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Juicio Divino: La última Guerra Santa


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375 respuestas a este tema

#361 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

  • 957 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Acuario

Publicado 12 agosto 2022 - 13:48

Cap 132. Nunca eligen el modo fácil...
 
Al fin Hashmal terminó de contar su parte de la historia, diciendo que detrás de esta ultima guerra santa hay quien está manipulando las acciones de todos para una nueva guerra como la que sostuvo el Zodiaco, pero que esta vez él puede evitar que empiece (ósea que después de 132 caps ¿la verdadera guerra no ha empezado?! Jesús...)
El caso es que Hashmal les pregunta si confían en él, y solo Itia sale con que sí, los otros dos Leo pequeños se guardaron su respuesta, pero cuidado que Lucile está haciendo música con el golpeteo de sus dedos (¿eso también vale para sus poderes? Vaya mujer...)
 
Total que Hashmal, alías Ió de Jupiter les suelta que para que pueda detener la guerra y acabar con este fic de una vez se ocupa que maten a Shun de Andromeda porque es el siguiente regente de los poderes de Jupiter y pues necesita recuperarlos... Sí, seguro ahora se lamenta la tontería de haberlos abandonado en primer lugar, BAKA!
Ikki se niega pese a que no es el Shun de donde él viene, pero es un tipo sentimental... Pero así son todos, cuando los mandan a matar a alguien por el bien del mundo, dudan, DAH. Pero anda, que parece que por RAZONES convenientes para el plot, este Ikki Copia tiene los recuerdos del Ikki de ese mundo...
En fin, no les pareció el precio a pagar así que los Leo se ponen a pelear...
 
Nos enteramos que mientras estos sujetos conversaban y pelaban, al mismo tiempo ocurría con la pelea de copias vs Titan, por lo que ya vimos lo que hicieron Atlas, Seiya y el colado de Orestes para abrir ese agujero en el alba de Saturno.
 
Pero volviendo con Lucile, vemos que ha manipulado con sus poderes a Itia para que les ayude en la pelea contra Io, pero ni eso será suficiente porque el viejo tuerto tiene poder para matar a los 3 cuando quiera... pero el sujeto se toma su tiempo.
Lucile pues hace uso de su magia rara y algo de que iba a convertir a Io en masa primordial de no sé que... Qué diablos... como sea, no tuvimos que verlo ya que Io la sorprendió y terminó dándole un buen derechazo en el estomago después de que arrancara los brazos Itia XD
 
¡Así me gusta! Nada de técnicas complejas y locas, la pura barbarie es chido. Y si Lucile no se murió es por la "vida extra" que Akasha da a sus compañeros santos. Pero en esos pocos segundos en el que estuvo inconsciente, Io mató a Itia y a Ikki, por lo que aprovechan para hablar de propuestas indecorosas y una sentencia de muerte, pero de nuevo la tipa se salva porque Ikki hizo gala de su nickname de ave inmortal para evitarlo, teniendo un breve power up con el que pudo intercambiar más golpes con Io quien, tarde, recordó que no debía dejar sola a Lucile pues esta lo engatusó con su voz y bueno, lo tentó con el recuerdo de Pirra.
Después de eso más magia musical y... er, no sé si eso mandó a Io a otro lado o qué diablos pasó, pero se volvió a salvar esta mujer e Ikki copia petó ahora sí.
 
Pd. Buen cap, sigue así :)

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#362 Rexomega

Rexomega

    Friend

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Espana
Signo:
Aries

Publicado 15 agosto 2022 - 12:33

Saludos

 

Seph Girl. Hay algo instintivo en los seres humanos que nos dice que escoger el modo fácil, aunque mejor para nuestra salud, es como hacer trampas.

 

Pero dejemos de hablar de videojuegos, porque la escena de vídeo ha acabado y llega la hora de pulsar botones como si no hubiera mañana. La última guerra duró más o menos cuarenta capítulos, sesenta si contamos desde que Bolverk dio las buenas noches en Heinstein, así que más le vale a Hashmal tener un buen plan para abortarla antes de que empiece, por el bien del mundo y de la esperanza de vida de los lectores. Itia es Sumo Sacerdote, tiene experiencia a ver las cosas con perspectiva, aunque en la franquicia los Papas tienen tendencia a tomar las peores decisiones. (Shion por no matar al espíritu maléfico, Dohko por solo dejar a la suerte que Atenea se salvara del ahogamiento, y el Papa de Next Dimension, que es tan tonto que ni se atreve a dar un nombre por el que lo puedan buscar.). Originalmente, no, el poder de Lucile partía de su voz, pero me pareció curioso en su momento y seguí adelante, sin dudar. No por nada es la Bruja. La habilidad para transformar a la gente que pretende usar más adelante sí que la tenía desde un principio, pero no había tenido oportunidad de demostrarla. ¡Escribiendo historias de Saint Seiya uno descubre por qué solían tener de una a tres técnicas!

 

Con toda probabilidad, de haber mantenido los poderes de Júpiter esta historia no habría tenido lugar, así que si él no lo lamenta, lamentémonos nosotros en su nombre. La mezcla de los recuerdos es una característica del universo de Okada. Cuando el hombre quiso jugar con el multiverso, expuso que si viajas a otro universo tus memorias se mezclan con las de tu otro yo. Ikki (Episodio GA) es un asesino muy capaz de asesinar a versiones diabólicas de su ser más querido, muy distinto a aquel Ikki que vimos en el arco de Hades, que en el último momento no se atrevió a matar a Shun antes de que Hades lo poseyera del todo. Sin embargo, al mezclarse sus memorias con las de Ikki (La Última Guerra Santa), todo cambia, para fortuna de Lucile. (¿Y desgracia del mundo?). Mufasa VS Nala & Simba, ¿qué podría salir mal? Aparte de todo.

 

Ah, las escenas que pasan en paralelo a otras escenas. No importa lo bien que procure cuadrarlas, siempre permanece en mí la idea de que hay algo que no encaja, pero creo que esta vez no es el caso y pudimos ver un poco más de ese grupo de héroes.

 

Definitivamente, Mufasa es el Rey León. (Bueno, en realidad no, el Rey León es Simba, pero quedaba bonito decirlo así… Y creo que pararé con las referencias a Disney.).

 

Si algo nos ha enseñado la ficción, es que aunque los brujos están más rotos que jugar un GTA con trucos, terminan perdiendo frente a alguien muy, muy fuerte. E Ío es tan fuerte como cabría esperar tras tanto tiempo encumbrando a los primeros santos de oro. La Gracia de Akasha, tan conveniente, salvó el día. ¿O no? Un tanto pícaros esos dos para cómo deberían ser los santos de Atenea, pero uno es muy antiguo y Lucile es única en su especie, como hemos aprendido en todos estos capítulos. ¡No podía resistirme a usar el cliché de Ikki regresando de las cenizas! Puede que haya pasado muchas veces, puede que incluso me haya quejado de lo repetitivo de Saint Seiya, pero es parte de su esencia, es lo que uno espera ver. Al menos de vez en cuando. Aparte, aunque no esté seguro de haberlo demostrado a cabalidad, Ikki (Episodio GA) también es una bestia. Ah, mira, esa es otra cosa que nos enseñó la ficción. Puede que matar a ese mago con menos HP y DEF sea cosa simple, sin embargo, si por ello los dejas para el final mientras gastas tiempo en vencer a sus compañeros, más fuertes y con más HP y DF, quizá te encuentres con una sorpresa. ¡Los estados alterados son la vía más rápida hacia una derrota inesperada y frustrante! Aunque en honor a la verdad, los RPG suelen hacer a los jefes totalmente inmunes a ellos, así que demos a Ío el beneficio de la duda. En realidad, la parte en la que Pirra llama a Ío se debe a cuando los falsos dioses se reúnen en la Esfera de Saturno para contener a nuestro gran, de verdad gran amigo Titán. Siento que no haya quedado claro, todo se vuelve raro cuando está Lucile. Cosas misteriosas ocurrieron y Lucile se salvó por un pelo, un pelo de pollo gatuno.

 

 

***

 

Capítulo 133. Bandera blanca

 

Los argonautas habían vencido a cuatro de los más notables santos de plata en la historia conocida del Santuario, enfrentado al primer santo de Tauro y escapado de la Colina del Yomi. Cualquiera de esas hazañas, por sí solas, era digna de transmitirse a las futuras generaciones, pero ninguno tenía deseos de hablar de ello.

—Es porque hemos fallado.

Fue Makoto el primero en reconocerlo en voz alta, aun cuando no había nadie en la cubierta que lo escuchara. Todos, en el fondo, llevaban tiempo asumiéndolo. Desde que el barco regresó a los mares olvidados, resultó evidente no solo que habían perdido el rastro del sol, sino que además no podían navegar libremente. Estaban dentro de un laberinto, de paredes tan grandes que atravesaban las aguas y el cielo hasta donde alcanzaba la vista. Trataron de echar abajo los muros, por supuesto, pero ni los esfuerzos combinados de todos bastaron para siquiera hacerlos temblar.

La primera hora estuvo llena de optimismo, los que no podían aportar ideas se ocupaban de los heridos. Estaban tan concentrados en encontrar una forma de salir del laberinto, proseguir el viaje o traer de vuelta a quienes seguían en coma, que nadie se acordó de que Hipólita los había arrojado al abismo del Hades por una corazonada. Aunque todo salió bien, en otras circunstancias Makoto habría puesto el grito en el cielo por tan loca estrategia, como solía hacer cada que Azrael tenía una idea.

—¿Él se habría rendido? —dijo el santo de Mosca, que no veía su reflejo en las aguas. Tampoco le hubiera sido de mucha ayuda verse tan abatido, de todos modos—. No lo creo. A no ser que Akasha se lo ordene…

Se oyeron pasos apurados. Un par de santos, Hugin y Emil, subieron a cubierta. Makoto no necesitó voltear para saber lo que dirían. Lo había sentido.

—Soma se está muriendo —dijo el santo de Flecha—. Las heridas que le provocó Ian fueron más graves de lo que creímos.

—Munin no despierta —añadió el santo de Cuervo, quien se había apoyado en el mástil—. Je, ¿habrá alcanzado el Séptimo Sentido?

Soltó una risa corta, desganada. Ese era solo uno de los tantos fracasos que habían ido acumulando desde que inició el viaje. Frente a sus narices, las almas de los mejores guerreros del barco fueron arrancadas y enviadas a algún lugar que desconocían. El denominador común era el dominio del Séptimo Sentido, fueran santos de oro, de bronce o incluso caballeros del Hijo. Era poco probable que a Munin le hubiese sucedido lo mismo. El alma y el cuerpo de Cuervo Negro estaban unidos, lo que estaba dañado, tal vez de forma irreversible, era la mente.

—¿Cómo está Ban? —preguntó Makoto, decidido a esperar lo mejor del hermano de Hugin. Caballero negro o no, había dedicado su vida a defender a los demás.

—Las palabras que empleó fueron muy… —Emil tragó saliva—… conmovedoras.

—Basura —dijo Hugin, sin pelos en la lengua—. Es lo único que dijo al verlo inconsciente. Basura. ¡Basura! —repitió, molesto, aunque sin saber bien por quién.

—¿Aún no le perdona que se convirtiera en un caballero negro? —dijo Makoto, horrorizado—. ¿Ni siquiera lo hará después de que haya muerto?

—¿No sabes nada, eh?

De un salto, Hugin se subió al mástil. Allí creó cuatro cuervos, que enviaría a los puntos cardinales por enésima vez. Esperaba que en esa ocasión no se perdieran en el laberinto. Tenían que encontrar una salida, incluso si solo podían regresar a la Tierra.

—Makoto, ¿no te has preguntado por qué June pudo seguir luchando? —apuntó Emil, muy serio—. Ella también peleó con Ian.

—Todos tuvimos peleas difíciles. June es…

—Una santa de bronce. Destacada, pero no es una guerrera legendaria como Seiya y los demás. Contra un enemigo como Ian de Escudo, es normal que pudiera morir.

—Sigue viva, los santos no mueren —dijo Makoto, casi por instinto.

—Exacto. —Emil asintió varias veces, aunque no con la alegría habitual que expresaba para todo lo referente a Akasha. Seguía teniendo un semblante oscuro, extraño—. Eso es más que un lema, es el poder de la santa de Virgo. Lo ha tenido desde que era una niña, antes de que Caronte nos invadiera.

—¡Estás exagerando! Akasha tiene fe en nosotros, eso es todo…

Calló de pronto, recordando lo que vio cuando June cargaba contra nadie menos que Afrodita de Piscis. Sin opción de victoria, claro, solo pretendiendo ganar valiosos minutos que permitieron a Hipólita llevarles a una salida. Hasta ese momento había pensado en la Gracia como una técnica sofisticada, que empleaba la energía del cuerpo huésped para sanar heridas, pero tal vez era más complejo que eso. Al fin y al cabo, había renovado las fuerzas de los santos de Camaleón y León Menor.

—Lo debiste sentir en la guerra. Es una chispa de cosmos diminuta, imperceptible salvo que la busques, que está dentro de cada santo con el que Akasha tuvo contacto. Solo se hace notar cuando estamos al borde de la muerte, nos permite sobrevivir. Es por eso que tan pocos han muerto en estos trece años. También es por eso que Akasha no es tan poderosa como sus compañeros, salvo que reciba apoyo de alguno de ellos.

—¡Eso es…! —Makoto estaba pensando en alguna alabanza a semejante acto de bondad, pero enseguida se dio cuenta del problema—. Los santos no mueren.

Y Soma no era un santo de Atenea, sino un caballero negro.

—Porque escogimos luchar por la justicia, no por nuestros deseos personales.

—Aun así, considerar a tu propio hijo basura es…

De pronto, un inmenso cosmos se manifestó en el interior del barco, sorprendiendo a todos. Emil iba a ver qué pasaba cuando un borrón oscuro llegó a la cubierta e impactó contra el dubitativo Makoto, que cayó de bruces contra la barandilla. Tan fuerte fue el golpe, en la frente desprotegida, que el japonés perdió la consciencia por unos segundos.

—¿¡A qué ha venido eso, Hipólita!? —oyó gritar a Emil.

—Alguien tiene que desperezar a los niños…

Hugin, ofuscado por la desaparición de los cuervos, no dijo nada, pero sí que puso atención en lo que ocurría abajo. El poder que ahora sentía no podía pertenecer a Hipólita, pues era comparable al de un santo de oro. No tuvo que esperar demasiado a que la incógnita fuera respondida: ¡Orestes de la Corona Boreal estaba ahí, despierto!

Tan pronto Emil vio al caballero, corrió abajo para comprobar que los demás estaban bien, olvidando incluso que había muchas preguntas que debía hacerle.

—He subido porque no soportaba las lamentaciones de esos dos —explicó Hipólita a Makoto, que recién se incorporaba—. Esperaba que tú estuvieses soltando algún discurso insensato sobre lo fuertes que nos hemos vuelto todos. Los niños tienen que crecer alguna vez, ¿sabes? Dioses…

Dejó de hablar, esperando algunos gritos o incluso que quisiera pelea, pero lo único que hizo Makoto fue pasarse la mano por la dolorida cabeza.

—Necesitaba esto —reconoció el santo de Mosca—. Gracias.

—Si tranquiliza tu consciencia, digan lo que digan Ban y June, a nosotros nos va a importar poco. Sabemos lo que hacemos, aunque no os lo creáis. Además —añadió, señalando la máscara—, Akasha nunca aceptará que somos basura. Sigue siendo la niña consentida de Rodorio, que espera que todo funcione tal y como en esa aldea donde todos trabajan unidos y felices —expuso entre sarcasmos, que ocultaban bien un cierto deje de respeto—. Todo el odio que ella puede sentir es para dos hombres.

Orestes, quien se había acercado al par en silencio, decidió intervenir:

—Caronte de Plutón y Gestahl Noah.

—Es una contradicción remarcable —dijo Hipólita—. Ella habla de un solo ejército para un solo mundo, pero no olvida esos viejos rencores.

—A veces… —empezó Makoto, tímido, hasta que supo que tenía la atención de Hipólita y Orestes—. Es como si algo o alguien alimentara ese odio. ¿No creéis? Quiero decir… Hablamos de la persona que sugirió que nos aliáramos con Poseidón. El dios de los mares provocó mucho más daño a la humanidad de lo que Caronte o Gestahl Noah podrían lograr. ¿Me equivoco?

—Poseidón es el dios de los mares —reiteró Orestes con especial énfasis—. No podéis comparar el juicio divino con lo que haga ningún humano o semidiós, aunque deberíais saber que nada en esta Tierra ha quitado más vidas que Caronte.

—Lo que quiero decir…

—Sabemos lo que quieres decir —se adelantó Hipólita—. Siempre fuiste muy atento, pequeño Makoto. Tal vez…

La sombra sacudió la cabeza, despejando la feliz idea de que todo fuera un juego de algún villano ocioso, oculto entre las sombras. Un ser humano capaz de amar de verdad, también podía odiar, y eso era Akasha ya vistiera las ropas de una aldeana, el manto dorado o la toga papal. En realidad, así era mejor.

—¿No vas a ver a tu Suma Sacerdotisa, pequeño Makoto? —cuestionó Hipólita.

—¡Ah! —Sobresaltado, el santo de Mosca miró a Orestes con detenimiento. Se había dado cuenta de que estaba allí, claro, pero no había pensado en lo que implicaba.

Hugin miró desde el mástil cómo Makoto bajaba, seguido por Hipólita. Orestes, en cambio, no les siguió. Parecía que algo le molestaba.

«A este lo tendré que vigilar muy de cerca —pensó el santo de Cuervo, creando no obstante un eidolon invisible—. Muéstrame lo que pasa abajo —ordenó. Acto seguido, el ave negra oculta por un velo ilusorio voló en pos de Makoto.»

 

***

 

La imagen que presentaba el camarote papal dejó a Makoto conmocionado. Los daños experimentados por las almas de Shun y Akasha habían sido trasladados a los cuerpos, ambos cubiertos por los mantos de Andrómeda y Virgo. El santo de bronce lucía heridas preocupantes en el rostro, mientras que la Suma Sacerdotisa acuciaba con cansancio terrible que apenas revelaba con su dificultosa respiración. No había rastro de Asterión de Lebreles por ninguna parte; debía haber muerto.

—Orestes discutió sobre esto no bien despertaron —explicó Hipólita—. Hasta a Akasha le exigió respuestas, olvidando su supuesto vasallaje, pero nadie sabe nada.

Pero Makoto no tenía espacio en su mente para el ex-santo de plata ahora. Delante, recostados en una camilla que debía ser en realidad una mesa, nada cómoda para convalecientes, estaban Soma y Munin. Uno durmiendo un tétrico sueño, tal vez eterno, el otro retorciéndose mientras las manos de una inesperada curandera sanaban sus heridas. Makoto no pudo ocultar su asombro de ver a Akasha, la Suma Sacerdotisa, tratando a una sombra cuando con toda seguridad debía necesitar un prolongado descanso. ¡El propio Ban, recostado en la pared, lucía sorprendido! No habría sido extraño que el viejo león de bronce derramara lágrimas en cualquier momento.

—No me dejes atrás —pedía June, entre susurros, a Shun de Andrómeda. Ella también necesitaba ser atendida; apenas seguía de pie por aferrarse a su compañero. Sin embargo, no pensaba entregarse al sueño reparador y la misericordia de Akasha hasta estar segura de que  Shun se despertaría en el barco—. ¡No lo hagas otra vez, por favor!

El grito sobresaltó a Makoto, quien pensó si no era prudente recordarle a aquella valerosa guerrera que ya no había vuelta atrás. Shun se adelantó a cualquier decisión que este pudiera tomar, tranquilizándola con suaves gestos y dulces palabras antes de indicarle que ambos tenían mucho que contar a los presentes.

Resultaría imposible, en circunstancias tan apremiantes, describir con exactitud todo lo que habían experimentado. De por sí, June solo había oído la discusión entre Orestes y los otros dos que, como él, fueron transportados a la Esfera de Saturno. Por ello, Shun dio una explicación somera, centrándose sobre todo en la negativa de Tritos de permitir a Akasha hablar con los dioses, el regreso de los tres al Argo Navis tras entrar en la Esfera de Saturno y el particular estado de Arthur. Este luchó con Titán en cuerpo y alma, por lo que no pudo volver con ellos. Llegó, no obstante, hasta el lugar en el que los Astra Planeta habían transportado el Santuario. En cuanto a Adremmelech de Capricornio, su capacidad para reconstruirse se había puesto a prueba en la batalla contra Titán de Saturno. Había sido un apoyo fundamental en esa lucha, no obstante, era muy improbable, si no es que imposible, sin más, que pudiera volver a ayudarles pronto.

—El Caballero sin Rostro es todo un personaje —observó Makoto, rascándose la cabeza—. Aunque posee el Séptimo Sentido, no cayó inconsciente, sino que desapareció del Argo Navis para ir en auxilio de la Suma Sacerdotisa. —Shun lo miró con fijeza, como queriendo decir algo al respecto, aunque al final solo sacudió la cabeza—. No es de los que se dan por vencido. No me extrañaría que nos lo encontremos más adelante como si tal cosa, tratando de recuperar el Santuario. Quiero decir, si es que podemos recuperar el rumbo… —concluyó, preocupado.

—Ten por seguro llegaremos a ese lugar —dijo Shun—. Me dio la sensación de que alguien quería que sobreviviera y llegara hasta allí. Me llamaban, lo sé.

Una vez descrita aquella aventura, y tras que Makoto informara de cómo un salto de fe con barco incluido al inframundo los llevó de regreso a los mares olvidados, Shun dio una explicación en nombre de Akasha, quien ya para entonces había terminado de curar a Soma. Con cierta reticencia, el santo de Andrómeda contó la razón por la que los Astra Planeta los asediaban con tanto empeño: querían el ánfora de Atenea, donde Caronte de Plutón había sido sellado. Si se la entregaban, los dejarían en paz; si no, solo los dioses sabían a qué estaban dispuestos aquellos campeones divinos.

Todo el cuerpo de Akasha tembló en ese momento. Había sido duro para ella permitir que todos vieran hasta qué punto era responsable de lo que había pasado. De lo que pasaría. La Suma Sacerdotisa se centró, no obstante, en Munin.

Pasó un minuto, dos, tres y hasta cinco. Makoto no terminaba de decidir qué opinar al respecto. Emil se acercaba y alejaba de Akasha, sin llegar a decir nada.

—Que se joda Caronte —espetó Hipólita, encogiéndose de hombros.

Makoto y Emil la miraron. Tenían los ojos como platos.

—Vio, vino y perdió —explicó Águila Negra, en un tono solo un poco más respetuoso—. Ahora, que se aguante la temporada de sueño, como hicieron seres de mayor poder y relevancia antes que él. ¿O la armada de Poseidón habría podido obtener el ánfora de Atenea solo mandando al Gran General Sorrento a pedirla por favor?

Fue ese el momento que escogió Hugin, observador de todo, para revelar a su eidolon.

—Estás defendiendo a la misma mujer que manipuló al ejército de Atenea para liberar a Poseidón —habló el cuervo, usando la voz de Hugin. Todos los presentes, salvo Akasha, lo miraron con ganas de desplumarlo, pero los ojos del eidolon estaban clavados justo en ella, demasiado humanos para pertenecer a un ave.

—Vuelve —susurró Akasha, pegando la frente dorada a la de Munin, bañada en sudor—. Sigue mi luz. Vuelve con nosotros.

Ningún cambio se dio en un principio, pero era tal el silencio que imperó en el camarote que todos pudieron escuchar la respiración de Munin. Era la de un hombre que descansaba. A todos les pareció un buen augurio.

Sobre todo a Hugin. El cuervo voló hasta la camilla y picoteó a la sombra.

—Líder, autoridad —graznó, evitando la mirada de Akasha—. No autoridad, no líder.

Akasha quiso acariciar al eidolon, pero este gritó en ese momento:

—¡Las paredes están cayendo!

El cuervo se deshizo en una explosión de plumas. Emil ayudó a Akasha cuando esta estuvo a punto de caer en su intento de salir a cubierta, dando a entender con la mirada que no pensaba abandonarla ahora. Tampoco Ban, mirando desde lejos el cuerpo recuperado de su hijo, iría; y tanto Shun como June necesitaban ser curados, en mayor o menor medida. Makoto miró a Hipólita.

—Siento haberte hecho bajar de nuevo para nada.

—A veces, estamos tan acostumbrados a lo que tenemos, que olvidamos apreciarlo.

Esas palabras, pronunciadas por la sombra de Águila ante las puertas del camarote, hicieron que Makoto girara una última vez. Hacia Akasha, que había demostrado velar por igual de los santos y caballeros negros, hacia la Suma Sacerdotisa que había querido alejarlos de la muerte con todas sus fuerzas, aun a pesar de los fracasos.

—Nadie más morirá —oyó decir a Akasha, a quien Emil sostenía—. No permitiré que nadie más muera. No dejaré que Azrael muera.

Con un estremecimiento, Makoto siguió su camino.

 

***

 

—¡Las paredes están cayendo, por Atenea que están cayendo! —bramaba Hugin desde el mástil, soltando toda la frustración que lleva rato callándose. Uno de los cuervos que había enviado estaba frente a uno de los muros, que empezaba a agrietarse. Makoto, Hipólita y Orestes agudizaron los sentidos y, guiándose por el eidolon de Hugin, pudieron detectar que en efecto las paredes que los habían mantenido estancados desde hacía varias horas al fin cedían—. ¡El laberinto de los dioses está cayendo!

—¿Qué es eso? —preguntó Makoto.

—La última defensa del Santuario. Un tesoro que Atenea otorgó al primer Sumo Sacerdote del que se tienen registros, Odiseo. ¡Esos despreciables Astra Planeta no dejan de utilizar los recursos del Santuario! Es imposible escapar de él —aseveró Orestes—. Según las leyendas, ni siquiera los dioses podrían salir.

—Alguien no debe de estar muy de acuerdo con eso —apuntó Hipólita que, divertida, señaló el muro inmenso antes de que terminara de pulverizarse.

Lo que vieron en el horizonte libre de obstáculos les impactó sobremanera. ¡Era el cabo de Sunión! Había hielo por todas partes, incluido el mar, en el que se había formado una improvisada orilla. Sobre ella les esperaban Sneyder y Garland.

 

***

 

El Argo atracó en un hueco con forma de u, al parecer hecho a propósito para tal fin. Los tripulantes no habían bajado del barco cuando empezó a invadirles un frío más intenso del que podría haber en los más helados rincones del planeta. Sin embargo, nadie se atrevió a quejarse, no por el estado en que se encontraba el santo de Acuario —había perdido la mano izquierda y un corte no muy profundo le atravesaba el rostro—, sino porque la mayoría sabía a qué atenerse con Sneyder.

Garland, por supuesto, los recibió muy animado, preguntándoles si eran parte de alguna misión de rescate. Makoto habló del completo fracaso que había sido la embajada de paz, logrando, sin pretenderlo, que con cada frase Hugin inclinara más la cabeza frente al impertérrito Sneyder. ¡Poco le faltaba para darle un cabezazo al suelo helado!

—No pasa nada —dijo el santo de Tauro, que pasó las manazas por las cabelleras del par de santos de plata—. Si tiene que haber guerra, que la haya. Como si no hubiésemos salido victoriosos de una hace nada. ¿Al menos habéis rescatado a todos?

—Su Santidad está aquí —apuntó Sneyder. Caminó hasta tocar la quilla del barco, dejando detrás al servil Hugin—. También Andrómeda. —Ni nombró ni miró a Orestes, pues hacía como si no existiese. Era lo mismo por parte del caballero, el cual, sin embargo, no podía evitar sentir que Sneyder podía oler lo cobarde que había sido en la pasada batalla. No porque le leyera la mente o algo por el estilo, solo lo sabía.

—Es un alivio. Ya hallaremos la forma de traer a los demás de vuelta. Arthur, Lucile, Shaula… Todos debemos estar juntos en esta batalla. Ya lo creo que sí.

La seguridad de Garland era tan grande que enseguida contagió a los santos de plata. Hasta Hugin halló fuerzas para erguirse, aunque acabara trastabillando cuando volvió a encontrarse con la indescifrable mirada de Sneyder.

Pronto los argonautas supieron que no eran los únicos con una historia que contar. La desaparición de Tritos de Neptuno, el rapto del cabo de Sunión y el posterior traslado forzoso de Garland y Sneyder a uno de los seis mundos del renacimiento, el de las bestias. Todo ello sin mediar la más mínima explicación. En aquel plano, el Gran Abuelo y el Pacificador enfrentaron a los santos de Aries y Capricornio de otro mundo.

—Debieron ser muy poderosos —dijo Hugin con voz trémula. Era difícil no ver la cicatriz que marcaba el rostro de Sneyder, tuerto del ojo derecho, o el muñón sobre el que hacía tan poco había visto una mano capaz de destruir a cualquier enemigo—. Para hacerle algo así al señor Sneyder, debieron ser dioses.

—Había un semidiós —dijo Garland en cuanto notó que Sneyder no pensaba contestarle a Hugin—. Pero ese me tocó a mí y no hablamos mucho. Primero todo fue algo melodramático. ¡Si hubiese querido un mundo ordenado bajo un gran poder, no habría traicionado a mi padre! Así habló el rey Atlas, muy digno él. Por fortuna, también sabio. Hablamos largo y tendido sobre por qué creen que queremos gobernar el mundo.

Nadie, a excepción de Sneyder, podía seguir la perorata del santo de Tauro. ¿El rey Atlas, santo de Aries? ¿El Santuario queriendo gobernar el mundo? Por fortuna, Garland acabó  de contar todo a detalle. La existencia de universos alternos, la visión que Titania mostró a los santos de oro que había convocado, el empeño de Sneyder de pelear con Sugita de Capricornio sin atender a razones solo porque dijo la palabra equivocada… El guerrero de oscura piel puso mucho énfasis en eso último, sin lograr alterar al santo de Acuario. Quedó en manos de los oyentes unir esas piezas con las que Shun les había suministrado en el camarote papal hacía poco.

En ese momento, lo que más importó a estos, sobre todo a Orestes e Hipólita, fue la visión. Era muy simple. Una conversación entre Gestahl Noah y Akasha sobre cómo el Santuario tomaría las riendas del mundo una vez Hybris acabara con sus corruptos líderes, desde presidentes, jueces y otros políticos hasta las empresas bajo cuyo son bailan todos los demás poderes. Solo el desprecio que Akasha profesaba por Altar Negro impidió a Sneyder unirse a los otros dos y cortar a Garland en pedazos.

—Estoy seguro de que habrías hecho eso —explicó Garland.

—Atenea es la justicia —dijo Sneyder, con la desbordante pasión de una montaña del Ártico—. Ella creyó en el antiguo Sumo Sacerdote. Yo creo en él y en sus decisiones.

A nadie le extrañó que no mencionara a Akasha.

—Porque crees en Atenea —entendió Garland—. ¿Qué pasaría si te encontraras con ella? ¿Acaso le preguntarías si sirve a la justicia?

—Sí.

