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Los reinos de Etherias


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52 respuestas a este tema

#21 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

    Ocioso las 23:59 horas.

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Cancer

Publicado 15 abril 2020 - 12:09

Bueno amigos, ya ha pasado otra quincena así que significa... ¡Tengo un capítulo nuevo qué publicar!

 

Pero no sin antes pasar a responder algunos comentarios. En verdad les agradezco mucho que comenten, tanto como que le den una pequeña oportunidad a este humilde historia. 

 

Capítulo 3. La reunión dorada

 

¿quien es Atmetis?

 

Bueno amigo T, para eso debemos remitirnos al mapa del primer post. Atmetis no es una persona o ente, es un reino de los 12 en conflicto.

Saludos T. Espero que te estes cuidando en casa y tal.

 

Cangrejin, un saludo.

 

He leido hasta el cap 4 del fanfic...

 

Oh, que amable es usted compañero lairiel. En verdad aprecio que mis esfuerzos en tratar de mejorar la prosa le hayan gustado. En esta oportunidad traté de practicar con la 3ra persona así que no sabía muy bien qué tal iba a salir. Por lo que puedo leerle, parece que el experimento salió bien.

Saludos y cuidate, que estas épocas estan siendo algo duras.

 

 

 

Capítulo 5. Un nuevo Patriarca
 
 
          Con el transcurrir del tiempo, de igual forma se acababa el plazo establecido por la diosa Athena para que sus Santos Dorados tomaran una decisión. Entre todas las risas que esa tarde se habían escuchado y la muy decente comida —si se le puede llamar así a unas patatas fritas embolsadas hace quien sabe cuánto tiempo— la hora se les pasó volando. Acordaron regresar a tomar sus pendientes copas de vino, dejadas en refrigeración para que el cálido ambiente de la habitación no les afectara en nada a su sabor. No era cuestión de hacer una infantil competencia de quién se acababa su copa primero y llegaba antes a las puertas de la sala del trono, aunque… buena idea era al fin y al cabo y se les pasó por la cabeza a algunos.
          La única ausencia notable a ese acuerdo fue Miare de Piscis, quien por causas que solo él conocía se ausentó de la habitación el último cuarto de hora. Salió tan de repente, y sin disculparse, que nadie le tomó ninguna importancia. Lo encontraron parado, recostado sobre el frío muro de ladrillos de piedra, en la misma pose que siempre llevaba él de forma inconsciente. Los cálculos de tiempo no resultaban, así que una gran cantidad de supuestos posibles del accionar del Santo de Piscis durante los últimos quince minutos eran descartados con facilidad. Este asunto solo quedó zanjado al declarárselo como un asunto de suma urgencia —o, traducido de aquel lenguaje en clave: había necesitado ir a los servicios sin querer llamar la atención—. Después de todo, Miare era para muchos alguien cuyas acciones eran carentes de relevancia. 
 
          —Primera vez que te veo llegar temprano a una reunión, Miare —dijo Nadeko en tono risueño, quizás el vino había hecho más mella en ella de lo que había pensado.
          —Como siempre llegas tarde a todas las reuniones, no me extraña Nadeko —dijo él en contestación mientras observaba el lado del pasillo donde no estaban sus compañeros. Estaba expectante ante la llegada de sus diosas.
          —Eso sobraba, querido Miare —respondió ella sin perder la sonrisa en su rostro. 
 
          Aprovechándose del cariño que les profesaba a todos, y de su estado no racional, ella se apoyó sobre la pared, quedándose muy cerca del Santo de Piscis, y dejó caer su cabeza sobre el hombro de su compañero. Quizás muy en el fondo a Miare esto no le incomodaba pues, eran como parte de una misma familia. Lo que sí le encendía todas las alertas rojas y le inspiraba cierto pensamiento de mal agüero fue el ligero olor a alcohol que manaba del aliento de su compañera. No era tan sutil como el que se había adherido al suyo tras tomar media copa, no. Si sus sospechas no eran infundadas, había algo que no le estaban diciendo.   
 
          —Mizael, Aruf, amigos míos, no traten de engañarme. ¿Cuánto han hecho que beba? —trató él de inquirir preguntándole a quienes sí podrían contestarle sin tantos rodeos.
          —Nosotros, nada. Ella ha bebido por su propia voluntad una copa más que todos los demás. Ahora, que existe la posibilidad de que esa copa no tuviera el mismo sano contenido que el resto, pues, existe. No quiero señalar culpables, pero… —dijo el caprino apuntando con suma discreción a alguien detrás suyo con uno de sus dedos.
 
          Antes de que el Santo Dorado pudiese abrir su boca para recriminarle a Shiou de Cáncer, uno de los que —para mala fortuna— estaban siendo señalados, su compañero Aruf de Leo se le acercó. Le colocó la mano alrededor del oído derecho y le murmuró.
 
          —El de la idea fue Aiza. Sé bien que estabas pensando Miare, pero no. No es momento de que te ciegue el odio, Ariadne y Nike ya han comenzado a moverse —dijo en voz baja para tratar de tranquilizarle, lo cual consiguió.
          —Maldición, odio que sea eso cierto… Pero, ¿por qué le hicieron esto a Nadeko? —continuó él con las preguntas hacia sus compañeros. Al pequeño grupo ahora se habían sumado ya los Santos de Tauro y Sagitario. 
           —Les dije: “denle de tomar mucha agua”, para poder diluir la cantidad de alcohol que ella ingirió, pero no. Ahora todos creen que son expertos en medicina—comenzaba a lanzar sus quejas en tono irónico el ilustre Parsath. 
          —Verás, Miare, lo que sucede es que tras haber deliberado acerca de quién sería el sucesor del Patriarca, Nadeko se puso un tanto violenta. Así que la mejor idea que se tuvo fue el de darle de beber algo más "contundente" —intervino Berud, aquel que en combate portaba su arco con miles de flechas hechas de su propio cosmos.
           —Tuvieron suerte, porque si bien podría haber quedado como está ahora —dijo él mientras señalaba a la risueña Santa que estaba aún acostada en su hombro— también podría haber enloquecido y enfurecido aún más. 
          —¿Experiencias personales, Miare? —Preguntó en tono de broma Aruf, quien a pesar de su corta edad había encontrado en el Piscis a un gran amigo. Comenzó a reírse apenas terminó de pronunciar su última palabra.
          —Serán las tuyas, leoncito. Como si no conociera todo lo que haces por allá en la región de Ignar —comentó en respuesta el ingenioso Santo de Piscis trayendo de sus memorias unas palabras que había escuchado hace una infinidad de tiempo—. Los rumores recorren Atmetis más rápido que nosotros mismos, tenlo muy en cuenta.
          —Lo sabía, lo sabía. Eres un bocazas, Berud —añadió finalmente el Leo mientras le daba un golpe amistoso en el hombro a su otro compañero.
 
          Antes de que pudieran continuar con su amena conversación, dentro de sí sintieron que se acercaban aún más las presencias de las diosas que ellos habían jurado proteger. Sus cosmos cálidos y divinos eran una sensación única en todo Etherias, les inspiraban una enorme tranquilidad, un sentimiento de confort. El cosmos de Pallas era digno del de una diosa de la guerra, pues en él se podía sentir también el calor de la batalla y el valor de los combatientes de todas las épocas. En el de Nike se encontraba una presencia señorial que inspiraba el absoluto convencimiento con el que se define una batalla, legado de su linaje como diosa de la victoria. Por su parte, Athena poseía un cosmos que profesaba un infinito amor por todos, con el cual abrumaba a quienes le rodeaban. 
 
          —Ariadne, ¿ya entramos a la sala o esperamos un rato más? —preguntó con curiosidad Dreud, dando unos pasos en dirección a las diosas. 
          —Si te soy sincera, no tengo muchas ganas de actuar como diosa. Media hora al día debería bastar. ¿O no, Pallas? —Ariadne volteó a ver a su hermana mayor. Ella le quiso negar con un gesto, pero, al ver los ojitos tiernos que le ponía, se ahorró las palabras—. Díganme su decisión aquí mismo. 
 
          Sin titubear, todos los Santos Dorados, a excepción de Aries y Piscis, dijeron a una sola voz su respuesta.
 
          —Nadeko —dijeron ellos.
 
          En el rostro de la joven Ariadne se había formado una pequeña sonrisa cómplice. Quizás fue tan solo un momento, pero, para aquellos guerreros que en la batalla no debían perder de vista ningún detalle, había sido una declaración de sus verdaderas intenciones. Comprendieron que había estado jugando con ellos desde el primer momento y que nunca tuvo la intención de aceptar a nadie más que a Nadeko como digna sucesora del viejo maestro.
 
          —Perfecto —fue lo único que se limitó a decir Ariadne con su gentil tono de voz—. Ahora, si me disculpan hay…  
          —Yo objeto, Señorita Ariadne. No puedo permitir que Nadeko sea nuestra Patriarca —habiendo levantado la mano, el Santo de Piscis creía tener el derecho de hablar.
          —Ay, Miare, querido… ¿Cuál es la razón por la que no aceptas mi decisión?
          —Nadeko es una mujer, no merece llevar el cargo de Patriarca porque solo los hombres pueden llevar a costas tal nombre —dijo él visiblemente enfadado, aunque en su tono no resaltaba más que el Miare molesto que todos conocían.
          —¿Es en serio, Miare? Que pesado eres. ¿Cómo es posible que de tu boca salgan tales declaraciones discriminatorias sin tener ni un ápice de vergüenza? —Dijo con asombro Mizael, quien se aliviaba de que su compañera siguiera sin enterarse de lo que ocurría a sus alrededores. Unas palabras así hubieran despertado a la indomable bestia y solo quedarían once de ellos.
          —Estoy más que seguro que ustedes también piensan igual que yo, Aiza, Mizael, e incluso ustedes Kyouka y Jasmine. Saben perfectamente que el término masculino “Patriarca” no se va a relacionar bien a un término femenino como lo es “Nadeko” —dijo Miare en respuesta a su compañero—. Patriarca Nadeko suena hasta en cierto punto raro. 
          —Esa… ¿Esa era toda tu intervención estelar, Miare? —preguntó Parsath.
          —Mi queja es razonable, me rehúso a llamarle “Patriarca Nadeko” a Nadeko, ella siempre será para mí simplemente Nadeko, les agrade o no. Quizás pueda usar alguno de los dos términos por separado al referirme a ella, pero nunca los dos en una misma oración. No lo admito —concluyó finalmente el Santo de Piscis.
 
          Poco a poco sus compañeros se acercaron a él a lanzarle golpes uno a la vez en compensación por las molestias generadas. Antes de ello, Kyouka leyendo las intenciones del resto se había acercado a él para ayudarle a cargar el peso de su compañera, ahora Patriarca, pero no le advirtió del peligro debido a que ella los apoyaba y, claro, cualquier cosa que le generase un mínimo de risa era digno de su atención. Cuando inició el castigo al Santo Dorado, aunque haya sido incorrecto, Ariadne trató de ocultar con su mano las risas que le generaba. 
 
          —Cuando Nadeko se encuentre en su mejor estado le daré algunas instrucciones. Infórmenselo en cuanto se recupere —dijo la diosa mientras se retiraba, insegura de si había sido escuchada entre tanto bullicio.
 
*   *   *
 
          Se había despertado sin razón aparente, quizás habiendo sido invadida por el sofocante calor que hacía en dicha época del año. No podía dormir tranquilamente en los brazos de alguna de sus hermanas como hacía en días de invierno, en los cuales se sentía muy a gusto de su compañía. Incluso ella pensaba que más que la comodidad de estar protegida entre las manos de quienes quería, hubiese sido un suicidio tratar de combatir el calor con más calor. Decidió hacer como muchas noches antes, dar una caminata con la cual sus energías se agotarían y con ello evitaría pensar en el calor y en todas las preocupaciones que no le daban tregua ni en sus propios sueños.
          Quizás no había sido lo más correcto, pero, ella decidió encender su cosmos divino una vez más durante dicho día y, con ello, al tomarle de la mano a su hermana Nike —sin procurar despertarla, claro—, la convirtió en el báculo de leyenda que siempre acompañaba a la diosa de la guerra. Podía parecer innecesario, pero su posición como regente de Atmetis cargaba consigo muchos peligros y la oscura noche los atraía a gran cantidad de ellos. Aunque, a decir verdad, ella llevaba consigo a su hermana por el miedo que sentía ante la poca iluminación de los pasillos de su templo a esas noctámbulas horas.
          En la cima del templo, a donde era únicamente accesible por escaleras que se encontraban perdidas en la inmensidad del laberinto, había una pequeña terraza donde se podían observar tranquilamente y sin impedimentos los astros celestes. En ella encontró a Nadeko observando el horizonte, apoyada sobre un pequeño muro de protección que apenas le llegaba a la altura del muslo. Aunque no hubiese mediado palabra con ella, notaba en el ambiente que se encontraba decaída. 
 
          —Ariadne, no me vengas a dar sustos así —dijo ella sin darse la media vuelta para recibirla.
          —¿Cómo supiste que era yo, Nadeko? —preguntó la joven en respuesta. Tenía curiosidad pues no había hecho ningún ruido con su voz que pudiese revelar su identidad.
          —Tu cosmos es maravilloso, Ariadne. Imposible no haberlo sentido —dijo ella con un par de risas entremedias de sus palabras—. Incluso despertaste a algunos de tus Santos, pero descuida, ya me encargué de comunicarles que era una falsa alarma y que tú estás bien.
          —¿En serio generaba tanta preocupación? Ya no volveré a hacerlo —dijo Ariadne apenada—. ¿Desde hace cuánto que sabes que vengo aquí, Nadeko?
          —¿Cuánto? Supongo que toda tu vida. No te olvides que fuimos Haloid y yo quienes te trajimos por primera vez aquí. Una vez que desapareciste en mitad de la noche viniste aquí sin decirnos nada a nadie. Cuando te encontré me sentí aliviada, pero aun así quería protegerte y es por eso que había veces en que te seguía. Como nunca te dabas cuenta era muy sencillo.
          —Me das un poco de miedo, Nadeko. 
 
Un ambiente de silencio se formó entre las dos chicas por un momento hasta que la Santa de Aries abrió la boca.
 
          —¿Por qué, Ariadne? ¿Por qué ellos me eligieron a mí? ¿Por qué me elegiste a mí? Nunca deseé que esto fuera así. Solo por nombrar un ejemplo, Aiza era un mejor candidato, él sí merecía portar el casco dorado. Yo en cambio no sirvo para ello. 
          —Pero, aun así, eres la Patriarca —acentuó la quinceañera en un tono burlesco. Ella tosió una vez, cambiando así de forma de expresarse, un juego muy común entre las dos—. Los líderes de Atmetis no nacieron sabiendo gobernar, alguno que otro tenía ciertas destrezas, pero aun así todos lograron grandes hazañas por su propio esfuerzo en su determinado momento. 
          —Ariadne, no me entiendes. 
          —En realidad, Nadeko, tú eres la que no nos entiende. Esta es la máxima prueba de nuestra confianza puesta en ti, ¿qué más necesitas saber? Los sentimientos de todos fueron concebidos en dicha decisión, legándote a ti la labor de ser digna sucesora del viejo maestro Haloid. ¿Piensas renegar de ellos? No, no lo creo, o al menos eso me dicen tus ojos. 
          — Ariadne, pero… ¿y si fallo? ¿Y si tomo una mala decisión que acabe en la muerte de todos a quienes conozco?
          —No vas a cargar con dicha culpa, Nadeko. Siempre vas a tenernos a nosotros de tu lado. Cree en mis palabras —le tomó de la mano, queriendo así apaciguar sus temores.
          —Espero que así sea, Ariadne.
          —Confía en mí —dijo ella sonriente de oreja a oreja. Desvió su mirada un momento para ver a Nike en su diestra—. Arrodíllate, Nadeko.
          —No entiendo qué motivos habría para hacerlo, Ariadne —comentó Nadeko con sincera curiosidad.
          —Tú solo hazlo, Nadeko —su guerrera no tuvo más opción que hacerle caso. Desde que recibió la orden no le dirigió la mirada ni por un segundo, ella mantuvo la cabeza agachada todo el tiempo por respeto a su deidad.
 
          Cuando el viejo maestro Haloid estuvo en su lecho de muerte, él le había encomendado una pequeña misión a Ariadne, una que solo ella podía cumplir. Aquella vez le dijo que buscara uno de los viejos pergaminos que se guardaban en la biblioteca. Este contenía una información precisa que iba a utilizar, lamentablemente, más temprano que tarde. Era su deber conocerlo. 
          Recordando cada una de las palabras que en este habían escritas, hizo uso de Nike, dándole un pequeño beso antes, tratando de disculparse así con ella por estar usándola como solo un objeto. Ariadne extendió su báculo, colocándolo solo unos centímetros por encima de la cabeza de su guerrera.
 
          —¿Deseáis ser Patriarca, honorable Santa Dorada? —comenzó a hablar ella haciendo uso de un tono solemne—. Es un camino duro y lleno de responsabilidades… 
 
          Con sumo cuidado la joven quinceañera iba llevando en su recorrido el cabezal dorado del báculo de la cabeza a su hombro derecho y de este a su hombro izquierdo, apoyándolo en cada una de estas partes, mientras seguía repitiendo el mismo juramento con el que sus antecesoras habían nombrado líderes a aquellos que habían sido dignos de la confianza de la mismísima diosa reencarnada.  
 
          —… es así que te encomiendo resguardar el destino del reino de Atmetis —concluyó Ariadne con su largo discurso—. Alzaos, Nadeko de Aries. Yo te proclamo como la nueva Patriarca de nuestro reino.
 
 

Aviso de desinterés público...


...si es que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 8

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#22 Lairiel99

Lairiel99

    Visitante

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Leo

Publicado 16 abril 2020 - 21:49

Ese Patriarca de Aries si se puede ver :D .

 

Buen capitulo, cangrejin. Sigue asi.



#23 Patriarca 8

Patriarca 8

    Miembro de honor

  • 16,112 mensajes
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Peru
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Masculino
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Cancer

Publicado 21 abril 2020 - 08:49

Capítulo 5. Un nuevo Patriarca

 

Esa competencia de velocidad habría sido tipo disney  <_<

 

¿Nadeko estaba dro.gada?

 

 

el Santo de Piscis tiene suerte de que no hubiese feminazis locas en ese momento, de lo contrario habría sido eliminado mas rápido que afrodita  XD

 

 

el Santo de Piscis tiene razón en algo. usar el termino masculino de un titulo de varón en una mujer es un tremendo error en el lenguaje ,pero se puede solucionar con un termino femenino como Matriarca o por lo menos utilizar un titulo que sea neutral de lo contrario seria algo bastante raro

 

pobre  Nike  la utilizan como linterna XD

 

¿la Patriarca ?que bajo ha caído la educación en Grecia que la gente olvido expresarse correctamente  :ph34r:

 

 

PD: ojala te encuentres bien respetable usuario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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#24 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Virgo

Publicado 26 abril 2020 - 23:19

Vamos con el review. Te aviso que, en estos comentarios, solo habrá crítica constructiva, y de antemano, me gusta lo que leo. Nunca, NUNCA debes tomarte a mal lo que escriba, sea bueno o malo, porque bueno.... ya me conoces hace buen tiempo, Sagen y sabes que lo único que quiero es que la gente lea más historias de SS, y ayudar a los que me caen bien (que en este caso, es uno solo de los Sagen, el que escribe, y no el resto, como siempre). No lo puse al principio de la primera respuesta, y es necesario aclararlo al empezar a leer una historia de otra persona.

¿Por qué empiezo con este cliché de película de Adam Sandler, tan melodramático? Ya lo verás al final de esta review. Honestamente, hay cosas que no sé cómo aguantas aún, Ed.

 

En fin, vamos con el 2, bien los personajes, recuerdo algo de Cáncer (me agradaba), de Escorpio (nunca me cayó bien) y Piscis (que sí me caía muy bien, aunque en esta como que a veces lo veo grosero de más; como consejo, trata de que salga solo cuando sea natural, y no solo cuando hable, porque es un gran concepto de personaje), los signos de agua en una de las cuatro ciudades, lo cual es un dato interesante y original. A veces me choca leer cosas de "la vida diaria" en los Santos, slice of life, como le dicen, pero creo que tú lo sabes llevar sin caer en demasiados clichés de anime (como hacen, honestamente, demasiadas personas), y eso se agradece mucho.

