SKIN © XR3X
x

Jump to content


* * * * * 2 votos

Juicio Divino: La última Guerra Santa


  • Por favor, entra en tu cuenta para responder
287 respuestas a este tema

#281 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,551 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 27 septiembre 2021 - 06:37

Saludos

 

Seph Girl

Spoiler

 

***

 

Capítulo 96. Sacrificio

 

—Tú eres el último rey de los Mu, por eso te confío a ti los recuerdos que no viví. Pero, Belial, yo soy más que mis pensamientos. De ahora en adelante, mis actos me definirán.

Así habló el Guerrero al Rey. Ninguna réplica salió de los labios de Belial, sino que este asintió, dándole su voto de confianza. Ofión, quien ya se había preparado para el exilio de sus propias memorias, prefiriendo morir sin recuerdos a vivir ahogado por ellos, no pudo menos que sentirse agradecido. Ahora solo tenía que luchar con valor, no por una promesa que no comprendía, ni por un pueblo que jamás conoció, sino por el camino que había escogido, en el que empero tal pasado lo acompañaría una vez más.

Antes de desaparecer de la sala del trono, giró hacia Leteo con la intención de disculparse por no escoger el camino que este le había ofrecido. No pudo hacerlo, pues la sonrisa del dios ya no era amistosa, sino amenazante.

El río del olvido había venido a borrar para siempre una parte de él.

 

***

 

El tiempo en que Leteo fue su aliado desapareció de su mente en el breve lapso que tardó en volver a tomar posesión de su cuerpo. Sin siquiera darse cuenta, pasó de lamentar el hecho de tener que enfrentar a un viejo aliado a temer por el estado de impotencia en el que se hallaba, aprisionado por el Escudo de Odín.

Por fortuna, Shizuma había salido también de su mente y comunicó la nueva situación a Baldr, quien enseguida canceló la técnica y lo hizo aparecer entre ambos.

—¿Qué ha ocurrido? —dijo Ofión, preso de un dolor terrible. Sentía el cuerpo desgarrado y el manto de Aries era un peso muerto. ¿Había hecho todo eso el norteño? Por su estado, no parecía posible. Lucía demasiadas heridas y no dejaba de masajearse las sienes, como aquejando un terrible dolor de cabeza—. Siento el daño que…

—Ah, no importa —gruñó Baldr, arrojándose al sorprendido Ofión y apretando sus hombros. Tenía los ojos bien fijos en él—. ¿Quién es la Señora de ese bastardo? ¿En quién reencarnó? ¡Debo saberlo! ¡Los Nueve Mundos no pueden permitir…!

Al superar la sorpresa inicial, Ofión apartó al norteño de un manotazo y volvió la vista al abismo. Allí, una ciudad conocida se esfumaba como el humo de un incendio, revelando una vez más la entrada que usaba Leteo para entrar en el mundo de los vivos.

—Tengo una misión que cumplir —dijo Ofión, sin prestar más atención a aquel hombre y sus secretas ambiciones—. No hay tiempo, ¿verdad, Aoi?

—En efecto —dijo Shizuma—. La guerra se encrudece minuto a minuto.

Ella lo sabía mejor que nadie, pues estaba en todas partes y todo lo veía como una participante más de las decenas de batallas que se libraban por el continente. Katyusha no podía alcanzar a Munin, de tan rodeada que estaba de Keres en la cima de una montaña incendiada por los fuegos del Flegetonte; la Guardia de Acero, a pesar de sus fuerzas renovadas, perdía hombres a decenas por una nueva clase de gólem, de hasta trescientos metros de pura roca desprendida de los montes por líderes de cada clan Mu; el Aqueronte se había vuelto poderoso al sorber energías de los marinos y caballeros negros que tenían que ayudar a los meros mortales, por lo que Egeo y el resto de Oceánidas ya no podían contener el avance del río del dolor durante tanto tiempo… De los cuarenta y dos batallones, solo el de Sorrento seguía en plena forma, si bien la legión de Leteo era demasiado numerosa como para pudieran mandar a alguna de aquellas escamas andantes a cualquier otro rincón del continente. Uno solo de los fantasmas de los Mu con los que lidiaban, un solo grupo de los fantasmas de antiguos santos de Atenea que cargaban sin dudar contra el oricalco consagrado al Reino Submarino, bastaría para inclinar las batallas de la retaguardia a favor de los muertos.

—¿El señor Belial nos ha abandonado? —El autómata, Beta, era una mezcla de metal derretido y cristal, muy lejos del enemigo imbatible que demostró ser en un inicio. La estrategia de Katyusha de combinar altas y bajas temperaturas había dado resultado y se había limitado a ser la última línea de defensa de la Abominación Equidna, engendradora de los monstruos que asediaban sin descanso a Cuervo Negro y la guerrera azul—. Yo no abandonaré, por el señor Mateus y la señora…

Saltó con toda intención de fulminar a Munin, pero en medio del aire una chispa de fuego blanco la golpeó en el pecho. Se desintegró antes de volver a pisar el suelo.

Las llamas habían sido conjuradas por los legionarios de Marte, los soldados de Flegetonte. Acababan de terminar su ascenso por el monte guiando a los catoblepas y se disponían a reducirlo todo a la nada con aquel fuego divino, incluyendo al sirviente del mortal que osó imponer su voluntad sobre las fuerzas del Hades.

Shizuma solo pudo confiar en que Munin y Katyusha podrían arreglárselas solos. También tenía una misión que cumplir, como una de los santos de oro.

—¿Esta vez lo harás bien? —preguntó Baldr a Ofión, inquisitivo—. Por alguna razón el Santuario te envió a ti contra Leteo, me he asegurado de no matarte porque…

—… te falta poder —completó Ofión, mirándolo de reojo—. No te preocupes, ya mejorarás con el tiempo, como hizo el Rey en su día.

Sin dejar tiempo al norteño para replicar, Ofión de Aries se arrojó al abismo, acompañado por Shizuma de Piscis.

 

***

 

Atenazado por el dolor, Garland abrió los ojos solo para contemplar el helado páramo de Cocito. Se levantó enseguida, sintiendo que la piel le ardía por el frío muy a pesar del manto sagrado, pero nada más dar un paso tropezó contra algo y estuvo a punto de caer. Le asaltó una visión fugaz del frente oriental: un inmenso eidolon con forma de bestia marina como escenario de las muertes de dos santos de plata.

—¡Dioses! —exclamó al notar que era el cuerpo de Ishmael de Ballena lo que estuvo a punto de pisar. No tenía de qué sorprenderse, pues estaba en el lugar al que desde un principio habían ido a parar todos los santos de Atenea, pero aun así le impactó saber que el subcomandante de la división Cisne había caído—. ¡Dioses!

Miró en derredor, apenas pudiendo distinguir a Yu de Auriga. No necesitó tocarlo para que en su mente se dibujara la forma en la que cayó.

Garland apretó los dientes con furia, entendiendo que Cocito —el dios de las lamentaciones, a cuyo cuerpo, uno de los círculos del infierno, había ido a parar— se estaba burlando de la determinación de los santos. Aquellas visiones no eran gratuitas: el fuerte viento que azotaba aquel río congelado le estaba afectando mentalmente; cada brisa era un cuchillo invisible ignorando la sagrada protección, la carne y el hueso, para terminar clavado en el espíritu de quien había vivido demasiado.

Avanzó con convicción. No estaría todo perdido a menos que recibiera el Lamento de Cocito en carne propia, momento en el que ser uno de los hombres más fuertes del mundo se volvería en su contra. Conforme caminaba, la duda empezó a embargarlo: era Sneyder quien debía luchar contra Cocito, se había formado precisamente para esa clase de fin, así como Lucile era la carta del triunfo contra las huestes del Aqueronte. Pero Sneyder acabó enfrentado a otro Campeón del Hades y la voz de Lucile estaba todavía sellada, así que el Santuario tendría que conformarse con un par de viejos misteriosos. El Pequeño Abuelo, Nimrod, y él, quien ahora respondía al nombre de Garland.

—Es tarde para arrepentirme, ¿no? —preguntó, oteando el neblinoso horizonte. Los grandes ojos del guerrero se blanquearon al tiempo que todo cuanto veía era consumido por un terrible poder capaz de borrar por completo la materia, el tiempo y el espacio.

Al final, las nieblas y el viento cruel dejaron de atormentar a las almas aprisionadas en aquel círculo del infierno, por lo menos durante un tiempo. En el vacío incoloro que ahora hacía las veces de cielo por sobre Cocito, se hizo presente la silueta de un rostro inmenso: dos ojos alargados, hechos de pura y fría luz azul en medio de una oscuridad insondable, bajo un yelmo espectral que asemejaba a la corona de un antiguo rey.

—¿Osas manifestar lo innominado en este lugar, mortal? —cuestionó Cocito. Si las montañas pudiesen hablar, así como él lo habrían hecho, con un bramido titánico que hizo vibrar los oídos del dolorido Garland.

—Se dice que el Hades es el lugar más parecido a la forma original del mundo —dijo el santo de Tauro, casi avergonzado por lo débil que sonaba la voz de un hombre frente a la de un dios. No importaba, decidió al fin, pues de todos modos lo estaba oyendo—. El Tártaro, en particular, tiene mucho de esa fuente primigenia. Caos.

Un poder incontrolable, hasta para él. La Tabla Rasa no consistía en él borrando todo lo que veían sus ojos, sino transportar hacia tal visión aquello que era anterior al principio del universo. El resultado en el mundo material solía ser descrito como la manifestación de la nada, aunque era más bien la ausencia de todo. Shizuma Aoi tenía su propia forma de describirlo: la ausencia de lo que los humanos entendían como existencia.

Pensar en la Dama Blanca le hizo sonreír. Hasta donde él sabía, ella era la única aparte de los dioses y los Astra Planeta capaces de viajar hasta aquel inhóspito lugar. ¿Lo salvaría si olvidaba todas las restricciones impuestas a lo largo de los años para enterrarse junto a Cocito en el más hondo de los abismos? ¿Le importaría tanto a la más misteriosa de cuantas mujeres había conocido?

—Ahora lo entiendo. Los mortales están dispuestos a blasfemar con tal de ser escuchados… —Un millón de garras parecieron raspar el páramo helado en la lejanía; se generó una desagradable dentera como si el hielo fuera pizarra. Garland no pudo determinar si Cocito reía o rugía—. Bien, ven, mortal. Ven a mí. Ven para que pueda escuchar tus deseos insignificantes, tus inconfesables lamentos. Ven, mortal, ven.

—Con todo el tiempo que he vivido, no esperaba que me siguieran tratando como un mortal más —dijo el santo de Tauro, casi en tono de agradecimiento. Ya ni se molestaba en taparse los oídos sangrantes.

Y entonces, sin previo aviso, el manto sagrado que con tanto esfuerzo Kiki había reparado se congeló, cristalizándose antes de que este pudiera reaccionar.

—Ven, mortal —repitió Cocito con aquella voz ominosa—. Ven.

Como si la naturaleza del círculo infernal funcionara a la inversa de las intenciones de Cocito, una tempestad inició desde donde se encontraba. Vientos fortísimos azotaron al santo de Tauro, cuyo manto, falto de fuerzas, no dejaba de agrietarse.

A la vez, allá donde el aire helado chocaba con el suelo, un guerrero sagrado se levantaba desde las profundidades. Podía ser un santo, un guerrero de los mares o cualquier otro mortal que tiempo atrás hubiese creído ser un campeón de los dioses, cuando no era más que un peón en el gran esquema de las cosas. Pronto el ahora desprotegido Garland se enfrentó a una imagen desalentadora: el camino que lo separaba de Cocito estaba atestado de guerreros, todos los cuales poseían el Lamento de Cocito, un arma de lo más efectiva en contra de los santos de oro; el propio entorno no ayudaba, pues ahora pisaba con pies descalzos un hielo tan frío que ardía con el mero roce, mientras que el viento no hacía sino fortalecerse con cada segundo que pasaba.

—Es lo que cabría esperar de un dios, supongo —musitó Garland, apenas cubierto por una peso muerto. Y el cosmos, un halo dorado que habría de destellar como el lejano sol de la Tierra—. Si la montaña no viene a Mahoma…

Tuvo que completar la frase en su mente al sentir la boca llena de aquel aire infernal, helado y asfixiante. Respirar se parecía cada vez más a ahogarse en las profundidades de los mares del Ártico. Pero Garland de Tauro ya había superado milenios de una existencia sin significado; no tenía intención de ceder ahora que podía lograr algo.

Acometió como un toro embravecido hacia los primeros oponentes a los que vio. Yu e Ishmael lo recibieron con brazos gélidos, miradas vacías y una sonrisa quebrada.

 

*** 

 

Ofión también había descendido al Hades en persecución de uno de los ríos del infierno, solo que él no llegó a vivir una vida tan larga como la de Garland, al menos no en un sentido físico. Él, santo de Aries, cargaba con las memorias de los antiguos guardianes del primer templo zodiacal, miles de años de historia —la historia del continente perdido de Mu— le habían avasallado desde que superó la prueba de Estigia. En ese día, glorioso y terrible a un mismo tiempo, perdió toda noción de identidad, se zambulló en un océano de vidas desconocidas e intereses contradictorios que solo tenían una orilla: Atenea, diosa de la sabiduría y las guerras justas.

—Dos —susurró, con voz trémula—. ¿Por qué pienso que hay dos?

Cerró los ojos unos segundos. Como de costumbre, era una el alma en discordia entre todas las que le susurraban día y noche. Y no podía desoírla, pues se trataba de la razón de que estuviera allí en ese momento crucial: era el primer santo de Aries, legatario de la historia del continente Mu una vez este se hundió y el responsable de la creación de los mantos sagrados. Un hombre destinado a ser el arca de toda una cultura, paradójicamente olvidado por la humanidad, reducido a una leyenda. No, en verdad no podía dejar de oírlo, no deseaba hacerlo, pues era el guardián de sus memorias.

Al despertar de ese corto trance, no tuvo enfrente el escenario infernal al que había ido a parar, sino una máscara blanca sin rasgos. Reconoció enseguida a Shizuma Aoi, la Dama Blanca, quien viajaba en el mar de lo indeterminado al igual que los hombres andaban por la tierra. Conocía a aquella dama de tan solo diecisiete años casi tan poco como cualquier otro santo de oro, pero eso no significaba que no pudieran ser amigos.

Después de todo, él mismo no sabría responder con honestidad a cualquiera que le preguntase quién era. No le costaba mucho congeniar con aquella doncella de la que tan poco podía saberse. Más bien al revés: lo poco claro que había sobre ella le resultaba un soplo de aire fresco frente al resto de santos de oro, envueltos en largas historias que podían contar al detalle si quisieran. ¡Dichosos ellos!

—¿Dudas? —cuestionó Shizuma. El manto de Piscis, de hermosa hechura, estaba envuelto en una capa de tela transparente, mecida por unas ráfagas de viento seco.

—Siempre —admitió, agachando la cabeza con humildad—. ¿Me acompañarás?

Ofión, de ojos en apariencia despiadados, como los de un cazador implacable, pidió ayuda a la única persona en la que podía confiar, quien lo había salvado de sí mismo.

—Serás tú quien derrote a Leteo —anunció con un tono casi profético, sorprendiendo por completo a Ofión—. Yo no puedo hacerlo, tengo otra misión.

Atendiendo a sus palabras, Shizuma volteó hacia atrás. Allí se alzaba el Muro de los Lamentos, por mucho tiempo infranqueable hasta que doce santos de oro, la anterior generación, se sacrificaron a fin de que la luz del sol brillara en las profundidades del infierno. En el borde de la grieta que resultó de tal milagro había un hombre sentado, en apariencia de Oribarkon, pero bajo los párpados no estaban los ojos de un hombre, sino dos abismos del color de las profundidades del mar, sin pupilas.

—Vosotros sois santos de Atenea —expresó el ser, empleando una docena de voces que se superponían una sobre otra. Shizuma no podía saberlo, Ofión apenas era capaz de intuirlo, pero lo cierto era que hablaba como si los doce santos de oro del pasado estuviesen allí, presentes—. Vosotros nos arrebatasteis a nuestro rey. Seréis la ofrenda para el regreso de la reina —anunció, extendiendo la mano.

Por el rostro del ser, algo le había salido mal. Ofión vio con el rabillo del ojo a Shizuma; la Dama Blanca seguía tranquila. Viéndola, nadie habría dicho que estuviese en plena batalla con el río del olvido.

—Soy el reflejo de la luna en el estanque —aclaró la joven, como percibiendo la confusión en amigos y enemigos, no por primera vez—. Por mucho que se agiten las aguas, nada le ocurrirá a luna que orbita en el mar de estrellas.

La sorpresa de Ofión fue total. ¡Esa era la técnica de la que Shizuma Aoi le había hablado en el pasado! Kyoka Suigetsu. Aun su mente, torturada por la Reminiscencia —el testamento del continente Mu, contenido en el manto de Aries— hasta que el mero humano Ofión dejara de ser una parte importante de aquella, no podía aprehender todo el alcance de tan terrible habilidad. Lo que entendía era que la santa de Piscis se hacía uno con el cosmos que había despertado, a la vez que aquel se volvía uno con el mundo.

Era una paradoja que dependía completamente de la conciencia de la joven Shizuma Aoi. Si Ofión era incapaz de encontrarse a sí mismo en medio de los recuerdos de un centenar de antecesores, la santa de Piscis era capaz de reconocerse en todo momento y lugar, de modo que podía estar en todas partes y a la vez en ningún lugar. Le parecía increíble que Kyoka Suigetsu hubiese funcionado con un dios.

—¿Tan limitados son los poderes de quien sobrevivió al resto de los telquines? —se preguntó el que aparentaba ser Oribarkon—. Quizás deba usar como recipiente a quienes desafiaron a nuestro rey.

—¡No es posible! —exclamó Ofión, fijándose mejor en el ser que ahora saltaba hacia donde ellos se encontraban. Era Shun—. La sangre de Atenea debía haberte rechazado.

—¿No hemos tenido esta conversación antes? —cuestionó Leteo.

El dios del olvido extendió el brazo, que era ahora el brazo de Shun de Andrómeda, protegido por unas cadenas tan sólidas como los mantos de oro. Pero de nuevo solo pudo agitar las aguas del estanque, no tocar la luna.

A Ofión le bastó intercambiar miradas con aquel señor del infierno para darse cuenta de lo que pensaba. Bajo las cuencas oculares hervían estanques oscuros, donde no había lugar para la multitud de pensamientos que se permitían los hombres, sino para uno solo, un hilo fino de un recuerdo tan breve como un parpadeo. Seguir intentándolo. Eso era todo lo que el dios del olvido pretendía hacer.

Y de algún modo el santo de Aries tuvo el presentimiento de que lo lograría tarde o temprano. ¡Estaba buscando la conciencia de Shizuma Aoi, para quebrarla, para condenarla a la nada, al olvido!

—¿Dudas? —volvió a preguntarle la Dama Blanca, extrañamente ajena a los intentos de Leteo. De momento, seguía a salvo de todo ataque.

—No de nuestra amistad —contestó Ofión, más seguro que antes, dispuesto a todo por cumplir con la misión para la que creía haber nacido. Si los santos de Aries podían estar en desacuerdo sobre qué significaba ser Atenea, ¿por qué él, fiel devoto de la diosa, no podía albergar el deseo de ayudar a Shizuma Aoi? Sin saber si ese dilema era suyo, de Ofión, o de la multitud de conciencias que lo atosigaban, decidió proseguir—: Desde el fondo de mi corazón, te doy las gracias por haber sido mi amiga. Ahora cumplamos con nuestro deber, como santos de Atenea.

La Dama Blanca hizo una leve inclinación, agradeciendo las palabras de Ofión antes de desaparecer. Por lo general, podía afectar a las mentes de quienes observaban el momento en que dejaba de estar en un lugar, llegando a hacer que se replantearan si había estado allí para empezar. No hizo eso con el santo de Aries.

Una cadena de cosmos se formó alrededor de Ofión, quien a través de la Reminiscencia logró teletransportarse a otro lugar. ¡Leteo no solo tenía la forma de Shun, sino que también podía usar las técnicas del héroe legendario!

Indiferente al veloz movimiento del santo de Atenea, Leteo siguió actuando con franca parsimonia, como si enfrentara a poco más que una tortuga a la que siempre podría alcanzar. Liberó, de una mano extendida con desgano, la Onda del Trueno, que acabó chocando con un pilar de luz expulsado desde el puño derecho de Aries.

Mientras la Justicia de Atenea chocaba con la punta de la cadena, llenando el palacio del Hades de rayos, Ofión reflexionó lo duro que había sido llegar hasta allí desde el abismo de Reina Muerte, donde sin duda muchos seguirían combatiendo a la hueste infinita de Leteo. Si bien él era el único capacitado para luchar contra el dios del olvido, al atesorar los recuerdos de toda una civilización, no habría llegado tan lejos sin la ayuda de Shizuma Aoi, quien acudió a su llamado mientras era arrastrado por la corriente que unía a la Tierra con el punto del Hades donde se hallaba Leteo.

Durante una eternidad, pasó por un torrente de memorias borradas, no solo de las mentes de algunos hombres, sino de las de toda la humanidad. Él mismo se vio asaltado por el voraz dios del olvido, siempre hambriento de recuerdos. Percibió que las reminiscencias de las vidas de muchos santos de Aries empezaban a perderse en la nada. Y aunque muchas veces había deseado que todas esas presencias molestas con las que convivió durante años desaparecieran, cuando estuvo a punto de pasar se sobrecogió de terror. Ahora creía recordar que pudo haber llorado como un niño, tal vez incluso gritado, antes sentir la suave mano de Shizuma Aoi tocando la suya.

Así, ambos santos esquivaron las garras de un lobo inmenso, apocalíptico, solo para saltar de cabeza a las fauces. Ofión pudo evitar los peligros de uno de los cuatro nexos que conectaban la Tierra y el Hades, pero ahora estaba frente a frente con la fuente de uno de aquellos ríos infernales. Solo.

—No —afirmó, teletransportándose justo antes de que la Onda del Trueno lo alcanzara, después de haber superado su ataque. Volvió a aparecer a la espalda de Leteo, quien se giró apenas interesado—. No estoy solo. No dudaré, Shizuma Aoi.

—¿Quién eres tú? —cuestionó Leteo, percibiendo el repentino impulso en el cosmos del santo de Atenea, que latía con el arrojo de un millar de voluntades.

—Soy Belial, primer santo de Aries, quien promovió la creación de los mantos sagrados. Fui un falso dios que hincó la rodilla ante quien no era Atenea.

Esa fue solo la primera de muchas presentaciones, voces de mayor o menor fuerza que alguna vez había oído, no como voces reales —ahora podía saberlo— sino como reminiscencias ocultas en el manto sagrado que le llenaban la cabeza de historias que no eran la suya. Tomó cada uno de aquellos eventos que consideraba ajenos y por fin los hizo suyos, creando poco a poco una coraza invisible, por encima del manto de Aries.

Leteo escuchó cada nombre con interés, como saboreando los recuerdos que pronto le servirían de alimento. La mirada indiferente del dios se mantuvo fija en el santo de Aries, quizás tratando de ver más allá de las palabras, de escudriñar cada historia.

—Soy Mu de Aries, penúltimo entre guardianes del primer templo zodiacal. Junto a mis compañeros, me sacrifiqué para abrir una entrada hacia los Campos Elíseos —explicó, señalando la grieta en el Muro de los Lamentos—, sin saber las consecuencias que eso traería. Tu poder ha estabilizado los círculos del infierno todo este tiempo.

—El río del olvido es el camino al Elíseo, separando el más allá de cada mundo en el vasto universo —aceptó Leteo, asintiendo—. Cuando abrimos esta grieta —continuó, usando esta vez solo la voz de Mu—, el río del olvido se desbordó. No puedes verlo, pero está en todas partes, manteniendo a salvo el reino hasta que llegue la reina.

Ofión asintió, considerando por alguna razón que la honestidad era la forma que había escogido Leteo para recompensar todo lo que le había contado. Claro que él desconocía la forma de pensar de los dioses, y bien podría ser que este tan solo hubiese dejado de considerarlo un enemigo por el momento. Sería propio del dios del olvido, desde luego.

—Mi nombre es Ofión de Aries —aseguró con tono solemne, como haciendo un juramento—. Y he venido a sellar esa brecha.

Si lo hacía antes de que llegara la supuesta reina, era posible que los círculos del infierno se desmoronaran sobre sí mismos, ya que Hades no estaba. Quería creer que había muerto, aunque gran parte de él le recordaba que los dioses no podían morir. Fuera como fuese, la sola posibilidad de liberar a todas las almas condenadas en aquel siniestro reino a lo largo de milenios hacía que valiera la pena luchar.

El cosmos del santo de Aries se alzó, llenando la estancia a la vez que el suelo bajo Leteo se abría. El dios, lejos de impresionarse, movió la mano haciendo un vago ademán, bloqueando la Estrella Fugaz que el griego le había lanzado desde las profundidades del mismo infierno.