—¡No has necesitado ni cinco segundos para contradecirte!

La discusión murió en cuanto Sneyder dejó de responder, permitiendo que todos pudieran intercambiar la información que poseían. Makoto, Hipólita y Hugin hablaron de la ciudad fantasma, los santos de plata legendarios, Manigoldo de Cáncer y la batalla en la Colina del Yomi, mientras que Orestes pudo contar los eventos que él, Akasha, Shun y Arthur debieron afrontar. Fue más detallista que el santo de Andrómeda, pero en honor a la verdad, tampoco Makoto había querido contar demasiado en el camarote papal, de tanta impresión que le provocaba el estado de todos.

El caballero estaba luchando contra la vergüenza que le suponía describir lo que ocurrió frente a Titán de Saturno cuando alguien apareció de improviso, justo sobre el mascarón de proa. Orestes no tardó en reconocer el cuerpo como el de Asterión de Lebreles, si bien con la armadura roja de su propia sangre y más heridas de las que un hombre mortal podía recibir sin entrar al Hades. Orestes frunció el ceño: detestaba ver a un compañero siendo marioneta del enemigo.

—Poseidón… —decía con dificultad—. Poseidón…

El caballero de Lebreles tropezó, cayendo de bruces contra el duro suelo. Allí se retorció balbuceando incoherencias entre las que solo podía entender el nombre del dios de los mares. Todos se pusieron en guardia, detectando el peligro.

¡Controlar a un siervo del Hijo es un incordio! —clamó una voz, resonando en las mentes de todos los presentes—. ¡Cambio de cuerpo!

Mientras la presencia que dominaba al caballero desaparecía, Hugin hizo una mueca de espanto, presa de un temor repentino. Orestes quiso aprovechar ese momento para socorrer a su compañero, aunque antes de lograrlo, Asterión volvió a levantarse.

—Ah, qué remedio —dijo la entidad que había poseído el cuerpo del caballero, forzando una sonrisa tan amplia que volvió más notorio un punto de luz aguamarina en el ojo—. Yo, Tritos de Neptuno, usando el cuerpo de este sabueso que, juro por los dioses, ya se estaba muriendo antes, he venido a informaros de que Poseidón se marcha.

—¡Infeliz! —Orestes acometió como un bólido de luz contra el astral. A este le bastó una mirada para paralizarlo en el aire—. ¿¡Qué pretendes!?

—Rendirme —contestó el enemigo. Tras chasquear los dedos, Tritos hizo que Orestes retrocediera cuanto había avanzado, provocando que el resto avanzara hacia él—. ¡Dije que me quiero rendir! ¡Olvidé la bandera blanca en lugares misteriosos!

De todos los que los que bien podrían golpear ahora mismo al astral, era Orestes el que más furia despedía desde sus ojos regios.

—Salid del cuerpo de mi compañero. ¡Ahora!

—Ojalá pudiera… —dijo Tritos, de repente cruzado de brazos. Parecía haber recordado que la superioridad numérica no era significativa. Un gesto suyo bastó para que Orestes perdiera el sentido del gusto, enmudecido—. Poseidón se marcha. De la Tierra. Del universo. ¡Se marcha, sin dejar atrás ni un solo avatar!

—¿Por qué íbamos a creerte? —intervino Garland, compadeciéndose de los santos de plata e Hipólita. Notaba el miedo que sentían. Era normal. Tritos podría parecer un payaso, pero seguía siendo uno de los invencibles Astra Planeta. Él, que nada temía, sería quien lo increpara—. ¿Qué es lo que pretendes decir, para empezar?

—Poseidón se marcha —repitió Tritos—. Y dejó una orden muy clara: Ninguno de los Astra Planeta dañará la Tierra, jamás. Ni siquiera se les está permitido pisarla si tienen esa intención. ¡Él nos ha cortado las alas y luego se ha puesto a hacer las maletas! ¿Un dios tiene que hacer las maletas? —Puso las manos sobre la cabeza y se masajeó las sienes, destrozando el casco de Lebreles.

—¿Es que no te das cuenta de que nadie se creerá semejantes mentiras? —cuestionó Garland, diciendo una verdad a medias. Podía oler la esperanza en el corazón de Makoto, hasta Hugin podría llegar a creer en esa promesa, aunque era mucho más reticente—. Solo estás diciendo locuras. ¡Márchate de una vez!

Locura. Esa era la mejor forma de describir el estado actual de Tritos. Empleando el cadáver de Asterión, el astral caminaba por el aire como si este fuera sólido, de abajo a arriba, de lado a lado. Negaba con la cabeza y murmuraba sin parar.

—No sentimos la presencia de Poseidón cuando se abrió el ánfora. ¡Claro! ¿Cómo íbamos a sentirla? Él no se manifestó en la Tierra, sino mucho más lejos. ¡Selló el Portal del Tiempo para que no pudiésemos ver cómo imponía restricciones a nuestros dones divinos desde la misma Esfera de Mercurio! Oh, no debió tomarse tantas molestias, no es como si pudiéramos oponernos a la voluntad de Poseidón. Nadie podrá de aquí hasta que el planeta expire por sí solo. ¡Cualquiera que tenga por objetivo causarle un daño irreversible al mundo que tanto aprecia, se ganará como enemigo al destino mismo! No habrá más Guerras Santas. Se acabó. ¡Se acabó! El único dios que sigue en la Tierra se retirará una vez haya añadido una nueva ley a este universo, la que impedirá que errores como el cometido por Caronte se repitan de nuevo.

Centrado en aquellos pensamientos incontenibles, Tritos no se dio cuenta de que la humedad del aire en derredor estaba bajo el control de Sneyder, quien lo aprisionó entre varias lanzas del más grueso y sólido hielo que podía crear. El mero contacto hizo que los restos del manto de Lebreles se deshicieran junto a la sangre seca.

—Escucharemos tu mensaje —dijo el santo de Acuario, quien apuntaba a Tritos con la mano derecha. Al bajar el brazo, hizo que el hielo y el tranquilo prisionero bajaran a la superficie—. Habla ahora. Hazlo con la verdad.

—Os lo he dicho ya. Por la voluntad de Poseidón, nuestra presencia en la Tierra se volverá non grata en cuanto se marche. Y ahora mismo no me apetece nada enfurecerlo, por lo que tampoco me conviene ir y tomar el ánfora de Atenea por la fuerza. Se acabó, los Astra Planeta no volveremos a molestaros. 

—¿Así sin más? —preguntó Garland, desconfiado.

—Es lo que hacen los dioses, ¿no? Deciden algo y la realidad se amolda a esa decisión. El límite está en el hecho de que no solo existe un dios y una verdad sobre el mundo. Poseidón no detuvo sin más la invasión de las fuerzas del Hades porque esta es parte del orden natural de las cosas, venganza y retribución, algo sabéis de eso —apuntó, guiñando el ojo a Hipólita—. Pero los Astra Planeta somos una orden antinatural que existe para reparar desastres antinaturales… ¡Es complicado! ¿Por qué no lo dejamos en que todo lo que tenéis que hacer ahora es proteger vuestro insignificante planeta que tanto desearía visitar ahora mismo?

—Oh, vamos a proteger nuestro insignificante planeta —convino Garland—. Pero no te creo ni una sola palabra. Si Poseidón ha desaparecido, quizá vosotros tenéis algo que ver —acusó, severo. La única razón por la que no le sacaba la verdad a golpes era porque reconocía el poder en Tritos. Incluso usando el cadáver de Asterión, ya sin armadura, permanecía de una pieza frente al poder de Sneyder.

—Dije que Poseidón se marchará, no que ha desaparecido. Es diferente. Imagino a dónde irá: a las Otras Tierras en las que las Alas del Rey han puesto todas sus esperanzas. También es probable que pretenda ir más allá, a los restos de la Creación que llamamos multiverso. Si con ello obra a favor o en contra del Hijo, lo desconozco.

—En verdad debo decírtelo —dijo Garland, casi sintiendo lástima por Tritos—. No te creo. No te molestes en ofrecerme visiones, viajes en el tiempo o lo que se te ocurra. Quizá tú hayas olvidado que te presentaste a nosotros como un maestro en todas las artes de la Raza de Plata, pero yo no. Si no tienes más que decir, vete.

—¿Dices que tengo que mostraros más de lo que ya habéis visto? —preguntó Tritos. El astral estaba tan molesto que ya no pudo quedarse quieto y, con solo dar un paso, rompió las lanzas de hielo como si estas fueran de cristal—. ¿Quién creéis que destruyó el laberinto de los dioses? ¿La providencia? ¡No! Sin Poseidón, soy yo el que debe proteger el Mar de Tetis de la batalla entre Titán y el Zodiaco. Y lo hago a la vez que peleo junto a Titania contra un ejército tan numeroso que de solo verlo correríais a esconderos bajo la cama. ¡Pongo todo mi ser en proteger este lugar del que tanto os habéis servido, para salvaros la vida! Exijo un poco de respeto.

—Me retracto —dijo Garland—. No es solo que no te crea, es que ni siquiera entiendo la mitad de lo que cuentas. Márchate de una vez. Si lo que dices es cierto, si los Astra Planeta ya no van a entrometerse en nuestros asuntos, idos y no volváis.

Tritos recorrió las miradas de todos; unos temían, otros desconfiaban. El astral suspiró, encogiéndose de hombros, y entonces percibió que Makoto quería decir algo.

—Parece que alguien va a hacer una pregunta.

—Vamos a regresar a la Tierra, la defenderemos, la salvaremos. —Tritos asintió alegremente tras cada frase—. Pero varios de nuestros compañeros siguen fuera. Quisiéramos traerlos también. Si es posible.

—Me pides algo difícil. Como te dije, empleo mis fuerzas en tareas muy importantes y delicadas, no estoy en mi mejor momento. Veamos, Neptuno es la Esfera de los Vivos, así que debería poder detectarlos. ¡Y pude! ¡Qué afortunado! Todos se encuentran en la tierra de los gigantes, Hiperbórea. —Sin que nadie le dijera nada, Tritos pasó la mano por las aguas de los mares olvidados, provocando que estas burbujearan. El fenómeno se extendió hasta más allá del horizonte, como una mancha blanca en medio del océano, marcando un camino hasta el lugar en el que supuestamente esperaban Arthur y los demaás—. Viajamos a Hiperbórea, recogemos a los niños perdidos y regresamos a la Tierra felices y contentos. O, si seguís empeñados en realizar vuestra embajada de paz, podemos partir desde allí a los dominios de nuestro comandante, Ío de Júpiter. No solo es un hombre sabio, ¡también fue un santo de Atenea! Os llevaréis bien, creo.

De forma distraída, el regente de Neptuno se acercaba paso a paso a donde estaba Orestes. Era evidente que tenía que morir, todo lo que sirviera al Hijo debía desaparecer. Sin embargo, cuando llegó hasta él notó un cambio en cuanto lo rodeaba. Todo estaba detenido, excepto el santo de Tauro, que esbozaba una maliciosa sonrisa.

—Mi poder es vulgarmente denominado manipulación temporal. Yo prefiero considerarlo como un control relativo sobre el flujo de eventos, un truco que aprendí hace mucho. En este momento, el mundo está descansando. Ahora, descansa tú.

Tan pronto detuvo el tiempo de Tritos, quien poseía a un cadáver sin una gota de icor en las venas, Garland volvió a poner en marcha el del mundo e indicó a Sneyder que se apresurara. Casi dio un suspiro de alivio al ver que el santo de Acuario se saltaba la irritante pregunta. De un momento para otro, había un Ataúd de Hielo aprisionando al astral. Cada átomo de aquel cuerpo estaba detenido, el alma se hallaba sometida por un frío sin par que solo Sneyder dominaba entre los mortales. Similar al Lamento de Cocito, si no es que era un residuo de aquel poder maldito, enterrado en el Hades.

Ni Makoto, ni Hugin, ni Hipólita tenían claro si debían sentirse aliviados. Los santos de oro tampoco daban una respuesta clara, pues no quitaban un ojo de encima al Ataúd de Hielo, buscando ese destello mágico del color de los mares que resaltaba en quienes Tritos poseía. ¿Seguía dentro de Asterión o había logrado marcharse?

—Está haciendo demasiadas cosas a la vez —dijo Garland—. Necesita un ancla a la que aferrarse si todo lo demás se viene abajo. Esta debe ser.

—Si es así —dijo Sneyder, quien mantenía el bloque de hielo a Cero Absoluto—, me servirá como garantía hasta llegar a Hiperbórea.

—¿Señor Sneyder? —Hugin, el primero en entender a qué se refería, no pudo evitar hacer la pregunta—. ¿Piensa ir a Hiperbórea con nosotros?

El santo de Acuario echó un vistazo a los argonautas, estudiando lo que podrían aportar a lo que estaba por venir. Recordando lo que habían aportado hasta ahora.

—Iré solo. 


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#363 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

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Publicado 20 agosto 2022 - 13:37

Mi primer Post con el nuevo diseño del foro. Me ha gustado.

 

 

Cap 133. Cap de reencuentros 
 
Después de muchos caps sin saber de ellos, volvemos a ver a los que estaban en el Argo Navis, Makoto y compañia, quienes volvieron a los Mares olvidados despues de su paseo psicodelico, pero están en desventaja al estar perdidos y en medio de algún tipo de laberinto místico.
 
Hacen recuento de los estados de los personajes, los moribundos, los que siguen en coma, etc. Pero ya en eso, POW, los que estaban de viaje astral han regresado a sus cuerpos al parecer, excepto Asterión de Lebreles que murió y... ¿su cuerpo? Bueno, mi teoría es que el barco se los come al ya no ser algo util jeje.
El punto es que los dos equipos se chismean todo lo que han vivido los últimos caps.
 
En eso que la cosa estaba tensa porque unos se acaban de enterar que Akasha se negó a entregar el ánfora donde esta Caronte a cambio de la paz con los Asta Planeta, les avisan que los muros del laberinto se están cayendo, viendo que el Cabo Sunion estaba del otro lado y allí los esperan Sneyder y Garland.
 
Sneyder pues, lo bueno que su falta de ojo y mano le dan un apariencia todavía mas rígida e intimidante que la que ya tenía (Más puntos en intimidación para él). Garland es quien les cuenta su mini aventura del cap especial.
 
Mientras se actualizan unos a otros con los chismes, aparece "Asterion" o cuando menos su cadáver siendo usado por Tritos para mandar un mensaje (me disculpo con el barco, quien no se come los cadáveres)
Tritos les da un notición, de que Poseidón hizo sus maletas y ha decidido irse no solo de la Tierra sino de Rexoverso mismo; ademas, se pone a decir que se rinde y que lo perdonen por no traer una bandera blanca, aunque podría usar los calzoncillos de Asterion si fuera necesario xD
Y plus, antes de irse Poseidon decretó que Ninguno de los Astra Planeta dañará ni pisará la Tierra, jamás. Ese es mi Don pose, por eso soy su fan... pero claro, se puede hacer trempa, como monos enviados por los Astra Planeta y no estarían rompiendo las reglas según ellos, guiño, guiño.
 
Y podríamos celebrar que el fic podría acabar aqui, pero nooooooo noooo noooo, como ya vimos, estos chicos no tomarán las salidas fáciles ni nada, llegarán hasta las ultimas consecuencias.
 
Total, a Tritos deciden no creerle (y no los culpo) pese a que él esta impidiendo que se mueran en los mares olvidados jaja
Mira que hasta les ha dicho donde están los santos dorados perdidos, les ha trazado el camino que el barco debe seguir para encontrarlos y regresar a la Tierra, pero ni así lo dejaron matar a Orestes jaja, terminó siendo congelado, pero para un dude que esta en mil lugares a la vez, seguro eso no significa nada.
 
El cap termina con Sneyder diciendo que sólo él irá a Hiperborea.
 
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Pd. Buen cap, sigue así :)

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#364 Rexomega

Rexomega

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Publicado 22 agosto 2022 - 10:36

Saludos

 

 

Seph Girl. Tras 84 años, el reencuentro llega al fin.

 

A la muchachada les pasa de todo. Ni en los momentos de descanso pueden descansar. Por eso los recuentos son tan útiles, ¡hasta para el autor! Las consecuencias del cuarto arco de esta historia se van revelando con despertares y desapariciones. Juro sobre la Constitución, que el barco no come gente antes de medianoche. ¿Qué hora…?

 

Bueno, la hora y los hábitos alimenticios de los barcos milenarios no es lo importante, lo que sí importa es todo lo que estos grupos tienen que contarse, como la política del Santuario de no negociar con los Astra Planeta. Nunca. En ese sentido no ha habido muchos cambios desde el papado de Kanon. Y cae el Laberinto de los Dioses. Adiós Laberinto de los Dioses, que la Fuerza te acompañe. Siempre te recordaremos por haber salido en Next Dimension para nada más que introducir una referencia mitológica. (Este es un momento tan bueno como cualquier otro para aclarar que de ahí viene.).

 

¡Más reencuentros! Esta vez en el cabo de Sunión. Sí, Sneyder es de esos personajes que de algún modo se vuelven más intimidantes cuando pierden algo. Ese capítulo especial en que debiste adaptarte al estado de salud, ya presentado en el borrador, de los combatientes. ¡Gracias por el esfuerzo! Creo que quedó bien implementado.  

 

¿Ves? Dije que el barco no come gente antes del mediodía… Dije eso, ¿verdad? Tritos como de costumbre siendo único en su especie. Como dice la canción: ¡Y se marchó y a su barco lo llamó libertad! Puede parecer una broma, pero los dioses del Olimpo cobran salarios estratosféricos para salir en fanfiction, por eso son tan abundantes los dioses de cristal que se mueren si tan solo respiras muy fuerte delante de ellos. Son sustitutos más baratos, malhablados y tiránicos. Conociendo a Tritos, me temo que no hizo lo de los calzoncillos porque no se le ocurrió, no porque fuera vergonzoso. Don´t mess with Poseidón! Que él sí se hace respetar. La diferencia entre tener que lidiar con Astra Planeta hechos y derechos, y hacerlo contra presuntos enviados, es lo bastante grande como para que podamos aplaudirle por esta vez al dios de los océanos.

 

Como diría Don Jorge, de Te lo resumo: ¡Ja! Aunque en defensa de los santos de Atenea, la primera propuesta de paz que recibieron vino después de que una invasión zombi llegara al Santuario. A los Astra Planeta les urge un curso de Marketing.

 

¿Quién sabe? A lo mejor en el fondo del mar, Tritos es bueno. Solo le faltaba rescatar él a los santos de Atenea perdidos y llevarlos a todos a la Tierra con una sopa caliente y recuerdos de su loco viaje. Pero, ¿qué es la vida sin un poco de aventura? ¿Y qué es la diplomacia si no pasas por la apasionante experiencia de ser congelado? Así tiene algo en común con el ex-petrificado Orestes, cuya suerte, a estas alturas, es legendaria.

 

Un meme muy apropiado para describir el arrollador coraje de Sneyder. Unos pierden la mano y se vuelven más vulnerables, romanceando con Lucifer de paso. Él pierde la mano y se vuelve más rudo de lo que ya era. ¡Qué suerte tiene Deríades de estar muerto!

 

***

 

Capítulo 134. Rumbo a Hiperbórea

 

Una vez recuperó la voz, Orestes fue el primero en oponerse a la decisión de Sneyder de viajar solo a la tierra de los gigantes.

—Soy un caballero, no un santo —le recordó—. No tengo por qué obedeceros.

—Es lo mismo para mí —dijo Hipólita.

Sneyder ni siquiera miró a aquel par. Garland pudo haber realizado algún comentario al respecto, pero había dado por perdido cualquier intento de razonar con el santo de Acuario. Prefirió emplear las fuerzas en ayudar a quienes descansaban en el barco, sabedor de que las heridas recibidas en la Rueda de las Reencarnaciones se trasladaban al propio cuerpo. Al santo de Tauro lo sustituyó Emil, que recién salía a cubierta.

—Los que estaban más graves ya han sido curados —dijo el santo de Flecha—. En cuanto a los demás, solo están agotados. Si pudieran descansar un poco…

—Ahora podría ser demasiado tarde —cortó Sneyder, echando un vistazo al Ataúd de Hielo—. Si Tritos ha mentido, los Astra Planeta bien podrían haber iniciado ya un ataque en la Tierra para liberar a Caronte. Si dijo la verdad, queda poco tiempo.

—Puede que seas un santo de oro… —empezó Emil, muy valiente, hasta que quedó cara a cara con el guardián del undécimo templo. De algún modo, aquel hombre se las había apañado para verse aún más amenazador estando herido—. ¡Existe una autoridad superior! Nuestra Suma Sacerdotisa desea hablar con Ío de Júpiter. Irá.

—Solo estorbará.

—¿Llegarás tan lejos como para oponerte a ella?

—Es mi deber como santo de oro velar por la seguridad del representante de Atenea. Hoy, Akasha de Virgo lo es, y carece de fuerzas suficientes para combatir. En este viaje solo estorbará —repitió—. Si es digna de liderarnos, lo entenderá.

—Lo entiende. E irá, porque esta podría ser la última oportunidad de lograr una paz duradera, que no dependa del capricho de los dioses —argumentó Emil, actuando como vocero de Shun de Andrómeda; aquellas eran las palabras del héroe legendario—. Y por si no ha quedado claro, allá donde vaya Akasha… Quiero decir —se corrigió, avergonzado—, la Suma Sacerdotisa, iré yo, para tenerte vigilado.

Se mantuvo el silencio solo durante algunos segundos en los que Emil realizó un esfuerzo sobrehumano por no desviar la mirada. ¡Aquel ojo cerrado, atravesado por una cicatriz, parecía que iba a abrirse en cualquier momento para robarle el alma! Pero eso no pasó, ni Sneyder volvió a replicar lo que sin duda consideraba el necio argumento de un hombre necio. Él, tal y como había dicho, sabía que no tenían tiempo para eso.

—Emil, ¿sirves a la justicia?

—Sirvo a tu jefa, que es lo mismo.

Entretanto, Hugin veía el Ataúd de Hielo con una mezcla de curiosidad y enfado. Creía ver detrás del irrompible bloque el reflejo de Asterión, poseído por Tritos, mostrando una expresión de total desconcierto. Cuando quiso acercarse, una fuerza lo detuvo en seco; era Sneyder, quien había dejado de prestar atención a Emil.

—Si tocas eso morirás.

—Gracias, señor Sneyder. No merecía esa advertencia luego de tantos fracasos. Este es el peor —añadió Hugin, hablando ahora para sí—. Estos Astra Planeta estuvieron a punto de arrebatarme la oportunidad de enderezar a mi hermano. ¡Demonios, estoy seguro de que pretendía entrar en la mente de Munin, herida por la música de ese remedo de Orfeo, solo para descubrir que lo habían sanado! —No era una suposición al azar. Él era telépata y pudo seguir el rastro de Tritos. Viajó desde Asterión hasta Munin, para después regresar al caballero de Lebreles y terminar de matarlo—. ¡Je! Me enfurecen, de verdad me enfurecen estos campeones divinos con sus juegos de críos. —Echó una desagradable risa, como las que solía destinar a quienes interrogaba, aunque en ese momento se estaba increpando a sí mismo—. Sé lo que piensa hacer cuando termine este viaje y estoy de acuerdo. Solo pido una cosa, señor Sneyder, que me permita ser yo quien arroje a esta cosa a los mares olvidados.

Hugin apoyó la rodilla en el frío e hiriente suelo, manteniendo la cabeza inclinada.

—Oye, ¿es que no has escuchado? Si tocas eso morirás —le recordó Makoto—. Además, no sabemos si los mares olvidados bastarán para retener a Tritos. Munin está bien y… ¡No es necesario que te sacrifiques!

—¿Crees que quiero hacer esto por venganza? —dijo Hugin sin alzar la cabeza—. Je, je, je. Tal vez sea así —decidió confesar—. Estoy harto de esta gente que habla de paz y nos mete en batallas sin sentido. Munin ya ha cometido errores suficientes como para que venga uno de ellos a manipularlo como hicieron con este —espetó, ganándose una mirada severa de Orestes—. Si puedo impedirlo arrojando el cuerpo en el que ahora se encuentra, tanto me da perder las manos en el proceso. Si no, al menos tendré el gusto.

Para Makoto, aquella explicación parecía ser suficiente, pues no añadió nada más. Orestes estuvo a punto de golpear a aquel hombre habituado a recibir puñetazos por hablar demasiado, pero vio algo en su enfado con los Astra Planeta que por genuino le pareció digno de respeto. Hugin no deseaba faltar a la memoria de Asterión, sino que expresaba el miedo de perder a un hermano que había arrastrado todo este tiempo.

Al santo de Cuervo, en todo caso, no le importaba la opinión de ambos.

—Hugin, ¿sirves a la justicia?

—Siempre, señor Sneyder.

—Entonces, levántate. Debemos partir ya.

—¡Sí! —exclamó el santo de Cuervo, irguiéndose como una lanza—. Je, tendremos que seguir trabajando juntos, Makoto.

Conforme hablaba, el tono de Hugin fue bajando hasta ser apenas audible. Había algo nuevo en la expresión del santo de Mosca.

—Yo…

—Has decidido regresar a la Tierra —dijo Hipólita—. ¿Verdad?

Eso dejó estupefactos a Emil y Hugin. Quizá incluso Sneyder quedó sorprendido, aunque era difícil saberlo por su imperturbable rostro. Orestes observaba la escena en silencio, como el extraño entre hermanos de armas que en realidad era.

—He estado pensando mucho en Munin. En lo que hablé con él, sobre la forma en que los santos y las sombras luchan por el mundo.

—Ya que tú me advertiste antes sobre los peligros de tocar el más frío hielo —dijo Hugin—, yo te diré que una sola palabra a favor de los caballeros negros en presencia del señor Sneyder podría hacerte perder la cabeza. Con esto estamos en paz.

—No creo que estén en lo correcto —aseveró Makoto, temblando solo un poco al sentir, de algún modo, que Hipólita lo estaba viendo—. Pero sí hay algo cierto en lo que me dijo: impedir el juicio de los dioses no es la única forma de ayudar a la humanidad. Yo… Yo quiero defender a la gente como él hubiese querido.

—¿Cortándole la cabeza a algún político corrupto? —increpó Hugin.

—Si alguno sale del Hades, sí —contestó Makoto, dejando al santo de Cuervo sin palabras—. Pienso unirme a los demás en la Tierra y cazar hasta el último soldado del inframundo que quede. También para ganar algo de tiempo y que podáis regresar.

—¡Tú lo que quieres es volver con Azrael, pícaro!

—Tal vez tengas razón —dijo Makoto, condenando a Emil a la misma mudez que a Hugin. ¡El santo de Mosca había pasado a través de la broma sin inmutarse!—. Vosotros sois mis hermanos de armas, pero él, ese loco asistente con las ideas más descabelladas que he escuchado jamás, es mi amigo. Aunque fuera una vez, me gustaría que lucháramos codo con codo. Estoy seguro de que se las apañará para encontrar la manera de seguirle un paso a un santo de plata —añadió con algo de orgullo.

Teniendo presente el cuestionamiento que Sneyder hizo a Emil y Hugin, Makoto esperó paciente a que Sneyder dijera algo, pero no lo hizo. El santo de Acuario, al parecer, no necesitaba hacerle la pregunta, lo que sorprendió aun más si cabe a los santos de plata.

—Vaya, el polluelo abandona el barco. Y yo que pensaba enseñarle a volar…

Demasiado veloz para los sentidos de Makoto, Hipólita se acercó al santo de plata con el brazo alzado, aunque la mano que terminó bajando dio un par de golpes suaves en el hombro. Fue casi reconfortante, y solo un poco doloroso.

—Quiero aprender, no tengo edad para que me carguen de un lado para otro —aseguró Makoto, ruborizado—. Pero tendrá que ser después, cuando regreséis con la caballería. ¡Nosotros protegeremos el fuerte hasta que nos reencontremos!

—Un deseo bastante optimista.

—No es un deseo. Es una promesa —dijo, viendo a aquel variopinto grupo—. Sin duda volveremos a encontrarnos en la Tierra.

 

***

 

El renovado grupo, junto a Makoto, subieron enseguida al barco. Tras ellos iba Sneyder, que movió el Ataúd de Hielo hasta la cubierta, para luego devolverlo a la ausencia total de movimiento en que debía mantenerlo.

Garland les estaba esperando. Mantenía en el aire dos escudos alargados de forma ovalada que no permitían ver el contenido. Ni falta que hacía, pues para todos era evidente que en ellos estaban los inconscientes Soma y Munin. Ambos habían sido tratados por Akasha, pero no estaba de más que el maestro sanador del Santuario, Minwu de Copa, les diera un último vistazo.

—Así que ya has tomado una decisión.

—Sí —contestó Makoto—. Quisiera despedirme de Akasha y…

—Ya lo hicimos por ti —se oyó la voz de Ban, quien recién subía a cubierta.

—En ese caso, debo irme —dijo Makoto—. Esto no es un adiós, es un hasta luego —reiteró en voz alta, a lo que la mayoría asintió—. ¿Tú…?

La pregunta quedó en el aire. Los ojos de Ban estaban fijos en el escudo que protegía a Soma de León Negro. De algún modo, podía saber dónde estaba su hijo.

—Ichi solía decir… —empezó a hablar el santo de bronce—, que era bueno vivir el presente. En cualquier día, nuestros hermanos, los héroes legendarios, despertarían. Después empezarían a aparecer santos de oro de debajo de las piedras y la pequeña que tanto admiraba al lobo, el oso, el león y la hidra, se olvidaría de ellos. Nos arrancó un juramento, a mí, a Geki y a Nachi, de que cuidaríamos de ella hasta que creciera. Al final solo quedé yo para cumplir esa promesa, y no estoy seguro de haberlo hecho.

—Ella nunca os olvidará —dijo Makoto, recordando la batalla que sostuvieron Ban y June con Afrodita de Piscis—. Y no tienes que cargar tú solo con ese peso. Ella es la Suma Sacerdotisa, nosotros los santos de Atenea. Podemos ayudarla.

—Aquí no tengo mucho que aportar —admitió Ban—. La mejor forma que tengo de ayudar a Akasha es proteger la Tierra. Y a la gente que aprecia. Tú y Azrael le caéis bien —constató, seco, como si estuviera anunciando que el cielo estaba despejado—. Pero Ichi solía decir que era bueno vivir el presente. De las amenazas del mañana, nada sé, solo sé que dos hermanos se han reencontrado tras cinco años de separación, y que podrían vivir felices si cumplo con mi parte, por eso me quedaré aquí, donde nada puedo aportar. Por eso te confío el papel que yo podría jugar en la Tierra.

Makoto, quien no esperaba escuchar tantas palabras del león de bronce, asintió, enérgico. Desde la oscuridad de su alma, herida desde la Noche de la Podredumbre, aparecía un Ban que jamás llamaría a su hijo basura, cualquiera que fuera la razón. Estaba ante un padre listo para dar la vida por el bien de su familia.

—Lo que dije antes, no lo pensaba. Díselo, por favor —pidió el santo de bronce.

