SKIN © XR3X
x

Jump to content


- - - - -

Rosas desde el siglo XVIII


  • Por favor, entra en tu cuenta para responder
90 respuestas a este tema

#41 Susanna

Susanna

    Miembro de honor

  • 966 mensajes
Pais:
Italia
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo
Desde:
Rome, Italy

Publicado 12 febrero 2017 - 10:43

Muy bien :lol:



#42 -Felipe-

-Felipe-

    El temor de un hombre sabio

  • 9,953 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 12 febrero 2017 - 11:20

Referencia a Itia!  :ph34r:  :ph34r:  :ph34r:  :ph34r:

 

Genial capítulo, es la segunda vez que humillan a Lugonis, pero esta vez fue brutal, Krest lo hizo pedazos física y, en especial, mentalmente, mostrando la frialdad que todos los Acuario deberían poseer. Además, parece que lo ve todo, y le molesta que le hagan daño a Gheser, que solo quiere lo mejor. Lugonis se vio derrotado de nuevo, y me agrada, porque eso es lo que forma el carácter, a través del dolor, la humillación, la derrota, la cercanía a la muerte o el descontrol. A ver en el próximo capítulo cómo se recupera de esto, o si busca la ayuda de su hermanito.

 

Saludos, Penta  ^_^


25solfo.jpg

(by Placebo)


#43 T-800

T-800

    Miembro de honor

  • 14,372 mensajes
Pais:
Peru
Sexo:
Masculino
Signo:
Cancer

Publicado 12 febrero 2017 - 14:01

---Al prota no le cae bien Zaphiri  

 

--Ojala Krest de Acuario no le de lecciones de como traicionar

 

- me pregunto si a Lugonis se le quitara lo cretino despues de la golpiza


manigoldo_by_bytalaris-d9kntob.png

 

B AZ  Fic terminado

 

Multiverso Zodiacal: Fic terminado

 

 


#44 ♒ Armagedon ♒

♒ Armagedon ♒

    Miembro de honor

  • 2,271 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Acuario

Publicado 12 febrero 2017 - 16:22

Lol, Ajjaaja soy flojo pero tengo que comentar este capitulo, Penta te dije antes que sigo tu fic pero yo no dejaba comentarios :t420: pero al ver este excelente capitulo quede :ohmy: muy buena actitud del maestro Krest presentandose increiblemente Frío para entrenar al arrogante joven lugonis :t098: y lo mejor es que fue una paliza solo con GOLPES, eso no se ve mucho en los santos de acuario :sonaro: y la referencia a Itia!! :ohmy: :ohmy: ademas de que escribes muy bien y los capitulos son excelentes.

Lugonis sufriendo y sintiendo la humillación, supongo que con este entrenamiento su personalidad va a ir cambiando de a poco, el desarrollo que le estas dando me gusta.


Saludos Penta ;v

       cF7i0x0.png                  




#45 Αλάλα

Αλάλα

    Black UFO

  • 359 mensajes
Pais:
Colombia
Sexo:
Femenino
Signo:
Cancer
Desde:
Quito, Ecuador

Publicado 13 febrero 2017 - 19:38

¡Hola!

Vi que actualizaste y eso me acordó de leer ahora que estoy de vaga xD

La verdad es que si nadie nos dice qué hacemos bien o mal, ¿cómo lo vamos a saber? Insisto de nuevo que la escritura es muy buena, ahora leí el capítulo de Luco y de inmediato supe cómo era él, y lo digo porque si ya salió en los gaiden, no tengo idea xD solo leí la serie base y ahí quedé. Todo muy bien escrito, la inmersión que causas me gusta mucho.

Cuando escribo me digo, 'así tiene que ser', mientras me acuerdo de algún fic o historia escrita con este estilo, y termino como, el sol era como sol, Derp. Ya sabes, soy más de irme por el dibujo y allí sí me detallo con lo más mínimo. 

 

Me pregunto ya qué hará este par con el Patriarca, noto que tienen buena historia para explotar, espero ya ponerme a la par, si me olvido es por eso, porque me olvido entre mis cosas xD Continua así, saludos!

 

---------------

 

Bueno, como nadie ha comentado edito aquí no más xD

Me leí todo de corrido, así me sumergía más. Aunque hacía tanto frío que tuve que interrumpir para agarrar algo de calor.

 

La verdad es que no hallo mucho qué comentar, pero bueno, va. Me gusta mucho como manejas a Lugonis. Como mencioné no he leído los gaiden para saber de este personaje, pero el verlo crecer, las situaciones que vive, hacen que empatice con él. 

Ver cómo se hacía el 'chulo' frente al patriarca hasta recibir la paliza por parte de Krest hacen ganas de robarle el puesto a Melisa xD Hablando de ella, morí de risa cuando mencionó estar falto de cariño, ¡vaya! Si es que va al grano. 

 

Me gustó también ver ya a Ghest en acción, es otro personaje que me resulta adorable. Y sí que se hizo el gracioso en sacar a Lugonis con todo y cama, me imaginé esa escena en unos planos dignos de película xD Enfocando el rostro 'dormido' de Lugonis para dar una toma general de él afuera con un rostro desfigurado por la sorpresa.

Volviendo con Ghest, me da lástima el modo en que lo trata Lugonis, concuerdo con Krest que da asco ese comportamiento, y es que la verdad por cosas así es que no me llevo muy bien con la gente, pero también es error por pensar y no preguntar.

Me encanta cuando el ego es lastimado (ya salió mi parte mala xD) pero la verdad es que el poder de la palabra es más grande de lo que se cree, supongo que ya veremos un cambio en Lugonis y lo estaré esperando. Es seguro que esa herida emocional que le dejó Krest irá para bien.

(Y también que trate mejor a la pobre Melisa, ejem)

 

En espera de más!


Editado por Raissa, 22 febrero 2017 - 17:28 .

56760_s.gif


#46 ALFREDO

ALFREDO

    Miembro de honor

  • 2,385 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Libra
Desde:
Iquique, Chile

Publicado 22 febrero 2017 - 19:53

Hola Pentagram. Seguimos con Melisa.

Un cap q escapa de la rutina del santuario al menos por un rato, ya que vemos a Lugonis yendo a visitar a su amada juju. No me lo esperaba q tuviese una jaja. Pero de todas maneras los piscis son como los signos más indicados para tener romances en ss.

Es una lástima no auguro un buen futuro sabiendo el destino de Lugonis, q me late q será tragedia el destino de esta chica.

Al final creyendo q tenía tiempo libre para visitar a Melisa, a Lugonis lo dejaron con chaperon como se dice aquí jaja. Buena guiño para hacer aparecer a Krest.

 

Saludos..


fics2017_escena_sadica_by_bytalaris-dazo

FANFIC: La condenación de los caballeros de Athena

Capitulo 44 .-  desde el (06/04/2017)

Fichas de personajes


#47 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

    Teozakeru

  • 6,401 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Masculino
Signo:
Geminis

Publicado 24 febrero 2017 - 11:10

Bueno, al fin veinticuatro. Creo que es un record personal el no retrasarme en ninguna actualización desde hace meses. Me siento hasta responsable. En fin, he de advertir por si alguno se muere a mitad de camino. Este capítulo es, aproximadamente, el doble de largo que los otros, con un total aproximado de 4700 palabras. Se me ha ido de las manos. Bueno, dicho esto, paso a responder.

 

Atorasu: No estoy seguro de si lo leíste o no. Pero al menos me dejaste un comentario. Más bueno mi niño <3.

 

Susanna: Lo mejor que puedo. Gracias por comentar señorita.

 

Felipe: Está usted en todo, gran Felipe. Sí, está claro que Krest tiene que referenciar a Itía de alguna manera. Ya sabemos que fueron los mejores amigos antaño, como Shion y Dohko en el futuro. Lugonis está muy subidito, merecía un castigo. Me lo parecía hasta a mí, que soy el que lo escribo. Krest es todo lo frío que Camus o Dégel no supieron ser en sus representaciones, es algo que me engancha del viejo maestro de los hielos. Este capítulo no está tan relacionado con Lugonis, en fin, que ya lo verá usted. Gracias por su siempre oportuno comentario don Felipe.

 

T-800: ¿A quién le cae bien Zaphiri? Pregunta seria. Krest de Acuario nunca daría lecciones de cómo traicionar. Él es fiel a lo suyo. Gracias por pasarte T8.

 

Armagedon de Garuda: Tu pasividad frente a mi trabajo me abruma Armagedon. En vez de dejarme un comentario halagador o constructivo estás en las sombras. Típico fan del Episodio G... Ambos sabemos que el maestro Krest no usa su poder de manera inútil. Es un santo leal y poderoso. Gracias por los ánimos Kev, me dan fuerzas para seguir. A la larga, el maestro Lugonis acabará siendo lo que todos conocemos. Un saludo don Kev.

 

Raissa: ¡Mi fanartista favorita! Qué gran placer verte por aquí, ¡y al día con la historia! Eres una máquina señorita. Luco, sí, Luco es el hermano gemelo de Lugonis, antagonista del Gaiden de Albafica. Y es que no se sabe cómo era de pequeño, es solo que yo le di la representación que me parecía oportuna. La verdad, el rebajarlo hasta el punto de ser brutalmente humillado es algo que me gustó demasiado, sobre todo por parte del maestro de los hielos Krest. Este es el único en el Santuario que represento capaz de darle el camino correcto al joven Lugonis. Ya sabes, hasta en el Siglo XVIII los hombres son hombres... Los maestros siempre son muy sabios, por eso es que siempre hay que hacerles caso. En eso se basa Gheser de Piscis, en ser un maestro fiel y atento, además de perfeccionista y amable. De hecho, justo como lo pensaste es cómo lo había pensado yo (hablo de la escena esa de la cama). Lugonis es joven, quizás se crea por encima del bien o del mal, eso es del futuro de la obra, ¡shh! Muchas gracias por pasarte Raissa, que te pusieses al día tan rápidamente me sorprende y me alegra. ¡Un saludo!

 

Alfredo: Los pelirrojos, que dicen que son de sangre calenturienta, jajaja. Hola Alfredo. La verdad es que te mentiría si no te dijese que Lugonis tiene un futuro feliz y perfecto por delante. Pero bueno, eso es todo lo que puedo augurar. Y Krest tenía que salir para darle una lección al joven Hidra. Es como cuando te escapas de casa a las doce de la noche para ver a tu novia, regresas oliendo a alcohol y te dan una paliza en casa. ¿Soy el único, en serio? Gracias por la visita Alfredo. Nos vemos pronto (supongo que en Doom of the Knights of Athena).

