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La Constelación Perdida. (fanfiction de Libra)

misceláneos; Fanficition; Talaris; templo del escritor; la constelación perdida

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3 respuestas a este tema

#1 Talaris

Talaris

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Publicado 01 agosto 2020 - 14:32

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SINOPSIS

 

 

 

En tierras del oriente los Taisheng bajo el estandarte del dragón de ónice siembran el miedo y la opresión en las tierras sagradas de los cinco picos. Su objetivo es controlar la ciudad encantada de Sukiyo y preparar la llegada de Long Kiao. Para ello deben conseguir la “llave de Pangu” y localizar el territorio mágico. Una taonia sin constelación protectora, llamada Talaris, en ausencia del maestro Dohko y su discípulo Shiryu, será la encargada de proteger el sello del dragón de jade del sagrado Templo de Nan Hengshan. Deberá poner en sobre aviso a los demás ancianos, deteniendo así la iniciativa del malvado líder de esta secta oscura

 

 

INDICE

 

PARTE I: Los cinco ancianos de China

 

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1: El Secreto de Dohko de Libra

CAPÍTULO 2: El Bambú de las Consortes está ensangrentado.


Editado por Talaris, 10 octubre 2020 - 18:41 .

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#2 Talaris

Talaris

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Publicado 01 agosto 2020 - 14:45

LA CONSTELACIÓN PERDIDA

 

PARTE I: Los cinco ancianos de China

 

PRÓLOGO

 

Lección 0

"Dominar a otros es fortaleza.

El dominio de sí mismo es el verdadero poder"

Lao Tsé

 

 

Cuenta la leyenda que hace millones de años el mundo que conocemos no era más que oscuridad y vacío. En él no había luz ni sonido. En medio de la nada había un enorme huevo donde todo era condensado y cuya materia era la única existente. Dentro de él todas las fuerzas se unían y separaban hasta que crearon a un ser muy grande y poderoso que creció en su interior. Esa criatura recibía el nombre de “Pangu”, y cuando tuvo uso de conciencia se dio cuenta del inmenso vacío que lo encerraba. Invocó una enorme hacha con la que rompió el cascarón que lo aprisionaba y de este modo brotó bajo sus pies la tierra y sobre su cabeza, el cielo, ambos eran atraídos el uno por el otro. Pangu, temeroso de que volvieran a encerrarlo se alzó y los separó para evitar que se volvieran a juntar. En su azaroso trabajo le ayudaron los primeros animales que habitaron el cielo y la tierra: un fénix, un quilen, un dragón y una tortuga.

 

Su agotador trabajo duró mucho tiempo, dándose cuenta de que cuanto más se esforzaba en separar ambos espacios, él más crecía. Cuando ya se percató a una avanzada edad de que nunca más se unirían el cielo y la tierra, cayó agotado sobre sus pies. Los restos de su cuerpo dieron vida a una tierra yerma. De su ojo izquierdo nació el sol y del derecho la luna. Su poderoso cuerpo se secó y unió al suelo formando las montañas; de la sangre surgieron todos los ríos de la tierra; de los músculos se formaron las tierras fértiles de cultivo; su barba dio lugar a las estrellas y su largo cabello se separó formando los bosques. Sus huesos se hundieron y descendieron hacia lo más profundo de la tierra, dando lugar a los minerales. El sudor cayó dando lugar a la lluvia y el último exhalo de su respiración se unió a los cielos para crear el viento. Las criaturas que estaban en su cuerpo…, pulgas, garrapatas y otros parásitos, evolucionaron dando lugar a la humanidad.

 

Los cuatro animales que ayudaron a Pangu, se juntaron cerca de su lecho de muerte contando esta historia a los hombres, quienes en agradecimiento edificaron templos donde habían caído las extremidades de su creador; así nacieron los cinco picos sagrados de China.

El monte donde había reposado la cabeza y que se encuentra más al este, recibió el nombre de Taishan, cuyo significado es suprema paz. Al oeste, donde cayó el brazo derecho, se alzó el monte Huashan también conocido como del esplendor. Al sur, donde cayeron los pies del gigante, se alzó el pico de Nan Hengshan, o también conocido como el del equilibrio1 rodeado por el río Xiang. Al norte, donde cayó el brazo izquierdo nació el pico de Bei Hengshan que significa constancia; Por último, en el centro, donde cayó el resto del cuerpo, se elevó el pico de Shongshan, o de la eminencia.

Cada uno de estos picos son custodiados por un anciano, cuya sabiduría y enseñanzas han de ser transmitidas a entregados y justos discípulos. cuyo deber también es velar por la paz del lugar y proteger a las gentes que los rodean. Estos maestros y sus discípulos fueron llamados taonia y se decía que venía de la ciudad mágica de Sukiyo.


1 Donde situamos al maestro Dohko de libra y donde se entrenó Shiryu. Probablemente era este ya que la balanza o el signo de libra es símbolo de justicia y equilibrio. Tiene también su sentido, porque si cayeron los pies de Pangu allí, podrían ser estas extremidades en la antigüedad, las consideradas responsables de mantener el equilibrio al andar con ellas (esto ya es teoría mía)

Editado por Talaris, 01 agosto 2020 - 15:38 .

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#3 Talaris

Talaris

    En modo ermitaño y confinada

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Publicado 01 agosto 2020 - 15:29

LA CONSTELACIÓN PERDIDA

 

PARTE I: Los cinco ancianos de China

 

CAPÍTULO 1

El Secreto de Dohko de Libra

 

 

Lección 1

 

"Da y tendrás en abundancia"

 

 

 

El Río Xiang que recorre de norte a sur el país de China, está bordeado por algunas de sus ciudades más importantes. Dejando atrás las más avanzadas industrias de Quanzhou, los claros campos de cereales de Zhuzhou y donde la dinastía Jing creó su propio cementerio de guerreros de terracota (Xian); los caminantes que se desvían en busca del mar se encontrarán bloqueados por una de las cordilleras montañosas más hermosas de todo el planeta. Transitando por las zonas donde más concentración de cultivos de arroz se hallan, se levantan montículos altos y sólidos de cumbres redondeadas esculpidas en un pasado por el mar que las cubría. Entre esas montañas se oculta uno de los santuarios más venerables y antiguos de la historia de la humanidad: Nan Hengshan. Nadie, salvo unos pocos privilegiados que no temen a su orografía, su clima húmedo y sus frondosos bosques, pueden hallarlo.

 

En una de las laderas de esas montañas se encuentra una aldea considerada la frontera entre el mundo real y el místico.  Se trata de una aldea mediana quedando al sur Hunan y al este Hengyang.  La mayoría de sus habitantes son campesinos que dedican sus horas de trabajo a los cultivos. Muchos viajeros en peregrinación para la búsqueda de la vida ermitaña, suelen parar a tomar el último descanso antes de proceder a su propia vía espiritual.

 

En esa aldea se encuentra una casa de hospedaje con el nombre de Shun Wéifēng cuyo significado es “suave brisa”, pues decían los clientes que nada había mejor que sentarse en su amplio jardín mientras la brisa del río Xiang acariciaba sus mejillas. En ese momento la casa solo acogía a unos pocos extranjeros, pero era la hora del almuerzo y el restaurante rural estaba repleto de comensales saboreando el plato especial del menú, un arroz caldoso con verduras y pescado del mismo río llamado Shenyang Dun yu. El dueño de la casa era un hombre que enviudó y a quien solo le quedaba una hija, después de perder a dos varones en la guerra que estalló con la revolución de Mao. La hija se llamaba Fang y solía atender a la clientela en ausencia de su padre.

 

Aquel día un viajero de estrecha planta y ropas descoloridas entró el restaurante. Se ocultaba tras una amplia capa de lana parda que lo envolvía por completo. Cuando se sentó se quitó el sombrero, descubriendo su identidad. Era una chica joven, probablemente en la veintena. Tenía el cabello recogido en una trenza dorada y ondulada, algo desecha. No solamente llamaba la atención su pelo, cuyo color no era habitual en la región, sino también sus pequeños ojos rasgados castaño–rojizos. Nunca se había visto un color semejante de ojos entre las diversas razas que convivían en la Tierra; por lo que la forastera parecía venir de otro mundo. Pese a su aspecto desaliñado, fruto de largos viajes, tenía las facciones redondeadas y agradables. Una amable sonrisa brotó de los labios de la recién llegada comensal y Fang reaccionó con otra servicial y agradable sonrisa.

 

—¿Qué va a tomar, señorita?, —dijo Fang.
—¿Acaso no es este el lugar donde ponen el caldo más delicioso de la región?
—Marchando entonces una de Shenyang Dun yu.

 

La sopa no tardó nada y la forastera enterró su nariz en el cuenco. Olisqueando su salado y cálido humo, dijo:

 

—¿Cómo he echado de menos comida de calidad como ésta? Después de diez años no he olvidado este aroma. Huele que alimenta.
—Que aproveche.

 

En el momento en el que la comensal acercó el cuenco a sus labios y hundió los palillos, irrumpieron en el local cuatro hombres que vestían tradicionales ropas asiáticas de color negro con cinturones amarillos. Bordados en el pectoral izquierdo tenían un escudo cuyo símbolo era un dragón negro con fondo violeta. Se escuchó en la sala asustadizos comentarios entre los clientes. Y una palabra que se repetía una y otra vez: “Taisheng”.

 

Los forasteros, cuando vieron a Fang fueron directamente a ella apartando a la comensal bruscamente de su asiento. El cuenco de estofado se derramó sobre ella, manchándole todo el lado izquierdo de su ropa.

 

—¿Dónde está tu padre? — le preguntaron severamente a Fang.
—Ha salido al mercado…
—¡Mientes! — el forastero tomó a la jovencita por el cuello de la blusa con violencia.
—¡Es cierto! Tenía que comprar algunos encargos de última hora—. Decía asustada, apunto de llorar.
—Ese viejo se empeña en seguir escondiéndose de nosotros. Secuestremos a su hija, así le propondremos un intercambio.

 

El hombre saltó por la barra y obligaron a salir a Fang de allí. La jovencita suplicaba por su vida:

 

—No, por favor…, no me hagan daño… ¡Ayúdenme! — gritaba desesperada a los clientes.
—De nada te sirve pedir ayuda ¿crees que alguien se atreve a enfrentarse a nosotros? Saben que, si intervienen, los llevaremos a ellos también o sus seres queridos.

 

Por sorpresa un golpe punzante de dedos dirigido directamente al codo del secuestrador hizo que éste soltara a la muchacha, al mismo tiempo que emitió un alarido de dolor. Al alzar la vista vio a la comensal reteniéndole la mirada desafiante sin atisbo de miedo.

 

—Creo que no todos pensamos como tú—. Dijo la comensal.

 

Una risa perversa brotó de la garganta del hombre que había sido golpeado. Cuando vio a una chica encarársele le pareció divertido y recomponiéndose, volvió a erguirse para intentar imponer a su atacante.

 

—Una chica haciéndose la heroína… tendremos pues que darte una lección y llevarte ante nuestro señor.
—¿Quieres llevarme con tu señor? Si te parto las piernas dudo que lo consigas.

 

Aquella respuesta irritó al hombre de tal modo que se abalanzó contra la chica para atacarla junto a los otros tres. La forastera consiguió bloquearlos mientras indicaba a Fang que corriera. Fang, no sin dar algún que otro resbalón salió corriendo asustada mientras la forastera los enfrentaba a los agresores valientemente.

De un rápido golpe en el pecho empujó al que parecía ser el líder de los agresores contra la barra, golpeándose este la cabeza con el borde de la tabla. Se le abrió una profunda brecha en la sien que sangraba abundantemente, dejándole conmocionado. Los otros tres se lanzaron contra la comensal a la vez para reprenderla. La gente que aún estaba en el local se levantaba de sus asientos temiendo que les alcanzaran alguno de los puñetazos y patadas que se estaban dando los que peleaban. Unos salieron corriendo y otros se arrinconaron en la pared, cercados por un muro de mesas, sillas, platos y vajillas que volaban por los aires y caían al suelo con las persecuciones del combate. 