—Serás tú quien se lo diga, junto a Shaula —repuso Makoto.

Sin ánimo para discutir, Ban se dirigió hacia donde se encontraba el santo de Acuario. Puesto que ambos conversaron mediante telepatía, nadie supo qué trataron, ni si Sneyder había sido capaz de cuestionarle lo mismo que a los demás.

Makoto, desde luego, preferiría no saberlo. El santo de Mosca anduvo hacia Garland, recibiendo por el camino una palmada en el hombro de parte de Emil y una mirada de aprobación del apartado Orestes. Hugin estaba ya sobre el mástil e Hipólita en su espacio natural, el aire. En todo el barco se respiraba un ambiente de renovada esperanza, a pesar de los pasados fracasos.

—No pude hacer nada por Su Santidad —dijo Garland—. El alma es distinta a la materia, no deseo afectar a los cambios que en ella se producen. En cuanto a Shun, la sangre de Atenea repele mis habilidades, tendrá que conformarse con la ayuda que le ha prestado la Suma Sacerdotisa, me temo.

—Si están graves, podría llevarlos con Minwu —propuso Makoto.

—No, no. Akasha solo necesita descansar y Shun, bueno, estoy seguro de que ha salido bien librado de combates peores. Además, tal vez es lo mejor que no pudiera ayudar.

—¿Por qué?

Garland no respondió de inmediato, sino que señaló al estoico guardián del Ataúd de Hielo. La conversación entre los santos de Sneyder y Ban ya había acabado.

—Hace mucho tiempo, luché una batalla que no soy capaz de recordar. En ella aprendí a entender el tiempo como una sucesión de eventos que podía detener e incluso borrar, en eso se basa mi Tabla Rasa, bastante buena cuando se trata de destruir, no tanto si el objetivo es reconstruir. —Por un momento, Garland observó a Makoto. Las heridas del cuerpo habían sido tratadas en la medida de lo posible mientras Akasha, Shun y Orestes se hallaban en manos de los Astra Planeta, pero el manto de Mosca tardaría en repararse—. Lo que no te mata, te hace más fuerte. Las heridas que recibimos, los daños que sufren nuestros mantos sagrados en el combate, son experiencia que queda grabada en nuestras almas, nos permite crecer. Sanar nuestros cuerpos o reparar o revivir estos magníficos mantos no niega los combates que debimos librar, mi poder sí lo hace. Yo soy capaz de negar eventos que ya han ocurrido. Ese es mi secreto.

Como para dar fe de ello, aunque sonara contradictorio, hizo amago de intentar usar tan prodigiosa técnica sobre Makoto, quien rechazó la oferta. Acto seguido, gustoso de que el santo de Mosca lo entendiera, Garland giró hacia Sneyder.

—Si vuelves a hacer daño a esa chica, definitivamente te mataré, Pacificador.

No hubo cambio alguno en la expresión del santo de Acuario, pero vientos huracanados golpearon de lleno a los dos, que cayeron del barco junto a los cuerpos que Garland transportaba. Tras recuperar el equilibrio sobre el suelo helado, el santo de Tauro alzó la guardia, solo conteniéndose al sentir que Makoto estaba tranquilo.

—Usar palabras tan fuertes solo te hacen parecer débil, Gran Abuelo.

Como reaccionando a la voz de Sneyder, la orilla hecha de hielo empezó a quebrarse. Pedazo a pedazo, aquella construcción fue tomando la forma de una escalera de cristal pegada a la pared rocosa del cabo de Sunion.

—¿Lo viste venir? —preguntó Garland a Makoto mientras oía los pasos de quienes se retiraban, Orestes y Sneyder—. ¿Puedes entender a Sneyder?

—Puedo entender que hay gente que piensa distinto a mí —contestó el japonés—. Es algo que he aprendido en este viaje. Solo tengo fe en que a pesar de nuestras diferencias todos luchamos por lo mismo. Creo en la gente.

—Como Akasha —observó Garland.

El barco ya estaba de nuevo en movimiento. Emil, alegre, les despedía de forma exagerada; Hugin se pasaba la mano por el rostro, avergonzado; y Ban fijaba la vista cansada en una de las barreras que flotaban a los lados de Garland.

—Juro que no le pasará nada en la Tierra. Lo cuidaré hasta de sí mismo.

—Entonces yo también haré un juramento, Gran Abuelo. Que traeré a mi hija de regreso a casa. Es por eso que estoy aquí. No más, no menos.

Aquellas palabras, oscurecidas por la herida que tenía en el cuello desde hacía trece años y que ahora se había agravado, serían las últimas que el santo de León Menor pronunciaría jamás. Garland, aun intuyéndolo, se limitó a desearle buena suerte.

Poco después, el barco se alejó de la influencia del santo de Tauro, quien los había aislado del resto del universo como precaución a que el extremo de la senda marcada por Tritos desapareciese con el paso del tiempo. Eso era lo último que Garland podía hacer por los argonautas, el resto corría a su cuenta.

—¿Cómo harás para llevarnos de vuelta? —preguntó Makoto.

—No hará falta —dijo Garland—. El cabo de Sunión volverá a formar parte de la Tierra, si Tritos de Neptuno dice la verdad. Si no —sopesó, preocupado por el poco tiempo que tardó en sonreír—, tenemos a nuestro lado a alguien capaz de navegar por estos mares olvidados, ¿no? Sea como sea. Volvemos a casa.

 

***

 

Estaban de nuevo en medio del más grande de los mares, sin que sentidos convencionales o extraordinarios pudieran determinar dónde estaba el límite. La mayoría descansaba en los camarotes, incluso el vigilante Hugin, que mantenía un eidolon tan lejos como era posible, observando la luminosa senda que atravesaba el océano, se permitió cerrar los ojos por algunos minutos.

¡Cómo habían cambiado las cosas desde la batalla en Reina Muerte hasta ese día, en el que sombras, santos y un caballero debieron luchar codo con codo para sobrevivir! Ahora todos podían confiar la vigilancia en alguien como ella y descansar.

No es como si les fueras a traicionar —dijo una voz conocida, cálida como un día de verano, que resonaba en su mente gracias al poder de Ethel—. Tú no, al menos.

Gestahl Noah, sombra de Altar —saludó Hipólita, quien paseaba por el barco como si no estuviera hablando con el ser al que más odiaba su capitana—. Has estado ausente todo este tiempo. ¿O no es así? He oído que la ayuda que recibió Akasha fue muy conveniente… Y ese animal que usaba el manto de Tauro…

Escogemos a nuestros enemigos, no a nuestros amigos —evadió Gestahl, aún en el refugio de Hybris, con el báculo Niké en la mano y un ojo cerrado, a través del cuál podía comunicarse con Hipólita—. Ya que estáis todos a salvo, supondré que me escucharon. Me alegro, en verdad. El final está cerca.

¿Podemos fiarnos de Tritos? —dijo Hipólita, viendo de lejos el Ataúd de Hielo. Entendía que esa era la única pregunta que Gestahl le respondería sin evasivas.

Julian Solo ha iniciado un viaje a Bluegrad. Empleará el Trono de Hielo para reunirse con Damon y poner punto y final a esta guerra entre vivos y muertos. Eso es todo lo que sé, de momento, aunque puedo garantizarte que Tritos no se atreverá a contravenir la voluntad de Poseidón, sea cual sea, y que Titania está demasiado ocupada enfrentando a los ángeles caídos como para dirigirse a la Tierra —se detuvo un momento al notar confusión en la mente de Hipólita, decidió que debía dar algunas explicaciones—: Guerreros celestiales que se pusieron de parte del Hijo. Se dice que durante la guerra, un tercio de las fuerzas del cielo se unió al bando del dios sin nombre. Los que sobrevivieron al conflicto aún sueñan con alcanzar la victoria.

Un ejército que haría que nos escondiéramos debajo de la cama, ¿eh? Siento que es nuestro final el que está cerca.  

Los que sirven al Hijo y los caballeros negros son dos grupos independientes que están aliados por las circunstancias. No deberías preocuparte demasiado por lo que suceda con ellos —aseguró Gestahl—. Además, conforme pasa el tiempo, menos arrepentido estoy de haber usado mi carta del triunfo contra los Astra Planeta. Si aún no han convocado a los nueve ejércitos es porque no pueden hacerlo.

—¿Nueve ejércitos?

Todo lo que existe y tiene poder en el infierno, los mares y los cielos puede ser comandado por Plutón, Neptuno y Urano. Por otra parte, las fuerzas de la destrucción, el balance y la creación están sometidas a Marte, la Tierra y Venus. No solo hablo de espectros, marinos o ángeles, sino de todos los espíritus que interceden entre los mortales y quienes moran en el Olimpo.  

Cuento seis.

Quienes son derrotados por un regente de Júpiter, quedan ligados a la Esfera de la Ley y los Héroes por un contrato que solo un dios puede romper. Y ya que Saturno puede reproducir todo lo que es posible desde el principio hasta el final del universo, solo quienes son más viejos que este pueden servirle. La Raza de Oro. Esto es solo una hipótesis, ya que los primeros hombres acabaron siendo tan sabios y poderosos que dejaron atrás cualquier ambición, actúan para reparar daños, no para causarlos.

Van ocho. ¿Y Mercurio?

No lo sé —admitió Gestahl—. Tampoco es como si necesitaran más. Este planeta no podría albergar ni siquiera a uno de los nueve ejércitos, no digamos ya soportar tal cantidad de poder. El ejemplo paradigmático durante la Guerra del Hijo fue la vanguardia adamantina de Venus, autómatas creados por el dios herrero para honrar a la diosa del amor, capaces de adaptarse a cualquier circunstancia. Eran irrompibles e imperecederos, uno solo de ellos…

Sí que quieres que me esconda debajo de la cama, ¿eh? —se burló Hipólita antes de dar un amplio salto, a tal velocidad que despertó sin querer al somnoliento Hugin. Se quedó flotando a mil metros del barco, donde podía moverse con relativa libertad.

Respondo a quien me pregunta —dijo Gestahl.

A veces —contraatacó Hipólita.

Eres muy dura conmigo… Pero no debes temer. Los Astra Planeta tenían soldados para librar las pequeñas batallas, cada regente contaba con un grupo de guerreras satélite que estaba a su entera disposición, incluso para transmitir un mensaje. A pesar de eso, ahora hablan directamente y luchan contra todo enemigo que se les presente en persona. Tal vez Tritos no se atreve a concertar una reunión entre Akasha y los dioses porque no sabe dónde se encuentran. Si eso es así, significa que este es el único momento en el que los Astra Planeta pueden caer. Todos ellos —advirtió, siéndole imposible ocultar la ansiedad que esto le producía.

Los dioses del Olimpo descuidando el trabajo de gobernar el universo, ¿eh? ¿Qué hay de Atenea? ¿También ha apartado la mirada de la desgracia humana?

Atenea también tendrá que tomar una decisión —aseveró Gestahl, en otra vida el primer Sumo Sacerdote de la diosa de la sabiduría—. Cuando vea el verdadero rostro de la humanidad, podrá al fin decidir si vivir entre nosotros o liberarse de esa antigua promesa de salvación. Ese día está más cerca que nunca.

Tu mundo dorado más allá del bien y del mal —dijo Hipólita, revoloteando por el aire como una auténtica águila—. Donde los justos prosperan. Y no hay malvados.

Quiero ver ese mundo contigo. No temas, no te escondas. Se acerca una era en la que todos podemos caminar libremente. ¿Me acompañarás en ese último viaje?

¿Dices esas cosas después de negarte a hablar de tu pasado? —Hipólita no pudo evitar soltar un carcajada, lo que debía haber llamado la atención de Hugin si era la mitad de listo de lo que parecía—. ¡Qué descaro!

El pasado está atrás. El futuro, delante.

Puede que el futuro te obligue a buscar a otra acompañante.

Estoy demasiado viejo para seguir buscando sin encontrar. Y cansado, muy cansado. Soy el último de un grupo de necios mortales que vivieron más de la cuenta. Yo no deseo la muerte —aclaró—, pero sí una vida de recompensa luego de tantos castigos.

Hipólita se guardo para sí una respuesta. Impulsándose a una increíble velocidad, llegó al barco, justo frente al mástil donde Hugin por poco se caía de la impresión.

—Si vuelves a dormirte te arrancaré los párpados.

Dejando boquiabierto al santo de Cuervo, Hipólita aterrizó. Se había despejado lo suficiente y también ella quería reposar al menos un poco. Pero antes de bajar, recordó una última pregunta que quería hacer.

¿Munin sobrevivirá?

La música de Orfeo de Lira lleva a la locura y la muerte a quienes lo escuchan. No imagino cómo Akasha pudo salvarlo, siendo que no es tan experta en las artes curativas como Minwu de Copa. Tal vez reunir todo el poder de las constelaciones la cambió.

Hipólita sonrió. Munin, sombra de Cuervo, habiéndose ganado el paradójico sobrenombre Cuervo Blanco, era el mejor recurso de Hybris. Ningún otro del Consejo de los Seis, salvo quizás el propio Gestahl Noah, era tan importante para los planes de la orden, pues sin los Hijos de Mnemosine la matanza que habían estado llevando a cabo no sería nada más que eso, una carnicería más en la historia de la humanidad. A pesar de todo eso, Gestahl Noah había pasado enseguida de hablar sobre uno de sus leales subordinados a alabar a quien tanto lo odiaba. Por alguna razón, esa nueva faceta de su amante, tan vulnerable en quien todo lo tenía calculado, le resultaba encantadora.

Hay algo más —dijo Gestahl Noah mientras Hipólita bajaba las escaleras.

¿Sí?

Hay algo en este viaje que no me gusta. La muerte de Asterión de Lebreles tiene un significado, lo intuyo. Quizá los Astra Planeta no sean el único enemigo.

No tengo el poder para hacerlos regresar.

Nunca te pediría un imposible. Además, es bueno que no haya demasiados santos de oro mientras realizamos nuestro movimiento. Solo los estrictamente necesarios.

¿Entonces?

Solo, protégelos. Cuida de ellos.

Les echaré un ojo…

Con esa broma, Hipólita suspendió la conexión.

 

«Cuida de Pirra —dijo Gestahl para sus adentros, muy lejos de los mares olvidados—. Hasta que el Ocaso de los Dioses comience y un nuevo mundo nazca.»


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#365 Seph_girl

Seph_girl

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Publicado 25 agosto 2022 - 18:26

Cap 134. Y la embajada de paz se reanuda.
 
Sneyder no tiene que esforzarse para ser impopular, porque todos lo mandaron al cuerno con su decisión de ir solo, espero lo lamenten algún día.
Pero cuando parecía que nadie quería bajarse del barco, Makoto sale con que él se quedaba para volver a la Tierra, pues desea por una vez tener la oportunidad de luchar codo con codo con su amigazo Azrael (amistad heterosexual, de veras)
Todos se sorprende, hasta se ahorró que Sneyder le hiciera la pregunta sobre si sirve a la justicia por sus elocuentes palabras motivacionales.
Makoto pues hace una promesa con Hipolita y los demás sobre que un día volverán a encontrarse todos en la Tierra.
De una vez Garland aprovecha para quedarse con Makoto, y de paso tambien bajan a los heridos Munin y Soma.
 
El barco zarpa, no sin antes que Garland le advirtiera a Sneyder que no vuelva a lastimar a Akasha o lo matará, y el tipo sale con una genial frase: "Usar palabras tan fuertes solo te hacen parecer débil, Gran Abuelo." 
Sneyder, yo...
 
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Y así el viaje de la disque embajada de paz se reanuda para (conociéndolos) seguir librando batallas locas jajaja.
 
Terminamos con Gesthal Noah e Hipólita conspirando sin que nadie de ellos se de cuenta.
 
PD. Buen cap, sigue así :)

Editado por Seph_girl, 25 agosto 2022 - 18:28 .

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#366 Rexomega

Rexomega

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Publicado 29 agosto 2022 - 12:28

Saludos

 

Seph Girl. La embajada de paz más conflictiva del mundo.

 

Sí, desde un principio lo visualicé como alguien que chocaría con los demás. No tiene sentido manejar a un personaje así si luego no es libre de decir y hacer lo que piense, así incomode al resto. O justo por eso. ¡No es cristiano desearles mal a los demás! Aunque sí que rechazaron la buena voluntad de Sneyder de hacer el trabajo… Uno pensaría que Makoto sería de los que se quedaban en el barco sí o sí, pero nos sorprendió a todos con su deseo de ayudar a su amigo. Ah, tiempos lejanos en los que uno solo tenía que preguntar si esa intensa amistad era algo más en contadas historias, salvo que se dijera lo contrario. Hoy en día de lo que tiene que haber pruebas es que es solo amistad.

 

¡Bien hecho, Makoto! Tus razones para irte convencieron a todos…, si bien no habrá el que querría saber cual sería tu respuesta a esa ya legendaria pregunta. Cuántas vueltas da la vida, hace solo… ¿¡Cien capítulos!? Esos dos eran enemigos a muerte y ahora se prometen reencontrarse. Parece que lo que decía Akasha de un ejército terrestre unido no es tan loco como parecía. El que se quedó sin un ojo y una mano va de cabeza al peligro mientras que el inmortal que no ha peleado vuelve a la Tierra. ¡Vaya, vaya, Garland! Por lo menos allí Soma y Munin podrán recuperarse. Confiemos.

 

¡Ese meme! La ironía estriba en que la frase es una adaptación de las palabras que dedica el villano de Bleach a Hitsugaya luego de dejar herida de Bleach a un ser muy querido para él. Irónico, porque Hitsugaya es el santo de Acuario del Gotei 13. (¿Qué? Es obvio en quiénes basó Tite Kubo al Gotei 13.). Me encantó verla en su día y me alegro de haberla podido implementar aquí. ¡La frialdad de Sneyder levanta pasiones!

 

«Queremos paz.»

«Nosotros también.»

*Se estrechan las manos y cada uno para su casa.*

 

Con lo fácil que es, ¿¡por qué no lo resuelven por las buenas, gente!?

 

Qué gran vigilante es Hugin. ¡Y qué conveniente es la telepatía! Probablemente el 80% de villanos de telenovelas jamás serían descubiertos si tuvieran telepatía. Nada de preocuparse por si un personaje secundario escucha debajo de las puertas, todo Top Secret. Como sea, aunque aliada, las lealtades de Hipólita se revelan muy claras aquí.

 

***

 

Capítulo 135. Shaula y el país de los gigantes

 

Al abrirse el portón, el amanecer llenó la amplia sala hasta llegar al único huésped: una joven de mediana estatura que dormía en una cama envuelta de tela escarlata, donde bien podría estar descansando un elefante.

Como en no pocas ocasiones, Mithos se quedó en la entrada sopesando las ventajas e inconvenientes de despertarla. Aun ahora, cuando los rayos de sol hacían que se moviera de un lado a otro, refunfuñando con los ojos entreabiertos, tenía la oportunidad de echarse para atrás, cerrar el portón y que ambos tuvieran una mañana tranquila. Podía elegir entre eso y enfrentar el humor con que despertaría.

«Parece tan inofensiva ahora. Podría quedarme aquí, en silencio.»

Enseguida desechó tan descabellada idea. No solo porque fuera deshonesto vigilar a una dama mientras dormía, sino porque desde hacía tiempo Mithos intuía que el latido de un corazón humano, en especial el suyo, podría bastar para que despertara descubriendo que alguien podría haber estado observándola toda la noche.

Armándose de valor, Mithos atravesó la estancia, demasiado grande, con pasos lentos y cautelosos. En parte se debía a la ausencia casi total de decoración, pero sospechaba que aun si hubiese estado amueblada los cincuenta metros de pasillo seguirían estando allí, flanqueados por dos hileras de altísimas y gruesas columnas de base rectangular.

—Buenos días, Mithos.

El susodicho quedó paralizado a un par de pasos de la cama. La chica estaba sentada, frotándose los ojos. La manta escarlata ya no la cubría, pero por fortuna aquel no era de esos días en los que se había acostado sin nada puesto. Llevaba la holgada túnica que le obsequiaron la noche anterior, la cual dejaba al descubierto el hombro izquierdo. Tal ropa, propia de la Antigüedad, le sentaba muy bien a quien era hija de una ninfa.

—B-Buenos días, señora Shaula —saludó Mithos, avergonzado por el tartamudeo que no había sabido corregir a pesar de los meses.

—Señorita —corrigió Shaula, haciendo un mohín que no duró mucho. Mientras se colocaba las sandalias, añadió—: Soy más joven que Akasha, ¿recuerdas? Que fuera me llamen señora lo puedo dejar pasar, que lo hagas tú no.

—¡Perdón! Buenos días, señorita, digo, lady Shaula.

Ella no le hizo caso. Bajó de la cama y empezó a mirar en todas direcciones, como buscando algo. Resultó ser la corona de laurel extrañamente azulada, otro regalo de la pasada noche, que se había quedado en el centro del amplio lecho.

—¿Y a qué has venido, Mithos? ¿Por qué llevas puesto el manto sagrado?

En los ojos de Shaula, azules como un cielo límpido, estaba reflejado el santo de plata Mithos de Escudo, un chico, no mucho mayor que ella, que había resucitado como el decimotercer Campeón del Hades. Este tenía en la mano una máscara dorada.

—Ya has visto mi rostro —le recordó, avanzando. Con cada que paso que daba, Mithos retrocedía dos más—. Lo ves cada mañana, ¿no?

Ruborizado, Mithos asintió, aunque seguía ofreciendo la máscara, rezando porque Shaula no se lo tomara como un insulto. La muchacha, acostumbrada a esa timidez tan extraña en quien en el pasado año la salvó de una muerte segura, se limitó a esperar, sin darse cuenta de que se estaba rascando la mejilla.

—T-Tenemos que salir —logró explicar Mithos—. Ha ocurrido algo.

—Está bien, está bien. Dámela.

Al ponerse la máscara, algunos mechones del pelo se movieron, revelando unas pequeñas orejas puntiagudas, legado de la ascendencia materna de Shaula. No era el único: los ojos celestes también le venían de la madre, y la piel, aunque clara debido a la sangre humana, era tan perfecta e imperecedera como la de una ninfa. Aquellos rasgos, junto a la ropa antigua y la corona de laurel que llegó flotando desde la cama hasta posársele sobre el cabello, castaño con destellos rojizos, le daban la apariencia de una deidad menor. Una que por la tradición debía ocultar el rostro.

—¿Ya estás conforme? —Antes de que Mithos respondiera, Shaula cabeceó negativamente—. ¿Me veo bien?

—Como una diosa.

Fue una respuesta espontánea. Demasiado literal, tal vez, pues de un momento para otro el dedo de Shaula apuntaba al peto plateado como el aguijón de un escorpión.

 

***

 

El cuerpo de Mithos salió volando al exterior, donde chocó de lleno contra una manzana de unos cuatro metros de altura. Aun mientras caía, deslizándose a través de la rojiza superficie, la fruta subía y bajaba al son del conteo de un hombre.

—Novecientos noventa y siete, novecientos noventa y ocho, novecientos noventa y nueve… ¡Y mil!

Tras ese último grito, el sujeto que se ejercitaba con la manzana más grande del mundo alzó los brazos con tal fuerza que terminó por enviarla más allá de las nubes.

—Uf, pensé que llegaría a los mil levantamientos antes de que llegaras. ¡No en vano eres Mithos de Escudo, que se enorgullece de ser el saco de arena más resistente del Santuario! Oh, ese no puede ser el título. ¿Cuál era?

Este no pudo responder de inmediato, ya que tenía los sentidos adormecidos. Poco a poco reconoció a Subaru, vestido como un civil de Rodorio. Muy atrás estaban dos cajas de Pandora, una de plata con la imagen en relieve de un reloj de arena, y otra dorada, que contenía el manto de Escorpio.

—Podrías haberme avisado —se quejó Mithos, ya de pie, mientras se quitaba el polvo—. Habría sido más eficaz que hacer mil flexiones con esa manzana gigante.

—Ahora que lo dices… —Subaru cerró los ojos, pensativo. Por unos cuantos segundos pareció posible que admitiera un error—. No. Las relaciones maduran con los golpes del día a día. Además, necesitaba hacer ejercicio para desentumecerme.

Mithos se guardó las ganas de darle un manotazo al no saber si este lo había previsto. Aquel japonés risueño y optimista tenía la misteriosa facultad de ver el futuro con nitidez. En concreto, estaba al tanto de la línea del tiempo de una persona, Shaula de Escorpio, a quien acompañaba siempre por ese motivo. Nadie en el Santuario podía explicarse cómo funcionaba esa habilidad, mucho menos habían podido replicarla.

Entretanto, la joven ninfa salía de la inmensa edificación que le habían dejado para descansar, semejante al octavo templo zodiacal de no ser por un par de detalles: las dos estatuas en la entrada, que representaban el mito de la muerte de Orión, y que la construcción era entre diez y quince veces más grande que el templo de Escorpio.

—Si has sobrevivido a esto, es que eres el auténtico Mithos —dijo Shaula, quien caminaba hasta el par de santos de plata—. Por un momento lo dudé. Ese halago exagerado no era propio de ti. En absoluto.

—Lo lamento, no quería… ¡No era mi intención ofenderte!

En realidad, en el interior del templo Mithos había dicho lo primero que se le pasó por la cabeza, pero no pensaba discutirlo. Ella siempre encontraría una razón para golpear a alguien sin que pudiera interpretarse que simple y llanamente se había enojado.

—No me he ofendido —insistió Shaula.

Y justo en ese momento, la manzana gigante cayó sobre la joven ninfa, a quien le bastó un solo dedo para detenerla en seco.

—Podrías haber avisado de esto.

—Ay, Mithos, tienes mucho que aprender de las mujeres —dijo Subaru—. ¿Alguna vez has visto a un santo de plata dudar de la capacidad de un santo de oro?

—No…

—Pues no debería ser distinto según el género del santo de oro en cuestión.

—Subaru —dijo Shaula, aún teniendo encima el fruto. Usaba el tono neutro que solo empleaba cuando llevaba puesta la máscara, casi imposible de interpretar—. ¿Por dónde quedaba el pueblo más cercano?

—En un valle nueve kilómetros al sur desde aquí, más o menos.

—Gracias.

Como si aquella manzana no fuera más que una diminuta pelota de béisbol en manos de un jugador profesional, Shaula la arrojó en la dirección marcada por Subaru. Lo hizo con tanta fuerza que en un instante ya se había perdido en el horizonte.

 —Y así se extinguieron los dinosaurios…

Se oyó un largo suspiro. Mithos no supo discernir si Subaru bromeaba o había dinosaurios en aquellas tierras. Tan extrañas eran estas, donde quienes medían dos metros y medio eran considerados enanos, los árboles llegaban a alcanzar los quinientos metros y las briznas de hierba eran tan altas que podrían derribar a un hombre que corriera hacia ellas de forma descuidada, que encontrarse de pronto con un tiranosaurio sería casi normal. Era el país de los gigantes, después de todo.

—¿Listos para partir? —dijo Shaula, entusiasmada por la partida de caza que habían planeado el día anterior. No todo los días tenía uno la oportunidad de enfrentar extintas bestias que solo aparecen en la mitología.

—C-Creo que antes de hacer cualquier movimiento deberíamos pensar en nuestra situación. Han ocurrido demasiadas cosas.

Aunque miraba a Shaula, Mithos no pudo evitar ver con el rabillo del ojo a Subaru, que aprobó la propuesta con un gesto afirmativo. Mientras la joven ninfa usara máscara, esa era la única forma de saber si se habían usado las palabras correctas.

Los tres formaron un círculo y empezaron a reconstruir los acontecimientos desde la destrucción del Santuario.

 

***

 

Aunque todos los santos que se hallaban en el Santuario durante el ataque habían intentado mantener en pie la montaña sagrada, el poder que enfrentaban era demasiado grande y al final debieron desistir. De los que los que intervinieron, solo Shizuma de Piscis pudo escapar de alguna forma, mientras que Shaula quedó a medio camino por intentar proteger a quienes por cuidar que no volviera a salir a hacer alguna locura se habían quedado varios días en la Fuente de Atenea.

Por primera vez, Subaru enfrentó algo demasiado grande como para poder predecir todas las posibilidades, de modo que los tres acabaron en medio de la distorsión. Uniendo fuerzas como habían hecho desde el día en que se conocieron, lograron capear la tormenta espacio-temporal y acabaron cayendo en aquella tierra extraña.

Fue un día agitado. Ni siquiera habían terminado de entender lo que estaba sucediendo cuando empezaron a sufrir los ataques de los lestrigones, gigantes antropófagos cubiertos con armaduras de bronce y armados con grandes mazos y espadas hechos de un metal proveniente de las estrellas. Medían entre cuatro y seis metros y gozaban de una fuerza prodigiosa con la que hacían cimbrar la tierra tras cada golpe fallido. Sin embargo, poco podía hacer el poder bruto contra quienes dominaban el cosmos. Cien de aquellas bestias sedientas de sangre cayeron durante el avance de Shaula de Escorpio por una ciudad donde hasta la más humilde casa podría tener dentro un castillo de considerables proporciones. Mithos y Subaru se limitaban a seguirla.

Llegaron a una plaza donde les esperaba un millar de lestrigones, aunque ninguno se atrevió a dar un paso a donde estaba Shaula y el mortal aguijón que era su dedo extendido. Más bien, se apartaron en dos densas columnas para dejar paso a un gigante con rasgos más humanos, protegido por una pesada coraza compuesta por polígonos de cristal con un brillo hipnótico, del color de una esmeralda. Sendas gemas resaltaban en las hombreras, mágicas y misteriosas. Aquella armadura podría haber sido considerada bella de no ser por los picos que había por todas partes.

El nombre de aquel era Alcioneo, que poco tenía que ver con los lestrigones. Pertenecía a la élite del pueblo de gigantes, los hijos de Gea, y aunque no estaba en su tierra natal, donde era invencible, seguía siendo el más fuerte allí. Shaula, sin embargo, no se dejó impresionar por la ascendencia de aquel, ni por su vestidura adamantina, ni por su capacidad para hacerse tan grande como se le antojara. De algún modo, la joven ninfa intuyó el miedo que los demás sentían por el manto dorado, así que ofreció un trato a quien parecía ser el señor de aquel curioso país: pelearían sin protección.

—Si yo gano, nos dejaréis en paz. No pensamos quedarnos mucho tiempo, en todo caso, solo estaremos por aquí hasta que encontremos una salida.

—¿Y si gano yo?

—¡Podremos comérnoslos! —propuso el único de los lestrigones que no estaba con los demás, uno muy viejo y encorvado que se apoyaba en un bastón.

Los labios de Alcioneo se abrieron entre la maraña oscura que era su barba, a buen seguro cortada con el más afilado cuchillo. No dijo nada que Shaula, Mithos o Subaru pudieran entender, solo soltó un rugido de desprecio que obligó al anciano lestrigón a retroceder. En ese momento, los visitantes no lo sabían, pero Alcioneo mataba hombres por razones que nada tenían que ver con comérselos; él, de hecho, se alimentaba con las grandes y apetitosas frutas que caían de los árboles de aquellas tierras.

