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Juicio Divino: La última Guerra Santa


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#461 Rexomega

Rexomega

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Publicado 19 febrero 2024 - 15:54

Saludos

 

Capítulo 194. Tan solo culpa

 

Grigori de Cruz del Sur tardó demasiado en llegar a la escalera que daba a cubierta, solo para descubrir que estaba bloqueada por un hielo durísimo. Ninguna fuerza natural en la Tierra podía comparársele, ningún arma humana podría destruir semejante barrera. Aun así, el santo de plata necesitaba entender qué estaba ocurriendo, o al menos avisar a sus superiores, de modo que llenándose de la energía eléctrica que caracterizaba su cosmos, Grigori descargó la Tormenta, un poder sobrenatural, una fuerza que bebía de las lejanas estrellas. Los rayos que emergían de entre sus manos unidas golpearon mil, diez mil y hasta un millón de veces el hielo, sin rasguñarlo.

Oyó pasos y giró, pensando que alguien estaba por atacarlo. Sin embargo, el espacio se comportaba de un modo muy extraño y lo que por sonido parecía cercano, era en realidad una compañera que venía desde muy lejos, corriendo y aun así avanzando lo que cubriría un niño al gatear. Una vez cruzó miradas con él, a través de la máscara, Pavlin de Pavo Real se impulsó como un rayo y llegó hasta él en veinticuatro segundos. Veinticuatro segundos para recorrer menos de cien metros.

—Esto es una locura —decidió Grigori, sacudiendo la cabeza.

—Sí, debíamos habernos cruzado si viniste hasta aquí y a pesar de eso… —Pavlin calló al notar las chispas que rebotaban del hielo, rescoldos de la Tormenta de Grigori—. Déjalo así. Hay algo en este barco, algo malévolo que vuelve realidad nuestros peores pensamientos; busca un sentimiento de culpa en nuestra alma y lo vuelve contra nosotros. Debemos resolver este problema antes de mezclar en esto a los demás.

—A mí nunca me ha gustado llegar tarde… —Miró al pasillo que había recorrido. Ahora volvía a ser normal, sin ninguna explicación—.   ¿No puede ser eso, verdad?

—Yo vi a una niña, una vida que vi atrás y ahora sé truncada —explicó Pavlin—. Nunca le conté esa historia a nadie. Nuestro enemigo conoce todos nuestros secretos.

El santo de Cruz del Sur se cruzó de brazos, inseguro. Si sufrían un ataque tan terrible, parecía necesario que se comunicaran al exterior, salvo que eso solo lo complicara.

—No me gustaría enfrentarme a los demonios internos de los santos de oro.

—Veo que lo has entendido. Por eso debemos preparar una defensa aquí.

La implícita propuesta de Pavlin hubo de ser respondida por una negativa.

—Minwu de Copa está esperando noticias mías —dijo Grigori—. Él es el hombre más bueno que conozco, no creo que le afecte esto. Ni a mí tampoco. En cambio —añadió, alzando el dedo para evitar cualquier intervención—, hay decenas de caballeros negros aquí abajo, no imagino el sentimiento de culpa que deben tener encima.

—¿Dices que no tienes ningún arrepentimiento? —cuestionó Pavlin—. ¿Puedes enfrentarte a ti mismo sin miedo en tu corazón?

—Tú lo has hecho, ¿no?

—Yo soy de la división Cisne.

Grigori dejó que la amistosa sonrisa de un viejo sirviera de respuesta antes de desandar el camino, corriendo. Tras pasar por las primeras puertas, el espacio volvió a distorsionarse. Ahora, más alerta, notó que el camino no solo se extendía, sino que a veces se bifurcaba sin que él se diera cuenta. Tomó como referencia el cosmos de Minwu, que al parecer estaba en problemas. Agarró impulso y saltó.

Del techo, sin ninguna explicación, empezaron a caer cadáveres. Cientos de muertos que lo cubrían todo, dificultándole el camino.

 

***

 

La Prisión Fantasma era el único refugio que tenían contra la repentina tormenta que lo engulló todo en el camarote que antes ocupaban. La temperatura bajaba sin mesura, congelándolo todo y aproximándose a los doscientos setenta y tres grados bajo cero. Dos santos de plata y uno de bronce no tenían nada que hacer contra lo que el corazón de Cristal había expresado tiempo después del viraje del barco y el desagradable sonido que le sucedió, por lo que Fang los arrastró a todos a ese mundo infernal que había forjado a punta de voluntad y fuerza espiritual.

El santo de Cerbero miró el Ataúd de Hielo, que también había transportado. El tiempo del hombre de Bluegrad estaba detenido en el preciso instante de su rendición, incluso los labios todavía parecían pronunciar el nombre de su ejecutor: Camus de Acuario, un joven pelirrojo de bellas facciones y mirada despiadada, la típica combinación de las alocadas historias que dibujaban los japoneses. No hubo ni juicio, ni sentencia, ninguna palabra. El santo de oro solo apareció de la nada y liberó el Polvo de Diamantes, congelando a quien el Santuario había declarado como una amenaza junto a los átomos del aire, generando un particular Ataúd de Hielo que era como una gran ola congelada.

El Santuario, había pensado Fang, al decidir que prefería llevarse la estatua congelada a dejarla a merced de esa aparición, porque tan pronto llegaron todos a la Prisión Fantasma, Noesis sugirió que era el propio Cristal quien se condenaba a sí mismo.

—Qué conveniente —dijo Fang—. Muy, muy conveniente.

—¿Estamos a salvo aquí? —Aerys no dejaba de mirar alrededor. Una plataforma de piedra los hacía flotar sobre un mundo de fuego azulado. Había algo de comida que el santo de Cerbero había apartado por si acaso. Bebida en un saco, alimento secos en otro—. ¡Un santo de oro nos persigue, dudo que le cueste mucho…!

—Destruirla es fácil —dijo Noesis, palmeando el hombro de Aerys. Descubierto. Ninguno de los tres portaba el manto sagrado—. La cuestión es que la Prisión Fantasma reside en el manto de Cerbero, que está en cubierta.

Aerys lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿La misma cubierta que protegen cuatro santos de oro?

Noesis asintió.

—También el Sumo Sacerdote, la dama Tetis, el caballero negro de Sagitario y Makoto de Mosca. Estamos a salvo, por ahora.

—Lo dudo —dijo Fang, señalando a las llamas—. Dioses, es tan conveniente, tanto.

Chispa a chispa, el infierno que los rodeaba se fue transformando en un remolino de almas que giraban hasta formar una especie de cúpula fantasmal, muy acorde con ese lugar. Ni Aerys, ni Fang, reconocieron a las apariciones, vestidas con sencillas túnicas y cuerpos tan indemnes como lo estuvieron antes de ser masacrados, pero la mirada de espanto que dirigió Noesis a aquellos hombres, mujeres, niños y ancianos lo decía todo.

Era el clan de chamanes al que el santo de Triángulo exterminó, en nombre del Santuario. Una mujer destacaba entre ellos, señalándolos y dirigiéndose a un anciano de largos cabellos y poblada barba con palabras llenas de odio y dolor:

—Es él, Sabio. El asesino de nuestro pueblo.

—Lo veo, hija mía. —El llamado Sabio se apartó del remolino y la reconfortó apretándole el hombro. Si bien la túnica amplia cubría todo el cuerpo hasta los pies, no tenía mangas y eran visibles unos brazos gruesos y fuertes como troncos milenarios—. El hombre que pudo traer luz al mundo y decidió dejarlo sumido en la oscuridad.

—¡Tan conveniente! —repetía Fang sin descanso—. ¿Te enamoraste de la hija del jefe del clan? ¡Si tienes el cliché completo, viejo amigo!

—Lo siento —se disculpó Noesis, adelantándose a sus compañeros—. Parece que he traído el problema a casa. ¿De qué sirve un confinamiento si entre los confinados está un hombre enfermo? Entenderé si me echas, Fang. Solo yo debo…

—Enfrentar a tus demonios —completó Aerys, poniendo los ojos en blanco—. Nada más típico, yo digo que no tenemos tiempo para eso.

Así como en el camarote la temperatura había descendido, ahora subía hasta un punto en que Fang y Noesis se vieron impregnados de un sudor pegajoso. El propio Aerys ardía como una antorcha cuando arrojó el Aliento del Sol Caído sobre el Sabio, engulléndolo tanto a él como a la mujer durante un largo minuto.

Cuando las llamas se despejaron, los dos fantasmas estaban intactos. No había a la vista ni quemaduras, ni señal de que hubiesen tenido que resistir de algún modo el ataque.

—Parece que este es un trabajo para la división Dragón —dijo Fang, con una sonrisa feroz. Llevaba muchísimo tiempo sin dormir, para ser él, y estaba muy, muy enfadado. Ante la mirada entre extrañada y admirada de Noesis, tuvo que añadir—: Cuando digo que todo es muy conveniente, me refiero a que luchemos contra nuestros miedos justo después de que nos contaras tu triste historia. Si no, habría sido muy molesto. ¿Te imaginas tener que explicarte ahora, mientras combatimos?

—A mí ni me han explicado nada —dijo Aerys.

—Este tipo… ¡Ay! —Al golpear la estatua de Cristal, Fang había dejado pegado un trozo de la piel de su dedo—. Ese tipo y mi buen amigo Noesis son de esos héroes traumatizados de los noventa, así que a nosotros, que nada debemos, ni tememos, nos toca echarles una mano para descubrir juntos el verdadero significado de la Navidad.

—No creo que él pueda descubrir nada —apuntó Aerys, viendo a Cristal.

—Es nuestro escudo humano —rio Fang—, déjale.

El Sabio vio aquella fútil conversación desde arriba. Con los brazos cruzados, parecía un genio maligno a punto de hacerlos desaparecer a todos. Al alzar la mano, sin embargo, lanzó una propuesta de paz:

—Traidor, ¿dejarás que otros luchen esta batalla? Si entregas tu cuerpo para que nuestras almas vuelvan a conocer la luz del sol, perdonaremos a tus amigos.

—¡Tengo derecho a volver a ver a mi hijo! —exclamó la mujer.

Noesis miró a sus compañeros, ya más o menos listos para la batalla.

—Soy un santo de Atenea. Mi cuerpo no me pertenece, no puedo entregarlo.

Y empezó a concentrar su cosmos de plata mientras Fang y Aerys saltaban a la batalla, uno arrojando el fuego del espíritu y el otro las llamas capaces de desafiar los desastres naturales que aquel clan de chamanes esgrimía como armas.

 

***

 

Tras una larga caminata por un pasillo en exceso grande, Bianca quiso entrar en las tinieblas para poder ver la distorsión espacio-temporal desde fuera. No pudo, tal y como esperaba. La oscuridad subyacente al universo físico era una de las paredes dimensionales de la realidad que navegaban, así que decidió dar la vuelta y desandar el camino. Dos cabezas pensaban mejor que una y aquel apasionado oficial ya había dormido más que suficiente mientras ella gastaba los pies.

Se detuvo en seco al ver, junto a la puerta, a nadie menos que Ishmael de Ballena. Vestía el manto sagrado y un cosmos despierto ardía alrededor de él.

—¿Willy? —preguntó Bianca, odiándose por su voz entrecortada.

Ishmael ni se dio por enterado. De una patada partió en dos la puerta y entró en el camarote con una sed de sangre que hasta un no iniciado en el sexto sentido olería. Por alguna razón que Bianca no comprendía del todo, corrió todo lo rápido que podía hasta internarse en ese cuarto a oscuras, interponiéndose entre el asesino y su víctima.