Una explosión de luz surgió entre ambos oponentes. Para cuando terminó, Ofión ya se había alejado lo más posible de Leteo, desplegando los Husos Desgarradores para cortar las cadenas de cosmos que aquel había levantado.

Podía ser una locura, la de un hombre contra un dios, pero Ofión de Aries había jurado que no iba a dudar más. Lucharía con todo, así lo perdiera todo al final.

 

***

 

Kanon de Géminis trató de seguir a Ker a través del nexo que unía a la Tierra, en Alemania, con el infierno, en el borde del Tártaro. No lo logró.

Porque eran muchos los pecados que llevaba encima, las llamas del Flegetonte pudieron retenerlo y luego arrastrarlo según era el deseo del río infernal. Así le pareció al santo de Géminis mientras dedicaba un esfuerzo sobrehumano a repeler el fuego lo bastante para no ser calcinado en cuerpo y alma, pues no le quedaba espacio para reflexionar sobre que el Flegetonte no tenía avatar, sino un enviado —Ker, una Abominación hecha de monstruos—; era pura furia, no un ser que pudiera tener una voluntad concreta.

A pesar del dolor y la impotencia que sintió al saber inútiles las habilidades que había desarrollado para viajar entre las dimensiones, hubo algo que Kanon no olvidó en ningún momento: la razón por la que había seguido a Ker. Ser atrapado en medio de la persecución entraba dentro del plan que había desarrollado, uno demasiado ambicioso como para esperar que los riesgos fueran mínimos. Fracasar era una opción.

Así, con ese extraño pensamiento en la mente, se permitió aparentar vulnerabilidad. La sangre de Atenea que había vertido sobre el manto de Géminis lo mantuvo a salvo durante el trayecto, pero a la vez incentivó al Flegetonte a atacarlo con más y más rabia, hasta que aterrizó como un meteorito en una superficie que parecía estar viva.

—Qué débil… —acusó Ker, el ángel flamígero, mientras aleteaba a pocos metros del caído santo de Géminis—. Esperaba algo más.

—Yo también —contestó Kanon, mientras se levantaba. Ker creó un látigo de fuego y lo golpeó antes de que pudiera hacerlo, transmitiéndole el dolor de algunos de los que habían muerto por culpa de sus pequeñas ambiciones. Que esas vidas le importaran ahora solo hizo que el dolor se incrementara.

En ese momento se hallaban a la sombra de las más altas murallas del Hades, que marcaban la frontera entre lo que los humanos llamaban infierno y el único lugar en toda la existencia que merecía tal sobrenombre. Un río brillante surgía de las paredes, era la sangre derramada por el Tártaro, el llamado Flegetonte.

 

Temiendo el juicio de las Benévolas, Ker decidió terminar pronto con el cautivo, pero el látigo no volvió a tocar a Kanon. Tampoco al suelo en el que se hallaba.

Incluso tú deberías tener problemas en regresar desde los confines del universo —dijo Shizuma Aoi, proyectando su voz directamente al espíritu flamígero que había transportado junto a ella—. Desaparece.

Ker no pudo comprender a tiempo lo que ocurría. Sí, vio el espacio estrellado que había sustituido al Tártaro, con las altas torres, el río de fuego y el suelo que latía como un ser viviente. Y no tenía problemas en volar en tal lugar, mucho menos con el frío o la evidente falta de combustibles, pues el suyo era un fuego eterno. Sin embargo, Shizuma Aoi había hecho mucho más que llevarlo a la otra punta del universo.

Miles de millones de años atrás, quizá hubo vida en aquella galaxia lejana, pero ahora solo quedaba algo, una brecha en el espacio devoradora de planetas, soles y cualquier cosa que hubiese a mil años luz de distancia, incluido el propio Ker. Ni siquiera la velocidad de la luz le permitió escapar de la colosal atracción del agujero negro, que lo devoró en un instante tan fugaz que era imposible de percibir, aun para Shizuma Aoi.

La santa de Piscis, sin embargo, permaneció en medio de la oscuridad infinita. Ella realmente no estaba en ese lugar, por lo que podía ignorar lo que para Ker fue una condena, y no temía morir por falta de oxígeno. Con todo, aquella no era una táctica que se habría atrevido a usar en el pasado, ni siquiera se le ocurrió hasta el momento en que un nuevo poder llegó hasta ella, abriéndole nuevos horizontes. Ocurrió mientras ayudaba a Ofión a defenderse de la corriente de Leteo y llegar hasta el Muro de los Lamentos, cuando creía que su misión era proteger al santo de Aries.

«¿Qué esperáis de mí, Suma Sacerdotisa? —se preguntaba Shizuma, a sabiendas de que solo ella, a través de Almagesto, podría haberle dado ese impulso.»

No hubo respuesta, así que la Dama Blanca puso de nuevo su atención en el nacimiento del río Flagetonte, visible a sus extraordinarios sentidos pese a la infinita distancia

Allí, las Erinias, mal llamadas Benévolas, se manifestaron ante el santo de Géminis justo cuando aquel acababa de levantarse y sacar un papel. Uno de los sellos hechos con la sangre de la anterior reencarnación de Atenea, Saori Kido.


OvDRVl2L_o.jpg


#282 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

  • 913 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Acuario

Publicado 01 octubre 2021 - 18:37

Cap 96. Lección aprendida
 
Pues bueno, así sin mas Belial aceptó el regresarle a Ofión el timón del barco...
Y en cuanto eso pasa que Baldr quiere saber en quién reencarnó LA SEÑORA, jaja pero parece que Ofión aprendió la lección y no volverá a intentar traicionar a esa mujer XD, ni siquiera de lengua ni de pensamiento jaja.
Total que después de ese largo inconveniente, ya puede ir a hacer su tarea inicial... si no le sucede algo nuevo a la princesa de Aries.
 
Mientras tanto, Garland terminó ante Cocito en vez de Sneyder, de nuevo los planes que tenían no se llevaron a cabo por lo que deben de ingeniárselas con lo que tengan.
 
Ofión pelea con Leteo que de nuevo usa su cosplay favorito de Shun. Lo que salta a mis ojos es que habla mucho de "El regreso de la reina del inframundo" ¿Persefoné? Waaaa?!
 
Terminamos con la escena de Kanon y Shizuma contra Ker, pasando cosas extrañas que no acabé de unir... pero el caso es que Ker petó.
 
Como tiene nombre supongo que debemos sumarla en el contador:
 
CONTADOR DE MUERTES (de personajes con nombre) EN ESTA GUERRA: 7
 
PD. Buen cap, sigue así x3

ELDA_banner%2B09_.jpg

 

EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#283 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,551 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 04 octubre 2021 - 07:23

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl.

Spoiler

 

***

 

Capítulo 97. Bolverk de Cocito

 

La Colina del Yomi, frontera entre el reino de los muertos y el mundo de los vivos, se estaba aproximando al caos. Los cielos de eterno crepúsculo sangraban como una bestia herida, una enorme, llenando los bordes de una cúpula imaginaria de cascadas carmesí en las que, si se ponía suficiente atención, podían vislumbrarse millones de seres dispersos por toda su colosal anchura, apenas lucecillas espectrales en medio del rojo más intenso que se hubiese visto sobre la faz de la Tierra. Eran las almas de quienes se hallaban al borde de la muerte y que, en circunstancias normales, acaso habrían tenido oportunidad de salvarse, pero las cosas eran distintas ahora que las fuerzas del Hades asaltaban la Tierra. Ahora no era seguro quién vivía y quién moría.

En ese estado de las cosas cayó Arthur de Libra sobre las tierras grises, sin dejarse avasallar por el escenario que se le presentaba. La Colina del Yomi tenía poco de colina ahora, transformada en una centena de plataformas de diverso tamaño que flotaban sobre un aire viciado, enfermizo, cada una a menor altura que la anterior. Con un rápido vistazo, el Juez notó que juntas parecían formar una espiral descendente  hacia un foso inaccesible para la vista, del que nacían cuatro columnas delimitando la cúpula sangrienta que eran los cielos de ese lugar. La ira de Flegetonte y el lamento de Cocito entraban a las tierras de los Heinstein y los Señores del Invierno, mientras que su pestilente hermano, de aguas amarillentas atestadas de dolidos soldados inmortales, los acompañaba a ellos y al cuarto de los ríos del Hades: Leteo, una columna invisible que por esta ocasión quería revelarse en todo su esplendor a su observador. Diez mil máscaras, correspondientes a igual número de fantasmas del extinto pueblo de Mu, recorrían el lado de la columna que Arthur contemplaba, devolviéndole la mirada.

Arthur torció el gesto, aquejando el asalto psíquico, pero lejos de doblegarse a las voces que llenaron su mente con las imágenes del fin del mundo que las huestes del Hades pensaban traer, se repuso enseguida y contraatacó. Muchas máscaras estallaron en menos de lo que dura un parpadeo, cediendo a un aumento monumental de la gravedad que, empero, llamó la atención de las otras legiones del inframundo.

—No vine a ti para luchar contra tus esbirros, Bolverk —murmuró Arthur, alistándose de todas formas para enfrentar a las hordas que se le venían encima.

El primero en atacar fue Aqueronte. Desde cuatro flancos distintos, caudales de malevolencia fluyeron a través del aire, y encima de ellos marcharon un total de cincuenta mil soldados: lanceros y espadachines, gigantes armados con martillos, amazonas cabalgando sobre lomos de leones nacidos del Flegetonte y ninfas homicidas sedientas de la sangres de los héroes… Arthur desechó la amenaza con un revés de mano y la gravedad hizo el resto, como de costumbre. En esta ocasión había una diferencia, no obstante. Aun si a primera vista pareciera que el santo de Libra liberó sobre la legión un ataque de área, desintegrando hasta el último de los átomos en un solo golpe, nada estaba más lejos de la realidad. Hubo un ataque bien calculado para cada soldado, por insignificante que fuera, o más bien, Arthur manipuló los gravitones en torno a sus enemigos uno a uno, desconectándolos de toda atracción gravitatoria para luego convertir sus cuerpos en su centro gravitacional, uno de especial intensidad que los llevó a un colapso inmediato. Realizó aquella proeza de tal forma que no hubiese entre el Aqueronte y su cosmos el más mínimo contacto. La gravedad era, al fin y al cabo, una fuerza universal, no una energía de la que pudieran alimentarse.

Apenas medio segundo después llegaron las otras tres legiones y Arthur debió ponerse serio, pues no todos los secretos de cada río infernal habían sido descubiertos en las pasadas batallas y los que conocía eran de temer. Tuvo buen recaudo de mantener activa en todo momento la Armadura Celestial, por mucho que esta fuera ineficaz contra un probable ataque de Bolverk; no convenía hacer contacto con el Lamento de Cocito, aquella maldición que se volvía más fuerte cuanto más poderoso era el que la sufría. Pero ni ese seguro a prueba de contacto con tales seres tentó a Arthur para permitirles acercarse a más de cien metros de él. Mientras los guerreros de piel helada corrían por el aire con sus macabras sonrisas rasgándoles el rostro, el santo de Libra ejecutó el Martillo de Dios, o al menos una variante menor que actuaba en sentido horizontal. Dos tercios de la legión de Cocito, la vanguardia de la horda, fueron borrados junto a cientos de monstruos de la Antigüedad; el resto, así como un grupo de fantasmas que al punto el Juez reconoció como santos de otras eras, salió volando en multitud de direcciones a merced de una fuerza de la que muy pocos sobrevivirían.

Justo en ese momento atacó Bolverk, pero Arthur lo esperaba. Sabedor de que la Armadura Celestial no bastaría, optó por el ataque. No se molestó en hacer cálculos, sino que guiado por su instinto descargó casi a ciegas el Martillo de Dios, retrasándose por una mísera fracción de segundo, de tal suerte que el rey y su montura, Sleipnir, lo embistieron a tiempo de evitar tan tremenda técnica a quemarropa.

—Dos veces has conocido el poder de Sleipnir y sigues sin sangrar —alabó Bolverk. Aun si Arthur pudo evitar caer de la plataforma en la que se hallaban, tuvo que apoyarse en una pierna, pareciendo por un breve instante que hincara la rodilla. El primero de los Señores del Invierno sonrió, complacido—. Es una lástima que debas morir.

—¿Esperas que muera de agotamiento? —cuestionó Arthur, ya de pie.

—Soy el caudillo de los muertos, heredero de Éxodo, ¿tienes algo que decir en contra de que use a mis ejércitos? —dijo Bolverk, sonriendo, para luego sacudir la cabeza—. Mira hacia abajo, así deberías comprender el motivo de mi retraso.

—No he dejado de estar atento a todo lo que me rodea desde que llegué aquí —aseveró Arthur, si bien no pudo contener el impulso de, así fuera de reojo, mirar al abismo.

Para disfrute del auto-proclamado caudillo de los muertos, el Juez abrió ambos ojos, siéndole difícil de creer el inconmensurable poder que sentía, no en lo más hondo de la Colina del Yomi, sino más abajo. Eran los ríos del infierno, de los que las interminables legiones de no muertos apenas eran gotas. Cada uno de los más temibles hijos de Océano y Tetis tenía el poder de destruir el mundo que protegían; si tan solo uno de ellos llegaba a manifestarse en la Tierra sin ninguna restricción, todo estaría perdido. Como el agua manando de un vaso roto, la esperanza amenazó con derramarse de la mente de Arthur, indómita para el poder de los fantasmas, mas no para Leteo, quien todavía no había empezado su cruzada personal contra Belial, allá en el continente Mu.

En un solo instante, recordó Londres barrida por las lluvias, el castigo divino arrasando la capital de un orgulloso reino del que él solo era un huérfano. En los pensamientos de Arthur, Leteo era el Támesis desatado, el gigante dormido al que, como sabría mucho después, el diluvio de Poseidón había despertado. Aqueronte eran los miles de hombres, mujeres, ancianos y niños que morían, ya ahogados, ya aplastados por los robustos edificios que caían otro tras otro. La desesperanza infinita de los que sobrevivieron a tal tragedia solo para malvivir en una ciudad abandonada por su propio país, esa era Cocito, mientras que el fuego de la rabia de unos pocos era Flagetonte. Juntos, los ríos del inframundo se tornaron en el mundo que Arthur conoció en su niñez, cuando la dureza de los acontecimientos le obligó a hacer un verdadero uso de su inteligencia, guiando a sus compañeros del orfanato hacia lo más cercano a una vida que podía existir en la inundada capital. Pero eran eso, el mundo que lo rodeaba, porque él no cedió a la ira y la tristeza, ni al olvido y al dolor; él no era la clase de hombre que huía de un pasado terrible, sino que en tal recuerdo hallaba el futuro que debía ser. El caos de Londres, abandonada por todos, solo le enseñó cuán valioso era el orden para los seres humanos.

—Impresionante —admitió Arthur una vez salió del trance. Bolverk no se había movido de su sitio—. Se necesita mucho poder para que seres así lleguen a la Tierra.

Esta vez fue el Campeón de Cocito quien torció el gesto. La declaración del Juez, llena de humildad, tenía un doble sentido que este había captado al punto. Por supuesto, los ríos del infierno eran una existencia superior a la de ambos.

—Sabes quién está detrás de todo esto —tuvo que admitir Bolverk.

—Caronte de Plutón —aventuró Arthur.

—Si uno de los Astra Planeta fuera mi enemigo, yo no estaría tan relajado.

—¿Ni siquiera aunque ese enemigo esté en una situación desventajosa? Como he dicho, hace falta mucho poder para que las huestes del Hades lleven a cabo su guerra. Eso significa que Caronte de Plutón es ahora vulnerable.

—Eres osado —aprobó Bolverk.

—Solo tengo sentido común —dijo Arthur, desechando el halago.

Bolverk volvió a la carga, dando por terminada la conversación. La intención del rey era embestir de lleno al santo de Libra y arrojarlo al abismo, y lo logró, en parte, pues Sleipnir le permitía viajar a una velocidad, más que sobrehumana, sobrenatural, ajena a los límites de los mortales. Sin embargo, la mente de Arthur era ajena al mundo de los hombres y se estaba habituando incluso a lo imposible. Llegó a moverse algunos centímetros antes de recibir en el hombro la embestida del semental, permitiéndose el elegir hasta dónde caería y en cuanto tiempo.

La tercera plataforma por orden de altura le esperaba en cuestión de nanosegundos, pero el camino le reservaba un nuevo asalto de las huestes inmortales, soldados del Aqueronte que corrían a través de caudales de su río madre, junto a unas criaturas verdosas de enorme boca e innumerables tentáculos que se dejaban caer desde la plataforma que acababa de abandonar. Si bien Arthur no quiso emplear demasiadas fuerzas en ocuparse de tan bajos oponentes, tuvo que hacerlo, pues los fantasmas de Mu habían dejado de atacarlo a él y ahora dirigían desde buen recaudo sus poderes mentales en alterar los gravitones en su contra. Un intento pueril, desde luego; el espacio-tiempo requería tanto de poder como de inteligencia para ser moldeado, pero una distracción era una distracción. Aplastó a los soldados armados con la muerte mediante calculadas implosiones; dejó que la Armadura Celestial desviara el fétido aliento de los extraños monstruos, que al caer sobre los soldados los tornaban en tullidos, locos suicidas, niños confusos y estatuas de piedra, según el capricho de los dioses. A un coloso de hielo que emergió de la derrotada hueste lo golpeó con el Martillo de Dios, pero no de frente, sino que se aseguró de que el tremendo impacto le diera en la espalda para apoyarse él, todavía en caída libre, y darse un impulso. La estrategia fue tan audaz que le salvó de una cuarta embestida del rey Bolverk, para cuya montura atrás y adelante, a la derecha y la izquierda, arriba y abajo, eran tan solo unas pocas de las infinitas direcciones que podía tomar. Arthur llegó a su destino a salvo, aunque rodeado de enemigos.

Durante un tiempo indeterminado, más del que estuvo Caronte combatiendo en el Santuario, la batalla prosiguió del mismo modo. Las legiones del inframundo caían sobre Arthur sin dar un solo respiro y Bolverk cabalgaba a veces tras su espalda y otras al frente, cuando los muertos del Aqueronte se unían en masas de cadáveres y los guerreros de piel helada, aun reducidos a partículas subatómicas, se transformaban en un frío gélido que daba nacimiento a un ser colosal. Abominaciones que lo atosigaban en lances suicidas a fin de que los males del dolor y las lamentaciones cayeran sobre el invicto Libra, quien contra todas las expectativas de las legiones infernales, lidiaba con tales enemigos sin perder ni una pizca de concentración.

Y es que Arthur era muy consciente de la irrelevancia de aquella lucha. Las huestes del Aqueronte eran inmortales, y al parecer, destruir los cuerpos cristalinos de la legión de Cocito solo abría las puertas a la manifestación de un coloso más problemático, similar a Bolverk en forma y apariencia. No podía, pues, matar a sus enemigos de forma definitiva, ni liberar sus almas como lo hacía Nimrod de Cáncer, ni mucho menos destruir los ríos, divinos en esencia. Así que tampoco lo intentaba, ni siquiera prestaba más atención a las hordas del Hades de la necesaria: sus puños destrozaban los cuerpos de las Abominaciones, los monstruos y fantasmas de antiguos santos; su mente arrebataba a los fantasmas de Mu el control de los gravitones y los dirigía por igual a la legión de Cocito y los soldados del Aqueronte. Al manto de Libra le legó la dura prueba de resistir los envites de Bolverk, una única línea velocísima que, navegando entre una miríada de planos existenciales, siempre lograba acertarle, si bien nunca en el mismo punto. A ello dedicaba el Juez la décima parte de su capacidad, mientras que el resto estaba enfocado a una tarea más ardua e interesante: predecir la senda del rey Bolverk.

De trece plataformas llegó a derribarlo el caudillo de los muertos antes de percatarse del embuste y cambiar la táctica. En el decimocuarto choque, Bolverk no se contentó con impactar sobre el santo de Libra con toda la fuerza súper lumínica de Sleipnir, sino que de inmediato generó una gran esfera de azulado resplandor y la disparó sobre el Juez. En derredor, toda existencia se vio envuelta en un caparazón de cristal a Cero Absoluto, y ese parecía ser el destino que Arthur iba a ocurrir cuando, sin más, desapareció.

 

***

 

Quedaría en manos de Baldr el resolver el problema de las Abominaciones de la Colina del Yomi, traídas a la Tierra por los fantasmas de los Mu en su renacido continente. Entretanto, el santo de Libra perseguía a Bolverk a través del espacio-tiempo, desechando los sentidos convencionales y acudiendo solo a aquel que trascendía los siete anteriores, que ahondaba en su alma y le permitía saltearse algunas leyes cósmicas. Sin los límites habituales del hombre, la segunda parte de su enfrentamiento fue tanto más encarnizada como indescriptible. Desde la Colina del Yomi hasta las tinieblas subyacentes al universo material, pasando por limbos, agujeros de gusano y espacios extraños, el áureo manto y la bella armadura cristalina del rey sufrieron golpes incontables, de aquellos capaces de destruir las estrellas y hacer temblar las galaxias. Que tales protecciones sobrevivieran estaba lejos de ser un milagro: era el poder de sus portadores lo que mantuvo siempre los átomos de sus vestiduras en su lugar.

Pero eso no podía durar para siempre. Sleipnir suponía una ventaja tremenda en esa clase de batalla: Arthur tenía que pensar a dónde iba, Bolverk no. En eso confió el caudillo de los muertos, cayendo por segunda vez en el engaño del santo de Libra, quien también en esas duras circunstancias desviaba una parte de su mente a un plan a futuro. Ocurrió cuando Bolverk empezaba a preparar sus ataques desde un plano conectado a todos los demás que habían recorrido, el mismo en el que, más adelante, Baldr se refugiaría de la ira de Belial en más de una ocasión. Aprovechando los momentos de descanso entre el anterior ataque y el siguiente, tan insignificantes que parecían no existir, Arthur pasó de poder predecir el camino que Bolverk seguía a lo que había querido entender desde un principio: cuándo iba a atacar, desde qué dirección y con qué fuerza. Lo logró antes de lo esperado, en realidad, y así pudo atrapar al rey y su montura en un espacio que ninguno conocía en el pasado, la Sala del Veredicto.

Ni siquiera alguien como Bolverk pudo diferenciar el agujero de gusano abierto por Arthur de cualquiera de los que atravesaron combatiendo. De un momento para otro, se halló en una dimensión sellada en la que ninguna conexión con el exterior tenía cabida.

—Tus legiones no acudirán al llamado aquí —advirtió Arthur, a no poca distancia del monarca. Se hallaba de brazos cruzados sobre un suelo liso y oscuro que parecía extenderse hasta el infinito en todas direcciones—. Bienvenido al Verdict Seclusion.

—¿La Sala del Veredicto, eh? —Bolverk, muy lejos de impresionarse, volvió a elevar la real mano como en tantas ocasiones hizo durante el duelo en la Colina del Yomi, pero ningún soldado, espectro, bestia o fantasma acudió, tal y como Arthur había dicho—. Tú has escogido este destino, heredero de Éxodo, no yo.

De nuevo, una gran esfera de intenso tono azul apareció sobre la mano de Bolverk,  todavía alzada. Nada fue congelado, pues nada había entre el monarca y el santo de Libra, pero este último sabía lo peligrosa que podía ser una técnica que cargaba con el Lamento de Cocito. Se preparó para el ataque, instando a su cuerpo a recordar todo lo que había aprendido sobre el modo de actuar de Bolverk. Tenía que esquivarlo.

—Mi voluntad me hizo salir del mismo Hades, ¿qué es tu jaula de pájaros en comparación al inframundo? —Contrario a las expectativas de Arthur, Bolverk no lo atacó a él, o al menos, no fue el santo de Libra su único objetivo.

La gran esfera, técnica insigne de los Señores del Invierno conocida como Impulso Azul, se convirtió en un billón de veloces haces que se proyectaron a cada dirección posible. Más que saetas disparadas con sobrehumana puntería, se comportaron como seres inteligentes para las que ningún engaño, ilusión o manipulación serviría. Si la Sala del Veredicto fuese una prisión laberíntica destinada a confundir el cautivo, aquellas mensajeras de la voluntad de Bolverk hallarían la salida sin lugar a dudas, del mismo modo que lograron sortear la Armadura Celestial a pesar de que no poseían la misma velocidad de Sleipnir, obligando a Arthur a lidiar por su propia cuenta con los pálidos rayos que cayeron sobre él. Mientras se ocupaba de ese obstáculo, el resto se extinguía en la oscuridad sempiterna del horizonte, para no regresar jamás.

Bolverk gruñó, reconociendo por fin que el Juez había sido sincero. No había forma de salir de ese espacio salvo, quizás, acabar con su creador.