—Tú eres una mujer.

—Muy agudo.

—¡Silencio, Subaru! —exigió Mithos, que miraba con preocupación a la en apariencia imperturbable santa de Escorpio. ¿No se suponía que la máscara dorada haría que el enemigo la viera tal y como si fuera un guerrero? ¿Tenían los hijos de Gea alguna clase de privilegio frente al que la magia de la máscara dejaba de servir?

—Si gano, serás mi esposa —dijo Alcioneo, provocando en Mithos la palidez de un cadáver—. ¿Estás de acuerdo con eso?

—Sí —respondió Shaula sin dudar.

Todo estaba dicho. Los lestrigones, incluido el viejo, se dispusieron en círculo alrededor del centro de lo que denominaban Plaza de Pirra. Allí, entre doce grandes estatuas que parecían representar a antiguas deidades, estaba Alcioneo, con quince metros de altura para la ocasión, el pecho al descubierto, los pies descalzos y un trapo hecho de placas de bronce a modo de falda. Shaula estaba enfrente, vestida con la ropa de entrenamiento que los santos utilizaban cuando no portaban el manto sagrado.

La batalla más corta que Mithos recordaba haber visto dio comienzo. Apenas empezaba a dar ánimos a la joven ninfa, débiles chillidos en medio de la algarabía bestial de los lestrigones, cuando Shaula ya había paralizado por completo a Alcioneo de un solo golpe. No lo hirió ni lo derribó, simplemente bloqueó el sentido del tacto.

Los lestrigones tardaron algo más de tiempo en entenderlo. Gritaban y gritaban, peleándose entre ellos, chocando unos con otros mientras Subaru esquivaba las pisadas con una gracilidad que impresionaba a Mithos. Este último no tenía que moverse; ni en mil años aquellos salvajes podrían pasar siquiera la primera capa defensiva del Rho Aias. Ambos santos de plata observaron cómo muchos gigantes entraban en la improvisada arena solo para caer al suelo, locos de dolor, atravesados por la Aguja Escarlata. Parecía que el duelo había sido en vano.

—Has ganado —admitió Alcioneo al sentir la masacre que se avecinaba—. No sé cómo lo has hecho, vi que había un escorpión grande como un hombre entre nosotros, sentí un picotazo en el pecho y desde entonces no soy capaz de mover mis brazos y mis piernas.

Petes, el primero de los Siete Escorpiones de Isis —dijo Shaula—. No debes sentirte mal por esto, ya que es la técnica que supera la Aguja Escarlata de mis predecesores.

—Te creo —dijo Alcioneo—. Está bien, te dejaremos en paz.

—¿Cómo? —Veloz, Shaula pateó el pecho de Alcioneo, mandándolo al suelo. Con la única excepción de Subaru, todos los espectadores quedaron atónitos al ver a la joven ninfa sobre el cuerpo del gigante—. ¿Ya no quieres que sea tu esposa?

 

***

 

En cuanto terminaron de recordar aquel alocado evento y las historias y regalos que compartieron después con el señor de los gigantes, Subaru se atrevió a decir lo que por prudencia Mithos había callado desde entonces.

—Sí que lo complicaste todo.

—El camino más corto hacia la victoria es siempre el mejor —se defendió Shaula, muy tranquila—. Ahora sabemos que esto es Hiperbórea, una ciudadela que orbita alrededor de la Esfera de Júpiter junto a al menos otras sesenta. Sin el permiso del regente, es imposible viajar de una a otra, perderíamos nuestras fuerzas si lo intentáramos.

—¿Y es por eso que propusiste como condición para casarte con Alcioneo que se convoque un gran torneo en el que los mejores de cada ciudadela puedan participar?

—¡Así es! —exclamó Shaula, entusiasmada y orgullosa—. Todas las criaturas fantásticas concebidas por el hombre están aquí. Hay una ciudadela para los gigantes, otra para las ninfas, otra para los más sabios entre la raza de los centauros… Tal vez haya dragones, aunque Alcioneo asegura que ellos no se interesan en esos asuntos.

La familiaridad con la que Shaula nombraba al líder de los gigantes provocaba en Mithos un malestar que no era capaz de disimular. Por fortuna, Subaru sabía cómo distraer a la joven ninfa con bien calculadas palabras.

—Un torneo de artes marciales con criaturas fantásticas. ¡La idea es tan absurda que sin duda al descerebrado pueblo de los gigantes le encantará! —aseguró Subaru.

Luego de un par de segundos de tenso silencio y que Mithos sintiera haber pasado por un infarto imaginario, Shaula volvió a hablar:

—Sí. Ese era el plan. Una idea descerebrada para un pueblo descerebrado. —A la joven ninfa no le quedaba ni un ápice del ímpetu de hacía unos momentos, pero se escuchaba enojada—. ¿Listos para la caza? ¡Me comería un leviatán! —aseguró, a pesar de que no había visto ninguno en la vida.

—Puedo decir con total seguridad que el día de hoy no podremos ir de caza.

—Oh —soltó Shaula, desanimada—. ¿Lo has visto?

—L-Lo vimos —dijo Mithos, levantándose con mucha cautela. Subaru lo imitó enseguida, mientras que Shaula seguía sentada, ladeando la cabeza—. El gran lago que había al norte, ya no está. El Santuario apareció allí.

—¿Cuando dices que el Santuario apareció allí…?

—Es la montaña sagrada, está aquí, intacta.

—¿Desde cuándo?

—Eh, hace una hora, más o menos. Pensaba que el terremoto te habría despertado.

Detrás del cohibido Mithos, Subaru se colocaba las cajas de Reloj y Escorpio, una encima de otra, atadas a él gracias a fuertes correas de cuero. Lo que fuera que fuese a ocurrir, él lo sabía y no parecía preocupado, así que no había razón para tener miedo. ¿O sí? El santo de Escudo no podía estar seguro.

 —Subaru —dijo Shaula, quien no se había levantado. Los dedos de la joven, conocidos por ser los más amables del Santuario, tronaron de forma amenazante—. ¿Dónde apareció el Santuario? Más o menos.

—Cinco o seis kilómetros al noroeste. Es difícil de ver porque…

El brazo izquierdo de Shaula apuntaba a Subaru, mientras que el derecho señalaba a Mithos, tan paralizado como este último. La joven ninfa mantenía extendidos solo dos dedos, los cuales brillaban con un intenso color escarlata.

—Será mejor que nos demos prisa, en ese caso.

 

***

 

Sin un obstáculo en medio, los cuerpos de Mithos y Subaru volaron hasta los pies del templo de Aries, chocando contra el suelo al mismo tiempo que Shaula aterrizaba. No habían terminado de levantarse los santos de plata cuando dos lestrigones amenazaron con largos espadones de hierro estelar a la joven y desprotegida ninfa.

—Esto es tu culpa —acusó uno de los gigantes, señalando la mancha de sangre seca que habían estado investigando—. ¡Antífates ha muerto!

—Es pan de cada día en este lugar. Si no os mato yo, os matáis entre vosotros por aburrimiento —acusó Shaula.

—¡Él es diferente! —dijo el otro gigante—. Siendo muy joven quisieron enterrarlo bajo una gran montaña y sobrevivió. Aun sin la inmortalidad y la indestructible adamas que solo los mayores poseen, Antífates era fuerte. ¡Mucho más que cualquiera de los gusanos que ahora infectan la Madre Tierra!

—Esa montaña —empezó Subaru, mientras se quitaba el polvo—, ¿qué tan grande era? Porque una vez, Mithos…

Furiosos, los lestrigones se abalanzaron sobre la única de aquel grupo que parecía representar un peligro. El primero en llegar fue el más afortunado, pues Shaula se limitó a detener el espadón con un solo dedo. El gigante siguió presionando, perlado de sudor y con los músculos tensados, sin éxito, mientras el otro se retorcía de dolor en el suelo, soltando alaridos inhumanos, tal era el efecto de la Aguja Escarlata de Shaula de Escorpio. Cuando este último expiró, quien seguía con vida retrocedió, agotado.

—Alguien vino. —El lestrigón superviviente buscaba una apertura por la que pasar la espada, negándose a creer que una ninfa podía ser así de fuerte—. Antífates iba a aplastarlo como el gusano que era. Él detuvo el gran pie de nuestro rey sin siquiera moverse y habló con la arrogancia de los hombres: «¿Gigante, tú? No. En este mundo de criaturas mortales e imperfectas, solo estoy dispuesto a aceptar grandeza en una sola cosa.» ¡Así habló! Y entonces el cielo cayó sobre nuestro rey.

Con cada frase recuperaba las fuerzas y el aliento, a la par de las cuales crecía una furia que todo habría de arrasar. No lucharía ahora como una bestia antropófaga, sino como un terrible gigante capaz de arrasar montañas. Alzó la espada de hierro estelar, rodeada por una espiral de llamas, y la hizo descender con violencia, enviando un viento flamígero que terminó chocando contra una barrera. Alrededor de aquella pared invisible, para asombro del lestrigón, giraba el fuego como un remolino.

—No volveréis a acercaros a ella —sentenció Mithos—. Largo.

El viento ardiente, comparable al calor que late en las entrañas de la Tierra, fue regresado al lestrigón potenciado por el notable cosmos de Mithos. En un parpadeo, no quedó del violento enemigo más que unas pocas cenizas.

—Valió la pena nuestro medio de transporte al Santuario con tal de poder actuar de forma tan varonil —comentó un despreocupado Subaru—. ¿Eh, Mithos? 

—Me dijiste que no la avisara antes porque se enfadaría…

—No deberías hacerle caso en todo —dijo Shaula, quien de repente parecía estar muy interesada por el bienestar del santo de Escudo. Lo palpó desde los pies a la cabeza en busca de cualquier herida, por minúscula que fuera, a una increíble velocidad—. Por ejemplo, si te propone luchar sin que yo esté presente. ¡Le golpeas!

—Pero lo verá venir… —dijo Mithos, dubitativo.

—Aun así, le golpeas —insistió Shaula—. Debes combatir a mi lado siempre.

—Si lo hiciera —terció Subaru, clarividente—, nunca recibiría ningún daño, así que no tendría la oportunidad de ser curado por las amables manos de su amada.

—Ahora, por ejemplo, puedes golpearle.

Con una maliciosa sonrisa, Mithos se alistó para hacerlo, pero Subaru ya caminaba hacia el templo de Aries, de lo más tranquilo.

—Eso de que el cielo cayera sobre el tal Antífates me suena al God Hammer de Arthur —comentó santo de Reloj—. Como dije, no iremos de caza hoy.

Al mismo tiempo, Mithos y Shaula se encogieron de hombros. Era duro tener de compañero a alguien que veía el futuro con tanta claridad. Con rápidos pasos, se pusieron a la par de Subaru enseguida.

—Sí que es terrible tu Rho Aias, Mithos.

—Eso no fue nada —dijo Shaula, orgullosa—. Incluso si hubiese convocado las llamas del sol, ni siquiera la primera capa del Rho Aias habría cedido.

—¿De verdad? 

—¡Claro! —exclamó Shaula—. Si dudas, solo dime dónde está el sol ahora mismo.

 

—Por todos los dioses, Subaru, no respondas a eso. 


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#367 Seph_girl

Seph_girl

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Publicado 05 septiembre 2022 - 10:58

Cap 135. Shaula, la que anduvo de vacaciones
 
Pues mientras sus demás compañeros han estada pasándola de la fregada en constantes batallas mortales, nos enteramos que Shaula es la excepción ya que ella tuvo la gracia divina (quizá por su ascendencia elfica) de que le tocó caer en tierra de gigantes donde fue tomada como una reina xD
 
Mithos se la vive con miedo por convivir con Shaula, pero como esta no le ha dicho si lo va a matar o que si lo amará es prudente de su parte esperar a que tome una decisión XD
 
Después de eso nos cuentan cómo es que acabaron allí, y sí, tuvieron sus "peleas" offpanel pero vamos, en comparación con los otros, anduvieron sobre flores jaja.
 
Se efectuó un duelo para que los habitantes de allí dejen en paz hasta saber como salir de Hiperbórea, pero si perdían pues Shaula tendría que casarse con un gigante, y aunque ganó con suma facilidad ella va y lo complica dándole confusas señales al gigante quien lo toma como una invitación para que la siga cortejando, por lo que será su perro faldero por toda la eternidad (esta mujer es muy inteligente)
Este trío tuvo tanto tiempo libre que hasta quisieron organizar un torneo de las artes marciales XD, pero nada de eso importa porque de repente ya los chicos estabilizaron su tiempo y espacio al corriente de la trama, el Santuario reconstruido a aparecido por allí y otro personaje más envuelto en el enigma.
 
PD. Buen cap, sigue así :)

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#368 Rexomega

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Publicado 05 septiembre 2022 - 18:02

Saludos

 

Seph Girl.  Akasha de Virgo y Arthur de Libra combatieron amenazas de otros universos y al más poderoso de los Astra Planeta. Lucile de Leo se las vio contra el primer santo de Leo. Shaula de Escorpio visita la tierra de los gigantes. Es evidente que todos tuvieron cosas que hacer, no hay favoritismo entre los santos de oro.

 

Me divertí mucho con este capítulo vacacional en su día. Un poco loco, no solo por la actitud de los personajes sino por el escenario y lo que ocurre (¡flexiones con frutas gigantes!), pero siempre es agradable poder narrar algo más mitológico.

 

Como dice la canción: «No puedo decidir si debes vivir o morir.» Pero, ¿qué te pasó Mithos? Hace eones casi, casi tomaste la decisión por ella.

 

Raro es el día en que los personajes de Saint Seiya resuelven algo sin pelear.

 

Algo pasa con los gigantes de Saint Seiya que siempre les va mal, incluso en el Episodio G, donde todo se exagera por el bien del espectáculo. (¡Os estoy viendo, cíclopes!). ¿Será que Alcioneo rompe el tabú y hace honor al relato de Ío sobre las batallas de los primeros santos de oro y los gigantes? Quizá si el hombre se anima a pelear con armadura en lugar de hacerse el macho. Ah, pues esa es una forma muy divertida de verlo. ¡Qué lista resultaste ser, Shaula!

 

Un Tenkaichi Budokai con criaturas mitológicas es lo que este fanfic necesita, pero no lo que merece. ¿O era al revés? Fuera como fuese, no hubo tiempo para eso. Como la tormenta que trae la lluvia, vino la montaña arrastrando consigo la cronología.

 

Esa debe ser una de las máximas de esta historia: «Siempre hay un nuevo misterio.»

 

***

 

Capítulo 136. Calma antes de la tormenta

 

Lucile despertó en el interior de un edificio que conocía muy bien: el primer templo del Zodiaco, por el que todo santo de oro solía pasar con relativa frecuencia a excepción de quien debía resguardarlo, Ofión de Aries, el Ermitaño.

Lo siguiente que notó fue el cadáver de quien, intuyó, la había transportado hasta allí mientras dormía. Tan pronto vio a aquel gigante muerto, lo comprendió todo.

—¿Prefieres usar el Satán Imperial con ese animal antes que cargar con tus compañeros? —preguntó a la nada, o eso pareció. Si algún lestrigón de fuera entrase en el templo pensaría que este poseía una extensión infinita, gracias a una ilusión sobre la percepción del espacio bastante convincente para las mentes débiles—. Arthur.

El susodicho, consciente de la llegada de Shaula y el otro par de sabuesos de plata al exterior, aceptó la crítica con un respetuoso asentimiento. No sería correcto decir que aquel lestrigón, u animal como Lucile le había llamado, puso mucho más cuidado en llevarla hasta allí de lo que habría implicado otro tipo de trasladado. Tan útil resultó ser aquella criatura que el Juez lamentaba haber tenido que matarlo.

—¿Dónde estamos?

—Hiperbórea, la tierra de los gigantes —contestó Arthur—. También podría decirse que nos encontramos dentro de la Esfera de Júpiter.

—La Esfera de Júpiter… —Lucile no pudo contener un ligero estremecimiento. De repente no tenía ganas de levantarse, aunque era consciente de que podía—. ¿Qué ocurrió? Mis fuerzas se han restablecido.

—Solo en parte —aclaró Arthur, acercándose—. Las explicaciones pueden esperar. Muy pronto tendremos visita.

—No pueden esperar. Yo quiero saber.

 

Viendo a aquella mujer que doblegaba los corazones de los hombres y el mismo mundo con solo levantar la voz, Arthur no tardó en resignarse. Agachado, posó el dedo sobre la frente de Lucile, rozando la máscara dorada, y le transmitió cuanto quería conocer.

La Ira Divina, que impulsó a todos los males del mundo contra Ío de Júpiter, surtió el efecto deseado, alejándolo del Santuario. Un hombre con la apariencia y el cosmos de Ikki le persiguió, enfundado en un manto que unía la esencia del Fénix y el León de Nemea. Arthur, quien entraba en ese momento, se encargó de proteger la montaña sagrada, así como a Lucile, mientras los alrededores —el infierno de la batalla interminable— se desmoronaban. Por largo rato les rodeó una densa oscuridad, hasta que esta dio paso a un nuevo mundo, la tierra de los gigantes.

Ahora el Santuario estaba rodeado en dos terceras partes por un gran lago, mientras que el resto limitaba con un prado dominado por manzanos gigantescos. Arthur priorizó ayudar a Lucile, pues solo estaba falta de energías y pronto podría combatir, mientras que por el momento nada podía hacerse en aquel extraño país. Poco después, una partida de lestrigones liderada por uno muy viejo, de nombre Antífates, vinieron a investigar lo que había ocurrido. Si se hubiesen limitado a esa tarea, el anciano habría sobrevivido, uno de ellos no habría sido convertido en el mayordomo del Juez, y el par que se quedó podría haber vivido un tiempo más sin descubrir lo mucho que debían temer a los santos de Atenea. Lamentablemente para ellos, no fue así, decidieron actuar como animales en lugar de como seres racionales.

—¿Satisfecha? —preguntó Arthur, deshaciendo con un pensamiento la ilusión que había creado en el templo. No esperaba que fuera un problema para alguien como Shaula, pero lo mejor era evitar malos entendidos.

—Debo procesar el hecho de que me hayas salvado.

—Temo que no tenemos tiempo para eso.

 

En ese momento, oyeron las voces de Shaula, Mithos y Subaru, que hablaban sobre la legendaria técnica del santo de Escudo. Cuando Lucile pudo ver a la santa de Escorpio, que encabezada el grupo, no se molestó en contener la risa.

—¿Qué me he perdido? ¿Cuándo el árbol se convirtió en diosa? —decía la leona de oro, divertida, tratando de imaginar qué expresión ocultaba la máscara de Escorpio.

—¡Me vestí con lo primero que me dieron!

Aun cuando Shaula estaba siendo sincera, incluso los hombres presentes entendían que Lucile siguiera riendo. En parte por lo adecuada que era aquella vestimenta para la ninfa, pero sobre todo porque la leona de oro, simplemente, era así.

—¡Ni siquiera es una corona de laurel convencional! —apuntó Lucile—. ¡Azul!

—¡No es mía! —dijo la acusada, molesta—. Esta ropa perteneció a una antigua huésped, Selvaria, la primera santa de Acuario.

Tal y como Shaula previó, semejante revelación cortó la risa de Lucile y las ganas que pudiera tener de seguir burlándose. También Arthur mostró interés en el tema.

Todos tuvieron claro que había mucho de qué hablar.

 

***

 

Entretanto, en la frontera entre los mares olvidados y el país de los gigantes, el Argo Navis concluía la primera parte de su último viaje.

Hugin miró el Ataúd de Hielo por largo rato, sin terminar de decidirse. Veían Hiperbórea en el horizonte, pero, ¿quién les garantizaba el feliz regreso a casa? ¿Y no era prudente tener a uno de los Astra Planeta para negociar con el resto? Pero, en realidad, nada les garantizaba que Tritos no estuviese jugando con ellos y ese cadáver congelado no fuera más que un muerto sin nada en su interior. Con tal dilema justificó su falta de acción hasta que una llama ardió en su interior, animándolo a dar el paso.

Era literal, hasta cierto punto. Como solía ocurrir en las vidas de los santos de Atenea, algunas de las metáforas y símiles esgrimidos por tantos escritores se realizaban gracias al infinito poder del cosmos. En este caso, de verdad Hugin se sintió envuelto por una llama que parecía nacer de su interior, arropándolo con un manto de calor que acaso solo cabría comparar con la superficie de una estrella. Confiando en la Armadura Solar, el santo de Cuervo tocó el hielo de Acuario y empujó con todas sus fuerzas. Avanzó un centímetro, dos y tres, para cuando Hugin ya sentía el frío del infierno.

Por suerte, alguien le echó una mano. Orestes de la Corona Boreal, como una muestra de caballerosidad, dio muestras de esforzarse tanto como Hugin para aportar la mitad del trabajo, si bien este ya había intuido que hasta la Armadura Solar era cosa suya. Jugó la pantomima de todas formas, sintiendo una infinita satisfacción al ver el Ataúd de Hielo hundirse en los mares olvidados. No esperaba, desde luego, que aquellas corrientes fueran a provocar algún daño una entidad capaz de estar en múltiples lugares a la vez y aun así provocar temor en un santo de oro, pero nadie podía poner coto a su imaginación. El podía asumir la imagen de un Tritos de Neptuno ahogándose en el mar a donde van a parar las leyendas olvidadas por el hombre.

—Leyendas como los Astra Planeta —susurró Hugin, sonriente.

—¿Ha sido tan gratificante como esperabais? —preguntó Orestes, su compañero de fatigas. Mientras Hugin asentía, todavía mirando el punto donde el Ataúd de Hielo se hundió, el micénico notó cómo las manos del santo de Cuervo temblaban, azuladas bajo los guanteletes de plata—. Lamento que el Manto Solar no haya sido suficiente protección. Esta es la primera vez que recurro a él.   

—Je, ¿se llama así? Yo pensé en esa técnica como Armadura Solar. Parece una técnica de lo más eficiente, a menos que te enfrentes con el señor Sneyder. ¿Por qué no la ha usado hasta ahora? Mi consta que usted luchó en el frente de Naraka.

—Porque durante la guerra, Atlas de Carina seguía con vida.

Extrañado por una explicación tan azarosa, Hugin desvió la atención de los mares olvidados hacia el micénico. Sin palabras, le dio a entender que quería saber más.

—Soy parte de un enlace entre nueve caballeros del Hijo. Como supervivientes de la mayor guerra que se haya luchado desde la Titanomaquia, decidimos por propia voluntad cruzar nuestras vivencias antes de partir cada uno a una misión encomendada por nuestro dios. La mía ya la conoces y aun si estuviera en mi mano contarte qué buscaron mis compañeros, no serviría de nada, pues la mayoría han muerto antes de cumplir su cometido. Ionia de Capricornio murió en una sangrienta guerra civil, en Midgard; Kyoko de Caballo Menor y Atlas de Carina han caído luchando contra Titania de Urano; Asterión de Lebreles… —Calló, percibiendo que la confusión de Hugin no hacía más que crecer—. Buenos hombres están muriendo para darnos una oportunidad en este viaje. Kyoko, que debió enfrentar a su propia hermana poseída por la diosa Eris, desafió a Titania de Urano al mando de un ejército sin parangón, alejándola de Titán de Saturno. Poco tiempo después, yo podía volar por el aire como los pájaros, gracias a unas alas de fuego que Kyoko ideó para poder alcanzar a su querida hermana allá en los cielos de los inmortales. Eso significa que ha muerto, como Ionia, Atlas y Asterión.

—¿Me está diciendo que hereda las técnicas y el poder de sus compañeros caídos? —preguntó Hugin, recibiendo una respuesta afirmativa del micénico—. Pues no parece que sirviera de mucho en la batalla con Titán. El señor Shun apenas lo mencionó.

—¿Qué es el poder de tres caballeros del Hijo frente a uno de los Astra Planeta cuando se está en sus dominios y este viste el alba? —cuestionó Orestes—. Ni siquiera siendo nueve tuvimos la menor oportunidad. La décima parte de las Alas del Rey.

—¿Décima parte? ¿Hay ochenta y ocho como usted?

—Eso nos han dicho.

—¿Pero…?

—La Sagrada Orden de las Ochenta y Ocho veces Ochenta y Ocho Alas del Rey. Ese era el nombre que venía a la mente del más viejo de nosotros, Ionia, cuando pensaba en nosotros. Me cuesta creer que haya existido un ejército semejante.

Preso de una palidez repentina, como si fuera él quien Sneyder hubiese congelado, Hugin trató de sacar una conclusión sobre lo que el micénico le explicaba en ese momento de debilidad. ¿Ochenta y ocho veces ochenta y ocho, contra los nueve Astra Planeta? ¿Y aun así habían perdido? Hugin podía no ser el más informado en esos asuntos, pero sí que tenía claro que Orestes de la Corona Boreal era del bando perdedor, al igual que cualquier otro que se hubiese rebelado contra los dioses del Olimpo.

—Estamos muertos. Muy muertos.

—Confía en tu diosa, así como yo confío en mi dios.

Hugin sintió ganas de recordarle que ninguno de los dos estaba disponible, pero al abrir la boca hizo otra pregunta más productiva y relevante.

—¿Ahora Asterión de Lebreles forma parte de ti? ¿Sabes quién lo mató?

—Al igual que Shijima de Virgo, cayó antes de que el mal de la desconfianza fuera despejado por vuestro santo de Libra. Dejémoslo así.

El santo de Cuervo asintió. La impresión que habían dejado las experiencias de Asterión en Orestes ya había pasado. No podría sonsacarle nada más.

 

***

 

Lucile supo resumir de forma espléndida lo que a Ío de Júpiter le costó tanto explicar. Al compartir aquella información con los relatos que Alcioneo contó a Shaula y el pequeño encuentro de Arthur con los primeros santos de oro, todos los presentes pudieron hacerse una imagen muy clara del porqué detrás de las Guerras Santas y las muertes de innumerables santos. Durante milenios no solo habían luchado para proteger el futuro de la Tierra, sino también para redimir los pecados del pasado.

—Esa tal Pirra debió ser increíble —alabó Shaula, emocionada—. La mitad de los primeros santos de oro siquiera eran del todo humanos, uno de los Mu, una sirena, un gigante… ¡Incluso uno de ellos descendía de una ninfa! —mencionó con orgullo—. Y ella los mantuvo unidos por seis mil años. Sola.

—Todos debían morir bajo el diluvio universal, así que no debían ser muy queridos en esas tierras legendarias —aventuró Lucile, que se había ahorrado algún que otro detalle sin importancia, como el secuestro de Shemhazai—. Sea como sea, es similar a nuestra Suma Sacerdotisa, ¿no? Tan empeñada en unir a todos.

—Un solo ejército para un solo mundo —citó Arthur—. Akasha nació después de la muerte de Hades. Tal vez…

Por sentido común, Mithos y Subaru habían permanecido en silencio, apartados de la conversación entre los tres santos de oro, pero el segundo pronto dio ese decidido paso hacia adelante, muy sonoro, con el que prevenía a todo aquel que lo escuchase de que se avecinaban problemas, a pesar de que rara vez expresaba cuáles serían.

—Lamento interrumpir, sabios y poderosos líderes…

—Yo también lo he visto venir, Subaru —se adelantó Arthur—. Lo cierto es que la importancia de lo que hemos descubierto merece una nueva Reunión Dorada.

—Es cierto —convino Shaula—. Tenemos que encontrar una manera de salir de aquí.

—No llegaremos muy lejos —advirtió Subaru, señalando el vientre descubierto de Lucile—. Cualquier golpe en esa zona podría ser fatal.

—No se puede hacer nada —dijo Shaula, ofuscada—. Sin la Fuente de Atenea…

—Tenemos algo parecido.

—¡No! Soy Shaula, la Muerte Roja, quien busca el más letal de los venenos. ¡Para curanderos tenemos a Akasha y Minwu!

—Como una joven y bella chica no te queda más remedio que asumir tu papel de maga blanca —soltó Subaru, cabalgando entre halagos y ofensas para evitar la furia de la ninfa—. Además, la vida podría considerarse el veneno que se opone a la muerte.

Por mucho que a Shaula le ofendiera que sus esfuerzos por ser tan fuerte como el resto de santos de oro quedaran reducidos a que le pidieran curar a los heridos, no podía negar los hechos. Hasta al más insignificante santo de bronce se le enseñaba a destruir los átomos que componen la materia, no cabía duda de que los golpes de Ío, quizás el guerrero sagrado más viejo que el mundo había conocido, no causaban solo daños convencionales. La regeneración de Lucile pudo haber sido incompleta.

—Está bien. ¡Lo haré!

En cuanto los dedos de Shaula tronaron, Lucile se levantó y, para asombro de muchos, dio un paso hacia atrás, alejándose de la ninfa.

—M-Me niego.

—Estas manos son las más amables del mundo —dijo Shaula, avanzando hacia la leona de oro. Esta cabeceó negativamente—. Sané a Mithos algunas veces, en los entrenamientos —añadió a modo de justificación.

—Mi padre sana a las personas, es un talentoso cirujano. Akasha es como una enfermera algo torpe, pero confiable… —dijo con un hilo de voz, ya que en el fondo estaba agradecida de seguir con vida—. ¡Tú, tú no eres la cura, sino la enfermedad!

—Estás colmando mi paciencia, Bruja de las Emociones.

Hacía ya mucho que nadie se había atrevido a dirigirse a Lucile con el epíteto que sus poderes y proezas le habían granjeado. La leona de oro apretó los puños.

—¿Por qué todos se molestan cuando es otro el que remarca sus defectos? Muerte Roja, así es como se te conoce en el Santuario, y expones ese título con orgullo. No tienes que responder a eso —dijo haciendo un ademán—. No tendrías que hacer nada, solo quedarte plantada por la eternidad como un árbol más.

El cosmos de Shaula se concentró en el dedo con el que apuntaba a Lucile, quien estaba en guardia. Alumbrados por la luz carmesí, ni Arthur ni Subaru movieron un dedo, mientras que Mithos no pudo guardar silencio más tiempo.

—¡Basta! ¡Deja de hacernos perder el tiempo!

—¿Qué? —Lucile, quien no parecía impresionada por el despliegue de fuerzas de Shaula, apenas podía reaccionar a semejante reclamo—. ¿He oído bien?

—Sí. No sé qué tengas en contra de lady Shaula, muchos sienten envidia del tiempo que ella vivirá debido a su ascendencia…

—Vivirá tanto como un árbol.

—El remanente del ejército del Hades sigue en la Tierra, así como Damon. No tenemos tiempo para duelos de egos. Por favor —pidió Mithos, bajando el tono—, permite que te curen para que así podamos descubrir cómo regresar a nuestro hogar.

—Yo no tengo la culpa de que un gigante te haga sentir inseguro como el compañero de un árbol —dijo Lucile luego de alguno segundos, asegurándose de que cada palabra sonara tan sucia como era posible—. No obstante, estoy de acuerdo. Adelante, Muerte Roja, empieza con esa tortura que mal llamas sanación.

