasta el último aliento, y hasta durante unos instantes se burló de su pronta muerte, de la victoria de Eris, así que sufrió su merecimiento. Orphée, en tanto, quedaría totalmente vulnerable después de ejecutar esa técnica, y si fallaba sería su fin… no podría volver a verla.

«Quizás no pueda, de todos modos», se dijo, cuando los gritos cesaron para siempre y la sangre verde empezó a esparcirse por el piso sombrío. Probablemente no vería otra vez a su Eurídice, la mujer que le daba significado a su vida. Si a ella le ocurría algo no podría vivir, hasta se enfrentaría a la mismísima Muerte para recuperarla, o compartiría la eternidad con ella en el otro mundo. Pero si él moría… ¿qué haría ella en esas condiciones? ¿Lo mismo, quizás?

Fuera cual fuese el caso, debía aguantar el tiempo suficiente hasta que hallara el corazón de ese nivel. Y también debía hallar a Rigel y evitar que hiciera una gran estupidez. Ninguna de esas cosas parecía muy factible en ese momento, el cansancio y el monstruoso dolor acumulado evitaba hasta que levantara los párpados. Pero ya no podía dar más de sí. Ni siquiera tenía ánimo.

Era como si, sin Hismina de la Pugna existiendo en el mundo, se le hubieran acabado las ganas de combatir. ¿Pero y las ansias de volver con la princesa que le había sonreído? Ya era hora de comprenderlo, a veces la gente fallaba. Incluso los Santos podían morir en batalla. El universo era muy cruel.


Editado por -Felipe-, 02 abril 2017 - 16:08 .

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    Bang

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Publicado 18 abril 2017 - 20:16

Rayos, me olvidé de publicar. Lo siento bastante. El capítulo 24, para compensar, estará este fin de semana.

Queda MUY poco para el final, y el inicio de HADES.

 

 

CAPÍTULO 23

 

LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

 

02:00 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel dos del Templo de Eris.

—Maldita asesina —escupió la Hamadríade Limos del Hambre, erguida ante la Santo de Plata Mayura de Pavo, que apenas podía respirar de la apetencia que le carcomía los sentidos. Le dolía como mil diablos, respirar y moverse eran tortura, le recordaba el vacío de su estómago que se propagaba al resto de su cuerpo como el más horrendo hueco, un cansancio tan extremo que le impedía cualquier acción o reacción, con la sola excepción de pensar, que se preocupaba de su pesar.

Intentó decir cualquier cosa, pero sus labios no se dignaban a abrirse. Hasta gemir o quejarse parecía un suplicio. Cuando luchó con Fames un rato atrás, Mayura se convenció a sí misma de que había sufrido hambre toda su vida, lo que permitió su victoria… pero no podía esta vez: jamás en su vida había sufrido tal hambre.

—¿Vas a levantarte o te pateo hasta la muerte? —Como si no hubiera dicho nada, Limos le propinó una patada en las costillas que le hicieron chillar. Sus piernas parecían de hierro, eran gruesas, fibrosas, y aun así tan veloces que sus movimientos serían invisibles para el ojo humano normal—. Mataron a Etón y Fames, ¿verdad? Es tan ridículo que hayas podido con ellos y con Kydoimos y Adikia a la vez.

Limos era regordeta, enorme y con una armadura reveladora. Sus labios eran de esmeralda, encorvados en un gesto furioso, y su cabello rizado se elevaba junto a un despliegue amenazador de Cosmos, que proyectó a través de su brazo. Tomó a la Santo de Plata del cabello y la elevó como si fuera un juguete.

—M-maldita sea… —logró farfullar Mayura, de pura impotencia. Tenía tanta hambre que su mente estaba ocupada por pensamientos cada vez más azarosos, un caos desquiciado de emociones y deseos.

—Sufrir como ellos será tu condena. —A pesar de su envergadura, su salto fue como el despegue de un cohete, y al encontrarse con Mayura, arriba, le propinó un puñetazo en la cara que le hizo perder el conocimiento por unos instantes, hasta que reaccionó con una patada en la cintura mientras ya giraba para estrellarse—. Tu primera condena, más bien.

Un puñetazo en la frente le arrebataba la consciencia, una patada en la cadera se la devolvía, y así sucesivamente mientras descendían a una velocidad que parecía hacerse cada vez más lenta. Mayura solo sufría y su universo era caos sin sentido, no tenía tiempo para pensar ni para quejarse. Hubiera resuelto si Limos era tan superior a ella o era cosa de las peleas anteriores, si tuviera un mísero segundo para recuperar el aire. ¡Era demasiado!

Aunque también era cierto que se trataba de una Hamadríade, como Ponos de la Tristeza, que le dio una paliza a Daidalos, quien tuvo que sacrificar todo para vencerlo; o Hismina de la Pugna, que fue vencida a costa del máximo sufrimiento de Orphée. Y Algos del Dolor… Algos del Dolor había muerto antes que los demás, y Limos sabía eso. Por eso su molestia, no entendía cómo había sucedido algo así.

—Tu pena final será la muerte, igual que con todos los demás —le susurró al oído a Mayura cuando tocaron el suelo. Limos le tomó de los tobillos con una mano y del cuello con la otra—. Aunque no todavía.

El grito de la Santo de Pavo pudo oírse en todo el santuario de Eris, un grito lleno de agonía, desesperación, frustración y un profundo dolor en el alma aunque la rodilla de la Dríade fue a dar a su espalda, quebrándole la columna en dos piezas. Y para peor, el hambre no se detenía, sino que empeoraba, y Mayura no podía dar más de sí, no quería seguir viviendo, imploraba a los dioses en silencio que el sufrimiento se detuviera.

Limos utilizaba el estilo de combate duro, violento y directo de su hermana fallecida Hismina, y se debía en gran parte a su confusión, a las dudas de su corazón, a las memorias de viejas pláticas y filosofías. Su hermano Algos había muerto, pero nadie aparte de Neikos lo supo… el mismo Neikos era peligroso, un misterio, y para colmo los Santos se dedicaban a matar Dríades como si tuvieran el derecho, como si fueran criaturas superiores. ¡Pero si existían desde el principio, cuando los dioses del Olimpo aún no maduraban!

Madre siempre les había dicho que eran inmortales, que ser Hamadríade era lo más cercano a su propia divinidad, y que al ocultarse no solo se alimentaban de la torre gigantesca de emociones humanas que emitían esos gusanos constantemente, sino que también evitaban destruir la Tierra con sus pasos, para así seguir comiendo emociones y deseos negativos. Entonces, ¿cómo habían podido ser derrotados tras solo unas cuantas horas desde que decidieron mostrarse? Y más aún, ¿por qué su Madre no estaba con ellos, acompañándolos en esos momentos duros? No podían oponerse, bajo ninguna circunstancia, a la voluntad de la Discordia, pero Neikos… parecía ser la excepción, lucía como alguien que conocía la verdad. La real, la verdad original, no la que sus mentes les llevaban regularmente a asumir.

O quizás solo habían sido débiles. La tortura que sufría la Santo de Plata con la espalda arqueada sobre su rodilla levantada parecía prueba de que las Dríades sí eran seres muy superiores, aunque tres de ellos hubieran tenido mala suerte, o quizás dejaron de creer en Madre. Limos del Hambre se habría convencido de ello de no ser porque la mujer de la espalda triturada que había arrojado al suelo como basura, contra todo pronóstico, y a pesar de los gritos que seguía emitiendo, intentó ponerse de pie. Vomitaba sangre, no sabía si agarrarse el estómago o la espalda por el dolor, las lágrimas empezaban a resbalar por sus mejillas, pero no se dio por vencido. En ese instante, a Limos le pareció ver a sus hermanos: a Ponos estallar tras una treta de Cefeo, a Hismina ser trozada por Lira… Comenzó a entender que quizás los seres humanos no eran una especie tan simple, después de todo, porque estaba segura de haber roto la espalda de esa mujer…

Y la mujer tropezó y cayó nuevamente, sin dejar de gritar y gimotear, con las dos manos eligiendo presionar su estómago como si eso detuviera la nauseabunda e insoportable sensación que alimentaba a la Dríade.

—Ja, ja, no, es demasiado. No puedes más. —Limos se arrepintió pronto de sus palabras.

—Ah… ah… ahh… ¡ah! —El último grito de Mayura no fue agónico como los anteriores, sino que pareció animarla. Sudando, llorando, temblando, la Santo de Plata se aferró de algunas cepas en el suelo, algo altas, y con la sola ayuda y fuerza de sus brazos se propulsó hacia arriba ignorando que sus piernas apenas reaccionaban. No tenía ningún sentido, su sufrimiento debía ser máximo, se estaba alimentando de ello en ese mismo momento, pero se resistía sacando energías de algo más allá de la comprensión de la dríade.

—¿Q-qué? ¿Qué rayos son ustedes los humanos? —inquirió esta, entre algo aterrorizada y sorprendida.

Y es que Mayura solo necesitó un segundo para ordenar sus pensamientos. En verdad jamás había sentido tanto dolor, era como no tener huesos ni músculos ni órganos internos, se sentía completamente vacía; con la garganta tan seca que se mostraba desesperada por saciar su sed con su propia saliva, que tampoco era capaz de percibir. Pero si bien era mayor al hambre que sufrió de niña, había de todo tipo, y ella los había vivido en carne propia en su época de esclava. Tantos horrores que le habían hecho pasar… No se habían detenido, pero el sufrimiento era parte de la vida del ser humano.

Su maestro decía que sin sufrimiento no había crecimiento, ni paz ni alegría, y sin felicidad no había sufrimiento. Mayura no era feliz, tal vez nunca lo había sido, pero la vida no se trataba de un solo sentimiento: no se podía ser ni feliz, ni triste ni amargado, eran solo etapas que pasaban, y que debían transitarse para continuar el camino trazado por el nacimiento y la existencia. El deber de Mayura era combatir en el campo de batalla, proteger a la gente y seguir viviendo en nombre de los que ya habían partido.

Cuando las enredaderas creadas por Limos se arremolinaron a su alrededor, la Santo de Plata recordó a Yuan, a Georg, a Marin… No iba a dejar que la muerte de sus hermanos fuera en vano, olvidada en la Rueda por solo un dolor de estómago banal. Su sufrimiento debía hacerla más fuerte.

 

02:31 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel superior del Templo de Eris.

—¡No puede ser! —exclamó Disnomia, indignada. Su ataque fue consumido por una explosión tan vibrante que la expulsó hacia atrás, igual que a sus hermanos.

—¡Hay mucho humooo! —chilló Emony, como una niña caprichosa.

—Es imposible que ese humano haya causado una explosión de este calibre —meditó Phonos, tratando con todas sus fuerzas de ver a través de la humareda y la luz azul que se había dispersado.

—Imposible, el árbol de Madre debería ser indestructible. —Ate saltó hacia lo alto del templo, y se encontró con la sorpresa de que las copas más elevadas, más allá de la cortina gris, seguían en su lugar—. Esto es… ¿qué fue lo que estalló?

—¡La rama!, ¡la ramaaaa! —alertó Manía, enterrada bajo algunos escombros muy cerca del tronco—. ¡¡¡Las humanas!!!

El sol resplandeció entre la fumarada, un Santo de Oro se erguía orgulloso en la parte baja con una niña en sus brazos, rodeado de un peculiar Cosmos iracundo, enfurecido como la flama más ardiente.

—¡Maestro! —Al descender por entre las ramas, Rigel se percató con temor que Milo de Escorpio solo capturó a una de las niñas tras la explosión de la esfera de luz, lo que no tenía sentido alguno, pues era un guerrero que se movía cual luz y las pequeñas no pudieron haberse separado tanto entre sí. Al acercarse, el Santo de Orión comprobó que se trataba de Shoko, pelirroja y vestida con un elegante, pero ya muy rasgado, vestido rosa, cubriéndose los ojos para no saber qué le rodeaba. Su felicidad hubiera sido inmensa si ambas hubieran estado allí, pero sin las dos era casi como no tener nada—. ¡Maestro, ¿dónde está Kyoko?! —Había jurado protegerlas, se lo prometió a su madre antes de morir, daría la vida por ellas… Así que, ¿por qué había solo una?

—Ese cretino… es tan o más veloz que yo —murmuró Milo, chirriando los dientes con desprecio e ira contenida. Rigel sabía que Milo no escatimaría esfuerzos al saltar para atraparlas, especialmente en un campo de combate como ese… así que, ¿quién pudo ser? El Escorpión tenía los ojos en el cielo.

—Ni ustedes ni yo sabemos cuál de estas niñas es el avatar de la Discordia, ¿no es cierto? —preguntó Neikos, de pie sobre una de las ramas más altas del árbol, rodeado por doradas y resplandecientes manzanas, con una niña jadeante, enferma y temblorosa sujeta, colgando de un brazo. Su Cosmos ardía mucho más que antes, su mirada desprovista de ojos le hacía lucir amenazador como nadie.

—¡Neikos! —vociferó Ate sin saber qué pensar. Por un lado estaba feliz, ya que la explosión de ira de ambos Santos fue la que fortaleció a su hermano algunos instantes, proporcionándole tal velocidad. Pero… era Neikos. Y Neikos podía matar a Madre si era necesario para probar un punto, ignorando las reglas con que estaban programados desde su creación.

—Nuestro hermano prefirió convencerse a sí mismo de que no es Madre —explicó Phonos, acercándose a ella, como si hubiera leído sus pensamientos. Su aura y sus ojos ardían con un fulgor rojo de menosprecio y agrura—. Eres un miserable, ¡eres un maldito miserable, Neikos!

—¿Qué hizo qué? ¡NEIKOS! —rugió Ate, cada vez más escandalizada.

—Parece que estamos en un punto muerto —dijo el Hamadríade del Odio con una sonrisa leve que le sacó a Milo un chasquido.

—No tenemos por qué, así que si no quieres sufrir, vas a… —Milo se detuvo a medio camino de su amenaza, y un escalofrío le recorrió la espalda. Ese Cosmos lleno de ira… ¿pertenecía al discípulo junto a él? Miró de reojo para comprobar el estado de Orión.

¡La llamarada más ardiente que había visto! El fuego alrededor de Rigel tornó a colores blancos, la máxima temperatura posible… ¿Se había visto algo así antes? Y es que… ¿por qué? Esa furia, ese nivel cósmico que su discípulo había alcanzado, ¿todo por una familia que había conocido hacía solo unas horas? Era cierto que su deber era protegerlos, como a cualquiera que lo requiriera, pero Rigel lo había vuelto algo personal sin necesidad. ¿Era que Neikos del Odio provocaba esos sentimientos en su alumno para alimentarse de ellos?

No era eso, comprendió al instante. Podían decir mucho sobre los Santos del Santuario, pero no eran superhéroes de caricaturas o revistas, sino que guerreros, soldados, asesinos. La excepción era, por supuesto, el que pasaba sus tardes libres en largas persecuciones a ladrones de bancos, rescatando gente en terribles incendios, desarmando bandas criminales y bajando gatitos de los árboles. Rigel era lo que más se acercaba al epítome del héroe, y como tal, se preocupaba de la gente común, era el Santo que sufría como las personas. Si a alguien no había podido ayudar después de una promesa, si no había evitado la muerte de una persona inocente, entonces su Cosmos ardería de manera distinta a los demás guerreros del Santuario.

—Deja ir a Kyoko. Ahora.

—Como dije, estamos en un punto muerto, lo que quiere decir que no puedo entregarte a esta criatura hasta que negociemos —explicó Neikos con total calma—. Mis hermanos no van a moverse porque temen que la mate y sea Madre; yo estoy en las mismas circunstancias si es que estoy amenazándola, sin consciencia; ustedes dos temen por las vidas de ambas. Solo nos queda sentarnos a dialogar.

—¡Que me entregues a Kyoko!

—Si te mueves la mataré, y si no acierto, todos sufriremos. Perderemos más gente que queremos —dijo el Hamadríade, dando a entender que sí le afectaba. ¿Era un buen acto o la pura franqueza?

Pero eso también significaba muchos problemas, y Milo lo comprendió un segundo después:

—¡Detente, Rigel!

—Tal vez necesitaremos otras personas para negociar.

—¡Miserable maldito! —El Santo de Orión dio un brinco ante los ojos de su maestro, que estiró lo más que pudo un brazo para atraparlo, sin éxito.

¿Se había movido a tan veloz que un Santo de Oro no pudo alcanzarlo?

—¡Rigel! —Milo concentró su Cosmos en una uña mientras cubría a Shoko con su capa dorada. Ese demonio no consentiría a un intercambio de reglas así de fácil, y dos Cosmos acababan de aparecer desde el Templo, Rigel seguramente aun no los percibía. ¡Tenía el peor de los presentimientos!

El Santo de Orión, confiando plenamente en su velocidad, conjuró la técnica propia de su armadura, el Cazador de Bestias (Thirios Kynigós), un rayo destructivo tras una ola de luz, impulsado por su infinito odio hacia el dríade, que de seguro le partiría el cráneo como la maza del mítico gigante…

Cuando llegó a su punto más alto, Rigel se petrificó al pensar en dos cosas: la primera, “infinito odio” no tenía sentido… ¿por qué estaba tan furioso si conocía hacía tan poco a esas niñas? Claro que las protegería, pero había un profundo lazo entre ellas y él que no conseguía explicar y ahora dominaba sobre sus emociones; lo segundo era que dos sombras surgieron desde el edificio tras de ellos, arropados con armaduras de Plata, o imitaciones completamente oscuras, negras y verduscas como hojas de invierno durante la medianoche.

Ate chilló, Emony soltó un bufido, Disnomia rio por lo bajo, Phonos chocó los dientes y Manía se destornilló de la carcajada. Neikos del Odio emitió la sombra de una leve sonrisa. Milo detuvo su ataque con fuerza de voluntad y una increíble determinación. Había dos Santos frente a Rigel, frenándolo con sus manos llenas de electricidad. Muy bien los conocía, pero eso no explicaba nada.

¿Qué hacían Georg y Yuan allí?

 

02:09 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel dos del Templo de Eris.

—¿Por qué te levantaste?

—Porque sigo viva.

—Quebré tu espalda.

—Pero no mi espíritu.

—En unos segundos ni siquiera sabrás que tienes uno.

Mayura tenía enredaderas alrededor del cuerpo que la atenazaban como una víbora constrictora, que brotaban desde el piso y clavaban en ella sus espinas. Era la única forma de que pudiera mantener la verticalidad, y cuando el hambre regresó, su mente empezó a desvanecerse.

Cuando Shaka le enseñó a meditar, le aconsejó muchas veces que se enfocara en un solo pensamiento y no lo dejara ir antes de dejarse llevar por el flujo de la gran armonía universal, o algo así que él decía… no es que fuera una fan del yoga.

Pero en este caso era necesario, así que mientras Limos le propinaba algunos durísimos puñetazos en el estómago, la Santo de Plata concentró su mente en una imagen fija, una escena que no existía: ella acompañada de todos sus hermanos, los vivos y los muertos, las únicas personas que le brindaron la calidez que su corazón requería, incluso si fue por mucho tiempo; todos le sonreían y apoyaban sus manos sobre su espalda. El sufrimiento era parte de la vida, y la vida llevaba a la felicidad. A diferencia de su maestro, que bogaba por el cambio constante en que no importaba la emoción, Mayura creía en la felicidad como la meta, incluso si la gente transitaba entre todos los sentimientos, esa era el fin real… Sin embargo, para obtenerla había que dar todo de sí.

Las espinas de los lazos liberaban una horrible toxina que incrementaba sus ansias de beber o comer cualquier cosa, incluso esa enredadera le pareció apetitosa por unos segundos, sentía sus huesos crujir, y con cada golpe destinado a la tortura de la Hamadríade, su armadura caía más a cuajos. Sentía la desesperada necesidad de tomarse el estómago para compensar, de alguna manera irracional, el tormento que la acechaba, pero sus brazos habían perdido fuerza, y sus piernas no se moverían en mucho tiempo, tal vez jamás lo volverían a hacer. A ratos había deseado que Limos terminara con su vida, que acabara con su pesar, ya nada importaba… pero con eso no alcanzaría la felicidad.

—Uh, apostaría que no sentiste como rompí los dedos de tus manos, ¿no es así? Patético. —Limos tenía el rostro manchado de sangre humana, poco importaba de quien fuera, solo quería destruir a esa persona. Y el momento había llegado al fin para cortar su vida—. Te cortaré el cuello, ¿lo sabes? Me gustaría que lo vieras… De hecho, me preguntaba si eras capaz o no de ver. ¿Eres ciega de nacimiento?

Mayura de Pavo jamás había sido ciega. Su maestro cerraba los ojos para así concentrar su Cosmos, y ella había imitado esa técnica de meditación, aunque para evitar la tentación, prefirió llevar una venda en el rostro. Ya habían pasado muchos años… tal vez los suficientes. ¡Ese era justamente el momento, pero no para morir!

—D-destella… vamos, ¡destella! —consiguió gritar, y su aura índigo empezó a relucir. Era el todo o nada, no le importaba morir, pero con ese esfuerzo sufriría como nunca en toda su vida; el hambre, la sed, la aflicción, la frustración, la columna quebrada, la sangre que la cubría de pies a cabeza, todo sería peor.

—Oh, ¿tan feos son? No seas tímida, te prometo que tu muerte será rápida, a diferencia de lo anterior. —Y Limos cometió un error que, de seguir viva, se hubiera arrepentido durante el resto de su existencia. Porque el Cosmos era una fuerza que nacía en el universo, y este no tomaba bandos, podía crear, transformarse y destruir a la vez, por distintos propósitos.

Además, podía almacenarse con un juramento de corazón, como el prometer no ver, pasara lo que pasase. El universo, entonces, prestaba una parte de su esencia al portador del juramento y le permitía guardarlo para liberarlo con fuerza. La vista de los seres humanos es su más importante sentido, privarse voluntariamente de ella es prueba de determinación y coraje llevado con orgullo, y el universo así lo acepta.

“La luz está adelante, aunque no se vea”, repetía Shaka de Virgo una y otra vez; cuando Limos, imprudentemente, retiró la venda manchada de escarlata de la pálida cara de Mayura, ésta pudo comprobar que la luz sí estaba adelante, así como a los lados, detrás, debajo y arriba, alrededor y en su interior. Ese era el Cosmos, una réplica de la fuerza primordial que dio origen a la existencia.

—¿Qué? N-no… no puedo… m-moverme…

—No, no puedes.

 

Mayura lo veía todo con claridad, así como oír el lamento en la atemorizada voz de la Hamadríade. El cielo era negro en ese sitio, la tierra era gris, las cepas tan verdes como la armadura de la enorme Limos, paralizada momentáneamente por la expulsión de Cosmos, lo que Shaka llamaba Danza de la Rueda Divina, aunque para la Santo de Plata no era una cosa de privar sentidos y mostrarse como una divinidad absoluta que exige pleitesía para obtener la salvación; se trataba solo de la fase inicial que imitaba la partícula original, un mantra que no tardó en pronunciar con toda la fuerza de su corazón:

Om.

Y como había alcanzado el máximo Cosmos hacía un buen tiempo, podía ya canalizarlo de la mejor forma con ese estallido energético que contuvo a Limos cual cálido e irracional temor. Pronto, aparte de contemplar de nuevo, después de mucho tiempo, las maravillas de la naturaleza, Mayura se dio cuenta que estaba en descenso, pues las cepas se habían deshecho con el Om, y que apenas tocara el piso, cual torre de cartas se derrumbaría, ya que el dolor la dejaría inconsciente o incluso la mataría. Solo tenía ese único instante, esa fracción de segundo en que la gravedad hacía su primordial tarea.

—Maldición… —murmuró Limos, o así reconstruyó Mayura la palabra de la que solo alcanzó a pronunciarse la primera letra.

—¡Desaparece! —Usando la Danza del Aleteo Brillante en su forma perfecta, la Santo de Atenea se despidió momentáneamente de su pesar. La Rueda había girado por última vez y su vida la abandonaba, pero en su mente resonaba el resquicio de la imagen que había deseado guardar para aquel brevísimo instante, cuando su Cosmos estalló como una supernova que todo de luz inundó. No solo era su energía la que había almacenado, sino también su pasión, sus deseos, su memoria, su sufrimiento y su perfecta felicidad.


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#527 T-800

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Publicado 19 abril 2017 - 16:13

lo bueno.

 

el pasado shakista de Mayura le ayudo en su batalla

 

 

lo malo.

 

 

Milo siendo dorado lo trolean



#528 carloslibra82

carloslibra82

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Publicado 22 abril 2017 - 13:54

Amigo Felipe, otra vez me perdí un tiempo. Lo siento. Comentaré en general, para no hacerlo tan largo

1. Marín me sigue sorprendiendo. La has envuelto de un misterio increíble. Es claro que no murió con Hismina, pero me pregunto q le pasó. Supongo q alguna vez lo revelarás

2. Daidalos estuvo soberbio. Es todo un estratega. Me encantó su batalla con Ponos. Me alegro que hayan comenzado a caer las Hamadríades

3. Pobre Orphee, como quedó. Pero al menos venció a Hismina. Una pregunta: es en tu fic tan fuerte o más q los dorados?? Me parece q no, al menos por ahora, sólo ha comenzado a despertar el séptimo sentido. Además, tengo entendido q las hamadríades (al menos la mayoría) no son tan fuertes como los dorados, aunq casi.

4. Me encantó la entrada de Milo, y como pudo superar, al menos con todo su esfuerzo, a la líder y más fuerte Hamadríade, Ate. Al menos, aparentemente la más fuerte. Neikos parece ser el jugador oculto. Otra pregunta: ¿las emociones mostradas por los humanos alimentan y fortalecen a las dríades? Eso hace variar su poder? Ya q Neikos superó en velocidad a Milo. Me quedó la duda. Tal vez lo dijiste y lo olvidé, si es así, perdón

5. Al parecer, se nos va Mayura. Pero al menos, llevándose otra Hamadríade. Bien por ella, fue una gran personaje (si es q murió)

6. Q pasó con Aioria?? Quién es ese tipo q lo sometió? Espero se aclare ese misterio. Tampoco entendí q pasó en los encuentros de Aldebarán y Shaka con Manía y Disnomia. Algo me pareció ver de clones, pero no lo recuerdo. Ahora están las 6 restantes juntas contra Rigel y Milo.

Bueno, eso sería. Genial el fic, espero con ansias el final de este arco, y también el inicio de Hades. Saludos!!



#529 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 23 abril 2017 - 23:35

Y yo que había prometido el capítulo para el fin de semana.. Bien, me pasé por una hora.

 

el pasado shakista de Mayura le ayudo en su batalla

Milo siendo dorado lo trolean

Síp. Aunque Mayura no se consideraría shakista xD

 

La verdad no entiendo por qué dices que trolearon a Milo, pero se agradece el review.

 

Saludos, T! :D

 

 

 

Amigo Felipe, otra vez me perdí un tiempo. Lo siento. Comentaré en general, para no hacerlo tan largo

Carlos, amigo! Un gusto tener tus comentarios. Vamos por parte.

1. Obviamente no murió, ya que aparece después (antes, tú me entiendes). Y sí, revelaré más adelante algunos detalles, pero no mucho.

2. Tampoco me gustan las Hamadríades, así que te apoyo. Me encantó darle ese papel a Daidalos.

3. Sí, recién está despertando el Séptimo Sentido así que (todavía) no llega a nivel dorado completo. Como bien dices, las Hamadríades en general tampoco llegan a ese nivel, pero hay jerarquías entre ellas. Algunas pueden dar mucho problema, como Ate.