 

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

Johannes

 

Habían pasado dos días desde que Gheser de Piscis saliera del Santuario rumbo a la misión encomendada por el Patriarca Sage. Para su sorpresa, tuvo un acompañante inesperado. Se hacía llamar Johannes, y llevaba a cuestas una Pandora Box[i] de hermosos tonos plata en la que estaban retratadas las tres cabezas del perro guardián de las puertas del Infierno. La de la izquierda miraba abajo, la del medio erguía el cuello y enseñaba los dientes con ojos furiosos y la de la derecha del todo rugía con la boca abierta en un gesto rabioso; bajo estas, un asa que servía como accionamiento, para que las piezas saliesen del armatroste y se amoldaran al cuerpo. Por las otras dos caras de la caja había varios dibujos decorativos simétricos tanto arriba como abajo, grabados que hacían bellas figuras curvadas. El hombre que la llevaba era joven, alto y esbelto, de buen físico y cabello castaño, corto pero revuelto. Andaba con la espalda muy recta y daba pasos largos, casi parecían zancadas de velocista, pero a un ritmo tranquilo. Ataviado con un chaquetón negro y largo, que le llegaba hasta las rodillas, lleno de bolas y desgastado, unas botas, también oscuras y de piel, y unos pantalones del mismo tono que el abrigo, caminaba al lado de Gheser con los ojos clavados en la extensa llanura que ambos tenían delante. De vez en cuando, y pensando que Piscis no se enteraba, lo recorría con una mirada de soslayo de sus ojos trigueños. Su rostro, inexpresivo, con facciones juveniles, hermosas y suaves, no expresaba ningún gesto, salvo el inevitable parpadeo.

 

Gheser, por otro lado, no se paraba a pensar en su fortuito acompañante, sino que su mente solo tenía lugar para Lugonis. Conocía de sobra a Krest, pues fue él quien lo llevó al Santuario desde una pequeña aldea al norte de Francia tras desaparecer sus padres en un desbordamiento del Sena cuando apenas tenía cuatro años. Para él, el santo de Oro de Acuario era como un salvador, como un Dios bajado del cielo, envuelto en un ropaje dorado, tan hermoso como el mismo sol; pero, así como un Dios es benevolente y cariñoso, también podía ser vengativo y cruel. Esa era la parte que más le horrorizaba de Krest, y es que su justicia era la fuerza bruta mezclada con un fino toque de longeva experiencia, algo que no lo hacía estúpido, sino aún más sabio. Sin embargo, era el único capaz de entrenar como era debido a su rebelde alumno. Leo y Escorpio eran demasiado jóvenes, y Capricornio…, no, eso era sencillamente una locura. En su ensimismamiento, Gheser no se había fijado que en el horizonte se había dibujado una aldea. Parpadeó un par de veces, intentando salir al mundo exterior de nuevo, y, sin girar la cabeza hacia su compañero, habló:

 

―Johannes ―El otro hizo un ruido con la garganta sin desviar tampoco la mirada del camino, en gesto de pregunta―. En unas horas se hará de noche, ¿te parece que busquemos alojamiento en ese pueblecito?

 

El santo de Plata afirmó de forma seca, sin mover la cabeza ni pronunciar palabra, solo un gruñido afirmativo. En cierto modo, la personalidad calmada y callada de Johannes agradaba a Gheser, que era un amante del silencio; además, disfrutar de aquellos parajes castellanos, de los que tanto había leído en libros de caballerías, era algo que no se podía hacer todos los días.

 

Los campos de color amarillento y marrón alcanzaban hasta donde la vista se perdía. Era como un desierto infinito de tierra. Mirasen a donde mirasen, no se veía un solo árbol o planta que no fuese un arbusto seco. Seguían un camino pedregoso de mala pisada, pues faltaban adoquines, y los que estaban no eran más que piedras de distintas formas, desgastadas por el excesivo tránsito de la gente o por el paso de los años. El sol pegaba con fuerza para ser un día de diciembre en el que casi se entraba al invierno. «Supongo que cuanto más al sur, más calor», pensaba Gheser al sentir el sudor en su frente. El cielo, azul como el mar más limpio, estaba vacío de nubes, y daba la sensación de estar viviendo un día de pleno verano.

 

A paso lento, Gheser, con las manos en las correas de la caja dorada que colgaba a su espalda, y Johannes, con estas metidas en los bolsillos de su viejo pantalón, llegaron al poblado. No eran más que cuatro o cinco casas grandes y esparcidas, sin ningún orden lógico en su colocación, envejecidas y mal cuidadas. Algunas gallinas picoteaban granos de maíz del suelo y correteaban con sus patuchas delgadas por entre la gente. Cuando los extranjeros llegaron, todos los miraron con miedo, clavados en el sitio como si fuesen alcayatas. Gheser, al tanto de la situación, se acercó a una mujer pequeña y vieja, con un pañuelo blanco en la cabeza.

 

―Somos viajeros que estamos de paso ―habló Piscis en un castellano bastante arcaico, poniendo un acento exagerado―, ¿podemos quedarnos en su casa? Tenemos oro. ―Y le enseñó una bolsa de piel llena de monedas que chocaban unas contra otras y producían un sonido delicioso.

 

Sin reparos, la señora se agenció el pequeño fardo de oro y, con palabras que Gheser difícilmente pudo entender ―ya fuese porque ella hablaba mal o porque él no tenía el nivel suficiente para comprender―, los dirigió a la casa más grande de la aldea.

 

―¿Hablas su idioma? ―preguntó Johannes atónito, intentando que no se le notase.

 

―He leído El Perro del Hortelano, el Amadís de Gaula y cosas similares en castellano. Leer es aprender ―respondió Piscis con una sonrisa blanca, dirigiendo una mirada gentil a su compañero.

 

Entraron por una puerta de madera comida por las termitas; el tacto rugoso y los múltiples agujeros que tenía la delataba. Siguieron a la mujer por un pasillo oscuro, sin ninguna luz, solo la que se colaba por unos ventanucos. El ambiente estaba muy cargado, con una mezcla de olor a heces de vaca y a algún tipo de cocido. El suelo estaba lleno de tierra, probablemente de las entradas y salidas que hacía la gente que vivía allí. Las paredes eran de piedra, apiladas unas sobre otras con poco arte. En la segunda puerta del pasillo giraron a la izquierda y la señora farfulló algo que Gheser no llegó a entender ―de nuevo―, para después salir y dejarlos con su nuevo hogar.

 

La habitación, si podía llamársele así, era un zulo de base cuadrada sin ventanas con el techo bajo, tanto, que Johannes, a pesar de medir cerca de un metro noventa, rozaba con la cabeza. Había dos camastros, uno al lado de la entrada y el otro, pegado a la pared contraria. Los somieres eran de madera, que estaba ennegrecida por la humedad, y el colchón tenía manchas amarillentas. En realidad, no había nada en la habitación que no estuviese invadido por la humedad. Las esquinas del techo, a pesar de estar tapadas con una densa capa de telarañas, tenían un tono oscuro, y la mesita que había entre ambas camas tenía unas pintas de moho por las patas.

 

A pesar del deplorable estado de la habitación, ninguno de los dos se pronunció al respecto. Dejaron las Pandora Box en una esquina y se tumbaron. Johannes se quedó con el lecho más cercano a la entrada. Gheser prendió una vela que había sobre la maltrecha mesita de noche y se hizo la luz en la estancia. Acto seguido, se fijó en su compañero de misión, que oteaba las miles, quizás millones de manchas negras que se juntaban en el techo que una vez fue blanco. Con las manos tras la nuca y una pierna cruzada sobre la otra, respiraba con calma mientras sabía que era observado. Ladeó la cabeza con indiferencia y la mirada se hizo recíproca

 

―¿Pasa algo? ―dijo Johannes con rostro inexpresivo y tono calmado, sin ser amenazante.

 

―Solo me fijaba en tu paz ―respondió Piscis sin darle importancia―. Es muy contagiosa.

 

Cerbero hizo de nuevo uno de sus sonidos guturales afirmativos y no dijo más. Siguió contando manchas o perdido en su mente.

 

―¿Es tu primera misión? ―siguió hablando Gheser, que se sentó en su cama, apoyando los codos sobre las piernas y los puños en el mentón.

 

―No. Debe ser como la treinta y siete. Quizás la treinta y ocho.

 

―Eres muy joven para tener tanta experiencia a cuestas ―inquirió Piscis con toda la tranquilidad del mundo; la tenue luz de la vela se estampaba contra el perfil derecho de su rostro.

 

―Solo hago mi trabajo lo mejor que puedo ―respondió desganado Johannes, perdido en el pequeño universo de humedades del techo.

 

―¿Para ti es un trabajo, una obligación?

 

El otro no objetó, simplemente hizo un ademán de girar la cabeza, como motivado por aquella frase; se dio cuenta rápido de que la charla que supuestamente había empezado de forma fortuita se había convertido en una especie de interrogatorio. No era la primera vez que le pasaba; su personalidad callada y solitaria llamaba la atención. La gente a la que acompañaba solían ser hombres y mujeres de su mismo rango, todos novatos que adquirían la cloth tras enfrentarse a diez, quince, veinte oponentes, y haberles vencido sin ningún reparo, sacándoles el corazón, destrozándoles el cerebro, todo para ser obsequiados con un puesto en la orden de la Diosa Atenea. Salían del Coliseo totalmente alienados, entrenados para matar, sin saber que el mundo real es y siempre fue mucho más real. Y es eso lo que los destruía. Su confianza los llevaba a la perdición. Estos nunca se fijaban en lo que había tras la dura faceta de Johannes. Solo se atribuían el liderazgo del grupo que formaban durante un tiempo y daban órdenes como si alguien los hubiese nombrado jefes. Y es que el otro nunca se oponía, dando la sensación de ser un debilucho que, por timidez o miedo, seguía la corriente.

 

―Pareces tener mucho interés en mí ―resolvió finalmente el santo de Plata―. Eres muy hábil con las palabras. Engatusas con facilidad a los demás con tu labia. Sin embargo, los que visten de oro no me caen bien. Sois arrogantes, os creéis superiores.

 

―¿Y a cuántos santos de Oro conoces para afirmar eso con tanta rotundidad? ―preguntó Gheser, curioso.

 

―Solo al de Escorpio. Ese Zaphiri. Y con lo que vi de él, es suficiente. El poder os ciega. ―Johannes hablaba sin mover la cabeza, con la mirada perdida en un punto fijo del techo―. Ni siquiera sé por qué estoy hablando de esto contigo.

