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Rosas desde el siglo XVIII


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89 respuestas a este tema

#61 -Felipe-

-Felipe-

    El temor de un hombre sabio

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Publicado 01 mayo 2017 - 17:04

Genial que hayas vuelto con el fic, Penta, me alegra haber sido, aunque mínimamente de ayuda. Y por el asunto de la espada puedo ver que hablar de El Cid por wsp tuvo sus efectos. Pero vamos con los "errores", primero. 

 

escuchó cómo el ruido metálico, un eco insoportable y desagradable, como el arañar de una pizarra. (.....)

 

Aquí faltó completar la idea, estimado Penta. Y lo pongo al principio porque es lo único que veo erróneo en este corto, pero interesantísimo capítulo. A menos que llamarle "Lugonis de Piscis" en lugar de Hidra sea otro, y no a propósito.

 

Ahora vamos al meollo del asunto. Ulyses de Capricornio no es como ningún otro, es el Dionisios del Santuario, un tipo al que solo le interesan las espadas y no tiene mucho conocimiento de la dinámica social regular. No es "serio" o "frío" como los otros Caprinos, es simplemente un tipo extraño, pero tal vez el más badass después de Krest, claro. Porque el tipo foja espadas con su propia piel, eso solo lo hace un macho alfa pelo en pecho lomo plateado espalda de gladiador barba de leñador voz de espartano nivel Jason Momoa. Qué tremendo el tipo, me encantó el personaje. Es hasta medianamente original en la franquicia, un gran acierto.

 

Me dejaste metido en la historia de este tipo, y empatizo con la reacción de Lugonis. Saludos, Penta, sigue así!


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(by Placebo)


#62 Αλάλα

Αλάλα

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Publicado 03 mayo 2017 - 19:52

Es raro ver un personaje como Ulysses, casi siempre son todos tan estéticos, de cierta manera normales, y nos topamos con este ser tan raro en su personalidad y tan diferente en otros aspectos. No sabemos mucho, pero de seguro que será inolvidable. Incluso hasta Lugonis se quiere retirar, supongo que es porque ya viene cambiando xD Hablando de él, es bueno ver que sigue con sus estudios y sin necesidad de ser supervisado. Cómo me gustaría que cierta persona en esta casa fuera así xD

 

'Porque sí', gracias a esta frase me escapo de varias preguntas, pero con alguien como Ulysses no se ve tan reconfortante, me pregunto qué más cosas le dará gana hacer porque sí D: 

Yo esperaré el siguiente personaje, y es bueno ver que ya por fin regresaste, malvados parones y cosas que nos hacen perder el tiempo, a ver si llegan mis pinceles a tiempo para trabajar el que sigue. Saludos!!


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#63 DanielSan

DanielSan

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Publicado 03 mayo 2017 - 22:11

Buen fic. Hace poco lo inicié y me da esa emoción que me daban los libros que leía de niño; esas ganas de seguir leyendo incluso con los ojos ardiendo xD

Tengo una amiga que es lectora compulsiva, le voy a recomendar tu obra; estoy seguro que le va a gustar.

Saludos.

#64 T-800

T-800

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Publicado 05 mayo 2017 - 15:24

menos mal que Lugonis ya no es tan bruto--XD

 

al dorado de capricornio le gusta la sangre



#65 ALFREDO

ALFREDO

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Publicado 21 mayo 2017 - 13:25

Hola Penta, tanto tiempo. Aqui estoy una vez mas..

 

JOHANES

Vaya cap, por fin pudimos ver como se desenvuelve Geser sin tener a Lugonis a su lado, teniendo q aparentar una postura de mentor, pero si q le cuesta no mostrar esa faceta y sigue actuando así…

No entendía mucho lo de zarrampola o como se llame, es una criatura mitológica?

Cuando dijiste q era un gusano, pensé q era Myu de Papillon XD.

Johanes es como el alumno ideal, sabe escuchar y guarda la compostura, todo lo contrario a Lugonis, me pregunto si Geser no le vino esa comparación.

Fue una pelea intensa, pero un pequeño consejo mejor colócales la traducción de los ataques abajo, y en japonés arriba.

Me gustó mucho la frase final de Geser, todo un poeta. Muy asertivo su comentario, con este cap creo q es el personaje q más me gusta hasta ahora.

Nos vemos…


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FANFIC: La condenación de los caballeros de Athena

Capitulo 44 .-  desde el (06/04/2017)

Fichas de personajes


#66 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

    Teozakeru

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Publicado 22 mayo 2017 - 08:40

Estoy siendo especialmente irregular, pero todo lo que estoy teniendo que estudiar ahora no tiene nombre. Dicho eso, ¡nuevo capítulo, amigos! Cortito, pero así os habituáis mejor y no os cansáis mucho. Ahora, a responder.

 

-Felipe-: Hola, compañero Felipe. Primero, he de decir que fue gracias a ti que surgió la llama de la inspiración en mi mente. Sin ti, ese capítulo no hubiese salido y, probablemente, Ulysses hubiese variado (aunque no gran cosa) en su personalidad. Dicho esto. Gracias por el gazapo, ya sabes que todos tenemos nuestros dedazos. Paso a corregirlo ahora. Ulysses está basado en un personaje de una saga que me encanta, pero solo su aspecto físico, pues la personalidad que le di es totalmente mía. Quería que fuese diametralmente opuesto a todos los santos vistos hasta ahora. Este tipo no es "normal", como podría serlo Gheser, o Krest, u otro. Ya se irá descubriendo más adelante. Muchas gracias por la visita, don Felipe. Esperando a que actualice usted.

 

Raissa: Hola, fanartista favorita. Quería que Ulysses fuese un personaje distinto, algo que interesase más que un Shura sin personalidad. Quería hacerlo no "malote" ni malvado, sino algo diferente y distinto a lo que los Capricornio nos tienen acostumbrados. Lugonis sigue con sus estudios, es cierto. Bien sea porque le gustan, o porque sabe que son la única manera de acceder a su querida armadura dorada de una vez. Ulysses traerá consigo unas cuantas cosas, madame, ya lo verá. Tengo en mi mente varias ideas ya para él. Muchas gracias por aparecerse, doña. Todo un placer.

 

DanielSan: Muchas gracias por la visita. Espero que te agrade la obra que estoy creando, y que sigas leyendo si tienes tiempo y te apetece.

 

T800: Ya sabes cómo somos los jovenzuelos, que con el paso del tiempo vamos cambiando. Y sí, a Ulysses le gusta, más que la sangre, afilar su espada. Muchas gracias por la visita.

 

Alfredo: Hola, Alfredo. Pues sí, verás, este capítulo era para dar a conocer un poco más a Gheser fuera del ambiente pseudofamiliar al que está sometido con Lugonis en el Santuario. La Zarrampla es una criatura de la mitología castellana, así como Euríale lo es de la Griega, por ejemplo. No es muy seguro la forma que tiene, por eso yo lo representé como un gusano gigante. Johannes es lo que los platas no acostumbraron a ser en la obra, ya que pasaron muy desapercibidos con sus posturas egoístas. Está bien, procuraré ver cómo queda eso de poner las técnicas en original arriba. Espero que Gheser siga gustándote, amigo Alfredo. Te debo una visita, pero estos días leo poco o nada por culpa de lo ocupado que ando. Un saludo, amigo.

 

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Hakurei

 

Qué calentitas estaban las sábanas, pensaba Lugonis mientras las apretaba contra su cuerpo, intentando alejar el frío invernal que acosaba su habitación. Se metió bajo estas y se hizo una bola, metiendo sendas manos entre las pantorrillas para calentarlas. Aquello se sentía como una fortaleza inexpugnable: su propio castillo, al que nadie podía entrar sin su permiso. A pesar de estar a oscuras y con las condiciones perfectas para dormirse, el cerebro de Lugonis estaba en aquel momento más activo que nunca. Y era curioso, pues se pasaba el día cansado, bostezando mientras enterraba la vista en sus enormes libros, pero cuando llegaba el momento de la verdad, ese en el que caía en brazos de Morfeo, su mente parecía tener un festival de canto. Con particular inquietud, recordaba cosas que lo mantenían en vela durante, al menos, un par de horas. Primero Krest, luego Gheser, también Luco, Aramar, y últimamente, aquel tipo, Ulysses, cuyos ojos vacíos le habían recordado cómo era mirar la noche, el cielo oscuro sin luna durante horas y horas: tan muerto, tan triste.