4. Neikos es todo un tema, pero sí, por ahora es Ate la más poderosa, tal vez junto a Phonos. Aciertas al decir que se alimentan de emociones; por eso Neikos se hizo repentinamente más fuerte y veloz, por el Odio que desprendió Rigel.

5. No diré nada jaja

6. El misterio sobre el tipo con Aiolia... lamentablemente tardará mucho en revelarse, aunque si lees Saintia Sho podrías tener alguna pista. Aldebarán derrotó a Manía, pero esta escapó antes de que fuera fatal; en tanto, Shaka solo destruyó un clon de Disnomia, lo cual es una escena sacada tal cual del manga. Por eso están ahora con Ate y los otros.

 

Gracias por el review, se agradece como siempre, compa :D

 

 

CAPÍTULO 24

 

LA UNIÓN DEL ORO

 

15:38 p.m. del 11 de Junio de 2010. Templo Corazón, Grecia.

—¡Camus! —alertó Shura de Capricornio mientras saltaba con gran agilidad para esquivar los cientos de rayos de parecían salir con naturalidad de la diosa en el cuerpo de Hanako, como si solo por estar allí, junto a la estatua de Atenea, pudiera afectar al universo. El Santo entrenado en España y Japón era un soldado discreto y obediente que, pasara lo que pasase, cumplía con su deber al pie de la letra. En este caso, proteger a la diosa Atenea que se hallaba en el Ateneo.

—Tch —chistó el gélido Santo de Acuario alzando las manos hacia el sol que les sonreía como si se burlase. Entonces, el calor que irradiaba se esfumó como si lo esfumara una fuerte y fría brisa, digna del hombre de quien se decía que carecía de emociones, y una pared de níveo hielo se erigió para cubrirlos de la lluvia de luces verdes que asaltaban. Luego asentó las palmas en el suelo, que se trataba en ese caso del techo del Templo Corazón, y continuó creando y reforzando capas y capas de hielo para protegerse y a sus compañeros.

Se hallaban en la cima del templo que regía el Pontífice, y desde allí podían observar a la mujer que flotaba en el Ateneo, junto a la falda de piedra de la estatua gigante, rodeada por un aura azul verdoso. Desde el nacimiento de la encarnación actual de la diosa se había prohibido a todos, con excepción del Sumo Sacerdote y algunas doncellas, el verla, incluyendo a los doce Santos de Oro; así que sin la orden que se los permitiera, solo podían quedarse en esa área y atacar a larga distancia, mas la lluvia de ráfagas de energía se los impedía.

—Por todos los dioses, DeathMask, ¿qué fue lo que ocurrió aquí? —regañó Aphrodite de Piscis, el elegante Santo que guardaba el último templo del Zodiaco, amenazándolo con una rosa negra en la mano—. ¿Dónde está el Sumo Sacerdote? No se te ocurra ocultarme nada, o esta rosa me lo dirá.

—Vaya que parloteas cuando estás preocupadito, pescado, ¿pero no debiste incluir a nuestra diosa en ese sermón? —se defendió el Santo de Cáncer, sobándose las heridas ya provocadas, mientras una sonrisa adornaba sus afilados y huesudos rasgos faciales.

—Mugroso.

—¿Dónde están? —preguntó Aldebarán, el amable gigante que acababa de llegar, un poco más seriamente, saliendo momentáneamente del escudo de Camus para disparar su Gran Cuerno sin demasiado éxito—. ¡Rayos!

Tranquillo tutto, el viejo debe estar con nuestra venerable diosa ahora, para que nosotros, los hombres más poderosos del mundo, podamos destruir el mal tal como nos enseñaron los cadáveres que tenemos de maestros.

—Eres grotesco —reprendió Aphrodite, alzando su Cosmos para luchar—. Además, no todos están muertos.

—Ah, verdad, ¿cómo está doña vaquita, Alde?

—¡Silencio, todos! —amonestó Shura, harto de tanta sandez. Llenó su brazo derecho con un Cosmos justiciero  y afilado, y saltó sobre el muro construido por Camus—. No se queden ahí, ¡tenemos una misión!

Y con esa arenga, Excálibur se disparó como una guadaña de energía, los que podían ver el Cosmos lo veían como una hoja de luz verde tan amplia como un gran edificio entre nubes grises, que a velocidad luz pasaba desapercibida para la gente de cada día.

El amo del hielo, en silencio, deshizo su escudo y generó una potente neblina para ocultar a los Santos, que se dispersaron a una rapidez que el ojo humano sería incapaz de notar más que como un breve chispazo entre nubarrones.

—Ridículos humanos, ¿qué pueden hacer? No son más que diversión de la divinidad —vociferó Eris a través de los labios azules, fríos de Hanako, mientras de sus manos duras surgían descargas masivas sin destinos específicos. Podían oírla en sus mentes como si estuvieran a dos metros de ella—. La vida de los dioses es una línea interminable que puede generar el fin para cualquiera en los territorios sin Icor, pero la de los humanos es un círculo de perdición, sufrimiento y estupidez que pasa el Hades y repite el ciclo de almas y tonterías una y otra vez. Son solo nuestros juguetes, ¡y a mí me encanta romperlos!

—Solo una niñata engreída, eso es lo que veo. —Aphrodite esquivó la lluvia de luz con una gracia espléndida, con saltos, recortes y fintas que parecían una danza mientras se rodeaba de rosas negras que arrojaba con descaro a la diosa.

—Ingmar Lindgren, es típico de ti, eres un arrogante y un orgulloso; por eso el Sumo Pontífice prefirió encargar a Aiolia el liderazgo del contraataque contra los Titanes. Te tiene en muy mala estima.

El Santo de Piscis trastabilló al oír pronunciado su verdadero nombre tras tanto tiempo. Las Rosas Piraña, como si hubieran topado contra una pared invisible, se devolvieron con mucha más velocidad, y el Santo tuvo que saltar a los escalones para evitarlo, dejando el espacio a DeathMask, que corría detrás de él.

—Si calcino ese cuerpo, no habrá nada que puedas ocupar, bruja.

—Puedes intentarlo, Santino Di Sciero, como lo intentaste antes. Pero nada borrará que por más que juegues con fuego, el destino tiene marcado que el perro de tu alma que guardaste en la entrada del infierno sea mejor que tú.

—¡Cállate!

En menos de lo que tardó en levantar el brazo cargado con llamas azules, el Santo de Cáncer fue estampado contra un pilar y su hombrera se agrietó. La diosa tenía un brazo alzado, sobre su palma generaba una esfera como un sol humeante.

—Todo lo que toco se congela. —El Santo de Acuario no era tan ágil como sus compañeros, pero tenía mejores medios para defenderse. Con los brazos sobre la cabeza y los dedos entrelazados, preparaba su mejor técnica, la Ejecución Aurora, la que manejaba de mejor manera las temperaturas bajas.

—¡No, espera, Camus! —intervino Aldebarán.

—Nadie te ha escuchado nunca… ¿Branko era tu nombre? Nadie se acuerda. No lo harán ahora tampoco, ladrón.

«Ladrón». ¿Acaso sabía todo?

Aldebarán intentó ignorarla, pero así mismo Camus lo desdeñaba a él, como hacía con todo el mundo. ¿Cómo podían compartir rango pero ayudarse y confiar tan poco entre sí? El ataque de Acuario, con tanta energía reunida, probablemente se devolvería y los congelaría a todos, potenciado por la diosa. ¿No que eso tendía a pasar cuando se intentaba agredir a un dios?

—Todo aquel que ataque a un dios, morirá por su propia mano —anunció Eris, como si le hubiera leído la mente y se burlara de ellos. Expertos guerreros se decía que eran, pero ahora se hallaban bailando en la mano de aquella que conjuraba la discordia entre corazones humanos.

La tormenta de hielo disparada por Acuario cruzó y arrasó con los rayos de luz que surgían de Hanako, pero se detuvo a dos metros de su nariz y comenzó a mezclarse con la lluvia de energía verde que cayó sobre ellos con mucha más fuerza que antes. Como una muerte anunciada, el hielo de Camus con una temperatura de -273º C se dirigió a ellos convertido en vendaval. La temperatura bajó, el sol dejó de calentar y el cielo se llenó de nubes que nublaron la vista y formaron sombras azules mezcladas con el intenso viento congelado.

—Qué tontos son los humanos. Se creen fríos, serenos e imponentes, como si tuvieran siempre el control y estuvieran despegados de sentimientos, pero son sus emociones descontroladas y hormonales las que relucen en el campo de batalla, en el momento en que todo parece salir mal. Si no tuvieran que proteger a otros, no les supondría una carga pelear, estaría completamente enfocados.

La voz de Eris golpeó el corazón de Camus con fuerza, y sintió vergüenza de sí mismo por dejarse llevar así por el calor del combate. ¿Por estar protegiendo a los monigotes saltarines esos que decían ser sus compañeros, no pudo concentrarse en un ataque decente?

 

Las rosas de Aphrodite se congelaron por culpa de un viento intensificado por el aire frío de Eris; Aldebarán dudó en si ayudar a sus compañeros o valerse por sí mismo; DeathMask vio sus piernas atrapadas por un hielo que no podía quemar; Camus bajó los brazos con desgano y una mirada de repugnancia.

En tanto, Shura de Capricornio había preparado una gigantesca hoja de luz para cortar todo el Ateneo de ser preciso, hasta que la ventisca congelada lo arrasó y tuvo que enfocarse en aguantar con el Cosmos a llama viva para aguantar y seguir luchando hasta cumplir su misión. ¿Pero cómo lo haría después? Solo se sacarían de encima a la diosa momentáneamente, no podía decapitarla… y por el hecho de estar tan lejos de su objetivo, muy probablemente podía fallar.

La otra opción era cortar el hielo para salvar a sus compañeros, aunque quizá el hielo restante se dispersaría a la periferia del Santuario, o a la misma Atenea… de la que no sabía nada, por cierto. ¿Dónde rayos la tenía el Pontífice?, se preguntó en ese momento Shura.

—No puedes hacer nada. Nada. Nada —repitió la otra diosa, la pérfida que se metía en los corazones humanos. Ella seguramente sabía todo de Shura, desde su verdadero nombre hasta sus motivaciones, lo que confirmó un momento después, mientras el hielo congelaba hasta el aire, convirtiéndolo en pequeños cristales que caían sobre sus compañeros—. Asesinaste a tu compañero hace años, a tu maestro mucho antes… y ahora dejarás morir a tus compañeros. ¿Eres un soldado, o acaso un asesino, Alfo…?

—¡Silencio! —Shura brincó lo más alto que pudo y se mantuvo un momento sobre el frío viento. Procedió a blindar la espada que hacía años había retirado de la piedra, con todas sus fuerzas, y disparó una ráfaga verdusca que, de seguro, podría destruir el Ateneo y hacer que la dimensión extraña que habitaba allí se deformara y se llevara a Eris a cualquier lugar.

—¡Qué falta de respeto! Y si Atenea estuviera allí, serías igual que…

Shura intentó acallar la voz de la diosa, pero otro estruendo más intenso hizo mejor el trabajo. El hielo destrozado estalló y se convirtió en una oleada congelada, un ruido ensordecedor como golpes de tambores, como si el cielo cayera, irrumpió con sus sentidos; ninguno de los Santos de Oro pudo controlarla, pero consiguieron esquivar la mayor parte del ataque saltando a tierra firme, facilitando que el Templo Corazón se cubriera por una gruesa capa de hielo que parecía llorar lágrimas blancas como diamantes.

 

02:31 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel superior del Templo de Eris.

¿Qué hacían Georg de Cruz del Sur y Yuan de Escudo en un lugar así? Rigel de Orión se hizo esa pregunta montones de veces mientras la gravedad lo atraía de vuelta hacia el suelo, cerca de Milo y la inconsciente Shoko.

—¿Pero qué es esto? —musitó el Escorpión, entre estupefacto e irritado—. ¿Qué clase de broma es esta?

—Georg… Yuan… ¿No que ustedes…? —Rigel no sabía si emocionarse o no. Nesra de Pez Austral no era un mentiroso ni un idiota; si había informado de la muerte de esos dos Santos de Plata, entonces no había por qué dudar. Hasta parecía lógico, viendo los enemigos que habían tenido en frente.

—No es una broma —murmuró Neikos del Odio con voz chirriante y una tétrica sonrisa en la calavera. Sus hermanos y hermanas, los otros Dríades, se reían o disfrutaban ante su infortunio—. Estos dos fueron Santos de Atenea alguna vez, sin embargo ahora son Fantasmas, soldados de nuestra Madre. Imagino que notan, por sus Cosmos, que sus vidas son diferentes, pero no dejan de ser “vidas”.

Tal como habían lucido en vida, Georg y Yuan estaban de pie entre los dos bandos, observando fijamente los posibles movimientos enemigos. Vestían Mantos casi idénticos a los que habían llevado como Santos, pero el gamanio estaba teñido de tonos verdes y azules muy oscuros, y no parecían liberar la sensación de vida que se vinculaba al Polvo de Estrellas.

—¡Georg! —le dijo a quien lo había ayudado a adaptarse al grupo de Plata lo mejor que pudo—. ¿Me oyes? ¿De verdad eres tú?

—No tienes para qué preguntar; sabes que soy yo, Rigel —confirmó con voz calma uno de los Santos más experimentados—. No hay ilusiones ni engaños aquí, lo siento mucho.

—Q-qué… ¿pero por qué? ¿Cómo se les ocurre traicionarnos así? —Eso sí que Rigel no lo comprendía. Asumía que era menos sociable que sus compañeros, y que no siempre cumplía con los protocolos, pero Rigel sabía que nunca traicionaría a su familia.

—No es algo que esté en nuestro control, Rigel. —Yuan, aquel que alegraba las mañanas de todos en los centros de entrenamiento con su aire ameno y su gran carisma, se aferró un brazo con el otro y apoyó el rostro con gesto aburrido en una mano—. No funciona así, ¿sabes? En realidad no tenemos nada contra ustedes. Es solo un cambio.

—Bien, estoy harto. —Milo se adelantó y su capa dorada ondeó dejando una estela resplandeciente—. Tú, al que le faltan los ojos, explícame qué demonios está pasando antes de que te haga chillar como un cerdo.

—Entiendo que solo por respeto a tu discípulo no has actuado, ¿no es así? —Al no obtener respuesta, Neikos continuó—. He realizado muchos experimentos desde que Algos del Dolor abandonó este mundo, y finalmente uno funcionó bien con los humanos. Dime, Rigel de Orión, ¿qué hace humana a una persona?

—¿Qué cosa? —El Santo de Plata se quedó paralizado en seguida, pero Milo no tenía mucha paciencia y avanzó a grandes zancadas; Phonos y Ate se adelantaron también y lo interceptaron.

—Apártense de mi camino.

—En el momento en que nos ataques, nuestro hermano hará algo que nadie quiere —explicó la Ruina—. Será mejor escucharlo.

—¿Hablar de humanos, ustedes? ¡Qué tontería!

—No, así es, así funciona —reflexionó Neikos como si estuviera hablando consigo mismo—. Para algunos es la memoria lo que hace a una persona, para otros es el alma, para otros la consciencia, para otros el cuerpo; una parte, o el todo. Pero, después de asesinarlos, planté y cultivé Semillas de este árbol en sus cuerpos sin alma. Sus memorias están intactas, así como su consciencia y pensamientos, pero sus almas pertenecen a la Madre a la que son fieles, sin importar cuánta determinación y fuerza de voluntad posean; como dirían ustedes, no están programados para ello. Los humanos siguen siendo perros de los dioses.

 

Ate y Phonos chillaron cuando un par de Agujas Escarlata se clavó directo en sus piernas, haciéndoles tropezar. Tras dejar a la niña junto a una columna, Milo se adelantó y saltó hacia su presa, pero una barrera magnética lo detuvo en pleno vuelo, el Arco Gravitacional. Luego, el Destello Ardiente de Georg brilló como el primer rayo de sol, y Milo fue estampado contra el piso, más sorprendido que nunca, con marcas de quemaduras en cruz en su peto. ¡Esos ya no eran Santos de Plata!

—Georg, Yuan, ¡por favor! No quiero hacerles daño. —Sendas flamas azules resplandecieron en las palmas del Santo de Orión. Como respuesta, sus oponentes prepararon su combinación de ataque y defensa, con el Arco Gravitacional haciendo de bloqueo para el Fuego Fatuo de Rigel, y un relámpago azul que le cayó después, el Destello Espiritual.

Las mariposas azules de Emony, las redes de Phonos y los fuegos falsos de Manía lograron contenerlo, mientras Ate generaba raíces para atarlo. Milo volvió a tomar a Shoko en brazos, y enfocó su vista en Kyoko, que seguía respirando agitada con la piel azul, por el veneno. ¿Era ella o Shoko? ¿Acaso debía sacrificar a una para poder pelear cómodamente?

Al captar una mirada furtiva de Rigel desistió casi de inmediato. Su discípulo era un verdadero héroe, no solamente un Santo, nunca consentiría en eso y jamás podría perdonarse ni ser perdonado por él. Sin embargo, esa mirada le decía todavía más, le imploraba que confiara.

—Devuélvanme a Kyoko.

—Primero dinos qué sabes sobre estas niñas —ordenó Phonos, liberando las telarañas desde sus dedos.

—¿Dónde está Madre? —intervino también Ate.

—Está muy cerca, Ate, demasiado cerca —susurró Neikos para sus adentros. Si alguien sabía lo que ocurría en Grecia era él, porque lo había organizado de esa manera. El verdadero deseo de Eris se había confiado a uno de sus hijos.

—¡Georg, Yuan! ¡Apártense, por favor!

—Sabes que no podemos hacerlo, Rigel. No en estas condiciones. —Yuan se cubrió con la Capa Perfecta, y observó detenidamente los movimientos de Orión. Su mirada estaba llena de compasión, pero su determinación estaba intacta.

—No luches sin necesidad. No ganarías —aseguró Cruz del Sur, levantando el brazo para proteger a Neikos y a la niña.

—Confío en que será así, porque aunque no sean ustedes totalmente, siento sus Cosmos, y confío en ellos. Confío en que Kyoko y Shoko volverán con su padre pronto. Confío en que puedo hacer lo que sea para cumplir mi misión. —Pero había algo más; ¿cuántos se habían sacrificado para que estuviera allí? Habían puesto su fe en su determinación, en sus ansias de combate. Su juramento había sido muy claro, no le fallaría nunca más como hizo con Hanako—. Y también confío en ellos. ¡Con mi vida! ¡¡¡Maestro!!!

El Cosmos de Milo, en ese instante, estalló como una supernova, y el tiempo pareció detenerse para ellos. Para ambos. El Escorpión supo que al tranquilizarse al fin, Orión había accedido a la etapa que había pisado por encima como cristal, y el último Cosmos despertó conectándose con la fuerza que ya había explotado antes. ¡El Séptimo Sentido, la forma máxima de un Santo de Atenea!

Durante el breve instante de distracción, Rigel se liberó de sus oponentes que se vieron demasiado sorprendidos por el brusco despliegue de Cosmos; los Dríades retrocedieron, fijaron sus ojos en Neikos y así perdieron de vista al Santo de Plata; éste conjuró siete Fuegos Fatuos que flotaron y danzaron en círculos a su alrededor, que representaban a las siete estrellas principales de su constelación: Betelgeuse, Rigel, Bellatrix, Mintaka, Alnilam, Alnitak y Saiph; Neikos apuntó su mano afilada, sin dos dedos, al cuello de Kyoko, pero dudó cuando vio a Rigel elevado sobre el aire. Todo esto duró un solo segundo en el cual el Santo de Plata arriesgó todo por fe en sus compañeros, en sus amigos, ¡en sus hermanos!

¡Bestia Fatua Celestial! (Fatuus Fera Cælos).

 

15:56 p.m. del 11 de Junio de 2010. Templo Corazón, Grecia.

Aldebarán fue el primero en levantarse. La impresionante armadura de Oro lo había protegido bastante bien de ser congelado hasta la muerte. Luego siguieron Shura, Camus, DeathMask y Aphrodite, todos extenuados como después de guerras de mil días, y solo habían estado unos minutos allí. ¿Así de fuertes eran los dioses de verdad que podían someter a los Santos de Oro?

¿O acaso era otra cosa? Eris usaba un cuerpo humano, por lo que su poder era limitado, debía ser posible enfrentarla entre cinco Santos de Oro. Eso significaba que la culpa era de ellos. Habían peleado como un grupo de desconocidos, y eso era justo lo que eran.

—¿Q-qué es lo que quieres? —se le ocurrió preguntar a Aldebarán, tratando de ganar algo de tiempo para que alguien pensara en un plan.

—¿Lo que yo quiero, Branko? —inquirió Eris con una sonrisa sardónica—. Cucarachas como ustedes serían incapaces de comprender mis deseos, están más allá de sus pequeñas mentes.

—La diosa de la Discordia nos lanza rayitos de colores mientras genera caos en nuestras pútridas almas, je, je, ahí, desde su posición estática en la estatua desde donde nada hace —se burló el Cangrejo de Oro.

—No puedo creerlo, pero estoy de acuerdo con el italiano —irrumpió Piscis tomando dos rosas negras en cada mano—. Generar discordia entre nosotros está bien, pero no veo qué tanto está afectado al mundo. Para aparecer por primera vez desde hace tantos siglos o milenios, no me parece sorprendente. Qué poco diosa es.

—¿¡Qué es lo que quieres?! —bramó el Toro al fin.

Eris, en el cuerpo de Hanako, había perdido toda expresión facial, no lucía ni furiosa ni vengativa, ni siquiera parecía burlarse de ellos. Repentinamente se había quedado callada, aunque su abundante Cosmos no había dejado de manar y crecer. De pronto, todavía en silencio, elevó la mirada hacia el cielo cubierto de frondosas nubes cada vez más oscuras. ¿Qué podía haber allí?

—Quiere regresar —dijo Shura, sorprendiéndose de sus propias palabras.

—Está estancada aquí en la Tierra —secundó Aldebarán—. Eso significa que fue expulsada…

—La pobrecita fue lanzada por Zeus, entonces —sentenció Aphrodite con una sonrisa de lado a lado del rostro.

—Así que creen saber lo que sucede conmigo, insignificantes cucarachas creadas por los dioses; creen entender lo que ocurre en el corazón de una divinidad. —Eris bajó la mirada y la enfocó en los hombres que quería destruir, los que habían visto a través de ella—. No tendría por qué justificarme con ustedes, pero estoy en la Tierra por mi propia voluntad, sembrando el caos en las vidas de los humanos.

—Pero… ¿por qué ahora? —preguntó Shura, ignorando totalmente a Eris—. ¿Por qué decide, después de tantos siglos, regresar ahora al Olimpo? ¿Qué percibió en esta era, en específico?

—Sea lo que sea, ahora se entiende por qué está allí. Busca a Atenea, que está con el Sumo Sacerdote, y nosotros somos sus obstáculos. —Aldebarán pareció más motivado, de pronto. Daría todo de sí para luchar, sin embargo, para ello requeriría de sus compañeros, a los que dedicó una mirada significativa.

—Ja, ja, ja, Atenea, sí, sí —rio DeathMask por lo bajo—. Ahora juntamos las manitos y cantamos Kumbayá?

—No.

La voz provino de donde estaba Capricornio, pero no había sido él quien había hablado. El remanente de relámpago dorado que había estado cerca de Shura un segundo atrás, fue medianamente percibido por los Santos de Oro. Notaron una estela de luz extenderse, justo después, hasta la estatua de Atenea, y a la velocidad de la luz pudieron captar un hombre envuelto en una cápsula resplandeciente. Para que les costara percibirlo, solo podía ser el chico que podía cargarse con electricidad para estimular su sistema nervioso y enviar los impulsos con mayor velocidad desde su cerebro al resto del cuerpo: Resplandor Relámpago (Lightning Flash). A cambio de un sacrificio energético, podía moverse más veloz que los demás por unos instantes.

—¡Aiolia! —gritó Aldebarán. La mandíbula le cayó hasta el piso cuando vio al Santo de Leo con el puño en alto, a medio metro de la diosa.

Ésta alzó la mano, y el puño cargado de rayos del León se detuvo muy cerca de su nariz, pero Aiolia, envuelto en brillo dorado, siguió impulsándose, generando constantemente el Rayo Relámpago a la vez que el Resplandor.

—Aiolia Stavros, ¿eh? El hermano del Traidor de Sagitario. No te sentí llegar, lo admito —dijo la diosa con una sonrisa tranquila, si bien corría una gota de sudor desde su cabello rojo.

—Sí, me salió bien. Tenemos mucho que hablar.

El cielo se cubrió de nubes que dejaron caer rayos por doquier, así como las sombras envolvieron el semblante de Shura, disciplinado, enfadado y bastante más que agotado.

—¡Leo! ¿Cómo se te ocurre ir ahí sin las órdenes del Pontífice, demonios? —Pero a pesar de sus palabras, Shura blandió la Excálibur una vez más.

—Je, je, je, el minino llegó a mostrar los dientes. —DeathMask alzó un dedo y una fila de almas arcaicas y azules se puso a danzar a su alrededor.

—Es un felino petulante y maleducado. —Aphrodite concentró su Cosmos en las manos, y las estampó contra el piso.

—Qué irrespetuoso. —Camus, medio segundo después, imitó el gesto de su compañero, y las columnas comenzaron a cristalizarse tanto como el Templo.

Fue en ese momento, cuando vio que los Santos de Oro se preparaban para luchar sin dudar, que Aldebarán entendió que habían hecho tiempo solo por Leo, y se pasmó al comprobar que él mismo lo estaba esperando, pues era el único Santo con permiso para saltarse las reglas protocolares en el Santuario… Nadie allí le había otorgado ese beneficio, y había sido sancionado montones de veces por sus hábitos, pero si seguía en el cargo y Sion se lo permitía en cierta manera, era porque de vez en cuando necesitaban un sujeto que no pensara en las consecuencias de nada.

—Tienes mucho que decirme de un tal Aesón, Discordia.

—¿Qué piensas hacer, Aiolia Stavros? ¿Limpiar el nombre de tu hermano el Traidor con esta actitud? —preguntó Eris con la lengua de Hanako, una mujer que nadie sabía si estaba viva o no—. ¿Buscarte un título propio? ¿Tener confianza, tras tanto tiempo, en tus compañeros?

—No confío en ellos así como tampoco ellos en mí. Pero no hay tiempo que perder, y sinceramente estoy algo cabreado, así que tampoco me importa.

 

El Campo de Zarzal de Piscis germinó y creció enredándose alrededor de una torre de hielo que se erigió hasta congelar los pies de Hanako, permitiendo que las cepas la ataran y tuviera que contener a Aiolia solo con el poder de su mente.

—¿Es una broma, Ingmar Lindgren? ¿No sabes que soy capaz de controlar a todas las plantas del mundo? —La sonrisa burlesca de Eris se incrementó todavía más—. ¿Ves por qué el Pontífice no te respeta tanto?

—Me respeta más que los dioses a ti, en todo caso.

—No podrás con todo junto. Lamentarás haberme tocado las narices —dijo DeathMask, obviando también las órdenes del Sumo Sacerdote, acercando las almas de —según él— plantas y animales, a la divinidad para que estallaran a su orden, con las Ondas Enterradoras de Almas.

Aldebarán y Shura atacaron a la vez, desde lejos, cuidando de que sus golpes esquivaran a Aiolia. Las almas estallaron y Aiolia consiguió avanzar, entregándose un último impulso eléctrico. Camus y Aphrodite pusieron todo de su parte durante una fracción de segundo.

—Vaya que es molesto ese Séptimo Sentido de ustedes los Santos —congratuló Eris, antes de ser consumida por el humo que resultó de la mezcla de poderes. Fue en ese momento cuando encontró lo que buscaba, y no estaba en el Santuario.