 

En el 3, una pequeña contradicción entre "es lo que debemos hacer" y "se hará solo si..." El intercambio entre Santos me agradó, se ve bien cual es la personalidad de cada uno, y si bien no sé qué tanto puedan influir las opiniones de los humanos en lo que decidan los dioses, es bueno el hecho de que Atenea al menos se los permite. No se vio a todos, o no con la misma frecuencia, pero dio algunos registros de previa. Lástima que sean tan poco capaces de conservar las formas algunas de ellos (incluso Athena, con el temita del Patriarca, parece completamente ajena a los protocolos. Supongo que son los efectos de la guerra que se avecina). La discusión se armó cuando el joven (se es "joven-Santo-inmaduro" a los 19???? ¿A qué edad empiezan en este fic?) Leo arma la bronca y luego los otros interactúan.

Sobre lo de Miare, encontré unas líneas que comparar (con todo el respeto que te tengo, desde luego, que aquí nadie nace sabiendo, y bien puede que esté viendo de más. Pura crítica constructiva debe haber SIEMPRE aquí, no como... cierta persona, que claramente ni ha leído Saintia, ni ha salido del siglo XV)

 

  — Entonces yo debo ser el Patriarca, si este inútil cangrejo no puede asumir la responsabilidad, es mi turno de hacerlo. Denme vuestra confianza y aplastaremos a este pobre bicho raro amante de la muerte —entre risas y provocaciones Miare logró conseguir lo que más ansiaba: enfadar a su rival.
 
Esta es un poco "de más", en el sentido de que sale de la nada en una situación que no lo amerita (por lo formal). Es, por así decirlo, "poco natural" en el pescado. Y esto lo pongo porque, de hecho, tiene justificación, se nota que hay una historia detrás, solo es el formato. Y lo digo también porque, más adelante, vemos líneas muy contrarias, como la que pongo aquí abajo...
 
          — Síguele hablando a la nada como siempre haces, ¿vale? Yo a diferencia tuya sí me relaciono con la gente, no con la sombra que dejan cuando su boca ya no puede moverse más y su corazón deja de latir —A Miare le encantaba la situación, cualquier momento en que la discordia reinase era bueno para él. 

 

Esta, en cambio, es digna del "otro" Miare, del primero, y es PERFECTA. Es una línea sencillamente perfecta, es pedante y tremendamente astuta, como respuesta a un comentario igual de pesado, pero menos inteligente, de su interlocutor. Fue audaz, natural y arrogante, todo junto, y sonreí mucho cuando lo leí. C'est magnifique. Y lo mejor es que se hace notar también en los capítulos subsiguientes. Sigue así!

 

 

Sobre el 4, inicia de una manera soberbia. La narración sobre las tres hermanas, antes de su discusión sobre dulces, está bien llevada, tiene un background mitológico muy preciso, las diferencia perfectamente, y la narración hasta se da el gusto de darles naturalidad a su razón de ser en el mundo. Parece lógico, "natural", y conlleva todo un tema detrás, donde tu versión del Santuario tiene que proteger a no una, sino tres diosas, todas con un mundo relacionado a Atenea. Muy bien todo ahí, Sagen, se nota el estudio detrás. Además, después aparece una versión muy natural y bien desarrollada de Piscis, lo que se agradece, y que continúa en el 5, a pesar de su "opinión" sobre lo que debe/puede o no hacer una mujer, que me recuerda a alguien de por aquí... también está el hecho de que está "en su ambiente", es lógico su actuar y sus reacciones, y se nota que oculta su verdadero yo. Se nota sin ser explícito, y eso demuestra una gran habilidad en la construcción de personajes, que creo que es tu fuerte (junto con el background y ambientación).

 

 

Pues veamos.

Atmetis es de la prota Atenea.

Olympo es de papi Zeus.

Helenia es de no-mami Hera.

Tartaros es del tío emo Hades.

Atlantis es del tío gruñón Poseidón.

Delusia es de la tía forzuda Démeter.

Maiestas es del travieso Hermes.

Icaria es del borracho Dionisio.

Arcadia es de la gemela enojona Artemisa.

Lemnos es del pobre Hefestos.

 

Asteria y Basileia me confunden. Pueden ser del gemelo pedante, de la belleza andante, de la tía simpática, o del hermano psicópata, y no sé cuáles son. Pero me suenan más a otros dioses, a Titanes y dioses primigenios, de hecho, y me confundo mucho xD

 

 

En fin, muchos saludos Sagen. Resumiendo...

En términos gramaticales y ortográficos, muy limpio y casi perfecto.

En términos de historia, muy muy bien.

En términos de personaje, Escorpio me cae mucho mejor que en el primer fic, Piscis siempre sale de sus probables tropiezos ante mis críticas y sale ganando con creces (lo sigo diciendo, es tu mejor personaje, tienes que cuidarlo), Aries necesita un poquitín más de sustancia para sostenerse, Cáncer anda bieny coherente, como es usual, y Athena es tremenda, la estás llevando impecablemente, Sagen.

 

Y... en verdad (y con esto doy el remate a lo que dije en el primer párrafo), si hubiera comentarios que no son constructivos... pues, tú eres el dueño del fic, Ed. Tú puedes decidir qué leer y qué no, y TAMBIÉN quién te lee y quién no. Y lo digo porque hay cosas que leo que, yo sé que también piensas... "wtf is wrong with him?", pero eso bien podemos discutirlo en WSP.


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#25 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

    Ocioso las 23:59 horas.

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Cancer

Publicado 30 abril 2020 - 14:16

Treintena de nuevo, y nuevamente en tiempos de cuarentena. Pero bueno, es lo que hay...
Pero la vida continua, las palabras siguen escribiéndose y yo por mi parte voy a seguir jactándome de tener aún varios capítulos guardados para tiempos de invierno... Metafóricamente, claro... no es que apenas haga un poco de frío voy a abandonar el fanfic de nuevo... 
 
Ehm... ¿Que tarde es, no? Aunque nunca lo es para responder sus comentarios. En verdad mil gracias por apoyar esta historia.

Spoiler

 
Haciendo una pequeñísima introducción antes del capítulo, he de decir que aquí traté de experimentar un poquito, al cambiar de perspectiva. Ehm... Si lee esto, Señor Felipe, disculpe... ¿Recuerda que no se podía creer que había introducido a la Nereida de Pokemon? Ajam... Esto... Disculpe... Sí... Eso...

Quizás una sola disculpa no sea suficiente... Dos tal vez sí... Y no, no lo hice por DLH... Esto estaba escrito de antes...
 

Spoiler

 

 

 

Capítulo 6. El trono de Atlantis

 

 

          Desde la aciaga reunión con los demás dioses había transcurrido una larga semana. El emperador de los mares no había dejado al descuido ningún detalle de sus tierras, es más, las estaba preparando para una larga guerra sin tregua. Los Generales Marinos, dignos combatientes a su servicio, habían sido llamados con motivo de urgencia a la capital del reino por un solo motivo: detener a Athena.
          El día anterior, en pleno atardecer, el majestuoso aleteo de un águila rompió la tranquilidad del gobernante. El singular animal, cuyo plumaje era color café, mantuvo las garras clavadas en el marco de la única ventana de su habitación personal hasta que Poseidón se dignó de hacerle caso. Aves de todo tipo eran usadas por los dioses para transmitir mensajes que otros no podían conocer. Aquella clase de águilas eran propias de la diosa Athena, así como lo eran los cuervos para uno de los jóvenes dioses mellizos del norte, Apolo; o también los espantosos buitres de su “apreciado” hermano Hades.
          Atada en una de sus patas se hallaba una pequeña nota enrollada y anudada con delicadeza, habiendo sido usado un lazo dorado para este fin. El cosmos perteneciente a la diosa de la sabiduría sellaba y mantenía en secreto el contenido del mensaje, haciendo que este desapareciese si quien lo tratase de leer no fuera el destinatario deseado. Aceptando así la proposición de su semejante del reino vecino, él hizo uso de su propia energía para satisfacer así su curiosidad. Era muy poco común que la temerosa pequeña que era Athena se comunicase con él.
 

          —Veamos, ¿qué de interesante tiene que decirme esa pequeña? —Quizás la trataba de forma despectiva a veces, no obstante, en las numerosas ocasiones en que ambos habían asistido al oráculo, él había estado observando y evaluando en silencio a cada uno de los dioses. Athena era bien intencionada, con un corazón noble y puro, pero en ningún momento había demostrado el valor suficiente para obtener su respeto—. Interesante —dijo el dios de los mares al terminar de releer el contenido de la carta una segunda vez.
 

          La última Athena reencarnada era en esencia una niña inteligente, según decía él. Escribía con la misma formalidad y cortesía que poseería un adulto a pesar de su corta edad de quince años —o una edad cercana, él no lo sabía con certeza, solo se dio una mínima idea calculando el número de veces que se vieron en Delfos—. La carta en sí no decía mucho. Claro, la hoja de papel era un lienzo demasiado pequeño para las ambiciones de dicha niñita, llegando a no dejar en blanco espacio alguno sin rellenar. Usando una preciosa caligrafía ella había escrito lo siguiente:

 

“Estimado dios de los mares,

          Sépase usted de mi especial consideración hacia su ser. Es por ello que el motivo de dirigirme hacia usted es el hacerle presente de mi presencia en sus tierras dentro de los próximos días. Sabrá disculparme no poder decirle en qué momento preciso acontecerá mi llegada pues no es de mi conocimiento la duración de un viaje de tales magnitudes. Es de estimar que serían de entre siete y diez días.
          Como será de su conocimiento general, los doce reinos nos encontramos a puertas de una guerra sin comparación, de acuerdo a las palabras dictadas en el oráculo. Es por ello que recurro a usted, confiando en la posibilidad de mantener una alianza que nos pueda beneficiar a ambas partes. No exijo inmediata respuesta, solo le pido que analice y piense acerca de ello. Como un último favor le pido una entrevista personal en su calidad de gobernante de Atlantis, espero me pueda conceder dicha plegaria.
          Me despido no sin antes recordarle el enorme respeto que siento por usted, sinceramente suya,

 

Athena, gobernante del reino de Atmetis.”

 
          Habiendo reunido a sus más fieles sirvientes, los generales, Poseidón tomó la palabra en una audiencia que, para empezar, él debía presidir. Los ocho guerreros pertenecientes a la crema y nata de su ejército portaban unas armaduras de tonos naranjas y dorados, sus respectivas Escamas. Llevaban la mano derecha en el pecho, a la altura de su corazón, como símbolo de respeto hacia su dios.
          Aquel al que llamaban Poseidón tenía como nombre de nacimiento Joseph —aunque por obvias razones de respeto casi nadie se refería a su dios de esa forma—. Era un hombre alto, de un metro ochenta, con el cual imponía respeto entre sus hombres. Vestía ropajes que dejaban al descubierto su varonil musculatura, típica de un dios griego de su calaña, pero él le restaba importancia a esto. En su mano izquierda —dado que esta era su predilecta— llevaba consigo un gran y pesado tridente color oro que le sobrepasaba apenas por media cabeza. Con la diestra, él cogía la hoja de papel que había recibido hace menos de veinticuatro horas. 
          Omitiendo algunos pensamientos generales que él tenía sobre Athena, él habló acerca de la situación que estaban pasando. Ya todos tenían conocimiento de la predicción del oráculo, es por ello que habían permanecido cerca de su dios hasta que él diera las órdenes pertinentes. La visita de Athena a ellos les pareció muy repentina e inesperada, por lo cual no cabía esperar más que desconfianza.
 

          —Iremos a la guerra, ¿no es así, señor Poseidón? —preguntó uno de ellos. Un hombre joven de aspecto delgaducho que parecía más un soporte de armadura que un guerrero. En su mano izquierda llevaba una flauta metálica por motivos que solo él podía explicar.
          —Quien sabe. No tengo el gusto de conocer a Athena —respondió el rey con un tono seco—. Si cumple con mis expectativas, iremos. No contra ella, claro está.
          —Los rumores que he escuchado es que ella es apenas una niña —dijo una chica, quien estaba justo al lado del músico. Portaba un casco que ocultaba gran parte de su rostro y rubio cabello, mas este último era tan largo que caía incluso sobre el peto de su armadura—. Es seguro que tendremos que pelear nosotros mismos y vencer.
          —Lauren, te recomendaría que no subestimes a Athena. Ya me ha sorprendido algunas veces antes, y puede que lo vuelva a hacer una última vez —el dios mantuvo su semblante intacto. La general de Lymnades permaneció callada ante las palabras de su rey.
          —Si esa es su voluntad, que así sea dios Poseidón —dijo ella por fin tras unos segundos de reflexión.
          —¿De qué manera piensa usted hacer que aquella muestre valía? —intervino un fornido hombre que no dejaba de aparentar el superar las tres décadas con facilidad. Su tiara, sobrepuesta a unos despeinados cabellos negros, mantenía remarcados una especie de ojos cuyo turquesa evocaba las bellas playas que bañaban las costas atlantes.
          —Todo a su debido tiempo, mi valioso Wallace. Considero tener una vaga idea de lo que le plantearé a Athena apenas llegue, mas no me convenzo de ello —contestó él a su general. Su indecisión le había hecho dar vueltas sobre un mismo sector frente a su asiento una y otra vez—. Necesito a cinco voluntarios de entre ustedes. ¿Quién quiere unirse a la pelea?
 

          Uno a uno sus decididos Generales Marinos levantaban su mano. Por lealtad y devoto fervor que le profesaban, al último segundo todos alzaron y decidieron ser partícipes de la prueba del dios de los atlantes. No obstante, Poseidón llamó solo a quienes sin temor alguno habían decidido ser los primeros. Su vista era una de sus mejores características y poco podían engañar al rey acerca de si entraban entre los elegidos o no. Acto seguido los nombró a cada uno en orden, a lo cual debían responder dando un simple paso hacia adelante.
 

          —Doy gracias a ustedes por desear de todo corazón ir en mi ayuda, mas solo necesito a cinco en esta ocasión. Velaré por vuestra victoria en los futuros combates —exclamó él antes de decir uno a uno los nombres, siempre haciendo una pausa de por medio—. En primer lugar, Gareth de Hipocampo. Fionn de Kraken. Wallace de Escila. Cedric de Sirena. Y, por último, Lauren de Lymnades.
 

          Arrodillados sobre el frío suelo, estos cinco posaron sus miradas confiadas sobre la presencia de su líder. En Atlantis existía una costumbre de que quienes aceptaban una misión debían entonar una especie de rezo al rey que se las había confiado. Las palabras eran siempre las mismas por lo que, sin dificultad alguna, y, teniendo como guía la fina voz de Lauren —pues era la única fémina entre los escogidos—, estos comenzaron a declamar al unísono.   
 

          —Salve a usted, todopoderoso dios de los atlantes. Nosotros, sus leales sirvientes, ofrecemos serle fieles incluso si ello nos conlleva a vivir el último segundo de nuestra existencia. Todo lo que podamos ofrecerle a usted, se lo ofreceremos pues sabemos que sus causas siempre justas nos guiarán por el camino correcto. ¡Gloria al dios de los mares Poseidón!
          —¡Gloria! —respondieron los que se encontraban detrás de ello con gran orgullo, tal y como dictaban las tradiciones.

 

*   *   *

 

          Los planes de Lauren después de aquella reunión eran fáciles de conocer pues no faltaba el día de verano que no fuera a tomar un refrescante raspado sabor fresa con tan exquisito sabor que podría cautivar el paladar de los mismos dioses, como si de ambrosía se tratase. Eso le encantaba y, ya que podía aprovechar la oportunidad de pasar tiempo con una no tan frecuente visitante de esas tierras, no perdió la ocasión de invitarla a aquel local que se hallaba en la misma calle que comunicaba al Templo de Poseidón con su majestuoso coliseo, visible desde cualquier punta de la ciudad capital atlante.
          Sin tener puesta su armadura nadie reconocía a Lauren como guerrera, pues nunca había sido partidaria de no llevar casco en pleno combate o de presumir su Escama en actos públicos carentes de seriedad —tal y como hacían muchos de sus compañeros—. La hermosa cabellera rubia que llevaba suelta la General, si bien le dotaba de atractivo, no tenía comparación con la belleza impregnada en su piel clara en conjugación con unos ojos verdes esmeralda, una nariz y bocas pequeñas.  
 

          —Esto es una completa delicia —dijo ella mientras introducía en su boca la cuchara repleta hasta el tope con hielo raspado bañado y teñido del mismo color rojizo de la bebida.
          —Tenías razón, Lauren. Sabía que podía confiar en ese paladar tuyo —comentó su compañera degustando de la misma forma que ella y temblando de la fría sensación que le provocaba.
          —Deberías hacerme más caso también en otras cosas, Nessa —comentó mientras daba pequeños lametones a la cucharilla metálica con cierto recelo pues parte del espeso, pero delicioso, jarabe sabor fresa se había quedado pegado en ella—. Ahora dime, ¿por qué no aceptaste el ofrecimiento de nuestro dios?
          —Por una vez en mi vida preferiría no combatir y solo ver lo que el resto hace. Ya tengo mucho con el par de mequetrefes que me mandan del otro lado de la frontera, sin falta, cada lunes. Solo quiero sentarme un rato, ser espectadora de un buen combate y comer a gusto mientras lo hago.
          —Ese no es el espíritu devoto de un General Marino, Nessa. Deberías ser más participativa con las misiones que nos ofrece nuestro dios.
 

          Quien compartía tiempo de calidad con Lauren era también la portadora de la temida Escama de Dragón Marino. Una inigualable guerrera que en tiempo récord podía detener los avances de los ágiles espías de Hermes, quienes habían sido bendecidos con una velocidad inalcanzable. Se decía que con un solo chasquido de sus dedos podía pararlos en seco y que una palmada en sus hombros indicaba que iban a morir más rápido que de inmediato. Eran simples rumores, rumores que correspondían a una aterradora verdad.
          La piel de Nessa era de un color muy inusual dentro de la ciudad capital. Esta era de un tono oscuro, característico de la gente que nacía cercana a la imaginaria línea que separaba en dos los hemisferios del norte y del sur. Su negro y reluciente cabello rizado era incluso más largo que el de su compañera, llegando a cubrir su espalda por completo. Siempre lo mantenía bien cuidado a pesar de que le llevase una hora entera a diario el realizar esta tarea. Vestida de forma casual, ella iba con unos pantalones vaqueros apretados color azul marino un poco desteñidos, algo rasgados por el paso del tiempo y descuido; y un polo medio amarillento de estampado inentendible, de amplio cuello y sin manga alguna, el cual le quedaba un poco alto dejando al descubierto su ombligo. Incluso estando sentada en una banca de la vía pública ella mantenía su postura firme, propia de la elegancia con la que había sido criada.    
 

          —En realidad, me decidí muy tarde Lauren. Cuando vi que ibas a pelear me empeñé en querer combatir a tu lado. Pero fue tarde, ya se me había adelantado Cedric cuando levantó la mano al mismo tiempo que tú. Aunque siempre queda… eso —añadió ella tras hacer una pausa dándose otro bocado del saborizado hielo.
          —¿Eso? ¿Qué es “eso”? —preguntó la General de Lymnades confundida por las palabras de su compañera.
          —Que de entre todos los que conozco, nunca antes había visto a nadie tan enfermizo como lo es Cedric —respondió ella mientras hacía gestos en el aire con su cuchara, como si estuviese explicando algo de importancia—. Recuerda que una vez metió las manos en un balde de agua poco fría para lavar un plato del que había comido, porque buena gente y colaborador sí es un buen rato. Quedó resfriado y en cama por una semana entera. Si supieras que las sinfonías que realizaba con cada uno de sus estornudos eran melodías más hermosas que las que componía con sus escasos conocimientos de flauta.  
          —Cierto, cierto… Aunque no veo cómo eso te podría ayudar —comentó ella mientras dejaba sobre la mesita con tablero de vidrio la copa de donde había bebido lo que quedó del raspado, ya hecho agua por el inmenso calor.
          —¿Qué no? Solo tengo que abanicarle unos segundos para mandarlo a casa con escalofríos y una fiebre de treintainueve. Si me emocionan sus combates podría cambiarle de puesto al bueno de Cedric.
          —Eres tan mala, Nessa… Me encantas por eso, lo sabes, ¿no? —dijo ella con una sonrisa en el rostro.
          —¿Yo soy la mala aquí? Lo dice quien alguna vez hizo travesuras fingiendo ser Fionn. Aún recuerdo que tuvo que hacer servicio comunitario por medio año gracias a tu bromita no tan inocente —Trató de terminar el contenido de su copa de vidrio lo más rápido que podía, pero, al estar poco acostumbrada al frío en su boca, su tarea se volvía más difícil de hacer.
          —Él dijo que mi habilidad era inútil. Yo solo le demostré lo contrario, no veo nada de malo en ello —cerró los ojos un momento para rememorar tan grandiosas escenas de su carrera como élite atlante.
          —No era motivo para ir arruinándole la paz a todo ciudadano al ir tocando timbres de casas a diestra y siniestra. La cantidad de denuncias contra un tal Fionn que estaba perturbando el ambiente público y el buen convivir ese día fueron un hecho que marcó hitos. Quien hubiera esperado que un General Marino, con la Escama de Kraken y todo, iría de calle en calle haciendo bromas de las que incluso un niño de diez años se hubiera arrepentido —añadió Nessa. Se perfilaba como recuerdo muy gracioso pues abundaban las risas por parte de las dos chicas.
 

