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Los reinos de Etherias


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76 respuestas a este tema

#61 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

    Ocioso las 23:59 horas.

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Peru
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Masculino
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Cancer

Publicado 16 diciembre 2020 - 15:40

Bueno, bueno, bueno... 

La verdad no pensaba llegar hasta aquí, digo, mis publicaciones siempre quedan por el cap 18, 12, o por ahí, así que es un número bonito para festejar que al fin me encariñé con una historia. 

(La verdad es que con los 2 caps de Miare el número varía, pero si nadie se da cuenta, no se nota (?  ) 
Y, la verdad, hasta el momento (no debería decirlo, pero con 27 caps, poco más, poco menos escritos) es el capítulo de mayor número de palabras que he redactado. Espero que ese esfuerzo en redactar se vea reflejado en su calidad, si no... ya dicen que el número 50 también está bonito para hacer una festividad. 

 

 

bien Sagen, en este capìtulo mostraste la desgracia de las vìctimas de la guerra y vas pintando una probable tragedia bèlica en todo Etherias. Eso es bueno por que muestra un contraste total con respecto al paìs de Poseidòn o de Atmetis. Tambièn me gustò que el pleyade no sintiera devociòn por su dios ni fraternidad con sus camaradas. El hecho de que Maiestias es un territorio oligàrquico y que sus guerreros sean esclavos, y que ya haya una posible alianza entre Hades, Hermes y Afrodita lleva las complicaciones todavìa màs lejos. Parece que se viene una guerra mundial! Y por ùltimo, ya hay un traidor a Athena y esto abre interrogantes acerca de què pretenden los soldados de sus dioses, o sea, todo el capìtulo plantea la cuestiòn de còmo debe ser un dios para ganar lealtad. Ademàs, veo otro logro en el capìtulo: estuvo bueno sin que haya duelos. y bueno, fijate bien que por ahì te olvidaste 2 comas, saludos!

 

Gracias por pasar a comentar Gato. 

Mi idea es hacer que cada uno de los doce reinos se vea único a su particular estilo, ahora que quede así plasmado en las palabras es otro tema. Por ahora, en contraposición al cap anterior, hay duelo. Así que espero que te guste lo que sucede a continuación, Gato.

 

Saludos.

 

Capítulo 20. Duelo de lealtad: Aries vs. Escila

 
 
 

14:55 horas (Po), 01 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          Como había sido anunciado, los ciudadanos de la capital de Atlantis se congregaron en el Coliseo para espectar con sus propios ojos un nuevo combate entre los provenientes de Atmetis y sus amados Generales Marinos. Cada uno se sentó en un asiento sin hacerse muchos problemas y esperaron a que el combate comenzase. Al igual que había ocurrido el día anterior, en dichos momentos se hallaban haciendo mantenimiento a la arena una decena de personas, quienes se aseguraban de que todo se mantuviese perfecto. Quizás eso habría sido indicio de una pelea que ellos no habían presenciado —ya que luego del combate del Hipocampo también había sido acondicionada—, pero no le dieron mayor importancia.
          Ambos dioses habían decidido, al terminar el combate de Lymnades, que ese día el segundo combate sería el inválido. Sería solo un espectáculo, mas no definiría ganadores ni perdedores. Desde el primer momento el rey de Atlantis ya sabía a quién escoger, pues le había lanzado una rápida mirada de reojo a su más fiel guerrero. El emperador de los mares habló con Athena al acabar la contienda y le hizo la propuesta: enfrentar a su Patriarca, quien ya había decidido luchar en alguno de los combates, contra el líder de sus Generales. Tal y como él lo había planeado, Ariadne aceptó el trato con Poseidón.
          Los alumnos de Nadeko ya se encontraban mejor a pesar de aun sufrir las consecuencias del duelo del día anterior. Franz había podido asistir al combate de su maestra, aunque, gracias a un dolor en la espalda baja y las piernas, se vio obligado a usar muletas para llegar hasta allí. Rhaenys estaba en mejores condiciones y solo usaba vendajes para que las heridas y raspones que se habían cicatrizado en su piel no se infectasen. Ambos se encontraban al lado de Athena, observando desde el palco como su maestra se iba acercando al centro de la arena.
          La armadura de Aries relucía al ser bañada con los rayos de sol que caían sobre tierras atlantes. Se notaba lo bien cuidada que su portadora la mantenía, pareciendo más viva que las del resto. El dorado brillaba como un destello en mitad de la arena, y no dejaba de ser observada por todos quienes estaban a su alrededor. El General Marino que era su oponente tampoco era la excepción, podía ver cómo tenía cariño por su armadura. Reconoció en aquel momento que superar las defensas que Aries le proporcionaría a su portadora serían un hueso duro de roer.
 
          —Me alegra que hallas aceptado nuestro combate, Nadeko —sonrió con gentileza el atlante—. Demostrémosle a todos nuestro poder.
          —Me halagan tus palabras, Wallace. Pero siento que no te conformarías conmigo. He oído que tu poder es inhumano, incomparable… —Observaba a su alrededor, viendo incluso pancartas que expresaban su apoyo al líder de los Generales—. Vas a quedarte insatisfecho con este combate.
          —¿En verdad? No lo creo así. Hay gente muy fuerte en todo Etherias, más que yo incluso. Pero eso no es lo que nos trae aquí, como líderes y representantes de nuestros dioses fuimos escogidos por algo —extendió su mano derecha hacia Nadeko y la dejó tendida en el aire—. ¡Quiero ver de qué está hecha la gente de Atmetis! Que sea un buen combate, Nadeko.

          El rostro sincero del General era algo que no comprendía, pero que le agradaba. Había conocido a todo tipo de atlantes, pero eran los pensamientos de él los que le habían conmovido. Se acomodó el cabello que le caía sobre los ojos y lo retuvo dentro del borde de su casco. Al ver a su homólogo atlante, solo podía observar a un líder nato, cosa que no veía en el espejo nunca. Ahora ella estaba allí, frente a todo el mundo, peleando por su diosa y no pensaba defraudarle después de que la Ariadne que ella había cuidado desde pequeña le concediese tal honor. Nadeko sonrío tontamente como hacía la mayor parte del tiempo y correspondió al gesto del General dándole un fuerte apretón de manos.
 
          —Que así sea, Wallace.
 
          Ambos guerreros acordaron dar diez pasos hacia atrás. Sus estilos de combate podían ser tan diferentes como la noche y el día, pero sabían que cualquier golpe desde tan cerca podría herir de gravedad a cualquiera de los dos, cosa que ninguno de los dos bandos quería. Encendieron sus cosmos al ser nombrados por Poseidón, quien los presentaba a ambos ante el público. Los vítores se escuchaban en todos lados, como era costumbre todos apoyaban al más carismático de los Generales, quien vestía la Escama de Escila.
          La Santa de Aries conocía las historias que se relataban sobre aquella armadura, que bajo su apariencia común albergaba a seis poderosas bestias en su ser. Había escuchado de su antecesor como reparador de armaduras que esta era una de las más impresionantes, y palabras le habían faltado para describirla mejor. A primera vista reconoció detalles en la Escama que evocaban a cada una de las bestias. Un pequeño aguijón visible en su antebrazo derecho revelaba a la abeja reina; unas pequeñas garras que estaban presentes en ambos antebrazos pertenecían a un águila; las alas que a sus espaldas llevaba tenían la misma forma que la de los murciélagos, seres de la noche que a muchos causaba escalofríos. Eran esos detalles los que fascinaban a Nadeko, pues parecían secretos por descubrir en un ser vivo tan precioso como era esa Escama. Intentaba contener sus ganas de estudiarla para centrarse primero en su combate.
          El General Marino estaba ansioso por ver las habilidades de su oponente y no se contuvo en realizar un primer movimiento. Su velocidad estaba a la altura de lo esperado, daba pasos rápidos y constantes y, muy a pesar de su contextura robusta, tenía un buen ritmo. Sus pisadas avanzaban una delante de otra, corriendo en línea recta hacia su Nadeko. Era tan veloz en aquel momento que su imagen desapareció de un segundo a otro, siendo reemplazada por la de un feroz lobo que había sido creada por su por su cosmos. El animal era incluso más rápido que el propio Wallace, provocando que la Santa de Aries calculase mal el tiempo, así recibiendo de lleno el ataque del atlante. Los caninos del feroz lobo se aferraron fuertemente a la sección que protegía la armadura en el antebrazo izquierdo de Nadeko.
 
          —¡Estos son los Colmillos del Lobo! —Al observar mejor se dio con la sorpresa el General Marino observó la pieza de la armadura que había sido presa de su técnica, pero nada le había ocurrido—. Subestimé tus capacidades y las de Aries, Nadeko. No pensé que mi técnica no le haría nada… Quizás deba usar un poco más de mi fuerza.
          —Usa cuanta fuerza quieras, que no le harás nada a Aries, Wallace —llevó su mano derecha a la altura del corazón y palpó el pectoral de su armadura dorada—. Aries es mi mejor amigo desde que tengo uso de razón, y ni él ni yo nos traicionaremos jamás.
          —Muy bonito Nadeko, ya quisiera llevarme yo así con Escila —replicó los gestos de su adversaria, sintiendo el frío metal del que estaba hecho su peto—. Estate lista, te atacaré con las demás bestias de Escila sin contemplaciones.
          —Eso era lo que esperaba —en sus ojos, la Santa de Aries poseía una extraña seguridad que le motivaba a seguir adelante.
 
          Ella sabía mentir tan bien. Sus ojos contradecían a sus propios sentimientos, pues le inundaba mucho miedo. Podía escuchar los gritos de dolor que su propia armadura le estaba obligando a oír. El primer ataque de Wallace habría sido, según él, un tanto débil, mas Nadeko no lo consideraba así. De no ser por los innumerables cuidados que había recibido Aries a lo largo de la historia, no hubiera resistido dicho impacto. Era un hecho que el poder del Escila era impresionante, pero no creía que, sin usar todas sus fuerzas, fuese capaz de poder destruir una pieza de armadura dorada con facilidad. Debía tener cuidado con su oponente.
          Mientras la Santa de Aries se mantenía dubitativa, el General aprovechó a lanzar su segunda técnica. Había extendido su dedo índice derecho, apuntando a la hombrera izquierda de Nadeko. De sus dedos, nació un pequeño destello de cosmos que adoptó la forma de una abeja. Cortando el aire con cada aleteo que daba, se apresuraba para llegar directamente a su oponente. La Santa Dorada reaccionó rápido, interponiendo entre ella y la abeja una gran barrera casi invisible, la cual resplandecía a veces tornándose del color del oro. No necesitaba moverse para contraatacar, su velocidad de pensamiento era suficiente para eliminar dicha amenaza, a pesar de la vista puesta sobre el brazal de Aries. La barrera no solo detuvo el impacto de la abeja materializada por la técnica de Wallace, sino que la había devuelto con su portador, destrozándose parte de la protección del antebrazo derecho de Escila, cayendo al suelo lo que alguna vez habían representado las garras de un águila.
 
          —Vaya, estás llena de sorpresas, Nadeko —a pesar de ser su adversaria, Wallace estaba complacido. Era motivo de fiesta que alguien pudiese dañar su Escama—. Me alegra bastante ser tu oponente. No esperaba que alguien pudiese devolverme el Aguijón de Abeja Reina.
 
          La Patriarca solo pudo responder con una sonrisa. En su interior aún se preocupaba por el bienestar de Aries. Su querido amigo aún se quejaba del dolor, y ella no podía hacer nada mientras se mantuviese dentro de la arena. Sus instintos le llamaban a atacar, pero su mente le exigía tranquilidad. Si se cegaba a lanzar técnicas como si nada, se arriesgaba a malgastar su cosmos, y no podía permitirse eso: más que una batalla de fuerzas, era una guerra fría donde el otro aprovecharía cualquier paso en falso para sacar ventaja. La actitud apresurada de Wallace le había cegado, pero no volvería a suceder. Si hubiese usado otra técnica, quizás el águila habitante en su Escama hubiese muerto en aquel momento, pero el destino quiso que solo quedase sin una garra.
 
          —Bonita técnica —dijo al observar su antebrazo casi destruido, con piezas metálicas apenas unidas por un milímetro de armadura. Ahora no era más que peso muerto, por lo que Wallace decidió retirar de su armadura los pedazos apenas sujetos a esta—. ¿Cómo le llamas?
          —Es un Muro de Cristal, capaz de reflejar todo lo que me lances. Así que ni lo intentes, Wallace. Te destruirás a ti mismo antes de siquiera volver a tocar a Aries —decía ella con una pequeña, e hipócrita, risilla confiada.
          —Eso veremos… Suena tan perfecta que debe ser imperfecta. Solo me queda encontrar cuál es su defecto —sentenció extendiendo su dedo índice, señalando tanto al muro como a Nadeko detrás de este.
 
          El General Marino observó el muro creado por Nadeko de un extremo al otro. Parecía tan similar a la Barrera de Aire que empleaba el Hipocampo, mas era diferente. Aquel Muro de Cristal había dividido por completo la arena, dejando a los combatientes uno de cada lado. Se extendía también en altura, chocando con la invisible barrera que el rey atlante había creado para cada uno de los combates, procurando así la seguridad de sus ciudadanos. Mientras más segundos pasaban, menos supuestos defectos le quedaban en la lista que había ideado en un comienzo. Pero estaba convencido de que toda obra humana era imperfecta en algo.
          No podía usar a la abeja reina contra el muro, ya había sido usada una vez y había causado más destrozos en Wallace de los que habría podido anticipar. Cuanto más cosmos emplease, él recibiría el doble de su poder como respuesta. Sus ideas habían fallado no una, sino dos veces. Manifestar su cosmos en forma de lobo sería una pérdida de tiempo, su poder se reflejaría y probablemente destrozaría con sus fauces a la manifestación de la serpiente, alojada en su antebrazo. «Eso es, puedo usar a la sierpe», pensó tras descartar varios planes. Ciertamente de entre las seis bestias, quizás era la más particular de ellas.
          En cuanto Nadeko volvió a dirigirle la vista al representante de Poseidón, le vio levantar el puño, mostrándole el antebrazo de su Escama. Ella había observado esas gemas similares a ojos al inicio del combate, pero ahora habían relucido con un destello carmesí. Apenas dirigió su mirada hacia ese detalle una enorme presión se generó en su cuello, con una fuerza tal que llegaba a cortarle la respiración por momentos. El aire se le escapaba poco a poco y su consciencia empezaba a disminuir. Se agarraba el cuello, tratando de arrancarse a la amenaza invisible que le quitaba el oxígeno, pero era inútil ya que solo era producto de su imaginación.
Wallace de Escila no era un ser humano cruel, pero había creído que esa podría ser la piedra angular en su contrataque. Planeaba soltar a la serpiente en cuanto Nadeko desvaneciese el muro, y así lo hizo dos segundos después cuando la Santa Dorada cumplió con la predicción del orgullo de Atlantis. Ella se llevó la mano al pecho, respirando toscamente como podía, aliviándose de que por fin aquella tortura había acabado. Nadeko tuvo que agacharse, apoyando sus brazos en sus piernas. Aún le dolía respirar a causa del imaginario reptil. En el público, nadie entendía los motivos de que ella desvaneciese su muro, pues ellos no habían vivido en carne propia lo que Nadeko soportó en su propio cuello.

          Mientras aún se iba recuperando del pequeño trauma que le había causado la técnica de Wallace, descuidó su alrededor permitiéndole al General Marino acometer una vez más. Se acercó a ella corriendo, tal y como lo había hecho la primera vez. Pero, en lugar de invocar al lobo que la vez pasada le había ayudado, se dio un impulso con el suelo y saltó hacia la Santa Dorada, dándole un rodillazo en el centro de su peto. La pieza de la armadura dorada se resquebrajó hasta destrozarse, formándose un círculo donde había recibido el golpe, revelando la camiseta que llevaba debajo. El hoyo en su armadura mantenía desprotegido todo el vientre de la Santa de Aries, dejándola a merced del atlante.
          Nadeko trató de palpar a Aries, pero su mano solo logró rozar la tela sobre su piel. Se lo había esperado: ella sabía que esa era la verdadera fuerza del General Marino, una devastadora fuerza destructiva. Le fastidiaba el abdomen, pues el rodillazo que le había propinado el General le había causado más dolor del que pensaba en primera instancia. Por suerte para ella, el dolor era algo solo superficial y no parecía haber dañado ninguno de sus órganos vitales. Pero Wallace no había salido ileso en aquel ataque, pues la rodillera derecha con la que había golpeado a Nadeko también había quedado destruida. Parecía ser que Wallace había usado una fuerza tan brutal que incluso Escila había recibido daño.
 
          —Wallace, eres un irresponsable —criticó jadeando. Aún llevaba consigo el dolor causado por dos de sus bestias—. ¡¿Cómo puedes permitir que Escila cargue con ese dolor siendo tan irresponsable?!
          —Tienes razón, Nadeko —dijo el General viendo la rodillera, tan similar a una huella de oso, resquebrajada en el suelo de la arena—. Me dejé llevar con el Zarpazo del Oso, disculpa Escila —habló él a su armadura con enérgica alegría. 
          —Esa es tu bestia más poderosa, lo leí en los antiguos registros que tenemos en Atmetis —habló la Santa Dorada—. ¿Es verdad?
          —Así es, Nadeko. No tengo la necesidad de ocultártelo.
 
          La Santa Dorada vio esta revelación como una nueva oportunidad. Había observado los movimientos de su adversario, así como la tendencia que tenía para ejecutar ataques solo con la mitad derecha de su cuerpo. Ahora que el oso había muerto, pues solo le quedaba vida en la rodillera izquierda que apenas usaba, la mayor de las amenazas había desaparecido. Aquellas alas de murciélago le intrigaban, pues aún no había realizado una técnica con ellas, pero debía arriesgarse en aquel momento. Su cuerpo empezó a moverse en dirección a su oponente apenas se recuperó del golpe, y acumuló en sus manos todo su cosmos.
          El General Marino leyó sus intenciones al notar un incremento en su nivel de cosmos. La sensación que le había embargado el cuerpo no era similar a cuando le fue devuelto su Aguijón de la Abeja Reina, ni nada parecido. Notaba como un poder destructivo se almacenaba en las manos de aquella muchacha que era la segunda al mando en el ejército de Athena. Se preguntó si estaba en lo correcto varias veces, pero su instinto y experiencia le dictaban que sí. Al igual que su contraparte de Atmetis, él canalizó su cosmos en ambas palmas de las manos.
          Como si estuviesen llamados el uno por el otro, ambos lanzaron sus técnicas a la misma vez. Alzando las manos, Wallace cruzó sus brazos, y tras bajarlos hasta la altura de su pecho, un enorme vórtice de viento y energía se alzó a su alrededor. Una fuerza iracunda manaba del interior de aquel ciclón, destrozando el campo de batalla y acumulando en su interior más y más cosmos y tierra, los cuales eran lanzados hacia la Santa de Aries. La bestia más poderosa de Escila quizás había muerto ya, pero esas no eran todos los ases bajo la manga que poseía el líder de los Generales.
 
          —Lo lamento Nadeko, pero mi Tornado Devastador acabará este encuentro en un abrir y cerrar de ojos —exclamó Wallace de Escila a los cuatro vientos ya que pensaba que el ruido generado por su técnica no le permitiría escuchar a su rival su declaración de victoria.
          —Eso es lo que crees —respondió ella con toda la calma del mundo. Sus palmas recubiertas por su armadura brillaban cada vez más intensamente en dorado.
 
          No se lo había esperado, pero un fuerte sentimiento le llamó a lanzar su mejor técnica en respuesta a los sentimientos del General Marino. De sus palmas nacieron varias pequeñas estrellas doradas creadas por la Santa Dorada. Los astros eran alineados por Nadeko alrededor de su mano derecha, y en cuanto ella estiró su palma hacia Wallace, lanzó varias hordas de estrellas que contuvieron la fuerza de la técnica de su oponente. Sus fuerzas estaban equilibradas extrañamente, y no cedían hacia ningún lado. Quizás eso era lo que en las memorias de los antiguos se llamaban “Guerras de Mil Días”.
 
          —¡Revolución de Polvo Estelar!
 
          El choque de técnicas emocionó en primer momento a cada uno de los espectadores, pero pronto notaron que la fuerza de la representante de Atmetis era nada comparada con la de una de sus héroes, Wallace. En la confrontación había sido ganador Escila, quien cada segundo iba ganando terreno, provocando que Nadeko tuviese que esmerarse cada vez más por mejorar su técnica. Las estrellas no brillaron con todo su resplandor, y tan pronto nacieron, se iban apagando en las manos de la Santa Dorada. Los Santos detrás suyo, que le animaban desde su tribuna, veían expectantes a su Patriarca, incluso comiéndose las uñas y tapándose los ojos presa de la ansiedad. Mas Athena permanecía calmada, observando con ojos tranquilos y compasivos todos los movimientos de Nadeko. No podía tener miedo, eso no era aceptable para una diosa que pretendía liberar a Etherias de toda guerra.
 
          —Tenemos suerte de que este combate es solo de exhibición —comentaba en voz alta Kadoc de Osa Mayor con su tono pesimista de costumbre—. En las calles se cuenta que Wallace es el más poderoso de esta parte de Etherias. Y razón no les faltaba. Hizo bien en no considerar este combate Señorita Athena, ya que de lo contrario nosotros…
          —¿Quieres callarte, molestia? —Exclamó con su tono altanero el Santo de Piscis al lado de la reina Athena. Le molestaba esa actitud, tan inadecuada para la ocasión—. Cierra tu boca y observa bien. Pareciese que no te hubiese entrenado Parsath.
          —Miare, sé cómo te sientes, pero relájate —ordenaba la Señorita Ariadne desde su trono. Ella se había fijado en el Santo Dorado, quien nunca había despegado la mirada del combate de su compañera—. Pero, gracias por creer en Nadeko —dijo, mostrándole una sonrisilla que el Santo de Piscis observó, pero no correspondió con otra.
 
          El Santo de Bronce observó tal y como se lo había ordenado su superior. El gigantesco vórtice creado por el General Marino había engullido casi por completo la arena, sin dejar rastro alguno de que Nadeko hubiese lanzado alguna de sus técnicas. Mas cuando Nadeko se veía rodeada por todos los flancos, un destello dorado —breve, pero existente—, la cubrió en el último segundo cuando todos ya daban la victoria asegurada del héroe de Atlantis. Cinco segundos más duró el vórtice en pie tras rodear a la Patriarca, asegurándose Wallace de causar daño suficiente para ganar, pero no para matar.
          Al desaparecer las corrientes de viento destructoras invocadas por el General Marino, un segundo de paz reinó en la arena justo antes de que se viese opacado por una luz dorada y cegadora que resplandeció al estallar en toda la arena de combate. Una polvareda se levantó por varios segundos, en los que no se escuchó más ruido que el murmullo del público. Cuando todo se hubo calmado, la Santa de Aries se hallaba de pie y sin casi ningún rasguño visible. Su armadura superior, su peto, hombreras y casco había desaparecido y estaba desprotegida su mitad superior del cuerpo, pero había quedado, al parecer, ilesa del choque de técnicas.
          Wallace, por su parte, parecía pararse con dificultad en primer momento, pero al oír al público alabarle le dio las suficientes energías para continuar. Su casco y peto habían sido destruido, y sus pedazos estaban a sus pies. Las pequeñas alas que tenía su Escama en la espalda ahora era una que apenas podía mantenerse allí. Lo único que había sobrevivido al impacto eran la parte inferior compuestas por el cinturón y falda de su armadura y algunas protecciones para sus extremidades. Su piel descubierta estaba marcada de heridas nuevas y viejas, y su camiseta blanca sin mangas necesitaba más de una cosida para volver a su forma original.
 
          —Me has sorprendido, Nadeko —admitió el Marino limpiándose un hilillo de sangre que se le escabullía por la comisura del labio—. No pensé que usarías tu Muro de Cristal para cubrirte por completo al último segundo. Mis felicitaciones.
          —Es un gran halago viniendo de ti, Wallace —la Santa de Aries se llevó la mano derecha a la cintura, como acostumbraba al observar algo con suma atención—. Pensé que saldrías más herido, o inconsciente incluso.
          —No me subestimes, Patriarca de Athena, aunque no lo parezca pude leer tus intenciones —declaró para luego carcajearse, soltando una risa ronca de las suyas—. Sabía que tramabas algo, recibir mi Tornado Devastador era irracional y es por ello que noté que traías algo entre manos, aunque no supiese bien qué.
          —Me has descubierto… —se rio la Santa de Aries—. Pero ahora eso te ha dejado en una posición desventajosa, Wallace. No sé de qué te ha servido seguir atacando.
 
          El General Marino sentía dolor en todo el cuerpo, pero trataba de no exteriorizarlo. Aunque hubiese disminuido la fuerza de su técnica al último minuto, casi de nada había servido, recibiendo de lleno todo el daño devuelto por el Muro de Cristal. Nadeko no había recibido casi nada de daño, mas extrañamente ella no llevaba puesta la armadura de la que tanto se jactaba. Wallace había observado una y otra vez a la Santa de Aries desde entonces, buscando una explicación lógica para ello, pero no la había. Solo cuando su adversaria se palpó la espalda e hizo un gesto de dolor es que supo que sus apreciaciones habían sido erradas.
          El vórtice había sido tan fuerte que había logrado destrozar la parte posterior del peto de Aries, mas eso indicaba que había atravesado el Muro de Cristal. Nada tenía lógica para el guerrero atlante. «Si no cubrió su retaguardia, ¿cómo pudo ser tan despreocupada?», pensaba para sí mismo. Sus apreciaciones no podían ser correctas, pues sabía bien de la fuerza que su técnica poseía y cuánto podía dañar los cuerpos de quienes la recibían. «No lo hizo a voluntad, entonces… ¿por qué Nadeko?». Observó de derecha a izquierda en búsqueda de alguna pista, pero nada. Revisando de abajo a arriba el cuerpo de su oponente, Wallace notó algo. Su visión no solo se mantuvo en el campo de batalla, sino más allá de él incluso, llegando hasta las tribunas donde los demás atmetianos la esperaban.
 
          —Nadeko, ya descubrí el punto débil de tu Muro de Cristal —exclamó el General Marino apuntando con el dedo a la Santa de Aries—. Luego me lo confirmarás, pero ahora debo ganarte en señal de lealtad a mi dios Poseidón.
 
          La Santa de Aries se mantenía atónita, aun si fuese mentira lo que decía el General de Escila, sus esfuerzos por pararse eran sobrehumanos. Le fastidiaba toda la espalda, le dolía tras haber recibido una gran cantidad de daño a causa de Wallace. Si él se había dado cuenta con esa técnica de que la espalda de Aries siempre quedaba —aunque sea— ligeramente desprotegida, eso solo hacía remarcar su experiencia en combate. Pocos quienes le habían enfrentado se habían dado cuenta de que su Muro era una técnica creada especialmente para servir de escudo de Athena. Es decir, si Athena no se encontraba detrás del Muro de Cristal, este dejaba de verse como la defensa perfecta de los atmetienses, abriendo varios puntos débiles que desprotegían a quien la realizaba. Su maestro le había advertido de que, si tan solo una persona conociese este hecho, su técnica dejaría de servir y es por ello que solo se transmitía a las siguientes generaciones de boca en boca y no por escrito.
 