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#530 Presstor

Presstor

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Publicado 26 abril 2017 - 06:32

hola!! felipe que tal todo,bueno todo masticandose para el final pobre mayura si que le dieron duro

entonces terminara como la vemos en saintia sho...bueno me hubiese gustado verla con una personalidad mas alegre

y guasona,las caballeros femeninos se parecen demasiado entre si!!! mejora eso para mas adelante jaja

 

y por cierto de verdad tengo ganas de volver a ver a seiya y compañia,y mas los momentos de relax donde se pueden

realmente mostrar como personajes y esas relaciones entre ellos

tengo mis propias pajaras mentales sobre eso,pero particularmente esta y eso es similar a las saga del santuario

los sentimientos de los caballeros de plata y bronce,ante esos 5 bronceados que desafiaron a un dios y viven para contarlo

 

nada un saludo y en espera de mas capitulos un saludo



#531 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 21 mayo 2017 - 01:00

Por enésima vez me disculpo por la tardanza al publicar, me avergüenzo de ello.. si bien no fue por flojera, el capítulo ya lo tenía hace tiempo, igual que el siguiente, pero simplemente lo olvidé.

 

Presstor, amigo mío, tomaré tu consejo y mejoraré en lo posible a los Santos femeninos. Ciertamente las que tengo, Marin, Mayura, June, Gliese e Higía tienen cierto parecido, siendo serias y algo frías; aunque Shaina es muy diferente, así como Yuli, son las excepciones con las que me defenderé por ahora.

También espero escribir pronto sobre Seiya y los otros, vuelvo a disculparme por ello; a estas alturas ya debería estar empezando Hades... intentaré de verdad ser lo más responsable posible.

Muchas gracias por comentar, compa. Saludos.

 

 

 

 

CAPÍTULO 25

 

EL CAOS DEL CIELO

 

02:40 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel uno del Templo de Eris.

—Vamos, vamos, vamos… ¡No me fallen ahora, piernas! No ahora que ese chico al fin aprendió a pisar el freno… ¡vamos!

Daidalos de Cefeo se arrastró hasta el altar de raíces donde descansaba y brillaba el resplandor de la gema que protegía toda esa isla, un corazón azul que era capaz de canalizar las impurezas de la Tierra y llevarla a las dríades. Quebró las cepas que lo cubrían y se dejó hipnotizar por el impresionante Cosmos que presionaba su rostro, una lluvia de luz que lo aplastaba. Con la única mano que tenía más o menos sana se palpó el cinturón, y descubrió que el diario de Nicole de Altar seguía ahí, un poco dañado, bastante sucio, pero con sus hojas y terroríficas letras intactas.

«Ellos deben saberlo… el Santuario debe saberlo, mis hermanos… no voy a rendirme aquí», se juró el robusto Santo de Plata, cerrando los párpados con fuerza mientras su Cosmos se elevaba. Solo ellos sabrían la verdad, los que le daban energía para seguir combatiendo, había todavía mucho que hacer. Usaría la Piedra de Salomón con todo lo que le restaba, se apoyaría en la fuerza de sus compañeros para ello.

—¡Eso es, crece, maldición, Cosmos!

 

02:40 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel dos del Templo de Eris.

—Así que Rigel… bien, te deshiciste de tus dudas. Yo tampoco me rendiré. Nada ni nadie quebrará mi espíritu, ni ahora ni nunca. ¡Vamos!

Mayura de Pavo, aún con la espalda quebrada y las piernas inmóviles, usó sus brazos para acercarse a unas ruinas destrozadas desde donde surgía un resplandor rojo. Tantos años sin ver hacían que luciera como un segundo sol, igual de molesto a los ojos, y especialmente odioso por la intensa energía. Con el Exorcismo Destellante podría destruirlo, aunque ella también sufriría daños.

«Pero qué más da, he sufrido toda mi vida. Es parte de ella, y en todos». Lo importante, en todo caso, era superar ese sufrimiento y seguir viviendo. Dar todo de sí para alcanzar la felicidad. Rigel también tendría esa opción, así como las niñas que salvarían, ellas lo merecían más que nadie. Kyoko y Shoko se llamaban… podrían tener una infancia muy distinta a la suya, y no escatimaría esfuerzos en entregárselas como el regalo más preciado.

—¡Destella, Cosmos!

 

02:40 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel tres del Templo de Eris.

—Puedo escuchar la melodía de su corazón, de su pasión por cumplir con su misión… Rigel. Yo tampoco me quedaré así como así tirado en el suelo como un idiota, tengo una razón para sobrevivir también. Te ayudaré un poco. ¡Vamos!

Orphée de Lira entendió que aunque el universo, a veces, fuera injusto y no le diera favores, no podía quedarse de brazos cruzados; ya debía haberlo entendido. Se dio ánimos y rasgueó con su mano disponible las cuerdas del arpa que yacía en el piso: las cuerdas se comportaron como sabuesos y hallaron a su objetivo no muy lejos, una suerte de prisión de ramas que desprendía un brillo verde. Si el mundo estaba en su contra, entonces debía oponerse al mundo y buscar otra solución.

«Alexandra, espérame. Sigo vivo, así que ayúdame a seguir existiendo, siendo lo que elegí ser. Mientras mi amor viva, seguiré cumpliendo con mi deber». Siempre le pareció que aquello que inició el universo fue la música, un solo sonido, y que con los años aquel sonido se había replicado una y otra vez en todos los seres vivos de la Tierra con diferentes tonalidades, intensidades, ritmos, incluso silencios, pero que de alguna manera los hacía iguales, un grito de esperanza o un llanto a la vida. A veces, los sonidos se imitaban y entonaban al son con cada latido de corazón, una armonía que llamarían celestial, pero era más humana que cualquier otra cosa, representada por los lazos entre los seres vivos.

—Resuena, mi Cosmos…

 

02:40 a.m. del 11 de Junio de 2010. Nivel superior del Templo de Eris.

¡Bestia Fatua Celestial!

Betelgeuse, Rigel, Bellatrix, Mintaka, Alnilam, Alnitak y Saiph resplandecieron en el firmamento cuando el Santo de Orión disparó el más potente de sus cañonazos, uno que hizo retumbar todo el Templo, desde el aire y sobre el robusto y malnacido árbol de Eris. Debía creer que usar tanto Cosmos así valdría la pena, habría pensado en ello de no ser porque su fe, en ese momento, estaba al máximo. Estaba seguro de que sus amigos, sus hermanos de Plata, sentirían que ese momento había llegado, el de resolver la situación a la fuerza con ayuda de sus lazos.

Al mismo tiempo, y aunque no lo sintió (pero sí lo supo), los tres Corazones estallaron a la vez con sendas explosiones que realmente resquebrajaron los niveles hasta que comenzaron a despedazarse. El árbol, a la vez, sufrió primero una notoria deformación por la presión y el calor del fuego de Orión, hasta que tras una cortina de humo casi irrespirable, se trituró en trozos de diversas formas y tamaños, todos igualmente calcinados, y las hojas cayeron como lentas y verdes gotas de lluvia antes de tornarse negras y deshacerse.

 

Yuan y Georg mantuvieron poco tiempo su sonrisa… no podían conservar sus verdaderos sentimientos mucho tiempo, así que reflejaron en sus rostros tanta frustración y confusión como los Hamadríades. El árbol se había esfumado entre humos que se alejaban y expandían hacia el universo. Todo el Templo comenzó a temblar, igual que la mano de Neikos que apuntaba al cuello de Kyoko… La chica, en tanto, tenía menos púrpura la cara.

—No puedo creerlo… no puede ser —musitó Ate, que se elevaba tras haber esquivado la explosión.

—El árbol… ¡Ate, no está el árbol! —chilló Emony, rasgando a Miku.

—¡No es cierto! —gritó Phonos, de rodillas frente a las ruinas de madera quemada, intentando sin éxito no perder el equilibrio. No podía sentir más aquellas muertes en el globo, había perdido su fuente de alimento, igual que los demás.

—Algos del Dolor, y ahora también Hismina de la Pugna, Limos del Hambre y Ponos de la Tristeza, todos cayeron, y Madre no apareció. —Neikos abrió grandes las cuencas vacías, su mano se afiló cargada de Cosmos, ante la vista de Milo y Rigel, quienes habían gastado gran parte de sus fuerzas—. Madre no está con nosotros, ¿lo entienden? Ate, Phonos, Disnomia…

El Templo se tambaleaba. Los niveles inferiores se hacían trizas, la tierra se alzaba en pequeños tornados de arena, los árboles se habían convertido en ramas. No había manzanas doradas a la vista.

—No te atrevas a hacerle daño —amenazó Rigel, sin muchas fuerzas, aunque consiguió dar tres pasos hasta que un puñetazo en el estómago de parte de Georg lo devolvió al piso derruido—. ¡Ah! Kyo-Kyoko…

—Demonios. —En tanto, Milo era consciente de que no importaba qué tan veloz fuera, esta vez no alcanzaría la mano de Neikos. Si se movía, la niña moriría. Además, el Santo de Plata de Escudo tenía su arma levantada entre medio de ellos, y no tenía tanto poder como para superarlo y alcanzar su objetivo antes que la maldita mano del tarado calvo ese.

—Todos ellos muertos, nuestro árbol y Templo mitológico destruidos… Ya no queda nada. No importa nada.

—Neikos… Neikos, no, por favor… —suplicó Disnomia, que ya no podía seguir representando su papel de seriedad y control absoluto. Sin saber quiénes y cómo engañaban las personas a otras, se sentía desnuda, desesperada e inundada por el más terrorífico miedo.

—¡Puede ser Mamá! —vociferó Manía, esta vez usando el cuerpo del propio Neikos, como si eso fuera a cambiar su determinación.

Esta vez, Ate no dijo nada. Era momento de rendirse a las pruebas.

—No lo es. Madre no está aquí —resolvió Neikos.

—Neikos, mi hijo amado, ¿acaso dudas de mí?

 

Si hubiera tenido ojos, los del Hamadríade del Odio se habrían salido de sus órbitas, lo que sí ocurrió al par de Santos y a los espíritus maléficos que enfrentaban. Una luz verdosa inundó el templo, lo acarició y besó como si fuera suyo, como si se hubiera roto y sintiera el deber de estar con él mientras se convertía en cenizas al ver perdido su poder. Ella era la ama y señora de ese sitio, la que en la antigua Grecia se definió como la personificación de la Discordia, el caos, el engaño.

La diosa Eris se apareció por sobre todos los demás, y los Hamadríades que aún estaban de pie, con excepción de Neikos, cayeron instantáneamente de rodillas, como si fueran presas del miedo, el respeto y la admiración más sagradas. Usaba el cuerpo de Hanako, pero se veía reluciente, magnánima, enorme y traslúcida, como un fantasma de cuentos.

Rigel no podía creerlo. ¡La diosa había usado el cadáver de la madre de esas niñas! Todo el cuerpo le temblaba tanto de miedo por la presión, como de furia y de asco. ¿Qué clase de basuras eran los dioses?

—Madre —anunció Neikos, como si no fuera obvio—. ¿Qué ha sucedido?

—Los Santos de Oro sí que son temibles —admitió la diosa con una sonrisa traslúcida—. No destruí a esas escorias, y me dejaron así tras una combinación que explica por qué los Titanes están sellados otra vez.

—¡¡¡Madre!!! —exclamó Ate, fuera de sí, con los ojos enormes y llorosos, y la expresión deforme—. ¿Qué te han hecho? ¡Oh, los destrozaré, oh, los aniquilaré!

—Tranquila, mi niña. Es cierto que no duraré mucho tiempo en este cuerpo estando así, dañaron seriamente mi conexión con su mundo.

—Me es familiar tu voz, basura verde —interrumpió Milo—. Me hiciste dar un montón de vueltas por China, pero es agradable verte así. Muriendo.

—Milo Rodias. Sabía que me faltaba uno… ¿Tú acabaste con mis hijos en el mundo, verdad?

—Los Santos de Oro no somos cualquier cosa, como ya pudiste comprobar.

—¡Madre! Acabaré con esta escoria por usted —dijo Ate, aunque Disnomia y Phonos ya se le habían adelantado. Ninguno se movió desde el momento en que la diosa de la Discordia fue aún más rápida, como solo ella sabía hacerlo. Milo no se detuvo, y disparó una decena de Agujas Carmesí contra la mujer, decidiendo que lo que Rigel sentía ya no significaba mucho… esa chica ya estaba muerta.

—¡Maestro! —Rigel iba a saltar para ayudarlo, por una décima de segundo se detuvo a ver a Shoko, que quedaba sola, y desistió.

—La encontré. No tiene sentido nada más —afirmó la Discordia con un dejo de orgullo que solo un dios podía representar.

 

La explosión siguiente terminó por derrumbar todo el Templo, y sus piezas se precipitaron al vacío. Rigel vio a Milo atrapado por la explosión y expulsado lejos por una fuerza extraordinaria que movía todo como un terremoto en el aire. Tomó a Shoko y la arropó con su Cosmos y sus brazos, a pesar de recibir daños severos en su cuerpo y armadura. Pronto se dio cuenta de que no caían precisamente, sino que la gravedad los estaba azotando de un lado a otro, las piezas del Templo lo atacaban, se aceraban y distanciaban, así como las montañas a lo lejos; nada tenía sentido, Eris los había dejado caer en un vaivén caótico sin fin, ya no sobre las islas Amakusa, era otro sitio, lejano o cercano, no importaba.

«¿Y Kyoko?», se preguntó de pronto. No veía a Neikos, rastrearlo a través del Cosmos era imposible con el ruido ensordecedor de las piedras, árboles y raíces que estallaban sin parar en todas partes. Tampoco vislumbraba a las demás Hamadríades o a Eris. No estaba seguro de cuándo tocaría el suelo, porque a veces se mezclaba con el cielo y el mar. Solo sabía algo completamente, algo que no olvidaría: cuidaría de Shoko y salvaría a Kyoko, donde fuera que estuviera, y también a Hanako, ella se merecía algo mucho más digno que ser la piel de una psicópata con poderes divinos.

 

Fuera de su vista, Neikos recitaba un hechizo y pronunciaba un juramento, envuelto en el resplandor cósmico proyectado por Crux Georg y Scutum Yuan, o lo que restaba de ellos. Ate, Emony, Phonos, Manía y Disnomia aullaban al unísono, bajo las tinieblas de la desesperación y la agonía del engaño, atravesadas por ramas que absorbían sus fuerzas como si se tratasen de nutrientes. Las cepas llevaban esa energía a la fuente de luz verde donde una mujer pelirroja con kimono se traslucía apenas, mostrando una sonrisa llena de triunfo. Al fin lograría su sueño, gracias a su hijo más amado, el único que descifró el camino de la autonomía. Al principio, esa voluntad de Neikos había sido un escollo difícil de tratar, pero en conclusión, había generado provechosos resultados. La Discordia llevaba al Odio entre los hombres, y el Odio era fruto de más Discordia, ambos ganaban.

En cambio, la Ruina, la Malicia, el Asesinato, la Locura y el Engaño tendrían que esperar, y serían nutrientes para su regreso, para conservar un poco más tiempo su esencia en la Tierra y regresar al monte Olimpo, su principal objetivo. Solo tenía que hallarla, a la diosa que reinaba sobre el planeta azul, y para eso, sacrificar a sus hijos era un precio viable.

—Mamá… ¡Mamá, por favor! —imploró Manía, a punto de desvanecerse; la expresión de locura en el rostro prestado de Rigel había sido reemplazada por el extremo pavor.

—¡Madre, no nos hagas esto! —rogó Disnomia, que sufría más que nadie al ser engañada tan fácilmente.

—Después nos borrarás la memoria, ¿verdad, mamá? Será como que nunca vivimos esto, ¿verdad? ¡Si pudiera odiarte, lo haría, mamá! —rugió Emony, de la que solo quedaba la cara y una mano que todavía sujetaba parte de Mikku.

—¡Madre, por favor, detente! ¡Detente, detente! ¡Madre, por favor! —insistió Phonos, fuera de sí.

—Madre… ¿por qué? Déjanos libres un poco más de tiempo, aún podemos servirte… ¿Me oyes, Madre? Por favor, déjanos jugar un poco más —suplicó Ate.

Podrían regresar a la vida cuando se hubiera establecido en el cielo. Al menos no estaban muertos como el Hambre, la Pugna, la Tristeza, y el Dolor, el primero en caer tantos años atrás. Eris regresaría ciertamente a su gloria mitológica, antes de que se descubrieran sus supuestos pecados, que Neikos recitó en sus palabras con habilidad. Las Hamadríades comenzaron a desaparecer, selladas en los ojos de su madre. Kyoko flotaba sobre ellos, una de las dos elegidas por la Discordia; aquella otra destinada por la calamidad, yacía en las entrañas del caos, oculta por los brazos plateados de Orión.

 

Entre los bordes del tornado donde se hallaba, Rigel captó brevemente una sombra alada que, con una vigorosa y rápida patada, los arrojó lejos del enjambre de furia y desconcierto. Juntos se precipitaron sobre el mar rugiente, descontrolado por la energía desatada arriba, al interior de un furioso vendaval que amenazaba con la seguridad de la gente.

Rigel, sin saber cómo, nadó hasta unos roqueríos cargando a Shoko en sus brazos, que había despertado y lloraba desconsolada, pronunciando el nombre de su hermana. Su fino vestido se había rasgado, y ya no parecía cuidar de que la nariz se le ensuciara con mucosidad. Pero estaba viva, sin mayores daños, puesto que estos los había recibido el mismo guerrero, que apenas podía mantenerse de rodillas.

Intentó recuperar el aire con presteza, pero le era muy difícil, ya no daba para más. Como sus ojos todavía funcionaban bien, miró a su alrededor y comprendió que había caído en una bahía o una playa en medio de la noche. Las estrellas, culpa de su propia desorientación y dolor de cabeza, no se quedaban quietas en un sitio, y las manos le temblaban. Observó que, por el diseño de los edificios a lo lejos, debía estar aún en alguna parte de Japón, aunque bastante menos humilde que las islas.

Debían ser cerca de las 3 de la mañana, pues no había un alma a kilómetros, y con mayor razón, pues se acercaba un huracán a la costa. O al menos eso anunciaría el noticiario de emergencia con un pequeño soplo del Santuario.

—¿Dónde está hermana? —cuestionó Shoko, en el mejor inglés que tuvo, sin cuidar mucho las formalidades.

—La traeré de vuelta, pequeña, te lo prometo —le aseguró Rigel, tratando de buscarla con la mirada, los otros sentidos, el Cosmos, lo que fuera. Comenzaba ya a desesperarse, poco a poco.

—¡Quiero hermanaaaaa! ¡Mamá! ¡MAMÁ!

¿Y ahora qué iba a hacer? Sería genial decirle a una infante que habían dado muerte a su madre, y convertido su cadáver en ropa de los dioses, sin un trauma de por vida. Eris había aparecido, y ya no podía alcanzarla por el tornado entre ellos. Con esa simplicidad había sido derrotado.

—Rigel —le dijo alguien con voz severa, pero comprensiva. El Santo volteó lentamente, pero no se sorprendió con lo que vio. Ya no tenía ganas.

—Marin. Gracias por la ayuda.

La sombra alada que los había salvado con una patada continuaba viva, algo herida, con la armadura dañada, pero viva y de pie. Su rostro, cuerpo y cabellos rojo vivo estaban sucios y manchados de sangre, y solo el antifaz plateado se conservaba intacto. Pensar que Marin de Águila y muerte eran conceptos unidos era el error más grande en la orden de Santos.

Shoko la miró con curiosidad, y se ocultó tras las piernas de su guardián. Si bien no sentía miedo, esa mujer transmitía un aura de confianza que nadie más tenía en todo el Santuario.

—No le digas nada —le aconsejó en griego, cuidando no expresar nada con el rostro, lo que no le fue nunca difícil—. No es el momento.

—¿Has visto a Kyoko, Marin? ¿Dónde están las Hamadríades? ¿Y Daidalos? No encuentro a Orphée y Mayura, Marin…

—Tampoco yo. Pero en esta ventisca de emociones que producen esos tipos es difícil concentrarse, o que el Cosmos se mantenga estable. En todo caso, vienen bajando ya.

—¿Qué? —Rigel elevó la mirada y, perplejo, al fin encontró lo que buscaba. Una esfera luminosa envolvía el cuerpo de Hanako, un sol que apareció en la noche como la más grande estrella. Junto a la estrella, llena de esperanzas rotas y calamidad imperiosa, descendía también Neikos, portando su Hoja, una gigantesca guadaña, y a Kyoko agarrada de la mano, que aunque recuperada, chillaba intentando alejarse de aquel monstruo, a la vez que lidiaba con no caer. Bajo ellos se habían adelantado Yuan y Georg, bajando a toda prisa, directo hacia el par de Santos.

 

—Me encargaré de esos dos —dijo Marin. Su silueta brillaba con un fulgor blanco y puro.

—Marin… Son Georg y Yuan…

—Puedo ver sus cuerpos. Pero no son ellos. —Sentenciadas sus palabras, el Águila de Plata abrió las alas y se alzó al cielo con elegancia y valor.

—¿Oh? —Eris abrió los ojos y sonrió. Con el poder acumulado que tenía, era solo cosa de hallar a la chica que buscaba, y nada ni nadie podría oponérsele—. Veo abajo a Rigel, el joven a quien esta mujer encargó sus hijas… y allí viene… ¿Y ella? Su nombre no… ¿Quién es ella? —se preguntó con sincera incertidumbre.

Eris se guardaba en sus propios pensamientos mientras Neikos le ordenaba a los antiguos Santos de Plata que acabaran con sus ex compañeros de una vez. Cruz del Sur y Escudo descendieron sin poder oponerse, y se encontraron con el Águila que les propinó una patada a cada uno, sin demasiados problemas.

—¿Qué? ¡Es imposible! —escupió Neikos. Sus cuencas vacías se abrieron en expresión de asombro.

—No hay problema, Neikos, déjalos jugar con ella. Nuestro objetivo es otro, la niña perfecta del Rayo, ¿no es verdad? ¡Tráela ante mí!

—Sí. —Neikos se disponía a cumplir cuando una torre de fuego azul salió de la nada y le impidió el paso—. ¿Pero qué…?

—Ohhh… interesante situación. Tal parece que ese hombre que me observa con tanta desolación y bravura no nos permitirá mover libremente —elogió la diosa de la Discordia con un gesto de autosuficiencia. Después de todo, el cuerpo que ella vestía ahora había sido el detonador… y la diosa misma quien desencadenó los más impuros pensamientos en ese joven. Sin saberlo, lo tenía en su control.

 

—Marin… no es que queramos pelear —se disculpó Yuan, en el cielo—. No tenemos realmente opción, ¿está bien?

—Sí. No lo tomes como algo personal. —Georg atacó con el Destello Ardiente que Marin a duras penas evitó, cayendo al mar de nuevo en el proceso.

—No queremos matarte. —El Santo de Escudo aterrizó junto a ella y tomó su cabello, levantó su rostro y dejó expuesto su cuello blanco—. Pero lo haré de la manera más indolora posible, lo prometo.

Eran muchísimo más fuertes de lo que fueron cuando no vestían esas falsas armaduras, habían mejorado sus habilidades al revivirlos, pero seguían sin ser ellos. No importaba cuán poderosos fueran si carecían de alma, en eso Marin firmemente creía, y por eso resultaba un combate que podía ganar. El Cosmos era infinito, y sin importar qué armadura alguien usara o cuánta fuerza tuvieran sus puños, mientras no se encendiera el corazón, mientras no se comprendiera el origen de la vida en los seres humanos, mientras se careciera de emociones…

—Nunca podrán usar el Cosmos correctamente. —Marin de Águila pateó a Yuan en la rodilla con impecable precisión para que la soltara, luego, desde el agua, arrojó un puñetazo que el Santo de Escudo esquivó con dificultad hasta que se dio cuenta que no había sentido presión alguna.

—¡A tu espalda, Yuan! —alertó Georg.

Marin se hallaba detrás de él, separó las piernas y utilizó el fantástico Meteoro, una genial técnica que utilizaba de la mejor manera su velocidad natural. Yuan trató de esquivarlos de nuevo, pero al darse cuenta de la nueva treta ya era tarde.

La lluvia de estrellas fugaces la recibió Georg, de parte de la verdadera Marin justo a su derecha. Cuando Yuan se volteó, la Santo de Águila le propinó, envuelta en un halo mágico de Cosmos, la patada incluida en el Destello de la Garra.

—¡Maldición, qué rápida es! —Yuan, a duras penas, invocó la Capa Perfecta y Georg, con la armadura dañada, invocó el Destello Espiritual detrás de su compañero.

—¡No lo pongas más difícil, Marin!

El Águila de Plata abrió las pequeñas alas de su Manto Sagrado. Se preparó para matar a lo que quedaba de sus propios hermanos.

 

Mientras Marin se enfrascaba en una frenética batalla, Eris, Neikos y Kyoko aterrizaron en la arena junto al océano, en medio de un tornado que distorsionaba todo en el exterior, excitando las olas, alterando el aire, violentando las arenas y turbando el Cosmos; en el interior, sin embargo, la calma era aún más aterradora, incluso espeluznante para un Santo de Plata, cuyas manos tiritaban aún.

—Eris.

—Rigel. No, no es tu verdadero nombre, pero te llamaré por ese, pues me es algo más significativo.

—Dejen ir a Kyoko. Ahora mismo.

—Claro, no hay problema. Neikos —ordenó la mujer.

—Sí. —Y así… sin más, el Hamadríade del Odio le dio un suave empujón a la niña otrora extrovertida, ahora temerosa y adusta, que corrió hasta Rigel. Este se arrodilló y la abrazó con todas sus fuerzas, abarcando también a Shoko, quien volvía a encontrarse con su hermana mayor y lloró con ella. Rigel desafió a la diosa y a su hijo con la mirada.

De pronto, la luz que rodeaba a Eris se hizo tenue y finalmente se extinguió, aunque la diosa continuó radiante como un claro en la mañana. La figura de Hanako quedó descubierta, su cabello rojo se movía con un vaivén hipnótico, al igual que su kimono de miiko.

—¡Mamá! ¡¡¡Mamá!!! —exclamó Shoko, que estuvo a punto de salir corriendo hacia ella de no ser porque Rigel la detuvo. Kyoko optó por llorar silenciosamente, su rostro mezclaba pánico y desconcierto.

—No es su mamá, pequeñas, es una mujer muy mala que se disfrazó de ella —les explicó Orión en su más claro inglés, bloqueándoles el paso con un brazo—. No se dejen engañar, o les hará daño; no se acerquen a ella. No es su mamá. No se le acerquen.

—Vaya, ¿podría fingir que sí lo soy un momento? Niñaaas —dijo como en una canción.

—¡Silencio, monstruo!  ¿Qué diablos planean? Me entregaron tan fácilmente a Kyoko, y no nos atacan, ¿¡por qué!?

—Ya encontré lo que buscaba, pero este cuerpo se deshará pronto y decidí que una de esas niñas me servirá en el futuro. Eso es todo.

—¿Lo que buscabas? —Orión se puso de pie y ocultó a las niñas con sus piernas. Estaba furioso, ¿cómo iba a resolverse todo tan simplemente? No iba solo a permitirlo—. ¿¡De qué hablas!?

—La encontré. Está allí, en esa ciudad. Atenea.


