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Rosas desde el siglo XVIII


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89 respuestas a este tema

#81 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

    Teozakeru

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Geminis

Publicado 05 noviembre 2017 - 17:32

Llega parte nueva tras una pequeña sequía imaginativa. La verdad, tenía la idea de actualizar el 24 de octubre, con motivo del primer aniversario de la obra, pero me he demorado más de diez días. Así que aprovecho para hacerlo ahora.

 

El 24 de octubre de 2016 comencé con mi nuevo proyecto, lleno de ilusión, de promesas y de seguir creciendo. Tras plantear la temática, me puse a escribir, y la verdad, no me siento nada mal, echando la vista atrás, sobre lo que he creado hasta este momento. Escogí a Lugonis como primer protagonista de esta primera parte de mi historia, y no me arrepiento para nada. Le di un carisma, le di una nueva personalidad, y le di un nuevo ambiente con el que relacionarse, con personajes conocidos por todos, inventados por mí, y cameos cortos pero que se quedan en la memoria. Hoy, cinco de noviembre del año siguiente, digo GRACIAS a todos los que leen mi historia, los que me dejan comentarios agudos e inteligentes, y los que siguen apoyándome capítulo a capítulo sea cual sea la temática, resaltando lo bueno y lo malo. Quiero deciros que, por mucho, y aunque escribo para mí y solo para mí, sois vosotros los que me hacéis mejorar día a día y seguir adelante con el proyecto. Muchas gracias a todos, y espero poder seguir escribiendo por mucho tiempo junto a vosotros.

 

Raissa: Hola, mi fanartista favorita. Sé bien lo peñazo que puede ser crear un capítulo de transición, pues yo intento evitarlos lo más que puedo, sin embargo, me es totalmente imposible no meter aquí a Aphrodite, pues le tengo bastante respeto y siempre quise darle más cámara a esa personalidad suya tan extravagante y voyante. Esa escena suya con Saga me vino a la mente, curiosamente, mientras desayunaba una mañana antes de ir a clase. Lo apunté en mi cuaderno y a hacer cosas de informático.

 

Quizás aparezca más veces Aphrodite, la verdad es que tiene mucha cuerda y da para más el tipo. 

 

Muchas gracias por el comentario, doña Raissa.

 

T800: No entiendo por qué habría de ayudarle o ejecutarle. Espero que no tenga nada que ver con el supuesto de que Aphrodite parezca ser homosexual. Gracias por la visita.

 

-Felipe-: Hola, gran compañero Felipe. Antes de nada, aprovecho para hacer público mi deseo de felicitarle por el premio al mejor escritor SNK 2017. Peleamos y me ganó, eso es que lo mereces, buen amigo. 

 

Pues como dije arriba, me estaba haciendo el desayuno y la idea de Aphrodite apareció en mi mente, y dije, ¿por qué limitarme al Lost Canvas, cuando tengo ahí a otro Piscis que es increíble e igualmente puedo usar? Así que lo vi claro, y decidí meterlo en la historia. Quizás salga más veces, he de pensarlo. Desgraciadamente, este foro no está libre de los homófobos, que, por ninguna razón aparente, atacan a Aphrodite, un personaje que es casi mejor que esos que tantos otros alaban. 

 

Pues sí amigo, DM un capullo, Dohko una leyenda y Aspros demostrando el fail que es desde 2006.

 

Muchas gracias por la visita amigo. Espero verte pronto.

 

Alfredo: Muy buenas, compañero Alfredo, un placer verlo por aquí de nuevo.

 

Sí, como verás, muchos capítulos no muestran un avance significativo en la trama, y eso es porque no hay una "trama" de Guerra Santa en cuestión, pues eso ya lo he hecho y prefiero hacer un resguardo para otra ocasión. Esta es una historia de drama, basada en el signo de Piscis. Aramar es un tipo excéntrico, algo obsesionado con su posición en el Santuario, como habrás podido comprobar.

 

Yo te explico. Es cierto, la primera vez, fue después del entrenamiento, la segunda, puede identificarse como "salvar" pues le libró de Krest en ese momento en el que probablemente fuese a pegarle una santa paliza.

 

Hakurei de mayor es un tipo con unos grandes valores, y se le ve de la misma manera cuando se arrodilla frente a Krest en el Gaiden de Old Twins. Eso me dio la inspiración para crear esta escena, en la que Hakurei se ponía por debajo de Krest. Más adelante se explicará todo, no te adelantes a los acontecimientos tan rápido.

 

¿Repito mucho dicha expresión? He de revisar mis escritos para darme cuenta y corregirlo, muchas gracias por darte cuenta, es algo que no había visto.

 

Un saludo, amigo Alfredo, nos vemos.

 

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Ira

 

Se frotaba los dientes con el cepillo; arriba, abajo, luego a los lados, sintiendo el cosquilleo de las cerdas en sus encías. Pero a pesar de aquella agradable sensación, el corazón le pesaba sobremanera. Todo su ser estaba desganado, y su reflejo en el espejo no era sino otra prueba clarísima. Las ojeras le acosaban, se marcaban bajo sus ojos en un color morado oscuro y penetrante, y sus párpados caían constantemente, acosados por la inviolable ley de la gravedad, al igual que por la necesidad del cuerpo humano de descansar.

 

Abrió la boca, haciendo todo tipo de gestos extraños con ella, buscando sarro acumulado entre sus dientes, pero relucían como perlas. Era uno de sus orgullos personales, más que su cabello incluso: le gustaba que su higiene bucal estuviese impoluta, verse más aseado y ese puñetazo de frescor que sentía con aquella mezcla de agua, hojas de menta, ladrillo picado y bicarbonato era algo que no encontraba en cualquier parte.

 

Llenó un barreño de madera con agua y se desprendió de los harapos que cubrían su cuerpo. Se sentía sucio, pero no porque lo estuviese, sino porque sus sentimientos y sus miedos lo acosaban, hasta el punto de querer mudar la piel. La vergüenza lo había manchado, y quería lavarse toda esa deshonra lo más rápido que pudiese. Pasó la esponja, áspera como un cactus, por su espalda, sus brazos, sus zonas íntimas y sus piernas. Se refregó toda extremidad y apéndice a conciencia, hasta casi sangrar. Una vez su piel se había enrojecido por la fricción, dejó caer la esponja en el barreño y se protegió entre sus brazos, colocándose en posición fetal.

 

Primero tembló, luego sollozó, y finalmente lloró silenciosamente, intentando que se le oyese lo menos posible. La melena roja se mezcló con sus lágrimas, pegándose de una forma incómoda a su rostro. Las mejillas se le volvieron rojas y las narices húmedas. Permaneció así veinte minutos, hasta que se hubo calmado. Una vez sacó todo aquello de su cuerpo, salió del agua, se envolvió en una toalla de lino blanca y se secó muy despacio, no quitándole la mirada de encima a su reflejo en el espejo.

 

—Perdedor —susurraba una y otra vez con ojos de loco, perdidos entre tanta bolsa—. Eres un perdedor.

 

Se vistió lentamente, intentando alejar los malos pensamientos de su mente, y se dispuso a quitar el cerrojo de la puerta. Apoyó la mano derecha en el pasador de metal un segundo, reflexionando sobre lo que había pasado entre esas cuatro paredes: hacía años que no se sentía tan devastado. Años sin tener tanto miedo, sin sentirse tan inseguro de sí mismo… Años sin dudar de su poder como lo había hecho en aquel mes.

 

En el Santuario no era costumbre celebrar las fiestas cristianas. En Rodorio ya se habían celebrado las Navidades. El año 1702 ya había comenzado, y los vecinos del pequeño poblado habían fabricado petardos y voladores con una pólvora traída de Asphÿx, una ciudad cercana. La noche del treinta y uno, los aldeanos iluminaron el cielo con tonos rojos, verdes y azules de los fuegos artificiales creados por el maestro Lucio, el alfarero del pueblo. La noche, siempre vacía, se había transformado en un constante bombardeo de cortas, pero intensas, detonaciones controladas. Los niños miraban fascinados los cielos. Los caballeros, desde sus puestos, disfrutaban también del espectáculo. Las tabernas de la aldea estaban abarrotadas, y terminaron en cuestión de horas toda su reserva de cerveza y vino.

 

Pero no. Lugonis, a pesar de la fantástica fiesta y del increíble poder visual de los fuegos, no salió de la cama ni siquiera para distraer su mente. Tapado hasta arriba con la sábana y la manta, lloraba contra la almohada, aterrorizado por si volvía. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, veía a Krest y a su increíble cosmos asesinarlo. El frío que había sentido en sus huesos la noche anterior no lo había tenido ni cuando caminaba descalzo por el hielo a la tierna edad de seis años, buscando leña. No era solo su inexplicable poder, también era su terrorífica frialdad hacia el asesinato: no parecía importarle para nada el arrebatarle la vida a una persona. Tenía un rostro angelical de niño que nunca había roto un plato, pero su personalidad era oscura, negra como una noche sin luna o como el pelo de un lobo siberiano.

 

Gheser siempre estaba pendiente de su alumno y, sin entrometerse, sin molestarlo, sin siquiera hablarle, le dejaba sobre el escritorio una pequeña bandeja con comida: una manzana verde, un chusco de pan y una jarra de leche fresca, que, misteriosamente, desaparecían de la noche a la mañana. Eso alegraba a Gheser, ya que al menos sabía que se alimentaba.

 

Una vez la almohada estaba empapada, llena hasta arriba de lágrimas, Lugonis caía dormido del agotamiento mental al que se estaba viendo sometido. La presencia de Krest lo seguía allá donde se escondiese: ni siquiera en los rincones más recónditos de su mente estaba a salvo de la poderosa influencia que ofrecía. Despertaba a la hora, y tras recobrar la consciencia, seguía llorando. No comprendía lo que le pasaba: hacía años que no tenía tanto miedo, que no quería esconderse bajo la cama para no salir nunca más y resguardarse del fulgor de la luz solar. La sombra se cernía, de nuevo, sobre él. Una sombra alargada y negra, que impedía ver la claridad del cielo o el blanco de las nubes.