 
Uno de los guerreros en pie, sin tiempo de reacción, vio una mesa que se le caía encima. Cuando se protegió con los codos envueltos con unas placas de metal, rompieron la superficie de esa mesa sobre él. El armazón de las patas y el soporte de la tabla le atraparon en un anillo astillado, como el animal que queda atrapado en una red. El segundo fue golpeado repetidas veces en estómago y cara…, una última zancadilla y golpe en la rodilla lo derribaron por completo. El tercero, sacó su arma esperando que ésta pudiera vencer a la brava extranjera, pero ésta le fue arrebatada por una dolorosa patada que le partió la muñeca. Un codazo entre los omoplatos recorrió el cuerpo del luchador por toda su columna, desde la cabeza al coxis. Cayó entonces al suelo también vencido.

 

El líder, recompuesto de su brecha, le fue a dar un puñetazo a traición por la espalda a la joven extrajera, pero fue esquivado habilidosamente. Pese a que se lanzó con todo su cuerpo y fuerza contra ella no podía tocarle un pelo. La muchacha era mucho más ágil y ligera que él. Como un gato huidizo de un salto subió a la barra esquivándolo; después le lanzó la capa parda a la cabeza para desorientarle, con sus puñetazos consecutivos lo dejaba cada vez más herido y enredado en la capa. Finalmente, aprovechándose de la debilidad del luchador, lo zarandeó de un lado a otro. El hombre se resbaló con los restos de porcelana y comida desparramados en el suelo y cayó de bruces, clavándose los pedazos de vajilla y cristal en la cara y con el trasero para arriba. Ella le dio un puntapié que le hizo dar la voltereta al mal herido acosador. El hombre con toda la cara ensangrentada y llena de cristales se había quedado tendido en el suelo tan dolorido que no podía levantarse. La joven asomó por encima del hombre su rostro e hincó una rodilla. Su mirada era fría tras esos ojos castaños con matices rojizos.

 

—Dile a tu señor, que Talaris, la discípula del gran Dohko de Libra le envía recuerdos…

 

La pupila alzó sus manos y las entrelazó para darle el golpe de gracia, pero el llanto de un niño la paró en seco. Alzando su vista hacia el llanto vio al infante abrazado a su madre y ésta protegiéndolo de la violencia que les rodeaba. Talaris decidió parar la pelea arrepentida. Volviendo a la cordura y desvaneciéndose el calor del combate, pudo ver el desastre que se cernía en torno a ella. Mesas y sillas rotos, vajillas y cristales esparcidos por el suelo, manteles manchados y sobre todo los rostros de los espectadores que la miraban espantados.

 

Fang entró por la puerta, esta vez acompañada por un hombre canoso que miraba a su alrededor llevándose las manos a la cabeza con desesperación y el rostro pálido. Cuando dirigió su mirada a los intrusos, su rostro enrojeció de furia.

 

—¡Taisheng! — Dijo entre dientes— Ya sé a lo que habéis venido. Jamás os lo entregaré y ¡¿pretendíais llevaros a mi hija con vosotros?! ¡Malditos desalmados! ¡Largaos de aquí!

 

El hombre arrastró  por los pies uno a unos a los agresores y los llevó a la calle. Talaris se quedó sorprendida del valor y la fuerza del hombre. Supuso que eso era un padre coraje.

 

—¡Maldito viejo! Volveremos a por lo que pertenece a nuestro señor—. Dijo el líder levantándose aparatosamente—¡Tu rebeldía no quedará olvidada, Talaris!¿Cómo te has atrevido a levantarte contra nosotros? ¡Los cinco picos son nuestros!

 

Talaris no respondió a la amenaza. Con extrañeza vio como los cuatro agresores se alejaron cojeando, encorvados y maltrechos hacia las montañas. Sorpresivamente el hombre que acababa de entrar le hizo una reverencia tan servicial y agradecida que casi podía apreciar su nariz rozando el suelo. Con lágrimas en los ojos le dijo:

 

—¡Muchas gracias por intervenir! Si se llevan a mi hija no sé qué hubiera sido de mí.

Talaris sin salir de su asombro, hizo al hombre erguir su postura respetándole su edad.

— No podía dejar que aquellas personas se llevaran a una chica indefensa. Además, he destrozado todo el local. Eso no me hace sentir muy orgullosa
—Fang es mucho más valiosa que mi restaurante. Es algo irremplazable. Me llamo Li Huan, y soy el dueño de este hostal.

Talaris sonrió al hombre con simpatía y aliviada de que no le dijeran nada del desastre, le respondió:

—Soy Talaris. Encantada de conocerle, señor Huan—. Empezó a levantar mesas y sillas.
—Déjelo, ya lo haremos nosotros—Dijo Li, deteniéndola.
—No puedo. Mi conciencia no está tranquila con lo que he hecho. Debo asumir la responsabilidad de mis actos. Eso es algo que aprendí de mi maestro Dohko.
—¿Te refieres al anciano maestro Dohko de Libra?
—El mismo ¿Lo conoce?
—¡Los dioses entonces han escuchado nuestras plegarias! ¿Eres un caballero de Atenea?

Cuando Talaris oyó la palabra caballero una punzada de dolor le dio en el corazón. Una espina que parecía volverle a molestar después de tanto tiempo.

—Un caballero de Atenea… No, por desgracia. Pero me halaga que me lo haya dicho.
—¡Entonces debes ser un taonia!
—¿Un taonia…? Nunca he oído hablar de algo así.
—¿No sabes lo que es un taonia? —. La expresión del hombre era bastante sorpresiva.— ¿Pero no has mencionado que eres discípula de Dohko de Libra?
—Sí así es, pero nunca me mencionó esa palabra. ¿Es una de vuestras leyendas chinas? Me encantan esas leyendas, por favor, cuéntame más.
—Los taonia son los guerreros protectores de la naturaleza. Se forman en los sabios templos de los cinco picos. Cada uno de ellos protegidos por un animal diferente, adoptan sus poderes y protegen a esta tierra y sus habitantes. Proceden del país encantado de Sukiyo.
— ¡Vaya eso es apasionante! Aparte de los caballeros de Atenea, los caballeros de Asgard y los generales del mar ¡existen los taonia! ¿por qué me lo ocultaría mi maestro? ¿Shiryu y Okko lo sabrían también?
—¿Así que también conoces a Shiryu y Okko?
—¡Claro que sí! Me entrené con ellos y también conozco a Shun Rei. Ella era como una hermana para mí.

 

El hostelero y su hija se miraron. Tenían sentimientos contradichos. Por todos los nombres que había mencionado la forastera, sabían que efectivamente debía ser discípula de Dohko, pero ¿cómo es que no sabía nada de los taonia? Y más aún ¿Por qué Dohko nunca les había mencionado que tenía un tercer discípulo? La joven se sentó en una de las sillas pensativa. Otra vez una punzada de tristeza asomó por su peculiar rostro.

 

—¿Estás bien, Talaris? — dijo Fang—pareces un poco cansada.
—¡No te preocupes! Debe ser que he malgastado mucha energía con esos cuatro abusones—dijo con una sonrisa— ¿cómo les habéis llamado…?
—Taisheng.
—Eso es… Taisheng. ¿Por qué han dicho que los cinco picos son suyos? Perdonar la pregunta, pero llevo diez años sin venir por aquí. Soy una completa ignorante ahora mismo.

Fang y el hostelero comenzaron a limpiar. El hombre empezó a hablar.

—Todo empezó con la guerra del gran eclipse. Los Taisheng salieron en aquel entonces como un grupo aislado y revolucionario que querían traer de vuelta las costumbres antiguas chinas. Son contrarios a la modernización y a nuestro actual gobierno. Esta es una región muy rural y abandonada del gobierno central de Shanghai y Pekín. Aquí subsistimos de nuestro propio trabajo artesanal y agrario. El aislamiento que estas montañas nos aportan tampoco ayuda mucho.  Las cosas no han evolucionado mucho desde mediados del siglo XX, aunque muchos de nuestros jóvenes e hijos se sacrificaron por un futuro mejor... — Al hombre se le enjuagaron los ojos de lágrimas. Su hija intentaba consolarle frotándole la espalda.
—Déjalo ya, papá. Yo seguiré con la historia. Tú descansa un poco.
—¡No! Tengo que contárselo.  La última voluntad de Dohko me lo exige y tal vez ella sea la persona que esperábamos. Ahora no podemos más que confiar en aquello que verdaderamente entienden el sentido de proteger este mundo y a sus habitantes.
—¿Qué quieres decir? —. Dijo Talaris abriendo los ojos de par en par, El hombre en vez de responder su pregunta, siguió con la narración:
—Aprovechando este abandono del gobierno, los Taisheng comenzaron a reclutar a personas descontentas que querían mejorar nuestra condición y que se sentían heridas por nuestro presidente de la República. Utilizaban como argumento que en la época pre maoísta estábamos mejor atendidos y debido a ello hay que volver al antiguo régimen imperialista y salir adelante por nosotros mismos. Empezaron a entrenar a los reclutados en las artes marciales sagradas que se practican en los cinco picos de China.
—¿Algo así como una contra revolución? —Dijo Talaris. El hombre asintió.
—Pero mentían. Ellos son incluso peores. Amedrantan a los aldeanos y fanatizan a nuestras juventudes. Las oprimen y les lavan el cerebro con ideas completamente contrarias a nuestra filosofía ancestral. Sin decir que, además, utilizan las artes marciales para hacer el mal y no para lo que se inventaron realmente. Como son unos extraordinarios guerreros, algunos de ellos con unos poderes que escapan de nuestro conocimiento…, no pudimos enfrentarlos. Pedimos ayuda al gobierno, pero ahora nuestro país está mas centrado en ganar su batalla tecnológica contra el occidente que cuidar a su gente.
—¿A qué te refieres con lo de extraordinarios guerreros y poderes que escapan de vuestro conocimiento?
—Poderes como los de los caballeros de Atenea y los taonia. Poderes que no están al alcance de cualquiera…, solo de aquellos entrenados en los cinco picos o por los antiguos dioses.
—¿Antiguos dioses…?—. Talaris se rascó la cabeza meditando sobre esas palabras. —comprendo… se tratan de conocimientos secretos que no pueden ser desvelados a cualquiera para impedir su mal uso. Los poderes que mi maestro nos enseñaba y que siempre recalcaba que debían mantenerse ocultos.
—Así es. Solo aquellos justos y mansos…, aquellos que entienden el auténtico sentido de la protección, deben conocerlos. Solo ellos los usarán sabiamente.

 

La discípula de Dohko siguió analizando y meditando todo lo que le estaban diciendo. Asimilaba la información lo mejor que podía. Se había pasado viajando por el mundo diez años desde que abandonó el nido de la catarata de Lushan, para aprender todo lo que el mundo pudiese ofrecerle. Había conocido diferentes culturas y razas, probado diferentes platos, ropas y bebidas. Aprendido de muchas religiones y tradiciones tribales que convivían en el planeta. ¡Hasta era capaz de comunicarse y leer en varios idiomas!, pero al parecer el mayor misterio se encontraba en el país de sus raíces.

Padre e hija miraban en silencio a Talaris, intrigados por aquella viajera. No era una chica común y corriente. Un aura misteriosa y reposada la envolvían. Había sido capaz de deshacerse de cuatro taisheng ella sola, era discípula de Dohko de Libra, y, sin embargo, daba la sensación de no saber nada y de no ser consciente del poder que tenía.  

 

El silencio fue interrumpido por el sonido de las tripas de Talaris. Ella se tapó la barriga y se puso roja de vergüenza. Una cálida carcajada sonó del hostelero.

 

—Fang debe quedar algo de estofado en la cocina, ve y sirve a esta muchacha y a quien decida entrar en mi restaurante. Después de lo sucedido es lo mínimo que puedo hacer—. Volviéndose hacia la discípula le sonrió benevolente— ¡Perdona mi falta de cortesía!, no me he dado cuenta de que debes estar hambrienta aún, más después de sacudir a esos cuatro malhechores. Lo que has hecho hoy aquí, no lo hace cualquiera. Por eso creo que eres la persona que estábamos esperando.