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#532 Presstor

Presstor

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Publicado 30 mayo 2017 - 16:23

marin!! ya se le echaba de menos,tardo en salir eh XD ya pensaba yo que la pobre le habria pasado algo

la verdad el caitulo me ha dejado en vilo,con muchas ganas de ver como acaba,a ver como reaciona

rigel al saber que athena esta en japon,que desgraciadoa la diosa y la verdad me gusta eso que incluso los dioses

deben temer a un caballero jaja

 

desde luego veremos a ate y compañia viendoselas con las saintias  con la ayuda de alguno de los legendarios

que supongo que ahi alguno sera dorado...aqui una pregunta

verias a ikki y a shun como portadores de doradas....okada muestra que shun es muy badass,aunque se las fumas bien XD

 

y hablando de eso,tenemos live action de saint seiya....la verdad que atena nos pille confesados...

si bien me gustaria tenerle fe al proyecto...tengo la sensacion de que intentaran meterte otra vez las doce casas

en mi opinion tienen dos maneras de hacerlo...

una contar una historia con saga y aioros de protas,intentando parar la resurrecion de algun dios desgraciado

acompañados de algun dorado chetao y una caballero femenino de plata , seria auto conclusiva  y veriamos a saga caer en mal

 

o en su caso (y esta opcion me gusta mucho) los santos negros con ikki como principal antagonista

 sera un mandado del patriarca,del que se gano su respeto...

tendria a seiya de prota,con los otros con pleas importantes dentro de la trama

athena seria importantisima,esta tendria conciencia de su identidad  pero les conoce a ellos por casualidad

ikki traicionaria al santuario por athena se uniria a los otros para enfrentar

a los platas que vendrian a por ellos....

aunque pienso,que le pega mas una serie que una plei....a ver que no traen

 

bueno,espero no aburrirte con mi charla,nada un saludo y a la espera del proximo capitulo



#533 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 11 junio 2017 - 21:30

Nuevamente me disculpo por el retraso. Como suele decir Kill cuando esto pasa... "soy un desastre" xD

 

Presstor, estimado, qué bueno verlo por acá otra vez.

Y sí, en teoría las Hamadríades como Ate o Emony, ya lo sabemos, se verán las caras con las Saintias, o ese es mi plan a futuro. Obviamente no con ayuda de los Golds clásicios por obvias razones, pero alguna ayuda tendrán para que su historia no se desvirtúe mucho. Sobre lo de Shun e Ikki... bueno, siempre he sido de la opinión de que Ikki NUNCA debería ser dorado, y al menos en este fic les aseguro que nunca ocurrirá. En cuanto a Shun aún no me decido.

 

Me gustan varias de esas opciones que mencionas. La verdad yo no soy de los que evalúan un proyecto antes de verlo; no lo hice con Omega, ni con las OVAs del Canvas, ni con LoS ni con Saintia, y todas me gustaron. Tampoco lo hice con SoG y pasó lo contrario. Así que ya veremos qué pasa, aunque como tú, preferiría que no fueran las 12 casas de nuevo.

 

Saludos, amigo.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 26

EL DESTIERRO DE LA MANZANA

 

03:20 a.m. del 11 de Junio de 2010. Tokyo, Japón.

—¿A-Atenea? ¿De qué diablos hablas?

—La diosa que reina en la Tierra abandonada por el Señor de los Cielos, por supuesto —explicó Eris. Su sonrisa indicaba que le satisfacía la cara llena de dudas de Rigel de Orión.

—Atenea… s-se supone que vive en el Santuario…

—No parece que te lo hubieras creído, como humano patético que eres. En cualquier caso, yo no tenía por qué saber que no estaba allí, sino aquí en Japón.

—¿Atenea está… aquí? —Todo había perdido sentido, ¿de qué rayos hablaba esa diosa? El Sumo Sacerdote siempre decía que Atenea vivía en el Santuario, pero, por alguna razón, le resultaba mucho más creíble lo que pronunciaban los labios de Hanako. ¿Por qué mentiría, si además Eris venía de allí, de una batalla contra los Santos de Oro que la dejaron en un estado deficiente?

—No conozco todos los detalles, su líder tiene una mente muy poderosa, ese Géminis… En cualquier caso, necesito a Atenea para regresar al Olimpo.

—¿Géminis? No, espera, ¿fuiste expulsada? —Le dolía mucho la cabeza. Era demasiada información.

—¿Tanto necesitas saber sobre la vida de mi Madre? —interrumpió Neikos, dando un paso adelante, hasta que ella lo detuvo. El Hamadríade bajó con respeto la hoz y la cabeza.

—Tal vez sea bueno que lo sepa, ya que voy a necesitar que cuide de esas niñas mientras voy al Olimpo.

—¿Cuidarlas? Por lo que sé, podrías matarlas y a mí en un abrir y cerrar de ojos, o apoderarte simplemente del cuerpo de una de ellas.

—No es nada fácil tomar un cuerpo humano así de frágil. Son demasiado jóvenes y necesito un cuerpo más fuerte para regresar. —La diosa elevó la mirada con una mezcla extraña, poco comprensible para un humano, de desdén y nostalgia—. No tengo mucho tiempo con este cuerpo, pero en unos años usaré una de esas niñas que tienes ahí. Por ahora —dijo, sin dejar que Rigel se negara— voy a necesitar a Atenea para llegar allá arriba, pues solo ella puede conceder ese permiso al ser la soberana en nombre de su padre.

—¿Ese… fue todo tu objetivo? ¿Para eso hiciste todo esto? —preguntó Rigel, incrédulo. ¿Cómo podía llegar a tanto el capricho de los dioses?

—Hace milenios, cuando el Homo Sapiens todavía era un niño, Tifón atacó el Olimpo y al Señor de los Cielos, en venganza por lanzar a sus hermanos mayores, los Titanes, al Tártaro. Fue la batalla más violenta que puedo recordar, una secuela de la Titanomaquia que casi condena a toda la Tierra. Tifón usó su increíble poder para convertir a Niké, la Victoria, en un espíritu errante por la eternidad para que el dios Zeus no venciera fácilmente como a los Titanes. Luego, con ayuda de mareas, terremotos, huracanes y erupciones, controló a los dioses y cortó los tendones al rey del Olimpo para que no se moviese.

—He oído que Zeus usaba rayos en las batallas, y que gracias a eso derrotó a los Titanes —intervino Rigel, que prefirió seguir la conversación e intentar mantener la calma para proteger a las niñas. Además, necesitaba información.

Keraunos, la más poderosa arma del universo, creada por Koios, el Titán y Hefesto, el herrero; robada por la traidora Mnemosine, quien la entregó al Señor de los Cielos para que sellara tanto a Koios como a los otros Titanes. La ironía es que no pudo utilizar el Rayo contra Tifón, pues había sido robado otra vez. En este caso… por mí.

Rigel escuchó un trueno a lo lejos, pero bien pudo ser su imaginación. Por un instante bajó los brazos, pero rápidamente los levantó de nuevo para proteger a las niñas. ¿Esa diosa había robado el arma a Zeus? ¿Cómo podía seguir viva, entonces? Se decía que solo un dios puede matar a un dios, y supondría que ese era un crimen más que mortal.

—Tifón y yo… éramos cercanos —explicó la diosa tras captar la mirada llena de asombro de Rigel. Sonrió con picardía—. Eso le dije también a Zeus después de que hundiera a su enemigo bajo el Etna, y por gracia de mis convincentes y bellos sentimientos, Afrodita fue vital en que Zeus me perdonara el apoyar a Tifón… sin embargo, no supo del robo de Keraunos, ja, ja.

—No puede ser. —Esa mujer era una víbora en todo el sentido de la palabra, ¿cómo podía ser eso una diosa?

—Zeus tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para igualar a Tifón en su propio juego, y juntos se hundieron en las profundidades de Sicilia —continuó Eris—. Ese maldito mensajero volador de Hermes encontró entonces el Rayo donde yo lo había ocultado, se lo envió a su padre, y éste terminó con la batalla de un solo movimiento de brazo. Y yo me salvé, claro.

—¿Pero entonces… por qué…?

—Troya —se adelantó la mujer en el cuerpo de Hanako, con una voz de trueno que hizo estremecer a Kyoko y gritar a Shoko—. No sé cuánto de la historia conocen los humanos, pero arrojé una manzana en la boda entre Perseo y Thetis ya que no me invitaron. —Eris esperó la cara de desconcierto de Rigel, y prosiguió—. He lanzado muchísimas de esas en todas partes, por eones, pero esa vez, admito que la jugada no resultó como esperaba. Hice que Afrodita, Hera y Artemisa se pelearan, usaron a un tarado llamado Paris como juez, y eso llevó a la guerra de Troya, que no solo terminó con la destrucción de la ciudad, sino con una investigación que reveló mi parte tanto en eso como en el robo del Keraunos, milenios atrás. El Señor de los Cielos fue lo suficientemente compasivo como para no acabar conmigo, pero sí me desterró aquí, con ustedes las escorias humanas.

—¿La Guerra de Troya fue cosa tuya? —La mandíbula de Rigel había caído al piso ante tales palabras. ¿¡La guerra de Troya!?

—Usé a los gemelos Laskaris para que se hicieran con el poder del Santuario y gobernaran tanto sobre Atenea como Niké —continuó Eris—, pero acabo de descubrir que no tienen ni lo uno ni lo otro. De hecho, uno de ellos está jugando en el agua, y Saga no tiene futuro como Pope.

—Saga… ¿Laskaris? —Rigel comenzó mentalmente a armar las piezas de un gran rompecabezas, pero era demasiado como para contener—. ¿El Sumo Sacerdote no es Sion de Aries? Acaso… ¿el Santo de Géminis…?

—Bravo, Rigel, muy bien —congratuló Eris, que parecía ir terminando su relato—. Desperté a mis hijas para que se divirtieran y bajaran las defensas griegas, permitiéndome convencer a Atenea con ayuda de Saga Laskaris, pero resultó que no estaban juntos, una gran decepción.

—¿Usaste a tus propios hijos para tu fin personal? —Una de las reglas de los Santos era ser lo más altruista posible, jamás usar el Manto por un bien propio. Los dioses no poseían aquella regla, hacían lo que querían incluso con su estirpe—. ¿Los sacrificaste para volver al Santuario? Todos ellos murieron en tu nombre, ¿¡y sabes cuánta gente ha muerto estos días por tu maldito capricho!?

—No soy muy buena contando, lo siento.

—¡No lo acepto! —El Cosmos de Orión ardía de pura furia, sus músculos estaban tensos, su cabello bailaba como una llama ante el viento, y sus ojos fijos y penetrantes se desencajaban cargados de ira. ¿Cuánta gente había sufrido porque la invitación a una boda se había perdido? ¿¡Qué demonios eran los dioses!?

—Ni lo intentes. —Neikos se adelantó, pero Eris volvió a resplandecer cual sol blanco, y lo detuvo.

—Déjalo en paz, hijo, no puede hacerme nada, y lo sabe. Sin importar cuánto daño me hicieron los Santos de Oro, la fuerza de tus hermanos y hermanas me sirve lo suficiente para desahogarme, buscar a Atenea, llevarla al Olimpo, y usar a Keraunos para liberar a Tifón, ahora que Zeus desapareció. Eso le frustra, le desespera, pero la misión de proteger a las niñas es más importante, y no hará ningún movimiento. Es un pobre diablo, como todos los humanos.

 

El tornado donde se hallaban Eris y Neikos se desplazó por la arena directo a la ciudad. Pasaron junto a Rigel, cuyo único movimiento fue proteger a las hijas de Hanako del intenso Cosmos, ninguna de las dos podría dormir las siguientes noches por culpa de un capricho. Les había fallado a todos, a sus hermanos, al mundo que sería presa de la Discordia y el Tifón, y a Hanako… Hanako…

—Hanako —dijo en voz alta. Pronto, alzó aún más la voz—. ¡Hanako!

El remolino se detuvo, para la sorpresa terrorífica de Neikos. Esa era la clave de todo, la humanidad que se conservaba más allá de la muerte, por sobre dioses de eones de edad, la esencia del único animal racional cuya alma las mismas divinidades habían construido milenios atrás con capacidades extraordinarias, con una memoria prodigiosa que se activaba más allá de cualquier pensamiento, una muestra de lo que los humanos eran capaces de hacer por una falla de los arquitectos celestiales.

Eris se había petrificado en el lugar.

—¿Madre? ¿Qué sucede?

—Su alma no ha abandonado ese cuerpo, ¿cierto? —La verdad era que no tenía prueba alguna de que eso sucedería, pero lo intentó porque carecía de opciones extra. Se alegró de que sucediera—. Antes de partir, aún oyes mi voz, ¿verdad? ¿Me oyes, Hanako? Tus hijas están aquí. —Rigel se puso de pie y acercó a la diosa con su Cosmos ardiendo, tomando a las niñas de las manos, que sollozaban con ternura—. Dijiste esa noche que eran todo para ti, Hanako, y no quieren verte haciendo daño a nadie más. Lo sabes. ¿Quieres que te vean así? ¡Expulsa a esa diosa de segunda!

—M-m-maldición… Esto es ridículo —Eris se agarró los cabellos rojos y se lanzó al suelo, más transparente que antes. Sus piernas comenzaron a desvanecerse poco a poco—. No puede ser, maldita sea, ¡suéltame, miserable humana! ¡Ahhh!

Un temblor los hizo tambalear, el mar se descontroló y el viento sopló con más bríos. La Discordia temblaba en ese cuerpo robado como si el aire más gélido la azotara con brazos invisibles. Las marcas de los ataques diversos de los Santos de Oro afloraron en su piel.

—¿Madre? ¿Cómo puede una simple humana resistirse a la voluntad de una diosa como tú? ¡¡¡Madre!!! —Neikos se inclinó rápidamente frente a ella, y tras aquel movimiento no pudo impedir que el puñetazo cargado de Fuegos Fatuos de Orión lo sorprendiera y estampara contra la arena.

—¡Demonios! ¡Basura de humana, suéltame! —El Cosmos de Eris comenzó a desprenderse, pero no era intenso. Se convertía en vapor apenas salía de Hanako, cuyo cuerpo empezó a ser arrastrado hacia atrás, como llevado por un imán hacia un espacio vacío donde se difuminaba—. ¡Cucaracha malnacida!

—Muy bien, Hanako. Eres una humana más valiente y poderosa que ella, una madre que lucha de verdad por sus hijas. No pueden vencerte. Nunca pudieron.

—No… ¡¡¡no puede ser!!! —Eris se quedó paralizada en el cuerpo de Hanako mientras Rigel se acercaba lentamente, acompañado de las niñas que observaban sin creerlo, atónitas, a quien ocupaba el cuerpo de su madre, retorcerse ante su propia presión—. Es ridículo, ¡ya debería estar muerta!

—No podrás acercarte a Madre, humano, así como los gusanos no pueden acercarse al cielo. —Neikos se interpuso entre ambos, Santo y diosa, y blandió su guadaña de manera amenazante. Cuando su Cosmos verdusco oscuro se encendió, las piernas de Orión se estremecieron—. Odia y atácame sin compasión, sin ninguna prudencia o precaución, ódiame por mis acciones y deseos, ódiame por el destino de esas niñas, y el tuyo que te acongoja…

—¡Rigel-san! —gritó Kyoko, abrazando una de las piernas de Rigel, asustada como ninguna otra.

—¡Rigel! —exclamó Shoko, mirando con los ojos desafiantes de quien ya no era una princesita de cuentos al dríade del Odio, rodeando con su brazo otra de las piernas del guerrero, que vivía su propia guerra interna.

—Odia, Rigel de Orión, ódiame… ódiate por no ser capaz de protegerlos a todos. Por dejar morir a esta m… —Pero Neikos del Odio no pudo completar la oración, pues la fuerza de cinco dedos, una mano, un brazo y buena parte del resto del cuerpo lo habían arrojado contra unas rocas, que se despedazaron al contacto.

No pudo verlo venir… el golpe no había sido con odio, con aquello que lo alimentaba. Rigel se rodeaba por flamas azules nacidas de las más puras emociones, la naturaleza que hace a los hombres lo que son.

—¿P-pero qué…? ¿Por qué?

—No te odio, Neikos. No los odio ahora que las niñas están conmigo. —Y a decir verdad, estaba cansado de odiar, de actuar como un idiota. Mientras esas niñas estuvieran con él, y pudiera protegerlas con todas sus fuerzas como había prometido días atrás, nada saldría mal, nada lo perturbaría.

¿O era acaso eso una ilusión? Si bien su golpe no había sido consecuencia del odio, su mano todavía temblaba, y cada vez que miraba el cuerpo de Hanako, puro y santo, retorcerse por una diosa enloquecida que albergaba en su interior, las chispas de su aura bailaban y centellaban. ¡Pero las tenía a ellas, nada le faltaría!

Volvió a conjurar el Cazador de Bestias otra vez contra Neikos, esta vez no dudaría y nadie se interpondría. El Hamadríade detuvo el furioso rayo de luz que se inspiraba en el mazo del cazador mítico con la guadaña, que hizo girar velozmente.

—¿De dónde saca tanto poder? ¡Está rivalizando conmigo, el más fuerte de los hijos de Eris! —Recordó a Algos del Dolor y al resto de sus hermanos caídos, y se sorprendió sonriendo ante la perspectiva de que le dieran una buena batalla. ¿Qué clase de sentimiento humano era ese?

—Nada me detendrá mientras ellas estén conmigo. ¡Daré mi vida por ellas si es preciso!

Hubo una breve explosión que Rigel contuvo con su Cosmos, antes de que saltara junto a Neikos y se enfrascaran en una batalla breve, pero tan intensa como les permitían sus fuerzas. Las del dríade estaban completas, las del Santo cansadas y casi agotadas, pero se igualaron en un intercambio de golpes, patadas, llamas azules, cortes de hoz y movimientos cósmicos que los hicieron perder pie más de una vez, aterrizando en la arena al mismo tiempo que saltaban nuevamente.

Kyoko y Shoko miraban fascinadas, aunque no podían seguir el rumbo de la batalla eran capaces de entender que todo era por ellas. Que ese héroe que brillaba como una estrella blanca luchaba por su bien.

La hoz de Neikos atravesó la coraza de Plata a la altura del hombro, el Santo chilló de dolor por un breve instante hasta que con un grito se quitó de encima a su oponente con un puñetazo cargado de fuego índigo. Luego se desplazó a través del aire hacia él como la brisa marina, lo tomó del huesudo cuello, pálido como la luna llena, y lo arrojó al piso donde descargó, acto seguido, la Devastación Fatua, cuidando de que estuvieran a una distancia prudente para que no afectara a las niñas más que arena que acarició sus rostros. Rigel no odiaba, solo pensaba en su responsabilidad, tenía la ventaja.

La diosa se llevó una mano con todas sus fuerzas a uno de sus senos, que apretó con fuerza hasta que sangró, intentando atravesar la carne para aplastarse el corazón, aunque no lo conseguía. En su lugar, solo sus dientes se tornaban rojos por la sangre que surgía de las encías, víctimas de la presión demoníaca que ejercía todo su estrés.

—Deja de intentarlo, Eris, ya perdiste —dijo Rigel, tras quemar la arena bajo la que yacía Neikos con un movimiento ligero de la mano bañada en escarlata—. Lo mejor para ti sería regresar a las profundidades de la tierra, y dejar ese cuerpo en paz.

—No me subestimes, humano engreído, ¡no puedo ser vencida por alguien de los tuyos! —Apretó con más fuerza, pero no consiguió más éxito que antes—. El Olimpo es mi único paradero, desde donde podré liberar a… ¡ah!

—¿Tifón? ¿Por qué es ese tu objetivo? ¿Solo por ver el caos que desencadena ese monstruo? —Rigel dio un paso adelante, y tuvo que detener a las niñas que con sus miradas indicaron que querían acercarse… aún no era el momento, era peligroso todavía—. ¿Qué ganas con eso, si puedes lograrlo por ti misma?

—Simplemente me gusta ver la frustración en sus ojos —dicho esto, dos de los dedos de Eris perforaron la piel de Hanako, pero Rigel no se inmutó, víctima de la sorpresa que le estaba entregando tanto la mirada como las palabras de la diosa—, me gusta verlos sufrir, ¡me encanta ver el llanto de los humanos!

—No es verdad… esto es… —no podía creerse sus propias palabras, pero eso explicaba la fuerza que Eris estaba ganando, y el debilitamiento progresivo de lo que restaba del alma de Hanako—, sobre Tifón. ¡Es Tifón al que añoras!

—¡Un humano como tú no podría entender la mente de los dioses! —Eris apartó la mano, y alzó el brazo cargado de Cosmos, dejando una estela carmesí en el movimiento hacia arriba, fruto de los agujeros en las ropas otrora blancas—. ¡Todo se acabó, usaré a esas mendigas cucarachas para buscar a At…!

—Ni lo intentes. —Rigel hizo sonar los dedos y llamas de zafiro danzaron en el viento, antes de atacar cual jauría de perros las extremidades de Hanako, que gritó de dolor ante la afrenta.

 

A la vez que estos sucesos, Marin agotada caía por enésima vez al mar. Sus ropas y armadura estaban chamuscadas por los ataques de Georg de Cruz del Sur, que pereció cuatro días atrás por las heridas acumuladas provocadas por las Dríades; por su parte, el Águila de Plata no pudo hacerles más daño, todo era bloqueado por Yuan de Escudo, quien murió a manos de Ate y su Manzana de Oro.

—Te daré un fin rápido y casi indoloro, Marin, pero necesito que te quedes quieta y dejes de desaparecer y saltar por todos lados. —Aun así, Georg tenía graves heridas en los brazos y hombros, producto de una serie de patadas que Marin tuvo la suerte de conectar cuando consiguió, una sola vez, quitarse a Yuan de encima. En tanto éste seguía más entero, con solo rasguños y los dedos de una mano dislocados.

—Hermanita, no te resistas. —Escudo mostró una sonrisa de compasión que enfureció a la chica, era tan falso como su identidad—. No disfrutamos esto, es solo que tenemos órdenes, ¿lo entiendes?

—Sabes que pelear contra los dos a la vez, en nuestras condiciones, no tiene sentido. Neikos nos dio demasiado poder para ti, que en el rango de los Santos de Plata eres la más veloz, pero en cuanto a Cosmos, solo estás en el promedio.

—Por favor, ríndete, herma… ¡ah, terca! —gimió Yuan cuando el Águila le conectó una fuerte patada en el tobillo apenas lo tuvo cerca. Con su Cosmos, hizo que las aguas se levantaran y disparó el Meteoro contra Georg, que lo bloqueó presto.

—¡USTEDES NO SON MIS HERMANOS! —gritó Marin con toda energía de sus pulmones—. Si lo fueran, sabrían que ante las adversidades nos hacemos más poderosos, así somos los Santos. —Golpeó el aire una y otra vez, hasta que Yuan la hizo caer nuevamente al mar.

—¡Ya detente, Aquila!

—¡Nunca! —Marin nadó profundamente, se proyectó con su Cosmos y salió a unos metros de distancia. Abrió las alas y descubrió que solo le restaba una, pues la otra se había quemado con la electricidad. Su Cosmos albo se elevaba y generaba una breve tormenta a su alrededor, y una nube de vapor surgió de su brazo cuando lo levantó y cayeron los trozos chamuscados de la manopla y el brazal.

Solo el antifaz permanecía intacto, aunque un hilillo de sangre corría detrás del mismo y resbalaba por su mejilla izquierda, desde una herida que nacía en la sien poblada de cabello rojo. «No voy a morir aquí. Todavía no puedo», pensó con cierta calma. Su historia todavía no terminaba.

—¿Te rindes, Marin?

—Apuesto a que apenas puedes mantenerte de pie.

—Ustedes dos… no son mis hermanos. Ellos lucharon en el Congo con toda su valentía, y fallecieron en Kinsasa protegiendo a sus compañeros, cumpliendo con su deber. Ustedes son solo sombras.

—Marin… somos nosotros. Puedes vernos.

—Tus ojos no te engañan, hermana.

El agua comenzó a evaporarse por una altísima temperatura que provenía de las piernas de Marin, tornándose en una niebla oscura que repelió a aquellos dos ex Santos de Plata, atemorizados súbitamente. El Águila de Plata sabía que pronunciar unas palabras, ciertas palabras, harían resonar el cielo como el trueno celestial; en lo posible intentaba no hacerlo, porque no sabía, en principio, por qué podía hacerlo.

Aetos Dios. —«Águila de Zeus» en griego antiguo. Marin golpeó miles de veces el aire, y con cada puñetazo se generaba una esfera de luz que crecía a cada milésima de segundo, muy cerca de sus brazos. No podía hacerlo si no pronunciaba esas palabras en voz alta.

En voz baja, sin embargo, recitaba rápidamente las palabras que Nicole de Altar había dejado en su diario antes de morir, en el que explicaba el mayor secreto del Santuario en la actualidad, la muerte del Pontífice Sion de Aries y la traición de Saga de Géminis, su asesino. Se sentía responsable, inexplicablemente, de recuperar el orden como lo conocía, y por ello debía vivir. Yuan y Georg debían elevarse a los cielos eternos, orgullosos de la hermandad que retornaría al Santuario que amaban.

—¿Qué demonios…? ¡Marin!

—¿Acaso ella…?

—Quiero que mis verdaderos hermanos de Plata descansen en paz para toda la eternidad, así que no vuelvan a regresar, ¿está claro?

Marin se bañó en esa luz. Luego se desplazó hacia sus enemigos. Luego los tocó con sendas manos, destellantes como ojos de águila. Luego un relámpago brilló en el mar. Luego, dos dríades fallecieron, y un Santo cayó inconsciente.

 

Al mismo tiempo, Neikos recuperó parte del poder que había entregado a los fantasmas, y con un impulso meteórico descargó en la espalda de Hanako el peso de su siniestra hoz. Ella gritó, y Eris se despegó de la parálisis momentánea mientras un haz verde e incandescente la llenaba. Neikos sonrió por primera vez a su Madre, por primera vez respondió a su llamado como un hijo amado, y permitió que comiera de su esencia para cumplir su objetivo. Ella, por única vez, se lo agradeció, pues sabía que no había demasiado odio para él, que podía transformar en la negatividad que le fascinaba tanto.

Una forma humeante surgió de entre sus labios y se despegó del cuerpo que en el pasado había pertenecido a una miiko. Voló trazando una ruta confusa, aunque veloz, hacia una de las niñas aterrorizadas. El Santo de Plata se interpuso y su mente se abrió al mundo de la Discordia.

¿Podría la Manzana podría regresar a los dominios donde nació?


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#534 Rexomega

Rexomega

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Publicado 14 junio 2017 - 18:55

Saludos

 

Ha sido un año algo complicado, pero antes de saber lo que me depara el futuro próximo aprovecho un respiro para dejar un comentario. Tenía en mente hacerlo desde finales del año pasado, más o menos, pero siempre ocurre algo que me retrasa. ¡Soy un auténtico desastre!

 

Leyendo esta temporada original no han dejado de entrarme ganas de escribir sobre santos de plata, acompañadas de dudas de si podría manejar tantos escenarios a la vez en el mundo real. Y es que ha habido muchos momentos a destacar, como la muerte de Ponos de Tristeza y Daidaros de Cefeo despertando el Séptimo Sentido, todo lo ocurrido en el Ateneo y el Plot Twist sobre los verdaderos planes de Eris y la auténtica naturaleza de Neikos de Odio, así como muchas escenas que reflejan muy bien momentos clásicos muy a la Saint Seiya, como cuando Hismina de Pugna cayó del cielo la primera vez o tres de los Cuatro de Oro Blanco levantándose cuando todo parecía perdido, pero en el conjunto, narrar una guerra como una guerra sin perderse demasiado es una tarea bastante difícil que has sabido llevar. Lo digo desde ya porque imagino que a la temporada no le queda mucho, independientemente de las sorpresas que nos tengas deparadas.