 

Dos de enero. Los caballeros de bronce y plata tenían por costumbre celebrar en Rodorio un pequeño mercadillo benéfico en el que vendían frutas exóticas y ropas venidas de lugares lejanos. Con el dinero que recaudaban, normalmente compraban mobiliario y libros que, posteriormente, donaban al orfanato del pueblo. Los niños que vivían en aquel lugar dejado de la mano de Cristo —cuyos rangos de edad abarcaban desde retacos de cuatro años a jóvenes adultos de dieciséis— recibían con muchísimo gusto todo lo que el Santuario les daba. Siempre que llegaba el nuevo año preparaban un libro en que escribían palabras de agradecimiento, dibujaban a los caballeros en sus peligrosas misiones o, simplemente, garabateaban una firma.

 

Aunque el participar en el mercadillo era totalmente voluntario, aproximadamente la mitad de santos disponibles —unos dieciocho o veinte— ayudaban a montar todo, tanto arreglar los puestos, como colocar los productos, así como publicitarlo por las aldeas colindantes. Normalmente, el mercadillo recibía la suficiente atención como para llenar las dos tabernas de Rodorio hasta arriba y hacer intransitables las calles de todo el tumulto de gente que se acumulaba. Durante todo el día llegaba gente, ya fuese a pie, a caballo, o, en el caso de los más acaudalados de la zona, en carro tirado por bueyes, y volvían a casa cargados de fascinantes artículos, tan exóticos como pintorescos.

 

Lugonis, aunque siempre era invitado, recibiendo una carta con un sobre increíblemente blanco, con una nota igual de blanca, decorada con bordes dorados, que decía que sería un honor contar con Hydra Lugonis para este día, nunca asistía. Su costumbre era, o bien hacerla pedazos muy pequeños por aburrimiento, o simplemente arrugarla y tirarla al fuego, o al suelo, o a donde fuese. Nunca, ni siquiera de niño, había acudido a aquel festejo, por llamarlo de alguna manera, y desde luego, no tenía intención de empezar.

 

Ese año, aunque recibió la invitación, como de costumbre, gracias a Gertrude de Flecha, una amazona de caderas generosas y pecho plano, tal como la veía el pelirrojo, no la rompió, sino que la leyó una y otra vez, perdiéndose en las líneas, en los espacios entre las palabras, en los más pequeños detalles de la letra en cursiva. No podía avanzar, pero tampoco podía retroceder. Al final respiró hondo, tanto, que se quedó sin aire en los pulmones y tuvo que apresurarse a buscar una nueva bocanada. Dejó el papel encima de la cama y salió de la habitación, dubitativo.

Nada más cerrar la puerta se chocó de bruces con Gheser, que esperaba paciente a la puerta. Fue tal la distracción del pelirrojo que cayó al suelo de culo, mirándolo luego desde los pies hasta la cabeza con un gesto estúpido. Meneó la testa un par de veces con rapidez, como queriendo deshacerse de aquella incómoda sensación que le presionaba.

 

—Ah, hola —dijo Lugonis, desviando la mirada, intentando disimular sus ojos ojerosos—. Voy a dar una vuelta. Quiero…, despejar. Sí, despejar.

 

—Pero hoy tenemos que empezar los Lazos, Lugonis —respondió con tono calmo el maestro, no perdiendo un detalle de su alumno; no era ningún secreto para él que estaba muy afectado y que se había pasado la noche en vela, acosado por terrores nocturnos, pero intentó hacer de menos esos evidentes signos de fatiga para no incomodar al pelirrojo—. Es de vital importancia que lo hagamos ya.

 

—Hoy no puedo.

 

—¿No puedes? No te entiendo.

 

—Sí, exacto, no puedo, ¿es que no me entiendes? —espetó Lugonis en tono despectivo.

 

—¿Y qué es eso tan importante que tienes que hacer, si se puede saber?

 

—Eso a ti no te importa. Déjame pasar. ¡He dicho que te apartes!

 

Lugonis forcejeó con Gheser, tirándole de la ropa, empujándolo con toda la fuerza que tenía en el cuerpo. En un momento, hastiado y desesperado, cargó en su puño derecho una ráfaga de cosmos y la lanzó en forma de golpe contra el estómago de Gheser. El impacto hubiese roto una roca, sin ninguna duda, pero se estampó contra el duro abdomen del caballero de Piscis, sin hacer que este se moviese siquiera. Ni le rasgó la camisa que vestía.

 

El pelirrojo dio un paso atrás sin perder de vista el rostro de Gheser. En el fondo, sabía que lo que había hecho estaba mal, estaba muy mal, y que estaba siendo un completo idiota. Sus ojos se llenaron de lágrimas que rápidamente rebosaron y se deslizaron por sus mejillas. Apretó los puños, agachó la cabeza y se quedó tieso como una estaca, haciendo fuerza con los dientes.

 

—De verdad, de verdad necesito irme…

 

Gheser estaba impertérrito ante el impacto. Lo había sentido, pero era como una picadura de mosquito en la dura piel de un rinoceronte. A pesar de que su cuerpo aún estaba maltrecho del combate contra Zarrampla, se había recuperado bastante bien gracias a un zumo que Aramar, el infame, pero bienintencionado curandero del Santuario, le había preparado, haciéndole sentir más vigoroso y permitiéndole reducir el dolor de la pierna y el brazo.

 

—Tienes tres horas. ¿Está bien? Esta noche comenzaremos los Lazos sin tardar.

 

 

Las calles estaban abarrotadas. La gente se chocaba unos con otros sin ningún cuidado. Se empujaban, se gritaban y casi se peleaban por los últimos stocks de inventario que quedaban en algunos puestos. Los caballeros ya habían tenido que separar a varias mujeres y a un par de hombres que se enzarzaron a puñetazos por los dos últimos melones que quedaban en todo el mercado. El espectáculo era digno de ver, a la par que deplorable.

 

Lugonis, como podía, se hacía hueco entre la muchedumbre. A pesar de su pequeño cuerpo, conseguía atravesar con soltura al gentío y pasar entre las manos que volaban para coger todo lo que podían. Era cuestión de tiempo, quizás horas, quizás minutos, que la ropa comenzase a escasear y que la fruta se terminase.

 

Al pelirrojo le llovían empujones y golpes por todas partes, tanto, que se llevó un puñetazo en la cara porque alguien estaba intentando agarrar una manzana desde casi el medio de la calle por culpa de toda la masa de gente que se formaba alrededor de los puestos. Al sentir el calor de la sangre correr por sus labios dirigió una mirada afilada e iracunda al pedazo de idiota, como se decía a sí mismo, que no sabía tener cuidado, pero este ni siquiera le pidió perdón.

 

Enfurecido, se lanzó encima del hombre con fuerza y le golpeó el bajo vientre. El tipo cayó al suelo, confundido y desorientado. Miró a los lados, arriba y abajo, pero no sabía qué le había dado. Lugonis, al verlo desplomarse, se le puso encima, con las rodillas hincadas a ambos lados del tipo para que no pudiese levantarse. Al ver el estruendo, la gente comenzó a hacer un corrillo alrededor de ellos, dejando un hueco vacío en la calle, en el que solo estaban Lugonis, y debajo, el tipo al que había atacado.

 

Con la derecha, lanzó un golpe contra su rostro, y tal fue su fuerza que el tipo perdió un diente y salpicó de sangre la ropa amarronada del pelirrojo. Luego enganchó otro golpe con la misma mano, agarrando con la izquierda el cuello de la camisa del pobre desgraciado que ni siquiera podía defenderse. Y luego vino otro, y otro, y otro. Hasta que toda la camiseta se le había vuelto roja, tanto al joven como al hombre, que había perdido la consciencia y tenía cortes y hematomas por todas partes de la cara.

 

Más tarde que pronto, e imposibilitado por el tumulto que, tan curioso como morboso, impedía el paso, un joven acudió. Apartaba a brazos llenos a la multitud como podía, y atravesaba lo mejor que se le permitía los estrechos caminos que la gente dejaba. El silencio era tal que se podían oír los golpes casi con eco.

 

El joven abrazó a Lugonis con fuerza, impidiendo su movimiento. Al principio, Lugonis no respondió más que con forcejeos y traqueteos, desatado.

 

—¡Suéltame, maldita sea, suéltame de una maldita vez! —gritaba completamente fuera de sí.

 

Sin hacer de menos el agarre, lo sacó del círculo que se había formado, arrastrándolo. Lugonis pataleaba fuera de sí, intentando avanzar, ya sin siquiera preocuparse de quien lo agarraba. Solo quería seguir golpeando, seguir expulsando su furia por los puños. Necesitaba desahogarse, deshacerse de todo lo que le pesaba tanto. Y no era solo por capricho, era por justicia, ya que aquel idiota ni siquiera se había disculpado.

 

El círculo de gente se abría para dejar pasar al joven que tenía agarrado a Lugonis. Se escuchaban comentarios en voz baja, cuchicheos, alguna risa, pocos llantos y mucho más silencio del que debería haber, solo roto por los gritos de ¡Suéltame ya, voy a matarlo, voy a matarte! de Hidra.

 

En cuestión de minutos, el mercadillo volvió a la normalidad. Un par de Saints llevaron al hombre, inconsciente, al puesto de avanzada del galeno. Todos los espectadores se desentendieron rápidamente y volvieron a sus compras, mencionando de vez en cuando, entre risas y comentarios totalmente fuera de lugar, que un niño le había dado una paliza a un señor hecho y derecho.

 

—Seguro que es uno de esos afeminados.

 

—¿Cómo le puede pegar un simple niño?

 

—¡Hay que ver la de salvajes que hay en este pueblo!

 

Lugonis fue arrastrado mientras gritaba. Por mucha fuerza que hiciese le era imposible soltarse del poderoso agarre al que estaba sujeto. Pataleaba, golpeaba, casi mordía, pero los brazos que lo tenían bien encadenado no se hacían de menos en ningún momento. A Lugonis llegó casi a faltarle el aire de la presión a la que se veía sometido.