¿Quién era Kazuma de Cruz del Sur Negra? Un amante más. ¿Quién era su asesino? Más que un amante, incluso si murió sin saberlo. Aun así, ahí estaba ella.

—Inaceptable. —La plateada mano de Ishmael salió de la oscuridad y agarró el cuello del inesperado obstáculo. Bianca fue alzada como si fuera una niña, pues eso era en manos de tan destacado santo de Atenea—. ¿Proteges a un caballero negro? ¿Tú que los cazabas como un perro de caza? Inaceptable. —Apretó más, negándole a Bianca dar una respuesta—. El Santuario nunca debió aceptarte. Personas como tú son la razón por la que existe la Ley de las Máscaras. Bruja, prostituta, monstruo. Inaceptable.

Apretó más y más, clavando los dedos en la carne mientras Bianca solo pataleaba.

—Cállate de una vez. —Cubierto de un aura ardiente que despejaba las tinieblas del cuarto, Kazuma dio sendas patadas hipersónicas, proyectando dos ondas cruzadas que golpearon de lleno al santo de Ballena. El caballero negro recogió a Bianca tan pronto la hubo soltado su captor, que trastabillaba un par de pasos—. Imbécil.

Mach 5 —alabó Bianca, sonriendo tras la máscara—. Ya decía yo que eras un 7.

—Dijiste un 6.

—Ah, los hombres siempre tan humildes.

—Bruja —gruñó Ishmael, palpándose el peto de plata—. Ramera. —Dio un paso, concentrando su cosmos en el brazo, extendido como una espada—. ¡Monstruo!

El Sable Celestial cortó techo, cama y suelo en un solo instante, pero no a quienes buscaba matar. Bianca, uniformada, y Kazuma, en paños menores, fueron apartados por una nueva e inesperada aparición.

Akasha de Virgo los sujetaba a ambos de las orejas, como dos niños pequeños.

—Bien, ¿qué está pasando aquí?

 

***

 

Los pensamientos de Ícaro, que resistieron el efecto del vino, quedaban embotados por los besos de aquella mujer experta, cuyas manos lo recorrían sin pudor alguno. Muchas veces había querido desvestirlo y él se lo había impedido, solo para verse impactado contra la puerta del camarote del que habían venido tan extraños ruidos.

—Olvídate de la niña y el viejo —pidió Bianca, susurrándole al oído—. ¿Esta es la primera vez que estás con una mujer, verdad? Disfrútalo.

—No tengo tiempo para esas cosas —aseguró Ícaro. Por quinta vez, la mujer clavó sus dientes hasta hacerle sangrar, ahora en el lóbulo de la oreja—. Nací para la causa. Vivo para la causa. Moriré para la causa.

—¡Qué ridículo! —exclamó Bianca, mirándole a los ojos—. Tú jamás has vivido.

—¿Jamás he vivido…? —repitió Ícaro, boquiabierto.

—Esto es la vida de verdad. Vívela.

—La vida de verdad.

Él era Ícaro de Sagitario Negro, hijo de Hipólita y Gestahl Noah. Desde un principio estaba dicho que si fuera a existir un caballero negro de oro, él sería esa persona. El amor de pareja, formar una familia y envejecer junto a un ser querido eran algo secundario para él, así fue criado. Justo por eso, cuando dejó la niñez, mucho antes de lo que lo haría cualquier persona normal, empezó a desear esa vida que no era para él. En secreto, no solo para su padre, a quien respetaba, a su madre, a quien quería, y a sus compañeros, por quienes lucharía contra quien fuera, sino sobre todo para él. Al fin y al cabo, el cosmos era algo maravilloso, si él que había conocido su esencia despertando el Séptimo Sentido extrañaba otras cosas, entonces habría de reconocer que nunca mereció llamarse santo de Atenea. Que no era tal cosa, sino una simple sombra, entregada a deseos mundanos, destinada a resolver asuntos mundanos.

Esa vieja contradicción, entre el héroe que debía ser y el simple mortal que quería ser, había quedado adormilada hasta ese momento. Una auténtica santa de Atenea no le hablaría de ese modo, del mismo modo que la peligrosa Bianca de Can Mayor, a la que todos los oficiales de Hybris preferirían rehuir, no usaría métodos de seducción tan vulgares. Al contrario, se las apañaría para que fuera él quien tomara la iniciativa.

—Ah,  ¿te vas a poner violento? Me gusta. —Las manos de Bianca, movidas por las simples y retorcidas fantasías de Ícaro, descendieron hacia sus pantalones.

Plasma Oscuro —recitó Ícaro.

El mundo se detuvo. Despertado el Séptimo Sentido, todas las cosas adquirían un nuevo cariz. Los placeres mundanos eran algo efímero. La mujer que lo tenía embrujado, solo una criatura pequeña y diminuta. Un súcubo venido de alguna parte, un engaño pueril. Ícaro se rodeó de energía eléctrica, tan intensa como para quemar la piel humana al mero contacto, pero la supuesta Bianca de Can Mayor no tuvo tiempo de apartarse. Antes, fue despedazada por una red de haces luminosos. Incontables puñetazos a la velocidad de la luz que en un solo segundo pusieron fin a esa vil existencia.

Los numerosos restos del súcubo cayeron al suelo en un lúgubre silencio. La cabeza, completa, rodó entre huesos, trozos de carne y tejido desgarrado, goteando sangre. Ícaro giró hacia la puerta, presintiendo que algo malo también pasaba allí, pero toda la pared del camarote sangraba también. Al tiempo, algo cayó al suelo con fuerza, lejos.

—¿Qué…? —Atrás, la cabeza del súcubo seguía derramando sangre, demasiada. Todo el suelo era un pequeño río ensangrentado. El bulto que había caído era un cadáver, que miró acusador a Ícaro hasta que otros tres cuerpos cayeron entre ambos, ocultando su mirada—. Una ilusión —decidió enseguida el caballero negro, al ver que el techo seguía siendo sólido. Los cadáveres salían de él sin ninguna explicación, si bien Ícaro nunca llegaba a ver el momento de la caída, solo lo escuchaba—. ¡Debo…!

—Deber —dijo una voz proveniente de la cabeza del súcubo. Esta, así como los restos despedazados, se derritió, uniéndose al río de sangre. Según hablaba la voz, se removía el líquido del suelo, como representando una carta hecha de ondas—. Naciste para la causa, vives para la causa y morirás para la causa. ¿Es así?

Los cuerpos siguieron cayendo a ambos lados del pasillo, como tratando de aislar a Ícaro. Este no pudo menos que reír, pues tal cosa no era necesaria.

La voz que oía bastaba por sí sola para paralizarlo.

—¿Madre? —preguntó el caballero negro.

—Te hablo desde el infierno, hijo mío, para decirte lo orgullosa que estoy de ti —respondió Hipólita, cuya voz se alzaba por el sonido de los cadáveres al caer y el de la sangre al agitarse con un sinfín de ondas—. Nuestro objetivo se cumplió, gracias a ti.

—Eso no es cierto —dijo el caballero negro—. Yo luché junto a los santos de Atenea. —Primero en la Batalla por la Torre de los Espectros, después junto a la Silente contra nada menos que un poderoso ángel del Olimpo.

—Te entiendo, hijo mío. Yo era un despojo humano, vivo solo por un milagro. Era bueno que yo me sacrificase, viajando a los mares olvidados, mientras tú te quedabas para garantizar el fin para el que nació Hybris, para el que tú naciste.

—Era una embajada de paz. ¡Aquí, luchábamos una guerra!

—Deja de culparte, hijo mío. Hiciste lo que era necesario.

—¡Yo creía que te protegería! ¡Esa Suma Sacerdotisa, siempre mirándonos desde arriba…! ¡Creía que ella podría cuidar de ti!

—Es raro —dijo Hipólita—, no recuerdo que Akasha de Virgo estuviera en la tripulación original, ni tampoco que me despidieras. ¿Me habrán dado ya de beber las aguas de Leteo? No, eso es solo para los justos y yo no lo soy.

—¡Tú no quisiste despedirte de mí! —exclamó Ícaro, temblando de rabia—. Solo haces lo que quieres. Todo el tiempo.

Hipólita rio, una risa que agitó el río de sangre desde extremo a extremo, ambos una montaña de cadáveres que llegaba al techo. Ícaro solo se dio cuenta de que retrocedía cuando notó la puerta en la espalda. Aquel líquido carmesí se alzó como un géiser, a la vez que adoptaba la forma de una mujer por él tan querida y conocida. Todo en ella era rojo, salvo los dientes que enseñaba en una feroz sonrisa.

—Vamos, hijo mío, conmigo puedes sincerarte. ¿No se lo dijiste a tu amiguita hace un momento? Vives por la causa. Jamás pensaste en mí, en todo este tiempo.

 

***

 

—Minwu de Copa, eres un asesino despiadado —dijo Jaki, olvidando el dolor que lo aquejaba—. Voy a arrancar tu cabeza y clavarla en un poste en la entrada de Rodorio, para que ninguno de nuestros niños pueda tomarte de ejemplo.

Tras recibir una paliza de semejante monstruo, el santo de plata no tenía fuerzas para hacer otra cosa que mirarlo desde abajo. Con una mano, Jaki mantuvo el cuerpo pegado al suelo. Llevó la otra a la cabeza, no tendría que hacer mucho esfuerzo para arrancársela, pues ningún simple aspirante era tan fuerte como él.

En el momento crucial, creyó oír un sonido, como de energía eléctrica. Un disparate. Estaban en un barco creado a la antigua usanza, nada de electrónica.

—Laphicet, lo siento. —Minwu cerró los ojos.

De pronto, la puerta estalló en mil pedazos, llenándolo todo de un fuerte olor a carne quemada. Una luz relampagueante penetró en los párpados cerrados de Minwu, obligándolo a abrirlos y contemplar a su imponente salvador.

El cosmos era una cosa maravillosa. Incluso un anciano, cubierto por el aura cósmica nacida del universo interior, podía deslumbrar como una estrella caída. Los escasos cabellos, la piel arrugada, la sonrisa tirante, nada de eso importaba cuando Grigori de la Cruz del Sur era como una tormenta viviente. Jaki, presintiendo el peligro, se quiso poner en guardia, pero antes de siquiera llegar a estar de pie ya su ser había sido atravesado miles de veces por la Tormenta. En menos de lo que dura un parpadeo, piel y carne se ennegrecieron y los órganos internos se derramaron desde aquel blando cuerpo junto a los huesos pulverizados, como un desagradable líquido. Las piernas estallaron como un par de calabazas, de modo que el cuerpo se sostuvo en el aire solo el momento en que la energía estática lo mantuvo allí, hasta que cayó como un bulto informe.

Grigori aplastó el cráneo de Jaki de un pisotón antes de tender una mano amiga a Minwu de Copa, ayudándolo a levantarse.

—Estás hecho porqueria, doctor —dijo Grigori.

—¿Te parece que esa es forma de hablar para un santo de Atenea? —censuró Minwu, observando a través de los ojos de su paciente que era verdad, de todas formas. Jaki le había dado una paliza de muerte. No había un solo hueso que no le doliera—. Es tan ridículo, quiero decir, es Jaki, una montaña de músculos, pero…

En lo que trataba de encontrar la forma de expresarse, Grigori le sirvió de apoyo para alejarse del camarote maldito. Así quedó revelado que en realidad todo el barco sufría el mismo problema. No solo el espacio se comportaba de un modo raro en el pasillo, sino que este estaba atestado de cadáveres calcinados por la Tormenta de Grigori.

—No me dejaban pasar —se excusó el santo de Cruz del Sur.

