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Anécdotas de Oro


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144 respuestas a este tema

#141 Αλάλα

Αλάλα

    Black UFO

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Quito, Ecuador

Publicado 12 febrero 2019 - 18:53

Vi que había capítulo nuevo y no sé, creo que tenía que cocinar y olvidé leer :v Ya que terminé mis 'tareas' de hoy, pues...

 

¡Ah! Así que esa actitud que conocemos de Milo proviene de su maestra :o Melantha me ha encantado, la construcción que hicieron de ella junto al resto del mundo (o sea, el ser santo) está genial. La primera parte fue ciertamente triste, tener a los padres enfermos es bastante frustrante ya que hay enfermedades de las cuales no se puede hacer nada y es todavía peor cuando se nota en el rostro del que lo padece.

 

En la segunda parte es bueno ver que Milo interactua y tiene amigos, contrasta bastante con el capítulo anterior y es bueno porque, aunque se entristece por la pérdida de sus padres, no se deja abrumar por ello y continúa adelante (y en especial gracias a su maestra que le recalca lo dicho por su padre). Creo que incluiré la historia de Milo entre mis favoritas :D porque a pesar del cliché del pasado trágico xD el desarrollo de Milo hacia santo por ahora no ha sido tan brusco (te miro Shoko xD)

 

Por cierto, esta parte está repetida en uno de los párrafos: 

 

Spoiler

 

Todos esperamos Piscis xD Aunque quisiera poder tener el extra de Shion...

 

Saludos!


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#142 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 23 marzo 2019 - 12:53

Qué raro que se nos pasara esa parte repetida. Culpo a Google Drive de eso. Muchas gracias por notarlo y por seguir pasando, estimada Raissa! Y también lamento responder tan tarde. De hecho, pensábamos que ya habíamos publicado la parte 3 de Escorpio hace tiempo, pero ahora veo que no xD

 

A nosotros también nos gustó como quedó Melantha. Ella va moldeando a Milo a que sea como lo conocemos, y es un honor que te parezca de las mejores. Sí, es cliché, pero que no lo es en SS? jaja

 

Un extra de Shion no se nos había ocurrido. Aunque él aparece en todas las historias hasta ahora, pero quizás estaría bien algo más personal. Lo pensaremos, y quizás vaya después de Piscis.

 

Un saludo!

 

 

 

Parte 3

 

Agosto de 1998, Grecia.

Agosto era el mes más caluroso del año en Grecia. 1998, además, fue un año particularmente seco, y lo más común era escuchar a los helenos quejándose constantemente por el calor, o ver la frase “ola de altas temperaturas” en las noticias. Muy pocos se sintieron cómodos con el calor infernal, pero para esas excepciones no sólo era acogedor, sino que se disfrutaba. Esas excepciones eran Melantha, la Santo de Bronce de Horno, y su discípulo, Milo, que aspiraba a la armadura de Oro de Escorpio.

—Vamos, ataca.

—¡No te arrepientas después, maestra!

Ya se había apropiado del nombre ‘Milo’, y hablaba perfectamente el griego, sin más trabas. Se había convertido en un adolescente de mirada penetrante, fornido, casi tan apasionado como su tutora, con una capacidad increíble para dominar la Aguja Escarlata de los Santos de Escorpio. Tras siete años de duro entrenamiento, ya estaba preparado para cualquiera fuera la prueba que le dieran para volverse un Santo de Oro. Solo necesitaba saber qué era.

Milo clavó cinco Agujas en Melantha, y esta contraatacó con su fuego, riendo mientras lo hacía. No era el protocolo, y así se lo hicieron notar los presentes que se encontraban atestiguando la pelea en el Coliseo, pero a Melantha no le importó. Si no se había sentido ni un mínimo de incómoda por los comentarios malintencionados sobre cómo podría una simple Santo de Bronce entrenar a un futuro de Oro, menos todavía le iba a prestar relevancia a la gente demasiado seria que no sabían disfrutar de vivir la vida al máximo.

Al final, fue Melantha la que cayó fuera del círculo improvisado que habían armado, y aceptó su derrota con una sonrisa triunfante. Había convertido a un niño tímido, inseguro y con traumas en un joven hábil y tenaz, que gozaba de los eventos de la vida. No tanto como ella, pero bastante, y más en una edad conflictiva, los catorce años. Estaba listo para tomar la prueba de la armadura.

—¡No me arrepiento de nada, jaja! —exclamó Melantha, que aparte de reír también sufría por las picaduras de escorpión en su cuerpo. Retsu de Lince, otro Santo de Bronce, le ayudó a ponerse de pie, mientras Milo corría hacia ella.

—¿Estás bien, maestra? —le preguntó el chico, quitándose el cabello del rostro, con apenas un poco de sudor y quemaduras leves. Le tendió la mano, pero ella se lo rechazó con amabilidad.

—Tranquilo, Milo, estoy bien, nada que una buena pomada y mucha, mucha agua (o cualquier trago, para ser honesta) no puedan solucionar. Lo importante es que estás listo.

—¿L-listo? U-usted se refiere a… —El muchacho retrocedió con las manos temblorosas. Una sonrisa brillante se fue formando en su rostro.

—Pensé que ya habíamos dejado atrás esa etapa del balbuceo, Melos. ¡Tendrás tu prueba para recibir tu Manto Sagrado de Oro! —anunció Melantha, lo que le hizo ganar exclamaciones diversas del público, incluso de los que habían hablado mal de ellos antes. La prueba para un nuevo Santo de Oro era así de esplendorosa siempre—. Así me lo confirmó el Sumo Sacerdote hace unas horas.

Milo sentía que brillaba. Se sentía observado por bampá y mamá, al fin capaz de tomar todo lo que había perdido, y devolverle a sus almas el resplandor que le habían dejado. Las enseñanzas desde el más allá, el destello rojo de saber que sería capaz de proteger a otros y de derrotar a los que cometieran injusticias en el mundo. Todo ello se tradujo en el carmesí de sus mejillas.

—E-estoy algo nervioso…

—No lo estés, o las chicas de Rodrio van a notarlo, chico —le calmó Melantha, hablándole en voz baja, con una mano sobre su hombro levemente quemado. Le dolía todo el cuerpo, pero nada se comparaba con aleccionar al estudiante—. Prepárate, nos reuniremos en la playa, en tres horas.

—¿Pero qué tengo que hacer?

—Para ti, algo fácil. Tienes que hacer arder tu Cosmos hasta que evapore el agua de la bahía. Tienes que quemar tu Cosmos más caliente que el mío. Tienes que brillar mucho más que yo.

 

La bahía de los Santos no lo era propiamente tal, pues incluso los seres humanos normales, los que no sabían manejar el Cosmos, podían ir allí como a cualquier playa de Atenas. Sin embargo, era una propiedad legal del Santuario, solo que no se molestaban porque apareciera más gente… y cuando era necesario algo privado, como lo que iba a ocurrir con Milo Rodias y Melantha, simplemente se cerraba al público aduciendo que las olas estaban peligrosas.

Milo ya estaba en el agua diez minutos antes de que llegaran Melantha y el Sumo Sacerdote, que iba, además, acompañado por Death Mask de Cáncer, Shura de Capricornio y Aphrodite de Piscis. Milo fue capaz de divisar, a lo lejos, a Saga de Géminis, que se había convertido en un hombre muy apático, nada propenso a ser visto en estas actividades, a no ser que fuera muy urgente. Milo, en cambio, gustaba de brillar como una bengala incandescente.

—Los estaba esperando. —Milo se arrodilló con sumo respeto, y Melanthe comprendió cuánto había aprendido durante esos años.

—Milo, ¿serás hoy capaz de convertirte en un guerrero digno y noble, que proteja la felicidad de la gente, que luche contra las fuerzas del mal, y que brille como la estrella Antares? —comenzó el Sumo Sacerdote, sin mayores protocolos, mientras Melantha se adentraba en el agua con la armadura de Horno puesta—. ¿Seremos hoy testigos de la aparición de un nuevo Santo en las fuerzas de Atena?

El Pontífice no esperaba que alguien le respondiera, era un asunto de protocolo. Con una señal, dio el paso a Melantha, para que iniciara la prueba cuando gustase.

—¿Listo, Milo?

—Sí.

—Entonces, ¡brilla!

Y así lo hicieron. Ambos. Milo y Melantha encendieron sus Cosmos y, casi de inmediato, el público tuvo que apartarse por el infernal calor que salió del mar donde se hallaban. El vapor era como nubes perfectamente blancas, e incluso el Sumo Sacerdote comenzó a sudar, pero no se quitó ni una de sus ropas. Aphrodite estuvo toda la prueba quitándose el cabello del rostro y secándose con un pañuelo, maldiciendo por lo bajo, mientras que Shura era sencillamente una estatua perfecta e imperturbable. En cuanto a Death Mask….

—¡Estúpidos, se me queman las manos!

—Pues retrocede entonces, cangrejo miserable —le reprochó Aphrodite.

Así estuvieron un buen rato. El calor era sofocante, pero bien manejado, como un incendio controlado por el agua. Casi diez minutos… hasta que Melantha se detuvo, detrás de una cortina hecha de vapor blanco, sobre la arena, pues el mar se había esfumado en su lugar. Los presentes dirigieron la mirada a donde ella lo hacía también.

A su lado estaba Milo, todavía en el agua, con su Cosmos elevado como una tibia llama roja, sin conseguir, ni de cerca, tanto vapor como Melantha.

—N-no pude… no entiendo por qué, pero… no pude… —musitó Milo, por lo bajo, con el caótico cabello oscuro cayéndole por el rostro. Elevó la mirada, y encontró la decepción detrás de la bruma en la expresión de Melantha. ¿O era miedo? ¿Tristeza? No podía pensar muy bien, todavía tenía la cabeza caliente.

Alrededor, los testigos también tenían rostros similares, le pareció a Milo. Solo Death Mask era diferente, pues se estaba burlando de él con su risa estridente.

—Pfff, yo se lo dije, no está al nivel de nosotros, jajajaja

—Silencio, Cáncer —ordenó Shura, el asesino de Aiolos.

Milo golpeó el mar con todas sus fuerzas, y apenas logró agitarlo un poco. No quería saber nada de nada, pero la voz de Melantha se elevó por sobre cualquier otro ruido.

—Aún no brillas, ¿eh? ¿Aún tienes tanto dolor guardado que te impide resplandecer?