 

Doblaro un par de calles a la izquierda y luego una a la derecha, atravesando la muchedumbre que los miraba extrañada, dejando la mirada atrás hasta que estos se perdían en una esquina. Una vez se hubieron alejado lo suficiente, se adentraron en un callejón que, incluso siendo de día, estaba oscuro. El olor era casi insoportable: heces y orina, sin duda algo totalmente insalubre, pero eso importaba poco.

 

El joven de pelo castaño empotró la espalda de Lugonis contra la pared y lo agarró con fuerza por los hombros mientras el otro forcejeaba sin éxito.

 

—¡Déjame, déjame en paz, voy a matar a ese matula[i], y a ti como no me sueltes! —chillaba el pelirrojo mientras movía los hombros.

 

—Eh, calla. Espera. ¡He dicho que te calles la boca! —respondía el otro, perdiendo la paciencia por segundos.

 

—¡No quiero! Ese stronzo va a pagar.

 

—¡Cálmate, cálmate ya!

 

—¡Suelta!

 

—¡No te voy a dejar ir hasta que te calmes!

 

La conversación siguió de aquella manera durante, al menos, media hora. Los insultos salían de la boca de Lugonis con una fluidez anormal, uno tras otro, introducidos de manera inteligente en cada frase, y sin repetir ninguno. Al final, tras cansarse ambos de aquel diálogo de besugos, los ánimos se calmaron. Lugonis respiró buscando aire, ya que el forcejeo con todo su cuerpo lo había dejado molido.

 

—Dime cómo te llamas —preguntó el joven de cabello castaño.

 

Sin embargo, el pelirrojo entornó la cabeza, negando el contacto visual. Guardó silencio en todo momento, intentando no hacer el menor ruido, no queriendo darle esa satisfacción a aquel desconocido.

 

—Vamos. Soy un caballero, no te voy a hacer daño. Solo quiero ayudarte y llevarte con tus padres. ¿Estás perdido?

 

—Yo no tengo padres.

 

—Ah, bueno, pues…, ¿vives entonces en el Orfanato?

 

—No.

 

—¿Eres de por aquí?

 

—Sí.

 

Los monosílabos y las monótonas respuestas de Lugonis comenzaron a sacar de quicio a aquel joven, que, por mucho que se esforzaba, no conseguía avanzar ni un solo paso.

 

—Vaya fuerza que tienes. ¿Cómo es que golpeaste a ese tipo?

 

—Me pegó un puñetazo y ni siquiera se disculpó.

 

—Escucha. Dime tu nombre y procuraré que no te pase nada malo, ¿vale? Los caballeros como yo solemos convencer mucho a la gente.

 

El pelirrojo volvió a girar la cabeza, pero comenzó a relajar los brazos. Sabía que la había fastidiado al hacer daño a un civil por asuntos de ego. Se miró las manos: sabía que Gheser le iba a dar una buena paliza cuando se enterase, aunque, pensándolo bien, no es que fuera algo que no mereciese. Iba a heredar la legendaria Cloth de Piscis, y no podía comportarse así con un pobre hombre.

 

—Me llamo Lugonis —respondió al fin, dubitativo y muy despacio.


[i] Cabeza hueca en latín.


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Ranking de resistencia dorada


#82 Αλάλα

Αλάλα

    Black UFO

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Publicado 06 noviembre 2017 - 19:19

¡Hola!

 

Anda, ya un año, cómo pasa el tiempo, te lo has invertido en un buen fic y yo todavía no termino nada de lo que tenía planeado xD

Fuera de mis quejas, qué bueno que después de todo no has pedido el ánimo y lo continúas, ojalá finalice, y, ¿primera parte? Sea lo que sea que tengas planeado, aquí seguiré apoyándote aunque sea leyendo, y como siempre, pendiente cuando necesites algo más!

 

Ya con el fic, sí que he sentido esa necesidad inmensa de pasar llorando y darle de golpes a cada cosa que se atraviese, a veces hoy en día :v así que esta vez, aunque no sea por la misma razón, entiendo bastante al pobre de Lugonis, supongo que de aquí en adelante se verá un cambio drástico, aunque bueno, siendo este personaje seguro que se negará a él.

Pobre también el civil que se llevó los golpes, en mi caso controlo esas cosas xD pero más que el hecho de que se llevara una buena paliza, me deja la duda es que si seguirá vivo, eran los golpes de un caballero! (caballero, sí claro xD)

 

Y bueno, queda el misterio del nuevo personaje, cómo es que pasan media hora con un diálogo así xD si converso más de 10 min con alguien es milagro, peor en una situación incómoda como esa, y como se ve, no se han de conocer mutuamente como caballeros de Atena, me pregunto cómo reaccionarán al saber más el uno del otro.

 

Ya para acabar, sí que espero con ganas ver más a Afrodita, la verdad es que hay personajes que se quedan tras lo poco que se saben de ellos, como también Aldebarán, DeathMask e inclusive Aiolos, una mala situación y quedan arraigados a ella, ni modo xD Pero seguro que le haces justicia que se merece.

 

Saludos!!


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#83 -Felipe-

-Felipe-

    El temor de un hombre sabio

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Publicado 06 noviembre 2017 - 19:56

Lol, no se por qué los fans les siguen diciendo "amazonas", claramente Kuru aclaró que son Saints femeninos xD Igual que eso de decirle June lol a Genet o Caballeros a los Sa.......... ejem.

 

Verdad que ya se fue  :ph34r: 

 

 

 

Bueno, Penta, primero... pues nada. Sí, gané esta contienda, pero tampoco es que me sienta ganador frente a ti, menos después de leer este tipo de capítulos. En serio, fue hace unos días nomas que leíamos el fic con Placebo, y terminábamos ambos con sana envidia. "Manso fic", decíamos, y varias veces le añadimos el "Penta debería ganar". Pero bueno... es solo una firma con un personaje que ni me agrada, y los votos pueden deberse a muchos factores, pero tu fic es impresionante. De profesional, incluso.

 

Segundo, ha pasado un año... cómo transcurre el tiempo, eh? Nada que decir, más que esperar que continúes y sigas mejorando. Y que no lluevan demasiados comentarios desubicados, claro (que hoy no van a faltar xD)

 

Tercero, al grano, quedé metido con este nuevo personaje de cabello castaño, un "caballero" (en qué sentido? Es el rango u otra cosa?) que pudo controlar al Santo de Hidra. Me intriga, sin duda. También, recién caigo en cuenta que este Lugonis es de descendencia romana, gran detalle teniendo en cuenta que Shiori apenas se molestó en dar nacionalidades.

 

Y por supuesto, tenemos a nuestro querido prota, el futuro, noble y valiente Piscis, que tal vez se forme a través del quiebre del espíritu, pues este Hidra aún no se parece al maestro de Albafika. ¿Será el rito del Lazo el que lo cambie? ¿El hombre misterioso? ¿Krest, a golpes? ¿Tantas lágrimas? Solo el tiempo lo dirá.

 

Para qué te hablo de las descripciones, la gramática y lo demás si esta vez hasta agregaste "extranjerismos". Y la manera de relatar el sufrimiento interno y la frustración de este idiota no solo es impecable, sino que se transmite.

 

Saludos, amigo. Suerte.

 

Saludos, amigo.


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(by Placebo)


#84 T-800

T-800

    Miembro de honor

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Publicado 20 noviembre 2017 - 15:10

¿Krest odia al prota o algo por el estilo?

 

Gheser deberia explicarle a su alumno todo lo que conlleva   sobre los Lazos

 

me pregunto que fue el sujeto que aparecio al final


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B AZ

 

Multiverso Zodiacal

 

 

 


#85 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

    Teozakeru

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Publicado 19 mayo 2018 - 13:08

Creo que pasaron cerca de seis meses. Kukukukuku.

 

Raissa: Mi fanartista favorita, de verdad lamento mucho no haberte respondido en seis meses. No me embarqué en otros proyectos, no estuve ocupado ni estuve enfermo. Simplemente se me fue el amor que le tenía a Saint Seiya por una temporada. Ahora volvió, pero no gracias a Kurumada ni nada así, sino debido a un ansia de darle a la historia que escribo un tono más adulto, más Evangelion / Cowboy Bebop, obras que me han hecho pensar.

 

Lugonis, claramente, o eso espero, es un joven problemático, sumido en la peor época de la juventud: la adolescencia. Creo que todos hemos pasado por esa época en la que sentimos que tenemos razón, que todo lo que queremos, por estúpido que sea, es lo más importante del mundo, y, sobre todo, que cuando nos pisotean, queremos venganza y tener un buen lugar en la sociedad. Lugonis cumple con todos los tópicos de un adolescente, pero quizás vengan arrastrados por otras cosas. Quién sabe. Si el adulto está bien o no..., nunca se sabe. Eso se deja a la imaginación del lector. El nuevo personaje..., si digo que, en realidad, ese personaje es solo una sombra, que no tendrá personalidad, no lo digo en broma, porque simplemente no tengo gran interés en crear más personajes para luego dejarlos a medias.

 

Solo te puedo adelantar que tengo pensado darle algo importante a Aphrodite. Nada más.

 

¡Un saludo, mi fanartista favorita!

 

Felipe: Justo hoy hemos hablado de cuándo regresa Rosas desde el Siglo XVIII. Pues bien, aquí está todo. A ver si no tardo mucho en traer algo nuevo.

 

Fíjate. De tu victoria hace ya más de seis meses, pero yo no me siento ganador frente a ti tampoco, creo que lo sabes porque te lo dije. Tienes lo merecido, y el reconocimiento existe por mi parte, porque sé de qué eres capaz y lo demuestras tanto junto a Placebo como de manera individual. Así que, ya lo sabes, no hay ningún tipo de competición entre nosotros, solo sano compañerismo.

 

Reitero lo que le dije a Raissa arriba. No creo darle importancia a ese personaje aparecido de la nada. O quizás sea alguien ya conocido por el lector. En todo caso, toca esperar, porque yo también tengo un pequeño cacao mental en la cabeza y no sé si resolveré algo.

 

¿Cuál será el desencadenante del cambio de Lugonis? Ni yo mismo lo sé aun a día de hoy. Pero es obvio que lo que ves hoy no es el producto final de Lugonis. Su avance me está resultando más complejo de lo que yo creía, la verdad. Pero eso es un reto, y quiero seguir mejorándolo. Quizás Krest lo muela a golpes. Quizás los lazos lo maten. Quizás..., muchas cosas.