 

Se hizo el silencio en la estancia, uno incómodo y pesado. El tic-tac de un reloj de péndulo que había en el pasillo, lo único hermoso que parecía haber en aquella casa, de madera pulida, lisa, con tonos dorados en las agujas del minutero y las horas en números romanos, rompía el crispante vacío que habían dejado sus voces.

 

Tan pronto como se vino la noche, y con ella la Luna, salió el Sol, dando paso al día. Tras desayunar unos chorizos con un chusco de pan recién hecho, los dos salieron del pueblo, pero dejando constancia a la señora de la casa de que volverían. Tras el fortuito encontronazo de la noche pasada, los santos no habían vuelto a intercambiar palabra alguna. Se habían dedicado al silencio más extremo. Johannes hizo un gran esfuerzo por dormirse, pues daba vueltas sin cesar, mientras que Gheser, a la luz de la vela, escribía algo en un libro de tapas de piel negra con una pluma que se había traído. Vestidos como el día anterior, se llevaron consigo sus Pandora Box, ya que eran necesarias frente a cualquier peligro y, además, demasiado valiosas para dejarlas en semejante lugar. El sol se había convertido, de nuevo, en un gigante ígneo que castigaba las tierras sin piedad; el calor del día anterior no era nada comparado con aquel. Siguieron en dirección Norte, según una brújula que Johannes siempre llevaba encima, por una calzada de aspecto romano que se conservaba muy bien. Regresaron a la noche, cansados y oliendo a sudor, sin haber encontrado nada. Se limpiaron en unos barreños que la señora les proporcionó y se fueron a dormir. Esa fue la rutina durante seis días. Salir, investigar y volver al pueblo. Seis días en los que apenas cruzaron cinco frases seguidas.

 

Llegó de nuevo el jueves. Había pasado una semana en la que habían recabado poca o ninguna información útil referente a la Zarrampla. «Esa condenada se esconde bien», repetía Johannes todos los días cuando se daban por vencidos en su búsqueda. Y es que habían recorrido kilómetros y kilómetros a pie, sin ningún resultado. Ni un rastro, ni un ruido, ni siquiera alguien que la hubiese visto. Pronto, aquellos parajes amarillentos empezaron a caerle pesados a Gheser, que deseaba perderlos de vista por una buena temporada; entre el calor, el terreno intransitable y la gente tosca y maleducada, aquella misión era todo un suplicio.

 

La mañana del veintidós de diciembre, todo transcurría con normalidad. Los santos se preparaban como de costumbre. Se vestían, se echaban algo de agua por la cara para quitarse las legañas, desayunaban y, cargados con sus pesadas cajas, salían a hacer el camino. El calor se había disipado y ahora las densas llanuras estaban cubiertas por una bruma blanca y espesa, que hacía imposible ver tres pasos delante de uno mismo. Era tal, que, aunque Johannes y Gheser caminaban uno al lado del otro, si se mirasen, difícilmente podrían distinguirse.

 

El suelo, al igual que el aire, estaba caliente. Era una sensación extraña, una mezcla de frío producida por la niebla, pero de calor por todo lo demás. El ambiente estaba pesado, tanto, que costaba respirar. Era como si hubiesen subido a Star Hill, o a una montaña de ocho mil metros. Para Gheser, un hombre fuerte y de fácil adaptación a otros terrenos, no supuso un gran cambio, pero Johannes empezó a rezagarse, incapaz de seguir el ritmo de su compañero. A los diez minutos de verse inmersos en la bruma, el de Plata tuvo que pararse y recuperar el aliento. Con paciencia, Piscis lo esperó, analizando la situación. Era la primera vez que se veían en algo similar. Su cuerpo se giró trescientos sesenta grados, recorriendo con la vista el lugar, pero era en balde pues le fue imposible averiguar nada.

 

Fue entonces cuando la tierra comenzó a temblar con la fuerza de un terremoto. El firme bajo los pies de ambos se agrietaba con velocidad. Gheser, sin pensárselo dos veces, saltó a su izquierda, dando una elegante voltereta en el aire. Johannes se apartó como pudo, corriendo y luchando contra su fatiga. Del suelo salió un gusano enorme, de color marrón y con una cabeza descomunal. Al verlo pasar, Gheser observó que estaba formado por unas bolas marrones unidas unas con otras, dando forma a su cuerpo. El suelo temblaba a su paso; debía de pesar toneladas. Sin esperar un instante, se volvió a meter bajo tierra cavando con su descomunal testa.

 

―¡Qué rayos era eso! ―grito Johannes sorprendido.

 

―La Zarrampla… ―susurró el otro, girando sobre sus talones como un loco, buscando a su objetivo―. ¡Vamos, Johannes! Aquí está nuestra misión.

 

El temblor no cesaba, cada vez se hacía más intenso. Notaban cómo algo se movía por las entrañas de la tierra, buscando una presa. Gheser se acercó a Johannes y le ofreció ayuda para levantarse, pero este lo rechazó. Se quitó la caja de la espalda y tiró de la anilla. Un brillo plata inundó la niebla, y las piezas de la armadura salieron disparadas hacia el cuerpo joven y fuerte de Johannes. Sus brazos se vieron cubiertos por unos guanteletes que llegaban desde los codos hasta las manos, dejando sin cubrir sus dedos. El pecho y los hombros fueron protegidos por unas piezas de tonos redondeados superpuestas una sobre otra, que cubría hasta el medio abdomen más o menos. Otra pieza se ajustó a las caderas, como si fuesen láminas de contrachapado. Por último, las perneras lo vistieron; estas estaban adornadas con unos cuernos en las rodillas y una especie de pinchos sobresaliendo de los tobillos. Pero lo que más impresionaba eran las largas cadenas que tenía entre sus manos; a ambos lados de la cadena había unas bolas con pinchos, de aspecto pesado, pero Johannes las movía como si fuesen de papel.

 

―Prepárate, bestia ―murmuró el de Plata sintiendo cómo las entrañas de la tierra temblaban con fuerza―. Vamos por ti.

 

Gheser presenció con asombro la escena. Johannes parecía un ángel envuelto en plata; brillaba como una estrella, y el aspecto tan limpio y suave que tenía la superficie de la cloth embelesaba a cualquiera que la mirase detenidamente por unos instantes. Lo observó de arriba abajo descaradamente, sin disimular. Le pareció ver a alguien hermoso, que brillaba con luz propia y transmitía su fuerza a pesar de la rudeza de su personalidad.

 

El santo de Piscis hizo lo propio y la armadura salió de la Pandora Box amoldándose a su cuerpo. Era como una especie de protección hecha de escamas, como si fuese la piel de un pez dorado, que brillaba como el mismo sol.

 

La niebla seguía siendo espesa, y si no fuese porque Johannes emitía un fulgurante tono plateado, sería difícil, por no decir imposible, discernirlo. El suelo seguía temblando con la fuerza de un terremoto. Podían sentir cómo aquel enorme monstruo excavaba con su cabezón bajo sus pies. Miraron a izquierda y derecha, arriba y abajo, pero les fue imposible distinguir nada que no estuviese frente a sus mismos ojos.

 

―¡A tu izquierda! ―gritó Gheser intentando avisar a Johannes, que, confiando en la palabra de su compañero, saltó con ímpetu hacia la derecha. La Zarrampla emergió del suelo como un topo, dejando tras de sí un enorme socavón.

 

Esta vez, el gigantesco gusano no se escondió, sino que les plantó cara. Ahora, frente a frente, ambos podían verlo con claridad. Su rostro era un deforme montón de arrugas y heridas, con dos ojos sin pupilas y una boca enorme, de la que caía un líquido verduzco y viscoso, que cuando chocaba contra el suelo lo agujereaba; debía ser ácido.

 

Sin perder un instante, Gheser alcanzó una de sus rosas, solo para probar al enemigo.

 

¡Royal Demon Rose! (Rosas Demoníacas Reales)

 

Las hermosas rosas rojas, con pétalos empapados en un rocío ligero, volaron a través de la niebla, cortándola junto con el aire como si fuese mantequilla. Se decía que el veneno de aquellas rosas era tan potente que su intensidad mataba con solo aspirar el aroma de estas. Sin embargo, la criatura no se vio afectada, pues las flores silbaron cerca de ella y no se inmutó siquiera.

 

―No debe tener fosas nasales ―dedujo Gheser sin romper la posición de defensa que había adoptado.

A su derecha, vio como Johannes movía las cadenas sobre su cabeza, mientras la bola de pinchos hacía movimientos giratorios muy rápidos. Sin duda, se preparaba para atacar.

 

¡Jigoku no Kōkyūsa! (Bolas de Acero del Infierno)

 

Como una lluvia de meteoritos, cientos, miles, quizás millones de bolas salieron disparadas hacia el gusano gigante. Estas impactaron sin piedad contra su durísima piel, levantando una polvareda que llenó de un marrón oscuro el ambiente, haciendo que ambos santos entrecerrasen los ojos, resguardándose de las motas de polvo que castigaban la vista con su molesta presencia. Ambos miraron a los lados, girando sus cuellos a velocidades anormales, oteando a través de la densa niebla: no se veía nada.

 

―Parece que ya está ―dijo Johannes sosteniendo sus pesadas cadenas con el pulso acelerado y la frente perlada de sudor; había algo allí que le robaba la energía, pues no era normal verse tan mermado con solo un ataque.

 

Y entonces Gheser lo notó; el cambio súbito de la dirección del viento, el repentino cese de una parte de la niebla, como si algo se moviese a gran velocidad, el calor que se disipaba. Miró a Johannes, que apoyaba sus manos sobre las rodillas, tomando aire con gran dificultad. Se lanzó a la carrera y le dio un empujón con el hombro, sacándolo a volar unos cuantos metros. De golpe, algo cayó sobre el santo de Piscis, como si fuese una pared gigante, con una fuerza que hizo retumbar el suelo en kilómetros a la redonda. En un visto y no visto, el cuerpo del gusano había aplastado como una mosca al santo de Piscis, que sacrificó su integridad física para salvar a Johannes.

 

Desde su posición, Cerbero lo vio sin ningún problema: cómo aquella masa de carne que se arrastraba caía con brutalidad sobre el caballero de la brillante armadura.

 

―¡Gheser! ―gritó Johannes en un acto inconsciente; alargó la mano hacia donde estaba, como queriendo ayudarlo, pero cuando se quiso dar cuenta la criatura ya estaba encima suya.