Dolor. Dolor por su niñez, en la que todos se burlaban de su forma de hablar. Dolor por su madre que murió cuando él todavía no entendía qué era la muerte. Dolor por su padre que también lo había dejado para irse a la tumba. Dolor por aquellos leones muertos. ¿No los había dejado atrás? ¿No era, de todos modos, algo natural? ¿Qué tenía que ver todo eso con brillar y encender el Cosmos?

Milo ya no quiso saber más. Salió del agua y corrió por la orilla, a pesar de que escuchaba muy claramente cómo le gritaban algo del tipo “no es protocolar”. También alcanzó a oír a Melantha pedir disculpas en su honor, por su conducta, al Sumo Sacerdote. ¡Era una vida miserable!

 

Había pasado por tanto… había vivido tantas cosas durante su niñez y adolescencia, que no comprendía por qué le afectaba si su presente y futuro habían lucido tan bellos. Tan espectacularmente brillantes, y sin embargo, no había conseguido nada con ellas. Habían vuelto a reírse de él… otra vez lo habían mirado con aquellos ojos que rezaban “¿...Por qué?”

Milo se encontraba detrás de la Biblioteca del Santuario, en el lado oeste de la periferia. Los soldados solo hacían su paseo rutinario por allí, pero nunca realmente vigilaban, pues no les interesaba la biblioteca, en realidad. Y a esa hora, cerca de las diez de la noche, tampoco es que paseara demasiada gente. Eran tiempos de relativa paz  tras el intento de asesinato a Atenea, el bebé que supuestamente dormía tan plácidamente en el Templo Corazón, en la cima del Santuario.

Por supuesto, no había hablado ni con Melantha ni con nadie. Tampoco con Aiolia, que se había distanciado desde el año pasado, cuando su hermano fue descubierto como traidor. Él también debía estar sufriendo, en silencio… ¿debía hablar con él? Pero si lo hacía, ¿de qué hablarían? ¿De haber fallado la prueba, o de Aiolos, a quien ambos admiraban? Ninguno de los soldados rasos parecía estar buscándolo, así que el Pontífice no estaba interesado en su paradero ni enfadado por haber salido corriendo lejos de él como un idiota. Eso significaba que Milo podía hablar consigo mismo todo el tiempo que quisiese, no necesitaba los demás.

—Si crees que esto es una especie de baño, acabaré contigo —le amenazó una voz intimidante que lo paralizó. Luego, Milo recordó de quién era la voz, se calmó y se largó a reír, antes de voltearse a mirar a quien sí era el único idiota que daba paseos por la biblioteca.

—No vengo a eso, Camus, solo estoy descansando, así que ve a meterte en tus libros o a lo que quieras —dijo Milo, restándole importancia al asunto. ¿Qué estaba haciendo? ¿Burlarse de otra persona para sentirse bien después de que hicieron eso con él? Quizás bampá no estaría nada orgulloso, pero no se sentía mal.

—Ya veo. ¿Entonces viniste a llorar tras tu fracaso en la prueba? Bien por ti —clausuró Camus la plática con su habitual tono helado y aura congelante. Lo peor era que Milo sabía que el francés no estaba tratando de insultarlo ni burlarse de él, sino que de verdad era lo que pensaba, y no le interesaba en lo más mínimo lo que Milo respondiese.

—Eres insoportable.

—Hm.

Y Camus abrió la puerta de la biblioteca. Al mismo tiempo, Milo le agarró el brazo y jaló al que acababa de convertirse en Santo de Oro de Acuario hacía tan solo un par de meses.

—¿Tú qué quieres… tú? —preguntó Camus, sin parecer sorprendido o molesto porque alguien le interrumpiera la rutina de sacar una montaña de libros de la biblioteca para copiarlos.

—¿Ni siquiera te sabes mi nombre?

—¿Qué quieres? —repitió.

—¿Cómo lo haces? —inquirió Milo, dejando que su orgullo se esfumara como el mar alrededor de Melantha—. ¿Cómo lo haces para que de verdad no te importe nada y dejar de lado tus emociones y todo lo demás? ¿Cómo diablos lograste cerrar así tus sentimientos?

—¿De qué hablas? Yo no “hago” nada, simplemente me desvinculé de lo innecesario para mis propósitos. Hablas de sentimientos y demás, pero ¿de qué te puede servir eso para acabar con el mal de la Tierra y proteger a Atenea?

—¡Porque somos humanos! Tenemos sentimientos porque así es como somos, ¿pero cómo los dejas de lado?

—Ser humano no implica que siempre debamos ser afectados por lo que produce el sistema límbico y la amígdala. Para eso hay cerebro. —Camus entrecerró los ojos y miró de nuevo la puerta de la biblioteca, como si le molestara que estuviera abierta y no entrara—. En fin. Buenas noches.

—Buenas n… ¡oye, espera un momento! —Esta vez, Milo se movió rápidamente, encendió su Cosmos, y se interpuso en el camino de Camus hacia el interior del salón—. Todavía no puedes irte.

—¿Hm? ¿Y eso por qué?

—Porque he pasado por demasiado para estar aquí. Me conoces desde hace unos años, y yo a ti. Sé que no estás fingiendo, eres realmente un pedazo de hielo. Quiero que me enseñes a dejar de lado mis recuerdos y sentimientos.

—¿Recuerdos? Nada de eso existe, es ridículo conectarlos a una emoción cuando quedaron ya muy atrás en el tiempo. Solo pueden servirte de aprendizaje… ¿Puedes ya hacerte a un lado?

—No hasta que me digas cómo dejar todo eso de lado.

 

Camus realizó un movimiento sublimemente rápido, tomando a Milo por sorpresa. Lo arrojó hacia un árbol, y luego lo lanzó detrás de la biblioteca. Dolorido, Milo pensó en contraatacar, pero se preguntó si todo eso era parte de algo mayor.

—¿Cómo superarías mi hielo? —preguntó Camus, inquisidor, procediendo a lanzar ráfagas de hielo sobre su cuerpo sobre el césped. Eso llamó la atención de algunos soldados, pero cuando vieron que era Camus (y notaron su gélida mirada sobre ellos), rápidamente retrocedieron.

—¿Q-q-qué dijiste? —Se estaba enfriando rápidamente. Moriría congelado si no hacía nada. ¿Qué diablos estaba haciendo ese psicópata?

—¿Cómo superarías mi hielo? Tu Cosmos genera calor, y si quieres pasar la prueba tienes que generar más calor. Dime, ¿cómo lo harías si tu vida estuviera en riesgo?... ¿Cómo ahora?

Mamá.

—¿Me estás diciendo que si enciendo mi Cosmos con mis sentimientos dejados de lado, podré encender mi Cosmos tanto que destruiré este hielo? —Milo no sabía cómo diablos hacer algo así. ¿Iba a olvidarse de su madre? ¿De su cuerpo conectado a tubos?

—No te he dicho nada, pero si no encuentras la solución, morirás. Solo así podré entrar a hacer mi trabajo, y no me interesa decirle nada al Santuario.

¿Qué dijo? Milo casi tiene su corazón detenido. ¿Qué clase de broma era esa? ¿De verdad tenía intenciones de matarlo por congelación? Trató de moverse para detenerlo, pero no pudo, ya era muy tarde para eso. ¿¡Por qué carajos había confiado en ese sociópata sin remedio?

Bampá.

—Oye, oye, ¡para, estúpido! —gritó Milo, pero sintió que la voz no le salió realmente. Nadie iría en su auxilio. Papá y Mamá ya no estaban con él, ni podrían ayudarlo. Nadie podía salvarlo.

¿Cómo había llegado a ese punto? Olvidar a sus seres queridos implicaría dejar de sufrir por ellos, cuando ya no estaban. Eso conllevaría a que su Cosmos creciera, porque se enfocaría totalmente en ello, en ser como un Santo. Eso, a su vez, significaría que se salvaría el trasero de ser congelado, y le podría dar una paliza a Camus en lugar de dejarse atacar como un idiota.

No era difícil, ¿verdad? ¿Olvidar?

Los consejos de bampá en frente de aquel fuego tan brillante.

La mano de mamá en su cabeza, revolviéndole el cabello.

Ambos le decían que era especial. Melantha también lo decía, pero esta vez le había puesto la misma cara que los otros niños… ¿no? Un momento… ¿pudo siquiera ver su cara o lo pensó?

Se estaba convirtiendo en hielo. No podía mover ni los brazos ni las piernas ya, pero eso le dio tiempo para limpiar la mente y pensar un poco, que para eso le habían enseñado a usar la cabeza como correspondía a un muchacho como él. Estaba en medio del vapor, lejos de la arena, y Melantha estaba detrás de aún más humo. Vapor provocado por su calor, por su manera incandescente de brillar, por su deseo imparable de vivir la vida al máximo como quisiese. ¿De verdad había visto sus ojos? ¿O los de los demás? ¿Durante toda su vida había habido tanto vapor?

No era difícil, ¿verdad? ¿Olvidarlo todo?

“Te aseguro que tus habilidades deben ser algo extraordinario, hijo. Tú serás extraordinario.” ¿Cómo iba a olvidar algo así? ¡Imposible olvidar palabras así! Milo ya no podía mover la lengua, pero imaginó que gritaba de frustración. ¿Cómo dejar de lado sus sentimientos por su padre para volverse fuerte, superar a Melantha (una Santo de Bronce, para peor…) ¡Él sería extraordinario, un Santo de Oro, no uno de Bronce! No había nada de malo en ello, pero si quería brillar...

Él entendería cómo funcionaba el mundo cuando se volviera fuerte. Cuando se volviera grande y sus padres pudieran verlo. Iantha lo había prometido, y también Nikolos. ¿Cómo iba a olvidarlo?

Pero no era difícil, ¿verdad? ¿Olvidarlo todo para arder?

“Siempre te estaré mirando con tu madre. Voy a buscarla, y si nos necesitas, es cosa de que nos encuentres en tus sueños”, le había dicho. Ahora estaba practicamente dormido y no los veía. ¿Los iba a olvidar para salir del hielo de Camus? ¿Lo estaba logrando? Porque no estaban ahí…

—Por supuesto que sí. Solo tienes que pensar en nosotros y acudiremos cuando sueñes. Solo debes recordar alejarte de los otros sueños, los malos y llenos de dolor, y podrás vernos cuantas veces desees, hijo mío.

¿Eso fue un recuerdo o lo escuchó? ¿Estaba perdiendo la cabeza?