          —Decidamos esto a un último ataque, Nadeko —opinó en voz alta Wallace de Escila colocándose en su habitual postura de batalla.
          —Me parece bien —exclamó la Santa de Aries segura de sí.
 
          La guerrera de Athena elevó su cosmos una vez más, sorprendiendo al líder de los Generales, quien había gastado hasta la última fracción de cosmos que podía ser usada. Wallace se abalanzó primero hacia Nadeko, adoptando la misma posición de brazos que usaba al ejecutar su Presa del Águila. La Santa Dorada corrió en respuesta, acumulando en sus manos todo su cosmos nuevamente, pero se notaba de forma distinta a la anterior. Ni una estrella se formó de sus palmas, solo destellos de luz parecían nacer de ellas. Los Generales Marinos al costado del rey Poseidón observaban el acto suicida de su líder sin saber en qué estaba pensando en aquel momento Wallace.
          Pero de pronto cayó. El dolor, que había disimulado hasta entonces, consumió de repente el cuerpo de Nadeko de un extremo al otro, provocando que se desplomase al suelo. Wallace en aquel momento detuvo su acometida y comenzó a caminar lento a donde se hallaba su caída oponente.
          Había aguantado todo el combate observando con tranquilidad, pero en ese momento su cuerpo se levantó del trono y salió corriendo de allí. Ninguno de los Santos Dorados trató de detenerla, pues ella era su diosa y las decisiones que tomaba eran por lo general ley suya. Sabían que no estaba haciendo nada incorrecto, pues el veredicto del combate ya estaba tomado. Lo único que hizo en ese entonces fue salir corriendo para que cuando despertase Nadeko, la tuviese a su lado. Su presencia no afectaría un combate ya concluido.
          Se había dado unos cuantos tropezones al salir corriendo, pero nada de eso le importaba realmente a Ariadne. En aquel entonces solo le importaba su mejor amiga, quien le había cuidado desde que ella tenía memoria. Se limpió de polvo la parte del vestido que le cubría las rodillas, y continuó en su camino. Ya había atravesado ese sendero aquella mañana cuando se había reunido con el dios de los mares, pero ahora le parecía más largo que entonces. Fue solo cuando la luz del sol llegó a sus ojos cuando notó que todo el mundo le rodeaba. Wallace estaba parado al lado del cuerpo de Nadeko, esperando a que la diosa llegase hasta ellos.
          El General Marino de Escila iba a comenzar a hablar, pero Ariadne con rápida cortesía le detuvo. Él comprendió sus acciones y se mantuvo en silencio mientras se sentaba al lado de la Santa de Aries cuyo cuerpo inconsciente estaba boca arriba de cara al sol. A ella no le importaba que todo el público a su alrededor cuchichease de si en verdad era una diosa o no, Ariadne solo pensaba en el bienestar de su querida amiga y trataba de llamarla de vuelta con ellos sacudiendo una y otra vez los hombros de Nadeko. Al abrir los ojos poco a poco, debido a la luz, la Patriarca de Atmetis se lamentó por el desastroso espectáculo mientras le ofrecía una sonrisa de consolación a su diosa.
          La pequeña diosa de cabello castaño, apenas Nadeko se reincorporó un poco sobre la arena, se apegó a ella y la abrazó como una niña haría con su madre.
 
          —Diosa Athena —dijo el General Marino en un tono un poco más serio del que acostumbraba usar con todos, pero con igual cortesía—, quería decirle una cosa antes de todo… —tomó aire para que sus pulmones se llenaran y todo el mundo en el Coliseo pudiese escuchar lo que iba a decir— ¡Dios Poseidón, sé cuál será su veredicto, pero por favor dígalo frente a todo el mundo! 
 
          El rey de los mares se puso de pie, observando desde su sitio a los dos guerreros y a la diosa que se hallaba allí. Cerró los ojos y suspiró una vez antes de hablar.
 
          —Quien ha resultado vencedor de este combate ha sido Nadeko de Aries —dictaminó el dios de los mares para sorpresa de todos allí presentes. Incluso de algunos de sus hombres.
 
          El General de Escila se olvidó de toda formalidad y se agachó, quedando a la misma altura que la diosa y su adversaria. Les dedicó una sonrisa despreocupada mientras se reía con un poco de pesar, enseñando su dentadura blanquecina con un par de ausencias dentales.
 
          —Pe-pero… —tartamudeó la Patriarca de Athena—. Tú quedaste en pie, Wallace. El derecho era tuyo, ¿por qué?
          —Escucha bien Nadeko, quizás no lo notaste antes por estar aguantando todo el pesar de tus heridas, pero yo ya estaba indefenso cuando tú ibas a lanzar tu última técnica. Habías ganado en ese entonces, pero caíste. Sobrepasaste tus límites más de una vez, y tanto mi rey Poseidón como yo lo notamos —él le colocó la mano en el hombro a Nadeko. Se acercó a su oído y en voz baja comenzó a hablarle—. Por eso alégrate, has combatido bien. Y quizás, entre nos, la mayor de las pruebas que has superado está aquí.
 
          El General Marino al colocarse de pie nuevamente, haciendo gala de su altura, se ofreció a cargar con la Santa de Aries hasta un sitio donde pudiese descansar, pero Ariadne se lo negó. Ella le dedicó una pequeña sonrisa y se excusó con el guerrero atlante. Su corazón puro y sensible no podía permitir que, aprovechándose de la generosidad del líder de los Generales, este tuviese que forzar más su cuerpo solo para ayudarle. Wallace se retiró por la puerta que le correspondía, despidiéndose antes de las dos y deseándoles la mayor de las suertes para los siguientes combates.
          Por la puerta que había ingresado Ariadne, apareció Aruf el Santo de Leo, quien había esperado a su diosa en las sombras que habitaban ese pasillo. Ya casi se había recuperado de unos pequeños raspones que le habían aquejado desde el día anterior y se encontraba listo para poder cargar a su líder sobre sus hombros. Acomodó a Nadeko con cuidado sobre su espalda y se retiró de la arena acompañando a la Señorita Ariadne.


...si lo que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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#62 El Gato Fenix

El Gato Fenix

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Publicado 17 diciembre 2020 - 11:57

buen capítulo, me tomó por sorpresa la resolución del combate,  hasta el último momento pensé que ganaba Wallace. No dejes este fic, todavía tenés mucho que desarrollar. Nos vemos por ahí, saludos!


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             Caerguirse!


#63 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

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Publicado 31 diciembre 2020 - 01:23

Este 2020 ha sido un largo año (y sí, es la intro de un mensaje de fin de año. Pueden skipear hasta ver el título del cap...).
Como decía, el 2020 ha sido un año muy... particular. En el caso de mi persona, y particularmente de mi historia, este año ha sido de descubrimiento, pues lo que empezó como un chiste, casi, (se puede notar en el capítulo 2, que escribí los primeros párrafos sin un rumbo fijo. Esas fueron las primeras palabras de Etherias, también ale la pena recalcar) se ha convertido en una historia de la cual me siento particularmente orgulloso, y en la cual creo haber mejorado aunque sea una mínima como escritor, encontrando un estilo con el que ahora me siento particularmente cómodo relatando sucesos y tal. 
Un poco debo agradecerle a la cuarentena, que me motivó a escribir mientras andaba un poco aislado de la sociedad, y también a los lectores que con el teimpo han venido y han expresado sus opiniones respecto a mi historia. Realmente gracias y espero que este siguiente año 2021 la historia siga manteniendo los estándares actuales y continúe siendo de vuestro agrado. 
 
A continuación, les presento el último capítulo del año. (Realmente hubiera preferido terminar con el de Nadeko vs. Wallace, pero... hay que avanzar con la publicación, que sino se hace eterno).
 

buen capítulo, me tomó por sorpresa la resolución del combate,  hasta el último momento pensé que ganaba Wallace. No dejes este fic, todavía tenés mucho que desarrollar. Nos vemos por ahí, saludos!

 

Descuida Gato, por suerte no planeo dejarlo. Solo era una forma de celebrar el que pasase una brecha que hasta ahora parecía imposible para mí. (¡Ahora a por los 40, Sagen!) 

El combate no fue nada fácil, para ninguno de los dos lados. Ambos son los mejores exponentes, pero tal parece que la experiencia de uno no venció a los vínculos entre guerrero y deidad. 

Un saludo Gato, y feliz año nuevo para vos.

 

 

Capítulo 21. El lamento de las nieves

 

 

21:17 horas (At), 01 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          Las horas habían pasado sin fructífero resultado. Quizás habían rescatado ya a cientos, pero otras decenas de personas habían quedado atrapadas entre los escombros, muriendo al agotárseles las fuerzas con las que intentaban vivir. Cuando al fin los encontraron, ya su alma había abandonado sus cuerpos, quedando cadáveres que se acumularon uno tras otro en la explanada que había despejado Dreud de Géminis. Con tan pocos Santos no se podían haber dado abasto, pero no podían permitirse la ayuda de externos. Las órdenes de Dreud eran explícitas por una simple razón: él sabía de lo que eran capaces las personas, pudiendo perjudicar más de lo que ayudaban. Él era consciente de la naturaleza egocéntrica del pueblo de Ventus, preocupados más por sus pérdidas materiales que por los cohabitantes que se hallaban a punto de morir. Él lo había experimentado ya de primera mano.
          Cada vez que observaba a quienes tenía que proteger, contemplaba más allá de sus falsas superficies, observaba su repulsivo interior. Se mostraba apático ante todo porque le causaba desagrado todo ello, él había quedado huérfano por culpa de su despreocupación, pero ya no tenía odio dentro, solo apatía. Solo su maestro Haloid pudo calmar a la iracunda bestia de diez años, con sus enseñanzas, con su afecto. Solo él pudo mostrarle un camino de bien, dándole a conocer la bondad que solo Athena podía desprender y concediéndole un puesto en la Guardia, al lado de buenos compañeros. Mas su estancia allí le hizo ver que, aunque no fuesen tan destructivos como ellos, los Pléyades eran una molestia menor a comparación.
          Sus votos como fiel a Athena le impedían dejarlos morir. Ariadne era compasiva con todos, con quienes se arrodillaban al verla como con quienes no, así era ella. Y aunque bajo tales preceptos sus vidas deberían reinar en absoluto pacifismo con los demás reinos, Athena no era de quienes dejaba que le peguen en ambas mejillas con tal de que se sienta mejor el otro. La guerra justa en la que creía Athena, solo involucraba a los caballeros que había en los diferentes ejércitos, no a los ciudadanos comunes. El Santo de Géminis, aunque no tenía más motivos que ese, ayudaba cuanto podía por su lealtad a la diosa de la sabiduría.
 

          —Señorita Pallas, no lo logramos —dijo con tranquilidad mientras le servía té a su diosa. Era la bendición de Athena la que había protegido la Torre de los Guardianes de la destrucción.
La princesa agradeció el gesto del Santo Dorado y cogió la taza por la delicada asa —bien labrada, debía decirse. Con detalles en dorado u ocre a cada extremo de esta— la taza que le tendía Dreud.       

          —Entonces, ¿tenemos ya hecho el reporte de fallecidos? —Preguntó ella mientras con sus labios intentaban enfriar un poco el té de su taza antes de darle un sonoro sorbo.
          —Por ahora solo hemos contabilizado ciento veintisiete muertes. Quién sabe si haya por ahí más, desperdigados por uno u otro lugar —respondió Dreud antes de sentarse en su silla. Había pasado tanto tiempo de pie aquel día que le sorprendía que aún no hubiese acabado el ciclo de veinticuatro horas.
          —Es terrible, tantas familias que habrán perdido a un ser querido —comentó la diosa de la guerra, abrigándose las manos con el calor que desprendía la taza que llevaba entre manos.
          —Sí, de hecho —intentó disimular su apatía, pero le era imposible. Para Pallas, él era como un libro abierto que podía leer con suma facilidad, mas no le mencionaba nada al respecto—. Nosotros y todos quienes protegimos la ciudad siempre les recomendamos que no edificaran tan cerca de la Muralla, pero, como puede ver, nuestras palabras fueron en vano.
          —Comprendo —dio otro sorbo a su bebida caliente, absteniéndose de hacerle algún otro comentario.
          —¿Y Nereida cómo está? —Preguntó Dreud, quien por haber estado tanto tiempo fuera no había tenido tiempo de volver a ver a su compañera desde la mañana.
 

          La diosa de cabellos dorados observó el reflejo que se formaba en su bebida antes de responderle al Santo Dorado. Tras haber sido dejada atrás por él, Pallas se había preocupado por Nereida todo el día. Le había llevado a su recámara, le había quitado su Manto Sagrado pieza por pieza y le había cambiado la destrozada ropa que llevaba por prendas limpias. Quizás ella no era la más indicada para hablar de Nereida, pues nunca habían sido tan cercanas, pero aun así quería ayudarle. Las memorias solo quedaron en su mente, y ante sus ojos volvió la imagen de Dreud, quien aún seguía esperando su respuesta.
 

          —No creo que ella esté bien —respondió sin duda alguna en sus palabras—. Nereida no está bien, Dreud. Lo he visto en sus ojos, en su actuar. Un profundo dolor le aqueja y no sé qué puedo hacer para ayudar.
          —Yo tampoco creo que esté bien —comentó Dreud cerrando los ojos, dándole así un tono de mayor seriedad a sus palabras—. Quizás sea porque nunca antes ha visto morir frente a sus ojos gente a la cual quisiera. Cuatro de los que estaban al mando de Nereida cayeron en combate hoy, ha sido un muy duro golpe para su estabilidad emocional. Quizás debamos dejarla sola algún tiempo para que se recupere.
          —Dreud, creo que esa no será la mejor solución. Los Pléyades podrían volver en cualquier momento, sobre todo ahora que la Muralla ha caído. La necesitamos, sin ella las defensas de Ventus disminuirán, sin ella…
          —Entonces obligaremos al oxidado Aiza a que venga, no podemos permitirnos perder más gente aquí en el noreste —intervino secamente. Incluso a él llegaba a molestarle su impotencia frente al problema de Nereida—. Y usted debe volver mañana a Atlantis, princesa. Estoy seguro de que la Señorita Ariadne de seguro la extraña demasiado. 
          —Lo sé, ella es siempre así —comentó Pallas, recordando a su afectuosa hermana menor—. Pero me preocupa Nereida, no quisiera abandonarla ahora que se encuentra decaída. Sería lo mismo que abandonar a todos en Atmetis cuando más me necesitasen.
          —Señorita Pallas, usted debe volver —volvió a sonar cortante. A él le fastidiaba más el haberle alzado la voz a su diosa, pero sentía que debía hacerlo. E incluso Pallas lo sentía—. Usted es ahora la llave de nuestras negociaciones, Señorita. Solo usted puede ir y hablar con el emperador de Atlantis sobre lo que hemos descubierto. Yo no tengo voz en su corte, ni tampoco puedo abandonar mi puesto de guardia.
          —Entiendo —dio el último sorbo que quedaba depositado en su taza—. Si así lo consideras, quisiera pedirte un trato. Me dijiste que Nadeko habló contigo antes de que me trajese aquí, necesito de tu ayuda para ordenarle algo. No soy muy buena con las habilidades telepáticas.
          —Así es, ella habló conmigo, pero… ¿eso a qué viene ahora, Señorita? ¿Necesita algo respecto a eso? —Preguntó el Santo Dorado.
          —Dreud, ayúdame con algo. Quiero que le pidas que intercambiemos lugares Nadeko y yo. Le conozco bien, y si alguien pudiese consolar a Nereida sería ella —afirmó con seguridad—. Quizás no tenga pruebas de ello, pero en mi corazón siento que eso es lo que debe ocurrir.
          —Si esas son sus órdenes, princesa Pallas, se lo haré llegar a nuestra Patriarca.
 

          El Santo Dorado de Géminis se colocó de pie, dispuesto a lavar las tazas que ambos habían usado esa fría noche. Estaba acostumbrado a hacer ello ya que Nereida era tan señorita como para pasar de las actividades del hogar. Siempre le divertía verla criticar cada cosa que ocurría en la Muralla, ya fuese lo mismo del día anterior, o del anterior a ese. Sus constantes molestias para cuando él lavaba las vajillas eran el pan de cada día, pero ahora no estaba ella sentada en aquella incómoda silla de madera en la cual se sentaba para acompañarle durante las cenas. Él allí, frente a las tazas de porcelana cubiertas de espuma y agua, comprendió bien la falta que le hacía Nereida, no solo al ejército de Atmetis, no solo a los Guardianes de la Muralla, sino también a él.
 

          —Gracias Dreud —dijo la diosa de la guerra—. Creo que iré a descansar un rato. Espero puedas tú también dormir un rato, Dreud.
          —Descuide, princesa Pallas. Permítame acompañarla a la recámara de Aiza, quizás no sea la más bonita, pero es ahora mismo la más ordenada —comentaba el Santo Dorado acercándose a paso rápido y colocándose delante de su diosa para que no se negase ante su proposición.
          —Eres muy amable, Dreud —se mantuvo sonriente y agradecida hasta que dio sus primeros pasos en la recámara donde alguna vez habría descansado su compañero de entrenamientos y maestro Aiza—. Espero que puedas conseguirlo —mencionó ella con tono enigmático y compasivo antes de cerrar la puerta de la habitación.
 

          En un primer instante, el Santo de Géminis se quedó observando los arañazos que el tiempo y el viento habían causado en la puerta de madera que tenía delante suyo. Trataba de deducir lo que ocultaban las palabras que le había dedicado su diosa, pero le era imposible. Su mente cansada no procesaba bien todo lo que a su alrededor ocurría. «Quizás hablaba del asunto de Nadeko, quizás era eso» se decía mientras caminaba por el pasillo. Este era largo, oscuro, y con solo unos pocos destellos de iluminación que provenían de las rendijas por encima de las puertas de las habitaciones.
          En la oscuridad no solo se notaba que la habitación de Nereida tenía su luz prendida aún, a pesar de haber ido a descansar desde hace ya varias horas. La puerta de su cuarto se hallaba a penas junta. No lo había notado antes, pero suponía que una de las corrientes de viento la había empujado unos cuantos centímetros, los suficientes para verse en el pasadizo una enorme franja vertical de luz casi impresa en la pared de enfrente. Quizás era de mala educación suya, pero se quedó por unos momentos escuchando lo que ocurría en la habitación de su compañera. Sus oídos no podían engañarle, no podían decirle que no habían escuchado el llanto silencioso que ella trataba de ocultar bajo sus frazadas.
          Nereida no le escuchó entrar a su habitación, solo notó su presencia cuando su cama rebotó un poco en cuanto Dreud se sentó sobre ella, al costado de su compañera cubierta de pies a cabeza con un par de frazadas, como si fuera el capullo de algún insecto. El Santo de Géminis le dio unas palmaditas amistosas donde estaba su cabeza y trató de quitarle de encima toda la ropa de cama que le cubría. En cuanto su compañero encontraba debajo de su espalda una de las esquinas de la manta, Nereida volvía a cogerlo, rozando con sus finas manos las ásperas de Dreud y volviendo a encerrarse en su prisión de cobijas. Tras unos cuantos intentos, el Santo Dorado se rindió, mas no salió de la habitación, solo se quedó un rato en silencio observando a su alrededor todas las pertenencias de la Santa de Acuario.
 

          —Bonita habitación, Nereida. Hace tiempo que no entro —decía el Santo Dorado con tranquilidad recorriendo con sus ojos cada rincón—. Nereida escúchame. Por favor sal de allí, tú y yo sabemos que no es bueno para ti.
 

          La recámara donde día a día descansaba la Santa de Acuario estaba impecable a ojos de Dreud. Ya ni recordaba que sus cuatro paredes estuviesen pintadas de color celeste tenue, o que tuviese allí un escritorio —bastante pesado, por lo visto— que ocupaba la cuarta parte de allí. A su costado derecho, entre la cama y la puerta había dos secciones de repisas, donde Dreud pudo reconocer un álbum fotográfico, el collar que él le había regalado tiempo atrás, cuando se convirtió en Santa Dorada, y un par de libros de historias que Aiza le había dejado encargados, los cuales no quiso llevarse a la capital. El Santo de Géminis ya había escuchado que decían que Nereida era una persona sumamente fría y sin emociones, pero el entrar en su santuario personal le había mostrado su verdadero ser: alguien sensible y preocupada por el resto.
 

          —Nereida, por favor, vuelve con nosotros —decía Dreud, mientras acariciaba el amasijo de frazadas en el que estaba envuelta su compañera—. Nereida, te necesitamos —hizo una pequeña pausa—. Te necesito.
 

          La Santa de Acuario no respondió a las palabras de su amigo, pero continuaba tratando de no hacer bulla al soltar varias lágrimas por sus hombres caídos. Sus imágenes eran tan vívidas, hace apenas un día ella los había visto, hablado, ordenado… Mas sus cadáveres se aparecían ante sus ojos de un segundo a otro, interrumpiendo sus recuerdos con ellos. Por más que escuchaba la voz de Dreud provenir desde fuera de su oscuro caparazón de mantas, ella solo podía observar la rápida sucesión de recuerdos donde los veía vivos y muertos a la vez. Cada segundo que pasaba dentro de aquella oscuridad su alma se iba consumiendo poco a poco.
 

          —Nereida, que ellos murieran no fue tu culpa —dijo el Santo de Géminis tratando de observarle, pero sin poder aguantar la mirada. No debía presionarla porque podría ser peor, pero… él sentía que debía hacerlo—. Si quieres al responsable de todo esto, cúlpame a mí, no a ti. Yo soy el que le hizo tanto daño a tu equipo, no tú, así que ódiame. Ódiame, todo lo que quieras, pero no te rindas por favor.
 

          El joven de veintiséis años tenía que morderse el labio si es que no quería ponerse sentimental en aquel momento. Intentó en una nueva oportunidad retirarle las mantas de encima a Nereida. Pensaba no conseguirlo esta vez, pero de una forma u otra, ella permitió que el Santo de Géminis lograra su cometido aquella ocasión. Al retirarle las dos capas de frazadas que tenía encima, él pudo contemplar sus ojos enrojecidos de tanto haber llorado en silencio. Esperaba volver a ver los ceños fruncidos que ella en más de una oportunidad le había dedicado solo a él, pero en cambio solo pudo encontrar su rostro triste y perdido.
          Con ella ahora sentada sobre su cama y con el rostro descubierto, pensaba que quizás el diálogo podría ser una opción más factible. Mas Nereida continuaba como antes, únicamente que ahora se había desprendido de una de sus protecciones, quizás para respirar aire y tranquilizarse luego de haber llorado continuamente por al menos una hora. Su cabello se había alborotado tras pasar varios minutos con la cabeza tapada, pero eso no era lo importante. Sin Aquarius encima, Nereida se veía más frágil de lo que realmente era, observándola así podía parecer una muchacha normal de veintitrés años como cualquier otra.
          Dreud se acercó un poco más a ella, y extendió ambos brazos. Aprisionándola entre ellos, llevó su cabeza sobre el hombro izquierdo de la Santa de Acuario. Ni él mismo sabía por qué lo había hecho, el Santo Dorado consideraba que no era así, pero no se animó a alejarse de ella. Él estaba preparado para todo tipo de represalias por parte de Nereida, desde pescar un resfriado por su Polvo de Diamantes hasta quedar congelado por los siglos de los siglos dentro de su Ataúd de Hielo. Nada de eso llegó. Cuando él se volvió a dar cuenta, Nereida estaba haciendo lo mismo que él, salvo que estaba llorando a borbotones sobre la camiseta del Santo Dorado.
 

          —Nereida, tranquilízate por favor —decía él tratando de tranquilizarle. Incluso le acariciaba la espalda en pos de calmar su destrozado ánimo.
          —Dre-Dreud —decía con dificultad, entendiéndosele poco debido a sus desesperados llantos—. Dime qué hacer. No lo sé. Dime…
          —Ya te lo he dicho —respiró profundamente una vez antes de responder—. Deja en el pasado lo ocurrido hoy, Nereida. Eso ya pasó y nada podemos hacer al respecto. Ellos no querrían verte así.
          —Tal vez no, pero aun así es difícil. Aún puedo verlos en mi mente, puedo ver cómo murieron todos y cada uno. Esa escena es imborrable dentro de mis pensamientos y no desean que la olvide —decía Nereida, aún atrapada en los brazos de su compañero.
          —Comprendo cuánto te afecta, mi querida Nereida, pero aun así solo te puedo decir que vivas con ello —el Santo de Géminis dejó de abrazar a su compañera y se sentó sobre su cama, con las piernas dobladas y cara a cara con la Santa de Acuario—. Por más que quisiera ahorrarte este dolor manipulando tus recuerdos, no puedo hacerlo —decía él mientras le rozaba con el dorso de su mano izquierda una de las mejillas de ella, la cual había visto caer demasiadas lágrimas aquella noche—. Si lo hiciese, algún día nuestros compañeros podrían morir frente a nosotros de nuevo, o incluso yo podría morir, por eso es que quiero que desde ahora te prepares para ese momento, aunque no llegue nunca. Porque quiero que vivas y pelees por nosotros, Nereida, porque si tú sobrevives es porque nosotros así hemos querido que sea.
 

          Aquella noche quizás había sido, hasta entonces, la ocasión en que Nereida más había soltado sus preciosas lágrimas e incluso en ese momento volvió a llorar con más fuerza. Pero no producto de la desesperación como antes, quizás ahora lo hacía por una emoción sinsentido que salió a flote por culpa de Dreud de Géminis. Una sonrisa pequeña, mas no inexistente, se esbozaba en el rostro de la Santa Dorada. No había olvidado a sus compañeros caídos, pero al menos se sentía más segura de sí teniéndolo a él a su lado. Y no solo él, quizás fuese su imaginación la que le jugaba una mala pasada, pero podía sentir como quienes habían desaparecido aquel día ahora estaban a su lado apoyándola.
 

          —Sé que te pediré mucho, pero por favor descansa hoy. Debes recuperar tus energías —le dijo Dreud antes de chocar con delicadeza sus labios contra la mejilla derecha de la Santa de Acuario—. Que descanses.

          No le dio tiempo para responder, pues salió de la habitación antes siquiera de que Nereida pudiese comprender lo que ocurría. Cerró la puerta y se aseguró de que estuviese ajustada. Con el dorso de su mano se frotó los labios, limpiándose como haría cualquier niño pequeño asqueado. Pero no era esa su intención, ni siquiera a él le fastidiaba en verdad lo que había pasado en aquella habitación, pero si de algo estaba seguro era de que lo había hecho no por él, sino por el bien de Athena y de Nereida. Si había estado actuando cada una de las acciones que ocurrieron en dicho lugar, ni él mismo lo sabía, ni él comprendía sus propias emociones para aquel momento en que bajó las escaleras y se dirigió a donde estaba la Muralla, ahora algo destrozada y con un enorme vacío en ella.