—Creo… —Ahora que se había alejado de aquel monstruo y sus terribles recuerdos, Minwu podía percibir con mayor nitidez el cosmos que lo había destrozado hasta tal punto. Le fue muy fácil, en realidad, pues era el suyo—. Creo que yo me he hecho esto. Algo está volviendo en nuestra contra nuestros propios… —Iba a decir miedos, pero no tenía sentido. Fobos había sido derrotado por Poseidón, según decía el Sumo Sacerdote—. Nos hace sentir culpables, nos hace pensar que merecemos morir.

—¿Piensas que tú, que sanabas por igual a justos y malvados, mereces morir?

—Así es, joven. Yo también tengo mis pecados.

—Todos tenemos pecados, yo sentí envidia del poder de Aqua durante la guerra —aceptó Grigori tras un momento de duda—. Lo que no tengo son arrepentimientos.

—¿Ninguno? —preguntó Minwu con asombro.

—Ninguno —asintió Grigori—. No hay sombras en mi pasado, todo lo que he hecho, lo he hecho porque así lo he querido. Soy así de simple, me temo.

—¿Y qué hay de lo que no has hecho? —cuestionó una voz ominosa.

Todos los cadáveres se volvieron polvo al mismo tiempo, el polvo se tornó en tormenta y de la tormenta surgió un hombre. Vestido con un ajustado traje, era un hombre de unos cuarenta años, japonés, de lisos cabellos peinados hacia atrás y con un cuidado bigote sobre la sonrisa condescendiente que mantenía en todo momento.

—¿Y ahora, qué? —preguntó Minwu.

—Se llama Kenji —dijo Grigori—. Un congresista con miras a volverse Primer Ministro. Murió durante la Semana Sangrienta.

—También soy uno de los huérfanos de Kido —aclaró el llamado Kenji, ajustándose la corbata—. Nuestro amigo el detective, modista y puntual Grigori, sugirió esa hipótesis a los que están investigando todo ese diluvio universal humano que llaman Semana Sangrienta. ¿Me queda bien? —preguntó el congresista, de pronto—. Bingo. Lo soy.

—Con toda honestidad —dijo Minwu, hablando por el dolor—. Nos da igual tu triste historia, ahora mismo tenemos cosas más importantes que hacer.

—¿Como qué? ¿Matar a Caronte? —rio Kenji—. ¿Por qué? ¿Qué os ha hecho?

—Traer la guerra a nuestro mundo —dijo Minwu.

El congresista se quedó quieto, mirándolos con fijeza. Era como un niño esperando que sus padres le dieran una respuesta convincente.

—Apártate —amenazó Grigori, elevando su cosmos una vez más—. O te aparto.

Un coro empezó a oírse de pronto, lejano y cercano a la vez. «Los justos prosperan. Los malvados son castigados.» Millones de voces en trance las repetían, desde algún lugar que ninguno de los santos de plata podía ver.

—Setecientos. —Kenji dio una palmada—. Millones. —Otra más—. De muertos.

La tercera la oyeron en otros lugares.

 

***

 

El congresista de nombre Kenji estaba frente a Pavlin, quien guardaba la barrera de hielo, dispuesta a dar su vida para que nadie pasara de ese lugar.

—¿Alguna vez habéis oído hablar de un hombre que haya provocado tantas muertes? —cuestionó Kenji—. Yo no sé mucho de esas cosas, pero apostaría mi carrera electoral a que ni todos los asesinos seriales de la historia moderna reúnen siquiera la centésima parte de ese número. Vayamos más arriba, a los peores dictadores y esos engañabobos que se dicen demócratas y paladines de la libertad mientras ordenan el bombardeo de ciudades desde la comodidad de su asiento presidencial. Ninguno de esos, ni el comunista, ni el del bigote, logró una cifra tan alta. Ninguna guerra humana provocó tanta muerte, así que subamos el listón. ¡Enfermedades! ¿Cuántas víctimas provocó la peste negra? ¿Cien millones? ¿Doscientos millones? Ah, insuficiente, lo que solo nos deja dos dignos rivales. Cataclismos naturales que afectaron a todo el planeta y Poseidón, autor del diluvio universal que eliminó a mil millones de personas.  ¡Tenemos un ganador! Poseidón sigue ostentando el primer lugar, aunque, ¿quién sabe? Los caballeros negros todavía están a tiempo de superar el récord. Setecientos no está muy lejos de mil, estoy seguro de eso, aunque las matemáticas no son lo mío.

Pavlin, como otros más, oyó el discurso en silencio. Aunque la sangre le hervía, aunque la culpa por haber arrojado a aquella niña a semejantes asesinos la carcomía por dentro, era consciente de que su misión era más importante. Los santos de Atenea no estaban para juzgar a la humanidad, a ningún elemento de esta. La caza de los caballeros negros era asunto de la división Fénix, ella era de la división Cisne.

Así pudo engañarse durante un tiempo, mientras la amenaza implícita flotaba en el aire.

 

***

 

Nico, Retsu y Soma también se habían encontrado con el congresista, pero pasaron de largo. A diferencia de Grigori, aquellos no tenían sentidos tan refinados y estaban inmersos en una especie de laberinto que asumían una simple ilusión. Estaban tan hartos de dar vueltas que cada que el tal Kenji se les aparecía en un sombrío rincón, aceleraban, solo para verlo más adelante, hablando sin parar.

—¿Sabéis por qué me asesinasteis?

—¿Y yo qué sé? —cuestionó Soma. Era la décima vez que oía esa pregunta, a pesar de que en todo memento había rebasado la velocidad del sonido. El mundo se había vuelto muy loco—. Eres político, así que seguro que mentías más que hablabas.

Había pensado eso mismo desde que lo vio de reojo. En realidad, tenía un cierto parecido a Gestahl Noah, si se descontaban el bigote, la forma de peinarse y mil cosas más. No estaba seguro de si era por algún rasgo físico que no podía definir, o porque la primera opinión que tuvo del líder de Hybris era que se trataba de un charlatán. Después recibió explicaciones que tenían mucho sentido y que marcaron su camino por más de cinco años. Aceptaba esa parte de sí mismo, como aceptaba el haberle dado la espalda, pero no quería volver a arriesgarse a cambiar. No quería escuchar a nadie más.

—Mentía —asintió Kenji—. También robaba todo lo que podía, y amenazaba, y chantajeaba, e incluso llegué a matar para llegar tan lejos.

Soma se detuvo en seco. Los otros dos lo hicieron también. Estaban perdidos, debían reconocer eso. La idea de que matando a aquel hombre ridículo se despejaría el camino pasó por la mente del caballero negro de León Menor.

—¿Y todavía te preguntas por qué te mataron? ¡Miserable!

Lejos de asustarse de las bolas de fuego que Soma invocaba entre los dedos, Kenji se acercó a él. Las manos estaban abiertas y extendidas, mostrando que no escondían nada.

—Hice todo para convertirme en Primer Ministro, porque solo así podría cambiar las cosas. Japón es el país más seguro del mundo, también es el país con mayor tasa de suicidios. Quería cambiar eso. Quería cambiar al pueblo japonés reuniendo poder político, económico y social. Mi esposa, la mujer que me salvó del infierno al que me arrojó mi padre, aprobaba mi sueño. ¿Y por qué no? Es un sueño maravilloso. Un mal menor para lograr un bien mayor. ¡Qué gran sueño, qué gran tragedia!

El caballero negro de León Menor tuvo un instante de duda. Miró abajo, descubriendo el origen de la música que ambientaba todo aquel infierno. Niños y adolescentes golpeaban el suelo de sangre como si este fuera una capa de hielo sobre alguna especie de lago. Ahogándose en su soledad, los huérfanos de la Semana Sangrienta gritaban, lloraban y rogaban misericordia. Pedían por sus padres muertos y por su futuro.

—¡Estás loco! —exclamó Soma, antes de incinerar a aquel demente. Mientras lo veía arder, no pudo sino sentir que era él quien debería estar ardiendo.

 

***

 

Ni siquiera la Prisión Fantasma escapaba a aquella nueva aparición. Mientras Aerys y Fang repelían con sus fuegos a la legión de mágicas criaturas invocadas por los chamanes —duendes de fuego, doncellas de hielo, ancianos volando en nubes de tormenta…—, Kenji posaba su mano descarnada sobre la estatua de Cristal. Toda la piel se había derretido, revelando el blanco hueso bajo la carne ennegrecida que caía a pedazos. El traje, en cambio, permanecía intacto, dándole un aspecto macabro.

Noesis comprendió enseguida lo que esa aparición significaba. Desde la primera palabra. No estaba ahí por Cristal, las culpas de aquel procedían de la muerte de su rey, sino por los santos de Erídano y Cerbero. Por todos los santos del barco, en realidad: estaban luchando al lado de los restos de una orden que había atentado contra todo lo que creían, y eso les revolvía las entrañas a todos. Toleraban a los caballeros negros, admiraban incluso a aquellos que dieron la espalda a la Semana Sangrienta por una sincera entrega a la causa de los santos de Atenea, pero en el fondo de todo eso no había ni una pizca de genuina camaradería. Iban a librar la mayor batalla de sus vidas al lado de una legión de extraños, que sentían, tendrían que haber eliminado.

—Tú lo entiendes, ¿verdad? —le dijo Kenji. Los dientes quedaban a la vista en todo momento. Ya no tenía labios, ni un trozo de piel en la cara.

—Haré lo que tenga que hacer —replicó Noesis.

Fang y Aerys estaban dando todo de sí para que él pudiera alcanzar el punto álgido de su cosmos. El poder bruto no bastaba allí, era necesario sellar aquellos espíritus.

—Yo quise hacer el bien mintiendo, ellos quisieron hacer el bien asesinando —declaró Kenji—. Yo soy malvado, ellos también. Deben morir, sabes que deben morir. Para que la luz brille al final de esta oscuridad, las sombras deben ser destruidas.

 

***

 

—¿No estás de acuerdo, Margaret? —saludó Kenji.

El santo de Lagarto le encajó una flor roja en el cerebro, haciendo que cayera al suelo de bruces. Acababa de despertar de un mal sueño, con la santa de Piscis dándole instrucciones que a duras penas podía retener ahora, no tenía tiempo para derrumbarse. Que con ese acto hiciera desaparecer a los mocosos de abajo, cortando de raíz el coro, fue un efecto colateral que supo apreciar con un gesto de asentimiento.

Se golpeó las mejillas como cuando era niño, rezando en su fuero interno porque esa cosa tan irritante que lo impregnaba todo no le lanzara un ejército de niños riéndose del niño que parecía niña. Entonces él lloraba, como una niña, por supuesto, hasta que hacía el truco de su madre. Tres golpecitos en la cara, a cada lado, después una gran sonrisa y a seguir para adelante. Siempre tenía que mantener las formas, siempre. Cuando se descuidara, habría dado el primer paso a la derrota. Sintió un escalofrío antes de abrir la puerta, pues la voz de su madre, muerta hacía mucho, se mezcló con otra.

—Narciso de Venus —recordó Margaret, saliendo de ese camarote enloquecido.

Fuera, todo estaba aún peor. Cadáveres por doquier, sangre llenándolo todo, y en medio, para estropear una imagen tan curiosa, estaba Yu.

—Gracias, estaba harto de oírlo hablar —saludó el santo de Auriga.

—No era más que un charlatán —añadió Ishmael, apareciéndose tras la espalda de Yu.

—Así que voy a tener que pelear con vosotros —pensó Margaret, cuyos dedos sujetaban una nueva rosa—. Me parece bien, así el alma de Joseph puede conservarse pura, mientras la mía se mancha un poco más.

—Sí —aceptó Yu—. Joseph es el mejor de todos nosotros.