Mamá. Bampá. El calor de sus manos estaba en las suyas, podía sentir que le ayudaban a mover los dedos, aunque tuviera los ojos tan llenos de carámbanos que no pudiera abrirlos. No, un momento, esa voz le permitió mover los dedos. Antes no podía…

Antes no podía hacer muchas cosas, y por eso la gente lo trataba mal. Era gente malvada que no tenía un juez que corrigiera su camino. Con la madre leona que había perdido la vida años atrás, había aprendido que si quería brillar, debía hacerlo con tanta intensidad que pudiera apagar cualquier chispa de aquellos que no merecieran seguir en el mundo. La justicia era incandescente, y él se había jurado que lo llevaría a cabo. Melantha le había enseñado eso. ¿Tenía que olvidarse de ella también, aunque fuera un Santo de Oro y ella de Bronce?

Todos brillan, y el tuyo es un resplandor rojo tan ardiente o más que el sol, pero cuando estás triste, tu brillo se apaga. Y no me gusta la gente apagada; me gusta que brillen al máximo día a día, dando todo de sí mismos, ardiendo igual que las estrellas escarlatas. Si tú brillas, entonces tú estás viviendo. Si brillas, te estás dando una razón a ti mismo de por qué estás vivo.

Eso definitivamente era un recuerdo, palabras de Melantha. Sin embargo, la tenue voz de mamá no era un recuerdo, sino que la oía junto a la filosofía de Melantha en su cabeza. Eso le permitía mover sus brazos, los pies, y hasta las orejas (el movimiento secreto que solo sus papás conocían). Lo hacía más y más, a medida que iba entrañando sus recuerdos, que memorizaba sus palabras y sentía que ellos lo observaban con una sonrisa, no con decepción ni ira ni tristeza. Nadie lo hacía, en realidad, solo eran ilusiones detrás del vapor de su propia inseguridad, que era momento de descartar.

¡Eso era! No tenía que olvidar a nadie ni dejar de lado ningún sentimiento. ¡Lo vital para arder y brillar como la estrella escarlata, era dejar de sentir culpa por sus muertes! La muerte era natural, pero los muertos no pensaban en que los vivos sufrieran por ellos, sino que vivieran sus vidas al máximo.

Al darse cuenta de ello, Milo rápidamente se puso de pie y le dio un puñetazo a Camus, que este evitó dejando que pasara de largo. No sonrió ni nada, obviamente, pero parecía satisfecho.

—Bien. Ahora, ¿puedes irte a hacer tus asuntos...?

—Es Milo.

—Como digas.

 

Suplicó, con Melantha al lado (que no le dijo absolutamente nada con palabras… solo le sonrió, como solo ella podía hacerlo), al Sumo Sacerdote que pudiera tomar la prueba de nuevo. También pidió perdón y juró que, si lograba convertirse en Santo, haría todo lo que el Pontífice quisiera si era en honor de la justicia. Estaba completamente decidido a ello. En ningún momento titubeó o le tembló la voz, se sentía renacido.

Y durante la prueba fue completamente otra persona. Pensó en aquellos que le habían enseñado y le habían ayudado a crecer incluso desde los cielos, y ardió y resplandeció hasta que Death Mask maldijo a todos sus muertos en su idioma natal, lo cual era lo que varios habrían esperado. Hasta el serio Pontífice esbozó una sonrisa. La armadura de Escorpio era suya por derecho, todos lo sabían… solo había tenido un contratiempo debido a sus propias inseguridades.

Él era especial. Era brillante y viviría la vida hasta su último suspiro, como quisiese, con todas sus fuerzas. Nadie ni nada podría detenerlo. Era Milo, el Santo de Escorpio.

 
 
FIN.

Editado por -Felipe-, 23 marzo 2019 - 12:54 .

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#143 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

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Publicado 24 noviembre 2019 - 11:14

Estamos de vueltaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!

 

Bueno, Placebo y yo nos tomamos unas evidentes vacaciones con Anécdotas, y no vamos a intentar buscar excusas. Pero ahora, al menos el siguiente capítulo ya está casi terminado (90%, digamos), por lo que podemos ya publicar su primera de tres partes. Esperamos que les guste la historia secreta de Excálibur, la historia detrás de Shura de Capricornio, antes de llamarse así, cuando su espada sagrada aún no había sido descubierta ni menos había sido afilada...

 

CAPRICORNIO

 

29 de Febrero, 1990.  

 

Parte 1

 

Sintió un débil golpe primero en su hombro y luego en la coronilla de su cabeza. Alfonso Díaz levantó la cabeza hacia el cielo por segunda vez en ese día, sintiendo que un par de gotas le caían en el rostro. Iba a llover, no cabía duda, rompiendo de una vez por todas la sequía que los atacaba desde hace dos meses. Sus cultivos secos, regados con el agua del pozo cercano, agradecería mucho esa agua fresca. 

Desde lo más profundo de sus pulmones salió un grito para alertar a su madre.

—¡MAMÁ!—. Empezó a correr desde la huerta improvisada que poseía la familia, hacia una vieja casona que les había regalado el dueño del campo en que su madre trabajaba. A veces, el hombre podía ser realmente bueno, mucho más amable que el resto de los adultos. El problema era su hijo, Roso—. ¡Ya va a llover, mamá!

Corría con rapidez entre las plantaciones, a toda la rapidez que un niño de diez años podía. La casita de ladrillos y adobe lo recibía con todos sus hermanos y hermanas en la entrada, haciendo un desorden considerable al ayudar a su madre a colgar la ropa. Fernando le recibió la hoz y Carmen la canasta. María y José se llevaron las pocas cosechas del día hacia el pozo, pensando enseguida en que había que lavarlos para poder comer. A esa hora la familia Díaz ya estaba hambrienta, y la sequía no les daba muchas posibilidades para satisfacer sus mayores necesidades. Tenían que comer lo que tuvieran. A eso se le llamaba “sobrevivir”. “Aguantar”, según su madre. Pero cómo desearía comer las exquisiteces que veía en la ciudad, las veces que iba.

Vivían en el rural pueblo de Larva, en la provincia de Jaén, al sur de España. Alfonso tenía solo 10 años, pero llevaba el peso de la familia desde que su padre falleció. A veces venía a ayudarle en el campo un amigo de la familia (otro japonés que también hablaba perfecto español, como su padre), pero en general era solo él haciendo el trabajo duro mientras su madre vendía los vegetales en el mercado. Para ello, salía muy temprano en la mañana a la ciudad, y llegaba muy tarde en la noche. Alfonso se encargaba de sus cinco hermanos, Carmen, Fernando, María, José y Linda. Vaya que trabajaba. Su cuerpo era una férrea hoja de acero, entrenado a sus máximos límites, para su edad, en parte, gracias al durísimo trabajo. En parte, también… gracias a su secreto.

Y ahora comenzaría a llover. Muy útil para las cosechas; muy molesto para su hogar. Alfonso tendría que pasar la noche entera trabajando en el tejado, reparando los daños junto a su madre, desde abajo. Ella no tenía por qué pasar por esas cosas; menos cuando ya era bastante el tener que alimentar a María, José, y la más pequeña, Linda.

—Trabajas demasiado, Al. ¿No prefieres que me suba yo al tejado esta vez?

—De ninguna manera. Así no se hacen las cosas, mamá.

—¿Y cómo se hacen las cosas? —sonrió la madre orgullosa, mientras lo veía subir al tejado, recibiendo las primeras lágrimas del cielo—. Linda, cielo, ¡deja de llorar, vamos!

—De la misma forma que siempre ha sido —contestó él, envejeciendo de golpe, aunque su voz aun fuera lo suficientemente aguda como para que se confundiese con la de Carmen o María.

—¿Y si te caes?

—Entonces caeré. Y luego volveré a subir. —No había terminado de pronunciar esa palabra cuando un rayo iluminó sus pupilas y un trueno le nubló el equilibrio. Todo al mismo tiempo. ¿Tenía sentido alguno? Le habían enseñado que uno ocurría antes que el otro.

Alfonso cayó. Cayó al vacío tan rápido que no tuvo tiempo de gritar. Rápido, y lento a la vez. Eran apenas unos cinco metros que se le hicieron larguísimos, a pesar de lo corto que en realidad eran. El mundo era bastante breve.

 

Una espada frente a él en un mundo cubierto de sombras. Una hoja blanca, un mango dorado, brillante como el sol, lo único luminoso en aquel universo lleno de nubes. Alfonso titubeaba frente a la espada, que flotaba boca abajo a pocos metros de él. Quería alcanzarla. Alargó la mano, pero una piedra le cayó encima, provocando un sangrado sobre sus dedos. Luego otra piedra más. Y otra. Y otra más.

 

—¡Alfonso! —Los brazos de su madre lo atraparon como una red atrapa a una trucha. Al principio sintiendo que no tenía hacia donde caer, y luego volviendo a respirar. —TE DIJE QUE TUVIERAS CUIDADO, ¡¿ACASO QUIERES MATARME DEL SUSTO?! —Toda la actitud madura que tenía se deshizo en segundos ante los gritos de su madre. Cuando notó que, después de meses sin hacerlo, le había dado una bofetada, sintió que sus ojos empezaban a lagrimar. — ¡¿CREES QUE YO ESTOY FELIZ VIENDO COMO TE ABRES LA CABEZA CONTRA EL SUELO?!— Y tenía razón, había sido una tontería de su parte.

Su madre tenía razón. No solo en lo de asustarla y tener cuidado, claro, que para eso estaban las madres, para tener razón en esas cosas. Había algo más en lo que estaba completamente en lo cierto, y era en lo de abrirse la cabeza. Si un chico de su edad se hubiera caído desde esa altura, bien podría haberse desnucado. Como aquel chico Santos, el pobre hijo del herrero (que indirectamente había provocado los nuevos miedos de la señora Díaz).

—Lo siento, mamá —gimoteó Alfonso, sobándose el rostro, tratando de recuperar algo del orgullo perdido—. Me asustó el rayo, nada más.

—¿A ti te asustó un rayo? ¡Ve cómo llora tu hermana! Y vaya qué susto me diste a mí, y me vienes con eso de los rayos. Además, yo no vi ningún rayo.

—Mamá, ¿estás llorando también?

—¡Tú estás llorando! No… ¿es agua?

—Rompiste la teja, hermano —indicó su hermano Fernando, risueño, al techo, donde un gran y novedoso boquete se había formado, dando paso a la fría lluvia sobre sus cabezas.

Eso le sacó una sonrisa a la madre, pero no al hijo, que seguía pensando en aquello. ¿Los rayos no se presentaban antes de los truenos? Y, al parecer, había sido solo uno, porque en todo ese rato no se había repetido. Solo había visto un solo rayo, como una espada fulgurante.

“Momento… ¿qué era esa espada?”