 

Los protagonistas indiscutibles de la temporada fueron los santos de plata, claro, con los Cuatro de Oro Blanco teniendo el papel estelar y, de entre ellos, Rigel sirviendo como protagonista de la historia, más o menos. Sin embargo, hubo lugar para los santos de bronce, entre ellos el orgulloso padre de Mii, Hughes Venator de Delfín, y los santos de oro. La mayoría no es que tomara mucho tiempo de la historia, dando espacio a los que debían lucirse, pero en el pequeño trozo del pastel que les tocó tuvieron que luchar con una diosa mientras Deathmask hacía unos chistes forzados que me remontaron a los peores momentos de un enano, un soldado eunuco y una traductora. ¿Lo mejor de todo esto? Debería decir que la ambición de Saga, pero siento que los años me han hecho casi inmune al jugo que se puede sacar de esa parte de la historia de Saint Seiya. Creo que lo que más suma, dejando de lado las alocadas aventuras de Milo, algún guiño a Saintia Sho como Shaka saludando a Disnomía (¿Hubo un santo llamado Jason como el Red Ranger o es ese Jasón, el del barco?) y Shaka como maestro de Mayura, fue la la nula coordinación de los santos de oro que lucharon contra Eris. Hace buen contraste con la idea de que los santos de plata son como una familia, porque a veces mostrar tiene más fuerza que decir. 

 

Aunque ahora que escribo esto me pongo a pensar en la oportuna intervención de Aioria y me pregunto si la poca coordinación era real o parte de la estrategia de todos. De momento, sigo quedándome con la primera opción.

 

Por si no fuera poco manejar a tantos personajes, te diste el lujo de dar a varios historia y trasfondo. No todos tuvieron tanta cámara, claro, y por ejemplo del trío maravilla (Dio, Sirius y Alghetti) solo recuerdo la batalla que sostuvieron en el Santuario, pero pudo sentirse que los santos de plata eran los protagonistas y no el grupo que enfocaba la cámara mientras sucedía toda una suerte de historias. Lo del santo que recién despierta el Séptimo Sentido lo hemos visto tantas veces ya que es difícil imaginar, sea  como lector o como escritor, cómo hacer para que no se sienta lo que ya hemos visto, sin esa fuerza que tuvo la primera vez. Bueno, confieso que en alguna batalla de Mayura me perdí un poco (me parece que la penúltima) y que sentía a Orfeo algo reiterativo, cosa normal del santo que acabará dejando atrás el mundo por su Eurídice, pero en general, quedé satisfecho. En especial, por Daidaros y la forma en que cayó el primer Hamadríade, cuando me preguntaba si ibas a usar la técnica secreta de "Ningún villano muere para que pueda utilizarlos en una próxima temporada", y hasta Rigel, un poco por sentir debilidad por el protagonista que llega a un punto en el que siente una ira vengativa y debe superarlo, un poco por ser un protagonista y no por ello idiota en el más típico sentido de este tipo de historias... ¡Y un poco porque me acuerdo de mi santo de Orión que también tenía la tendencia de hacer de héroe por las calles como si estuviera en una película de Marvel! En ocasiones, sentí que terminaría por ser consumido por el odio que Neikos parecía insuflarle, pero finalmente Rigel escapó de su influencia, creo. Pobre Mayura, en todo caso, terrible pasado decidiste darle. Shaka no es Guilty, pero...

 

Hay un precio a pagar porque tantos héroes se luzcan y hasta crezcan, como bien nos enseña la saga cinematográfica de Marvel (segunda vez que los nombro, a pesar de que no me pagan). No queda tanto espacio para desarrollar villanos, no solo a nivel de historia, sino en cuanto a ganas del autor. En ese sentido, aunque ya sean muchos vítores, me sorprende gratamente que crearas un grupo tan numeroso para el ejército de Eris y no te limitaras a tomar lo que hemos visto de Saintia Sho. En la franquicia es ya costumbre empezar presentando una orden nueva de enemigos y a medio camino llenarla de santos de oro, sean los que ya conocemos revividos o sean los enemigos de antes llevando armaduras de oro. No pasa siempre, y por fortuna no pasó aquí: ¡también los otros dioses merecen sus propias órdenes! Bueno, en este caso, una familia muy particular. Hay tantas clases de villanos como historias, quizás, y aunque siempre es interesante ver a un antagonista con varias facetas, capaz de crecer, corromperse y redimirse como cualquiera de nuestros héroes, en ocasiones pueden servir de lo más bien siendo amenazas creíbles para el otro bando de la historia. Mientras leía capítulos el año pasado, quizá por asumir que las Dríades representarían los clásicos Pecados Capitales, acabé pensando en el Culto de la Bruja antes incluso de pensar en los homúnculos de FMA. Los males del mundo encarnado sirven a la perfección para ser esa clase de villanos, y aunque tienen mejores oportunidades en una historia donde los protagonistas son gente un poco más corriente, que se puede permitir pedirle a alguien que le junte el cuerpo con su caballo muerto, fue interesante ver los momentos en los que las habilidades de las Hamadríades pusieron contra las cuerdas aun a los santos de Atenea que han de luchar por el futuro. Porque es así como los vemos crecer y brillar, más que cuando se nos dice que esos males no les afectan a ellos. 

 

En los capítulos finales hay un pequeño conflicto, entre la Madre, que los usa, los hijos, que no se han leído el guion, y Neikos de Odio, que sí. Le dio empuje a la historia en un momento donde se esperaban pocas sorpresas, con todo y que Eris no terminaba de decidirse en quién reencarnar. La revelación de los auténticos deseos de Eris ocurrió en el mejor momento posible. No voy a mentir, sin tener nada contra Saga, más bien al contrario, no pude evitar disfrutar cada que el plan perfecto resultaba no serlo tanto. En este tiempo Deathmask no ha conocido a Helena, así que no le va tan bien contra los árboles y le tocó tratar de ser ocurrente mientras lo estampaban una y otra vez contra algo. Y luego de una pelea seguramente más complicada de lo que Eris previó, ese "He encontrado lo que busco.", con la posterior manifestación de Eris cuando Neikos iba a matar a Kyoko y dejar a Felipe sin poder escribir sobre Mii en un futuro cercano, me gustó. Digo, sé que esto es Saint Seiya, los humanos y sus valores deben lucirse, pero al final del día fueron los mitos y quienes los conforman los que me llevaron a Saint Seiya, se podría decir que tengo debilidad por ver a los dioses manifestando un poder al que solo cabe responder como milagros. Y conste que no digo esto para evitar que Seiya matando a la Muerte con un puñetazo sobre su pecho cubierto de cuero ocurra en esta historia. No, que pase lo que tenga que pasar. 

 

Al final del día, claro, debe haber algo que detenga al antagonista. No imaginaba qué, viendo el estado de las cosas, pero finalmente a Eris le aplicaron un Shun. No lo esperaba, siendo Hanako una... ¿persona normal? Pero parece lo apropiado a cómo avanzó esta historia. 

 

Me quedé un poco perdido con la relación entre Eris y Tifón. No sé si por falta de memoria (sí que me acuerdo de que de alguna forma el rayo de Zeus no estaba en sus manos cuando peleó contra Tifón, en alguna de las tantas versiones que se hicieron de esa batalla), porque nunca lo leí o porque es inventado, que no es que nada esté mal al respecto. El plan de la diosa de la Discordia, complejo y despiadado, le dio un aire propio a la historia. Al fin y al cabo, de dioses que quieren destruir a la humanidad por una u otra razón está llena esta franquicia, incluyendo el mundo de los fanfiction. Eris a la larga parece querer algo no tan diferente a eso, pero también desea regresar al hogar y conquistarlo, así como reunirse con Tifón. En medio de todo, Neikos, a diferencia de sus hermanos que se murieron por mano de los santos de su Madre, muere sabiendo todo y siendo fiel a pesar de todo. Claro que no sé si luego le querrá aplicar un Greed, viendo lo insistente que fue para probar un punto a las Hamadríades, amenazando con matar a las niñas en más de una ocasión. ¿El preludio de una traición inesperada o solo fuegos artificiales para despistarnos del que sería el giro de la historia al final?

 

De un modo u otro, entiendo que los Hamadríades que murieron a manos de los Santos no podrán regresar, mientras que los que Eris devoró sí, para adaptar Saintia Sho en un futuro. Pero más que este amigable grupo de personajes, me interesa saber cómo acabará Rigel después de esto. Eris no le gusta lo más mínimo, pero si la diosa de la Discordia llega a usar a una de las niñas... ¿La deberá proteger, como vemos en el citado manga? Sea como sea, cuidar a las niñas podría ser una razón para que no lo veamos en la trama posterior que es temporada anterior a esta, mientras que Orfeo tiene pendiente la inevitable muerte de Eurídice, si es que esa trama de Hades será adaptada aquí. Faltaría saber qué impedirá a Mayura actuar. Daidaros parece convencido de entregar el cuaderno de Nicole a esos tres de Oro Blanco. Si lo hace, todos sabrán que Sion de Aries no es Sion de Aries, y debe haber una buena razón para que no actúen. 

 

Tengo el vago recuerdo de que cuando presentaste cómo el Next Dimension, Lost Canvas y el Episodio G entraban en tu cronología, me preguntaba si Gestalt resultaría ser el segundo, tercer o cuarto santo de Sagitario, en una época lejana. Claro, eso era cuando pensaba que Kurumada se atrevería a tener un santo de oro centauro en lugar de la cosa extraña que resultó ser Gestalt. ¿Écarlate también se hizo invisible/transparente porque le picó un escorpión? 

 

Si tuve críticas que hacer, el tiempo que pasaba se fue ocupando de hacer que desaparecieran. Una que recuerdo con claridad era que veía "Es tan fuerte como un Santo de Oro" y lo sentía algo random, casi como si perdieras confianza en tu capacidad para mostrar el poder de los enemigos sin acudir a una fuente conocida. La explicación que diste después (de que los Santos de Plata no conocían toda la fuerza de la élite y que las Hamadríades, como buenos villanos, son un poquito engreídos) me convenció algo. Y las posteriores muestras del poder de los Cuatro de Blanco funcionaron bastante bien. Ocurre algo parecido con la idea de familia para los Santos de Plata, que en ocasiones fluye de forma natural y otras no, pero siendo ese concepto parte de la trama, soy más indulgente.

 

No es que me haya hecho blando (bueno, sí, un poco), solo que me gustó cómo lograste, en cierto modo, trasladar una trama que pudo haber sido tan cliché como la de las películas que ya conocemos, sustituyendo el secuestro de Atenea por el de las dos niñas, y darle su toque. Quizá ayude que haya un mundo más allá del templo donde todos pelean, no solo un decorado que se rompe cada que el dios en turno frunce el ceño, quizá sirva que los pasados de los Cuatro de Blanco se nos muestran y son enfrentados por vez primera, no como la décima repetición, podrían ser mil cosas o ninguna de ellas, pero el caso es que se hizo bastante bien. 

 

Por lo demás... ¿Vale decir que pongo una expresión ceñuda cada que se acentúa lo misteriosa que es Marin de Águila? 

 

Fuera de algunos dedazos, falta de palabras y alguna que otra frase que pudo formularse de otro modo, la temporada está bien escrita, como ya es usual. Casi todos los errores no creo que sobrevivan a una revisión. Solo "trisar" donde debería estar "trizar" (hasta donde yo sé) chocaba un poco por verlo varias veces. En el último capítulo, la línea final tiene un "podría" de más, y al referirte a la famosa boda pusiste Perseo en lugar de Peleo. Hay otra confusión de nombres capítulos atrás, donde por una vez Rigel pasó a llamarse Orphee, mientras estaba frente al grupo de Hamadríades y yo me preguntaba cómo saldría de esa, pero no recuerdo el capítulo exacto. 

 

Si algo me ha dejado claro esta experiencia es que eso de leer una temporada de corrido y dar una reseña general no funciona. Fui muy terco con eso pudiendo dar comentarios según salían los capítulos desde un principio. Como ya dije, soy un verdadero desastre. Al final, escribo mucho, pero siento que me dejo muchísimas cosas sin comentar (como que pareció que sugerías que Aeson era Aioros). ¿No fue eso lo que dije la última vez que comenté? ¡Seguro que sí!  :lol:


Editado por Rexomega, 14 junio 2017 - 19:39 .



#535 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 18 junio 2017 - 16:35

Whoa... qué review! Muchas gracias, Rexo, a ver qué puedo decir sobre ello. Lo pondré en spoiler, para que se haga más corto el post.

 

Spoiler

 

 

Solo faltan 3 capítulos y luego empezaré Hades. ¡Estén atentos!

 

 

ADVERTENCIA: El siguiente capítulo está escrito en diálogo y nada más que diálogo. Lamento los inconvenientes de ello, pero es una suerte de prueba que quise intentar, narrado en la cabeza de un personaje.

 

 

CAPÍTULO 27

 

LA ROTURA DE LOS SENTIMIENTOS

 

04:00 a.m. del 11 de Junio de 2010.

—Te dije que no las tocarías.

—Infeliz humano.

—Pero… ahora puedes moverte, ¿verdad?

—Sí. Usando tu cuerpo no habrá problema.

—¿Entonces?

—Tú mismo me llevarás hacia Atenea.

—No. Atenea no debería estar aquí.

—Sin embargo, tus pies ya se mueven en su dirección.

—El Pope nos dijo que…

—El Pope es Saga de Géminis. Los ha tenido engañados por muchos años.

—¿Saga… de Géminis?

—Sí. De hecho hace años intentó matarla, por lo que pude descubrir durante nuestro encuentro.

—¿Matar… a Atenea? ¿Un Santo de Oro?

—Ja, ja, ja, ja, te molesta, ¿verdad? No saber nada de nada. Qué humano tan idiota, insulso absurdo.

—Basta.

—¿Oh? ¿Te molestaste, Rigel?

—¿Haces todo esto para regresar al Olimpo? ¿Tanto sufrimiento, muertes y pesar solo para revivir a Tifón?

—Robaré cuantas veces sea necesario el Keraunos para ver la ruina, la tristeza, la malicia, el hambre, el odio, el dolor, la pugna, el asesinato, el engaño y la locura de la que son productores en masa los seres humanos.

—¿Por qué? ¿Lo amas? ¿O acaso lo amaste?

—¿A Tifón? Claro que no. Me es útil, solo eso. Aunque me es todavía más útil una de esas niñas.

—No te creo.

—¿Por qué debería importarme lo que un humano piense de mí? El caso es que tú eres el que está perdiendo, como corresponde, dada tu naturaleza.

—No. Como dije, no te acercarás a ninguna de ellas. No has podido.

—Sin embargo, tus pies ya se mueven en su dirección. Deseas cuidarlas por toda la eternidad con tus brazos. Nos acercamos a esas niñas, míralas, tan asustadas, esas pobrecitas.

—Sí. Lo juré y cumpliré mi cometido, pase lo que pase.

—Pero ahora estás bajo mi control. En algún momento tomaré el cuerpo de una de ellas, y por lógica, tú me protegerás. Es algo inevitable. Si no quieres que les suceda nada, tendrás que cuidarme de todo mal, especialmente cuando sea una chica tan joven, y sea complicado estar en total dominancia de ese cuerpo.

—¡Maldita seas!

—Exacto, soy la diosa maldita, es parte de mis epítetos más antiguos. Lo soy desde que Zeus me expulsó.

—Eres el mal encarnado…

—Soy el origen de todo mal, no la tal Pandora, pobre humana ingenua. Ella solo ha liberado a la Muerte…

—No dejaré que te salgas con la tuya.

—Y sin embargo estás aquí, conmigo. Podría ser eterno. Además, piénsalo bien, Rigel. Esa niña que yo elija no sufriría, sería una divinidad.

—Ya te dije que no… ¡le juré a esa niña protegerla!

—¿Pero ya lo sientes, verdad? Después de todo lo que ha ocurrido durante estas horas en que nada les ha salido bien, te queda claro que el destino es inevitable, y que me apoderaré de ese cuerpo tarde o temprano. No es importante que así no lo quieras, o ningún humano, en todo caso.

—Y lo protegeré. La protegeré.

—Hay tantos pecados como dudas en tu corazón, y se alimentan de tu alma como sanguijuelas, Rigel.

—Tú los estás poniendo en mí desde que te metiste en mi cabeza.

—En todo tu cuerpo, habría que precisar. Y son tuyos, no me culpes de tus propias fallas.

—¡No te creo!

—Y sin embargo aquí estamos. Tú, deseando vivir para siempre como el guardián de una de las niñas que nos acompaña, y yo, a punto de llegar con Atenea, para arrastrarla a donde lo desee. Es una niña también, ¿ves? Todas la somos. Y una de ellas caerá, lo sabes.

—Shoko.

—Quizás. Desde que el mundo es mundo he arrojado manzanas sobre sus prados, montañas, ciudades, ríos y bosques; cuando fui expulsada tras la Guerra de Troya, aunque no logré manipular ni a Aquiles ni a Héctor, continué haciéndolo, y me apoderé de algunos cuerpos, aquellos que eran absorbidos por sus deseos más carnales, lujuriosos, envidiosos, iracundos, orgullosos, codiciosos y malditos apenas tocaban esas frutas; en algunos más que otros. Siempre resulta bien, pero en esta era fue cuando me topé con el nacimiento de la diosa de la sabiduría tras una terrible revuelta en el Santuario.

—¿La rebelión de Aiolos? No… no fue Aiolos, ¿verdad? En todo caso, ¿qué hay con eso? Hanako era una buena mujer, Eris, no actuaba según las reglas de las manzanas que lanzaste.

—Sin embargo, durante una celebración muy interesante en el bosque, comió una de ellas hace algunos años, y por eso Kyoko nació nueve meses después, ¿me comprendes lo que digo? Ju, ju, ju. No fue su intención, claro, pero uno de mis Dríades la alimentó con ella sin que lo supiese, solo por diversión, quizás Fames o Etón, o incluso Hybris. Y vaya que la virgen se dejó llevar por sus deseos esa noche con ese luchador, cuando la niña mayor fue concebida, ju, ju, ju.

—¿¡Cómo te atreves a hablar así de ella, bruja de mierd.a!?

—Por eso es que desde el principio gané, yo estaba en su interior, y en el de sus hijas, estoy destinada a ellas, a controlarlas totalmente para volver a mi hogar. El regresar es mi único deseo, Rigel, ¿en qué te afecta a ti? Solo tres personas en el mar del universo, donde billones, trillones de personas viven y han vivido durante siglos, alimentando a mis hijos con sus pasiones, fallas y desgracias. ¿Qué puede incumbirte la pérdida de tres de esas almas, tres granos de sal de un océano lúgubre y fatal?

—No me importa cuántas sean, ninguna persona merece ser títere de un dios tan vil. Aunque digas que son solo tres, tu objetivo es liberar a Tifón y hacer que en esta Tierra reine la desgracia. Morirán muchas más que tres personas, serán miles, tal como durante la Titanomaquia mitológica, presas de la ira de Tifón.

—Y sin embargo, no dejas de caminar, Rigel. Ya nos alejamos del mar y las niñas nos siguen.

—No importa. Salvaré a todos los que pueda. Es lo que juré cuando obtuve este Manto Sagrado. Sin embargo… estas dos niñas son importantes para mí, igual que Hanako.

—Sí, tuve la desgracia de toparme con ustedes, Santos de Plata valientes, y con esos Santos de Oro insoportables… y de entre todos ellos, en especial me tuve que topar contigo, aquel que Milo Rodias entrenó. Pero ya lo sabes, ¿verdad? Tanto caminar, ya debes haberlo entendido, se metió en tu cabeza plenamente, ¿no es así? No importa lo que hagas, tu firme voluntad se apagó. Perdiste.

—….Eris.

—¿Sí?

—¿No hay nada que pueda hacer para detenerte? ¿De verdad las estrellas son las que marcan un destino inevitable?

—Lo vas comprendiendo. Me preguntas como a una diosa, y te responderé como una. Si decidí que Shoko… o Kyoko, sean mis avatares, y que se desangren al llevar a Atenea al Olimpo, donde volverán a sufrir pesares contra los dioses, aunque no mueran… pues, así será. Porque un dios lo decidió. En todo caso, tú estarás con ellas para tomar como tuyo ese dolor, ¿no?

—Las salvaré de ti, no permitiré que te apoderes de todo su corazón. Son las hijas de Hanako, y son tan fuertes como ellas, ya pudiste comprobarlo.

—Sí. Y sin embargo, ya estamos llegando. ¿Qué harás, Rigel? ¿O qué harás tú, el alma de Hanako que me persiguió hasta aquí? Más bien, lo que queda de ti. ¿Hablarás esta vez, o tengo que ordenártelo?

—… ¡Hanako!

—Rigel-san, gracias por cuidarlas hasta ahora. De verdad lo intenté, pero ella es… simplemente no pude. Debo pedirte de favor que sigas protegiéndolas. Ellas no deben morir. Por favor.

—Sabes que lo haré. Pero… ¿eres real?

—¿Es eso lo que necesitas saber, Rigel?

—¿Es eso lo que necesitas saber, Rigel-san?

—No. No es eso. Mi cabeza da vueltas, y ustedes dos se apoderan de los más profundos y contradictorios sentimientos de mi corazón. ¿Qué es lo que debo hacer ahora? ¿Qué deparan las estrellas divinas conmigo?

—¿Qué es lo que deseas?

—¿Qué deseas, Rigel-san?

—Proteger a las personas que me importan, aquellos débiles que no pueden por sí mismas y han visto el pesar y las tragedias que conlleva el vivir en esta Tierra. A ellos son los que prometí proteger cuando obtuve a Orión.

—Entonces Neikos clavará su hoz en tu corazón y te volverás un fantasma, una sombra de lo que fuiste, que solo vivirá para el propósito que marcaste con tus pensamientos. Los protegerás de todo mal, ¿lo entiendes?

—Rigel-san… detente… gracias. Sé que estaremos protegidas por ti, el héroe que nunca se… detente, Rigel-san… rendirá. Det…Es nuestro destino, y podrás ayudar a mis hijas. Por f…

—Sí. Lo entiendo.

—¿Sientes eso, Rigel? El sable que atraviesa tu piel, sin dolor. Te volverás un ser perfecto que podrás salvar a todos, incluso de mí, si lo deseas.

—Mi maestro… me dijo siempre… que debía proteger a Atenea, y a través de ella, la paz y seguridad de la humanidad. Solo eso importa. Eso lo recuerdo cada vez que me enfrento a estos conflictos. ¿Ella estará bien?

—¿Atenea?

—Sí.

—Si no me equivoco es una niña en este momento, no costará convencerla. Estará bien.

—Una niña… Eso significa que Aiolos…

—La rescató, al parecer. Un gran héroe que cuidó a su ser más preciado a pesar de que el mundo se le lanzó encima y lo tachó de traidor. Un héroe que dejó todo de lado, incluso su orgullo y honor para salvar la vida de aquella que amaba, el ser más importante de su universo personal.

—Un héroe…

—Sí. Pero no te preocupes, Rigel. Te prometo que al menos a ella no le haré daño, no tengo nada contra la hija favorita del Rayo, y tampoco me convendría darle problemas. De hecho, la regresaré de vuelta al Olimpo, donde le corresponde estar, y así podrás protegerla también. ¿Te parece, querido Rigel?

—Sí. Como Aiolos de Sagitario. Eso debo hacer. ¿Pero por qué… se siente así? Tanta presión.

—Neikos es más poderoso que cualquiera ahora. Aunque me dio su fuerza, la que le resta es superior a la de sus hermanos.

—¿Acaso hay tanto odio en mi corazón?

—No. No en tu corazón, sino en el Cielo. Los dioses han puesto sus ojos en mí, al fin. Me odian, ¿sabes? Puede que no se den cuenta de todo lo que sucede con exactitud, pero algo notaron. Y Neikos ya lo percibió.

—Él… morirá pronto.

—Sí. Morirá. Es demasiado para él, y le jugará en contra cuando lleguen.

—Mis compañeros. Ellos lo matarán.

—Lo sé. Será una fatídica pelea para todos, pero lo importante es que habrá cumplido con su cometido, igual que tú ya terminaste con el tuyo.

—Ya te dije que protegeré a esas niñas. Aún tengo mucho que hacer, sea las que sea en las condiciones que esté.

—Y sin embargo, ya estamos en medio de la ciudad. Atenea está por aquí. Lo que significa que cumpliste tu cometido… ¿serás un fantasma para mí, Rigel? Estoy segura de que Hanako está de acuerdo.

¡Rigel-san, no soy yo! Rigel-san, gracias por todo lo que has hecho por todas nosotras, por mis… Rigel-san, detente… hijas. Eres un héroe. ¿Serás un fantasma para seguir cuidando de nosotros?

—Neikos terminará de usar la hoz, Rigel. Serás un héroe.

—Proteger a Atenea, y a través de ella, la paz y seguridad de la humanidad. Solo eso importa. Eso era lo que mi maestro decía todos los días antes de empezar el entrenamiento, y a veces cuando lo terminábamos. ¡Ah! Este mundo es extraño, solo existen aquí las palabras y las sensaciones. ¡Ah, duele! ¿De verdad voy a hacer esto y cruzar la línea?

—Así es, Rigel-san. Ahora, descansa… Detent…

—Ahora levántate, Rigel. Buscaremos juntos a Atenea, y la protegeremos en el monte Olimpo. Es la promesa de una diosa.

—¿Q-qué hay de… la gente del Santuario?

—No los volverás a ver. No en el estado en que te hallarás. En el que estás justo ahora, cuando las mantas negras ya empiezan a cubrir tu cuerpo.

—¿Nunca?

—Jamás. No del mismo bando.

—Lucharemos.

—Y se matarán, sí. Pero antes de eso, si lo deseas, puedo mostrarte qué es de ellos, Rigel. ¿Quieres saber lo que ocurre en el Santuario?

—Muéstrame.

—Aunque no lo comprendo. Te trataron como un paria, el chico raro que nunca estaba con ellos pues bajaba gatos de los árboles y detenía la corrupción de los policías, ¿no? ¿Para qué quieres saber?

—Muéstrame.

—Un hombre que ahora tiene a una diosa en su cuerpo, dudo que alguno de ellos te reciba bien al saberlo, no eres ya su hermano de Plata completamente, Rigel. Temerán y te despreciarán primero, antes de admitir que podrían estar en un error, y que no veían las cosas con claridad. En todo caso, nunca te brindaron un cariño demasiado intenso.

—Muéstrame.

—En el Santuario los Santos de Oro no saben qué hacer, pues me desaparecí frente a sus narices. El Sumo Sacerdote, Saga de Géminis, ha ordenado que todos ellos permanezcan en sus templos y descansen, en caso de algún problema que se avecine. El muy idiota me hubiera dado muchos problemas si hubiera quedado con su cara buena, ju, ju, ju. ¿Puedes verlos, no? Ganaron la batalla, pero no lo sienten de esa manera, están cabizbajos y melancólicos, pues nunca habían peleado así de juntos todos, y sin embargo, no resultó nada provechoso, saben que continuo viva en alguna parte. Así que su confianza se ha roto para siempre.

—Muéstrame a mis hermanos.

—Reconstruyen lo que fue dañado a nivel de estructuras. Ofiuco, Lacerta y Sagitta ayudan a los tres que vencieron a Palioxis y Proioxis, y ya derrotaron a todas las Semillas que se plantaron en el Santuario; también regresaron al campo de batalla los grupos de Centaurus y de Perseus, pelean muy bien juntos todos ellos, es hasta digno de envidia. ¿Cuántos de ustedes son?

—Veinticuatro. Una familia.