 

Arremetió con su cuerpo contra el suelo de nuevo, pero Johannes lo esquivó en un salto torpe y lento, mermado por aquella niebla que le quitaba la respiración. Pero su mente estaba fija en el hombre que le había salvado: ¿por qué? Pensaba que los de Oro solo pensaban en ellos mismos, pero Piscis…, había muerto por su culpa, por su debilidad. En sus viajes, había perdido a camaradas, pero todos ellos se habían buscado la muerte de una manera u otra. Esta vez fue distinto, porque la muerte lo había buscado a él y otro aceptó el castigo.

 

De las cadenas de Johannes comenzaron a salir llamas; un brillo plateado se intensificó y tiñó la niebla de ese tono. Las bolas empezaron a girar de nuevo a gran velocidad sobre la cabeza de Cerbero, mientras este las agarraba con fuerza iracunda.

 

―Gheser…, tu sacrificio no será en vano…

 

¡Jigoku no Atama no Gādian! (Cabezas del Guardián del Infierno)

 

Las bolas comenzaron a arder en un espectáculo de color rojo y plata. De nuevo, estas se multiplicaron por miles o millones y se abalanzaron sobre el gusano, que recibió de lleno el impacto. Esta vez, la fuerza de la técnica atravesó la dura y rugosa armadura que cubría su cuerpo, manchando el suelo de una sangre negruzca y densa, de un olor muy fuerte y desagradable, que cayó a los pies de Johannes.

 

El santo de Cerbero respiraba hinchiendo sus pulmones con grandes bocanadas de aire; su esfuerzo había tenido recompensa. Cayó de rodillas, agotado. Sus cadenas, una vez ligeras y gráciles, ahora pesaban como yunques a los lados que lo anclaban a la tierra, impidiéndole moverse.

 

―Eh, Gheser ―dijo el santo con una sonrisa ladina; una gota de sudor recorrió su mejilla―, ¿me has visto? Lo hice. Lo hice gracias a ti…

 

Pero vio cómo el gusano enorme seguía moviéndose frente a él. Movía su cuerpo herido con movimientos serpenteantes y dejaba un reguero de sangre por donde pasaba. Johannes lo siguió con una mirada de terror, petrificado. «¿Cómo es que ha sobrevivido a mi máxima técnica? Es imposible…», pensaba Cerbero, confiado en que aquellos serían sus últimos momentos de vida. Sintió cómo pegaba un salto y se abalanzaba sobre él para aplastarle, como había hecho antes con su compañero.

 

―¡Danzad, Rosas Negras! ―dijo una voz que venía de detrás suya; vio impresionado cómo, frente a él, unas rosas de un tono oscuro como el cielo estrellado de la noche formaban una barrera cuadrada.

 

Johannes giró la cabeza y observó impresionado cómo Gheser seguía en pie. Su rostro estaba cubierto de sangre, incluso el hermoso rubio de su pelo estaba teñido ahora de pintas escarlata. Podía ver cómo el hueso del codo sobresalía de su brazo izquierdo, era grotesco. Pero su cara, llena de cortes y con el ojo izquierdo cerrado, tenía un gesto heroico, una mirada desafiante, un brillo en sus ojos negros que incitaba a admirarlo. Se mantenía de pie sobre sus firmes piernas, y por su armadura fluían hilos de sangre, manchando el brillo dorado de un rojo color vino.

 

El gusano cayó sobre las rosas con violencia, pero fue incapaz de atravesarlas. Hizo un ruido sordo, como cuando un libro gordo cae sobre sus tapas, pero un millón de veces más fuerte. Gheser no dio un paso atrás. Apretó la mandíbula y, solo con su brazo izquierdo, se las arregló para mantener a raya al monstruo. Después, con el brazo derecho, y manteniendo alzada la barrera, elevó su cosmos. Johannes, al sentir aquella energía tan cálida, tan suave y bondadosa, pero a su vez tan intensa, tan brava, palideció de emoción, con los ojos fuera de sus órbitas por ver tan hermoso espectáculo: era el santo de Piscis en batalla.

 

¡Piranian Rose! (Rosas Piraña)

 

Por los huecos que dejaban las rosas al juntarse unas con otras salieron más. Estas golpearon con fuerza al gusano y lo lanzaron por los aires, despedazando su corteza exterior. Por la llanura se desparramaron trozos negros de un cascarón duro y rugoso. La barrera de rosas negras desapareció como había llegado, de la nada, y Gheser avanzó en dirección a su rival. Después, alargó el brazo izquierdo de nuevo, apuntando a la bestia con la palma abierta. Su energía cósmica fue en aumento. De pronto, la niebla blanca fue tomando un color escarlata, idéntico al de la sangre. Era como entrar en el río Stýx[ii] de cabeza.

 

¡Crimson Wind! (Viento Escarlata)

 

En la lejanía, por donde había caído el gusano, empezaron a oírse unos gemidos, unos gritos que la densidad de la niebla insonorizó. Pero Gheser y Johannes los escuchaban. Era como arrancarle las alas de cuajo a una arpía y esperar su brutal lamento, pero mucho más intenso y quejumbroso. A los segundos, este se desvaneció, dejando sorda la roja niebla que había inundado en cuestión de segundos la estancia. Piscis se giró hacia Johannes y, para sorpresa del santo de Cerbero, le dedicó una sonrisa. Era increíble, a pesar de haber sufrido tales heridas, él no dudaba en sonreír, aunque el momento no fuese para nada el que le favoreciese. Incluso habiéndose lanzado en brazos a una muerte segura para salvar a un simple caballero de Plata, su figura seguía infundiendo respeto.

 

―¿Estás bien, Johannes? ―preguntó Gheser, observándolo con su ojo abierto.

 

―Sí… ―respondió el otro, dubitativo.

 

Tras la respuesta, Gheser flaqueó sobre su pierna derecha y cayó de bruces al suelo, desmayado. Cuando se despertó estaba en el pueblo, en la cama. Ya no tenía el hueso por fuera y su brazo estaba escayolado y atado con un cabestrillo para que no se moviese. Los rayos del sol vespertino inundaban la habitación y le daban en los ojos a Gheser. Giró la cabeza con cuidado y vio a Johannes sentado en una silla, mirándolo fijamente.

 

―Vaya, al fin te despiertas ―dijo este en tono muy animado; era la primera vez que lo veía tan alegre―. Llevas cuatro días dormido.

 

«¿Cuatro días? Vaya…» dijo para sí Gheser. Le dolía el cuerpo horrores, y no solo su brazo roto, sino también sus piernas, y, sobre todo, el pecho, que estaba lleno de moratones.

 

―Te traje en brazos cuando te desmayaste tras derrotar a la Zarrampla ―continuó Johannes―. Después te puse el hueso en su sitio y lo cosí con hilo. Un trabajo muy difícil, pero estabas tan profundamente dormido que ni te enteraste.

 

―Vaya... ―respondió Piscis―. Has sido muy amable al cuidarme así, Johannes. Gracias ―Le dedicó una gentil sonrisa acompañada de una cálida mirada de auténtico agradecimiento.

 

―Aquí el único que tiene que dar las gracias soy yo. Me salvaste la vida ahí fuera. Si no llega a ser por ti, hoy estaría muerto en una tumba en este desierto ―dijo con tono suave, como si le avergonzase―. Arriesgaste tu vida, tú, un santo de Oro, para salvar la de un simple caballero de Plata… ¿Por qué?

 

Qui ne vit pas de quelque façon que pour les autres, pas vivre pour lui-même. Quien no vive de algún modo para los demás, tampoco vive para sí mismo. Michel de Montaigne. ―De nuevo, Gheser actuaba como profesor, dando lecciones de vida que otros jamás podrían llegar a comprender. Y eso era algo que Johannes admiraba, y admiraría siempre.


[i] Caja o cofre donde se guarda la armadura.

[ii] Estigia, o Estigio, en griego. El río Stýx es el que separa la Tierra del mundo de los muertos.


Editado por ℙentagram, 11 marzo 2017 - 17:21 .

ib5Zs2uw_o.gif

Pincha en la foto para leer Rosas desde el Siglo XVIII

Ranking de resistencia dorada


#48 Αλάλα

Αλάλα

    Black UFO

  • 359 mensajes
Pais:
Colombia
Sexo:
Femenino
Signo:
Cancer
Desde:
Quito, Ecuador

Publicado 24 febrero 2017 - 15:39

Qué bonito es estar al día en un fic xD

Me gustó mucho este capítulo. La verdad estaba acostumbrada a leer fics de unas 10 a 20 páginas en Word, y lastimosamente los dos escritores que leía ya no escriben (y uno es mi esposo por culpa del trabajo... y de otras cosas que han pasado por aquí), el otro se hace el loco xD

 

Volviendo al fic, la batalla con el gusano horrendo estuvo entretenida, justo les dio por llamarme al comenzarla que hace mucho no insultaba el que me interrumpieran. De verdad escribes de manera entendible que incluso cuando me apresuro y me salto palabras sin querer, es comprensible lo que sucede.

Me identifico un poco con Johannes, silencio, palabras pocas y ruiditos para responder, y no es que sea para juzgar como lo hizo él creyendo de engreídos a los de oro, pero la verdad prefiero reservarme y cuando comienzan con las preguntas es como ah ya paren. Pero es bueno que aceptó lo que vio y se rectificó, que es lo importante y no ser bruto y seguir en las mismas.

Eh, qué susto me dio al creer que ya habías matado a Gheser, con lo buena persona que es, pero si eso sirviera para vivir... Pero volviendo xD, no me creía que eso había pasado, pero la situación ayudó a Johannes y es lo bueno, y lo bueno es que también él devolvió un poco.

Encantada de verdad con lo que es Gheser, su última frase es algo de lo que me acuerdo varias veces por semana y me gusta en verdad las personas que se animan en enseñar y por supuesto, en aprender, que no es necesario una gran inteligencia pero sí ser sabios y transmitirlo, es lo que nos hace grandes.

Por último, yo me ofrezco en cuidar a Gheser :v

 

En espera entonces del próximo capítulo, me voy a entretener mientras tanto haciendo a estoy maravillosos personajes, saludos!!