          Ambas se levantaron de sus asientos y se acercaron al dependiente de la tienda para pagarle las cuatro monedas de plata que costaban ambas bebidas en conjunto. Este les agradeció por la visita —tal y como había sido adiestrado por su contratador— y les extendió el anuncio de una curiosa promoción de dos por uno ofreciendo lo mismo que en ese día habían consumido. Un tanto incómoda por la situación, Lauren tomó el papelillo y lo guardó en el interior de uno de los bolsillos de su pantalón. Nunca recordaría que estaba allí dada su mala memoria para esas cosas, pero si por un azar del destino lo hallaba antes de acabarse la promoción, ella podía tener doble disfrute de raspados de fresa.
          Se dirigieron al coliseo, el cual se había construido en pleno centro de la ciudad capital. Aun tenían unos cinco minutos antes de llegar hasta allí, pues era donde sus caminos marcaban rumbos separados. Quien portaba a Lymnades había sido escogida al azar de entre los ocho Generales para recibir a los atenienses en plena frontera.
          —Como odio esto, ¿en verdad debo ir? ¡No es justo! —iba ella quejándose todo el camino—. ¿Por qué el dúo de gorgonas no va en mi lugar? Dorian y Alister deben estar bien contentos rascándose la pancita sin hacer nada.
          —Siempre has tenido una suerte horrible, Lauren, ya deberías ir acostumbrándote.
          —Cierto, cierto… ¡Pero es que no es justo! Yo debo ir todo el camino de ida solita hasta allá y volver acompañada de bulliciosos turistas hasta acá. Y, más encima, debo combatir apenas regrese de mi excursión.
          —Quejándote no vas a ir a ningún lado.
          —No quiero ir a ningún lado, Nessa. Ese era mi punto.
 

          Yéndose en dirección a uno de los grandes puentes que comunicaban la capital flotante de Atlantis, la General de Lymnades haciendo un gesto con las dos manos se despidió animosamente mientras se alejaba caminando de espaldas, a expensas de chocar con alguien.
 

          —¡Te veo luego, querida amiga! —Gritaba ella desde muy lejos, ya varios metros adelantada. Mucha gente volteaba al ver el bullicio que hacía Lauren.
          —¡Hasta luego, te extrañaré! —respondió la Marina de piel morena alejándose por otro de los entramados caminos que bordeaba el coliseo.
 

          Antes de emprender su largo viaje, tratando de no llamar la atención, buscó escondite en un callejón. No le gustaba ir desprotegida fuera de los límites de la ciudad, por ello vistió su Escama sin miramientos. Al colocarse el casco como última pieza de su armadura, visualizó en sus pensamientos la imagen de uno de sus compañeros. Durante un rato largo buscó en su baúl de recuerdos cuál de ellos sería una buena opción a escoger. Cuando lo hizo, adoptó la apariencia de su mejor amiga.
          Necesitaba saber cada detalle de su aspecto, sus proporciones e incluso cada mancha que tenía su ropa, así era como funcionaba su técnica en términos simples. Si bien debía recordar una serie de elementos, esto no era del todo cierto. Dicho impedimento para ella era característico suyo, pues su habilidad le permitía tomar la forma de un ser querido para la persona objetivo de su engaño, y en este caso se había seleccionado a sí misma. Todos los ciudadanos a su alrededor ahora la observaban como si se tratara de la propia Nessa, aquella implacable guerrera venida del norte hace no mucho.
          Iba protegida con la Escama de Lymnades pese a esta no ser ni visible ni tangible. Esto le permitía aparentar ser una chica común que partía en un rumbo desconocido en búsqueda de aventuras, para todo aquel que no conociera la identidad de los Generales Marinos. Salió de los muros que guarecían la capital con una Caja de Pandora sobre sus hombros, también parte del disfraz, claro. Su deber era actuar de maravilla en todo momento a partir de ese instante, porque cualquier descuido podía significar su muerte. Tan solo ser revelada su habilidad especial antes del combate que se celebraría no solo le dejaría en desventaja, sino que desenmascararía uno de los ases bajo la manga de su dios.
           Dio rumbo hacia la frontera designada como punto de encuentro sin darse mucha prisa, caminando siempre con la elegancia con la que actuaba Nessa en su día a día. Podía tomarse su tiempo, Athena recién llegaría allí dentro de una semana.
 

           —Bien, ahora es cuando mi verdadera misión inicia.


Aviso de desinterés público...


...si es que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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#26 Patriarca 8

Patriarca 8

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Publicado 02 mayo 2020 - 09:36

Capítulo 6. El trono de Atlantis

 

 

El emperador de los mares es un de los contrincantes mas famosos de Athena.

 

 

¿no existen los celulares,el Internet como medios de comunicación? 

 

¿porque no usan su cosmos para enviarse mensajes?

 

menos mal que esta  Athena es educada

 

¿que armadura escama porta  Lauren?

 

Nessa se parece a dohko vago de soul of gold XD

 

la historia de los timbres fue bastante rara incluso mas que la del anime (escena de docrates)

 

en términos generales fue entretenido el capitulo

 

 

 

 


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#27 Lairiel99

Lairiel99

    Visitante

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Publicado 03 mayo 2020 - 23:26

Ahora si se armó, ahí vienen los madrazos con Don Pose =V.

Esos generales si se pueden ver, no como los del clásico que ni personalidad tenían.
Sigo pensando que lo mejor que tiene tu fanfic es la interacción entre tus pj's, aun siendo nuevos son fácilmente identificables como humanos. Espero que sigas cuidando eso Cangrejin.

Buen cap Saguin, vas mejor en cada uno.

Te mando un abrazo.



#28 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 04 mayo 2020 - 11:55

Buen capítulo, es bueno a veces cambiar de perspectiva y enfocarse en otros lados. En este caso, vemos el mundo marino de Poseidón, y se puede ver que son más profesionales y ceremoniales ---y hasta menos metidos en conflictos, aunque falta ver qué opinan los cinco Generales varones del ejército, pues te enfocaste solo en las damas en esta ocasión; pero por ahora, parece haber menos conflicto interno evidente, aunque sí más sutil y secreto--- que sus contrapartes Atenienses.

En particular, me quedo con Poseidón. A diferencia de Hades, que me chocó un poco (y se nota que es la opinión también de los otros dioses), me gustó mucho esta versión del tío de Atenea. Se ve sobrio, respetuoso, orgulloso (en el buen sentido) y noble. Puede que resulte un poco desconfíado, pero cuando tienes a 11 enemigos más en tus fronteras o más allá, quién no lo sería.


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#29 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

    Ocioso las 23:59 horas.

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Publicado 15 mayo 2020 - 17:02

Otro capítulo en cuarentena. Esperemos que el último, aunque lo dudo sinceramente...

Como siempre, agradezco mucho sus generosos comentarios. Hoy día realizándose la séptima publicación del fanfic espero que les siga agradando el desarrollo de esta historia. Ahora continuaré a responder sus comentarios.
 

Capítulo 6. El trono de Atlantis
 
1. no existen los celulares,el Internet como medios de comunicación? ¿porque no usan su cosmos para enviarse mensajes?
2. ¿que armadura escama porta  Lauren?
3. la historia de los timbres fue bastante rara incluso mas que la del anime (escena de docrates)

Gracias por pasarte, T.

 
1. Medios de comunicación hay, prensa escrita, uno que otro más tal vez... Pero no son tan necesarios considerando que los reinos son demasiado celosos con sus habitantes, no siendo tan necesarias las comunicaciones porque no hay amigos o familia en otros reinos, sino en el mismo. Por lo mismo Athena no le manda un SMS al dios de los mares. Con respecto al cosmos, no sería correcto. Imagínate que Poseidón estuviese en una situación complicada y cualquiera de los otros 11 olímpicos le interrumpe...
2. En varios de los párrafos está especificada su armadura. Te invito a darle una segunda leída por si no se me hice comprender bien a la primera.
3. Ese era el punto. Incluso Nessa menciona que fue demasiado tonto.
 

Esos generales si se pueden ver, no como los del clásico que ni personalidad tenían.
Sigo pensando que lo mejor que tiene tu fanfic es la interacción entre tus pj's, aun siendo nuevos son fácilmente identificables como humanos. Espero que sigas cuidando eso Cangrejin.

Buen cap Saguin, vas mejor en cada uno.
Te mando un abrazo.


Muchas gracias Lairiel. Y mira que recién dos o tres generales nomas han sido desarrollados en los pocos párrafos de este capítulo. Aun faltan unos cuantos por ver (?
Saludos.
 

Buen capítulo, es bueno a veces cambiar de perspectiva y enfocarse en otros lados. En este caso, vemos el mundo marino de Poseidón, y se puede ver que son más profesionales y ceremoniales ---y hasta menos metidos en conflictos, aunque falta ver qué opinan los cinco Generales varones del ejército, pues te enfocaste solo en las damas en esta ocasión; pero por ahora, parece haber menos conflicto interno evidente, aunque sí más sutil y secreto--- que sus contrapartes Atenienses.
En particular, me quedo con Poseidón. A diferencia de Hades, que me chocó un poco (y se nota que es la opinión también de los otros dioses), me gustó mucho esta versión del tío de Atenea. Se ve sobrio, respetuoso, orgulloso (en el buen sentido) y noble. Puede que resulte un poco desconfíado, pero cuando tienes a 11 enemigos más en tus fronteras o más allá, quién no lo sería.


Eso mismo pienso, por eso pensé en hacer este capítulo, quizás arriesgándome a no mostrar tan bien al ejército de Poseidón. Con respecto al profesionalismo es sencillo: Athena creció rodeada de personas, con un Patriarca que cuidó de ella, sus hermanas y algunos santos como si fuesen todos hijos de un mismo padre. Eso no ha cambiado desde Mannaheim a acá. En cambio los Generales son guerreros sobresalientes, con habilidades increibles, pero que no poseen esa familiaridad con su dios, como si lo tienen en Atmetis. Y bueno... Como realicé la aclaración en el anterior capítulo. Ahora son 6 generales hombres y 2 mujeres. Sip, 8 en total. Aunque sea por nombre fueron mencionados los 8 el capítulo pasado, aunque no haya sido taaan notorio xD.
Como decía, quizás me la estaba jugando a mostrar a Poseidón en este capítulo, por lo que me alegro de que haya generado una buena crítica.
Voy a permitirme aquí decir un poco de spoiler... Aún faltan unos pocos capítulos para que los generales varones se desarrollen, espero que sea como es debido. (Digo, a pesar de ya haber escrito los próximos diez capítulos más que mi propia opinión no tengo tanta idea de cómo me quedaron a ojos del resto -porque mi soberbia me impide decir que esten mal aunque lo estén- xD)

Muchísimas gracias por leer este fanfic Señor Felipe, espero que si decide continuar leyendo sea de su agrado. Al igual que me recomendó en su fanfic, si hay algo que no le agrade no se corte en ser despiadado con sus reseñas, eso siempre ayuda a mejorar.

 

 

Capítulo 7. La bienvenida de Nessa

 

 

          —¿Cuánto más piensa demorarse esa niña? —comentó al aire la General Marina.
 

          Ella le había estado esperando por mucho tiempo, ni por amor había esperado tanto. Nessa ya había tenido todo el tiempo del mundo para entrenar, golpear y, de paso, humillar a cada uno de los guardas atlantes que permanecían vigilando el único camino que se interponía entre Atlantis y Atmetis. La Dragón Marino había deseado mucho entrenar, pero, de entre todos, solo hubo un oponente que le presentó una considerable dificultad. Todo el resto eran simple estorbo, necesitaban entrenar millones de años para siquiera aspirar a tener el uno por ciento de todo el potencial de Nessa.
 

          —¿Es en serio que ustedes sirven al rey Poseidón? Son muy débiles para siquiera llamarse soldados —criticaba ella con ferocidad, pero no tenía malas intenciones. Se puso a señalar uno por uno a quienes aún no se habían levantado del suelo—. Por dios… tú, levántate y da mil flexiones, tus brazos no son para nada ágiles. Y tú, el gordito, sigue trotando alrededor de la caseta, tu condición física es una total vergüenza.  
 

          Los guerreros de armadura de retazos de cuero sobrante le dirigían miradas con cierto rencor a la General, ella había herido su orgullo como defensores de la frontera. Llamaban frontera a la zona intermedia entre los reinos, de una extensión aproximada de trescientos estadios, los que podían contarse entre las murallas protegidas por los siervos de Athena y el que ellos habitaban. Era una zona boscosa que se asentaba entre dos cordilleras de piedra blanca, bañada por un par de cataratas a lo largo del recorrido, las cuales, en malos tiempos, inundaban por completo toda esa área, llegando a ser conocido como el misterioso Lago Nimue, una enorme masa de agua que aparecía y desaparecía cada cierto tiempo. 
          Su posición como guardas, expuestos la mayoría del tiempo a los peligros de invasión y los desastres de la naturaleza que les rodeaba, les merecía ser dignos de respeto pues ellos en el pasado habían protegido las tierras de los incontables avances que realizaba la armada atmetiense. Y, por incontables, uno se refería al único y nada importante intento que unas autodenominadas armadas atmetienses habían realizado con tal de conquistar Atlantis, hace poco menos de dieciocho años.

 

          —Sé lo que están pensando, no se engañen a ustedes mismos. Athena es una diosa pacífica, a diferencia del bastardo de Hermes. Ya quisiera verlos transferidos a mis tierras, ninguno de ustedes saldría vivo de allí si siguen así. ¿No es cierto, Camille? —Ella volteó a ver a un anciano, a quien reconocía como un viejo camarada en la pelea contra Maiestas, la tierra del dios comerciante.
          —Así es —habló él con su voz rasposa de cincuenta años—, cuando íbamos a cada batalla solíamos regresar diez, cuando mucho. Oh, me da pena recordar los viejos rostros de amigos que nunca más volveré a ver más que en sueños.
          —Camille, se nota que ya te ha empezado a afectar la edad. Diez es un número muy generoso. En realidad, solo éramos seis los que regresábamos. 
          —Ah… Claro, cierto, cierto —vaciló el viejo sin mucha convicción. Aunque trataba de recordar, le era imposible.

 

          Aunque alguna vez hubiese sido un guerrero valioso, quien precediese a la propia Nessa ostentando el título de la gloria combatiente del norte, ahora era un pobre cincuentón que, habiéndose jubilado, fue relegado a guiar a un grupo de diez sin talentos en la frontera más aburrida e insípida que poseía Atlantis. A pesar de que en él aún observaba al maestro que le había enseñado los fundamentos básicos de la guerra y la estrategia, no podía sentir más que pena al ver el deplorable destino que se le había concedido. Y más aún, sentía miedo cuando le dirigía la vista pues sabía que, así como él, ella obtendría un destino similar dentro de unos años.
          Aun recordaba cómo, en encarnizadas peleas, se defendía de varios enemigos a la vez con ayuda de la Scale de Leviatán. Así como se describía a la bestia de la que tomaba nombre su armadura, él parecía inhumano. Los tonos rosáceos metálicos de esta le habían revelado en plena juventud que, a pesar de su fuerza, él no era perteneciente a la más selecta corte de Poseidón. Siempre le había tenido en tan alta estima que, aun siendo una aprendiz sin protección alguna, dudaba que existieran ocho personas que siquiera pudieran habérsele comparado. 
 

          —Mejor… —hizo una pausa. Le molestaba verlo de un porte tan distinto al de aquella espalda a la que había seguido tantas veces en el campo de batalla—. Mejor anda y échate un rato en tu cuarto. Debes descansar, tomar tu pastilla, algo.
          —Pe-pero… Yo no tengo que tomar ningu… —sonó dubitativo por un segundo. Al ver un disimulado guiño de la General hizo caso—. Ah, cierto, cierto, esas pastillas que dejé en la mesita de noche ayer. Ahora mismo voy.
          —Ay por dios… —Nessa se notaba cansada y un tanto fastidiada—. Supongo que debo de ir acompañándote para que no te atragantes en una de estas. Cuando sirva el vaso de agua te alcanzo allá.
 

          Los guardas podían ser perezosos, pero no tontos —o al menos no eran tan caraduras como para admitir eso último—. Ellos sabían que entre ellos dos se tramaban algo. Habiendo la Marina entrado en la habitación de su comandante, algo muy oscuro se estaría hilando en esas cuatro paredes. Su curiosidad rebasaba límites insospechados por lo que unos cuantos se asomaron a los muros con la esperanza de escuchar la conversación entre los dos viejos compañeros.
          Un amorío, fue lo primero que pensaron en cuanto se asomaron. Y cuando escucharon cosas como “hazlo como es debido y seremos felices…” sus expectativas se iban cumpliendo una por una. Sería la comidilla de los diarios atlantes en cuanto se lo revelasen a la feroz prensa: se devorarían viva a esa mujer que había osado denigrarles —por más que fuese su superior—. Pero eso no era suficiente, debían conocer más y más. Debían exprimir hasta la última gota de ese valioso amorío, por lo que continuaron con la oreja bien pegada a la madera. 

          El rechoncho guarda, a quien le había recriminado antes, se había quedado hasta el último, el resto ya había tenido suficiente. Quería ir y anotar cada uno de sus nuevos descubrimientos pero no, se podría perder de algún detalle. No escuchó nada. Estaba tan ensimismado en sus pensamientos vengativos que no se dio cuenta de que su oreja estaba sangrando. No sintió el frío de la afilada hoja, que atravesaba tanto su oreja como la pared, hasta que sus compañeros se lo dijeron.

 

          —¡Ahhhhhh! —Gritó hasta ensordecer a todo el mundo. Tenía sangre corriendo por sus manos, pues en un acto de desesperación estaba tratando de desprenderse del cuchillo que casi lo había asesinado aunque nadie se lo recomendaba.
          —Eras solo tú, disculpa. Pensaba que eras uno de esos bichos espías de los otros reinos —dijo la General mientras se asomaba por la puerta. Usaba un tono en el que se le notaba una falsa compasión con el herido—. Deberías tener más cuidado para otra vez. Oídos tienes dos, vidas solo una.
          —¡Maldita! —Exclamó el guarda, presa del dolor. Aunque trataba de morderse un labio, absteniendose de gritar, la herida abierta permanecía allí. Y junto con la herida, su odio—. ¿¡Lo hiciste a propósito, no es así!? 
          —Obvio que no. Yo no puedo ver a traves de las paredes, chico listo —respondió ella en tono de burla con vanos intentos por disimularla—. En serio, ¿nadie tiene compasión por este pobre? ¿Acaso no es vuestro compañero de peleas? Ayúdenlo, ¿no?
          —Pero él se lo buscó —hablaron algunos. 
          —No importa. ¿O dejarán que se desangre hasta la muerte? No en mi guardia, claro está. Necesito que alguien le sostenga la cabeza y trate de parar la hemorragia. Yo iré del otro lado del muro a retirar el cuchillo por el mango —ella entró y gritó lo más alto que pudo para que se le pudiera escuchar—. A la cuenta de tres haces lo que dije, soldado. 

 

          No le podía importar menos el pobre cotilla. Nessa lo único que buscaba recuperar aquel instrumento con el que se había hallado cortando las pastillas por la mitad, tal y como había recetado el médico, hasta que sus sentidos notaron que había alguien más escuchando lo que ella le decía a su interlocutor. Manchando un estropajo con la desgraciada sangre, envolvió el cubierto antes de que estropeara alguna de sus prendas por culpa de ese aciago color rojo o debido a su característico aroma embriagante.

 

          —Deberías agradecer que la madera es buena. Ha faltado muy poco para que llegara a tu cerebro, tienes mucha suerte de que aún vives —dijo ella mientras le daban los primeros auxilios al pobre herido—. Llévenselo a la enfermería.
          —Algún día me vengaré —murmuró él con debilidad. Las energías ya empezaban a faltarle.