—¿Incluso esos que luchan con el Águila?

—No son ellos. Eran nuestros verdaderos hermanos, pero esos eran copias. Jamás lucharíamos entre sí, somos… éramos hermanos de batalla, compañeros que nunca se abandonan, amigos del alma.

—¿Tú también lo eras? ¿También te amaban, Rigel?

—No.

—Entonces cuando llegue el momento, te enfrentarás a todos por el alma de la niña que ahora vaya a escoger. Ellos le harán daño a esa niña.

—…Lo entiendo. ¿Me odiarán?

—Sí. Neikos lo percibe. Te odiarán por ponerte de nuestro lado, serás todo un traidor, igual que Aiolos Stavros de Sagitario, que dio su vida por quien protegía. ¿Vas a proteger a estas niñas, Rigel?

—Lo juré. Juré proteger a Hanako, a Kyoko y a Shoko.

—Entonces se mi guardián, Rigel. Se el guardián de esas niñas que caminan detrás de nosotros. Deja que la hoja de Neikos te alimente de sombras, y llénate con los sentimientos que no has permitido que nadie vea, los que sentiste al conocer a esta familia.

—Sí.

—¡Déjate llevar por esos sentimientos, Rigel, esas emociones repudiadas por el Santuario, consideradas indecentes para un Santo.

—Sí.

—…R-Rig…san…

—Atenea está aquí. Pronto podré abandonar tu cuerpo y el de la mujer; junto con Atenea volveré al Olimpo.

—Sí.

—Así que deja que te consuma el fuego del odio, Rigel.

—¡DETENTE, RIGEL, ESTÚPIDO IMBÉCIL!

 

Tokyo, Japón.

El ataque carmesí de Milo de Escorpio se propagó por el cielo junto con su grito, uno que traspasó todas las dimensiones. Su instinto buscaba la sangre de su enemiga, la que se había burlado de él y casi todos en el Santuario. Cuando conectó en Rigel, todos sus puntos nerviosos fueron afectados, y una bocanada de humo se disparó al aire. En el instante en que Neikos intentó proteger a su Madre, un trío de siluetas bañadas en luz de luna le impidieron el paso. Eris quedó sin un cuerpo que habitar nuevamente.

La batalla finalmente se retomaba, esta vez en la ciudad de Tokyo. Milo miró a Rigel, y éste a su maestro. Ya se habían quebrado los sentimientos.


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#536 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 08 julio 2017 - 18:30

Lo siento. Estaba con mis éxamenes, y por eso no pude publicar. Ahora estoy bien xD

 

Solo dos capítulos más!

 

CAPÍTULO 28

 

LA SANCIÓN DEL ODIO

 

04:00 a.m. del 11 de Junio de 2010. Edogawa. Tokyo, Japón.

Probablemente había sido el golpe más fuerte que había dado en su vida. Un disparo que preparó durante su carrera desde donde fue arrojado por el huracán de esa maldita diosa de segunda, hasta la playa donde peleaba con Rigel. Claro, cuando llegó descubrió que no estaban peleando, sino que el Cosmos de Eris se sentía desde el cuerpo de Rigel, y que las niñas iban detrás, así que sacó sus propias conclusiones. Ya estaban en la ciudad, había gente durmiendo a esa hora, tranquilamente, y no iba a levantar alboroto al despertarlos, así que debía ser un ataque preciso. ¡Porque había que atacar a Rigel, no tenía muchas opciones! Era un Santo de Oro…

En todo caso, más que con fuerzas físicas, disparó su Aguja Escarlata con su corazón y alma. Fue extraño que lo que quedaba de armadura a Rigel permaneciera más o menos intacta, pero logró su cometido: un vaho verde salió de él, lo que debía ser el alma de esa bruja malnacida. Las niñas cayeron al suelo y lloraron, pero no sufrieron ningún daño más que en sus rodillas.

Mientras tanto, el Hamadríade que restaba se hallaba detrás de él, impedido su paso por tres Santos de Plata en paupérrimas condiciones físicas. Si los analizaba detenidamente, ninguno de esos tres debía ser capaz de mantenerse en pie, dada una cosa de lógica y física básica, pero allí estaban, y tampoco es que le sorprendiera… no tanto. No le asombraba que alguien pudiera superar las barreras de la lógica y la física por obra del dominio del Cosmos, pero sí era de extrañar (aunque gente como Aiolia o Aldebarán le discutirían esto) que fueran Santos de Plata.

Uno era el Santo de Lira, Orphée, lo conocía bien, no era raro encontrárselo en el bosque Dodona, entonando música para las aves, el amor y cosas de ese estilo, medio románticas. Siempre lucía tranquilo, en paz, sin embargo ahora, con uno de sus brazos colgando como peso muerto del hombro, la armadura hecha añicos y los huesos del torso evidentemente triturados, lucía como un guerrero que daría todo de sí por algo más que sí mismo. ¿Atenea, probablemente? Milo no lo sabía, pero era como si tuviera un deseo irrefrenable de sobrevivir, pasara lo que pasara.

Otra era la discípula de Shaka, Mayura de Pavo, a la que solo había visto una vez probablemente, pero la reconocía porque tenía el mismo aire medio místico y aburrido detrás que él. No luciría muy digno que estuviera de rodillas normalmente, tal vez producto de una quebradura de columna, por lo que veía, pero su Cosmos ardía con tanto brillo e intensidad que compensaba cualquier cosa, hasta parecía más peligrosa que los otros dos. ¿Cuánto había sufrido esa mujer?

Y el último era evidentemente Daidalos de Cefeo, que dadas las normas de la vida ni siquiera debería estar respirando por las condiciones en que estaba. Su pecho se agitaba con fuerza, su armadura casi se había esfumado, los músculos de sus brazos seguían tensos aunque no podía levantarlos… y con todo, Milo jamás había visto a alguien parecerse tanto a una bestia como ese hombre, resistía como un titán todo lo que le arrojaran.

Ellos podrían hacerse cargo de esa situación. Milo de Escorpio arremetió con todas sus fuerzas contra Rigel; aún quedaba demasiado que hacer, el espíritu de Eris podía entrar en su cuerpo nuevamente en cualquier instante.

 

—Santos de Plata… ¿siguen vivos? —preguntó Neikos con voz espectral.

—Por lo que sé, lo raro extraño es que tú estés vivo —apuntó Daidalos, que le dedicó a Milo una mirada de reojo. El Santo de Oro se haría cargo de lo que fuera que le sucediera a Rigel, quien había cambiado y mantenía una mirada de odio ante sus ex compañeros.

—Hay demasiado Odio en los corazones del mundo, y sin mis hermanos en el mundo, me acumulo de los sentimientos negativos que dejaron atrás. Eso es todo. Además —añadió tras una pausa— ese hombre, Rigel, me provee de mucho más de lo que necesito.

—¿Qué le hicieron? —indagó Orphée. Podía notar un vapor verde alrededor de Orión, cuyos ojos irradiaban como rubíes al fuego. Al final, no pudo detenerlo de hacer una estupidez, a pesar de que se lo habían pedido.

—Ha aceptado a Madre. Eso es todo.

—¡Imposible! Rigel es completamente recto.

—Las niñas —descubrió Mayura, tras observarlas un momento. Era primera vez que las veía con sus propios ojos, aterrorizadas e intimidadas como ella cuando pequeña—. Una de ellas es el cuerpo de Eris.

—Sabes bastante para no ser capaz de ponerte de pie. —La voz de Neikos se tornó más grave, un aura gris lo cubrió como una neblina o una nube que está cerca de llover a cántaros.

—¿Cómo lo devolvemos a la normalidad? —inquirió Orphée, sosteniendo el arpa con uno de los brazos, incapaz de rasguear las cuerdas con la mano del otro.

—No pueden.

No terminó de pronunciar la n cuando la batalla, tres contra uno, comenzó y Mayura propinó el primer golpe al costado izquierdo del Hamadríade, tras un salto que requirió de su Cosmos para reemplazar las piernas inhabilitadas. Neikos se quitó de encima a la mujer con la hoz bañada en la sangre de Hanako, cuyo cuerpo había caído cerca de la playa, descomponiéndose lentamente mientras Eris surcaba el cielo para volver a ella, retrocedía para conmover nuevamente el corazón de Rigel, y otra vez intentaba escapar, en un ejercicio que no cesaba de repetirse ante los ojos de los testigos. Los que peleaban, claro, ya que la mayoría de la gente común de la ciudad dormía tranquilamente en sus camas a esa hora, o bailaban hacia el centro, muy lejos de allí, el calmo distrito de Shishibone. No era plan de ninguno despertar a nadie, y además, ni el auto de policía que pasó cerca de un colegio, ni el vagabundo a dos cuadras con una botella en la mano, pudieron notar movimientos tan veloces.

En todo caso, eso no duraría mucho. La gente despertaría en el instante en que alguien chocara contra un muro, o un vidrio se quebrara por la presión. Por eso fue que Daidalos usó toda su potencia física para tomar a Neikos por la espalda, y arrojarse junto a él a la plaza, donde no había nadie. Orphée y Mayura lo siguieron, mientras Milo movía el brazo a una velocidad que ningún humano normal podría siquiera imaginar, para generar una capa de reflejos cósmica que ocultaría su batalla durante los instantes que necesitaba.

Mayura arrojó las Plumas Silvestres mientras se desplazaba con ayuda de sus brazos y su aura; Daidalos la imitó con su Espada Real, y ambos ataques conectaron en sendos árboles a la vez que eran evitados fácilmente por Neikos, que de un salto se acercó a Orphée y lo estampó contra el piso de un solo golpe.

—¡Orphée! —gritaron sus compañeros, y alcanzaron a ver a Neikos lejos de ellos antes de que les sacara un par de dientes con patadas espeluznantes; no vieron acercarse ninguna de las dos.

—¿Lo notaron, no? En estos momentos soy más poderoso que cualquiera de mis hermanos, a los que ustedes a duras penas podían rasguñar.

—¿Y eso qué? —Mayura se levantó solo con la fuerza de sus brazos; observó a esa criatura espeluznante, preguntándose si Shaka también sentía asco al abrir los ojos y ver los monstruos que amenazaban la paz… como si ya no tuviera ganas de contemplar el mundo—. No importa.

—A diferencia de ustedes, no necesitamos que nuestras mamás nos presten músculos para pelear. —Daidalos volvió a tocar su cinturón, asegurándose una vez más de que las memorias de Nicole de Altar no se perdieran. Debía recordar que la batalla aún no acababa, pues tras todo el asunto de Eris, tendría que enfrentarse al mismísimo Santuario, y necesitaba a Mayura y los otros para eso.

—¿Hm? ¿Y eso?

Daidalos apenas consiguió soltar el aire que había contenido cuando debió gritar con las dificultades obvias, sin respirar, pues le habían atravesado en la zona izquierda del intestino con esa guadaña infernal. Liberó una brisa negra, un soplido lleno de Odio, un viento cargado eléctricamente como las nubes que los acechaban sobre sus cabezas.

El peto y el cinturón de Cefeo crujieron secamente, luego se resquebrajaron y finalmente volaron en pedazos, entre los que volaba un solitario libro de hojas amarillentas, que el Hamadríade cogió entre sus manos esqueléticas, antes de que el Santo de Plata se desplomara cubierto por su propia sangre.

—¿Hm? Vaya, vaya… qué interesante. Hay información importante aquí, por lo que veo. —No sonreía a menudo, pero esta vez lo hizo, y su frialdad se hizo más que patente… nada le importaba más que seguir recibiendo Odio—. ¿Era relevante para ustedes, Santos?

—N-no… no, detente… —susurró Daidalos, que intentó avanzar, pero se detuvo para vomitar sangre. Mayura y Orphée no entendían nada.

—Una lástima, de verdad.

—E-espera…

—¿Qué es eso, Daidalos? ¿Qué es ese libro?

—¡Maldita sea! —gruñó el Santo, cuando las fuerzas del brazo le flaquearon y volvió a derrumbarse en el pasto, justo junto a una pelota pequeña, un anillo, y una botella a la que aún le restaba algo de líquido amarillo que le conmovió, así como el breve pitido de un grillo cercano.

— Daidalos de Cefeo…

—Maldita sea…

—Ódiame.

Y con un suave gesto, casi casual, el Hamadríade calcinó el diario, y con él se quemaron sus letras, las memorias de uno de los más grandes Santos de la historia, y el futuro del Santuario, dominado por un usurpador. Incluso si ganaba, todo estaba perdido. ¿Siquiera ganarían, en todo caso?

***

 

En la ciudad, Milo era rodeado por aros de fuego creados por Rigel. Ambos sabían perfectamente que eso era inútil, pero también que eran conscientes de que el Cosmos de Rigel había escalado demasiado en las últimas horas.

—¡Rigel, miserable idiota!

—Maestro —respondió el saludo el de cabello plateado.

—¿Qué diablos haces? Ese no es tu lado, ¿por qué estás en nuestra contra?

—Protegeré a la señora Eris con mi vida —contestó Rigel con toda calma. El clamor frío de sus ojos indicaba que no se hallaban dudas en su corazón.

—Tal vez se lo prometiste a esas chiquillas que lloran allí en el rincón, o a la mujer que Eris usó, ¡pero no a la Discordia!

—Lo siento. Ese fue mi juramento.

—Rigel, mi querido discípulo —Milo movió bruscamente el brazo derecho, y las llamas azules se esfumaron en su mayoría… algunas permanecieron ondeando en torno al brazal—, si sigues con esto, te convertirás en mi último obstáculo. Y sabes lo que hago con los obstáculos.

—Sí. —El Santo de Plata encendió su Cosmos y levantó la guardia; su Manto liberó destellos como luz de luna—. Soy un fantasma de Eris, Rigel de Orión. No es importante a quien use esa diosa, la protegeré aunque me cueste la vida.

—Rigel… ¡la p.uta madre! —El Escorpión lo imitó, su uña índice de carmesí brilló como un rubí al fuego—. ¡Soy el Santo de Oro de Escorpio, Milo!

—Peleemos, maestro.

Apenas terminó de hablar, los puños de ambos chocaron en medio de la calle deshabitada, la tierra tembló suavemente, y los vidrios resistieron solo gracias a la barrera de energía de Milo. Rigel fue expulsado hacia atrás, pero rápidamente invocó el Fuego Fatuo sobre su maestro, que apenas pudo tocarlas esta vez. Las flamas azules se arremolinaron a su alrededor, su temperatura se elevó progresivamente.

—¿…Qué es esto?

—Mi Fuego Fatuo ya alcanza un calor que puede afectar incluso a los Mantos de Oro, maestro. No le conviene enfrentarlas o se quemará.

Todo objeto metálico cercano que hacía contacto con el piso se derritió casi al instante. Milo se vio obligado a retroceder, aún con la guardia en alto. Durante un par de segundos ninguno se movió, y la percepción del tiempo se hizo aún más lenta de lo normal. El Escorpión Dorado comprendió que Rigel tenía el Séptimo Sentido despierto constantemente gracias al poder de Eris, y que era su igual… o al menos, casi su igual.

—Rigel, maldición, no me hagas eliminarte.

—Eso es lo que hacen los Santos, ¿no? Matan, sangran, matan de nuevo, destruyen, y todo en nombre de una diosa. Peleemos, maestro, es lo único que resta.

 Milo saltó tras crear una distracción con un misil que disparó al piso, y desde allí hizo relampaguear una serie de Agujas Carmesí que cruzaron el viento y el fuego para estamparse contra el pecho de Rigel, que retrocedió. Milo descendió y lo enfrentó cuerpo a cuerpo, pero cada golpe y patada se encontró con un bloqueo de carácter inmisericorde, brusco y poderoso.

«Está arriesgándolo todo en esta batalla», pensó Milo. No podría mantener mucho más tiempo el campo de energía si tenía que enfrentar a esa bestia en que se había convertido su discípulo.

La Danza Fatua salió de los dedos de Rigel cuando lució un golpe que pareció fallar, Milo las desvió con sendos brazos, y las llamas del Cinturón Fatuo justo después se encadenaron a las rodillas de Milo, que lo hicieron caer. Por supuesto, éste no se desesperó, trastabilló un poco más de la cuenta para esquivar a Rigel, y contraatacó con dos Agujas Escarlata en las propias piernas de su contrincante.

—¡Maldición! ¡Ahhh!

—Detente ya. Sabes bien cuánto duelen. —¿Cuánto años había entrenado a su discípulo con ellas? Al principio, solo una lo dejaba en el piso, pero al cabo de un mes, todavía gruñía de pie tras el primer golpe en el tobillo. No usaba ni de cerca su poder total, o siquiera una centésima, pero eso demostraba la tenacidad que lo hizo destacar entre sus pares. No se rendiría.

—Usted lo sabe, maestro. La batalla está muy lejos de terminar.

—Lo sé.

Rigel concentró gran parte de su Cosmos y su fuego en el brazo derecho, y con él desencadenó la furia de la Devastación Fatua. Hasta ese punto, el alma de Eris había estado mirando la escena desde cierta distancia, como una diminuta nube en la noche violenta, pero esta vez tuvo que retroceder, y cruzó la barrera antes que ésta se destruyera por el poderoso golpe.

Tokyo despertó.

 

***

Al mismo tiempo, Daidalos gritaba. Las memorias de Nicole yacían en el piso convertidas en ceniza, todas sus palabras, letras y deseos se habían perdido para toda la humanidad, para siempre… había fallado.

—Humanos… las desgracias les persiguen, las provocan, repiten los mismos errores, sufren eternamente. Son estúpidos sin remedio. Merecen ser pisoteados por su patética existencia.

—Daidalos, ¿qué pasó? ¿¡Qué era eso!? —Orphée intentó acercarse, pero el dolor se lo impidió. ¿Cuánto más podría aguantar?

—¡Destella, mi Cosmos! —Mayura se propulsó nuevamente con los brazos, y con los mismos disparó Plumas Silvestres.

Neikos las bloqueó fácilmente, nada podrían hacerle unos dardos tan lentos, fue cuando estaba desviando las últimas veinte o treinta que sintió el aterrador poder del que hacían gala los Santos cuando estaban en momentos de desesperación, ese malnacido Séptimo Sentido. Mayura de Pavo se había elevado más de lo normal, sus Plumas solo habían sido una distracción.

Utilizó su Danza del Aleteo Brillante, y Neikos no evitó que la sonrisa abordara su rostro pálido cuando descubrió que en tan mala forma, y a pesar de su increíble poder, la mujer había dejado una apertura a la altura del cuello donde podría enterrar su guadaña.

El Hamadríade se acercó a toda velocidad, más rápido que el viento, mientras el golpe de Mayura le desgarraba la Hoja, pero no conseguía acertar los puntos más importantes de Neikos. Con el filo resplandeciente cruzó el aire, y Mayura consiguió evitar perder la cabeza a duras penas. El dríade del Odio no desistió, contraatacó una vez más sin éxito, la guadaña no lograba acariciar el cuello de Pavo, y ésta seguía desencadenando su poder, como si no se redujera. ¿Acaso era verdad lo del Cosmos infinito de los Santos?

Neikos comprendió algo tarde que tanta energía se debía a que Mayura de Pavo no era la única con su Séptimo Sentido activo. Mientras el Aleteo quebraba sus brazales, el dríade miró por medio segundo hacia abajo, donde el Santo de Cefeo se erguía con los brazos arriba. Los bajó un instante después y, con una expresión de profunda furia, se arrojó sobre su enemigo.

—¡Piedra de Salomón! —El golpe no acertó, pero así tampoco Neikos tuvo la suerte de perforar el cuello de Mayura o el corazón de Daidalos, ante el pesar de los cientos de veces que lo intentó durante un sencillo segundo.

«¿Pero qué demonios ocurre?», se preguntó. A esas alturas ya debía haberlos asesinado a ambos, y seguía fallando, permitiéndole al Pavo disparar más poder, y al padre de Andrómeda cruzar golpe tras golpe, aunque ninguno fuera mínimamente capaz de causarle algún temor. Neikos tenía toda la ventaja… ¿Entonces por qué su guadaña, y los ataques que se le sumaron, fallaban tanto?

Debajo, Orphée de Lira entonaba la más dulce de sus melodías con solo uno de sus brazos, mientras a su alrededor, aquella misteriosa aura plateada danzaba con elegancia y misterio.

—Los dioses dejarán de charlar, las aves dejarán de cantar, incluso los astros dejarán de brillar… En medio del encanto todos los humanos sucumbirán al sopor, envueltos en dulce embriaguez…

—Ese tipo… está intentando dormirme. —Cuando Neikos miró a un lado, una de las corrientes energéticas del Aleteo le golpeó de lleno, y lo arrojó sobre las ramas de un árbol, que las aves prontamente abandonaron. ¿Qué podían creerse los humanos para hacer tanto daño? ¿Para creerse tanta cosa? Los dríades estaban en el mundo desde la más antigua de las eras, alimentándose de su perversidad, mientras ellos morían, se reproducían, morían de nuevo, y crecían solo para desaparecer en la misma humillación, pesar, y tristeza de siempre, devorados por gusanos, sumergidos como polvo en el mar, llevados por el viento, o convertidos en modelos para posar de los científicos. ¿Cómo podía un humano atreverse a dormirlo a él, un ser cercano infinitamente a los dioses?

Algos del Dolor también había sido derrotado por un hombre lleno de vigor y anhelos. Lo mismo le ocurrió a Hismina, Ponos y Limos. ¿Qué estaba mal con ese maldito Santuario? ¿Qué pensaron los dioses al crearlos?

Neikos cruzó el aire con brusquedad sin límites y una rapidez fuera de todo control. Orphée no se inmutó, no debía detenerse. “Un breve momento en que el tiempo se detendrá en el universo entero y todo ser en la tierra y en el cielo se irá durmiendo… se irá durmiendo… se irá durmiendo…”, repetido una y otra vez, al tiempo que depositaba su confianza en sus compañeros, con los que en pocos días había formado un lazo difícil de explicar y de romper, uno posiblemente perecedero, pero que tomaba todos de ellos mismos, los conectaba como nunca habían estado con el resto de sus hermanos.

Una Roca de Eternidad se irguió para protegerlo. Neikos la destruyó, y Cefeo apareció detrás, justo frente a sus ojos. El Odio frenó, sus pies hicieron desgarrar la tierra, cerró los ojos por puro adormecimiento, y Daidalos aprovechó para golpear su pecho con todas sus fuerzas.

Orphée sonrió y le desafió con la mirada. Jamás volvería a dudar. Regresaría sin ninguna duda con Eurídice, y a la vez sería un Santo que le probaría al mundo de lo que era capaz, incluso si debía ocultar sus sentimientos.

Neikos sintió esto, y sus dientes chirriaron. Los ojos de ese hombre le decían silenciosamente que podía ser feliz, ¿¡cómo se atrevía!? Era solo un humano, nada más patético existía.

Su Hoja fue destruida cuando se quitó a Daidalos de encima, quien había previsto que el poder del Presagio Solar que había creado y encendido unos segundos atrás, caería justo en ese momento. A Neikos no le importó, levantó la guadaña y de ella resurgió un relámpago que hizo trisas el arpa de Lyra, y con ella la mitad de la armadura de Orphée, que retrocedió un paso, topó con un árbol, y se dio cuenta de que aún podía pelear, su Cosmos lo arrastraba a la batalla como un imán, por lo que se impulsó con ayuda del tronco y saltó por sobre la cabeza de Neikos.

El Hamadríade se giró con precisión y apuntó la guadaña a la cabeza de ese gusano, ya más despierto de su hechizo. ¿Por qué había muerto Algos del Dolor, su hermano? Se preguntó esto una vez más, justo cuando Mayura de Pavo apareció por la espalda, detrás del árbol que acababa de caer, para explotar su Cosmos con un mantra: Om, deseando con todas sus fuerzas terminar de una vez, y devolverle a ese monstruo el sufrimiento que les hacía pasar: no lo odiaba, pero sí era consciente de que necesitaba eliminarlo, ese era su propósito.

La guadaña se evaporó finalmente, un humo negro se levantó al cielo junto con una sensación de relajo que los envolvió a todos, pero ni con eso ocurriendo Neikos se detuvo. Aún con el impulso previo, usó su puño para cazar la cabeza de Orphée, atrapado tanto por la gravedad como por la presión de los Cosmos. Sin arpa, solo le quedaba su brazo. En solo cinco segundos, una sucesión destructiva se había desencadenado en una plaza de Tokyo, y el Santo de Lira por fin sintió que el tiempo regresaba a la normalidad, lo suficiente como para gritar.

Daidalos creó una Espada Real, y sonrió al ver a su hermano perforar con su puño derecho el estómago de Neikos. Orphée de Lira, Mayura de Pavo… creerían en él, no había duda, así como él confiaba en ellos. También el Santo de Cefeo gritó a todo pulmón, dio un salto y se adentró en la nube de Odio que el monstruo liberó. Se le revolvió el estómago, imágenes aterradoras pasaron por sus ojos como en una película, casi pierde el conocimiento… pero ese era el momento más importante de todos. Su Espada llevaba sus sentimientos.

—¡No me importa que tengas el Cosmos de una diosa o lo que quieras, no te tememos! —Fugazmente pensó en sus alumnos. ¿Qué desafíos se enfrentarían en su vida futura? Fuera lo que fuese, el Cosmos era inmortal, y en su vida ilimitada, eran los dioses quienes estaban en desventaja. Por eso existían los Santos.

Cuando Orphée se separó del Hamadríade que aullaba de dolor, Daidalos de Cefeo le arrebató la cabeza.

«Mi hermano, Algos del Dolor murió, porque Aesón de Copa fue superior a él. Los humanos sí pueden ser superiores a nosotros, tal vez incluso comparado con los dioses… de verdad son criaturas muy interesantes».


Editado por -Felipe-, 08 julio 2017 - 18:31 .

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#537 Presstor

Presstor

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Publicado 09 julio 2017 - 07:18

Buenas amigo que tal todo.? Estos capítulos me han dejado expectante con bastante ganas de más
La pobre mayura está peleando levitando con el cosmos? Joer eh visto wonder woman y pareció un poco fail
Todo lo que pelea y ni una Mota de polvo se le ve en pelo,hacer algo así no le da ni un ápice de epicidad
Duelo épico de tres contra uno,te quedo muy bien como coordinan poderes los hechos Polvo
Que están. Muy chulo todo
Y a ver que sucede con milo y Rigel.....que tiene pinta de acabar mal
Bueno un saludo y hasta la proxima

#538 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 11 julio 2017 - 22:19

AVISO IMPORTANTE: Solo queda el siguiente capítulo, y un corto epílogo ya escrito, que publicaré muy pronto. Después de eso, comenzaré la saga de Hades, de la que ya tengo el guión general completamente terminado (al menos de la primera parte, que según mis cálculos serán 52 capítulos). Así que ATENTOS.

 

 

Ahora, respondiendo a mi buen amigo Presstor.

- Mayura no está peleando levitando, sino que elevándose con los brazos para luego volver a caer. Así que está más que manchada de polvo.

- A mí, por el contrario, me fascinó Wonder Woman. El asunto del ultrarealismo me parece un detalle nomas, me enfoco más en la trama y la caracterización. La pelea en sí fue la que me pareció épica.

- Y sí... te adelanto que lo de Rigel y Milo no acabará bien.

Tus reviews siempre son agradecidos y esperados. Te agradezco con toda honestidad lo mucho que has seguido esta historia hasta el momento, y lo mismo para los demás, tanto los que la siguieron desde el principio como los que se unieron a la mitad.

 

 

 

CAPÍTULO 29

 

EL ANOCHECER DE LA VIDA

 

04:20 a.m. del 11 de Junio de 2010. Edogawa. Tokyo, Japón.