56760_s.gif


#49 Susanna

Susanna

    Miembro de honor

  • 966 mensajes
Pais:
Italia
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo
Desde:
Rome, Italy

Publicado 24 febrero 2017 - 15:40

Muy bien :lol:



#50 T-800

T-800

    Miembro de honor

  • 14,372 mensajes
Pais:
Peru
Sexo:
Masculino
Signo:
Cancer

Publicado 24 febrero 2017 - 17:00

el plateado y el dorado hicieron una buena dupla

 

 

 


manigoldo_by_bytalaris-d9kntob.png

 

B AZ  Fic terminado

 

Multiverso Zodiacal: Fic terminado

 

 


#51 -Felipe-

-Felipe-

    El temor de un hombre sabio

  • 9,953 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 24 febrero 2017 - 21:47

Hola Penta. Un nuevo review de Felipe.

Pero primero un pequeño reparo:

 

Salían del Coliseo con la totalmente alienados,

¿Qué palabra te faltó aquí?

 

 

Johannes... no te habrás basado en el Johannes de Cerbero que aparece en SSTCGO? No recuerdo si efectivamente se llamaba Johannes el anónimo del Canvas, pero creo que sí.

 

Muy llamativo el personaje, no suele ocurrir que un Plateado mantenga más control del ambiente que un Dorado. Calmado, pero paranoico, con tal vez baja autoestima y facilidad para generalizar. Lástima que al único que había conocido era al tarado de Zaphiri.

 

Gran pelea y demostración de combate (y hasta técnicas no antes vistas) para ambos Santos. Como siempre, la narración impecable, y muchas mejoras en las descripciones, más sencillas a pesar del aumento de número de palabras, y a la vez más efectivas. A ver a qué llega la relación de estos dos, pero Gheser es un buen personaje, que de seguro se volverá la figura a seguir del -ahora- tarado de Lugonis. Saludos, Penta, buen capítulo :D

 

 

 

P.D. Como dato, en SS el Estigia parece ser la laguna de fango que guarda Phlegyas, ya que así se llama en la Divina Comedia ;)


25solfo.jpg

(by Placebo)


#52 Cástor_G

Cástor_G

    Miembro de honor

  • 2,120 mensajes
Pais:
Mexico
Signo:
Geminis

Publicado 26 febrero 2017 - 15:38

Saludos Penthagram! Te dejo review del capítulo Gheser.

 

Sobre la redacción no tengo nada que decir, muy bien como siempre. Sobre los personajes y la trama:

 

-Lugonis me cae gordo. No tolero su actitud, me parece demasiado irreverente, sin embargo, este capítulo nos aclara (de momento no recuerdo si ya lo habías mencionado en capítulos anteriores) que tan solo tiene 13 años! Suponía que era joven, pero no tanto. Imagino que el hecho de no tener un verdadero “mentor” no le ha ayudado mucho a mejorar su conducta. Si tiene 5 años siento santo, y Darío murió hace cuatro, en realidad lo conoció poco e imagino lo aprendió la gran cosa con él. Ahora que estará bajo la tutela de Gheser, supongo que suconducta mejorará a la par de sus habilidades.

-Respecto a Darío de Centauro puedo decir que me parece muy curiosa su muerte. La mordedura de un serpiente? Era una serpiente común? Quizá una con el veneno de Samael? En mi fic Pandora tiene una serpiente por mascota cuyo veneno es capa de matar hasta a un caballero e oro. Podría ser este un caso similar?

-No estoy muy al tanto de los gaidens de Lost Canvas, creí que Zaphiri era de la época en que Sage era joven, parece que no. Igual me surgió la duda con Gheser ¿es creación tuya o también aparece en los gaidens?

​-También me llamó la atención que Gheser tiene veneno en su sangre igual que Albafika, lo cual da a entender que es una habilidad que se adquiere con entrenamiento, y no un padecimiento como parecía ser el caso de Albafika, por lo menos en el manga normal.

 

Saludos!



Capítulo 14: Memorias de un Pez Dorado
(Pincha sobre la imagen para Leer)



#53 Chiporitos

Chiporitos

    estás muy buena, pero no eres Wonder Woman!

  • 10,121 mensajes
Pais:
Switzerland
Sexo:
Masculino
Signo:
Libra

Publicado 26 febrero 2017 - 23:17

 

Atorasu: No estoy seguro de si lo leíste o no. Pero al menos me dejaste un comentario. Más bueno mi niño <3.

 

Pero como te atreves?!

 

Lo estoy leyendo y me encanta como estas llevando a Lugonis y el cameo de Itia


                                        smPpfve.png


#54 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

    Teozakeru

  • 6,401 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Masculino
Signo:
Geminis

Publicado 12 marzo 2017 - 08:25

De nuevo es día 12, esta vez, del mes marzo. Ya pasaron cinco meses desde el inicio de este fic y, ¡sorprendentemente, solo me he pasado una vez de fecha de entrega! La verdad es que estoy a tope. Merezco un premio. ¿Verdad? Bueno, sin más dilación pasemos a responder comentarios.

 

Raissa: ¡Mi fanartista favorita! Hola de nuevo, Raissa, y gracias por volver. La Zarrampla era solo un intermediario para conocer mejor al Piscis principal, el santo Gheser. Bueno, no sé yo si seré tan bueno... Yo creo que eso me lo dices porque te pago. Hay que decir que la gente no nace siendo borde, y en muchos fics los personajes son así por ciencia infusa. Hay que darles un papel que esté acorde con la realidad que desprenden. Johannes es solo otra víctima del sistema estamental del Santuario, ya que algunos, por vestir de Oro, se creen superiores, o al menos pasa en algunos casos. ¿Matar a Gheser? ¡Aún le queda trayecto por delante, señorita! No se vaya usted tan rápido por las ramas. Gracias por leer señorita, es un placer tener que degustar sus tan exquisitas reviews.

 

Susanna: Gracias por leer, señorita.

 

T-800: Con lo poco que se usa a los de Plata, en algo hay que apoyarlos. Gracias por leer T8.

 

Felipe: ¡Oops! Ya sabes que, ni siquiera nosotros, los Dioses, podemos evitar tener fallos. ¿Que si me basé en ese Johannes? Eh... ¡No, claro que no, Felipe! Porque, eh..., bueno. ¡No más preguntas! Nada, en realidad sí me basé en él, es que me gusta la posición que tiene en las OVAs, parece un tío duro y por eso me lo "agencié". Si le estoy dando tanto bombo a Zaphiri es porque los Escorpio siempre son iguales. Y bueno, un castigo no les viene mal. Las técnicas nuevas son una derivación de las existentes. Encontrar nombres es difícil, me he dado cuenta. Gracias por el dato, siempre acertado, Felipe. Un saludo y nos vemos.

 

Castor: Si Lugonis te cae gordo, es que estoy haciendo bien mi trabajo. Ya sabes, que cuando somos chavales sin conciencia todos hacemos enervar a cualquiera que esté a nuestro alrededor. Y es que, aunque vivan en otro siglo, los jóvenes, jóvenes son. Quizás más adelante se explique esa relación alumno maestro de Darío con Lugonis (spoiler incoming). ¿La muerte de Darío? Creo que eres el primero en darse cuenta. Eres muy observador. Pero de momento no puedo desvelar nada, lo único es que sí, tras esa muerte de serpiente hay algo. ¡No me tiren de la lengua! Zaphiri es el Escorpio de la época de Lugonis e Ilías de Leo, es decir, un poco antes de la Guerra Santa del Manga Base. Y lo del veneno se explica en los Gaidens. Pero bueno, ya que no sabes de qué trata, me lo voy a guardar. Saludos Castor, gracias por la visita.

 

Atorasu: Bueno bueno, mi amigo Atorasu de verdad leyendo mi historia. Muchas gracias por seguirme, pero recuerda que tenemos un proyecto a medias. Que te veo venir ya.

 

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

Aramar

 

El mes de diciembre tocaba a su fin, pero no sin antes despedirse con fuertes chubascos que caían sin cesar sobre la piedra pulida de los Templos, deslizándose por su lisa superficie, haciendo que los escalones de piedra que servían de comunicación entre las Casas quedasen encharcados por una densa capa de agua que tardaba horas y horas en desaparecer. El viento soplaba con fuerza, rompiendo ramas de árboles que se amontonaban en las calles de Rodorio, dificultando los andares. Sin embargo, era curioso observar el increíble fenómeno de las Rosas rojas que cubrían el avance desde el Templo de los Peces Gemelos. Estas, por muchísimo viento que hiciese, y aunque fuesen empujadas por el constante vaivén que suponía aquel vendaval hambriento con una violencia incomparable, no se movían de su sitio. Estaban ancladas a la tierra como si fuesen pilares de cemento, y ni siquiera uno de sus pétalos carmesís se desprendía. Luco lo observaba todos los días desde la Sala de Atenea. Cada mañana, sobre las seis, cuando el Sol aún no había salido y la Luna danzaba con una sonrisa burlona entre los lejanos astros, Luco solía observar, obnubilado, cómo brillaba el rocío matutino sobre las rosas, que las hacía resaltar con intensidad; era como observar una cascada ascendente de gotas de agua coloradas. Su vista azulona recorría con delicadeza el tramo de escaleras cubierto por rosas, como si aquello fuese algo inmenso. Aramar le había dicho que aquellas flores eran la protección perfecta, a la vista inofensiva, pero en realidad letal, y siempre ponía el ejemplo de las mariposas, pues estas devoraban inmensas cantidades de polen y secaban algunas plantas necesarias para la creación de medicinas, y siempre acababa diciendo, «¿Quién podría sospechar de la mariposa?».

 

El veintiséis de diciembre fue un día extraño para Lugonis. El frío hacía mella en la habitación en la que dormía y el viento golpeaba los cristales con tanta fuerza que parecía que se romperían en mil pedazos. Sin embargo, el pelirrojo no se daba cuenta de nada, pues descansaba, o más bien lo intentaba, dando vueltas a un lado y al otro de la cama, pronunciando frases incomprensibles de las que solo podía entenderse la palabra Krest o la palabra asesino. Sudaba, gritaba, parecía correr, huir de algo en sueños, y tal era su agitación que parecía que se despertaría de un momento a otro, sin embargo, siempre acababa calmándose. Al cuarto día de delirios sin control y llantos quejumbrosos, Lugonis abrió los ojos; muy despacio, como con miedo, fue adaptándose a la claridad que se apoderaba de la habitación; por la posición de la luz, debían ser las dos o las tres de la tarde. Giró la cabeza y notó su rostro dolorido, así como todo su cuerpo. Al instante, la puerta se abrió y por ella apareció su hermano gemelo Luco. Con una sonrisa y una mirada gentil se sentó en una silla que estaba a la vera del cabecero de la cama y tocó la frente de Lugonis.

 

―Al fin no tienes fiebre ―dijo Luco casi susurrando, temiendo molestar a su hermano.