Así fue como el monarca comandó a su montura que cargara contra el santo de Libra, quien los esperaba con la guardia alzada. Ya que el viaje ínter-dimensional estaba vedado, Arthur pudo hacer algo más que intentar evitar la poderosa acometida: atacó, tornando su puño en el centro de gravedad entre  él y su oponente para adquirir así la misma potencia de Sleipnir. Su puño, por descontado, acertó en el pecho del semental, pero solo logró hacerlo parar en seco, no destruir al eidolon. Además, justo en ese momento Bolverk dio un veloz ataque que a punto estuvo de decapitar a Arthur, pues el brazo que empleó era de un filo terrible, como una espada legendaria, y el santo de oro se vio obligado a retroceder. El rey, quizá considerando de temer el poderío de su rival, no le dio tiempo de recuperarse: ordenó a Sleipnir que cargara de nuevo, generando con cada paso un mar de fuego a lo largo del suelo. Las llamas no tardaron en elevarse como olas, cortando cualquier retirada, obligando a Arthur a lanzarse en una nueva acometida.

Su puño chocó contra el cráneo de Sleipnir, frenándolo a duras penas. Todo el manto de Libra tembló por la fuerza remanente, y aún fue mayor la vibración del metal cuando fue la poderosa mano del rey, semejante a un martillo, la que frenó el segundo ataque del santo de oro. Entretanto, Sleipnir no cesaba de lanzar desde sus cascos y hollares  auténticas llamaradas solares, que con todo no frenaban el ímpetu del bravo santo.

Alfheim —dijo Bolverk, tras largos minutos de intenso combate.

Imágenes de pesadilla inundaron el cerebro de Arthur. Vio el mundo bañado por el Aqueronte, con seis mil millones de muertos al servicio de Caronte de Plutón. Vio las llamas quemándolo hasta dejar solo polvo estelar entre Marte y Venus. Vio una esfera de hielo avanzando hacia el corazón de un sol que moría por la mera cercanía de lo que fuera la Tierra. Vio la nada más absoluta y la olvidó, y pareció que del mismo modo olvidaría todo lo demás, aun quien era, pero Arthur terminó limitándose a sacudir la cabeza. A esas alturas, no pensaba ceder ante ninguna fuerza psíquica.

—¿Ha fallado…? —cuestionó Bolverk.

—Si me muestras el futuro que podría ser, no importa lo bien construidas que sean tus ilusiones —aseguró Arthur—. Serán solo una posibilidad.

Bolverk asintió, como aceptando la lección, pero luego extendió la mano hacia el santo de Libra, quien se acercaba paso a paso. Al cerrar el puño, Arthur quedó paralizado en pleno movimiento, o al menos su cuerpo. Su alma estaba justo enfrente de Bolverk.

Helheim.

El cuerpo espiritual del santo de Libra abandonó el físico y fue directo hacia la mano del monarca, fuente de un frío tan intenso que todo el fuego del infierno liberado por los cascos y el aliento de Sleipnir se esfumó en menos de un parpadeo.

—Esto no es suficiente —aseguró el santo de Libra, cuyo espíritu, poco a poco cubierto de un hielo proveniente del Hades, estaba envestido por el alma de su áureo manto.

—Lo he visto —admitió Bolverk, caudillo de los muertos, Portador de las Lamentaciones—. Como yo, posees el Octavo Sentido, aquel antiguo conocimiento por el que Rómulo y Remo pelearon a muerte. Mientras que los primeros seis nos sirven para ver nuestro entorno, el resto existen para captar nuestro interior. Primero el cosmos, la parte del universo que cada ser carga dentro de sí; después el alma, la chispa divina que fundamenta nuestro espíritu, y finalmente… Solo los dioses lo saben.

—Tal vez exista un Noveno Sentido —dijo Arthur—, pero yo no lo necesito. Me basta con conocer mi alma para trascender las limitaciones del universo material.

—Es una lástima —dijo Bolverk, cuyo rostro estaba reflejado en el hielo que ya cubría el alma entera de Arthur—, porque mis poderes no se limitan a la materia.

El santo de Libra no pudo responder. Su espíritu se hallaba atrapado en un ataúd de hielo impregnado por el Lamento de Cocito, y su cuerpo sería pronto destruido por los cascos de Sleipnir, como una simple piedra en el camino. Al menos, esa era la intención del caudillo de los muertos cuando miró donde debía estar Arthur y no encontró a nadie. Tampoco había nada dentro de su prisión helada, en la que solo pudo ver el reflejo de su rostro endurecido. Por supuesto, siendo Arthur el creador de aquel espacio, tenía sentido que pudiera entrar y salir de él a su antojo. Además…

—El Octavo Sentido permitió a la pasada generación sobreponerse a las leyes del Hades —dijo Arthur, apareciendo de improviso, indemne—. Podría dejarte aquí encerrado para siempre. Lo he pensado. No obstante, creo que hallarás un modo de escapar en cuanto dejes de creer que existe un futuro en el que ganas esta guerra.

—La victoria es mi compañera —aseguró Bolverk, antes de blandir su brazo como si fuera un auténtico sable. De tal movimiento surgió una onda de energía azulada que chocó a medio metro de donde Arthur estaba, partida en dos por una espada dorada.

El ataque, empero, no se detuvo ahí. Las dos hojas en que se vio dividida volvieron a caer sobre Arthur, quien desplegó más armas de Libra, flotando alrededor de la Armadura Celestial como auténticas guardianas. Una y otra vez, la energía liberada por Bolverk fue repelida, pero nunca de forma definitiva. Siempre quedaba una chispa con, al parecer, ánimo de contraataque, y la situación empeoró cuando Bolverk volvió a ejecutar la técnica. La segunda Espada de la Victoria se unió a los mil fragmentos independientes de la primera, y a ambas pronto se sumó una tercera y una cuarta, suficientes para mantener entretenidas a las armas de Libra.

Arthur mantuvo la serenidad en todo momento, pero en su fuero interno estaba corroborando lo que desde un principio había supuesto: el que tenía enfrente era un oponente a considerar. Ninguno de los santos de oro tendría una victoria clara ante alguien así, por eso era él quien lo había desafiado. Él no podía conformarse con superar a la pasada generación, como el resto persiguió a instancias del antiguo Sumo Sacerdote, él buscaba derrotar a Caronte de Plutón, la amenaza por la cual el Santuario se había armado. Desde ese punto de vista, el caudillo de los muertos era solo un obstáculo más. ¡Pero qué obstáculo era! Allí sobre su montura, orgulloso pese a haber caído presa de tres embustes, ya había ejecutado una técnica capaz de llevar la batalla por sí sola: como la mítica arma de Frey, la Espada de la Victoria seguía confrontando a los doce tesoros del Juez, aumentando en número de hojas por cada choque hasta que el campo de batalla era como el cielo estrellado: cuajado de luces azul pálido.

Miró de reojo cada par de armas doradas, todas empezaban a perder brillo y cristalizarse, el Lamento de Cocito se adentraba en su interior y Bolverk ya preparaba un nuevo golpe con el otro brazo, hasta ahora en reposo. Rayos emergieron de su puño alzado mientras el caudillo de los muertos rezaba un nombre lleno de poder.

—¡El Martillo de los Dioses hará añicos tu jaula de pájaros, heredero de Éxodo!

Miles de fragmentos azulados golpearon todas las armas de Libra desde cada dirección posible, negando a Arthur más defensa que la que él mismo podía aportar. Pero él no pensaba defenderse, sino atacar en la misma dirección y con la misma intensidad.

El Martillo de Dios chocó contra la inmensa ola de rayos de frío brillo liberada por Bolverk. Nunca antes la Sala del Veredicto había conocido tal poderío. La energía llenó por completo aquel espacio en apariencia infinito, semejante a una nova aniquiladora de toda existencia, mientras en su corazón se daba la auténtica lucha.

Y es que en el último momento, cuando las fuerzas estaban igualadas, Arthur ordenó a sus doce armas golpear a Sleipnir, a mayor velocidad de la que nunca habían alcanzado.

 

Cuando el negror volvió a adueñarse de todo, solo parecía quedar en pie Arthur frente al mismo río Flegetonte manifiesto. ¿Cómo si no podía describirse a aquel caudal flamígero, de un blanco puro, que caía sin descanso contra él? Con su brillo cegador, iluminaba las innumerables grietas que decoraban el manto de Libra, víctima del último choque. Con su color, bien podría destruir el preciado metal si su portador cedía aunque fuera una pizca ante la venganza de Sleipnir. Él había visto el último momento de su audaz ataque: las armas de Libra hirieron al semental, como si fuera un ser vivo y no una entidad de cosmos, y de los cortes brotaron llamas destinadas a destruirlo.

Pero él no podía caer, no contra ese enemigo. Un halo dorado lo cubrió por un momento y sus manos actuaron a la par de su rápida mente. Más que contener, moldearon el torbellino infernal hasta volverlo una esfera y, finalmente, nada.

—¿Qué clase de hombre eres, heredero de Éxodo? —cuestionó la voz de Bolverk desde el fuego restante, una columna del tamaño de un hombre a través de la cual podían verse sus rasgos. Las armas de libra, de una mortal palidez en sus bordes mil veces golpeados, servían de frontera al fuego—. Te he golpeado con mi espada y mi martillo, he hendido tu mente y he arrancado el alma de tu espíritu, ¿qué más puede hacer un rey para destruir a aquel que amenaza su reino? ¿O acaso no he luchado contigo, sino con una proyección de tu ser, un niño sonriente y cruel fuera de la jaula de pájaros?

—No eres ningún pájaro, rey Bolverk —contestó Arthur, sacudiendo la cabeza. El yelmo que la cubría se tornó en polvo estelar con ese movimiento—. Es posible para mí actuar del modo que dices. No obstante, un enemigo de tu altura se sobrepondría enseguida. Todo fue real, salvo el momento en que ejecutaste Helheim; no puedo permitirme luchar como un alma contra un rival como tú.

—¿Por qué razón?

—El Séptimo Sentido nos permite controlar nuestro cosmos, cuanto más nos acostumbramos a él, más fácil nos resultará emplearlo.

—¿Dices que ni siquiera tú, heredero de Éxodo, puedes decir lo mismo del Octavo Sentido? ¿Después de miles de años, el Santuario no ha aprendido nada?

Solo en ese momento Bolverk abandonó las llamas, revelando su estado. La armadura estaba agrietada en su mayor parte y tanto la hombrera como la protección del puño al que llamaba Martillo de los Dioses ya no estaban. En cuanto a heridas físicas, solo conservaba la primera que Arthur le había hecho. Más allá del ojo siempre cerrado, se diría que el caudillo de los muertos era tan invulnerable como un dios.

—No es una materia que me interese.

—Entonces eres un necio.

—O conozco algo mejor.

—Eso sería peor, heredero de Éxodo, eso llevó a los hombres del Santuario a atraer la cólera de los dioses sobre la Tierra. Siempre querían más, siempre.

—Nada sé de esos hombres —dijo Arthur—. Solo puedo hablarte por mis compañeros. Conocemos las virtudes del alma humana tanto como un recién nacido conoce su cuerpo, porque así estuvo dispuesto desde el principio.

—Esa es una comparación inexacta —objetó Bolverk—. Porque el hombre que descubre que no hay límites, que es posible ser más rápido de lo que nadie imaginó y que aun en el ambiente donde todo movimiento atómico ha sido reducido a cero puede andar, querría seguir aprendiendo. ¡Aprender está en la naturaleza humana!

—Y aprendemos —insistió Arthur—. Que no debemos abusar de una forma de combate que nuestros cuerpos no pueden seguir. Solo hacemos uso de este conocimiento cuando hay alguien que del mismo modo recurre a él. O tiene una montura especial.

Bolverk sonrió. Fue un gesto tan oscuro como el de los espectros de Cocito, si bien la piel no se cuarteó. Niebla, humo e hilos de fuego se arremolinaron alrededor del monarca, o más bien de su mano, cerrada de la misma forma que estaría sobre un arma.

—No he renunciado a destruir tu jaula de pájaros con Sleipnir, heredero de Éxodo.

—Tampoco yo cejaré en impedírtelo, rey Bolverk.

—Solo como un alma libre de las ataduras del cuerpo podrías tener esperanzas contra mi Asgard —advirtió Bolverk—. Y aun de esa forma, yo puedo llevar tu espíritu a una eternidad de sufrimiento. No puedes ganar esta batalla.

—Si debemos hablar de imposibles —dijo Arthur, más analítico de lo que daba a entender con sus palabras. Con Asgard, Bolverk no podía estar refiriéndose al arma que formaba en su mano re-utilizando la esencia de Sleipnir, sino una cualidad que estuvo siempre con él. Una barrera a cuerpo completo—, tú no puedes ver el futuro. Dejaste a quien podía hacerlo a su suerte.

El arma terminó de formarse antes de que Bolverk contestara. Una lanza magnífica, hecha del fuego de Muspelheim y el hielo de Niflheim.  

Gungnir siempre alcanzará su objetivo —aseveró Bolverk—, a través del espacio y el tiempo. Hay un futuro para mí, heredero de Éxodo, pues yo salí del infierno por mi propio pie. Para los tuyos, que se han arrojado a las fauces del inframundo, no habrá mañana. Guárdate de hablar de la suerte de otros sabiendo la tuya incierta.

Como para dar forma a sus palabras, blandió Gungnir de arriba abajo. El peto del alma de Libra estalló a pesar de que no hubo contacto, justo a la altura del corazón.

La mente de Arthur, más veloz que su alma y aún más que su cuerpo, relacionó la situación con un viejo mito, el de Siegfried. ¿Podía ser la invulnerabilidad del rey una técnica que mantuviera su cuerpo a salvo de cualquier daño, salvo una parte del mismo? Su ojo fue cegado, sí, pero antes de que iniciara la batalla y por la misma decisión del monarca, quien había decidido atraer para sí el daño que en otro caso habrían sufrido los miembros de su corte. Bolverk, adivinando sus pensamientos, sacudió la cabeza.

 

—La leyenda de mi descendiente sucedió mucho después de que yo muriera —advirtió Bolverk, adivinando los pensamientos de Arthur—. No es en él en quien inspiro mi técnica, Asgard, sino en Baldr, a quien ninguna criatura o arma podía dañar por orden expresa de la reina de los dioses. No hay puntos débiles en mi barrera, heredero de Éxodo, ¿puedes decir lo mismo de tu jaula de pájaros?

Tras lanzar ese desafío, el rey apretó Gungnir y le transmitió aún más poder del que había desplegado en su Martillo de los Dioses. La lanza, fuego y hielo entremezclados, se tornó de un color imposible de mirar, el perfecto opuesto a toda materia, a toda existencia. Una pizca del Ginnungagap, tal vez. Y si contaba con la misma cualidad que la Espada de la Victoria, como temía, partir el arma solo multiplicaría el problema.

«El mito de Baldr —se dijo Arthur—. Él se creía invulnerable, no obstante, murió por desconocer que había algo que pudiera herirlo.»

Era una terrible forma de resumirlo, pero en eso halló la respuesta a cuanto debía hacer justo en el momento en que el rey estaba por ejecutar su más poderosa técnica.

Por encima de todo, no debía permitir a alguien así regresar a la Tierra.


OvDRVl2L_o.jpg


#284 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

  • 913 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Acuario

Publicado 08 octubre 2021 - 18:04

Cap 97. El Power Ranger Blanco (Parte 1)
 
Vemos a Arthur de Libra en una escenario en el que parece rodeado por los 4 ríos del Hades que son extensiones de Bolverk, quien el 1 vs 1 se le hace aburrido y él quiere usar a su ejercito (prestado).
Pero pues Arthur no piensa olvidar las formas y lleva al tipo a su Sala del Veredicto a un duelo personal.
 
En tal pelea conocemos más el interior de Arthur, algo de su pasado y mira que él cree que puede ganarle a Caronte él solo, no sé si reírme XD.
Cuando Arthur usa las armas de libra a su alrededor me acordé de Noctis de FFXV jeje, alguna vez iba a darle una habilidad como el de ese sujeto ya que me parecía muy guay, pero no hubo chance.
En todo caso, Bolverk la ha tenido difícil y ahora recurre a una lanza especial en la que deposita toda su confianza.
 
Ya veremos quién vence y qué consecuencias habrá de ello.
 
CONTADOR DE MUERTES (de personajes con nombre) EN ESTA GUERRA: 7
 
PD. Buen cap, sigue así x3

ELDA_banner%2B09_.jpg

 

EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#285 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,551 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 11 octubre 2021 - 07:28

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl

Spoiler

 

***

 

Capítulo 98. Cosmos, puerta de la muerte

 

Icario de Boyero murió lejos de la batalla, sobre una mullida cama de hospital y acompañado de su pupila, Mera de Lebreles. Solo una vez arregló los asuntos del veterano, esta se unió al frente norteño y ahora cazaba a toda suerte de monstruos como un ejército de mil fieras guerreras enmascaradas. En ese mismo escenario luchaban Lesath de Orión y Aerys de Erídano, uno partiendo cabezas con puños de gigante, el otro escupiendo las llamas de un auténtico dragón sobre el bosque de muerte que los rodeaba, un ser viviente de maldad probada. Más allá de los gritos de dolor de las ninfas del asesinato y los aullidos de marinos y guardias, sedientos de venganza por los numerosos caídos, defendida su retaguardia por el valor Mil Manos Shiva, estaban Bianca de Can Mayor y Nico de Can Menor. Ambos tenían la forma de perros de oscuridad y como tales luchaban, con colmillos que hedían el alma y garras que desgarraban la carne de su rival, una Abominación con la forma de mujer hasta la cintura, donde empezaba una cola de serpiente. Los cadáveres de quienes le habían ayudado en esa trifulca decoraban el terreno bajo una capa amarillenta, rodeados por los restos de los hijos de la Abominación, prueba de su valentía. Solo una guerrera azul, Nadia, quedaba en pie entre todos los siberianos que habían que allí lucharon y era ella quien debía enfrentar a los otros engendros de la mujer serpentina.

Pero no todos los monstruos se quedaban en ese lado del valle de los muertos. Los que podían volar: arpías, Keres y pájaros de pico y diente metálico, cruzaban el bosque y llegaban hasta la mayor amenaza para las fuerzas del Hades, como estas ya intuían. Triela de Sagitario estaba rodeada por cuatro flechas, todas ellas consagradas a Atenea bañadas por una gota de su divino icor, por lo que no era de extrañar que los proyectiles flotaran alrededor de la de alas doradas. Sobre esta solían caer los engendros de la Abominación, mas en el momento justo sesentaiséis guerreros ciegos tomaron igual número de arcos y dispararon proyectiles envenenados. Realizaban tal acción gracias a un enlace con su ama, que llenaba sus heridos ojos de un brillo dorado, regalándoles la vista, y sus músculos comunes y armas corrientes del poder de la Edad de los Héroes. Con tales dones dieron muerte a los terribles enemigos mientras la Silente elevaba su cosmos hasta el paroxismo, siguiendo instrucciones precisas del Santuario. Al igual que los héroes legendarios y los cinco generales, la áurea arquera despertó a la Octava Consciencia, si bien de una forma tan peculiar como lo era ella.

El Trono de Hielo seguía intacto. Mithos de Escudo y Subaru de Reloj habían cumplido su labor, si bien el segundo lucía un gran cansancio. De todos los santos de Atenea enviados a aquellas tierras heladas, solo Fantasma de Lira se había tenido que retirar a la Ciudad Azul; un niño llamado Mime cuidaba de él. Mas poco podrían hacer ya estos ahora que Aqueronte empezaba a manifestarse; solo Nimrod de Cáncer, victorioso en su enfrentamiento con el Campeón del Dolor, le hacía frente con duras palabras y aun más recios puños, haciendo cimbrar el cielo pestilente. 

Sneyder de Acuario y Shaula de Escorpio salían victoriosos de sus combates contra los Campeones del Olvido y la Ira, si bien con heridas que requerían ser tratadas en la Fuente de Atenea a la mayor brevedad posible. Se dirigían al Santuario desde una isla destrozada en el último enfrentamiento que sostuvieron con sus oponentes. Al tiempo, Kanon de Géminis había alcanzado las puertas del Tártaro y encaraba a tres deidades, mientras que Arthur de Libra —indemne más allá de los daños sufridos por el manto dorado—, hacía frente al rey Bolverk en un espacio aislado del universo material.

Era el frente chino donde la situación se había complicado más allá de toda expectativa. Pese a los esfuerzos de Shun de Andrómeda, presente en el monte Lu para cumplir una función similar a la de las tres nereidas en el Norte, Occidente y Oriente, Cocito había podido reunir un gran ejército de almas y cuatro espíritus de gigantes, de los que solo quedaba el cuerpo, a medias cadáver, de la Gran Tortuga. En el profundo laberinto en que se había convertido el interior de aquel ser de montañoso caparazón, luchaban con admirable habilidad las jóvenes Alicia de Delfín, Presea de Paloma, Xiaoling de Osa Menor, Elda de Casiopea, así como Margaret de Lagarto, Noesis de Triángulo, Retsu de Lince, June de Camaleón, Ban de León Menor y otros santos de bronce, cada uno acompañado con un oficial de la Guardia de Acero, como Azrael, Leda y Helena, al mando de una unidad de diez hombres y equipado con un tosco mapa del lugar. Entre los hombres de hierro que lucharon contra las hordas del Aqueronte destacaron en especial las amazonas de la recién fundada Unidad Themiscyra y Soma, si bien ninguno de ellos podía compararse a la azarosa escolta de Emil de Flecha: con Lord Folkell y sus hombres, apenas había tenido que alzar el Arco Solar hasta llegar a su destino, el corazón del gigante, donde un coloso de hielo amarillento les esperaba por sobre una hueste de espectros de Cocito y soldados de Aqueronte. Los berserkers rieron al iniciar la carga, pero Folkell miró al santo de Flecha con severidad antes de unírseles con un sonoro grito de guerra, dándole a entender que todo dependía de él.

Y así era. Todo dependía de la destrucción de la joya que hacía las veces de corazón para la Gran Tortuga, alimentada a rebosar por el cosmos que los santos de Atenea gastaban para defender a sus compañeros de hierro. Mientras, sin embargo, estos solo podían seguir luchando, confiando en el buen juicio de Azrael a la hora de idear la estrategia de defensa y en los refuerzos que iban llegando. Marin de Águila, Pavlin de Pavo Real, Fang de Cerbero, Iolao de Serpiente Terrestre y sus compañeros de entrenamiento en la isla Andrómeda. Kiki, Nenya de Cincel, Fjalar de Escultor y su Batallón Gólem, venidos de Jamir, prestaban apoyo a todo grupo que encontraran desvalido. Entre los heridos que se habían tenido que retirar a lo largo de la batalla, Grigori de la Cruz del Sur, Hugin de Cuervo, Nicole de Altar, Makoto de Mosca, Rin de Caballo Menor y quienes habían heredado los mantos sagrados de Hidra, Lobo y Osa Menor, varios se pusieron en pie para regocijo de su cuidador, Minwu de Copa, quien los trataba en la villa Rodorio con todo el esfuerzo que no pudo imponer en el campo de batalla. Se habían puesto de pie, en buena medida, gracias a la habilidad del sanador, pero también por los gritos que oyeron de un compañero: Joseph de Centauro, áun con una herida en el alma que jamás sanaría, gritaba desde el mundo de los sueños su deseo de combatir y vengar a los caídos del hierro; nombró a Tiresias, el querido capitán de la guardia, y ya solo los que seguían inconscientes y graves permanecieron en merecido reposo. Los demás corrieron sin dudar desde Grecia hasta la lejana Naraka, a donde cayeron como estrellas fugaces, mensajeras de esperanza y de la vida que dos de sus hermanos de plata ya no poseían. Ishmael de Ballena y Yu de Auriga habían caído en combate hacía ya un tiempo, confrontando a la Abominación de Cocito; el manto sagrado del segundo ni siquiera existía. 

Ninguna ayuda podía venir de la Torre de los Espectros, inclinada por la terrible magia de los telquines. Si bien cualquiera de los que allí luchaban habría cambiado la balanza —tal vez para mal, pues el río Aqueronte bañaba el interior de la Gran Tortuga—, no era menos cierto que el mago que todavía quedaba sobre su cima era una amenaza todavía más acuciante que una nueva Abominación, y en  destruir su báculo dedicaba Adremmelech de Capricornio todos sus esfuerzos. Orestes de la Corona Boreal e Ícaro de Sagitario Negro debían estar todavía luchando con sus réplicas, las cuales no podían destruir a riesgo de perder sus propias vidas en el acto. En cuanto a Garland de Tauro, también lo distanciaba otra tarea titánica de ayudar a sus compañeros: el Gran Abuelo estaba en el río Cocito, destrozando el caparazón helado que el dios de las Lamentaciones había puesto en torno al alma de los santos de Atenea caídos a lo largo de la guerra. Una sombra del Leviatán del santo de Ballena, hecha de fríos aullantes, gritos de dolor y sollozos de infantes quiso devorarlo, pero él fue quien llevó al terrible espectro a la más pura extinción: la de todo lo existente en el Caos primordial.