 

Por acción automática del destino, Lugonis acabó durmiéndose. Sus sueños se tornaron pesadillas, sus pesadillas, simples incoherencias: cosas que lo perseguían, la muerte de su hermano por un joven de cabello azul que vestía la armadura de Piscis, cuervos que se comían sus ojos. Cosas que nunca sucederían, pero que, por alguna razón, bailaban de un lado al otro en sus noches intranquilas, de las cuales siempre se levantaba sobresaltado, sudando: a pesar de que ya se había hecho a la idea de que nunca podría descansar a gusto, le fastidiaba la idea de estar cansado siempre.

 

Dos días después de la visita al Templo de Capricornio, la mañana llegó con la aparente normalidad de siempre. El Sol salía por el este, por encima de las montañas blancas, ahora oscurecidas por la sombra, acompañado de unas nubes blancas y puras, y Lugonis ya abría los ojos despacio, interrumpido por aquellos rayos de luz que hacían brillar el suelo de piedra de su habitación. Se levantó, dejó la cama con las sábanas todas revueltas, sintió el frío del piso bajo sus pies y caminó a la cocina, donde se hizo con una pieza de fruta y un chusco de pan, ahora duro, que le había traído Luco el día anterior, aun con los ojos entrecerrados por el sueño. Entre bostezo y bostezo apuraba un mordisco de la manzana verde con la que se había hecho, y acompañaba el trozo de pan con un tazón de leche fresca que siempre, siempre encontraba encima de la mesa. Tras terminar su escueto desayuno se fue al baño y se quitó las legañas con agua, se bañó en un barreño y recogió la ropa limpia para ponérsela. Por la posición del Sol, al terminar de hacer todo aquello debían de ser las once, aproximadamente. El pelirrojo rápidamente se dijo que tenía que estudiar, pero las fuerzas no le acompañaban en ese momento. Salió del Templo y se sentó en los escalones que accedían al porche de Piscis, bien abrigado pues el sol era un mero engaño y el viento arreciaba con fuerza. Estornudó un par de veces mientras observaba la magnificencia de todo el Santuario desde las alturas, en una posición tan privilegiada como la suya. Empezaba a entender lo que debía sentir Gheser todas las mañanas, al plantarse allí con su ropaje dorado…

 

Mientras miraba ensimismado lo glorioso del paraíso terrenal de Atenea, una sombra ascendía por los escalones, embutida en una toga blanca y con un pañuelo rojo al cuello. Era Hakurei, que subía a paso lento al Templo de los Peces Gemelos. Lugonis lo identificó pronto por su larga cabellera gris atada en una coleta simple y la tranquilidad de sus gestos al caminar, tal y como lo había visto en aquella fatídica noche en la que Krest quiso asesinarlo. O eso es lo que pensó.

 

―Buenos días ―saludó el anciano con un gesto perpetuo de amabilidad y tranquilidad.

 

―Hola ―respondió escueto el pelirrojo sin mirarlo directamente a los ojos, aún avergonzado por la escena que había montado el día del…, suceso; la vergüenza de llorar frente a uno de los hombres de élite del ejército; simplemente, odiaba mostrarse débil, y aquel hombre le había visto débil.

 

Con toda la calma del mundo, Hakurei se sentó al lado de Lugonis, apostando con cuidado su toga para que esta no se arrugase, y dijo:

 

―Hoy vamos a comenzar la lección, así que mejor pasemos dentro.

 

Sin decir ni pío ni objetar nada en contra de aquella idea, Lugonis se levantó y siguió a paso lento al anciano. En cuestión de segundos se adentraron en las profundidades del Templo de Piscis y se detuvieron en el pequeño salón.

 

―Escúchame, joven. No he venido para entrenarte, ni para hacer que alcances el séptimo sentido, ni para darte una lección con libros grandes y pesados. No. Solo quiero mostrarte una cosa, así que espero que estés bien atento, porque no se volverá a repetir.

 

El anciano le enseñó a Lugonis el dedo índice, del que comenzaron a salir unas luces azules que se propagaron por toda la estancia. Dichas luces bailaban al son de una canción invisible, y se retorcían por los aires dejando tras de sí una corta estela brillante. Lugonis, levemente impresionado, dio dos pasos atrás, pero tan pronto como quiso darse cuenta, aquellos fulgores se habían aglomerado a su alrededor, impidiéndole el movimiento. Giraban sobre su cuerpo a velocidades superiores a las del sonido, haciendo que no pudiese siquiera defenderse, ya que le era imposible casi verlas. Hizo fuerza con sendos brazos, intentando liberarse del agarre, pero todo esfuerzo fue inútil. En un visto y no visto, su alma salió de su cuerpo, que cayó de bruces al suelo como si estuviese muerto. Lugonis miró a su yo de carne y hueso aterrorizado y luego se miró a sí mismo: podía ver a través de sí, ya que su cuerpo era translúcido, y no tenía a qué agarrarse. Pataleó en el aire, pero se veía arrastrado sin piedad por aquellas luces, que, como unas cadenas, lo llevaron por un portal.

 

Despertó en el suelo, un suelo de color violáceo, duro y áspero, con el firme mal pavimentado; unos pequeños picos sobresalían y se clavaban contra todo su cuerpo. A pesar de ser un ente sin cuerpo físico, podía sentir el dolor igualmente. La gravedad allí era distinta, y el aire más denso. Era como si todo fuese más pesado, y lo empujase hacia el firme. Con esfuerzo se levantó, y las pequeñas puntas del suelo se clavaron en las plantas de sus pies. Sintió como si sangrase, pero al mirar vio que ni siquiera había herida, a pesar de notar claramente cómo aquellos aguijones traspasaban su piel. Miró a su alrededor: la tierra marrón se extendía hasta donde alcanzaba la vista, con altibajos constantes, como si fuesen llanuras, y el cielo, de color oscuro, hacía juego con el fantasmagórico aspecto de aquel lugar. Lo único que se veía eran los mismos brillos azules que lo habían agarrado antes, pero esta vez no se movían, sino que permanecían estáticos, como una llama.

 

―¿Qué opinas de este lugar? ―dijo Hakurei a su espalda, lo que provocó que Lugonis pegase un pequeño salto en el sitio.

 

―Casi da miedo ―respondió el pelirrojo sin disimular, perdiendo la mirada en el horizonte; los gritos y los lamentos constantes le llegaban de todas partes. Miró debajo de la sima en la que estaba y descubrió dos cadáveres que gemían, enterrados hasta la cabeza.

 

―Esto que ves aquí es el Hades, las profundidades del Infierno. Donde tú y yo acabaremos un día. ―Hakurei le indicó con el índice, de nuevo, que mirase en una dirección determinada; por allí había una fila de personas que andaba sin mirar atrás, de uno en uno, caminaban como empujados por una fuerza invisible, con la cabeza hundida en el pecho, los brazos colgando y pasos cortos―. Esa gente que ves camina sin pausa hacia el Yomotsu, el agujero por el que, una vez caes, jamás vuelves. Tu alma se pierde en el vacío y Hades, el Rey del Inframundo, la toma. Los tres jueces te juzgan y te envían a uno de los círculos del Infierno. ¿A cuál de ellos irías tú, ira, envidia…, violencia quizás?

 

A Lugonis le recorrió la columna un escalofrío; para ser, técnicamente, un ente espiritual, se sentía más vivo que nunca. Apretó los puños y siguió con la mirada la fila que se extendía desde el infinito hacia el infinito. Era impresionante, tan terrible y a la vez tan normal. ¿El final de la vida podía ser algo tan triste como aquello?