 

―¿Qué pasa?, ¿por qué estoy así? ―preguntó Lugonis, visiblemente desconcertado.

 

―El otro día ―explicó Luco―, entrenaste con el Santo de Oro de Acuario, el viejo Krest, y por lo visto fue tan intenso que te rompió varios huesos de la mano, la tibia, un omóplato y dañó tu cadera. Sin embargo, un hombre te encontró, te trajo aquí y avisó al maestro Aramar de que había encontrado a un muchacho casi muerto en un claro del bosque ―Luco cruzó la pierna izquierda sobre la derecha, haciendo una pausa y prosiguiendo después; la toga negra que llevaba se arrugó al hacer el movimiento―. El Maestro Aramar aplicó una especie de mezcla de hierbas sobre tus heridas y parece que tus huesos están empezando a soldarse de nuevo.

 

A Lugonis le costaba tener el cuello retorcido de aquella manera; con calma, giró la cabeza sin hacer movimientos bruscos y persiguió con la mirada las motas de polvo que brillaban con el sol del mediodía. Respirando con lentitud, con agujetas y heridas en el pecho, Lugonis se preguntó dónde estaría Gheser, pues había soñado que un gusano gigante lo aplastaba. Pero…, no. Seguramente eran los delirios clásicos de los enfebrecidos, de los que tanto había leído en esos libros mágicos que el santo de Piscis le había pedido que estudiase.

 

Por el umbral de la puerta se deslizó un hombre pequeño y ancho. De cara redonda, gestos asiáticos, como los ojos rasgados, nariz pequeña, boca de labios finos como hojas de papel, ojeras pronunciadas, cabeza rapada, cejas blancas pobladas y barba larga del mismo tono, el tipo parecía estar muy tranquilo. Con las manos atadas a la espalda caminaba con pasos cortos pero firmes, casi retumbando el suelo sobre el que se posaba. Envuelto en una toga negra, igual que la de Luco, y sobre unas sandalias de bambú, se acercó al cabecero de la cama, recorrió con sus ojos marrones la figura cubierta de vendas de Lugonis, como analizando los daños que había sufrido.

 

―Joven ―dijo cuando se hubo situado al lado de Luco, apoyando una enorme mano en su hombro enclenque; su voz era grave y áspera―, has tenido suerte de salir con vida de un enfrentamiento cara a cara con Krest de Acuario.

 

―¿Quién eres tú? ―preguntó Lugonis sin girar el cuello, temiendo casi que se le rompiese.

 

―Es una buena pregunta. ¿Qué quién soy? Tengo muchos nombres: el Galeno de los Dioses, el Creador de Milagros, el Herrero del Monte Olimpo… ―A medida que hablaba y caminaba por la habitación en círculos bajo la atenta y enfervorecida mirada de Luco, el hombre parecía encender una mecha de ego que, una vez se incendiase entera, acabaría con una explosión de soberbia inigualable―, pero yo prefiero que me llamen por mi nombre: soy Aramar, el curandero de Atenea.

 

―Vaya… Qué…, impresionante ―respondió Lugonis con una sonrisa sardónica, pensando en el ridículo al que aquel viejo se había sometido; ¡menudo despliegue de altanería tan gratuito!

 

―¡Lugonis! ―gritó Luco, pellizcando con fuerza el brazo izquierdo de su hermano, ante el cual el otro lanzó un alarido pues tenía un moratón ennegrecido como el carbón.

 

―No te preocupes, Luco ―resolvió Aramar―. No es culpa suya. No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Quizás no te rías tanto cuando notes cómo, por arte de magia, tus huesos se van a juntar de nuevo y se van a hacer más fuertes que antes. ―Se hizo un silencio, en el cual Aramar esperaba a que Lugonis le preguntase, fascinado, cómo era eso posible, pero de su boca no salió ninguna palabra de gratitud ni se esbozó en su rostro gesto alguno de incredulidad―. Pues verás ―prosiguió―, las plantas tienen un poder curativo inigualable, y es que mezclando las idóneas, el calcio de tus huesos se acelera, haciendo que el tejido óseo se endurezca y acelere su regeneración. Tanto, que en cuestión de cinco, seis días como mucho, alguien que haya sufrido una fractura doble en la tibia, como tú, podrá caminar, incluso correr como antes. Lo único que queda de eso es una cicatriz y un mal recuerdo.

 

A Lugonis no le impresionaba el milagro de que su cuerpo se fuese a volver más fuerte que antes gracias a una mezcla de flores del bosque, sino el excelso conocimiento que Aramar demostraba. Lo que decía era justo lo que sus libros explicaban sobre la regeneración de tejidos. Le dirigió una mirada de soslayo; bajo esa pose de carcamal consumido por su posición había un auténtico genio, alguien que, con dedicación inigualable a su campo, había logrado llegar a la cima. Ahora sí estaba impresionado.

 

―Gracias ―dijo el santo, como con desgana, viéndose obligado a soltar aquella palabra que tan poco significado tenía siempre para la gente.

 

―No me las des a mí, sino a Luco. Fue él el que me rogó que te atendiese, porque si no, te hubiese dejado morir.

 

Y Luco, que no había dejado de observar a su maestro con la mandíbula casi desencajada de sonreír como un tonto que está con su héroe de toda la vida, cogió de la mano a su hermano y la apretó con fuerza.

 

Finalmente, tanto Luco como su maestro Aramar acordaron dejarlo descansar, prometiendo que volverían a verlo por la noche. Las horas pasaban, pero Lugonis no era capaz de conciliar el sueño. En su mente aparecían imágenes difusas de aquella noche en la que se sintió morir y renacer. Los golpes llovían por todas partes, y los flashes dorados que dejaba el movimiento tan estilístico de Krest no hacían más que prolongar su agonía. Recordaba cómo se tiraba de rodillas y rezaba, suplicando que parase, que haría lo que fuese, pero eso no hacía más que enfurecer al santo de Oro. El aura que desprendía era tan fría, tan…, inhumana. Un escalofrío recorría su magullada espalda solo de pensar en sus ojos azules, fríos como los hielos eternos de Siberia. La rutina era siempre la misma: cerrar los ojos, buscar una posición en la que su cuerpo no le doliese, comenzar a pensar en la paliza y abrir los ojos. Así lo poco que quedaba de tarde.

 

Ya no quedaba luz. El Sol se había escondido y en su sitio brillaba con pureza la Luna, blanca como la leche. El viento aún arreciaba, escuchándose cómo silbaba a lo lejos, profundizando en el silencio extremo de la habitación, escasamente iluminada por una vela en el antepecho de la ventana, cuya llama bailaba temblorosa por culpa del frío ambiente.

 

―¡Oiga, a dónde va, no puede verle! ―dijo una voz en la distancia tras la puerta de madera cerrada, voz que despertó a Lugonis de un frágil sueño. Parpadeó un par de veces, intentando situarse, y luego apoyó su espalda en el cabecero; sin duda, el que había hablado era Luco.

 

La puerta se abrió dejando tras de sí un golpe sordo. La luz se filtró en la oscuridad como un río que desborda de su cauce, y bajo el marco de madera, atravesando el umbral de la puerta, Lugonis vio el resplandor de una armadura de Oro. Esas hombreras anchas y largas, ese porte tan distinguido, esa espalda tan recta… Ese cosmos tan frío.

 

―Krest… ―susurró para sí el pelirrojo; de pronto, comenzó a temblar y se echó lo más atrás que pudo de la cama.

 

El santo de Oro incendió su cosmos. Lugonis pudo sentirlo, cómo se propagaba con furia por la habitación. Un brillo dorado se extendió por toda la oscuridad, producido por la energía generada de Krest. A pesar del miedo que tenía, Lugonis no podía evitar sentir respeto.

 

―Así que al fin estás despierto ―dijo el santo de Acuario, clavando su mirada inexpresiva en el joven postrado en la cama―. Levántate. Hay que entrenar.

 

―¡No va a ir a ningún sitio! ―replicó la fina voz de Luco, que entró en la habitación poniéndose entre el de Oro y el de Bronce, extendiendo los brazos en un gesto de “por aquí no pasarás”―. Mi maestro le ha mandado reposo al menos hasta dentro de dos días. ¡Váyase, o tendré que avisarle!

 

Krest, como el que mira la insignificancia de una hormiga, lo apartó de su camino con un fuerte empujón. Luco se golpeó la cabeza contra el escritorio de madera y cayó al suelo con violencia; el choque le abrió una brecha y en el suelo fue extendiéndose una mancha de sangre alrededor de su cabeza.

 

Sin embargo, a Lugonis no parecía importarle su hermano. Toda su preocupación se la guardaba para sí mismo, y arañaba las sábanas de lino de su viejo colchón, con todos los músculos de su cuerpo temblando de miedo.

 

Cuando Krest estaba a un paso de agarrarlo de la camisa que llevaba puesta, se detuvo, pero no desvió la mirada del joven.

 

―¿Qué haces aquí? ―preguntó, bajo los atentos ojos aceituna de Lugonis, cuyas pupilas se habían dilatado hasta quedar solo un punto negro entre el vacío blanco―. Deberías estar en Jamir, ocupado con tus deberes.

 

De pronto, unas llamas azules hicieron acto de presencia. En un lumínico espectáculo, como si el aire se incendiase de golpe, apareció una figura humana, de cabello largo y físico corpulento. Al instante, aquel ser se arrodilló sobre su pierna derecha y agachó la cabeza frente a Krest, como si tuviese en frente a una deidad a la que rendirle culto.

 

―Lamento esta intromisión, señor Krest ―dijo la sombra con un tono respetuoso y calmo, procurando no levantar la voz―, pero he de pediros que dejéis a este joven descansar. No sobreviviría a otro entrenamiento como el del otro día. ―El hombre levantó la cabeza para mirar al caballero de Acuario. A Lugonis se le heló la sangre; conocía perfectamente aquel rostro, tan pacífico además de viejo y sabio. No le cabía duda de que era el Patriarca Sage que había bajado a ayudarle, a librarle de la muerte envuelta en Oro.

 

―¿Y si es eso lo que quiero, qué? ―respondió Krest con evidente molestia.

 

―No creo que sea lo que usted quiere, señor.

 

―Lo único que quiero es que desaparezcas de mi vista antes de que me enfade de verdad.

 

Lugonis no alcanzaba a comprenderlo. Se suponía que el Patriarca era la máxima autoridad, por encima de cualquier Santo de Oro. De hecho, recordaba haber visto a Gheser arrodillarse frente a Sage. ¿Por qué el joven Krest tenía derecho a reprochar, incluso amenazar verbalmente a la máxima autoridad del Santuario de Atenea?