 

Gracias por la suerte, amigo mío. Nos leemos.

 

T-800: ¿Krest, odiar? Quién sabe. Quizás sí, quizás no. Un saludo y gracias por la visita.

 

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Lazos

 

—¡Esto es inaceptable, Gheser! —Sage iba y venía, dando círculos simbólicos como gesto de su enfado. La toga blanca bailaba de un lado al otro, movida por la inercia del anciano—. ¿¡Acaso no eres capaz de controlar a un crío de trece años!? ¡Es muy grave!

 

El anciano gritaba con fuerza, una que el caballero de Piscis nunca le había visto mostrar. Enseñaba los dientes, agitaba los brazos, y siempre parecía mirar a las paredes en busca de una solución. La estancia vacía devolvía un fuerte eco, que agravaba la voz del Patriarca.

 

Por su parte, Gheser miraba al suelo con la cabeza agachada, soportando todas las duras palabras y reproches que le llegaban. Apoyaba sendos brazos sobre la rodilla izquierda, que estaba hincada en el suelo, ya que la derecha aún estaba herida del combate contra Zarrampla. El largo pañuelo blanco que estaba siempre enroscado en su cuello se descolgaba hasta su pecho como una liana, y permanecía tan impasible como el mismo caballero de Piscis.

 

—Te he encargado una tarea muy sencilla. Lo único que tienes que hacer es controlar a ese condenado joven y enseñarle a combatir. ¡Nada más!

 

—Lo sé, señor, pero es más complejo de lo que pueda parecer. Si me permite…

 

—¡No hay excusas, Gheser! —Sage alzó la voz lo más que pudo, hasta casi quebrársele; golpeó con la palma de su mano la rugosa pared, produciendo un sonido plano que inundó el espacio sin ocupar—. Hoy tienes que empezar con los Lazos.

 

—¡Pero señor…! —Gheser alzó la cabeza como impulsado por un resorte—. Aún no está preparado para ello. Si lo expongo demasiado rápido, puede morir. Ya ha visto su inmadurez. Creo que debemos esperar.

 

—Es un riesgo que debemos correr. —El Patriarca desvió la mirada de la de Gheser, fijándola en una de las baldosas del suelo; parecía costarle, sin embargo, lo soltó con una frialdad impropia del suave tacto para decir las cosas que tenía el anciano—. La Guerra Santa puede estar al caer. Así que sal de aquí, vuelve a tu templo, y empieza los Lazos cuanto antes.

 

Gheser apretó los dientes por instinto. Aquellas palabras le confundían y le herían, pero no porque le echasen la bronca, sino por el riesgo que estaba asumiendo para un tercero. Había pospuesto lo más posible el ritual, y sin embargo, un fallo de prevención tan tonto, para intentar proteger a su alumno, acabó hiriéndolo más.

 

Rabioso e impotente, el Piscis adoptó su gesto más neutral, que, aun así, era pura hostilidad. Sus ojos azules hervían de furia contenida y su mandíbula estaba tensa como la cuerda de una polea. Se ajustó el pañuelo al cuello dándole una vuelta más y se puso en pie con mucha parsimonia, haciendo fuerza sobre la pierna buena. Una vez estuvo de pie, hizo una leve reverencia, totalmente rutinaria, se dio media vuelta y salió cojeando de la estancia sin mirar atrás ni una sola vez.

 

Una vez Sage vio cómo la melena rubia de Gheser se perdía entre los escalones, se sentó en el trono de oro totalmente desfallecido. Dejó el casco en el suelo, a sus pies, y se frotó las sienes, cerrando los ojos con fuerza.

 

 

El silencio ya era algo habitual en su mente. Lo que un día estuvo lleno de pensamientos obscenos, de risas por cosas absurdas, ahora era un vacío existencial que llenaba todos los recovecos de su confusa existencia.

 

¿Por qué estaba tan triste, tan…, asustado? No podía pensar más que en el castigo que le habían dado, y en que le quedaba por recibir aún. Toda una noche de golpes, atado como un animal: latigazos, puñetazos, escupitajos e insultos por parte de la clase más baja del Santuario: los soldados rasos.

 

Sin embargo, lo que más le asustaba era que, a pesar de que lo hubiesen inmovilizado con unas cuerdas y unos hierros en las muñecas, él era capaz de deshacerse de esos impedimentos con la facilidad que tendría un herrero para crear una espada.

 

Más que no poder, no había querido.

 

Lugonis estaba en la cama, pero no tumbado, sino sentado, con sendos brazos rodeando sus piernas mientras apoyaba su espalda contra el cabecero de madera y perdía su mirada en un punto fijo de la pared.

 

A pesar de su evidente falta de atención, cada vez que oía algo, ya fuese fuera o en el Templo —el volar de una mosca, el crujir de una rama—, aguzaba el oído: quería abstraerse lo máximo posible, pero era imposible deshacerse de la idea de que le esperaba una severa reprimenda.

 

Y será Gheser quien me la dé…

 

En lo más hondo de su corazón, Lugonis albergaba la esperanza de que fuese Krest de Acuario quien lo matase a golpes, quien disfrutase de ver cómo su sangre manchaba el suelo. Pero esta vez no: sabía que le tocaba a Gheser. A pesar de que encontraba obvias razones para recibir su castigo, sentía que estaba siendo traicionado.

 

Palabras bonitas, comportamientos amables… ¿Para qué? Si luego todo deriva en esto…

 

La puerta del cuarto de Lugonis se abrió despacio, pero no lo suficiente como para que este no se diese cuenta. La figura del caballero de Piscis se dejó diferenciar por la pequeña abertura que dejaba el quicio.

 

—Lugonis, ven conmigo —dijo una voz apagada.

 

Es la hora, ¿no? —pensó el pelirrojo mientras deshacía su posición de seguridad y posaba los pies descalzos en el frío suelo.

 

Lugonis siguió a Gheser durante un minuto, sin querer levantar la cabeza. Su mirada estaba fija en los talones del adulto, que avanzaban de manera simétrica. A pesar de la situación, su aroma seguía siendo tan embriagador como de costumbre.

 

Sin embargo, una vez se decidió a mirar al frente, descubrió que estaban en el jardín trasero de Piscis, ese al que Gheser nunca le dejaba acercarse. El dulce aroma de las rosas impregnaba el ambiente mientras sus pétalos se bañaban en la luz del atardecer, anaranjando sus pétalos carmín.

 

Lugonis dio un pequeño vaivén con la cabeza, como si se le fuese la consciencia por un instante. Se frotó los ojos con el pulgar e índice de la mano derecha mientras trataba de mantener el equilibrio.

 

—Escúchame bien, Lugonis —dijo Gheser de espaldas a su alumno con la cabeza alta, como mirando a la parte alta del Santuario—. El camino que estás a punto de emprender es el más peligroso de los que puedes tomar.

 

La figura de Piscis se dibujó contra el suelo, generando una alargada sombra del doble de su altura natural. Giró la cabeza con suavidad, lo suficiente como para ver su ojo derecho auscultar al pelirrojo, que notaba como si le corriesen hormigas por las manos.

 

De su cinturón, Gheser sacó una pequeña daga que asió con la mano derecha. Giró sobre sí mismo ciento ochenta grados, quedando de cara a Lugonis.

 

A pesar del miedo, el pelirrojo no pudo evitar sentirse invadido por la sensación de hermosura y respeto de su maestro, que, aun con la cara magullada y cortada, imponía un canon de belleza: pelo rubio cabalgando el viento como un galgo salvaje, espalda recta como si fuese una columna, curvas como las de una mujer hermosa… Por un breve instante, el hormigueo desapareció de sus manos y el mareo se esfumó, viéndose atraído por la fuerte presencia de Gheser.

 

Sin embargo, Gheser quería mostrar de todo menos orgullo y respeto. Agarraba la daga tan fuerte como podía, de la furia que corría por sus venas. Con el filo mirando hacia arriba, hizo un pequeño corte en el dedo índice izquierdo. La sangre manchó la brillante hoja metálica de arriba abajo y el río rojo se deslizó por su brazo y goteó al suelo; tanto la tela amarilla de su jubón como el limpio mármol se enrojecieron, todo bajo la impertérrita mirada de un Lugonis que, aun impresionado, ocultaba sus emociones tras un rostro de póquer, como le denominaban los ancianos en el pueblo cuando jugaban a las cartas.

 

—Hoy puedes elegir —continuó Gheser, en su soliloquio de mártir—, entre convertirte en el sucesor oficial de Piscis… —Una ráfaga de aire revolvió el pañuelo blanco ajustado a su cuello, haciendo que volase hacia el rosal—, o vivir como una persona normal, lejos del bullicio de la batalla, del sabor a óxido de la sangre, de los problemas innecesarios…, y del sufrimiento.

 

Lugonis permaneció impasible, para la sorpresa de Gheser. Parecía que su sucinto sermón no había surtido efecto. Quizás esa elección era demasiado temprana. Quizás necesitase tiempo para resolver sus ideas. Tiempo que no había. Porque Gheser estaba seguro de que, si escudriñaba con atención la puesta del sol sobre los dominios Patriarcales, podría distinguir la figura encorvada pero esbelta de Sage, obligándole a cumplir las órdenes que se le habían impuesto.

 

El pelirrojo, a pesar de su evidente falta de coordinación —ya que veía borroso y los movimientos de sus manos parecían más lentos que de costumbre, aunque no podía confirmarlo—, había escuchado la perorata con atención —y le decía perorata porque se le había hecho eterna—. El hormigueo se deslizó de las palmas de sus manos hasta alcanzar la plenitud de sendos brazos y piernas. ¿Qué le estaba pasando?

 

—Y —acertó a decir Lugonis tras cinco segundos que se le hicieron cinco horas—…, ¿qué pasará si elijo renunciar y ser una persona normal?