 

Alfonso había tenido muchos problemas para sacarse ese pensamiento de la cabeza. Tres días después de lo ocurrido con el tejado, cuando ya había terminado de repararlo y la lluvia había cesado, se fue al oculto bosque La Nova, que estaba a unos tres kilómetros al norte de su hogar, y donde iba cada vez que tenía tiempo libre, aprovechando que el amigo de su padre estaba en casa encargándose de las siembras. Casi nadie conocía el bosque, él mismo lo había descubierto por accidente, así que generalmente estaba solo.

Últimamente venía muchísimo, Alfonso no tenía idea por qué. Siempre le llenaba de preguntas rarísimas. ¿Cuánto pesaba? ¿Cómo se alimentaba? ¿Cuántos huevos comía al día? ¿Cuánto creía que medía su brazo? Alfonso se incomodaba mucho con esas preguntas, y aprovechaba esas visitas para salir… pero no era un mal hombre. Solo era extravagante. Y japonés, claro. Extravagantemente japonés. A veces traía las cosas más raras de su tierra, como juguetes de papel y paquetes de fideos picantes.

En fin. Allí, en el bosque, estaba su “secreto”. Había construido todo un centro de entrenamiento para él solo usando troncos, lianas, hojas y las más gruesas raíces. Para ello había utilizado eucaliptos, robles, olivos y nogales, los cuales cargaba de un lado a otro sobre su espalda. Usaba lianas para construir instrumentos y arcos. Usaba raíces para medir su fuerza contra la resistencia del suelo. Usaba troncos para golpearlos hasta que le sangraban las manos (o hasta que se le secara la sangre). Todo servía para afilar su cuerpo, y se pasaba 12 horas entre el verdor del bosque en el proceso.

Desde muy joven había descubierto que tenía aptitudes para ello. Era habilidoso, mucho más resistente que cualquier niño de su edad, con brazos más fuertes y piernas más gruesas, a pesar de que lo ocultaba con sus ropas holgadas. Utilizaba los viejos anteojos de su abuelo de vez en cuando, solo por aparentar, ya que tenía una visión prodigiosa. Y, más importante que todo, cuando entrenaba en su lugar secreto, su cuerpo irradiaba un brillo verdoso, como el de los árboles, y se pasaba las tardes tratando de descubrir qué era, intentando atraparlo con las manos.

Pero esa tarde no tuvo la oportunidad. Había ido al bosque no solo para entrenar en secreto, como solía hacer al menos una vez por semana, sino para descansar del arduo trabajo de reparar el techo a la vez que pensaba en los rayos y los truenos. Se había hecho una suerte de cama con maleza y las hojas más suaves, y allí se había recostado para reflexionar como casi ningún niño hacía, a pesar del dolor de cabeza que le provocaba. ¿El rayo y el trueno iban a la vez? ¿Su brazo y el resplandor que salía de él también funcionaban al unísono? ¿Qué era esa espada que vio mientras caía? ¿Podía usar esa espada como un rayo… con ese brazo, y esa luz?

—Así que aquí te ocultas. Lindo lugar, ¿eh? Ideal para que una niña admire la puesta de sol.

Conocía esa voz perfectamente. Reconocía también la frustración en su interior, pues su secreto ya no era secreto, y había sido descubierto por nadie más que aquel chico insoportable. A Alfonso se le subieron los colores al rostro de vergüenza cuando lo vio, y quiso haber tenido una espada en ese instante. ¿Por qué su padre habría tenido que llevarlos a vivir a ese campo, trabajando para el padre de ese imbécil?

Roso tenía pecas y cabello colorado. Era menudo, delgado, pero de brazos y piernas fuertes. Su sonrisa era la cosa más detestable del mundo. Roso, de 10 años de edad como Alfonso, se creía el dueño del mundo, solo porque su padre poseía algunas parcelas. Algunas decenas, más bien. Y, por supuesto, mucha gente trabajaba para su padre. “No para ti”, le había recriminado alguna vez Alfonso, y se ganó una golpiza de parte de Roso y sus amigos.

—Roso. —Aquí no se puede ver la puesta, ¿sabes?, pensó Alfonso.

Don Roso, ¿dónde están tus modales?

—Tienes la misma edad que yo —se escudó Alfonso. La golpiza de Roso no le había quitado la seriedad ni el valor. Tampoco la segunda golpiza. Ni la tercera… 

—¡Que me hables con respeto! —exclamó Roso, propinándole una cachetada que casi lo arroja al suelo. A veces, Alfonso se sentía obligado a caer, pero esta vez no lo hizo—. Solo vives porque mi padre lo permite, igual que tu familia, así que seamos un poco más cordiales, ¿sí?

—¿Por qué viniste aquí?

—¿A este bosque maloliente donde vosotros los criados vais al baño? Créeme que no vendría si no fuera por una buena razón. Se fundó la asociación de artes marciales en Madrid. ¿Lo sabías, no?

¿Cómo no iba a saberlo? Roso practicaba artes marciales y hablaba de ello incluso mientras masticaba el almuerzo.

—¿Y? —preguntó Alfonso, ganándose otro manotazo. Esta vez lo tomó desprevenido y no tuvo que fingir caer.

—Pues, que habrá varios torneos a lo largo del país, y uno ocurrirá en Alhambra, en dos días más, para celebrarlo. Un torneo para jóvenes como yo, donde probaremos quién es el más fuerte.

—¿Un torneo infantil? —susurró Alfonso, y Roso, si lo escuchó, no le puso atención.

—Por supuesto, hay un montón de cosas que debo cargar. Mis ropas, mis pesas, esa clase de cosas. Y tú vas a acompañarme para llevarlas.

—Lo siento, tengo cosas que hacer en casa. ¿No tendrás algún criado que…?

—¡Tú eres el criado, mocoso insolente! —gruñó Roso, propinándole una tercera palmada en la cara. Esta vez, Alfonso no se inmutó. De hecho… casi ni sintió el golpe.

—V-vuelve a hacer eso y… —Lo que sintió fue el orgullo herido. Lágrimas en sus ojos. Eso no era dolor físico, sino emocional.

—Ja, ja, ja, vaya, parece que fueras a lloriquear, vamos que no te pegué tan fuerte. Mira, niño, es muy simple. Si no me llevas las cosas, le diré a mi padre tus hermanos, Fernando y Carmen, se metieron a casa y los atrapé robando los platos, ¿te parece?

—¡Mentiroso! ¡Eso nunca pasó! —cuando Alfonso gritó, sintió que veía a Roso con todo detalle. Con todos sus malditos detalles. Lo odiaba. Todas las emociones negativas que guardaba en su interior afloraron en su presencia, y el brillo que salía de su cuerpo lo comprobaba. Roso pareció notar algo de ello, pero le restó importancia poco después.

—Bah, el sol te está iluminando como si fueras algún tipo de actor, ja, ja. Sea como sea, a menos que quieras darle problemas a tus hermanos, irás conmigo. Dile a tu mamita que es tu obligación, ya habrá otro criado que haga tus tareas.

Cuando Roso se fue, Alfonso se derrumbó sobre uno de los troncos. Debía guardar sus emociones. Guardarlas. Guardarlas. No debía llorar. Era solo un niñato, su familia no sería amenazada, no era más que una tarea más de las que los seres humanos tenían que hacer a diario. Un desafío. Una dificultad. Nada más.

Cerró los ojos para no llorar. No quería saber nada.

 

La espada frente a él estaba cubierta de nubes. La espada flotaba frente a él, al alcance de su mano. Cuando la extendió, una piedra cayó sobre él, pero la esquivó. Otra le siguió, y también la evitó con un floreo. La espada comenzó a alejarse, pero corrió para alcanzarla. La necesitaba para proteger a quienes quería. La necesitaba para hacer las cosas bien. Y, entonces, cuando la tenía casi en su mano, otros dedos, formados de la bruma, la empuñaron. Y gritó.

 

Alfonso despertó al escuchar su nombre. Abrió los ojos y encontró al amigo de su padre corriendo hacia él. Sus rasgos asiáticos aún se le hacían extraños, así como su manera de pronunciar algunas letras, pero en ese momento se sintió más que nunca a gusto con él.

—¿Qué te pasó?

—N-nada, me quedé dormido. —Alfonso notó el sabor de las lágrimas en su boca y se limpió rápidamente la cara, algo avergonzado. De pronto, otras lágrimas las reemplazaron, pero ya no estaba triste—. ¿Q-qué...?

—Tu madre te llama, está a punto de llover otra vez.

—Oh, no. —Eso era. Gotas de lluvia. Se preguntó si el tejado aguantaría.

—Ayúdame a reforzar la casa, ¿sí? Creo que será intenso.

—Está bien. —Alfonso se preguntó si caerían otra vez un rayo y un trueno a la vez—. Oye, ¿cómo sabías que estaba aquí?

—Hm… soy un samurai. Todos los japoneses lo somos.

—Vamos, vamos, no empieces —sonrió Alfonso.

Corrió detrás del hombre todo lo rápido que pudo. Quería llegar antes que las precipitaciones fueran peores. Quería ayudar a su madre, y nunca alejarse de ella ni de sus hermanos. Pero, mientras veía la larga cola de caballo gris de Izo (que así se llamaba el viejo amigo de su padre), percibió un resplandor dorado que venía de él, como cuando a Alfonso le brillaban los brazos mientras entrenaba. ¿Acaso habría sido su brazo el que tomó la espada antes que él?

Fuera como fuera, esa misma noche salió con Roso. Su travesía marcaría, sin saberlo, el resto de la vida de Alfonso.


Editado por -Felipe-, 24 noviembre 2019 - 17:22 .

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    Bang

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Publicado 07 diciembre 2019 - 21:35

Parte 2

 

El camino hacia Alhambra, en la provincia de Granada, al sur de Jaén, fue una tortura. Roso le obligaba a limpiarle los zapatos cuando se llenaban de barro, a bañarse en el río mientras él usaba la ducha del hostal, a ir de pie en el bus aunque hubiera asientos libres, “para protegerlo”, entre otras mil cosas que debía realizar para proteger a sus hermanos menores de la próxima fantasía de Roso. Era un ser repulsivo y detestable, y un par de veces, Alfonso se preguntó cómo sería de mayor.

Llegaron temprano a la ciudad. Alfonso estaba cansado; no tanto en lo físico, sino que principalmente en lo mental. No le molestaría trabajar para ganarse sus monedas, porque para eso era el trabajo, pero Roso simplemente lo obligaba a llevar sus cosas y servirle en todo, con el único pago siendo la protección de su familia.