 

Oteando la enormidad de la cola, Lugonis se fijó en uno de los que caminaban por la fila: de espalda ancha y hombros fuertes, con una altura portentosa; había visto a esa persona antes.

 

―«Ese es el gigante…, Potem.» ―se dijo para sí mismo, mientras clavaba su mirada esmeralda en aquel alma errante.

 

―¿Puedes llevarme hasta la fila? Quiero comprobar algo.

 

Ambos, el anciano y el joven, llegaron a la inconmensurable hilera de almas que caminaban sin prestar atención a nada más que al camino que recorrían. Lugonis alcanzó rápidamente a Potem, aunque la ruta que seguían aquellos tenía, claramente, unos pinchos más afilados. ¿Acaso el tormento no se terminaba ni después de muerto, que habías de seguir sufriendo por toda la eternidad? A Lugonis se le revolvió el estómago.

 

Lo que caminaba Potem lo recorría Lugonis a su lado sin perderle de vista. Estaba desnudo, sin ropa, ni pañuelo, pero sus gestos deformes seguían allí, como un castigo perpetuo.

 

―¿No se puede saber cómo murió alguien?

 

―En este caso, este tipo recibió diecisiete puñaladas mientras dormía ―respondió con frialdad el anciano.

 

―Oye, viejo, ¿no hay manera de…, ya sabes, liberar a un alma de su destino en el Infierno? ―preguntó cohibido el pelirrojo; en cierto modo, le daba vergüenza preguntar aquello, pues estaba sintiendo la debilidad, la presión del enemigo en su nuca, pero no podía evitar sentir compasión.

 

Hakurei, comprendiendo por dónde iba el joven, se puso delante de él. Adelantó la mano derecha y la abrió. En ella se formó una bola azul hecha de fuego; era como una llama que nacía de la misma palma de su mano. Las almas de antes volvieron a aparecer, esas que habían atrapado a Lugonis, y rodearon el alma de Potem. Hakurei apretó la llama y esta se consumió en un instante, y las luces azules hicieron reacción contra el gigante, incendiándolo como si estuviese hecho de pólvora. El alma lanzó un grito lastimero que puso la piel de gallina a Lugonis, para después desaparecer tan pronto como había llegado.

 

Una parálisis invisible se apoderó del pelirrojo. Allí plantado, aún impresionado con la facilidad con la que lo había hecho todo, y sin embargo el anciano no parecía haberse inmutado ni perturbado un instante, como si esa fuera la vez mil uno que hacía algo tan…, no había calificativo para ello.

 

Siguieron la cola en absoluto silencio y llegaron a un agujero en el suelo, descubriendo que aquella no era la única fila que había en el infierno, sino que multitud de ellas llegaban desde quién sabe dónde. Las almas que seguían aquel camino lleno de clavos terminaban cayendo en aquel hoyo, para no regresar jamás. Eso era lo que había dicho el anciano.

 

―El Yomotsu Hirasaka. La frontera final entre el mundo de los vivos y el de los muertos. No hay redención, no hay súplica que sirva. Una vez cruces este portal, jamás regresarás.

 

Se pasaron un rato observando cómo las almas caían al agujero, acompañando su descenso con un quejumbroso lamento que hacía eco por todos los rincones del Infierno. Hakurei observaba impasible, y Lugonis aparentaba normalidad, pero un espectáculo tan dantesco no se lo había imaginado ni en sus peores pesadillas.

 

 

Minutos después, volvió a despertarse en su cuerpo, tirado en el suelo en el Templo de Piscis. Se recompuso, pero cuando miro a su alrededor el anciano ya no estaba. Le daba la sensación de haber estado horas vagando por aquel lugar infernal, pero cuando salió y vio el sol, descubrió que no habían pasado ni treinta minutos.


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#67 T-800

T-800

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Publicado 26 mayo 2017 - 16:11

Que me late que Hakurei  solo queria traumarlo--XD



#68 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 27 mayo 2017 - 12:41

No me canso de decirlo, estimado Penta, pero qué hermoso escribes! Las descripciones de situaciones y, especialmente, lugares, son muy agradables de leer, se nota tanto tu habilidad léxica como tus conocimientos gramáticos y hasta poéticos. Y qué mejor manera de empezarlo que con una "dantesca" (kuku... usar esa palabra en un capítulo que trata sobre el infierno, excelente) visión futurística de la muerte de Luco a manos del mejor héroe del Canvas.

 

Me gustó mucho el capítulo. La visión del infierno es como se espera que sea, angustiosa, lúgubre, triste... de hecho, siempre me ha molestado esa visión griega/kurumadesca del infierno en que, después de morir, sigues sufriendo, no importa cuánto bien hayas hecho en vida, simplemente porque Hades no permite que nadie vaya a Elysion. Es una de las cosas que planeo cambiar en mi reboot de la saga, no me parece justo a nivel universal que eso ocurra, y ni los dioses deberían tener que ver en ello.

 

Espero la siguiente entrega, amigo. Saludos y sigue así!


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#69 Αλάλα

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Publicado 03 junio 2017 - 15:10

De nuevo a la par.

No me esperaba que Hakurei se dedicara a traumar estudiantes, Mentira xD Sin embargo me pregunto con qué propósito se dispuso a presentarle el Yomotsu a Lugonis. La sensación de 'muerte' o más, del momento en que se desprende su alma, sin duda le debió ser bastante espantoso. Ahora sus pesadillas de seguro serán un paseo por el campo, ja, ja. 

Aunque viendo bien, solo le habló de los infiernos, ¿y qué tal de ser bueno y llegar a los Campos Elíseos? Quiero decir, viendo que al final valdrás madre :v ¿de qué serviría ser bueno y luchar? El punto es, ¿cómo se tomará esto Lugonis? Supongo que tendré que esperar el siguiente :P

Por cierto, muy buena descripción del entorno, dibujas como yo, pero con palabras (?

Saludos!


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#70 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

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Publicado 22 julio 2017 - 12:23

Muy muy buenas a todos. Siento la tardanza. Entre los estudios, y el empezar el laburo, he estado completamente desconectado de esto. Pero desconectado no significa "haber olvidado". Así que, sin más demora, otro capítulo más. Pero primero, responder comentarios.

 

T-800: Ya sabes cómo son los viejos del Canvas. Nunca sabes por dónde van a salir. Muchas gracias por tu comentario.

 

Felipe: Maese Felipe, es un honor verlo por acá. Gracias por tus halagos, compañero. Simplemente, hago florecer mi estilo, o lo que me nace del cerebro. Quizás no lo pienso mucho, y en ocasiones ya ni lo reviso, por pereza. Pero para algo estáis vosotros. Con la visión del Infierno, simplemente me he limitado a lo ya visto. Me gusta tu idea de renovar el Hades, y los motivos que me das. No se me había ocurrido. Quería ceñirme lo más posible a la historia de Saint Seiya escrita por Shiori. Muchas gracias por tu visita, compañero.

 

Raissa: ¡Hola, mi fanartista favorita! Espero que te vaya muy bien. La razón por la que Hakurei le enseña el Hades a Lugonis es algo en lo que me meteré más adelante. Aún no es momento de hablar de ello. De momento, toda la trama se está formando, aún estoy cimentando lo más firmemente que puedo la historia. Lo que está claro es que el pelirrojo ya está cambiando, y todo lo que ve, lo que siente y lo que sufre serán claves para hacerlo. Muchas gracias por su visita, doña.

 

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Gheser (II)

 

Con los ojos rojos y los codos morados, Lugonis miraba fijamente, en modo repetición, una de las líneas de su libro Anatomía y Otros Escritos, que relataba, a veces mediante historietas cortas, la importancia de un alimento a base de verduras, pan, agua y pescado, intentando evitar comer cerdo ya que podían transmitir los quistes que tenían, y alejándose lo más posible del alcohol a diario, así como resultaba conveniente mascar hojas de tabaco para mantener las encías limpias y sanas.