Shaula echó un vistazo al cohibido Mithos, con las emociones ocultas por la máscara dorada. Había bajado el brazo hacía poco, mientras este hablaba, ya sin el amenazante cosmos ardiendo en la punta de sus dedos.

—Entiendo que no teníamos tiempo porque esta discusión iba a ocurrir. ¿No, Subaru? —Arthur, que sabiamente se había distanciado de la rencilla, miró al japonés con ojos severos. Este asintió con el descaro que lo caracterizaba, sin contestarle.

—Mi recomendación es que te vayas, Mithos, esto se va a poner violento.

—¿Qué hay de ti?

—Soy el santo de Reloj. Lo que me pase, lo puedo reparar, aunque preferiría no gastar demasiadas energías. Sal a vigilar, por si viene alguien.

Entendiendo que para Subaru la diferencia entre posibilidad y premonición era ínfima, Mithos accedió enseguida y se retiró del templo. Lo último que escuchó le dejo claro que había tomado una buena decisión.

—Primero, quítate eso. Me estorba.

—¡Aleja tus ramas de mí, Muerte Roja!

 

***

 

Desde que llegaron a la tierra de los gigantes, tratando de huir de la destrucción que asolaba el Santuario, Shaula entendió que no tenían forma de regresar. Aun así, por el bien de Mithos y Subaru, fingió que nada de aquello le preocupaba, para que no cayeran en la desesperación. Ese era el tipo de persona a la que Escorpio había escogido para proteger el octavo templo del Zodiaco. Y ahora que una pequeña oportunidad de cambiar su situación empezaba a cobrar forma, Shaula la tomaba de forma natural, siguiendo la corriente, escogiendo siempre el camino que implicase el menor derramamiento de sangre, así incluyese una propuesta de matrimonio.

En ello reflexionaba el santo de Escudo cuando el sonido de un hombre masticando le hizo darse la vuelta, alzando la guardia. Lo que vio fue tan descabellado que por momentos pareció un delirio: Alcioneo estaba usando el templo de Aries como una silla, teniendo cada larga y gruesa pata apoyada en un extremo de la parte frontal. El gigante lo estaba mirando con curiosidad mientras comía una manzana enorme.

—¿Cuándo llegaste?

—Hace poco —contestó mientras trituraba el trozo de la fruta que acababa de comer—. Los hijos de Gea podemos ocultar nuestra presencia y volvernos invisibles.

Esa particularidad formaba parte de la Gigantomaquia, el conflicto entre los dioses y la raza de los gigantes que, si lo que ahora sabían resultaba ser cierto, fue en realidad una guerra entre aquellos seres inmensos y la primera generación de santos de oro. Mithos, desde luego, podía creerlo: aquel bravucón era muy fuerte, pero Shaula lo había derrotado sin demasiadas dificultades, lo mejor con lo que contaba era esa increíble armadura. Mientras los lestrigones iban protegidos con metal y armados con acero estelar, la adamas de Alcioneo brillaba como una esmeralda y despedía un increíble poder. Solo verla bastaba para entender lo difícil, o imposible, que sería romperla.

Había otra razón por la que los gigantes parecían ser los enemigos de los hombres, más que de los dioses. Al menos en aquellas tierras, no dejaban de ser un pueblo primitivo basado en la caza y la recolección, poco importaba que cazasen monstruos legendarios. ¿Cómo una civilización así podría oponerse a los gobernantes del universo? No eran más que bárbaros, unos bárbaros muy grandes y fuertes.

«¿Cómo entran en todo esto Tifón y Encelado? —se preguntó Mithos, rememorando las batallas que según decía su madre estos seres libraron contra Zeus y Atenea en los albores el tiempo. ¿Podría ser que hubiese una raza aún más antigua de gigantes, anterior a la existencia de la Tierra?—. Tan viejos y poderosos como para que estos brutos pensaran en ellos como verdaderos dioses. —Por lo menos, a Tifón lo veneraban como tal. Era el dios de la destrucción, un Zeus para los barbáricos gigantes.»

—No me gusta cómo me estás mirando, insecto.

Con cierto desgano, Alcioneo arrojó los restos de la manzana contra Mithos, solo para ver cómo eran pulverizados a un par de metros. Aquello volvió el enojo en un impulso de furia. El puño del gigante, revestido de esmeralda, cayó sobre del santo de Escudo como un relámpago imposible de esquivar, pero no pudo alcanzarle.

—Vosotros nunca dejáis de sorprenderme. —Lejos de enfurecerse, los ojos de Alcioneo brillaron con interés bajo la visera del yelmo. Volvió a dar un derechazo contra Mithos por pura curiosidad; no le sorprendió que también se detuviera a un par de metros de aquel muchacho—. Y os encanta explicar vuestros trucos con todo lujo de detalles, así que habla a gusto, insecto. Estoy impaciente.

Mithos no tuvo ningún problema en seguirle el juego a aquel bravucón.

—Es muy simple. Entre mí y el enemigo levanto un escudo. Solo la primera placa ya es virtualmente indestructible hasta para un grupo de santos de plata —aseguró, orgulloso—, pero si debiera enfrentar a un santo de oro, caería enseguida.

—¿Dices que no estoy a la altura de un santo de oro?

—Lo estás —dijo Mithos—. Es por ello que has enfrentado la verdadera forma de mi más valiosa técnica. Cuando cae una placa de la barrera, la energía empleada para destruirla es absorbida por las demás, reforzándolas. Esto significa que cada vez va a ser más difícil destruir la siguiente. Al final, o el golpe pierde toda su fuerza o carece de la potencia necesaria para seguir avanzando. Eso no es todo —advirtió, satisfecho por la expectación que generaba en el Alcioneo—, pero el secreto mejor guardado de Rho Aias es algo que solo lady Shaula puede saber.

—Estoy seguro de que derribé varias barreras con mi segundo golpe —dijo Alcioneo, frunciendo el ceño. Tal vez las estuviera contando.

Rho Aias posee veinticuatro mil placas. Ni siquiera un gigante puede aspirar a atravesarlas todas de un solo golpe.

—Y se pueden reparar, ¿cierto? Lo he notado. ¡De verdad eres un insecto, viviendo en un hermoso árbol al que día a día le robas la salvia!

—Así como mi cosmos pertenece a Shaula y Subaru, el cosmos de ellos es el mío. Ese es el camino que escogimos. Gracias a eso podemos ayudarnos como iguales.

Habiendo saciado su curiosidad, Alcioneo dejó de mirar a Mithos y dirigió la vista hacia el noreste, donde lo que quedaba del lago lamía la montaña venida de la nada. Un barco lo cruzaba, con una tripulación hábil a la hora de esconder su presencia. Si las aguas que navegaban no le debieran obediencia, no se habría dado cuenta hasta que llegaran a tierra. ¡Qué audaces y qué locos podían ser los hombres!

—Hay algo que quieres decirme. ¿Verdad, insecto?

—No dejaré que te acerques a ella. No permitiré que le hagas daño.

—Eso no es lo que quieres decir —dijo Alcioneo, aburrido. La cabeza recostada sobre una mano enorme—. Sé sincero o te aplastaré.

—Yo amo a Shaula —se atrevió a decir Mithos allí, donde nadie más que él y el gigante estaban presentes—. Puedes burlarte si quieres, no me importa. La amo. Voy a estar con ella siempre. Así que te lo repito: no dejaré que te acerques a ella. No…

La tierra tembló de pronto con gran intensidad, mientras cerca del Santuario aparecía el monte Estrellado, rodeado de rayos desde la base hasta la cima. Desde aquella elevación se hizo presente un cosmos inmenso que estremeció por igual los corazones de Mithos y Alcioneo. Tal era la fuerza que sentían.

 —Muy grande debe de ser el amor del insecto por la savia del árbol —dijo Alcioneo con voz temblorosa—. Pues quizá tenga que protegerlo del poder de un falso dios. 


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Publicado 10 septiembre 2022 - 13:13

Capítulo 136. Ochenta y ocho veces ochenta y ocho... OMG
 
Arrancamos con Lucile despertando en el templo de Aries donde se entera que Arthur la ha salvado.
En eso llega Shaula con sus dos santos de plata y pasan a tener que hablar de chismes y ponerse al día.
 
Mientras tanto, el Argonavis ya está cerca el mundo de los gigantes, por lo que Hugin puede tirar el hielo donde esta el cadáver de Asterion como tanto quería hacer. Claro, lo ayudó Orestes porque el tipo solo cuando están los Astrales tiesos es que se anima a participar xD
Este nos cuenta que hizo un tipo "enlace" raro con otros 8 guerreros del Hijo  para que, cada que uno va muriendo, van heredando poderes y habilidades del muerto... ¡mira tú!, la manera fácil de ganar power ups sin mover ni un dedo salvo sobrevivir lo suficiente hasta que los otros dudes mueran XD
Total, que Orestes también chismea el nombre de su hermandad: La Sagrada Orden de las Ochenta y Ocho veces Ochenta y Ocho Alas del Rey. Pasu madre! Y aún así el Hijo perdió...  no sé si los Astra planeta son muy fuertes o el Hijo medio incompetente jaja
 
Volviendo con los chicos en la tierra de gigantes
Despues de que Lucile les contó la historia de Mufasa, digo, Hashmal, Arthur parece que ha descubierto que, quizá, Akasha es Pirrah reencarnada, dun dun duuuun!!!
Ahora quieren curar a Lucile pero ella no quiere que Shaula, la maga blanca, la toque, pero Mithos se atreve a meterse donde no lo llaman y logra que coopere.
 
Al final, Mithos y el gigante tienen una charla en la que Mithos marca su territorio ante el gigante que quiere desposar al árbol "No te acerques a mi chica, bitch". Para cuando se dan cuenta de que el Argo navis va llegando, que aparece el monte estrellado cerca, y con él creo que Io de Júpiter a recordarles que el arco que acaba de empezar lleva su nombre por lo que seguro él es el enemigo al que hay que vencer para pasar al siguiente.
 
Pd. Buen cap, sigue así.

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#370 Rexomega

Rexomega

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Publicado 12 septiembre 2022 - 09:04

Saludos

 

Seph Girl. ¡Madre de Dios, qué molestawhat!

 

Típico, la auto-proclamada mejor recurso del Santuario es salvada por el que dicen que es el más fuerte del Santuario.

 

Esos son los momentos más duros de escribir con distintos grupos de personajes y  escenarios. Mucho se ha dicho de que la típica historia de un protagonista que abandona su pueblo medieval y acaba enfrentando a Cthulhu en el corazón de una galaxia moribunda ya no se lleva, que ahora la moda es el estilo Una Canción de Hielo y Fuego con puntos de vista repartidos por todo el mundo, pero poco se habla del proceso de cuadrar la cronología y que los personajes se pongan al día. ¡Es todo un desafío! Para el escritor, los personajes, como regla general, solo tienen que hablar un rato.

 

Hugin sabe que lo importante es llegar al punto nuevo del mapa, que el regreso a casa ya lo organiza la historia cuando llegue el momento. Tal vez es por ser lunes, pero en un primer momento no estaba seguro de si te referías a Hugin u Orestes con eso de actuar solo cuando es conveniente. En defensa del micénico, él luchó en la Guerra del Hijo, no hay palabras para describir la clase de estrés post-traumático que eso debe provocar.

 

Un truco bastante conveniente y aún más efectivo para ahorrarnos arco de entrenamiento y más personajes en esta historia que de por sí tiene ya bastantes. Nada como el método Z (Antz) para convertirte en el único superviviente de una guerra.

 

El mejor nombre del mundo para una orden de guerreros sagrados.

 

Quizá los santos de Atenea prefieren pensar que el Hijo era un negado para las batallas, por esa mala suerte que tienen que siempre tienen problemas con los astrales.

 

¡Mientras tanto, en la fabulosa tierra de Hiperbórea el Gran Torneo de Artes Marciales Mitológicas da comienzo…! Nah, es broma, no hay tiempo para torneos. El símil Ío-Mufasa, Ikki-Simba y Lucile-Nala aún me hace sonreír. Esta Pirra es todo un caso, lleva muerta miles de años y aun ahora no deja de causar problema.

 

Se ve que Mithos ha crecido mucho desde que atestiguó la primera discusión entre estas dos santas de oro, en el lejano volumen Neptuno. ¡Bien por él!

 

En condiciones normales, Alcioneo y cualquiera que escuchara al bueno de Mithos ponerse amenazante, por una cuestión de tamaño. (¿¡Quién usaría un templo como sillón!?). Pero esto es Saint Seiya, la franquicia que inició con un muchacho japonés dándole la paliza de su vida a un gigante como Cassios. La altura no importa. Si no había tiempo para torneos, tampoco iba a haberla para un inesperado arco romántico sobre si Shaula está de acuerdo en que no importa lo grande que seas, sino lo que hay dentro, es decir, el cosmos. Porque la trama, inexorable, sigue avanzando.

 

Por lo que dice Alcioneo, sí, ¡se viene Ío de Júpiter!

 

***

 

Capítulo 137. Verdades ocultas

 

Shun de Andrómeda, en representación de los argonautas, y Arthur de Libra, actuando como emisario de quienes permanecían en el templo de Aries, llegaron a la base del monte Estrellado a tiempo de ver cómo la fuente del inmenso poder que sintieron caía a tierra. No llevaba armadura alguna, solo un parche, una camisa sin mangas, pantalones algo desgastados y botas descoloridas. Tampoco había alzado la guardia, se limitaba a apartar el polvo que había levantado al descender, a pesar de que tras las sencillas ropas podía verse parte de una quemadura reciente, sin duda fruto de un duro combate.

—¿Lo conoces? —preguntó Shun.

—Sí. —Arthur tenía muy presentes las palabras de Lucile, no solo sobre la historia de los primeros santos de oro, sino sobre aquel en concreto—. Hashmal de Leo.

—Ese hombre murió hace mucho —corrigió Ío, tronando el cuello—. Pero me pareció apropiado emplearlo, considerando el desafío que os puso Titania.

—Un desafío muy confuso. Algunos fueron enviados en cuerpo y alma, otros solo llegaron hasta allí en espíritu y una de nuestras compañeras acabó aquí.

—En el lugar en el que se reúnen todos los caminos, no es fácil encontrar cuál se debe tomar. Eso ya es una proeza remarcable, pero no solo posees fuerza e inteligencia, si no que no has perdido tu humanidad al obtenerlas. Decidiste no abandonar a tu compañera, Leo. En verdad eres digno de ser el heredero de Éxodo, Arthur.

Ío logró percibir aquella proeza mientras era asediado por Ikki de Leo y los innumerables espíritus que envió Lucile contra él. Se guardó para sí comentar que empleó la senda abierta por Arthur para no perder de vista en ningún momento el Santuario, asegurándose de ese modo que llegara hasta la Esfera de Júpiter.

—Tenía fe en que Atenea guiaría las almas que vosotros robasteis a donde pertenecen. Tanto yo como Lucile corríamos más riesgos, no teníamos un lugar al que regresar, estábamos completos —explicó Arthur.

—Aún no te he agradecido por eso —intervino Shun—. En el interior de Titán, fueron tus habilidades las que nos protegieron del caos espacio-temporal. Es por eso que pudimos llegar al Argo sanos y salvo. En verdad eres un digno alumno de tu maestro.

Halagado por dos santos legendarios, Arthur no pudo menos que sonreír con cierto orgullo. Pero no se permitió perder de vista lo que importaba.

—¿Sabes por qué hemos venido aquí?

—Si me pides que lo adivine —empezó Ío, pasándose la mano por la nuca—, queréis que permita que vuestros compañeros se marchen, que garantice vuestro regreso a la Tierra, que obligue a los Astra Planeta a firmar la paz con el Santuario y si fuera posible os ahorre la revancha que a buen seguro ya se fragua en el hondo Hades.

—Eso no es todo —dijo Shun—. Akasha, es decir, nuestra Suma Sacerdotisa, quisiera hablar contigo, ya que os negáis a dejarnos hablar con los dioses del Olimpo.

—No os conformáis con poco, ¿eh?

—Es parte de la naturaleza humana ser codicioso —admitió Arthur.

 

Las cartas estaban sobre la mesa. A la sombra del monte Estrellado, en el que los líderes de la orden ateniense habían prevenido terribles catástrofes a lo largo de milenios, estaba a punto de decidirse el destino de todos. Arthur no se dejaba confundir por las relajadas maneras de Ío; sabía que era fuerte. Desde el momento en que lo vieron, se disiparon todas las dudas de por qué Orestes y el gigante, que servían a intereses distintos a los de los santos, no se habían molestado en formar parte de la improvisada embajada. El Juez estaba dispuesto a hacer lo posible por lograr una solución diplomática, siempre que no supusiera traicionar la confianza de Atenea.

Lo que estuviese pensando Shun de Andrómeda, uno de los cinco que osaron enfrentar a los mismos dioses, era un completo misterio. 

—Podéis idos cuando queráis, todos —dijo Ío—. No creo que a Alcioneo le importe demasiado. Hay muchas ninfas en mis dominios, más que hombres en la Tierra.

—¿Alcioneo? —repitió Arthur, confundido—. ¿El gigante esmeralda?

Una risa llena de malicia y picardía explotó en la garganta de Ío.

—Si no os lo han contado, no seré yo el que lo haga. Confórmate con saber que os permitiré marchar e incluso guiaré vuestro barco para que no sufráis ningún percance. El resto es algo más complicado…

—Akasha querría hablar contigo —dijo Shun—. Si la escuchas, descubrirás que la paz es posible, porque es lo que todos deseamos.

—Y yo deseo hablar con ella y escucharla. Por eso he arrastrado hasta aquí el monte Estrellado y la Fuente de Atenea, devolviéndolos al Santuario, como una prueba de mi buena voluntad y deseo de parlamentar. Mas no será en este momento. Una Suma Sacerdotisa necesita descansar como cualquier mortal. Hasta yo lo hago muy de vez en cuando —añadió con aire distendido—. Ya que tuvisteis la descabellada idea de traerla hasta Hiperbórea en semejante estado, os recomiendo que la llevéis al Santuario. Es tierra sagrada, revitalizante para los que son fieles a la diosa.

—¿Podemos confiar en ti?

—Puedes confiar en que tu presencia será de mayor utilidad para tus compañeros heridos. En cuanto a mí, hay algo que debo hablar con el santo de Andrómeda.

—¿Qué podría querer el líder de los Astra Planeta de mí? —preguntó Shun, notando que el santo de Libra parecía saber algo—. ¿Se trata de mis hermanos?

—Has sido marcado por la Esfera de Júpiter. Mientras vivas, este hombre no puede acceder a todo el poder que posee como uno de los Astra Planeta. Es por eso que quiere una batalla contigo a muerte, para poder hacer uso de los dones divinos y…

—Continúa, Arthur —dijo Ío—. Ya que conoces el nombre que me pusieron al nacer, mi joven y bella sucesora te debió haber puesto al corriente de todo.

—Asegura que de ese modo podrá evitar la guerra de la que nos han hablado Caronte, Tritos y Titania. Hará desaparecer todos los problemas —concluyó, forzando una sonrisa que debía ocultar la poca fe que tenía en una solución mágica.

No hubo silencio o un tiempo para reflexionar luego de aquella revelación. Shun no titubeó ni un instante. Avanzó hacia el astral más decidido que nunca. 

—Arthur, cuida de Akasha y Lucile, pronto tendremos que regresar a la Tierra, donde nos esperan más batallas que librar.

El acostumbrado impulso de replicar las decisiones emocionales de los héroes legendarios había desaparecido en el corazón del Juez. Aquella era una de las pocas veces en las que concordaba con alguno de aquellos santos de bronce. Lo que fuera que debiera ocurrir, si paz o guerra con Ío de Júpiter, solo Shun podría decidirlo. Él, entretanto, se encargaría de proteger a los demás, y si todo salía mal…

 

Tan pronto Arthur se marchó, el astral aspiró largamente el aire en derredor. Extrañaba, al parecer, un olor particular que había desaparecido.

—El icor de Atenea, ¿eh? Eso es una sorpresa.

—Durante la Guerra Santa contra Hades, Atenea murió…

—Me refiero a Arthur. La sangre de Atenea también ha caído sobre el manto de Libra. Un regalo que la diosa de la sabiduría os legó antes de partir.

—Algo sabemos de eso.

—Me sorprende. Muy pocos deben saberlo, puesto que el manto de Leo no contaba con la bendición de la diosa. Imagino que es lo mismo para los mantos de Virgo, Escorpio y Acuario —comentó, dejando claro que sabía cuántos potenciales enemigos había en aquellas tierras—. Ese hombre, Arthur, preguntó si podía confiar en mí. Ahora sé cuál es la respuesta: no puede, ya que ni siquiera confía en sus pares.

—Es prudente. Solo eso.

Las palabras de Shun, cargadas de serenidad, llevaron a Ío a aquel tiempo lejano en el que no temía a nada. El santo de Andrómeda no era como él, por supuesto, tampoco se parecía al Zodiaco; era demasiado puro como para ponerlo a la altura de quienes se alzaron como dioses y quien les consintió semejante delirio. Sin embargo, sí que se parecía a uno de los primeros fieles de la diosa de la sabiduría. Era como Deucalión, armado para combatir y aun así conservando la bondad que le hizo ser digno de ser salvado. No le extrañaba que la Esfera de Júpiter lo hubiese escogido.

Claro que Ío nunca se había conformado con una primera impresión. Si el mal habitaba en el corazón de todos los hombres, era a los justos a quienes más se les debía presionar. ¿Probarían con ello ser dignos, o revelarían lo que eran en realidad?

—Maté a Ikki —dijo el astral, sin miramientos—. Ikki de Leo, venido de otro mundo, aunque poseía los recuerdos de tu hermano y quería salvarte. ¿Es esa una razón suficiente para que aceptes combatir conmigo? Según sé, rechazas la violencia.

—Algunas batallas son inevitables —contestó Shun, sin permitir que la voz le temblara al reconocer aquella verdad—. Si debo luchar para evitar que otros sufran, lo haré. Como santo de Atenea, ese es el camino que he escogido. Por eso no puedo odiarte, Ío. Así en verdad hubieses matado a mi hermano, no podría odiarte. Hace mucho tiempo que ni mis manos ni mi consciencia están limpias.

—Sois siempre tan nobles… —comentó Ío, sonriendo con malicia—. Tu hermano se levantaba una y otra vez, hablando como un hombre, actuando como un héroe. No quise matarlo sin tener una buena razón para ello, de verdad que no quería, mas él siempre regresaba. Una vieja amiga diría que decidí que así ocurriera.

Al darse cuenta de lo poco que había mantenido aquella provocación, un intento vano de ennegrecer el alma de quien nunca odió a nadie, Ío soltó una corta y alegre risa. ¡Realmente los años lo habían doblegado al fin!

—Eres un buen hombre —dijo Shun.

—No es verdad, solo me he vuelto viejo y blando. Vuestra Suma Sacerdotisa salvó a mi joven y bella sucesora, mientras que ella dejó que tu hermano me acompañara al infierno. Somos terribles héroes, los leones de oro, ¿no crees?

—Lo sé. Para cumplir tu misión, estás dispuesto a quitar vidas, así como yo he debido hacerlo —apuntó Shun—. Tienes las manos manchadas de sangre, lo admites abiertamente, no lo ocultas aunque luchas por una causa justa. Es por eso que creo que eres un buen hombre, creo en tus palabras, así como no he creído en las promesas de tus compañeros. Lo único que no comprendo es, ¿por qué no aceptas la paz sin más? Es por eso que mis hermanos abandonaron la Tierra, es por eso que yo estoy aquí, para reunirme con ellos. Deseamos dejar claras nuestras intenciones, que los dioses y quienes les sirven entiendan que solo buscamos un mundo sin Guerras Santas. ¿Por qué no podemos lograr eso sin más derramamiento de sangre? ¿Por qué seguir luchando?

Desarmado por la perspicacia de Shun, Ío supo enseguida que no tenía sentido ocultarle nada. Ya que era aquella una de esas batallas interminables, ambos debían conocer la razón tras tantos enfrentamientos e intentos vanos de reconciliación.

—Caronte, Tritos y Titania vieron una alianza con el Santuario como la única forma de contrarrestar la jugada maestra del Hijo. Aunque aprecio a esos jóvenes, mi deseo es distinto, quisiera evitar que los santos y los Astra Planeta vuelvan a involucrarse. Sí, no es la primera vez que nuestras historias se cruzan, tus compañeros podrán explicártelo con detalle —aseguró, previendo las preguntas que Shun podría hacerle—. Verás, cuando mis compañeros os han dicho que la guerra es inevitable estaban siendo sinceros. El Santuario puede decidir si sirve o no al Hijo, pero vosotros cinco no.

—Estamos conscientes de que Orestes pactó con Hipnos para despertarnos del Sueño Eterno. El antiguo Sumo Sacerdote estuvo presente cuando se hizo el trato.

—¿No os habéis preguntado alguna vez por qué nunca os exigieron el pago por haberos ayudado? ¿No os resultó extraño que no enviaran a más emisarios? Aun ahora, trece años después, los siervos del Hijo no os han exigido nada a cambio, ¿cierto?

—Dices que ya habíamos pagado el precio —dedujo Shun—. A ese dios sin nombre no le interesa el Santuario, solo nosotros cinco.

—Y os obtuvo al liberaros del Sueño Eterno.

—¡Nosotros nunca traicionaríamos a Atenea!

—Tenéis mucho que aprender de los dioses. A veces no es necesario traicionar a uno para servir a los designios de otro. En este caso, debería ser suficiente con preguntarte dónde estás y qué es lo que pretendes hacer.

—No deseo matarte. Si pudiera evitarlo, ni siquiera pelearía contigo. Todo esto empezó porque Caronte de Plutón invadió el Santuario. ¿Por qué? ¿Solo porque nuestros compañeros deseaban salvarnos de un castigo injusto merecían morir?

—¿Quién crees que liberó a Caronte de Plutón del Tártaro?

—¿Qué?

—¿Esa es otra pregunta que nunca os habéis planteado, eh? Hades había desaparecido, Poseidón estaba sellado y Atenea ascendió a los cielos. Ningún otro dios caminaba sobre la Tierra. ¿Quién pudo haber decidido liberar a Caronte? Solo hay dos posibilidades. O fueron los dioses del Olimpo o fue el Hijo.  

—¿Pretendéis libraros de vuestra responsabilidad en eso?

—En absoluto. Estoy convencido de que Caronte no siente ni la más mínima pena por cualquiera de las vidas que segó entonces, así como por la guerra. Además, es cierto que él recibió del Olimpo la misión de eliminar a los campeones del Hijo. 

—Si eso es así, ¿por qué lo arrojaron al Tártaro?

—Empiezas a entender. ¿Qué dirás si te confirmo lo que con toda seguridad ya sospechas? Caronte estaba en el Tártaro por propia voluntad. Ser prisionero del más profundo de los infiernos era el fin de la misión que le habían encomendado. Fue una combinación única en la historia, a decir verdad, la de los dones divinos de Plutón, Neptuno y Júpiter. ¡El resto de Astra Planeta, quizá la más fuerte generación de campeones divinos, no fue más que una distracción!

—El dios sin nombre cayó al Tártaro junto a Caronte —concluyó Shun, cada vez más abrumado por aquellas revelaciones, tan distintas a la visión que Orestes les mostró a todos al inicio del viaje—. ¡Nada de esto tiene sentido! ¿Por qué podría él liberar a Caronte de la prisión de la que no puede salir?

—Porque Caronte rige la Esfera de Plutón, que abarca todo cuanto está más allá de la muerte. Desconozco cuánto tiempo tarda un prisionero en perder el sentido de sí mismo una vez es encerrado en el Tártaro, mas tengo claro que Caronte no estaba en condiciones de recordar que en todo momento pudo haber salido de allí. Como una sombra de aquel que fue en el pasado, tan solo recibió un mensaje que no estaba compuesto por imágenes o sonido de ninguna clase y la siguió sin dudar. En la Tierra no halló razones para cambiar de parecer, ya que era cierto que el Santuario y los siervos del Hijo habíais contactado.

—¿Acaso ese dios sin nombre está aquí? —El recuerdo de la guerra civil de veinte años atrás apuñaló la mente y el alma de Shun—. ¿Está entre nosotros?

—El Hijo sigue en el Tártaro. Solo el regente de Júpiter podría liberarlo. ¿Ahora lo comprendes, no? Ese es el papel que te asignó desde el momento en que despertaste. Y no dudo que también tus hermanos tengan un rol que jugar en todo esto.

Tal y como Ío había dicho, Shun solo necesitaba responder a dos preguntas para entender de qué manera estaba formando parte de los designios del dios sin nombre. ¿Dónde estaba? En la Esfera de Júpiter. ¿Qué pretendía hacer? Convertirse en el regente de aquella fuente de poder ilimitado, porque trece años atrás un demonio vino a la Tierra para recordarles que la paz sería un sueño efímero.

Aquella invasión determinó el camino a seguir para todos los atenienses, los que quedaron y los que estaban por llegar. Mirándolo con perspectiva, tenía sentido que fuera parte de un plan mayor.  La única razón por la que nunca habían pensado en eso fue que ni Orestes ni el dios al que servía se vieron beneficiados por esta. ¡Al contrario! Ni tan siquiera se habló de formar una alianza precisamente porque la desinteresada ayuda del caballero de la Corona Boreal había expuesto al Santuario a una guerra con un enemigo desconocido. Si Ío estaba siendo sincero, significaba que el dios sin nombre no estaba interesado en que los santos traicionaran a Atenea por él. Era probable que incluso buscara aprovecharse del apoyo incondicional de la diosa de la sabiduría.

Había más. Un detalle al que el Santuario nunca le dio demasiada importancia. Cuando la sombra de Altar y Orestes de la Corona Boreal se unieron a la alianza entre los ejércitos de Poseidón y Atenea, la situación era demasiado confusa como para pararse a pensar en que una vez más tenían a un representante del dios sin nombre que difícilmente podría ser considerado un aliado. No era solo que Gestahl Noah hubiese cometido un error de cálculo, sino que cuanto hizo le había granjeado el odio de quien acabó siendo la Suma Sacerdotisa de Atenea, Akasha.

Todo parecía tener sentido ahora. Nunca serían siervos del dios sin nombre, pero hacía tiempo que seguían la senda que este les había marcado, engañándoles con una muy elaborada ilusión de libre albedrío.

—¡Hay que decírselo a todos! —decidió Shun—. ¿Por qué aún no lo habéis hecho?

—Porque nadie más lo sabe. Solo tú y yo —confesó Ío—. Hasta ahora, Caronte había asumido que el milagro de Elíseos sería utilizado por el Hijo tarde o temprano. Que el resto del Santuario decidiera estar del lado del Olimpo en las batallas que estaban por venir no era más que una posibilidad. Me sorprende que haya atesorado esa esperanza durante tanto tiempo. ¡Siempre os ha odiado tanto a los santos! Quizás era el instinto. Fue muy conveniente para todos que en el Tártaro recibiera una restricción que le impidiera matar a cualquier ser vivo. ¡Justo el día en que debía invadir la tierra de Atenea, nada menos, la guardiana del abismo derramó ese veneno sobre él!