—Antes de destrozarte —dijo Ishmael—, una pregunta. ¿Por qué has dejado de copiar nuestras técnicas? Sabes que de nosotros cuatro eras el más débil, ¿verdad?

Sintiendo ganas de llorar, Margaret sonrió.

—Eso vamos a comprobarlo ahora.

Acto seguido, acometió dejando atrás al niño que fue. Los movimientos de ambos santos de plata ya habían sido alentados por la fragancia que había liberado.

 

***

 

Tras la muerte repentina de Kenji, Pavlin dedicó a Margaret un quedo agradecimiento a Margaret. Necesitaba ese silencio clarificador para entender qué quería hacer.

Si la distorsión tornaba el pasillo en un mundo entero, entonces ella sería más rápida que el rayo. De un modo u otro, esta vez llegaría a donde necesitaba estar. Esta vez haría las cosas bien, incluso si tenía que poner en riesgo todo.

La barrera de hielo quedó atrás, solitaria y vulnerable.

 

***

 

—Somos unos miserables —decidió Minwu, viendo al caído congresista.

—Sí, pero no me arrepiento de pensar así —dijo Grigori.

Con gran esfuerzo, el santo de Copa se enderezó.

—Así que no te arrepientes de arrepentirte. ¿Te das cuenta? La culpa de los caballeros negros por lo que han hecho. La culpa de los santos de Atenea por no haber hecho algo para devolver el equilibrio al mundo. Todo se junta aquí.

—Sí —aceptó Grigori sin reservas—. La culpa era la clave, tal y como supuso Pavlin. Y ahora debemos escoger. ¿Salvar a las sombras que odiamos, o a nuestros compañeros?

El santo de Copa sonrió. ¿Salvar a alguien? Él necesitaba tratamiento urgente.

—Me parece a mí que los santos de Atenea podemos salvarnos solos —dijo Minwu de todos modos—. Yo digo que sigamos la última orden de la Suma Sacerdotisa.

Era posible que Grigori rechazara esa idea, también era posible que hubiese pensado lo mismo. Minwu de Copa no tenía interés en averiguarlo, pues con un solo vistazo entendió que el santo de Cruz del Sur seguiría la máxima de todo buen paciente.

—Haz caso a tu médico —bien pudo haber dicho Grigori.

El par de santos, con esa fuerza infinita que desoía las quejas del cuerpo humano, tan vulnerable, corrieron dispuestos a salvar a los caballeros negros.

 

***

 

También Soma tomó en su fuero interno la misma decisión.

—Está muerto —dijo Retsu, tras patear el cadáver—. ¿Cómo una rosa en la cabeza mata a alguien que sobrevive a ser quemado vivo?

—Preguntas que jamás obtendrán respuesta —dijo Nico.

—¡Muchachos…! —exclamó Soma, acordándose luego de la edad del santo de Lince, en absoluto reflejada en su rostro juvenil—. Os doy las gracias. Me enrolé en esto solo pensando en mi padre y mi hermana. Di la espalda a Hybris, como también renegué del Santuario. Soy un paria… un rebelde sin…

—Oye —lo interrumpió Retsu, más asustado que molesto—. Nada de culpas, que se nos aparece un escorpión gigante zombi con cabeza de león zombi y nos come.

—No creo que lady Shaula haya muerto —dijo Nico, añadiendo a destiempo—. Ni Ban. Quiero decir, el señor Ban es un santo de bronce fortísimo.

—El caso es que… entrenando con vosotros sentí que todos los que estamos en este viaje somos camaradas, creo que nunca me he sentido tan unido a los demás. ¿Es porque sé que moriremos? ¿Es porque compartir una paliza con dos amigos es lo que hace falta para unir a la gente? Yo qué sé. El caso es que… —Soma sacudió la cabeza. Ya se estaba repitiendo—. Quiero salvar a los míos.

Por toda respuesta, Retsu lo placó, presionándolo contra una de las paredes. La mano libre le apuntaba al cuello, que podría desgarrar en un simple parpadeo.

—Como amigos… —empezó a decir Nico.

—No seas cursi, chaval —cortó Retsu, presionando el cuello de un sorprendido Soma hasta que empezó a gotear sangre—. A los chicos malos no se les convence con cursilerías. Somos unos completos desconocidos, los tres, salvo por un detalle.

—Somos compañeros de entrenamiento —decidió Nico—. Hermanos de armas. Santos de Atenea. Oro, plata, bronce, hierro, azul, negro. Todo es lo mismo ahora.

—Así que… —dijo Retsu.

—Por favor… —continuó Nico.

Los dos santos de bronce gritaron, de forma simultánea:

—¡Deja de decir que quieres salvar a los tuyos!

—Muchachos… —murmuró Soma, ya libre de de la presa de Retsu, quien silbaba mirando a otra parte—. Está bien. Salvaré a los nuestros. A los… santos… ¡A los santos negros de Atenea, junto a los cuales pateamos a los horrores del continente Mu!

—Está bien —aprobó Nico.

Un momento después, su rostro se cubrió de un velo de tinieblas.

—O-Oye, ¿no estaba todo arreglado? —preguntó Soma, con los ojos como platos.

La masa oscura en que se había convertido Nico se inclinó sobre sí misma, pisando el suelo con cuatro enormes patas de perro. Se había convertido en eso, en un can surgido del mismo infierno, si estos podían medir tanto como un rinoceronte.

—Su cuerpo está dentro del eidolon —dijo Retsu—. Descuida, estará bien.

—Mi hermana está en problemas —explicó Nico, con una voz distorsionada y lejana—. Debo ir a salvarla. Lo siento, Soma, no puedo ayudarte en esto.

—Yo tampoco —se excusó Retsu, llevando la mano al negro pelaje del eidolon. Todo el cuerpo del santo de Lince se estremeció, como si se hubiese sumergido en aguas glaciares—. Mi maestro ha desaparecido, así que debe estar en la Prisión Fantasma de Fang de Cerbero. Él no es la clase de persona que muere por simples cuentos de terror.

El discípulo de Noesis de Triángulo no dio explicaciones, sino que siguió entrando en el can de sombras hasta que desapareció de la vista, no sin antes desearle suerte.

Soma tampoco las pidió.

—Hasta luego, santos blancos de Atenea. ¡Hasta que volvamos a encontrarnos!

Rio la broma mientras corría en dirección contraria al eidolon. Sentía las fuerzas renovadas, y quizá por eso, las distancias ya no le parecían tan extrañas. Vio la primera puerta cerrada de un camarote y la incineró con sendas bolas de fuego.

Incontables cadáveres salieron desde el cuarto, entre los cuales un grupo de Moscas Negras, con sus máscaras decoradas, pudieron respirar al fin. Estaban vivas.

—Pondera el número de muertes causadas por Caronte de Plutón con aquellas que tus amigos causaron —habló una voz por Soma bien conocida. La voz de su padre—. Sabes que no merecéis la salvación. Ninguno de vosotros.

—Lo sé —respondió Soma, quien siguió corriendo de todas formas.

A diferencia de los demás, el santo negro seguía oyendo cantar a los niños la canción de la desesperanza, seguía viéndolos abajo, golpeando su prisión de una vida estigmatizada para siempre. La culpa lo perseguiría siempre, y él, que había aceptado tal destino, solo podía correr más rápido que ella, para salvar al resto de almas condenadas.


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#462 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 19 febrero 2024 - 23:42

Hola Rexo, ¿cómo estás? Bueno, voy a darte un review largo de todo el volumen... 2? 3? Ya sabes, Neptuno. Bueno, solo la mitad que no comenté. Porque en su momento ya comenté todo Preludio, todo Pluto y la mitad de Neptuno.
 
El caso es que todos estos capítulos, y muchos de los siguientes ya los leí hace tiempo, pero te dejé de comentar adecuadamente después del capítulo 24, al final del arco de Bluegraad, así que estoy releyendo todo de nuevo, desde el inicio, y tengo los comentarios en un archivo word. Por ahora, solo dejaré los comentarios de la segunda mitad de Neptuno, incluso los que incluyen 3-4capítulos que ya comenté en su momento. ¿Por qué? Porque son los que, digamos, pulí al editarlos después de reelerlos. También porque esta es tremenda historia, porque te mereces comentarios, y finalmente, porque debí seguirlo haciendo hace mucho tiempo.
Como creo que te dije, seguir leyendo en las sombras no es lo mismo que dejar un review para alguien que los merece, para bien o para mal. Y, además, a modo personal siento que te los debo.
De antemano decir que no es necesario que respondas a este review, porque bueno, son comentarios de capítulos MUY atrás, así que sé que se sentiría medio raro, pero espero que los leas y pueda ayudarte de alguna manera en seguir desarrollando tu historia, o en sentirte apreciado por ser un gran escritor. Además, la respuesta sería innecesariamente larga. Pero quedo satisfecho con que lo leas y sea de ayuda.
 
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Y se viene más. Pronto.
Saludos.

Editado por -Felipe-, 20 febrero 2024 - 15:51 .

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#463 Rexomega

Rexomega

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Publicado 26 febrero 2024 - 10:46

Saludos

 

Felipe. Para mí no es ninguna molestia responder reseñas largas, así que por esta vez, asumiendo que no hay inconveniente, procuraré responder todas tus incógnitas sobre el segundo volumen en la medida que pueda hacerlo sin destripar lo que se viene. De paso comento alguna que otra cosa de unos comentarios que, a decir verdad, me ha emocionado mucho ver. ¡Espero con ilusión los siguientes!

 

Spoiler

 

***

 

Capítulo 195. Sentenciados

 

El eidolon de Nico resultó ser tan espacioso como cabía esperar. Un par de hombres adultos podían caber allí, en medio de las tinieblas, sin hacer contacto ni salirse de los límites del can sombrío. Sin embargo, Retsu, sometido a un frío glacial que no tenía nada de natural y que le penetraba el espíritu, se abrazaba en posición fetal en busca de una pizca de calor. Su cosmos ardía con tanta intensidad como cuando los tres tuvieron aquel combate de entrenamiento con Pavlin de Pavo Real, y no era suficiente. Para nada. Sospechaba que incluso los dientes de su maestro, Noesis de Triángulo, castañearían si tuviera que adentrarse en ese lugar.

Enfrente, Nico se mantenía de pie, con los brazos extendidos y la mirada al frente, aunque ya no veía con los ojos. No los necesitaba en este momento.

Aquel eidolon no estaba hecho para transportar cuerpos e incluso quien lo había invocado tiritaba de frío. Como miembro de la división Dragón, Retsu podía intuir la naturaleza espiritual de ese ambiente, adecuado para que un alma libre de interferencias físicas funcionara como centro de control mientras que el cuerpo físico quedaba a buen recaudo en alguna otra parte. La inclusión de un cuerpo físico, con sus propias necesidades fisiológicas, además de un sinfín de vulnerabilidades, lo complicaba todo: los cinco sentidos convencionales corrían el riesgo de entorpecer el movimiento, para empezar, y ni hablar del viaje por la oscuridad subyacente al universo material, que era la principal utilidad del eidolon. Así, pues, la solución estribaba en que el invocador adormeciera por su propia cuenta esos sentidos, enfocándose en la percepción extrasensorial para guiarse. Que Nico de Can Menor tomara esa decisión ya lo convertía en alguien a quien la división Dragón habría querido reclutar; que además pudiera adaptarse tan rápido como  para invocar y retirar el eidolon en pleno combate ya era algo que lo dejaba sin aliento. ¡Él no dejaba de contar los minutos para salir de allí!

—Bianca de Can Mayor también puede hacer esto —murmuró Retsu, admirado. El par de perros del infierno había sido clave para herir a Makoto.