Ofión de Aries también se alistaba para encarar a un dios, Leteo, el río del olvido. Ningún santo de bronce, plata u oro quedaba, pues, en el continente Mu, no a primera vista, al menos. Shizuma de Piscis, impulsada por un nuevo poder, había despachado a la Abominación de Flegetonte que respondía al nombre de Ker y ahora ayudaba de forma sutil a los cincuenta batallones que luchaban en las montañas del continente: ya fueran soldados, ya capitanes, todo hombre del mar, de Hybris y de la Guardia de Acero tuvo alguna ayuda, si bien Faetón alardearía de sus grandiosas hazañas tanto como Sorrento dudaría sobre lo ocurrido en su duro combate contra los fantasmas de Mu, a buen seguro el más intenso de cuantos se libraban en esa tierra. De no menor relevancia, empero, era la lucha de Munin de Cuervo y Katyusha contra la Abominación de Flegetonte, semejante a la mujer serpentina del frente norteño, pues los engendros de la criatura, los legionarios que ascendían por la montaña y las llamas blancas con las que pretendían arrasarlo todo dificultaban el dar muerte a su objetivo. En su favor, la santa de Piscis se ocupó de los catoblepas que iban a la vera de los legionarios, arrasándolos al frío espacio exterior donde no podrían causarle daño a nadie.

 

***

 

Lucile de Leo estaba a su lado. La sentía tan cerca como lejos sentía la presencia de Seiya de Pegaso y, más importante, Shiryu de Dragón, Hyoga de Cisne. Ikki de Fénix y Shaina de Ofiuco. A todos ellos, desaparecidos hacía mucho, trece años en caso de la portadora de Serpentario, los sabía vivos por mucho que fuera incapaz de localizarlos, y eso llenaba a Akasha de Virgo de una dicha empachada por la tristeza de las muertes cosechadas por tan terrible y odiosa guerra.

No sabía todo lo que pasaba en ella, desconocía las desventuras de muchos caballeros negros, guerreros azules, marinos e incluso los soldados de la Guardia de Acero que no estaban acompañados por un santo de bronce, plata u oro, pues aun si ella los consideraba también dignos santos de Atenea, envestidos por el hierro, lo cierto era que ninguno portaba un manto sagrado. Y, oh, estos hacían la diferencia más de lo que habría imaginado, ahora era capaz de sentirlo. Oricalco, gammanium y polvo de estrellas, se había dicho que esos eran los componentes de los mantos sagrados, pero estos no habrían sido creados sin un cuarto: icor, una gota de la sangre de Atenea fue vertida en la creación de esas gloriosas protecciones, mal llamadas armaduras al ser en realidad seres vivientes que luchaban junto a su portador, a su manera. Aun si ese regalo de la diosa de la sabiduría y la guerra justa había sido dado hacía milenios, de modo que no quedaba rastro aparente de la minúscula gota de sangre divina, ella lo sentía como  faros que la guiaban hacia todos los que luchaban. Así sabía quién luchaba, quién había perdido la consciencia y quien ya no despertaría nunca más.

El dolor le hizo cometer una imprudencia. Si bien ahora estaba conectada a todos los mantos sagrados, pensó en el de aquella que podía servir a sus propósitos y así potenció a Shizuma, capaz de llegar a donde ella ni siquiera tenía ojos u oídos: el continente Mu. Eso fue un error, no era parte del plan de su maestro, pero no se arrepentía. De todas formas, poder era algo que le sobraba ahora mismo. El poder del Santuario, también proveniente de Atenea, fluía por su cuerpo y la hacía sentir que era capaz de cualquier cosa. Viéndose a sí misma a través de los ojos de Lucile, su leal guardiana, no estaba cambiando solo en el interior: el cabello cambiaba, adoptando el color de la plata; el cosmos, emanante de la toga papal, ya no era dorado ni de ningún otro color en específico, sino transparente, místico, tal vez divino. Si así lo habría querido en ese momento, todas sus heridas del pasado serían borradas. La muerte y la enfermedad no alcanzarían jamás el cuerpo que podría construir para su alma, una vez desechando el viejo. Por supuesto, no tardó mucho en rechazar esa tentación.

Tenía poder, un poder inmenso destinado a cumplir un propósito muy específico. No solo en los mantos sagrados había el icor de  la diosa Atenea, sino también en las manos de tres personas escogidas para una gran tarea, y las de uno al que el azar había seleccionado contra toda expectativa. Eran Nimrod de Cáncer, némesis por elección del Aqueronte; Ofión de Aries, manantial de recuerdos y vidas, idóneo rival para Leteo; Kanon de Géminis, un guerrero al final, quien abandonó la toga papal con el firme propósito de librar una batalla para la que no habría vuelta atrás, y Garland de Tauro, tan misterioso como el guardián del cuarto templo zodiacal. Todos ellos tenían a buen recaudo un talismán escrito por la sangre de la anterior reencarnación de Atenea, la que fuera adoptada por Mitsumasa Kido y defendida contra tremendos enemigos por los héroes legendarios; si bien Garland de Tauro debía haberle pasado el suyo a Sneyder de Acuario, la opción evidente para el último de los ríos infernales, no había vuelta atrás ahora. Uno estaba en el mundo de los vivos, el otro estaba en el Hades.

Triela —dijo la Suma Sacerdotisa, no a través de sus labios cerrados, ni mediante la telepatía, sino de otra forma. Una voz que reverberaba a través del enlace entre los mantos sagrados, las Ochenta y Ocho Puertas del Cielo—. Es el momento.

La Silente había diseñado la técnica, el antiguo Sumo Sacerdote había ideado un plan en torno a ella y quedaba en manos de su sucesora el que fuera ejecutado.

 

***

 

La meditación de Triela acabó solo cuando el último de los Arqueros Ciegos cayó, atravesado por una lanza de tal grosor que le cubrió un tercio de la cabeza.

Antes, esos desafortunados soldados a los que cegó la habían protegido no solo de los monstruos, sino también del propio Aqueronte gracias a la chispa de cosmos que les había ofrendado: viendo sin ojos, liberaban con sus flechas las almas que el Aqueronte empleaba de la misma forma que hacía la Guardia de Acero. En más de una ocasión, el brazo que Nimrod desviaba recibía decenas de saetas, todas acertando en el cuerpo creado por el dios del dolor, mientras era todavía una vulnerable masa de cadáveres flotando por aguas de muerte y enfermedad. Por cada tiro, un espíritu era liberado, mas almas era lo que más poseía al pestilente hijo de Océano y Tetis, de modo que este podía responder a los ataques y lo hacía con tal violencia que monstruos y hombres eran despedazados sin hacer diferencia alguna. Al final, los Arqueros Ciegos habían muerto y todavía quedaban monstruos en el cielo, algunos alrededor de Bluegrad y otros sobrevolando por encima de las nubes, demasiados. Triela se levantó.

Al avanzar, las alas de Sagitario se extendieron, proyectando su sombra sobre el último defensor, el último de los Arqueros Ciegos. Triela posó la mano en el hombro de aquel soldado, por toda una vida cobarde, por un día, o al menos unas horas, tan valeroso como cualquier ateniense. El cuerpo de Claudio no tardó en deshacerse.

Triela, tomando una pizca del polvo al que quedaron reducidos sus hombres, acercó el puño cerrado al corazón. Al abrir la mano, de esta salieron cuatro chispas que chocaron con el suelo, liberando una explosión de luz. Las flechas de oro, acaso reaccionando a tan brillante destello, vibraron en un ritmo uniforme antes de caer al suelo. Ni el estallido ni las cuatro grietas abiertas en la tierra generaron ruido alguno.

Como cualquier ateniense entrenado para luchar aquella guerra, Triela era consciente de lo que significaba la falta de sonido. Durante un cierto tiempo, ni ella ni nadie oiría nada, en especial el lamento constante de las almas que Aqueronte usaba para formar ese cuerpo inmenso y deforme. Y luego lo primero que oiría todo aquel que estuviese en el bosque serían sus propios gritos de dolor; el sufrimiento de miles, si no millones, de almas en pena sería transmitido a todos los que luchaban por sobrevivir.

Un sufrimiento al que ella y los Arqueros Ciegos habían contribuido, pues las flechas que sin cesar dispararon estaban impregnadas por un veneno sin par. Miró el cuenco vacío que tenía a los pies, antes lleno de agua y una única gota de un líquido que le ofreció el anterior Sumo Pontífice. Era el icor de Atenea, cargado de un poder divino capaz de expulsar a las fuerzas del Hades al lugar del que provenían. Gracias a él habían purgado algunas almas del Aqueronte, unas gotas tomadas de un río inmenso.

Si bien Triela no conocía la naturaleza exacta del líquido, por no haber pedido explicaciones, le bastaba ver el cuerpo de Aqueronte —una montaña de aire y líquido amarillento en la que incontables soldados se fundían entre sí, sin dejar de alzar sus armas contra Nimrod— para entender que el veneno lo estaba afectando. Se retorcía todo el tiempo, fallaba los golpes mientras el santo de Cáncer no perdía la sonrisa en ningún momento, como si hubiese nacido para esa batalla y supiera que iba a ganar.

Tomó por fin el arco dorado, la más temible arma entre la élite zodiacal, y le colocó una de las flechas, la Enfermedad. Nadie, ni siquiera Aqueronte, escuchó el momento en que el arco se tensó, ni tampoco el silbido de la saeta al cruzar la distancia hasta el objetivo.

—Ah… —fue todo lo que pudo decir Nimrod antes de proferir un gemido gutural de puro dolor. La flecha, disparada para alcanzar la fuente del poder de Aqueronte, había atravesado el corazón del santo de Cáncer.

Atónita, Triela contempló cómo aquel misterioso guerrero caía algunos metros antes de ser atrapado por Aqueronte, cuyo cuerpo, ya adoptando la forma de un anciano de larga y poblada barba, se retorcía. La piel, apenas formada, bullía y se ondulaba como agua hirviendo; la coraza, oscura sobrepelliz, temblaba y vibraba, como si cada uno de los fragmentos que la conformaban estuviese librando una batalla con el resto. Los ojos del dios vieron por fin a la arquera celestial, todavía con el arco en las manos, estaban desorbitados, expresando una confusión de lo más humana.

Y es que así fuera un dios, Aqueronte utilizaba almas humanas para manifestarse más allá del dominio que Zeus dispuso para él. Con el poder místico que extraía de aquellas almas, devoraba el cosmos de los santos y otros guerreros de semejante destreza, que usaba para crear cuerpos igualmente humanos. Al final, se servía de esos cuerpos para crearse uno propio, así como la armadura. Esa quimérica forma de lucha era la mayor debilidad de los ríos del infierno, como bien supo ver Kanon trece años atrás.

El recién formado dios desapareció en el mismo silencio absoluto que había ordenado, como si todo aquel tiempo no hubiese sido más que una ilusión, el resultado de un juego de humo y espejos. Se llevó consigo a Nimrod, para sorpresa de Triela, quien no podía saber si el cuerpo del santo de Cáncer había sido destruido o solo transportado al Hades.

Las otras flechas bendecidas por el icor de Atenea, el cosmos del Santuario y, tal vez, el sacrificio de los Arqueros Ciegos, pasaron por el arco una tras otra, siendo necesario todo el poder de la Silente para tan solo tensar el arma dorada y disparar los proyectiles.  Hambre para Flegetonte, fuego eterno; Muerte para Cocito, de todos los ríos el que mayor odio recibía desde el corazón de los santos; dudó unos segundos en disparar la última, la de la Guerra, que iba para aquel que se adueñaba de un sinfín de recuerdos.

Ella atesoraba un recuerdo muy vívido, el de saberse a sí misma impotente mientras su familia, una mafia de poca importancia en la ciudad de Nueva York, era masacrada por los caballeros negros. Algunos de los hombres que luchaban en el renacido continente Mu habían asesinado a su padre y a su madre, a sus abuelos y amigos…

La flecha cruzó a través del bosque maldito, que empezaba a desmoronarse. Los supervivientes del ejército aliado escucharon con claro alivio el silbido de la saeta, aunque para entonces esta ya estaba sobre las brumosas tierras de los Mu, aproximándose al nacimiento de Leteo, dios del olvido. Llevaba consigo la Guerra, que disociaría las memorias que aquel antiguo ser había devorado a través de los eones.

No había espacio en el corazón de Triela para odios inútiles. Al tomar el áureo manto, no era ya más esa niña italoamericana a la que su hermano mayor le tapó la boca durante largos y sangrientos minutos de vigía. Era más que eso. Debía ser más que eso.

Preguntándose aún por qué la Enfermedad había alcanzado a Nimrod, Triela se alzó a los cielos de un gran salto. Allí, aún le esperaban las Keres y otros monstruos del pasado, llenos de ira y una insaciable sed de sangre y venganza.

Por el bien del mundo, todos debían ser aniquilados.

 

***

 

Con solo estar frente a uno de aquellos seres encapuchados, Kanon ya habría entendido de sobra que no tenía la menor posibilidad de sobrevivir. Bajo el embozo, donde los cabellos, unos más largos que otros, brillaban con el mismo tono ardiente del Flagetonte, podía detectar un poder que empequeñecía al de los espectros de Hades. Con toda probabilidad, cualquiera de aquellas mujeres habría pulverizado a los tres Jueces con solo mirarlos desde donde ahora estaban, a las puertas del Tártaro.

Él estaba frente a las tres Erinias, llamadas Benévolas para no despertar la ira de la más antigua encarnación de la justicia. Eran hijas de Urano, al igual que la primera ninfa de los fresnos y los gigantes, y se decía que solo respondían ante Hades.

—Soy consciente de mis faltas —se adelantó a decir, pues el solo hecho de saberse observado por las diosas lo asfixiaba. Si alguien le hubiese arrancado el corazón ahora, no lo habría notado, ni siquiera podía oír los latidos—. Pero no es el momento de pagarlas, hay algo que debo hacer primero.

Mostró el sello  marcado por la sangre de Atenea, el mejor escudo que tenía ahora mismo. Las Erinias no mostraron el menor atisbo de sorpresa, mucho menos miedo. La más alta, Tisífone, chistó, sacando a relucir un látigo capaz de destruir el cuerpo y el alma de cualquier mortal, así como de dar tormento eterno a quienes no podían morir.

Kanon se preparó para luchar, lo que hizo que la menor de las Erinias soltara un extraño gemido, a medias risa y a medias compasivo, como lamentando la testarudez de los hombres. Los brazales de Géminis chocaron, liberando la música de los soles al morir.

Y entonces una de las flechas de Triela, el Hambre, cayó a los pies mismos del Tártaro, donde fluía la sangre de aquel abismo primordial. Para asombro de las Erinias —Kanon asumió que era asombro, pues desviaron la mirada hacia atrás, casi olvidando que él estaba allí—, el fuego eterno del infierno fue atraído por el dorado proyectil, que empezó a devorarlo sin sufrir el más mínimo de los daños.

—No por mucho tiempo —acusó Kanon, quien ya cubierto por el cosmos que había despertado para librar una batalla imposible, recordó el delicado procedimiento que seguía para abrir un portal a la Otra Dimensión. Lo invirtió, sello en mano, y empezó la ejecución—.  ¡Es hora de que los vivos y los muertos se separen! ¡Gran Implosión!

Las letras del sello brillaron con tal intensidad que ahogaron el insignificante destello que pudiera emitir el manto de Géminis. Las Erinias, para fortuna del guardián del tercer templo, no pudieron atacarle en ese momento.

Usando la flecha de Sagitario como punto de apoyo, Kanon cerró para siempre el nexo que unía a la Tierra con el río Flagetonte.

—Ahora es cuando puedo escucharos —dijo el antiguo Sumo Pontífice, dejando escapar el sello. Este se volvió cenizas, las cuales se impregnaron en el nocivo aire que había en el lugar, cerrando la brecha abierta hacía tanto tiempo—. No mentía al decir que soy consciente de mis faltas.

Las Erinias se miraron, extrañadas por la rapidez de los acontecimientos, y luego se volvieron a la vez hacia el santo de Géminis.

El látigo de Tisífone restalló con furia.

 

***

 

Tras un millar de combates contra completos desconocidos donde esperaba ver a los amigos de antaño, Garland llegó ante la faz de Cocito tal y como esperaba estar. Casi derrotado, cubierto de escarcha y tiritando, no por el frío, sino por las numerosas heridas que le habían infringido. Eran superficiales, sí, pero no cerraban, no en el infierno, y al fin y al cabo venían cargadas con el Lamento de Cocito.

Lanzó al rostro inmenso de Cocito una mirada desafiante, aunque no pudo evitar un estremecimiento. En la Tierra, los ríos del infierno podían ser enfrentados por los santos de oro, en el Hades, en el lugar del que nacían, la situación era muy distinta.

La mayor paradoja de todo aquello era que solo en el lugar donde eran invencibles, los dioses del dolor, la furia, el lamento y el olvido podían ser derrotados.

En eso había radicado la gran estrategia de Kanon, un golpe maestro que pudieron ejecutar a medias. Cuatro santos de oro seguían a los ríos a través de la brecha que usaban para entrar a la Tierra, viejas grietas en el mundo abiertas en el pasado para conectarlo con el reino de los muertos. Protegidos por un sello de Atenea, debían distraer a auténticos dioses en su dominio el tiempo suficiente para que Triela disparase la flecha de Sagitario, regalo de la diosa Atenea, sobre cada uno de ellos. Habían  tenido algunos tropiezos, como que fuera él y no Sneyder el que llegara a Cocito, y que fuera Nimrod y no Lucile quien tuviera que ocuparse de Aqueronte, pero no siempre en sentido negativo. La alianza con Hybris les había granjeado no una flecha, sino cuatro.

Garland se vio tentado a suspirar aliviado cuando, antes de ser atravesado por lanzas de hielo creadas por el mismo Cocito, una flecha le impactó en la frente espectral, fulminándola en un instante. La Muerte, sin duda.

«Debo ser rápido —se dijo, bañado en sudor, mientras sacaba el sello que Kanon le había dado. Este brilló, ofreciéndole una calidez única, divina—. A los dioses no les gusta nada eso de morirse, en especial cuando se mueren.»

Un destello cubrió la totalidad del Cocito, tanto el tormentoso camino recorrido por Garland, lleno de guerreros sagrados, cuanto más allá. Al santo de Tauro le gustaba pensar que en las profundidades, donde mil millones de almas seguían atrapadas desde los tiempos del diluvio, también sintieron esa divina calidez. Le reconfortaba solo imaginar que su gente tendría al menos un poco de paz.

Cuando terminó el corto ritual y el papel se deshizo en cenizas, que se unieron a los fríos y fuertes vientos del último círculo infernal, Garland cayó, abatido, sonriendo.

 

***

 

Ofión de Aries, aun siendo consciente del plan ideado por Kanon, no tenía forma de saber que los demás hubiesen tenido éxito. Estaba en un plano distinto al de la Tierra, mientras que el Tártaro estaba tan lejos del Muro de las Lamentaciones como los Campos Elíseos. Aun Cocito, debido a la influencia del dios que lo dominaba, era insondable para los prodigiosos sentidos del santo de oro.

Así que lo mejor que podía hacer era continuar el desigual enfrentamiento contra aquel que regía el olvido. Con no poco esfuerzo, esquivando una infinidad de ataques apareciendo y desapareciendo en uno u otro lado, logró encerrarlo en un cofre gigante de apariencia similar a la del Muro de Cristal. Aquella prisión, Arca de Cosmos, no cesaba de emitir vibraciones que solo podía escuchar el prisionero, en medio de violentas corrientes energéticas que habrían de sorberle la fuerza vital.

Lo normal era que quienes caían presa de aquella técnica acababan, si no agonizantes, al menos lo bastante debilitados como para que el siguiente ataque fuera letal, pero la expresión de Leteo tras las paredes cristalinas era de total indiferencia.

—¡Maldición! —gritó, observando un sutil movimiento en el aire frente al Muro de los Lamentos. Justo en torno al hueco, algo se estaba formando.

Estaba a punto de incitar la explosión del Arca de Cosmos cuando la última de las flechas sagradas disparadas por Triela le pasó por encima del hombro. Tan implacable como su dueña, el proyectil se clavó, no en el ser atrapado en la prisión energética, sino en la brecha abierta en el pasado por los santos de oro.

—¿El Muro de los Lamentos es el cuerpo de Leteo? —se preguntó Ofión, con los ojos muy abiertos. No parecía tener sentido, hasta que cayó en la cuenta de que el río del olvido era la única vía hacia los Campos Elíseos. Si la pared que lo separaba del resto del reino no era el cuerpo de Leteo, al menos debía ser una parte de él.

Mientras se le escapaba un suspiro de alivio al sentir que la Guerra estaba reteniendo al dios —enfrentando entre sí los innumerables recuerdos que este había consumido—, Ofión sacó el sello de Atenea. Pero antes de poder liberarlo cayó de rodillas, preso de un gran dolor que se extendía por los cuatro rincones de su mente; un momento antes de caer inconsciente vio cómo la forma de Leteo se deshacía en un gran mar, que devoraba la totalidad de la estancia, desde el Arca de Cosmos hasta su propio cuerpo.

 

***

 

El mismo destino estaba corriendo Belial, guardián de aquel pequeño reino en el plano astral que eran las memorias de todos los santos de Aries. Hasta el momento había librado una batalla interesante con Leteo, exigiéndole tantos esfuerzos que no parecían sobrarle fuerzas para luchar en condiciones en el exterior. Claro que era difícil saberlo, pues el dios se limitaba a bloquear con sus cadenas, recuerdo exacto de las del santo de Andrómeda actual, todas las técnicas y ardides que su orgulloso oponente conocía.

—¿Hasta cuándo piensas jugar, diosecillo? —cuestionaba Belial, airado.

—Eres mortal —respondió Leteo, como quien dice que el sol saldrá por el este—. No puedo tomarte en serio, sería cruel de mi parte.

—¿Por eso Shizuma de Piscis sigue viva?

—He olvidado quién es.

—¿Acaso me dirás que también olvidaste a Ofión de Aries, tu rival?

—Creo que eres tú quién ha olvidado quién es su rival.

Así hablaba el dios, con un tono tan tranquilo que ni siquiera podía saberse si le estaba gastando una broma. En verdad, no parecía estar tomándose nada en serio.

Todo cambió cuando la flecha de Triela se clavó en el Muro de los Lamentos. Las cadenas se deformaron en una sustancia a medias líquida, a medias sólida que ató a Belial y su trono de forma irremediable. Desde ahí, el primer santo de Aries solo pudo ver cómo el amplio salón era llenado con la verdadera apariencia del río Leteo; resultaba extraño recordar que el dios era justo eso, un río como los que abundan en el mundo de los hombres, solo que hecho de recuerdos y con una consciencia particular.

—¿Qué habéis hecho? —cuestionaban aquellas aguas, haciéndose oír por sobre el sonido de un millar de muros al derrumbarse. Uno tras otro, los pasados de todos los santos de Aries peligraban a la vez—. ¿Es esto lo que Damon…?

—Soy un dios —le interrumpió Belial, harto de juegos. La vasta fuerza de sus pensamientos se puso a prueba, haciendo retroceder el río, alzando paredes de consistencia cristalina allá donde las auténticas habían caído—. Abandona mi reino, usurpador, y perdonaré tus crímenes. Prosigue y perecerás.

—Eres arrogante.

—Como corresponde a mi naturaleza.

—Hasta el más insignificante de los inmortales está por encima de un falso dios.

—¡Nadie que se considere insignificante puede ser llamado dios!

Por última vez, Belial quiso tomar el control de aquel río desbocado, pero las ondas telepáticas de su cerebro eran devoradas por las aguas, presentes en toda la estancia salvo en las cercanías de su trono elevado. Y pronto hasta ese sector seguro volvió a ser sobrepasado por Leteo: como una simple capa uniforme de líquido color azul oscuro, avanzó hacia el asiento, rodeó las botas, las piernas y la cintura del autoproclamado dios ya de pie y lo paralizó. Belial solo pudo gruñir antes de que tal sustancia llegara hasta sus mejillas. Para entonces, todo el salón era propiedad de Leteo.

—Antes de que Damon se apodere de esto, lo destruiré, ¡debo destruirlo!

—Te equivocaste.

La voz que interrumpió la repentina locura de Belial conmocionó todavía más al río del olvido. En esta ocasión, por escasos instantes, fue él quien detuvo toda acción.

—Eres tú el que olvidó con quién peleaba —dijo Belial, empleando una voz que no era suya, antes de que el rostro del primer santo de Aries pasara a ser el del último de aquellos, Ofión—. Ya nos preocuparemos nosotros de Damon, a su tiempo.

—Te recuerdo —confesó Leteo con infinita tristeza. Un millón de rostros aparecieron por el salón del trono, todos antiguas formas que aquel dios había tomado, pero solo la cara de Shun habló, dolorido—. Te recuerdo a ti y a Aoi.

—Yo también —dijo Ofión de Aries, ocupando el trono del pasado. Las aguas del olvido seguían pegadas a él, aun mientras alzaba el brazo que sostenía el sello de Atenea—. Creo que yo también te recuerdo, Leteo. Creo que lo recuerdo todo.