—¿Tritos y Titania piensan igual?

—Ellos solo quieren sacarlo del ánfora donde acabó después de perder la paciencia y arruinar su propio plan. ¿Es lo que hacen los amigos, no? Ayudar a los suyos, no juzgarlos. Yo, por desgracia, debo ir un paso por delante, o más bien hacia atrás. Porque para poder prevenir el futuro, decidí contemplar el pasado. El auténtico.

—¿A qué te refieres?

—Lo único que puedo decirte es que sé qué ofreció el Hijo, usando a Orestes de intermediario, a cambio de despertaros. También sé del efecto que tuvo en el mundo, aunque de eso no puedo hablar con un simple mortal. Es por ese conocimiento que fui capaz de deducir todo lo que te he contado. Las acciones de uno de nuestros compañeros para mantener viva la llama del odio también me ayudó mucho.

—¿Has deducido todo esto? ¿Quieres decir con eso que no puedes probarlo?

—Ni una sola palabra —admitió Ío, sonriendo con honestidad—. Excepto que tanto nosotros como los miembros de vuestra alianza estamos bajo la influencia de Fobos, a la que pocos nos podemos resistir. Lo demás, en especial la parte en la que todo ocurre según los deseos del Hijo, son mis conclusiones respecto a los recientes acontecimientos. Si te las he contado ha sido porque dijiste creer en mis palabras. Conmoviste a este viejo. ¡Una buena forma de empezar una batalla a muerte!

De nuevo, Ío soltó una risotada, más larga, enérgica y entusiasta que la anterior. Aquel gesto, tan ajeno a la tragedia de la que había estado hablando, calmó en parte las dudas de Shun, quien esbozó una sonrisa serena.

—Sigo creyendo en tus palabras.

—Te lo agradezco, mi último rival. —Fuera cual fuera el resultado, Ío no tenía intención de seguir luchando ni creía que pudiera vivir para ver otra guerra. Emplear los dones divinos de Júpiter de nuevo podría ser el último acto relevante que realizara—. La anterior regente de Júpiter selló la Guerra del Hijo. Aisló todos los conflictos del resto de la Creación. Es por eso que nadie, a excepción de los Astra Planeta y el ejército del Hijo, siquiera recuerda una sola de las innumerables batallas que se libraron. Ella quiso salvar a todos los seres vivientes de la locura a la que estábamos abocados.

—También nos impidió conocer el peligro que se avecinaba —apuntó Shun—. Cuando esta batalla termine, no negaré al dios sin nombre ni los errores que cometimos unos y otros. Aceptaré el pasado, protegeré el presente y garantizaré el futuro librándome a mí y a mis hermanos del destino que aquel nos ha impuesto.

¿Morir o convertirse en el regente de Júpiter? Era la clase de dilema que los cinco eran capaces de rechazar para encontrar una solución alternativa. Pero Shun había decidido dar una respuesta incluso antes de escuchar la verdad oculta detrás de los últimos trece años. Porque era el camino que implicaba el menor derramamiento de sangre. Porque el santo de Andrómeda había decidido confiar en Ío.

—Puedes escoger el lugar donde nos enfrentaremos. Conoces la Esfera de Júpiter mejor que yo, incluso si esta te rechaza. No comprendo del todo que eso pueda ocurrir —admitió—, ya que este espacio tendría que ser una expresión de ti mismo.

—Lo fue hace una eternidad —dijo Ío—, pero empleé los dones de Júpiter para volver a convertirme en mortal. ¿Soy rechazado por mi antiguo yo, aquel que solo se comportó como un auténtico santo de Atenea el día en que vistió el alba, o por quienes me sucedieron, pasando por toda suerte de tragedias mientras eran perseguidas como el arma definitiva de los Astra Planeta? No lo sé. Al final, lo que prevalece es que no puedo someterla del todo. Hasta teletransportarme a otra ciudadela requeriría un esfuerzo titánico. ¿Estás seguro de lo que haces al permitirme elegir?

—Estoy seguro.

La sorpresa dominaba el semblante de Ío. ¡En verdad era un alma noble la de aquel hombre! Haciendo honor a tal confianza, el astral extendió la mano. Shun dudó por momentos, tal vez recordando que aquellos dedos dieron muerte a una versión de su hermano que luchó por protegerle, pero acabó accediendo. Entonces un aura cálida cubrió al santo de Andrómeda desde los pies a la cabeza, reparando cualquier daño sufrido en la Cámara de las Paradojas, renovando hasta la última pizca de cosmos.

Cuando se separaron, Shun estaba como si no hubiese luchado nunca ese día.

—Ninguno de los dos peleará con ventaja —juró Ío—. El Santuario sería un perfecto campo de batalla. Lo traje aquí porque la Esfera de Júpiter no interferiría con la tierra sagrada de Atenea, mas si me permites escoger, admito que preferiría no dañarlo.

—¿Cuántas veces debo repetirlo? Elige con libertad. Mi única petición es que nadie pueda encontrarnos. Esta será el último combate para ambos, pase lo que pase —añadió Shun, dejando claras sus intenciones—. Nadie más debe estar implicado.

 

Después de que Ío asintiera, los dos desaparecieron del lugar. 


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Publicado 15 septiembre 2022 - 12:17

Cap 137. Duelo por la Esfera de Júpiter
 
La cosa empieza en el Star Hill, donde Shun y Arthur llegaron ahí para recibir a Ío de Jupiter. Entre el parloteo, Júpiter y Andrómeda terminan alagando a Arthur a quien le deberían levantar una estatua al parecer jaja.
Total que Ío escucha las "demandas" de esta gente necia jaja entre las que no mas les faltó pedir el Santo Grial, Las esferas del dragón, el One Piece y el Cristal de Plata a los descarados, por lo que Ío solo estuvo de acuerdo en dejarlos ir, guiar el barco hasta su casa, y el resto pues era mas problemático, pero eso no lo hablaría con Arthur sino con Shun, a quien ya le puso un blanco de tiro en la frente desde hace un buen. Nada sospechoso.
Pero Arthur no se quiere ir sin antes chismearle a Shun todo lo que le chismeó Lucile (chismosos todos), ahorrándose tener que contar la larga historia otra vez jaja.
El caso es que Ío jura que si mata a Shun él lo arregla todo en un tris, pero en vez de no sé, decidir dejarse matar y todo, ha decidido que va a luchar y le va a ganar al vejete xD
Aun así, Shun vuelve a intentar por última vez el que solo hagan la paz y ya, que se complican la vida todos.
Ío pues empieza a contarle nuevos chismes y le dice que Caronte pudo haber salido del Tártaro porque el Hijo lo liberó para sus planes "Oh Sorpresa!!" Si esto es cierto entonces el tipo no es tan incompetente... porque solo el Astral de Júpiter puede abrir la cerradura que lo tiene prisionero, y pues Shun es el elegido... ¡Otro tejedor de planes, señores!
Shun quiere postear todo esto por Twitter pero se contiene cuando Ío le dice que no tiene pruebas de nada de lo que ha dicho, por lo que podrían ser Fake News.
Total que los dos acuerdan que tendrán un encuentro honorable y mortal, lejos de todos sin que nadie pueda intervenir, y el ganador pues salvará al mundo a su modo.
 
¡¿Quien vencerá?! Eso lo veremos en próximos episodios
 
PD. Buen cap, sigue así :)

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#372 Rexomega

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Publicado 19 septiembre 2022 - 10:09

Saludos

 

Seph Girl. Epic Rap Battle of History! The First Leo VERSUS The Last Andromeda!

 

Giro inesperado de guion: Arthur gana, porque él inventó el rap cuando su corazón empezó a latir. (Todos los créditos a Abe Lincoln VS Chuck Norris.).

 

Bromas aparte, sí, le piden muchas cosas a Ío, tantas que ojalá le pidieran las Esferas del Dragón porque hoy en día buscarlas es como robarle un caramelo a un niño.., sin ser el señor Burns. Lo bueno es que el astral al menos no piensa retenerlos en la zona para que participen en el Torneo de Artes Marciales Mitológicas. ¡Ya ves Arthur, se acabó el tiempo de los halagos! Pero no de los chismes, nunca acaba el tiempo de los chismes. Sí, sería muy pesado de mi parte hacerles leer la historia del pasado de los santos de oro de nuevo cuando hace poco tiempo que la leyeron dos veces. (Primero desde el puno de vista de Gestahl Noah y después desde el punto de vista de Ío de Júpiter.). 

 

¿Andrómeda no se quiere sacrificar? ¡Subversión de las expectativas! Aunque se han hecho muchas cosas terribles en nombre de eso. Grandiosamente caras, pero terribles. Cada uno siente que podría resolver el problema a su manera, al parecer, así iniciaron tantas batallas y tantas guerras que acaso se pudieron haber evitado.

 

Como dijiste, todos son unos chismosos de campeonato. Vaya, ¿el Hijo es de esos genios que juegan al ajedrez en cuatro dimensiones? Porque si uno lo piensa, el hecho de que Caronte fuera liberado es lo que puso en marcha todo hasta ahora. Qué cosas.

 

¡Ningún santo de Atenea puede publicar Fake News en redes sociales!

 

Así es, ¡comienza la batalla más esperada del arco!

 

Who win? Who next?

 

***

 

Capítulo 138. Choque heroico

 

Llegaron a una sala que parecía ser parte de Hiperbórea, a pesar de que estaba tan lejos de esta como del resto de los mundos que orbitaban en torno al corazón de la Esfera de Júpiter. Doce estatuas colosales delimitaban la espaciosa estancia, de mármol pulido con tanto esmero que la sola visión de aquellas obras transmitía las más intensas emociones: temor por la furia de aquel que sostenía el tridente, respeto por el sabio rey que dirigía el lugar con solemnidad, admiración por la reina que se abrazaba a este… Todas eran construcciones magníficas, aunque una debía destacar sobre las demás, pues un velo de luz impedía a los hombres contemplarla, para que no cayeran en la locura.

Eran los dioses a los que servían los Astra Planeta. Nueve tronos rodeaban el centro del salón, donde se hallaban Ío y Shun. Los asientos estaban dispuestos según el orden de los planetas: Plutón bajo Hermes, guía de las almas; Neptuno y Urano, mar infinito y cielo estrellado, estaban a merced de Poseidón y Atenea, enemigos eternos; las estatuas de Apolo y Artemisa regían Saturno, mientras que Zeus y Hera, las más regias obras, dominaban Júpiter. En aquellos sitiales se habían sentado los cinco Astra Planeta que los santos habían conocido, poco más de la mitad de tan poderoso grupo.

Más allá estaban los asientos de Marte y Venus, a la sombra de Ares, fuente de todos los males y conflictos, y Afrodita, de quien surgía toda forma de amor que mortales e inmortales pudieran imaginar. En medio de ambos, balanceando aquellas fuerzas opuestas, estaba el sitial del mundo, no solo el planeta habitado por los hombres, sino la naturaleza misma que abarcaba todo cuanto existe, siempre bajo el atento  cuidado de Deméter. El último trono, Mercurio, no estaba bajo estatua alguna, ya que Hermes estaba lejos, representando el nexo entre el Olimpo y el Hades. Sin embargo, cerca aguardaba Dioniso, apartado del resto de inmortales voluntades; él era el señor del caos necesario, la gota de locura que cayó sobre la Creación.

—Creía que el monte Olimpo era gobernado por seis dioses y seis diosas —comentó Shun, notando en ese momento que había una estatua oculta tras el velo que impedía ver a Afrodita, la del orfebre de los dioses, Hefesto. No destacaba tanto como las demás, al carecer de la fuerza, sabiduría o belleza que podía intuirse en el resto de olímpicos con solo ver aquellas representaciones, pero seguía pareciendo algo más allá de lo humano: el arte que esas manos divinas podían crear, sobre todo cuando trabajaba para quienes ama—. ¿Dónde está Hestia, la diosa del fuego y el hogar?  

Conmovido porque los santos de Atenea siguieran recordando a la más humilde de las diosas, Ío extendió ambos brazos en un amplio gesto.

—El Salón del Destino existe en honor a Hestia. Ella no disputó con Dioniso el duodécimo trono, porque ella es el lugar al que todos pueden regresar, sea bien o mal lo que haya en sus corazones. No necesita reinar sobre nada, con solo existir nos alienta. Es por ello que te doy las gracias, por permitirme tener un hogar en mis agitadas vidas. Como Hashmal de Leo, que traicionó a los falsos dioses, y como Ío de Júpiter, que traicionó la confianza de los verdaderos dioses al convertirse de nuevo en mortal.

Al tiempo que el astral bajaba los brazos, crecía el poder inconmensurable que neutralizó a Ikki en su faceta de león dorado. Shun aceptó el desafío, recubriéndose de un aura rosada que desató de inmediato las cadenas de Andrómeda

Chocaron dos grandes cosmos, distorsionando el espacio que rodeaba a los guerreros. La distancia entre estos, en el centro de la Sala del Destino, y los olímpicos se incrementó de forma súbita y de un segundo para el otro era imposible ver alguno de los nueve tronos de los Astra Planeta. Sin embargo, las estatuas de los dioses seguían siendo visibles, siempre lejanas, espectrales e igualmente hermosas, como si se hubiesen convertido en las constelaciones de aquel limitado universo.

—Aquí nadie nos molestará —aseguró Ío—. Este campo de batalla ha sido forjado por nuestras voluntades, no será fácil acceder a él ni a través de la teletransportación. Nadie va a ayudarte esta vez, Shun. Tu hermano está muy lejos.

—Tampoco a ti.

El cosmos de Shun llenó los alrededores de corrientes energéticas, las cuales salieron disparadas contra Ío a velocidad sideral. De forma repentina, el astral se vio rodeado por un aura vaporosa y difusa, semejante a una nebulosa que giraba conforme el prisionero trataba de liberarse, como nutriéndose de sus esfuerzos.

—Esto es la Corriente Nebular —informó Shun, serio—. Si sigues moviéndote, solo harás que crezca en intensidad hasta que se convierta en una tormenta que ni yo mismo podría detener. ¡La Tormenta Nebular! Reconoce tu derrota. Si Júpiter obedece a los sabios reyes del Olimpo, sin duda habrá clemencia para ti.

Tan pronto escuchó aquella propuesta, Ío ya no trató de zafarse. Se quedó quieto unos segundos, rodeado por un remolino de poder que seguía girando sin piedad. Shun observó al astral con detenimiento. Quizá en días pasados se habría alegrado de que un enemigo dejara de oponer resistencia, pero mucho había llovido desde entonces. Ahora el santo de Andrómeda podía ser consciente de que los previos intentos por romper las ataduras eran tan poco creíbles como la aparente rendición.

El regente de Júpiter avanzó, ignorando la fuerza de la Corriente Nebular, que crecía de forma constante para arrancarlo del suelo y despedazarlo en las alturas. Para lamento de Shun, una vez más tendría que ver manifestada la Tormena Nebular. Sintió formarse en su garganta otra advertencia, la cual dejó morir allí. Esa no era una batalla que pudiera evitar. Aquel era el combate que pondría fin a todos los demás. Debía luchar.

—A ti, Ares, te doy las gracias por mis aliados y mis enemigos.

Como si aquellas palabras fueran un mantra, la Corriente Nebular dejó de moverse un instante. Una energía eléctrica, despedida desde el cuerpo de Ío, cayó sobre los rosados vapores que lo rodeaban, extinguiéndolos. También el remolino que hasta el momento había atado los brazos y el cuerpo del astral como la más sólida de las cadenas se deshizo en un estallido de rayos. El cosmos de Shun había sido absorbido por el enemigo, más veterano en las artes de combate que ningún otro mortal.

El regente de Júpiter no dio tiempo a su potencial sucesor de procesar aquel revés. Se impulsó a la misma velocidad que le permitió derrotar a Itia, Ikki y Lucile, y logró enterrarle un puñetazo en el estómago. El cuerpo del apenas consciente santo voló como un meteorito hasta el lejano lugar donde estaba el trono de Venus. Aunque Shun se incorporó enseguida, Ío ya estaba enfrente de él, esperando.

—Afrodita, tú serás la tercera entre mis rezos. Porque amé y fui amado, gracias.

Eso fue lo último que escuchó el santo de Andrómeda antes de recibir una patada en pleno rostro. Ni los entrenados reflejos ni el saber que iba a ser atacado sirvieron para verlo venir. Simplemente, de un momento para otro, él volaba hacia el otro lado de la Sala del Destino, o más bien, del espacio inmenso que lo sustituía.

 

***

 

Lejos del duelo destinado, en uno de los camarotes del Argo, Orestes trataba de compensar los errores cometidos en la batalla contra Titán. No pudo combatir a aquel ser. A diferencia de los santos convocados para someter a las actuales fuerzas del Santuario, él conocía demasiado bien el alcance del poder de un astral. Aquella certeza lo llenó entonces de terror y ahora lo hundía en la vergüenza. Debía hacer algo.

—¿Me permitiréis ayudaros, Suma Sacerdotisa?

Akasha permanecía recostada en una cama. El manto de Virgo estaba en el centro de la estancia en forma de tótem. La joven, como líder de la orden ateniense, había reunido el cosmos de demasiada gente para realizar la más grande de las proezas, y aquello había implicado un peso equivalente para el alma que esta exhibía como un arma, por no hablar de los posteriores esfuerzos que realizó para sanar a propios y extraños antes de aceptar el merecido reposo. Eso necesitaba, descanso, pero con solo verla Orestes podía intuir que lo que más deseaba eran fuerzas para moverse, levantarse y actuar.

—No me interesa tu dios sin nombre —dijo esta con decisión—. No me interesa ningún dios que no sea Atenea. Así ha sido siempre en el Santuario y así seguirá siendo.

—Como representante de Atenea, sois vos quien debe decidir si negociar o no con el comandante de los Astra Planeta —argumentó Orestes—. Ni Libra, ni Andrómeda, ni ningún otro santo pueden actuar en vuestro lugar. Lo que os ofrezco es la oportunidad de hacer lo que os corresponde hacer, de decidir lo que debéis decidir.

Ni siquiera el micénico fue capaz de ocultar cierto énfasis en al mencionar al santo de Libra, pero la Suma Sacerdotisa no pareció notarlo.

—¿A cambio de qué?

—Vos nos salvasteis de Titán, soy yo quien debe pagar un precio por ello.

El caballero calló, retrocediendo unos pasos. Deseaba dar tiempo y espacio a la Suma Sacerdotisa para pensarlo bien. Más allá de si había o no consecuencias reales en recibir ayuda, debía ser difícil aceptar el cosmos de aquel que la arrojó a una guerra junto a todos los seres a los que quería. A pesar del tipo de vida que el destino le ofreció, por la cual no veía mal alguno en una guerra si esta era por causas justas, Orestes pasó el suficiente tiempo entre toda clase de compañeros como para poder ponerse en el lugar de otro así fuera por un instante, como en ese momento.

Gracias al silencio que dominaba el sencillo cuarto, pudo remontarse al día en que viajó junto al Sumo Sacerdote para pactar con el dios del sueño. Durante ese tiempo, se abrieron las puertas del Tártaro y uno de los más abominables perros del Olimpo regresó a la Tierra para traer lo que siempre había traído: muerte y desolación. Ya que fue Orestes quien alejó del Santuario al único santo de oro, todo lo que aconteció en él era responsabilidad suya, por lo que aceptó el castigo que el Santuario le impuso. Pero era consciente de que aquellos trece años no tenían ningún significado para los santos, no había cambiado nada en absoluto, seguían al borde de una guerra que no comprendían, obligados a recibir la ayuda de un enemigo u otro.

«Y a veces hasta la ayuda de un aliado viene envenenada —reflexionó, sombrío, el príncipe de Micenas—. ¿Pensaba lo mismo de mí… Kanon de Géminis?»

Una sensación extraña recorrió el cuerpo de Orestes al recordar aquellos eventos. Era como formular una pregunta sin respuesta para luego no poder recordar ni siquiera la pregunta. Había algo mal detrás de la invasión, o tal vez del pacto con Hipnos…

—Acepto —dijo al fin Akasha, interrumpiendo las elucubraciones de Orestes.

La joven se levantó con esfuerzo hasta quedar sentada en el borde de la cama. Vestía el mismo uniforme de oficial que en el pasado usaba al viajar por el mundo: camisa blanca, guantes y pantalones y botas de un verde militar. Era un viejo regalo de Azrael que Sneyder dañó hacía mucho en un camarote como aquel. Ella lo había reparado casi sin darse cuenta, ya que no podía vestir a Virgo en esas condiciones.

—Acepto tu cosmos, para recuperarme y evitar otra guerra.

—Os lo agradezco —dijo Orestes, inclinando la cabeza en señal de respeto.

—Los santos no se unirán a ninguno de los dos bandos, nos quedaremos en la Tierra defendiéndola —reiteró Akasha—. Pero entiendo que tu deseo por ayudarme está más allá de esa guerra de la que tanto habláis. No, incluso de nuestros dioses. 

—No hay nada más allá de los dioses —aseguró Orestes.

Poco después de haber dicho aquello, el caballero avanzó hacia Akasha y extendió ambas manos, con las palmas apuntando hacia abajo. El cosmos de Orestes, de un brillo tenue, descendió sobre la Suma Sacerdotisa, cuyos cabellos se mecieron como movidos por un viento suave. Él no era un sanador, pero ofrecer a otro las propias fuerzas era algo que no necesitaba aprenderse, simplemente se intuía, así como cualquier hombre solo necesitaba querer ayudar a alguien para poder hacerlo.

—Orestes.

—¿Os hago daño, Suma Sacerdotisa?

—No —dijo Akasha, cabeceando negativamente—. Solo creo que el Santuario nunca se ha disculpado por los últimos trece años. Al contrario, en su nombre te he hecho responsable de todo lo malo que ocurre, como si tuvieras elección.

—Mi presencia volvía al Santuario el objetivo de una guerra en el peor momento posible. Romper nuestro pacto fue una decisión justa y sabia. Es ese el tipo de acciones que el Sumo Sacerdote debe realizar para mantener la paz.

—Aun así, te pido que aceptes las disculpas de alguien que no tuvo la fuerza para cambiar nada entonces.

—Eso no significa que hayáis perdonado a mi dios.

Tanto como cálidas y honestas fueron las palabras de Akasha hasta entonces, igual de franca fue la réplica a aquella afirmación.

—Jamás lo haré.

 

***

 

Las estatuas de los reyes parecían espectros tan lejanos como estrellas, a espaldas de Shun de Andrómeda, quien trastabilló para evitar caer de rodillas. Varias veces había sido golpeado con una fuerza que no había sentido nunca de ningún enemigo. No uno mortal al menos. Trató de hablar y en lugar de palabras salió sangre. La vista se le nubló por un valioso segundo en el que Ío estuvo a punto de impactarle.

—¡Ni siquiera en mi época eran tan eficientes! —exclamó el astral. Las cadenas de Andrómeda habían reaccionado a tiempo de frenar el puño—. Sigues en pie.

—¿Esperabas otra cosa?

—No. Es costumbre de los santos obrar milagros que desafían las restricciones que los hombres han impuesto. Mi velocidad es prueba de ello.

—¿Acaso es la velocidad de los dioses?

—Nada tan presuntuoso, solo es la velocidad del espacio.

—¿Del espacio? —repitió Shun, inseguro de haber oído bien.

—De forma natural, el espacio se expande más rápido que la luz; por bastante diferencia si tenemos en cuenta los albores del tiempo, caldo de nuestro vasto universo. Es lo mismo para mí, superar la velocidad de la luz no supone ningún reto. Es como respirar. En condiciones normales, puedo equiparar la velocidad de expansión inicial del universo, incluso superarla… —dijo el astral, llevándose al tiempo la mano hacia la herida sufrida en la pasada batalla, la cual lo limitaba—, bien lo supo tu hermano.

El puño de Ío y la cadena triangular chocaron de nuevo. Surgieron chispas de la zona del impacto, las cuales rebotaron en el suelo una y otra vez. El astral retrocedió y cargó contra la cadena circular, que lo hizo desviarse. Ambos movimientos dejaron más chispazos que se unieron a los demás, alimentándose unos a otros.

—¿Andrómeda se ha convertido en una armadura más sólida que los mantos zodiacales? —exclamó Ío, impresionado.

—En efecto —dijo Shun, descargando la Onda del Trueno sobre el rápido astral. Este logró esquivarla sin problemas, dejando a cada paso que daba más y más chispazos energéticos—. Atenea es la dueña de la Égida, el escudo que todo lo repele que antes pertenecía al rey de los dioses, Zeus. Uno de los tesoros que Caronte nos robó.

—¡Lamento eso!

La disculpa de Ío sonó apresurada, pues estaba esquivando en el aire la cadena triangular, que lo perseguía como una serpiente. Sin embargo, Shun no se confió ni un poco y mantuvo la otra cadena en posición defensiva.

—El icor de Atenea nos protege a los cinco. Gracias a ese regalo y nuestra voluntad, pudimos elevar nuestros cosmos más allá de todo límite, pero por encima de todo contamos con una protección única en el mundo.

—Los hijos de Gea también presumían tener armaduras indestructibles —comentó Ío—. ¡Ya que tienes un mundo al que regresar, sabes cómo acabó eso!

Aunque Shun no le había quitado la vista de encima en ningún momento, el astral desapareció del rango de visión y enseguida estaba por golpearle la cabeza con el puño cerrado, asemejando a un martillo. Las dos cadenas reaccionaron a la vez, repeliéndolo, pero al tiempo que Ío saltaba hacia atrás, las chispas que había estado desprendiendo allá por donde pasaba se proyectaron sobre el santo de bronce.

Cadenas de rayos recorrieron los más preciados recursos del manto de Andrómeda, confundiéndolos el tiempo suficiente para que Ío pudiera patear de lleno al ateniense. Este logró absorber la fuerza del impacto y permanecer de pie, para sorpresa del astral, e inmediatamente después pudo bloquear un segundo ataque empleando el brazo, si bien resintiendo un gran dolor por todo el cuerpo. Ambos se alejaron teniendo claro que ni el cosmos ni el manto de Andrómeda podía durar mucho más.

Chispas de Vida —dijo Ío al notar cómo Shun no dejaba de retroceder ante aquella energía eléctrica que se había formado alrededor del astral. Aunque el fenómeno empezó como meros chispazos, residuos de la lucha, ahora eran relámpagos que se unían entre sí en un radio creciente—. A un enemigo convencional lo desintegrarían. A un rival notable al menos lo inmovilizarían. En tu caso, parece que solo puedo aspirar a absorber los ataques que liberas con tanto descuido.

—¿¡Mis cadenas no pueden diferenciar mi cosmos de esos rayos!?

Si Ío tenía la respuesta a aquello, se la guardó para sí y reanudó el combate. Ahora Shun se veía obligado a centrar todos los esfuerzos en bloquear, evadir y retroceder. Los puños y las piernas del astral no debían alcanzarle más de lo necesario, y tampoco podía permitir que las cadenas volvieran a conectar con la energía que este iba dejando por todo el escenario sin más esfuerzo que el mero acto de moverse. Sin embargo, a pesar de tan desventajosa situación, el santo de Andrómeda estaba tranquilo.

«Si ese es todo el poder con el que cuenta, tengo una oportunidad.»

No le costó fingir que estaba desesperado, pues ni la impecable defensa de Andrómeda bastaba para los veloces ataques de Ío. Sintió los nudillos de aquel en el costado y los dedos, juntos entre sí como la hoja de una espada, golpeándole en el hombro de tal modo que creyó estar a punto de perderlo. No tenía que mentir, solo dejar que el dolor se manifestara en el semblante. Parecer derrotado.

Y en el momento propicio, contraatacar.

—¿No vas a dejar de sorprenderme en todo el combate, eh?

Sin que hubiese alguna razón para ello a simple vista, Shun se detuvo en el aire e hizo girar alrededor de sí las cadenas de Andrómeda a toda velocidad. Enseguida los rayos dispersos por todo el escenario se abalanzaron sobre el objetivo inmóvil, sin necesidad de que nadie se lo ordenase, pero esta vez no ejercieron ningún efecto sobre la defensa del santo. Todos y cada uno fueron desviados por una esfera de apariencia metálica.

—Ya veo. Así que haces que tus cadenas formen un espacio aislado. Nada mal. 

Mientras las Chispas de Vida seguían chocando contra la defensa de Andrómeda, reforzándose aun entonces unas con otras, Ío apuntó hacia allí con la palma extendida. De esta, un pilar de luz surgió para atravesar el objetivo, aunque tal luminosidad no era más que una ilusión: el ataque, demasiado rápido, había sido ejecutado mucho antes.

Pero Shun, de algún modo, logró esquivar la mayor parte. Se había alejado dando un gran salto hasta estar a la altura de Ío, dejando atrás los rayos que lo asediaban. Dedicó un instante a revisar los daños: la hombrera izquierda había sido alcanzada por la extraña técnica, siendo desintegrada, y el daño parecía estar extendiéndose a lo largo de todo el manto de bronce sin que pudiera hacerse nada por evitarlo.

—Esquivaste la Luz Ley. Te felicito. —La mano de Ío, más rápida que el relámpago, aferró enseguida el cuello de Shun—. Si no tienes nada más que ofrecer, yo…

Un gran cosmos emergió desde todas direcciones. Entre los rayos que rebotaban sin control y los rivales y en el amplio cielo donde nada debía haber. Era un enorme poder capaz de abrir brechas en el tejido del espacio, la suma del sinfín de pizcas de energía cósmica que Shun había ido dejando conforme Ío lo golpeaba. El santo de Andrómeda había sido consciente de que el astral vería venir la trampa, así que decidió ocultarla, mandarla a otra dimensión a la espera del mejor momento. Sin duda, haber tenido a Kanon como aliado era algo que debía agradecer.

Ío reservó las ganas de reírse de sí mismo para otro momento y apretó con fuerza el cuello del santo, pero subestimó la resistencia del este, quien adrede lo había convencido de que eran los golpes recibidos lo que estaba agotando sus fuerzas. Shun pudo conservar la cabeza y vio cómo el cuerpo del astral era absorbido por la Tormenta Nebular más grande que recordaba haber conjurado. 

Tal y como Shun había previsto, las Chispas de Vida no fueron a por él, sino que acudieron al rescate de Ío, preso de una nebulosa que amenazaba con ascender más allá de los cielos. Entonces, el santo de Andrómeda hizo que las cadenas se adelantaran a los miles de rayos, capaces de absorber y hacer suyos el cosmos de otros, interponiendo de ese modo una defensa esférica impenetrable entre Ío y la salvación.

—Debo hacerlo —tuvo que decirle al yo más joven y pacífico que seguía dentro de él, alimentando el sueño de un mundo en paz más allá de tantas batallas—. Debo.

Las cadenas giraron alrededor de la Tormenta Nebular, con la suficiente velocidad como para crear un espacio aislado tan grande como para contener a Ío y la tempestad. En el interior la presión debía haber crecido más allá de toda medida, en sintonía con la velocidad que Ío podía emplear para tratar de liberarse. Sobre la superficie, diez mil rayos eran desviados una y otra vez por la aparente esfera metálica, solo para luego chocar unos con otros en el aire y regresar con más fuerza y ahínco. 