Tragó saliva. Más de una docena de santos de plata y bronce fueron necesarios para herir a su compañero. ¿Cuánto haría falta para vencer a Caronte de Plutón? Incluso si ahora no contaba con sus legiones, era un enemigo poderosísimo.

—Mi hermana es muchísimo mejor que yo —replicó Nico, mirándole. Tenía la cara perlada de sudor, aunque no era claro si por el esfuerzo o la preocupación. Se habían internado en la oscuridad no desde el planeta Tierra, sino desde algún punto paralelo al espacio exterior—. Ella es la maestra, yo el aprendiz.

A Retsu le dolió tanto la boca al intentar responder, que empezó a temer que se fuera a congelar. Decidió confrontar tal posibilidad con movimiento constante, poniendo sumo cuidado en ello. Primero despegó las piernas y luego las manos entumecidas.

—Pues ahora el aprendiz va al rescate de la maestra —dijo el santo de Lince una vez pudo estar de pie. Un picor le recorría todo el cuerpo y estaba muerto de frío, pero pudo sonreír y bromear, así que no estaba todo perdido—. ¿De película, no crees?

—Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos —dijo Nico—. Viste la cara de Soma cuando nos abandonó. Él sigue viendo a esos niños.

—Ajá… me pregunto…

—¿Qué cosa?

Retsu negó con la cabeza, no podía decirle que le preocupaba el haber dejado de oír esos lamentos solo porque alguien había matado al mensajero.

«Así somos los santos de Atenea. Olvidamos los problemas que otros resuelven.»

—Me pregunto por qué tu hermana no se ocultó aquí —mintió Retsu.

—Porque es más peligroso aquí —dijo Nico sin inmutarse.

Como para hacer énfasis a su explicación, escucharon el sonido de una criatura al deslizarse. El mismo sonido que precedió a tanta locura.

—Siento haberte metido en esto —se disculpó Retsu—. Si es por rescatar a tu hermana, habrías podido haber cruzado el pasillo y sería más rápido.

—Hay otra razón —dijo Nico, haciendo caso omiso a la disculpa—. Desde hace rato, las paredes dimensionales se están debilitando. Las que rodean el río que navegamos, quiero decir. Creo que antes era imposible viajar de este modo aquí.

Una sonrisa se formó en la cara del santo de Lince.

—Supongo que algo de riesgo no retiene a un santo de Atenea.

El santo de Can Menor asintió.                    

—Aparte de que solo de este modo podré llevarte donde está tu maestro, creo que me facilitará llegar a donde está ella después. Estoy acostumbrado a cómo funciona este lugar, sin pasillos infinitos. Además, puedo olerla desde aquí.

Ante semejante declaración, Retsu no pudo menos que reír.

—¿Qué ocurre?

—Pues que dices que estás oliendo a tu hermana, ¿te parece normal?

—Claro —dijo Nico—. Soy un perro. Los perros nos guiamos por el olfato, ¿no?

—Dicho así… —respondió Retsu, quien siguió riendo un rato más.

La risa era el mejor acompañamiento en ese viaje lleno de incertidumbre. Rodeado de la oscuridad nacida del alma de un amigo, Retsu decidió entregar a Nico toda su confianza, tal y como le había obsequiado con su respeto. Pues las sombras de más allá eran por mucho peores, más heladas y llenas de esa presencia ominosa que amenazaba con arrastrar a la locura a toda la tripulación del Argo Navis Negro.

Y aun así, Nico de Can Menor no se quejó en ningún momento. Siguió adelante, tratando de reconfortar a quien era mayor que él, porque así era el hermano de Bianca, en el fondo. Un santo de bronce de corazón ardiente, valiente como los antiguos héroes.

 

***

 

A pesar de que la oscuridad envolvía el camarote, la aparición que hablaba y actuaba como Akasha de Virgo fue tajante en su orden hacia Kazuma.

—Vístete, esto no es ningún burdel.

Bianca pudo oír con precisión cómo su amante tragó saliva, antes de obedecer. No era por la admiración que decía haber sentido por la guardiana del sexto templo zodiacal, merced de su buen corazón, sino más bien que la voz de Akasha estaba impregnada de una autoridad que le era natural, como si desde un principio hubiese nacido para liderarlos. Las implicaciones de eso eran lo bastante claras como para que la santa de Can Mayor actuara con cautela, escogiendo bien sus palabras.

—Su Santidad, Willy… Es decir, el santo de Ballena, ha atacado a un aliado nuestro. Como recordará, los caballeros negros, los guerreros azules y los ejércitos del mar luchan ahora por una misma causa, que es la protección de la Tierra sobre las huestes del Hades y quien las dirigió contra nosotros, Caronte de Plutón. Es por eso que me he interpuesto en su camino, para detener una acción contraria a sus deseos.

—Tiene sentido. ¿Puedes explicar esta acción tan irracional, Ishmael?

Todo lo imponente y aterrador que había sido el finado santo de Ballena desapareció después de verlo agarrado de las orejas por una joven más baja que ambos. Aun así, cuando Ishmael habló, lo hizo con un aire tan impasible que helaba el alma.

—Es muy simple, Su Santidad. Los caballeros negros ya han cumplido su papel.

Kazuma, ya vestido, procedió a armarse sin detenerse un solo momento, como si lo que allí se decía no fuera con él. Pieza a pieza, se iba preparando para la batalla.

«Yo no lucharía con ella por ti —pensó Bianca—. ¿Lo sabes, verdad?»

Ella lo tenía claro. Aun así, trataría de evitar el conflicto.

—Caronte de Plutón vive. Por tanto, ninguno de nosotros ha cumplido su papel.

—Explícate, Ishmael —pidió Akasha.

—Por supuesto. —El santo de Ballena hizo una inclinación. No era de los que admiraron a Akasha, ni como aspirante, ni como general de la división Pegaso, ni mucho menos como la exiliada que llegó a manipular incluso a la división Cisne, pero era apegado a las normas y muy consciente de que se dirigía a la Suma Sacerdotisa—. Vuestro objetivo, como representante de Atenea en la Tierra es claro. Buscáis crear un mundo sin maldad. Los caballeros negros son parte del mal de nuestro pasado, por tanto, debe ser erradicado. Me parece una lógica bastante simple.

—Es el tipo de conclusión al que un estirado como tú llegaría —bufó Bianca.

—Es la conclusión a la que él ha llegado —replicó el santo de Ballena, para cuyos ojos la oscuridad del ambiente no tenía ninguna importancia. Estos podían ver, con total claridad, al ya armado Kazuma de Cruz del Sur Negra—. ¿Es que no has escuchado cómo este condenado a muerte se acicalaba para la tumba?

De nuevo, la respuesta de Kazuma a aquella situación era un silencio fúnebre.

Fuera, sin embargo, no había silencio, sino el sonido de cuerpos al caer. Bianca pudo percibir uno más allá de Ishmael y Akasha, la silenciosa juez. Era un cadáver. Los muertos estaban llenando el pasillo y no por causa suya.

—¿La culpa te corroe, eh? —preguntó Bianca sin mirarlo.

—Ya te había explicado cómo me siento —respondió Kazuma—. Los justos prosperan y los malvados son castigados. Cuando acaba nuestra obra, los malvados…

—… Sois vosotros —sentenció Ishmael, terrible fiscal de ese juicio inesperado—. Todos los caballeros negros deben ser ejecutados de inmediato. Si no vas a permitírmelo, al menos limpia tu honor con su sangre.

Lo peor no era que Ishmael saliera del Hades para decirle eso, lo peor era que ella estaba dispuesta a aceptar. ¿Qué era un amante muerto en su larga lista de pecados?

—Hay una cosa que no me queda clara —dijo Akasha, atrayendo hacia así las miradas de todos—. ¿Por qué no has derrotado a Ishmael? Eres más fuerte, mucho más fuerte, de lo que él fue. Oh, no me mires así, Bianca. Sabes lo que somos.

—¡Su Santidad! —exclamó el santo de Ballena.

—Meras proyecciones del sentido de culpabilidad de una mujer al servicio de Atenea, convertidas en realidad para que su pronta muerte tenga un sentido, aunque en realidad no tenga ninguno. —La explicación de la Suma Sacerdotisa fue tan certera como audaz, sin pausas que nadie pudiera aprovechar para interrumpirla de algún modo—. Así pues, si tú has creado a esta simplificación del santo de Ballena y todo lo que has podido en su contra es ponerte a la defensiva, significa que consideras que tu causa está perdida.

Un nudo en la garganta impidió a Bianca contestar como debiera, tartamudeando:

—¿Mi causa? ¿Perdida?

Ella estaba atravesando el universo para vengarla. No esperaba nada más de la vida. Dejaba al mundo a salvo y entregaba su vida para algo bueno. Simple.

—Así es —dijo Akasha—. Te ves a ti misma como una existencia inaceptable. No es Ishmael quien te habla, ni soy yo la que impide que te mate. Todo esto que ves, oyes y sientes estaba en tu mente todo el tiempo. Te sientes culpable, sucia.

Solo hubo un consuelo para Bianca frente a un ataque tan certero, el de la mano negra de Kazuma tocándole el brazo. Al mirarlo de reojo, no vio ninguna clase de ruego.

Solo había una mortal comprensión.

—Entonces, Su Santidad —intervino Ishmael, carraspeando—, ¿puedo matarlo?

Habló en tono bajo, lleno de dudas. No le gustaba que le dijeran que él no existía.

—¿Impedirías que tu compañera lave sus pecados? —cuestionó Akasha, haciendo que el santo de Ballena retrocediera dos pasos y se pusiera en posición de firmes—. Eres tú, Bianca, quien debe eliminar este mal de mi vista.

Antes de poder decidir que aceptaba esa orden, las manos de la santa de Can Mayor se tensaron. Desgarraría aquella garganta que besó hacía un momento.

—Por el bien del mundo —dijo Bianca—. Por eso, yo haré cualquier cosa.

—Mátalo —ordenó Akasha—. Y después, mátate tú.

Todos quedaron atónitos. Por primera vez, Kazuma hizo amago en decir algo, siendo detenido en seco por el brazo de Bianca, mientras que Ishmael renegaba.

—¿Vos ordenáis tal cosa? —cuestionó el santo de Ballena, horrorizado—. Vos que amáis a los santos de Atenea más que nada en este mundo. Vos que aseguráis que los santos no mueren. ¿Vos pedís el suicidio, en lugar de la sentencia de un juicio justo?

—Por el bien del mundo —recitó Akasha, usando justo el mismo tono empleado por Bianca—. Busco un futuro sin maldad. ¿Cómo podría tenerlo, si dejo que el mal exista?

Con un gesto de asentimiento, Ishmael de Ballena aceptó tal lógica, pero seguía extrañado, como si no pudiera procesar que la líder del Santuario hubiese dado esa orden. Aquello aterró a Bianca más que la orden en sí: no eran simples ilusiones de algún mago cruel escondido entre las estrellas, era su interior juzgándola, condenándola. Allí estaba Akasha, estableciendo su futuro perfecto; ahí estaba Ishmael, enfrentado a su propia idea de justicia y las órdenes que recibía. ¿Podía ser que un tercer factor lo hubiese anulado ahora? Amor tal vez. Bianca quería creer eso.

No importaba, porque era Akasha a quien temía, no a Ishmael. Miró hacia abajo, sus garras estaban listas para matar a un buen hombre. Tanto daba si después segaban su propia vida. La vida de una persona capaz de matar a un buen hombre, no valía nada.

Dio la vuelta, dando la espalda al fiscal y la juez, viéndose las caras con el condenado.

—Me repugnas —oyó decir a su espalda, era la voz decepcionada de Akasha.