 

La gente que pasaba por la calle fue invitada a pasar y comer de manera gratuita. Varios de ellos entraron muy agradecidos y felices. Ellos mismos pusieron las sillas y las mesas que aun podían utilizarse en la posición correcta. El hostelero limpió rápidamente los muebles antes de que la gente se volviera a sentar. Fang salió con una bandeja llena de estofados. El primero se lo dio a Talaris y el resto de las raciones los fue repartiendo entre los demás. El dueño se puso frente a Talaris que miraba el estofado con gula. Ésta no era muy consciente, pero entre los que habían entrado a comer, había aún algún testigo que la habían visto luchar contra los Taisheng, y que conocían el nombre de Dohko. Talaris miró a Li asegurándose que éste le dejara comenzar a comer y así no interrumpir la conversación.

 

—Adelante. Come antes de que se enfríe. Podemos seguir hablando mientras tanto.
—¡Gracias!

 

Talaris comía con apetito. Sentía con agrado como el caliente caldo llenaba su estómago vacío y la textura tierna del pescado y las verduras se mezclaban en su paladar deliciosamente.

 

—Una discípula de Dohko en mi hostal—. Dijo el hostelero con satisfacción mientras miraba a Talaris, con los carrillos llenos de comida. Se la veía con un apetito voraz—¿Cuánto tiempo llevaría sin comer? Entonces le comentó— Él nunca me habló de una discípula solo de discípulos. ¿Sabes…? esperaba que uno de ellos pasara por aquí pronto y sé que ese discípulo eres tú.

 

Talaris dejó el cuenco en la mesa atenta. Otra vez Li le venía con eso de que la esperaban a ella. Le dijo al anfitrión:

 

—Si yo fuera mi maestro, no hablaría de mis discípulos fracasados, no da buena imagen.
—¿Por qué dices eso?
——Mi maestro y yo nos encontramos hace mucho tiempo. Bueno…, más bien él me encontró a mí. Me entrené con él y sus otros dos discípulos Okko y Shiryu, pero siempre desde su condición de caballero de Atenea. Pese a mi empeño en alcanzar a mis compañeros de entrenamiento, no lo conseguía. Cuanto más tiempo entrenaba con ellos más cuenta me daba que mis habilidades no eran iguales a las de ellos…. Podía aprender artes marciales, manejar todas sus armas, aprender toda su filosofía, y devorar cualquier libro de la biblioteca por difícil que fuera de descifrar…; pero a la hora de ejecutar los ataques especiales asociados al chi, yo terminaba completamente exhausta, mi cuerpo no tenía las mismas capacidades de resistencia... no podía soportar esa energía. Ellos lo hacían con facilidad, y aunque también acababan cansados, no podían compararse a como me quedaba yo.  Entonces lo supe… nunca sería un caballero de Atenea o algo similar. Por otro lado, no podía dejar de entrenar y estudiar..., ambas cosas eran lo único que me gustaba hacer y se me daba bien. Tampoco podía, como Shun Rei, dedicarme a las labores del hogar; es más, cuando lo hacía, era tal el desastre que armaba que preferían que me mantuviera alejada de todo eso. —Talaris se echó a reír nostálgica. Sus ojos brillaban con cariño. Conforme hablaba descansaba para meterse un poco de estofado en la boca y cuando lo tragaba seguía hablando— Como no podía conseguir el mismo resultado que Okko y Shiryu y tampoco podía dedicarme a la cocina, me centré en mis capacidades intelectuales, mi agilidad y mi velocidad. Era mi manera de agradecerle a mi maestro todas sus enseñanzas y que decidiera ocuparse de mí.

 

El rostro de Talaris se ensombreció de pronto. Parecía como si no quisiera seguir hablando. Pero hizo un último esfuerzo para terminar:

 

  —Después de la expulsión de Okko y la ida de Shiryu a cumplir su labor como caballero de Atenea, yo no podía seguir avanzando con mi maestro, y no quería perder mi tiempo buscando pareja o algo así. Era joven para eso.  Decidí por propia voluntad viajar, seguir aprendiendo y buscar mi propio camino. Mi maestro lo comprendió y me dejo irme, haciéndome saber que siempre sería bienvenida a su hogar.
—Dime Talaris. ¿y por eso has vuelto?  Para poder visitarle. Porque en ese caso debo decirte que…
—No hace falta que lo diga, señor Li. Lo sé. Mi maestro ya no está aquí. El murió ya hace tiempo.
—Así es. ¿Cómo lo sabes?
—Esa es la cuestión… es difícil de explicar. Sentí como su energía desaparecía. También coincidió con ese eclipse del que habló antes. Era como si supiera en todo momento lo que estaba haciendo mi maestro y lo que estaba pasando. Aunque no lo comprendo muy buen. Luego empezaron a pasarme cosas que antes no me pasaban.
—¿qué clase de cosas?
—Cosas que no creo que comprenda…
—¿Quieres decir que tus carencias de antes ya no son tales? ¿Que ahora parece que eres más poderosa que antes?
—Yo no diría que soy más poderosa que antes… pero tal vez si vuelvo a Lushan y reviso la biblioteca de mi maestro otra vez, encuentre algo relacionado con lo que me está pasando.

 

Talaris se miró las manos, pensativa. No creía que fuera correcto decírselo a Li. Ya que como él le había confirmado antes, escapaba de su conocimiento. Talaris había comenzado hace tiempo a desarrollar un poder nuevo que antes no tenía y que le costaba controlar. Un poder que ni Shiryu y Okko habían tenido nunca. También había intentado realizar las técnicas especiales, pero seguían suponiéndole un trabajo muy duro y exhausto. Li le sacó de sus pensamientos diciendo.

 

— Talaris eres sin duda discípula de Dohko. Reconozco en tus palabras la sabiduría de él. Por favor, pasa esta noche en este hostal. Te prepararé un mullido y cálido lecho de descanso. Podrás asearte y ducharte antes de continuar tu viaje mañana.
—Es una invitación muy amable, pero…
—Por favor, insisto…

 

Talaris se quedó callada. ¿Cómo iba a decirle a aquel hombre tan amable que no podía quedarse porque no le llegaba el dinero para pasar la noche en un hostal? Tenía que buscar otra excusa, pero no sabía cuál. Si algo no se le solía dar bien a Talaris era mentir.

 

—Por favor, Talaris, quédate solo esta noche —Intervino Fang — es lo mínimo que podemos hacer por tu ayuda. Además, estoy segura de que mi padre puede contarte muchas cosas interesantes sobre Dohko. Nuestra familia siempre ha sido muy respetuosa con los sabios ancianos de los cinco picos. En especial con quienes han protegido Nan Henshan. A ellos le debemos mucho. Su noble servicio ha sido siempre muy importante para nosotros.
—¿Ancianos de los cinco picos? ¿Nan Hengshan?
 
La discípula miró a Fang con ignorancia. Ella miró a su padre con complicidad y se sonrieron.

 

—Si quieres saber más de eso. Tendrás que quedarte con nosotros.

 

Con tales argumentos se le hacía a la discípula más difícil rechazar la hospitalidad, pero entonces exhalando decidió no mentirles, no era pan de gusto de nadie reconocer la escasez, pero no le quedaba otra.

 

—Lo siento, pero no puedo, mis últimos yuanes1 los he invertido ya en este exquisito estofado.
—¡Por favor, Talaris! Eso no hará falta. — Respondió Li. — Tu compañía es más que suficiente.
—¿Habla enserio, señor Huan? —Talaris no pudo contener la alegría y la emoción ante la generosidad que le estaban prestando.
—Totalmente.
—Gracias por vuestra bondad, sobre todo después de lo que ha pasado.
—No son más que mesas, sillas y cerámica. Todas ellas son fácilmente remplazables, pero el honor de acoger a un discípulo de Dohko, no es equiparable; y por favor, tutéame.

Talaris fue convidada a dos cuencos de estofado más. Cuando terminó su comida ayudó a recoger las bolsas de basura de todos los desperfectos del restaurante, así como poner todo en orden. Su fuerza fue un gran aliado para Li y Fang porque les permitía ir muy rápido. Las bolsas no le eran pesadas a Talaris.

 

Cuando la recogida terminó, Talaris fue invitada a la casa de Fang y Li, justo pegada a la cocina. Una casa pequeña pero confortable. Padre e hija le apremiaron con un té y unos dulces deliciosos para recobrar fuerzas. Li se sentó con ella y su hija con un álbum que abrió ante Talaris. El álbum estaba plagado de fotos de familia, allí Talaris supo de la tragedia que Li vivió con su esposa e hijos y le dio mucha lástima.

 

—Li, al menos tuviste una familia feliz durante un tiempo.

 

Li asintió con la cabeza en una benevolente sonrisa. Después dejó el álbum y fue a un baúl y sacó más fotos antiguas. Cuando Talaris las cogió temió que se le deshicieran en las manos. Eran sumamente antiguas, tal vez de la época en la que se inventó la cámara fotográfica.

 

—Sé que los muchachos que recogía Dohko bajo su techo, eran huérfanos. El propósito de él siempre era darles la educación y las pautas suficientes para enfrentarse a la vida. Compartía su sabiduría con ellos y siempre hacía de ellos grandes personas y caballeros—. Respondió Li.
—Así es, para mí Dohko, Okko, Shiryu y Shun Rei han sido mi familia.
—Fíjate bien en esta. —Dijo Li señalando una de ellas.

 

Talaris entornó los ojos intentando reconocer a las personas que estaban en la foto. Pese a que la foto estaba muy deteriorada pudo distinguir el rostro de su viejo maestro junto a una persona de mediana edad.

 

—¿De cuándo son?
—De 1840.
—No sé por qué me sorprende. Sabías la edad de mi maestro ¿verdad?

 

Li asintió.

 

—En aquella época debía haber alcanzado la centena ya. Talaris todo esto que te enseño es para que sepas que la relación de mi familia con tu maestro se remonta de mucho tiempo atrás. Nosotros sabemos todos los secretos de nuestro viejo amigo. Incluido aquellos que todavía no sabes.
—Li, lo de mi desconocimiento de los taonia es cierto. Mi maestro nunca me habló de ellos, solo de los caballeros de Atenea. Hubo una ocasión en la que me mencionó un viejo templo oculto entre las montañas que lo llamaban Nan Hengshan. El templo del equilibrio o algo parecido…, por eso me he sorprendido cuando Fang lo ha mencionado. Él lo comentaba como unas ruinas sin importancia.
—No me cabe ninguna duda de que tenía sus razones para no decírtelo. ¡Pero ahora estás aquí! Has llegado justo cuando más necesitados estamos y cuando Dohko ya no está con nosotros. A mi parecer esto no es casualidad, Talaris. Has salvado a mi hija y has derribado a cuatro hombres que son el mismo demonio. Nadie se ha levantado contra ellos como tú lo has hecho, porque los que lo han hecho han sido aplastados, pero tú…, Eres valiente y fuerte.

 

Talaris miró a Li bastante inquieta. Nadie le había dicho algo así antes y le daba mucho respeto que se lo dijeran, pero, sobre todo, sentía un poco de miedo ante tanta fe en ella. El hombre tal vez la estaba empezando a idolatrar, y solo había derribado a cuatro hombres bastante débiles a su parecer. Con otros más fuertes e imponentes se había enfrentado durante sus viajes.

 

—Estás muy silenciosa—. Le dijo Li. Talaris sin poder soportar la carga en sus hombros de ver los ojos de ese hombre tan llenos de esperanza y fe respondió-
—Li…, comprendo como os sentís. Pero yo no creo ser la persona que buscáis. Es cierto, he vencido a esos hombres, pero como he vencido a otros en mis viajes, pero ha sido solo circunstancial porque no me gusta la gente como ellos. Además, ya te he dicho que mis poderes no son equiparables a los de Shiryu y Okko.
—¿Pero hace un momento nos has dicho que algo ha cambiado en ti?
—Sí…, pero escucha... hasta que no comprenda lo que me ocurre y por qué me está pasando, no puedo hacer nada.
—¡Pero yo te he visto luchar! ¡eres muy fuerte, Talaris!
—Lo siento Fang…, no puedo convertirme de pronto en vuestra única solución. No puedo cambiar lo que pasa en este país. No soy política, ni filósofa o ilustrada.
—¡No necesitamos políticos ahora, ni idealistas, ni ilustrados ni pamplinas! — dijo Li con indignación. —Necesitamos a los guerreros de los cinco picos y a sus maestros para terminar con los taisheng. Solo sus poderes son equiparables a los de estos tiranos.
—¿Por qué entonces no se lo pedís a esos ancianos? y por cierto… ¿Quiénes son esos ancianos que ya habéis mencionado en más de una ocasión? Ya os he dicho que soy una ignorante de todo eso. Me pedís que me meta en algo que ni siquiera entiendo.