 

          Aunque un poco tarde, sus compañeros se movilizaron poco a poco. Unos levantando el peso muerto de más de ochenta kilos sobre una camilla que quizas no soportase toda esa tortura, otros advirtieron a la General Marino lo que habían observado. Dos carruajes conducidos por una dupla de equinos cada uno venían en camino, provenían de Atmetis, el reino vecino. Le habían informado que el carro que iba delante era tirado por majestuosos corceles blancos, vestidos con monturas de fina tela y con encajes de oro. Esa era la señal que esperaba: la llegada de la diosa Athena.
          Se acercó Nessa a la puerta por donde el carruaje debía de pasar y se colocó justo en medio del camino. Los caballos debían detenerse en cuanto se acercaran a ella, y si no lo hacían, a la fuerza tendría que actuar. Mantenía una pose relajada y cruzada de brazos, estaba expectante para ver qué tipo de niña sería la mencionada diosa Athena. 
          Al darse cuenta que una chica joven se interponía a ellos en plena frontera, lo primero que el cochero del primer carro pensó fue en detenerse. Si él debía de luchar, o si sus compañeros debían hacerlo, no iba a involucrar a sus preciadas mascotas de establo en ello, ni mucho menos a sus amadas diosas. Él se bajó del asiento del conductor en cuanto sus equinos decidieron que era hora de parar, a unos pocos metros de la desconocida atlante. 
 

          —¿Eres tú también un caballero? —preguntó la General Marino sin revelar nada de sí. Quería sonar impetuosa, pues la primera impresión lo cuenta todo en una entrevista.
          —¿También? He de suponer que usted, madmoiselle, es una de las Marina del dios de ustedes los atlantes. ¿Me equivoco? —preguntó con cierta cortesía el servidor ateniense. Su voz era en cierto sentido un poco grave no correspondíendose con su aspecto.
          —Es de malos modales el dejarle una pregunta en la boca a una dama, ¿es que no lo sabía usted? 
          —¡Oh, discúlpeme señorita! No pensé que alguna vez sería tan cortés con una cara bonita del otro lado de la frontera, me dejé llevar un poco, madmoiselle —hizo una breve gesto con la cabeza a modo de disculpa sacándose también el sombrero de paja que llevaba puesto—. Mil perdones. En cuanto a su pregunta, sí, lo soy. Brauss, el Caballo Menor.

 

          Aquel hombre no se veía tan mayor, podía aproximarle unos veinticinco. Lo que le hacía dudar bastante era ese escaso castaño vello facial, que parecía haberse dejado crecer por bastante tiempo ya que se veía desprolijo, teniendo en unas partes más barba que bigote y viceversa. Se veía tan solo como una fina capa de pelo, no como las hebras duras y asperas que ella estaba acostumbrada a ver en sus innumerables prospectos de pareja. 
 

          —Soy Nessa de Dragón Marino. Mi dios Poseidón me ha...  encomendado ser vuestra guía —dijo ella con una sinceridad falsa que incluso el caballero notó —. Pero, antes de seguir, debo comprobar que Athena es quien está en ese carro. 
          —¿La Señorita Athena? Supongo que eso será un inconveniente, madmoiselle. Mi deber es prote… —el Santo cayó desplomado al suelo junto con su sombrero. Lo único que se escuchó, aparte de ello, fue el chasquido que hizo en un momento Nessa. 
 

          Avanzaba segura de sí, no había ningún enemigo a la vista, solo unos tres de gran poder que se escondían entre las copas de los árboles, en espera de que cometiera alguna estupidez. ¿Qué estaba diciendo? Ya lo había hecho en el preciso momento en que derrotó a aquel compañero suyo, pero le sorprendía que aún no actuasen. Ella solo había dormido al Santo, no tenía más ambición que conocer a la Athena de la que todos hablaban y el que se lo haya impedido fue un atentado ante sus impulsivos principios.
 

          —Athena, sal de la carroza donde te escondes —dijo ella mientras daba un paso cada segundo. Estaba obsequiándole una oportunidad para que lo hiciese por las buenas.
 

          La puerta del vehículo se abrió. Una mujer joven de cabello marrón corto, que era de una edad relativa a la suya, bajó primero. No podía ser la dichosa niña de la que los rumores hablaban, aunque notaba en ella un aire de inmadurez como nunca antes lo había sentido. 
 

          —Señorita Ariadne, ya que usted quiere, puede bajar —dijo la mujer que le sujetaba la puerta del carro—. Me quedaré aquí, protegiéndola. No quiero que le hagan daño. 
          —Está bien, Nadeko, descuida —dijo ella mientras aterrizaban sus pies en el suelo. Aún no estaba dentro del campo de visión de la Marina. 
 

          Le habían mentido. La niña de quien todos se referían era una encantadora adolescente que había conseguido ya una altura decente. Incluso, para contradecir sus niñerías, usaba calzado de tacón para verse un poco más alta. Ella desprendía mucha bondad de todo su ser, incluso su cosmos había apaciguado las violentas auras de sus súbditos aún ocultos. Ella era una verdadera diosa, ahora entendía porque en reunión había sido su dios Poseidón el que había abogado por aquella joven.

 

          —Como había dicho antes de que su siervo me molestara, voy a ser su guía por Atlantis, diosa Athena —habló la autóctona guerrera haciendo una especie de reverencia, lo cual le habían obligado a hacer pese a no respetar a la deidad ante sus ojos—. Ruego me disculpe por mis actos.
          —Las disculpas no son para mí, ¿Nessa? En cuanto despierte Brauss debes decirle lo mucho que lo sientes —la diosa se acercó a ella pese a las advertencias que escuchaba a su alrededor. Incluso aquellas Pallas y Nike que se encontraban aún dentro del coche le decían que se lo pensase mejor. Era normal que no confiasen en quien habían visto por primera vez apenas hace cinco minutos.

 

          Como un rayo, veloz e imponente, apareció frente a los ojos de la General uno de los invitados no deseados que había anticipado. Mostró su puño desafiante a la atlante, retándola a un duelo. Era lo mínimo que podía hacer para vengar el orgullo del joven ateniense caído. Investido con una armadura dorada dio un paso adelante, con el rostro de molestia que le caracterizaba la mayor parte del tiempo. Sus ojos clavados en su oponente eran mayor ofensa que los mismos puños que alzaba.

 

          —Perfecto, dile a los otros que también salgan —le dijo Nessa mientras señalaba el bosque donde se hallaban los otros dos Santos—. Pienso que cuando menos no deberían ocultarnos en vano su presencia, después de todo se supone que seremos aliados, ¿no Athena?
          —Como si te hiciéramos caso —dijo el Santo Dorado habiendo materializado una de sus características rosas blancas en la mano derecha, agarrándola con delicadeza entre sus dedos procurando no clavarse con ninguna espina.

 

          Muy contrario a lo que él había dicho, sus compañeros abandonaron sus puestos entre el follaje y se presentaron ante ella. Sería una formidable rival en caso de mostrarse como su enemiga, así que habían decidido seguirle el juego y revelarse. Tampoco tenían otra opción: el bosque había acabado ya y, del otro lado del muro, los atlantes habían talado los árboles de allí a unos cuantos kilómetros en adelante. Su etapa de sigilo había acabado.

 

          —Kyouka de Escorpio —habló una de ellos, quien de igual manera portaba una armadura amarilla cegadora con unas muy inconvenientes hombreras punteagudas. Le observaba de una forma extraña con esos ojos repletos de ojeras que la hacía parecer un mapache.  
          —Aruf de Leo —dijo el otro que llegó, era muy joven, demasiado. Era impulsivo, tal y como ella había sido en antaño. 
          —Pff… Grupo de inútiles… —dijo el primero que apareció ante sus ojos. Al tomarle de la mano la pequeña diosa, él apaciguó muchas de sus bestias internas, no sin continuar odiando a la morena guerrera atlante—. Miare de Piscis.
          —Encantada —dijo ella, no había necesidad de volver a pronunciar su nombre. Ellos ya deberían haberlo escuchado—. Athena, ¿podría yo acompañarle dentro de su carruaje por un momento? Hay asunto del que debemos ocuparnos primero. No me permiten dejarle pasar de este punto si se niega.
          —Está bien —respondió ella, mientras le invitaba a pasar.
          —Diosa Athena, ¿usted está segura de ello? —El Santo de Leo se dio media vuelta y le tomó del brazo haciendo que esta se detuviese. 
          —Sí. No hay ningún problema, Aruf. Nadeko estará a mi lado, no me pasará nada —la diosa intercambió sonrisas con su Patriarca.

 

          Las tres se adentraron en el coche, cuidando de no tropezar con el alto escalón que quien había fabricado aquel carruaje había considerado buena idea, pese a que la diosa regente tenía una baja estatura y, debido a ello, unas piernas un poco cortas. Había sido un craso error por parte del carpintero, o una broma de mal gusto, pero debido a la personalidad de Ariadne, se lo había agradecido en su momento. 
          Cada rincón visible estaba amueblado, con ventanillas cubiertas por cortinas de seda blanca y unos asientos color rojo guindón a primera vista cómodísimos. Los ojos curiosos de las acompañantes de Athena se posaban en su invitada. Pallas la observaba con el interés de combatir alguna vez con ella con las manos desnudas, Nike solo pensaba en su poco común tono de piel y su bellísimo y cuidado cabello. 
          La atlante tomó asiento junto a Nadeko. Se sorprendió cuando esta le reveló su posición como la nueva lider de Atmetis. No tenía ninguna característica especial que le hubiese dado pista de ello, salvo el casco de oro a su lado, el cual trataba en vano de ocultar tras de sí. ¿Era ese el rango distintivo del elegido por la diosa Athena? Si bien podría ser una opción muy particular, pues había escuchado que Hades también usaba un casco que le concedía el don de la invisibilidad —aunque este no tenía ese poder, claro. Era un obsequio para un mortal—, una armadura que complementase a ese casco también habría sido buena idea. Y, si la idea consistía en ser un simple adorno, cumplía con ello. Era muy bonito y todo pero no se distanciaba, en cuanto a su utilidad, de aquellas coronas que distinguían a los usurpadores del término rey en los cientos de cuentos de hadas que circulaban por las bibliotecas. 

 

          —Verá, diosa Athena, nuestro dios Poseidón me ha encomendado cierta misión, misión que sus súbditos no pueden conocer —se había dado cuenta de sus palabras y de su error. Esto era concerniente solo a la soberana del reino vecino, no a las otras tres que allí estaban presentes—. Estoy haciendo una única excepción por tratarse de ustedes, siendo tan cercanas a la diosa. 
          —Ya veo, hablanos acerca de ello —aunque respondió con frialdad lo hizo con la misma sonrisa que ya le había visto usar varias veces en los pocos minutos que la conocía.

 

          Explicaba con paciencia, pero sin llegar a detallarle ciertos puntos que su señor Poseidón había confiado como secretos que no debían salir de su boca hasta las últimas consecuencias. Athena se mostraba pensativa sobre ello, pero solo eso no bastaba para que su rey admitiese que cumplió con la misión. Debía llevarse a cabo tal y como él lo había planeado todo en aquella tarde que recibió la misiva. 

 

          —Necesito de su cooperación, diosa —dijo la General terminando de hablar. Intentó una vez el cambiar la forma en que cruzaba las piernas y pasar de sobreponer la derecha a la izquierda, pero el poco espacio que había le hizo reconsiderarlo—. Esa doncella que a usted le acompaña podría ser perfecta para ese puesto, según lo que me ha comentado —señaló con su índice a la pequeña de largo cabello negro que estaba sentada a su izquierda.
          —¿Nike? —Dudó ella por un segundo. Comprendía los sentimientos que callaba su hermana, pero no tenía otra opción—. Nike, ¿crees que podrías perdonarnos por esta vez?

 

          Ella permaneció en silencio. Su silencio otorgó aquella posibilidad.


Aviso de desinterés público...


...si es que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 8

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#30 Patriarca 8

Patriarca 8

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Publicado 20 mayo 2020 - 09:20

Capítulo 7. La bienvenida de Nessa

 

pobres  guardas son tratados como carne de cañón

 

el pasado de Camille fue bastante interesante

 

la forma en que tratan a los chismosos es bastante pragmática aunque algo sadica

 

por poco secuestran a Athena XD

 

la parte final fue enigmatica


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#31 Lairiel99

Lairiel99

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Publicado 23 mayo 2020 - 15:53

Saludos, cangrejin, ¿como has estado?

La espera por los caps se hace laaaarga la verdad, aunque bueno, tendra sus buenos motivos para la escritura de los caps; mientras no te ahogues escribiendo, está mas que perfecto.

Otro cap buenisimo, mas de transición, pero estoy seguro de que ya se vendrá ese encuentro entre Don Pose y Athena.

La historia va muy interesante, Saguin.
 



#32 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

    Ocioso las 23:59 horas.

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Publicado 30 mayo 2020 - 12:38

Llega el día 30 y eso significa que hay nuevo capítulo.
(Lo sé, lo sé. Nunca sé que decir en esta parte... )
 
Agradezco mucho sus generosos comentarios. Todo comentario es bienvenido :lol:
 

 
1. Pobres guardas son tratados como carne de cañón
2. La forma en que tratan a los chismosos es bastante pragmática aunque algo sadica
3. Por poco secuestran a Athena XD 

 

1. ¿Carne de cañón? No lo creo, solo se dedican a entrenar y vigilar. No es como si estuviesen yendo a la guerra o algo, al menos ellos no. Como lo dice la General, Atmetis son tan pacíficos que los guardias hasta parecen perezosos.

2. Bueno, están en tiempos de guerra. Cualquier cosa sospechosa podría haber sido castigada de la misma forma.

3. Ni cerca. Ni ella tenía ganas de secuestrarla, ni estaba indefensa como para ser secuestrada.

 

Saludos T. 
 

Saludos, cangrejin, ¿como has estado?

La espera por los caps se hace laaaarga la verdad, aunque bueno, tendra sus buenos motivos para la escritura de los caps; mientras no te ahogues escribiendo, está mas que perfecto.

Otro cap buenisimo, mas de transición, pero estoy seguro de que ya se vendrá ese encuentro entre Don Pose y Athena.

La historia va muy interesante, Saguin.

 

Sí, la verdad incluso a mí se me hace larga la espera entre cap y cap a decir verdad. Si me apuro un poquito en la escritura, quizás pueda acortar los tiempos de publicación un poquito para que no sea taaanto tiempo. Claro, como mucho podría llegar a 10 días, pero me lo pensaré bonito de ser ese el caso...

 

Gracias por su lectura, compañero Lairiel. Un gusto tenerlo aquí de vuelta y espero que el capítulo de hoy sea de su agrado. 
Bueno, ahí va el octavo capítulo de este fanfic. Espero que les guste.
(Y que... no genere cierto odio la segunda mitad del cap... espero... )
 
 

Capítulo 8. La expedición nocturna

 

 
          Llegada ya la medianoche, con una inmensa y preciosa luna en el firmamento, los viajeros tuvieron la necesidad de descansar. A diferencia de todas las películas que en sus no tan cortas vidas habían visto, ellos no repararon en llevar y armar tiendas de campaña a mitad del camino. En realidad no las necesitaban pues su entrenamiento como guerreros les había forjado un prometedor futuro que les permitía poder dormir en los sitios más incómodos posibles. El carruaje era de lo más confortable, pero el compartir aquellos tres metros cuadrados entre seis personas mantenía la misma esencia que una lata de sardinas. Debían mantener la ventana al menos unos cuantos dedos abierta si no querían morir sofocados, pero se morían de frío por las corrientes heladas de montaña.
          Al pasar dos horas, ya cansado de fingir que estaba descansando, decidió abrir la puerta del coche y bajarse de él. No solo consideraba que el poco espacio que todos tenían era demasiado limitado, sino que también ellos acompañaban a otras féminas como Rhaenys de Dragón, alumna de la nueva Patriarca; o también Sylene de Pavo Real, la curiosa aprendiz de Kyouka. Sabía dentro de sí que debía dejarlas solas, pues ellas necesitaban más espacio que él o el perezoso Franz de Lira, quién no había salido ni por un momento a respirar los aires atlantes. Al dar su primer paso fuera sintió como su camiseta estaba siendo tirada por alguien. Solo había una opción posible: quien estaba al lado suyo, la mismísima Santa de Escorpio.
 

          —¿A dónde vas Miare? Aún es de madrugada —preguntó ella.
 

          La poca luz de luna que caía e iluminaba el rostro de Kyouka revelaba que no había dormido ni por un solo instante, tal como él. Ni siquiera en su voz se hacía presente algún indicio de cansancio. El Santo de Piscis sabía que debía evadirla y evitar que así consiga descubrir sus planes ya que ella sabía mejor que nadie sus pensamientos.
 

          —Solo quería caminar un momento para despejar la cabeza, eso es todo. —le tomó de la mano para intentar desprenderse de ella, pero siguió jalando con más fuerza—. Sigue durmiendo Kyouka, no quise perturbar tu sueño.
          —Sabes bien que no estaba descansando, Miare. No me trates de tonta, querido amigo. Vi cómo tus ojos inspeccionaban cada centímetro de mí.
          —Ni un minuto puedes dejarme en paz. ¿Qué es lo que tramas? —dijo mientras se acomodaba la camiseta que se había arrugado un poco por culpa de Kyouka.
          —Bueno, a decir verdad, pensaba descansar al mismo tiempo que lo haría mi buen amigo Miare. Aunque mis planes se arruinaron ya como no dormía el cabezón este y tuve que desvelarme un poquito. Lo normal, si puedo considerarlo así el tener insomnio casi siempre —respondió ella tranquila mientras bajaba también del vehículo.
          —Me sigue pareciendo extraño y un sinsentido, Kyouka.
          —Sabía que si no dormías era porque algo te preocupaba. Me recuerda a esas noches que pasamos en Aquos, ¿no lo crees así, Miare? Cuando despejabas tus nada enrevesados pensamientos haciendo llover sobre nuestro tejado.
          —Ni me las recuerdes. Tres años ya han pasado y no estoy ni un poco cerca de mi objetivo, Kyouka. Ahora solo puedo pretender proteger a quien quiero, o al menos sus sueños.
          —¿Eso quiere decir que acosas a una de nuestras diosas en mitad de la noche? Cada vez estás más grave, amigo mío —se cubrió el rostro con la mano, tratando de demostrar la vergüenza que le daba el comportamiento del Piscis.
          —Te odio Kyouka.
          —Y yo te amo —contestó ella observándole sin mostrar ninguna emoción en su rostro. Miare sabía que esas palabras se trataban de una broma.
          —¿En serio quieres venir? —preguntó él por última vez. Ya se había cansado de seguir discutiéndole en vano. No la haría cambiar de parecer nunca.
          —Sí. Quiero ver con mis propios ojos a Miare el acechador, quien es casi igual de famoso que una tal Kyouka la destripadora. Bonitos apodos para los miembros del segundo dúo invencible de Aquos.
          —Por favor no vuelvas a repetir eso de acechador nunca más en tu condenada vida.
 

          La luna no se detenía en su recorrido, indicándole así a Miare que ya había gastado diez minutos de su tiempo dando vueltas en círculos no logrando que Kyouka desistiera. Él iba delante de ella, caminando a paso apresurado en dirección al carruaje donde viajaban las autoridades de Atmetis.
          Kyouka se detuvo por un segundo al observar cómo Aruf de Leo descansaba solitario sobre el asiento del conductor del carro donde su alumna y el resto también iban. Llevaba puesto un gracioso antifaz de color negro que cubría sus ojos, ayudándole a dormir a diario. Mantenía las manos entrecruzadas sobre el estómago, como si estuviese rezándole a alguien. No pudo evitar soltar una tierna risilla.
          Ese único instante fue lo necesario para crear entre ella y su compañero una brecha de distancia de veinte metros. Aunque se tardó un poco, pudo llegar al lado del carruaje, quedándose parada detrás donde estaba la puerta que resguardaba el portaequipaje. Notó que había sido mal cerrada e intentó abrir y husmear dentro. Cuando hubo saciado su curiosidad ella dejó todo como lo había encontrado. Ella empezó a hacer unas cuantas deducciones acerca de esa tal Nessa que abordó ese vehículo cuando se la encontraron en mitad de la frontera atlante.
          Miare se le había perdido de vista. «Quizás está observando desde el otro lado, por donde está la puerta», pensó Kyouka sin demora. Encontró a Miare sentado en mitad de la pradera, observando con atención la única entrada. Con disimulo alguien había intentado hacer parecer que la puerta estaba cerrada al completo dejando una única rendija por la cual se podría abrir desde el exterior.