 

***

 

Así como los cuerpos de las víctimas de Hybris habían caído a lo largo del barco, las almas de estos llegaron a la Prisión Fantasma. Quienes allí combatían con los chamanes y las criaturas mágicas que usaban como armas de guerra no tenían tiempo para decidir si dichos espíritus habían sido sacados del Hades o eran una proyección más de las culpas de los tripulantes del barco, porque a una orden de Xian, el Sabio, la vanguardia del clan empezó a usar aquel material espiritual como pólvora.

Ese fue el momento para Aerys de esconderse tras el escudo humano. Las explosiones sacudieron el Ataúd de Hielo en que estaba Cristal, sin causarle el más mínimo daño.

—¿No te da vergüenza? —cuestionó Fang, quien había tenido la misma idea.

—Ninguna —respondió Aerys.

Después, los discípulos de Sneyder miraron a su carta del triunfo. Enfrentados a seres cuya existencia nacía de los resentimientos de Noesis para consigo mismo, solo podían confiar en que el propio santo de Triángulo reuniera la fuerza suficiente para sellarlos a todos de un solo golpe. No importaba que el cosmos fuera el motor de los milagros humanos, Aerys había comprobado en mil ocasiones que su Aliento de Sol Caído ni tan siquiera agitaba a los espíritus, siendo indispensable el fuego fatuo controlado por Fang.

Un batallón de duendes bajó desde las alturas armados con porras de magma. Eran cincuenta y llenaban todo el espacio entre los discípulos de Sneyder y Noesis.

Tan pronto Aerys dio un paso, se dio una nueva explosión contra la estatua de hielo.

—¡Juegan con nosotros! —se quejó Aerys.

—¿Tenemos que seguir sintiéndonos mal por el pecado de mi amigo? —preguntó Fang.

Un solo vistazo hacia arriba, donde un grupo de niños reunía a sus espíritus sobre una gran nube de tormenta, bastó para que el santo de bronce se aclarara las ideas.

—Hizo lo necesario —dijo Aerys—, pero no lo culpo por sentir remordimientos.

—Yo sí —aclaró Fang, dando un gran bostezo—. Si no los sintiera, ahora estaría…

Todo su cuerpo se inclinó hacia abajo, como si fuera a quedarse dormido, pero en el momento justo giró y salió de esa trinchera que solo era tal por el puro sadismo del grupo de chamanes. En el mismo movimiento invocó la Triple Llamarada, tres corrientes de fuego azulado que salían de sus manos y su boca, golpeando cada una en diferentes direcciones. La técnica cubría una gran área y no solo pudo desintegrar la nube tormentosa antes de que esta terminara de cubrir el cielo sobre la plataforma de la Prisión Fantasma, sino que también obligó a retroceder a toda la vanguardia del clan de chamanes, dando a los demás unos valiosísimos segundos de descanso.

A la vez, Aerys saltó sobre los duendes y les repartió una tanda de puñetazos, quebrándoles primero las cabezas y luego pateándolos fuera de la plataforma. Ya había descubierto que su técnica, si bien efectiva con otras de esas criaturas, no causaba el menor efecto en los duendes. De hecho, las porras con las que algunas de esas rápidas criaturas le llegaron a golpear la espalda más de una vez estaban hechas de su cosmos.

—¡Listo! —celebró el santo de Erídano.

—Son parecidos —dijo Fang, viendo a los chamanes replegándose—. ¿No crees?

—¿A qué te refieres?

—Las criaturas que invocan. Son parecidas a un eidolon, como el Ra´s Al Ghul del subcomandante Zaon. Solo que no están hechos de cosmos.

—El principio es el mismo —dijo Noesis—. Puede que yo hablara de más. Puede.

Los santos de Erídano y Cerbero replicaron a la vez:

—¡Pues claro que hablas de más, céntrate en tu tarea!

 

Noesis sonrió. Claro que necesitaba centrarse, pero no podía dejar de hablar cuando el tema era justo el arte de invocar a espíritus de la naturaleza. Al fin y al cabo, incluso si Zaon había sido el primero en reproducir esa técnica, usando su propio cosmos en lugar de la fuerza espiritual de algún rincón del mundo, era Noesis quien plantó esa idea en los días en que fue reclutado por la división Dragón. Le interesaba sobremanera la magia que los chamanes dominaban, si bien solo había logrado aprender a lidiar con espíritus malignos antes de tener que realizar su cometido. En cualquier caso, él no tenía afinidad para los espíritus de ninguna clase, no le apreciaban, olían su pecado.

 

La batalla se retomó con una intensidad tremenda. Tras repeler a las doncellas y su viento helado, Aerys hubo de sostener una breve batalla con dos toros antropomorfos armados con enormes martillos. Por cada vez que aquellos acertaban en el santo de bronce, la plataforma entera temblaba y de las grietas salían lagartos con un carbúnculo en la cabeza, los cuales saltaban al campo de batalla formando barreras reflectantes allí donde les parecía. El Aliento del Sol Caído y la Triple Llamarada, al hacer contacto con tales escudos, invisibles a los sentidos convencionales, eran reflejados, provocando un caos terrible. La derrota habría sido total e inmediata si Fang, de sentidos refinados para el mundo espiritual, no hubiera estado allí para darle la vuelta a la situación.

Sus ojos habían estado atentos en todo momento, distinguían las almas de los chamanes, poseedoras de una gran resistencia espiritual, de aquellas que usaban como pólvora. Para ese momento comprendía a la perfección que esa estratagema, que obligaba a ambos santos a ponerse a la defensiva, impelía al mismo tiempo al clan a emplear solo una pequeña fuerza en primera línea de fuego. Temían aquellas explosiones. Concentrando su cosmos en las manos y la boca, decidió darlo todo a esa apuesta: apuntó a los escudos reflectantes, tan parecidos al Muro de Cristal, calculando de antemano de qué forma iban a ser reflejados. Las consecuencias no fueron previstas por los chamanes, sabían de antemano que no iban a sufrir ningún daño.

Entonces sucedió una brutal explosión que llenó el cielo entero. Toda aquella pólvora espiritual reunida estalló por la hábil ofensiva del santo de Cerbero.

El par de minotauros miró arriba, inquieto. Aerys no dudó un solo segundo en saltar sobre el más grande de ellos y molerlo a puñetazos. Para cuando el hermano pequeño, el más fuerte, quiso socorrer al mayor, ya era tarde, y Aerys intuyó que ninguna barrera protectora lo cubría. El Aliento del Sol Caído lo borró de la faz del mundo.

Los discípulos de Sneyder se miraron, sabiendo que no era tiempo de celebrar la victoria. Mientras Fang inició la caza de las lagartijas, que en vano trataban de esconderse en las grietas de la plataforma, Aerys empezó a concentrar los rescoldos de la enorme explosión en una sola esfera de poder. La Ascensión del Hijo Pródigo. No había nada que temer de aquella decisión, el santo de Erídano no solo se había fortalecido en la batalla previa a aquel viaje, sino que ahora medía mejor la cantidad de fuerza que podía dominar. En muy poco tiempo, reunió una pequeña estrella entre sus manos, de una densidad tremenda y un calor acaso tan grande como para descongelar a Cristal, o darles una buena lección a aquellos fantasmas mágicos.

No fue posible tomar la decisión. Incluso la caza de lagartijas de Fang hubo de detenerse cuando empezaron a oír un sonido del todo absurdo.

—¡Un tren! —exclamó Aerys, viendo que el fuego azul adoptaba las forma esperada de unas vías de hierro. Todavía no se veía el vehículo. Sin embargo, sí que se oía el sonido característico—. Bueno, no pasa nada, lo destruimos.

—¡Sirena! —dijo Fang, señalando el lado contrario. En efecto, una criatura mitad pez, mitad hermosa doncella, nadaba entre las llamas azules tal que fueran el mar que la vio nacer, mientras cantaba y acariciaba el arpa.

 

«Mis fuerzas —pensó Noesis—, se evaporan.»

La sirena cantaba para él. El eidolon de Salomón, el padre de Retsu, era para destruirlo todo. Fang y Aerys podrían vencerlo juntos, pero si lo hacían demasiado cerca de donde estaban daría igual: la explosión de los restos llenaría la Prisión Fantasmal de toda clase de enfermedades. Trató de advertirlos.

No pudo, la sirena lo había silenciado.

 

—Mira, ahí viene el tren —dijo Fang, señalando el infernal vehículo que venía a por ellos desde más allá de las llamas azules—. Me da mala espina.

—¿De qué hablas? Es un tren, chucho tricéfalo. Seguro que lo puedes moler a golpes. —Para Aerys, era más urgente ocuparse de la sirena cantarina. Le picaban los oídos de solo oír esa vocecilla—. Yo me ocupo de freír al pescado, mientras…

—Mejor al revés.

—¿Qué?

—Hazme caso. Destrúyelo. ¡Ya!

—Tú te disculparás con Cristal luego. Si vive.

De todas formas, según entendió más adelante, no era seguro que un millón de grados bastara para destruir el hielo creado por un santo de oro.

La Ascensión del Hijo Pródigo, un sol en miniatura, fue arrojada hacia el eidolon que venía hacia ellos. Era un tren antiguo, del siglo pasado, con el rostro de un demonio encabezando los diversos vagones cargados de malevolencia. Todo el humo que expulsaba en su avance hipersónico era más que tóxico; de estar atravesando una zona habitada, todos los que respiraran habrían visto acortadas sus vidas, reducidos a una existencia donde los cinco sentidos eran tan solo un recuerdo. En el momento antes del impacto, abrió una boca de dientes afilados, devorando la estrella que habían arrojado hacia él como si fuera una golosina. Tan solo duró tres segundos más. La explosión subsecuente lo aniquiló de adentro hacia afuera junto a las vías, consumiendo hasta el último átomo, tal y como cabía esperar de un auténtico santo de Atenea.

Aerys no podía saberlo, pero ni siquiera las enfermedades que cargaba aquel tren infernal llegaron hasta ellos gracias al tremendo poder que había desatado.

Mientras, Fang de Cerbero había logrado otra victoria aplastante, en más de un sentido. Siguiendo al pie de la letra la sugerencia de Aerys, había tratado de incinerar a la sirena con la Triple Llamarada, logrando apenas interrumpir la música. El eidolon irritado descendió a la plataforma y emitió un chillido tan, tan molesto, que la furia de Fang alcanzó un nuevo límite. La masa sanguinolenta en el suelo era prueba de ello.

—Bien, una criatura mitológica y un tren del siglo XX, ya no se puede poner peor.

Las palabras de Aerys por poco hicieron que los ojos de Fang se le salieran de las órbitas, pues justo en ese momento el clan de chamanes se había repuesto de la previa explosión, retomando la formación de un remolino compuesto por almas errantes. Habían perdido efectivos y armas de guerra, pero seguían siendo un enemigo terrible. Salomón y la hija de Xian habían separado del remolino de chamanes un grupo de tres magos que por alguna razón estaban sacrificando a todos los duendes de fuego, damas de hielo y viejos milenarios con todo y sus nubes de tormenta.

—Cierra la boca —pidió Fang.

En el lado de la plataforma que protegía el Ataúd de Hielo, justo frente a Noesis de Triángulo, apareció una doncella de blanca piel, hecha de nieve, ropas traslúcidas que ondeaban como el viento y cabellos azules que recordaban al hielo. La mitad del cuerpo se perdía en las llamas bajo la plataforma, pero eso no parecía afectarle lo más mínimo.   Más allá de la ola congelada, bajo la cual los santos de Erídano y Cerbero se posicionaron, para proteger a su compañero, apareció de un lado un gran ogro de aspecto leonino y enormes cuernos retorcidos hacia su espalda, y del otro un colorido quetzal del mismo tamaño que los demás seres, cada uno comparable al de los grandes edificios de la Tierra, despidiendo multitud de rayos que se perdían por doquier.