          —Maestro Dreud —le dijo una voz femenina, más joven y suave que la suya.
          —Midna, no esperaba verte por aquí a estas horas —comentó asombrado en un primer momento, luego recordó, tras ver el cielo, que la noche había llegado.
          —Bueno, es también mi turno de cuidar de la Muralla. Creo que ya lo debe saber, pero tuvimos que pedirles ayuda a algunos de vuestro equipo. Con las bajas de hoy no podemos abastecernos. ¿Cómo está nuestra líder la Señorita Nereida?
          —¿Nereida? Supongo que ahora estará un poco mejor, Midna. Pero esta noche yo ocuparé su lugar, es lo menos que puedo hacer por Ventus —intervino él con la mirada muerta de siempre observando la destruida parte de la ciudad a su alrededor.
          —Será un placer volver a trabajar con usted, maestro —exclamó animosa la hermosa joven de apenas veinte años—. Vayamos cuanto antes. ¿Maestro?
 

          El Santo de Géminis se quedó embobado mirando la ciudad, como si estuviese recordando algo que hubiese visto con anterioridad, pero no logró entender lo que era. Al volver en sí, ya Midna de Casiopea le estaba tomando de la mano y arrastrándole en dirección a la destruida Muralla. Ella continuaba jalándole y él se mantenía atontado, o eso parecía pues Dreud hace ya mucho rato que estaba consciente de que estaba aprovechándose de su alumna. Usó ese pequeño lapso de tiempo para recapacitar, quizás el combate de la mañana era un indicativo de que algo grande pasaría y él debería jugar un as contra el enemigo.
 

          —Sé que esto es repentino, Midna, pero… necesito que tú y los demás Santos de Plata comiencen a entrenar más duro a partir de mañana. Si queremos derrotar a Hermes, quizás esa sea la opción correcta —pensó él en voz alta— Y quizás sea la hora de intentar enseñarte alguna técnica nueva.
 

          La Santa se emocionó de sobremanera, pero sentía el pesar en las palabras de su maestro. Si él se lo estaba diciendo ahora, era por algo.


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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 22

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#64 RedPoint

RedPoint

    Scaramanzia

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Publicado 31 diciembre 2020 - 01:57

Me gusto rescato la tristeza del caballero por los caídos y como Geminis lo consuela

 

Buen cap. feliz año Sagen


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Luzbelito


#65 El Gato Fenix

El Gato Fenix

    Luto radiante

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Publicado 31 diciembre 2020 - 05:37

bien, otro logro, retrataste el dolor de las perdidas de compañeros, la caida de Nereida y como Dreud puede animarla un poco, y todo esto sin que haya sido durante un duelo. Usual situación de ss pero en otras circunstancias. Ya me está carcomiendo cómo será el géminis en combate, por ahora parece un tipo casi imperturbable y uno se lo imagina imponente ante un adversario. Me gustaría verlo más cercano a la locura, o sea, como un clásico estereotipo de su signo pero no sé que vas a hacer, por ahora no parece que vayas a explorar la historia en esa dirección. Un detalle, la expresión "a penas" no se escribe así cuando pretendés decir "casi" sino que se escribe "apenas", todo junto. Bueno, a esperar al próximo año para ver como sigue todo esto. Feliz año para vos, Sagen. Nos cruzamos por ahí, saludos!


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#66 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

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Publicado 31 enero 2021 - 14:20

¡Primer capítulo del año!
 
La verdad que empezamos mal este año... Hoy debería ser publicado el segundo capítulo del año, pero pasaron muchas cosas x y y... Cosas que aún no resuelvo tan bien como quisiera, pero por algo se empieza. Bueno, continuando, mi más sincera disculpa a los lectores, en compensación hasta el 28 de febrero publicaré el cap que debo, así como los que faltan por venir. (Traducción del idioma Sagen. Para el 28 se habrá llegado a publicar sí o sí el cap 25 del fanfic).
Bueno, eso.
 
Muchas gracias por comentar Gato, Red. En su momento también se los dije por medio de la cuenta, pero Feliz Año. Ya saben que aunque los leo apenas comentan, siempre contesto esto con la publicación del cap. 
 

bien, otro logro, retrataste el dolor de las perdidas de compañeros, la caida de Nereida y como Dreud puede animarla un poco, y todo esto sin que haya sido durante un duelo. Usual situación de ss pero en otras circunstancias. Ya me está carcomiendo cómo será el géminis en combate, por ahora parece un tipo casi imperturbable y uno se lo imagina imponente ante un adversario. Me gustaría verlo más cercano a la locura, o sea, como un clásico estereotipo de su signo pero no sé que vas a hacer, por ahora no parece que vayas a explorar la historia en esa dirección. Un detalle, la expresión "a penas" no se escribe así cuando pretendés decir "casi" sino que se escribe "apenas", todo junto. Bueno, a esperar al próximo año para ver como sigue todo esto. Feliz año para vos, Sagen. Nos cruzamos por ahí, saludos!

 

Como siempre muchas gracias por tomarte la molestia de leer, Gato. Es algo que creía que debía explorar, porque no solo son máquinas de pelear, son humanos al final de cuentas y también poseen sentimientos encontrados con la guerra. Lamento decepcionarte, pero creo que a Géminis demoraremos en verlo participar en combate.

 

Eneste capítulo continua la prueba de Poseidón, cuyo contador marca ahora dos victorias, una derrota, y un combate cuyo resultado Athena no quiso considerar. Frente al cuarto de los cinco combates, solo hay una opción lógica por parte de ambos bandos para decidir uno de los más difíciles combates.

 

 

 

 

Capítulo 22. La Prisión de Pléyades

 
 

08:53 horas (Po), 02 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          Preocupada por el bienestar de su diosa aquel día la Patriarca Nadeko se levantó de su cama temprano por la mañana. Planeaba contactarse con Dreud, su compañero en Ventus a cargo de velar por la diosa de la guerra Pallas, pero desistió varias veces pensando que no era un buen momento. Consciente de que él no estaba viviendo la misma hora del día que ella, se aguantó las ganas hasta la que creyó un momento apropiado. Casi bordeaban las diez de la mañana cuando la Santa de Aries tomó la suficiente determinación para pensar que no había despertado de su sueño al Géminis.
 

          —Patriarca a Géminis, Patriarca a Géminis. ¿Me copia, Géminis? —Había escuchado tantas veces ese tipo de frases en las ficciones que ansiaba poder decirla alguna vez.
          —Nadeko, que sorpresa escuchar tu melodiosa voz a estas horas de la mañana —bostezó varias veces antes de dejarle hablar a la Patriarca nuevamente.
 

          La voz de Dreud se escuchaba más cansada que de costumbre. Siempre tenía ese tono un tanto perezoso, pero en ese momento incluso le costaba hablar, como si hubiese dormido poco o nada aquella noche.
 

          —¿Mala noche, amigo mío? Deberías haber descansado luego de haber combatido tanto ayer. Eres de nuestras pocas defensas en Ventus, recuérdalo.
          —Doble turno, más bien. Las cosas no son nada sencillas aquí, Nadeko. La Muralla que resguardaba Ventus ha caído, y ahora no hay nadie más que nosotros que podamos impedir una avanzada de Pléyades —comentó.
          —¿Lo dices en serio? Diantres… —La Santa de Aries no sabía qué decir, estaba afectada. La situación, lo quiera o no, superaba su capacidad como Patriarca recién electa. El silencio sobre ese tema fue su mejor amigo—. ¿La Señorita Pallas ya desea volver con nosotros?
          —No sé si lo desea realmente. Quizás lo que quiere más ahora es ayudarnos, por eso debe haber venido en primer momento y estoy seguro de que en otra situación no quisiese irse hasta que nos sea de ayuda… —Lo había hablado el día anterior con Pallas, mas no estaba seguro de sus palabras—. Pero ya le convencí que estar con Athena es la mejor ayuda que nos ofrece. Puedes llevártela, Nadeko.
          —Entendido. Iré y volveré aquí con la diosa Pallas.
          —Hay otra cosa que quiero pedirte. Necesito que repares nuestros Mantos Sagrados, Nadeko. Eres la única en Atmetis que podría hacerlo y eso es lo que necesitamos para prepararnos frente a una guerra de la magnitud que puede haber planeado Hermes.
          —Imposible, mi lugar es junto a Ariadne ahora. No puedo abandonarle —decía la Santa de Aries, considerando primero la prioridad máxima de resguardar a su reina.
          —Créeme que lo sé, Nadeko. Aun así, sabes también que lo necesitamos. Acuario se enfrentó a un enemigo que pudo conseguir segarle la vida, varios de los Mantos de Bronce y Plata tienen daños irrecuperables y solo el mío está en óptimas condiciones para recibir una nueva invasión enemiga. Por favor reconsidérlo.
 

          La Patriarca de Atmetis no sabía bien qué hacer. Ella estaba en lo correcto al pronunciar que no debía apartarse del lado de la joven Ariadne, pero antes de ser la líder del reino de Atmetis —solo por debajo de la reina Athena—, ella era una reparadora de armaduras. Las palabras de Dreud estaban en lo cierto, ellos estaban en el frente de batalla y dejarlos desprotegidos era una estupidez, era impensable. «El rey Poseidón es prudente y compasivo, sus Marinos podrían ayudarnos en cualquier complicación… Diantres…», dicho pensamiento varias veces la invadió hasta considerarlo una verdad.
          Cogió su Caja de Pandora, sus implementos de reparación y un saquito polvoriento de mediano tamaño que se ató a la cintura. Salió Nadeko de la habitación donde ella había dormido y se dirigió a la sala de espera donde Kyouka y Miare esperaban la llegada de la hora del quinto encuentro. Ambos se sorprendieron al verla, pues en su rostro se había gestado una cierta incomodidad. Se acercó a ellos dos y, colocándoles la mano en el hombro, les confió a las diosas en sus manos antes de desaparecer sin decir ninguna otra palabra de por medio.
          Una luz dorada la despidió y una luz dorada volvió a iluminar la habitación segundos después. Incluso tras haberlo visto tantas veces en acción, siempre les sorprendía la velocidad con la que el Hilo de Ariadne —como ella le denominaba— actuaba tan deprisa. La Santa de Aries no volvió en aquella segunda ocasión que se iluminó la sala, sino Pallas. La princesa de Atmetis les dedicó una sonrisa, pues le parecía haber pasado una eternidad sin ellos a su alrededor.
          Las palabras de Nadeko comenzaron a resonar en la mente de la Santa de Escorpio, prometiéndose que, mientras la líder de los Santos Dorados no estuviese allí, ella se encargaría de velar por la seguridad de ellas tres. La ahora mayor responsabilidad sobre sus hombros le hizo regresar a su habitación. Con seguridad remarcó sus pasos hasta la puerta de su cuarto, y se encerró allí hasta pocos minutos antes de partir hacia el Coliseo.
 


* * *

 

11:52 horas (Po), 02 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          Cumpliendo con su juramento como Santa Dorada, Kyouka se mantuvo cerca de la triada de diosas en todo momento. Sus ojos no dejaron de centrarse en Ariadne desde que ella llegó acompañada por el fornido General de Escila, hasta incluso ese momento. El último día de combates había llegado y también le tocaba el turno a ella de ser partícipe. Era la única de los cuatro de élite que no había combatido hasta ese momento, y era su deber hacerlo por el bien de Atmetis y de Athena. De camino allí, Wallace les había adelantado quien sería su primer oponente en aquella mañana. Solo la Santa de Escorpio era capaz de derrotarle en combate. O eso esperaba.
          Desde que ella se había ofrecido a combatir Miare se mantuvo callado y solo se limitó a observar. Apoyando todo el peso de su espalda sobre la pared, él mantuvo los brazos cruzados mientras veía los acontecimientos suceder. Él también había sido seleccionado por la Patriarca para cuidar de las diosas, y era su responsabilidad el estar pendiente en aquel momento. Podría mentirse diciendo que no le importaba el bienestar de su compañera, pero no lo hacía. Sabía que ella estaría bien, después de todo ella era una Santa Dorada.
          Al pasar junto a Ariadne, ella sonrió confiada. Una arqueada maliciosa de labios se gestó en su rostro, aunque la mitad estuviese cubierta por los mechones de cabello que ella siempre peinaba de tal forma que cubriesen la mitad derecha de su rostro. Su largo cabello siempre había sido criticado por su hermano como una de sus debilidades en combate. Aunque, al ella solo dedicarse a obligar a los prisioneros de guerra a hablar, siendo vigilados a cada momento, sus dotes en la pelea nada tenían que ver allí, solo sus dotes para saber intimidar con una mirada sombría como la que acostumbraba a tener día y noche. Al terminar de bajar las escaleras Kyouka observó para todos los lados, asegurándose de que nadie estuviese cerca a su alrededor. Luego de colocarse encima el Manto Sagrado de Escorpio, hizo caso de las recomendaciones de Shiou y acomodó su lacio cabello de forma que su rostro se mantuviese despejado durante todo el combate.
          Caminaba ella con aparente tranquilidad hacia el centro de la arena, pero por dentro se sentía incómoda. La molestia que le causaba tener ese peinado en aquel momento tan grande como la distancia que había entre su hogar y ese coliseo. Había cerrado tan fuerte el puño producto de su disconformidad que incluso llegó a hacerse daño en las palmas de sus manos con las uñas grandes y afiladas que cuidaba y lucía con un bello carmesí encima. Su respiración incluso estaba agitada y sus palpitaciones ni qué decir, como si su corazón estuviese a punto de abandonar su cuerpo. Más que sentir molestia, ella sentía miedo.
 

          —Kyouka, espero que ofrezcas un buen combate —la mirada de disgusto que Nessa le había dedicado aquella noche bajo la luna había desaparecido y ahora era, extrañamente, más amistosa.
          —Gracias —respondió de pronto. Hizo una remarcada pausa que ella no quería y para remediarlo trató de hablar lo más rápido que podía sin que se le enredase la lengua—. Espero que tú también lo hagas, Nessa.
 

          La General Marino no supo cómo interpretar las acciones de su contrincante. Notó cierta extrañeza en su forma de ser, como si aquella chica confiada que se había presentado ante ellas aquella ocasión, y que se había hecho buena amiga de Lauren, fuese una persona distinta a la que tenía frente suyo en ese momento. «Hay algo aquí que no me convence», pensó tras darle un rápido recorrido a su persona.
          Las dos combatientes de élite de ambos bandos tomaron sus posiciones, distanciándose diez pasos largos cada una, misma cantidad que sus líderes habían contado durante el combate anterior. Esperaron la orden del dios Poseidón para que iniciase el combate, comenzando así a acumular su cosmos, tratando de dar el mejor combate de sus vidas en cuanto el emperador de los mares lo dictara. Cuando el rey de Atlantis ordenó, el público ovacionó con todas sus fuerzas a su representante Nessa, como era lo usual. Ambas se acercaron a la velocidad del sonido e intercambiaron sus primeros golpes.
 

          —¿Ahora qué hago? —Pensó la Santa Dorada en voz baja. Aunque no era el momento, pensó en su hermano y qué haría en una situación así.
 

          Ella recordó los duros entrenamientos en Aquos, los innumerables golpes que recibió por parte de Shiou mientras trataba de ser más y más fuerte. Acumuló su cosmos en su mano derecha —e incluso Nessa lo notó—, su uña carmesí brilló hasta el resplandor y llevó su brazo un poco atrás, como si estuviese tratando de impulsarlo con fuerza hacia la General Marino. Para prever cualquier técnica que su adversaria utilizase, Nessa dio un par de saltos hacia atrás para intentar reducir el daño que pudiese recibir. Mas Kyouka siguió avanzando, se colocó a apenas un par de centímetros de su rival y comenzó a lanzar golpes y patadas potenciadas con su propio cosmos dorado.
          Con el puño izquierdo, la Santa de Escorpio apuntó al pectoral de Dragón Marino y le asestó un golpe que hundió levemente la superficie de la Escama. Y gracias a un golpe dado con su rodilla, ella pudo afectar el faldón de la armadura de Nessa. La General no se había esperado un ataque a corta distancia, por lo que solo atinó a cogerse el muslo ahora adolorido y esperar a que se mantuviese tranquilo. Por un segundo Kyouka se perdió de su vista, y solo ese segundo bastó para que se posicionase detrás suyo, en un punto ciego, y usase la técnica que había guardado hasta ese entonces. La uña del índice de la Santa Dorada creció incluso más, llegando a parecer una pequeña cuchilla puntiaguda en su mano. Apuntó a la clavícula derecha de su contrincante y disparó contra la hombrera lo que todos pudieron observar como un rayo rojo.
          Continuó ella con sus ataques ciegos y sin piedad, volvió a cargar cosmos en su índice derecho y tras una seguidilla de golpes lanzó su segunda Aguja Escarlata, esta vez apuntada al otro hombro. Cuando quiso observar sus logros, pudo comprobar que en ninguna de las dos ocasiones se resquebrajó siquiera la Escama de Nessa. Se retiró un momento del alcance de su oponente, y observó las palmas de sus manos temblorosas y siendo inconsciente de qué era lo que había salido mal. Había fallado, sus planes iniciales habían fracasado y no era la única que estaba viendo sus vanos esfuerzos. Allí, a su costado, la observaban los atlantes, los dioses, sus compañeros e incluso dos personas que no deberían haber estado allí.
 

          —No, no… ¿por qué están aquí? ¿por qué? —murmuraba la Santa Dorada. Sus dos ojos bien abiertos no podían creer que ellos estaban ahí viéndola fracasar—. No… ustedes no aquí…
Llevó su mano derecha al entrecejo, cerró sus ojos y trató de concentrarse. «Tranquilízate, Kyouka, no hay nadie ahí. Solo estás soñando de nuevo», pensó varias veces seguidas. Su respiración con cada segundo que pasaba iba agitándose menos, volviendo a su ritmo normal.

 

          No sabía lo que planeaba su rival, dejándole apenas dos orificios con técnicas que podrían haber destruido ambas hombreras. Le había causado un par de dolores en el cuerpo, pero nada más. Ahora Nessa estaba ansiosa por lanzar su contraataque, avanzó hacia la Santa de Escorpio y le atacó con un fuerte golpe en el estómago, el cual causó mayor impacto gracias a su velocidad. La General, extrañada, se preguntaba por qué había dejado aquella abertura y por qué no había respondido. Kyouka solo cayó al suelo, producto de la fuerza bruta de la Dragón Marino.
          Apenas había vuelto a la tranquilidad de su pensamiento cuando se observó tirada en el piso, con demasiado polvo acumulado en los relieves de sus grebas y brazales, además de la marca de un puño que se había formado en donde había recibido el golpe. Intercambiaba el objetivo de su visión entre aquella abolladura y los lugares donde ella había atacado a la guerrera atlante. Era evidente que ella no había hecho nada en todo el combate.
 

          —¿Cuándo te vas a dejar de juegos? ¡Pelea en serio, Kyouka! —Ordenó la General Marina mientras se acercaba a su oponente. Su rostro casi afable había desaparecido y se mostraba ahora con el ceño bien remarcado, aunque no sabía si estaba enfadada o confundida—. ¡Levántate!
          —Solo te estaba dando una pequeña ventaja, descuida —se limpió un hilillo de sangre que comenzó a caer desde la comisura de su labio. Parecía que el golpe había causado mayor daño de lo esperado. Quizás era evidente que trataba de disimular—. Quería probar uno de tus golpes alguna vez, Nessa. Ya que será el último que me asestes —declaró ella, apuntando hacia su rival.
          —Eso era lo que esperaba. Muy bien, atácame con todo lo que tengas —exclamó la General atlante—, porque eso es lo que haré yo.
 

          Tiempo atrás, cuando llegó por elección propia al frente de batalla siendo apenas una adolescente, ella tuvo como el mejor de sus maestros al Leviatán Camille, el legendario defensor del norte, cuyo poder se podía equiparar al de los Generales Marinos que había en dicha época. Los Pléyades eran considerados los más ágiles de Etherias, y su velocidad era un obstáculo a la hora de defender tierras atlantes. Sus rápidos movimientos eran el peor enemigo al que se enfrentaban en la frontera, pues estos les concedían ventaja ante los expertos guerreros cuerpo a cuerpo que se entrenaban junto a la actual General de Dragón Marino. Aunque ella no supo cómo, logró sobrevivir en el norte gracias a la experiencia y las enseñanzas del viejo Camille, incluso heredando de él el título de asesina de Pléyades. 
          Caminaba Nessa tranquilamente hacia Kyouka, quien aún se venía recuperando del golpe anterior. Cuando la Santa Dorada observo sus intenciones, corrió al encuentro de Nessa, preparando en su dedo índice una nueva Aguja Escarlata. Sus pisadas veloces, aunque algo torpes, se acercaban hacia la General con más y más velocidad, impulsándose conforme recuperaba el aliento. La parsimonia con la que actuaba Nessa era incluso de extrañar, que hizo percatar a la Escorpio de que se trataba de una trampa, pero ya era tarde. Sus movimientos comenzaron a ralentizarse tanto que incluso parecía que la había inmovilizado, pero seguía allí, moviéndose a paso más lento que el de un caracol.
 

          —¿Sabes? No me gusta mucho usar esto con no-Pléyades, pero esta situación es la excepción —declaró la General Marina, caminando al mismo ritmo lento que antes—. Este asesino de Pléyades causará tu derrota, Kyouka.
          —…
          —Créeme, no quiero lastimarte, pero le seré fiel a mi dios Poseidón hasta el día en que de mi último aliento —continuó hablando sola la General. Kyouka no podía mover ni los labios gracias al poder de su oponente.
          —…
          —Discúlpame por esta técnica cobarde ante tus ojos, Santa de Athena, pero si tú no me demuestras que ustedes, los Santos, valen la pena, no cederé ante aquella petición de alianza —comentó. Se plantó frente a Kyouka y se preparó para darle un golpe en el vientre—. La diosa Athena es una pequeña muy valiente. Kyouka, si ella está aquí, es por ustedes. ¿Pero, ustedes están aquí para ella?
          —…
          —Los cinco que te antecedieron en esta arena han demostrado valor, y fortaleza. Nos sorprendieron a cada uno de nosotros, para bien o para mal. Y es por tu diosa Athena que lograron lo que lograron —su puño impactó con fuerza en el estómago de Kyouka, hundiendo aún más el peto de Escorpio. El cuerpo de la Santa Dorada permaneció inmóvil, atrapado en el espacio creado por Nessa—. Pero piénsalo por un momento, tus actos no han dicho nada—Dio un segundo golpe, ahora con la siniestra, en el mismo lugar.
          —…
          —Athena confía en ti, Kyouka —continuó con los golpes propinándole uno en el costado izquierdo, a la altura de los pulmones—. Por eso, no lo entiendo. No entiendo por qué das este espectáculo tan deplorable. ¿Por qué no miras lo que tienes en frente tuyo? —Nessa acercó su diestra y tomó la barbilla de Kyouka. Ella comprobó sus propias palabras—. Lo sabía, no lo haces. ¿Por qué? ¡Concéntrate, no te daré otra oportunidad!
 

          Nessa se hallaba confundida, no podía entender a su adversaria y, por más que lo intentaba, no podía. Apoyándose en la punta de su pie derecho, su frustración se acumuló en sus dos piernas, y su cosmos potenció cada una de las doce patadas que la General Marino le propinó en el estómago a su oponente. La guerrera atlante no había usado todo su poder, pero lo iba incrementando conforme la armadura de Kyouka hasta llegar a causarle una profunda grieta en el vientre de Escorpio. Los segundos volvieron a correr con normalidad en cuanto la proveniente de Atmetis comenzó a volar por los aires. La Aguja Escarlata aún alojada en su índice se disparó, propulsándose su cosmos hacia los cielos y estrellándose con una invisible barrera de cosmos que Poseidón mantenía en pie con tal de defender su ciudad. Producto del intenso retroceso que conllevaba ejecutar su técnica, Kyouka cayó más rápido estrellándose con mucha más fuerza contra el suelo. El daño causado le hizo reincorporarse un poco únicamente para toser una buena cantidad de sangre, la que manchó su agrietado peto dorado. En los ojos de la Santa Dorada solo podía observarse su dolor, y Nessa se mantuvo quieta frente a ella. No necesitaba moverse más, su adversaria había sido derrotada sin usar siquiera una de sus más poderosas técnicas.
          «Levántate», pensó Nessa. Ella no tenía la intención de acabar con sus oponentes, mucho menos de humillarlos. Mas la General conocía bien su misión y lo que debía hacer. Ella, a pesar de ser una de sus “amigas” —según lo que comentaba Lauren—, era ahora un obstáculo para el bienestar de Atlantis, y debía demostrárselo tanto a Escorpio como a Athena. «Levántate», se repitió entre pensamientos. A pesar de la algarabía que había generado el público a su alrededor por su contundente victoria, Nessa se mantuvo firme y desistió de moverse más. Ella pareció una estatua a ojos de todos, quienes finalmente se silenciaron al notar el ambiente tenso.
          Para aquel punto, ya estaban faltando las palabras de Poseidón, concediéndole la victoria a la clara vencedora. El emperador de los mares observaba a ambas combatientes fijamente, y, pese a la insistencia de Gareth de pronunciar su veredicto, el dios de los mares permaneció silente. Athena, del otro lado del coliseo, se hallaba igual. El apresurado Santo de Osa Mayor comentó en innecesaria voz alta que deberían lanzar una toalla blanca a la arena, pero los Santos Dorados presentes a costado de la reina permanecieron mudos. Miare, aún con los brazos cruzados ardía en ira, aunque trataba de mantenerse calmado ante los ojos de las tres diosas y sus acompañantes.
          Todos los entrenamientos que Miare y Shiou le habían dado a Kyouka se hallaban reducidos a nada. «¿Es acaso que aquella Nessa es más fuerte que nosotros dos? ¿Más peligrosa incluso que el Wallace que enfrentó nuestra Patriarca?», pensó por un momento. Él había tenido cierto inusual respeto por su adversaria Lauren, pero Nessa no demostró lo mismo. Le molestaba ver a su compañera ahí tendida en el suelo, malherida, sangrante y con la armadura parcialmente destrozada. La General Marino se había sobrepasado, pero este no era el momento en que debía de actuar, se guardó sus rencores bien adentro y mantuvo la serenidad. Se quedó observando a la guerrera atlante con una mirada muerta, intentando disimular el odio. Su propio enfado no le hizo ver que Nike estaba allí, a su lado, siendo la única que, para mala suerte, pudo comprender los dolores que afrontaba el corazón de Miare.
          Unos cuantos minutos pasaron entre una serie de murmullos generados en las tribunas. La General Marino fruncía cada vez más el ceño conforme iba pasando el tiempo, su interior iba sentenciando a Kyouka como alguien débil, alguien que nunca debía de haber pisado un campo de batalla.
 