 

Li Huan se alteró con la respuesta de Talaris. Fang le puso una mano en el hombro a su padre para calmarle antes de que dijera alguna imprudencia mal educada.

 

—Padre, trae lo que estaban buscando esos taisheng.
—Ni hablar. No voy a confiar algo así a alguien que no quiere ayudarnos.
—Escucha lo que ha dicho. Ella no sabe nada de lo que le estamos hablando. Lo que nos dejó el maestro Dohko tal vez sea lo que necesita. Tú lo has reconocido antes, ella es su discípula.
—¡Otra vez! Hablando de cosas que no entiendo. Señor Huan, déjeme ver eso que le dejó mi maestro. Fang tiene razón, tal vez allí encuentre algo que me ayude. Si no hay nada que me ayude, entonces tendrán que esperar a otra persona. Yo ahora mismo no soy útil para lo que me pedís.
Li se retiró a otra habitación. Al cabo de un rato regresó con algo entre las manos. Se lo tendió a Talaris. Era una caja.
—¿Es esto lo que tienes que entregar?
—Sí. Los hombres a los que has vencido también buscaban el contenido de esta caja.

 

Talaris cogió la caja y al examinó detenidamente. Era una caja muy antigua. Tenía en la tapa el símbolo del tigre y el dragón con engarces de porcelana, jade y marfil. La abrió con cuidado. Lo único que encontró fue el amuleto de un dragón en jade. En el momento que lo tuvo en sus manos éste se iluminó con una luz esmeralda y ante sus ojos el espíritu de su viejo maestro apareció frente a los tres dejándoles boquiabiertos.

Talaris tenía sentimientos contradictorios, de alegría, tristeza, remordimiento, incertidumbre… Fang extendió la mano esperando tocar la figura fantasmagórica que ante ellos se mantenía en pie, el espíritu reaccionó abriendo los ojos como si se despertara de algún sueño. Dohko estaba tal cual Talaris lo recordaba, con su sombrero de mimbre, sus ropas desgastadas, su larga barba y su mirada sabia y arrugada de dos siglos. Es espíritu soltó una suave risa cuando vio que la adolescente intentaba tocarle en vano. Le dijo a la muchacha:

 

— No te molestes, hija, lo que veis ante vosotros es una fracción de mi espíritu. Antes de ir a la guerra santa junto a mis nuevos compañeros encerré en el amuleto esta parte de mí solo con la intención de dar un mensaje a quien le fuera entregada la caja.

 

El espectro cerró los ojos e inspiró como si quisiera acaparar todo el aire que les rodeaba. Con una sonrisa siguió hablando.

 

—Así que eres tú, Talaris. Aunque no te veo puedo reconocer y percibir tu espíritu completamente. También puedo sentir que tus poderes se están empezando a despertar. Creí que nunca llegaría este momento; pero si los estás despertando es porque los acontecimientos que temíamos los ancianos de los cinco picos se están produciendo.
—¿Mis poderes, maestro? Así que lo sabéis.
—Desde el primer momento que te vi, lo supe. Eras la criatura cuyos poderes tuve que sellar a petición de su madre cuando a penas tenías dos años. 
—¿Entonces conoció a mi madre maestro?¿Cómo que selló mis poderes?¿A qué se refiere?
—Lo entenderás más adelante, por lo que a nadie mejor que a ti podía ser asignada esta misión. Sé que tienes muchas preguntas que hacerme, pero sé paciente, encontrarás las respuestas por ti misma. El recorrido que vas a hacer a partir de hoy te dará las respuestas que buscas, y aunque no te serán por mí explicadas otros lo harán. Esto también se lo debía haber explicado a Shiryu, pero no hubo tiempo de hacerlo, él heredará la armadura de libra y debe saber la otra parte de su misión. Tú y él sois quienes debéis mantener la paz y el orden entre las fronteras orientales y occidentales. Se lo tendrás que decir por mí, si Atenea no lo ha hecho aún.
Aquí está mi verdadero mensaje: Todo caballero de libra tiene dos misiones. La primera luchar junto Atenea, y la segunda, velar por el cumplimiento de las alianzas de la diosa con nuestros paisanos del oriente. Así como los miembros de Jamir, el templo sagrado de Nan Hengshan del equilibrio, debe estar siempre dispuesto a colaborar con nuestros compañeros del occidente con quien compartimos los mismos ideales y principios. Debemos guardar también los templos de los cinco picos para impedir que otros enemigos hagan daño a las personas cuyas vidas se desarrollan aquí entre estas montañas.

 

—¿A qué se refiere, maestro? — dijo Talaris. Es espíritu quien ya había demostrado la capacidad de interactuar con los oyentes, le respondió:

Los cinco picos son una tierra sagrada custodiada por cinco templos ubicados en cada uno de esos picos. Cada templo lucha por las vidas humanas que viven en torno a ellos, por el bien y la justicia.  Asimismo, estos cinco templos se deben proteger porque son la fuente de un gran poder y conocimiento que debe mantenerse oculto del mal y actuar en contra de los principios por el que nos regimos los taonia de Sukiyo. Un mal uso de esos conocimientos, puede suponer la destrucción de la humanidad. El amuleto que tienes en tus manos es el sello sagrado del dragón de jade, aquel que Shen Long Ryu Rozan dejó como reliquia para abrir la llave de Pangu junto al resto de los sellos de los cinco picos.  El sello del dragón de Jade es muy importante, no habrá criatura sedienta de poder que no lo quiera poseer y usarlo para sus propios fines.

 

Maestro Dohko—comenzó a decir Li. —Esas manos sedientas de poder ya están aquí, son los taisheng, viejo maestro. ¿La razón por la que nos entregó la caja era para protegerla de ellos?

—¿Los Taisheng, dices? — el espíritu pareció reflexionar un momento, intentando indagar en su mente—No conozco nada de ellos, pero si quieren la caja es porque están al tanto de su poder y quieren usarlo. Talaris, si mi hipótesis es cierta, protege este sello con tu vida, que jamás caiga en manos de esos Taisheng o cualquier otro enemigo maligno. Toma pues este tesoro que te lego y conviértelo en tu razón para luchar. Ahora estás lista para cumplir la misión que tienes desde que naciste.

 

El espíritu comenzó a perder nitidez como si se estuviera desvaneciendo después de transmitir el mensaje. Talaris reaccionó ansiosa.

 

—Maestro, ¿Qué es la llave de Pangu? ¿Por qué es tan importante…? ¿qué debo hacer…? — el espíritu siguió hablando mientras desaparecía.
—Busca el templo de Nan Henegshan, allí tendrás las respuestas que buscas. Sobre todo, confía en ti, Talaris…, tienes mucho más poder del que imaginas y yo siempre estaré a tu lado siendo ya uno con el cosmos.

 

La imagen desapareció y el amuleto cesó de brillar. Talaris cayó de rodillas sobre el suelo intentando ordenar toda la información que había recibido y calmar su espíritu totalmente revuelto con esa inesperada aparición de su viejo maestro.

 

Fang se acercó a Talaris.

 

—Estás muy pálida, Talaris, ¿Te encuentras bien?

La pupila miró a la chica y luego a su padre. Asintió con la cabeza.

—Estoy bien, solo un poco confusa.

Padre e hija se sentaron a su lado. Li le habló para calmarla:

 

Tu maestro nos entregó esta caja antes de partir hacia la guerra contra Hades. Nos dio instrucciones para que no se la entregáramos a nadie que no fuera su discípulo. Ahora mejor que nunca estamos seguros de que tu venida a nosotros no es casualidad. Tu propio maestro te ha dicho que tienes que hacerlo, que es tu misión desde que naciste.

 

Talaris miró a Li y luego al amuleto que descansaba entre las palmas de sus manos.

 

— Mi misión desde que nací… esas palabras me han dejado atónita. Ya demás mi maestro conoció a mis padres. Yo a penas me acuerdo de ellos.
—Ya tendrás tiempo para pensar en todo eso, debes concentrar todas tus energías en esta misión.

 

Talaris asintió con resolución y enderezó su postura como si recobrara la confianza.

 

—Dime Li ¿Qué es la llave de Pangu?,¿Sabes algo? —. Li negó con la cabeza.
—No estoy seguro… Esta tierra no se llama cinco picos por casualidad; sabes la historia que se cuenta de ellos ¿cierto? Creo que el nombre se debe a esta leyenda de Pangu, pero desconozco lo de la llave. Al parecer, gracias a lo que nos ha revelado Dohko, los ancianos deben proteger las otras piezas que forman esa llave junto al dragón de jade.
—Sí, eso también he pensado, pero ¿qué es lo que protege exactamente? ha mencionado un conocimiento que si llega a malas manos supondría la destrucción de la humanidad… ¿Por qué?
—Tal vez como ha dicho el maestro…, —comenzó a decir Fang—.  …debas ir al Templo de Nan Hengshan y buscar las respuestas allí.
—Sí pero dónde está ese templo. ¿cómo voy a localizarlo? Conozco bien estas tierras ya que me he criado en ellas, pero no he visto nunca esos templos de los que me habláis. Solo he visto algunos templos shaolines al norte y en el centro de este cantón. ¿Son esos los templos a los que so referís? Sus prácticas e instrucciones no parecen las mismas que el viejo maestro me enseñó. Las que yo sé son más poderosas y misteriosas.
—¿Dohko nunca te habló de la ubicación del templo de Nan Hengshan?¡haz memoria!
—A ver… él me contaba muchas historias y en alguna ocasión mencionó ese templo como ya os he dicho, pero nunca me habló de su ubicación ni nada. Ni siquiera sabía que él era uno de esos ancianos que vigilan los cinco picos.
—Conociéndole, parece que intentaba darte alguna pista. Tal vez no te explicó más porque quería que lo buscaras sola o porque pensaba que nunca haría falta contarlo. Ahora no hay marcha atrás y debes emprender el camino que te ha trazado tu mentor. Por lo que ha mencionado solamente tú puedes emprender este viaje.
—Además, —Comenzó Fang— Te ha dicho que tienes mucho más poder de que imaginas y que confía en ti. Solo tú puedes hacer esto, Talaris.
—También ha mencionado a Shiryu… ¿será solo por su condición de futuro caballero de Libra? ¿Que él y yo debemos guardar las fronteras entre el oriente y el occidente? Parece algo importante… ¡Ah! que faena es como si mi cabeza fuera a explotar con tanto enigma.

Li soltó una carcajada al escuchar eso. Se levantó y afectuoso invitó a Talaris y a su hija a entrar en la casa pues ya se acercaba la hora de la cena. También le aconsejó a Talaris que debía descansar y que mañana tal vez su mente se aclararía.
 
 
A la mañana siguiente, Talaris tenía que partir y alejarse de aquel lugar lo antes posible. Estaba segura de que los taisheng ya habrían informado a sus superiores y eso le había convertido en su enemiga. Ahora, después de haberlo consultado con la almohada, había asumido su carga y debía cumplir con el legado de su maestro.  Durante el desayuno estuvo reflexiva. Estaba preocupada por Shun Rei, ¿Le habrían hecho algo los Taisheng era ajena a ellos?

 

La mesa vibró cuando Li puso sobre la misma un baúl de mimbre bastante pesado diciendo:

 

—Y bien, ¿Dónde vas a ir ahora?

Tengo que investigar cuanto territorio hay en poder de los Taisheng, y espero hacerlo al mismo tiempo que mi búsqueda de Nan Hengshan. Si los Taisheng son como los que vinieron ayer, no me parecen enemigos muy peligrosos, pero me imagino que ellos no son los más poderosos. Siempre hay a la cabeza un guerrero más habilidoso, que es quien dirige las huestes más débiles y ponzoñosas. Si estos líderes han vencido a ancianos tan poderosos como mi maestro, con los conocimientos que ahora poseo no puedo enfrentarme a ellos, debo apresurarme, estudiar al enemigo o no podré ayudar.