 

—El Patriarca Sage ordenará que se selle tu poder cósmico. Se te hará un lavado de cerebro para que olvides todo lo relacionado con el Santuario. Se te otorgará una nueva identidad, lejos de aquí. Tu pasado se reescribirá. Nunca habrá existido Lugonis de Hidra. Nunca habrás estado aquí. Volverás a Italia, seguramente, y serás vigilado toda tu vida. Probablemente encontrarás la felicidad que aquí no eres capaz de tener. Te casarás, tendrás hijos e hijas a los que querrás, porque serás una persona nueva, sin cicatrices en tu mente ni en tu cuerpo —ante esas palabras, Lugonis recorrió por instinto la herida que surcaba su pectoral derecho con las yemas de los dedos—. Luco será forzado a olvidarte también, y se le imposibilitará la idea de tener contacto contigo, porque eso pondría en riesgo todo el programa. Sin duda, tu vida será uno de esos cuentos que terminan en final feliz, solo que con un trasfondo triste que desconocerás. —Gheser habló despacio pero con propiedad, dejando que sus palabras se fusionasen con el viento. La presión en su pecho, en su corazón, hizo que la pierna rota le doliese un poco. Y es que todo lo que había dicho, o al menos una gran parte, eran mentiras, o verdades exageradas hasta un extremo inimaginable. Lo del sellado de cosmos era cierto, pero no se le practicaría ninguna lobotomía o lavado de cerebro, ni se le vigilaría, pero sí se le olvidaría. Gheser no estaba seguro de por qué había soltado tal veneno, pero estaba traicionando la confianza de Lugonis. No se reconocía.

 

Y, por primera vez en mucho tiempo, Lugonis comenzó un pequeño viaje interior, dejando que su pensamiento se fuese con la brisa que revolvía su cabello como hilos de seda. Se sintió, de la nada, ligero como una pluma. Pudo verse a sí mismo, de pie, frente a Gheser, que esperaba una respuesta. Lo miró, pero parecía no ver que Lugonis ya no estaba frente a él, sino que su mente había abandonado su cuerpo. El ser incorpóreo que ahora era se alzó en el cielo y se perdió entre las nubes. Voló lejos, muy lejos, hasta olvidar por qué tenía tanta prisa, ni a dónde se dirigía. Los pájaros trinaban libres en el cielo azul, formaban bandadas y se separaban, tomando caminos distintos. Los árboles perdían sus hojas, formando campos enteros de marrón para después dejar sus ramas desnudas a las órdenes del violento invierno, que daba paso a una pequeña tregua donde su follaje intenso volvía y florecía, junto al verde de los campos bañados por el rocío de verano. Cuando se cansó de vagar sin un lugar fijo, Lugonis descendió. Cayó, envuelto en plumas blancas y grises, que se deshicieron cuando tocaron la tierra polvorienta. Su piel brillaba como un candelabro en la más oscura de las noches. La luz del Sol solo hacía que empeorarlo. Era un ángel, caído a Tierra, cansado de observar la mundana vida de un planeta que avanzaba de forma inconstante.

 

Por alguna razón que desconocía, había decidido pararse en una pequeña aldea situada en el borde de un río estrecho. Las casas estaban hechas de piedra y comunicadas por caminos de adoquines muy ordenados. Los lugareños trabajaban sin descanso, pero con una sonrisa en sus labios. Las mujeres compraban el pan y se lo llevaban en grandes bolsas de tela mientras hablaban entre ellas, muy animadas. Los hombres desempeñaban sus tareas habituales: forja, recogida de trigo, venta de productos, con muy buen humor. Sin embargo, ninguno reparaba en el hermoso ángel desnudo que caminaba entre ellos.

 

Una fuerza invisible lo arrastró, como por instinto, a una de las muchas casas del lugar. Esquivó a una cuadriga de caballos que transportaba sacos de harina por el camino principal del poblado y se adentró con lentitud en el porche. Se acercó a la ventana, situada justo a su altura, y se apoyó en el alféizar, mirando una cocina vacía con la barbilla soportada por su puño derecho.

 

Un señor entró por la puerta, cargando en brazos un bebé. El niño reía con ímpetu mientras el adulto lo dejaba en una sillita al lado de la mesa. Por alguna razón, al ángel Lugonis le pareció reconocer a aquel tipo. Ese pelo rojo, casi violáceo por la edad. Ese rostro tan largo y apuesto. No pudo decir quién era, pero deseó saberlo.

 

—¿Te gusta lo que ves? —dijo una suave voz por detrás.

 

—Sí —respondió Lugonis sin girarse, abrumado por la mundanidad de la escena—. Transmite mucha paz.

 

—Es cierto.

 

—Llevo millones de años en este planeta, y nunca nadie ha sido capaz de verme. ¿Qué te hace especial?

 

—¿A mí? —la voz se acercó a su oído derecho hasta ponerse a su altura y tomar cuerpo. El cuerpo de un joven adulto, de unos veinte años, con el cabello largo y azul celeste corriendo por su espalda, envuelto en una armadura de color de oro, exactamente igual a la que recordaba de sus sueños; pero, a pesar de la perfección de su porte, su rostro estaba lleno de cortes, y la sangre resbalaba por todo el dorado de su ropaje. El blanco de su capa, que lucía como un héroe, era ahora un lago carmesí. Su tibia sobresalía de la carne y su hombro izquierdo estaba visiblemente dislocado. Su cuello tenía una posición inhumana, demasiado torcido. Sin embargo, el joven sonreía, mostrando el blanco de sus dientes—. Tú me haces especial.

 

—¿A qué te refieres?

 

—Algún día lo entenderás.

 

—Lo dudo.

 

—¿Y qué has decidido?

 

—¿Eh?

 

—Si estás aquí es porque has venido buscando una respuesta a una pregunta importante. Brillas como un ángel, pero no lo eres. Huyes de algo de lo que no quieres huir, pero tienes miedo a salir herido. Quieres una respuesta. Quieres ser feliz.

 

—Puede.

 

—¿Cuál es el camino que quieres tomar?

 

—No lo sé.

 

—Puedes correr sin mirar atrás, dejar de sufrir, dejar de pensar, y convertirte en algo parecido a lo que tienes delante de tus ojos. Sin embargo, vienes aquí, buscando respuestas para algo que, aparentemente, has decidido.

 

—Puede.

 

—¿Solo puede?

 

—No lo sé.

 

—Esa no es la actitud que quiero ver en ti.

 

—Lo siento.

 

—¿Por qué?

 

—No lo sé. Solo lo siento.

 

—Evitas el conflicto para no decidir.

 

—Quizás sea eso.

 

—¿Tienes miedo?

 

—Mucho.

 

—¿De morir?

 

—Sí.

 

—¿De sufrir?

 

—Sí.

 

—¿De no dar la talla?

 

—Sí.

 

—¿De confiar?

 

—Sí.

 

—No le tengas miedo a confiar.

 

—No puedo evitarlo.

 

El joven del cabello azul movió la mano derecha, que empezó a brillar con un intenso fulgor, comparado al del Sol. Las heridas de su cuerpo no le restringieron ningún tipo de aspaviento, ya que estiró su espalda como si no estuviese curvada de forma antinatural y se crujió los dedos sin importarle que todos estuviesen rotos.

 

—Bueno, parece que es mi hora —dijo el de la armadura de oro mientras se transformaba en una luz intensa que deslumbró a Lugonis por un instante, hasta que acabó haciéndose a ella—. Ha estado bien volver a hablar contigo. Nos vemos enseguida.

 

El pelirrojo permaneció en silencio por un instante mientras miraba al adulto dar de comer al niño en aquella cocina, que no se daba cuenta de lo que estaba pasando fuera.

 

—¿Quién eres? —preguntó, cuando se hizo a la idea de que aquel joven se desvanecía.

 

—Alguien que te ama —resolvió el otro, dándole la espalda—. Adios, Lugonis de Piscis.

 

Y tal como llegó, se fue, convertido en una hermosa lluvia de intensas chispas que explotaron y volaron en todas las direcciones para convertirse en mariposas amarillas. Como si se tratase de un truco de magia, las mariposas volaron hacia el cielo en grupo, convirtiéndose en una masa negra que se perdió en la distancia en cuestión de segundos.

 

Súbitamente, Lugonis fue absorbido, de la misma manera, por el cielo. Como si fuese llevado por una cuerda invisible, ascendió hacia las alturas, mezclándose con las nubes. Recorrió una gran distancia, tanta y tal velocidad que no pudo saber cuánto llevaba allí. Su mente solo podía recordar al joven de pelo azul que le había dicho que lo amaba. Por alguna razón, le producía nostalgia.

 

Con el tiempo, Lugonis fue perdiendo todo su brillo hasta convertirse en el niño transparente que había abandonado su cuerpo una vez. Bajó de las nubes y se topó con la misma escena que había vivido tantos años atrás: la decisión del camino. Gheser lo observaba impaciente mientras Lugonis observaba sin ningún interés. El alma se hizo uno de nuevo con el cuerpo, y Lugonis recobró la conciencia.

 

—¿Y bien? —preguntó el caballero de Piscis.

 

No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré. No huiré.

 

—Si he llegado hasta aquí —dijo Lugonis en voz alta, tanta como el viento fuerte y el mareo le permitió—, no pienso volverme atrás.

 

Y, en un gesto de decisión, el pelirrojo cerró el puño derecho con fuerza, bajo la atenta mirada de Gheser, que no pudo evitar bajar la vista, en una mezcla de orgullo y lástima. El rubio se acercó a él con la daga en la mano, asiéndola con fuerza. Lugonis parecía pensar.

 

Estoy listo para todo. Apuñálame. Rájame. Hazme daño. Lo soportaré.

 

Gheser le tomó la mano derecha con su izquierda y le abrió la palma. Cuando la hubo dominado, hizo un corte en la yema del estrecho dedo índice de la mano de Lugonis. Este no lo sintió, ya que casi había perdido la sensibilidad por completo.

 

—Esto son los Lazos de Sangre. Yo, como tu mentor, fusionaré mi sangre con la tuya. Al principio enfermarás gravemente, pero si eres lo suficientemente fuerte, podrás soportarlo, hasta el punto en que tu sangre se volverá más tóxica que la mía y moriré. Ese es el destino de Piscis. Eso es lo que pasará. Y una vez hayas comenzado, no hay vuelta atrás.