          —Gracias por no contenerte en tus golpes, Nessa —agradeció una voz que ella conocía bien. Su mirada por un segundo la había perdido de vista—. No solo eso, gracias por tus palabras.
          —Ya tardabas en reaccionar —la General Marina se colocó en pose de pelea, sin desfruncir el entrecejo.
          —Lo sé, lo sé bien, pero había cosas que debía hacer. Ahora te mostraré el poder legado por los escorpiones —sentenció Kyouka, señalándola con el dedo—. Con las técnicas que heredé del más valiente Santo Dorado que conocí, juro por Athena que te derrotaré.


Editado por SagenTheIlusionist, 01 febrero 2021 - 01:43 .

...si lo que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 22

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#67 El Gato Fenix

El Gato Fenix

    Luto radiante

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Publicado 11 febrero 2021 - 12:49

que bueno que hayas podido superar el bloqueo, Sagen. Este capítulo estuvo bien pero no entendí porqué la santa de escorpio se contuvo. Lo bueno es que ya estás haciendo duelos más largos, este ya se prevee que durará más de un capítulo y eso va alimentando el poder escénico de lo que ocurra. Espero puedas volver a retomar tus tiempos y la publicación se regularice. Saludos, nos vemos por ahí.


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             Caerguirse!


#68 RedPoint

RedPoint

    Scaramanzia

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Publicado 12 febrero 2021 - 06:34

Que paliza le dieron al santo de Escorpio pero parece que no se dio por vencido, esperemos el proximo cap

 

Muy bueno


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Luzbelito


#69 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

    Ocioso las 23:59 horas.

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Publicado 14 febrero 2021 - 22:37

¡Hoy es un día especial!
¿Que por qué? ¡Porque Los Reinos de Etherias cumple un añito de publicación!
Entre complicaciones y no complicaciones así transcurrió el tiempo y aquí estamos. Presenciando el aniversario de la publicación del primer capítulo. Muchas gracias a todos los lectores que han acompañado durante esta travesía.

Y para celebrar 
 

que bueno que hayas podido superar el bloqueo, Sagen. Este capítulo estuvo bien pero no entendí porqué la santa de escorpio se contuvo. Lo bueno es que ya estás haciendo duelos más largos, este ya se prevee que durará más de un capítulo y eso va alimentando el poder escénico de lo que ocurra. Espero puedas volver a retomar tus tiempos y la publicación se regularice. Saludos, nos vemos por ahí.

 

Sí, esperemos eso. Tal parece que en dos meses ya estaré lo suficientemente libre para avanzar con Etherias. Con respecto a lo de Escorpio, pues espero que tus dudas se satisfagan con este capítulo de a continuación. La pelea continúa, pero no es lo único que sucede en la arena.

Saludos Gato.

 

Que paliza le dieron al santo de Escorpio pero parece que no se dio por vencido, esperemos el proximo cap
 
Muy bueno

 Tremenda paliza, pero seguro ya recuperará alguna parte de sus fuerzas. Ah, y es Santa.

Saludos Red.

 

Capítulo 23. El Escorpión Celestial

 

 

12:32 horas (Po), 02 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          Un aire nuevo se respiraba en la arena ahora que Kyouka volvía a colocarse de pie. No era de extrañar que sus subordinados fuesen los primeros y los únicos en celebrar, después de todo, ellos veían a los Santos Dorados como lo más poderoso e invencible de entre las filas de la diosa Athena. Sus pares Miare y Aruf la animaban con su silencio, pues ellos preferían no cantar la victoria. Ellos mismos conocían de primera mano la fuerza de los Generales Marinos, y no era nada para subestimar. Si bien sus Mantos Dorados les protegían de muchos golpes que podrían ser letales, ellos conocían sus limitaciones y Kyouka estaba por llegar a ese punto. Si bien, su mirada ahora les inspiraba mayor confianza, no podían dejar de considerar que cada herida que había recibido a lo largo del combate querría saldar cuentas con ella en el momento menos oportuno.
          Dentro de la arena había una clara ventaja para Nessa, quien apenas había recibido daño en su Escama. Kyouka parecía estar a punto de ser derrotada, pero ella no lo consideraba así. Todo lo contrario, todos sus fallidos entrenamientos le habían acostumbrado a combatir incluso con mayores perjuicios. Las rosas de Miare o los cientos de golpes de su hermano, todos esos golpes del pasado solidificaban su fortaleza física y mental de ahora. Ella ya no sentía demasiado dolor de golpes potenciados por cosmos, el ser la Santa Dorada de Escorpio significaba eso: el infligir dolor y miedo en la gente sin sentirlo.
          «Escorpio. Aguanta tan solo un poco más. Disculpa mi incompetencia, te prometo que no será en vano», pensó la Santa de Athena llevándose la mano al peto dorado. Apenas bajó su mano, emprendió su marcha igualando su velocidad a la del viento, desapareciendo por segundos de la vista de su oponente. Le tomó unas milésimas a partir de ello acostumbrarse a la nueva velocidad de la Santa Dorada, motivo por el cual pudo seguir cada uno de sus pasos. Era el mismo intento de antes, únicamente que a mayor velocidad. Si ese era el truco, la General Marino sabía cómo contrarrestarlo, pero la sincera seguridad en el rostro de Kyouka le desconcertó.
          La mano derecha de la Santa Dorada se iluminó y la mayor parte de su cosmos se acumuló en su índice. Una nueva Aguja Escarlata nacía y estaba lista para ser disparada. Ahora un brillo radiante se desprendía, destellando aquel rojo de forma tan intensa como nunca antes lo había hecho. Tres metros apenas separaba a las combatientes de ambos reinos, cuando Nessa activó por fin su habilidad asesina. El espacio cerrado que su poder creaba detenía todo a su alrededor, incluso enemigos. Repitiendo sus acciones de la vez pasada, a la Santa de Escorpio no le quedó otra alternativa que mantenerse de pie allí inmóvil mientras Nessa se acercaba para darle una nueva paliza.
 

          —Esto es simplemente decepcionante. Ni en tu mejor intento puedes siquiera acercarte a mí —dictaminó la General de Dragón Marino.
          —Eso… ya lo veremos… —murmuró Kyouka, moviendo los labios de tal forma que Nessa se espantó al verla siquiera poder hablar.
 

          Su miedo no era producto del azar, en su mente toda una serie de posibilidades se creó, concluyendo en que Kyouka había podido superar su habilidad. Los indicios eran claros y no había forma de negar que aquella Santa Dorada, quien ya había recibido decenas de golpes hasta ese momento, consiguió lo que Nessa jamás esperó de alguien a quien solo podía infravalorar por lo que le había demostrado. En su interior pudo gestarse una pequeña alegría, mostrándose contenta de que al fin obtendría aquella batalla que había ansiado toda la mañana. Mas sus ínfulas le hicieron reaccionar tarde ante el ataque de quien se hallaba frente suyo.
          Con una velocidad que en aquel espacio cerrado podía tratarse de inalcanzable Kyouka llevó su diestra a la altura de la clavícula izquierda de Nessa, donde la hombrera se sobreponía al peto anaranjado. Apuntando con precisión quirúrgica la unión de ambas piezas de armadura, ella disparó su cosmos sin vacilar atravesando con suma facilidad todo lo que encontró a su paso. El proyectil de cosmos dejó una estela escarlata a su paso, llegando a surcar los cielos mucho antes de que la Escama de Dragón Marino dejase de tener la impecable presencia que había mantenido hasta ahora ante los fallidos intentos de ataque de Kyouka. Completamente destruida se hallaba, mas Nessa no hizo nada al respecto. Ella se mantenía firme en espera del siguiente golpe de su oponente.
          Nuevamente superando sus límites, Kyouka pasó por el costado de la heroína de Atlantis, pero esta vez su adversaria no se quedaría atrás. Nessa observaba cada parte del cuerpo de la Escorpio, esperando encontrar puntos débiles, donde las heridas aumentasen de dolor apenas les diese un golpe, sin descuidar nunca sus asombrosos reflejos inhumanos. La guerrera debía evitar a toda costa que el índice de la Santa Dorada se acercase siquiera a ella, pues, de hacerlo, quizás el golpe sería inesquivable. Los Aguijones Escarlata ya le habían revelado su verdadero potencial, y había dejado de considerarlos como un mero contratiempo entre ella y su victoria.
          Los ágiles movimientos de ambas creaban una ráfaga sin fin de golpes lanzados y bloqueados. Kyouka no se quedaba atrás, y cada vez iba acometiendo con un Aguijón Escarlata en su mano, por si la oportunidad acontecía. Iba estudiando cada paso que daba su oponente, y cada descuido que pudiese cometer. Cada toque con uno de sus dedos que efectuaba en la Escama de Dragón Marino era crucial para ella, indicándole los sitios menos protegidos en las poses de combate que adoptaba Nessa. Quizás los Aguijones no los habían destruido al momento de descubrirlos, pero tarde o temprano lo harían y de eso estaba segura la Santa de Escorpio.
          El mundo creado a su alrededor, donde el tiempo se hallaba casi congelado a comparación de sus exteriores, se iba desvaneciendo poco a poco conforme golpes se daban y recibían entre las dos guerreras. La Santa de Athena pudo percibir este cambio, pero no le dio demasiada importancia, pues aquello había dejado de ser una amenaza bastante tiempo atrás. Los pensamientos de Kyouka iban casi tan rápidos como sus movimientos, pudiendo reducir la velocidad de estos para evitar un sobreesfuerzo mayor tras haberse desvanecido la Prisión de Pléyades de Nessa.
 

          —Era un gasto innecesario de cosmos —comentó de pronto la General de Poseidón—. Tú lograste sobrepasarlo y, desde aquel momento, su existencia se convirtió en inútil.
          —Qué considerado de tu parte, mi amiga Nessa —el sarcasmo en sus palabras era indisimulable.
          —No lo tomes así, aún no te he mostrado mis técnicas —declaró la guerrera atlante.
 

          Las dos guerreras continuaron con su intercambio de golpes ante los ojos de todos los atlantes que se habían congregado por invitación de su rey Poseidón. Los gentíos reunidos no podían observar todo el cosmos que las dos peleadores gastaban al siquiera dar un puñetazo a tales velocidades. Solo los ojos de Santos, Marinos y dioses podían seguir la sucesión de golpes que se daban. Y de entre ellos, solo los Generales pudieron anticipar el movimiento de su compañera. Poco a poco sin que la Santa Dorada lo notase, ella había alejado su pierna derecha de su centro de equilibrio revelando su verdadero plan a ojos de con quienes entrenaba. Ligeramente se dejó caer hasta evadir todos y cada uno de los golpes, y acumulando su fuerza en su diestra, barrió a Kyouka provocando que cayera al piso sin ella saberlo hasta el último segundo.
          El dragón marino era un ser implacable de los mares al norte de Delfos, cuya ferocidad no se aplacaba por nada ni por nadie. Era la naturaleza violenta de este la que se reflejaba en la técnica de Nessa. Una fuerte mandíbula que podía destruir todo lo que estaba en su camino. Teniendo a Kyouka sentada en el suelo, haciendo un intento por levantarse, la General consideró que era momento de usar uno de sus ases bajo la manga. Dio un salto hacia atrás antes de volver a impulsarse hacia los aires y lanzarse en picada hacia su adversaria. Su puño iba en dirección a la guerrera de Athena, como si quisiese ganar únicamente por la enorme fuerza del impacto, pero no. Al descender en altura, y llegar a alcanzar su mano el suelo, usó esta para apoyarse y llevó sus extremidades inferiores a los costados de Kyouka. Sus dos piernas apresaron el torso de la Santa Dorada, y no se desprendieron de ella.
 

          —Lo lamento Kyouka, pero este es tu momento de morir —sentenció la General ejerciendo mayor presión con sus piernas—. ¡Destructor de los Mares!
 

          Aunque su técnica había acertado de lleno, el Manto de Escorpio no cedía ni un poco. Sus pensamientos al ordenarse le revelaron que la resistencia de su armadura nada tenía que ver, eran sus piernas las que habían dejado de ejercer la fuerza suficiente para partir a su oponente a la mitad.
 

          —Lo podrás creer o no, pero tu técnica no me es desconocida —comentó Kyouka mientras se separaba de su oponente con suma tranquilidad—. Mi hermano usa una similar, y por ello supe de tus intenciones apenas llevaste tus piernas hacia mí.
          —Aun así, no habías reaccionado hasta ahora. ¿Qué fue lo que hiciste para inmovilizarme?
          —No debería extrañarte. Estuve preparando todo para este momento. Desde los primeros golpes hasta los últimos que hemos intercambiado. Todos fueron para este momento.
          —¿Qué te traes entre manos? —Preguntó Nessa con cierto enojo consigo misma por no conseguir moverse ni un poco.
 

          Kyouka se colocó de pie y retrocedió un par de metros de su adversaria con suma tranquilidad. Nunca apartó la vista de ella mientras lo hacía, pero igual no hubiera tenido problemas con ello, ya que Nessa no se podría mover hasta ser la Santa de Escorpio derrotada. Era su manejo del cosmos el que le permitía manipular su cosmos y cedérselo a la guerrera atlante como un veneno invisible hacia sus ojos y sentidos. Cada roce que ambas habían tenido había allanado el camino hasta que la hermana de Shiou había decidido que su cosmos había sido contaminado hasta tal punto que podría inmovilizarla con solo quererlo.
 

          —No intentes forzar tu cuerpo, Nessa. Si lo haces, tus músculos quizás no se recuperen nunca, así que mantente quieta.
          —Maldita sea —murmuró para sí la guerrera de Poseidón.
 

          La Santa de Escorpio se mantuvo frente a su adversaria aún inmovilizada. Ante las miradas del público, ella movió sus dos brazos de manera que solo ella entendió su razón de ser. Su cosmos ardía de manera más intensa que en todo el combate que había transcurrido, y con cada movimiento de sus manos, los trazos que ella hacía en el aire se volvían más evidentes ante aquellos que conocían de las formas que producían los astros en el firmamento. Sus manos danzaban frente a ella remarcando cada una de las quince estrellas que componían la constelación que velaba por su bien.
          La posición de los astros se develaba frente a sí, siendo visibles ante todos los presentes por la estela dorada que el cosmos de Kyouka dejaba tras de su recorrido. El suelo a su alrededor comenzaba a resentir la presencia de la Santa Dorada, pues se iba agrietando más y más conforme ella iba señalando las estrellas. Corrientes de aire se formaron a estar encendiendo tan violentamente su cosmos y, levantando la arena a sus pies, el campo se repletó de tornados de arena que apenas podía repeler su Manto Dorado. Ya decidida, y habiendo repasado tres veces los puntos vitales de su constelación guardiana, con el índice Kyouka señaló hacia los cielos.
 

          —El rey de los desiertos ha dado sentencia, y, ejecutando su elegante cacería, los astros han correspondido a su llamado. El último de los aguijones clama su legado y trascenderá atravesando todo a su paso… ¡Devela tu luz desde el firmamento, Aguijón del Escorpión Celestial!
 

          Un pilar de luz descendió desde los cielos, como si un relámpago fuese atraído hacia la mano de la Santa Dorada. Bajó su mano, la observó por un momento y emprendió su última y más poderosa acometida. Cada paso que daba marcaba seguridad en su decisión, sabía a la perfección lo que ello conllevaba. Aquella había sido la última técnica ejecutada en vida por su antecesor en un afán por protegerla a ella y a su hermano mayor, el legado más poderoso que un Santo de Escorpio hubiese registrado desde la era del mito. Sus sentimientos y Escorpio potenciaban su técnica a niveles inesperados, volviéndola un peligro que incluso Poseidón observó atento.
          Sus botas doradas con tacones iban marcando un sendero de arena que la tormenta a sus espaldas se encargaba de borrar. Llevó su brazo hacia atrás, llevándolo con fuerza hacia su objetivo como una Aguja Escarlata cualquiera. Sin embargo, el cosmos acumulado en su diestra era tan poderoso e inconsistente que las protecciones de la mano comenzaban a resquebrajarse. Su índice se acercó más a su oponente, y en cuanto la yema de su dedo rozó el centro del pectoral del Dragón Marino, una violenta tormenta de arena arreció y levantó una intensa polvareda, cegando a todos los espectadores y a ambas contendientes.
          La reacción de muchos fue rápida, cubriendo sus ojos de las molestas partículas que trataban de introducirse en ellos. Durante al menos un par de minutos, los brazos se hallaron alzados a la altura de sus vistas, pues no dejaban de danzar incesantes los granos de arena. Y durante esos dos minutos, a pesar del murmullo que generaba la tormenta, ningún otro impacto mayor resonó. El tiempo transcurrió y al notar un infinito silencio, acompañado de la ausencia de fastidiosa arena golpeteando sus brazos, el público pudo observar el resultado de la batalla. La heroína de Atlantis se hallaba atrapada entre los escombros de la pared anteriormente detrás suya. Pequeños fragmentos de piedra se desprendían poco a poco y caían por sobre el cuerpo exhausto de la General mientras intentaba levantarse. El vítor se oyó por todo el reino cuando se mantuvo de pie a diferencia de su oponente.

          —La ganadora del encuentro es Nessa de Dragón Marino —declaró el emperador de los mares.
 

          Con dificultad, Nessa se acercó a su adversaria. Sus piernas apenas se movían por el agotamiento producto del largo combate, más su motivación ahora era su miedo. Conforme se acercaba a Kyouka, su corazón palpitaba ahora más. Ella ya no era más su contrincante, ahora solo era su amiga, y por ello se apresuró a volver a su lado. Oír las palmas a su alrededor le molestaba, le impedían pensar las cosas tranquilamente, y eso ahora era imprescindible, pues el cosmos de la Santa Dorada casi había desaparecido de la faz del planeta. Ella temía lo peor, temía que Kyouka hubiese muerto en dicha liza.
          Solo inconsciente se hallaba, pues al revisar más de cerca la guerrera atlante pudo notar su respiración lenta y constante. Era extraño. Su cosmos tan pobre, era incluso de menor intensidad que el de los cuerpos cuyas almas ya habían abandonado el mundo, trataba de elevarse hasta sus niveles normales, pero a un ritmo tan lento que parecería un efecto secundario interminable. Nessa tragó saliva y pensó por un momento cómo interpretar todo. Observó el lado de las filas de Athena, las de su dios también, en búsqueda de un algo que solo ella sabría notar. Los ojos de su señor parecían notar algo que los de la diosa olímpica no entendió. Solo en ese momento comprendió que él sería el único que podría dar respuestas a sus dudas.
          No lo vio llegar, pero Miare se hallaba allí a su lado acusándola con la mirada. Sus pensamientos internos habían hecho tanto eco en ella que no sintió su presencia caminando hacia ambas. Vistiendo aquel Manto Dorado casi intacto incomodaba a la General Marina, pues él también conocía ahora la situación de su compañera atmetiense.
 

          —Por lo menos está bien… Ahora, dime qué fue lo que hiciste Nessa —su tono de voz mantenía una extraña serenidad pese a la situación, cosa que le extrañaba proviniendo de él.
          —Si fuera obra mía me hubiese jactado de ello. Sin embargo, aquí me hallo tan desconcertada como tú. Si siquiera supiese qué ocurrió minutos atrás, podría tener una mejor idea de la situación, pero… —hizo una pausa y pensó que debía mencionarlo. Si así podía evitar un futuro similar y más catastrófico, era necesario decírselo a aquel Santo Dorado—. No estoy completamente segura, pero presiento que solo hay alguien en este Coliseo que podría dar respuesta a ello.
          —¿Tu dios Poseidón, dices? Es la única alternativa que me viene a mente.
          —Averiguaré lo que pueda, aunque no te aseguro decírtelo. Después de todo, seguimos siendo enemigos, Miare.
          —Si tan solo por tu respuesta me viera incitado a iniciar una guerra, lo haría. Sin embargo, otra es la situación actual y prefiero no complicarla más, por el bien de Athena, de Nike y de Kyouka —el Santo de Piscis se dio media vuelta y caminó en dirección a la única salida junto a su compañera dormida, evitando volver a dirigirle la mirada a la General.


 

* * *

 

13:44 horas (Po), 02 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          Acabado el combate y, llegada la hora de la comida, los Santos se fueron retirando uno por uno en búsqueda de un almuerzo, tanto para ellos como para ofrecérselo a su diosa. Kyouka había recuperado la consciencia y, aunque se mantenía saludable ahora, sus niveles de cosmos eran realmente bajos aún. Miare la acompañó hasta las escaleras que conectaban la plataforma donde su diosa presenciaba los combates con la arena donde estos se desarrollaban.
 

          —Disculpa Miare por las molestias. Dirás que soy una tonta por haber perdido. Lo sé —dijo ella apoyando su espalda contra la pared, agachándose hasta quedar en cuclillas.
          —Eres una perdedora, sí. Ante los ojos de los atlantes lo eres, y ante los ojos de algunos Generales también —comentó con sorna, haciendo alegoría a cierta molestia del ejército contrario—. Sí, una perdedora en toda regla, como siempre lo has sido.
          —Tienes razón. Podía haber ganado en aquel momento. Pero no lo hice, no sé por qué. Quizás no soy lo suficientemente capaz de usar el Manto de Escorpio.
          —Eres patética, incapaz, inútil… —elevó su voz, pero sin hacer ningún gesto como acompañamiento. Miare solo se mantuvo allí mirando fijamente la pared frente a sus ojos—. ¿Es eso lo que me quieres oír decir? Si es así, dímelo y lo haré. Si en verdad quieres oír un veredicto de tu desempeño hoy, ve con Athena. Ella es la única que te puede juzgar de entre nosotros. Yo solo soy un estorbo aquí.
 

          El Santo de Piscis abandonó el oscuro túnel adentrándose en las escaleras. Su compañera se mantuvo pensativa a un costado de estas, y se sentó en el suelo por varios minutos. Respiraba profundamente para mantener sus ánimos, pero cada vez que recordaba todos los fallos que ella había tenido a lo largo de su combate, se deprimía y volvía a considerar que aquel no era su lugar. Que quizás solo había mantenido su felicidad por habitar en la región más pacífica de Atmetis, y que solo por ello su cosmos era considerado poderoso.
 

          —Mi pequeña... ¿En verdad solo por esto te deprimirás? —Dijo una voz delicada de mujer frente a ella. Sus ojos no podían verla, pero sabía que estaba allí—. ¿Acaso tu padre y yo te enseñamos a rendirte así de fácil?
          —No, madre… Pero… —Su voz temblorosa apenas podía articular palabras.
          —Kyouka, escúchame. Nosotros siempre estaremos aquí para ti, creí habértelo dicho. No desconfíes de tu poder, eres una digna Santa de Escorpio —comentó otra voz, más grave, perteneciente a otra presencia que solo ella podía oír—. No temas de tu poder, pero úsalo sabiamente sino deberé de actuar.
          —Padre, ¿acaso tú…?
          —Aunque lo hubiese hecho, una voluntad más fuerte se adelantó a mis planes, mi querida Kyouka —el hombre no le permitió terminar su pregunta a su hija. Se notaba el alivio en dicha declaración—. Kyouka, ¿sabes por qué quise detenerte? Porque podía presentir en tu corazón que esa no era tu resolución. No querías matar a tu rival, y eso nos enorgullece, pero, aquella técnica no admite ese tipo de vacilaciones —hizo una pequeña pausa—. Por favor, Kyouka, no quiero tenerte a nuestro lado tan joven.
          —Lo comprendo, pero…
          —Ya no te entretendremos por más tiempo, Kyouka —dijo su madre de pronto—. Tienes que volver al lado de Athena.
 

          En cuanto la Santa de Escorpio se colocó de pie, ella sintió que aquellas dos voces habían dejado de estar allí. Hubiera ella deseado poder verlos nuevamente con sus propios ojos, pero sabía que eso no era posible para alguien del mundo de los vivos. Con oír sus afectuosas voces le bastaba para recuperarse. Sonrío para sí misma antes de adentrarse en las escaleras y dio un suspiro, abandonando con ello sus problemas y centrándose en que ahora ello no debía importarle más. Ariadne debía volver a ser su única prioridad de allí en adelante.


...si lo que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 22

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#70 El Gato Fenix

El Gato Fenix

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Publicado 15 febrero 2021 - 13:57

bueno, parece que la santa de escorpio se contuvo para no matar a Nessa y, si tengo bien en claro, por ahora los caballeros de Athena son superiores todos a los atlantes. Ya pasò un año de publicaciòn, felicitaciones, Sagen. Lo de que Kyouka hablara con sus padres muertos me dejò con la sensaciòn de que en esta historia podrìa haber màs conexiones con el màs allà, infierno o lo que sea el lugar de ultratumba en Etherias. Esperemos que tus estudios te dejen tiempo para seguir con este fic. Ya va siendo el momento adecuado de ver a los otros reinos, guerreros y dioses. Nos vemos por ahì, saludos!


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             Caerguirse!


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Publicado 21 febrero 2021 - 22:19

Como siempre, agradezco las molestias que se toman por leer el capítulo publicado la semana pasada.

Quizás sea extraño, pero hoy tendremos un nuevo capítulo. Y el 25 será publicado, como era esperado, el siguiente domingo.

Nuevamente gracias por seguir los Reinos de Etherias :lol:

 

bueno, parece que la santa de escorpio se contuvo para no matar a Nessa y, si tengo bien en claro, por ahora los caballeros de Athena son superiores todos a los atlantes. Ya pasò un año de publicaciòn, felicitaciones, Sagen. Lo de que Kyouka hablara con sus padres muertos me dejò con la sensaciòn de que en esta historia podrìa haber màs conexiones con el màs allà, infierno o lo que sea el lugar de ultratumba en Etherias. Esperemos que tus estudios te dejen tiempo para seguir con este fic. Ya va siendo el momento adecuado de ver a los otros reinos, guerreros y dioses. Nos vemos por ahì, saludos!

 

Uno de los mayores problemas de Nessa es su labor como guardiana del norte. Enfrentarse a hordas de Pléyades y el desarrollo de su habilidad la "Prisión de Pléyades" le ha hecho confiarse levemente de las habilidades de su oponente, quien a pesar de respetar su fuerza, consideraba que con solo su Prisión sería suficiente para derrotarla como a cualquier otro enemigo antes.

Voy a dar un pequeño adelanto: Pronto daremos un breve viaje algunos cuantos kilómetros más al norte, y escucharemos nuevamente a un personaje cuyos diálogos no han sido leídos en varios capítulos.

Saludos Gato!

 

 

Capítulo 24. Cantos de sirena

 

 

 

14:55 horas (Po), 02 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          El actual marcador se tornaba cruel con los atmetienses, teniendo que ser decidido el futuro de ambos reinos en un desafortunado quinto combate. Los Santos de élite se hallaban ya cansados y heridos, eso sumado a la imposibilidad de poder volver a combatir ellos hacían peligrar la visión unificadora de Ariadne. Sentada sobre su trono ella deliberó y dio a conocer su decisión de enviar al combate a dos guerreros, tal y como había ocurrido en el primero de los seis encuentros presenciados por ambas deidades. Dos de sus Santos debían combatir y ella confiaba plenamente en sus habilidades, mas su victoria incierta era pues del otro lado se hallaba uno de sus peores obstáculos, Cedric de Sirena.
          Era un dicho popular que las sirenas eran de lo peor que uno podría encontrarse navegando en mares desconocidos. Bestias temibles mitad humano mitad ave, a quienes solo les importaba su canto, una tonada maldita que provocaba estragos en los cuerpos de los marineros, volviéndolos débiles e incapaces de defenderse de los peligros alígeros. Mensajeras del dios de la muerte las llamaban unos, otros solo las creían bestias que por cuyos instintos devoraban las carnes de quienes consideraban sus presas. Si los rumores eran ciertos, ser rival de Cedric comprendía ello e inimaginables inventos más que hubiese ideado el más creativo de los Generales Marinos.
 