 

En la mente de Lugonis bailaban las hojas de tabaco, tan marrones como la tierra misma, junto con el pan, el pescado, el agua y las verduras. Sabía que había un guardia que siempre estaba haciendo la ronda, y mascaba tabaco que luego escupía con gusto al suelo mientras contaba chistes verdes con sus compañeros de patrulla. Sabía que Gheser cultivaba esa planta, pues tenía una en el jardín, cuyos tallos crecían tristes y arrugados hacia arriba y, una vez llegada a cierta altura, caía presa de la fuerza inalterable de la gravedad, como si, al igual que el titán Atlas, sujetase algo tan pesado sobre sus hombros como la misma Tierra. Sin embargo, nunca había visto a su maestro masticar de las hojas. Siempre estaba regándola, así como todas sus rosas, pero nunca parecía que le faltase siquiera un tallo.

 

El pelirrojo se rascó la cabeza y abandonó el escritorio. Aún era muy de día, y ya habían pasado unas veintiséis horas desde la…, ¿curiosa?, experiencia en el Hades. Había tenido una pesadilla con Potem, en la que su hermano Caleb lo apuñalaba por la espalda mientras dormía con una daga curva bajo su atenta mirada, sin poder hacer nada. Gritaba para despertar al gigantón, pero por alguna razón su voz no le salía, y tampoco podía moverse; estaba encerrado como en una caja de cristal de la que no tenía escapatoria. Una vez se soñó medio llorando se despertó sobresaltado, con el rostro empapado en sudor. Salió al patio, y deslizó la mirada por todos los templos hasta llegar al pueblo de Rodorio. Desde su posición privilegiada podía verse bien la aldea, y la casa de Melisa era una de esas miradas furtivas diarias obligatorias. Seguro que cuando lo viese de nuevo le reprocharía que no hubiese ido más a verla, a pesar de que su padre se oponía completamente a ella. Por su mente corrió una imagen a toda velocidad, la de escaparse y hacerle una pequeña visita bajo los árboles del lago Kolht, ese que estaba a un kilómetro al norte, a donde solían retirarse para besuquearse las largas noches de verano. Pero la idea se disipó rápidamente cuando giró levemente la cabeza para ver el onceavo de los Templos. ¿Y si Krest lo observaba, descubría que se había escapado y volvía a darle una paliza? Pasó los dedos por la sien derecha y tocó la cicatriz que el puñetazo del santo de Acuario le había dejado; se estremeció solo de recordarlo.

 

Para Lugonis, Krest era como un lobo, un animal salvaje que lo observaba desde la oscuridad, con sus ojos brillantes siguiéndolo allá a donde fuese. Y si se desviaba un solo milímetro del camino marcado, se abalanzaría sobre él como una fiera sin piedad. Así de claro se lo había dejado la última vez que se vieron. Sus iris azules como el mar mismo, tan fríos… No parecía humano, parecía más bien una bestia sin alma. El pelirrojo pensaba incluso que, si Krest mirase de pleno en sus ojos verdes, podría leerle la mente, saber perfectamente lo que pensaba.

 

Lugonis suspiró con tanta fuerza que casi parecía que iba a crear un huracán con sus pulmones. Quería eliminar todo lo que había pasado aquellas dos semanas y volver atrás. Tenía un vacío en su interior y no sabía cómo llenarlo: su hermano no aparecía casi para verlo, su “amiga” Melisa probablemente estuviese enfadada con él y Krest lo tenía bajo vigilancia. Pronto cayó en la cuenta: echaba de menos a Gheser, y entrenar con él. En realidad, él no lo hubiese denominado exactamente como “echar de menos”, pero, aunque lo negase una y mil veces sabía perfectamente que quería tener la vida de hacía tres semanas.

 

Faltaba solo un día y Gheser aún no había regresado de su misión. Era la primera vez que se demoraba más de dos semanas. Al principio le pareció normal, pero a medida que pasaba el tiempo, se preguntaba cómo podía tardar tanto, y la remota idea de que le hubiese pasado algo fue haciéndose más y más presente en el día a día del joven. Treinta de diciembre del año 1701 de nuestra señora Atenea ya…

 

De pronto, escuchó unos pasos irregulares en los escalones. Se extrañó, pues Krest no iba a volver a entrenarlo y Hakurei había dicho que no regresaría. Esperó unos segundos, que por alguna razón le parecieron eternos. ¿Acaso se le venía otro castigo encima? ¿No había sufrido lo suficiente? Cerró los ojos con fuerza, esperando que no fuese nadie, que solo su subconsciente le estuviese jugando una mala pasada, pero los pasos, ligeros pero firmes, no se detenían. Al fin, la figura se dejó ver, primero con una larga cabellera rubia cayendo por su rostro, luego un rostro, y finalmente un cuerpo entero.

 

Gheser subía los escalones cojeando sobre la pierna derecha, con la Pandora Box a la espalda cargada sobre sendos hombros. Su cara tenía varios cortes e incluso un moratón en el pómulo derecho, pero eso no le impedía esbozar una radiante sonrisa, enseñando sus blancos dientes, al ver al pelirrojo.

 

―¡Hola! ―saludó Gheser cordialmente como siempre, levantando la mano derecha en un gesto amigable; caminaba hacia adelante con una evidente cojera que le daba un aspecto lastimero.

 

Lugonis, impresionado, no pudo articular palabra. Aquel tipo al que consideraba indestructible, estaba herido, y bastante. Sin embargo, lo mejor de todo era que Gheser, por muchos palos que pareciese recibir, seguía teniendo unos ojos vivos, negros y profundos como el carbón, con un brillo tan inextinguible que ni el fulgor de treinta estrellas juntas hubiesen podido hacerle sombra.

 

―Voy a dejar mis cosas ―continuó el santo dorado sin perder un ápice de buen humor, que siguió caminando.

 

―Espera ―interrumpió Lugonis, girándose para verlo mejor―. ¿Qué…, qué te ha pasado?

 

―¡Ah, esto! ―dijo el rubio señalándose la pierna primero y el brazo después, que, a pesar de estar cubierto por la chaqueta larga, se veía que estaba escayolado, pues tenía forma de L inamovible―. Una pelea con el enemigo. Pero finalmente cumplimos nuestra misión.

 

―¿Vuestra misión? ―preguntó el pelirrojo.

 

―Oh, sí. Tuve compañía de un joven santo de plata muy simpático llamado Johannes. Un gran aliado. ―Y sin pararse un segundo más, subió los escalones que accedían al Templo y atravesó el portón eternamente abierto, dejando fuera a Lugonis.

 

Comieron en abundancia cuando fue la hora. Gheser, a pesar de sus limitaciones físicas, cocinó un par de peces que le había comprado a una amable vendedora en Rodorio, así como unas lechugas frescas y tomates llegados de las Américas de un color rojo exquisito. Preparó una ensalada y la acompañó de los dos peces, hechos vuelta y vuelta al fuego. La piel se les había quedado crujiente y dorada. El silencio a la hora de sentarse a la mesa solo se rompía por el crujir de las hojas de lechuga entre los dientes de ambos, y toses ocasionales. Todo transcurría como de costumbre, pero a Lugonis parecía inquietarle algo.

 

―Y entonces…, ¿a quién vencisteis? ―preguntó súbitamente después de dar un trago a su vaso de agua.

 

―A una bestia mitológica castellana conocida como la Zarrampla, un gusano enorme, de ojos vacíos y cuerpo duro. ―Aunque Gheser parecía hablar con toda la tranquilidad del mundo, por dentro estaba muy sorprendido de que aquel joven arisco quisiese entablar conversación.

 

Una cosa llevó a la otra, y acabaron teniendo una pequeña charla sobre lo que suponía ser un caballero: honor, fuerza, valentía, todas esas cosas que el pelirrojo había escuchado miles de veces. En cuanto se acabó su plato, se levantó de la silla y, sin decir siquiera un hasta luego, se encerró en la habitación; sentía que estaba hablando con su Maestro de años atrás. Desde luego, era hermano de Darío, aunque su parecido en la personalidad era solo pura casualidad. El Santo del Centauro estaba a años luz de alcanzar al de Piscis en cualquier aspecto que se plantease. Él lo sabía.