—Vale, estamos atrapados, ya no se puede poner peor —dijo Aerys.

Miraba a Noesis de Triángulo, poderoso como nunca había sido, predispuesto a sacrificar su vida para detener a aquel enemigo que él había creado.

En los ojos del santo de Erídano quedó reflejado el Sumo Sacerdote del Santuario.

 

A diferencia de Aerys, que acaso lo confundiría con Kanon, y Fang, que una vez más le ordenaba callar, Noesis supo enseguida de quien se trataba.

—Nada de sellos —ordenó Saga de Géminis, tocándole el hombre.

En ese mismo instante, todo el cosmos reunido por Noesis se extinguió.

A sus pies, como compensación, apareció el tridente de Libra.

—El Viejo Maestro y yo no siempre concordamos —explicó Saga—. Pero sobre esto no hay duda ninguna, los chamanes poseen el poder para sumir el mundo en el caos. Debes destruirlos a todos, sin excepción.

Aquello no había sucedido así. Noesis, sin poder controlar a un eidolon como los demás, había adquirido la facultad de sellarlos y sopesó la idea de castrar a ese grupo enemigo, en sentido figurado. Pero el Sumo Sacerdote descartó esa opción, arguyendo que había demasiados espíritus en el mundo como para que ese tipo de solución bastara. ¡Incluso uno de ellos había creado un eidolon artificial, juntando seis espíritus entre los que se contaban el del fuego, el del metal y el de las enfermedades! Noesis decidió buscar consejo en el santo de Libra. La respuesta del Viejo Maestro fue tajante:

—Haz lo que te dicte tu corazón —dijo Dohko.

Eran tiempos turbulentos, demasiados elementos rebeldes en el Santuario. Lo que decidió Noesis en ese contexto fue que tenía que asegurar la paz en el mundo.

Con una sola arma de Libra, pudo dar muerte a quinientos chamanes.

Del mismo modo, con esa arma podía salvar a Cristal y a los demás, si la tomara.

«Si la tomo —pensó Noesis—, volveré a matarlos.»

Era ridículo si lo pensaba un momento, había decidido enfrentarlos y sabía en su fuero intento que no eran siquiera las almas de quienes mató. Sin embargo, poder arreglar las cosas de otro modo era algo que su corazón necesitaba.

Tal vez esa era razón de que los demás no pudieran destruirlos.

 

Los eidolones habían empezado su ataque. Mediante la Triple Llamarada, Fang pudo frenar la versión titánica del Polvo de Diamantes que les arrojó cual soplo glacial la Dama del Invierno.  Pero el Ataúd de Hielo que les servía de barrera había empezado a sufrir el impacto constante de un sinfín de rayos, arrojados por el Rey de la Primavera, y los feroces puñetazos del Señor del Verano, el ogro de piel negra como el carbón que ostentaba la mayor potencia entre los tres entes. 

—¿Sabes qué te digo? —dijo Aerys—. ¡Que se puede poner peor!

—¿¡No me digas!? —exclamó Fang.

Aerys señaló al cielo.

—Sí te digo, mira arriba.

—¡Como si tuviera tiempo de…!

Había obedecido antes de hablar, por puro instinto. Más allá de la trinidad de chamanes, una gran serpiente de mar con diversas alas surgiendo de su cuerpo giraba al mismo ritmo que el remolino de espíritus que lo impregnaba todo. La hija de Xian sonreía a la criatura, cuya boca era lo bastante grande como para tragarse la plataforma de una sentada. Salomón, al tiempo, alzó su puño y recitó un conjuro que nadie pudo oír, pero que temieron todos los que tuvieron la desdicha de verle mover los labios.

El anillo que ostentaba en el dedo corazón se agrietó siguiendo el compás del hechizo, terminando por estallar en una nube de pedazos imperceptibles. Tales restos volaron más allá de donde estaba Xian, invocando la más densa oscuridad.

Algo empezó a descender de las tinieblas recién formadas, generando un sonido semejante a aceite derramándose mientras el cuerpo, humanoide, iba manifestándose a la vista de todos. La criatura era de piel roja, con un exosqueleto negro, como el de un insecto, a modo de armadura. Tan pronto el rostro quedó a la vista, siendo idéntico al de un diablo salido de las leyendas cristianas, aquel eidolon desplegó alas de murciélago y agitó la afilada cola que surgía de su columna, rasgando el aire. Era, en verdad, un demonio capaz de traer terror al alma de los hombres con solo ser contemplado. El propio Fang quedó paralizando, viendo con impotencia cómo los lagartos supervivientes se posaban en los hombros de los más poderosos chamanes, para que nada los alcanzara, o más bien, para que la destrucción que estaba por conjurarse solo rebotara.

Pues el diabólico eidolon, presagio del fin de los tiempos, alzó las garras de la regia mano derecha hacia la oscuridad, que goteó entera antes de dispersarse y revelar lo que tanta pompa escondía: la visión de un cielo estrellado, que una lluvia de meteoritos cruzaba a toda velocidad. Además de numerosos, cada uno era lo bastante grande como para aniquilar por sí solo la plataforma con todos los allí reunidos. En comparación, el resto de criaturas, hasta las que los rodeaban, eran solo un aperitivo.

—Aniquílalos —ordenó Salomón—, Príncipe del Otoño.

El diablo hizo descender el brazo y los meteoritos aceleraron aún más, mientras que los chamanes ensanchaban el círculo. Solo Xian, su hija y el propio Salomón permanecieron donde estaban, seguros de que nada los alcanzaría.

 

***

 

Ícaro de Sagitario Negro, vencedor de sus propios deseos mundanos, se veía una vez más en una encrucijada. En el pasado, sabía, hubo hombres que debieron escoger entre seguir a su padre, o a su madre; a él se le presentaba esa elección después de haberla hecho, en un punto en que ya no tenía sentido siquiera considerarlo.

Por la causa, por el plan de Gestahl Noah, él se había quedado en la Tierra, dejando que su propia madre, al borde de la muerte, se uniera a los argonautas.

—¿Vas a compadecerme? —preguntó Hipólita.

—No —dijo Ícaro, viendo el ceño fruncido de aquella criatura hecha de la sangre derramada por Hybris. A ese ser fruto de sus propios logros—. Tú no eres alguien que necesite la compasión de nadie, eres una guerrera, de la cabeza a los pies.

Hipólita asintió, tranquilizándose.

—Entonces, ¿lo aceptas?

—Sí, yo te abandoné. Yo no soy un buen hombre.

—Claro que no, ningún caballero negro podría ser un buen hombre —dijo Hipólita.

—Eso es —admitió Ícaro, relajándose. Como el condenado a muerte, dejaba su cuerpo al alcance del verdugo—. Para matar a todos aquellos que hacían el mal en la Tierra, nosotros teníamos que convertirnos en el mal.

—Es por eso que…

—Es por eso que…

Hipólita esperaba las palabras mágicas. El monstruo aceptando ser un monstruo. Tal vez, después, pudiera descender al Hades, allá donde los violentos ardían por la eternidad. Sin embargo, de pronto fue incapaz de hablar y de moverse.

También la criatura hecha de sangre calló. En realidad, ya no estaba formada por tal líquido vital, sino que manteniendo la silueta humanoide pasó a representar primero una gran oscuridad y después un espacio brillante, lleno de estrellas. Más adelante, las galaxias, en aquel movimiento eterno y prefijado que era indiferente a cualesquiera historias que sucedieran en los mundos que albergaban. La imagen se amplió todavía más, revelando tantos cúmulos galácticos que la Vía Láctea era ya imperceptible, hasta que Ícaro pudo ver, de una sola vez, el universo entero y comprender lo diminuto que era. Tan grande era la fuerza que ante él se estaba manifestando, un cosmos tan vasto que bien podría albergar todo cuanto veía. Sintió ganas de vomitar.

—Dime —dijo una voz ominosa, emergiendo desde muy lejos, hasta el punto de perder claridad—, ¿no estabas haciendo algo?

—¿Eh? —Ícaro no podía entender que un ser tan poderoso se fijara en él. Por encima de los santos de oro, superior a los héroes legendarios con los que Hybris evitaba cualquier conflicto. Un ser divino, sin duda alguna. Uno auténtico, no como las nereidas de cabello azul; estas tenían una energía cósmica privilegiada respecto al común de los guerreros sagrados, pero nada en comparación a eso—. Yo… estaba… vigilando… —Se llevó las manos a la cabeza, tratando de recordar. Se dio cuenta de que le dolía horrores—. Lesath de Orión. Rin de Caballo Menor. Ethel. ¡Mi hermana!

La deidad asintió, conforme. Ante semejante gesto, la puerta tras Ícaro no pudo sino abrirse de inmediato, revelando un nuevo episodio de locura.

 

***

 

La lucha que ahora Rin sostenía era mental, idéntica a aquella que libró mientras dormía, a la vez que diferente. El cosmos de la santa de Caballo Menor permanecía estático, como agua estancada. Si no se volvía más fuerte, no había manera de que pudiera derrotar a aquel nuevo enemigo que la mantenía contra el techo.

«¿Quién puede ser? —se preguntó Rin.»

No podía ser una cualquiera si Lesath no desprendía ninguna clase de agresividad hacia ella. Tan inofensivo se había vuelto, que el enemigo ya no se molestaba en ejercer sobre él ninguna clase de control, dejando que se moviera con total libertad.

—Ethel de Hércules —se presentó la enmascarada—. No te molestes, no estoy controlando tu cuerpo, sino tu mente. Estoy en tu mente, de hecho.

—¿Qué significa eso, Lesath? —preguntó Rin, resistiéndose de todas formas.

Pasado el impulso de adrenalina, el dolor del esfuerzo realizado le recorrió todo el cuerpo. Gritó para confrontarlo mientras pensaba alguna clase de solución.

—Ella es Ethel —respondió Lesath—. Parte del futuro que pudo ser, si yo…

—Sientes culpa —asintió Ethel—. Remordimientos.

—Pensaba que todo habría valido la pena si… —Viendo de reojo a la santa de Caballo Menor, Lesath sacudió la cabeza—. ¿Qué importa? No ocurrió. En mi mundo, la Suma Sacerdotisa está muerta, ¿qué importancia tiene lo que pase en otros?

—Dímelo tú —pidió Ethel. Frente a Rin, que no dejaba de luchar, perdiendo sangre, a ella no parecía costarle nada mantenerla quieta—. Nací de tu alma.

Por cada paso que la santa de Hércules daba hacia él, Lesath retrocedía.

—Puede que le haya dado muchas vueltas a lo que pudo ser.

—¿Puede?

—Lo he hecho —admitió Lesath, ya contra la pared—. ¿Y por qué no?

—Porque eres un santo de Atenea —dijo de Ethel—. ¿Qué será de tu mundo si quienes lo defienden viven aferrándose al pasado?

Ante aquella pregunta, con la que Rin comulgaba, Lesath esbozó una sonrisa.

—Yo creo que unas reliquias como nosotros no podríamos hacer otra cosa que esto.

—¿Así que te ves a ti mismo como eso, una reliquia?

—¡Señor Lesath, no tiene que responder a eso! —gritó Rin. Al menos eso sí se lo permitía—. ¡Luche! ¡Ella no es Ethel! —Incluso si no podía asegurar tal cosa, necesitaba que alguien distrajera a aquella talentosa psíquica. Ya había descartado tratar de liberarse con una gran explosión de poder en el momento oportuno, optando por concentrarse en su cosmos tal y como le habían enseñado en el entrenamiento. Si había alguien dentro de ella, lo expulsaría—. ¡Luche de una vez! ¿O es que no es más que un anciano que se duerme en el trabajo y al que hay que llevar a la cama a cuestas?