La mente es un lugar más, esa era una importante lección que Shizuma Aoi le había enseñado, así había podido traer el preciado sello hasta el plano astral. Pues Leteo, río del olvido, no era más poderoso en el hondo Hades, sino entre los recuerdos de los hombres. Era, por tanto, allí donde debía ser derrotado.

—Creía que eras Belial, el falso dios de Aries —dijo Leteo mientras las aguas se retiraban, dejando un mundo todavía rico en recuerdos.

—Y lo soy —aceptó Ofión—. Soy Belial, Neoptólemo, Avenir, Shion, Mu y muchos otros que me precedieron. Es por eso que soy yo quien te combatió.

—Ningún otro habría podido —dijo Leteo—. Has sido un rival astuto.

Ofión de Aries abrió los labios para decir que solo había tenido suerte, pero los cerró al punto. Uno a uno, los rostros de Leteo desaparecían, pronto también lo haría aquel que usaba para hablar, el que era idéntico a Shun de Andrómeda.

—Damon de la Memoria no dejará que la legión de Leteo regrese al Hades, la tomará para sí y yo ya no podré impedírselo. Cuidaos de él.

—Así lo haremos.

—Volveremos a vernos, en otro lugar y con otra forma —prometió el dios.

—Con el debido respeto, espero que eso no ocurra —dijo Ofión, sincero.

Al final de una guerra, los hombres merecían un período de paz, él lo necesitaba. Pero los hombres poco saben del futuro y el destino como para replicar nada a los dioses.

 

***

 

Al despertar, lo primero que hizo Ofión fue mirar en derredor, cerciorándose de que tanto el Arca de Cosmos cuanto Leteo habían desaparecido por completo.

Tal y como ocurrió en el Tártaro, Cocito y el Aqueronte, la grieta en el tejido de la realidad que permitía a uno de los señores del Hades entrar a la Tierra se cerró. Sin embargo, contrario a las expectativas del santo de Aries, el Muro de los Lamentos no volvió a la forma original que estuvo a punto de aplastar las esperanzas de los héroes legendarios. ¡Al contrario! Lo que quedaba de aquella pared, que materializaba toda desesperación humana, se volvió transparente e intangible, similar a un fantasma.

Una energía estática recorría cada palmo de la muralla espectral. Por un momento, rechazó aquella visión y volvió a buscar a Leteo, ¿de verdad lo había derrotado?

—Parece imposible… —se dijo, confuso. Se suponía que la flecha de Sagitario afectaría a las legiones del inframundo, a la vez que mantendrían quietos a los ríos infernales el tiempo suficiente como para aplicar el sello. Habían usado herramientas divinas para sellar dioses, pero aun así la victoria lograda le sentaba extraña, como un sueño—. Uno que recordaré durante toda mi vida, pues nunca más cederé mis memorias al olvido.

Tan arrogante promesa se vio rota en el preciso momento en que regresó la mirada al muro. Olvidó, presa del divino influjo de su oponente, cualquier otra cosa que no fuera el nuevo monumento, en el que un rey solemne miraba hacia abajo, a una diosa que sostenía entre las manos el mundo de los hombres. Un mundo inundado.

Se quedó ahí quieto a través de los segundos y los minutos, sin poder ya recordar la forma original del Muro de los Lamentos. Tardó mucho en pensar que había un riesgo que correr luego de una estrategia tan osada: habían sellado cualquier entrada al infierno desde el interior, encerrándose a sí mismos; el icor de Atenea, que bien pudo haberlos salvado, fue empleado con un fin más altruista, el de salvar a toda la humanidad.

—A todos los seres vivos —se corrigió Ofión, clavando los ojos no en el rey y la diosa, sino en el mundo que esta parecía estar mostrándole al primero.

Y entonces, reflexionando, decidió que había peores formas de morir que contemplando esa maravilla. Se quedó allí, sin pensar en nada más, volviendo a dejar atrás todo lo pasado, pues el olvido, como todos los dioses, es eterno y no conocerá jamás la muerte.


OvDRVl2L_o.jpg


#286 Seph_girl

Seph_girl

    Marine Shogun Crisaor / SNK Nurse

  • 913 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Acuario

Publicado 15 octubre 2021 - 13:03

Cap 98. Las 4 flechas del apocalipsis
 
Empezamos con que Icario murió, pero no fue por batallas de las peleas presentes por lo que no puede ser tomado para el contador, lo siento santo veterano, que la fuerza te acompañe.
 
Y mientras volvemos a ver cómo les va a los que juguetean por el parque de diversiones del Aqueronte, vemos que Triela esta siguiendo un plan que incluye 4 flechas con la sangre de Atena.
 
Nos dan un rápido resumen así no mas de lo que ha acontecido en esta guerra y en los puntos en que se encuentra cada frente y personaje.
Vamos a Akasha después de un buen de tiempo, quien como buena líder está lejos de la batalla pero no tomando soda sino fortaleciéndose con el cosmos de Atena para algo espectacular (presumo).
 
Triela ve morir a sus arqueros ciegos, nombrando al ultimo de ellos como Claudio por lo que va al contador (+1) (así son las reglas que puse y debo seguirlas... el autor lo dejó claro cuando omití al hombrecillo aquel de Bluegard jaja)
 
Anda, que las flechas de Triela con cosmo de diosa + veneno misterioso es para purgar a los cuatro ríos del infierno. Al fin vemos a Aqueronte sufrir, joer, eso es bastante satisfactorio. Enfermedad para él, Hambre para Flagetonte, Muerte para Cocito y Guerra para Leteo, ¡tomen eso familia más tramposa de la existencia! Mujajaja.
Me ha encantado esto, pues diseñaste algo tan genial y coherente para expulsar a los ríos al Hades usando las flechas que representan a los 4 jinetes del apocalipsis, BRAVO.
 
Mira, que de paso descubrimos que Triela podría ser familiar lejano de Don Vito Corleone (El Padrino)
 
El cap termina con los ríos sellados y de regreso al Hades, todo pinta que esta guerra está por terminar pronto.
 
 
CONTADOR DE MUERTES (de personajes con nombre) EN ESTA GUERRA: 8
 
Brindemos por Claudio, representante de todos los arqueros ciegos que murieron en este episodio.
 
anne-hathaway-toast.gif
 
PD. Un capitulazo, sigue así x3

ELDA_banner%2B09_.jpg

 

EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 67. "Epílogo"


#287 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,551 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 18 octubre 2021 - 11:18

Saludos

 

¡Buen review, sigue así!

 

Seph Girl

Spoiler

 

***

 

Capítulo 99. Dunamis, ventana a la vida

 

El bosque de la muerte, como era conocido por quienes allí luchaban sin descanso, recibía por fin aquello que había dado a tantos valientes: una muerte agónica e inevitable. Los árboles contrahechos se inclinaban hasta partirse y caer al suelo como miles de astillas, algunos con una rapidez inexplicable, como si un fuerte vendaval los hubiese arrancado de la tierra. Otros, para horror de los combatientes que observaron aquel fenómeno, morían con espantosa lentitud, tomando al tiempo la forma de ninfas descarnadas que supuraban salvia por todo su cuerpo y pedían piedad a gritos.

Las ninfas del asesinato eran las únicas que hablaban, pues fueron los hombres los que escogieron usar sus árboles para construir armas dadoras de muerte en tiempos pretéritos. El resto de la legión Aqueronte, infectada por la Enfermedad transmitida a través del río del dolor, solo proseguían su lamento eterno y blandían sus armas tal y como habían hecho desde un principio. La única diferencia respecto al resto de la guerra, era que quienes caían ya no eran sustituidos con rapidez por nuevos soldados cubiertos de desesperación y armados con la muerte, sino pálidas criaturas maltrechas, retorcidas sobre sí mismas, de huesos blandos que no podían siquiera sostenerlos en pie. El sufrimiento, por descontado, debía otorgarles poder, pero la Enfermedad les impedía hacer uso de él y los soldados de la Guardia de Acero estaban ya acostumbrados a dar el merecido descanso a esas huestes, así que la batalla no tardó en decantarse a favor de los vivos. En el extremo del bosque que daba a la Ciudad Azul, donde un nutrido grupo de combatientes había defendido con creces la urbe del, por llamarlo de algún modo, ejército de tierra del Hades, todos suspiraron de alivio.

Lejos de allí, las cosas eran muy distintas. La repentina ira que dominó a Bianca de Can Mayor seguía viva donde el resto de santos de Atenea miraban esperanzados cómo Aqueronte iba desapareciendo del cielo, sonriendo por el futuro que vendría. Ella no miraba al firmamento, sino a su presa, la Abominación serpentina que todavía podría engendrar más monstruos para la guerra. Ya fuera por eso o por un odio secreto hacia las fuerzas del Hades, Bianca empezó a arrancar pedazos del cuerpo de aquella criatura, ora el lado humanoide, ora el serpentino. Nico, contagiado por la rabia que su hermana destilada desde su cascarón canino, hecho de sombras, mordía también, y sobre todo desgarraba las partes del monstruo descubiertas.

—Yo también tengo cuentas pendientes con esta cosa —se quejó Nadia, sorprendida por la extraña fascinación que esa escena le provocaba. De repente, aquella madre de monstruos parecía la víctima, al ser atacada por dos bestias oscuras sin tener la más mínima oportunidad de atacarles, como hacía antes de que el bosque empezara a morir. Sin saber si era un acto de compasión o de venganza, asió Cortaúñas, el hacha mágica que la capitana Katyusha le había regalado, y dijo—: ¡Regresa con tus hijos, demonio!

El hacha, tras trazar un arco horizontal, liberó una onda de mágica energía sobre la Abominación. En un abrir y cerrar de ojos, la cabeza fue separada del pedazo sanguinolento en que había quedado reducido el monstruo, poniéndole fin.

—¡No me miréis así! —exclamó Nadia. Los canes sombríos, tras un mísero segundo de estupefacción, giraron sus cabezas hacia la siberiana enseñando los dientes—. No sé qué ha hecho el Santuario para frenar a aquella cosa de arriba, pero los monstruos son también un problema. Tenía que ponerle fin.

La capitana en funciones de los guerreros azules solo se estaba justificando. Desconocía que el propósito del Santuario había sido siempre cortar los lazos entre el Hades y el mundo de los vivos, así como que el Hambre consumía las llamas del Flagetonte más allá de su origen, de modo que ahora los monstruos que ya habían llegado a la Tierra, junto a los que engendraran la Abominación Equidna del Norte y la del continente Mu, eran los únicos miembros de la legión de Flegetonte con los que tenían que lidiar. Bianca y Nico tampoco lo sabían, no tenían rango suficiente para conocer la totalidad del plan del antiguo Sumo Sacerdote, pero al oler el aire captaron que todas las batallas habían concluido ya. La venganza que buscaban estaba servida.

Así que se retiraron del sangriento campo de batalla, Nadia y los dos canes, más mansos, entre todos los locos que siguieron a la siberiana a esa batalla suicida. Ninguno había caído sin regar el suelo con la sangre de los hijos de la Abominación, todos habían demostrado al Hades lo que significaba estar vivo; aun si ninguno de ellos podía rehuir la oscuridad del fin, a buen seguro habían brillado en las tinieblas en su último instante.

—Hasta tú —dijo Nadia, cuando la espalda de Shiva ya era visible—. ¿No piensas descansar? La lucha ha terminado —preguntó con una forzada sonrisa.

Shiva tardó todo un minuto en dar la vuelta, con leves cortes en todo lugar que no estuviera protegido por el exoesqueleto Hercules, más uno más grave que le cruzaba el pecho desde el hombro a la cintura. Todavía sostenía los dos cuchillos Hydra y en sus botas podía verse con mortífera claridad la mancha amarillenta del Aqueronte, aun si sus aguas putrefactas se retiraban ya del valle de la muerte, de Bluegrad y, acaso, del mundo. En verdad era el momento de descansar. Había hecho más de lo que pudo soñar en otros tiempos, cuando no era más que Agni, un caballero negro encerrado en Reina Muerte. Más de lo que habría esperado el Pacificador cuando cortó la cabeza de su único amigo, Rudra. Pudo ser un ladrón, pudo morir intentando vengarse y pudo ser uno de los vigilantes de Hybris, pero escogió luchar, luchar y luchar, porque trece años atrás, el Santuario le dio una segunda oportunidad en la forma de un asistente un poco loco.

Sí, era el momento de descansar, pero Mil Manos Shiva se negó a bajar las armas hasta que el bosque entero se hubiese hecho polvo. El destino, empero, quiso que su cuerpo se deshiciera antes, merced de la maldición de Aqueronte. De su caída, solo tres personas fueron testigos; de sus hazañas defendiendo, nadie podría decir nada. Había liberado más almas que ningún otro hombre en el frente norte, y al final de sus días alcanzó la fuerza de aquello que siempre deseó ser, un santo de Atenea.

La Batalla del Valle, como sería llamada en el futuro, había concluido.

 

***

 

Bajo la Copa de Ganímedes, Aqua golpeaba sin descanso la columna de monstruos que se le venía encima, si es que podía pensar de ese modo estando ella de pie sobre un techo de hielo, esperando a una legión que ascendía desde las profundidades.

Sin nadie que pudiera escucharla y sin voz para exclamar los desafíos que lanzaba al inicio, la santa de Cefeo se permitía de vez en vez un gemido, un sollozo. Estaba agotada. Nunca jamás se había esforzado tanto, nunca había conocido el dolor, si descontaba el día en que murió y acaso el tiempo que pasó en el Hades, ambos bien enterrados por el bendito olvido. Seguía, no obstante, invicta y sin heridas graves, por lo que sacudió la cabeza con fuerza cuando una aparición inesperada le dijo que podía marcharse. Era Akasha de Virgo, la Suma Sacerdotisa.

—Solo estoy cansada, se me pasará —aseveró, destrozando a la vanguardia de bestias con inmensos puños de agua—. ¡Podría estar así toda la noche!

—La noche ha acabado —dijo la Suma Sacerdotisa—. El amanecer te espera.

Aqua quiso responder, pero entonces se llevó las manos al vientre, donde gotas de un odioso líquido rojo le bajaban entre las grietas de su querido manto de plata. ¿Por qué era su vida de ese color? ¿Por qué no manaba icor si su padre era Nereo, el viejo dios del mar? ¿Por qué murió miles de años atrás? ¿Por qué…?

¿Podría morir ahora?

—Cómprate otro reloj, sigue siendo de noche —espetó Aqua, enojada consigo misma y pagándolo con quien debía reverenciar—. Y yo sigo pudiendo pelear.

Era sincera, a medias. En realidad, soñaba con ser apartada de ese lúgubre lugar, quería ese amanecer que la Suma Sacerdotisa le prometía. Pero no quería decepcionar a quienes habían puesto todas sus esperanzas en ella. Por lo que sabía, los santos de Atenea abandonaron Alemania porque confiaban en que dejaban la zona a buen recaudo. ¿Cómo podría mirarlos a la cara si retrocedía ahora? No sería capaz, puesto que sus reflejos seguían permitiéndole golpear a esas bestias, y su fuerza, reducida a la mitad, seguía siendo suficiente para destruir a cualquier enemigo. O eso creía.

Una vez destruyó una nueva hueste de monstruos que ni siquiera podía ver, gracias a la Gran Inundación, pareció haber paz por tres valiosos segundos. Después, un gruñido, dos ojos rojos como la sangre y una piel tan negra como la más profunda oscuridad. Tuvo que enfocar mucho la vista para delimitar al nuevo monstruo de la legión de Flegetonte, que abría unas fauces lo bastante grandes como para devorar un elefante de un solo bocado. Y aunque distinguía ya la cabeza de reptil, el humo de los ollares y los largos y retorcidos cuernos, no fue hasta percibir la silueta de dos grandes alas extendidas hasta cubrir todo el abismo que entendió lo que era.

—¡Un dragón! —gritó Aqua—. ¡No puedo con un dragón! ¡Sácame de aquí!

—Sea —dijo Akasha, antes de teleportarla de nuevo al mundo de los vivos.

 

Cuando estuvo sobre el sello que ella misma había ayudado a crear, recordó un último comentario de la Suma Sacerdotisa que bien podría ser solo su imaginación:

—Es solo un guiverno.

No le dio tiempo a enfadarse. Había aparecido a pocos metros de donde yacía Zaon, inconsciente tras haberle ofrendado su cosmos. La santa de Cefeo, conmovida, no pudo sino cargar a aquel hombre sobre sus hombros y llevarlo hasta los líderes de facto de los Cien de Heinstein. Tanto a Cristal como a Günther les hizo la misma pregunta antes de comunicarles la buena nueva. Lo hizo ofuscada y señalando el cielo.

—¿Alguien de aquí ve el sol?

—No —respondieron ambos—. Sigue siendo de noche.

—Ya me lo parecía a mí —dijo Aqua, molesta—. ¡Quiero mi amanecer!

Faltaría tiempo para que eso ocurriera, algunas horas más de lo que tardaron los Cien de Heinstein en separarse. Pese a la seguridad de Aqua y que no tenían razones para desconfiar de ella, el estado del sello era precario: no había un palmo de hielo que no tuviera al menos una pequeña grieta, sobre todo después del ataque del último monstruo, fuera dragón, guiverno u otra cosa. Nadie allí podía saber del Hambre, la flecha que Triela disparó contra Flegetonte, así que por lo que a ellos respectaba, seguían teniendo que cumplir su misión para con el mundo de los vivos.

Aqua de Cefeo no se molestó en sacarlos de su error. Tomando como última misión salvar a Zaon de Perseo, se lo llevó consigo a villa Rodorio, donde Minwu de Copa se encargaría de tratarlos a ambos. La Batalla de Heinstein había concluido.

 

***

 

—Lord Folkell —gritaba Hrungnir, el gigante berserker, mientras se arrancaba los cuatro espectros que se arrastraban por su cuerpo como si fueran parásitos. Las siguientes palabras se ahogaron por un grito de dolor, pues el cuarto de los guerreros de piel helada había clavado sus dedos en su cuerpo y al quitárselo perdió algo de piel y carne a la altura del hombro—. ¡Usad Balmung, rápido!

—Soy su guardián —replicó Folkell—. Venceré esta batalla por mis propios medios. ¡No avergonzaré a Emil de Alfheim con el acto de un cobarde!

Emil, que corría por las paredes de aquella estancia atestada del río Aqueronte, soltó una carcajada nerviosa. Por lo que a él respectaba, podían usar trucos de magia si querían.

El diamante que hacía las veces de corazón para la Gran Tortuga estaba a la vista, pero un coloso había frenado todos los tiros de Emil con su espadón de hielo, para luego contraatacar con ondas de energía amarillenta, a buen seguro tan mortíferas como lo era el contacto con las armas del Aqueronte. Así lo intuía el santo de Flecha, y también debían asumirlo los berserkers, pues solo Folkell enfrentaba al coloso.

—¡Yo soy tu enemigo, engendro de Hel! —gritó el Lord del Reino, dando un temerario salto hacia el espadón, por ese momento inclinado en horizontal, y usándolo para impulsarse sobre la cabeza del coloso—. ¡No vuelvas a darme la espalda!

Lo golpeó con todas sus fuerzas, quebrando el hielo de tal forma que ni los martillazos de Erik ni el zumbido de las hachas voladoras de Hrungnir y las flechas mágicas del único arquero del grupo, pudieron compararse al estallido. Lo siguiente que ocurrió, empero, fue mucho más impactante: el coloso sangró aguas del río del dolor y soldados del infierno, siendo imposible el ver a Folkell en medio de la mortal cascada.

Ningún berserker acudió en su ayuda. Ya fuera que estuvieran entregados a la batalla, ya que tuviesen sus propios problemas con las legiones combinadas de Cocito y Aqueronte, nadie, salvo Emil, estaba en posición de actuar, y el santo de Flecha tenía su propia misión. Aquel coloso sería una insignificancia en comparación a la Gran Tortuga si esta despertaba de nuevo combinando en su corazón el Lamento de Cocito y el poder de Aqueronte. Alma y carne, todo moriría merced de esa nueva Abominación si no cortaban el problema de raíz. Entendiendo eso, Emil preparó el Arco Solar y recordó aquella misión en Bluegrad de hacía una eternidad. Saltó a una precaria plataforma de hielo, a buena distancia del diamante, y contó en su fuero interno el mismo número de segundos que dedicó entonces a fortalecer el tiro. Los brazos le ardieron, el manto argénteo cimbró y, al final, liberó la flecha como un rayo de luz.

Un mero instante previo a ello, el coloso de piel helada e interior pestilente estuvo a nada de rebanar al santo de Flecha de costado a costado, destrozando además buena parte del tronco, los brazos y las piernas. Pero entonces, para fortuna de Emil, quien solo tenía ojos para su objetivo, nuevos estallidos se sucedieron por el cuerpo de la Abominación. El hielo explotaba de dentro hacia fuera, expulsando unas aguas que se vaporizaban antes de llegar al suelo, así como soldados enfermos, con la piel pegada a huesos torcidos y vientres hinchados y sangrantes. Entre tan desagradables entrañas emergió Folkell, en pie allá donde su enorme enemigo caía pedazo a pedazo.

El impacto de la saeta contra el diamante ensordeció el grito victorioso de Folkell y los aullidos de guerra de los berserkers. Toda la estancia tembló, y más adelante nadie podría decir si el techo y los muros fueron desintegrados por un pronto efecto de la Muerte o por el portentoso proyectil de Emil. De lo que sí no cabía duda, en cambio, era que ese dardo luminoso puso fin al último de los gigantes revividos por Cocito. No quedó ni el más mínimo rastro de su núcleo.

—Estás muy loco —susurró Emil, avanzando con torpes pasos hacia el Lord del Reino. Le dolía todo el cuerpo y el Arco Solar volvía a ser parte de su brazal.

—Me lo dicen a menudo —dijo Folkell, sonriendo.

Notando que algo estaba mal, Emil sacó fuerzas de la flaqueza y corrió para ofrecer su hombro a aquel valiente norteño. Solo entonces, cuando lo tuvo cerca, notó los temblores de quien había sentido por igual las aguas del Aqueronte y de Cocito. Había perdido color, le castañeaban los dientes e incluso el cabello pintaba ya canas en las sienes, pero el muy bastardo sonreía, satisfecho con haber pagado ese precio.

Un súbito temblor sacudió la totalidad de la estancia, anunciando el pronto derrumbe del cuerpo de la Gran Tortuga. La Muerte estaba ejerciendo su efecto sobre la legión de Cocito: los guerreros helados caían por centenares sin que los embravecidos bersekers los tocaran siquiera, como jarrones de cristal demasiado frágiles para resistir siquiera el roce del viento; el hielo que recubría las paredes se licuaba, tornándose en torrentes y cascadas que no tardarían en inundar todos los recovecos del laberinto. Hasta la maldición que aquella legión infernal había desatado sobre incontables guerreros fue afectada por la saeta que Triela disparó sobre el dios de las lamentaciones, mermando sus efectos. Así Emil se explicaba el que Folkell siguiera vivo.

—¿Qué ha hecho el Santuario? —preguntó el Lord del Reino, admirado.

—Esa parte no me la contaron —contestó Emil, buscando sin éxito una salida—. Digamos que usaron magia. Sí, lo hizo un mago.

Folkell asintió como si hubiese dicho algo con sentido, pero luego abrió mucho los ojos, así como lo hicieron Hrungnir y el arquero cuando, de repente, los berserkers abandonaron aquel estado de descomunal musculatura que tan bien les había servido durante las pasadas batallas. Emil miró al líder del grupo, lanzando una pregunta muda.

—No, no es tan fácil que el estado berserk se deshaga. ¿Esto también lo hizo un mago?

—Una maga, más bien.

Emil dio esa respuesta con la más amplia sonrisa. En sus ojos se reflejaba la figura traslúcida de Akasha, a quien pronto los norteños también divisaron. La Suma Sacerdotisa les señalaba el camino, como hacía con otros muchos por todo el laberinto. Había sido un acierto que hubiese un santo de Atenea por cada grupo de combatientes.

 

***

 

La Batalla por la Torre de los Espectros concluyó en la cima de aquel edificio, justo mientras santos, guardias y norteños atravesaban pasillos donde el agua, fría aunque ya sin la influencia del infierno, les llegaba a la cintura, en busca del portal más próximo. Adremmelech de Capricornio fue el encargado de dar ese mensaje, si bien Ícaro y Orestes, por haber visto desaparecer a sus oscuras réplicas, ya lo daban por descontado.

—Lo del Caballero sin Rostro es cosa del pasado —afirmó Ícaro tras un silbido—. A partir de hoy serás Adremmelech Matamagos.

—Mi identidad no depende de los enemigos que mate, sigo siendo un caballero y sigo sin tener rostro —repuso Adremmelech, en cuya mano las pocas astillas en que había quedado reducido el báculo del último telquín se desintegraron.

—Como quieras —dijo Ícaro, encogiéndose de hombros—. ¿Y ahora?