Los gritos comenzaron al instante, todo lo que podía ver la gente era el fuego azul, misterioso y agresivo, cubrir de un lado a otro de la calle. Milo de Escorpio y Rigel de Orión cruzaron la avenida principal de la ciudad dejando a su paso una serie de ruidosas explosiones y quiebre de ventanas, uno de ellos intentando evitarlo, y el otro provocándolo. Rigel estaba perdiendo la razón en favor de proteger a una chiquilla que apenas conocía, ¡que debían asesinar! ¿Por qué?

—Ya nada se puede hacer, Rigel, hay que acabar con Eris de raíz, ¡y ese es mi maldito trabajo, así que detente de una p.uta vez!

—No puedo hacerlo, maestro… —Rigel desencadenó la Devastación Fatua en el rostro de Milo, que en lugar de mostrar dolor, presentó a su discípulo cuatro rojas Agujas que se estamparon contra su pecho. Antes de que pudiera caer, lo estampó contra un árbol de la plaza donde los Santos de Plata luchaban, clavó tres disparos más en las piernas, y finalmente lo arrojó a la bahía, cerca de un puente. Así estaban lejos del fuego, donde la mayoría de la gente debía estarse dirigiendo. ¿Era una mala persona por dejar a las niñas atrás, en manos de gente que, esperaba, tuviera buena voluntad?, se preguntó.

Sí. Lo era. Pero también era un Santo de Atenea. Debía terminar rápidamente la pelea para volver con ellas.

—Te están usando, Rigel… —dijo mientras su oponente se retorcía de dolor y se aferraba las piernas para intentar calmar la aflicción—. Podríamos hallar otra solución en vez de esta ridiculez, pensé que eras del tipo de gente optimista capaz de encontrar respuestas ocultas en la niebla y todo eso.

—Lo intenté, maestro… pero es imposible.

—¡Eris no puede estar pegada a esas niñas para siempre!

—No podemos ir contra la voluntad divina, y solo un dios podría separarlas.

—Y luchamos en nombre de una diosa, ¿no te acuerdas? ¿Te suena una que se llama Atenea, estúpido?

—Maestro. —El fantasma sonrió con una pizca de picardía—. No pensé que sería tan inocente como para creer que la diosa Atenea está en el Santuario. Es algo decepcionante, en mi opinión.

—¿Qué carajos dices?

—No, maestro, no… nos han tapado los ojos demasiado tiempo.

 

La gente empezó a acercarse al muelle, a asomarse por las ventanas, sacar los teléfonos celulares y cuchichear, sobretodo en pijama. Milo incendió una vez más su Cosmos, al menos para camuflarlos entre todo ese fuego azul que danzaba por todas partes. Antes de ello, se fijó en un trío de japoneses, probablemente familares, que llevaban a las niñas cargadas en sus brazos. «Maldita sea mi suerte», pensó. De todos los lugares, ¿las traían ahí? Y aún más, ¿por qué diablos llevan niñas a un lugar así? A veces quería que Zeus lanzara un relámpago y lo destruyera todo…

¿Y ahora en qué mier.da estaba pensando?

Milo dio un brinco y una voltereta, arrojando más Agujas Escarlata junto a las Carmesí a modo de distracción. Rigel usó el poder que Eris le proveía cada vez más, lo tomó de una pierna mientras recibía los láseres, y lo azotó contra el suelo. El mar se levantó, al igual que las llamas arremolinadas. El Escorpión conjuró un enorme y apasionado fulgor rojo desde su mano, se impulsó en horizontal y pateó la quijada de su discípulo, antes de recuperar la verticalidad y atacar dos mil veces más a toda velocidad en un segundo, que se multiplicó varias veces. Conectó un par de Agujas más, tenía prisa. Odiaba atacar a ese muchacho, pero no tenía demasiadas opciones.

Rigel le golpeó el estómago solo una vez, y propulsó el Cazador de Bestias con ello. Milo trastabilló, y utilizó la Restricción para detenerlo. Las llamas azules avivaban con vigor gracias al combate. Dudó, solo por un segundo, si matar o no a las niñas que miraban desde lejos… Por instinto, Rigel se puso en su camino usando toda su fuerza de voluntad para aliviar la técnica del Escorpión Dorado.

—Tal como te dije, Rigel, si es necesario acabaré con la maldad de raíz, debes entenderlo. —Milo apuntó, en su lugar, a su discípulo. ¿Sería necesario ir con todo, a fin de cuentas? Su dedo resplandeció como el sol naciente.

—Eso es de esperarse de la justicia del Santuario, ¿no?

—Rigel…

—Si intenta atacar a Eris, maestro, significa atacar a su recipiente humano… ¡y eso no lo puedo permitir!

—¡Detente, maldita sea!

—Asesinar en nombre de un dios, no es diferente a lo que buscan los otros dioses con los seres humanos.

—Si puedo salvar vidas inocentes, estoy dispuesto a asesinar, ¡cualquier Santo lo estaría! ¡No se necesitan más explicaciones!

«Jamás aceptaré sacrificar algo en nombre de la justicia… menos a ellas.», fue el pensamiento fugaz de Rigel antes de volver a atacar con todo. Fuego Fatuo, Danza Fatua, Cazador de Bestias, Cinturón Fatuo, Devastación Fatua… desplegadas en un baile de zafiros llameantes, surcando las estrellas de rubí que Milo arrojó al tiempo, con la precisión que se esperaría de los Santos de Oro, al fin atacando con toda su fuerza. Si tenía que clavar su último golpe para liberar a su alumno, y luego derrotar a Eris y toda su estirpe, lo haría, no le importaba que le guardaran rencor.

Esquivó el fuego, se liberó fácilmente del Cinturón, y evitó al furioso Cazador en medio la Danza que le quemaba la piel, era un dolor horroroso. Luego se deshizo del fuego con un giro rápido de energía… sería algo momentáneo, pero lo suficiente como para dejar a ese niño tranquilo.

Normalmente bastaría con un golpe fugaz y feroz en el cuello para dejar a un chico como ese inconsciente. Su maestra se lo había enseñado muy tempranamente en su entrenamiento, quizás cuando tenía nueve años. Había aprendido técnicas de asesinato solo para defenderte, y a los quince años, ya había dominado tantos estilos de pelea que se creía capaz de vencer a quien quisiera, con o sin uso de Cosmos.

Por eso se sorprendió tanto cuando Rigel lo detuvo a medio camino con las manos, sin requerir de sus Fuegos Fatuos. Milo quería entender: ¿fue capaz de superar todas las artes cósmicas de su alumno, y éste lo frena con los brazos como un niño a su hermano menor?

—¡Rigel!

—Maestro… lo lamento, pero no permitiré que les haga daño. —Sus manos comenzaron a imponer presión sobre los hombros del Escorpión. Para la sorpresa de éste, el Manto comenzó a crujir.

—Esto es más que el simple Séptimo Sentido, estás conectado con Cosmos divino, Rigel. ¡Tu cuerpo no soportará eso!

—Aguantará lo que sea necesario para proteger lo que juré que cuidaría con mi vida, maestro.

Milo encendió las uñas de ambas manos, y descargó dos Agujas Escarlata con cada una, que fueron a parar a los hombros del joven de cabello plateado. Con los primeros golpes fue arrojado al suelo, y con los segundos, arrastrado al borde de la bahía. Aun así, Rigel no tardó en ponerse de pie, justo cuando la sangre empezó a manar a borbotones de los orificios creados por sus dedos. Estaba tan distraído que no se dio cuenta de que ya llevaba catorce golpes.

—Rigel… ¿Te diste cuenta, verdad? Esa sangre que te salpica la armadura de Orión… ¿sabes qué significa? —Por primera vez, Milo bajó la guardia. El fuego aun lo rodeaba, pero no sintió ni ganas de sentirse amenazado.

—Puede usar su golpe final, sí. Lo sé. —Por el contrario, el guerrero levantó ambos brazos. Ese chico era un héroe, un tipo distinto en la orden de los Santos, y ahora solo era un títere de Eris, que seguía volando por ahí. A Milo le invadió la más profunda tristeza.

—Puedo seguirte torturando con mis ataques, ni la resistencia divina de Eris te salvaría del dolor… pero ya tengo permiso de usar Antares, lo que te llevaría a la tumba en un minuto, Rigel. ¡Un minuto!

—Lo sé.

—Y no creas que no lo haré. ¡No creas ni por un segundo que no lo haré, si con ello puedo ganar esta pelea y luego matar a Eris! Rigel… recapacita… —¿Acaso se atrevería a decir lo que nunca salía de sus labios? ¿Se tragaría el orgullo? Milo aun pensaba en ello cuando las palabras mágicas salieron de su garganta—. Por favor. Te lo suplico, Rigel, piensa, vuelve a tu consciencia. No pienso torturarte, así que no me hagas acabar contigo.

Rigel conjuró siete esferas azules a su alrededor, que hizo girar con suaves movimientos de sus dedos. Esa era la tragedia del universo, lo que indicaba a los Santos que, incluso con su poder, no estaban exentos de las normas del cosmos. Era algo que Milo siempre ligaba a la infame Ley de Murphy, si algo puede salir mal… saldrá mal. En este caso, quería decir que las acciones buenas no llevaban a mejores beneficios, y las malas a la perdición. No.

El universo era cruel, carecía tanto de compasión como de un orden kármico. Un inocente podía sufrir todas las calamidades humanas, y un malnacido vivir en la riqueza y felicidad durante toda su vida.

Lo entiendes, ¿verdad, Milo Rodias? —le dijo Eris, metiéndose nuevamente en su cabeza—. El mundo es injusto, y ni todos los Santos pueden arreglarlo. Ríndete.

—Bruja de mierd.a, cierra tu jodida boca de una put.a vez. —El Cosmos de Escorpio se tornó de un rojo rubí y se concentró en la mano derecha de Milo, que pocas veces había estado tan enfurecido. ¿Se vería en la necesidad de arrebatarle la vida a su discípulo? Claro, era solo un Santo de Plata… pero quizás, el único al que con toda honestidad respetaba.

Mátalo, será la oportunidad perfecta para ocupar el cuerpo de Atenea mientras lloras y buscas consuelo por perforarle el corazón a tu discípulo, a quien querías como un hermano menor, no importa cuánto lo niegues. Mátalo.

—Ya cállate, maldición. ¡Rigel! —llamó la atención, elevando la voz. Enfocó su poder en el dedo índice—. Usaré la Antares, así que tienes solo una oportunidad. ¿Estás listo?

—Supongo que se trata de quién es más veloz. —Rigel entrelazó las manos y las siete esferas resplandecieron. Apuntó y gatilló con todo el clamor de su alma, y con toda la fuerza de su corazón. Los Santos jamás habían aprendido ni solucionado nada, no iban a salvar a Kyoko y Shoko, ni menos tuvieron la oportunidad de que Hanako siguiera con vida. Todo salía mal en el mundo, nada era de real importancia, no podía irse contra la voluntad de los dioses.

—No lo intentes. —Fue en ese instante cuando Milo dudó de la rapidez de sus movimientos. ¿Podría hacerlo, acaso? ¿Ser más veloz y matarlo, o fingir lentitud y dejar a Rigel vivir? O peor aún… ¿dejarlo vivir por ser sinceramente más lento, cayendo en su lugar? ¡Porque en esas condiciones, Rigel no dudaría!

 

La gente murmuró en voz baja y gritó en voz alta. Las niñas que Rigel había protegido lloraron, clamando el nombre del guerrero de cabello plateado. Los astros eran muy pocos debido a las nubes, pero eran los únicos testigos reales del combate que acabaría en solo unos segundos, pues el fuego la ocultaba a ojos de la gente.

El mar se agitó. El espíritu de Eris se detuvo, expectante; al fin y al cabo, se había vuelto dependiente de Rigel, después de que el cuerpo de Hanako se resistiera y dejara de servirle, y si se acercaba a las niñas, los dos Santos irían raudos a servirles de escudo, tenían un ojo constantemente en ellas. Uno ya había decidido matarlas. El otro las protegería. Ella lo que necesitaba era llegar al Olimpo, y así como así, no podría hallar a Atenea.

Ya no sentía a Neikos, pero los otros Santos de Plata ya no podrían actuar contra ella, su Cosmos se había agotado completamente. Estaba sola… aunque no por mucho tiempo.

Solo necesitaba la distracción del último choque de poderes, cuando uno de los dos probablemente moriría. Si le daba más Cosmos a Rigel, soportaría… y hasta ganaría, tal vez. La opción que tomara dependía de los próximos instantes, así que se metió en la cabeza de ambos Santos para incitarles a luchar y morir. «Pobres inútiles sin remedio, no tienen la voluntad para resistirse, ¡coincide con su mayor deseo!».

—Rigel… morirás.

—Lo sé —murmuró Orión, pero las palabras no llegaron a oídos de su tutor. El deber de un Santo es proteger a Atenea, y a través de ella, la paz y seguridad de la humanidad. Solo eso importaba. Aquel mantra parecía tan falso ahora…

—¡Rigel-san, yamete, onegai, onegai! —gritaba Kyoko, desconsolada. Abrazada a sí misma, parecía incapaz de cualquier cosa por sí sola, como una hoja llevada por el viento; tímida y delicada, aferraba lo poco que quedaba de su ropa, como si temiera perder todo lo que fuera suyo, e intentaba sin éxito detener las lágrimas.

¡Dame, dame, chikushou! —En tanto, la otrora suave y frágil Shoko maldecía todo lo fuerte que podía, intentando mirar más allá de las llamas, a sabiendas de que Rigel estaba allí. Parecía haberse hartado de ser protegida, quería entrar al fuego con sus propias fuerzas.

Ambas tendrían un ruin futuro, y sus vidas habían cambiado para siempre. El fuego se quedaría eternamente en sus pupilas, corazones y memorias, nada borraría o apartaría lo vivido de sus almas.

¡Bestia Fatua Celestial!

¡Aguja Escarlata Antares!

Justo cuando el fuego de Rigel se desplegó, y el brazo de Milo disparó, una presencia intimidante, infinitamente superior, los detuvo al mismo tiempo y bloqueó sus ataques. Ni en sus más profundos sueños habían sentido algo así, ninguno de los dos… Incluso Milo, habiendo enfrentado a Eris, y a Titanes una década atrás, había presenciado algo tan inmenso, un calor que le reconfortaba de pies a cabeza.

—Pero qué… ¿qué demonios es este Cosmos?

—Es como… el de un dios. ¡Pero no es Eris!

El alma de la Discordia se movió inquieta. Lo que buscaba, su acceso a la gloria estaba allí mismo, a solo metros de distancia, ¡no había tenido que buscarla! Tuvo ganas de reír, pero también había algo que la ponía increíblemente nerviosa.

Los que tomaban fotos y cuchicheaban comenzaron a quedarse dormidos o fatigados. Sus teléfonos cayeron. El Cosmos que había descendido sobre ellos era la pureza misma, de un color blanco brillante con brisas doradas. Infundía una presión difícil de evitar que oprimía sus pechos, pero no de mala manera.

Milo miró a todos lados, pestañeó varias veces, y su corazón se calmó. Era la presencia de un dios… ¡una diosa comunicándose desde el Santuario! Más de diez años llevaba como Santo de Oro, pero jamás había tenido la oportunidad de sentirla, y muchas veces había dudado de su existencia. Ya no lo haría más.

Atenea estaba allí.

 

 

—Pero q-qué… ¿qué es ese Cosmos? —Mayura era cargada por Daidalos, aunque se había negado mucho al principio. Ambos se detuvieron a treinta metros de donde comenzaba el fuego, y los labios de la ucraniana temblaron al preguntar.

—Esa presencia no pertenece a ningún humano. ¿Es Eris? —preguntó Lira, que sufría una tortura con cada paso que daba. Se había tenido que quitar el Manto, al igual que sus hermanos, pues sin Cosmos que quemar, le pesaba una tonelada.

—No, es demasiado puro. Debe ser… Imposible.

—Atenea —pronunció Mayura.

—¡Imposible! —repitió Daidalos. Todo lo que había aprendido del diario de Nicole indicaba que Atenea no estaba en el Santuario, pues Saga de Géminis reinaba allí. Pero entonces… ¿era posible que el azar del destino la hubiera llevado a Japón, así como ellos? ¿O acaso no tuvo que ver con la fortuna?

—¿Por qué lo dices?

—Porque… porque… —Era ahora o nunca. Jamás palabras tan importantes habían salido de su corazón y sus labios en el pasado—. Porque ella se ha ocultado por años del Santuario. Si apareció aquí, es porque no tuvo otra opción, y está cerca de nosotros.

—¿Qué ella qué?

—¿Nos vas a decir lo que ocultabas, Daidalos?

Y entonces, sin titubear más, y sin dejar de caminar, se los relató todo. Todo lo que sabía. Todo.

 

 

Atenea los había calmado. Atenea, la diosa Atenea en persona, había guiado su Cosmos a ese sitio, y Milo lo sentía en su piel por primera vez. Por ella daría todo de sí, por una persona con una calidez que aliviaría toda presencia maligna, cuidaría la justicia en la Tierra, y exterminaría el mal. ¡Se sentía un Santo más que nunca! Bajó el brazo apenas se dio cuenta de ello, y con bravura lo levantó de nuevo al tiempo que brincaba con toda la fuerza de sus piernas.

Por el rabillo del ojo había percibido una bola gaseosa verde acercarse a toda prisa a las niñas, solo por un instante. Eris se había adelantado, tomaría el cuerpo de una de ellas, y Milo se había distraído por el Cosmos de Atenea. Se avergonzó de sí mismo, justo cuando la diosa misma le ayudaba…

Fuera lo que fuese, tal vez ya no podía detenerla, aunque había saltado con todas sus fuerzas. La bola de gas, a varios metros lejos de él, se alargó y endureció, tomando la forma de una víbora verde y gris, que se confundió entre el humo y el fuego. La gente no podría percibir algo tan pequeño, solo él la observaba porque la seguía conscientemente con la mirada. ¿Acaso era tarde? ¿Qué podría hacer cuando una de esas niñas se convirtiera en una diosa? ¿Qué haría Eris, en todo caso?

Apuntó lo mejor que pudo, había entrenado por años para ello. ¿El misil de rubíes la alcanzaría? ¿Por qué m*erda seguía haciéndose preguntas? El Cosmos de Atenea lo había relajado demasiado, solo para que no tuviera que matar a su alumno.

El retraso se debía a que su misión era ganar esa batalla, no rescatar a nadie. Se decía que el deseo de proteger a las personas entregaba una fuerza mucho mayor a cualquier otra, lo que Milo comprobó un momento después, cuando vio a Rigel en frente de la serpiente, recibiendo sus colmillos en su cuello, y luego tomándola de la cola a toda prisa para que no escapara. Todo se había sucedido a una velocidad que hasta Milo había tenido problemas en seguir, y tardó más en entender qué ocurría.

Cuando lo hizo, nada evitó que gritara el nombre de ese chico tan heroico.

—¡¡¡Rigeeeeeeeeeeel!!!

Basura inmunda, Rigel de Orión… ¿qué demonios haces? Suéltame —dijo la voz de Eris en la mente de su opositor. Sus fauces se cerraron con más fuerza en el cuello del Santo, intentando matarlo, y así éste presionó más que no se soltara.

—Ya te dije… nada les sucederá mientras esté aquí. —Las niñas habían caído casi dormidas al piso, al igual que el resto de la gente, que aparte de que apenas eran capaces de abrir los ojos, también estaban en pésimas condiciones por culpa de la intensa presión.

No se supone que puedas hacer esto, ¡eres mi esclavo!

—Sí, no puedo oponerme a tus deseos, y con el tiempo, me convertiré para siempre en tu sirviente… pero mi anhelo de proteger a esas niñas va primero. Una serpiente es suficiente amenaza.

—Rigel, ¿qué diablos haces? —inquirió su maestro. A lo largo del puente aun sentía la presencia divina de Atenea, pero decidió preocuparse más de lo que ocurría frente a sus ojos, no volvería a distraerse con nada, no era un aguitado niñato.

—Maestro… lo siento, ya no volveremos a vernos. —Rigel susurró algo en voz baja al tiempo que la sangre manaba a chorros de su cuello y manchaba su cara y pecho. La armadura de Orión se separó de él, y conformó el tótem de un gigante plateado como luz de luna llena, con una maza en el brazo derecho y… una pelotita dorada en la izquierda.

—¿Una manzana? —Apenas el Escorpión pronunció esa palabra, la serpiente se revolcó bruscamente en la garganta de su alumno, intentando escabullirse.

Maldito seas, Rigel, desde hace cuánto tienes eso, ¡mocoso miserable! ¡MISERABLE!

—Desde que comenzó la batalla he tenido esta manzana, cayó desde el árbol cuando lo quemé y rompí en pedazos. No podrás ir más allá si te encierro aquí, Eris, eso me lo dijiste tú misma cuando te conectaste a mí, sin saberlo.

—Rigel… —Milo levantó un brazo, pensó que clavar una Aguja en la víbora sería suficiente, pero obviamente eso no mataría a una diosa. ¿Para qué, entonces? Su alumno parecía tener la solución, aunque eso conllevara un gran pesar.

—N-n-no lo haga, maestro, n-no ten… no tendrá caso. —La voz comenzó a salirle entrecortada mientras las fauces del demonio le desgarraban la garganta.

—Rigel, ¿qué piensas hacer? No me digas que…

—Encerraré a Eris ahora que tomó forma corpórea. Maestro, pídale al Sumo Sacerdote que destruya esta manzana después.

El puente se llenó en ese momento de tornados de fuego verde, el cielo de rayos azules que se desplegaron a través de las nubes, y el aire de un humeante olor a madera. El Cosmos, en tanto, aún era dominado por el de Atenea, aunque con menos intensidad.

Tonto infeliz, si me tienes atenazada así también serás encerrado —dijo Eris con un falso tono de triunfo—, no sobrevivirás por mucho tiempo en el mundo que he construido, te convertirás en una Semilla que más se asemejará a una marioneta que a tu propio ser.

—Moriré.

Será peor que la muerte. Si destruyen la manzana, no podré salir en muchos años, pero el tiempo es nada para nosotros los dioses… solo tengo que volver a intentarlo. Y cuando lo haga, tomaré a una de esas niñas y me llevaré a Atenea al Olimpo.

—Mi… m-mi deseo de pro…tegerlas es inmortal, n-n-no te… no te desharás de eso. El Santuario es ahora… co-co-consciente de tu p-presencia y… y estarán prep…preparados para cuando vuelvas. Ellos… y yo… cuidaremos a las ni-niñas.

¿Te crees victorioso? ¡No has ganado nada! —Contrario a sus palabras, la víbora parecía desesperada por escapar del Santo y huir de la manzana a la que se acercó el Escorpión Dorado. La tomó de la mano del Manto Sagrado de Orión.

—Rigel, sabes que lo haré.

—D-de todas formas no… no sobreviviré… c-con est…as heridas, maestro. P-por favor, lo que debe hacerse, que… que… que se ha-haga.

—Rigel… —Milo tembló por unos instantes. Sintió que le escocían los ojos. No le preguntó a nadie, pero sabía que era cosa de encender su Cosmos y tocar a la serpiente con la fruta. Eris hacía todo para impedirlo, pero tras tomar forma física, era presa de Rigel, no al revés.

Ese era el héroe que había formado. En el piso, las hermanas Kyoko y Shoko luchaban todavía por mantenerse despiertas. La primera lloraba, agarrándose ambos hombros con los dedos, y la segunda gritaba, golpeando con sus pequeñas manitas el piso cubierto de cenizas. Rigel no pudo evitar dedicarles una última sonrisa antes de dirigirse de nuevo al Escorpión… esas niñas se habían convertido en aquello que más le importaba a su ser.

—Gracias, maestro. Esa Aguja Escarlata suya de verdad le abre a uno los ojos y el corazón —dijo éste con claridad. Había traspasado telepáticamente sus anhelos.

—Sí.

—Llévelas c-con su padre… cuid… —Rigel no pudo terminar la oración. Su cabeza pareció resbalar del cuello inundado por un mar rojo. Sus ojos se apagaron, pero cuando Eris intentó escapar, no pudo aflojar de las manos de ese héroe.

—Rigel de Orión… por favor, no vuelvas. Descansa. —Era eso o matarlo. Y nada deseaba menos en el mundo.

La manzana resplandeció. Milo tocó con ella la cola de Eris y un chillido de calibre insoportable lo dejó sordo, así como el brillo lo cegó. Un poder incalculable lo impulsó hacia atrás como si la estatua gigante de Atenea le hubiera dado un fuerte manotazo, y sintió que todo el mundo le daba vueltas.

Fuera cual fuera el mundo que Eris había creado al interior de la Tierra, ya estaba regresando allí, rompiendo las barreras dimensionales del espacio, aunque se alejaba a cada segundo más del monte Olimpo. Había perdido de vista a su alumno, así como a la miserable serpiente en que Eris se había convertido sin meditarlo bien. No se había detenido a considerar cuán fuerte era el anhelo de Rigel de proteger lo que amaba.

 

 

A lo lejos, Orphée, Daidalos y Mayura contemplaban la escena con atención, demasiado débiles como para intervenir, solo como una llamarada furibunda que se desplegaba despiadadamente en torno a Tokyo. Con el paso de los días, el Santuario tendría que usar sus clásicas mañas para hacer parecer todo como un incendio de grandes proporciones.

Porque el Santuario seguiría funcionando con normalidad, eso era evidente. De todas formas, ¿qué harían tres Santos de Plata? Tanta lucha, tanta sangre, tanta muerte, y seguían siendo tres marionetas del Sumo Sacerdote, de Saga de Géminis, que reinaba sobre casi una decena de Santos de Oro. Orphée y Mayura le creyeron a Daidalos sin demasiado titubeo, por más que la situación los dejó atónitos. Pero esa confianza estaba fundamentada en los lazos formados durante la batalla… ¿Por qué Shaka de Virgo, Shura de Capricornio o Aphrodite de Piscis se rebelarían contra el Santuario porque ellos le relataran algo sin pruebas? Al contrario, los asesinarían en el acto. Ni siquiera estuvieron para la batalla final… ¿qué habían conseguido, aparte de matar enemigos y revivir penas?

Estaban solos, y no eran nada. Solo les quedaba una solución, una que Cefeo se había planteado desde el principio. Una alternativa que les aconsejó su hermana, Marin de Águila, apenas volvieron a encontrarla. Al final de todo…

Al final de todo, el mundo estaría igual. Solo habían conseguido demorar a Saga. Y para ello, la luna plateada había sangrado.


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-Felipe-

    Bang

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Publicado 15 julio 2017 - 20:58

Buenas tardes a todos. Hoy les traigo, nuevecito, el último capítulo de la saga de Eris y los Cuatro de Oro Blanco, y por tanto, el último de esta tanda Cero (pues ocurría cuatro años antes de los eventos del primer capítulo publicado aquí), que como saben, no basé en ningún manga (si bien tiene alguno que otro diálogo de Saintia), y tuve que escribir de la nada, lo que fue un desafío con el que quedé satisfecho.

A los que lo hayan seguido, les agradezco mucho; a los que, además, comentaron, les agradezco aún más; y a los que lo hicieron regularmente, les debo mucho, pues me ayudaron a mejorar y a continuar con esto.

 

En unos días COMENZARÁ LA SAGA DE HADES, que como les he dicho, será casi un reboot de la que vimos en el manga (si bien contendrá muchísimos elementos de ella), y que bueno... es que la más ansias tengo de escribir. De hecho, ya tengo escritos tres capítulos casi, y tengo preparados los resúmenes e ideas generales de cada uno de los 52 capítulos que tendrá (y solo corresponden a los de la primera mitad de la historia, lo que sería "Santuario").