Le pareció que aquel insulto enojaría a Lesath, pero este se limitó a encogerse hombros.

—Más que viejos y jóvenes, somos la vejez en sí. Dioses, mantos sagrados, Guerras Santas… ¿A quién le importa todo eso hoy en día? Existimos justo gracias a aquello que juramos combatir. Somos parásitos de una historia milenaria que habla de genocidios enmascarados de juicio divino. Nos escandalizamos de los crímenes de Hybris, maldecimos cada que un dios baja a la Tierra a aniquilarnos, pero no cambiamos ni un ápice, ni ayudamos a que el mundo cambie. Un cambio nos destruiría a todos. Hombres, dioses y santos. ¿Cuál sería el lugar de cada uno si no existiesen el pecado y el castigo? ¡Sí, desde el día en que vestí este manto sagrado he sido un anciano consciente de ello, hasta que me permití soñar con ese cambio que todos tenemos! ¿Lo comprendes? ¡Me permití soñar con un mañana que he visto hecho pedazos! ¡De ahí has nacido tú!

Al principio se había dirigido a Rin con una brutal indiferencia que interrumpió cualquier plan que pensara llevar a cabo, sin embargo, al final había aumentado en intensidad, señalando a la supuesta Ethel, que solo ladeó la cabeza.

—Así que he nacido de un sueño tuyo.

—Dicho así, suena horrible. Olvídalo.

—¿Fue antes, o después de quedarte dormido en el trabajo?

—Déjalo, no vas a conseguir que…

Pero algo golpeó a Lesath a medio discurso, estampándolo contra la pared. Rin pudo verlo un momento antes de que, como por arte de magia, desapareciera el control que el enemigo ejercía sobre ella. Era un coloso color rosado, humanoide, con una piel de león cubriéndole la cabeza, los anchos hombros y la espalda. De cintura para arriba no tenía ninguna otra prenda, quedando reflejado un cuerpo musculoso y grueso que resistió sin la menor agitación el contraataque de Lesath, un veloz placaje en que usó todo su cuerpo. El más desigual de los combates inició entonces, siendo el santo de Orión proyectado contra todos los rincones del cuarto, una y otra vez.

—Es mi eidolon —explicó Ethel, esquivando sin dificultad los mil puñetazos que Rin le arrojó en un solo segundo—. Una técnica inventada por Zaon de Perseo, aunque es más correcto decir copiada del arte de invocación de los antiguos chamanes. —Diez mil puñetazos de la santa de Caballo Menor pasaron por diez mil posiciones del ser, sin alcanzarla una sola vez—. Se invoca a un espíritu de la naturaleza y se le pide que luche en nombre del invocador. La diferencia con el eidolon de un santo de Atenea es que los nuestros no son criaturas de naturaleza mágica, sino cósmica. Son una esquirla del espíritu dormido en las constelaciones que nos guardan y no tienen nuestras limitaciones como mortales. Heracles puede moverse a la velocidad de la luz.

Rin podía creérselo, y a la vez no, porque solo golpes con esa magnitud podrían reducir al antiguo subcomandante de la división Fénix a un simple saco de boxeo, pero durante la guerra entre vivos y muertos había visto lo que un impacto a la velocidad de la luz hacía con un manto de plata. ¿Tanto había mejorado Orión con su resurrección?

—¡Ya te tengo! —exclamó Lesath, dando un salto hacia el enemigo, el cual solo lo esquivó para encajarle un rodillazo en la espalda.

Como otras veces, Lesath fue proyectado contra el maltratado techo, pero hubo una diferencia a medio camino. Él giró sobre sí mismo, con la pierna impregnada de un calor tremendo. Heracles, en posición de ataque todavía, recibió la inesperada contraofensiva en todo el cráneo, quedando de rodillas por unos segundos. La cabeza del eidolon había perdido un tercio de su masa, aunque eso no parecía afectarle.

—Si coordinas bien los tiempos, puedes superar una diferencia de velocidad limitándote al contraataque —murmuró Ethel, como hablando para sí misma—. ¿Harás tú igual?

La miraba a ella, quien había alcanzado una rapidez que no podía seguir, a costa de su salud. Rin sentía poder dar cien mil puñetazos en un solo segundo, pero eso no sería suficiente. Los esquivaría todos. Necesitaba esa velocidad que se acercaba a la de la luz, así fuera una centésima. Se preparó para ello, alzando la guardia.

Más allá, recibiendo otros diez envites en busca de la oportunidad de un nuevo contraataque, Lesath le sonrió. Fue una sonrisa triste, sin alegría.

Conforme el cosmos de la santa de Caballo Menor crecía, las heridas empezaron a arderle, sobre todo las internas. Los huesos le temblaban, los músculos se tensaron hasta el punto de rotura. Estaba poniendo su vida en riesgo, pero al no poseer ningún manto sagrado, no podía arriesgarse a una batalla de desgaste. Necesitaba velocidad y potencia. Un golpe decisivo, solo necesitaba eso. La distracción por la que había orado antes, esa supuesta Ethel se la había concedido: Heracles le exigía cierto grado de concentración, impidiéndole al menos controlarla.

La técnica característica del tío Seiya, heredada de la subcomandante Marin. Rin había reunido suficiente poder como para que ambos se sintieran orgullosos y lo apostó todo a una sola carta, complaciéndole de ver cómo el enemigo iba retrocediendo, dolorida.

Manto de Deyanira —susurró Ethel, recubriéndose al punto de un líquido azul oscuro que absorbía todos y cada uno de los golpes, anulando cualquier daño.

Un millón de veces acertó el Puño Meteórico en el blanco, sin hacerlo caer. Rin, horrorizada, abrió la boca para decir algo y vomitó sangre.

Mientras caía, la santa de Caballo Menor sintió que todo su cuerpo se rompía.

Por alguna razón, a pesar del intenso dolor que sintió entonces, al instante siguiente lo veía todo con mayor claridad. Veía la lucha entre Heracles y Lesath, sentía la preocupación del santo de Orión por ella. Degustaba y olía la vida por ella derramada en vano, provocándole el deseo de volver a levantarse. Apoyó las manos sobre la madera, resbalando primero y chocando de lado. Lo intentó de nuevo; esta vez pudo apoyarse. Luego las rodillas. ¡Cuánto le dolían! Aquellas piernas flacuchas suyas eran el mayor peso que jamás había levantado, pudo erguir el resto de su cuerpo, pero no ponerse de pie. Eso era imposible, había perdido demasiada sangre.

—¡Y un cuerno! —gritó la santa de Caballo Menor—. Ayúdame, cosmos.

Con esa plegaria saliendo de sus labios, logró alzarse, poco a poco. Solo entonces se dio cuenta de que Ethel ya no les prestaba atención ni a ella, ni a Lesath.

Miraba a la puerta, que poco después se abrió para dar paso al más fuerte de los caballeros negros. Todos, salvo Heracles, giraron la cabeza hacia allí, de modo que Lesath recibió un gancho directo.

—Quieto —ordenó Ethel, tratando de paralizar al recién llegado.

—Séptimo Sentido —replicó Ícaro, tras un momento inicial de horror—. Mente, cuerpo y espíritu reforzados. Controlarme no te resultará fácil.

Incluso Rin comprendió que el poder mental del enemigo había sido rechazado.

La psíquica no volvió a decir nada. En lugar de eso, arrojó sobre el caballero negro todo el poder de su mente con el propósito de picarlo de cintura para arriba. Solo logró desgarrar las ropas, quedando a la vista un cuerpo con marcas no muy dignas.

—¿Eso es un mordisco? —preguntó Rin, perpleja.

En lugar de responder, Ícaro cruzó el camarote a una velocidad increíble. La supuesta Ethel no lo pudo alcanzar, lo que solo dejaba lugar a una posibilidad.

«¡Velocidad de la luz! —pensó Rin, tambaleándose—. ¡No, debo ver esto!»

Pero había poco que ver. Como una red de luces oscuras, Ícaro descendió sobre Heracles, despedazándolo con el Plasma Oscuro. Los restos del eidolon quedaron reducidos a partículas de luz rosada, mientras que Lesath, que se había arrojado hacia él, recibió el último de los cien millones de puñetazos descargados por Ícaro.

La única pieza que sobrevivía del camarote, la cama, se partió en dos bajo el peso del santo de Orión, quien tardó un rato en levantarse.

—¿¡Y esto!? —exclamó Lesath, limpiándose la sangre que le bajaba de la nariz.

—Convertir a un ser puro como mi hermana en nuestro enemigo… —gruñó Ícaro, dándole la espalda—. Tienes el alma podrida, viejo verde.

—¡Pues si te molesta este viejo, lárgate, jovencito, esta es mi lucha!

—Deja de bromear, Lesath, tú ni siquiera te atreves a golpearla.

—Llévatela con Minwu —dijo Ícaro, mirando con fijeza a Ethel, a cuyo cuerpo habían ido a parar las partículas rosadas—. Si no, morirá. Llévatela. Aquí estorbas.

Pese a la dureza de las palabras, Lesath no reaccionó con furia, sino que miró de inmediato a Rin y el charco de sangre que había bajo sus pies. Tras asentir, se levantó y se acercó a la santa de bronce, soltando algún quejido sobre su espalda.

—Vámonos —dijo Lesath—. Esto es cosa de hermanos.

—¿Crees que voy a dejarlos ir? —preguntó Ethel, cerrando la puerta con el poder de su mente—. Estoy aquí porque él busca que lo mate. Eres tú el que está de más, hermanito, siempre estuviste de más en el corazón de nuestra madre.

—Basta de padres y madres —replicó Ícaro, apuntando con el dedo la puerta. Esta estalló en mil pedazos, merced de una mera onda de choque—. Como dijo el viejo, esto es entre tú y yo, porque yo siempre quise conocerte, hermana. —Solo al final, el caballero negro suavizó el rostro. Estaba sereno, seguro de sí mismo.

Aprovechando la salida improvisada, Lesath tendió la mano a Rin, animándola a irse.

—Si ya sé que soy viejo, pero no tengo nada de verde. Plateado, soy el señor plateado.

—Lo sé.

«Eres un buenazo.»

Tal y como estaba, Rin habría podido caerse de bruces, así que agradeció que Lesath actuara como apoyo. ¿Cuánta sangre habría perdido? Solo el cosmos la mantenía en pie y se extinguiría pronto, ahora que no tenía que librar ninguna batalla.

—Siento que debí aprender alguna moraleja.

«¿Qué tal pensar que por pequeños que seamos ahora, en el futuro seremos grandes leyendas que las nuevas generaciones usarán como ejemplo.»

Quería decir algunas cosas, pero cada que abría la boca, solo tosía sangre, a lo que Lesath le palmeaba la espalda. Al menos para sí misma, Rin admitió que la máscara era ahora mismo como un dolor de muelas.

—Paso a paso.

Lesath no dejaba de mirar atrás, cosa inútil. Ethel, que había perdido a Heracles en un mero parpadeo, tenía miedo de su hermano. Sabía que era alguien capaz de vencerla.

O, mejor dicho, Lesath era incapaz de concebir un santo de plata con Séptimo Sentido.

«Demos gracias a los dioses por los tradicionalistas.»

Al fin atravesaron la entrada. El pasillo también tenía mucha sangre.

Rin cerró los ojos, aliviada. Que la llevaran en brazos. Ya le daba igual.

—¡amolar! —gritó Lesath—. ¡Si es Hipólita!


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