 

Durmió un par de horas y se despertó a las cinco, cuando Gheser picó pidiendo pasar. De mala gana, Lugonis gritó que entrase, pero que fuese breve. Cojeando, el rubio entró en la habitación y se sentó al pie de la cama.

 

―Escucha. Mientras cocinaba me tomé la libertad de mirar tus apuntes, y la verdad, se ve que estas dos semanas has estudiado duro. Tienes una voluntad enorme para hacer cosas que no te gustan.

 

Lugonis, asqueado, se dio la vuelta en la cama y se tapó con las sábanas por encima de la cabeza, no queriendo escuchar nada, gruñendo como un perro al que le quitan la comida.

 

―Así que ―continuó Piscis―, te voy a dejar salir del Templo.

 

Cuando dijo aquello, el pelirrojo, como si tuviese un resorte, saltó de la cama y miró a su maestro con un gesto de extrañeza.

 

―¿De verdad?

 

―Sí. Pero tienes que volver antes de que la Luna cambie el día. ¿Está claro?

 

Así fue como Lugonis salió disparado del doceavo templo, sin, de nuevo, despedirse. Bajaba los escalones de dos en dos, apurado, como si fuese una bala. Por alguna razón que Gheser desconocía, tenía mucha prisa. El caballero de Piscis lo observaba apoyado en una de las columnas con los brazos cruzados y la cabeza contra el mármol.

 

―Aprovecha hoy. Porque mañana, serás como yo ―murmuró el rubio para sí.

 

Lugonis recorrió los templos despreocupado, sin recordar siquiera el miedo que le tenía a Acuario, y sin encontrar a nadie que le cortase el paso en el misterioso templo de la Cabra Montesa. Los guardias, al fondo de las escaleras, lo detuvieron preguntándole a dónde se creía que iba, enseñando amenazantes sus lanzas, pero cuando supieron que lo mandaba uno de los doce santos de Oro, Gheser, lo dejaron pasar inmediatamente.

 

Bajó al pueblo, donde la gente caminaba, abarrotando las calles con su presencia. Un trilero amontonaba a varios hombres, que miraban, y a dos que jugaban emocionados de ganar dinero fácil. Lugonis ya conocía la velocidad de manos que se gastaban aquellos tramposos, escondiendo la bola y trucando los dados. Había jugado y había perdido, y desde entonces juró no dejarse engañar nunca más por uno de esos hombres que prometían la gloria de una manera tan básica, tan sencilla. Tan irreal.

 

Cruzó las calles, se chocó con tres señoras bastante gordas que lo medio insultaron, pero a él le dio igual. Esta vez, en lugar de ir a casa de Melisa, la visitaría en la floristería, ya que seguro que estaba sola. Giró a la izquierda en el primer cruce y se encontró con el puesto de flores donde siempre. Allí, la jovenzuela, de pálida piel y rizos dorados, vendía lo mejor que podía sus rosas, con ingeniosas frases como “Llévese una rosa para su bella flor”. En cuanto giró la cabeza y vio la melena pelirroja balancearse como un columpio, su sonriente gesto cambió directamente a uno serio y lánguido.

 

―¡¿De dónde sales?! ―preguntó ella con mucho énfasis pero en un tono bajo para que nadie la oyese, a pesar de estar agarrando la muñeca del pelirrojo con fuerza, como si quisiese sentarlo en el suelo del dolor. A pesar de la cara larga que había puesto, sus ojos brillaban con ilusión al volver a ver a su “pareja”, como ella lo habría denominado.

 

―¡Ay, ay, me haces daño! ―dijo Lugonis alzando la voz, haciendo que la gente los mirase. Melisa le soltó la muñeca tan pronto como pudo; el pelirrojo era un zorro astuto―. Escucha, me he escapado. Vamos al lago.

 

―¡¿Apareces dos semanas después para decirme ahora que vamos al Lago, acaso no ves que estoy ocupada?! ―Fue subiendo el tono progresivamente, demostrando que de veras estaba cabreada, aunque seguía controlándose para que la calle entera no se fijase en ellos.

 

―Vamos, un ratito… ―respondió el pelirrojo con ojos de cordero degollado, haciéndose el triste.

 

Finalmente, la rubia cedió. Fue a llamar a su hermano pequeño, que acudió resoplando y preguntando una y otra vez por qué tenía que estar él allí, a lo que Melisa solo contestaba un frío y escueto Porque sí, y el pequeño de nuevo preguntaba que por qué, haciendo de aquello un ciclo sin sentido.

 

Lugonis y Melisa se encontraron en el Lago, a las afueras del pueblo. Las nubes negras ya habían cubierto el cielo hacía un rato y era seguro que llovería. El viento soplaba con fuerza y con un filo gélido que casi cortaba. Las aguas, mecidas por la fuerza del vendaval, tenían un color azul oscuro, como un zafiro.

 

―Y es por eso porque no he podido venir a verte. ¿Ves? ―Lugonis se acercó a la chica y le enseñó la cicatriz que tenía en el lado izquierdo de la cabeza. Le había dicho que quince bandidos le habían atacado a la vez y reducido porque eran muy grandes, no que un solo chaval, probablemente más joven que él mismo, lo había humillado con una facilidad pasmosa.

 

―Eres todo un valiente, Lugonis… ―respondió ella, apoyando la cabeza sobre el hombro del pelirrojo. Suspiró embelesada por tener a alguien tan fuerte y noble como pseudopareja. Aunque para ella, el prefijo pseudo ni siquiera existía. Tan solo pensaba que, cuando cumpliesen los dieciséis, se casarían y vivirían en Rodorio, los dos juntos, ajenos a todo lo demás.

 

―No es para tanto ―dijo Lugonis quitándole importancia, con falsa modestia que no le pegaba ni con cola. Se sonrió para sí mismo; los halagos eran como pequeñas bolsas de oxígeno en el fondo del océano: necesarias para alimentar su ego.

 

Hablaron y hablaron, de mil cosas y de ninguna a la vez. Rieron, jugaron, se besaron y se echaron de menos todo el tiempo que no se sentían juntos. Lugonis empezó a sentir en su interior un burbujeo continuo, algo que no estaba allí antes. Por su cabeza pasó la loca, loca idea de que eso fuese producto de una especie de sentimiento afectivo por la otra, pero rápidamente lo desechó. En cuanto llegase a casa se pondría un paño húmedo en la cabeza y a dormir.

 

El Sol había desaparecido por las colinas del oeste hacía ya unos minutos. El fulgor naranja daba sus últimos coletazos de vida mientras la oscuridad se adueñaba del cielo con velocidad. El joven, recordando las palabras de Gheser, se despidió de Melisa, argumentando que no quería una reprimenda.

 

Subió los templos uno a uno, inmerso en sus pensamientos más oscuros, más suyos. Ni siquiera se daba cuenta de que caminaba, si no fuese porque a veces debía levantar la cabeza, porque si no chocaría de bruces contra una de aquellas mastodónticas columnas que decoraban los doce templos.

 

Primero Melisa, luego Gheser, luego su hermano, y vuelta a empezar. Esos eran los temas que tenían inmersa su mente en un caos constante, casi en un desasosiego permanente que le hacía chirriar los dientes. Estaba cansado, necesitaba dormir. A eso le atribuía todos sus males.

 

Casi cuando parecía haber avanzado mil kilómetros, por su columna vertebral subió un escalofrío que lo puso alerta de inmediato. Alzó la mirada y observó el letrero del templo frente al que se encontraba. Leyó con detenimiento: Υδροχόος, traducido como Acuario. Miró a un lado, luego al otro: todo era oscuridad, calma y silencio. Tragó saliva de un solo golpe y se adentró en las profundidades de la boca del lobo.

 

Avanzó quince metros, todo normal. Paso a paso, procurando hacer el menor ruido posible. Iba casi de puntillas, intentando no tocar el suelo. La luz de la Luna se filtraba por los ventanales y por la salida trasera, que estaba a unos cuantos pasos nada más.