Adremmelech no contestó. Orestes, por momentos distraído en el horizonte ennegrecido por la magia de los telquines, murmuró una maldición.

—¿Ha ocurrido algo malo? —quiso saber Ícaro.

—La legión de Cocito ha sido derrotada —contestó Oretses sin el menor alivio—, mas en este estado, si la Torre de los Espectros vuelve a ser atacada...

En un impulso, Ícaro miró en derredor, descubriendo la nada novedosa noticia de que ninguno de los rostros que flotaban en el cielo seguía allí. Habían sido derrotados.

—Creía que eran tres magos.

—Eran nueve. Y el peor de ellos sigue en este mundo.

—Damon.

—¿Por qué no atacáis, Rey de la Magia?

Nadie respondió a la pregunta de Orestes de la Corona Boreal, pero aun sus compañeros, que tan poco sabían sobre Damon, entendían que abandonar la torre a una amenaza de tal calibre echaría por tierra todas las victorias obtenidas.

Así que ninguno de ellos intervino en los últimos combates de la guerra.

 

***

 

Quienes combatían en el continente Mu tenían si cabe mayores motivos para temer al Rey de la Magia, pues en todas partes, fuera el bando de los muertos o el de los vivos el que tuviera ventaja, los fantasmas pasaron de una repentina locura a una inexplicable atracción por el sol que alumbraba aquellas tierras del pasado.

No hubo tiempo para digerir el cambio. A diferencia de la Enfermedad, el Hambre y  la Muerte, la Guerra solo generó un conflicto en el propio Leteo, no cortó las legiones que él trajo al mundo, ni las debilitó. Si acaso, puso a unos fantasmas contra otros el tiempo que tardó Damon en tomar las riendas, tal y como el dios del olvido había vaticinado. Entonces los Mu y antiguos santos ascendieron a los cielos, dejando a merced de la Alianza del Pacífico los monstruos que poblaban el continente y las maltrechas hordas del Aqueronte, más dignas de lástima que de miedo. En cuanto a las armas de guerra que los fantasmas emplearon, ya un coloso de metal semejante a un gladiador, ya un gólem que podía medir desde metro y medio hasta trescientos, tuvieron finales azarosos. Unos fueron abandonados, otros ascendieron; entre los primeros, era imposible predecir si se quedarían inmóviles, se derrumbarían o si proseguían la lucha, por lo que nadie cesó de combatir mientras hubiese un enemigo a la vista.

—¿Por qué no se van los monstruos también? —preguntaba Munin de Cuervo Negro en ese momento, aplastando con el poder de su mente a una docena de legionarios.

—Son inmunes a la abducción —aventuró Katyusha, partiendo en dos a una de las Keres. Ambas mitades, congeladas al momento, fueron pateadas por la siberiana contra las llamas blancas, sin que ello produjera el menor descenso de la temperatura—. Estamos en problemas, ¿verdad?

Munin no tuvo que responder. Avanzar hasta la Abominación andando era imposible debido al fuego blanco, inextinguible sin importar los intentos de Katyusha y las muertes que Cuervo Negro cosechaba entre los legionarios, conjuradores de tan portentoso poder. Intentarlo por el aire, en contraste, los ponía a tiro de los monstruos que llenaban el cielo, mismos que la Abominación podía generar sin descanso. Estaban metidos en una trampa que no parecía tener más salida que una muerte honrosa.

—¡No soy un hombre honorable! —gruñó Munin, mientras trataba de abrir una brecha en las llamas con el poder de su mente. No cedieron ni un ápice.

—Yo tampoco soy una mujer honorable —admitió Katyusha con una sonrisa de lo más extraña—. ¿Confías en mí?

—Eso lo decían en una película…

—¿Confías en mí?

Ante la insistencia de la siberiana, Munin no pudo sino responder, y lo hizo sacudiendo la cabeza. ¿Había confiado en ella hasta ahora? Era probable, por algo luchó a su lado por tanto tiempo. ¿Confiaba en una persona que sonreía ante una muerte segura? Eso le costaba un poco más. Pero, de cualquier forma, su opinión no contaba en realidad.

Porque Katyusha hizo justo lo que pretendía: golpeó con fuerza el suelo, la cima de una montaña que tembló por entero antes de que una grieta se abriese hasta la base.

—¡A volar! —gritó Katyusha, saltando al mismo tiempo que todo empezaba a caer, justo sobre un muy sorprendido Munin—. ¡Volemos!

—Estás loca —exclamo Munin, obedeciendo de todas formas. Las alas de blanco plumaje que nacían de su espalda los impulsaron a ambos sobre la cima de la montaña un momento antes de que esta los devorase.

La mayoría de sus enemigos no tuvo tanta suerte. Los soldados, la Abominación y sus últimos engendros pudieron haber sobrevivido al derrumbe, pero no al fuego blanco. Y eso era justo lo que abundaba en la montaña: para cortarles cualquier retirada, los legionarios de Marte los rodearon de un arma que podía destruirlos a ellos también. Las Keres, en lugar de perseguir a quienes habían acosado con tal empeño hasta ahora, trataron de arrancar a la Abominación del flujo de roca líquida, pero solo lograron caer presa también del sagrado fulgor que estaba consumiendo a su madre.

Aun para Munin, acostumbrado como estaba a toda clase de fenómenos increíbles, aquella escena fue sobrecogedora. Como un volcán que se consumiese a sí mismo, la montaña se hundía hacia adentro en una avalancha de magma, luz blanca y rugientes sonidos. Así se fue empequeñeciendo, hasta que nada quedó de ella.

—Estás loca —repitió Munin, apenas entendiendo ahora la estrategia de la siberiana—. Muy, muy, pero que muy loca.

—Me lo dicen a menudo —contestó Katyusha—. Hasta cuando estoy sobria.

Tras esa broma, Katyusha relajó los músculos y dejó que Munin de Cuervo Negro la guiase al grupo más cercano, el de Sorrento de Sirena y Oribarkon. Allí pasarían lo que restaba de la primera campaña del continente Mu.

 

***

 

Las legiones del Hades habían caído. Los ríos del infierno estaban sellados. Era el momento de actuar, de abrir las Ochenta y Ocho Puertas del Cielo.

Almagesto —susurró Akasha, con una voz que reverberó a través de todos los mantos sagrados, pues estos respondían a la legítima líder del Santuario, la reconocían como tal.

En un principio, había actuado como conducto para el poder contenido en tierra sagrada, alterando la realidad con sutiles cambios. Las habilidades de Shizuma se habían intensificado, los que luchaban en Naraka pudieron encontrar la salida justa en el momento justo y Aqua de Cefeo no tuvo que sacrificarse… Pero no le habían confiado el poder de las constelaciones para salvar esas vidas, eso lo había decidido ella por sí misma. No deseaba más muertes, no ahora que conocía el peso exacto de la identidad de Nimrod de Cäncer: el Pequeño Abuelo jamás esperó sobrevivir a su batalla; iría al inframundo a tapar el agujero que le asignaron, usando su vida mortal como peaje.

—Cuando tres cosmos de oro se unen en un solo punto, se alcanza lo que los mortales consideramos infinito —le explicó Kanon de Géminis a su sucesora—, pero nuestros enemigos no son hombres, sino dioses. Entonces, ¿cómo podemos derrotarlos?

—Si tuviéramos los tesoros de Atenea —murmuró Akasha.

—Los tenemos. Algunos. —Durante medio segundo, Kanon mostró una sonrisa triunfante. Tal gesto desapareció tan deprisa que bien pudo ser imaginado, regresando el antiguo Sumo Sacerdote a su serio semblante de siempre—. La sangre de Saori Kido, contenidas en un vial y cuatro talismanes, nuestra diosa era previsora.

—Aun así —insistió Akasha, ya para ese momento conocedora de la técnica de Triela y del uso que Kanon pensaba darle—, ¿cómo resistirán las flechas de Sagitario el viaje hacia el Hades? Estamos hablando de dioses, ¿no podrían destruirlas?

—En eso, la alianza que ganasteis para nosotros con esos carroñeros de Hybris nos será de mucha utilidad —apuntilló Kanon—. El Argo Navis ha navegado por los mares olvidados, no te extrañará saber que en esos viajes obtuvo algún que otro tesoro interesante, como una flecha especial, que solo Atenea en persona podría detener. Todavía no me explico cómo encontraron no solo la que se perdió en el pasado remoto, sino otras tres. No obstante, por ahora podemos sentirnos agradecidos por este regalo.

Akasha asintió entonces, despejadas las dudas que había tenido sobre el plan del Santuario para poner fin a la guerra venidera. Ahora que estaba, precisamente, a las puertas de ese final, sabía que habían hecho lo correcto, no como un pensamiento emocional, sino como una conclusión lógica. Por cada uno de los ríos del infierno había una flecha irrompible, contenedora de tres cosmos de oro: el de los santos de Cáncer, Géminis, Tauro y Aries, portadores del sello; el de la santa de Sagitario, impulsado por Almagesto, y el de quien estaba envestida por el poder sagrado del Santuario, ella. Por sí sola, aquella energía en apariencia infinita no bastaría para contener a cuatro dioses, por mucho que fueran más semejantes a númenes que a los doce del Olimpo, pero si algo habían aprendido de la batalla de los héroes legendarios en los Campos Elíseos era que un cosmos inmenso, en sintonía con la sangre de una diosa, podía hacer milagros.

Esa situación en la que estaba era solo la mitad de lo que tenía que hacer, según Kanon, y un tercio si tenía en cuenta sus propios planes. Había dado poder a Shizuma y Triela, ahora era el momento de pedir, de extraer fuerza de todos los mantos sagrados. Solo le bastó un pensamiento para sentirse en sintonía con la Tierra, el infierno y acaso el lejano cielo, ese inaccesible rincón de la existencia donde Seiya y los demás debían estar enfrentando a Caronte de Plutón. Apartó eso de su mente y miró hacia abajo, donde en un solo vistazo abarcó el mundo entero antes de seguir profundizando hasta el hondo Hades. Allí, con las manos inmateriales de su mente magnificada por el poder de Almagesto, tocó cada una de las flechas de Triela de Sagitario.

«Técnica, todo es cuestión de técnica —pensaba Akasha, rememorando la proeza de la Silente y la demostración de Kanon. Había sido empleado muchísimo poder para contener a los hijos de Océano y Tetis, pero ni la fuerza ni la sangre de Atenea habrían bastado sin un último ingrediente: el uso que se le daba a tal grado de energía cósmica. Triela de Sagitario era la única entre los doce que había desarrollado una técnica lo bastante específica como para lograr lo que se proponían, era tan esencial para el plan de Kanon como quien ocupara el trono papal y ejecutara Almagesto. Ahora a ella le tocaba aprovechar lo que otros habían logrado, tenía que dar uso a la energía de los sellos sin desperdiciar ni una sola gota—. Tu Gran Implosión no fueron solo fuegos artificiales, ¿verdad, maestro? Era tu última lección.

Tras ver y entender el funcionamiento de aquel sellado dimensional, Akasha ordenó a las manos inmateriales tirar, con calculada delicadeza, del poder de cada flecha. Desde el Tártaro y el Muro de los Lamentos, desde el río Cocito y las profundidades del Aqueronte, donde los restos de Nimrod de Cáncer ya habían sido consumidos hasta los huesos, todavía atravesados por la flecha de la Enfermedad,  hilos de un color imposible surgieron, rodeados de unos rayos que acaso aludían al padre de Atenea. Estos hilos fueron arrastrados por los túneles que los ríos del infierno habían abierto hasta la Tierra, avanzando en espiral hasta llegar a la superficie. Allí, de forma tan veloz que resultaría imperceptible para cualquier mortal, estallaron, liberando un poder de otro mundo.

El abismo de Heinstein, Naraka, Bluegrad y el sector del continente Mu donde alguna vez estuvo Reina Muerte, brillaron con un fulgor que no era de bronce, de plata o de oro. Transparente, el aura divina llenó los campos de batalla dando paz a los muertos y nuevos bríos a los vivos, al tiempo que se cerraban las grietas dimensionales en la superficie, la última parte del plan de Kanon de Géminis.

—El inframundo debe ser sellado —aseveró el antiguo Sumo Sacerdote—, tanto por el lado de los muertos como por el de los vivos.

—¿Qué hay de los deban bajar? —preguntó Akasha.

—Nuestro objetivo es impedir que nada salga del Hades. Es el infierno, los hombres caen en él al morir, para no regresar jamás. Así son las cosas.

—Los santos no mueren.

Esa fue la respuesta de Akasha entonces, y seguía siéndolo.

Aun si muchas vidas se habían perdido en la guerra, no por ello pensaba abandonar a tres compañeros a su suerte. Así que, mientras cerraba el Hades para siempre, en el momento justo en que las heridas en el tejido espacio-temporal se cerraban, la Suma Sacerdotisa se comunicó con Shizuma Aoi, la santa de Piscis.

 

***

 

Si Akasha no hubiese estado tan concentrada en salvar vidas, tal vez se habría dado cuenta de un detalle que Bolverk de Cocito estaba por descubrir.

Armado con Gungnir, el monarca bien habría podido probar suerte luchando con el santo de Libra, pero prefirió deshacerse de aquel deshonroso encierro y arrojó la lanza. Su rival era, al fin de cuentas, nada más que un santo de oro, sería atravesado de lado a lado y en su vientre abierto podría ver el fondo de la Sala del Veredicto cayéndose a pedazos. Estaba tan convencido de que ese sería el resultado, que empleó en el ataque todo su poder, confiando la defensa solo a Asgard.

Arthur de Libra detuvo la lanza, empleando ambas manos para frenar su punta.

—Imposible —exclamó Bolverk.

—Es la especialidad de los santos de Atenea —repuso Arthur, invisible por el intenso brillo de Gungnir—. Hacer posible lo imposible.

Bolverk sacudió la cabeza, sin comprender el repentino incremento del poder de su adversario. Pensó un momento en buscar su espalda y arrancarle el corazón, así corriera el riesgo de que Gungnir lo golpease a él, pero pronto desechó la idea. La lanza, como había dicho, siempre acertaba, y él la había arrojado no sobre el santo de Libra, sino a su Sala del Veredicto. Así que tras no más de tres segundos tratando de avanzar contra las manos del Juez, se liberó en una explosión sin parangón.

La energía se dispersó enseguida por todos los rincones de aquel espacio uniforme, de modo que Bolverk, aun cegado por el resplandor, no dudó un solo segundo en cargar contra Arthur de Libra y decapitarlo de una vez por todas. A un mismo tiempo, descargó el Martillo de los Dioses sobre el santo de oro y la Espada de la Victoria sobre su cuello. Se oyó el restallido de un millón de rayos alrededor de los combatientes, la hoja de pálida energía se partió mil veces contra la piel descubierta de Arthur y Bolverk gritó al término del envite sin comprender por qué. El Juez ni siquiera se había movido, había atacado después de recibir a quemarropa dos de sus técnicas, realizando al término de estas un contraataque sin demasiado ímpetu. Un simple puñetazo que, empero, había atravesado Asgard, la agrietada armadura y su estómago.

Un gemido de dolor después, mientras Bolverk se apresuraba a apartarse, todo cobró sentido. Recuperó la vista solo para descubrir que en un irónico giro del destino, había obtenido la libertad a costa de perder cualquier opción de vencer.

—Te dije que había conseguido algo mejor —le recordó Arthur de Libra. El resplandor de Gungnir ya no lo cubría, sino que llenaba el horizonte con un blancor mortífero, devorando la Sala del Veredicto como una auténtica plaga. Sin embargo, bien podía seguir haciéndolo, pues un aura magnánima ocultaba el rostro de Arthur, así como la nueva forma que había adoptado su manto sagrado—. Así que esto es el milagro de Elíseos, por todos los dioses que es agotador.

El guardián del séptimo templo zodiacal dio un paso y volvió a ser el mismo de siempre, habiéndose esfumado la forma divina del manto de Libra como si tan solo fuera una ilusión. Bolverk, ignorando el ardor que sentía en el vientre, acometió contra su oponente con un puñetazo al rostro, tan inmune a los lances del duelo. Arthur tomó el puño con una sola mano y usó el que tenía libre para asestar un nuevo golpe contra las entrañas del monarca. Este, herido de gravedad, escupió sangre en un intento de maldecirlo, a lo que el Juez se limitó a sacudir la cabeza.

—Esta batalla estaba decidida desde que te herí en Heinstein —afirmó Arthur—. En ese momento, sangraste, fuiste herido. Eso no tendría importancia si me hubieses causado el mismo daño, no obstante, ni una sola vez lo lograste.

—La sangre de Atenea… —gruñó Bolverk—. Tú…

—Tu técnica había alargado esto demasiado tiempo —cortó Arthur—. Se acabó, rey Bolverk. Fuiste un rival formidable, habrías sido la perdición para muchos de mis compañeros, pero no para mí. El oponente por el que me entrené es…

—¡Silencio! —gritó Bolverk, furibundo, al tiempo que ejecutaba a quemarropa el Impulso Azul. La temperatura descendió en un momento al Cero Absoluto, hiriendo por igual al monarca y el manto de Libra a pesar de que se apartaron en cuanto pudieron.

Frente a frente, en un mundo entre la eterna oscuridad y la luz que le daba fin, Bolverk y Arthur se desafiaron en silencio a un último duelo. El primero tenía el rostro cubierto de hielo y un brazo inutilizado, por no hablar de la herida en el vientre, del que mandaba sangre en abundancia; en cuanto al santo de Libra, solo lo envestía un peso muerto. El séptimo manto zodiacal estaba cristalizado por completo y su portador no se sentía con fuerzas para despertar de nuevo su auténtica fuerza. Al parecer, él no era como aquellos héroes legendarios, hacedores de milagros. Todavía.

Pero de todas formas, era un santo de Atenea y tenía un deber. Correspondió el desafío del monarca con sus puños. Sin más técnica que la destreza marcial de ambos, los oponentes lucharon sin tregua ni descanso. Poco importaba que ahora Bolverk estuviese, en verdad, ciego, pues la Octava Conciencia fundía el resto de sentidos en una percepción cósmica inimaginable para quienes desconocían aquel estado. Veía tanto como Arthur podía hacerlo y luchaba con tal violencia y temeridad que ni la pérdida de un brazo le hizo ceder ante la habilidad del racional santo de Libra.

Fue entonces, durante el final de ese duelo, que Arthur aceptó para sí que Bolverk bien pudo haberlo derrotado, si tan solo hubiese empleado los poderes del Hades que con tanto orgullo desechó. Pues aun sin ellos logró combatir hasta que sus huesos se revelaron rotos entre la carne quemada y la armadura quebrada, y todavía después de ello siguió luchando, no como un hombre con un corazón que latía, sino como un alma con una fuerza interior temible que arrastraba un cadáver a pura fuerza de voluntad.

 

Para cuando esa batalla sin palabras tocó a su fin, el cosmos de otro santo de Atenea había dejado de sentirse en el mundo, aunque eso Arthur no lo sabía. Aún.

—La guerra ha acabado —dijo el santo de Libra entre los restos de su Sala del Veredicto. La presión que le supuso abusar del Octavo Sentido y utilizar el manto divino lo había agotado; el mundo de su alrededor se movía con lentitud. Los átomos que restaron de Bolverk flotaban como luciérnagas para sus ojos, de una percepción en verdad sobrehumana—. La guerra ha acabado. Por fin.

Fue entonces cuando lo sintió. Un poder imposible de ocultar, manifestándose en el Santuario y cubriéndolo una vez más de tinieblas y acaso muerte. La auténtica amenaza por la que se había preparado estaba a su alcance, pero no podía moverse.

En medio del blanco en que había sido reducida la Sala del Veredicto surgió un inmenso círculo dorado, el iris ambarino de la mujer que se dirigió a su mente:

—Si empleáis el milagro de Elíseos contra los Astra Planeta, nosotros responderemos con toda nuestra fuerza. ¿Qué harás, santo de Libra?

Arthur calló. No tenía una respuesta y cualquier pregunta que pudiera lanzar a la mujer, como cuál era su identidad, se le antojaba pueril. Indefenso por primera vez desde hacía mucho, el Juez no pudo más que confiar en Akasha y los demás.


OvDRVl2L_o.jpg


#288 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,551 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado Hoy, 10:03

Saludos

 

Capítulo 100. Caronte de Plutón

 

El Cielo Lunar estaba en llamas.

Rescatado por Narciso durante la Guerra del Hijo, aquel sector de la morada de los dioses se dirigía a su destino inevitable: la destrucción. Por igual, bosques, montañas, ríos y lagos creados para ser imperecederos habían sido arrasados por una tempestad de dimensiones imposibles, solo comparable a las de la Gran Mancha Roja de Júpiter.

En toda la extensión de ese debacle cósmico, todo ardía, ya fuera por el fuego, ya por el hielo. Poca importancia tenía cuando ambos quemaban con la mística intensidad que solo podía encontrarse en el Hades, donde hasta las almas pueden hallar su fin. La única vida que se resistía a su extinción era la de los hombres mortales que luchaban en el epicentro contra la fuente de aquel poder destructor de mundos. Sí, todos lo hacían. Hyoga de Cisne rodeaba de Anillos los torrentes de fuego que el astral denominaba Phlegéthôn, para luego repeler el fulgor con su Ejecución de la Aurora; Ikki de Fénix, aun deseoso de cruzar los puños una vez más con su oponente, entendía la situación en la que se encontraba y desplegaba las Alas del Fénix contra la otra técnica de este, Kôkutos, tan letal como para apagar incluso el calor que representaba la sangre de Atenea latente en sus mantos sagrados. Entre esos remolinos de frío desgarrador y murallas y columnas de fuego viviente, Seiya de Pegaso y Shiryu de Dragón volaban con endiablada velocidad y milagrosa coordinación, llegando ambos al mismo punto sin la más remota diferencia de tiempo. Así, juntos, eran capaces de llevar a Caronte de Plutón a un cuerpo a cuerpo en el que el escudo más sólido y los puños más rápidos adquirían una importancia capital. Ninguno era, por sí solo, rival para ese enemigo, y los dos tampoco bastaban, pero tenían que apañárselas, no darle ni un respiro.

Caronte bloqueaba todos los ataques sin apenas sudar, sorprendiendo incluso a Seiya, quien pese a no claudicar, reconocía la fuerza de aquel terrible enemigo.

«No es que esté a años luz de nosotros —decidió el santo de Pegaso—. Su poder aumenta conforme combate. ¡Y no parece tener fin!»

Mientras detenía el Dragón Naciente con la rodilla y los Meteoros con el antebrazo, Caronte chasqueó los dedos. Cuatro lanzas negras como la muerte aparecieron, impulsadas a toda velocidad sobre cada uno de los santos de bronce. Tres pudieron esquivarlas, pero Shiryu, demasiado cerca, tuvo que cortar el proyectil con Excálibur para poder tener tiempo de retroceder. En ese instante fugaz, el brazo del santo de Dragón cortó el metal infernal en diez mil astillas que, a pesar de su tamaño, seguían siendo un riesgo a considerar en manos de Caronte de Plutón. Este, empleando telequinesis, arrojó la mitad de los restos contra Shiryu.

Todos y cada uno fueron detenidos por el escudo de Dragón, mas en ese tiempo el astral había avanzado hacia el santo y pateó su rostro, mandándolo directo a la tempestad.

Seiya, el que más cerca estaba de su compañero, hizo un notable esfuerzo por alcanzarlo mientras Hyoga trataba de contener por igual el fuego y el hielo del inframundo, dando espacio a Ikki para mantener a Caronte ocupado. El santo de Fénix no tardó en arrojarse sobre el regente de Plutón, y ambos intercambiaron puñetazos de tremendo poder, haciendo cimbrar todo el cielo con ondas de choque a cual más grande. Pero los guanteletes de Ikki se agrietaron al poco tiempo, como era de esperar, mientras que los nudillos del astral, faltos de toda protección, ni tan siquiera lucían rasguños.

—¡Debemos ser más fuertes! —gritó Seiya una vez detuvo la caída de Shiryu.

—Él nunca se quedará atrás —repuso Shiryu—. No podemos vencer a los Astra Planeta en cuestión de fuerza bruta, Seiya. Ellos llevan una eternidad siendo como nosotros.

A pesar de tan duras palabras, Shiryu invocó de nuevo a Excálibur, desplegando una gran hoja de pura energía vertical que bien habría podido separar el cielo de la tierra, como en un antiguo mito. Y lo que hizo no distaba demasiado de eso, al partir en dos la ola de llamas infernales que llenaba el horizonte. El propio Caronte esquivó la técnica por poco, todavía enfrascado en su combate con el santo de Fénix.

—No vas a preguntarme cómo podemos derrotar a un oponente invencible —apuntó Shiryu. No pretendía cuestionarle nada, solo hacía una afirmación.

—No existe tal oponente invencible —dijo Seiya, sin faltar a las expectativas de su amigo—. Encontraremos la manera.