 

¡Mírate! ¿Te estás escuchando? Pareces haber asumido completamente tu misión. Nada que ver con tus dudas de antes. Estoy seguro de que Dohko estará orgulloso de ti. Y nosotros nos sentimos ahora mucho más protegidos. Lo conseguirás, Talaris, lo sé.

 

Al escuchar esas palabras la discípula se sintió un poco incómoda. Parecían que todos depositaban demasiada confianza en ella, ¿sería capaz de cubrir sus expectativas? El espíritu de su maestro le había dicho que debía confiar en sí misma, no era la primera vez que lo había escuchado. Si él tenía tanta fe en ella y esa gente también no podía defraudarles. Miró la cesta de mimbre intrigada.

 

—¿Qué es esto? —preguntó.
—Regalos. El pueblo está muy agradecido de que hayas expulsado a los Taisheng de estas tierras y todos querían devolvértelo de alguna manera. Dentro tienes ropa, mantas y toallas, aparejos de cocina y provisiones suficientes para abastecerte durante tus días de camino.
—¿Es eso cierto, Li? Me siento muy halagada, pero como voy a cargar con él todo el camino.
—Mi ingeniosa hija ha tenido una idea estupenda. ¿Ves? Son correas, para que lo lleves en la espalda. En China los campesinos recogen sus raciones de comida y sus compras en cestos que cargan a sus espaldas. Son correas muy buenas de cuero de buey, hechas por el zapatero del pueblo. La cesta la ha hecho el mimbrero y la cerradura nuestro herrero. Pensamos que así se mantendría todo más protegido.
—Yo… yo no sé qué decir…, muchas gracias— dijo Talaris con una modesta sonrisa. —Nunca he visto tanta generosidad.

 

La discípula se envolvió en su capa parda que Fang había lavado y puesto a secar. El olor fresco del jabón aún expelía de la tela de lana y era muy reconfortante. Comenzó a introducir sus hombros por entre las correas y cargó el cesto que se le hizo muy ligero y cómodo.

 

—¿Ya vas a partir, Talaris? — dijo Fang sonriente.
—Sí. Tengo la intención de avanzar unas cuantas millas entre las montañas y pasar la noche en la aldea de Huan Chen.

 

Fang miró a su padre con cara de consternación.

 

—Esperemos que haya todavía habitantes vivos.
—Bueno, supongo que no lo sabré hasta que llegue allí.

 

En ese instante Fang abrazó a Talaris con fuerza, conmoviendo a la discípula de Dohko.

 

—Talaris ten mucho cuidado. No dejes que te maten.
—Tranquila, no dejaré que lo hagan.

 

Talaris le devolvió el abrazo y Fang que se quedó más tranquila; después anduvo hacia la puerta. Un niño se puso en su camino, en su mano llevaba un sombrero de mimbre completamente nuevo y se lo ofreció a Talaris. Ésta se quitó el suyo que estaba bastante roto y deteriorado de sus viajes.

 

—Eres un chico observador. Mi sombrero parecía un colador y ya no me protegía ni del sol ni de la lluvia.

 

Talaris entregó el sombrero roto al niño, y frotándole cariñosamente la cabeza avanzó mientras todos los campesinos que se cruzaban con ella se despedían


 1Moneda china

 

Sello del Dragón de Jade

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Editado por Talaris, 01 agosto 2020 - 15:41 .

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#4 Talaris

Talaris

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Publicado 10 octubre 2020 - 18:36

CAPÍTULO 2

El bambú de las Consortes está ensangrentado

 

Lección 2

 

"Un viaje de mil millas comienza con el primer paso."

 

 

 

Aquellos valles repletos de árboles y humedad no eran desconocidos para Talaris, pisarlos de nuevo era retornar a sus días infantiles en los que aprendió a admirar la naturaleza salvaje de esos bosques. El barro volvía a invadir sus zapatillas otra vez trepando refrescante por sus pies. Se descalzó como hacía entonces al caminar por ellos cuando no tenía los zapatos apropiados. Recordaba las reprimendas de Shun Rei cuando la veía descalza y embarrada hasta los tobillos, a Okko metiéndose con ella, A Shiryu y su benevolente sonrisa y a su anciano maestro obligándola a lavarse los pies y las manos en la catarata antes de cenar.

 

La catarata… ¿Seguiría cayendo tan abundante y refrescante como entonces? Aquel constante ruido que para algunos sería molesto a Talaris le resultaba muy relajante. Podía sentarse horas contemplándola e imaginándose que algún día se convertiría en un dragón desafiante. En esa catarata vivía el espíritu de Shen Long Ryu Rozan y la armadura del dragón reposaba en el fondo de ella, absorbiendo toda la fuerza necesaria hasta que algún día un nuevo caballero la vistiera, y ese caballero fue Shiryu, el discípulo más aplicado de Dohko.

 

—Siempre fuiste el elegido, Shiryu…, —Comenzó a pensar en alto Talaris — … en ti residió el espíritu del dragón desde el comienzo. Okko rivalizaba contigo porque decía que eras el predilecto de Dohko, pero no era así…, los tres fuimos muy apreciados por nuestro maestro—. prosiguió hablando sola como si la escucharan– Okko, la única vez que vi tristeza en Dohko fue el día que tuvo que decidir expulsarte de la escuela de entrenamiento, a él no le gustaba ser tan severo, pero sabía que era la única manera de hacer que recapacitaras. ¿Qué será de ti Okko? ¿Recapacitaste al final? Shiryu… ¿Cómo te va en el templo de Atenea? ¿Cómo fue la guerra santa? Dohko murió en esa guerra, era su destino para dar paso a la nueva generación de caballeros, pero cuánto me hubiese gustado haber podido luchar a tu lado y al de él…, hubiese sido un honor, pero…—Talaris se llevó la mano a su espalda mientras la rabia y la frustración se apoderaron nuevamente de ella—…pero como iba a poder pelear a vuestro lado alguien sin constelación protectora. Hasta en Okko un día percibí su constelación, su fuerza espiritual…, era muy fuerte e impulsiva, pero era su propia fuerza cósmica. Él la encontró, aunque fuera por sus propios medios, pero la halló. En cambio, yo aquí sigo sin saber de dónde procedo ni adónde me dirijo.

 

Talaris detuvo su paso y dirigió sus ojos al poco cielo que le dejaban ver los árboles y la niebla.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una presencia que detectó a su derecha. Era una presencia que le resultaba familiar. Mirando hacia dicho lado reconoció una imagen femenina que llevaba una larga trenza oscura, tenía la piel pálida como la nieve y los ojos oscuros. Su corazón dio un vuelco.

 

—Shun Rei… ¿Eres tú?

 

En ese momento la imagen salió corriendo y Talaris la persiguió.

 

—¡Espera! ¡Qué alegría! Pensaba que no habías sobrevivido a los taish—Hablaba Talaris mientras corría detrás. —No temas soy yo, Talaris.

 

La carrera la llevó hasta un claro en el bosque, la figura se detuvo en seco y se giró hacia ella, fue entonces cuando vio su endemoniada expresión lanzándose sobre ella. Justo antes de que pudiera reaccionar la luz de una antorcha espantó la figura. Delante de ella había un campesino de mediana edad que dijo que la siguiera tomándola de la mano hasta llegar a una casa donde muchas personas se encontraban. Muchas de ellas mal heridas y otras se retorcían en gritos, mientras un anciano los intentaba tranquilizar con oraciones.

 

—Lo has espantado ¿verdad Wang? — dijo uno de los individuos.

—Sí, pero no por mucho tiempo. He rescatado a esta extranjera antes de que la hirieran.

—Mira mamá, ¡tiene el pelo amarillo! — dijo una niño sorprendido y sonriente.

—El amarillo es el color de los dioses y la abundancia. —dijo el anciano que antes estaba orando. —¿Qué hacías por allí sola? Pones en peligro tu vida.

—Iba de camino a Hua Chen…

—¡Hua Chen! Es inútil. Hua Chen está endemoniada. Eso que has visto allí fuera y que casi te ataca nos expulsó de nuestro propio hogar. Muchos de nuestros seres queridos han muerto por eso abandonamos nuestros hogares.

—¿Sois habitantes de Hua Chen?

—Así es. Tuvimos que irnos de allí si queríamos que nuestros hijos y familia siguieran vivos.

—Explicarme lo que ha pasado y qué era esa cosa.

—Era un alma en pena. Alguien ha despertado los espíritus de nuestros difuntos para que nos atacaran y mataran.

—Eso no es posible. Quién puede traer el alma de un muerto al mundo de los vivos.

—Se puede si hay una fuerte energía espiritual en un lugar y Hua Chen tiene esa energía—Respondió el anciano— El río Xiang arrastra en su cauce una gran tragedia que tuvo lugar hace miles de años, la muerte de su señor Shun.

—¿El mito de las diosas consortes Ehuang y Nüiying?

—Veo que conoces la leyenda.

—Sí mi maestro me la contó una vez: Ehuang y Nüiying eran dos diosas de agua que protegían el río Xiang. Ambas se enamoraron del sabio y bello Shun. El místico, incapaz de elegir entre una de las dos, las tomó como esposas a ambas, pero era una persona muy melancólica y triste. Su tristeza le venció y se suicidó tirándose al río. Las dos diosas lloraron su pérdida día y noche a ambas orillas del río… las lágrimas que se vertían en él dieron lugar a un fuerte y resistente bambú que recibe el nombre del bambú de las consortes. Pero no entiendo muy bien qué tiene eso que ver con la criatura que ha intentado atacarme.

—La combinación de ese poder espiritual y la magia oscura han conseguido perturbar a las almas de nuestros difuntos, de manera que quieren convertir nuestro hogar en un cementerio.

—¿Magia oscura? ¿Quién puede poseer algo tan peligroso?

—Los Taish, claro. Ellos están influidos por el poder maligno de Long Kiao, se dedican a asaltar y profanar estas tierras sagradas buscando los tesoros más poderosos que en ellas se encuentran y utilizarlos para hacer el mal.

—¿Qué clase de tesoros?

—Huan Chen era la aldea más cercana a las ruinas del templo taonia del tigre.

—¿El templo del tigre? ¿Aquí había otro templo a parte del de Nan Hengshan?

—¿Cómo es posible que una extranjera como tú conozca el gran templo de Nan Hengshan? —dijo el anciano sorprendido.

—Mi maestro Dohko me hablo de él. De hecho, mi destino es llegar a ese templo.

—¡No puede ser! ¿Eres discípula del anciano Dohko?

—Así es.

 

La gente se miraba exclamando entre ellos. En ese momento Talaris se dio cuenta que la historia de su maestro se extendía más allá de lo que ella pensaba, algo que sin duda la hacía sentirse muy honrada.

 

—Entonces estamos salvados. ¡Gracias a los dioses! Han atendido a nuestras oraciones.

El anciano cayó de rodillas llorando de alegría. Talaris se quedó impresionada y le ayudó a levantarse.

—Cálmese venerable anciano. ¿Puede continuar con su historia? Mi maestro nunca me habló del templo del tigre. Necesito más información para poder ayudaros.

—Esta cordillera antiguamente estaba protegida por el templo de tigre y el del dragón, ambos conformaban el templo del equilibrio. Era un templo con los taonia más poderosos de los cinco picos, pero los tigres siempre competían contra los dragones para demostrar que eran más poderosos que ellos.

—Esa historia me suena…

—La competitividad era tal que un día hubo una guerra entre ambos templos, propiciada por los tigres con el objetivo de derrotar a los dragones y hacerse con la hegemonía de este territorio, pero los dragones los vencieron. Fue decisión de resto de templos de los cinco picos cerrar el templo del tigre, y que sus discípulos se entrenaran solo en el templo del dragón, de esta manera nunca podrían volver a disputarse el territorio con los dragones y los dragones podrían mitigar la ira de los tigres en beneficio de la paz. Desde entonces el templo del equilibrio paso a ser el actual templo de Nan Hengshan, el mismo templo que en un pasado fue el de los dragones.