 

Cuando se disponía a salir del Templo maldito, chocó contra un muro invisible. Cayó de espaldas, desconcertado. Se levantó rápido y acercó las manos, queriendo palpar algo. Tocó algo, algo rugoso y frío. Hielo. Una pared de hielo seco. Giró el cuello, lleno de miedo, a un lado, luego al otro. No había nada ni nadie. Con su puño derecho golpeó la pared tan fuerte como pudo, con todo su cosmos incluso, pero el hielo ni siquiera se astilló, ni se rajó, lo único que logró fue manchar de rojo toda la hermosa transparencia de la pared.

 

―Creí haberte dicho ―habló una voz, una que conocía bien; voz de adulto, profunda y fuerte, con un tono autoritario―, que no abandonases nunca el Santuario.

 

De entre las sombras del Templo comenzó a brillar un aura dorada, iluminando toda la estancia. En el centro de aquello, Krest de Acuario, actuando como si fuese una linterna, enfundado en su armadura.

 

Lugonis retrocedió por instinto. Pegó su espalda a la pared lo más que pudo, como si pudiese atravesarla, e incluso arañó el hielo. Viendo que estaba atrapado, fue moviéndose con pasos laterales hacia la izquierda, sin dejar de tocar el hielo tras de sí y, eventualmente, la piedra de los muros.

 

Krest alargó el brazo derecho, poniéndolo totalmente horizontal. Extendió la palma en esta comenzaron a formarse pequeños cristales, blancos como la nieve. El fulgor explotó e incluso hizo palidecer al dorado. ¡El color blanco, haciendo quedar mal al dorado!

 

¡Diamond Dust Ray!

(Rayo de Polvo de Diamantes)

 

De la palma salieron millones de haces de hielo, que se dispersaron caóticamente por la habitación, dibujando trayectorias absurdas, pero que rápidamente se completaban, apuntando al objetivo, un objetivo que no podía ver aquel ataque a la velocidad de la luz.

 

Lugonis, por instinto, cruzó los brazos en forma de equis por delante de él y cerró los ojos. El cosmos de Krest era enorme, tan grande que ninguno de los Caballeros de Atenea, ni siquiera el Patriarca Sage, podría compararse con él.

 

Al cabo de unos segundos, el pelirrojo no notó ningún dolor en su cuerpo. ¿Habría fallado? Temeroso, abrió los ojos y levantó la cabeza. Frente a él, el brillo blanco palidecía con el tono negro de las Rosas.

 

Gheser, también enfundado en su Cloth, y aún visiblemente herido, con el brazo escayolado cediendo ante el impulso y potencia del viejo Acuario, defendía con uñas y dientes a su alumno. Los pies del rubio comenzaron a flaquear, y la fuerza con la que Krest atacaba lo echaba hacia atrás.

 

―¡Ya basta, Krest ―gritó Gheser―. Yo le permití salir. Si quieres castigar a alguien, que sea a mí.

 

El Rayo de Polvo de Diamantes desapareció, convirtiéndose en diminutos cristales que caían con la delicadeza de la nieve sobre los tres individuos.

 

Krest se acercó a paso lento pero orgulloso, mientras que Gheser hincaba la rodilla izquierda en el suelo, visiblemente afectado por el choque de poderes. Con respiración agitada, este miró hacia arriba. Desde ahí lo observaba el joven Acuario, con ojos fríos e inexpresivos.

 

―Fuera de aquí ―espetó Krest dándose la vuelta de un solo golpe; su capa blanca ondeó a su son y desapareció en la oscuridad de su templo, tan rápido como había llegado.

 

 

―Gracias, maestro ―susurró Gheser, cuyo aliento aún no regresaba.


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Ranking de resistencia dorada


#71 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 22 julio 2017 - 13:31

Así que Âquariùs Kre´st fue maestro de Pisc]s Ghezshêr. Interesante.

 

El Hýdrâ Lug'onis sigue siendo un pesado desde que dejaron de darle las palizas que merece xD Y la pobre chica, boba y enamorada (¿son esos sinónimos? Sí, yo también soy un bobo) que le cree todo lo que reza. P*scìís Gheèser es un buen tipo, pero dadas sus palabras, me parece que no le queda demasiado en el puesto como Athena Gold Saint, y su discípulo no está preparado.

 

Por cierto, lo mejor sigue siendo tu Açuariûs Gold Saint, Kr3'sT. Un tipo de verdad intimidante, el hielo encarnado que Aquarius Kamyu o Çygnûs Hyôoooga nunca fueron. Un detalle, a veces se le menciona como muy joven incluso para Hidra, y en otra como el "viejo Krest", en ambos casos probablemente por Hydra Lugonis. ¿Qué sabe él sobre la edad del Aquaaariûs Seinto del siglo XIII, en realidad?

 

 

 

 

...Qué molesto es hablar como ese tipo, y a la vez, gracioso. Me disculparás eso, amigo.

Excelente capítulo, Penta, más centrado en la psiquis de Lugonis que en las descripciones de lugar o en la acción en sí, y resulta muy bien también. Uno puede identificarse con el protagonista o aborrecerlo con facilidad gracias a ello, pues sus pensamientos son fluidos y realistas, creíbles. Espero el siguiente capítulo, donde veremos qué pasará con Gheser seguramente.

 

Saludos.

 

 

 

P.D. No sabía sobre la Zarrampla. Siempre es útil saber más, gracias.


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(by Placebo)


#72 T-800

T-800

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Publicado 22 julio 2017 - 16:03

Que me late que en el futuro  Melisa quedara embarazada

 

y que Lugonis  se hara el loco

 

Krest  es como Guilty



#73 Αλάλα

Αλάλα

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Publicado 25 julio 2017 - 16:44

Iba a leer anoche pero justo llegó mi esposo xD Ya luego de hacer los quehaceres, es bueno volver a leer sobre las andadas de Lugonis. 

Aunque primero, comento sobre Gheser, que es adorable verle tan feliz a pesar del dolor que le causó la misión xD Insisto que es feo verle con Lugonis, respondiéndole de mal modo y poniéndose feliz solo cuando le dan lo que le conviene, pero bueno xD eso lo hace gran maestro de todos modos.

Hablando de maestros, tuve que releer la última línea, la situación se me aclara pero al mismo tiempo me deja curiosa.

 

Y ah, este Lugonis, no sé qué le espera al otro día xD pero por lo menos tuvo un momento para ver a Melisa, me pregunto cómo hubiera sido si ella le hubiera dicho que no, y más porque todavía tengo la duda de lo que pasará luego! pero supongo que ella no puede ceder ante tal... personaje, (hombre?), me recordó a alguien que no sé pero de tener a Lugonis en frente le sacaba y le cerraba la puerta en la nariz! Pero en fin xD en espera del siguiente, saludos!


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#74 T-800

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Publicado 01 octubre 2017 - 15:39

Ojala decidas continuar este fic



#75 Shiryu

Shiryu

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Publicado 02 octubre 2017 - 10:58

Me parece un poco loco el fic pero me gusta

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#76 ℙentagrλm ♓Sнσgōкι

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    Teozakeru

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Publicado 02 octubre 2017 - 15:44

Dos meses después, vuelvo con la cabeza fría. Llevaba un tiempo escribiendo este capítulo de transición, porque, la verdad, era lo que me nacía hacer y no algo para seguir con la historia y que se volviese monótona. Porque, de momento, no tengo idea de cómo continuar, voy a ser sincero. Pero bueno, vamos a responder comentarios.

 

Felipe: Hola, maestro Felipe. Muchas gracias por dejarme un comentario tan bueno como los que dejaría ese detestable personaje. La verdad es que me hizo reír. Ya sabes cómo intento escribir siempre, amigo, con la mayor expresividad posible siempre en todos los casos y ámbitos, y aunque cueste, lo repaso un par de veces a ver cómo queda. Aunque para eso estáis vosotros, para hacerme mejorar en todo momento. Lamento decepcionarte, pero en este cap. no verás a Gheser en acción de nuevo. Es un poco de relleno. Sí, lo sé, soy detestable. Te mando un saludo y unas gracias por leer, amigo Felipe.