 

―Señor Krest ―continuó el anciano―, le pido por favor que me deje a mí al tanto de entrenar a este joven en ausencia de Gheser.

 

El silencio tras aquel comentario fue incómodo y violento, sobre todo para Lugonis, cuya mirada relampagueaba entre las figuras de aquellos hombres.

 

―Fuiste tú ―respondió finalmente Krest―, fuiste tú el que lo trajiste desde el bosque, ¿no es así, Hakurei?

 

―Así es, señor. Sentí su débil cosmos apagarse y lo llevé a ver a Aramar.

 

Sin decir nada más, Krest se giró sobre sus talones, haciendo que su capa blanca bailase en un gesto de elegancia sin parangón, y salió de la estancia caminando, haciendo chocar sus botas contra el suelo de piedra, repiqueteando a cada paso que avanzaba. Finalmente, Krest se perdió en la noche, bajando los escalones hacia el Templo de la Preciosa Urna.

 

El anciano se levantó en cuanto vio salir a Krest de la estancia. Ataviado en una toga blanca con decorados rojos en las costuras y un pañuelo verde al cuello, además del cabello recogido en una larga y estilosa cola de caballo, se acercó a Lugonis.

 

―¿Estás bien, joven? ―preguntó Hakurei.

 

 

Pero Lugonis no pudo articular palabra. Lo único que fue capaz de hacer es llorar, sollozar por el miedo, y abrazar, en busca de protección tanto física como mental y espiritual, al anciano que le había salvado, no una, sino dos veces.


Editado por ℙentagram, 16 abril 2017 - 18:27 .

ib5Zs2uw_o.gif

Pincha en la foto para leer Rosas desde el Siglo XVIII

Ranking de resistencia dorada


#55 T-800

T-800

    Miembro de honor

  • 14,372 mensajes
Pais:
Peru
Sexo:
Masculino
Signo:
Cancer

Publicado 12 marzo 2017 - 10:18

me extraña que Hakurei no  se haya enfrentado a  Krest 


manigoldo_by_bytalaris-d9kntob.png

 

B AZ  Fic terminado

 

Multiverso Zodiacal: Fic terminado

 

 


#56 -Felipe-

-Felipe-

    El temor de un hombre sabio

  • 9,953 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 12 marzo 2017 - 12:28

«¿Quién podría sospechar de la mariposa?»

 

Con eso, usted se acaba de ganar la Internet.

 

 

En fin, a diferencia de lo que decías, es un buen capítulo, especialmente en lo referente al desarrollo de emociones y pensamientos del Santo de Hidra. Luco sigue siendo un personaje que, a pesar de saber cómo va a terminar, me agrada mucho, lo mismo que Lugonis pero a la inversa. Luco no se merece un hermano así... creo.

 

Luego, la intromisión de Krest fue espectacular, tan amenazante e imponente como lo sueles retratar. Ya me extrañaba que le hablara así a Sage, podrá ser frío, pero no irrespetuoso. Claro, no era Sage sino Hakurei, a quien no le debe ni una pizca de respeto. De todas formas me extrañó la actitud tan pasiva de Hakurei, que tradicionalmente sí que es irrespetuoso con todo. Y así Lugonis se consigue otro maestro para la colección, uno que quizás no es más simpático que el mismo Krest.

 

Me entretuve leyendo. Saludos, Penta.


25solfo.jpg

(by Placebo)


#57 Susanna

Susanna

    Miembro de honor

  • 966 mensajes
Pais:
Italia
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo
Desde:
Rome, Italy

Publicado 12 marzo 2017 - 13:03

Muy bien :lol:



#58 Αλάλα

Αλάλα

    Black UFO

  • 359 mensajes
Pais:
Colombia
Sexo:
Femenino
Signo:
Cancer
Desde:
Quito, Ecuador

Publicado 13 marzo 2017 - 18:07

Siempre que veo que actualizas me pongo a terminar mis cosas para leer tranquilamente xD Pero luego se me pasa leer bien por querer ver cómo termina el capítulo.

Aunque no era muy largo en cuanto situaciones, es interesante ver cómo el pobre de Lugonis se comporta frente a Krest, que de verdad es un sujeto muy raro xD Alcancé a leer el gaiden de Degel y me era muy curiosa la mirada de Krest. Me pregunto cuál es la necesidad de hacerlo pelear incluso sin haberse curado primero.

 

Lo otro interesante fue ver a Luco cuidar de su hermano, con lo rebelde que es Lugonis, me es raro no haber visto una escena donde el primero le haya dado una bofetada bien puesta a Hidra :v Como dijeron por ahí, no es un hermano que se merezca, pero al final de todo es familia y siempre lo va a cuidar por muy malvado que sea.

 

Aramar es muy... cómico para mí-fuera del cliché xD, que creo que es lo único que te voy a hacer esta cara: ¬¬ -Por poco y le falta sacarse un cartel con su nombre en letras brillantes y un poco de pirotecnia para decorarse todavía más. Fuera de eso, es bueno ver participación de otra clase de personajes como un curandero. Vamos, los adivinadores, pitonisias, hay tantas cosas que no se han visto y que nutrirían más la gama de personajes que solo guerreros pintorescos. Vamos a ver su magia para que al menos se le perdone un poco su ego xD

 

Y cómo crees :v de verdad eres bueno, me pagues mucho o nada si está bien diré que está bien xD Si fuera un mal fic lo hubiera dejado a medias o me lo pensaría dos veces antes de pasar a leer xD

Igual es que sea muy buena notando errores, pero bueno xD

 

Espero al siguiente y ver qué nos traes, saludos!


56760_s.gif


#59 ALFREDO

ALFREDO

    Miembro de honor

  • 2,385 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Libra
Desde:
Iquique, Chile

Publicado 26 marzo 2017 - 18:07

Hola Penta. Aquí estamos con el cap KREST.

Fue un cap donde el prota tiene q experimentar un golpazo para madurar jaja. Si q le aventaron a malas a Lugonis para hacerle ver la realidad y que dejase de ser tan egoísta, ahora esperemos que piense al respecto y comience a madurar.

Aunque nuevamente fue un cap de transición lamentablemente. Seguimos con la vida cotidiana, durante los días de entrenamiento XD. Aun espero saber si lugonis le darán una misión importante algún día o se encontrará con alguien transcendente aparte de algún santo. No lo sé, esas escenas q gatillan el destino desde el comienzo de la historia jeje.

Krest, para presentarse no dijo mucho sobre sí, sino q fue realmente Lugonis quien lo describió todo el tiempo, pero solo en actitud, para conocer su temperamento. Creo q para englobar más el título del cap, hubieras puesto algo del pasado de él.

Bueno es todo por el momento, nos vemos.


fics2017_escena_sadica_by_bytalaris-dazo

FANFIC: La condenación de los caballeros de Athena

Capitulo 44 .-  desde el (06/04/2017)

Fichas de personajes


#60 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

    Teozakeru

  • 6,401 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Masculino
Signo:
Geminis

Publicado 01 mayo 2017 - 15:11

Nuevo capítulo, al fin. Tras un mes de sequía, aquí vuelvo, con las ideas más o menos centradas. Más o menos... Pasemos a responder.

 

T800: Hakurei no se enfrenta a Krest por el respeto que le tiene. Eso se ve en el Gaiden Old Twins y creo que es pertinente dejarlo claro. Gracias por leer y comentar.

 

-Felipe-: Hola maestro Felipe, ya veo que te gustó la pequeña referencia a Los Simpsons que dejé en ese capítulo. Sabía que tú lo pillarías. Me ha gustado plasmar a Luco como un personaje bueno, amable y sencillo. Sabemos cuál será su final, y por eso no hay ninguna sorpresa, pero mientras podamos, disfrutemos del transcurso de la vida de Luco, y en cómo cambian las tornas para él.

 

Krest tiene que ser un personaje que infunda miedo y respeto, porque así es como yo lo veo siempre, un maestro implacable que siembra miedo allá por donde pasa. En cuanto a Hakurei..., veremos lo que le espera con él en el futuro. Muchas gracias por leer y comentar, don Felipe.

 

Susanna: Muchas gracias por leer y comentar, señorita.

 

Raissa: Hola, fanartista favorita, qué tal te va. Estate atenta, algún día te pediré de nuevo un trabajillo. Krest, más que raro, es un tipo exigente, y bastante exigente además. Veremos más de él en un futuro, no te preocupes, porque desde luego aún no ha dado todo lo que tenía. Luco y Lugonis son hermanos. Uno cuida del otro y viceversa, así se vio siempre entre ellos. Aunque Lugonis sea un egoísta y un malcriado, avanza pasito a pasito. Aramar es, por otra parte, un personaje que necesitaba crear, por la sencilla razón de que existe Luco y este ya en el Gaiden de Piscis se sabe cómo va a acabar. Entonces por eso lo creé, y sí, quizás sea un poco creído, pero bueno, la gente que ostenta cargos altos o son famosos también suelen creerse lo más de lo más. Muchas gracias por comentar y leer, doña.

 

Alfredo: Ya lo dije, y todos seguro que lo sabemos. Cuando somos jóvenes, tenemos una dosis de hormonas e idiotez compensables. ¿Seremos más idiotas o estaremos más cachondos? Es una buena pregunta. Aún quedan unos cuantos caps de transición, por el hecho de que esto no es un fic todo de batallas sino que es más bien un fic dramático en el que se trata la historia del signo de Piscis LC. Aunque tranquilo, sí que habrá un antagonista. Muchas gracias por leer y comentar, don.

 

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

Ulysses

 

Todos los días, durante una o dos horas, se escuchaba un sonido agudo y persistente, que rasgaba los oídos de las aves y hacía que los humanos que lo escuchaban sintiesen un escalofrío que los recorría de arriba abajo. Era como si una piedra chocase contra un metal, una y otra vez; la sensación de que un herrero afilaba una espada. Tal era el chirrido que producía, que hasta en la aldea de Rodorio eran capaces de escucharlo. Los vecinos, aterrados, pero también interesados, se asomaban a las ventanas y salían a la calle, oteando la negrura de la montaña escarpada que dibujaba un ascenso con aquella infinita escalera iluminada con cientos, quizás miles de antorchas, que parecía un rastro de migas de pan.