 

          —No están, Kyouka. No están ni Nike ni esa General Marino. Sabía que ella no era de confiar, lo sabía —se repetía Miare mientras se cubría la cabeza con las manos por la desesperación.

          —Tranquilo, Miare. Tengo el presentimiento de que las encontraremos cerca de aquí. Más cerca de lo que crees —comentó Kyouka, dándole la mano y ayunándole a pararse.
          —Pero… ¿Qué pasa si se marcharon hace horas? Es mi culpa, mi completa culpa el no haber salido antes y haberla detenido.
          —No pensé que te rindieras tan fácil. Espero equivocarme, ya que conseguimos nuestras armaduras con el sudor y las palizas que mi hermano nos daba. Sé que no te has rendido aún.
          —Eso era diferente. Nike ahora es su rehén, o su víctima. Ninguna de las opciones es muy favorable que digamos —dijo Miare desanimado. Casi no podía moverse.
          —Vamos hombre. Quiero que me ayudes a encontrar la última pieza que necesito para completar el rompecabezas. ¿Deseas saber qué se trae Nessa entre manos? Yo también, de hecho, pero no podemos quedarnos solo de pie. Hay que actuar.
 

          A regañadientes Miare siguió las órdenes de su compañera. Avanzó con ella como su guía, observándola con atención desde atrás, viendo como las corrientes de aire despeinaban su larga cabellera. Kyouka le dio un fuerte apretón de manos y tiró de él, arrastrándole mientras trataba de asegurarse de que no se apartaría de su lado rindiéndose ante la desesperación. El joven Piscis no podía comprender cómo sus manos podían mantenerse tan suaves pese a haberse dedicado a asesinar desde que obtuvo su armadura. Sus ojos en aquel momento vieron reflejados solo a aquella persona que escuchó sus penas tantas veces cuando fue exiliado a Aquos.
          Cincuenta metros más allá de donde se hallaban ellos, al otro lado del sendero, se hallaba el río Éufrates, uno de los cuatro más importantes de toda Atlantis pues en su desembocadura este se fundía en el lago que rodeaba gran parte de la ciudad Neptuno, capital del reino de Poseidón. En sus clases de geografía y de localización les habían enseñado que si seguían el curso del Éufrates lograrían ubicarse mejor en caso de perder su rumbo. Si se demoraban y sus compañeros seguían su camino sin ellos podrían encontrarse todos en la ciudad donde Athena se reuniría con el rey de los mares. Ambos Santos Dorados se acercaron a la orilla y caminaron en la dirección donde sentían más próximos unos poderosos cosmos, pese a estar algo debilitados por la distancia.
          Los brazos que los árboles extendían por sobre las pacíficas corrientes de agua no permitían avanzar con facilidad a Miare, pues siempre que llegaba ante una rama debía agacharse si no quería golpearse en la frente. Su envidiable metro ochenta en esa ocasión era más un estorbo que un don al compararse con la estatura de Kyouka quien, a pesar de llevar puestas unas zapatillas oscuras del mismo tono que su cabello, podía atravesar con comodidad las adversidades que la flora local había interpuesto en su camino.
          Los cosmos que ambos sentían cada vez más cerca les daban pista de la ubicación de la General Marino. Al llegar a las proximidades de una laguna, y observar en la lejanía dos figuras humanas al otro extremo de este, Kyouka decidió que era mejor estudiar la situación. Obligó a Miare a ocultarse tras el tronco de un robusto árbol mientras ella inspeccionaba un poco más de cerca. Se camufló entre las hojas de un arbusto, unos cuantos metros más allá, desde donde contempló el accionar de la General. Solo necesitó de unos segundos antes de volver y tratar de quitarse de encima las hojas desprendidas.
 

          —Creo que deberías volver al lugar donde descansan todos, Miare. Yo me encargare de la situación desde aquí —dijo la Santa de Escorpio al mismo tiempo que empujaba a su compañero por la espalda, tratando de expulsarlo de allí.
          —¿Segura Kyouka? Ella puede ser peligrosa. Por lo poco que pude enfrentarme a Nessa lo supe. Ten cuidado —dijo él mirándola de reojo mientras se marchaba de allí.
          —Yo también soy peligrosa, tranquilo. Si necesito de tu ayuda te aviso. Dudo que no sientas cómo desaparece una hectárea de bosque con una Aguja Escarlata mía —comentó ella burlándose. Caminaba en la dirección opuesta a la que lo hacía su compañero—. Te contaré luego los frutos de mi investigación, Miare. Tú solo espérame en el lugar prometido.
          —Está bien, Kyouka. Allí te veo —él no se dio vuelta para comprobar si aún continuaba allí la otra Santa Dorada.
 

          Cuando Miare se apartó de su campo de visión, Kyouka se dejó de juegos y se mostró frente a las dos presencias que la dupla de élite había notado. Ella no se había equivocado en sus apreciaciones: ambas se encontraban tomando un relajante baño bajo la luz lunar que ese día había decidido brillar con más fuerza. Sabía a la perfección que allí no se encontraba Nike, solo la Dragón Marino. Mas su curiosidad quería conocer toda la historia, por qué su diosa estaba oculta en el compartimiento trasero de su carruaje y por qué había una desconocida viajando junto a ellos.
 

          —Bonita noche, ¿no les parece? —Dijo Kyouka mientras caminaba por el borde arenoso de aquella laguna.
 

          Las dos mujeres jóvenes le vieron con cierto descontento y sorpresa. No pensaban que serían descubiertas en plena madrugada.
 

          —Descuiden, no voy a tratar de pelear contra ustedes. Claro, si ustedes quieren hacerlo no me opondré. No soy una persona pacifista después de todo —continuó ella tratando de calmar las aguas.
          —¿Debería preguntar por qué estás aquí? Si mal no recuerdo tu nombre era Kyouka, ¿cierto? —interrogó ella con tranquilidad, aunque igual seguía con el ceño fruncido.
 

          La acompañante de Nessa, también iba despojada de sus prendas y con el cuerpo cubierto por el agua solo un poco debajo de sus hombros. Se sentía incómoda ante la presencia de la Santa Dorada, por lo cual apenas se acercó se cubrió el busto con los brazos y la cara con sus manos, de la misma forma en que lo haría un niño que cree ser invisible. Se suponía que ella no debía ser vista en ningún momento y estaba faltando a su misión.
 

          —Así es como me llamaron mis padres, sí —dijo ella mientras se sentaba sobre la arena, junto a las ropas tendidas de las dos guerreras atlantes—. Si te doy mis motivos de estar aquí, pues no podría. No quiero interferir entre los pensamientos e intimidades de cierto amigo mío. Solo diré que estoy aquí porque vimos que la pequeña Nike no estaba descansando.
          —Supongo que fui una tonta al tratar de subestimarlos —comentó en voz baja la muchacha de cabellera rubia.
          —No, no lo fuiste —respondió Kyouka—. Es solo que tuviste la mala fortuna de elegir suplantar a la diosa más querida de cierto amigo mío. Si estuviera en tus zapatos tampoco lo hubiera imaginado. Es normal.
          —¿Suplantar? —preguntó Nessa con suma curiosidad—. ¿A qué te refieres con ello?
          —Sí, tu compañera esa de ahí posee dicha habilidad. Sé que no confían en nosotros en su totalidad, pero no es motivo de que nos mientan en la cara, Nessa. Descubrí vuestro truco. Quizás al resto puedan engañar, pero a mí no.
 
          —Pero… si mi plan ideado a último minuto era perfecto… ¿cómo? —pensó en voz alta la compañera de la General Marino.

          —Si quieres que te lo explique, primero preséntate General Marino —ella estaba segura de su afirmación y le lanzó una mirada desafiante a la desconocida—. Siento que dicha habilidad tan maravillosa y ese cosmos tan poderoso solo pueden pertenecer a la crema y nata atlante.
 

          La Dragón Marino ya estaba dando unos pasos hacia adelante, deseando darle un golpe a la guerrera de Athena, pero fue detenida por su propia compañera.
 

          —Nessa, tranquilízate. Ella no es nuestra enemiga, presiento que no se trata de una mala persona. Apostaré por ello con mi vida —dijo tratando de que la noche vuelva a la quietud de siempre—, Mi nombre es Lauren, General Marino de Lymnades al servicio de mi rey y señor Poseidón.
          —Mucho gusto, Kyouka de Escorpio. ¿Me permiten unirme a ustedes? —preguntó ella—. Lo cierto es que a estas horas me vendría bien una refrescante zambullida en el agua fresca.
          —Como quieras —dijo Nessa sin molestarse, ahora un poco más relajada por querer Kyouka estar igual de desprotegida que las Marinas. Aunque siempre mantenía un cosmos hostil que espantaría incluso a la bestia más feroz.
          —Nessa, sé un poco más amigable con nuestra nueva compañera. Si todo sale bien entre nuestros dioses ella será alguien en quien debamos confiar tarde o temprano —insistió la guerrera de Lymnades.
 

          La Santa de Athena dejó de lado el chal de color carmesí y envolvió en este el collar que llevaba siempre consigo, recuerdo de su difunta madre, para no perderlo en la inmensidad del mundo. Se despojó de sus zapatillas, su camiseta manga corta color lila, el pantalón vaquero azul oscuro que siempre usaba cuando le tocaba viajar y demás prendas que no necesitaba a la hora de bañarse. Acomodó todo, bien doblado, junto a las ropas de las compañeras atlantes, y se adentró en el cuerpo de agua.
          La primera vez que metió su cabeza bajo el agua, intentando bucear por unos segundos hasta recordar que ella no debía sumergir su rostro. La pintura negra se desprendió del área que rodeaba los ojos de la Escorpio y las ojeras de las que ella siempre presumía desaparecieron en un solo instante. Su cabello al remojarse se acomodó y eso permitió que la Kyouka que el Santo de Piscis había conocido tiempo atrás surgiera a la luz tras varios años de letargo.
 

          —Viéndote así eres más bonita de lo que pensaba —comentó en voz alta Lauren sin recordar que estaba halagando a una extraña.
          —Rayos, rayos, rayos… —comenzó a pronunciar Kyouka en voz baja, desesperándose poco a poco—. Se me olvidó del maquillaje… ¿Ahora qué hago? Por suerte siempre traigo conmigo un poco para los viajes.
          —No entiendo, ¿por qué ocultas tu verdadero ser? —preguntó Lauren, a lo que Nessa alzó la oreja para escuchar también la respuesta—. Pensaba que esas atemorizantes ojeras eran parte de ti, pero veo que no.
          —Es que… De verdad que no lo sé. Desde hace tiempo que lo hago sin saber el motivo —mintió ella. Conocía la razón, pero, al igual que ellas, no pensaba decírselo a quienes apenas había conocido. Decidió pronunciar una media verdad para no perder su confianza—. Creo que a veces me consume un miedo profundo, un miedo que me obliga a crear una imagen mía a la que todos teman y respeten pese a que no soy buena en nada. 
 

          Al levantar la mirada ella contempló como Lauren daba unos cuantos pataleos para poder desplazarse en medio del agua. Ella se acercó a la Santa Dorada y colocó su mano sobre su hombro.
 

          —¿Sabes? Yo también siento miedo. Miedo a que me rechacen por mi habilidad, la cual ha cobrado varias victorias a un alto costo en los duelos de exhibición en Neptuno. Siento que vivo dos vidas diferentes también, la de Lauren y la de Lymnades.
          —Es extraño cómo hay gente tan similar a nosotras en los lugares que uno menos imagina. Descuida, tu secreto está a salvo conmigo —dijo Kyouka mostrándole una sonrisa.
          —Y el tuyo —respondió sonriendo en contestación. Ambas rieron por un momento—. Dime Kyouka, ¿cómo es que descubriste que yo no era esa tal Nike?
          —Muy simple. Por pura casualidad al abrir el portaequipaje encontré el báculo de nuestra señorita. Al no haber sentido su cosmos desde que nos separamos en mitad de la noche, pues no he dormido, supuse que eso había ocurrido mucho antes. Es decir que la figura que observábamos como Nike durante toda la noche había sido una mera ilusión.
          —Te dije que tu plan tenía fallas, Lauren, pero nunca me haces maldito caso —comentó un poco fastidiada Nessa, quien seguía allí observando a las dos nuevas amigas juguetear entre sí, tratándose como si fueran niñas pequeñas.
          —Ya no importa. Mientras nadie más se entere, todo estará bien.
          —Ay… Es por estas cosas que tuve que seguirte todo el camino hasta aquí. Sabía que algunos planes tuyos fracasarían al primer intento y yo debería arreglarlo —dijo Nessa mientras asentía con los ojos cerrados.
          —Pero si hubiera sido más sencillo sin ti, Nessa. Podría haberme mantenido en tu forma y no lograría ninguna sospecha en mi contra.
          —¿Sin mí? Nunca me había sentido tan traicionada —producto de la falsa molestia ella se sumergió bajo el agua tras tomar una gran bocanada de aire.
          —Tranquilas chicas… Relájense —Kyouka intentaba calmar el ambiente.
 

          La noche transcurrió en total normalidad. Tras una hora estando en el lago Kyouka volvió a vestirse con sus prendas, acomodándose el cabello todo lo que podía pues ahora se había quedado más compacto y no permitía que su mechón cubriese por completo la mitad derecha de su rostro. «Ya fue. En cuanto se seque lo acomodo, así es imposible», pensó ella tras intentar unas cuantas veces sin lograr el resultado esperado.
          Se había olvidado de las palabras que le había dicho a Miare acerca de que le esperara. Todo el camino de regreso se quedó pensativa de si él ya estaría descansando sin perturbaciones en los dominios de Morfeo, por ello se sorprendió al verlo sentado sobre una colinilla que estaba entre los carruajes y el río Éufrates. Intentó cubrir su rostro, pues solo su hermano Shiou y la Patriarca conocían el secreto de su maquillaje. No era momento de decírselo al Piscis.
 

          —Te demoraste demasiado. No importa, ¿novedades? —preguntó el Santo Dorado en cuanto vio a su compañera.
          —Digamos que Nike no podía dormir y Nessa fue muy amable la acompañó a tomar al acompañarla a tomar un baño. Solo eso. Cosas de chicas como siempre —respondió sin dirigirle la mirada. Se apresuró a volver junto al portaequipaje del coche donde los Santos viajaban, el mismo donde ella había dejado su pintura de ojos.
          —Kyouka, ¿qué ocurre? Te noto preocupada por algo.
          —No. No es nada, Miare. Nada —intentaba sonar cortante, pero su voz sonaba temblorosa. El Piscis notó lo extraño de esto.
          —Escúchame Kyouka, tú… —le jaló con fuerza del brazo, provocando que ella girara sobre su eje quedando sus ojos frente a frente con los de Miare.
 

          Estaba sin palabras. No podía describir la sensación que le causaba en su ser el poder observar a Kyouka sin las remarcadas ojeras con las que siempre ella estaba. «Es tan… bella», pensó él por un momento. Era la misma imagen que él había contemplado miles de veces durante su entrenamiento, pero se sentía diferente aquella vez. Por primera vez en su vida se atrevió a preguntarse si Nike era en verdad la única a quien sus ojos veían de forma diferente.
          Pero no, dicha duda no tenía cabida en la realidad. La respuesta a esa última interrogante era bien conocida por él: un rotundo sí, Nike sí era la única en su corazón. O al menos eso trataba de hacerse pensar para no complicar más su vida en aquellos momentos.
 

          —Kyouka, te ves tan bien como siempre —dijo él tratando de calmar los rápidos latidos de su compañera.
          —Esto… Gracias, Miare —sus mejillas estaban coloreadas por un tenue rojo y trataba de ocultar con torpeza la sonrisa que quería formársele en los labios—. Ahora, si me permites, buenas noches.
 

          «Estúpido», pensó él cuando se alejaba Kyouka. «Recuérdalo bien: ella es solo una buena amiga tuya. Son solo imaginaciones por la falta de sueño», continuó hablando consigo mismo.
«Imaginaciones», volvió a repetirse varias veces antes de caer dormido entre todo el césped que le rodeaba.


Aviso de desinterés público...


...si es que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 8

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#33 Kael'Thas

Kael'Thas

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Publicado 30 mayo 2020 - 13:01

Debo encerrar Sagen para avance :v, broma amigo, buen capitulo 


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#34 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 08 junio 2020 - 19:24

El capítulo 7 es muy bueno. Más de transición, pero igual interesante. Nessa es un personaje muy humano, muy bien creado. Es ruda y fuerte, pero de buen corazón. Me recuerda a Marin a ratos. Aunque puede resultar egoísta (y quizás lo es) también es cierto que está conectada con su grupo, y quiere realmente lo mejor. Hay tensión, pero sin ser cruda ni molesta. Es una tensión necesaria, y hasta respetuosa entre ambos bandos. La descripción espacial del capítulo te salió tremenda esta vez, felicitaciones. Curiosa mención a la Dama del Lago de la leyenda artúrica. ¿Es solo coincidencia de nombres?

 

El capítulo 8, honestamente estoy sorprendido de que alguien pueda percibir los movimientos de la luna en 10 minutos. Supongo que nace de la misma capacidad de poder dormir encima de una púa en el fondo de un volcán con aires tóxicos de todos los Saints. Se descubrió el truco de las Marinas, y la descripción nocturna muy precisa. Más un capítulo de mostrar personalidades, que tal vez ayuden con alguna alianza.

 

Saludos!


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#35 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

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Publicado 11 junio 2020 - 10:50

Sé que no es quincena aún, pero como tenía ganas de continuar publicando... 
(Aparte que si no lo hago así a lo mejor pasan 10 años y ni termino de publicar caps...)
 
Durante dos meses o más, de ahora en adelante, quizás publique cada 10 días... Lo que significa solo unos 7 capítulos más por año de los que resultarían si fuesen quincenales... En papel no resulta tanto, ya veremos en la práctica...
(No creo ser tan inútil como para no poder escribir 9 capítulos en el medio año que falta... Aunque quien sabe y sí lo sea...)
 
El capítulo del día de hoy, quizás no tiene mucho que ver con la trama principal de la historia, motivo por el cual he decidido numerarlo como un especial y no como el capítulo 9 (que sí existe y será publicado este mes...). 
 

Debo encerrar Sagen para avance :v, broma amigo, buen capitulo

 
Muchas gracias por pasarte a comentar Mystoria :lol: 
Tus deseos son órdenes (bueno no, también lo había estado pensando hace unos días xD) y bueno, aquí sigo publicando otro humilde capítulo que espero que le guste.
Saludos.  
 

El capítulo 7 es muy bueno. Más de transición, pero igual interesante. Nessa es un personaje muy humano, muy bien creado. Es ruda y fuerte, pero de buen corazón. Me recuerda a Marin a ratos. Aunque puede resultar egoísta (y quizás lo es) también es cierto que está conectada con su grupo, y quiere realmente lo mejor. Hay tensión, pero sin ser cruda ni molesta. Es una tensión necesaria, y hasta respetuosa entre ambos bandos. La descripción espacial del capítulo te salió tremenda esta vez, felicitaciones. Curiosa mención a la Dama del Lago de la leyenda artúrica. ¿Es solo coincidencia de nombres?
 
El capítulo 8, honestamente estoy sorprendido de que alguien pueda percibir los movimientos de la luna en 10 minutos. Supongo que nace de la misma capacidad de poder dormir encima de una púa en el fondo de un volcán con aires tóxicos de todos los Saints. Se descubrió el truco de las Marinas, y la descripción nocturna muy precisa. Más un capítulo de mostrar personalidades, que tal vez ayuden con alguna alianza.
 
Saludos!

 
Quien sabe si dicho nombre sea coincidencia. Quien sabe... Por obvias razones no existirán los mitos artúricos en este mundo gobernado por dioses netamente griegos, pero... Quien sabe, a lo mejor, a lo mejor..., hay alguna explicación para ello... Me alegra que el escenario no haya estado mal ejecutado. Como se dice, me la jugué esta vez, tratando de describir un poquito el mundo para que no todo sea igual de plano y vacío. 
 