          —Sylene, ¿te puedo confiar este combate? —Preguntó la diosa a la guerrera que se arrodillaba frente a ella.
          —Confíe en mí, diosa Athena. Le traeré la victoria y la dedicaré en honor y alabanza suya —declaró la también alumna de los hermanos Shiou y Kyouka—, y de mis maestros, por supuesto.
          —Que la diosa de la victoria te de su bendición y ganes este combate por el bien de Atmetis —añadió la reina de aquel reino, guiando la pequeña mano de Nike sobre el hombro de la Santa de Plata—. Confío en que tú, Kadoc, serás gran acompañante para esta dura misión que les encomiendo a ambos —guio nuevamente la mano de su hermana, esta vez al hombro del fornido guerrero que se hallaba al costado de Sylene.
          —Diosa Athena, a usted le confié mi vida, y por ello pelearé por usted y por nuestra victoria. Ambos venceremos a la Sirena, se lo prometo —decía él un poco convencido, aunque ciertamente pensaba que su derrota era más que posible.
          —Que el peso de la derrota no abrume sus pensamientos, Sylene, Kadoc. Incluso si ello ocurriera, nos las arreglaremos —comentó la diosa Athena, notando que el corazón de ambos se hallaba inquieto—. Ustedes den lo mejor de sí, eso es lo que importará para nosotros. Enséñenle al mundo que sus maestros los han entrenado bien.
          —Entendido, diosa Athena —hablaron ambos guerreros al unísono.
 

          Chocaron sus puños como si fuesen camaradas de mil batallas y se retiraron de la presencia de Athena, sus diosas acompañantes y los de más Santos allí reunidos. Ambos habían tenido ciertos roces a lo largo de su historia, un par de cortejos por parte de Kadoc, el doble de rechazos por parte de Sylene, todo ello adornaba la bella historia entre ambos guerreros que apenas se soportaban por uno u otro defecto. Mas ambos sabían bien que aquello era secundario cuando de Athena y su bienestar se trataba. Se colocaron ambos sus armaduras y avanzaron hasta pisar la arena de combates donde los esperaba su contrincante.
          El General Marino era muy diferente al resto, algo peculiar quizás. Su contextura delgada y considerable altura le hacían resaltar. No era el más fuerte físicamente, y de hecho incluso lucía como el más débil de los ocho, pero no lo necesitaba pues los cuentos en torno a las sirenas declaraban que su canto era el más peligroso de entre todo su posible arsenal de habilidades. El dúo de Santos se plantó frente al escuálido atlante y demostrando su decisión, en ningún momento se mostraron vacilantes durante el primer encuentro de miradas.
          Era callado, y sus ojos jugaban a intercambiar el objetivo de sus retinas, de Sylene a Kadoc y viceversa. Su boca de alrededores lampiños hacía demasiado evidente los gestos de incomodidad, pues tendía a realizar muecas pocamente disimuladas a diestra y siniestra. A veces daba tímidas sonrisillas que se escabullían entre la multitud de gestos que los Santos podían considerar ciertamente desafiantes, pese a que sus ojos destellaban cierto temor en ellos. Su mano izquierda sostenía firme un alargado objeto, cuya longitud era no menor a un par de palmos, y de iguales tonalidades que su Escama protectora. Su mano derecha por otra parte movía sus dedos de forma incomprensible, tamborileando sobre el faldón de su propia armadura, no podía mantenerlos quietos ni un solo instante.
          Los cabellos negros de los tres allí presentes en la arena ondeaban conforme las corrientes de viento azotaban a su alrededor. Los inseguros ojos del atlante volvieron a observar nuevamente a los dos guerreros de Athena y temió. Su corazón se hallaba inquieto, y le generaba cierto ataque a su conciencia el verlos a ambos sobre esa misma arena oponiéndosele a él precisamente. Con tan solo un vistazo de reojo, y cierta precisión de relojero, alzó lentamente lo que llevaba en su diestra. La boca de su dios, a quien tiempo atrás le confió su lealtad, comenzó a pronunciar sus habituales palabras, las cuales no escuchó pues ya estaba inmerso en su mundo. Ahora su instrumento ya se hallaba a la altura de sus labios y sus manos en posición para comenzar con el combate que él había planificado.
 

          —¡Kadoc, prepárate! —Exclamó la Santa de Pavo Real, advirtiendo a su compañero de las intenciones del atlante, quien no les tendría piedad ni por un segundo.
 

          Respiró profundamente y comenzó. Un agudo chillido resonó en toda la arena, mas no un chillido de un animal o uno provocado, un ruido estridente y ajeno a toda estética artística el cual era producido por el instrumento musical del atlante. Sus labios seguían soplando aire por un pequeño orificio, sus dedos ejecutaban movimientos como si de una danza frenética se trataban, y sus oponentes se hallaban inmovilizados ante los horribles gritos de las sirenas que quería emular esa flauta que llevaba entre manos. Trataron ambos de cubrir sus oídos, pues la espantosa tonada les carcomía por dentro y destruía poco a poco su cordura, sin embargo, sentían sus músculos pesados: aquel sonido infernal había comenzado a causar estragos.
          El atlante estaba inmovilizado sobre un mismo lugar, como si fuese una estatua, salvo que movía sus dedos para continuar con la tortura sobre sus oponentes. Las pulsaciones de ambos santos incrementaban su frecuencia hasta los cielos, y en un ataque de sensatez pensaron cubrir sus oídos. Kadoc y Sylene rasgaron las mangas de sus ropas y con ellos intentaron disminuir el ruido. Con sus canales auditivos obstruidos, la tonada de Cedric disminuyó su influencia en ellos. Sus pensamientos ahora mantenían un flujo normal, y era fácil para ellos idear un plan. Ambos mantuvieron sus poses de combate, esperando que el General atacase primero pero no se movía en absoluto. Si él no les atacaba, ellos serían quienes tomaran la iniciativa.
 

          —Si atacamos de frente, él verá nuestras intenciones y devolverá el ataque… ¿qué es lo que podríamos hacer? Si bien es cierto que ambos podemos mostrarle nuestras técnicas, no sería inútil en caso desperdiciamos dichas oportunidades —razonaba Sylene en voz alta, llevándose la mano al mentón y tratando de idear un plan con las pocas posibilidades en sus manos—. ¡Kadoc, retrocede!
 

          Cuando la Santa de Plata levantó la mirada, observó a su compañero embestir al General de Poseidón. El corazón se le detuvo por un segundo, queriendo matarlo en caso el atlante lo dejase con vida. Sus pensamientos se centraron en el odio a su compañero, pues no podía explicar el porqué de su actitud. Golpeó con su puño su propia pierna y, cuando menos se lo imaginó, también acudió en ayuda de Kadoc. «Idiota», solo podía pensar ella, aunque se catalogaba de igual forma ella misma por haberle seguido.
          Los ataques inútiles comenzaron a llover por parte de ambos Santos. Con elegancia, Cedric dejaba de usar su flauta por determinados segundos y paraba los golpes de sus adversarios con solo un ligero movimiento de su instrumento, deteniéndolos en seco. Ni una patada de Sylene, quien era la Santa de mayor rango allí, podía sobrepasar la sólida defensa del General de Sirena. Al ver que sus intentos de ofensiva eran un gasto innecesario de energía, Kadoc decidió retirarse y Sylene optó por seguirle en ello. Cuando se hallaron lejos del alcance de Cedric, el enojo que rebosaba en Sylene, era incontenible.
 

          —¿Pero en qué estás pensando? Es un suicidio atacar sin un plan de por medio, tanto tú como yo lo sabemos bien —exclamaba ella mientras remarcaba con su ceño fruncido sus sentimientos—. Esto es increíble, sabía que no podría contar contigo…
          —Sylene, yo te dije siempre que tanto tú como yo atacáramos por flancos distinto, y así captar algún punto ciego del atlante, pero tus ataques no solo fueron inútiles, sino que provocabas que incluso yo estuviese en su punto de mira —Kadoc frustrado solo podía devolverle el ceño fruncido a su compañera mientras le profería gritos—. Esto nunca va a funcionar…
 

          Ambos observaron sus labios moverse, pero no salir de ellos sonido alguno. Recapacitaron a la vez, recordando sus oídos cubiertos, y el constante ruido infernal que Cedric, concluyendo que el sentido del oído sería su peor aliado en esta ocasión. Sin escuchar las palabras del otro, estaban impedidos de concretar un plan que los involucraran a ambos, mas sabían que uno por sí mismo no lograría nada tampoco. Debían incapacitar al Sirena de una u otra forma.
          Los conocimientos impartidos por el maestro de Kadoc, comenzaron a fluir por su mente. Quizás él no era el mejor de los alumnos de Parsath de Tauro, sin embargo, había aprendido tanto de él que le habían asignado la misión de escoltar y velar por la reina Athena en territorios hostiles. Observó a su oponente fijamente por diez segundos, podía darse aquel lujo debido a que sabía que no se movería este de su posición. Su dictamen solo dio una simple conclusión: detener su flujo constante de respiración. Su habilidad se basaba en ello, y detenerlo daría la más preciada victoria a Athena. Debían darle un potente golpe en el diafragma, pero llegar hasta él involucraría atravesar aquella condenada Escama.
          Sus puños nunca alcanzarían aquella hazaña, y desconocía si las técnicas del Pavo Real causarían el impacto significativo que necesitaban para lograr tal cometido. Sus planes solo circundaban su mente y, por ello, su compañera no se había enterado de ni la más mínima parte de su ambicioso plan. Sus gestos no eran los mejores, pero era lo único que él se podía idear para comunicar sus ideas en tan peculiar situación. Con sus dedos se ayudó a señalar en sí mismo las partes importantes de su plan. No era su fuerte el comunicarse mediante ciertas señas, pero lo ameritaba y Kadoc mismo creía que no le resultaba tan mal. Sylene difería de tal opinión, pero con los puntos inconexos que dejaban las ideas de su compañero, ella pudo hilar el mismo accionar que el asistente de médico le estaba recomendando.
          La Santa de Plata se hallaba confiada en una técnica suya, creyendo que ello podría ser suficiente para conseguir la meta que había trazado su contemporáneo. Mas su poder era incomparable a las habilidades del General Marino, quien le superaba en casi todos los aspectos posibles. Aparte de ello, sus melodías del averno no eran las únicas que les causarían problemas, pues ya habían comprobado de primera mano las capacidades y reflejos que poseía Cedric. Debían acabar con él en la mayor brevedad posible, pues mientras más se extendiese el combate cuerpo a cuerpo, la Sirena tendría más oportunidades de salir victoriosa.
 

          —Vamos —pronunció Sylene en un ataque repentino de valentía, ella sabía que nadie la escucharía—. Destroza los vientos, Sylene. Tú puedes —se animaba a sí misma— ¡Vendaval de plumas!
 

          Colocó un pie delante y el otro justamente detrás, manteniendo únicamente la punta de este en contacto con el suelo arenoso. Llevó ambas manos a la altura de su pecho y los mantuvo cruzados formando una equis con ellos. Los apretó contra su cuerpo por un segundo para luego extender ambos con fuerza hacia los costados, desprendiendo a su vez una gran cantidad de cosmos, el cual se vio mermado por los efectos de la cruel melodía. Corrientes de aire se generaban en todas direcciones, y mientras más chocaban estas entre sí, más daño provocaba a aquellos que eran presa de la técnica del Pavo Real. Sus ágiles movimientos provocaron que las corrientes se aglomeraran en una única dirección: donde se hallaba Cedric.
          La respiración del General Marino comenzó a desestabilizarse, provocando el que dejase de lado su maliciosa flauta. Usarla en aquel momento podría haber sido considerado como un suicidio, ya que hubiese gastado las pocas reservas de oxígeno que aún se hallaban almacenadas en sus pulmones. Tenía unos cuantos segundos más antes de caer inconsciente por ausencia de este, ya que le había tomado desprevenido el vacío que las corrientes creaban en torno a él. Corría el precioso tiempo y Cedric seguía observando de lado a lado una pista que le ayudase.
          Su flauta le llamaba poderosamente desde su zurda, le había sido de mucha ayuda en mil y un combates antes de aquel y esta no sería la excepción. Tomó su instrumento y, empleando su curioso juego de dedos, lo hizo girar tan rápido que púnicamente se observaba de él un destello naranja breve. Llevó su arma frente a sí, viéndose atraídas y repelidas las corrientes del vendaval, creando nuevos vacíos perfectos para él no verse afectado por la débil técnica de la Santa de Plata. Sabía por sí mismo que si no avanzaba de aquel lugar, el encuentro nunca daría a fin, a menos que sus adversarios gastaran el poco cosmos del que podían hacer uso.
          Avanzó lentamente hasta llegar a donde sus oponentes, en parte atónitos, le observaban. Sus objetivos se hallaban ahora al alcance de sus manos, estaban lo suficientemente cerca para recibir su técnica más poderosa sin tener posibilidades para esquivarla. Ahora que podía volver a respirar con normalidad volvió a tomar aire y almacenó todo el que pudo en sus pulmones. Antes que de que flauta estuviese siquiera cerca de sus oponentes, él observó como a su alrededor iba desapareciendo las corrientes generadas por la atmetiense, lo cual vio como una nueva oportunidad. Un tenue silbido comenzó a escucharse en la arena.
          «No quería verme obligado a usarlo, pero veo que no hay alternativa», pensó el General de Poseidón, quien no se podía ver obligado a usar su boca de otra forma que no fuese aquella tonada que trataba de emular él propiamente con sus melodiosos soplidos. «Serán testigos del sonido que escuchan los muertos en el reino del Hades, Sinfonía de la Dulce Muerte». Los sonidos de su boca envueltos en su propio cosmos creaban un caos dentro de los cuerpos de ambos Santos, pues ni los improvisados tapones de oídos les ayudaban a disminuir aquella tortura. Sus cuerpos se resentían y les impedían controlarlos a voluntad, por mero instinto animal se cubrían más ambos oídos, pero era inútil.
          Un preludio comenzaba la tonada mortal, y ahora era capaz de hablar tranquilamente, el primer acto de su melodía había acabado ya y todo lo que sus cuerdas vocales hiciesen desde aquel momento causarían el mismo impacto en ambos guerreros de Athena.
 

          —Lo lamento —dijo el atlante con una cara de sincero arrepentimiento, su rostro apacible demostraba la certeza de sus palabras—. Ríndanse de una vez para que así acabemos con esto.
 

          Incluso con sus orificios auditivos cubiertos, ellos escuchar claramente cada palabra que el General Marino pronunciaba. Su técnica no solo le estaba permitiendo torturar a sus oponentes más allá de las capacidades de sus sentidos, sino además también le servía como telepatía con la cual podía hablar con ellos, aunque la comunicación se diese en un solo sentido únicamente. Los Santos únicamente podían observar y suspirar, más allá del sufrimiento interior que eran capaces de sentir. Sus planes habían fracasado y ahora estaban en peor posición que antes. En un ataque de desesperación, Sylene repitió sus movimientos de aquel entonces. Colocó un pie adelante y el otro detrás en puntillas y cruzó sus brazos formando una equis sobre su pecho. Cedric sabía que había visto antes esos movimientos, por ello fue comprensivo.
 

          —Sylene, ¿ese era tu nombre, cierto? —Tenía un tono dubitativo, parecía como si hubiese estado perdido en otro mundo aquella vez donde miembros de ambos bandos se presentaron el uno al otro— Solo una vez lo diré. Desiste de atacar, lo único que harás es desgastarte más e inútilmente. Tu flujo de cosmos ha sido ciertamente impedido por mi sinfonía, lo cual significa que no tendrás oportunidad nuevamente de formar aquel vendaval.
 

          Abrió los brazos intempestivamente pese a las advertencias de su adversario, sin embargo, esta ocasión el atlante no fue golpeado más que por una ligera brisa que había sido conducida hasta él por la mano de la joven Santa. La veinteañera se tomó el lujo de reírse, aunque sea por un breve momento.
 

          —¿Sabes Cedric? Nosotros somos Santos de Athena, luchamos y morimos por ella. Lo tenemos mentalizado desde que aceptamos esta misión con tal de garantizar la paz de Etherias. Tus cantos de sirena no son más que un simple fastidio, un hormigueo a comparación de lo que muchos de quienes me antecedieron tuvieron que sufrir —declaró la Santa de Pavo Real, continuando con algunas risillas casi tontas y vanas en momentos determinados—. Además, Cedric, mis planes no eran precisamente atacarte.
          —¿Deliras? —Preguntó extrañado. Pero sus palabras fueron tan penetrantes que lo hicieron caer en cuenta de su error. Había olvidado que dos eran quienes se hallaban frente a él.
 

          Buscó de lado a lado al Santo de Osa Mayor, pero no pudo encontrarlo por ninguna parte. No estaba detrás de su superiora, tal y como él pensaba que estaría. Había sido descuidado una vez más, aún así debía descubrir donde se hallaba este. La respuesta se hallaba cerca suyo, pero no delante de sus narices, sino detrás de su espalda. El joven Santo, pese a no ser tan robusto lo tomó de la cintura e hizo la mayor presión que pudo con ambos brazos.  Cual bestia salvaje, Kadoc usó su cosmos no para atacar directamente a su oponente, sino para potenciar la fuerza bruta con que sus extremidades estrujaban la resistente Escama del guerrero de Poseidón.
 

          —¡Apresúrate Sylene! —Exclamó con todas sus fuerzas el Santo de Bronce, aunque tarde se dio cuenta de que había sido tonto por no recordar que ella aún tenía sus oídos cubiertos.
 

          Ella no necesitaba escucharle para aprovechar esa única oportunidad que se les brindaba frente a sus ojos. Centró su mirada en un único punto, aquel donde se cruzaban los brazos de Kadoc, el mismo en que más presión se hallaba ejercida, y avanzó. Sus pies avanzaron un detrás del otro, como si tratase de emular la elegancia conferida a los pavos reales desde que Hera les acogió bajo su seno. Su armadura produjo un breve destello y ella cruzó avanzó hacia su objetivo llevando ambos brazos pegados a su cuerpo, dejando su torso ligeramente inclinado hacia adelante.
          El esfuerzo de Kadoc se hizo notar en aquel momento en que, producto de haber forzado el diafragma del General, perdió por unos instantes el control de su propia técnica, permitiéndoles a ambos aumentar sus fuerzas llevando sus cosmos hasta más allá de sus límites por esos breves segundos. Sylene no perdió el tiempo y de sus brazos se fueron desprendiendo decenas de plumas azuladas creadas por su propio cosmos. El suelo detrás suyo se había cubierto por completo de estas, y todas acudieron al llamado de la Santa de Plata en cuanto llevó su puño derecho hacia adelante, golpeando precisamente en la única abertura que había dejado su compañero.
 

          —¡Abanico de mil plumas! —Exclamó la Santa de Plata.
 

          Cual abanico, todas y cada una de estas se fueron uniendo en un solo punto, canalizando su fuerza en el puño de Sylene, el cual iba emitiendo ondas de cosmos conforme cada pluma llegaba a su destino. La Escama se agrietó luego del continuo esfuerzo de ambos Santos y, cuando el último de los recuerdos que la joven había dejado a su paso, esta significó el final de aquella sección de su armadura. El hoy, similar a un círculo permitía ver el ropaje que llevaba puesto Cedric bajo su Escama. La alumna de Shiou se hallaba preparada para asestarle un último golpe con la zurda directo a la sección desprotegida del atlante, sin embargo, este tosió. Comenzó a toser de forma compulsiva, casi incontrolable, de modo que pudo librarse del control de Kadoc y del futuro golpe de Sylene, no por propia fuerza, sino por los códigos del Santo de Osa Mayor.
 

          —Sylene, no lo golpees —pronunció él luego de tomarse la molestia de retirarle los retazos de tela de sus oídos—. Ya nada podemos hacer… Cedric está acabado.
          —Está fingiendo, ¿no? —Cuestionó ella, incapaz de creer que la situación se resolvería con suma facilidad.
          —No lo creo. Cedric desde un primer momento nos lo ha querido ocultar, pero ahora eso se ha hecho imposible. Él nos ha estado combatiendo al mismo tiempo estando enfermo —sentenció el Santo de Bronce—. Sylene, quizás solo hemos ganado tras agravar su situación.
          —No lo puedo creer, ¿eso significa que no tendríamos oportunidad alguna en condiciones normales? Es increíble —Se lamentó la Santa de Pavo Real.
          —No se lamenten, no soy invencible si así lo piensan. Toda mi vida he sido un tanto enfermizo, y ahora me pasa factura con mayor fuerza. Fuese suerte o no, admito que en este combate me han sobrepasado justamente —comentó el General, recomponiéndose luego de que sufriese de un súbito ataque de tos que pareciese mortal.
          —Eso significa que… —la Santa de Plata temió las palabras que saldrían de boca de su interlocutor.
          —Así es. Enhorabuena, ustedes han sido los dignos vencedores de este combate —añadió él con una cortés sonrisa.


...si lo que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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#72 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

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Publicado 01 marzo 2021 - 22:08

Capítulo 25. La respuesta de Atlantis

 

 

21:47 horas (Po), 02 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          Los claros cielos de aquella noche auguraban algo bueno para los Santos de Athena. Ellos habían sido citados por el emperador de los mares en su templo personal, y acudieron siendo guiados por la joven Ariadne, reencarnación de la diosa sabia. Adentrándose en los territorios dentro de los muros protectores, los ocho Generales Marinos que debían velar por la paz de aquel reino estuvieron allí reunidos en espera de los foráneos. Los atlantes intentaron no intercambiar tantas miradas como lo era posibles y seguir el protocolo ordenado por su rey, escoltándolos hasta el salón principal, donde el día de su llegada habían visto por primera vez al regente de Atlantis.
          A diferencia de aquella noche, Poseidón hoy los esperaba sentado en su trono, demostrando en su rostro cierta satisfacción y jolgorio por las victorias obtenidas por los atmetienses, sin embargo, se mantenía sereno contemplándolos desde las alturas. Su homóloga del reino vecino se colocó delante suya en espera de sus palabras, algo que le traía inquieta pese a conocer el resultado de su petición de alianza.
 

          —Considero, Athena, que has hecho un buen trabajo comandando tus fuerzas. Te felicito por ello, pues a pesar de tu “falta de madurez” has logrado demostrar con creces tu sabiduría.
          —Es de mi agrado, emperador de los mares, que me reconozca así cuando soy aún indigna de ello —respondió ella sin miramientos—. Espero que las relaciones que mantienen ahora nuestros reinos se fortalezcan cada vez más con el paso de los tiempos oscuros que han augurado venir.
          —Debo también ser capaz de alabar tu falta de percepción, Athena —comentó el rey de todos los atlantes un poco fastidiado—. Los tiempos oscuros son los que vivimos ahora. ¿Es que acaso crees que Hermes ha tramado luchar contra nosotros apenas desde hace unos días? Maiestas se ha estado preparando para la guerra por al menos veinte años, y la predicción del oráculo solo lo ha incentivado a mostrar su verdadero rostro.
          —Cierto es, de hecho. Él nos lleva una ventaja de varios años planificando esto, quizás vidas enteras —concluyó la diosa de la sabiduría—. Esa es la principal motivación de mi presencia aquí, dios Poseidón, pues una alianza de nuestros dos reinos podrá frenar toda ambición que pueda poseer el antiguo mensajero de los dioses.
          —Gracias por tomarme a consideración para ello, Athena. Te expreso mi gratitud, pero tendré que declinar de tu solicitud de alianzas —del semblante del dios desapareció cualquier rastro de su habitual jocosidad—. No me malentiendas Athena, no nos mantendremos en bandos distintos de la guerra por acontecer si esa es la duda que te carcome por dentro. Preferiría hablar de esto más en privado, si me lo permites.
 

          La negativa del emperador de los mares había sido una declaración inesperada para la quinceañera reencarnación de la gobernante de Atmetis. Aún era inexperta en aquel mundo de conflictos y su ser divino no se hallaba despierto en todo su esplendor aún, por lo que era normal que se interesase por el motivo de que Poseidón tuviese que hablar con ella. La joven asintió, no sin antes recibir unas cuantas miradas desconcertadas de sus guerreros. Ellos contaban con la alianza con Poseidón, y su plan ya había fracasado. El dios se colocó de pie bajó los escalones, arrastrando su túnica por los suelos de su magnífico salón y se plantó frente a la diosa, extendiéndole la mano en búsqueda de que le acompañase a la habitación contigua.
 

          —Me honra su invitación, emperador de Atlantis, sin embargo, solo puedo aceptar si me concede el permiso de que me acompañe mi Patriarca —dijo firme y decidida la joven señora de Atmetis.
          —Si no es de esa forma veo que te negarás, presintiendo ello es que aceptaré tu petición, diosa de la sabiduría. Sin embargo, me veo forzado a hacer partícipes también de nuestra pequeña invitación a mi mano derecha. Wallace, cuento contigo —ordenó con solo hacer un gesto con su mano y en ello el General se acercó—. Y también espero que nuestra invitada Pallas sea partícipe, pero nadie más.
          —Acepto sus condiciones, dios Poseidón —respondió aun sabiendo que Nike se quedaría atrás con sus demás hombres. Le dolía dejarla fuera de los asuntos entre ambas deidades, pero si objetaba quizás todo el reino de Atmetis nunca se lo hubiese perdonado.
 

          La diosa quinceañera cerró los ojos, respiró hondo y caminó al lado de su símil Poseidón, justo detrás les siguieron los tres que habían designado como acompañantes para aquella tranquila conversación que debería decidir el futuro de ambos reinos respecto a la guerra por venir. Los demás no se quedaron de pie tranquilos, Miare no se cortó ningún momento en gritarles a sus pares atlantes qué era lo que pensaba de todo ahora que el rey de esas tierras estaba fuera de su vista. Por su parte, Gareth hizo lo mismo que el Santo de Piscis incluso acusando a sus compañeros como traidores y débiles por haber perdido contra los Santos de Athena. Ahora que no estaban los líderes de ambos ejércitos, los dos tenían rienda suelta para pelear como y contra quien quisieran.
          Aún llenos de fuerza ambos guerreros intentaron comenzar una guerra por sí solos, siendo vanos los esfuerzos de que alguien de su mismo bando acompañara sus extremas opiniones. Todos sentían cansancio dentro de sí, incluso aquellos que no habían combatido, consideraban que ya había sido suficiente de peleas por un tiempo. La guerra ya había dado su primera señal de proximidad y no era hora de gastar sus esfuerzos en vano. Con rapidez, las dos féminas de entre los Generales Marinos lanzaron la propuesta de salir a tomar aire fresco y probar las delicias atlantes que solo paladares exigentes degustaban a aquellas horas. Los foráneos aceptaron, como era de esperarse. Su dios Poseidón no les había dado ninguna indicación a sus guerreros, por lo cual creyeron correcto tomar aquella iniciativa ellos mismos al menos esa noche.
          El emperador de los mares llevó a sus invitados ante una sala perfectamente circular, cuyo techo había sido diseñado en forma de cúpula, cuyas paredes se hallaban decoradas por una sucesión de pilares y pinturas en sus muros que retrataban algunos paisajes que, según él describió, se hallaban dentro de los límites de Atlantis. En el centro de la habitación, una mesa de buena y saludable madera acompañada de tres blandos sillones unipersonales fueron lo primero en observarse. Poseidón se adelantó, y cortésmente les cedió ambos asientos a las dos diosas que había invitado a aquella velada antes de poder sentarse tranquilo.
 