 

—Hazlo —contestó Lugonis con la máxima endereza posible.

 

Y, en un gesto simbólico que marcaría las vidas de ambos para siempre, Lugonis, por voluntad totalmente propia, juntó su dedo herido con el de Gheser.

 

El Sol comenzó su inevitable muerte en ese día para dar paso a la Luna, que ya salía por el lado contrario, alegando que era su hora. Las alargadas sombras de ambos pronto se convirtieron en siluetas irresolubles, postradas ante un enorme campo de rosas tóxicas.


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#86 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 20 mayo 2018 - 11:21

Wow. Vaya que te gustó Evangelion, amigo xD

 

Pero en serio, qué capitulazo. Si bien se mantiene en general tu estilo, y se nota que es tuyo, al mismo tiempo parece de otra persona u otra obra. El salto del Lugonis del capítulo anterior al principio de este es, en cierta manera convincente, aunque desde otra perspectiva me parece también más influenciado por el background que le das ahora esta historia, y que se refleja perfectamente en el diálogo final, sacado de los capítulos finales de Eva. Este Lugonis-Shinji es diferente, pero sigue siendo el mismo a la vez, un adolescente atormentado, perdido, que no sabe qué diablos hacer con su vida... como a cualquier adolescente. Y que tiene miedo de todo, de sí mismo, de sus maestros, de la vida, de la muerte, de huir, de no cumplir sus expectativas, del futuro, del pasado, etc.

 

La visión del hijo que lo ama, del gran Albafika, fue espectacular, a la vez que bizarra. No me quedó muy claro eso del "ángel Lugonis" estando en la Tierra por millones de años, pero creo que no he llegado todavía a la Iluminación jaja En sí, muy bonito. Las plumas, las luces, era fácil imaginar la escena como si estuviera a través de una pantalla. Albafika está allí como murió, y al otro lado está, claro, el futuro Lugonis con su bebé, en su mejor versión, en el que "que será"... pero no aún.

 

Lugonis va avanzando, peligrosamente cerca del punto de quiebre que lo convertirá en el Santo de Piscis que está destinado a ser, y del que ya fue testigo. Pero no aún. Le falta un empujón, que bien puede ser la muerte de su también acomplejado maestro. Gheser que se pone a mentir sin notarlo, para tratar se sacarse el problema de la mente. "Hazlo, pero no lo hagas, y hazlo", parece decirle. Una tercera opción podría haber sido simplemente "te quedarás como Santo de Hidra y nunca obtendrás esta armadura". Podrás explicarme qué hay detrás de la falta de esa oportunidad.

 

Me llama tristemente la atención que Sage, en cierta forma, le está diciendo a Gheser "ya es momento de que te jubiles", pues debe ser consciente de que el ritual, en el 50% de los casos, va a matarlo. Incluso si espera que el mocoso sea el que muere, siempre existe la posibilidad de que esté, directamente, apresurando la muerte de uno de sus Santos, ¡ordenándole que muera! Sé que todos los Pisics deben pasar por eso, y que tal vez Gheser ya está "viejo" para el cargo, pero aun así es triste y llamativo.

 

Ese sería mi análisis, estimado Penta. Me gusta el nuevo rumbo de la trama, es muy diferente y se nota muy evidentemente la inspiración que recibiste para continuar, por lo cual me alegro.

 

 

Saludos!


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#87 T-800

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Publicado 24 mayo 2018 - 20:23

-Es algo extraño ver a Sage  perder el control tomando en cuenta lo reflexivo que

suele comportarse

 

-El hecho que le haya dado la orden de empezar con los Lazos en ese tono me recuerda cuando los generales

militares planifican estrategias sabiendo de antemano que están enviando a los solados a una misión suicida ,si ya se que la guerra se acerca cada vez mas pero creo que no le costaba nada mostrarse mas compasivo

 

 

-Lugonis  es un muchacho bastante problemático y su forma de razonar es extraña en

cuanto a su  maestro Gheser cuando lo trata bien no lo aprecia  pero cuando cree que lo va a

castigar lo critica mentalmente

 

 

-La forma en que el  Santuario actúa con los que abandonan ese lugar de sellarles el cosmos crea una paradoja con la ley que se mostró en el anime de ejecutar a los que intentaban escapar del Santuario por otra parte también es valida tomando en cuenta la habilidad que mostró poseer el hermano del patriarca en su gaiden

 

-No entendí a quien vio en su vision

 

-Que me late que a Lugonis  no le interesa la vida de su maestro ,al escuchar que moriría por el ritual le dio igual XD


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    Teozakeru

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Publicado 11 julio 2018 - 08:49

No han sido seis meses, esta vez la inspiración solo ha tardado noventa días.

 

-Felipe-: Mi gran amigo Felipe, mi más fiel fan. Muchas gracias por comentar, como siempre, rápido y preciso.

 

Sí, es cierto, ese capítulo y el siguiente han sido fuertemente influenciados por Evangelion, intentando sacar del interior del personaje la humanidad que tanto se pierde en los Shonen. Todo lo que has leído es altamente experimental. En cierto modo, es un poco demasiado raw, porque me lo saqué de la manga de la nada. No sé si queda natural el cambio tan brutal de perspectiva que cogí ahí, pero solo me estoy lanzando a la aventura.

 

Tal como dije antes, lo que quiero que se recuerde es que Lugonis sigue siendo un ser humano. No es una máquina de matar. No es solo un caballero. Es una persona en una etapa de cambios, asolado por varias emociones que no sabe cómo contrarrestar y controlar. Lo que más me fastidia de Saint Seiya es que se olvide de que sus protagonistas son jóvenes de 13-14-15 años, cuya única emoción es la de seguir adelante para cumplir con su trabajo, que es salvar el mundo sea cual sea la situación. No es natural, al menos yo ya no me lo creo. Una cosa que me gusta del Lost Canvas es que Shiori dio rienda suelta a crear personajes con trasfondo que tienen motivos para luchar.

 

He dicho varias veces que Shinji Ikari es mi personaje favorito de tooooodo el anime. Shinji es débil, cobarde, tiene encima una profunda depresión causada por la ausencia de amor y cariño en su vida, y se le ponen responsabilidades absurdas sin ningún tipo de cuidado afectivo por parte de su padre, de sus compañeros pilotos o del mundo en general. Aunque Misato lo intenta, no consigue hacerle ver lo bonito de la vida.

 

Esta, en cierto modo, es una historia basada en la superación de los traumas infantiles y de una dura etapa de tu vida. ¿Estoy plagiando a Hideaki Anno? Puede.

 

Lo del ángel es una deriva mental mía. Quería hacer como si el viaje mental de Lugonis fuese muy largo para él, hurgando en las profundidades de su mente, pero en realidad eran solo segundos. La forma de ángel tiene que ver con la caída de Lucifer al reino de las tinieblas; es como una especie de símil representando la huida de las responsabilidades, pensando qué le deparará si corre y no mira atrás. Lo de Albafica..., también es un pequeño experimento que no sé cómo va a salir, la verdad. De momento no puedo decir nada.

 

La explicación de la mentira de Gheser... ¿Por qué mienten los seres humanos? ¿Son las mentiras algo malo, al fin y al cabo? Todo el mundo se pregunta eso, si está haciendo bien en mentir. ¿Lo hará para proteger a Lugonis, o lo hará para protegerse a sí mismo? Quién sabe. Aún tengo que pensarlo mejor.

 

Me encanta Sage. Sin embargo, como Patriarca me parece que Itía tiene más humanidad. Itía, cansado, decide dar un paso adelante por propios ideales. Sage, sin embargo, se fuerza y se reprime (eso es lo que yo muestro) a ser siempre justo pero bueno. Shiori se limitó a hacer a Sage un viejo zorro estratega. Yo quiero darle la vuelta a su personaje y mostrar la impaciencia de la vejez que cae sobre los hombros de todos.

 

Muchas gracias por la visita, amigo Felipe. Un saludo. Hoy mismo me paso por Anécdotas de Oro para leer el final de Virgo ya.

 

T800: Hola, compañero. Primero de todo, gracias por tomarte tu tiempo en leer y comentar.

 

Te digo lo mismo que a Felipe. Sage tiene que experimentar, en mi historia, la pesadez de los años en su espalda. La paciencia se transforma en impaciencia y la frialdad se apodera de su mente a la hora de socializar, sustituyendo a la humanidad.

 

En Lost Canvas, los lazos son obligatorios. Supongo que la idea es la de crear un veneno muy potente para enfrentar a los enemigos.

 

Hay un término para lo que dices. Algunos lo llaman Tsundere. Sin embargo, no quiero que Lugonis se estanque en ese estereotipo. Al menos no es mi intención.

 

¿Le importan a los seres humanos otros seres humanos? ¿Cuál es la relación real entre ellos? Cosas que quiero desarrollar.

 

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Proceso

 

La navidad tocaba su fin. Aunque la nieve se acumulaba en las aceras de Rodorio y el invierno arreciaba con su característica fuerza en aquellas épocas de enero, la gente paseaba animada por las calles, pues era época del Festival de Ganado de Rodorio, famoso en toda Grecia.

 

De nuevo, los comerciantes llenaban el aire de gritos y frases ingeniosas, acompañados de animales como vacas, caballos, cabras y hasta perros de presa, que se anunciaban como una buena defensa contra las inseguridades que los ladrones producían en las largas noches invernales.

 

La pureza blanca de la nieve pronto se volvió amarronada y triste, llena de huellas. Los visitantes iban y venían, esquivándose unos a otros como podían debido a la masificada avenida principal, por la que transitaban carros tirados a caballo y transeúntes sin distinción.

 

Los mugidos de las vacas y los ladridos de los perros creaban, junto con el bullicio de la gente hablando, una desagradable sinfonía que envolvía a todo el pueblo, y llegaba hasta el Santuario que, a pesar de estar unos doscientos o trescientos metros por encima, no era capaz de librarse de semejante alboroto.