 

Según los más ancianos de la aldea, aquel sonido había empezado treinta, quizás más, años atrás. Un trueno que devastaba las mentes de los más niños y que llenaba de desconfianza a los adultos, que aseguraban bien las puertas con troncos gordos de madera. Los ancianos, sabios y ociosos, creaban historias sobre aquel misterioso crujir, asimilándolo a un ser que tenía cuchillas en las manos, y que, noche tras noche, salía de caza, esperando encontrar la más deliciosa de las sangres perdida en los bosques cercanos: la humana. Y bien fuese porque pareciese lo más lógico, o para pasar el rato, algunos lo creían y contaban relatos fantásticos en los que un ser se movía entre las sombras, rápido como el viento, ágil como un ciervo. Todo aquello se reforzaba cuando desaparecía una oveja del rebaño o, misteriosamente, cinco gallinas aparecían degolladas a la entrada del pueblo. Unos pocos sensatos hablaban de lobos, intentando no dejarse llevar por el pánico, pero otros aseguraban haber escuchado el rugir de un ser antinatural y monstruoso. Las suposiciones iban y venían, pero nadie nunca llegaba a esclarecer el asunto.

 

Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que Aramar le había aplicado a Lugonis su ungüento sanador, y el pelirrojo, incrédulo, observaba cómo podía moverse de nuevo, con los huesos en su sitio y fuertes. Para comprobar si ya estaba bien, salió al jardín trasero del Templo de Piscis. Nada más cruzar el umbral de la luz con la oscuridad, Lugonis se vio cegado por la fulgurante claridad. Era un día soleado, sin apenas nube alguna. Para ser veintiocho de diciembre, era un día de puro verano. Sin embargo, aquella estampa paradisiaca era tan solo un placebo, pues el viento era frío, penetrante como cuchillas, que se colaba por su ropa y le erizaba la piel. Un escalofrío recorrió su columna, entonces juntó los brazos al cuerpo, como queriendo coger calor o mantenerlo.

 

Renovado, Lugonis siguió con el hábito de estudio que tenía hasta antes del ‘accidente’. Se sentó en su escritorio y sacó los libros de debajo de la cama. Con pluma y tintero, fue subrayando las partes importantes, las que le interesaban y las que debía recordar. Sacó su diccionario personal y lo puso a un lado, abierto por donde había escrito la última palabra.

 

Aorta: Prinzipal arteria del querpo.

 

Leyó aquella frase con detenimiento, con la mano derecha en el mentón. Tenía los dedos manchados de tinta, pero no se dio cuenta y se embadurnó la cara. Había algo allí que no le cuadraba. Miró, remiró, repiqueteó con los dedos en la mesa de madera hasta que cayó en la cuenta.

 

―¡Pero si Principal es con c! Hay que ver.

 

Tachó la frase y la reescribió. Tan pronto terminó, se dio cuenta de todo lo que había avanzado desde que estaba con Gheser. Ahora leía, escribía y aprendía, a su ritmo, pero así era. ¿Cuándo volvería? ¿Por qué no había recibido noticias esta vez? Pero de pronto se dijo que no debía preocuparse, que estaría de vuelta rápido. Y más pronto se preguntó por qué debía preocuparse, si él solo tenía que interesarse por Luco y por sí mismo.

 

El Sol hizo su habitual recorrido, dibujando un arco en el cielo azul, y pronto dejó paso a la oscuridad y a la Luna. Lugonis había hecho una pausa para merendar y otra para cenar. Tenía fruta y pan que le había llevado Aramar esa mañana mientras dormía. Le hubiese gustado encontrárselo para preguntarle por Luco, al que Krest había lanzado por los aires aquella fatídica noche.

 

Puso una vela en el antepecho de la ventana, la encendió con una cerilla y siguió estudiando. Una vez se cansó, sacó Ética de Platón y se puso a hojearlo, continuándolo por donde lo había dejado la última vez. La justicia en el hombre corresponde a que su alma haga lo que debe hacer. No sabía bien lo que significaba, y eso le frustraba. Continuó leyendo, intentando comprender, y las horas se pasaron, y la vela se consumía.

 

Cuando Lugonis estaba metido de lleno en la obra, escuchó ese tronar metálico que siempre resonaba cuando él entrenaba. Nunca le había preguntado a Gheser qué era, pues intentaba no entablar conversación con él. Sabiendo que el ruido no se iba a detener, se levantó y salió de Piscis. Concentrando sus sentidos, siguió el rastro que dejaba aquel golpeteo incesante. Atravesó Acuario casi temblando, mirando a un lado y a otro, con miedo de encontrarse con Krest. Una vez salió de aquel Templo, se sintió renacer. Bajó los escalones más rápido aún, temiendo que Krest lo estuviese esperando, pero no apareció. Cuanto más descendía, más intenso e insoportable se hacía aquel chirrido.

 

Se acercaba a la casa de Capricornio, cuando sintió como si el suelo temblase bajo sus pies. ¿Un terremoto? No, pues la casa de Acuario seguía intacta. Cuando estuvo en el descansillo antes de entrar al Templo de la Cabra Montesa, escuchó cómo el ruido metálico, un eco insoportable y desagradable, como el arañar de una pizarra, rompía el silencio. Se adentró en las penumbras y pronto se vio rodeado de una luz intermitente y breve, como un chispazo. Cada vez que se producía el sonido, le acompañaba un golpe de luz que llenaba la oscuridad del Templo en un instante para irse tan rápido como había llegado. Lugonis no dobló la esquina, sino que asomó la cabeza para mirar.

 

Las chispas dejaron a la luz a un hombre de una espalda prodigiosa, ancha y musculada. Estaba sentado, con las piernas cruzadas en posición de loto y la cabeza gacha. Lugonis observó paciente, hasta que llegó a la conclusión de que aquel hombre estaba afilando algo con una piedra. ¿Sería aquel el Santo de Oro de Capricornio, del que nunca había oído hablar? Nadie lo mencionaba, nadie miraba a aquel templo.

 

Sin embargo, Lugonis se fijó mejor en las paredes. Las chispas se sucedían, y, aunque fugaces, daban un margen para observar. Todos los muros estaban cubiertos por espadas; cientos, miles de espadas colgadas, con el mango hacia arriba y la hoja perfectamente forjada, brillando como si fuesen de cristal.

 

De pronto, el pelirrojo sintió que una corriente de aire le revolvía el pelo. Se palpó la mejilla derecha, y descubrió que un hilillo de sangre recorría su rostro. La tocó, la sintió, y se preguntó cómo era posible. Levantó de nuevo la mirada, y allí estaba, frente a él. El hombre que antes trabajaba, silencioso y constante, se había levantado. La escasa luz que la Luna producía atravesaba los cristales sucios y se estrellaba contra el hercúleo pecho de aquel tipo, sin poder llegar a verle el rostro. Vestía una prenda de una sola pieza que cubría todo su cuerpo, como una bata, rota y manchada. Su piel era oscura, y sus brazos libres de ninguna tela eran fuertes y robustos como columnas. En la mano derecha asía una espada de hoja curvada y larga, con el puño decorado con dibujos lineales. Lugonis se puso en guardia, dio un paso atrás y clavó la mirada en el arma.

 

―«Maldita sea, me va a atacar ―pensó el joven para sí; una gota de sudor frío recorrió su rostro y se mezcló con el rojo de la sangre; la sal del sudor hizo que le ardiese.»

 

El hombre adelantó la mano de la espada y la puso de forma que la luz de la Luna incidiese directamente sobre ella. Por su muñeca corría un hilillo carmesí, que era obviamente sangre. Lugonis se dio cuenta de que la mano derecha de aquel tipo estaba llena de cortes.

 

―Esto es una cimitarra ―dijo el hombre, que tenía una voz grave, profunda y envolvente―. Es un arma oriental, muy ligera y fácil de usar. Los jinetes la usaban mucho porque no se clavaba en el enemigo cuando le asestaban una estocada desde el caballo.

 

―Oye ―respondió Lugonis, incrédulo ante aquella extraña reacción―. ¿Estás bien? Estás sangrando mucho.

 

―Estoy afilando mi espada ―contestó sin dudar el otro―. Me gusta afilar mi espada. Tengo que afilar mi espada.

 

Y como si no sintiese dolor alguno agarró el sable con la mano izquierda y pasó el filo por su mano derecha, haciendo un corte profundo. Un mar de sangre salió y cayó al suelo resbalando por su oscura piel, haciendo un ruido característico al chocar contra el suelo de piedra. Lugonis observó el espectáculo horrorizado. Varias veces pensó en lanzarse encima del tipo para que cesase esa dantesca demostración de locura. Entonces el otro alzó su cosmos, uno enorme y poderoso, y volvió a pasar la hoja de la espada por su brazo derecho, como si fuese a cortárselo, pero en vez de eso, salió un chispazo que hizo retroceder a Lugonis. Cuando abrió los ojos, observó cómo el que antes había sido un brazo lleno de heridas y tajos, ahora resplandecía. Con la palma abierta y los dedos extendidos, tras él podía verse una espada, una hecha de cosmos, envuelta en un aura verde claro. El arma tenía una hoja inmensa y ancha, con un mango enjoyado y tallado en oro.

 

El joven abrió los ojos impresionado. Un brillo de envidia apareció en sus ojos color aceituna, como si aquella espada quisiese ser suya, blandirla en combate. Se sintió extendiendo una mano de manera inconsciente, como si quisiera cogerla. Pero se controló y dio un paso atrás.

 

―¿Qué haces aquí? ―preguntó el hombre; su profunda voz retumbó por las paredes.

 

―Me llamo Lugonis. Soy el alumno de…

 

―El alumno de Gheser. Lugonis de Piscis ―interrumpió el otro.

 

Dio un paso adelante, dejando que la escasa claridad de la Luna le golpease el rostro. Era de piel oscura, nariz ancha, arrugas en los ojos y labios gordos, además de tener el pelo trenzado y de color castaño.

 

―Sí, bueno… No quería molestar, solo que… ―Lugonis tartamudeó un par de veces y rodó la mirada, buscando una salida a aquella situación tan rara―. Ya me voy.

 

Y sin dar ninguna explicación más, se dio media vuelta y desapareció en la oscuridad de la noche.

 

 

―Yo me llamo Ulysses ―resolvió el otro cuando estaba solo; se había quedado de pie observando un punto fijo de las paredes de su Templo, porque sí.


Editado por ℙentagram, 26 mayo 2017 - 13:39 .

ib5Zs2uw_o.gif

Pincha en la foto para leer Rosas desde el Siglo XVIII

Ranking de resistencia dorada





0 usuario(s) están leyendo este tema

0 miembros, 0 invitados, 0 usuarios anónimos


Este tema ha sido visitado por 56 usuario(s)