La verdad es que al momento de publicar estaba pensando en si postear tanto el capítulo 7 como el 8 en fechas más próximas dado el miniplot que ahí se puede ver. Quizás el misterio estaba mas o menos planteado, pero no seé si quedó bien del todo al final. Supongo que si se lee del 6 al 8 de corrido quizás si tuviese mayor impacto... Uhm...
Con respecto a lo otro, quizás hasta me paso de obvio, pero como personajes importantes para esta futura estancia en Atlantis tenía que darles una ligera introducción tanto a ellas dos como a los dorados ahí participantes. Y bueno, quizás este capítulo también ayude un poquito con respecto a futuras publicaciones de mi historia.
 
Como siempre, esperando que sea de su agrado la historia, le agradezco mucho la visita, Señor Felipe.  
 

 

Pequeña aclaración de la construcción de Atmetis:

 

Spoiler

 

 

Capítulo Especial 1: Miare - El exiliado del reino

 

          La prensa escrita siempre castigaba con puño de hierro a los malhechores, profiriéndoles de la mayor cantidad de respetuosos y disimulados insultos que podían idear sus redactores. Hace seis años no fue la excepción. La desaparición de la diosa Nike había tratado de no salir a la luz, no era necesario que nadie más que los Santos de Atmetis se enterasen del asunto. Pero sucedió, alguien abrió la boca y los periódicos, pasados un par de días, colocaron dicha noticia en sus titulares con una letra tan grande que era prácticamente imposible no haberse enterado de ello ni siquiera de reojo.
          La capital se llenó de murmullos. Unos decían que su diosa ya había muerto, otros que los atlantes estaban pidiendo como rescate una gran porción de las tierras al sur de Atmetis. La gente era tonta y expandían sin fundamento una situación que debería haberse mantenido en el más absoluto secreto. Cuando el Patriarca descubriera quien se había llevado a Nike, y la trajera de vuelta, no tenía más opción que entregar al culpable a la justicia pública. La situación se había descontrolado tanto que él no podía evitar nada.
          Se dice que pensando mal uno acertará, pero él no tenía ni que pensarlo. Nike no había desaparecido de la faz de Etherias sola, junto a ella su discípulo Miare también lo había hecho. Por su mente circularon solo dos posibilidades: o él estaba buscando al verdadero culpable del secuestro tan arduamente que no se detuvo a pedir ayuda alguna, o él era quien causó esta conmoción desde el primer momento. El Patriarca Haloid no era tonto, conocía bien esos ojos que ese alumno colocaba cada vez que compartía tiempo con Nike, eran los ojos de un joven incapaz de pensar en las consecuencias de sus egoístas acciones. Él no había sido muy diferente en sus tiempos mozos, pero nunca cometió la estupidez de raptar a alguien, y mucho menos a una de las tres diosas del reino.
          Fueron encontrados lejos, en el nevado camino que conectaba la capital con las tierras de Ignar, región de Atmetis colindante con el septentrional reino de Delusia. Se refugiaron los adolescentes en una casa deshabitada, espantosa a la vista, cuyos muros exteriores estaban erosionados a causa de las constantes tormentas de nieve que asolaban esas tierras. Estaba compuesta por una única habitación que en algún tiempo fungió todo tipo de funciones, pero que ahora estaba completamente desamoblada. Solo un par de mantas azules sucias y polvorientas, que habían cubierto unas cajas de madera olvidadas hace mucho, les sirvió de abrigo para las frías noches. Su situación era más que precaria y deberían de haberle agradecido al Patriarca Haloid y al anterior Santo de Leo, quien les había seguido la pista más que bien.
          En uno de los pasillos contiguos Pallas recibió con un fuerte abrazo a su hermana, lloró desconsoladamente según recordaba. Había sufrido mucho en el tiempo que se separaron, incluso en sus sueños había imaginado mil y un escenarios horribles. Cuando las miradas de Miare y Pallas se cruzaron en aquel momento, la bella deidad no le juzgó mal como todo el mundo haría luego con él, todo lo contrario. Se alegró incluso de que el responsable del supuesto rapto hubiese sido esa persona con la que Nike siempre se sentía muy contenta. Mas esa fue la última mirada que le dirigió en un par de años, aunque ninguno de los dos lo supiese tras aquel encuentro.  
          El Patriarca Haloid tomó asiento en su trono correspondiente. Estaba cansado, era lo normal pues sus viejas articulaciones no debían dar para mucho. Le pidió al anterior Leo que soltara al muchacho engrilletado de brazos y piernas. Hizo una venia antes de retirarse del salón, dejando a maestro y alumno solos en aquel ambiente.
 

          —¿Miare, me podrías explicar qué fue lo que trataste de hacer?
          —Llevarme conmigo a Nike, usted sabe bien qué fue lo que hice, maestro. No le voy a dar excusas, esa es la realidad.
          —¿Sabes que has cometido un grave crimen a ojos del pueblo? Por Athena… De verdad quisiera saber quién habló… —se quejó él en voz baja frotándose los ojos y cubriéndose la cara con el resto de su mano.
          —Seré un Santo Dorado dentro de unos cuantos meses, eso les demostrará a todos lo equivocados que están respecto a mí —impetuoso se mostró con una sonrisa confiada. Su maestro le veía con suma decepción.
          —No. No lo serás —al Patriarca se le ensombreció el rostro. No quería pronunciar las palabras, pero era su deber—. Estás exiliado, Miare. Debes abandonar ciudad Minerva ahora mismo.
          —Pero, maestro… —dijo el joven tartamudeando, comprensivamente la noticia le había impactado.
          —Escucha Miare, de ahora en adelante ya no seré tu maestro. Te he enseñado mucho, tal vez demasiado. Te he criado como si fueras de mi propia sangre. He hecho tanto por ti, pero me has recompensado solo con un acto vil y repudiable ante los ojos del juez más cruel de todos. Has cometido un acto de traición, Miare. Ya no puedo considerarte un alumno mío, ni tampoco digno de una Cloth.
          —Maestro Haloid…
          —No eres bienvenido en este templo, o en cualquier rincón de Minerva. No hasta que consigas portar la armadura sagrada por la que tanto esfuerzo y sudor has gastado —continuó el viejo con su tono de siempre haciéndose el interesante.
          —Pero… ¿Qué está diciendo Patriarca? No lo entiendo —En su rostro se había marcado una expresión de asombro. Su maestro estaba contradiciéndose.
          —Que te largues de aquí, he dicho. Lárgate a Aquos, continúa con tu entrenamiento. Allí encontrarás a uno de mis viejos alumnos, él te podrá ayudar a conseguir a Piscis cuando sea el momento preciso.
          —Maestro…
          —El pueblo de Minerva te quiere muerto, alguien en las sombras te desea muerto, Miare. Tenemos entre nuestras filas a quien habla de más, fue él quien no mantuvo este secreto como tal y reveló tu nombre. La gente no te lo va a perdonar, así que te castigaremos públicamente. Sabes bien que tal acto solo puede ser condenado por dos cosas: la muerte o el exilio —Su Ilustrísima sabía que, si descubrían esta treta, él también se ganaría el odio del pueblo, pero no podía castigarlo severamente. Miare no era un traidor como todos lo consideraban, solo un inconsciente que fue juzgado con demasiada maldad—. Ya exiliado de Minerva, tú irás a por tu Cloth, la cual descansa en lo más profundo de la ciudad de Aquos. Protegerás dicha ciudad por dos años, en los cuales, esperemos, la gente olvidará sus acciones.
          —Como ordene, Patriarca Haloid —dijo el joven arrodillándose ante la autoridad. De sus ojos manaban lágrimas desconsoladas al pensar que no vería más aquella ciudad donde vivió cada día de su vida.
          —Al caer el amanecer comenzará tu exilio. Confío en ti, Miare.
 

          Pesadamente se reincorporó de su asiento, daba pasos lentos rodeándole hasta llegar a la puerta de aquella habitación. Sus habilidades telepáticas no habían cedido ante la edad de su usuario y con ellas se contactó con el Santo de Leo, quien había esperado pacientemente durante la hora que su líder había pasado junto al exiliado. Él entró con la valentía impetuosa que caracteriza a los leones, el pecho bien inflado y el ceño fruncido, más por la edad que por su propio sentir. Cargó consigo al joven de diecisiete años, dejándole en una de las celdas del Templo, ubicada varios metros bajo tierra, en una planta muy inferior al resto, el lugar que le correspondía. Desde allí Miare solo observaba sombras, sombras que de alguna forma no le inspiraban tanto terror como lo que el futuro le tenía predestinado a él.

 

* * *

 

          En Aquos su día a día no fue lo que esperaba, allí nadie conocía su pasado, aunque todos querían conocer al nuevo muchacho que había llegado hace poco a aquella ciudad oriental. Todos pasaban por su costado, pero nadie le lanzaba miradas amenazantes como sí lo hicieron los habitantes de Minerva, la capital. El Patriarca había hecho todo lo que estuvo en sus manos para que los rumores verdaderos no llegaran a oídos de los provincianos. Aunque, realmente, no existían tantos problemas debido a que eran escasos quienes viajaban de una punta de Atmetis a otra, y ni siquiera los comerciantes se sentían tan preparados como para llevar mercancía a través de tan largas distancias.
          Atemorizado él subió por primera vez las escalones que conducían por un estrecho camino a la cima de la torre de los guardianes, el sitio designado por Athena para que descansen sus más fieles sirvientes y velen por sobre el resto de los suyos. Un lugar en el cual solo quienes dominaban el cosmos podían entrar, el cual se ubicaba tras un laberinto de callejones de aparente mala muerte. Cubierto bajo una ilusión óptica, se mantenía allí para que los Santos habitantes en Aquos tengan un resguardo en su lucha contra los posibles enemigos que los asediasen en un ataque.
          Escaleras de ladrillo de piedra, perfectamente encajados, le dirigieron hasta una habitación amplia y espaciosa con un mirador envidiable. Frente a él le esperaba otro muchacho de casi su misma edad, quien iba con las manos dentro de los bolsillos de una casaca plomo oscuro a medio cerrar. Su cabello negro estaba un poco despeinado, se notaba que hace apenas unos minutos se había despertado y alistado con lo primero que encontró a mano. Parecía un cualquiera, y en realidad no era muy distinto a los contemporáneos que se encontraba por la calle, salvo por un detalle: emitía un poderoso cosmos que lo rodeaba de un aura dorada.
 

          —Al fin llegaste, exiliado. Te estaba esperando, mi nombre es Shiou —extendió la mano, aunque en su rostro se observaba una apatía nada común para su edad—. Quizás deba presentarme correctamente… Soy Shiou de Cáncer, el exalumno del actual Patriarca que tanto te mencionó.
          —Mi nombre es Miare —no sabía qué decir: le era extraño tratarle como alguien a quien respetar siendo que se veía tan joven como él mismo —. ¿Cómo sabes que hablamos sobre ti?
          —Es porque he hablado con Su Ilustrísima en persona. Más bien, él vino a hablar con nosotros hace unos días. Supongo que no desconocerás sus habilidades de teletransportación, ¿o me equivoco? —Dio un sonoro bostezo, ni se molestó en ocultar su pereza—. Es algo elemental. Un detalle que no puedes pasar por alto. Te falta entrenar el criterio
          —Entonces me entrenarás, ¿no es así?
          —Nunca mediamos palabras sobre ello. El viejo Maestro exclusivamente me encargó el guiarlos a ti y a otra de las aspirantes para que puedan conseguir sus Cloths. Esa es toda mi misión, pero no la suya. Ustedes deben volverse dignos de ellas.
          —¿Otra aspirante? ¿Había alguien más ansiando conseguir la Cloth de Piscis? —Preguntó curioso Miare, un poco cansado viendo con recelo uno de los asientos que estaban en los costados de la habitación.
          —Para nada, eres el único. A Kyouka le corresponde Escorpio —miraba hacia el cielo, sabía que olvidaba algo—. Es cierto… tras ese pasillo —señaló hacia atrás suyo—busca la habitación numerada con la cifra ciento tres. Esa es la tuya. Allí dormirás mientras permanezcas en Aquos.
          —Gracias. Dejaría ahora mismo mis cosas, pero me expulsaron de la capital y no me dejaron llevarme nada. Es una suerte que hubiese abundante fruta de camino aquí.
          —Eso no quería saberlo —Shiou ya estaba dándole la espalda, prefería observar el inmenso horizonte—. Toma una ducha, anda a caminar por la calle, date una siesta… Tienes la libertad de hacer todo lo que quieras por esta semana. Cualquier cosa menos interactuar demasiado con Kyouka.
          —¿Es muy problemática acaso? ¿Conflictiva?
          —Simplemente no quiero que te acerques tanto a mi hermana menor. Los de vuestra edad son muy molestos para mantener a raya y preferiría no tener como cuñado a quien se ha ganado con todas las de la ley un exilio.
          —No haré nada, se lo prometo Shiou. Chicas más bonitas debe haber en las calles de esta ciudad olvidada —pensó el muchacho en voz alta. Recordaba vivazmente la imagen de Nike y se decía a sí mismo que más linda que ella no habría en todo Etherias.
          —Arrepiéntete de todo corazón antes de que te parta el alma, literalmente —sin voltearse a verle, él ya estaba señalándolo con un dedo y pronunciando en voz baja “Ondas…”, pero se detuvo a medio camino tras recapacitar—. Kyouka es la más bella de todo Aquos.
          —Esto… Yo lo decía por… Esto… No quería que usted… Bueno… —Se sentía confundido, las palabras se alborotaban en su boca y salían de ella lanzando incoherentes inicios de oraciones que quedaban cada vez más inconclusas.
          —Ni te molestes, Miare. Solo apresúrate y ve a tu habitación —dijo Shiou fríamente, dando un vacuo suspiro. Sabía dentro de sí que era un poco sensible respecto a algunos temas, pero no que resultaba tan temperamental con lo que hablaran sobre su hermana menor.
 

          Dio pasos temerosos hacia adelante, con su cuerpo moviéndose casi por inercia en búsqueda de la habitación prometida. Su mente también iba agotada tras el largo viaje a pie que tuvo que realizar desde Minerva hasta Aquos, no pensaba correctamente y lo único que buscaba eran una cama blandita con una mullida almohada encima, ambas envueltas con los diseños de las telas más estrafalarias que el reino podría proporcionarles. Solo quería sentir la frescura únicamente alcanzable por unas impecables fundas, una sensación que incluso ya había olvidado. Sus pies no daban para mucho más pues, pese a ser un futuro Santo de la élite, recorrer unos cuantos cientos de kilómetros había desgastado más que las suelas de su calzado, había también mermado su espíritu y su físico.
          Los ojos le pesaban, durante la última semana había usado las tres cuartas partes de su tiempo en continuar con la penitente travesía. No podía detenerse nunca, pues habían prometido su cabeza en caso de no llegar a Aquos dentro de siete días, considerando que él se habría fugado.
          No podía dar más de sí, el agotamiento intenso le pasó factura y dio un paso en falso. Cayó, desplomándose en pleno suelo, al final del pasillo justo frente a la puerta marcada por el ciento tres. Estaba fuera de la vista de Shiou, sin alma alguna que fuera a socorrerle y no iba a dejar su orgullo de lado por una simple muestra de cansancio. Se dio una vuelta con el pesar de todos sus músculos y se apoyó sobre una pared.
          No escuchó cuando una de las puertas próximas a él se abrió. Estaba marcada por el número inmediato anterior al que él había conseguido. De ella salió alguien a quien no pudo observar bien a primera vista, pues apenas podía dejar de entrecerrar los ojos. Lo único que recordaba de dicho momento fue que quien poseyese esa floral fragancia le había ayudado a entrar en su habitación. Levantándole con suma facilidad, hizo que el brazo de Miare le rodeara el frágil cuerpo y tomó fuerzas para poder abrir la puerta con todo el peso extra sobre su espalda. Le dejó recostado sobre su cama, con la cabeza ligeramente elevada de tal forma que podía ver quien entraba y salía de entre esas cuatro paredes que eran todas suyas.
          Pudo observar cómo se alejaba la larga cabellera negra que cubría la espalda de su salvadora al momento en que se retiraba. Sus brazos eran delgados, no tanto como una rama, pero no se veían lo suficientemente fuertes como para haber soportado los sesenta y cinco kilogramos que tenía él como peso. Se mantuvo somnoliento tirado sobre el colchón pensando cientos de veces si no lo había imaginado todo. Si aquello no había sido un simple espejismo creado por su mente. Seguía confundido desvariando en plena frontera entre la realidad y la ficción. Todo eso había sido extraño. Extraño porque esas mismas características las compartía…
 

          —Nike… —dijo él sin fuerza alguna justo antes de quedarse profundamente dormido.


Aviso de desinterés público...


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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 8

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#36 Patriarca 8

Patriarca 8

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Publicado 14 junio 2020 - 11:32

Capítulo 8. La expedición nocturna

 

¿los caballeros y amazonas ven películas?

 

Kyouka es una trol XD

 

no entendí el asunto del maquillaje


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#37 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

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Publicado 20 junio 2020 - 13:05

Gracias por sus comentarios, ahora pasaré a responderlos.

 

Capítulo 8. La expedición nocturna
 
¿los caballeros y amazonas ven películas?
 
Kyouka es una trol XD
 
no entendí el asunto del maquillaje

 

Sí, los caballeros ven películas. No recuerdo bien el aspecto que quieras rememorar en el capítulo, pero para satisfacer tu curiosidad, sí. Como todo el mundo que puede permitírselo pueden ver películas. Eso sí, para los Santos todas son hechas en Atmetis, ya que los conflictos no permiten mucho comercio entre reinos. 

 

Saludos T.

 

 

 

A continuación les presento la segunda parte y final del capítulo anterior. Como el viaje en muchos aspectos se traducía en tiempo muerto, creí conveniente que conocieran un pelín más del pasado de Miare. No será la ultima visitación a estos tiempos, desde ya anticipo. (?

 

 

Capítulo Especial 2: Miare – Entrenamiento en Aquos

 

 

 

          Investido con las protecciones de pelea más elementales que podrían encontrarse en Atmetis, Miare entrenaba día y noche en las tierras descampadas que rodeaban la urbe de la ciudad a la que fue confinado. Realmente no se sentía como un exilio, pues estaba más a gusto incluso que en la propia capital, donde el Patriarca había sido su maestro. En principio incluso él tenía miedo de ir pues bien decían todos los rumores que, en las provincias —las tierras fronteras con los otros reinos—, cada día estaba plagado por el caos y las peleas constantes contra los foráneos. Poco a poco él iba conociendo que los dichos eran únicamente eso, ideas sin fundamento que repetían los temerosos hombres de poder que económicamente reinaban en los temores de la gente de a pie habitante de Minerva.
          Cada día sin falta a él le tocaba combatir contra Kyouka, su compañera de entrenamiento en esos días de su juventud. Ambos siendo aspirantes a una Gold Cloth, les era obligatorio luchar con todas sus fuerzas hasta que el choque de habilidades de uno alcanzase el nivel que un dorado debería tener siempre. Intercambiaban cientos de golpes y patadas a diario bajo la intensa supervisión del único Dorado activo en Aquos. Aunque le destrozara el corazón, Shiou solo podía observar cómo su hermana daba y recibía técnicas que ambos presumían en cada combate.
          El aspirante a Piscis materializaba rosas cuando podía y trataba de lanzarlas apuntando al hombro derecho de su adversaria, planeando así inutilizar la posible amenaza que supondría una Aguja Escarlata bien asestada. Sus planes la mayor parte del tiempo fracasaban debido a que su cosmos no era el suficiente para mantener la forma de la espinosa flor y envolverla con este, para poder así convertirla en una de las armas destructivas más temidas por su simpleza. Era extraño que acertara, pues Kyouka siempre tenía vigilante a su ángel de la guarda, quien controlaba a distancia un par de almas que había capturado durante sus innumerables misiones y con ello protegía cualquier impacto que le pudiese infligir daño a su hermanita. Miare no era receptor de ese mismo favoritismo, si una Aguja le impactaba a él debía aguantarse el daño con la boquita bien cerrada y continuar con normalidad.
 

          —Vamos, pónganse a trabajar. Debemos derrotar a todos nuestros enemigos —repetía siempre Shiou cada vez que las rosas que él materializaba no duraban ni un par de segundos.
 