 

Ese día, no había caballeros por las calles, ni siquiera guardas del rango más bajo. Era lo normal, ya que lo sucedido en el mercadillo de días atrás había alterado a la población y Sage les había ordenado a sus guerreros el permanecer en el Santuario en todo momento, a no ser que tuviesen una orden suya para salir a algún lugar: si se filtraba a la gente que el joven vándalo que había causado el terror era un aprendiz de dorado, probablemente empezarían a correr como la pólvora las noticias falsas y los bulos de que la seguridad no les estaba garantizada; y aunque así era, prefería mantenerlo todo en un estado de tranquilidad permanente.

 

En esas fechas, Lugonis siempre bajaba a ver a Melissa y la llevaba a dar un paseo para ver si le gustaba algún animal, aunque no pudiese comprárselo. El año anterior, Lugonis le había prometido a la joven florera que, a partir de ese momento, ahorrarían para comprarse una vaca que simbolizase su amor. El pelirrojo lo dijo de broma, pero ella parecía muy ilusionada.

 

Sin embargo, aquel día, Lugonis no se dejó ver por las calles de Rodorio. Estaba en un sueño permanente del que no podía salir. Corría por un vacío sin fin, perseguido por todo tipo de fieras salvajes de las cuales no podía defenderse. Sus piernas se movían solamente impulsadas por el miedo a la muerte, una irreal y baldía, pero muerte al fin y al cabo.

 

Cinco días atrás, el poderoso veneno de Gheser le había producido el shock que el caballero de oro se esperaba. La intensidad de su sangre había sido demasiado para el sistema nervioso y cayó fulminado al minuto de comenzar el ritual de los lazos. A pesar de la preocupación de Gheser, Sage le obligó a seguir drenando veneno a su interior por la herida hasta diez minutos después del colapso.

 

La cantidad de toxinas había sido tal que Lugonis entró en coma a la hora de terminar el ritual. Gheser avisó a Aramar, el curandero, que, más tarde que pronto, se deslizó escaleras abajo acompañado de Luco acudiendo al llamado del joven Piscis.

 

La respiración del pelirrojo era pesada y no tenía respuesta a los estímulos de dolor que Aramar le daba —pellizcos en la pierna, golpes suaves en la cara y tirones de pelo en última instancia—. Aramar determinó una parálisis físico-mental de grado tres, un término médico que él había escrito y patentado en los textos de medicina que guardaba en su librería personal.

 

La gravedad del diagnóstico alertó a Aramar, que se pasó la noche y parte de la mañana siguiente preparando una inyección de flores Kunishi y plantas Rerathz, raras especias indias que tenían propiedades curativas casi milagrosas.

 

Luco, con paciencia y dedicación pura a su hermano, cambiaba constantemente las toallas húmedas que le ponía a este en la frente para combatir las altas fiebres de más de cuarenta grados. Su cuerpo estaba en perfectas condiciones excepto por un pequeño corte en el dedo índice de la mano derecha. Le había preguntado a Gheser, que esperaba impaciente apoyado en el marco de la puerta, cuál era la causa de la gravedad de su hermano, pero fue ignorado, tanto la primera como la segunda vez que formuló la cuestión. Al cansarse de tanto secretismo, sacó la poca ira que había almacenado en sus días con Aramar y la lanzó hacia el caballero de oro con amenazas poco creíbles como Si no me lo dices, te vas a enterar ó Se lo diré al Patriarca Sage, pero siguió sin recibir más que pura indiferencia.

 

Si tú supieras lo poco que le importáis tú y este niño a Sage…

 

Por la mañana, Aramar regresó con una jeringuilla llena del líquido amarillento que había preparado. Mandó a Luco que le trajese del taller un espejo con el que reflejar luz hacia los ojos de Lugonis para comprobar los estímulos de la retina y determinar cómo avanzaba el antídoto. Rápidamente corrigió la palabra antídoto por medicina, como si hubiese cometido un error gramatical.

 

—Gheser —dijo el anciano cuando estaba a solas con el caballero—. Te he visto a ti caer enfermo. Vi a Ganímedes, tu maestro, caer enfermo, y vi a Julietth, la maestra de tu maestro, caer enferma. Llevo en este Santuario más de setenta años, y jamás me había enfrentado a semejante atrocidad. ¡Nunca había diagnosticado una parálisis de grado tres, ni siquiera en ti, que estuviste al borde de la muerte durante una semana! Este joven ha triplicado lo que supone una dosis letal de veneno. ¡Explícate!

 

—Solo hice lo que debía hacer —contestó Gheser con gesto indiferente y mirada perdida en las baldosas de piedra—. Cúrale. Yo me encargaré de que se vuelva más resistente y no tendrás que preocuparte más.

 

Luco regresó y notó el ambiente cargado de hostilidad. La vacuna ya había sido inyectada y ahora solo faltaba que hiciese su efecto, pero Aramar no estaba seguro de que pudiese funcionar en un paciente tan grave. Se quedó día y noche en la habitación del joven, comprobando la fiebre, la reacción a estímulos externos y los movimientos que este pudiese tener, sin embargo, a pesar de que respiraba, seguía sin volver a su mundo.

 

Gheser, a pesar de sus labores, se pasaba pegado día y noche al marco de la puerta, observando en la distancia, sin inmiscuirse demasiado pero sin permanecer demasiado lejos. Brazos cruzados, espalda recta y cabeza gacha, siempre esperaba paciente, con los ojos cerrados pero con el oído aguzado, intentando que no se le escapase ninguna de las dificultosas respiraciones de Lugonis.

 

 

—¿Qué me ha pasado? ¿Por qué está todo tan oscuro? ¿Gheser? ¡Gheser, dónde estás! Solo recuerdo que empezamos ese ritual, y luego todo se volvió negro… ¿Por qué estoy aquí? No lo entiendo… Me da la sensación de haber andado durante horas, pero parece que no me he movido. ¿Y por qué mis pensamientos se oyen tan altos? Mi cabeza va a explotar.

 

Un perdido Lugonis intentó acostumbrar su vista a la negrura que le rodeaba, buscando paredes a las que aferrarse para no perder el equilibrio. Caminaba despacio, a tientas, girando la cabeza en todas direcciones, intentando encontrar la luz que lo guiase. ¿A dónde? Bueno, eso era otro problema.

 

El suelo era llano, sin desniveles, y liso como el parqué. No era ni demasiado deslizante ni tampoco impedía el movimiento de la suela del zapato. No hacía ni mucho frío ni mucho calor. La temperatura era la idónea y corría una suave brisa que atravesaba cada poro de su desnuda piel. También sentía que los rayos del Sol le daban calor.

 

De pronto, la oscuridad se desvaneció dando paso a una fulgurante luz que quemó sus pupilas, acostumbradas a las sombras. Fue todo tan rápido como un parpadeo. Primero, oscuridad. Oscuridad artificial. Oscuridad tenebrosa. Oscuridad malvada. Y luego luz. Luz natural. Luz blanca. Luz pura.

 

—¿Sabes quién fue —dijo una voz muy conocida a las espaldas del pelirrojo—, el que dictó la ley del miedo a la oscuridad? ¿Por qué los miedos se esconden en las tinieblas y huyen de la luz como si los quemase? Dime, ¿lo sabes?

 

Lugonis giró la cabeza muy lentamente, analizando la frase con cautela. Miró sobre su hombro derecho, haciendo a un lado la melena humedecida por el sudor que caía por su espalda.

 

Apoyado en la nada, con los brazos cruzados, otro Lugonis esperaba una respuesta, con una ladina sonrisa y una mirada afilada. No podía negar la realidad de que se parecía a él; no, era él. Su altura, su físico, sus gestos corporales y su arrogancia natural. La reconocería en cualquier sitio, no por nada se enorgullecía —o se enorgulleció—, de ello.

 

Pero, por alguna razón, y a diferencia de él, ese Lugonis estaba vestido con la cloth de Piscis, incluido el yelmo, del cual se deslizaba su melena como una cascada oculta por rocas de oro. Esta vez, no era como aquella premonición —por llamarla de alguna manera—, en la que él vagaba por el mundo y se encontraba con aquel joven de cabello azul. No. Esa vez era distinta. Era él mismo, no había duda.

 

—¿Quién eres? —preguntó el Lugonis desnudo—. ¿Qué clase de truco es este?

 

—¿Yo? —respondió el otro—. Es difícil. ¿Acaso yo soy algo? ¿Y cómo lo sé? ¿Existo? ¿Existes tú? No pongas esa cara tan larga, sé que tú también te haces esas preguntas. Para simplificarlo. Yo soy tú. O tú eres yo.

 

El Lugonis desnudo permaneció quieto, sin darse la vuelta, solo manteniendo la mirada por encima del hombro.

 

—Entiendo tu desconfianza. Al fin y al cabo, somos uno. Somos las dos caras de la misma moneda que en el mundo normal se conoce como Lugonis, el orgulloso caballero de Hidra. Aunque, más que una moneda, quizás podrían considerarnos…, un dado. Una moneda es demasiado simple, y esto necesita más que dos caras. ¿Seis serán suficientes? Al fin y al cabo, tienes muchas facetas que mostrar.

 

—No te entiendo.

 

—Por supuesto que me entiendes. Sabes perfectamente a qué me refiero. Lo sé porque somos uno. Y no hay palabras en el mundo que me hagan creer lo contrario.

 

El Lugonis dorado afiló aún más su mirada esmeralda y ensanchó su molesta pero hermosa sonrisa.

 

—No puedes esconderme tus miedos ni tus secretos. Lo sé todo. Ahora mismo estás pensando en qué gesto adoptar para que no note que el miedo te invade. Tu corazón late como un tambor, y el sudor se desliza por tu espalda. Incluso tu miembro se ha hecho pequeño, es por eso por lo que no me das la cara. ¿Tienes vergüenza? No respondas, no me hace falta.

 

El Lugonis desnudo apretó los puños, en señal de impotencia y humillación.

 

—¿Quién eres? —preguntó una vez más.