          —Ruego disculpen mi descortesía por no ofrecerles tomar asiento, pero no planifiqué esto —comentaba el dios, esperando el perdón proveniente de los dos guerreros acompañantes—. Primero que nada, espero que me digan acerca de lo que descubrieron tras el ataque que sufrió Ventus. Es necesario que tenga conocimiento sobre los pormenores y el comportamiento de nuestro Hermes.
          —Tenemos pocos conocimientos sobre él, sin embargo, ahora sabemos que posee siete grandes batallones y siete líderes a cargo de estos —dijo Pallas, asombrando a ambos dioses olímpicos—. Uno de los suyos, cuyo nombre es Reonis, fue el único responsable de la caída del Muro de Atmetis, la mayor defensa del norte. Sus soldados solo eran más intimidantes por su número que por su fuerza, salvo algunas excepciones.
          —Lo mismo podemos decir nosotros —añadió Wallace, colocando su pesada mano repleta de vellos sobre la mesa— según los informes de Nessa, ella nos dio un nombre: Kausut de Electra. Según lo que nos ha comentado Dragón Marino, es demasiado fuerte y la única de los Pléyades a quien no ha podido asesinar en combate. Estimamos que sea una de los siete líderes que plantea usted, princesa Pallas.
          —Mi querida Pallas, desde hace un momento me inquieta algo —interrumpió el rey de los mares—. ¿Por qué afirmas con tal seguridad la existencia de esos siete misteriosos hombres de los que ninguna fuente nos ha confirmado?
 

          La diosa rubia tragó saliva. Le costaba decirlo, pues aquella información había sido confiada a ella, y a pesar de ser de suma importancia revelarlo en aquel momento, no sabía si pronunciar aquello antes de hablarlo siquiera con su hermana menor. No había intentado hablar de lo que vio en Ventus el día anterior, pero la situación lo ameritaba. Cuando estuvo a punto de abrir su dulce boca, la líder de los Santos Dorados tomó iniciativa y le dio unas palmaditas en el hombro. Al igual que Wallace, Nadeko colocó su diestra sobre el tablero antes de pronunciarse.
 

          —Resultará ciertamente vergonzoso, pero es justo decir que hemos detectado entre nuestras filas la presencia de un traidor —respondió la Patriarca cabizbaja—. Él fue quien nos reveló esa información. Asimismo, el escuadrón desplegado en Ventus, el cual contuvo la invasión, tuvo a bien capturar a un Pléyade por más bajo rango que fuese.
          —¿Qué les da certeza de sus palabras? Un traidor es eso, alguien de quien no se puede confiar —Poseidón alzó la voz, como si estuviese reprendiendo a la diosa de cabellos dorados y a la líder de los Santos.
          —Porque yo creo en ellos —respondió segura Pallas—. Yo observé en el rostro de aquel Pléyade que no me mentía, que realmente le tenía rencor a Hermes por lo que le estaban obligando a hacer, porque él mismo estaba destinado a morir en esas tierras por órdenes de sus esclavistas.
          —Confiaré en tu percepción, Pallas. Ahora bien, gracias a sus palabras, puedo contarles acerca de lo que he planeado para detener a Hermes —dijo orgulloso el emperador de los mares—. Crearemos un cerco que le impida al tullido Hefesto comerciar.
          —Si rodeamos las costas de Lemnos, eso retrasará los negocios entre Hefesto y Hermes —añadió su mano derecha—, ello impedirá la formación de nuevos guerreros en Maiestas, al menos momentáneamente. Crearemos una oportunidad y podremos disminuir las cifras que los hacen aventajar frente a nosotros. Tomaremos Maiestas al hallarlos desprevenidos.
          —Los flujos de esclavos seguirán corriendo por parte de Tártaros, Icaria y Helenia —comentó de pronto Pallas—. Sus números seguirán incrementando.
          —Falsos números. Dudo que los otros reinos sean lo suficientemente tontos como para soltar guerreros entrenados en el manejo del cosmos, así como así —comentó el General de Escila—. Sin esas armaduras son simples humanos cuyos golpes no te harán nada, y cuya velocidad será tan insignificante que ni podrán observar cómo se les va la vida de sus cuerpos.
          —Discrepo, Wallace —se pronunció la diosa de la guerra—. Yo luché contra una Pléyade que sabía luchar como lo haría cualquiera de nuestros mejores guerreros. Según lo que me dijeron al respecto, ella era una esclava proveniente del este, de Helenia.
          —Eso es imposible, dios Pallas —dijo rápidamente el guerrero atlante— Si así fuese…
          —Detente Wallace —intervino rápidamente el dios de los mares—. Si hablamos de Afrodita, ninguna lógica posee sentido. Ella usa sus peones como le conviene, si una pieza no le agrada la mantendrá fuera de su vista más temprano que tarde y sin importar los métodos. No le importa ser descuidada en el proceso, solo le importa que todo marche como ella desea.
          —Entiendo, Su Majestad Poseidón —asintió el hombre y se mantuvo callado.
          —Pero bien es cierto, que dichos números, a pesar de todo, serán agobiantes —comentó el rey—. Quizás antes de intentar atacarles frontalmente lo más sensato fuese buscar más aliados, o al menos menor cantidad de enemigos.
 

          La diosa de la sabiduría se había mantenido silenciosa hasta ese momento, como si únicamente estuviese allí para cumplir con las formalidades, pero no era eso. Aún era joven e inexperta en el ámbito de la guerra, pero por ello iba aprendiendo de su hermana Pallas, para cuando el momento aciago llegase. En su mente ella analizaba cada rastro de información recolectada. Ello solo le dio una conclusión aparente, quizás guiada e inspirada en las palabras de Poseidón, quien llevaba viviendo más años que ella como una deidad.
 

          —Yo me encargaré de ello, dios Poseidón —afirmó animosa la joven quinceañera—. Partiré rumbo a Delusia, allí le pediré consejo a la actual mandamás, Hestia. Necesitaré que ella convenza a Deméter de luchar junto a nosotros.
          —Tres reinos contra Maiestas, la principal potencia comercial de Etherias, suena como un plan suicida. Athena, esto no es digno de ti —comentó el emperador de los mares rascándose la barbilla.
          —Si mis palabras logran llegar hasta Hades y Dionisio, confío en que ambos me apoyaran en esta lucha.
 
          —Tonterías, Athena —protestó el gobernante de Atlantis—. Sabes bien que la razón por la cual Deméter perdió todo espíritu de lucha fue por combatir contra Hades en estos últimos doscientos años. No puedes reunir a ambos en el mismo ejército, es imposible.

          —Eso lo veremos —respondió ella con una sonrisa—. Aunque creo que tomará cierto tiempo lograrlo. Etherias no es pequeño precisamente, y Tártaros es un territorio ampliamente inexplorado.
 
          —Deberíamos olvidar a Hades de una vez por todas, piensa solo en sí mismo y poco le importará nuestra alianza contra Hermes —el puño de la deidad atlante chocó fuertemente contra el tablero para mostrar su descontento—. Perderemos tiempo valioso.

          —Ya se lo he dicho, dios Poseidón, yo me encargaré de ello. Aún no sé de qué forma lo lograré, pero los tendremos de nuestro lado en la guerra por venir.
          —No puedo vencer tu testarudez, ¿cierto? Entonces adelante, es tu tiempo —cerró los ojos por un momento tratando de rebuscar en su mente una idea que llevaba cierto rato inquietándole—. Cierto, Athena, antes de retirarte quiero preguntarte algo. ¿Estás consciente de que tu sierva Nike hizo uso de sus poderes divinos?
          —Supuse que había sido intervención suya lo del combate de esta mañana —respondió secamente ella.
          —Ten cuidado de tus cercanos, Athena —aconsejó el rey de Atlantis en cuanto sus invitados se levantaron de la mesa—. Ellos pueden llegar a ser tu perdición si no logras manejar lo que acontece alrededor tuyo.
 

          Las tres invitadas de Atmetis se retiraron del salón, siendo la Patriarca Nadeko la encargada de cerrar las puertas a su salida. El emperador asintió y observó a su fiel guerrero aún de pie allí a su derecha, le invitó a sentarse un momento en el lugar que había ocupado Athena segundos atrás. Poseidón podía sentir la inquietud gestada en el interior de su confiable subordinado, sus dudas, preocupaciones con las que no había querido agobiar a las diosas.
 

          —Su Majestad, ¿en verdad confía en el instinto de Pallas? Pudo haberla engañado aquel Pléyade, todo pudo haber sido planificado por Hermes y ese tal Reonis.
          —No me queda de otra. ¿Crees que me volvería blando si admitiese que únicamente confío en su seguridad por ella ser descendiente de mi linaje?
          —Realmente sí, es impropio de usted. Sin embargo, considero que ya nos enfrentamos a uno de los peores escenarios a existir, aquel Pléyade no tendría motivos para engañarnos. Reonis genera cierta imponencia tras haber destruido ese muro si es que lo que dicen en verdad ocurrió. Y nos enfrentaremos a seis guerreros más de igual calibre.
          —Eso será un verdadero problema cuando llegue la hora —reflexionó Poseidón, apoyando su cabeza sobre su zurda mientras tamborileaba en la mesa con los dedos de la diestra—. Wallace, te encomendaré algo, pero quiero que lo mantengas en secreto hasta que Athena y los suyos se hayan marchado.
          —¿Su Majestad? —Se hallaba desconcertado. Llevaba varios años siendo uno de sus Generales y, a pesar de ello, aquel comentario le sorprendió.
          —Necesito que reúnas una gran flota y alimento para al menos tres o seis meses de aquí en adelante. En menos de una semana partiremos hacia Lemnos y desharemos los tratos que hayan hecho Hefesto y Hermes —ordenó el dios de los mares.
          —Ahora mismo. Con la ayuda de los buenos habitantes de Atlantis tendremos todo listo para dentro de un par de días. No obstante, ¿no es mucho seis meses de provisiones para un simple asedio? Con nuestras costas cerca, en unas horas podríamos recibir comida durante todo el tiempo que deseemos.
          —No, no solo asediaremos las costas, Wallace. Llegar a donde Hefesto será nuestra misión principal, no solo romperemos el contrato que mantiene con Maiestas, sino que nosotros desestabilizaremos el equilibrio de Etherias jugando con todo el armamento de Lemnos a nuestro favor.
          —Entiendo, Su Majestad. ¿Pero no será arriesgado que usted, venga con nosotros?
          —Estoy más que seguro de que Hefesto es un hueso duro de roer —se jactó con unas risotadas—. Si necesitamos poner las cartas a nuestro favor, debo ir en persona hasta allí.


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#73 El Gato Fenix

El Gato Fenix

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Publicado 11 marzo 2021 - 01:16

cómo va Sagen, me leí los 2 últimos capítulos. Parece que los generales de Poseidón no son la gran cosa al lado de los santos de Athena por lo que supongo que serán carnes de cañón en algún futuro. La reunión de Ariadne con Poseidón planteó muchas posibilidades acerca de aliados, traiciones y estrategias, eso pinta bueno. Ya van apareciendo nuevos personajes nombrados, Hermes, Hefesto y Afrodita. Lo del asedio es algo novedoso, nunca se vió algo así en ss y un sitio es una idea muy original. La alianza entre Hades y Athena la veo difícil pero esta Ariadne es tan impredecicle que habrá que ver que ocurrirá. Lo bueno es el anuncio de los 7 pléyades, ya uno va teorizando si Miare, Aruf, Dreud o cualquier otro dorado será su contrincante.

Algunos detalles formales: en un momento pusiste "de ni" pero se escribe "ni de", el uso de la palabra "caso" no se usa así sola sino más bien "en el caso de que".

Bueno, espero que tus estudios te dejen algún tiempito para seguir con el fic, nos vemos por ahí, saludos.


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             Caerguirse!


#74 SagenTheIlusionist

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Publicado 14 marzo 2021 - 11:08

Luego de diezmil años llegamos. Claro, si es que la aduana permite que lleguemos a un territorio inexplorado. Si Etherias no estuviese envuelto en un conflicto bélico ahora, sería buen momento para pedir los pasaportes. 
 

cómo va Sagen, me leí los 2 últimos capítulos. Parece que los generales de Poseidón no son la gran cosa al lado de los santos de Athena por lo que supongo que serán carnes de cañón en algún futuro. La reunión de Ariadne con Poseidón planteó muchas posibilidades acerca de aliados, traiciones y estrategias, eso pinta bueno. Ya van apareciendo nuevos personajes nombrados, Hermes, Hefesto y Afrodita. Lo del asedio es algo novedoso, nunca se vió algo así en ss y un sitio es una idea muy original. La alianza entre Hades y Athena la veo difícil pero esta Ariadne es tan impredecicle que habrá que ver que ocurrirá. Lo bueno es el anuncio de los 7 pléyades, ya uno va teorizando si Miare, Aruf, Dreud o cualquier otro dorado será su contrincante.
Algunos detalles formales: en un momento pusiste "de ni" pero se escribe "ni de", el uso de la palabra "caso" no se usa así sola sino más bien "en el caso de que".
Bueno, espero que tus estudios te dejen algún tiempito para seguir con el fic, nos vemos por ahí, saludos.

 

Hay de todo en el ejército del Emperador Poseidón, desde generales fuertes a débiles, además de algunos generosos que colaboraron en parte con Athena, y otros que simplemente tuvieron mala suerte con sus oponentes. Mala suerte o buenas elecciones de peleadores por parte de los de Atmetis. 

A partir de este punto, voy a tratar de explorar un poco más otros rincones de Etherias, aunque claro siempre enfocados desde el punto de vista de aquellos de vidas ínfimas... Quien sabe y hay por ahí una perspectiva diferente del mundo, enfocada en aquellos que han vivido milenios enteros... Solo es una posibilidad. Pronto, pronto.

Saludos Gato, y muchas gracias por pasar nuevamente.

 

 

Capítulo 26. El imperio de la esclavitud

 
 

10:00 horas (Hrm), 08 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 

          La mañana en la plaza principal era tan bulliciosa como siempre, y no podía ser menos con el mar tan cercano, con miles de comerciantes vendiendo sus dudosos productos a todo volumen, y con los cientos de gritos con los cuales los esclavos clamaban por su libertad. Ese era el día a día en los principales centros de reunión dentro de la capital maiestana, una urbe donde lo que primaba no solo eran las alabanzas y maldiciones a Hermes, sino también el oro con el que se financiaba todo. Únicamente mercantes habitaban en Mercurio, la capital del reino, pues solo ellos no veían crueldad en los inhumanos tratos que allí se cometían, solo veían ganancias y pérdidas. 
          Desde la entrada sur de la ciudad, un arco rodeado de edificaciones abandonadas, dos hombres se adentraban en la capital. Ninguno de los dos se dirigía la palabra, y siempre iban distanciados por no menos de treinta pasos. El que iba adelante era de altura considerable, un gigante de quizás metro noventa, quien vestía una levita negra, la cual realzaba su presencia al cubrir su bien musculada figura. Los cabellos grises del hombre le daban mayor elegancia a aquel porte señorial que dejaba ver a todos quienes le rodeaban. Sus pasos solo marcaban una dirección a seguir: el Templo de Hermes, en los exteriores de la ciudad.
          Las calles plagadas de malos olores eran completamente desagradables para muchos, sin embargo, al viajero de mayor edad no le importaba pues sus manos —ahora enguantadas por la ocasión— habían visto correr más sangre que esos empedrados milenarios. Aún debía atravesar una calle donde, de ambos lados, los provenientes de otros reinos se aglomeraban y trataban de escapar del cruel futuro al sacar sus brazos de las jaulas que los apresaban, creyendo que así conseguirían ser devueltos a su condición de humanos. Hombres y mujeres de torsos desnudos lloraban por volver a sus ciudades natales, ahora más creyendo que el viajero de inexplicable carisma podría haber sido respuesta a sus innumerables plegarias.
          El hombre cano solo se detuvo una vez en todo su recorrido recto, justo antes de salir de aquella zona. Metió la mano al bolsillo interior de su levita y sacó tres monedas doradas cuya inscripción era considerada poco común para los estándares de los mercaderes. Las tuvo en la mano, por un rato pensó en si hacía lo adecuado, decidiéndose apenas antes de lanzar las monedas atrás, atrapándolas su compañero de viajes. Este extrañado se hizo tantas preguntas en su cabeza, pero ninguna en voz alta pues podía costarle la vida ello.
 

          —Piérdete y ni te atrevas a seguirme —ordenó el hombre mayor, sin siquiera ver a su acompañante. Eran las primeras palabras que le dedicaba tras siete largos días de viaje—. Consíguete una o dos helenas y haz de cuenta que no nos conocemos por los próximos días.
 

          Cualquiera en la posición del segundo hombre hubiera agradecido el buen gesto, pero ya le había dejado bien en claro que solo lo hacía para deshacerse de él. Aunque era relativamente joven, no era tonto, sabía que su líder poco lo soportaba y lo podía leer en su actitud hacia él. Esas monedas significaban más que nada una recompensa por un buen trabajo, reconocimiento que no se le daba con cada misión que ambos tenían que guiar a un buen desenlace. Volvió sobre sus pasos y trató de perderse entre los gentíos el hombre joven. Las miradas se posaron en él, y tanto hombres como mujeres le clamaron auxilio pidiéndole que les comprase.
          Bien vestido iba él con su camisa blanca y chaleco negro caminando entre ese lugar de podredumbre, donde el único placer era observar a aquellos despojados de su humanidad gritar. Recorría los alrededores de la gran celda donde las habían transportado y las veía con cierto desdén y ocultando su sincero deseo. Algunos hombres que le doblaban la edad no disimulaban ni lo más mínimo las impuras tentaciones que les habían motivado a tener una dura vida de trabajos solo para poder costear lo que un esclavo podía ser valuado. El joven era distinto a ellos. No era su primera vez, ni tampoco sería su última haciéndolo.
          Sumamente exquisito él observó por minutos enteros los bien proporcionados cuerpos de las esclavas helenas, quienes eran la principal atracción entre los hombres maiestanos. Sus cabellos largos, prominentes bustos y rasgos hermosos las definían por sobre las mujeres de otros reinos. Todas y cada una se centraron en el joven que parecía libre de pecado alguno que no fuese la indiferencia. Por dentro, el observar esos centenares de inocentes ojos que habían perdido toda esperanza le alimentaba. Se acercó al comerciante y le tendió dos de las monedas concedidas por su líder, señaló a dos de ellas con su dedo y se las entregaron sin demora. Los grilletes en sus cuellos no les fueron retirados, de ellos tiraron y se le entregaron al joven quien, tranquilamente y sin crueldad, las llevó caminando descalzas hasta su hogar.
 

          —Me pregunto por qué no me dejará participar de dicha reunión —cuestionó el joven en voz baja con los pensamientos por las nubes—. El señor Reonis Redfield debería tener más consideración conmigo ahora que soy su segundo al mando.
 

          Ya lejos de allí, el ciertamente mayor Reonis, quien apenas y pasaba las cuatro décadas de existencia, daba sus primeros pasos sobre la alfombra azulina que cubría el piso marmoleado del templo de su deidad. Un amplio salón se extendía en largo y ancho frente a sus ojos, y al centro de este, sobre una pequeña escalinata, el magnífico trono de su rey se hallaba. Sobre este, la imponente presencia de Hermes se hallaba sentada, con su alto porte, su rostro ligeramente barbudo y los cabellos amarronados que ya habían comenzado a ceder ante el tono blanco nieve. El rostro burlesco del dios esbozó una sonrisa en cuanto observó a su fiel Reonis entrar en el salón sin ningún rasguño y enseñándole otra sonrisa cómplice en respuesta.
 

          —¡Reonis! Bienvenido, mi guerrero. Puedo observar que tu misión en el sur fue simple juego de niños, quizás debería haberte encomendado a negociar con Hades —exclamó burlón el dios del comercio con su voz medianamente ronca, pero alegre—. ¡No podía esperar menos de uno de mis Pléyades!
          —Yo sí podría esperar algo más —comentó una voz molesta. Su voz era suave y dulce pese a que cargaba consigo un cierto enfado aquella señorita de brillante armadura violeta que se había mantenido ciertamente oculta detrás del trono del rey—. Reonis, cuantas bajas sufriste esta vez. Habla ahora mismo.
          —También es un placer verla, señorita Mallows —respondió Reonis con cierta falsa cortesía—. A ver, déjeme pensarlo… Quizás unos veinticinco o treinta hombres. Simplemente nada. Lo que importa es que logramos nuestro cometido.
          —¿Cuántas veces debo decirte lo mucho que le cuestas al reino con tus decisiones? Sabes bien que cada esclavo comerciado en nuestras tierras posee un alto valor y que, por ahora estos a tu escuadrón, nos provocas pérdidas económicas que un simple “nada” no soluciona —la guerrera se colocó de brazos cruzados, observando al colosal hombre frente a ella.
          —¿Hablas de todos esos hombres que yo mismo compro para formar parte de mi vanguardia? —cuestionó en respuesta. Nada ni nadie en aquel momento podría borrar el rostro confiado de Reonis—. Es por eso que la familia Mallows es considerada de clase media, porque ustedes no toman riesgos, porque solo piensan en lo que pierden y no en lo que podrían ganar.
          —Prefiero ello a que, tal y como dicta el credo de la familia Redfield, pierda todo lo que pueda para ganar todo lo que pueda —la representante de la familia Mallows se acomodó los lentes, tratando de cubrir de forma disimulada a Reonis con la palma de su mano—. Tus decisiones y la de los tuyos simplemente son ilógicas ante el ideal de nuestro rey Hermes.
          —Tranquilícense, mis maravillosos Pléyades —exclamó alegre el rey de Maiestas, quien había permanecido calmado, pero igual de risueño que siempre mientras sus guerreros discutían—, lo que importa ahora es que hemos conseguido nuestro objetivo. Eso es un paso hacia adelante en el camino hacia nuestra meta.
          —Si usted lo dice, Su Majestad, así será —dijo la joven un tanto desilusionada de que su rey le diese la razón a Reonis y no a ella.
 

          Una joven Esuka Mallows era la principal confidente del dios comerciante Hermes, mas no su mano derecha. A pesar de ser una de sus mejores guerreras, no era el liderazgo su principal fortaleza. Como regente del Batallón Violeta, ella era la encargada de velar por la seguridad y paz en la ciudad capital, el territorio más extenso, pero menos habitado por personas de todo el reino —pues los esclavos no entraban dentro de dicha categoría—. Nunca se despegaba de su brillante armadura lila, la cual le había protegido durante cientos de feroces luchas cuando hace algunos años combatió en el frente contra Dionisio.
          La líder Esuka era de contextura delgada bajo su Extellar, siendo su propia armadura la que le hacía parecer algo más robusta y alta de lo que en realidad era. Dos mechones marrones y largos de cabello caían a ambos lados de su rostro, dejando el centro despejado y el resto atrapado detrás en una coleta que anudaba con un lazo a juego con el batallón al que lideraba. Su rostro de pequeños ojos azulinos, ocultos tras unas gafas, y cejas poco pronunciadas le hacían destacar en belleza para algunos, entre ellos encontrándose el ya vetusto rey de Maiestas, quien le hacía permanecer a su lado por dicho motivo egoísta, además de su actitud generalmente apacible.
 

          —Reonis, no te retires aún —comentó fastidiada Esuka—. Pronto la reunión entre nosotros siete acontecerá y necesitamos trazar los planes futuros de combate.
          —No entiendo de qué te preocupas, Esuka, por mi parte ya derroté a los Santos de Athena una vez. Seguro tienen ya la moral por los suelos —se jactó de sus logros, tal y como lo hacía siempre—. Empecemos entonces por Atmetis, es un blanco. Ahora que la muralla que nos separaba fue destruida gracias al trabajo de infiltración de nuestro buen Keran Lorange, tenemos la ventaja táctica sobre ellos.
          —Como digas —comentó ella ignorando cada una de sus palabras—. ¿Y piensas destruirlos cómo? ¿Esperando a que tus esclavos avancen por tierras de Athena mientras tú te quedas viéndolos desde la retaguardia hasta que aparezcan cada uno de los Santos Dorados y los aniquiles?
          —Como no podría ser de otra forma. Soy el Pléyade más fuerte y puedo contra esos debiluchos —Su rostro contantemente sonriente se acentuaba más, pues solo buenos recuerdos le evocaban toda la sangre que se derramó allí por su sola presencia en esa confrontación—. Ya le gané fácil a Nereida, la guardiana del muro, tranquilamente puedo ganarle a los otros once.
          —Hablando del muro, ¿dónde dejaste a Erithra? —Cuestionó Esuka, justo cuando pensaba haberse olvidado de algo.
          —Silencio —exclamó Reonis, tratando de quitarse ese amargo sabor de boca que le había causado dicha pregunta—. Si no la ves en este lugar, debe ser porque seguirá siendo alimento de buitres en tierras de Athena. Quién sabe qué haya pasado con su cuerpo.
          —¿Y así no te preocupas por tus leales? ¿Te recuerdo siquiera cuantas veces trajiste a esa sucia esclava a este sagrado lugar sin permiso? —La dulce forma de ser de la señorita Mallows solo era corrompida por todo lo concerniente con Reonis, ya sea él mismo o su ahora cadavérica sirvienta que, cuando respiraba el mismo aire que ellos, había llevado su ego por las nubes—. ¿Y no quisiste saber cómo murió tu amada Erithra? Como diría un intelectual que conozco, lo bueno es que cumplimos nuestro objetivo, ¿o no?
          —Esuka, querida mía, tranquilízate y bebe un poco de vino de Icaria —el dios apartó el cáliz que llevaba en mano lejos de su boca y se la acercó a la Pléyade.
 