          Desde el alba hasta la caída del astro solar por sobre el horizonte pelearon cada día durante un tercio de año. En ese tiempo ambos crecieron tanto en estatura como en poder. Las Agujas que lograba disparar Kyouka podían atravesar grandes distancias al interior de las montañas, remarcándose cada impacto como si hubiese sido perforada por un gran taladro de punta perfectamente cónica. Las rosas de Miare destruían con la misma magnitud que las Agujas de su compañera, pero sin la misma pureza estética que lograban estas en su objetivo.
          Ese día, pasados cuatro meses de arduo entrenamiento, Shiou dejó de sentarse sobre una roca y se colocó de pie, llamando con la mano a Miare. Por primera vez frente a los ojos de él, vistió la armadura dorada de la cual siempre presumía en cada almuerzo. Era reluciente y parecía bañada por completo en oro, con tantos detalles difíciles de enumerar que solo podía resaltar como característica única la curiosa tiara que esta tenía, de la cual se desprendían ocho pequeñas patas metálicas como las que los cangrejos utilizaban para desplazarse. Le emocionaba cada vez que una Cloth de ese rango pasaba por delante suya, pero aún más lo mataba las ansias de por fin vestir una de estas.
 

          —Miare, es hora de que me demuestres que puedes pelear como un verdadero Santo Dorado. Atácame con todas tus habilidades, si me logras asestar una en menos de treinta minutos, tú ganas y podrás tener tu nueva Cloth frente a tus ojos. De lo contrario, si recibes un ataque mío y no puedes levantarte tras diez segundos, perderás tu intento y será el turno de Kyouka —dijo él mientras se mantenía con los brazos cruzados, con un semblante más serio que el de costumbre.
          —Pfff… Esto será pan comido —dijo el aspirante poniéndose en su posición de combate.
 

          Iba algo confiado, pero con todos sus sentidos en plena forma. Su oponente estaba a mínimo cien metros de él. Su vista estaba posada en su objetivo: acertarle una técnica en el brazo derecho de Shiou. Hizo un gesto con su lengua con el cual pensaba demostrarle a su rival que la victoria aplastante que acontecería sería un delicioso néctar para sus labios. Podía respirar las corrientes de viento que chocaban contra él y le despeinaban en un intento de interpretar el comportamiento de este. Necesitaba un lanzamiento exitoso. Cerró los ojos en un parpadeo y los vellos que recubrían finamente su brazo se erizaron al mismo tiempo que se le colocó la piel de gallina. Sus oídos no le engañaban: Shiou estaba tras él rozando con el índice derecho su nuca mientras pronunciaba “Ondas Infernales” y desprendía el alma del aspirante de su cuerpo.
 

          —Shiou, eso fue increíble —pronunció Kyouka con verdadero asombro, aunque también tenía un toque de temor en su ser pues ella era la siguiente en combatir contra su hermano.
          —Se confió mucho, Kyouka —dijo él en respuesta—. En un solo instante, aunque sea una pequeña fracción de segundo, uno no puede vanagloriarse y darse el lujo de ser desprevenido en pleno combate. Espero que tú no cometas el mismo error.
          —Espero que no lo haga, hermano mío —dijo ella con la voz un poco temblorosa mientras retiraba a su compañero del campo de batalla.
          —Nada de “espero”, Kyouka. Necesito que te concentres en vencerme. No seré permisivo de ahora en adelante, tú estás por tu cuenta ahora. Quiero que seas fuerte por ti misma, no quiero que mueras tan joven.
 

          Nadie sabía cuántos minutos exactos se había quedado inconsciente Miare, aunque se podían hacer unas pocas aproximaciones conociendo que Kyouka había retado a su hermano unas cuatro ocasiones desde que él había perdido el combate. Ella no estaba en mucha mejor posición que su compañero pues todas las contiendas habían sido ganadas con suma facilidad por el Santo Dorado. Aunque cada vez que Kyouka había intentado demostrar su valía, siempre había conseguido durar unos pocos segundos más que la vez anterior mas no llegar al minuto entero.
 

          —Creo que me excedí haciendo que ustedes se enfrentaran entre sí tantas veces. Pensé que alcanzarían un mayor nivel, pero me equivoqué. Están lejos de tener la fuerza y destreza en combate esperable para alguien de la élite sirviente de la reina Athena —comentó al aire Shiou viendo que el aspirante a Piscis había recuperado el conocimiento—. Esto será todo por hoy, a partir de mañana continuaremos con lo mismo hasta que duren siquiera media hora en combate con este nivel.
 

          Era difícil cada combate contra el Santo Dorado. Cada vez que uno de los dos avanzaba en dicho ejercicio, la habilidad de Shiou les sobrepasaba con increíble facilidad, pudiendo cambiar de estrategia cada segundo, provocando que sus puntos ciegos no lo sean más y que sus oponentes optasen por pensar en una forma más compleja de cómo combatir. Su idea era que aprendieran cada situación posible en combate, que sus mentes tuvieran una excelsa velocidad para determinar la mejor opción de combate. Todo tal y como su viejo maestro había hecho con él en antaño.
 

          —No sean obvios, deben tratar de envolverse con un halo de misterio tal como lo posee el lado oscuro de la luna. Hagan algo inesperado que les conceda la victoria —dijo él mientras tenía a ambos aspirantes tirados sobre el suelo—. Sean creativos.
 

          El entrenamiento de Miare duró más tiempo del que él había considerado alguna vez. Llevaba allí un año entero, y apenas notaba un avance en sus habilidades. Su máximo récord hasta ese momento había sido unos veinticinco minutos en combate ininterrumpido, poco más de lo que Kyouka había logrado. Mas aún no estaba ni cerca de completar el primer paso, el cual se trataba de asestarle una técnica a su rival Shiou. Él esquivaba con todos los ánimos y usaba su habilidad en cada momento para desprender su alma y ganar el encuentro.
 

          —Miare, te daré una última oportunidad. Has pasado un año entero y has avanzado mucho. Pero… No ha sido suficiente por ahora. Si no logras acertarme una técnica ahora, nunca lo harás. Le hablaré personalmente al Patriarca para que deniegue tu solicitud de ser un Santo Dorado. No podemos perder más tiempo contigo —dijo Shiou mientras los tres desayunaban juntos en su hogar.
 

          Las palabras le afectaron duramente, dándole un golpe más contundente que cualquiera que Shiou le hubiera propinado hasta aquel entonces. Él dejo de morder la hogaza de pan que tenía entre las manos y se quedó estático pensando y desesperándose a la misma vez. Considerando sus aptitudes sabía que no lo lograría y recordando las palabras del anciano Patriarca, no podría volver a pisar nunca más el Templo de Athena, a menos que fuese a ser castigado por atentar contra alguna de sus diosas —la única pena que era meritoria para ser encerrado en sus mazmorras subterráneas—. Pero no era eso lo que le preocupaba, si no conseguía convertirse en un Santo Dorado, nunca más podría acercarse a su amada Nike. 
          Tal como la primera vez, cuando llegaron al campo de entrenamiento, se posicionó en su sitio, haciendo algunos ejercicios para relajar su mente. Shiou cortésmente le concedió hacer el primer movimiento, pues era eso o nunca podría dignarse a aparecer frente a ellos ni frente a nadie.
 

          —Allá voy —dijo Miare mientras le apuntaba con el dedo. No hubiera sido correcto para él atacar cual cobarde.
 

          Arremetió contra él corriendo directamente hacia él. Iba ligeramente agachado y con las manos casi a ras de suelo, impulsado por un irrefrenable sentir dentro de él. Tenía que ganar a toda costa, pero de forma honorable. Shiou casi no se movió ni un milímetro, esperando ver qué táctica usaría su oponente, pues fuera de lo aparente, era muy básico el actuar del aspirante. Tenía su vista centrada en él, no debía dejar que en sus manos se formara una rosa, pues eso indicaría el inicio de un ataque.
          Cuando tenía la oportunidad el Santo Dorado tiraba patadas a los brazos de Miare, provocando que su flujo de cosmos y concentración se inestabilizaran por un momento. El suficiente para contraatacar con las potentes Ondas que le quitarían su alma. Mas Miare no era el mismo que hace un año, ya sabía cómo anticipar aquella técnica de su oponente. Cada vez que él comenzaba a convocar las almas que expulsarían de su cuerpo a Miare, Shiou pronunciaba con sus labios en silencio el nombre de su técnica.
 

          —Quizás sea el momento adecuado para decirlo. Combatirás a muerte, Miare. Ni el Patriarca ni yo podemos permitir que alguien de tus habilidades traicione a Athena. Comprenderás nuestros motivos, ¿no?
 

          Solo podía asentir en respuesta. Conocía del peligro que eso representaba y por ello debía aceptarlo. Lo que no podía concederle era el ser asesinado por sus manos, deseaba continuar con vida, serle leal a Athena y a las demás diosas reinantes en Atmetis, deseaba ser alguien a quien los demás pudieran admirar, demostrándoles que habían estado muy equivocados al juzgarlo como un traidor, desterrándole en el acto.
          Motivado iba corriendo por toda la extensión del campo de batalla a una velocidad únicamente superada por un Santo Dorado. De vez en cuando se dirigía hacia Shiou con una rosa en la mano, intentando atacarle con esta, pero era fácilmente esquivable su táctica, desvaneciéndose la rosa antes de los quince segundos de haber sido creada. Sus técnicas fallaban más que nunca, y en aquel momento decisivo no se podía dar el lujo de gastar el cosmos de manera tan tonta.
          Continuaba peleando, un tanto malherido tras haber recibido patadas y golpes que infligían aún más daño por estar aquellas partes cubiertas por la preciosa Cloth de Cáncer. Seguía recorriendo el campo de un lado a otro, cada vez atacando a su oponente desde un ángulo diferente y fallando al emplear siempre la misma técnica. Por piedad, Shiou no empleaba tan seguido las Ondas Infernales, pues también le consumía una cantidad considerable de cosmos. Podía mantenerse así todo el tiempo que él quisiera, o al menos más de lo que el aspirante frente a sus ojos podía. Atacó Miare una vez más, pero justo antes de recibir el golpe de Shiou, dio una voltereta hacia atrás, quedándose parado allí con una sonrisa en el rostro.

 

          —Shiou. Tú recuerdas que una vez nos dijiste que debíamos no ser obvios, ¿verdad? Pues esta es finalmente tu derrota —dijo Miare apuntando al Santo Dorado con su índice.
 

          A su costado, en toda la extensión del campo de batalla, empezaron a florecer capullos de rosas que, en momentos de confusión durante los innumerables choques entre ambos, habían sido plantadas por Miare empleando solamente un débil cosmos que Shiou no notó en primer momento. Elevando su cosmos hasta los límites suyos, llegando a verse un aura dorada sobre él, todas las rosas en el campo empezaron a tornarse de distintos colores, variando entre el color de sus pétalos, siendo algunas rojas, otras blancas y unas cuantas moradas.
          Intentó el Dorado destruir las flores usando su propio cosmos con ayuda del vórtice generado por las Ondas Infernales, pero no pudo convocarlo viéndose acorralado entre la espada y la pared.
 

          —Las rosas rojas guardan dentro de sus pétalos un potente polen venenoso que paraliza a todo aquel que lo respire. No solo eso, también aturde la mente de mi oponente, provocando que no pueda manipular su cosmos a la perfección —reveló el aspirante cuando vio a Shiou sin oportunidades frente a él—. Esas son las Rosas de la Realeza.
          —Muy interesante tu técnica. Salvo por un fallo, Miare. Si no puedo usar mi cosmos, solo debo usar mi fuerza para romper de un solo golpe todas y cada una de las raíces de tus rosas.
          —No tan rápido. Las rosas blancas a tu alrededor son una plaga para tu existencia. Se alimentan del cosmos de las personas y crecen a su alrededor en su búsqueda. Mientras más emplees el tuyo, más te envolverán y lo absorberán hasta no dejar ni una pizca de él —en su sombrío rostro Miare remarcaba la sonrisa con la que quería demostrar a todos que había ganado—. Esas son las Rosas Parásitas, Shiou.
 

          Bajo sus pies, una enorme cantidad de verdes raíces se habían desplazado sigilosas cual serpientes camufladas en el césped. Rodeaban sus piernas como intentando estrangular a una presa, mas no estrujaban al igual que aquellos reptiles, solo se trepaban atrapando a Shiou en una prisión verduzca. Cada vez llegaban más alto, ocultando la mitad inferior del cuerpo de Cáncer bajo los inmensos tallos floridos.
          Con sus manos desnudas, y manteniendo su cosmos al mínimo, intentó destrozarlos poco a poco, liberándose a las justas antes de que medio torso estuviera a la merced de la maldita flora. En ningún instante quitó de su vista a Miare, pues eso era lo que buscaba, que él se despistara y tuviera un momento de debilidad. No se equivocaba, Miare en ese momento materializó en sus manos una rosa y apuntó directamente al pecho del Santo Dorado, como si de un dardo se tratase. El afilado tallo de la flor iba a clavarse en el pectoral de su Cloth, pero desapareció como lo habían hecho antes otras fallidas creaciones.
 

          —Fallaste, Miare. No tendrás más oportunidades así —sentenció Shiou.
 

          Solo fue unos segundos en los que él se dio cuenta de que había cometido el pecado de pensar en aquella rosa como una amenaza. Había centrado su vista en ello, y tarde se dio cuenta de que su oponente había hecho un ademán con su mano, con el que cualquiera habría llamado a alguien. Un error así le hubiera costado la vida de no haber sido un entrenamiento.
          Las rosas moradas se habían levantado de su posición y flotaban como si fueran una bandada de cuervos a las espaldas del Santo Dorado. Cuando el gesto detonante dio acto de presencia, todas las flores fueron directamente atacándolo por sorpresa. Doce de ellas atravesaron la parte trasera del pectoral de la Cloth de Cáncer, declarando vencedor al joven de dieciocho años.
 

          —Las Rosas Piraña atacan a quien quiera que designe como objetivo, mientras esté dentro de mi rango de visión o pueda sentir su cosmos. Has perdido, Shiou.
          —Perfecto, Miare. Has dado un espectáculo maravilloso. No es así, ¿maestro Haloid? —Dijo el Santo de Cáncer dándose la vuelta para ver la colina sobre la que su hermana se hallaba sentada junto a un encapuchado que atentamente les observaba—. Le dije que no tendría pérdida venir el día de hoy.
          —Cierto es, Shiou. Ambos combatieron muy bien pese a que estabas en una evidente desventaja Miare —comentó el anciano canoso mientras se descubría el rostro, oculto por la capa morada que usaba para pasar “desapercibido”—. Felicidades, ahora eres un Santo Dorado de la orden de Athena. Volvamos a Minerva para que en presencia de nuestra diosa en persona se te nombre como tal.  
          —Maestro, usted me dijo que la Cloth de Piscis descansaba en estas tierras. ¿Acaso fue una mentira? —Preguntó confundido por la situación.
          —No es una mentira, pero no creas que está en una caverna húmeda y maloliente bajo el subsuelo protegida por mil y un dragones de tres hileras de dientes —bromeó el viejo, que cuando usaba un tono de ironía en su voz, era similar a las veces en que hablaba seriamente y era difícil discernir sus intenciones. Exceptuando su pésimo sentido del humor—. Está en el almacén de la Torre de los Héroes, el lugar donde dormiste todos estos días. Espero que Shiou no haya desacomodado esa habitación, sino no la encontraremos entre los no perecibles.
          —Oh, así que allí estuvo todo este tiempo… —dijo desconsolado Miare porque no podría tener una nueva aventura.
          —Vamos a por tu nueva armadura ahora mismo, Miare. De esta forma hoy mismo podrás ser nombrado con tu nuevo rango en la capital y podrás volver a ser bienvenido en la ciudad.
 

          Sus ojos eran como los de un niño, los cuales no podían ocultar la emoción de su rostro. Quería volver pronto, ver a Nike tras poco más de un largo año y darle un abrazo que dure todo el tiempo que no pudo estar cerca suyo. La sonrisa que él observaba en el rostro de Kyouka, quien estaba al lado del Patriarca le reconfortaba ya que no muchos tendrían esa sensación de felicidad por su logro. Pero cuanto más se entrecruzaban sus miradas, más pensaba él en todo lo tanto que habían entrenado juntos, en todos los momentos que él había vivido en la provincia de Aquos.  
 

          —Patriarca, si me permite —dijo cerrando el puño fuertemente, ocultándolo de la vista de todos. Las palabras mágicamente estaban siendo pronunciadas por una sensación que le invadió desde lo más profundo de su ser—, deseo quedarme aquí un tiempo más. Prefiero que tanto Kyouka como yo seamos nombrados juntos. Quiero ver sus avances, quiero también observar el preciso instante y la forma en que ella logre vencer a Shiou. Sé que siempre ansié a Piscis, pero… quiero que el momento cuando le vista por primera vez sea especial.
 

          Logró sacarle unas cuantas lágrimas a Kyouka. Tras un año entero de conocerlo ella sabía todo lo que estaba dejando de lado al decir aquello.
 

          —Miare, gracias, es un muy lindo detalle —dijo ella sincera con sus propios sentimientos, viéndose más hermosa que nunca a ojos del futuro Santo de Piscis.


Aviso de desinterés público...


...si es que deseas leer un fanfic, puedes darle un vistazo a mi nueva historia:

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                              "Los Reinos de Etherias"      Ya disponible el Cap. 8

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#38 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 22 junio 2020 - 16:29

Está interesante la historia de Miare. Si bien no entiendo por qué se confunde o se impacta de que lo exilien (de hecho, como dijo el Patriarca, debieron matarlo en el acto), teniendo en cuenta lo que hizo, me gusta que al menos haya consecuencias y al final las acepte.

La parte inicial, con la perspectiva del mundo real sobre lo ocurrido en "el santuario", además de ser una referencia a lo que hizo Aiolos, es también muy necesario. Mostrar lo que ocurre fuera de la orden militar de santos. A veces se me olvida que esto es un reino donde gobernan los dioses, no una orden secreta, y por eso es normal que otros sepan de su existencia y las cosas que allí ocurren.

Luego, me quedo con la descripción de la creación de las rosas. Algo que nosotros asumimos que "solo ocurre", aquí se ve su proceso y posibles fallas. Eso me gustó. Creo que es la primera batalla que narras (o la primera que recuerde) y siento que aprobaste. Se vio bien el proceso de habilidades, y los resultados fueron harto saintseiyescos. Muy bien.


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#39 SagenTheIlusionist

SagenTheIlusionist

    Ocioso las 23:59 horas.

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Publicado 01 julio 2020 - 00:00

Bueno, sé que han pasado un poquito más de 10 días, unas horas más...
Pero... Me daba ganas publicar el capítulo hoy día que es un tanto especial...
 
Ahora, antes de colocar el capítulo, debo responder los comentarios. Bueno, el comentario :lol:
 

Está interesante la historia de Miare. Si bien no entiendo por qué se confunde o se impacta de que lo exilien (de hecho, como dijo el Patriarca, debieron matarlo en el acto), teniendo en cuenta lo que hizo, me gusta que al menos haya consecuencias y al final las acepte.
La parte inicial, con la perspectiva del mundo real sobre lo ocurrido en "el santuario", además de ser una referencia a lo que hizo Aiolos, es también muy necesario. Mostrar lo que ocurre fuera de la orden militar de santos. A veces se me olvida que esto es un reino donde gobernan los dioses, no una orden secreta, y por eso es normal que otros sepan de su existencia y las cosas que allí ocurren.
Luego, me quedo con la descripción de la creación de las rosas. Algo que nosotros asumimos que "solo ocurre", aquí se ve su proceso y posibles fallas. Eso me gustó. Creo que es la primera batalla que narras (o la primera que recuerde) y siento que aprobaste. Se vio bien el proceso de habilidades, y los resultados fueron harto saintseiyescos. Muy bien.

 
De hecho sí, compañero Felipe, sí es el primer combate que narro. Al menos en este fanfic, lo es. Espero que los combates que vengan (por que sí, vienen y muchos, de hecho) estén a la altura de este, o superen la valla incluso.
 
 
Ahora voy a hacer un pequeño update a partir de este punto de la historia. Un detalle un poco tonto, pero necesario para terminos de contexto.
 

Quizás la parte del calendario no era la más necesaria, como bromeó el compañero Felipe en un primer comentario, pero el detalle de la hora y fecha sí. ¿Que por qué? Bueno, más adelante podrán ver la motivación detrás de este trabajito extra.
Es un poco sencillo, pero me permitiré explicarlo por si quedan algunas dudas.
En cada capítulo a partir de ahora habrá este formato en la parte intermedia entre el título y el texto, o cuando deba cambiar de escenario:
 

00:02 horas (Po), 31 del Tercer Mes — Año 3015 E.O.