 

Talaris mantuvo el silencio y empezó a ordenar la información y analizarla:

 

“El templo del tigre y el dragón y su símbolo es el yin yang…, equilibrio, balanza… libra… Todo se concentra en Dohko ¡Un momento! ¿Se encontrará cerca Nan Hengshan de la catarata de Shen Long Ryu Rozan? al fin y al cabo allí es donde reside su espíritu y este abciano me ha hablado de dragones.”

 

El rostro de determinación de Talaris se iluminó pensando que había descifrado parte del puzle de su maestro.

 

—¿Qué te ocurre, joven? Te has quedado en silencio y pensativa y ahora tus ojos están iluminados como si hubieran visto algo.

—Lo siento, venerable anciano, tiendo a dispersarme un poco en mis pensamientos. Volviendo a lo que me estaba diciendo… si existía un templo aquí, también este protegía una reliquia valiosa ¿verdad?

—Así es. La reliquia del sello del tigre. Esa reliquia tiene el poder de controlar las almas de los muertos. Perteneció al dios del tigre blanco, aquel cuyo poder obtuvo Naiya para vencer a los demonios. El sello del tigre podía apresar las almas de los demonios y así poder vencerles más fácilmente.

—Y cuando el templo desapareció, ¿Quién se hizo cargo de proteger esa reliquia?

—El templo de Nan Hengshan, por supuesto. Esos taish consiguieron apoderarse del sello del tigre y ahora buscan la otra reliquia existente, aquella que protege el templo del dragón.

—La reliquia del dragón de Jade…

Talaris apretó los puños, ella portaba el sello del dragón de jade. Si el sello del tigre tenía el poder de controlar las almas de los muertos, el del dragón de jade debía tener un poder tan importante como ese o más.

—¿Qué te pasa, muchacha? ¿te has vuelto a perder en tus pensamientos? — dijo riendo suavemente—. ¿Podemos saber, al menos el nombre de la discípula de Dohko?

—¡Sí claro! soy Talaris.

—Talaris, por favor, haznos los honores de quedarte con nosotros esta noche. El sol ya se ha ocultado y debemos permanecer juntos en este lugar hasta que vuelva a salir.

—Las almas durante el día no atacan, se adormecen, solo al caer la tarde vuelven a activarse. Aprovechamos el día para salir a pescar al río y cosechar. Así obtenemos los alimentos para toda la jornada— dijo el hombre que la salvó.

 

Talaris sentía que debía salir allí y encontrar las ruinas del templo del tigre. Debía exterminar a las almas profanadas, pero necesitaba averiguar dónde estaba ese templo y como vencer a esas criaturas. Se sentó junto al fuego de la chimenea.

 

—¿Cómo te llamas venerable anciano?

—Me llamo Chang Lin.

—Venerable Chang Lin, ¿Podrías llevarme al amanecer a las ruinas del templo del tigre? Tal vez allí podamos averiguar algo acerca de cómo vencer a esas criaturas o quien está manejándolas.

—Te llevaré adonde me dices. Tu llegada aquí es una bendición para nosotros.

—Sí—dijo el niño a quien llamó la atención el color de pelo de Talaris— con Talaris aquí podremos volver a casa y esos fantasmas se irán ¿verdad Chang?

—No lo pongo en duda, Mu.

 

Cuando la noche cayó sobre el refugio todos parecieron conciliar el sueño menos los vigilantes que hacían la guardia. Inmóviles permanecían sin separar sus ojos de las ventanas. La niebla era espesa y Talaris, cuya percepción era más aguda, podía sentir energías muy negativas fuera y no solo por los lamentos que parecían emitir las almas.

 

Se levantó y se colocó al lado de uno de los vigilantes.

 

—¿Esto es así todas las noches? — preguntó Talaris.

—Sí, las criaturas se hacen más activas por la noche.

—¿Cómo es posible que no entren aquí?

—Chang Lin nos ha protegido con sus oraciones, es también monje y ha cuidado de nuestros heridos.

—Tengo que ver de donde provienen esas criaturas.

—¿Qué pretendes hacer? No salgas tú sola por la noche.

—Lo siento, pero lo voy a hacer. Si mañana estas almas no están activas, ¿Cómo voy a saber qué las está despertando? Vosotros quedaros aquí. Seguir pendientes de que los demás duerman tranquilos.

 

Talaris se envolvió en su capa de lana parda y salió del refugio, ignorando las voces del vigilante que le decía que cogiera una lámpara.

 

—No voy a necesitar una lámpara, dejaré que sea la propia naturaleza la que me hable.

La humedad de la niebla aumentaba la sensación de frío en el entorno. Cuando el refugio estuvo lo suficientemente lejos y ella bien adentrada en el bosque, no tardó en encontrar las aguas de río Xiang. Debido a la oscuridad parecían discurrir ralentizadas, como si una gruesa capa de fuel la estuviera paralizando. El bambú no se balanceaba por ninguna brisa.

—Es como si estuviera en el averno. La naturaleza parece estar muriendo.

 

La pupila se sentó en la tierra húmeda. Cruzó sus piernas adoptando la postura de meditación y cerró los ojos. Respiró lenta y profundamente hasta escuchar los propios latidos de su corazón y luego nada más que un silencio absoluto. Estaba utilizando una de las técnicas que Dohko le había enseñado, armonizarse con la naturaleza para que no se volviera contra ella e intentar que ésta le comunicara las razones de tanto caos.

 

No era consciente de cuánto tiempo estaba meditando y preguntando con su espíritu si había alguien para poder hablar con ella. En ese instante se presentaron frente a ella varias energías oscuras que intentaban atacarla, pero ella no se movió.

 

—¿Por qué hacéis daño a estas gentes? El mundo de los vivos y los muertos no puede estar en el mismo lugar.

—¿No vas a atacarnos con magia ni ritos que nos hagan daño? —dijo la voz distorsionada de una de las criaturas oscuras.

—No mientras vosotras no me hagáis daño a mí. ¿Quién os ha despertado? Sé que vuestro deseo no es estar aquí, no es sano para vuestros espíritus conocer que vuestros seres queridos vivos os rechazan.

—Fueron las consortes.

—¿Las consortes? ¿Os referís a las diosas Ehuang y Nüiying?

—Sí. Alguien las invocó y dijo a ambas que tenía el poder de resucitar a su amado Shun…—Contestó la figura del centro de la visión.

—A cambio debían encontrar el lugar donde yacía el cuerpo de su amado...—Contestó el alma de la figura de la derecha de la visión.

—Pero Shun se ahogó en el río.

—Empezaron a buscar allí y despertaron a todos los espíritus que como Shun habían perecido en las aguas, pero ninguno era él. Entonces empezaron a buscar en nuestros cementerios y nichos y en todo el bosque—Habló uno de los espíritus de la izquierda.

—Hasta que lo encuentren no pararán de utilizar sus poderes para perturbar nuestro descanso—. Terminó la del centro.

 

En ese momento los vigilantes llegaron al auxilio de Talaris con Chang. Las almas se asustaron y se revolvieron cuando el sacerdote comenzó a orar.

 

—¡Detente Chang! — dijo en alto Talaris. —Ellos no son nuestro enemigo.

 

De la discípula de Dohko comenzó a emanar una luz esmeralda que la envolvía por completo. Era cálida y poderosa. Los vigilantes y Chang se quedaron sin habla cuando la luz comenzó a tomar la forma de un dragón verde que les contemplaba. El dragón intentaba proteger a Talaris y a las almas que estaban frente a ella.

 

—Gracias extranjera…—dijo uno de los espíritus. — tus poderes calman nuestra ira y apartan a los vivos de su rechazo a nosotros.

—Decidme donde puedo encontrar a las diosas del río.

—Se encuentran en torno a quien las ha invocado, en las antiguas ruinas del templo del tigre.

La luz esmeralda barrió a las almas con suavidad, permitiendo a estas retirarse con paz hacía lo profundo del bosque.

 

Chang se acercó maravillado del poder que había visto. Recabó en que la luz no la emitía Talaris sino el sello del dragón de jade que colgaba de su cuello. Cuando intentó tomarlo la luz se recogió en su interior y una rápida mano le detuvo. Era Talaris despertando de su trance.

 

—¿Qué pretendes anciano? La custodia de este sello me ha sido asignada solamente a mí.

Cuando Talaris intento levantarse, sintió que sus piernas no le respondían y se balanceó hacia atrás. Dos vigilantes la tomaron antes de caer.

—Discípula de Dohko ¿Te encuentras bien?

—Sí, todavía no he debido despertar del todo del trance. Me temo que tengo que pediros ayuda para llegar al refugio.

—No es problema. Cargaré contigo.

 

Uno de ellos la aupó entre sus brazos y le llevaron de vuelta al refugio.

Cuando llegaron la sentaron cerca de la chimenea y al notarla tan helada le echaron varias mantas encima y le dieron un te caliente.

 

—Gracias…

—Eso que hemos visto allí fuera. Ha sido de lo más increíble. Sin duda solo un discípulo de Dohko puede hacer semejante cosa. ¿Qué estabais haciendo?

—Estaba armonizándose con la naturaleza. — se adelantó Chang. — Es una técnica que hacemos algunos monjes de meditación, pero sin duda eso no permite hablar con los muertos como lo has hecho, Talaris. Sin duda tus habilidades son muchas o tal vez sea el amuleto que llevas el que te ayuda.

 

Chang echó una mirada al pecho de Talaris donde sabía que ocultaba el dragón de jade. El repentino interés del anciano en él, no le gustaba a Talaris, quien podía hacer alarde de una avispada y perspicaz intuición. En ese instante alguien irrumpió en la estancia gritando ayuda desesperadamente. Era un niño de unos 11 años, entre sus brazos tenía al niño de nombre Mu, muy mal herido.

 

—¿Qué ha sucedido? —Preguntó Chang

—Le intenté detener. Quería seguiros a los demás para buscar a Talaris…, le dije que no saliera del refugio, pero no me hizo caso. Salió corriendo y lo único que pude hacer fue salir tras él. Llegué al río y vi el bambú ensangrentado…, Mu estaba en la orilla rodeado de más sangre todavía. ¿Puede hacer algo anciano Chang? Es mi amigo.

 

El anciano lo tomó en brazos y lo tendió cerca de Talaris.

 

—Esas malditas almas…

—No, ellas no han sido…—Respondió Talaris. —He visto heridas como esas más veces. Las propician bastones largos de madera cuando golpean. Las almas no utilizan armas, ha sido alguien con cuerpo y con muy mal genio.

 

La discípula gateó hacia el cuerpo del muchacho y le acarició el flequillo, cariñosa. El niño abrió los ojos y la sonrió tras las magulladuras.

 

—Señorita Talaris…, me alegra ver que está bien.

—Has sido un niño muy valiente, Mu. Pero no debes tú solo salir, ya ves que es peligroso.

—Quería ayudarla…

—Traedme agua caliente con vinagre, toallas limpias y paños. También necesitaré algo muy frío. —dijo Talaris.

—¡No! —Se opuso el anciano. —Necesita que oremos por él y mi remedio de hierbas.

—Debemos desinfectar esas heridas y le anestesiaremos la zona con algo muy frío. Las hierbas pueden hacer que duerma y no despierte.

 

Dijo Talaris con severidad. Desde que Chang había intentado atacar a los espíritus y coger el sello no se fiaba de él. El anciano ocultaba algo.

 

—Hagamos caso a Talaris. Ella fue discípula de Dohko, seguramente sabe lo que hace. —dijo uno de los vigilantes. —Los que quieran orar que oren con el anciano Chang.

 

Uno de los aldeanos dijo que no tenían agua. Habían terminado con las existencias y pretendían ir al pozo del pueblo al amanecer. Talaris dijo que no se preocuparan y extendiendo sus manos, apareció entre ellas una esfera de agua. Todos se quedaron atónitos y colocaron barreños bajo la esfera. Ésta se vertió en el mismo.

 

—¡Es increíble! Ha hecho aparecer agua de la nada.