          Los gestos nobles del rey solo podían ser contradichos con esos ojos que la obligaban a tomar, no como recomendación, sino como una orden directa de su parte. La joven dio un largo sorbo hasta que por el rabillo de su ojo notó que su señor había dejado de intimidarle con la mirada, fue entonces que le agradeció. La bebida le hizo pensar más claramente, o al menos la hizo disipar el odio gestado en su corazón por su compañero Reonis. Un vacío sintió en su interior, pues tanta paz como esa agobiaba tanto como tranquilizaba.
          Al salón se adentraron los miembros restantes de los Pléyades, la élite del ejército de Hermes. Se habían mantenido parados en la puerta, en la espera de que los acontecimientos ocurrieran, pero su rey se los impidió al cortar de raíz aquel pequeño conflicto. Alrededor de Reonis se incorporaron los otros líderes de los batallones, incluso Esuka abandonó su puesto al lado de Su Majestad para ocupar el lugar que le correspondía. Al centro de los siete se posicionó su líder, Akubesu Amber, quien tomó la palabra.
 

          —Dios Hermes, es nuestro honor que nos permita volver a pisar vuestro templo —comenzó la lideresa del Batallón Amarillo. Su tono expresivo le concedía tal carisma que incluso embelesaba al rey de Maiestas—. Nosotros los Pléyades, sus devotos siervos, haremos realidad su visión y en base a ella forjaremos el nuevo mundo que usted tanto anhela.
          —Como siempre tan amable, Akubesu. Mantenme al pendiente de los movimientos en el este —ordenó con su tono risueño el dios comerciante.
          —En territorios de Helenia, algunas de las amazonas han optado por movilizar sus fuerzas al norte del reino, y a lo que parece el oriente —a ella también le había resultado sorpresiva esta táctica de Afrodita. Su rostro lo decía todo—. No sería descabellado pensar que los mellizos ya han empezado a actuar por su propia cuenta.
          —¿Apolo y Artemisa? Es enigmático ciertamente. Todo cuanto los conozco indicaría que Artemisa sería la más propensa a atacar, ¿pero porqué a Afrodita? Fue su aliada en la guerra de hace dos milenios…
          —Si Helenia no fuera uno de nuestros principales aliados comerciales en la actualidad, ciertamente recomendaría atacar —comentó Akubesu. Su mirada se desvió en cambio a donde el líder del Batallón Naranja se hallaba—. Sin embargo, invadir Asteria podría resultar mejor plan ahora.
 

          Del lado derecho de la representante de la familia Amber, se hallaba Dabaran Lorange, su fiel amigo, quien en momentos difíciles le había prestado su ayuda ante los ataques de las guerreras helenas. Dabaran, el hijo mayor de los Lorange, había recibido su puesto como líder de batallón a muy temprana edad y, sin embargo, era capaz de mantener al margen las fuerzas arcanas del ejército de Apolo. Su dedicación al combate le había reconocido un nombre, siendo tan grande que incluso Hermes se jactaba de él. Era de cabellos castaños, como su hermano menor —quien se había infiltrado en las filas de Athena—, y en todos sus rasgos se parecía a él, aunque sus ojos se notaban más desgastados, luciendo ojeras que solo se habían remarcado a lo largo del tiempo.
 

          —Asteria es, sin lugar a dudas, el mejor lugar a atacar en este momento —intervino Dabaran—. Las fuerzas de Apolo se han replegado, no sé en qué estará pensando ese dios y sus nueve Musas. Si van a arrinconarse, les ayudaremos a ello. Mientras más avancemos sobre su reino, quizás podamos conseguir más esclavos de las ciudades más fronterizas.

          —Me gusta tu idea Dabaran, no por nada eres mi favorito —exclamó el rey Hermes divirtiéndose y dándole un sonoro sorbo a su vino icarino.
          —Debemos aprovechar esta oportunidad, Su Majestad —sugirió él—. Considerando los movimientos en Helenia, es probable que Artemisa haya sido quien movilizó a su ejército hacia el sur. Si avanzamos por Asteria ahora, y conseguimos eliminar a Apolo, nos libraremos por fin de una de las partes de la mayor alianza de Etherias. 
          —Concuerdo con Dabaran —comentó Esuka, quien también ayudaba al rey siendo su estratega y aconsejándole cuando era debido—. Sugeriría que tres batallones asedien las tierras de Apolo. Akubesu, quizás sea necesario que negocien con Afrodita una alianza momentánea. Necesitamos asegurarnos de que Artemisa esté fuera de la ecuación lo más pronto posible.
          —Si es Esuka quien da su aprobación, quizás debería ser ese nuestro siguiente movimiento —intervino el rey, quien había puesto toda su confianza en la líder del Batallón Violeta gracias a sus buenas estrategias en combate—. ¡Akubesu, Dabaran, Schea cuento con vosotros! ¡Acorralen a Apolo y reduzcan sus fuerzas hasta que solo quede él en pie!
          —Si conseguimos asesinar a Apolo primero, sus guerreros perderán su eje central y pelearán sin rumbo —pensó en voz alta un hombre de largos cabellos negros que vestía su armadura celeste bajo un manto negro.
          —¡No! —Protestó el rey de Maiestas tirando el cáliz que llevaba entre manos, desparramándose su contenido y llegando a manchar la alfombra—. Aún tengo asuntos pendientes con Apolo. Acabado ello, decidiré qué hacer con él, si permitirle vivir, o si encargaré su ejecución a alguno de ustedes.
           —No es tan fácil tampoco, Schea —intervino la consejera del rey—. Recuerda que los dioses solo pueden morir ante objetos bendecidos por las divinidades. En esta sala hay solo tres portadores de ellos, Reonis, Akubesu y nuestro rey. Confío en que ella compartirá la decisión de Su Majestad.
          —Descuida, Esuka, controlaré a estos dos para que Apolo continúe con vida hasta la llegada de nuestro dios a Asteria.
 

          Llevándose la mano al pecho, Akubesu reafirmó su lealtad al rey frente a ella. Aquella diestra llena cicatrices a la cual le faltaba un dedo era una señal de su fervorosa devoción al señor de aquellas tierras, por quien había peleado hasta con la bestial Pentesilea, una de las tantas comandantes de las fuerzas helenas. Su rostro ahora sonriente y ambicioso también había sufrido daño por combates en el pasado, varias huellas se habían quedado remarcadas en ambas mejillas. Su faz lucía una nariz de tabique pronunciado y recto, la cual podía dividir en mitades simétricas su rostro ligeramente ovalado. Sus cabellos eran negros, rizados y cortos, siendo acomodados detrás de sus orejas, acentuando así la forma de su rostro de tez blanca ligeramente bronceada.
 

          —¿Cómo confrontamos a Delusia, Su Majestad? —Cuestionó curioso Gured, el líder designado para liderar los combates contra las tierras de Deméter—. Debido a que Hestia asumió el mandato temporal del reino, sus fuerzas siguen siendo dudosas en cuanto a nivel de poder.
          —Entonces… —hizo una pequeña pausa. Escuchar aquel nombre luego de tanto tiempo le había evocado recuerdos de milenios enteros—. Mejor será que dejemos para luego a Delusia.
          —Así se hará, mi rey. Continuaré informándole de todo lo que averigüe allí en cuanto regrese a mi puesto —respondió Gured. El rey solo asintió.
          —Entonces, si nuestro plan será invadir Asteria, ¿qué haremos con Atmetis? —Intervino Reonis, acomodándose bien la levita negra que llevaba puesta—. Ya mencioné que ellos andan de ánimo decaído, es nuestro momento de atacar. Solo necesito que Kausut y Esuka vengan conmigo para admirar cómo destronamos a Athena.
          —No atacaremos Atmetis —sentenció Esuka. Lo había replanteado varias veces en su mente desde que Reonis lo mencionó minutos antes de la reunión—. Athena aún no consigue la madurez como diosa, aún desconoce tanto… Por ello aún no podemos acabar con ella.
          —¿Por qué la defiendes tanto? ¡Es el momento perfecto para hacerlo! ¿Qué importa si ella no ha madurado, el lograrlo no dificultaría nuestros planes de ataque? —Interrogó el líder del Batallón Rojo. Siempre le había dado negativas cuando los dos se encontraban solos, y eso debía variar ahora que todos se hallaban reunidos. 
          —Si acabamos con ella en este momento, nunca descubriremos donde se oculta el Sello de los Titanes que resguarda Atmetis —respondió la descendiente de los Mallows. El rostro de Reonis admitió la derrota, aunque sus palabras no—. Recuerda que ello es la misión que nos encargó nuestro señor, Reonis.
          —Exactamente, debemos hallar los diez Sellos de los Titanes restantes y destruirlos para así acabar con la posibilidad de que puedan resurgir —se manifestó el dios—. Así que, confío en que consigamos los de Asteria y Helenia en los próximos meses. Pueden retirarse, por ahora.
          —Entendido, Su Majestad.

          Reonis y los demás hicieron su venia correspondiente y se retiraron de la presencia del dios comerciante. La reunión había durado poco, a comparación de otras veces. Incluso una vez se topó con su segundo, Haematya, mientras recorría la capital de la infamia junto con sus dos nuevas adquisiciones, aunque ninguno de los dos se dijo palabra alguna. Los pasos que dio el caballero de cuarenta años lo llevaron hasta su residencia en la capital, una lujosa mansión donde ahora solo él vivía.
          Se sentó en la silla de su despacho, el único lugar donde podía descansar de su vida como un Pléyade y centrarse en sus otros negocios. Observó una foto enmarcada sobre sus papeles, una foto de apenas unos años atrás que le recordaba a cuando conoció a Erithra en ese pozo de podredumbre. Aún podía recordar el día que había quedado impreso en dicha imagen, aquel en que rompió las reglas por primera vez en su vida y llevó a Erithra al concejo entre los siete líderes. Un día que parecía ahora tan lejano, un recuerdo tan fugaz. Pero su dolor actual le hizo arrojar el marco hasta el otro lado de la habitación, rompiéndose el cristal que protegía aquella memoria cuando este impactó contra el suelo.
 

          —¡Maldición! —Gritó Reonis con fuerza mientras golpeaba con su diestra su escritorio usando la suficiente fuerza como para hacerse brotar sangre—. ¡Todo esto fue para nada! ¡Maldita seas Esuka!


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SagenTheIlusionist

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Publicado 02 abril 2021 - 19:49

Por hoy haremos una breve parada.

La primera parte del fanfic está próxima a terminar con la publicación del capítulo siguiente. Y sin embargo, aun no hemos hablado suficiente de un personaje. 
Aquel por quien los Santos Dorados habían negado el ceder el casco dorado, símbolo del liderazgo. Aquel por el que los Santos son quienes son a día de hoy.
 

Capítulo Especial 3. Haloid – El ocaso del Patriarca

 
 

13:44 horas (At), 02 del Primer Mes — Año 3015 E.O.

 

          La situación era preocupante, pues el Patriarca llevaba varios días postrado en cama, mostrándose débil y con un rostro pálido y enfermizo. Él trataba de sonreír, de evadir su situación actual con tal de no alertar a los hijos que se acercaban a visitarlo en sus aposentos. Hijos, llamados así de forma cariñosa. Quizás no compartían lazos de sangre, pero sus vínculos eran tan longevos como las edades de algunos de ellos. Ellos lo veían como su única familia y el sentimiento era mutuo por parte del anciano, por ello no podía permitirse flaquear en sus intentos de demostrar con engaños lo saludable que estaba.
          La pequeña Ariadne de quince años se acercaba todos los días al lecho donde reposaba el viejo Haloid y conversaban por al menos una hora. La diosa no era tonta a pesar de ser joven, sabía a la perfección que la hora se hallaba cerca. Aún había tantas cosas que ella no conocía de Atmetis, mucho menos de Etherias, que solo era capaz de entender tras preguntarle a su figura paterna. La deidad trataba de ocultar su miedo entre la curiosidad que plagaba cada una de sus interrogantes. El Patriarca continuaba con sus alegres explicaciones mientras moría por dentro, y sin embargo no escatimaba en detalles aun sabiendo que cada palabra que pronunciaba le provocaba más y más dolor interno.
          Nadeko era cobarde y sentimental. Ella había sido uno de los primeros miembros de la familia de Haloid, y por ello le resultaba más doloroso el acercarse a su habitación a reportar sus informes ante su moribundo líder. Siempre se quedaba en la puerta hasta que el antiguo Santo Dorado advertía su presencia y la llamaba por su nombre. Era entonces que recién ella se acercaba, con rostro deprimido, e hincaba la rodilla al lado de la cama de su padre y líder. El viejo solo podía tranquilizarle con palabras y colocándole los arrugados dedos sobre su hombro. La Santa de Aries pronunciaba aquello por lo que hubo venido y luego se mantenía callada por algunos minutos, mientras escuchaba atenta todo lo que el viejo maestro le aconsejaba respecto a la situación y a sus misiones correspondientes. Ella asentía, aún dolida, y emprendía pronto a realizar sus diligencias, pues el futuro era incierto y desconocía si ella estaría allí en el momento más doloroso de su vida.
          El anciano Patriarca pasaba mucho tiempo observando el techo de su recámara, viendo quizás más allá de eso y llegando al mundo onírico estando aún despierto. Rostros de su pasado, a quienes él había tenido la desdicha de ver partir al otro mundo, aparecían por primera vez en varios años. Aún recordaba a la vieja Athena, quien había sido una dotada estratega, pero cuyo último plan defensivo contra Hermes, en medio de Delusia, había fracasado. Deméter se había limitado a observar cómo la hija de Zeus y sus guerreros morían frente a un ejército sin aparente rey, pues el anterior Hermes era apenas un impertinente muchacho de unos veinte, incapaz de manejar tropas. Muchos de sus compañeros habían muerto aquel entonces a manos de Gammel Amber, quien también había sido el causante del deceso de su reina.
          Aun recordaba su rostro de gato burlón, con una sonrisa horrible de oreja a oreja tan desagradable entre el baño de sangre y cuerpos cercenados que le rodeaban. Sus ataques fueron tan rápidos y discretos que nadie pudo advertir el peligro que significó para la vida de la reina Athena. Solo Shouzou de Escorpio pudo hacerle frente y asesinarlo, pero ya era demasiado tarde pues gran parte de su ejército había muerto al igual que la deidad a la que deberían haber protegido. En ese entonces Haloid apenas había llegado al trigésimo segundo de sus años de vida cuando en el lecho de muerte y con debilidad, la anterior Athena le encomendó la misión de guiarlos a todos a un mundo pacífico.
 

          —Patriarca, es hora de sus medicinas —pronunció en ese entonces Parsath, el santo de Tauro y encargado de velar por su salud—. Necesito que me permita tomarle una muestra de sangre.
 

          El antiguo Santo Dorado aceptó y tendió el brazo. Con ayuda de su navaja hizo un corte profundo y recto en mitad de la yema del dedo anular del viejo, donde apenas se había formado una cicatriz correspondiente al mismo procedimiento realizado el día anterior a ese. De aquella herida debía manar sangre suficiente como para llenar un frasco de vidrio, alargado y cilíndrico, pero no más grande su meñique. Cuando la última gota de sangre entró en el pequeño recipiente, Parsath desinfectó la herida con alcohol y aplicó un cicatrizante con tal de cerrar aquella herida. Envolvió entre vendas el dedo cortado y se retiró de los aposentos con el frasco en manos, volviendo presuroso al estudio donde realizaba sus investigaciones. Se hallaba frustrado, pues nada de lo que hubo intentado días atrás había servido para mejorar la situación de Haloid, y el tiempo era ahora su peor enemigo. Debía encontrar una cura milagrosa que sirviese siquiera en el último minuto, pero sabía que las posibilidades de lograrlo eran ínfimas. Se sentó en su silla acolchada y se inclinó sobre su docena de muestras, tratando de observar cualquier cosa que se le hubiese pasado por alto en mitad de su desesperación.
          Junto con un agotado Aiza, la princesa Pallas entró a la recámara del Patriarca. Ambos se hallaban cansados y sucios cuando se presentaron frente al líder supremo de los Santos, pues habían pasado toda la mañana entrenando. La deidad princesa destacaba en belleza y en habilidad de combate, llegando a alcanzar el nivel de Aiza tras tantos años fortaleciendo su cuerpo y su fuerza interior. Su manejo del cosmos era excelso y, pese a ello, aún no había desarrollado técnica alguna, motivo por el cual el Santo de Libra le acompañaba a diario. Ese día el entrenamiento fue infructífero, pero Pallas se sentía más cerca de lograr su meta. Su cosmos ya le permitía ser reconocida por su Manto Divino, pero aún le faltaba mucho camino por recorrer. Animosa se sentó en el lecho, al lado de su padre, y le contó lo que había hecho ese día, entre pequeñas burlas hacia sí misma y detalles de su progreso. Haloid se contentaba de oírla, y se alegraba en silencio de que se hubiese convertido en una mujer tan responsable, aunque también se lamentaba por saber que él no viviría mucho más como para verla crecer, ni a ella, ni a Nike, ni, en especial, a Ariadne.
 

          —Cada día vas mejorando más Pallas, es un alivio para mí saber que dejo a Etherias en tan buenas manos —dijo el viejo Haloid entre un tono de burla y pena—. Cuida bien de tus hermanas, Pallas.
          —No digas eso, padre —respondió con dulzura. Aunque también se sentía cierto dolor en su voz—. Es una simple fiebre, ya pasará. Solo descansa y come todo lo que prepare Mizael, eso te ayudará a recuperar tus fuerzas. Tú mismo me enseñaste a no rendirme, no lo hagas ahora.
          —Quizás sea cierto, Pallas. Descuida, no voy a rendirme con tanta facilidad —dijo el anciano sin creerse las palabras esperanzadoras de su hija, pero sabía que ella trataba de animarle—. Tengo una última orden para ti, Aiza. Necesito que, luego de que suceda, lleves contigo a Ariadne ante los archivos de los Patriarcas que me antecedieron y le entregues en sus propias manos el Pronunciamiento de Erictonio.
          —Patriarca Haloid, sus órdenes serán cumplidas —pronunció con tono solemne y serio el más inteligente de los Santos Dorados. Pensó bien sus palabras antes de decir lo que sentía, pues su orden solo podía tener un significado—. Hasta la última de sus órdenes serán cumplidas, todo por el bien de Atmetis y de las diosas que usted ha protegido.
          —Gracias Aiza —respondió el viejo. Tomó con toda su fuerza la mano de su hija—. Y guía a mi pequeña Pallas. Ahora ella necesitará más de ti que de mí.
          —Como ordene, Patriarca —agachó la cabeza antes de retirarse de la habitación. Su algo seria forma de ser le obligó a cumplir con premura aquella orden—. Princesa Pallas, por favor acompáñeme al campo de entrenamiento. Aún tenemos trabajo qué hacer hasta la hora de la cena.
 

          Con sus ojos la joven de corto cabello dorado atacó a su maestro, pero nunca Aiza nunca había cedido ante la mirada de la deidad. Al ver que había perdido, Pallas solo atinó a levantarse de un presuroso salto de la cama. Aiza se había adelantado y ya solo quedaba su recuerdo en aquella sala. La diosa se inclinó para darle un beso en la mejilla a su débil padre y dio pesados pasos hasta llegar a la puerta de la recámara. No quería irse del lado de quien le había cuidado y protegido toda su vida, pero el entrenar llamaba. Sus hermanas menores eran pequeñas y frágiles, por ello, aunque ella no era tan diferente, se veía en la necesidad de conseguir la fuerza para velar por ellas tres. Antes de dar el primer paso fuera de la habitación, Pallas se detuvo y aferró su diestra al marco de la puerta. 
 

          —Padre, no te preocupes, cuidaré de ellas —dijo de pronto la princesa, ocultando con su cabello el hecho de que estuviese llorando.
 

          El Patriarca no pronunció palabra alguna hasta que se fue Pallas, creía que era mejor dejarlo así. Sabía que cualquier cosa que dijese le podría afectar y no deseaba ello. Aún era como la recordaba, tierna y graciosa, del mismo modo que descendió junto a Nike hace casi veinte años atrás en mitad del templo de Athena. Las dos diosas vinieron a este mundo anunciando la futura llegada de la reina, que acontecería un lustro más tarde. Pallas siempre había sido más rebosante de energía, mientras que Nike había sido más callada que su hermana, pero igual de afectuosa con su padre Haloid. Ahora el anciano podía ver cómo los fantasmas de esas dos niñas pequeñas se movían de un lado a otro del cuarto, escondiéndose, jugueteando y destrozando el perfecto orden que allí había. Esbozó una sonrisa para sí, pensando en que, solo quizás, aquellos habían sido tiempos mejores.
          En el pasillo se escuchó el recorrer de pequeñas ruedecillas metálicas acompañadas de dos pares de pisadas. Pronto se detuvieron frente a la puerta de su recámara y, haciendo un poco de esfuerzo, Mizael logró meter el carrito donde había acomodado los platos que contenían el almuerzo del Patriarca. Acomodó el carrito cerca de la cama, mientras detrás suyo seguía ocultándose con torpeza la pequeña Nike. Cuando hubo quitado el domo metálico que ocultaba el primer platillo, la deidad se acercó a su cama temerosa y se sentó junto a su padre mientras cogía los cubiertos, ubicados al costado del plato de porcelana.
          El platillo se mostró humeante, llenando de vapor gran parte de la habitación, y maravillando los sentidos de todos con tan magníficas esencias a finas hierbas que envolvían las jugosas carnes que había preparado el Santo de Capricornio. El joven era habilidoso en el arte culinario, y dicho talento había sido elogiado por todos quienes comían en la mesa de Athena. Solo él sabía por qué se había motivado a mejorar en su cocina, aunque las malas lenguas dijesen que fue por la carencia de estos dotes para el buen gusto en las comidas preparadas por el Patriarca en funciones.
 

          —Pruébelo, Patriarca Haloid —dijo el joven, atento como siempre, invitando a su líder a degustar los platillos que con tanto afecto había elaborado—. Princesa Nike, si hiciera usted los honores.
          —Padre, por favor abre la boca y di “ah” —ordenó con cariño la joven diosa de engañosa apariencia adolescente. Su voz evocaba ternura y delicadeza—. Tienes que comer, Mizael lo ha preparado con cariño para ti, padre.
          —Mi pequeña, Nike. Gracias por preocuparte por mí, pero no estoy tan débil aún —dijo sonriendo, remarcándosele las arrugas. Se le veía extraño con las pequeñas barbas puntiagudas que comenzaban a hacer aparición—. Me parece extraño que no acompañases a tu hermana Ariadne, o a Miare. ¿Qué pasó mi pequeña, cuéntame?
 

          La diosa se sonrojó y miró a Mizael con ojos atónitos. Sus manos dejaron comenzaron a temblar sin saber cómo detenerlas. El Santo Dorado observó a Nike y entendió bien que él no era necesario allí.
 

          —Espero me permita retirarme de pronto, Patriarca, he dejado preparándose algunas cosas y espero que no se arruinen —comentó el Santo antes de hacer una venia—. Volveré pronto por los platos, espero sea de su agrado el almuerzo de hoy.
          —Seguro lo será, Mizael —hizo un ademán con su cabeza, permitiéndole así a su fiel guerrero el retirarse del cuarto.
 

          El Capricornio conocía bien su lugar allí. Sabía bien lo que pensaba su amigo Miare, sabía de sus planes de buscar una cura para la maldición de Nike, sabía de los sentimientos que aún guardaba por ella, y sabía por excelencia que el Santo de Piscis lucharía por todo ello, aunque nadie más admitiera saberlo. La diosa le había pedido ayuda pues Miare no había aceptado acompañarla pese a la insistencia de esta. Había oído frases de Miare que solo él podía hacer pasar como verdades, y por ello decidió intervenir. Acompañó él a la diosa, porque sabía que su amigo aún seguía considerándose indigno de ello, y lo seguiría haciendo hasta encontrar la inexistente cura en que él creía con tanta convicción.
          La diosa de largo cabello negro permaneció con quien le había criado, con el corazón agitado, la respiración intranquila y queriendo desaparecer del mundo.
 

          —Cálmate, mi querida Nike —pronunció el viejo tratando de tranquilizarle—. Recuerda que yo los vi crecer a ambos, es imposible que no pueda haberme fijado en ello antes. Cuéntame qué pasó, Nike.
          —Nada, nada —mintió, pero los ojos de su padre le obligaron a retractarse de ello—. La verdad, quería venir a visitarte junto con Miare, pero él no aceptó. Me dijo que tenía cosas más importantes que verte a ti, y lanzó muchas palabras en tu contra, padre. Tengo miedo, padre, creo que ya no conozco a Miare.
          —Lo conoces mejor de lo que crees, quizás necesita que alguien le dé una lección para que asiente cabeza y tenga sus ideas claras. Pero sé que, en el fondo, aún existe ese Miare de tiempo atrás cuando escaparon del Templo de Athena y se perdieron por varios días.
          —Padre, en verdad lamento eso… Yo… En ese tiempo yo… Miare…
          —Tranquila, ya lo sé, ya lo sé —soltó un suspiro largo y profundo—. Yo también fui joven alguna vez, aunque nadie lo crea. Así que no te preocupes de que yo sepa de aquello, pronto me llevaré el secreto a la tumba —rio el Patriarca, aunque no le acompañaron las risas de su hija. No sabía cómo animarla después de tantos años.
          —Eso no fue gracioso, padre.
          —No, no lo fue… Pero gracias por no llorar. A veces olvido que ya no eres la niña tímida que aparentas ser, discúlpame. Es mi culpa que no previniese la maldición, pequé de confiado y tú te quedaste así —se lamentó el viejo Patriarca—. Espero puedas perdonar lo que hizo mal este pésimo padre.
          —Nunca te he culpado. Nunca culpé a nadie —comentó con tono serio, pero mirándole con los mismos ojitos tímidos e inseguros—. Es mi destino como diosa el que eso ocurriese, no podías evitarlo, padre.
          —Mi querida Nike, gracias por ello. Por favor, cuida de Ariadne, ella te necesita tanto como tú a ella. Por favor, disculpa que de ahora en adelante no las pueda acompañar —el padre sonrió, y su hija supo que solo podía devolvérsela para calmarle.
          —Confía en nosotras, padre. Ya has hecho bastante por todo el mundo, más de lo que imaginas. Espero que así puedas descansar en paz.
          —Las cuidaré desde el otro mundo. Desde allí velaré por vuestro bien, aunque el dios de la muerte y quienes resguardan el camino a ella me intenten detener.
          —Inténtalo si quieres, padre. Nosotras esperaremos aquí tu regreso —sonrió y se colocó de pie—. Ya me voy, padre. Sé que no te queda mucho aquí, lo presiento, pero come lo que preparó Mizael antes de irte. Siempre cocina con el corazón, pero siento que incluso él notó algo malo.
 

          La diosa apenas dio el primer paso fuera de la habitación volvió a comportarse con la personalidad infantil, tímida y torpe de siempre. El Patriarca la observaba alejarse y perderse tras el borde de la puerta. Sabía que, aunque Nike fingiera, Ariadne estaría en buenas manos a partir de ahora. Pero también el viejo había notado cierto dolor en su corazón, un dolor imborrable que quizás afectase a su madurez. Solo le quedaba rezar por que esas preocupaciones pronto desapareciesen, pues presentía que en un futuro cercano serían sus peores enemigos.
 

          —No trates de ocultarte. Sé que estás ahí, Miare —exclamó el anciano tendido en cama sintiendo una presencia rencorosa no enemiga.
          —Ahora uno no puede hacerle visitas sorpresas a su maestro —se quejó el Santo de Piscis, revelándose ante los ojos de quien le había entrenado.
 