 

T800: Nunca se sabe cuándo puede dar un giro de telenovela la trama. Muchas gracias por leer, compañero.

 

Raissa: Hola, mi fanartista favorita. Espero que estés bien y que sigas con esos diseños tan buenos que te marcas, porque dentro de poco seguro que iré a verte de nuevo. Lugonis es un niñato, que se cree mejor que la mayoría, ya lo dejé claro. En España hay un programa que se llama Hermano Mayor, y creo que Lugonis saldría ahí sin dudarlo. El comportamiento con Melisa es totalmente interesado, como el de los jóvenes de ahora con las mujeres. Es un personaje que tiene esos matices, de interés por sí mismo más que por los demás. Le da igual si alguien sale herido pero él está bien. El chaval es así. Un saludo, querida Raissa.

 

Shiryu: Muchas gracias por leer.

 

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Afrodita

 

Aún bostezaba, se frotaba los ojos y se acariciaba su lacia y larga melena rubia, intentando ordenar el caos que reinaba en su pelo; un mechón hacia la izquierda, otro ondulado… Eso le molestaba de manera particular, y aunque no le daba más arreglarse, lo que sí le sacaba de quicio era no terminar nunca y pasarse el día metido en el cuarto de baño, manteniendo las apariencias. Gracias a Atenea, nadie lo veía cuando estaba recién levantado, si no, perdería su reputación…

 

Entró a la cocina descalzo, y sintió cómo el parqué cambiaba súbitamente al frío de las baldosas naranjas y monótonas. Un escalofrío recorrió su espalda, tapada por una camiseta blanca cuyo único dibujo era uno de la Plaza Roja de Moscú, con un rótulo que oraba Juegos Olímpicos de Moscú 1980. Estaba vieja, gastada, su color tendía al gris, y por eso la usaba como pijama.

 

Abrió uno de los armaritos que tenía encima del fregadero, sacó una taza amarilla ancha, se dirigió a la nevera, sacando el tetrabrik y llenando el recipiente hasta arriba. Todo aquello lo hizo con la naturalidad impropia de un hombre que se paseaba por la casa con los ojos cerrados por el sueño. Sacó la silla y se sentó, dejando el tazón cerca. En el centro de la mesa había un bol de cerámica color azul con muchas frutas: plátanos, manzanas, kiwis, peras o melocotones. Palpó todas en busca de una que estuviese madura, y encontró una ciruela que se adaptaba a sus necesidades. Ni siquiera la miró, solo le dio un amplio bocado y el líquido color vino se derramó por las comisuras de sus labios. Cuando hubo tragado, bebió de la leche fría hasta mediar el tazón y continuó disfrutando de su desayuno.

 

Se levantó sin prisa y dejó todo en el fregadero sin ningún orden. Llenó la taza de agua fría, dejándola a remojo, pensando que más tarde le daría menos pereza pasarle el estropajo y limpiarla bien. De nuevo sintió el parqué del salón bajo sus pies y pareció recuperar un poco la sonrisa en aquella mañana tan pesada.

 

Se puso una vieja, pero limpia, camisa blanca, con decorados florales en los puños de las mangas, hojas rojas y amarillas bordadas a punto de cruz, y unos vaqueros oscuros, rotos por la parte de las rodillas. Comparados con los otros once, él vestía como un modelo, presumiendo de cabello y de perfecto rostro, además de belleza sin igual. Estaba acostumbrado a escuchar de los otros niños que un maricón así no debería tener derecho a nada, y vulgaridades similares que, a él, le entraban por un oído y le salían por el otro, sobre todo, cuando lo decía aquel desagradable de Deathmask, el que se creía más malote.

 

Sin embargo, no se hubiese puesto tan elegante solamente porque hacía sol y quería ir a juego con la belleza del día, sino porque había sido convocado por la máxima autoridad del Santuario: el hombre sentado en el Trono de Oro, cuya mirada no veías, pero sentías, bajo esa máscara de aspecto tétrico. Podías escuchar su respiración rugir, y casi parecía un aullido de ultratumba nacido en la misma Tierra. El Patriarca era un ser aterrador, con esa toga que llegaba hasta el suelo y su rostro desconocido por todos, menos para uno que, supuestamente, vivía vigilando algo sentado en una cascada, lejos, muy lejos de aquel lugar. Pero eso no importaba; quería estar presentable, causar la mejor impresión posible ante el ser que todo lo sabía; una persona que, a pesar de su oscuridad, decía conocer todo y tener siempre el punto de vista correcto. Impresionaba. Simplemente, hacía que uno se sintiese pequeño al lado de semejante ídolo.

 

Sin prisa, pero sin poder detenerse ante la magnética atracción del gigantesco edificio que coronaba la cima de la pelada montaña, atravesó el pasaje creado por rosas rojas y brillantes, que llevaban ahí desde tiempos inmemoriales, según sabía. Las espinas, afiladas espadas, rasgaban con disimulo la dura tela del vaquero, que sufría los constantes arañazos, intentando mantener su integridad en todo momento.

 

Una vez se vio debajo de la magnificente estructura, cuya presencia atraía todas las miradas en todo momento, y cuyo descomunal tamaño impedía que la atención recayese en otra parte, se vio interceptado por una patrulla de hombres con lanza. Estos cubrían la entrada a los aposentos patriarcales ya fuese día o noche, ya hiciese frío o calor, lloviese o nevase. Tenían como órdenes básicas no molestar al Sumo Sacerdote y, a su vez, no dejar que nadie lo molestase.

 

Una vez identificaron al joven, le dejaron avanzar haciéndole un pasillo, arrodillándose todos a su paso. Eso le gustaba, sentirse por encima de los demás. Con un gesto altanero, se dirigió a los enormes portones del edificio mientras, para sus adentros, sonreía satisfecho.

 

Apoyó las manos en el acero pulido de las puertas gigantes que le cortaban el paso. Miró hacia arriba, hipnotizado, y luego volvió en sí. No sabía por qué exactamente, pero sabía que, sin lugar a dudas, el Patriarca sabía que ya había llegado, y que estaba observando la puerta a la espera de que entrase. Estaba seguro de que…, notaba el miedo en las personas…, que ese era una de sus grandes ventajas… Pero no podía centrarse en eso, no podía quedarse paralizado. No tan cerca. Debía mostrarse seguro y firme en todas sus decisiones, palabras y gestos.

 

Echó el aire de sus pulmones, que pesaba como una losa, y empujó los portones con sendas manos al unísono. Las bisagras de acero cedieron ante la fuerza y, con un chirrido del inframundo, se abrieron de par en par, iluminando con luz todas las sombras del interior. Su figura alargada se dibujaba en el suelo con precisión, debido a la fuerza del sol. Casi parecía que, una vez se moviese, su figura se quedaría pintada en el suelo.

 

La estancia era mucho más grande de lo que parecía por fuera. Era un recibidor muy amplio, con un pasillo marcado por una fila de columnas de mármol blanco que dibujaban varias grietas que las recorrían como ríos. La clásica alfombra roja de los Oscar se apostaba a los pies, sobre el adoquín de piedra ya malgastada. Recorría una distancia de treinta metros hasta subirse por los escalones y morir bajo un trono dorado.

 

Ah, ese trono dorado…, del que tanto se hablaba… Sentado en él, la figura que más miedo y respeto infundía en todo el Santuario. Brazos apoyados en los correspondientes reposos, pies juntos, cuerpo cubierto por una toga blanca y rostro oculto bajo esa…, esa máscara que no hacía más que empeorar la situación. De color rojo, con un ave en lo más alto del casco con las alas desplegadas. Casi como si simbolizase que el Patriarca estaba listo para atacar, como esa águila. Por su espalda caía una melena blanca, como una cascada helada, que se hacía confundir con el resplandor perla de la toga.