Mientras Roso iba a inscribirse para el torneo que se realizaría en la Alcazaba de la Alhambra, Alfonso tuvo tiempo para recrearse un rato con la ciudad. Era grandiosa, bien iluminada, con grandes edificios, puentes, torres y casas mucho más modernas que las de su humilde pueblo. Si bien se sentía incómodo ante la diferente realidad social, también estaba asombrado; una sensación similar a la que percibía cuando Izo le hablaba de su país natal, en Oriente. Era un lugar para crecer, para formar otro tipo de carácter y conocer otro tipo de personas. Otros ideales y verdades.

Se encargaba de su familia, pero ¿qué deseaba para sí mismo? ¿Qué era capaz de conseguir? Entrenaba y entrenaba, reforzaba su cuerpo, pero no llegaba a utilizarlo correctamente. Amaba a su madre y hermanos, pero ¿qué había más allá de ellos? ¿Qué había más allá de la servidumbre y el trabajo en el campo? No quería ser sólo un siervo, sino que quería tomar sus propias decisiones, y ser leal a aquello en que creía por toda su vida. Pero, ahora, a las únicas cosas que era leal era a los dueños del campo y a su familia, ninguna de las cosas elegida por él mismo.

Alfonso compró unas uvas en el mercado mientras regresaba a encontrarse con Roso al castillo. Habían acordado reunirse a las 9 de la mañana en punto, pero ya había dejado pasar 10 minutos más; no le importaba ganarse un manotazo más si era para hacerlo enfadar. Alfonso pensaba en ello cuando vio un hombre joven salir corriendo de una tienda en una bicicleta, con un fajo de billetes en la mano, riendo, mientras el dueño de la tienda le gritaba que regresara y que le devolviera su dinero.

En ese momento cayó un rayo, y Alfonso cerró los ojos.

 

Tenía la espada tan cerca que podía percibir el calor que desprendía. Sentía que había corrido un montón para obtenerla, y que viviría en su honor hasta el día de la muerte. Una mano hecha de bruma se acercó, pero la espada se le apartó y se acercó a sus dedos. Le pertenecía a él, no a la bruma. Solo él estaba destinado a portarla. Al fin pudo tocarla, tomarla del mango y sentir su poder. Sin embargo, por más que lo intentó… no pudo moverla.

 

Cuando Alfonso abrió los ojos nuevamente, tenía el fajo de billetes en la mano. Miró a su alrededor, estaba a diez metros de donde se encontraba originalmente. El dueño de la tienda estaba junto a él, riendo, dándole las gracias, mientras algunas personas alrededor aplaudían. El chico no entendía absolutamente nada; volteó hacia atrás y vio al hombre en el suelo, aplastado por su propia bicicleta, aparentemente inconsciente.

Sintió terror. No había habido ningún relámpago; de hecho, no había una sola nube en el cielo, que ya era iluminado por los rayos matutinos de sol. Al parecer había hecho algo que no podía recordar, de lo que no era consciente. Sentía dolor en las extremidades, especialmente en las piernas, y cuando comprobó su estado físico, se dio cuenta de que todos sus músculos estaban tensos, duros y rígidos como barras de hierro.

Soltó el dinero y corrió al castillo con el rostro cubierto de sudor. Sentía miradas a su alrededor. Preocupación, alegría, timidez, esperanza y miedo. Todo en un solo cúmulo de expresiones faciales que no podía quitarse de la cabeza. Tenía la cabeza gacha y miraba el suelo, y así se dio cuenta de que estaba corriendo sin ver por una serie de calles sinuosas, largas y serpenteantes. Lo mismo que ocurría a veces en su bosque secreto, donde era capaz de percibir todo a su alrededor al mismo tiempo, donde podía arrancar árboles de sus raíces con sus piernas y partir rocas con la palma de sus manos. El secreto que le avergonzaba. ¡El secreto que le ubicaba por sobre su familia!

—Algunos seres humanos nacen con talento —dijo una voz que le hizo detenerse. Una voz familiar detrás de él, en un callejón que acababa de cruzar. Sin embargo, no quería voltearse. Le temía a todo—. El talento es lo que convierte a un hombre en alguien que constantemente buscar superar no a otros, sino que a sí mismo.

—¿D-de qué estás…?

—Algunas personas nacen con fuerzas extraordinarias. El talento no confiere al hombre la capacidad de fortalecer sus virtudes, sino que potencia las que ya le fueron concedidas por la providencia. A esas personas se abren las puertas de los secretos.

—No entiendo nada… no quiero nada de esto. ¡Quiero volver a casa!

—Es ideal encontrarse con dificultades en la juventud, pues templa el carácter. Joven… puedes pensar así de ligero sobre tí mismo. Pero en el mundo debes pensar con profundidad. No mancilles el progreso que has tenido con la añoranza.

Alfonso se volteó, pero en el callejón no había nadie. Tenía el cuerpo cubierto de frío sudor. ¿Acaso no había sido alguien que conocía? ¿Tal vez ni siquiera había habido alguien allí?

 

Finalmente llegó al castillo, donde el torneo ya había comenzado. Era, más bien, un conjunto de distintos castillos, con diversos torreones, salas y salones, almenas y armerías, todo decorado al estilo renacentista para dar la impresión de época que la organización deseaba. Alfonso no pudo admirar el escenario mucho tiempo, pues Roso le dio un fuerte manotazo que hizo brotar su sangre en el momento que se encontraron.

—¿Cómo te atreves a dejarme botado? ¿Acaso no te dije que existías para servirme? Tuve que colocarme las armas yo solo —dijo el chico, protegido por piezas de acero liviano, cuero y madera que cualquier idiota con brazos podría haberse puesto solo.

—Lo lamento, estaba ocupado.

—¿Ocupado? —Otro manotazo. Esta vez, Alfonso ni siquiera lo sintió—. ¿En qué puede estar ocupado alguien como tú? Ni tú ni tus hermanos tenéis algo de interesantes. ¿Qué es esa cara? ¿No te gusta que te diga sus verdades? Me hacéis reír, todos ustedes. Pero también me dais asco.

—¿C-cómo te…? —La mano de Alfonso ardía de ira, pero también salía calor de ella. Humeaba incluso, y tuvo que ocultarla con la otra mano rápidamente.

Debía proteger a su familia. ¡Debía hacerlo!

—Así me gusta. Callado.

 

Los combates preliminares se sucedieron rápidamente. Roso se especializaba en karate y esgrima, y para lamento de Alfonso, era jodidamente bueno en ambas cosas. Su espada era una hoja fina, adaptada a la mano y cuerpo de Roso; era de piernas fuertes y veloces, y era capaz de arrojar al suelo a un chico más pesado que él. Los manotazos que le había estado dando eran al fin justificados. Y menos mal que habían sido solo manotazos… Se había contenido con sus sirvientes, ¿acaso debido a que no los consideraba relevantes para usar su fuerza? Claro que eso no justificaba que no fuera capaz de llevar sus propias cosas en el viaje. ¡No era la época del Quijote y Sancho desde hacía mucho!

Venció a dos oponentes fácilmente en la esgrima, y a tres en karate con algo más de dificultad. Había avanzado a la siguiente etapa, ahora que quedaban menos participantes, y se sentía satisfecho consigo mismo. Su ego no había hecho menos que aumentar.

Entonces ocurrió que un hombre, vestido con capucha, completamente de negro, como una bizarra mezcla entre un monje franciscano y un enterrador de cementerios apareció en medio de la plaza principal del gran castillo cargando una mesa cubierta por una tela negra, que puso en el centro del salón. Roso intentaba, sin mucho éxito, flirtear con una joven que también estaba participando (su método se trataba principalmente de humillar a su sirviente para mostrar su poderío), mientras Alfonso se ocupaba en hacer lo posible por salir afectado por los insultos del pelirrojo. ¿La razón? No deseaba pensar en todo lo que había ocurrido antes, abajo, en la ciudad. El hombre misterioso enviado por la organización también serviría como distracción.

—Buenos días, jóvenes del mañana —dijo con un marcado y reconocible acento. Era obvio quién era… y sin embargo, Alfonso no lograba dar con un nombre. ¿Tan confundido estaba? ¿Tan mal lo había dejado la conversación que…? ¿¡No había discutido con el mismo sujeto!?

—Pfff, mira a ese tipo, se ve muy delgaducho y sus movimientos son claramente torpes —le dijo Roso a su aún reacia compañera—. Podría vencerle con una mano atada a la espalda y la otra con tres dedos menos.

—¿Por qué harías eso? —preguntó ella, perpleja. Él no le hizo caso.

—Se encuentran aquí para obtener el primer premio en el primer Torneo de Artes Marciales del país, que se desarrolla en múltiples puntos del mismo. Están aquí, sin embargo, no solo para probar su fuerza y velocidad, sino también su valía como guerreros. Que la juventud, o lo que para el resto del mundo significa juventud, tenga un significado.

—¿¡De qué tanta patraña hablas, viejo!?

El hombre sacó un cubo de su sotana, más grande que una mano adulta, casi como la cabeza de un bebé. Un cubo dorado, brillante como el mismo sol, como si estuviera rodeado de velas o le hubieran puesto todos los focos encima. Claro que, en ese castillo, la única luz era la del sol que estaba arriba. ¿Qué clase de plástico sería ese?

Dejó el cubo sobre la mesa, en el centro de plazuela, mientras sacaba un segundo y lo arrojaba al aire. Luego, levantó un brazo y el cubo fue partido a la mitad apenas hizo contacto con sus dedos. Los pedazos, perfectamente iguales, cayeron junto al primer cubo en medio de tibios aplausos. La mayoría murmuraba lo mismo (incluído Roso): ¿por qué hay un ilusionista barato en este torneo?

—Las reglas son sencillas —explicó el hombre mientras le daba pequeños golpecitos al cubo del suelo para demostrar que era metal. Metal sólido, y no algún tipo de plástico—. Quienquiera que le haga un corte a este cubo metálico, con la herramienta que desee, será mi alumno en el noble arte de la espada. He entrenado a campeones durante gran parte de mi vida, y todos han llegado a ser capaces de cortar cubos así en dos.

—¿De verdad? ¿Podemos usar cualquier cosa? —preguntó la joven que andaba con Roso.

—¿Qué tanto hay que cortar esa basura? —inquirió a su vez el pelirrojo.

—Oh. Con una muesca basta.

Un muchacho que había participado en la competencia de esgrima apareció con un hacha de cocina. Tenía fuertes brazos, prueba irrefutable de un entrenamiento durísimo. El monje se hizo a un lado y le dio espacio.