A cada segundo que pasaba, menos espacio podía cubrir el santo. El efecto de la Luz Ley ya había desintegrado las protecciones de los brazos junto al peto y empezaba a extenderse a las cadenas, así que Shun debía sustituir cada eslabón perdido con más y más cosmos. Al final, cuando solo quedaba el metal que delimitaba el campo aislado, supo que era el momento de realizar el último movimiento. Un gesto suyo bastaría para que lo que quedase de Ío acabara preso de una implosión cósmica.

Dudar un segundo le costó la iniciativa, pues cuando quiso alzar el brazo, no pudo. Más bien, cayó de rodillas sin poder oponer resistencia alguna.

—Esto… Esto es… ¿¡Arthur!?

El cielo parecía estar cayéndole encima. Todo en las alturas, desde los restos de Andrómeda hasta la energía, perdió la forma. La Tormenta Nebular se dispersó junto a las Chispas de Vida y en el centro de todo estaba Ío con el pecho descubierto y una herida abierta, la misma que Lucile e Ikki lograron infringirle en el pasado combate. Una corriente eléctrica surgió entre los dos extremos hasta cerrar el corte, dejando una desagradable cicatriz rodeada de quemaduras.

—Este es el Edicto del Rey, una de las cuatro fuerzas fundamentales que doblego a mi voluntad, la gravedad. —Como dando fe de tales palabras, Ío descendió con solemnidad a donde Shun no era capaz ni de tan siquiera levantar la cabeza—. Mi Luz Ley se ocupa de otra, aquella que mantiene la materia. No se limita a romper los átomos, lo que toca simplemente deja de existir. Dime, tú que creíste en mí y aceptaste mi desafío. ¿De verdad vas a morir de esa forma, decepcionándome?

Cada sílaba acrecentaba la presión gravitacional. Shun debía hacer un esfuerzo sobrehumano para no terminar de caer al suelo, que no se agrietaba únicamente porque así lo quería Ío. Después de todo, él había creado aquel campo de batalla.

—Ya no hay manto, así que ya no hay icor. Tu fuerza se ha agotado.

No es así —dijo Shun, dirigiéndose a la mente de Ío—. La Muerte ya desintegró nuestros mantos una vez, pero regresaron a la vida. ¡Siempre podrán hacerlo!

 —Demuéstramelo entonces.

Sin piedad, Ío alzó la pierna y a punto estuvo de pisotear la cabeza de Shun, cuya frente no podía separarse del suelo. Pero en el último momento, este pudo esquivarlo. Entusiasmado por aquella proeza, el astral anuló el Edicto del Rey y lanzó cien puñetazos al ateniense, con la velocidad y la fuerza de los primeros ataques. El santo de Andrómeda evadió todos. A pesar de hallarse desprotegido, era ahora tan rápido como el regente de Júpiter, quien aún no se conformaba con lo que se veía.

—¡Muéstrame todo tu poder! —demandó—. ¡Solo entonces yo lucharé con todas mis fuerzas! ¡Adelante, muéstrame el milagro de Elíseos!

 

El cosmos de Shun no había cesado de crecer desde que el santo superó el Edicto del Rey, con el intenso color y la forma de una nebulosa. Cuanto más grande se volvía, más difusa era el aura que cubría al héroe. Se estaba volviendo incolora, o más bien, transparente, como un velo sagrado imposible de traspasar. Y en el interior de tamaña fortaleza, la bendición de Atenea y la voluntad de Shun se conjugaron para hacer renacer el manto de Andrómeda, ahora en su verdadera forma. El oro de la más dichosa raza de hombres la decoraba, ¡era uno de los cinco mantos celestiales!


Editado por Rexomega, 19 septiembre 2022 - 10:12 .

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Publicado 23 septiembre 2022 - 14:31

Cap 138: El viejo león vs el doncello
 
Pues Io eligió que la sala de reuniones de los Astra Planetas es el mejor lugar para que se maten ya que nadie puede llegar ahí (según Io).
Después de una breve clase de Mitología Griega, sobre que Hestia no tiene estatua que porque era la más humilde de todas, se empiezan a dar el viejo león y el doncello.
Sin tiempo que perder, Shun amenaza con que si usa la famosa Tormenta Nebular (que tiene un 90% de ser un ataque mortal) lo va a derrotar por lo que le aconseja que mejor se rinda (Shun siempre respetando las formas), pero pues si eligieran los caminos fáciles en este fic no estaríamos en el cap 138, so, lo siento Shun, el viejo Leo pasó caminando por tu tormenta como si andara entre burbujas y ¡Patada en todo el hocic*!
 
Mientras tanto, vamos al Argo, donde Orestes, al sentir vergüenza de no haber hecho nada en el arco anterior, quiere ayudar a Akasha ofreciéndole su energía para que ella reponga la suya (llenarle el tanque de mana en resumen, ¡ay papa! Si esto fuera el antiguo universo de Fate habría una escena picante allí mismo)
Pero Akasha no quiere su cochina cosmoenergia porque sabe que ese tipo no hace nada gratis, pero Orestes la sorprende diciéndole que es porque lo salvó de Titan así que tiene una deuda pendiente.
Y pues Akasha acepta el intercambio de mana, digo, cosmos, disculpándose de paso por haber hecho que lo convirtieran en piedra por 13 años, y al mismo tiempo asegurándole que siempre odiará al Dios Sin Nombre.
 
Volviendo al combate principal, Shun logró no desmayarse después de aquel patadón, algo que no sorprendió a Io.
Ya luego empiezan con explicaciones complicadas sobre velocidades divinas, no divinas, que el espacio a la decima potencia y la tangente de mercurio bla bla. Solo dense piñazos.
En el duelo pues Shun sale con algo e Io lo contrarresta, como si fuera duelo de cartas de monstruo, siendo claro que Io lleva la ventaja y por MUCHO, pero así son estos villanos del fic, de poder aplastante.
La cosa se pone seria, no cuando le rompen la armadura a Shun sino cuando esta se restaura pero con su apariencia de Kamei (venga esa) por lo que ahora sí Shun peleará con todo su poder.
Tanto miedo y restricciones que los Astra Planetas le ponían a las Kamei y va Shun a invocar la suya, veremos si hace la diferencia o no.
 
PD. Buen cap, sigue así :)

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#374 Rexomega

Rexomega

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Publicado 26 septiembre 2022 - 16:03

Saludos

 

Seph Girl. El título me remonta al Oso y la Doncella, de Una canción de hielo y fuego. (Juego de Tronos para los amigos.).

 

Típico, vas a pelear a muerte y escoges de escenario tu lugar de trabajo.

 

“Fue la primera qué nació. La primera a la que Cronos devoró. Y la última a quien vomitó, ¡la llaman la más joven y la más mayor!” Desde siempre que Hestia me ha dado curiosidad. Si Hades es el dios olímpico más tranquilo, lo que no quita que tenga algunos episodios negativos, Hestia es la diosa olímpica más humilde y tranquila, al punto que cedió su puesto en el dominio del mundo. También es la única hermana a la que Zeus no intentó seducir, porque… “Agarró a Zeus del cabezón para jurar que no la iba a tocar ni Dios.” Tenía que darle una mención de honor.

 

Sí, cuando Shun usa la Tormenta Nebular, sabes que es el momento de que gane la batalla. Me gusta el tropo, incluyendo la parte en la que Shun, por su bondad, anima al rival a rendirse. Pero también me gustó reflejar el poder de Ío haciendo que camine sin más a través de la tormenta, como bien señalas. ¡Parece que será una dura batalla!

 

Hasta el autor de Fate/Stay Night dejó eso atrás en cuanto la franquicia se popularizó, pero el chiste perdurará por los siglos de los siglos.

 

Ya van tres que Akasha tiene atravesados. Caronte, Gestahl Noah, El Hijo. Por suerte, Orestes, aunque empleado de uno de ellos, logró darle una buena razón para aceptar su ayuda. Y así no queda tan mal por haber luchado tan poco en el arco anterior.

 

«La tangente de Mercurio.» Genial.

 

Desde antiguo que me dicen que mis antagonistas parecen siempre los jefes finales de un fanfic, de tan fuertes que los hago. ¡No lo puedo evitar! Solo me queda esperar que disfruten de las locas batallas que se dan contra estos duros enemigos. Y alegrarme de que se sienta que Shun no está teniendo problemas porque se le acabaron las pilas, como en las películas clásicas, sino porque enfrenta a alguien muy poderoso.

 

Kamei Time, Bitches!

 

***

 

Capítulo 139. León titánico

 

A ninguno de los argonautas les sorprendió que el Ataúd de Hielo hubiese desaparecido. Todos dieron por sentado que Hugin, de algún modo, había hecho lo que juró hacer, así que se centraron en lo apremiante: dilucidar quién podía ser el guerrero que se hallaba en la cima del monte Estrellado, fuente de un poder superior al de los santos de oro.

Tras varios minutos de deliberaciones, se decidió que Shun de Andrómeda actuaría como el representante del barco, pues ese había sido su papel designado antes de que las circunstancias obligaran a la Suma Sacerdotisa a acompañarlos. Era, además, la opción lógica, no tanto porque Shun fuera el único que podría sobrevivir en la más elevada montaña si quien allí lo esperaba resultaba ser un enemigo, ni porque la guerra entre los vivos y los muertos sostenida por Caronte había minado toda confianza que pudieran tener los hombres frente a las promesas de paz de los Astra Planeta, sino que, tal y como Akasha aseveró en más de una ocasión, la llamada era para Shun y nadie más que Shun. Que Arthur lo acompañara no fue más que una formalidad. 

Tiempo más tarde, llegó el santo de Libra, encontrándose un escenario relativamente calmado. Emil custodiaba la trampilla que daba a los camarotes, Hugin y Sneyder se hallaban justo donde estuvo el Ataúd de Hielo, mientras que era Hipólita quien permanecía en el mástil, descansando por primera vez en aquel viaje agitado. 

—¿Dónde está Akasha?

—Abajo, con Orestes —dijo el desconfiado Emil—. Necesita dormir.

—Lo sé —dijo Arthur en tono conciliador—. Mi intención es llevarla al Santuario.

Que no hubiese asombro en ninguno de los presentes implicaba que estos ya sabían que la montaña estaba allí. Arthur asumió que Hipólita había sobrevolado Hiperbórea.

—Esperaba una tripulación más numerosa —observó Arthur.

—Adremmelech lleva tiempo desaparecido —dijo Emil—. Su Santidad está convencida de que está vivo en alguna parte, recuperando fuerzas. Ah, es que ahora vuelve a ser el santo de Capricornio. Los santos no mueren —sonrió, nervioso—. ¿Sabe algo, Juez?

—Nos fue de mucha ayuda durante la batalla contra Titán —puntualizó Arthur—. No obstante, lo pagó caro. No quedó ni rastro de él. —Claro que eso no era garantía de nada. El Caballero sin Rostro no era el auténtico santo de Capricornio, sino un gólem creado por aquel. Uno de los tantos misterios que le gustaría desentrañar un día—. ¿Y el resto de la tripulación? —Por el modo en que el santo de Flecha se le había quedado mirando un buen rato, parecía creer que al Juez solo le interesaban los santos de oro.

—Ban y June están abajo también —aclaró Emil—. Makoto, Munin y Soma regresaron a la Tierra. Bueno, a los caballeros negros los transportaron, más bien.

«Regresaron a la Tierra.» A Arthur le extrañó que Hugin no aportara algún comentario cínico, como que se habían quedado los más valientes o algo por el estilo, pero sentía más curiosidad por el camino de regreso. Navegar por los mares olvidados no era tarea sencilla, incluso con un barco que realizaba por sí solo todas las tareas de mantenimiento, este necesitaba de un capitán que de algún modo le indicara a dónde debía dirigirse. Y ahora estaban en Hiperbórea, un lugar que quizás ni siquiera Hybris había visitado. ¿Sería posible regresar en tales circunstancias?

Reservándose aquellas dudas, el Juez hizo un ademán para que Emil se apartara. Al caminar hacia la trampilla, sin embargo, el santo de Flecha no se movió, más bien parecía que iba a objetar. No pudo hacerlo porque un borrón oscuro le cayó encima, dejándolo inconsciente con un golpe en la nuca. 

—Ha estado muy pesado desde que Akasha regresó —explicó Águila Negra, apartando con el pie al inconsciente Emil—. Muy, muy pesado, el pequeño arquero.

Arthur asintió, aprobando la extrema medida. La trampilla se levantó sin que él hiciera ningún movimiento y en cuanto empezó a bajar, volvió a cerrarse.  

 

Pasó el tiempo en medio de un silencio que solo interrumpía Hugin de tanto en tanto, alabando a Sneyder por ser capaz de lidiar día a día con un poder tan inhumano y terrible. Él apenas había tocado la superficie del hielo creado por el santo de Acuario, de forma indirecta, además, y todavía sentía pinchazos por todo el cuerpo, como si acabara de entrar desnudo en lo más profundo del más frío de los océanos.

—Je, pensar que durante el viaje desde el cabo de Sunión pensé en usar un eidolon, como en Reina Muerte. ¡Mi alma y mi mente se habrían roto en un suspiro!

—¿Habrías usado el mismo poder para enfrentar a una sombra que para mantener encerrado el cuerpo huésped de uno de los Astra Planeta?

—¡Por supuesto que no, señor Sneyder!

—Minusvalorarte no nos hará ningún bien. Tu alma y tu mente habrían aguantado lo que por tu propia voluntad decidiste hacer, no necesitabas ayuda.

Hugin mantuvo bien abiertos los ojos y la boca, pero no añadió nada más tras esa llamada de atención. Reflexionando sobre cómo la dependencia hacia los santos de oro estancaba el crecimiento de los santos de plata y de bronce fue como Hugin pasó la espera hasta que Arthur regresó, acompañado.

—Estoy bien. No es necesario que me lleves.

—Necesitáis reservar fuerzas, Suma Sacerdotisa. Si queremos regresar a la Tierra va a ser necesario el poder del mayor número de santos de oro disponibles.

Ya por el tono de voz era claro que Akasha había pasado por una milagrosa recuperación. Incluso podía mantener al manto de Virgo, en forma de tótem, flotando a su diestra mientras discutía con el santo de Libra. Para los de sentidos más agudos, resultaba evidente la firma del cosmos en el aura de la Suma Sacerdotisa, así como la menos notoria presencia del micénico en el interior del navío.

—No era necesario dejar a Ban y June vigilándolo —dijo la joven líder, retomando una conversación que había empezado abajo—. Él me ha ayudado. 

—Orestes de la Corona Boreal ha ayudado al Santuario desde el día en que lo conocimos hace trece años —aceptó Arthur—. No obstante, cada ayuda nos ha salido más cara que la anterior. Cuando regresemos a casa, podré contároslo todo.

—¿Por qué no ahora?

—Tenemos mucho que hacer. Andrómeda y el actual regente de Júpiter están combatiendo. El ganador tendrá el poder de decidir el rumbo de nuestras vidas y… —calló, guardándose de tener que hablar del destino—. Si ganara Andrómeda…

—Shun.

—Si él ganara, podríamos concentrar nuestras fuerzas en regresar a la Tierra. Si no, es posible que tengamos que emplearlas para enfrentarnos a un astral.

—¿También desconfías de él?

—Al menos trato de confiar en que Andrómeda seguiría siendo un compañero si se convierte en uno de los Astra Planeta —replicó Arthur, con un tono que dejaba entrever las dudas que tenía al respecto—. ¿De verdad creéis sensato dejar a Orestes aquí?

La pregunta flotó en el aire algunos segundos, dejando al resto de oyentes claro que no iban a regresar de inmediato a la Tierra.

—Arthur cree que podemos trasladarnos junto el Santuario —informó Akasha a todos, como percibiendo las dudas que debían tener—. Usará nuestro poder para moverlo y el cosmos de Atenea latente en Grecia como guía. ¿Qué pasó con todos?

Emil estaba recostado contra el mástil, inconsciente, mientras que Hugin andaba de un lado a otro, muy nervioso. En contraste, Sneyder, tuerto y sin una mano, permanecía firme, tan ajeno al dolor y a las dudas como cabía esperar de él.

—Emil tenía sueño —dijo Hipólita, encogiéndose de hombros.

—Yo estoy bien. Eso creo —añadió Hugin tras unos segundos.

—También luché contra un santo de oro de otro mundo —explicó Sneyder—. Sugita de Capricornio, aquel que alcanzó el Filo Absoluto.

—Comprendo. Sé que Makoto, Munin y Soma regresaron. Pronto todos podremos volver —aseguró Akasha—. Pero, mientras tanto…

—Necesitáis que alguien cuide del barco —completó Hipólita—. ¿Sois conscientes de que los miembros más fuertes de la tripulación no son del Santuario?

—Soy consciente de que todos os habéis vuelto muy fuertes —replicó Akasha—. Y que seguiréis creciendo, porque vivís en la misma Tierra que yo, bajo el mismo Sol. Sé que compartimos el deseo de defender nuestro hogar, a pesar de nuestras diferencias.

—Algún día tener tanta confianza en los demás te hará daño —apuntó Hipólita—. Pero no será hoy. Incluso un ave oscura puede cuidar de unos brillantes polluelos, ¿no?

La Suma Sacerdotisa asintió. Entretanto, Hugin se acercaba a paso lento.

—A donde vaya el señor Sneyder, yo iré.

—Te quedarás aquí.

—¡Exacto! ¡Eso mismo haré!

No hubo más reclamos. Los tres santos de oro bajaron a la vez del barco, seguidos del tótem de Virgo. En tierra, ya habiéndose alejado lo suficiente, Akasha se atrevió a preguntar aquello que prefería considerar una posibilidad remota.

—¿Ellos también tendrán que luchar contra Ío, verdad? Si él miente.

—Toda ayuda es poca contra un astral —dijo Arthur—. Nuestra garantía es que tenéis fe en la sinceridad de ese hombre, a pesar de que no lo llegasteis a ver. Es la primera vez que confiáis en uno de los Astra Planeta. Eso es una buena señal.

—Solo es intuición. Tú nunca te guías por esas cosas.

—Nadie debería. No obstante, el astral está enfrentando al más poderoso de los cinco héroes legendarios. El poder de Andrómeda está más allá de las temperaturas extremas, una voluntad inquebrantable o la paradoja de la lanza que todo lo atraviesa y el escudo irrompible. Él puede hacer suya cualquier forma de energía, incluida la del enemigo.

—Siempre has subestimado a Seiya —objetó Akasha, quien había sido entrenado por tan grandes guerreros. Ni uno solo puso en duda la fuerza de aquel que nunca se rinde.

—Es por eso que deberías descansar. ¡Estás delirando! Todavía estoy a tiempo de seguir mi instinto y mantener a Orestes incapacitado hasta que regresemos.

Ya que conocía demasiado bien al Juez y el genuino rechazo que sentía por Seiya, Akasha se limitó a dar un largo suspiro. Sin embargo, en ese momento recibió la inesperada ayuda del tercer miembro del grupo.

—Podemos confiar en el caballero.

—¿Intuición?

—Razón —replicó Sneyder, el único entre los santos de oro capaz de tomar decisiones bajo la misma fría lógica que el Juez—. Para compensar las faltas que ha cometido, incluso el siervo de otro dios se convertirá en el más leal de los aliados. Porque ese es el modo en el que viven todos los guerreros sagrados.

 

***

 

A Ío de Júpiter le bastó un vistazo para entender que Shun de Andrómeda era más fuerte que él. Era fácil aceptarlo porque comprendía la razón.

Los cinco jóvenes habían estado al lado de un avatar de Atenea que vivió, sufrió y murió como una humana. La conexión entre la diosa y los mortales debió ser única en la larga historia de las Guerras Santas, así como la batalla en Elíseos era un milagro prácticamente único. En comparación, los primeros santos de oro se obsesionaron con una deidad inalcanzable, ansiando el poder que no les fue otorgado con el único fin de poder ser dignos de volver a tenerla entre ellos.

—¡Mis oraciones acaban aquí! —clamó Ío, abarcando cuanto tenía enfrente. Las estatuas del más sabio y poderoso entre los dioses y su regia esposa destellaban como las más grandiosas constelaciones de ese espacio—. Mis señores, ya que a vuestros pares pude agradecer la vida que he vivido, ahora os doy las gracias por cuanto ha sido creado. La insignificante y hermosa Tierra en la que viven los hombres; el magnífico universo, lleno de misterios, que por milenios pude defender como guerrero y maestro. ¡Deseo seguir haciéndolo al menos una vez más! Por eso, permitidme luchar con todo mi inmerecido poder. ¡Que Hashmal de Leo, aquel que destruye las galaxias con sus fauces, aparezca de nuevo aquí y ahora!

Hasta el último momento, Shun no había querido interrumpir los rezos del astral, por respeto a quien parecía ser un campeón de tiempos pretéritos. Sin embargo, cuando sintió que el cosmos de aquel crecía más allá de todo límite, hizo que una docena de portales se abrieran a la vez, de los cuales emergieron cadenas de pura energía. Estas debían haber podido inmovilizar al enemigo, pero tan pronto lo alcanzaron fueron aplastadas por la fuerza de la gravedad hasta quedar reducidas a meras partículas.

—Siento la espera.

Aun cuando aquella batalla sin duda deparaba muchas sorpresas, a Shun le dejó por un momento sin palabras ver al astral vistiendo la piel del León de Nemea. La divinidad podía intuirse en aquel manto de Leo transformado, no solo en el blanco inmaculado que había sustituido el característico brillo solar del Zodíaco, a excepción de los bordes y los detalles en relieve, sino sobre todo en el aura que rodeaba a Ío. Transparente. Celestial. Era como un velo divino que nadie podría traspasar.

—Tu expresión me dice que no hubo tiempo para contarte la historia de los primeros santos de oro —dedujo Ío—. En pocas palabras, todos fuimos entrenados en persona por Atenea, y nuestros mantos empezaron a vivir porque recibieron el icor de la diosa. Tuvimos seis mil años para despertar esa fuerza y aprender a dominarla.

—Mi experiencia no puede compararse con la tuya —admitió Shun.

—Es la ventaja que tengo —dijo Ío con deje de malicia—. La tuya es poseer un poder mayor. Asegúrate de aprovecharla al máximo, yo haré lo mismo.

El combate reinició con más violencia e intensidad que nunca, pues las heridas sufridas durante el combate con Ikki ya no limitaban la fuerza de Ío. Igualando la velocidad de expansión inicial del universo, el astral impactó contra una barrera recién levantada por Shun. Mientras, el cuerpo de Ío liberó chispazos a razón de miles por cada paso que daba, llenando el escenario de incontables rayos a la vez que más y más cadenas de energía invocadas por el santo de Andrómeda rasgaban el espacio, bloqueándolos. Los cosmos de ambos rivales se neutralizaban entre sí en un duelo llamado a ser eterno.

Destellando luces doradas, las cadenas de Andrómeda dominaron la distancia que separaba al astral del santo, tratando de apresar al primero. Ío procuraba evitarlas mediante aumentos imposibles de velocidad, ajenos a cualquier fenómeno ocurrido en el universo. Pero en ningún momento se alejó, sabedor de que era en el cuerpo a cuerpo donde podría tener ventaja. Buscó atacar desde algún punto ciego, descartando de antemano los ataques aéreos, donde desde tiempos mitológicos la defensa de Andrómeda era inexpugnable. Los golpes, aunque devastadores para los más excelsos mortales, eran neutralizados por la férrea barrera de Shun.

Habiendo comprendido que la fuerza bruta no le sería de ayuda, Ío abrió el puño cerrado con el que pretendía atravesar la espalda del santo de Andrómeda. De la palma abierta, un haz luminoso surgió mucho después de que la técnica hubiese impactado sobre el  ateniense, ignorando la barrera. Cada átomo del manto divino quedó sometido a una fuerza que los instaba a separarse. El efecto deseado, sin embargo, no ocurrió. El icor de Atenea, alimentado por el cosmos y la voluntad de Shun, mantuvo intacto incluso el campo eléctrico de este, lo primero que la Luz Ley deshacía.

Ese error de cálculo costó a Ío ser alcanzado por la cadena triangular. A Shun le sorprendió que de un golpe directo solo recibiera un pequeño corte.

Cuando la primera gota de sangre cayó sobre el suelo, el campo de batalla desapareció.

 

***

 

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Shun al encontrarse de nuevo en el Salón del Destino. Las estatuas de los dioses olímpicos seguían rodeándolos, grandes, pero no comparables a los espectros cósmicos que había en el universo donde combatieron—. ¿Acaso todo esto ha sido una ilusión?

No lo podía ser. Tanto él como Ío vestían mantos celestiales, y este último sangraba desde el corte en la frente que acababa de provocarle.

—Más allá de los sentidos convencionales y aquel que solo unos pocos desarrollan, está el séptimo —empezó a decir Ío—. Dejamos de observar el mundo que nos rodea y contemplamos nuestro universo interior. Al hacerlo lo dotamos de vida, empieza a expandirse y si nuestra voluntad es lo bastante fuerte, logramos alcanzar un poder increíble. Entonces ese microcosmos que atesoramos contacta con el macrocosmos. Los hombres se vuelven algo más que hombres. ¿Y cuál es la chispa que empezó todo?

—La voluntad —dijo Shun, aunque enseguida cambió de opinión—. El alma.

—Las almas pueden desaparecer, al menos en apariencia. El espíritu que formamos con nuestras vivencias y emociones, es posible que eso sea destruido. Lo que permanece, indestructible, es la chispa de la Gran Voluntad que tienen todos los seres vivos. Está aún más profundo que el cosmos, por lo que el Séptimo Sentido no basta para comprenderla. Nadie puede a menos que haya muerto.

—Es porque el resto de sentidos lo entorpece —comentó Shun, rememorando la explicación que él y varios compañeros recibieron del Viejo Maestro, hacía una eternidad. Morir implicaba abandonar toda conexión con el mundo físico, solo quedaba el alma—. ¿Quieres decir que alcanzar el Séptimo y el Octavo Sentido no era más que pasos hacia este momento? Parecía como si estuviéramos en otro universo.

—Había tres —dijo Ío. Se pasó el dorso de la mano por la frente y el corte desapareció. La sangre que quedaba en el suelo y el puño cerrado del astral brilló con intensidad—. En el mío, la luz y el rayo son ley. En el tuyo, infinitas nebulosas giran por lapsos de tiempo que crees instantáneos, aunque dentro de ti cada uno sea una eternidad. Es el poder de los santos, que se expande a través de incesantes batallas.

—En ese caso, el tercero es la unión de ambos —dedujo Shun—. Cada vez que nuestros cosmos colisionan, reconstruimos ese espacio.

—Donde para mí fortuna la gravedad sigue siendo la fuerza a la que todos estamos sometidos —añadió Ío—. El Noveno Sentido es la facultad de convertir nuestro microcosmos en un macrocosmos. Es lo que distingue a un potencial miembro de los Astra Planeta del resto de mortales. Ya que los dos competimos por regir la Esfera de Júpiter, lo que determinará la victoria será quién se apropie del poder del otro. Al final, nuestro tercer universo se contraerá, consumiéndonos a ambos.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

—Porque ya lo intuías. ¿De qué otro modo podrías atacarme desde otro universo si estábamos en un lugar que solo existe como representación de nuestro cosmos entrechocando? Además, he sido el maestro de todas las regentes de Júpiter que han existido. Creía que Titania sería mi última discípula, mas los dioses dispusieron otra cosa. ¡Aquí estoy, con el deseo de vencerte y el deber de enseñarte!

—En verdad los dioses son crueles.

—¿No lo es el mundo que nos rodea, acaso? Ni las catástrofes naturales ni los males humanos, que tantas vidas destruyen, nos impiden apreciar la naturaleza y a la humanidad. Del mismo modo, por todos aquellos que han abandonado a los dioses, alguien debe mostrarles gratitud, ¿no crees?

—Yo no podría —tuvo que aceptar Shun—. No lucharé por aquellos que dan y arrebatan por igual. Quizá no sea el discípulo que buscas.

—Como he dicho, enseñarte es mi deber, no mi deseo. Aunque ambos deseemos impedir que los hombres se involucren en una guerra contra los cielos, considero que yo sería más contundente. No caeré.

—Es lo mismo para mí. Para evitar las batallas futuras, yo… ¡Lucharé!

***

 

Al volver a cargar, los dos rivales se hallaron en medio de un descomunal campo de energías enfrentadas que los arrancó del suelo, arrastrándoles a las alturas. Volar, por supuesto, no era un problema para ninguno de aquellos campeones.

Ío y Shun luchaban en el centro de la esfera recién formada, donde los puños del primero chocaban no solo con las cadenas doradas, perfecta combinación de ataque y defensa, sino con otra infinidad de encadenados eslabones de cosmos. Aquellos últimos eran especialmente difíciles de evadir, pues más que invisibles, en realidad solo empezaban a existir en el momento en que ya estaban sujetando al astral. Aquel, sin embargo, lograba evitarlos de algún modo que escapaba a la comprensión del santo de Andrómeda, el cual pronto pensó en dejar de intentarlo.

Entretanto, el campo energético se fue comprimiendo hasta quedarse en unos diez kilómetros de anchura. La mitad estaba conformada por Chispas de Vida, los rayos del regente de Júpiter, que pulsaban contra una espiral rosada girando a una gran velocidad. El choque constante, sobre todo en los polos, expulsaba una suerte de radiación cósmica, nociva para todas las formas de vida, mientras que en el interior la densidad sometía a los oponentes al peso de incontables soles y un calor que superaba los cuatro mil millones de grados, suficiente para aplastar protones y electrones.

Era semejante a uno de los fenómenos más terribles del macrocosmos. Así como los santos de bronce y plata lograron reproducir desastres naturales, por milenios de historia la élite del ejército ateniense había tratado de imitar lo que ocurría en el lejano cielo estrellado. Pero ni Ío ni Shun seguían siendo pares de los santos de oro o cualquiera de sus símiles, cima del poder que se les estaba permitido poseer a los hombres.

Shun emergió de la prisión manteniendo aún en el corazón de aquella a Ío. Nada podía hacerle la radiación, en realidad, desde el momento en que despertó el poder divino que Atenea le concedió, había muy pocas cosas en el universo que podrían llevarle a la muerte. Una de ellas era el astral al que había logrado contener empleando las cadenas de Andrómeda y unas cuantas hechas de cosmos, que no tardarían de romperse.

A diferencia de ocasiones pasadas, esta vez no dudó ni siquiera un instante. Tomó el control de los rayos y la nebulosa, ordenándoles comprimirse sobre el prisionero. Aquella implosión dejó tras sí una luz que llenó el caótico cosmos en el que combatían. Shun cerró los ojos por instinto, creyendo que de otro modo estos estallarían.

—Dos a cero, ¿eh? —dijo Ío. No debía poder hablar en el vacío que aquel despliegue de fuerzas había dejado alrededor suyo, en el que ni siquiera quedó oxígeno, pero Shun imaginaba que en ese lugar siempre usaban la telepatía, incluso sin saberlo—. Sí que me estoy haciendo mayor. Lo lamento. Ninguno de los dos puede permitirse una batalla de mil días. Hay demasiado que hacer en este largo día.