 

Talaris curó las heridas de Mu y aguardó toda la noche a su lado. El niño iba a sobrevivir, pero sabía que tenía alguna lesión difícil de curar sin reposo absoluto. Cuando el alba empezaba a despuntar, Mu se despertó y Talaris le saludó.

 

—Señorita Talaris… tiene usted razón.

—¿Razón en qué, Mu?

—No fueron los espíritus los que me hicieron daño. Fueron las damas del río. Eran muy hermosas y portaban en sus manos largas y fuertes cañas de bambú. Los espíritus al verlas se escondían y lloraban. Cuando me vieron me dijeron que usted estaba en la otra orilla luchando contra los malos e intenté cruzar el río, después sentí que algo me golpeaba y ya no me acuerdo de más.

—Mu… las damas que viste…, ¿eran cuerpos físicos?

—Sí… cuando caí me agarré a sus hermosos vestidos y eran reales.

—Descansa un poco más ¿vale? Todavía no estás del todo bien.

 

El niño asintió y volvió a cerrar los ojos. La pupila reflexionó sobre lo que le había dicho el niño. No podía comprender que el mito de las consortes fuera cierto. ¿Las dos diosas eran reales? pero ya se lo habían dicho las almas y Mu, no podía haber mentira en esos testimonios. ¿Quién tendrá el poder de invocarlas y ponerlas al servicio del mal? Esperaba encontrar la respuesta en el templo del tigre, estaba segura de que allí resolvería el enigma.

Poco después de desayunar. Algunos aldeanos decidieron llegar a su aldea para tomar provisiones. Los acompañó Chang Lin, lo que extrañó a Talaris.

 

—¡Chang Lin! ¿No ibas a llevarme a las ruinas del templo del tigre?

—No lo he olvidado, pero creo que en estos momentos los aldeanos me necesitan más. Mi presencia calma sus miedos. He solicitado a Weng y Tian que te acompañen en mi lugar, son los dos hombres más fuertes y leales de toda la aldea.

Talaris vio alejarse a Chang Lin con recelo. Weng y Tian se armaron con sus hachas y cuchillos y tomaron algunas provisiones.

—Señorita Talaris. El camino al templo del tigre es largo y escarpado. Llegaremos a media tarde si salimos ahora. —dijo Tian

—Entonces no perdamos tiempo.

 

Antes de partir, Talaris se acercó a Mu para ver cómo se encontraba. El niño estaba comiendo con ayuda de su madre, pues debía moverse lo menos posible, tenía buen aspecto pese a los moretones de su cara y su frágil cuerpo. Quien fuera capaz de apalear a un muchacho así no debía tener alma ni caridad. Aun así, Talaris estaba sorprendida de que el chico siguiera vivo después de tan dura experiencia.

 

—Así me gusta, Mu. Si comes tardarás menos en curarte. Cuídate hasta que vuelva.

—Sí, señorita Talaris…—Dijo el niño con resolución.

 

Partió junto a Tian y Weng. Durante el camino Talaris aprovechó e hizo algunas preguntas a los hombres sobre Chang Lin, con la intención de averiguar algo más del extraño anciano. Al parecer éste era un ermitaño que vivía solo en la casa que tenían ahora de refugio los aldeanos y cuando los espíritus echaron a los vivos de sus casas, buscaron al anciano con la esperanza de que su sabiduría y conocimientos les ayudara a recuperar lo que era suyo, pero las criaturas parecían seguir creciendo sin medida y solo los alrededores de la casa de Chang, parecían seguros.

 

Cuando llegó el mediodía Talaris, Weng y Tian descansaron para almorzar en la ladera cuyas escaleras ruinosas ascendían a la cima de la montaña, la cual estaba cubierta de niebla.

 

—Es ahí donde está el templo ¿verdad?

—Sí. Las ruinas del templo están tan altas que las nubes lo envuelven por completo. Siguen el mismo parámetro que el resto de los templos de los cinco picos. Se encuentran en las cimas de las montañas, muy cerca de nuestros dioses. —Dijo Weng.

—Señorita Talaris. — Comenzó a decir Tian— Nosotros no podemos pisar tierra sagrada. No podremos acompañarla hasta arriba. Nos quedaremos en el cúmulo del centro, donde se encuentra la fuente del templo. Allí es donde se depositaban las ofrendas. Usted…, usted sí que puede subir pues tiene el poder y la protección del maestro Dohko de Libra.

—Comprendo… no os preocupéis. Es mejor así. No sé qué voy a encontrarme arriba, pero está claro que estoy más preparada que vosotros para enfrentarme a lo que haya allí, además no quiero que salga más gente herida por seguirme.

—Gracias señorita.

 

Aquellos hombres tan fuertes y valientes estaban asustados, Talaris lo percibía. Lo de no subir al templo era una excusa, pero no tenía que obligarles a nada, aquella era su carga. Posó disimulado la mano en el amuleto del sello del dragón de Jade para asegurarse que seguía allí.

Cuando dejó la discípula de libra a Tian y Weng en sitio seguro subió las escaleras hasta la cima a velocidad incompresible para los aldeanos. Conforme más alto llegaba más enrarecido y pesado se hacía el aire, se podría pensar que se debía a la altitud y la falta de oxígeno, pero para Talaris eso no debía ser problema ya que estaba acostumbrada a la altura por sus entrenamientos.

 

La niebla hizo desaparecer pronto la claridad del día y la visibilidad se hizo muy limitada. Talaris apenas podía distinguir las estatuas de piedra de tigre que precedían la entrada a la construcción. Eran tigres encorvados por la espalda. Estaban sentados y pese a lo hierático de su pose los ojos eran saltones simulando ferocidad, el hocico lo tenían abierto mostrando afilados dientes y sus garras y músculos de las patas estaban tensos, como si estuvieran a punto de atacar a los visitantes. El silencio era absoluto solo lo interrumpía el silbido del aire que penetraba entre las grietas y huecos de la piedra del templo. Podía distinguir tabiques y vigas de madera podrida y devorada por termitas. Los marcos tenían la pintura gastada y los tigres y dragones que los coronaban habían perdido el pan de oro que las cubría.

 

El templo del tigre, debido al tamaño de su pagoda y las riquezas destrozadas que todavía conservaba, era el eco de que en un tiempo fue una construcción majestuosa e imponente. Se encontraba en ese momento en el patio de entrenamiento. Algunos objetos, armas de lucha y ejercicio estaban oxidados y enterrados entre piedra, tierra y escombros de madera. Las habitaciones de descanso y los baños estaban completamente desérticos y cubiertos de suciedad y polvo.  Finalmente llegó a la escalinata que llevaría a la parte más sagrada del templo. Las casas y las cabinas circulares de meditación estaban derruidas y frente a ella, el centro de la edificación vio que tenía forma ortogonal de tres plantas y una pagoda redondeada. Conservaba la puerta de bronce, pero ésta estaba descolgada de sus bisagras. Cuando la empujó una lluvia de polvo cayó tras ella, emitiendo un chirrido agudo y desagradable. Encontró al final en la zona central donde había un trono de cojines deshilachados y con casi todo el relleno desperdigado a su alrededor. Más allá del trono la puerta que llevaría a los jardines cuya alberca estaba completamente seca y las plantas completamente cubiertas de malas hierbas.

 

El templo estaba abandonado sí, pero tenía la sensación Talaris que no desde hace siglos. Tal vez quince o veinte años como mucho. Los que lo abandonaron habían comenzado a restaurarlo pues veía algunas capas de pintura más reciente sobre otras más antiguas, pero debieron abandonar el proyecto.

 

Unas escaleras subían a estancias superiores. Supuso que allí estaría la zona de descanso del maestro y la antorcha sagrada. Seguro que en la antorcha se guardaría el sello del tigre. Subió las escaleras y comprobó que tenía razón. No tardó en ver las estancias del maestro repletas de muebles empolvados y estropeados. La cama no tenía colchón alguno y la estantería tenía los libros quemados. Subió a la planta superior y encontró la antorcha apagada. Justo enfrente de la misma un vistoso mueble con las puertas rotas y una caja de madera cuya tapa había sido arrancada. Cuando cogió la tapa vio el mismo símbolo que la caja donde su maestro guardaba la joya que ella portaba. Le sorprendió una fuerte ráfaga de aire, que entrando por la parte superior del templo encendió el hachón de la antorcha iluminando a Chang Lin, quien estaba al otro extremo de la estancia.

 

—Tú…sabía que algo ocultabas.

—Verdaderamente Talaris, eres discípula de tu maestro, enseguida has detectado el mal que había en mí y me has declarado la guerra. Estaba muy tranquilo con aquellos aldeanos que depositaban su fe en mí. La ignorancia a veces es tan indefensa que inspira hasta ternura.

—¿Quién eres?

—Permíteme que me presente.

 

Chang Lin se llevó la mano a su cara y ésta se hizo niebla que lo envolvió. Cuando se dispersó dos sombras aparecieron a cada lado y Chang Lin dejó de ser un anciano. Era un hombre cerca de la trentena de cabello rapado al tres y ojos pardos.

 

—Me llamo Yu Hei de Hu Lang[1], puedes llamarme chacal, si lo prefieres. Ya me he enterado de cómo una discípula del gran anciano de Nan Hengshan había derrotado a mis cuatro subordinados en un hostal. Te advierto que ellos tienen un poder muy minúsculo comparado con el mío. Eran solamente novatos. Yo no…, entre mis habilidades está la de poder ocultar y cambiar mi aspecto. ¿Adivinarás las demás que tengo?

 

Las dos sombras de los lados de Yu Hei empezaron a tomar la forma de dos hermosas mujeres.

—Te presento a mis hermosas creaciones, las diosas consortes Ehuang y Nüiying.

—Manipulas las nubes y la niebla a tu antojo para utilizarlas como tus verdugos.

—Exacto este tipo de poder lo llamamos Jixio Shou[2]

—¿Eso es alguna clase de taonia? Pero ellos se supone que no hacen daño a la gente.

—¡Aja! ¿Acaso no sabes nada de nosotros? ¡Vaya! eso es decepcionante siendo tú un discípulo de Dohko. Déjame que te adoctrine un poco. Hay muchos tipos de taonia, algunos siguen la senda de la rectitud, la luz, el bien… pero para ser sabio hay que conocer los dos lados de la verdad. Cada uno de nosotros tenemos un poder especial, Los Jixio Shou somos manipuladores de espíritus. ¿No te parece interesante?

—¡Qué lástima no haberme traído un bloc para apuntarlo! Gracias por la información—. dijo Talaris con sarcasmo.

—¡Ya hemos hablado suficiente! Ahora si no quieres que estas hermosas mujeres te apaleen como al niño de la aldea, entrégame el sello del dragón de jade.

—¡Qué lástima! Hasta te iba a preparar un té para que siguiéramos charlando.

—¡¿Qué eres?! ¡un payaso! ¡A por ella mis preciosas náyades[3]!

 

Las dos mujeres se abalanzaron sobre Talaris con largos y gruesos bambúes para golpearla sin piedad. Su belleza se convirtió en una belleza endemoniada de ojos rojos, piel pálida y cabellos negros como el azabache. Se ayudaban de sus manos de largas uñas para desgarrarle la carne.

Talaris esquivó varios golpes, pero muchos otros la hirieron. Cuando consiguió golpear a las mujeres se dio cuenta que eran perfectamente sólidas y reales, tal como le había dicho Mu, pese a que las hirió, éstas no cesaban en su empeño de matarla, llevadas por un sentimiento de odio incontenible.

 

—¡Señorita Talaris! Nosotros le ayudaremos.

 

Entre los miembros inferiores de las diosas, Talaris vio a Tian y Weng.

 

—¡Idiotas! qué hacéis aquí. Os dije que os quedarais en un sitio a salvo.

Los aldeanos luchaban con valor contra las mujeres, pero éstas se deshacían de ellos con una facilidad frustrante.

—Volved a la fuente. No podéis hacer nada contra ellas.

—Lucharemos a su lado. Por nuestra gente, por nuestra tierra… por Mu.

—Queremos ser útiles. No podemos perder lo único que tenemos.

 

Talaris estaba impresionada por la tenacidad de los dos hombres. Estaban siendo muy mal heridos y aun así seguían luchando. Cuando escuchó lo que dijo Weng sobre perder lo único que les quedaba, le vino a la mente una de las enseñanzas de Dohko.