Como un verdadero dragón de China y el legendario Pegaso, ambos santos de bronce llegaron hasta Caronte en menos de un parpadeo, sumando sus fuerzas al último de los ataques de Ikki. En esta ocasión, fue el astral quien se vio empujado por esa fuerza prodigiosa. La sangre manó de la herida en el pecho que Seiya le había causado antes de la llegada al Cielo Lunar, y no era del rojo mortal ni de cualquiera que fuese el color del icor divino, sino oscura. Una sombra que manaba desde una noche eterna.

—Lo sabía —dijo Shiryu—. Estigia te protege.

—Sigues teniendo una gran imaginación, Dragón —comentó Caronte—. ¿Tan extraña te resulta la idea de que no sois más que débiles mortales?

—¡Mejor un simple humano que un demonio! —dijo Seiya, siendo el primero en atacar.

Tan numerosos fueron los Meteoros que el santo de Pegaso proyectó sobre Caronte, que lució como un auténtico muro de luz. Sin embargo, al astral le bastó con mover su mano, con los dedos adoptando la forma de unas garras bestiales, para abrir una brecha por la que pudo colarse, de un salto impulsado sobre un techo imaginario. Si Seiya no hubiese alzado sus defensas a tiempo, formando una barrera de cosmos entre él y su adversario, quizás estaría ahora tapándose a duras penas un buen corte en el cuello.

Entretanto, Ikki debía apartarse de nuevo de la liza y ocuparse de los peligros del lugar. Era cierto que Hyoga, como maestro en el arte de la congelación, podía lidiar aun con Phlegéthôn, en una mezcla admirable habilidad y poder, pero en cuanto quería ir más allá, cuando trataba de controlar Kôkutos, el lado gélido de los poderes de Caronte, este lo rechazaba con la mayor brusquedad posible. No por primera vez en el enfrentamiento entre el astral y los llamados héroes legendarios, colosales montañas de puro hielo emergieron de los pozos ardientes a los que había sido reducida la superficie y todas fueron propulsadas contra el santo de Cisne, todavía concentrado en que nadie acabara calcinado hasta los huesos. Era ese el turno de Ikki, y esta vez incluso Seiya y Shiryu, con una idea en mente, se sumaron, despedazando una a una los Montes de la Lamentación como tres estelas de puro poder, más que los hombres que en eran.

Fue sobre los restos de la última montaña que Caronte se les interpuso. Primero, con un barrido de frío desgarrador, obligando a Fénix a quedarse en la retaguardia, confrontándolo. Después, arrojando sendas esferas oscuras que al mero contacto encerraron a los santos de Pegaso y Dragón en un plano de tinieblas y fuego, acaso un infierno personal creado por el astral para ellos. Pero tanto Seiya como Shiryu habían salido con vida del auténtico inframundo, y con sus alas alzadas por la bendición del icor lograron escapar de ese también, justo a tiempo para caer sobre Caronte.

Este los esperaba, incluso si sus ojos estaban clavados en Cisne. Cruzó los brazos y resistió a quemarropa Excálibur. Corriendo en zigzag, evitó los Meteoros, prediciendo incluso la trayectoria de los que iban más rápido, y al llegar a donde estaban desató Kôkutos. Cual fuera su sorpresa cuando en medio del torrente helado que conjuró apareció el Polvo de Diamantes de Hyoga, rodeándolo antes de que pudiera reaccionar y paralizándolo durante el momento que el santo de Cisne necesitó para desplegar la Ejecución de la Aurora. Tras tres segundos de fuego continuo, una eternidad para el tipo de combate que se libraba allí, un Ataúd de Hielo cubría a Caronte de Plutón.

—Seguís subestimándome —dijo enseguida el astral. Ninguno de los santos de bronce llegó a ver cómo se desintegraba la prisión de hielo, porque la flamígera explosión lo cubrió todo en el mismo instante, sin que nadie pudiera evitarlo.

La tempestad se desbocó, y Seiya, Shiryu, Hyoga e Ikki ya no pudieron permitirse seguir más estrategia que la de la supervivencia. Luchar en un escenario que por sí solo podía matarlos era una locura, por lo que enseguida buscaron un sitio que no estuviese siendo arrasado. Caronte, por supuesto, no se los iba a poner fácil, los persiguió como una sombra temible, librando cortos combates contra los cuatro más de un millar de veces en las que un nuevo vacío se creaba en la tempestad a lo largo de diez mil metros. En cada uno de esos momentos, los santos de bronce sintieron sus cuerpos temblar, pues hasta las partículas que formaban sus átomos fueron amenazadas por la fuerza sin parangón de Caronte, pero jamás claudicaron, y más aún, siempre respondieron con todo cuanto tenían, hasta que por fin alcanzaron suficiente altura. Más allá de la debacle cósmica que arrasaba el Cielo Lunar, sobre un mar de nubes de sorprendente estado impoluto, los oponentes tuvieron tiempo de contener el aliento.

La persecución les había pasado factura a todos. Hebras de oscuridad marcaban el cuerpo de Caronte, desde el pecho a los costados y los hombros. Marcas de garras llenaban el peto de Pegaso, así como los brazos de su portador, mientras que Shiryu veía buena parte de su manto sagrado cubierto por una escarcha que lo mataba poco a poco, al igual que le ocurría Ikki: el manto de Fénix, de una legendaria condición inmortal, parecía a las puertas de una auténtica muerte. Hyoga no estaba mejor que sus compañeros, con quemaduras en los dedos y una grieta del tamaño de un puño a la altura del corazón: Caronte había tratado de matarlo a él, más que a ningún otro.

—Aqueronte mata el cuerpo —dijo Caronte, invocando de nuevo las cuatro lanzas. Estas se propulsaron contra los santos de bronce y se detuvieron a medio metro de cada uno, donde se deshicieron por voluntad del astral—. Cocito cristaliza el alma —anunció, sonriendo al percibir temblores en quienes habían sido tocados por ese mal—. Yo no quiero vuestra muerte, ni daros eterno sufrimiento, sino borrar vuestra existencia para siempre. Sin reencarnación, sin un alma que pueda ser juzgada.

—Mientras yo esté aquí, las llamas del infierno jamás alcanzarán a mis compañeros —advirtió Hyoga de Cisne, llegando al extremo de rodear a Caronte con un nuevo Anillo.

—Es inútil —desechó el astral. Caminaba sobre el mismo cielo, por encima de las nubes, pero bien podría estar haciéndolo sobre los restos de las lanzas, por pequeños que estos fueran. El Anillo se redujo más y más con cada paso, hasta que en el momento en que empezó a cubrir de hielo su cintura, un fuego sobrenatural lo borró por completo—. Los poderes del inframundo son inútiles contra vosotros, salvo uno.

Tras esas palabras, pronunciadas con un tono lapidario desde una muy leve sonrisa, Caronte extendió el brazo con suma parsimonia. El dedo anular, también estirado hasta formar una línea recta, acababa de apuntar a los santos de bronce cuando Hyoga, determinado, voló a endiablada velocidad hasta ponerse al costado de Caronte.

—Sigues subestimándonos —repuso el santo del Cisne, descargando a quemarropa el Polvo de Diamantes. Durante un mísero instante, la mitad del cuerpo del astral se cubrió de una gruesa capa de hielo que, Hyoga sabía, no iba a durar. Raudo, el de rubios cabellos se apresuró a clavar los quemados dedos de su mano, donde todavía estaba presente el frío de su técnica, en los hombros del astral. Apuntó justo allá donde la oscuridad hacía las veces de sangre derramada, pues solo la parte herida del cuerpo de Caronte parecía ser vulnerable. Si llegaba a la clavícula, podría congelar su interior.

El primero en entender las intenciones de su compañero fue Ikki, quien tan pronto vio el fuego del infierno nacer desde Caronte y vaporizar el hielo que lo rodeaba, apareció a la espalda del astral y lo inmovilizó con toda la fuerza que poseían sus brazos.

—Olvidasteis —susurró Caronte, antes de dar un cabezazo hacia el santo de Fénix. La sangre de este manó de una nariz rota sobre los cabellos del astral, pero Ikki apretó los brazos y el cuerpo del astral con más violencia—. Olvidasteis, todo.

Un grito desgarrador salió de los pulmones de Hyoga, llenos de una ponzoña que hedía su misma alma. Los dedos del santo de Cisne se habían adentrado en la oscura sangre del regente de Plutón, sí, pero en lugar de extender en ella su poder, congelando los átomos que a toda materia componen, recibió en cambio la misma clase de malevolencia que truncó el destino de Kiki trece años atrás. Por un breve y decisivo instante, Hyoga apartó el brazo antes de que quedara inmovilizado, y aunque volvió a atacar enseguida, Caronte ya había roto la llave de Ikki con su fuerza sobrenatural.

El regente de Plutón giró hacia el santo de Fénix sin importarle que en ese momento Hyoga, Shiryu y Seiya estuviesen ejecutando sus más rápidas técnicas.

—Durante siete años —decía, sereno, mientras su espalda descubierta recibía incontables Meteoros acompañados por ráfagas del más intenso frío. Cuando el puño dragontino del más hábil luchador entre los héroes acertó en esta, él se limitó a reír—, ¡durante siete años soñasteis con otra vida! ¡Vosotros que acompañasteis a una diosa en la conquista de los mares y el inframundo! ¡Vosotros que acaso estáis destinados a morir intentando asaltar los cielos, soñasteis con una vida mediocre!

—No hay nada de malo en la paz —dijo Shiryu, al tiempo que con un gesto indicaba a Ikki que lo acompañara en un ataque combinado—, incluso si a nosotros no se nos permite, el hombre no nació para vivir inmerso en una guerra eterna.

—Sois hombres débiles para una época débil —espetó Caronte.

Ese fue el momento escogido por los dos santos de bronce para atacar. Primero fue Ikki, aprovechando que Caronte giraba la cabeza hacia Shiryu para golpear su mejilla descubierta; no logró que la cabeza se moviera más allá de dos centímetros, pero eso era todo lo que su compañero necesitaba. El santo de Dragón, rememorando los fracasos anteriores, puso todo su cosmos en el brazo derecho y se dispuso a degollar al astral.

Pero este había visto el juego de sus oponentes, por mucho que se hubiese desarrollado tan rápido como la teletransportación de un experto en la telequinesis, y en el momento justo tomó Excálibur por los extremos de la hoja cortadora de hombres. Agarró el brazo de Shirryu tan rápido y con tanta violencia que sus dedos se hundieron en el metal y arrancaron sangre de la piel del santo  de Dragón al momento de arrojarlo contra Ikki.

No se quedó a ver cómo se recuperaba, sino que corriendo a través de la Ejecución de la Aurora, ignoró a Hyoga de Cisne y saltó sobre Seiya, con las manos listas para desgarrarlo como una manada de lobos destrozaría a un corcel indefenso. El santo de Pegaso, empero, reaccionó a tiempo y esquivó los Colmillos de Cancerbero a la par que conectaba un Cometa en el hombro del astral, quien lejos de retroceder, contraatacó con una patada directa al estómago de su rival.

Durante el poco tiempo que Seiya necesitó para recuperar el aliento, Caronte se dispuso a cegar a aquel desafiante héroe de los tiempos actuales. Pero sus manos no respondieron bien. Los dedos, Colmillos de Cancerbero, rasgaron la frente del santo de Pegaso en desagradables cortes hasta llegar a las cejas. Sin embargo, ni siquiera llegaron a tocar los ojos y el herido pudo lanzar un nuevo y más brioso Cometa.

La oscuridad manó en abundancia desde el hombro derecho de Caronte, aquel que este había usado para detener el ataque. Por su semblante, era obvio que esta vez le había dolido, pero sus ojos no miraban a Seiya, sino al brazo que había más allá de la sangre oscura. Un brazo que no le respondía bien, un brazo congelado que no podía despertar.

—Toda materia se detiene a Cero Absoluto, eso es lo que me enseñaron —dijo Hyoga, a espaldas de Caronte—. Mi maestro Camus era conocido como el Mago del Agua y el Hielo, nadie como él para formular una verdad compartida por la comunidad científica. Sin embargo, tanto mi maestro como nuestros científicos viven en el mundo de los hombres, nada saben de otros planos de la existencia como para esperar que trascender las leyes de la física sea posible. Superar la velocidad de la luz, un frío más bajo que el Cero Absoluto, capaz de afectar la materia divina de los Astra Planeta.

—Te has tardado tu tiempo en usar ese truco, Hyoga —reclamó Seiya. Aun si su voz sonaba molesta, pues los Colmillos de Cancerbero debían haberle enturbiado la mente, sonreía. Con la sangre bajando por todo su rostro, aquel héroe sonreía, satisfecho.

—Te lo dije —prosiguió Hyoga, correspondiendo el gesto de su compañero con una media sonrisa, mas clavando ambos ojos en Caronte—: mientras yo esté aquí, las llamas del infierno jamás alcanzarán a mis compañeros. Apagaré el fuego de tu cólera, demonio, y también a ti, para que no vuelvas a hacer más daño.

Como para dar fuerza a sus palabras, apuntó al brazo de Caronte con la palma abierta. El hielo empezó a extenderse, de modo continuo a pesar de su lentitud.

—Se acabó, Caronte —sentenció Shiryu, mientras Ikki se colocaba a la diestra de Hyoga. El perspicaz santo de Fénix había visto el rostro de Caronte en el momento en que fue herido por Seiya, y más que dolor, lo que creyó ver en él fue ira, odio.

Así miraba a los cuatro santos de bronce. Sin fruncir el ceño, apretar las mandíbulas o cualquier otro gesto esperable de un joven imprudente que mostrara sin tapujos su desprecio por quienes mira, Caronte lucía de pronto impasible. Los miraba con fijeza y una tranquilidad más fría que las partes cristalizadas de su brazo. Era tal la falta de cualquier muestra de cólera, que solo el aviso de Ikki mediante telepatía alertó a todos de alzar sus defensas, en el preciso instante en que Phlegéthôn fue liberado.

Como un sol que en su final quisiese llevarse consigo a todos los mundos que un día orbitaron en torno a él, las llamas se extendieron por toda la longitud del Cielo Lunar, si bien a esa altura tan solo cuatro hombres sintieron su ardor. No sin esfuerzo, con las manos extendidas, el cosmos alzado en forma de barrera y la inestimable ayuda de Hyoga, que hacía todo lo posible para hacer descender la temperatura, los santos de bronce sobrevivieron también a aquel ataque, esta vez sin daños, durante sesenta segundos de fuego continuo y una mudez imposible.

Sí, en verdad sintieron haber estado conteniendo la muerte de un sol, porque solo en el espacio aquella falta de sonidos habría tenido algún sentido.

—Esto es… —quiso decir Seiya, callando al ver que las palabras no llegaban a sus oídos. Miró a Caronte, decidido a detener lo que fuera que hubiese hecho, y entonces, lo entendió en un solo vistazo: el astral, sin siquiera mirarlos, estaba terminando de desgarrar con los dedos de la mano buena el brazo que había demostrado su inutilidad. Arrancaba por igual la piel sana y la cristalizada, con una mezcla de precisión y barbarie que terminó revelando una extremidad tan oscura como la noche. El sonido regresó en el preciso momento en que rozaba dos de sus dedos, filosos como cuchillas.

Un tremendo dolor llegó de forma simultánea a los corazones de los santos de bronce. Todos, sin excepción, gritaron y llevaron las manos a sus oídos, pues caía sobre ellos el sufrimiento de cuantos flotaban sin esperanza en el Aqueronte.

—Si tan peligroso eres —murmuró Caronte—. Tendrás que morir primero, ¿no?

En un salto más veloz que cuantos había dado a lo largo de la batalla, el astral alcanzó al santo de Cisne y atravesó su cuerpo con aquel oscuro mal. Todo el manto se agrietó alrededor de la herida, y los diminutos pedazos se alzaron para ser cubiertos por la sangre que Hyoga escupía vibraron por el aullido de aquel, herido en cuerpo, mente y alma a un tiempo, por el brevísimo instante en que se pudo oír cualquier sonido.

Sin que el brazo de pura oscuridad dejara de atravesar al santo de Cisne, Caronte prosiguió su acometida, despejando el mar de nubes por la onda de choque generada al moverse. En esta ocasión, se internó en la tempestad a la misma velocidad con la que intercambiaba golpes y contragolpes con los santos de bronce, y estos hicieron lo mismo cuando, a medias recuperados en un mundo de nuevo insonoro, se apresuraron a rescatar a su compañero. Volaron como si el mismo Hermes bendijese sus botas de sagrado metal; en relación a ellos, la tormenta estaba tan estática como una fotografía y cedía a ellos como si fuera aire y no la implacable fuerza destructora que sintieron en su anterior incursión. Montañas de fuego y hielo fueron borradas por los Cien Dragones del Monte Lu, cuyas fauces buscaron sin éxito atravesar al esquivo Caronte; rayos colosales se partían ante el vuelo de Pegaso y el Ave Inmortal, sin que ningún trueno y estallido se escuchase en un viaje demasiado largo para no llegar a ninguna parte.

Durante esos sesenta segundos de vueltas, lances y esquives a través de un infierno cósmico, a buen seguro que fue Hyoga de Cisne quien más dolores padeció. El brazo de Caronte, de una sustancia oscura a medio camino entre lo espiritual y lo físico, se removía en las entrañas del santo de bronce hiriéndole en todos los planos existenciales que al hombre incumbe. Gritó de rabia y dolor, derramó lágrimas ensangrentadas y tragó también la vida que se le escurría por la boca y la nariz, al apretar los dientes y mirar a su enemigo a la cara. Porque aun en ese sufrimiento único él seguía siendo Hyoga, hijo de Natassia, y adalid, como sus hermanos, de Atenea, siguió luchando. Con una recién descubierta obcecación volvió a su última estrategia y, arrastrándose a través de aquel brazo de tormentos, clavó sus puños en los hombros de Caronte, los hundió en una oscuridad que se deslizó a través de sus brazos hasta darle la sensación de que se romperían en cualquier momento. Ni aun así cedió el oriundo de Siberia, luchó mientras los ojos se le blanqueaban y el dolor se hacía tan grande que ya no recordaba lo que tal palabra significaba. En todo momento, en cada segundo eterno, dedicó hasta la última chispa de sus fuerzas a congelar al astral, así debiera hacerlo molécula por molécula.

—Míralos —dijo Caronte cuando se hallaron de nuevo sobre las nubes, con el Templo de Artemisa alzándose a sus espaldas. Tanto esa palabra, como las que siguieron no fueron oídas por nadie; si Hyoga todavía estuviese consciente, podría leer los labios—, siempre vienen a mí igual. Juntos. Vulnerables.

Esta vez sin florituras, Caronte apuntó a los tres santos que recién salían desde las nubes y disparó de su dedo una nueva técnica en el preciso momento en que todo el dolor sufrido por Hyoga se transmitió a sus compañeros.

Lethe —pronunció Caronte, por pura cortesía. La fuerza del olvido ya había sido disparada, llenando el horizonte de un color al que nadie cuerdo querría dirigir la mirada. A través de una distancia aún mayor de la que había recorrido luchando, Lethe borró todo, hasta llegar al astro que daba luz a todo ese mundo—. Si este fuera en verdad el Cielo Lunar de la señora Artemisa, esto no ocurriría, ¿verdad?

Él percibió su resistencia, imaginó al santo de Fénix interponiendo las llamas de la vida mientras el santo de Dragón, de una defensa tan sólida como inquebrantable era su lealtad, interponía su escudo entre el santo de Pegaso y el adversario al que sin duda seguía queriendo enfrentar, mientras la existencia de todos llegaba a su fin.

Y es que, cuando el efecto de la técnica dejó de ser visible, no quedaba nada salvo un enorme vacío y los restos de la luna cayendo cual meteoritos sobre el Templo de Artemisa. Satisfecho, Caronte dejó a Hyoga caer, más muerto que vivo, al infierno.

—Yo nunca caeré ante un santo de Atenea —le dijo mientras se hundía en las nubes—. Jamás. —Con esa sentencia, extendió el dedo; no dejaría nada al azar.

Entonces, venido de la nada, quien debía estar muerto llegó como un sustituto para el astro destruido por Caronte, pues tal era el brillo del Cometa que era su puño, el mismo que encajó en el estómago del astral hasta que se oyó la fractura de varias costillas.

—Es imposible —espetó Caronte, con los ojos más abiertos por la sorpresa que por el dolor—. ¿¡Vosotros que cedisteis al sueño de una vida mediocre, pretendéis igualar las hazañas de los héroes de antaño!? ¿Quién crees ser? ¿Aquiles? ¿Heracles?

—Seiya —respondió el santo de Pegaso, llenando su otro puño de energía cósmica.

El nuevo Cometa fue despedazado por el brazo oscuro de Caronte, que en ese mismo movimiento buscó arrancar la cabeza de tan tenaz oponente.

No pudo hacerlo. Un dragón esmeralda se lo impidió, clavando esta vez con éxito las fauces sobre la extraña piel del astral, al tiempo que dos cosmos más, tan distintos como el día y la noche, cayeron sobre él y lo propulsaron directo a donde los restos de la luna seguían descendiendo. Seiya, con una sola ala y la mitad del manto sagrado desintegrado como pálido reflejo de cómo se sentía por dentro, acometió de todas formas sobre un enemigo que, sabía, no iba a caer con tanta facilidad. Que tal vez no caería de ninguna forma, pues la palabra rendición estaba tan ausente en el vocabulario de Caronte como en el de Seiya. Por más veces que cayera, se volvería a levantar.

Caronte, entretanto, tenía una opinión similar del santo de Pegaso. Si ya había intuido la razón por la que los dioses le ordenaron poner fin a esa vida, ahora lo comprendía más. Ese mortal, tan simple e inferior en todo a sus más entrenados compañeros, que aprendieron los secretos del cosmos de los ángeles del Olimpo, cubrió todas y cada una de sus falencias en aquel combate. No era que le hubiesen dado ninguna lección profunda; había luchado junto a sus camaradas, sus hermanos, eso era todo. La sinergia entre cuatro cosmos que trascendían el limitado conocimiento sobre el Séptimo Sentido de los humanos en la actualidad, había llevado el poder de cada uno a un punto en el que hasta la suma de las partes no era más que una gota en medio del océano.

Ahora todo ese poder había sido confiado a Seiya de Pegaso, era esa la batalla final, en opinión de Caronte. El momento en que cumpliría su misión.

—Una vez acabe contigo y con ese traidor de Narciso, mi deber estará cumplido —aseguró Caronte mientras ambos intercambiaban golpes y contragolpes en aquel último viaje—. ¡Acompañad a vuestro señor en el reino del olvido!

—¡Solo a una acompañamos entre los inmortales! —exclamó Seiya en un momento de ventaja—. ¡Solo a Atenea! ¡A Saori Kido!

Entonces, mientras inmensos pedazos de un astro mágico terminaban de caer sobre el Templo de Artemisa, liberando una inmensa montaña de polvo estelar, Seiya descargó una infinidad de Meteoros contra el rostro de Caronte. No pudo hacer más, fue incapaz de concentrar toda esa energía en un solo golpe, pues el astral había tenido tiempo de emplear los Colmillos de Cancerbero con su mano descarnada: el ala de Pegaso, lo que quedaba del peto y un sector del torso fueron cortados con una saña bestial, inhumana. Falto de fuerzas, Seiya estuvo a poco de perder la consciencia.

—¿Acaso hemos terminado? —preguntó Hyoga, severo.

—Yo diría que no —aclaró Shiryu.

—Como experto en salir del infierno —comentó Ikki, el último en aparecer—, diría que no podemos darle por muerto mientras le quede un solo átomo.

Caronte tensó la mandíbula de un rostro que ya solo se asemejaba a medias al de los hombres. Los santos de Cisne, Dragón y Fénix estaban allí. Podían ser los mismos que él había matado, podían ser almas e incluso meras proyecciones, no importaba; seguían estando allí, seguían existiendo aunque fuera un rastro de unas existencias que él había borrado. No podía permitirlo. Tenía que acabar con ellos.

El sentimiento era mutuo. Fuesen lo que fuesen, los santos de Dragón, Cisne y Fénix se enzarzaron en un combate marcial con el astral mientras Seiya reunía todo el cosmos que le quedaba en un último y decisivo ataque. Era una estrategia arriesgada, pues era Seiya el que mejor luchaba en el aire, pero terminaría demostrándose que solo así la posibilidad de la victoria podía darse. Caronte nunca había lucido tantas de aquellas heridas oscuras, y del mismo modo nunca había sido dominado por una ira tan ardiente; su piernas se movían tan rápido que Ikki y Hyoga solo daban muestras de sentirlo cuando ya estaban siendo empujados hacia atrás, y del manto de Dragón solo quedó intacto el escudo tras Lethe y la mordedura de los Colmillos de Cancerbero.

—Qué desperdicio —lamentó Shiryu, dragón de cien cabezas que atacaba a Caronte desde todas las direcciones. Era la última técnica de su maestro, el punto culminante del estilo combativo del monte Lu—. Tienes una fuerza prodigiosa, Caronte. En nombre de la justicia, habrías hecho mucho bien.