En cuanto Shun abrió los ojos, vio la mano del astral a medio cerrar, como conteniendo algo. Aun sin verlo, el santo de Andrómeda podía intuir qué era: una raedura en el tejido del espacio, un agujero negro potencial capaz de devorar soles y planetas. Tan terrible fenómeno no era más que un pequeño obstáculo que Ío logró aplastar sin esfuerzo. Y a pesar de la devastadora temperatura, el manto de Leo seguía intacto, la piel descubierta apenas tenía algunas quemaduras menores.

—Mataré al Hijo —afirmó Ío con decisión—. Romperé la regla de un traidor para cada generación de Astra Planeta, lograré que la voluntad de los olímpicos sea unánime y con ello acabaré con el dios sin nombre. Ese es el alcance de mi determinación, Shun de Andrómeda, mi último discípulo.

—Los dioses no pueden morir —dijo Shun—. Persiguiendo un imposible, ¿no estás aceptando que no conseguirás hacer uso de los dones de Júpiter desde un principio?   

—Esto es todo lo que logré obtener digno de un santo de Atenea. ¡La necedad de un hombre hundido en la más fútil esperanza!

Tras aquel grito de guerra, Ío se impulsó como un león embravecido. Colmillos blancos chocaron con las cadenas en el Salón del Destino, desintegrando el suelo de oricalco como un mero efecto colateral. Así cayeron a la Galería de Héroes. 


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Publicado 03 octubre 2022 - 11:24

Cap.139 Más sabe el diablo por viejo que por diablo
 
Mientras la pelea por el título de Astral de Júpiter se da, en el argo Navis pues pasan cosas.
Akasha se ha recuperado después de que Orestes le rellenara el mana, digo, cosmos, por lo que ella, Arthur y Sneyder se encaminan hacia el Santuario en espera de los resultados de la batalla y el resto se queda en el barco.
Sneyder hace algo que hay que recalcar: apoyar a Akasha en cuanto a que pueden confiar en Orestes jaja OMG, el mundo se va a acabar! El apocalipsis está cerca!
 
Y volviendo a la pelea estelar del arco...
Shun vestido con su kamei es cosa seria, por lo que Ío dice que ahora él también va a pelear con todo su poder poderoso que hasta mejor se puso armadura divina también.
Aun así, Ío asegura que Shun es más fuerte, pero él tiene más bolitas de experiencia en su hoja de batalla.
Se reanudan los piñazos y cuando Shun le quieta el PERFECT a Io haciéndole un rasguño, es que hasta el escenario cambia porque empiezan a explicar que los dos ya tienen acceso al noveno sentido y esas cosas Saint Seiyeras que han creado tres universos en los que andan peleando y... en fin, el caso sigue siendo que la pelea es a matar y uno destruirá al otro.
Ío aclara que no espera que su batalla sea muy larga (bendito seas) y por eso lo respeto más ahora jaja.
Veremos quien cae en esta gran lucha.
 
 
Pd. Buen cap, sigue así :)

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EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#376 Rexomega

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Publicado 04 octubre 2022 - 12:45

Saludos

 

Seph Girl. Muy buen dicho ese. Y muy apropiado también.

 

A Dragon Ball Z le fue bien con su coro de personajes secundarios solo viendo a Goku hacer cosas contra el malo de turno, pero aquí nadie se está quieto. Y cuando digo nadie quiero decir… ¡Barrendero, suelta esa espada mágica, que no es tuya!

 

Bien, Akasha, Sneyder y Arthur se ponen en marcha, por si acaso. (No, no habrá comentarios jocosos sobre la batería de mana.). ¿Sneyder apoyando a Akasha? Definitivamente debo cancelar los efectos 3D de la historia, porque ya hasta generan espejismos tal que estuviéramos en un desierto.

 

Hoy en día hay historias de Saint Seiya en que personajes que no tienen mantos celestiales pelean con otros que sí los tienen, pero me hace ruido así que, a falta de alba de Júpiter, bienvenido sea el manto celestial de Leo. ¡De algo sirvió que el regente de Júpiter fuera a su vez el primer santo de Leo! (Como dato curioso, en una versión muy, muy primeriza del personaje era el primer santo de Sagitario.). Como ya he dicho, siento respeto por Shun como personaje secretamente muy poderoso, cosa que a TOEI siempre le importó dos centavos y que Kurumada parece haber olvidado. Aquí podemos contrastar su poder, con nada menos que uno de los tan mencionados astrales. Para confrontar tamaño poder, Ío tiene lo único que los protagonistas de Saint Seiya nunca tendrán, por mucho Power Up que reciban: Es viejo, viejo y experimentado. (Aunque para ser justos, Shiryu ya experimentó lo que es vivir una vida en paz y envejecer.).  

 

Esta historia también es un tanto vieja para los estándares de Internet, confiaba en que para cuando se publicara Next Dimension hubiese acabado y ya estaríamos en la Saga del Cielo, conociendo los misterios de los dioses y el Noveno Sentido. Hoy en día no hay Saga del Cielo y Next Dimension nos habla más de medicina que de los secretos del cosmos más allá del Séptimo y Octavo Sentido, así que formé mi propia visión mostrando cómo el pequeño universo que conocemos desde el episodio 1 (capítulo 1 para lectores del manga) sale a la superficie. ¡Disculpen! Sé que suena un tanto rimbombante. Lo bueno es que Ío compensa el discurso pseudo-científico tan propio de Saint Seiya con la sagrada y archiconocida ley del puño y la patada.

 

Bien, Ío, independientemente del resultado de este duro combate, te ganaste el respeto de esta lectora. ¡Solo no menciones los 5 minutos! (Como nota personal, la verdad es que desde que edité el arco 5 me he sentido satisfecho con el ritmo de esta batalla.).

 

De eso depende todo, ¿no? ¿Quién ganará? ¿Y quién perderá?

 

***

 

Capítulo 140. Cuando caen los héroes

 

Ya no eran rodeados por doce dioses inmensos e imperecederos, sino por un extenso mural con figuras de puro oricalco en relieve. Algunas brillaban como el bronce, mientras que otras ostentaban el brillo del sol y la luna. Desde un primer momento, Shun pudo reconocer a los guerreros del hoy y del pasado reciente, la generación que habían formado y aquella en la que fueron formados, asolada por la rebelión de Saga de Géminis. Todas las obras fueron hechas con el mayor detalle y esmero, recreando no solo el físico, sino también las emociones de cada uno de los santos.

Si se miraba hacia abajo, podrían verse más estatuas, dispuestas en forma de espiral. Por cada generación de santos había un nivel más, con los guerreros expuestos según el orden en que habían caído. Quienes conectaban una generación con la siguiente, como era el caso de Shun y los demás, se hallaban en medio de ambas, como un lazo irrompible que une el pasado y el futuro. Y en el centro, una escalera seguía el flujo de magníficas imágenes, hecha de puro cosmos, ya que no existía materia en el mundo capaz de soportar el poder de quienes peleaban sobre tal superficie.

Al chocar santo y astral, se encontraron con el suelo desmoronándose. Grandes plataformas de roca se partían en mil pedazos entre los que los guerreros saltaban para seguir tratando de alcanzar al otro. De una parte, Shun respaldado por dos cadenas visibles y otras tantas imperceptibles surgiendo de un lejano universo de nebulosas; de la otra, Ío acometiendo mientras llenaba todo de un mar de relámpagos.

El puño de Júpiter tenía ya poco que ver con la fuerza de los hombres. En aquel, colmillo del león divino, se reunían a un mismo tiempo el Edicto del Rey, las Chispas de Vida y la Luz Ley. Las barreras que Shun levantaba cedían ante un descomunal aumento de la presión gravitatoria, los restos eran devorados por una espiral de rayos que de inmediato asediaban al santo de Andrómeda desde todas las direcciones, paralizándolo a la vez que intensos destellos anunciaban el poder que pugnaba por despedazar su campo eléctrico. Cada golpe reunía las cuatro fuerzas fundamentales del universo, de modo que Shun procuraba evadir la mayor parte.

Ío, tal vez confiado en la ventaja que estaba obteniendo, saltó sobre el santo de Andrómeda, quien de inmediato interpuso una inexpugnable defensa a la vez que lanzaba un feroz ataque, la Onda del Trueno. Aunque en esa ocasión la cadena triangular logró hacer algo más que un rasguño, todo estaba previsto: desde las profundidades del abismo al que caería toda la superficie de aquel espacio limitado, surgieron rayos de un poder y luminosidad sin parangón, que se clavaron sobre su cuerpo tal que fueran los colmillos de un león furibundo.

Varios hilos color carmesí pasaron a través del manto celestial. A pesar de que este había absorbido gran parte del impacto, la fuerza de aquellas fauces era demasiado grande como para que no hubiese consecuencias.

—Tú también sangras —comentó Ío, como si aquello le impresionara. De nuevo estaban en la Galería de Héroes, en el tercero de los inmensos peldaños, ligeramente inclinados, que componían la larga escalera—. Empezaba a dudarlo.

—Sangramos al inicio de este combate. No ha cambiado nada desde entonces.

—Cierto —aceptó Ío, limpiándose el corte en la mejilla—. Por grande que sea el poder de un hombre, siempre será solo un hombre.

—No creo que eso sea algo que debamos lamentar. No me gustaría ser un dios.

—Quieres utilizar el poder de un dios.

—Es distinto. Querer ser un dios, querer utilizar el poder de un dios —explicó Shun—. Al fin y al cabo, los inmortales no pueden aceptar los fallos de quienes nacen, viven y mueren. Es por eso que nos abandonan, juzgan o castigan.

—¿No crees poder convertirte en un dios compasivo?

—Aun Atenea decidió encarnar como humana para estar entre los hombres. La perspectiva de un ser eterno e infinito no puede ponerse en la misma balanza que la de seres tan llenos de fallos como nosotros. Entiendo el abismo que nos separa, pero —dijo, endureciendo el semblante— no permitiré que caigamos en él.

—De modo que usarás los dones divinos de Júpiter para construir el puente que unirá la tierra y los cielos. El camino que reconciliará a los creadores con la creación.

—El futuro de la humanidad es algo que todos deben decidir, aunque es indudable que necesitamos ser guiados —tuvo que reconocer—, lo que no es necesario es seguir siendo juzgados como seres imperfectos. ¡Sabemos que lo somos! Construiré los cimientos de este sueño y encomendaré a las futuras generaciones la creación de la senda a un mundo de paz y justicia, sin barreras que nos separen.

—Confiarás en la humanidad, así como esperas que los dioses vuelvan a tener confianza en vosotros. Sin duda, el tuyo es un gran y noble sueño.

—Uno que habré de hacer realidad —dijo Shun, decidido—. Con el poder de los dioses y la voluntad de los hombres, lo lograré.

—Extraño los días en los que podía hablar así, pensando solo en la escala de la Tierra. Antes de formar parte de los Astra Planeta y descubrir que el planeta en el que nací era una pequeña parte del todo que debía proteger. ¿Qué harías, mi rival y discípulo, si la humanidad escogiera seguir al Hijo y fuera un peligro para el resto de la Creación?

—Ya te lo he dicho. Creo en mis semejantes.

—Yo también creo en la bondad de los hombres, sería un necio si ignorara lo que mis pares han logrado, mas —añadió, con una mezcla de malicia y tristeza— conozco demasiado bien el alcance de la maldad humana como para darles la opción de elegir. La obra del Hijo será borrada junto a ese dios sin nombre.

—¿Acaso pretendes que sea como si nunca hubiese existido? —cuestionó Shun, a sabiendas de que eso afectaría incluso el pacto con Orestes.

—Como ya te dije, deseamos lo mismo: un futuro en el que no suceda la guerra predestinada entre los cielos y la tierra. Yo solo pretendo ser más contundente.

Las palabras de Ío anticiparon el alzamiento de un poder ilimitado, por el que Shun reforzó de inmediato las defensas. Sin embargo, el soplo cósmico que el astral expulsó con solo mover el brazo ignoró el campo aislado que Shun formó, como una ola que cruza al océano y atraviesa una simple roca en el camino.

En el espacio formado por los cosmos de ambos, las paredes dimensionales fueron aplastadas por una red masiva de rayos. Las nebulosas, ocultas detrás de estas desde el inicio del enfrentamiento, chocaron contra la ola electromagnética con tal intensidad, que un fuego celestial acabó llenando aquel caótico universo. El equilibrio había sido roto y con ello se anunciaba un final inevitable.

 

***

 

Sin ser conscientes del desarrollo de la batalla, Akasha y los demás llegaron al Santuario a tiempo de evitar una batalla innecesaria.

—¿Qué ha ocurrido? —cuestionó la Suma Sacerdotisa.

Subaru estaba atendiendo a un malherido Mithos, que estaba cerca del templo de Aries haciendo un ovillo. Cerca, los cosmos de Lucile y Shaula ardían con intensidad. El aguijón de Escorpio apuntaba al corazón de Leo, quien iba a responder con el brazo extendido, afilado como una espada legendaria.

—Lucile, ¿qué hiciste con Mithos?

—Le di una pequeña lección para que conozca el lugar que le corresponde —explicó con tranquilidad la leona de oro—. Al árbol no se le ocurrió mejor solución al enorme sentimiento de inferioridad de su sirviente que darle una patada en la cabeza.

—Para que deje de escuchar a la Bruja… ¡Oh! ¡Suma Sacerdotisa!

Como si acabara de darse cuenta de la situación en la que estaba, Shaula se arrodilló de inmediato. A Akasha, dadas las circunstancias, le resultó algo incómodo, pero sabía que la hija de Ban podía tener todavía remordimientos por la forma en la que celebró su ascensión. Le alivió notar que Mithos ya se estaba recuperando.

Subaru, quien ayudaba a levantarse al santo de Escudo, no perdió la oportunidad de remarcar que ya había previsto aquel escenario.

—¿Ves? Te dije que pronto nos llegaría ayuda. ¡Nada menos que Su Santidad y el Pacificador! —exclamó, haciendo especial énfasis en la presencia del último.

—No estoy ciega, Subaru. —Shaula se incorporó en cuanto Akasha le indicó con un gesto que podía. Luego, tras unos segundos de incómodo silencio, aceptó que al menos debía saludar a un compañero de armas—. Acuario.

—Escorpio.

Eso era todo lo que la guerra había dejado entre ellos. De tan diferentes que eran, nunca serían amigos, pero al menos podían llevar una relación cordial.

—¿Puedes curarla? —intervino Arthur.

—¡Estoy bien! —aseguró Akasha.

 —No estoy segura —dijo Shaula—. En mi búsqueda de un veneno capaz de exterminar a cualquier forma de vida que amenazase la Tierra, aprendí a sanar los cuerpos, pero el cuerpo de Su Santidad está bien. Es el alma lo que ha sido dañado.

—Una deducción sensata, para variar.

Todos prefirieron ignorar la pulla de Lucile. La santa de Leo no añadió nada más como pago por la ayuda recibida tanto de Shaula como de Subaru, quien con el poder de la manto de Reloj y un incómodo ritual en el que, por un momento, el cosmos del león y escorpión se unieron, confundiéndose, había logrado restaurar el manto de Leo.

—¡Insisto! —dijo Akasha—. Estoy bien. Es Shun el que me preocupa.

—El santo de Andrómeda tomó su decisión —dijo Sneyder, siendo Arthur el único que podía concordar con aquel punto de vista, al parecer—. Lo que ocurra en adelante solo les atañe a él y a su oponente.

—Como si fuera fácil aceptar eso… —acusó Shaula, recelosa de darle la razón—. Sea como sea, no puedo hacer nada con Shun a menos que regrese aquí —admitió, cuidándose de no añadir que debía regresar vivo. 

—Su Santidad. —Sabiendo que Akasha seguiría anteponiendo la salud de otros en peor estado que ella, Arthur decidió emplear otro argumento—. Si no os recuperáis, no podremos regresar a la Tierra. La fuerza que trajo el Santuario hasta a este lugar es inmensa, hará falta mucho poder para revertirlo.

«Tierra.» Esa era la clave. Más allá de la hermandad que pudiera unir a algunos de los santos presentes, todos luchaban por defender el mundo en el que nacieron. Eso era prioridad incluso para Akasha, que acabó accediendo.

 

En lo que los demás entraban al templo de Aries, Shaula se acercó a sus compañeros, preocupada por el estado del santo de Escudo. Ya que Rho Aias se nutría del cosmos de Escorpio, la fuente del mismo podía pasar a través de él ignorando las veinticuatro mil placas. Eso no solía ser un problema, Mithos aguantaba bien los golpes, pero verlo atormentado por el canto de Lucile la dejó fuera de sí. Se había excedido.

—Por eso te digo siempre que no te alejes de mí. ¡Sobre todo si está la Bruja de las Emociones cerca! ¡Nunca te quedes solo con ella!

Ninguno de los santos de plata tuvo el atrevimiento de recordarle que fue ella quien les pidió salir del templo mientras curaba a Lucile. Además, a Shaula le bastó pasar la mano por la nariz sangrante para que la herida se cerrara a la perfección, llenando el alma del santo de Escudo de una serenidad infinita. Como Subaru solía decir, había una recompensa detrás de cada mal golpe, por eso no lo avisaba.  

Mithos solía replicar que prefería ser avisado, así como que alguien con el don de ver el futuro tendría que ser más prudente. Nunca le hacía caso.

—¡Al fin has abrazado tu destino como maga…!

—Eh, lady Shaula —dijo Mithos, lamentando que ni interrumpiendo la enésima locura de su compañero fuera capaz de frenar ese ridículo tartamudeo—. Parece que Alcioneo se fue en cuanto empezó la batalla entre el señor Shun y el astral. Huyó.

—¿Y? Me prometió que se casaría conmigo después del torneo. No ha habido torneo. No hay matrimonio. Los dos somos libres de hacer lo que queramos.

—L-Lo que quiero decir…

—Cree que es un cobarde indigno de su l-lady Shaula —completó el pícaro Subaru, incluso tartamudeando para hacer más creíble la imitación.

—No deberíais hablar de valor o cobardía en esta situación. ¿Lo sentís? —cuestionó Shaula con severidad. Al ver que los santos de plata estaban confusos, hizo un gesto de asentimiento—. Exacto, no sentís nada a pesar de que no hay modo alguno en que dos cosmos tan grandes puedan ocultarse. Por la misma razón que no podemos aprehender la totalidad del universo, somos incapaces de percibir el poder infinito que ostentan quienes luchan para protegerlo. Es el nivel de los elegidos de los dioses. En ese punto, tener miedo es natural. Todos aquí esperamos no tener que enfrentar algo así…

—Pero lo haremos, si es necesario —dijo Subaru.

Los tres asintieron ante aquel comentario que, por fortuna, no era una predicción. Luego, se internaron en el templo. Incluso si no podían luchar, tenían mucho que hacer.

 

***

 

El vacío que Shun e Ío recreaban en cada choque se había desbordado debido a una descomunal y volátil energía cósmica.

Si alguien pudiese observar de un solo vistazo tal enfrentamiento, se encontraría con un círculo en apariencia rosado y perfecto, a excepción de los rayos titánicos que lo recorrían de forma incesante. Sin embargo, en realidad aquella masa estaba lejos de ser uniforme o de tener un solo color. Ya que no eran dioses los responsables de liberar y controlar tamaño poder, resultaba imposible que este adquiriera el delicado equilibrio que permitía la existencia continuada de un universo. Así, no llegaban a formarse galaxias, cuásares o cualquier agrupamiento coherente de cuerpos celestes, la destrucción y la creación se confundían en todo momento a merced del caos.

Aun el centro de aquel Tormento Cósmico, la forma definitiva de las técnicas que Shun había desarrollado hasta ahora, era tan grande como cabría esperar de una parte del vacío interestelar. El arriba y el abajo no tenían sentido, la vista humana no detectaba con facilidad el diminuto cuerpo de un hombre. Por ello, santo y astral se buscaban a través de una velocidad y percepción a la altura de tal escala. La única ventaja que había en ese respecto eran, por supuesto, las cadenas de Andrómeda. La Defensa Rodante generaba un campo aislado impenetrable, mientras que la Onda del Trueno iba acompañada por una porción del Tormento Cósmico, volutas de energía ultra-condensada que pasaba de eslabón a eslabón hasta unirse a la letal punta triangular.

Ío entendía que solo era cuestión de tiempo que Shun terminara de tomar el control de todo el cosmos circundante, por lo que impedía el surgimiento de más Chispas de Vida. Centraba esfuerzos en mantener a raya el mar caótico, invirtiendo la fuerza gravitatoria que el combate generaba para repeler la masa de energía. Y, entretanto, buscaba la forma de pasar más allá de la defensa del santo de Andrómeda.

Muchos intentos fueron en vano, el astral regresaba a la Galería de Héroes con una herida más, habiendo retrocedido otro peldaño en la escalera de luz que creó como representación de la historia oculta de los santos. En ese lugar, las estatuas de campeones destinados a perderse en el olvido no eran más que figuras de oricalco bien labradas; en el campo de batalla que surgía cada vez que los cosmos de los contendientes chocaban, lucían como las constelaciones que habían inspirado su existencia. De un modo u otro, tanto Shun como Ío sintieron que debían estar a la altura de aquellos, ninguno quiso concebir el escenario en el que fracasaban.

En el momento en que Ío ya era incapaz de sanar las heridas que Shun le infringía, estaban bajo el severo juicio de los santos que lucharon la guerra de los mil años contra los dioses de la  guerra. El astral recordó la conversación con Fobos, el punto en los acontecimientos recientes que los había avocado a la destrucción. Convencido de ganar una vez superase las cadenas de Andrómeda, Ío se impulsó con más rapidez que nunca, decidido a mantener tal velocidad constante hasta el final.

Primero arrojó un número infinito de golpes de los que emergió una red de energía. Shun reconoció el Plasma Relámpago de Aioria del que Seiya le habló en el pasado, pero no lo que aconteció después. La mitad de la energía de Ío impactó contra las cadenas, sometiéndolas a una presión gravitacional creciente, mientras que el resto de rayos chocaba entre sí generando chispas destructivas de incomparable potencia. El regente de Júpiter concentró estos últimos en grandes esferas, Arcos de Plasma que mantuvieron la cadena triangular detenida por algunos valiosos instantes.

Aprovechándose del tiempo ganado, avanzó de frente arrastrando las chispas residuales de la cadena de ataques. Con ello formó un aro de puro poder destructivo, muy por encima del que hasta ahora había utilizado, y lo arrojó al inmóvil y letal triángulo, sometiendo la dorada cadena a una descarga que debía devorar todo el cosmos que la protegía, a la vez que generaba una temperatura aun mayor a la que debieron astral y santo soportar hacía una eternidad. Con ello la capacidad ofensiva del manto de Andrómeda quedaba neutralizada, faltaba la defensiva.

Sin dejar tiempo para que Shun reaccionara, Ío lanzó un último y descomunal ataque, el Rayo, sobre el eslabón más débil de la cadena circular, aquel que a lo largo del enfrentamiento había golpeado en más ocasiones. El choque no generó resultado alguno, tal y como esperaba, pero la posterior implosión lo hizo vibrar, redujo a cero la velocidad con la que la Defensa Rodante actuaba, e Ío pudo perforar esa parte vulnerable como un bólido indetenible. Y entonces, por un solo segundo, nada se interpuso entre el regente de Júpiter y aquel destinado a sustituirlo.

La batalla fue desigual. Incluso herido, la mayor experiencia y destreza marcial de Ío le dieron una ventaja considerable contra Shun, que desde siempre había evitado ese tipo lucha. Por cada puñetazo que el santo de Andrómeda bloqueaba, recibía al menos diez golpes, y la capacidad de respuesta no hacía sino descender bajo el peso de las cuatro fuerzas fundamentales que el astral dominaba.

Fueran las piernas, el codo, o los nudillos, la increíble fuerza de Ío hacía de todo aquel cuerpo un arma letal. Aun el manto celestial temblaba bajo tanta presión venida desde todas direcciones, aunque siempre concentrada en puntos previamente calculados. Como final de aquel inagotable combo, el astral golpeó al santo con la cabeza, reventando de una sola vez el yelmo de Andrómeda junto al ojo derecho de Shun.

La sangre derramada anunció la verdad que ambos habían estado buscando: ¡el fin del sueño de una protección indestructible!

 

***

 

Estaban ya en el último nivel de la Galería de Héroes. Hacía rato que ninguno se daba cuenta de la diferencia entre esos momentos y el intercambio de golpes que decidían en ese universo deforme y moribundo, carente de vida más allá de un par de hombres errando en un mar de puro caos. Si acaso, resonaban en la mente del malherido Shun las cada vez más cortas enseñanzas, de grandes campeones, de trágicos traidores, de un diluvio y de los impíos supervivientes. Del plan divino que consistía en legar el universo que los dioses crearon a seres dignos de recibir tal regalo.

Ninguna verdad hizo dudar a Shun, nada doblegó el firme deseo de asegurar el futuro de la humanidad, de toda ella. La antigua, fuente del pecado, la nueva, manchada por este. Incluso si Ío golpeó aquel rostro ensangrentado sin un ápice de dudas, lamentó tener a un hombre justo como un enemigo a quien no podía dejar vivo. ¡Cómo culpar a la Esfera de Júpiter por haber elegido a quien el implacable Hades designó puro!

Pero ni el golpe ni el lamento de Ío llegaron a concretarse. Con una rapidez y serenidad impresionantes, la mano de Shun se posó sobre una grieta microscópica en el peto de Leo. El astral no pudo ni siquiera procesar eso cuando una corriente energética se infiltró en ese resquicio para de inmediato fundirse con el cosmos del portador.

Ío despertó unos segundos después, estampado contra una de las paredes. Había perdido la consciencia y no le extrañaba. Viejas heridas se habían abierto, la sangre manaba en abundancia, bañando las estatuas de abajo, parte de la primera generación de santos que debió enfrentar el castigo divino de Poseidón y la primera Guerra Santa. Al menos doce de aquellos no deberían estar ahí, pues murieron mucho después, pero desde que inició la construcción de la Galería de Héroes, Ío había considerado que el Zodíaco abandonó la humanidad luego de que Deucalión los abandonara, ese era el día en que dejaron de ser santos de oro para aspirar a convertirse en algo más.

Tener esos pensamientos solo empeoró su situación. Enfrente de él, todavía sobre uno de los pocos peldaños de luz que quedaban, tenía a Shun de Andrómeda cubierto por un halo divino y por las esperanzas de los hombres. ¿Tenía derecho a seguir enfrentando a aquel guerrero incorruptible? Y si no era así, ¿podía confiar en la justicia de este? Incluso ahora, debajo de la resolución que imperaba en los ojos claros del ateniense, podía hallar un deje de compasión. ¡Compasión, por el hombre que mató a su hermano, así fuera en combate, así se tratase de un hombre perteneciente a otra época, otro mundo! Sin duda se había planteado la posibilidad de arrebatarle el cosmos y dejarlo con vida, como el más simple y viejo de los mortales.

—Tal vez sea un digno sucesor… —murmuró con un hilo de voz—. Pero…

Al salir de la pared, lascas de oricalco ensangrentado cayeron a las profundidades de aquel pilar. Ío anduvo por el aire como si los soplos del viento no fueran más que escalones, rememorando el momento en que la falsa diosa que lo aplastó se reveló como una humana. Podía escuchar las palabras con la misma claridad que entonces, cuando él observaba desde el monte Olimpo a través del Portal del Tiempo.

«No soy Atenea —le decía a Deucalión la que por milenios así fue conocida, cargando en brazos un infante—. Solo Pirra. No soy Atenea, solo Pirra.»

Cada paso que daba le costó a Ío conocer un nuevo tipo de dolor. Shun solo tenía que hacer un ademán para poner en contra del veterano guerrero todo el cosmos que este atesoraba, tenía el control de los rayos y la luz, el león no era más que la marioneta de la doncella, las fauces carecían de dientes. El llamado a fracasar, sin embargo, avanzó hacia quien parecía haber trascendido a los hombres.

—Detendré esta guerra y todas las que vendrán —dijo Shun con voz magnánima. Para no querer convertirse en un ser divino, aquel tono imperioso le salía de forma natural—. Ya puedes descansar. Has hecho todo lo que pudiste.

El avance de Ío prosiguió, así supusiera un esfuerzo titánico cubrir un metro o dos. El astral extendió ambos brazos hacia los lados y cerró los puños, como apresando la argolla de una cadena inexistente. Shun parpadeó con el único ojo sano y haces de cosmos relampagueante empezaron a surgir de la piel de aquel temerario campeón de los dioses, quemándola bajo la ya inútil protección del manto de Leo.

—Yo también tengo algo que proteger —expresó el regente de Júpiter, con la boca y la barba ensangrentadas—. Yo también tengo algo por lo que luchar. Si te adueñas de mi cosmos, yo comandaré el espacio.

Para Ío, fue imposible escuchar el resto de intentos de Shun por hacer que se detuviera. Tener en contra el poder que hasta aquel día era suyo lo estaba trastocando, incluso deliraba con un pasado que creyó dejar atrás. Una mujer de alas doradas y mortal arco, que nunca había fallado, asegurándole que lo mataría si seguía adelante.

Contrario a la ilusión que sufrió entre el infierno de la batalla interminable y la Cámara de las Paradojas, Shemhazai no llegó a dispararle aquella flecha, y si Shun tenía la disposición de eliminarle, Ío no le dejó la oportunidad de demostrarlo.

Regresaron al espacio que se expandía al son de dos cosmos entrechocando: dentro de sí, un poder imitaba el destino de un universo que crece sin fin, lo desgarraba, amenazando con causar una disrupción irreparable en su cosmos; más allá, otra fuerza, que él dirigía, representó un final distinto para el del universo, el de una gran implosión que abría las puertas al renacimiento. ¿Qué sería más fuerte? ¿Aquel que busca reparar los errores del pasado o quien avanza hacia el futuro con confianza, aun a sabiendas de que en este podría solo deparar muerte y destrucción?

Tan pronto los brazos de Ío se movieron hacia el centro, arrastrando consigo los extremos del infinito, Shun lo ató con las cadenas capaces de retener a la misma Muerte. El astral esperaba eso, en ningún momento pretendió dejar que el santo de Andrómeda quedara aplastado por el peso de tres cosmos mientras él se retiraba a la seguridad de la Esfera de Júpiter. No, esa no era la forma de ganarse un lugar como campeón de los dioses. Debía ganar como un guerrero y para eso solo tenía que golpear la zona que el divino manto ya no protegía, la cabeza, mientras soportaba la presión externa de las cadenas doradas y la interna de su propio cosmos.

La batalla entre santo y astral, como incontables enfrentamientos de menor o igual envergadura, se decidió en el último instante. Aprovechando el impulso del infinito contrayéndose junto a un anillo de nebulosas y relámpagos, Ío confió todo a un único ataque, el mejor que había dado jamás como un hombre.


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