 

Así que muchas gracias por seguir hasta aquí y apoyarme en este arco Cero que llamo "Héroe del Mañana". Intentaré que Hades (o como llamo a la primera parte, "Alma por Siempre") sea aún mejor, pues necesito seguir mejorando. Así que les dejo el epílogo, que admito me costó muchísimo escribir, en especial la parte de Orphée. Tuve que meterme en su cabeza y me dolió. Espero haya quedado bien.

 

 

 

CAPÍTULO 30

 

EPÍLOGO

EL AMANECER DE LA MUERTE

 

05:50 p.m. del 12 de Junio de 2010. Templo Corazón del Santuario. Atenas, Grecia.

—Al final de todo, pude sellar a Eris con ayuda de Rigel de Orión, un Santo de Plata. Para ello… se debió contar con su vida —relató Milo al Sumo Sacerdote, a quien reconocía erróneamente como Sion de Aries.

—Entiendo —asintió éste, contemplando la manzana podrida en su mano. Había sido lo único que había quedado tras la explosión de Cosmos que tomó la vida de muchas de las personas en el puente, lo que perseguiría a Milo toda su vida, sin ninguna duda. De rodillas sobre la alfombra escarlata aún temblaba, solo había tenido fuerzas y ánimos para ducharse antes de presentarse en el Templo Corazón, al que ya habían efectuado reparaciones tras la breve batalla contra Eris que se había perdido. En Japón, a las únicas que consiguió proteger fue a las niñas, a los demás no tuvo tiempo de salvarlos, ni considero una explosión tan grande ante la visión del cuello sangrante de su alumno.

—Sé lo que estás pensando, Scorpius, mas no te culpes —le intentó consolar el Papa de Atenas con voz grave y añejada—. Asesinar a esas niñas era un error, y te diste cuenta de ello en el momento justo. Esa gente no tenía por qué estar ahí, y su error los llevó lamentablemente a la tumba. —Resopló y bajó la voz… parecía muy afligido—. Es parte de ser humanos.

—Su Santidad… sí —respondió luego de titubear. Quería preguntar si podía buscar a las Semillas de Eris alrededor del planeta, tal vez Rigel seguía por ahí, pero sabía que el Sacerdote se negaría, se había dado por finalizada la Rebelión de Eris de 2010, como se le llamaba ya en los registros oficiales.

—¿Las niñas?

—En Japón, rumbo a su padre, escoltadas por cinco Santos de Plata, diez de Bronce y cincuenta guardias. Llegarán a salvo, seguramente… y si les relatan con las palabras precisas lo que ocurrió, se lo creerán y lo olvidarán con el tiempo. Pero… Eris las buscará de nuevo.

—Estaremos preparados cuando suceda. Gracias por tu reporte, Scorpius, te puedes retirar a descansar, a menos que tengas algo más que decir.

Tanta frialdad, tanta imponencia y confianza en sí mismo. Eso hacía al Sumo Sacerdote una persona tan importante y peligrosa, un digno líder. Tanta gente moría en la batalla, y él se preocupaba de que la misión se cumpliera, porque con lo demás ya nada podía hacerse…

Milo hizo una última reverencia y retrocedió a las puertas del Templo. En el último momento, se detuvo y miró con fuerza la sombra proyectada por el casco de oro del Pontífice.

—Su Santidad… Hay algo más.

—¿Sí?

—Entre las dríades había unos soldados llamados Hamadríades, la mitad de los cuales están encerrados con su diosa ahora. Eran casi tan… tan peligrosas como los Santos de Oro.

—Hm… —al sonido le acompañó un breve gruñido de incomodidad. Saga de Géminis miró abatido a su Santo—. Me parece difícil de creer, aunque Aldebarán y Shaka conocieron a algunas de ellas y dan fe de un potencial sospechoso. Bueno, vencerlos no nos hace más poderosos que los de nuestro rango, Milo, pero de todas formas, felicitaciones por matar a la otra mitad, buen trabajo.

El Sumo Sacerdote lo interpretó de otra manera, ¡no quería reconocimiento! Milo miró el suelo con algo de impaciencia, y pronto elevó los ojos para enfrentar su propio orgullo.

—Se hicieron más poderosos durante la pelea, pero no fui yo quien terminó con ellos. El crédito le pertenece a… Mayura de Pavo, Orphée de Lira y Daidalos de Cefeo —dijo el Escorpión, a sabiendas de que un cuarto Santo de Plata, que le costó mencionar, tuvo mucho que ver en lo que el Pontífice llamaba “victoria”.

Éste, inesperadamente, sonrió satisfecho.

—Ja, ja, ahora entiendo. Me informaron que durante la mañana de hoy, en el comedor, el gimnasio y la periferia del Santuario se hablaba de un cuarteto de Santos de Plata con grandes aptitudes, que habían conseguido hazañas increíbles durante la Rebelión contra Atenea.

—¿Ya se expandió el rumor? —No lo podía creer. ¿Quién era el chiquillo ese de los cotorreos veloces entre los de clase baja? Todos hablaban de él, pero a Milo no quería considerarlo algo importante… solo curiosidad.

—Les llaman los Cuatro de Oro Blanco. ¿Acaso es verdad que despertaron el Séptimo Sentido?

—…Sí. Así es.

—Bien, eso es algo sorpresivo, mas estoy satisfecho. Como sabes, pues dices que sentiste su presencia, Atenea también lo está. —Lo último lo dijo con un tono en el que Milo habría sospechado de inmediato… de no ser porque venía del Sumo Sacerdote—. Ve a descansar, Scorpius.

—Sí, señor.

 

06:10 p.m. del 12 de Junio de 2010. Cementerio del Santuario. Atenas, Grecia.

Era tan extraño que lo único que pudiera ver ahora de ellos era sus nombres escritos por Golge de Serpiente en las frías lápidas, en medio de todos los demás cadáveres. Ya no oía las risas de Yuan, ni las reprimendas posteriores de Georg, solo quedaban sus restos mortales y las memorias de esos valientes en sus mentes. Morir en nombre de una diosa que no estaba allí, representada por un viejo que no lo era, sino un psicópata; no importaba el tono con el que Daidalos de Cefeo lo pensara o dijera, para nada sonaba bien. ¿Cuál fue el objeto de sus muertes?

Ambas lápidas estaban juntas, pero la de Rigel, quien tanto había sufrido de principio a fin en la batalla, estaba lejos, en la zona oriental, lo suficiente como para que solo unos pocos se cruzaran con ella. ¿Un idealista que no pudo con la verdad cruel del mundo, un traidor que se vendió al enemigo por su debilidad, o un héroe que a todos los había rescatado? Había para todos los gustos en las opiniones.

—Daidalos —saludó Marin, su hermana de Plata, cubierta en vendas. Seiya, su alumno, había hecho un chiste sobre las momias apenas la vio, y ahora dividía su tiempo en disculparse y en hacer flexiones con un dedo. Daidalos no la sintió llegar, como era habitual, pero ya no le importaba.

—Marin, ¿sigues aquí?

—Este es mi sitio. También el tuyo. —Su voz era segura, convencida. En su corazón jamás había espacio a dudas, solo a la esperanza. Milo nunca la vio luchar, y pidió expresamente a Daidalos y los otros dos que no hicieran hincapié en su parte en la batalla, bajo razón de… bueno, no dio ninguna razón, lo que ya era suficiente, teniendo en cuenta quién era.

—No puedo estar aquí tan tranquilo como tú, me siento como un hipócrita hijo de put.a —dijo Cefeo, sonriendo. El viento agitó sus cabellos y sus ropas, que pronto debía guardar para viajar a aquella isla cercana a Somalia y Etiopía, donde sus alumnos lo esperaban—. ¿Cómo lo haces, Marin? ¿Cómo puedes mirarlos, sabiendo la verdad?

El Águila de Plata también observó las lápidas detrás de su antifaz brillante. Lo que cruzara su mente era un misterio, aunque parecía menos ambiguo que lo que salía de sus labios.

—No tenemos más alternativa. Habrá que seguir fingiendo mientras no sea suficiente con nuestra fuerza. Hay que esperar.

—Eso nos dijiste la primera vez, pero yo sigo sin entender. Acepté quedarme en el Santuario, igual que Orphée, pero mientras no nos digas qué esperemos, mi estadía será corta.

—Es que ni yo lo sé, solo me parece que debemos esperar. —Marin bajó la voz hasta que solo Daidalos pudiera oírla, cuando vio a Golge cruzar la montaña, cabizbajo, al oeste, como era su costumbre—. Atenea estará lista muy pronto, y los que la acompañen tendrán la Victoria de su lado. A ellos debemos seguir, Daidalos.

—Pero no sabes quiénes son esos, o por qué pelotudez la seguirán, o dónde carajos está Atenea, ¿es eso, hermana?

—Sí. Aunque no eres tonto, Daidalos. Oriente parece el lugar más concreto en este momento. —Como para darle significado, la pelirroja cruzó la vista hacia donde el sol ya había abandonado su puesto, oscureciendo el cielo.

—¿Y no podemos buscarla? Debe seguir allí.

—Es inexperta, solo una niña ahora, nadie la seguiría así como así. Somos nosotros quienes debemos preparar a que haya seguidores, en primer lugar. Fingir… y esperar, eso debemos hacer.

—Pues no sé qué tan bueno sea en ello… Pero… uno de mis discípulos luce como alguien que seguiría una boludez de ese calibre, tal vez sea como dices, cosa de tiempo para que él y tu chiquillo sean… ¿eh? —Cuando Daidalos volteó, Marin de Águila se había convertido en viento, solo quedaba en el aire su perfume. Y de todas maneras, ya nada le sorprendía a Cefeo—. Ah, pero qué ninja qué es.

Volvió a contemplar el cielo; ya empezaba a anochecer, poco a poco. Cientos y miles y millones y trillones de estrellas los vigilarían en los tiempos venideros con ojos centellantes, y atestiguarían su fortuna. Esperaba que fuera buena. Con toda su fuerza anhelaba hablar con alguien de lo que sucedió, le costaba un mundo tener la boca cerrada, pero ya habían prometido que el secreto no saldría de allí, del círculo conformado por el músico melancólico, la budista arisca, la japonesa silenciosa y él, un bocón. ¿De qué servía actuar cuando Milo ya había usado gastado todas sus balas de orgullo en darles algo de fama? Había sentido a la diosa Atenea, estaba más que convencido de que provenía del Santuario, y nadie le sacaría eso de la cabeza. Nada había servido, al final de todo.

Daidalos tomó la Caja de Plata, la que solo el misterioso ermitaño de China podría reparar, si es que la quería pronto, jurando no hacer preguntas. Y así era. Uno nunca sabía cuándo vendría el próximo enemigo. Se despidió silenciosamente de sus hermanos de Plata. Si el Santuario le necesitaba para algo, tendrían que ir en persona a buscarlo.

 

09:30 p.m. del 12 de Junio de 2010. Templo Wat Pahoua en Luan Prabang, Laos.

Allí todo era silencio. Nada emitía ruido alguno, con excepción de los cientos de pensamientos que agobiaban su mente y le dejaban intranquila. Rodeada por la cálida hierba agitada por el viento, las estrellas destellantes, y sentada con las piernas cruzadas sobre una piedra, lejos de la cómoda silla de ruedas, Mayura no pudo evitar pensar si había tomado la mejor decisión.

Cuando Marin les contó su plan, ella se negó rotundamente. No viviría una mentira, no tenía por qué pasar por ello, fingiendo obediencia, arrodillada ante Saga, rindiéndole pleitesía, si no sentía ningún apego a la falsedad. La Verdad era todo lo que buscaba su alma, y en la neutral serenidad, el robusto desinterés y la indolente apatía, hallaría una respuesta. Lo que sucediera de ahí en adelante con el Santuario, incluyendo la aparición o no de Atenea, parecía haber perdido todo significado. ¿En qué había pensado cuando obedeció a Shaka para ir a la batalla? Podía rectificar su decisión de dejar de sufrir, pero ¿cuál era la ganancia? Del sufrimiento solo surgía el sufrimiento, sin embargo de la impasibilidad nacía la quietud y el reposo.

Eris regresaría algún día, y en ese estado la esperaría. Contra ella sí que no se quedaría de brazos cruzados, había visto demasiado en su interior, ella y sus esbirros venenosos. Las raíces volverían a dominar la voluntad de las personas, las semillas se levantarían de sus brotes en las cabezas de los ingenuos, las ramas se convertirían en filosas espadas, las hojas cubrirían a los soldados como metal negro, y las manzanas caerían alrededor del mundo buscando al despecho, la agonía y la rabia. Solo en esas condiciones saldría de su quietud, cuando la Armadura de Pavo sanara y le indicara lo mejor que podía hacer, pues en ella era en quien más confiaba. Su fe radicaba en que Saga no duraría en su puesto, y que Atenea tendría que aprender a hacer bien su trabajo con el tiempo. Era todo un asunto de karma.

Shaka la había convencido antes. Más aún, ya hace unas horas, en la tarde, se había metido en su cerebro sin invitación, como si fuera un súbdito más de esos que esperaba pusieran la cabeza en el piso frente a su flor de loto, manifestando su deseo de que ella regresara al Santuario.

—No.

¿Alguna razón en particular para desobedecer al Santuario? Sabes que eso es traición, y el Sumo Sacerdote puede perfectamente ordenar que le lleven tu cabeza.

—¿Usted lo permitiría? —preguntó Mayura, sin esperar una respuesta que no fuera negativa.

Eres tú la que está desviándose del camino. Es tu juramento el respetar las decisiones del Pope, desde que obtuviste tu armadura. Además, quieren felicitarte por tus proezas.

—¿Algo tan mundano y superficial es acaso importante? —se burló.

Mayura…

—Maestro, si me necesitan pueden buscarme personalmente, es muy simple. Y usted y yo sabemos que no lo harán, solo soy una Santo de Plata que… —¿Saga? Metido en sus pensamientos como un intruso, Shaka podía leer eso.

Era fácil imaginarlo: “He visto a Saga muchas veces, y no suelo equivocarme, pues para eso permanezco en meditación, algo que tú deberías hacer. Mi corazón no posee dudas, y carece de compasión incluso por mi discípula”. Tenía que bloquear ese nombre de su mente, debía intentarlo con todas sus fuerzas.

¿Mayura?

—El Sumo Sacerdote no tomará en cuenta a ningún Santo de Plata a menos que sea para algo importante, no somos relevantes. Lo sabe tan bien como yo. Lo más relevante para la causa del Santuario es el bienestar de Atenea, y para ellos, los mejores son los Santos de Oro. En ese sentido, una inválida como yo es totalmente innecesaria, ¿no le parece?

Hubo momentos de duda.

Estaremos en contacto, Mayura —dijo al fin, lo que había significado tres cosas solamente: la primera, que no había sabido cómo responder y que se había puesto nervioso, lo que no aceptaría; dos, que ponerse en contacto se traducía como meterse otra vez en sus pensamientos a la fuerza, y tres, que si alguien la necesitaba, Shaka no sería el que la iría a buscar.

Estaba a salvo allí, pero no de sus propios pensamientos. Todavía pensaba en ello unas horas después. El mundo giraba demasiado rápido, y eso la enfermaba. La diosa de la Discordia, solo un día después de su derrota, ya surcaba las dimensiones del universo para cumplir su objetivo, y ella estaría lista cuando la batalla reiniciara. Solo necesitaba algo de tiempo para sanar de cuerpo y alma.

 

02:20 p.m. del 13 de Junio de 2010. Atenas, Grecia.

Cumplir su promesa de regresar con ella había sido lo más satisfactorio de su vida. Alexandra, su Eurídice, estaba radiante, no quedaban rastros de magulladuras por el atentado en Irak, y hasta Asterion y Mozes lo habían felicitado por volver en buenas condiciones. Ahora tenía la convicción de que no importaba la amenaza, era capaz de destruir cualquier barrera con tal de conservar esa alegría, se sentía casi tan poderoso como un dios, nada le haría frente.

Podía darse el lujo de almorzar con su amada en el bosque Dodona, lejos del perímetro del Santuario, acompañados de refrescos, quesos, frutas (exceptuando las manzanas, no quería verlas por un tiempo), verduras, una buena porción de arroz para cada uno, y una pequeña radio portátil para oír jazz, al menos hasta que Lyra recobrara el arpa destruida y su mano recuperara la movilidad. No le importaba, era el hombre más feliz de la Tierra en ese momento.

Tampoco le interesaba la situación del Santuario. Si algo amenazaba la paz, Orphée atacaría al mismísimo Pontífice, y estaba seguro de que vencería. Sí, la vida lucía injusta a veces, había decidido que no tenía poder alguno sobre la fortuna, pero la vida la sonreía tanto que sentía que solo por el efecto placebo superaría cualquier dificultad, porque se convencía de ello. No había otra explicación para que pudiera siquiera mover las piernas desde la plaza de Tokyo al aeropuerto, o incluso al borde de la misma… menos volver al palacio real y entrar por la ventana a la habitación de Alexandra, que lo recibió con las más bellas lágrimas y los más cálidos brazos.

—Te ves radiante —dijo ella después de una risita adorable, recostando la cabeza sobre las piernas de su amado. Lo miró con sus espectaculares ojos, y el sol se rindió ante su perfección.

En cambio, él se ruborizó como un idiota.

—No, no, no, la radiante eres tú, yo ni siquiera tengo brazo.

—Ya volverás a tocar, amor, aunque a veces no está nada mal otras tonadas para que descanses. ¿La conoces? Es Dayana Brall, me fascina esa mujer. —Eurídice intentó seguir los compases con los dedos, con lo que se pareció a un ángel por uno o dos segundos. Se decía en el Angelus de la biblioteca que los ángeles, soldados de los dioses, tenían un tercer ojo, o un símbolo en la frente… ella solo tenía dos, pero eran dignos de la divinidad.

—Tienes razón, hasta yo puedo aburrirme de mis propias baladas.

—Puedes ocupar las manos de otras maneras, ¿sabes? —sugirió Alexandra, sujetándolas con las suyas, suaves y tersas.

—Lo sé —asintió Orphée, besándolas con ternura.

—Eso es un buen inicio, ja, ja. Espérame aquí, quiero tomarte una foto desde lejos. —Dicho eso, Alexandra saltó y se alejó a trote con la cámara digital colgando de la muñeca.

—¿Qué? ¡NO! Eurídice, mi amor…

—Vamos, será solo una, ja, ja… —A cierta distancia apuntó con la cámara, mientras Orphée se ponía rojo y esperaba ahí sentado, intentando lucir lo que fuera más cercano a “interesante”. Bueno, daba igual, era feliz… aunque le ponía nervioso eso de la lente. No recordaba si alguna vez le habían tomado fotos así, pero no pudo evitar mirar la canasta con las frutas para desviar la atención. Todas lucían hermosas bajo la luz del sol, la naranja, esos plátanos, unas uvas, la manzana, las peras…

—¿Manzana? —preguntó en voz alta, aterrorizado, sin saber qué hacer. Por tres segundos se quedó paralizado, y esos segundos destrozaron su existencia para toda la eternidad. Una manzana horrible, color ébano que nadie había traído, salida de la nada, causándole la más súbita desesperación—. No… no…

—¡Sonríe!

—Esto no puede…

—Whisk… ¡Ahhhhhhhhhhhh!

Cuando Orphée levantó la vista, una víbora negra, larga, de colmillos filosos salió de la espesura de la hierba y asaltó a Alexandra de un brinco. Orphée también saltó, presa del pánico, sus ojos se salieron de sus órbitas intentando mirar al reptil y a su amada al mismo tiempo. De pronto, todo se puso borroso.

Corrió con todas sus fuerzas, pero cuando llegó a ella, a la mujer perfecta que había entregado sentido a su vida, que le presentaba todas las razones habidas y por haber para sonreír y despertar cada mañana, cayó en sus brazos con los ojos fuera de sí, la boca llena de saliva, la piel pálida y dos marcas rojas en el cuello.

Raudo la depositó en el verde, apoyó la oreja en su pecho y escuchó el horror del silencio. Con manos torpes intentó reanimar su respiración, pero su pecho solo contuvo las lágrimas que le caían con desesperación. Tardó un rato en darse cuenta que se estaba quedando sordo de tanto gritar.

Miró a un lado donde la serpiente lo observaba… ¡sonriendo! Su cabeza se tornó a algo pérfido, esquelético y con cuencas en lugar de ojos. Tomó lentamente forma humanoide, una sombra negra sin rasgos más que lo huesudo de la testa y la sonrisa llena de perdición. A Orphée se le secó la boca de tanto rato tenerla abierta, no podía comprender nada.

—No debiste detenerme en ese momento…

—N-Nei…Neikos…

—Por tu culpa fallé todo, era demasiada felicidad en ti, lo que me permitió crear una copia de Neikos del Odio para apoderarme de ella. Fue bastante fácil.

—Ne… Neik… —Pronto, Orphée aferró el brazo de Eurídice con una de sus anos, intentando contenerse, pero la otra, más desobediente, se agarró el cabello.

—Neikos del Odio fue asesinado por Daidalos de Cefeo, pero una parte de Neikos del Odio vive para causar desdicha desde el momento en que me convertí en una guadaña, mi mejor experimento, así que ahora ven y ódiame. Ódiame, Santo de Atenea, aliméntame con todo tu pesar…

Orphée se giró bruscamente de nuevo a su amada, que empezaba a enfriar en su brazo, tanto que casi se rompe el cuello. Se mordió la lengua y volvió a aullar, al tiempo que derramaba sangre por todos lados.

—Eurídice… Eurí… no… ¡no!

—Eso, vamos, vamos, dame más… dame más odio, hazme renacer —dijo el demonio, vigoroso con el placer que algo imposible de explicar emanaba de Orphée y lo llenaba de fuerzas. Odio, pero el más puro de todos, el que se daba cuando todo lo que existía, todo el universo se evaporaba, escapaba a solo un metro de distancia y solo quedaba la soledad.

Demasiado odio para que cualquier espíritu de la naturaleza lo aguantara. El grito que nació de las profundidades del alma de Orphée de Lira remeció a todo el Cosmos, jamás se había percibido tanto sufrimiento en esa tierra, algo que incluso el más lejano dios podría oír. El aura de Orphée no surgió con suavidad, sino como un estallido que dañó su cuerpo. Depositó a Eurídice en el piso y miró como una fiera abrumada por el dolor al monstruo.

—Ah, puedes atacarme, Santo, pero es tanto el odio que desprendes que solo me harás más fuerte…

—Neikos… ¡¡¡Ahhhh, MUEREEEEEEEEEEEEEEE!!!

Más veloz que el pensamiento, Orphée llegó ante él y le perforó el pecho sin que opusiera resistencia, destrozando uno a uno los órganos importantes que tuviera adentro, colmado de gusanos. Luego le arrancó las extremidades con una fuerza que solo podría definirse como brutal, y finalmente, sin dejar de gritar y llorar como un poseso, lo tomó del cuello y presionó hasta que la esquelética cabeza, desconsolada y confundida, se quebró en mil pedazos por la presión.

El Santo regresó de rodillas, golpeando de tanto en tanto el suelo hasta que lo hizo temblar, y tomó nuevamente a su amada entre sus brazos, ya directamente fría. Miró al cielo tembloroso, deseando morir, y al mismo tiempo temiéndole, pues no tendría una oportunidad milagrosa de volver a verla, no quería olvidarla en el seno de la muerte.

—¡INFIERNOOOOOOOOOO! —exclamó con toda su ira, hasta que el aire se le acabó y su cuerpo le pidió clemencia, cosa que ignoró sin prisa—. Te hablo a ti, rey del inframundo, ¿ME OYES, INFIERNO? Abre tus puertas donde sea que estén, saca a todos tus perros y soldados muertos, no me importa… conviérteme en tu maldito esclavo, ¡no me interesa! ¡ABRE ESAS PUERTAS, DESGRACIADO! Si lo haces, mi alma es tuya… para siempre.

Su aura cambió de forma, sus propiedades se tornaron a darle la bienvenida a la muerte, y una zona de su Cosmos se activó como si ya fuera un cadáver. La luz de la noche eterna lo invadió.

 

11:00 a.m. del 13 de Junio de 2010. Tokyo, Japón.

Sintió la suavidad de las sábanas de lino, escuchó el ruido de los perros y los autos afuera, y se acostumbró a la luz para que lo primero en ver fuera Tokumaru Tatsumi, el más leal de los hombres.

—Al fin despierta, señorita. No debió hacer algo tan impetuoso —no tardó en recriminarle su mayordomo, como solía hacer. A veces se olvidaba del protocolo, pero no le importaba, pues eso significaba que le abrazaría gimoteando como ahora.

—Mi querido Tatsumi, era mi deber, lo sabes.

—Señorita Saori, no tenía ninguna necesidad. Los Santos luchan sus propias batallas —explicó por enésima vez el hombre que se hacía cargo de ella desde que su abuelo, Mitsumasa Kido, falleció.

—Pero sentí el sufrimiento y el pesar que los agobiaban, y no pude detenerlo, fue un reflejo —se excusó Saori Kido, sin mentir—. La gente tiene tantos lazos que se rompen por los caprichos del destino o las acciones de dioses y hombres, pero yo quiero… no lo sé, sueño con hermandad. Estando unidos nada se opondría a nada, y no habría razones para matarse o sufrir.

—Sufrir es humano, señorita.

—Sí, pero también lo es la felicidad, y creo firmemente que ella siempre se impone sobre la tristeza. Si tengo que agotarme físicamente para calmar el alma y el corazón de las personas con mis habilidades, entonces no veo razón para que no las aproveche. Nadie en su sano juicio lo haría, en mi posición.

—Sí, señorita. —¿Cómo decirle que no? ¿Cómo decirle que la gente, a veces, era simplemente mala y el mundo injusto? Que a veces, por más que uno tratara, el universo era cruel—. Le traeré un jugo de manzana para que refresque la garganta.

—Muchas gracias, Tatsumi, me gustaría —dijo Saori Kido, pensando en sus propias palabras hasta que volvió a quedarse dormida.

El jugo de manzana tendría que esperar.


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Presstor

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Publicado 16 julio 2017 - 17:50

Hola!! Me alegro de haber seguido esta historia de principio a fin
En general la concidero una buena secuela
Me ha gustado tu enfoque de la hermandad de los de plata
Que sean los protas de esta historia es una gran idea....
me ha gustado mucho daialos....para mí el mejor de los platas
Y sin que sirva de referencia disfrute mucho de los momentos del escorpión de oro
Me entraron ganas de reeler su batalla con hyoga,pedazo de batalla esa XD

Me gustan los personajes femeninos Fuertes,pero no me gustan que sean reinas del hielo
En eso no me gustaron ni mayura ni Marín,pero tus villanas estuvieron a la altura con eris a la cabeza

Pobre lira,como sea un enemigo será un hueso duro de roer,oye me gustado como. Enlaza con hades

Y rígel....buen plateado té marcaste al final...estuvo muy bien como lo escribiste
Buenas peleas,buena trama y personajes interesantes como fan de saint seiya me ha gusto mucho

Y decir que tengo muchas ganas de hades,pero sobre todo de la parte en la que intententan hacer vida normal
También como los ven sus compañeros santos de su mismo rango...y si responderás a la pregunta
Los caballeros entrenan? Por qué yo sí me imagino a ikki,llendo al templo de leo a pedirle a León que haga sparring con él XD

Por cierto,a mí también me gusto wonder woman,pero es que parece que no le costó nada derrotar a ese villano
Y ni un corte en la mejilla

Un saludo enorme y hasta el próximo capítulo.




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