El muchacho bajó el hacha y un fuerte sonido metálico se escuchó en el salón. Poco después, el desgraciado estaba de espaldas en el suelo, solo con el mango del otrora hacha. Ante el asombro de muchos (y la incredulidad de pocos), la hoja se había hecho polvo al contacto con el brillante metal.

—¡Mis manos son más duras que cualquier filo! —gritó otro niño, competidor de karate, que bajó precipitadamente las escaleras del segundo piso, impulsado por la adrenalina y la sorpresa. Apenas llegó frente a la mesa, sin siquiera prepararse, golpeó con el canto de la mano el pedazo de metal.

El aullido de dolor no se hizo esperar. De hecho, el hombre del acento extranjero hizo el ademán de detenerlo, pero después solo se limitó a contener la sangre de la herida con una venda. Y luego, dejó el paso a los siguientes.

Uno tras otro, los distintos contendientes formaron una fila e intentaron hacerle la más mínima muesca al cubo. Pocos por la opción de ser entrenados por aquel hombre que claramente debía estarse muriendo de calor debajo de las ropas; la mayoría por probar que eran más fuertes que los demás. En cierta manera era como ahorrarse todo el proceso de combates posterior. Sin embargo, ninguno estaba teniendo éxito. Y no solo por ser adolescentes.

Roso no iba a participar, hasta que la joven, queriendo sacárselo de encima cuando su arrogancia superó sus límites (“podría perfectamente pagarles a todos esto para que me dejen ganar, pero con mis manos me conformo”), bajó con elegancia y pomposidad las escaleras del segundo piso donde se encontraba (con toda la elegancia y pomposidad que podía darse usando un escudo de madera y unas mallas de cuero). En su mano derecha llevaba el cuchillo afilado que le había regalado su padre, el dueño de la finca.

—Ten cuidado con eso, niño —le advirtió el hombre. Alfonso también se preocupó. Ese pedazo de metal, obviamente, no era normal.

—Limítate a tus asuntos —contestó Roso, que hizo cruzar el cuchillo por el aire y golpeó el cubo. Un sonido seco se escuchó, y el chico fue repelido hacia atrás de la manera más graciosa que, inconscientemente, encontró. El cuchillo salió volando, pero afortunadamente no hizo daño a nadie.

Alfonso no pudo evitar una risita. Fue solo una, la más corta de todas, siendo que ni siquiera reía a menudo. Pero, claro, la providencia de la que le habían hablado era una maldita, y todos habían estado callados en ese preciso momento.

La mirada que le dedicó Roso era como la de un león furioso frente a un cervatillo, después de estar ya satisfecho. No deseaba comérselo, sino que solo liberar algo de tensión.

—¿Qué haces? —le preguntó, como un perro rabioso, o una víbora peligrosa.

“Piensa en tu familia, piensa en tu familia”, se dijo Alfonso.

—Lo lamento, Roso.

—Lo… lamento… SEÑOR.

No. Eso era el colmo. No iba a decir eso frente a los demás. “En el mundo debes pensar con profundidad”, le había dicho el mismo hombre que allí estaba, que reconocía tan bien, y a la vez, tan mal. No iba a convertirse en eso que no quería ser.

Así que calló.

—Eres un pedazo de mier.da, ¿lo sabías? —musitó Roso, e incluso los otros muchachos de la fila, que esperaban su turno, se congelaron en el acto—. Todos lo sois. ¡Quiero la espada de mi padre!

—Ya tuviste tu turno, chico, ya puedes... —le dijo el hombre de negro, pero Roso lo calló en seguida, y nadie se movió, expectantes.

—Que te calles. ¡Mi espada, basura!

Alfonso llegó en un minuto con lo que solicitaba. La espada que le había prestado su padre (probablemente sin su consentimiento), y que tuvo que cargar en un baúl todo el camino desde Jaén a Granada. Era pesada, debía tomarse a dos manos, y tenía un pomo con la forma de un perro abriendo las fauces. Muy conveniente, pensó Alfonso, que esperaba a un par de metros detrás de Roso.

Éste la tomó y la levantó sobre su cabeza con mucha dificultad; tanto que estaba a punto de perder el equilibrio. Si llegaba a bajar la hoja, probablemente ni siquiera iba a acertar en el objetivo. Alfonso tuvo la mala suerte de toser justo en ese momento, y el pelirrojo lo tomó como risa.

—¡Silencio en mi presencia!

Roso hizo el ademán de arrojar la espada, y ocupó todas sus fuerzas en ello. Alfonso alcanzó a taparse la cara con los brazos, y la audiencia alcanzó a ahogar un chillido. Antes que todos los demás, el hombre había tomado la punta de la espada con dos de sus dedos, y Roso fue el que salió volando esta vez, hacia adelante. Se estampó contra Alfonso, y presa de la frustración contenida, se puso de pie y agarró al chico de la camisa.

—¡Hazlo tú!

—¿Q-qué?

—¡Hazlo! ¡Y que nadie más se mueva! ¡Hazlo hasta que te rompas los huesos de ambas manos, y solo así estaré satisfecho!

—No voy a…

—Lo harás si quieres a tu familia.

Algunos de los instructores y jueces del torneo corrieron hacia Roso, pero el hombre misterioso se puso entre medio. Pudo detenerlos solo con su presencia, como si los hubiera paralizado.

Bueno, lo correcto sería decir que ya no era misterioso. Era Izo, el amigo del padre de Alfonso, como éste había adivinado hace mucho. Era como si solo hubiera olvidado su nombre, y lo hubiera recordado apenas cayó su capucha tras el brusco movimiento de Roso.

—Hazlo —ordenó Izo. Roso ni siquiera agradeció el apoyo, su atención solo estaba puesta en la ira que sentía por aquel otro chico. Sus ojos estaban clavados en los negros de Alfonso.

Éste se adelantó y, sin miedo, le dio un puñetazo al cubo. La sangre empezó a teñir de rojo el metal dorado, y los nudillos de Alfonso se estremecieron.

—De nuevo —ordenó Roso.

No puedo dejar que vean quién soy, se dijo Alfonso, antes de dar otro golpe, esta vez con la mano izquierda. Nuevamente el mismo resultado. Eso era lo mejor para todos. Él estaba a cargo de su familia, él tenía el peso de su apellido en la espalda, así como el bienestar de su madre y hermanos.

—De nuevo.

¿Y qué era sino eso? Tras volver a dar un golpe con la diestra y romperse un poco más los nudillos, percibiendo ya las primeras lágrimas, Alfonso se preguntó si podría llegar a algo más. Miró a Izo, que le clavaba la mirada. ¿Era un desafío? ¿Era esperanza? ¿Qué buscaba en él? De hecho, ¿qué hacía ahí, y cómo era capaz de hacer lo que hizo?

—De nuevo.

La mano izquierda se le quebró. Buscaba hacerlo, ya que no quería seguir siendo objeto de un circo. Los mayores protestaban, los otros competidores gritaban, Roso comenzaba a presentar una sonrisa tras las órdenes que entregaba, e Izo lo juzgaba en silencio. Solo un golpe más con la derecha, con todas sus fuerzas, y se acabaría el espectáculo. Solo debía romperse el brazo, de la misma manera que quebraba árboles en su bosque. Intervino entonces un rayo. La vista de Alfonso se nubló.

 

Tenía la espada al frente, y sin problemas la tomó. Otras manos, hechas de nubes grises, intentaron quitársela, pero tras mirarlas, se dispersaron como si estuvieran aterradas. Algunas rocas cayeron, pero su madre las atrapó, apareciendo de la nada como cuando llovía sobre su techo. Sin embargo, ella no lo miró. No. Más bien, eran sus ojos los que estaban puestos en la espada. La hoja tenía una inscripción: ASURA. Pidió disculpas a su madre y pronunció esa palabra, agradeciéndole por lo que había hecho por él. Solo en ese momento pude mover la espada, y sintió que nunca había estado separado de ella. Eran uno solo.

 

—¡De nuevo!

—¡Chico! —exclamó Izo, al mismo tiempo que Roso dictó su última orden. Alfonso recordó sus palabras, casi al instante, como si se las estuvieran repitiendo en tiempo real. ¿O era acaso que… le estaba hablando a su mente? ¿¡Pero cómo era posible!?

 

Algunos seres humanos nacen con talento. El talento es lo que convierte a un hombre en alguien que constantemente buscar superar no a otros, sino que a sí mismo. El talento no confiere al hombre la capacidad de fortalecer sus virtudes, sino que potencia las que ya le fueron concedidas por la providencia. A esas personas se abren las puertas de los secretos.

No mancilles el progreso que has tenido con la añoranza. ¡No recuerdes! Olvida el pasado y sirve al futuro. Afila ese brazo y corta los lazos que te unen a este chico, y a tu propia identidad. Forja tu nuevo yo, una nueva persona que usa su talento para el bien de los demás, simplemente porque es su deber, y no por un vínculo vacío.

Hay personas con talento en este planeta. Ellos poseen habilidades extraordinarias de las que no deberían avergonzarse. Ellos entienden su cuerpo y lo transforman en armas que protegen a quienes quieren, sin depender de ellos. Esas personas talentosas potencian lo que les entregó la providencia en el momento en que nacieron. A esas personas… las conocemos como Santos.

 

Alfonso golpeó el aire. El canto de su mano derecha hizo contacto con una superficie suave, que se partió en el acto. La mesa debajo, del mismo material, también fue triturada, así como el suelo, que sufrió una pequeña fisura. Ni siquiera opusieron resistencia, como si… le temieran. ¿Era acaso que alguien como Alfonso podía ser temido?

La audiencia fue dispersada como si hubieran recibido el golpe de un gigante. Roso salió arrojado lejos, maldiciendo el no conocer el nombre de quien le había superado con tantas creces. Solo ahora deseaba que le hubiera importado aprender ese detalle antes.

Mientras la mano de Alfonso descansaba en el centro del cubo de Gamanium, y el chico perdía la voz y se nublaban los ojos de la confusión, Izo sonrió, sabiendo que había conocido un diamante en bruto. Alguien que haría historia.

“Ya veo… yo tenía razón. Sabía que te había elegido bien. Tú cortarás la maldad con el canto de tu mano. Tú eres el hombre destinado… a acabar con mi vida”.


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Publicado 16 diciembre 2019 - 21:16

Llegamos al final de Capricornio, y esperamos que les guste. Atte, Placebo y Felipe. Cualquier comentario será aceptado y agradecido.