          En los años que le conocía, Miare siempre había sido algo rebelde, y ello le causó el exilio en el pasado. Él había sido el único de quienes le visitaron que ni intentaba acercarse al moribundo anciano y había permanecido recostado sobre la pared al costado del marco de la puerta. El joven de corto cabello negro alborotado cruzó los brazos y observó a su maestro en tan deplorable situación, un contraste con respecto a cuando era conocido como una leyenda tras haber contenido y sobrevivido a la emboscada en Delusia. Ahora tan débil, ya no le inspiraba ningún sentimiento de imponencia, pero sí mantenía el respeto hacia quien le había perdonado la vida.
 

          —Siempre llevabas a tus oponentes ante la muerte, ¿y ahora dejarás que ella te lleve ante los jueces de Hades? —Comentó el joven sin vacilar.
          —Viví una vida más larga de lo que hubiera querido, no me quejaré —pronunció con pesadez, aunque en realidad lamentaba no poder seguir allí más tiempo—. Cuando alcances mi edad comprenderás porqué.
          —Como si fuese a llegar. En cualquier momento ocurre otro incidente como el de hace treinta y no sé cuántos años —los recuerdos azotaron al anciano—. El siguiente Patriarca nos guiará tan bien como para volver a verlo pronto, maestro. Así que no nos extrañe tanto.
          —Espero que la diosa del destino no escuche tus palabras.
          —Lo hará, la diosa del destino es una bastarda bastante graciosa. Es caprichosa y malintencionada, es una vil broma —dijo recordando lo que ocurrió con Nike años atrás—. Pero también quiso que yo viva, y no sé si agradecérselo o no.
          —Sé que aún sigues enfadado por ello, pero olvídalo. Nada cambiará el pasado, y yo soy el primero que lamenta eso. Por mi incompetencia murió la anterior Athena, por mi incompetencia quienes me importaban no tuvieron un descanso justo, yo soy el responsable de tanto desastre y aun así sigo sin maldecir al destino. Porque es el mismo destino quien me guio hacia ustedes.
          —Bonitas palabras, pero lo dudo. Tampoco es de reconocérselo, pues vaya grupo más dispar ha logrado conseguirse —el desagrado en su rostro era evidente—. Entre quienes aman a la muerte, y las sensibles que se enfadan por cualquier cosa, sin olvidar a aquellos que ni siquiera sabemos qué piensan y por último a un traidor al reino. ¿Debo seguir?
          Miare, ¿cuándo cambiarás para mejor? Llevas conociéndolos varios años, deberías tener más espíritu de compañerismo. Necesitarás de ellos en algún momento, créeme.
          —Como si no lo supiese ya. Seré la peor escoria existente en Atmetis, pero incluso yo sé eso. Ya me ha repetido infinidad de veces el sermón ese de que no puedo luchar una guerra yo solo.
          —¿Quién te entiende? —Exclamó agobiado el Patriarca—. Supongo que si ya lo aceptaste me puedo ahorrar de nuevo el sermón que te tenía preparado.
          —Ni lo iba a escuchar ni iba a permitir que desperdiciase sus últimos momentos de vida. Su cosmos está disminuyendo cada vez más, como si fuese una llama tenue a la espera de extinguirse.
          —No vayas a cometer otra tontería, Miare. Yo ya no estaré para protegerte de nuestros enemigos.
          —No empiece de nuevo, por favor —se quejó el Santo Dorado, escucharlo por milésima vez reprocharle su pasado le fastidiaba—. Si comenzará con ello, entonces mejor me retiro y le dejo tranquilo en sus últimos momentos.
 

          El Santo de Piscis permaneció acostado sobre la pared por unos minutos, durante los cuales el silencio reinó. Aun estando a puertas de fallecer, Haloid recordó algo, una duda que le había carcomido hace mucho tiempo atrás, cuya respuesta se le había concedido hace unas cuantas visitas al Oráculo. Observó a su joven pupilo, casi despreocupado por permanecer con él durante sus últimos suspiros, y pensó mil y una veces si era buena idea confiarle aquellas palabras. Su insistencia había sido mucha durante años, e incluso en la actualidad seguía queriendo conocer esa respuesta a sus plegarias de joven. Confiando en la lealtad del antes exiliado, Haloid le dirigió ciertas palabras que le concernían, y mucho.
 

          —Miare, escucha —su tono se notaba casi apagado, pero él hacía esfuerzo para poder decirle aquel secreto que tanto había preferido guardar hasta entonces—. Según lo que averigüé, en tierras de Asteria se halla un lugar sagrado, la Fuente de Asclepio, capaz de curar toda maldición y enfermedad, según palabras salidas de boca de la más importante de las Musas. No sé si eso sea cierto en su totalidad.
 

          Por fin despegando su espalda de la pared, Miare decidió no volver a dirigirle la mirada a quien había sido su protector durante varios años. La puerta se hallaba a su costado, por lo que no le tomó bastante para llegar al umbral de esta y casi desaparecer tras él. Con los brazos cruzados había permanecido desde que había llegado, e incluso antes de marcharse no había cambiado dicha postura. Su diestra pudo esconder bien de su maestro cómo lograba pellizcarse en el otro brazo, pero no podía contener también los sentimientos de tantos años a su servicio. Muy a su pesar, Miare no pudo marcharse callado.
 

          —¿En verdad piensa que eso cambiará algo? No lo hará. He comprendido que mis esfuerzos fueron vanos, que nunca sabría ello. Ahora usted me lo dice, al borde de la muerte, y cree que ello me hará agradecerle —no le devolvió la mirada a su maestro, no se sentía apto—. Pero, aun así, gracias. Hasta nunca, maestro Haloid.


...si lo que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 22

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#76 El Gato Fenix

El Gato Fenix

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Publicado 03 abril 2021 - 13:25

Cómo va Sagen. Me leí los 2 últimos capítulos. Muy interesante el reino de los pléyades, son muy inhumanos con todo el asunto de la esclavitud y eso sugiere que la guerra mundial no sólo sería por cuestiones territoriales sino tambien ideológicas. No creo que Ariadne acepte un mundo donde exista la esclavitud. Al parecer hay objetos como la daga matadioses entre los pléyades y por otro lado los titanes están sellados en algún lugar de Atmetis, por lo que se debe actuar con cautela al luchar contra Ariadne. En cuanto al capítulo de Haloid moribundo, no llegué a entender el rencor de Miare pero me llamó la atención la mención de un oráculo, el cual no se dice que fue emitido por Gaia, por lo que debe haber más fuentes proféticas oscuras en Etherias y tal vez diferentes predestinaciones.  Sigo esperando el sitio. Bueno, espero leer pronto un nuevo capítulo, nos cruzamos x ahí, saludos!


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#77 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

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Publicado Ayer, 16:48

Agradezco a la gente por haber seguido esta historia hasta este punto.

Con el capítulo del día de hoy cerramos un arco, un arco que ha narrado el camino que tuvo que abrirse paso Athena y los suyos con tal de que Poseidón fuese aliado suyo. 

 

Es a partir de este momento en que los caminos de los dioses serán trazados, pues las guerras cada vez se hayan más cerca de acontecer. La muerte se abrirá paso, se zurcarán los mares, se movilizarán ejércitos y se tratarán de aliar entre ellos. Solo esperen el próximo arco.

 

A su vez, pronto aparecerá sobre el tablero una reina guerrera, cuyos anhelos de venganza habrán pasado desapercibidos por ahora. Liderando una tropa de fieles a ella se adentrará por senderos que nunca imaginó, donde seres incapaces de morir luchan entre sí.

 

Próximamente en Los Reinos de Etherias.

 

Pero antes de eso... 

 

Cómo va Sagen. Me leí los 2 últimos capítulos. Muy interesante el reino de los pléyades, son muy inhumanos con todo el asunto de la esclavitud y eso sugiere que la guerra mundial no sólo sería por cuestiones territoriales sino tambien ideológicas. No creo que Ariadne acepte un mundo donde exista la esclavitud. Al parecer hay objetos como la daga matadioses entre los pléyades y por otro lado los titanes están sellados en algún lugar de Atmetis, por lo que se debe actuar con cautela al luchar contra Ariadne. En cuanto al capítulo de Haloid moribundo, no llegué a entender el rencor de Miare pero me llamó la atención la mención de un oráculo, el cual no se dice que fue emitido por Gaia, por lo que debe haber más fuentes proféticas oscuras en Etherias y tal vez diferentes predestinaciones.  Sigo esperando el sitio. Bueno, espero leer pronto un nuevo capítulo, nos cruzamos x ahí, saludos!

 
Hola Gato, unas pequeñas correcciones.
Primero, los titanes están sellados en todas partes de Etherias, pero solo uno en Atmetis. 
Segundo, el "rencor" de Miare es un sentimiento guardado desde el momento en que Miare falló al secuestrar a Nike (Especial 1) y la maldición de ella (Capítulo 4) ambos causados indirectamente por Haloid. 
El oráculo mencionado en ese capítulo no es otro, es el mismo Oráculo de Delfos al que se acudió en el primer capítulo y lanzó la profecía. Sin embargo, cabe recalcar que no era primera vez que se reunían. Las reuniones allí se dan cada 3 meses, por lo que a lo que hacía referencia Haloid era solo a una visita previa donde intercambió palabras con la acompañante de Apolo.
Saludos.
 

 

Capítulo 27. La voluntad de la deidad

 
 


11:45 horas (At), 12 del Cuarto Mes — Año 3015 E.O.

 
          —Reina Athena, ¿está segura de esto? —Atinó a preguntarle Midna de Casiopea, aun desconfiando de aquella decisión tomada. Observaba a la diosa segura, pero temía que eso le costase la vida.
          —No puede haber otra alternativa, hablaré con ellos, eso es lo que he venido a hacer. Será lo mejor para todos —concluyó la diosa deidad que apenas había cumplido quince primaveras.
          —Si esa es su decisión, no la puedo cuestionar —respondió la Santa de Plata, aún arrodillada al costado de quien debía de proteger —. Confíe en mí su bienestar, reina Athena.
          —Gracias Midna —dijo ella, con su característico tono alegre.
 
          Le dolía el pecho de solo pensar en fallar su misión. A ella se le había encargado el bienestar de la diosa durante su permanencia en la región norteña de Ventus, pero no sabía por qué ella había sido designada. Los Santos Dorados que habían acudido en compañía suya a los dominios del emperador de los mares ahora descansaban en tranquilamente en la capital, y solo las representantes del reino habían acudido a las tierras devastadas por capricho y deseo de la deidad olímpica.
          La Patriarca ahora se hallaba con su maestro el Santo de Géminis y con la princesa Pallas, los tres discutiendo qué hacer con respecto a Maiestas. En aquellas horas quien debía resguardar la protección de lo que quedaba de Muro era el grupo liderado por la Santa de Acuario, quienes a pesar de haber sufrido bajas se mantenían allí siguiendo las órdenes y deseos de su líder. Tras sentirse intranquila manteniéndose sentada y quieta mientras todos tenían algo qué hacer, la reina Athena decidió dar una caminata. Convenciendo a Dreud, logró ella tomar aire fresco, pero teniendo de fiel compañía a la Santa de Casiopea.
          Para ninguno de los habitantes de Ventus era sorpresa alguna de que hubieran revueltas y ciudadanos inconformes con la presencia de los Santos allí. Aún se mantenía en el recuerdo la sangre que había corrido en aquel amanecer que parecía haber iniciado tan normal y eso se había grabado a fuego dentro de cada subconsciente. La Santa observaba a cada lado, y tanto ella como la joven diosa a quien escoltaba se daban cuenta de algunas miradas rencorosas que les lanzaban, sobre todo a la joven quinceañera.
          Aún en aquel día los habitantes de Ventus seguían escarbando entre los numerosos escombros, tratando de recuperar lo que quedaba de las pertenencias que habían atesorado su vida entera. A pesar de que los trozos de pared eran grandes y pesados, muchas veces ambas encontraban grupos de personas que se encargaban de ayudar a retirarlos. La pequeña diosa se acercó a ellos, e intentó usar su débil fuerza física para poder levantar por fin el pesado muro, siendo ayudada por la Santa de Plata —quien hacía más fácil este trabajo—. Y, sin embargo, los hombres detuvieron su esfuerzo apenas ambas acudieron en su ayuda. La reina de Atmetis se agachó y recogió de entre las piedras una foto enmarcada, con el cristal destrozado y la imagen ligeramente rasgada producto de los impactos recibidos. Observándola, la diosa extendió su mano y trató de entregársela al hombre frente a ella que era su legítimo propietario, pero este ni siquiera les dirigió la mirada.
 
          —Es tuya, ¿no? —Preguntó algo enfadada la Santa de Casiopea enseñándole la foto al hombre, casi arrancándosela de las manos a la diosa por descuido—. ¿Qué te pasa? Hazle caso a tu rei…
          —Midna, detente —interrumpió la diosa Athena, extendiendo su brazo e impidiendo así que ella diese los pasos suficientes como para golpear al hombre de robusta contextura y remarcada calvicie.
          —Pero, reina Athena, yo… —trató ella de excusarse, deteniéndose ella misma cuando observó nuevamente a su diosa—. Comprendo, disculpe mi actitud.
 
          La joven gobernante volvió a tomar de manos de su guerrera la foto y se la volvió a ofrecer al hombre. Este y su grupo la observaron y, con un poco de mala gana, aceptó el objeto que le tendía la pequeña Ariadne. Con sus ojos desbordantes de lágrimas, el viejo hombre lamentó la mucha familia que perdió y que aparecían en aquella imagen tan sonrientes y felices, despreocupados de su aciago final. Habiendo sido vencido por la tristeza, las pocas fuerzas que le mantenían de pie cedieron y provocaron que el hombre se arrodillase frente a lo que alguna vez había sido su hogar, y desconsoladamente golpease al suelo, creyendo que aquella protesta haría volver a aquellos que se habían ido al otro mundo.
          La diosa no dijo ni una sola palabra más y la Santa que le acompañaba tampoco, pasaron por detrás del grupo de personas y continuaron con su recorrido. Aun continuaba con sus sollozos, y conforme iba viéndolo por el rabillo de su ojo, Midna se sentía cada vez más culpable de aquel dolor. Quizás ella había sido demasiado dura, pero lo ameritaba, pues su reina merecía el respeto debido por todo lo que hacía por Atmetis. Sus ojos, aunque reflejaban arrepentimiento, no volvieron a ver a aquel hombre quien desapareció tras haber cruzado unas cuantas calles del laberinto de devastación.
          Cuantas más personas pasaban por el costado de la diosa, más eran las personas que habían dejado de demostrarle devoción con la acostumbrada venia. Solo aquel día Midna en varias ocasiones tentó a levantar su puño contra su propio pueblo, y asestarles a varios la misma técnica que en aquel desafortunado día ella había usado con tal de protegerles. El cosmos cálido y amable de la diosa era lo único que podía apaciguar las volátiles emociones de Midna. En aquellas ocasiones, la Santa de Plata creía que ella no estaba protegiendo a Su Majestad Athena, sino todo lo contrario: su reina le protegía.
          De lejos, ambas observaban a los compañeros de Midna, quienes ayudaban en cuanto podían levantando escombros y movilizándolos a donde no estorbasen. El forzudo Xárine continuaba haciendo galas de sus músculos, levantando pedruscos más grandes que él mismo sin inmutarse y llevándolos apresurado del otro lado del Muro caído. Era su misión desde hace días el desocupar dicha zona, pero la ausencia de ayuda era evidente y poco avanzaban en cada jornada. Los habitantes se rehusaban a ayudarles, algunos por dolor y otros por empatía con los dolidos, pero nadie movía siquiera un dedo para apoyar el gesto de los Santos.
 
          —Midna, ¿crees que pudieron haber evitado esta situación? —Preguntó seriamente la diosa a su subordinada mientras seguían avanzando frente a negocios que apenas volvían a abrir sus destartaladas puertas.
          —Si le soy sincera, no —respondió secamente la guerrera—. Ese tal Reonis sobrepasó por mucho a la señorita Nereida. Aun cuando yo me hallaba peleando, de tanto en tanto podía ver cómo sus técnicas gélidas eran repelidas por esa maldita lanza que portaba. Era inútil pelear contra él.
          Siendo ese el caso, ¿por qué sientes resentimiento Midna? Ustedes hicieron cuanto pudieron y eso es lo que les debe importar a todos. Si ustedes realmente hubieran fallado, nadie aquí continuaría con vida.
          —Es que realmente es molesto… —dijo ella apretando su puño disimuladamente mientras seguía caminando. Las cortas uñas que tenía le hacían doler conforme más molestia se gestaba en su interior—. Saber que estás ahí, peleando por todos ellos, luchando con todas tus fuerzas aun sabiendo que puedes morir en cualquier minuto, y, sin embargo, que tus esfuerzos no hayan servido para nada.
          —¿Tus esfuerzos no sirvieron de nada? —Cuestionó la diosa de la sabiduría deteniéndose allí mismo. La Santa se quedó extrañada—. Si no hubieran luchado contra esos soldados, ellos hubieran atravesado el muro, Midna, y si eso ocurría, quien sabe cuanta más sangre hubiese corrido aquel día. Los esfuerzos de todos han salvado muchas vidas, eso lo sé.
 
          Ella no lo había pensado de aquella forme, y ello provocó que las palabras de la reina calaran más hondo en su ser. Aún se hallaba ciertamente fastidiada, pero su corazón se sentía más tranquilo que antes, y más motivado para pelear. Ambas continuaron con su recorrido silente, mientras negocios varios interrumpían su accionar momentáneamente mientras la diosa Athena pasaba frente a estos. Adentradas ya en el sector que no había sido destruido, unos cuantos se dignaban a hacerle reverencia a la encarnación de la sabiduría. Mientras más ellas se iban alejando de lo que quedaba de la Muralla, más multitudes se acercaban y hacían presente su devoción.
          La diosa, cordial y amable como siempre, les regalaba una cálida sonrisa e inclinaba levemente la cabeza como respuesta a cada una de las reverencias que le hacían.  La Santa de Casiopea se mantenía a prudente distancia, la suficiente para evitar cualquier mal trato que le pudieran dedicar a la reina de Atmetis. Los observaba estando ella de brazos cruzados, chocando siempre los dos protectores metálicos que cubrían a manera de brazaletes. Sus dedos tamborileaban estos cuando mucha gente se aproximaba a la reina, pues sus ojos debían estar más que pendientes en aquellos momentos.
 

          —Acércate pequeño —dijo de pronto la diosa Athena. Se agachó, procurando que el sencillo vestido que llevaba puesto se mantuviese impecable.
 
          Llamando con su índice a un niño cuyas ropas se trataban de harapos polvorientos y ligeramente rasgados en los mismos lugares donde su piel lucía costras producto de sangrantes heridas. La diosa extendió su mano en su dirección, y él se acercó, abriéndose paso de entre la arboleda de piernas donde se hallaba casi escondido. Su rostro reflejaba cierto temor y tristeza, y sus brillantes y lacrimosos ojos habían llamado la atención de la joven reina. El niño, que parecía no tener más de seis años, se abalanzó sobre la diosa y esta lo acogió entre sus cálidos y desnudos brazos, dándole un abrazo, tratando de así apaciguar su confuso corazón.
          Con la gente rodeándole, le fue imposible a Midna advertir todos los peligros que le rodeaban. La maraña de personas obstruía su vista en puntos cruciales que su observación no debería haber desprevenido, como aquel niño. En un primer instante, un destello metálico que el infante cargaba tras de sí llamó su atención, pero jamás advirtió que la mayor amenaza para la deidad fuese alguien a quien fácilmente cuadriplicaba en edad. El chiquillo cogió del mango el infame objeto y trató de usarlo contra la diosa, buscando clavárselo en el vientre, un punto ciego que la Santa guardaespaldas no pudiese ver. Cuando Midna observó la extraña posición del niño, con el mango metálico en sus pequeñas manos, temió lo peor. Se acercó más a la diosa, buscando castigar y proteger y, sin embargo, la diosa extendió su brazo izquierdo, deteniendo en el acto a Midna.
 
          —Detente, Midna. Está bien —dijo la diosa con tranquilidad. La Santa de Plata no entendía bien, y le miró extrañada, con terror, pero a la vez con curiosidad de saber por qué su reina decía tales cosas.
 
          En su infantil mente, el plan había sido concretado, vengando la muerte de sus padres habiendo usado aquel cuchillo de cocina, cuyo mango metálico era únicamente adorno, y cuya hoja se hallaba hecha de madera. Era un objeto común en Atmetis, usado para el aprendizaje de los utensilios básicos a la hora de comer, especialmente creado para que niños de su edad no se rebanasen los dedos mientras estos entendían como emplearlos. Tras la caída de escombros que destrozó media ciudad, había quedado huérfano, y ello era de las pocas pertenencias que aun conservaba.
          La reina recibió la puñalada en su costado, deslizándose la hoja del cuchillo por la silueta de la joven reencarnación de Athena y salvándola de todo peligro. De los ojos del pequeño comenzaron a brotar lágrimas y más lágrimas, pensando que había logrado su cometido. La diosa continuaba allí, abrazándolo y acariciándole el cabello al infante, frente a su pueblo expectante. Uno de los allí presentes le comentó a Midna lo que ocurría con aquel niño, comprendiendo el porqué de su actuar, y preguntándose aún más por qué la reina lo había permitido en un primer momento. 
          Cuando los ríos dejaron de manar de los ojos del pequeño, la compasiva reina lo tomó de la mano y siguió avanzando su camino. La multitud que parecía cercarla en un momento, ahora se abría hacia los costados y despejaba el sendero por el que la diosa quería transitar. Midna les siguió por detrás, al igual que antes, observando impresionada la actitud tan comprometida de la reina con aquel chiquillo. Athena recorrió todo el camino hasta donde se hallaba el centro de mando de sus Santos, ambos quedándose sentados en los escalones de la puerta hasta que la Santa de Plata en su pesado caminar decidió acortar la distancia entre ellos a solo centímetros.
La reunión entre los dos Santos Dorados y la princesa Pallas había acabado hace poco, y al notar que se aproximaba el cosmos de su señora, Dreud de Géminis bajó los escalones de la Torre poco a poco hasta parecer cronometrarse su llegada con la de Midna.

 
          —Veo que se ha divertido bastante, diosa Athena —comentó el Santo de Géminis, observando a un infante justo al lado de su amada reina. Intercambió miradas con su alumna, para comprender algo de la situación—. Mi reina, ¿podría acompañarme un momento?
          —En seguida Dreud, déjame un mome… —al pronunciar aquel nombre tan familiar, el niño se alertó, aunque al no llevar la brillante armadura dorada descartó aquella idea.
          —Es urgente, Su Majestad, de ser posible quisiera hablar de ello ahora mismo —osó a interrumpir el Santo de Géminis.
          —Me disculparás —pronunció la quinceañera. Inclinó la cabeza y se retiró pronto.
 
          La diosa se adentró en la torre repleta de sombras, siguiendo al Santo Dorado quien le guiaba por el recorrido espiral de las escalinatas interiores del edificio. En el camino ella se cruzó con una apurada Pallas, quien le colocó la mano en el hombro a manera de saludo rápido, y ambas prosiguieron sus opuestos caminos. Los escalones de piedra parecían cada vez más infinitos y, sin embargo, cuando ella menos lo esperaba, una luz indicó el final de este. La sala amplia que se abría ante ella llevaba a un pequeño balcón, a donde el portador del Manto Dorado le señaló que fueran ambos. La vista, que en alguna vez pudiese haber sido hermosa, ahora lucía algo triste, pues desde allí se observaba como la ciudad había perdido cierto brillo que enamoraba a la gente. Ariadne solo pudo observar, y descubrir desolados rincones que ella jamás había recorrido a pie.
 
          —¿Eres consciente de lo que haces, Ariadne? —Cuestionó el guerrero, no en tono intimidante, sino con su apacible y dormida forma de actuar—. No comprendo aún porqué lo has traído contigo.
          —Porque de todos aquí, él es el único que intentó asesinarme —ciertamente logró desconcertar a su guerrero, resignándose este a comentar hasta terminar de escuchar a su reina—. Es extraño, pero no me siento molesta a causa de ello, solo conmovida, pues presiento que alberga mucho dolor en su interior. Comprendo cómo debe sentirse, al perder a nuestro padre Haloid igualmente quedé afligida, pero al menos los tenía a ustedes conmigo para ser fuerte. Es mi voluntad que ni aquel pequeño, ni nadie, piense que ni este mundo y ni nosotros los dejaremos solos.
          —La guerra ya ha comenzado, Ariadne, y esta catástrofe no debe pasar por alto, claro. Pero tanto tú como yo sabemos que no es la primera ni la única injusticia que se cometerá en esta interminable empresa de la cual somos partícipes —Dreud apoyó sus brazos en el barandal del mirador, contemplando las ruinas de lo que una vez había sido una zona residencial—. No es posible preocuparte por todos los caos que surgen en el mundo. Si nos preocupamos por aquel pequeño, debemos hacerlo también por los otros miles que habitan Ventus e incluso todos aquellos que pueblan Atmetis. Es imposible velar por cada uno de ellos.
          —¿Y si lo hacemos posible? —Su tono parecía volver al de cuando era una niña, pero esta vez estaba impregnado de su sabiduría de diosa—. Quizás no todos, pero sí cuantos más fuesen posibles. Ese niño me recordó a ti, en cierto sentido, Dreud. Aún recuerdo lo que padre me contó acerca de ti. 
 
          La deidad recordó todo lo que el Patriarca anterior le había contado acerca de aquel elegido a portar uno de los Mantos Dorados. Su tono animado ayudó a pasar el trago amargo que sintió el Géminis cuando sus memorias furtivas volvieron al acecho.
 
          —Ciertamente, Ariadne, pero déjame caer en cuenta de una simple cuestión. Considera que mientras más prospere nuestra misión, más personas contarán contigo como su líder indiscutible —el Santo de Géminis se mantuvo expectante, contemplando la belleza del horizonte soleado que bañaba la superficie de las montañas—. Sé que no está en discusión, pero no puedes cargar todo Etherias en tus hombros.
          —Comprendo bien, Dreud, comprendo que mi visión es demasiado utópica para cumplirse, pero es por ello que yo también lucharé. Porque es mi anhelo ver que Etherias entero sonría —observó el panorama, contemplando a las personas que iban y venían por delante del edificio donde ellos se encontraban—. Mientras sea capaz de proteger esas sonrisas y mientras tenga el poder convertir llantos de tristeza en unos que reflejen alegría, daré lo mejor de mí por todos aquellos que confían y creen en Athena.
          —No esperaba menos del deseo de mi diosa.
          —Por favor, continúen apoyándome, más ahora que nos enfrentamos a lo desconocido. Yo solo podré hacerle frente a esa oscuridad que se nos adviene, siempre y cuando sepa que ustedes están junto a mí, peleando por el mundo que queremos proponer.
          —No puede ser de otra forma, Ariadne. Confía en nosotros.


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