 

“El que ha perdido un ojo conoce el valor del que le queda”

 

Por eso aquellos dos hombres luchaban a su lado. Si cabía la posibilidad de conservar lo poco que les quedaba por perder, lucharían por conservarlo. Talaris se interpuso entre las mujeres y los dos aldeanos.

 

—De acuerdo…, si queréis ayudarme id a por el taish y yo me encargaré de las diosas. Parece que mientras esté manipulando a estas dos mujeres es débil, pues todo su poder lo pone en ellas. Él era Chang Lin, os había engañado todo este tiempo.

 

Los campesinos se quedaron desconcertados con la información, pero la batalla no les daba tiempo a asimilarlo. Se levantaron de su lugar y corrieron con sus maltrechas hachas a atacar al taish. Le clavaron las hachas, jubilosos.

 

—No os fieis ni un pelo—. les dijo Talaris.

 

Pero antes de los campesinos pudieran reaccionar, el cuerpo del taish se hizo niebla y voló devolviendo el hacha a sus dueños. Tian se interpuso en el trayecto y ambas hachas se clavaron en su cuerpo. Weng emitió un quejumbroso alarido cuando vio caer a su amigo ensangrentado. Las carcajadas del taish se reflejaron en las dos mujeres como si ellas fueran la prolongación de su maldad y cinismo.

 

—Cómo sois tan necios. Dos aldeanos de pacotilla contra un taish. No sois más que basura, solo servís para arar el campo y someteros a vuestros amos. Sé dónde os llevaré por vuestra insolencia.

Yu Hey de chacal…— Mencionó Talaris conteniendo una cólera desmesurada.

 

Cuando el taish se giró a ella, volvió a ver el aura esmeralda que brotaba del pecho, pero era un aura mucho más grande y fiera que la anterior, aunque el sello del dragón de jade tuviera la facultad de proteger y obedecer a su portador, había algo más detrás de eso, era una energía vital…, un cosmos que solo había visto a los grandes guerreros sagrados de los cinco picos, a los maestros de los mismos. Cuando miró los ojos de la discípula éstos brillaban con un destello carmesí. Se quedó absolutamente paralizado de terror.

 

—Cómo te atreves a manipular los espíritus en descanso, dar vida a una leyenda para someter a estas buenas gentes trabajadoras, ¡a menospreciar tanto las vidas humanas! —La expresión de Talaris era completamente colérica y su energía hacía a las dos consortes alejarse de tan inmenso poder, cubiertas en llamas esmeraldas. Sus gritos ponían los vellos de punta—. No voy a consentir más que siembres el mal en esta tierra sagrada. ¡Siente toda la ira de Shen Long sobre ti!

 

 


¡ROZAN…SHOR…YU…HA![4]

 

 

Un dragón verde y fiero apareció tras Talaris dirigiéndose directo, firme y sin compasión contra el pecho del taish, reventándole el corazón y los pulmones. El villano fue lanzado por los aires, estrelló su espalda contra una de las columnas del templo y finalmente cayó al suelo. Las mujeres desaparecieron al caer su manipulador. Al retraer el cosmos de Talaris ésta cayó de rodillas al suelo recuperando el aliento, efectivamente el uso de esta técnica especial la superaba. De sus sienes caían goterones de sudor y su ropa estaba toda empapada. Estaba agotada y no la usaba a no ser que fuera estrictamente necesario. No obstante, las secuelas que le habían quedado esa vez no eran tan graves como en otras ocasiones, se sentía menos débil.

 

¡Ha sido in...creíble! —dijo una débil voz. Era Tian, agonizando—Lo has visto ¿verdad Weng? Ese es el auténtico poder de un guerrero de Hengshan…

No hables, amigo…

Ta...la...ris…— la discípula se levantó arrastrando sus pasos hasta Tian y le cogió la mano. —gracias por dejarnos ayudarte. Yo…yo siempre quise seguir los pasos de un gran guerrero…

 

Tian[5] murió en ese preciso instante. Weng le abrazó desconsolado y su llanto le desgarró

 

Descansa en paz, Tian. Has sido muy valiente…—dijo Talaris poniendo la mano del aldeano sobre el pecho y cerrándole los párpados.

 

El murmullo de la columna golpeada por el cuerpo del taish partiéndose, alarmó a Talaris. El techo que había sobre sus cabezas se rasgó y comenzó a derrumbarse.

 

—Vámonos de aquí si no queremos que esta sea nuestra tumba, Weng.

—No puedo dejarle aquí… merece que lo entierren dignamente.

—No hay tiempo Weng. ¡larguémonos de aquí!

 

El campesino miró hacia arriba y tomo el cuerpo de Tian sobre sus hombros corriendo lo más deprisa que el peso del cadáver de su amigo le permitía tras Talaris. El templo parecía derrumbarse más rápido de lo que ambos corrían y de pronto la construcción separó a Talaris y a Weng por varias vigas y escombros.

 

—¡No Weng!

—Siga usted, señorita Talaris, sálvese. Su vida es más importante que la nuestra.

—¡No! ¡Maldita sea!

 

Con impotencia absoluta el techo y el resto de la construcción cayó sobre el aldeano. Talaris quería volver, pero la escalera se partía por el peso de las ruinas derrumbadas y corrió escaleras abajo hasta más allá de los tigres de entrada, mientras una nube de polvo sustituía la niebla.

                                                  

Talaris estaba muy triste, apenas conocía a aquellos aldeanos, pero habían sido muy valientes y la muerte no era buen sabor para nadie. Había cogido todas las pertenencias que los dos aldeanos habían dejado en el campamento para dárselo a sus familiares. Era lo único que podía hacer ya que no iba a poder recuperar sus cuerpos pues el derrumbamiento había provocado una falla ancha y espeluznante en la ladera de la montaña como un terremoto. Cuando llegó al refugio todo estaba desierto, solo vio a un niño que corría a por ella. Era Mu, Talaris lo miraba anonadada acercarse a ella y abrazarla con energía. ¿Cómo podía moverse con tanta facilidad?

 

—¡Ha vuelto, señorita Talaris!

—Mu. Deberías estar en reposo.

—No hace falta… ya no me duele ¿ves?

 

Talaris comprobó que el niño podía mover perfectamente su brazo derecho, como si no tuviera lesión alguna en las costillas y los huesos.

 

—Pero ¿cómo…? si no podías moverte antes.

—Fueron las dos mujeres bonitas. Las que vi en el río anoche

—¿Cómo dices?

—Llegaron con Weng y el cuerpo de Tian…—Una lagrimilla resbaló por la mejilla de Mu. —Están preparando su entierro en Hua Chen. Le vamos a enterrar en el cementerio de la aldea junto a los demás aldeanos que han vivido allí por tanto tiempo. Yo me he quedado aquí a esperarte.

—Mu ¿Dónde han ido las mujeres?

—Cuando me curaron a mí y a Weng, volvieron al río. Nos dijeron que las almas que nos asustaban ya estaban descansando en paz. ¿Vas a venir al entierro? A Tian le gustaría mucho, estoy seguro de que nadie mejor que tú podrá despedirle. Él no tenía familia.

—Claro que iré. Vamos hacia la aldea. Seguro que están preocupados por ti.

 

Cuando llegaron a Hua Chen, la aldea parecía como nueva. Las calles habían sido limpiadas, las casas estaban relucientes y la luz de la tarde parecía más brillante que nunca. Dentro de la tristeza general que se respiraba las personas saludaron y agradecieron a Talaris todo lo que había hecho por ellos. Cuando le indicaron donde estaba Weng, le dijeron que él es el que estaba amortajando a Tian. La discípula quería comprobar con sus propios ojos que estaba bien, pero si estaba amortajando a su amigo no era el momento más apropiado, así que se dirigió al río después de preguntar cuando empezarían las exequias, tenía un par de horas antes de ellas y podría hablar con las consortes para averiguar algo más de los taisheng.

 

 A la media hora aproximadamente encontró el río y se sentó a meditar a su orilla para intentar que las diosas se comunicaran con ella, pero no hizo falta porque enseguida que se sentó aparecieron. Eran las mismas con las que había combatido pero su expresión era más pacífica y el aura que expelían era cálida y agradable.

 

—Siento mucho que hayáis sido manipuladas de este modo.

—No debes disculparte, es más, nosotras debemos agradecerte que nos liberaras de las garras de la oscuridad. — dijo Nüiying

— Vienes a que te demos información—dijo Ehuang.

—Sí, por favor, no sé nada de los enemigos a los que me enfrento. ¿Son todos así de poderosos? Capaces de manipular almas, espíritus y dioses… ¿de dónde sacan semejantes dotes?

—La respuesta es fácil. Tras los taish está el aprendiz de Long Kiao, el único que ha conseguido los poderes oscuros del dragón de ónice. Poderes tan terribles que son capaces de revolver las almas de su descanso, inundar la tierra de catástrofes e incluso atraer la oscuridad.

—Long Kiao es la criatura más despiadada que existe. Lo único que quiere es destruir para sembrar un mundo de tinieblas y mal. Esclavizar a los humanos y retener y dominar a los dioses que protegemos este mundo—. dijo Ehuang

—Long Kiao fue el culpable de que Shun se suicidara. Llenó su mente de desesperanza y tristeza. Ni siquiera nosotras fuimos capaces de darle alegría y mermar su sufrimiento. Él era un hombre sabio y bueno, destinado a hacer muchas cosas en beneficio de la humanidad, pero Long Kiao le pudo—. dijo Nüiying

—Cuando el taish vino a nosotras no pudimos enfrentarnos a él tenía el sello del tigre en su poder y contra ese sello no podemos hace nada, por eso consiguió manipularnos tan fácilmente.

—Talaris, es como el sello del dragón de Jade que portas. Contra esas reliquias no podemos combatir por eso deben estar protegidas por buenas personas como tú y los sabios ancianos de los cinco picos.

—Comprendo… ahora sé la tarea tan importante que me asignó mi maestro. Por otro lado, ¿Quién es Long Kiao?

—Long Kiao es el dragón de ónice uno de los ocho hermanos dragones que tiempo atrás protegían a las gentes de estas tierras. Su ambición desmedida y su sed de sangre no pudieron ser detenidas por sus otros siete hermanos, de hecho, dos de ellos murieron en el intento. Es la deidad del mal que adoran los taisheng y de la que obtienen este poder tan siniestro.

—Tú eres la única, como su aprendiz de Dohko, y guardiand del dragón de jade, capaz de expulsar a los taisheng de estas tierras. El sello del dragón te protegerá mientras tus intenciones sean honestas y pacíficas. Así que continúa tu viaje, pero antes tenemos que darte algo.

—¿Darme algo?

Le entregó un pergamino sellado y enrollado.

—Es el mapa de los cinco picos. Con él encontrarás el camino al templo de Nan Hengshan y los demás.

—Talaris este es un obsequio de dioses para sus adalides, las rutas a los cinco templos sagrados son secretas y solo los taonia y sus maestros pueden conocer sus paraderos. El sello del dragón que portas te ayudará a derribar las barreras que los ocultan de la visión de los mortales.

—Muchas gracias. Me será muy útil…Gracias también por haber rescatado a Weng del templo.

—Debíamos reparar lo que habíamos hecho. Lamentamos no haber llegado a tiempo para salvar al muchacho que pereció por el taish.

—Deberías irte. Te esperan para el entierro.

 

Talaris se levantó de su sitio y les hizo una respetuosa reverencia a las diosas antes de partir hacia la aldea, repasando toda la información que le acababa de dar las diosas. Estaba muy sorprendida de que éstas de verdad existieran. No obstante, todo lo que rodeaba su misión parecía estar cubierto por el velo de lo sobrenatural.


[1] Significa Nubes negras de Chacal

[2] Significa Manipulador

[3] En la mitología las náyades eran ninfas o diosas de los ríos y lagos.

[4] Cólera del dragón

[5] Para los curiosos Tian significa “cielo” ¿a qué lugar sino podía ir este buen hombre con aspiraciones de guerrero?

 

 

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Editado por Talaris, 10 octubre 2020 - 18:38 .

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