 
Tomando como ejemplo el del cap de hoy, podemos observar:
 - La hora a la que inicia el capítulo.
 - La región/zona horaria donde se desarrolla el capítulo (En este caso "Po" por tratarse del reino de Poseidón)
 - La fecha (Y sí, evité usar los nombres que conocemos por temitas con "Julius Cesar" y "Augustus"...)
 - El año en que se desarrolla la trama. (Siendo la abreviatura "E.O" el Éxodo del Olimpo, siendo el año 0 cuando se crearon los 12 reinos de Etherias).

 

 
Aclarado esto, dejo publicado el capítulo a continuación.
 
 

Capítulo 9. La audiencia de Poseidón

 

 

00:02 horas (Po), 31 del Tercer Mes — Año 3015 E.O.

 

          La medianoche que marcaba en los calendarios el término de la treintena del tercer mes del año fue el día en que dos carruajes de corceles blancos se adentraron en la capital del reino atlante. Sin prisa alguna daban sus pasos los equinos sobre el adoquinado suelo que cubría las principales calles por las cuales se debía recorrer hasta llegar al Templo de Poseidón, del otro extremo de la entrada Éufrates, nombrada así por el río más próximo a esta. Delante de ellos iba guiándoles, ya que conocía la ciudad como a la palma de su mano. En realidad, no era un trabajo difícil pues todos los caminos llevaban al Coliseo y partiendo de allí una avenida iba directa hasta la entrada del templo.
          Pese a que ellos no lo deseaban, los Santos Dorados tuvieron que mantenerse sentados sin hacer barullo en una de las carrozas. No debían llamar la atención en lo absoluto y por eso las ideas de “caminar junto a Nessa” y “avanzar saltando de tejado en tejado” estaban descartadas desde el primer instante. Estaban allí para forjar una alianza con el dios gobernante de los mares, no para invadir o a luchar con cualquiera que porte una armadura sin tener ningún buen motivo detrás. Era una especie de suerte que Aruf haya sido gentil con el resto quedándose en el asiento de conductor compartiéndolo con Agravain de Auriga, quien llevaba las riendas del segundo carruaje. Los ocupantes coincidían con el actuar del Santo de Leo pues la idea de ser ellos tratados como piezas del Tetris no les convencía del todo.
          Las largas distancias que existían de un punto a otro dentro de la metrópolis comenzaban a incomodar más que nada a los guerreros. Ariadne, la pequeña diosa Athena, se sentía un poco decepcionada de que, al llegar mientras la oscuridad reinaba, no podía observar todas las maravillas que cierta General Marino les había contado sobre la ciudad y sus cientos de atractivos —o al menos las cosas que eran llamativas para ella—. Al haber sido marcadas las cero horas con algunos minutos más en los relojes atlantes eso significaba que tan solo los bares, hospedajes y farmacias se encontraban alumbradas y visibles a esas horas —pues los sitios de mala muerte, que nunca faltan en toda ciudad, se hallaban lejos de las principales vías bajo pena de “desaparición”—. Aunque ella no tenía motivos para quejarse pues, aun así, Poseidón había invertido tantos tributos pagados en parques y jardines que hubiese sido un pecado no quedar tan hermosos como lo estaban.
          Personas pasaban, pocas, pero lo hacían. Algunas observaban curiosas, otras con cierto recelo, incluso había quienes en su no sobriedad lo imaginaban siendo tirado por unicornios alados, mas ninguna era indiferente ante la presencia del majestuoso carruaje de Athena. Si alguien osaba acercarse era la propia Nessa quien los apartaba usando las buenas formas de una educada señorita. Los carros se detuvieron cuando menos lo esperaron, pues la ciudad, aunque era inmensa, repetía muchos sus diseños de construcciones que parecía que por instantes no avanzaban casi nada.
          Por la pequeña ventanilla, al lado de la puerta, Ariadne descorrió un poco la cortina y observó lo que afuera de allí había. Un templo de grandes columnas, se alzaba allí, lejos de cualquier pequeño establecimiento de los que encontraron en el camino. Un gran patio se extendía por casi cien metros delante y detrás suyo, delimitado por una muralla cincelada con grabados de toda índole clásica de tres metros de altura y una puerta enrejada en forma de arco, por la cual no se percataron que habían pasado.
          En la puerta del templo se hallaban parados seis desconocidos que llevaban el mismo tipo de armaduras que tenía puesta en aquel momento Nessa. Todos vestidos de naranja y dorado, con protecciones similares a los recubrimientos de los peces, esos eran los Generales Marinos. En mitad del sexteto, y abriéndole paso conforme se iba acercando, se fue presentando, ante la vista de todos, el dios de los mares, el rey Poseidón. Athena apenas estaba colocando un pie sobre el escalón desplegable del carro cuando sintió que una mano rozó la suya.
          El rey atlante, con todos los signos de caballerosidad, le tendió la mano para servirle de apoyo. Lo mismo hizo con sus otras invitadas, es decir, con la diosa acompañante, la divinidad de la victoria y, por último, la representante de los humanos en Atmetis. Colocó su codo como soporte a la reina atmetiana y, así, fue guiada por él al salón principal donde se harían las presentaciones debidas. Los Generales de igual forma escoltaron a sus símiles del reino vecino quienes, apenas bajó Franz —el último que quedaba a bordo—, se vieron rodeados por la élite atlante. Después de todo, ellos eran casi considerados como invitados de honor, y por ello debían ser vigilados a cada segundo. No es como si tuvieran siquiera la ligera sospecha de que pudiesen ser traicionados —de tenerla serían castigados por el rey en persona, así que esa opción estaba descartada—. Los seis los condujeron por el mismo recorrido que segundos antes habían realizado mientras que Nessa se había quedado a retirar algo que, durante la travesía, había dejado en el portaequipaje del carruaje donde viajaba Athena
 

          —Es aquí, diosa Athena, tome asiento en aquel trono. Su viaje debe haber sido agotador —dijo el dios Poseidón extendiendo la mano, señalando en dirección al asiento vacío frente a ellos.
          —Disculpe rechazar su generoso ofrecimiento, señor Poseidón, pero yo soy aquí la extraña. Usted es quien debe sentarse allí, nosotros somos los que venimos a hacerle una petición —dijo Ariadne sonriendo de forma tímida.
          —Como quieras, diosa Athena.
 

          Ya en el trono, Poseidón recibió a los demás invitados. Habían pasado casi cinco minutos desde que ambos dioses habían llegado al salón y, en principio, Athena pensó que se trataba de una trampa de su homólogo atlante, cosa que descartó al observar que sus Santos venían detrás. Los Generales habían recibido como orden expresa el retrasar su arribo al salón del trono con tal de probar a la reina invitada.
 

          —Bienvenidos Santos de Athena, considero prudente que se presenten ante mí y mis hombres —dijo el dios de los mares con una sonrisa esbozada entre barba y bigote.
          —Adelante, guerreros míos —Athena giró un poco sobre sí e hizo un ademán para que sus Santos hicieran lo que Poseidón deseaba.
 

          Observaba a los lados de forma curiosa, pero al ver que ninguno cedía a dar el primer paso adelante para presentarse la representante de los atmetianos creyó oportuno ser ella quien comenzase la ronda de nombres y saludos al gobernante de Atlantis.
 

          —Soy Nadeko, señor Poseidón —dijo ella un poco nerviosa—, actual Santa Dorada de Aries y Patriarca en funciones. La diosa a quien sirvo me encomendó la misión de guiar y proteger tanto a la reina Athena como a los habitantes de Atmetis.
          —Mi nombre es Aruf, Su Majestad —pronunció con tono animoso—. Aruf de Leo, al servicio de Athena y suyo.
          —Me llamo Kyouka, todopoderoso rey de los mares —pronunció las frases en un tono sombrío, como el que podría usar una bruja de las series de televisión—. Soy la Santa de Escorpio, quizás mi nombre pueda sonarle tan siquiera un poco —comentó disminuyendo su tono de voz, apelando a su labor como protectora de la región Aquos.
          —Miare. Así me dicen, dios Poseidón —habló él con un tono casi de molestia, igual que siempre. Observó a los Generales a sus costados y les lanzó una mirada incisiva—. Santo de Piscis y el mejor de los guardaespaldas de Athena.
 

          Al concluir sus presentaciones los Santos Dorados, los siguieron sus compañeros de rangos inferiores. El rey de los mares bostezó un par de veces mientras seguían repitiendo nombre y función. Había pensado dentro de sí que sería más divertido e ingenioso cada uno, pero se equivocó. Los asuntos oficiales eran necesarios, ahora ya conocía y había memorizado dentro de sus pensamientos cada una de las constelaciones que había traído Athena ante él. Cerró los ojos por un momento para poder repasar poco a poco algunas combinaciones que se le venían a la cabeza, procurando dar un buen espectáculo. Pero el momento se volvieron varios segundos e incluso pasó del minuto. Su mano derecha, Wallace de Escila, tosió fuerte, procurando que el eco producido despertara por fin a su señor.
 

          —Bueno, en qué estaba… Ah sí, preséntense mis ocho Generales de Marina —fue lo primero que dijo tras abrir los ojos—. Cierto que Lauren estaba cumpliendo… Ya no importa. Comienza tú Wallace ya que eres el líder.
 

          Las presentaciones se tornaron monótonas. Siempre lo fueron en realidad, pero parecían estar siendo obligados tal como alumnos en curso de idiomas antiguos que nunca en la vida tendrían una aplicación útil para ellos. Al concluir con Fionn de Kraken, la sala se tornó de un silencio casi incómodo.
 

          —Ahora que ya se conocen entre todos, considero pertinente que vayan a descansar. Mañana tendrán un día muy largo, algunos. Generales, escóltenlos al Hotel Moscow, allí dormirán nuestros huéspedes y se relajarán hasta el mediodía. Ustedes son nuestros invitados y por ello deben ser atendidos con lo mejor de lo mejor.
          —Con su permiso, Su Majestad —dijo Wallace antes de retirarse—. Por favor síganme Santos de Athena.
 

          Antes siquiera de que Miare pudiera decir palabra, el dios de los mares anticipó sus pensamientos.
 

          —La diosa Athena se quedará en este templo. Aún hay algunos detalles de los cuales debemos dialogar —la mirada del rey atlante intimidaba incluso a los más fuertes de espíritu en aquel salón.
          —Está bien —dijo en voz baja para sí misma la Patriarca—. Diosa Athena, mañana nos volveremos a ver. Cuídese por favor —exclamó ella mientras se retiraba junto con el resto de atmetienses.
          —Pe-pero… Nadeko, ¿sabes qué diablos dices? —Preguntó de forma impertinente Miare en voz baja cuando le tuvo cara a cara.
          —No podemos hacer nada. Si nos oponemos a las palabras del gobernante de Atlantis podemos morir en este mismo suelo, Miare. Así que, si no quieres que usen tu sangre como cera para pisos, sé más cuidadoso con lo que haces y dices. No estamos en Atmetis, recuérdalo —respondió la Patriarca.
 

          La única de los Generales que aún se hallaba en el edificio era Nessa quien, a propósito, se había retrasado. Buscó el báculo de Athena donde lo había dejado antes de realizar las presentaciones de cada uno. Por suerte para ella, la habitación de invitados que había en el templo siempre estaba desocupada y por ello pudo dejarlo allí sin levantar a menor sospecha. Ella conocía del peligro que era atentar contra una de las órdenes expresas e indirectas de su dios. No podía mantenerse siquiera cerca de aquel salón, solo le quedaba esperar a que terminaran de hablar. Aunque lo lamentase por ella, su amiga Lauren tendría que actuar un poco más.
 

          —Athena, ¿qué te parece mi reino Atlantis? —Preguntó lleno de orgullo con una amplia sonrisa en su rostro—. A que es hermoso, ¿no?
          —No he tenido el placer de contemplar mucho de sus dominios, dios Poseidón. La mayor parte del tiempo me la he pasado indagando y siendo interrogada por vuestra General Lauren. He escuchado mil maravillas de Atlantis, pero poco he podido ver más que llanuras y bosques en todo el recorrido.
          —Una lástima. Quizás podría gustarle mucho, sobre todo Neptuno —dijo la divinidad de los mares con tono de decepción—. Si la diosa de la fortuna os sonríe prometo enseñarle cada centímetro de mi magnífica ciudad.
          —Ahora, a lo que íbamos Poseidón. ¿Aceptará mi petición de formar una alianza?
          —Me encanta que vayas directo al grano, Athena. Unos cuantos puntos a favor tuyo, eso sí. Está bien, te seré sincero Athena, no confío en ti. No es que no lo haga, creo que en ti hay una prometedora diosa, la cual aún no ha despertado toda confianza en mí. Tu momento de madurez como divinidad aún no ha llegado y lo entiendo, pero… Se nos acaba el tiempo, Athena. Si tú no me puedes convencer, espero que tus súbditos lo hagan, que me muestren toda su fuerza —el dios de los atlantes extendió su tridente hacia la reina extranjera tratando de amenazarle—. Espero puedas comprenderme. Yo no voy a hacer ninguna caridad, los tratos que yo haga me deben beneficiar tanto a quien me lo pida como a mí.
          —¿Qué es lo que estás proponiendo Poseidón? ¿Quieres pelear?
          —Desearía ver un buen combate. Hace tiempo que mandé construir ese enorme Coliseo que pudiste observar en cuanto llegaste aquí y no muchas veces ha sido utilizado —Se colocó la mano sobre la barbilla. Frotándola empezó a traer del pasado viejas memorias, malos recuerdos—. Creo que hace ya mil años Heracles enfrentó allí a mi nieto Gerión como parte de uno de sus trabajos, y que desde entonces lo único que hemos hecho es remodelarlo para que no caigan escombros milenarios sobre la cabeza de nuestros ciudadanos.
          —Su petición solo consta del combate, ¿cierto? Si es así dígame usted a quienes designó de vuestros Generales. Si no se tratara de una prueba, pensaría que escogería a otros súbditos, pero, al serlo, considero que usted hará que su élite pelee en vuestro nombre.
          —Me sorprendes Athena, bien razonado, aunque no podría esperar menos de ti. A quienes he escogido fueron al Hipocampo, la Escila, el Kraken, la Sirena y la Lymnades.
          —¿Cinco Generales? Eso es un problema según puedo ver —mencionó ella pensativa mientras caminaba de un lado a otro de la habitación. Sus ideas le invadieron de forma que no pudo mantenerse serena—. Como usted pudo observar, solo cuatro Santos Dorados han acudido a sus tierras, señor Poseidón. No obstante, también me niego a permitir que mi Patriarca participe de los combates. Considero que usted también comprenderá mis motivos detrás de esta decisión.
          —Por supuesto Athena, lo entiendo a la perfección. Aun así, has traído contigo a varios Santos. Valiosos soldados, pero que se distancian de sobremanera cuando se habla de la élite de nuestras huestes… ¿Te parecería sabio dedicar un par de duelos dos contra uno? —Dijo el rey de Atlantis tras varios segundos de reflexión.
          —¿Y los combates? ¿Quiénes lucharán en cada pelea? —Preguntó curiosa la divinidad de la sabiduría.
          —Eso te lo dejo a ti, Athena. Confío en tu criterio. Yo haré lo mismo por mi parte, hasta el último segundo ninguno de los dos sabrá quienes pelearán contra quién. Sí, así debe ser —en los ojos del rey podía verse la ansiedad que tenía por poder llegar la hora esperada para el primer encuentro—. Por hoy puedes irte, Athena. Estoy seguro de que Nessa hará el favor de acompañarte hasta tu dormitorio. 
 

          La pequeña Ariadne levantó un poco su vestido y agachó la cabeza, como correspondiendo a la caballerosidad en un baile de gala. Al retirarse de la habitación, un par de metros dentro del pasillo, encontró allí a la General que los había acompañado todo el camino hasta allí. Estaba sentada de cuclillas, con la espalda apoyada sobre la pared y tamborileando con los dedos mientras esperaba que alguien pasara por allí. Al ver Nessa a la diosa de la sabiduría sintió una extraña sensación pues, aunque la esperaba, en realidad no sabía por qué se había quedado allí esperando todo ese tiempo.
 

          —¿No se ha demorado bastante, diosa Athena?
          —Considero que fue el tiempo suficiente para poder averiguar bien los planes de vuestro dios, querida Nessa. Solo para satisfacer mi curiosidad, ¿cuánto tiempo estuvimos conversando? —Preguntó ella seria, tratando de no ser invadida por el ansia que le daba conocer aquella respuesta. Debía mantener las formas.
          —Si no me equivoco, han pasado ya hora y media desde que los dejamos solos, diosa Athena —dijo ella sin inmutarse. No podía darse la vuelta y ver el rostro de Athena, pues su misión nueva era solo llevarla a sus aposentos, nada más.
          —¿Hora y media? ¿En serio? ¿Tanto tiempo había pasado? ¿Ahora qué hago? No puedo ir con mis Santos ahora que estarán durmiendo… No sé qué hacer… No lo sé… Que estresante todo… —se decía Ariadne mientras movía sus dedos de forma más frenética que de costumbre. Incluso por unos segundos se quedó inmóvil a espaldas de Nessa, presa de sus pensamientos.
          —Tranquilícese un poco, diosa Athena —decía ella con toda la calma del mundo. Aun así, se encontraba sorprendida: aunque fuese por un solo momento ella había podido ver que Athena también era como ellos, que también tenía debilidades pese a siempre haberse mostrado como la gran Olímpica que era—. Por cierto, la señorita Nike está en sus aposentos. Si lo desea, podría ahora cambiar de lugares a ella y a Lauren.
          —Gracias por tu ardua labor Nessa, pero no. ¿Podrías hacerlo a primera hora mañana mientras duermo? Siento que si lo pidiese ahora quizás pueda sentirme algo sola —dijo ella, iluminándosele los ojos.
          —Si esos son sus deseos no puedo contradecirlos mientras sea nuestra invitada de honor —respondió la guerrera mientras abría la puerta de madera del sitio de descanso destinado a Athena—. Por favor descanse todo lo bien que le plazca esta noche, yo me quedaré por aquí cerca vigilando que nada perturbe su sueño.
          —Gracias Nessa, hasta mañana —la sonrisa que en aquel momento le mostró la también divinidad de la guerra le impactó, provocando que una emoción indescriptible recorriese su cuerpo por completo.
 

          Ariadne ya estaba dentro de la habitación, con la puerta ya casi cerrada por completo. Se disponía a volver a Nike a su forma original cuando oyó unos tres suaves golpes sobre la madera. Estaba segura de que era Nessa de nuevo, pero esta le detuvo de abrir la puerta.
 

          —Athena, quizás no deba decírselo, pero… —se le notaba poco convencida de sus palabras—. Está bien, sé a lo que me atengo al hablar. El día de mañana quienes combatirán seguro serán Fionn el Kraken y Gareth el Hipocampo, por favor tome las precauciones debidas.
          —Gracias Nessa, te lo agradezco mucho —le escuchó Nessa desde el otro lado de la puerta.
 

          En el rostro de la General se había marcado una pequeña sonrisa, sonrisa que no debía estar allí pues su lealtad estaba por completo con Poseidón. «Espero que esa pequeña lo consiga, me encantaría tener a Athena de aliada», pensó ella mientras se quedó metros más allá, sentada —sin su Escama, claro— sobre el suelo frío de porcelana que cubría casi todo el templo de Poseidón. «Athena, eres increíble, siendo tan pequeña quieres cargar el futuro de Etherias sobre tus hombros. Espero poder contribuir a tu causa», dijo ella en sus pensamientos mientras vigilaba la habitación de la reina de Atmetis.  


Aviso de desinterés público...


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#40 -Felipe-

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    Bang

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Publicado 06 julio 2020 - 21:46

No se si en esta historia Poseidón es tío de Atenea, pero en todo caso es interesante la manera en que se encuentran. Es incómoda y rara, lo que corresponde para dos tipos que se conocen, y al mismo tiempo no. Supongo que habrá un torneo, y habría que ver cómo se dan las cosas, y como luchan. Imagino que habrá Platas luchando, como el tal Agravain, que tiene el nombre del único de los cuatro hijitos de Lothus al que se le ocurrió trabajar para los malos en los mitos artúricos. Eso no augura nada bueno.

 

Un par de contradicciones, cuando Pose habla de que no confía en ella, e inmediatamente después dice "no es que no lo haga". Se entiende lo que hay detrás, pero faltó un "más bien", o "en realidad". También en que Atenea no haya visto nada interesante de la ciudad más que bosques, y recién después tanto ella como Pose recuerden el coliseo. A menos que no sea interesante tampoco, claro.

 

A ver qué cosas tienen los atlantes de interesantes, y de diferentes con los atenienses. Y si se viene esta suerte de torneo, espero que esté a la altura.


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