 

—Ya te lo he dicho: soy tú. Sin embargo, habrás notado que hay varias diferencias entre nosotros. ¿Verdad? La más notable, esta armadura que cubre mi cuerpo. La armadura heredada del maestro. La auténtica prueba de que yo soy Lugonis de Piscis. Además, mis músculos están tensos y duros, mientras que tus costillas se marcan de forma patética. Desprendo el aroma de las rosas que viven en el jardín de Gheser, mientras que tú apestas a sudor. Mi pelo tiene el color del atardecer de verano, mientras que el tuyo ha tomado prestado el de una rosa muerta.

 

—No lo entiendo…, ¡no lo entiendo, habla claro!

 

—Sí lo entiendes, pero no quieres aceptarlo. Sin embargo, has de hacerlo.

 

—¡He dicho que no lo entiendo!

 

—Mientes. Mientes porque sabes la verdad.

 

El Lugonis desnudo parecía explotar de ira. De forma súbita, se giró sobre sus pies y cargó con el puño derecho, con los ojos inyectados en sangre de la rabia. Golpeó con toda la fuerza que sus esqueléticos brazos le permitieron y corrió con toda la velocidad que sus flacas piernas le dieron. La oscuridad le había ocultado el lamentable estado en el que se encontraba. Su cuerpo era una ruina, en los huesos y desnudo por completo, con heridas que sangraban y moratones oscuros como la noche.

 

A pesar del ímpetu del Lugonis desnudo, el Lugonis dorado detuvo el golpe sin necesidad siquiera de tocarlo. El puño se quedó a centímetros de la palma.

 

 —La verdad duele. Es dura, espinosa, y cruel. Sin embargo, debemos aceptar esta verdad, porque eso es lo que nos hace libres de cargas —dijo el Lugonis dorado sin inmutarse.

 

—¿Y cuál es esa verdad de la que hablas? —preguntó el Lugonis desnudo.

 

—No puedes esconderte de mí. Lo sé todo sobre ti, porque nací de ti. No hace falta que te lo diga porque ya lo sabes. A pesar de ser la misma persona, tú eres el Lugonis del que trascienden todos los demás.

 

—Cállate…

 

Una nube de polvo envolvió al Lugonis dorado, haciendo desaparecer su armadura y cambiándola por el desgastado jubón gris y los pantalones rotos que llevaba a entrenar cuando era un caballero de bronce.

—Este es el Lugonis que se muestra a tus compañeros de orden. Un joven orgulloso, con una sonrisa ancha y cero preocupaciones.

 

—Ya basta…

 

—Sin embargo, los desprecia, porque los ve superiores a él. O eso es lo que se dice.

 

La nube volvió, transformando sus desgastados ropajes en un traje blanco e impoluto, con telas cosidas a mano y acabados curvos. El sombrero tenía una pluma blanca en la cinta negra que lo rodeaba.

 

—Este es el Lugonis que se muestra a Melissa. Un joven atento y cariñoso.

 

—Silencio…

 

—Pero por detrás miente y engaña, no solo a Melissa, sino a sí mismo, diciendo cosas hermosas y bonitas que en realidad no siente.

 

De nuevo la nube. Sustituyó los elegantes ropajes por un traje de aprendiz de curandero.

 

—Este es el Lugonis que se muestra a Luco. Un joven humilde y que se pone en la piel de los demás con facilidad.

 

—¡Por favor, basta!

 

—Este es el peor Lugonis de todos. Aleja de sí a su hermano, no físicamente sino mentalmente, intentando que este olvide su existencia y le deje vivir en soledad.

 

La nube le devolvió a Lugonis la cloth de Piscis.

 

—Y yo soy el Lugonis en el que quieres convertirte. Un Lugonis que conoce las palabras ‘miedo’ y ‘decepción’, pero no es capaz de sentirlos. Yo nací de ti. Nací de tus fantasías prohibidas. Soy el Lugonis en el que un día te convertirás. Existo con ese propósito, pero solo aquí, en tu mente. En la realidad, eres todos esos que te he mostrado, para esconder a tu auténtico tú. Un ser lleno de temor al rechazo, de miedo al dolor y a la pérdida, que carga con grandes losas a su espalda pero que no dejará que nadie comparta su exceso de peso por temor a abrirse a los demás.

 

El Lugonis desnudo agachó la cabeza, hundiendo la barbilla en su pecho hasta caer de rodillas al suelo, ocultando su profunda vergüenza y su humillación personal. No había duda de que ese lugar era su propia mente; nadie excepto él mismo sabía quién era de verdad. Todos lo llamaban Lugonis, sin embargo, se referían a un cascarón vacío.

 

—¿Qué debo hacer? —preguntó el Lugonis desnudo entre sollozos, con la respiración pesada por el llanto.

 

—¿Cómo voy yo a saberlo? Soy tú. Solo sé lo que tú sabes. Lo único que puedo decirte es algo que tú también sabes: si no sigues adelante, nunca lograrás ser yo.

 

 

La luz se apagó, devolviéndole al Lugonis desnudo la oscuridad de la que provenía. Pero con la excepción de una luz que se le acercaba lentamente.


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#89 -Felipe-

-Felipe-

    El temor de un hombre sabio

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Publicado 11 julio 2018 - 12:19

Qué maravilla. El "experimento" que decías no se notó aquí, sino que vi concretizar el estilo nuevo que adoptaste, y en un solo capítulo. Un estilo introspectivo, lleno de matices, que juega con lo bizarro del concepto de sueño, que cualquier persona que lea (y lea bien, con cuidado, no a la rápida para luego decir que no entendió nada) puede sentirse identificado, a pesar de lo raro que es. Porque así es la mente humana cuando necesita socorro, cuando está en una etapa de desesperación. Es brumosa, como un delirio, y ves cosas que no tienen por qué estar ahí pero, que sabes, son parte de ti, una de las miles de facetas (¡o mínimo seis!) que componen nuestra identidad.

 

Y no solo describes (literalmente, a pesar de ser una odisea mental) ese problema de identidad que cualquier adolescente sufre en algún momento porque su cerebro está creciendo tan rápido que el cuerpo y la actitud entran en corto circuito constante, sino que te las ingenias para reflejar lo que pasa en el mundo real, sin hacer parecer que son dos capítulos en uno. Pues, al final, el evento gira en torno a Lugonis, cada vez más cerca del punto de quiebre que mencionaba antes. En fin, vamos a algunos momentos más burdos que me llamaron la atención, antes de continuar y que los olvide.

 

"ahorrarían para comprarse una vaca que simbolizase su amor. El pelirrojo lo dijo de broma, pero ella parecía muy ilusionada."

 

Esto me llegó. Terrible. No sé si de forma personal, pero lo vi muy real. Las típicas ilusiones que en realidad son la jugarreta de un otro, con o sin intención de herir. Luego el mismo Lugonis se confirma (lo habrá hecho ya antes? Probablemente lo quería ignorar, mientras conservara esa falsa felicidad, o tuviera lo que deseaba), él hiere a otros. La hiere, le miente, le hace creer que tienen futuro juntos y que significa lo máximo para ella, y ella lo cree. Pocos sentimientos son peores que la desdicha por ingenuidad. Tan real, tan recurrente, y peor, tan lamentablemente humano.

 

 

"La gravedad del diagnóstico alertó a Aramar,"

 

Esto me hizo reír, y a la vez me hizo pensar, "qué grande que es". Se sorprende y se pone en alerta por un diagnóstico que él hizo con una nomenclatura que él mismo construyó. Me parece genial, y es una de las cosas gratas, una de las ventajas que tiene el escribir desde el lejano pasado, donde todo lo que conocemos tiene que nacer. Lo mejor es que, como él mismo dice, nunca había diagnosticado un grado tres. Otra sonrisa en mi cara. Aramar tiene esa cosa tan de curandero medieval, tan de aquel clásico anciano que se inventa términos fisológicos, anatómicos y demás, y luego los usa como si hubieran estado siempre allí, en los libros de toda la vida, y que convence a todo el mundo de que es así porque, para la época, es inevitablemente buenísimo en su trabajo. Me encanta.

 

 

Mientras tanto, Luco es también inmaduro, pero de una forma mucho más "inocente" que la de su hermano. Mucho más sana y natural, que hacer rabietas porque sí. "Se lo diré al Patriarca" es la representación de ello, solo que Luco tiene razones. Me interesa muchísimo saber cómo vas a convertir a este niño tan bueno en el Espectro que conoceremos después... o si piensas mantenerlo siempre "igual" (con los cambios necesarios de la edad, claro), y que solo cambiará cuando se le pegue una estrella maligna como parásito.

 

 

Pero Lugonis, claro, se lleva las palmas en un capítulo que, como la historia entera, está dedicada a él, y a su crecimiento como persona. Para llegar a ser lo que tiene que ser. Porque los personajes buenos, decentes y nobles no necesariamente nacen siendo así, o no serían humanos, sino androides (un futuro que temo, como hablaba con Placebo hace un tiempo). Pasan a través de las caras más sucias de la humanidad, para superarlas y ser un buen individuo, uno que se desarrolle por su propio bien, sin dejar de lado el ayudar como pueda a los demás que lo merecen, que no pueden por sí mismos, y que construyen tu comunidad. Eso es ser un Saint. Lugonis lo sabe, claro, pero llegar a eso de un día para otro, ni siquiera por una epifanía, no suena tan natural, así que tiene que pasar por todo esto... incluyendo los puñetazos de la vida, y los puñetazos naturales que pueda darle un Gheser, un Hakurei, o peor aún, un Krest.

 

Todo para ser el Pisces Saint, Lugonis.

 

 

 

Lamento haberme extendido tanto, Penta, pero me gustó el capítulo. No te presiones a que la respuesta sea igualmente larga xD sorry por eso. Así que un abrazo y saludos, compañero.


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(by Placebo)


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Publicado 11 julio 2018 - 21:16

-Parece interesante el  Festival de Ganado de Rodorio

 

-Lugonis hace promesas románticas muy extrañas XD

 

-A Gheser si que se le fue la mano o mejor dicho se le fue  de la raya la dosis de de veneno

 

-A  Lugonis lo unico que le faltaba era ver pasar toda su vida y al final un tunel con una luz brillante XD

 

-La escena de los 2 Lugonis me recuerda a como actuaba el patriarca saga


Editado por T-800, 11 julio 2018 - 21:17 .

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