Nos gustó mucho escribir esta historia, principalmente por el desafío que presentaba mostrar el pasado de un Santo tan... peculiar. Tan seco y serio, y con tantas facetas de personalidad. Sin embargo, también nos entretuvo, y de alguna manera terminamos encariñandonos con esta versión del personaje que se transformaría en el soldado ideal del Santuario.

 

 

Parte 3

 

Alfonso no pudo sentir lástima cuando Roso pataleaba al saber que lo había superado, porque lo entendía. Entendía todo lo que no había logrado aceptar en todos esos años. Roso era una mierd.a, y podía amenazar a su familia todo lo que quisiera, pero no iba a echarse hacia atrás. No, en cambio, avanzaba con sus manos sangrantes, a pesar de que el dolor le recorría hasta los brazos, hacia dónde Roso estaba apoyado en la pared. Temblaba de miedo, pero parecía querer mantener su fachada de gran señor ante su sirviente. Estaba asustado y furioso, la humillación le recorría todo el cuerpo.

—¡¿Quién te crees que eres?! Tú no eres nada, y me importa una soberana mier.da si lograste romper un cubo que ese… “amarillo” trajo. Lo trajo solo para humillarme, y tú estás confabulado con él, ¿no?— Shura se acercó lo suficiente como para ver qué Roso se aferraba a la pared, se achicaba patéticamente. Era una novedad para Alfonso verlo así, vulnerable y temiendo por su vida.

—¿Tienes miedo? —musitó, pero Roso no le hizo caso.

—¡Yo te mostraré quién manda, haré que tu madre y tus hermanos lo entiendan! —Su rostro estaba casi deformado de la desesperación en su rostro—. ¡T-Te apuesto a que tu madre y hermana disfrutarán una visita de mi padre, inmundo animal!

Roso levantó la mano para darle una bofetada, pero Alfonso solo tuvo que estrellarle la cara contra su rodilla, para que se callara de una maldita vez. Por primera vez le dio un golpe, y se sorprendió no solo de lo fácil que fue, sino también de… lo gratificante que resultó.

—L-le voy a decir a… 

—¿A quién? —le interrumpió Alfonso, volviendo sobre sus pasos y tomando los pedazos del cubo dorado que quedaron. Tocó con uno de ellos el rostro de Roso, para que sintiera nuevamente que era duro metal, y luego, con un rápido manotazo, volvió a cortarlo por la mitad. Ni siquiera se le había dificultado un poco; era como si su mano se hubiera convertido en un espadón de los cuentos medievales. El público que aún estaba allí estaba paralizado por el terror, incluyendo a los adultos.

—¿Quién es ese niño? —preguntó uno de ellos. Luego, alzó la voz mientras sudaba la gota gorda—. ¿Alguien sabe en qué se registró para participar este chico?

—¿De qué hablas, tarado? Pierdes tu tiempo —le advirtió otro, que pertenecía al judo, y que también recuperó un poco la movilidad—. Si no tiene un entrenador, yo lo seré.

—No bromees, yo seré su tutora —intervino la campeona de taekwondo.

 

—¡No, yo!

—Damas y caballeros, tal parece que no me oyeron. Quien le hiciera una simple muesca a este pedazo de metal sería mi alumno en el noble arte de la espada. No es su honor, sino el mío el que está en juego si el muchacho no considera las reglas.

—Alfonso.

Un silencio sepulcral se armó cuando el chico, objeto de todas las miradas, abrió la boca. Izo notó cómo parecía mucho más maduro que lo que había sido antes, incluso si era más serio que todos los demás chicos del país. Su brazo izquierdo estaba roto, cubierto de sangre, pero ni a él ni a nadie parecía importarle. Su rostro era severo, pero su personalidad dulce… y ahora, solo mostraba el primer aspecto, adornado por una sombra en los ojos que apagaría el mismísimo sol.

—¿Qué dices, joven? —preguntó la mujer del taekwondo. Izo quedó congelado de la impresión. La culpa lo carcomía, al saber lo que diría a continuación..

—No soy un joven o un muchacho. Soy Alfonso. Alfonso Díaz. No soy el alumno ni el siervo de nadie, y tampoco decidí participar en nada de esto. Me voy a casa.

Y así nada más, Alfonso pasó entre los presentes, le dedicó una mirada digna de Cocytos a Roso, salió del castillo, de la ciudad, compró unas botellas de agua, y regresó a casa.

 

Tres meses habían transcurrido. Tres días lo habían convertido en otra persona. Tres minutos llevaba entrenando en el bosque hasta que miró a todos lados, intentando ser precavido. Frente a él, Alfonso Díaz tenía un tronco de roble, grueso y robusto, derribado en medio de unos arbustos luego de una tormenta, semanas atrás. Una tormenta durante la cual Alfonso no había estado allí para proteger a su familia, pues había ido a las montañas cercanas a practicar con sus brazos.

Y, sin embargo, habían salido bien de ello. Sin su fallecido padre, sin su amigo Izo, sin su hijo mayor Alfonso, su madre y hermanos se habían protegido de la tormenta sin problemas. Reforzaron muros y techos, buscaron cobijas grandes y soportaron el ataque del medio ambiente invernal con naturalidad. Él no había sido necesario. Roso ni siquiera los molestaba ya (de hecho, huía de la familia entera de Alfonso, ni siquiera los miraba a los ojos, y su padre estaba ya creyendo de que algo muy malo le hubiera sucedido). ¿Para qué existía, en todo caso? No era alumno ni siervo de nadie, dijo; pero, entonces, ¿qué era?

Ahora estaban en primavera. Pensaba en lo ocurrido meses atrás mientras miraba a todos lados, avergonzado otra vez de ser descubierto, pero no tanto como antes; cuando se cercioró de que no había nadie cerca, cortó sin ninguna dificultad el tronco en dos con un fugaz movimiento de su brazo derecho. Hace poco había descubierto que también podía con el izquierdo, incluso si todavía no sanaba completamente. No tenía ninguna dificultad, era como cortar queso.

—Veo que te es cada vez más fácil, ¿eh? —dijo un hombre con acento japonés. Izo, el viejo amigo de su padre.

—N-no te sentí llegar… —dijo Alfonso, inseguro.

—Por supuesto que no, ya que tus sentidos estaban enfocados en quién se acercaba a este lugar, no a quien ya estaba aquí de antemano.

—¿¡Ya estabas aquí!?

Izo llevaba otra vez su larga capa negra, cubriendo su cuerpo entero, con excepción de su cabeza. Tenía la barba larga, frondosa y entrando en canas; su cabello negro era lacio y estaba atado en una cola de caballo, sus ojos eran cafés, su nariz huesuda, y sus labios finos. Tenía varias cicatrices en el cuello que jamás había deseado explicar.

—Sí. Lo que debiste hacer no fue percibir si alguien llegaba, sino que estar consciente de todo a tu alrededor, a cualquier presencia en todo momento, pues podría ser un enemigo.

—¿Eres tú un enemigo? ¿Tienes algo contra mi familia? —preguntó Alfonso, a la defensiva. El muchacho retrocedió, recordando todas las extrañas preguntas que el hombre le había hecho durante tantos años, mientras medio se hacía cargo de su familia, medio lo espiaba.

—Claro que no, chico.

—Alfonso.

—Claro que no, Alfonso. ¡Por Amaterasu, ese nombre no va a resonar bien en el Santuario! —se dijo Izo, más hablando para sí que con el joven.

—¿Ama qué? ¿Y en el qué?

—Escucha… vine, primero que todo, a disculparme contigo. Lo que ocurrió tres meses atrás fue aprovecharme de tu confianza, obligarte a algo que no tenías por qué hacer, y meterte, sin realmente desearlo, ideas en la cabeza. Me gustaría pedir tu perdón, joven Alfonso.

—Lo tienes —respondió Alfonso, con sinceridad. Ya lo conocía hacía demasiado tiempo como para activamente pensar que era una amenaza para su familia, aunque no podía dejar de recordar sus palabras; “no mancillarse con la añoranza”, le dijo—, pero no es la única razón por la que estás aquí.

—Efectivamente, no lo es. En el Santuario se habló de ti, joven Alfonso. —Al percibir su mirada confusa, Izo procedió a explicar—: El Santuario es el sitio donde los jóvenes talentosos como tú, con valor, destreza y honor, son llevados a su máximo potencial, y se les entrena para proteger a los inocentes del mundo.

—¿Estás de broma?

—¿Lo estoy? Solo tú lo sabes en tu corazón. Como te lo dije en aquella ocasión, no muchos nacen como tú, con aquel talento en bruto. ¡A esas personas las llamamos Santos!

Esas palabras calaron fuerte en el corazón de Alfonso. El universo desapareció a su alrededor, incluyendo su bosque y el recuerdo de su familia… y vio la espada frente a él nuevamente. La tomó sin dificultad con la mano derecha, leyó la inscripción en la hoja: “Asura”, y por primera vez las brumas se disiparon. Una mujer de ojos grises, cabellos castaños, armada hasta los dientes, y con una mirada que generaría absoluta devoción hasta en el más rebelde, era quien le entregaba la espada en sus manos.

—¿Qué significa todo esto? ¿Qué es lo que tengo que hacer? —Ya lo había pensado demasiado. Era como si evitara su destino, como si el universo se hubiera puesto de acuerdo para mostrarle la ruta más segura a su objetivo, pero él se empecinaba en desviarse a otro lado. Lo pensaba casi todos los días, y la sonrisa de su madre le indicaba generalmente que “estaba bien”.

—¿Recuerdas lo que te dije sobre la añoranza y tus talentos?

—Sí, quieres que olvide a mi madre y mi familia, ¿no? Para ir contigo y entrenar para ser un… ¿Santo, dijiste? ¿Quieres que me una a un convento o algo?

—¡No! No es ese tipo de Santo. Es un guerrero que, como tu padre y yo, sigue los nobles procedimientos de un luchador por la paz y la justicia. Lo que él y yo llamamos el “Camino del Samurai”, a pesar de que estos ya se han extinguido.

—Espere, ¿mi padre sabía luchar?

—¡Pero claro que sí! —Izo alzó los brazos al cielo, y Alfonso pudo notar un par de destellos dorados como el sol encima, abriéndose paso por las mangas de su capa. Luego, el hombre se sentó en uno de los troncos cortados y soltó una risa por lo bajo—. Vaya, de verdad que no te dijeron mucho. Tu padre era, como yo, un heredero de la ideología Samurai, un espadachín moderno. Nos conocimos como a los cinco años, en Kyoto. Crecimos juntos. Trabajabamos juntos, en las sombras, para construir un mundo mejor, ejecutando criminales y salvando a los inocentes, contratados por diversos estados. Vaya, no pareció una complicación para ti que yo dijera que ejecutamos criminales.