—¡Cuán arrogante eres, Dragón! —espetó Caronte, frenando al tiempo los puños de Ikki y Hyoga—. ¿Qué te hace pensar que tú luchas por la justicia?

Sangre, oscuridad y restos apenas perceptibles de metal sagrado flotaban en torno a los cuatro combatientes cuando Seiya cayó desde las alturas. Su puño era un sol destellante, la energía del origen del universo lo recorría por completo, lista para expandirse.

—¡No soy un traidor! —gritó Caronte, apartando a Shiryu, Hyoga e Ikki con una onda de furibunda energía invisible. Apuntó a Seiya con el dedo extendido—. ¡Vosotros sois los traidores, sois la amenaza que yo debo destruir!

Seiya dejó que su puño hablara por él, confiando a esa última técnica todo lo que le quedaba. En el último momento, un dragón esmeralda, un ave de fuego y el cisne de níveas alas se fundieron en esa luz esperanzadora.

Lethe y aquel magnificado Cometa se encontraron enseguida. El choque duró solo el breve instante que tardaron en distorsionar el mismo tejido de aquella realidad.

 

***

 

La balanza de aquella batalla se invirtió en el preciso momento en el que el inframundo fue sellado tanto por fuera como por dentro, un instante escogido por Akasha para hacer un movimiento que nadie le había sugerido. Ofión de Aries, desconocedor de la voluntad de la Suma Sacerdotisa, veía tranquilo y en paz el nuevo Muro de las Lamentaciones cuando se percató de que alguien lo observaba desde hacía rato.

Shizuma Aoi no le dio explicaciones, como no hizo con los santos de Géminis y Tauro. Se limitó a sacarlo de un mundo que no le correspondía aún, el de los muertos.

 

Aunque gran parte del ejército del Santuario seguía luchando a lo largo del mundo, aquellos cuatro no se reunieron en ninguno de los frentes, como Ofión descubrió nada más respirar de nuevo el fresco aire de la Tierra. Se hallaban en el Santuario.

Dado el estado de Shaula y Sneyder, así como las misiones de Adremmelech, Akasha y Lucile, a nadie le extrañó que aquellos cinco no estuviesen. Más bien, se sorprendieron de que Triela los esperara, lista para explicarles, con el tosco lenguaje de señas que había logrado aprender, el curso de la guerra. Lo hizo sin aspavientos y con tanta paciencia como era de esperar, excepto en la ocasión en que habló Garland:

—Debisteis dejarme allí. Sí, no me miréis así, ha sido más duro luchar con ese río infernal. Aunque mis heridas sanan ahora que me hallo fuera de los dominios de Hades, la maldición del dios de las lamentaciones sigue ahí, en lo profundo de mi alma, esperando a que de nuevo expulse toda mi fuerza para cristalizar por la eternidad la chispa de la Gran Voluntad que esta contiene. ¿Qué sentido tiene, pues, que regresara al mundo de los vivos? Yo, que he sido tocado por Cocito y no por lo que el Pacificador aprendió de las heridas del alma, no estoy en la misma posición en la que estuvo Su Santidad, ¡mi mal no es algo que el tiempo pueda curar!

Diríase que Garland de Tauro estaba harto de estar vivo, y Triela se lo hizo saber con violentos gestos, puñetazos en la frente y tirones de orejas. Así, la Silente le arrancó alguna risa; incluso pronunció, con un tono más bien jovial, unas palabras de agradecimiento cuando Triela logró darle a entender que el Lamento de Cocito había sido purgado por una de sus flechas, la Muerte. Para tan magna hazaña, para todo lo que habían logrado, el santo de Tauro no tenía sino alabanzas que encantado dedicó por igual a la arquera y los demás, pero su rostro seguía sombrío al final.

Porque habían tenido que pagar el precio. Nimrod de Cáncer no había regresado.

—¿No pudiste salvarlo? —le preguntó Ofión a Shizuma Aoi en cuanto entendió lo que pensaba Garland. No tardó en arrepentirse de lo que dijo. Sin duda el esfuerzo que la joven empleó para salvar a los otros tres ya era demasiado grande—. Lo lamento.

Shizuma inclinó la cabeza hacia el compungido griego, parecía querer decir algo. Sin embargo, el santo de Tauro se le adelantó, de modo que las palabras de la Dama Blanca se quedarían tras un velo de silencio y misterio, como solía ocurrir.

—Descuida, Ermitaño. El Pequeño Abuelo no caerá tan fácilmente, ¿qué clase de final sería ese para nuestra competición sobre quién vivirá más en este mundo? Ya sé que no hay forma de que me gane, pero ni los dioses son tan crueles como para no darle una oportunidad —decidió, cruzado de brazos y forzando una sonrisa espeluznante.

Lo único que pudo hacer el santo de Aries frente a tan seguras palabras fue quedarse mirando, boquiabierto. No recordaba haber conocido a un hombre tan reacio a aceptar que alguien pudiese morir de forma inesperada como el Gran Abuelo, Garland de Tauro. Akasha podría ser una excepción, pero a decir verdad, nunca se había interesado demasiado en conocer a la persona detrás del título Tejedora de Planes.

—También yo desconozco la situación de Nimrod —intervino Kanon, tras permitirse un tiempo de reflexión—. En realidad, no esperaba que ninguno sobreviviéramos a esto, el sello que hemos puesto debería haber separado la Tierra y el inframundo por lo menos durante los próximos doscientos años.

El antiguo Sumo Sacerdote no tenía que aclarar que una fecha tan desalentadora aplicaba solo en el caso de que Hades no siguiese con vida.

—Su Santidad me encargó esta tarea —aclaró Shizuma Aoi, respondiendo a la duda mantenía en vilo a todos los presentes—. Los santos no mueren

—Nos salvaste de lugares que debían haberse vuelto inaccesibles —objetó Kanon, para consternación de Ofión. A diferencia de Garland, el Ermitaño estaba más que agradecido de seguir con vida. Una cosa era estar dispuestos a sacrificarse y otra perseguir alegremente la muerte—. Yo no pude haber abierto una salida.

—Tampoco… —empezó a decir Ofión, callando a media frase—. ¿Qué importancia tiene? Los poderes de Shizuma siempre han superado todas nuestras expectativas.

—Calma, calma —pidió Garland, interponiéndose entre Ofión y el hombre al que hacía tres días debía dirigirse con obediencia plena—. Creo que es más importante ponernos de acuerdo en nuestro próximo movimiento. Seguimos estando en guerra, ¿recordáis?

—Respecto a eso, tengo algo que decirles —reconoció el santo de Aries, acordándose por fin de aquel misterioso suceso—. Leteo me advirtió de Damon. Es posible que el líder de los telquines se haya apoderado de la legión de fantasmas.

A excepción de Shizuma, todos se sobresaltaron ante aquella revelación. Por medio minuto, la silenciosa Triela desapareció del lugar, dando un viaje rápido por entre las brumas del continente Mu. Cuando regresó y Kanon le increpó con la mirada, la única respuesta que pudo dar Triela fue un desanimado cabeceo en sentido afirmativo: la mayor parte de la legión de Leteo había desaparecido, y entre las victoriosas fuerzas de la Alianza del Pacífico se comentaba que habían ido a parar a donde estaba Damon. La guerra no había acabado, no del todo.

—¿Puedes llevarnos hasta él? —cuestionó enseguida el santo de Géminis.

—Él se dirigió a mí —aclaró Shizuma, despertando por un segundo la desconfianza de Kanon, a pesar de los años de servicio—. Desea una audiencia con nuestra Suma Sacerdotisa para hacer la paz dentro de tres días. Si no lo molestamos…

—Qué pesados son con los puñeteros tres días —cortó Garland, sorprendiendo a todos—. ¿No es verdad? Caronte, Bolverk y ahora Damon. Deberíamos acabar con nuestros enemigos de una maldita vez. Una tregua no cambiará la mentalidad de quienes quieren destruirnos, solo alargará los conflictos, os lo digo por experiencia.

—Hasta ahora hemos sido nosotros quienes las hemos roto —le recordó Shizuma.

—Tú siempre tan misteriosa —gruñó Garland, frunciendo el ceño—. A veces me pregunto si sirves a la misma voluntad que todos nosotros. A Atenea.

—Pues claro que lo hace —terció Ofión, sorprendido de que la paranoia del santo de Géminis hubiese contagiado a uno de los más nobles entre el ejército del Santuario, aun si ahora no estaba de humor—. Y seguimos siendo necesarios para derrotar a Caronte.

Tan pronto habló el santo de Aries, las palabras parecieron trastocar la realidad del mismo modo que cuando Belial lo posesionaba.

En el monte Estrellado, Caronte había aparecido.

 

***

 

Con el poder de Almagesto había obrado grandes milagros. Desde detener las legiones del inframundo y sellar el Hades hasta reparar la Torre de los Espectros, reduciendo a la nada todos los esfuerzos de las huestes de Cocito en menos de lo que dura un suspiro. Por esa razón, la Suma Sacerdotisa creyó tener poder suficiente para destruir a la mayor amenaza del Santuario. Centró en él todos sus pensamientos, deseando más que cualquier otra cosa la aniquilación de cada porción de su existencia.

Eso tan solo sirvió para llamar la atención del astral, quien raudo viajó desde la más alta montaña al templo papal. Apenas había echado abajo las puertas, que cayeron ruidosas anunciando su llegada, y la Esfera de Plutón ya cubría una vez más tierra sagrada, negando cualquier ayuda del exterior. El mundo obedecía ahora las leyes de Caronte, cuyas heridas no tardaron en empezar a sanar, incluso si era con tal lentitud que este se cubrió con una larga túnica de sombras, ceñido en la cintura por un río de sangre.

—Al fin te muestras tal y como eres —dijo Akasha sin titubear—. ¡Demonio!

La sonrisa que Caronte exhibió ante ese saludo no podía pertenecer a cualquier otra clase de criatura, pues de un lado reflejaba la crueldad humana, y del otro era una línea incolora en medio de una piel hecha de sombras. El último ataque de Seiya le había herido la mitad del rostro, de modo que ya allí no tenía más que un remolino de oscuridad orbitando alrededor de una esfera color violeta.

—Esa es una declaración interesante —observó Caronte con doble voz, la suya y un eco de otra tan lejana como si proviniera del sellado Hades—, para una cría de pecho que inicia una guerra por un vulgar capricho.

—Contén tu lengua —exigió Akasha, alzándose del trono. Tras su aura magnánima, alzó con dos dedos el talismán que pensaba colocar sobre la Torre de los Espectros, uno que ella misma había escrito con la sangre de la antigua reencarnación de Atenea—, esta guerra la empezaste tú. Mi causa es justa.

—Tu causa se resume en querer vengar a unos soldados mediocres que murieron en una guerra innecesaria. ¿Esas cosas nunca pasan en el mundo de los hombres, verdad?

—Ni siquiera te arrepientes. Bien, lo harás allí donde te mandaré.

Un poder sin precedentes iluminó la estancia, para sorpresa de Caronte.

—Es impresionante —dijo el astral, con el ojo muy abierto—. Infinito, sin límites, ¿acaso es esto el dunamis? ¿¡Has obtenido el poder de un dios!?

La última palabra fue pronunciada con un tono de burla, dejando tras de sí una sonrisa. El brazo que el mismo Caronte había despellejado se extendió como un proyectil hasta alcanzar a la papisa y empujarla de nuevo hacia el trono. Tres de los cinco dedos llegaron a clavarse en su vientre y se removieron, haciéndola vomitar sangre.

—Ah, creo que no —susurró Caronte—. Y tú quédate quieta.

Lucile de Leo se había escabullido hasta lo que creía el lado ciego del astral, pero el orbe violáceo que flotaba entre sombras percibía todo con más claridad que el más humano. A más de tres metros de Caronte, la leona de oro fue apresada por un tercer brazo de oscuridad que le surgió del hombro: largo y flexible como un látigo, los dedos tenían hasta tres articulaciones y bastaron dos de ellos para paralizar a la enmascarada y empujarla hasta el techo. Allí, mientras la piedra se agrietaba y llenaba de polvo la alfombra roja del salón, Caronte jugó con la idea de matar a su segunda presa. Solo tenía que mover un poco la yema del dedo que tenía contra su mejilla y la cabeza se despegaría del resto del cuerpo. Eso era en sus manos: una simple muñeca.

—Eso sois todos —clamó Caronte, siendo una voz que hizo temblar todo el templo y que se oyó a lo largo del Santuario entero—. ¡Quedaos quietos!

Garland, Kanon, Triela y Ofión estaban en el Santuario para cuando se activó la Esfera de Plutón, y por supuesto que todos ellos se apresuraron a ayudar a la Suma Sacerdotisa, pero nuevos brazos surgieron de la túnica de Caronte y se extendieron para frenar el avance de los santos de oro. No lo hacían recorriendo cualquier clase de distancia, sino rasgando el espacio-tiempo y apareciendo allá donde debían.

Tres de los santos de oro se vieron en la misma situación que Lucile. Kanon, en cambio, logró librarse, primero apoyándose en la habilidad de Shizuma y después valiéndose de sus propias artes. Así llegó al Gran Salón que tan bien recordaba, y no dudó un solo segundo en liberar el poder con el que estuvo a punto de enfrentar a las Erinias.

Un universo en miniatura nació y murió alrededor de Caronte. Este, desdeñando la técnica, ni se molestó en ver aquel espacio que evocaba la Otra Dimensión, lleno de mundos que surgían solo para ser destruidos por una energía atronadora. Todo el templo papal sufrió estragos y la montaña entera tembló mientras la Explosión de Galaxias era ejecutada, luego vino el silencio, y después un nuevo estallido. A la tercera vez que fue víctima de la misma técnica, Caronte se dignó a mirar a Kanon de Géminis, quien ya no le prestaba atención. De algún modo, el santo de oro había causado tal distorsión al tejido espacio-temporal que el mismo evento era experimentado por el regente de Plutón una y otra vez, mientras que el antiguo Sumo Sacerdote buscaba la manera de rescatar a Lucile de Leo y Akasha de Virgo de sus garras.

Hekatonkheires.  —Caronte no quiso correr riesgos. Aun si uno de aquellos brazos sombríos le bastaba para someter a un santo de oro, empleó cinco para el que tenía enfrente, uno por cada extremidad y el último para su cabeza. Como viajaban más allá del espacio y el tiempo, ninguno se vio afectado por el bucle en el que el astral se veía inmerso, y sin embargo, el Sumo Sacerdote pudo esquivarlos. Todos y cada uno.

A decir verdad, los santos de Aries, Tauro y Sagitario hacía tiempo que se habían librado de los tres que envió contra ellos, merced de un escurridizo pez dorado.

Caronte no hizo ningún movimiento más, ni siquiera se defendió. Una y otra vez, la Explosión de Galaxias castigó el mismo Gran Salón, cuyo suelo se abría y cerraba como una flor ante la satisfecha mirada de Kanon. Al final, empero, el antiguo Sumo Sacerdote debió maldecir en silencio, pues lo que quedó tras todo esto era absurdo.

—Un bucle espacio-temporal, ¿eh? Nada mal para un santo de Atenea —aprobó un Caronte todavía más sano que el que vio Kanon al entrar en el trono papal. Su boca ya había sido restaurada, y también su brazo, que ya no atravesaba el vientre de una malherida Akasha. Una docena de extremidades oscuras emergían de su espalda, incluyendo aquella que mantenía presa a Lucile de Leo. No menos del doble debían estar persiguiendo a los otros santos de oro en la Esfera de Plutón, para impedirles intervenir—. Permíteme advertírtelo, Géminis, todo esto es inútil.

Desoyendo toda advertencia, Kanon apareció a la diestra de Caronte y quiso golpearlo, pero este bloqueaba sus puños con pasmosa facilidad.

—¿Qué importa que hayáis cerrado el Hades? Yo sigo bastándome para todos vosotros. Soy el fuego que arrasa los mundos, soy el frío que trae la muerte a las más viejas estrellas y el olvido que devorará todo un día. Soy el campeón de los dioses y he dado muerte a los vuestros hace tan solo un momento, ¿qué esperas lograr tú?

—¡Hablas demasiado!

—Y tú haces tan poco —se burló Caronte, golpeando el estómago del santo de Géminis con tal fuerza que este tuvo que retroceder. El regente de Plutón miró el puño, antes descarnado y ahora manchado solo por la sangre de su rival; pedacitos de metal dorado se deslizaron entre los nudillos, para su satisfacción—. Solo el poder combinado de un dios y su ejército puede acabar con uno de nosotros.

—V-vaya —dijo Kanon, incorporándose—, ¿lo habéis oído bien, Suma Sacerdotisa?

Caronte, extrañado de la repentina sonrisa del santo de Géminis, giró hacia la líder del Santuario. Esta también sonreía, lo hacía como un astuto demonio, más que una santa.

—Sí, parece que todavía no se ha dado cuenta de con quién está peleando —dijo Akasha, dolorida, mientras clavaba en el astral unos ojos brillantes de determinación.

—Con un puñado de mortales —espetó Caronte.

—Con el ejército de mortales especializado en guerrear contra los dioses —repuso Akasha, alzando con la fuerza de su mente algo que estaba oculto bajo el trono papal. Un ánfora—. ¿Por qué hemos de temerte a ti, que no lo eres?

—¿Qué esperas lograr con eso? —cuestionó Caronte, divertido.

—Cometiste dos errores al desafiarnos —advirtió Akasha, sin que los gemidos de dolor de Lucile ni el sonido del manto de Leo al agrietarse por la oscura mano de Caronte minase su determinación—. El primero fue creer que solo tenías que preocuparte de cinco santos de Atenea, cuando enfrentabas a todo el ejército. El segundo, fue suponer que me había aliado con Poseidón para que este te matara.

—¿Ahora te puede el orgullo? —cuestionó Caronte. Ya para ese momento eran cincuenta los brazos que salían de su túnica. La mitad de ellos se deslizaba hacia la Suma Sacerdotisa desde todas las direcciones—. Sin la ayuda de un dios…

—¡Tengo la ayuda de una diosa! —cortó Akasha, sin poder más contener su ira—. ¡En cada piedra de este Santuario reposa la voluntad de Atenea, a cuyos fieles diste muerte! ¡Esta es la justicia de la que te hablo, Caronte, llámala venganza si te place! —gritó, perdiendo entonces toda humanidad. Las pupilas se dilataron adoptando un tono gris, sus heridas dejaron de sangrar y su voz llenó la estancia al dirigirse a Lucile—: ¡Canta, amiga mía! ¡Canta a la justicia y la venganza, canta como nunca antes lo has hecho!

La leona de oro obedeció, reticente al principio por creer la orden una burla de la Suma Sacerdotisa. Abrió los labios tras la máscara y cantó una tonada simple, para luego tornarla en una canción llena de una deliciosa tristeza.

Todos los brazos se retorcieron a la vez sobre sí mismos, pues el poder de Lucile provenía también de la Esfera de Plutón y era, por ende, divino hasta cierto punto.

Caronte, fuente de ese extraño don, no fue sometido con tanta facilidad. Sin prestar atención a cómo la leona de oro se liberaba de la presa y caía al suelo, pensó en correr hasta la Suma Sacerdotisa y destrozarla a golpes, pero apenas dado el primer paso, alguien lo agarró con la hercúlea fuerza de unos brazos dorados.

—¿Esto es…? —trató de preguntar Caronte antes de que las heridas de su cuerpo se abrieran de nuevo. Salvo el rostro, donde lo único que quedaba por sanar era la zona del ojo, el cuerpo de Caronte volvió a ser el que había caído del Cielo Lunar.

—Olvidas que los santos de Atenea nos especializamos en destruir los átomos que forman la materia —observó Kanon, mientras un halo místico, muy superior al cosmos de los doce del zodiaco, lo cubría, transformando el manto sagrado—. Debiste esperar a recuperarte si es que en verdad has matado a quienes sobrevivieron a Poseidón. ¡Ninguno de ellos habría dado su vida sin lucha!

—Maestro —musitó una sorprendida Akasha. El manto de Géminis se había restaurado del daño causado por Caronte y lucía ahora una apariencia que evocaba a las historias de Seiya y los demás. De sus vagos recuerdos de su batalla en el Elíseo.

—Debías saberlo —dijo Kanon, poniendo un gran esfuerzo en que Caronte no se librara de su presa. El astral ejercía cada vez más presión en contra de él, su fuerza crecía por momentos y no tardaría en ser imposible el contenerlo, incluso con ayuda de Lucile—. Si los talismanes fueron hechos por Saori Kido, ¿qué uso dimos a los viales que nos dejó? Arthur y yo pensamos que debíamos tener un seguro por si cualquier cosa salía mal cuando Shiryu se marchó. He cometido muchas faltas, Akasha, pero solo por esta me disculparé contigo. Perdona a este hombre que fue incapaz de confiar en su propio ejército, perdóname por haber desconfiado de ti.

—Maestro —dijo Akasha—. Nada hay que deba perdonarte a ti.

—En ese caso, al menos hazme un favor. ¡Manda a este bastardo al infierno!

—¡El ánfora solo puede contener almas, ¿qué alma ves en mí, Suma Sacerdotisa? ¡Soy una existencia mayor de lo que jamás podrías imaginar. Materia y espíritu solo se diferencian entre los meros mortales. ¡Yo soy…!

La voz de Lucile se elevó hasta ahogar la de Caronte, paralizándolo por un único y significativo instante. Akasha, recurriendo a todo el poder que le quedaba, envolvió a Kanon y Caronte en una ley cósmica escrita sobre el mismo tejido de la realidad. No de aquella en la que viven los hombres, sino la de la Esfera de Plutón. Toda la oscuridad de ese reino de muerte que tanto dolor le trajo trece años atrás fue atraída hacia el Ánfora de Atenea, como si en conjunto no fuera más que un alma que ocupaba un espacio muy grande. Por la voluntad de la Suma Sacerdotisa, quien se hallaba en un estado en que no había diferencia entre palabra y hecho, el resto de los que se hallaban encerrados en la Esfera de Plutón se salvaron de esa orden. Solo a Kanon no pudo salvar, tal y como no pudo salvar a Nimrod, y es que era necesario que alguien impidiese escapar a Caronte.

—¡Arrepiéntete de tus faltas junto a mí, demonio! —gritó el santo de Géminis en el último momento, la última hora de oscuridad en el Santuario.

El ojo siempre abierto de Caronte fue lo último que quedó en el interior del recipiente, el cual se agitaba con violencia, pues ningún dios había participado todavía en el sello. Akasha cayó de rodillas al intentar avanzar hacia él y tuvo que ser Lucile quien tomara el talismán y concluyera el hechizo tapando con él el Ánfora de Atenea.

Despojada del manto de la divinidad, Akasha lloró frente a aquel logro. Derramó lágrimas aun cuando los santos de Aries, Tauro, Piscis y Sagitario llegaron al salón vivos, porque, una vez más, entre viejos conocidos había una insustituible ausencia.

—Su Santidad —dijo la más inesperada voz. Ofión de Aries tomaba su mano con delicadeza, ayudándola a levantarse—. Hemos vencido. La guerra ha acabado.

Miró a Ofión, sorprendida. Después se secó las lágrimas con la mano y curvó los labios en una muy suave sonrisa. «Todo está bien —pretendía decirle al santo de Aries.»

—La guerra ha acabado —repitió la Suma Sacerdotisa—. Ha terminado, por fin.

 

 

Notas del autor:

 

Si esta historia fuese adaptada a la animación, pienso que este sería justo el punto de inflexión que separaría la primera temporada de la que sigue, pues no solo asistimos al desenlace de la guerra contra el Hades sino a la derrota del villano principal.

 

Para honrar este fin de temporada, dejo una pequeña encuesta para quien guste participar, con cinco preguntas sobre su contenido:

  1. Héroes favoritos. De entre los ejércitos de Atenea, Poseidón y otros (Bluegrad, Midgard, Fundación Graad...)
  2. Antagonistas favoritos. De entre los Astra Planeta, Campeones del Hades, caballeros negros y otros.
  3. Dioses favoritos.
  4. Arco favorito. Preludio, Plutón, Neptuno y Urano.
  5. Batalla favorita.

 

Dicho esto, queridos lectores, tras dos años de publicación (casi) ininterrumpida, me tomaré un mes de descanso. Si todo va bien, el volumen cuarto, Saturno, comenzará a publicarse en la última semana de noviembre. Esto significa que cuando se retome la publicación no habrá capítulo doble como en otras ocasiones. No obstante, a mediados de noviembre liberaré el interludio entre el tercer y cuarto volumen. Considero mejor hacerlo así, y no la semana que viene, para que la espera no sea tan larga.

 

Sin nada más que decir, os doy las gracias a todos (los que comentan y los que me siguen en silencio), por haber leído hasta aquí. ¡Espero seguir contando con vosotros y que sigáis disfrutando de lo que esta historia tiene que ofrecer! 


OvDRVl2L_o.jpg





0 usuario(s) están leyendo este tema

0 miembros, 0 invitados, 0 usuarios anónimos


Este tema ha sido visitado por 52 usuario(s)