—A estas alturas es difícil que algo me sorprenda.

—Correcto, y eso te hace un candidato aún mejor. Él también lo era, hasta que yo me uní a las fuerzas del Santuario y él se retiró para formar una familia. Nunca perdimos el contacto, y por eso prometí encargarme de ustedes cuando él falleció. Yo no tenía idea que el espadachín que se había profetizado en el Santuario, que me sucedería y me guiaría al más allá, iba a ser el hijo de mi amigo, pero las señales estaban todas allí.

Alfonso solo se quedó realmente con una parte del monólogo.

—Espera, que yo te guiaré… ¿a qué? ¿¡A dónde!?

—Hablaremos de eso con los años… si es que me permites entrenarte. Si me permites darte un propósito en la vida, aprovechando tus talentos, potenciando tus brazos, y guiándote a la roca donde tu espada espera para que la retires.

—¿Cómo sabes de mis sueños de espada? —se horrorizó Alfonso, que solo tenía la imagen de las brumas que tanto le había costado despejar en su cabeza.

—Pfff, todos los hemos tenido. Es parte del proceso, digamos, y algo que decidió la diosa Atenea mucho antes que yo.

—¿Quién?

—Mira, puedo explicarte muchas, muchísimas cosas, pero necesito saber si quieres hacer esto. No eres un siervo, está claro, pero ser un alumno no es una opción muy mala. Serás capaz de realizar maravillas, de custodiar la paz del planeta y servir… o más bien, ayudar al mundo.

—¿Hacer cosas como qué?

—Esperaba que preguntaras eso.

Izo se abrió la capa, y lo que Alfonso vio fue la cosa más brillante y espectacular que hubiera visto jamás. Una armadura, pero no como la de los samurái, sino como la de los caballeros medievales; sin embargo, en lugar de lata y cuero, la armadura completa era dorada, resplandeciente como el sol, del mismo tono de oro que el cubo misterioso que había cortado en Granada, solo que muchísimo más espectacular y resplandeciente.

Utilizando esa armadura llena de cuernos y púas, Izo levantó el brazo derecho, y Alfonso vio una llama danzar a su alrededor, ascuas doradas bailando con sus símiles verdes. Luego, el nipón gritó y cortó el aire en dirección al cielo azulado, poblado de nubes. Su capa negra se rasgó en seguida.

Alfonso cayó sobre sus posaderas, más impactado que en toda su vida, cuando el movimiento del aire expulsado por el movimiento de brazo rebanó unos troncos y piedras como un cuchillo por la mantequilla, y el asombro alcanzó su clímax cuando una de las nubes en lo alto, una blanca y de apariencia esponjosa, se partió en dos como si la hubieran tirado de los extremos. Las demás nubes también se apartaron, impulsadas por una fuerza invisible y explosiva.

—¿C-c-c-c-ómo… c-c-có…?

—Eso es lo más básico que el Santo de Oro de Capricornio puede hacer. Todos los Santos de nuestra constelación poseen la técnica llamada “Espada Sagrada”, o seiken, en japonés. Mi técnica tiene por nombre Kusanagi, y reside en mi brazo derecho, pero cada Santo tiene su propia hoja que afilar.

—I-Increíble, ¡no puedo creerlo! —Alfonso se había olvidado de pestañear y le escocían los ojos. ¿Cómo era posible que un ser humano fuera capaz de realizar algo tal como cortar una nube? ¿O es que no era humano?

Pero la pregunta que más a menudo estaba apareciendo en su mente a una velocidad imparable era muy distinta: ¿Es que estoy destinado a hacer algo así?

—¿Qué me dices, joven? ¿Quieres intentarlo? Si es así, tú sabes lo que tienes que hacer.

—S-sí… sí, señor.

—Con “maestro” está bien, Alfonso. Al menos mientras dure tu entrenamiento. Saga y Aiolos, tus senpai, no concluirán un tiempo muy largo.

—¿Mis qué?

 

Creyó que su temple de acero sería suficiente como para despedirse de la única familia que tuvo alguna vez. Creyó que sería fácil decirles que se iba a una tierra más lejana, que sería un samurai igual que su padre. Los miró con dureza al juntar sus pocas pertenencias en una triste maleta (herencia de su padre o de su madre, realmente no importaba a quién le pertenecía ese pedazo viejo de cuero). Que no se volverían a ver jamás, pero que nunca los dejaría solos, al menos económicamente. Que no iba a olvidarlos, pero que no podrían verse otra vez. Muy fácil de planear, claro.  En su mente ya había tenido esta misma conversación un millón de veces.

Alfonso se paró frente a sus 5 hermanos y su madre, les explicó de forma seria todo lo que necesitaban saber sobre qué haría ahora con el resto de su vida. Nada que los hiciera preocuparse. Nada que los atara a él. 

Carmen y Linda fueron las primeras en hablar, todavía sujetándose de las manos de su madre, ambas pensaban en lo mismo y empezaron a sollozar en cuanto entendieron lo que su hermano quería decirles. Era el corazón que compartían.

—¿En serio tienes que irte, Alfonso?

—¿No puedes volver? ¿nunca más?— Fernando y José se lanzaron a su hermano mayor, para darle un fuerte abrazo, como para no dejarlo ir. 

Shura trató de endurecer su corazón para no afectarse.

María solo lo miraba desde atrás de la falda de su madre, con una expresión de pesar en su cara. No necesitaba decir algo para que Alfonso entendiera lo que sentía. Era demasiado tímida para llorar a mares como el resto.

Su madre sonrió calmadamente ante lo que ocurría y ocurriría en pocos instantes, llamando a sus hijos a que dejaran en paz al mayor.

—Ya, ya, chicos, chicas, Alfonso debe irse—. Sus ojos estaban humedecidos por las lágrimas que trataba de retener. —Buena suerte, Alfonso, que Dios te bendiga… y solo te pediré un favor, jamás nos olvides, ¿si?. 

Alfonso se permitió soltar la maleta y derritió su corazón al escuchar las palabras de su madre. Era su última oportunidad para despedirse. Se permitió abrazar a sus hermanos y hermanas, se decidió a hundirse en el pecho de su madre y lloró como el niño que era. Lloró con sus hermanas y hermanos, lloró con la idea de que no podría sentir el olor del pan, ni la leche del desayuno, ni las risas de los chicos y chicas, y que básicamente se iría con un desconocido.

Esperaba tomar una buena decisión.

 

—Antes de partir… has de abandonar definitivamente tu pasado, Alfonso. Eso comienza también por tu nombre, y he allí, cuando elijas tu nueva identidad, que te enseñaré el camino del verdadero Samurái.

—Mi nombre es solo una marca dejada por mi pasado, lo entiendo. —Alfonso lo meditó y recordó todo lo que había vivido. Su entrenamiento había sido pactado por sus visiones—. En mis sueños, la espada que sostenía tenía una inscripción.

—¿Una inscripción? Eso es poco usual. ¿Qué es lo que decía?

Asura. Pero, no tengo idea de lo que significa.

—¿Ashura?

—Asura.

—Me es difícil pronunciarlo así. Sin embargo, sé lo que son. En el budismo y el hinduismo, los Ashura son divinidades de la guerra, son entidades custodias de las armas y la sangre, a veces honorables, a veces pecaminosos. Me pregunto por qué habrá aparecido esa palabra en tu sueño.

—No importa, me gusta. Izo… digo, maestro. Mi nombre será… Shura.

—Shura, como un dios de la guerra. Me gusta, Shura. Ahora, podré indicarte los pasos en el camino de un samurái, que coinciden con las enseñanzas del Santo.

 

Estas son las enseñanzas del Samurai:

  1. ¡Gi! Sé honrado con todo el mundo. Cree en la justicia, pero no en la que nace de los demás, sino en tu propia justicia. No hay grises en lo que se refiere a justicia y honor; solo existe lo correcto y lo incorrecto en el universo.

  2. ¡Yuuki! Asciende sobre quienes temen actuar. Ocultarse cual tortuga en su caparazón no es vivir. El heroísmo no es ciego, sino que fuerte e inteligente. Reemplaza tus miedos por la precaución, y tus temores por el respeto.

  3. ¡Jin! Compadécete de tus hermanos y hermanas, y también de tus enemigos perdidos en el camino de la justicia. Si no surge la compasión en tu camino, sal de éste para hallarla.

  4. ¡Rei! Ser un guerrero no justifica la crueldad. Un hombre no necesita motivos para ser cruel y demostrar su fuerza, salvo a sí mismo. Ser un guerrero es ser cortés, en especial con sus enemigos, o no será mejor que un animal. Sé temido por tu fuerza, pero respetado por tu actitud.

  5. ¡Meiyo! Un samurái solo tiene de juez de su honor a sí mismo. Las decisiones que toma un verdadero hombre son reflejo de su realidad. Nadie puede ocultarse de sí mismo, y ante la adversidad, el honor es lo primero que sale a flote.

  6. ¡Makoto! Si dices que harás algo, significa que ya lo hiciste. Nada en el mundo detendrá la realización de tu acción. No darás tu palabra ni prometerás, pues el simple acto de hablar pone en movimiento tu acción. Hablar y hacer son dos caras de una moneda.

  7. ¡Chuugi! Hacer algo o decir algo significa que el algo le pertenece a un samurái. Es responsable del algo y todas las consecuencias del algo, y le será eternamente fiel. Sus palabras son huellas que puedan seguirse donde vaya… y por eso debes poner atención a la ruta que seguirás.

 

—¿Podrás recordarlas, Shura?

—Sí.

—Bien. Entonces, emprenderemos nuestro cam…

Un rayo nubló las últimas palabras de Izo. Un rayo que, probablemente, nadie recordaría haber visto más que el propio Alfonso. Más que el propio Shura.

 

En medio de las tinieblas apareció una espada. La espada tenía su nombre inscrita en la hoja, y aunque muchas manos intentaban tomarla, solo Shura pudo sostenerla entre sus dedos. Al hacerlo, las brumas se disiparon, y una bella dama de ojos grises se la estaba tendiendo con una expresión severa y adusta en el rostro. La dama se apartó, y un anciano con cola de caballo, canas y cicatrices en el cuello apareció de rodillas frente a él, delante de una laguna gris y plantas y árboles blancos frente a un telón eternamente negro. El anciano sonrió y levantó la cabeza. Shura levantó la espada y la hoja despidió destellos dorados como el sol. Movió el brazo y la luz dorada se tiñó de rojo. Y solo entonces lloró, desde ese día hasta el último de sus días.

 

Fin.


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