 

Se quedó quieto, imposibilitado, un par de segundos, ante aquella intimidante escena. Con sus ojos azules, miró a izquierda y derecha, pero sin mover la cabeza. Una gota de sudor frío recorrió su frente y su mejilla. No podía quedarse ahí parado como un tonto, debía avanzar, mostrarse uno más de la orden. La cobardía era para los que vivían en la aldea, pero él era un caballero. Él no temía. Él erguía la barbilla y mostraba más orgullo que ningún otro. Así que, de nuevo, echó el aire con fuerza y dio el primer paso sobre la mullida alfombra roja.

 

Avanzó sin trabarse, sin tropezar una sola vez. Se sorprendió ante su endereza, pues no pensaba que pudiese manejar la situación con tanta soltura. Pero eso era solo lo fácil, el andar sin parecer idiota. Llegó justo debajo de los escalones y, tras mirar un solo instante a la escalofriante máscara del Patriarca, hincó la rodilla derecha en el suelo y agachó la cabeza lo más que pudo.

 

—Afrodita de Piscis se presenta ante usted, majestad —dijo el recién llegado, con voz trémula, intentando mantenerse sereno; apretó el puño contra el suelo lo más que pudo y se encorvó todo lo posible para su espalda, haciendo un gesto de reverencia completo.

 

Se hizo un corto pero incómodo silencio en la estancia, uno en el que las respiraciones eran lo único que parecían aliviar aquel ambiente tan cargado de…, ¿podía llamarse hostilidad? Afrodita se sintió nervioso, ¿y si la postura no era correcta?, ¿estaría siendo demasiado servicial? Quizás eso le molestase. ¿Y si en realidad no lo había llamado, sino que lo había soñado? Los pensamientos corrían como balas y el silencio se alargaba.

 

—Gracias por tu presencia hoy aquí, Afrodita —respondió finalmente el Sumo Sacerdote, con voz austera, regia e intimidante—. Levántate, por favor.

 

A Afrodita le chocó la educación con la que el hombre se refería en todo momento, sin gesticular ni levantar un solo instante la voz. Estaba confundido, no porque pensase que la mayor figura del Santuario fuese a ser un total cretino, sino que aquel ambiente tan hostil reflejaba otra cosa.

 

—Te preguntarás por qué te he hecho llamar —continuó el Patriarca—. En la Biblioteca Real se ha encontrado un libro. Un libro al que quiero que le eches un vistazo cuando puedas, si no es mucha molestia.

 

Afrodita no se había dado cuenta hasta aquel momento, pero bajo la mano del hombre descansaba un pequeño libreto, no muy grande pero sí ancho. El caballero de Piscis, dubitativo, se acercó subiendo los escalones muy despacio, hasta llegar a lo más alto del pedestal. El Patriarca, sin perder un instante, le cedió el volumen para que su subordinado pudiese observarlo mejor.

 

Piscis lo agarró con las dos manos, y pudo percibir un fortísimo aroma a cuero rancio. Pasó la palma por la tapa y sintió su rugosidad. Era como acariciar la misma tierra, y, sin embargo, la sensación no podía sentirse mejor. Era algo viejo, muy viejo, tanto que las páginas ni siquiera estaban anilladas, sino que eran hojas sueltas, maquetadas con un estilo cutre con el cual los papeles se caían a las primeras de cambio si abrías el libro de manera incorrecta. La portada, aunque terriblemente deteriorada, tenía un título marcado en el cuero; el que lo escribió quería asegurarse de que este perduraba y no se perdía con los años, ya que la tinta no duraba eternamente.

 

—Legado de…, ¿Lutonis? —leyó Afrodita con dificultad debido a las malas condiciones de las tapas.

 

—Lugonis —corrigió el otro sin reparos—. Un hombre que vistió la armadura dorada de tu signo muchos años atrás. Tantos como trescientos.

 

—No entiendo, señor —dijo Afrodita, desconcertado.

 

—Quiero que lo leas. Quiero que aprendas y quiero que me informes de lo que pone ese manuscrito. Puede contener información muy relevante.

 

Confuso, Afrodita miró primero al panfleto y luego a la máscara que, impertérrita, lo miraba, esperando una conclusión. Finalmente, hizo uno y solo un asentimiento con la cabeza.

 

21 de mayo del año MDCCXL de nuestra señora Atenea.

 

La fuerza de mi cosmos no se hace menor. Puedo sentir el legado que mi maestro me dejó años atrás, muriendo para que yo viviese. Mis puños no se detienen ante ningún muro, y mi ímpetu es cada vez mayor. Yo —ilegible—, llegó el día. Tengo mi primera misión designada por el Patriarca Sage. Debo ir al este, a un lugar conocido como la Isla del Curandero, para —ilegible—.

 

Siento que finalmente podré honrar la existencia del maestro Lugonis. Haré que se sienta orgulloso de mí esté donde esté. Porque seguro que me está mirando.

 

Creo haber desarrollado una nueva técnica, se basa en el uso de mi sangre como —ilegible—. Problema es que me deja débil, pues me dreno y uso un elemento vital para el ataque, pero he probado con plantas, árboles, y todo se pudre ante mi asquerosa sangre. No sé si soy un monstruo, o solo un bicho raro.

 

He escuchado a los otros Santos de Oro hablar de mí, sobre todo a ese de la melena azul, Aspros. Veo cómo me mira por encima del hombro, cómo se ríe de mis habilidades, hablando de que son totalmente inútiles. No he querido enzarzarme con él por respeto a mi difunto maestro, pero —ilegible—.

 

El único que parece mirarme con respeto al entrenar es ese joven, Regulus. Lo he visto varias veces colarse por aquí a observarme, pero aún no entiendo por qué. La próxima vez le preguntaré.

 

Afrodita leía aquello bostezando de manera constante. Le parecía lo más aburrido que podía haberse escrito en ningún papel. Pasaba las hojas con delicadeza, pues algunas estaban tan hechas trizas por el tiempo que parecían convertirse en pasta con el simple hecho de manipularlas. Las manchas de humedad intoxicaban el folio, que hacía tiempo ya había perdido su color blanco para transformarse en un papiro marrón.

 

Pasó de página, y otro texto enorme se extendía ante sus ojos. Suspiró con fuerza, aquello era una auténtica tortura. Sentado en su mesa, tomando apuntes con una libreta que tenía a su derecha, y bien equipado con un vaso de agua por si le daba la sed, Afrodita no tenía intención de rendirse fácilmente ante aquella tarea. De momento, había apuntado bastante poco. Básicamente, tenía una lista de cosas que habían sucedido en el pasado, unos cuantos nombres: Aspros, Lugonis, Regulus, pero poco más.

 

27 de mayo del año MDCCXL de nuestra señora Atenea.

 

Nunca pensé que mis peores tormentos pudiesen hacerse realidad, tomar forma y presentarse ante mí de manera amenazante. Pero una vez más se demuestra que la realidad supera a la ficción. Nunca había sentido mis manos temblar tanto ni mis piernas flaquear ante una persona. Fue como ver al Diablo salir de debajo de la Tierra. Era increíblemente —ilegible—.

 

Bajo el texto, había una mancha de color vino que oscurecía por los bordes, como si el papel estuviese quemado. Afrodita pasó la mano por encima, y entonces, tuvo una conexión automática con aquel libro. Un escalofrío le recorrió la espalda, y le imbuyó de lleno en una ficción, una visión. No podía determinarlo.

 

Un campo de lirios blancos, tan infinito como alcanzaba la misma vista. En el centro, un hombre con una armadura oscura, que creaba como dos alas, y otro con..., ¡la armadura de Piscis! ¡Y se parecía una barbaridad a Afrodita, solo que con el pelo azul! Sangraba, por el rostro, y su brillante cloth estaba cubierto por los pétalos negros de las Piranha Rose.

 

—Esta cálida sangre me hace recordar los momentos que mi maestro y yo vivimos… —habló el de la armadura dorada, concentrando en su mano izquierda una niebla de color casi vino—. ¡Yo no me considero ninguna herramienta! Porque mi maestro confiaba en mí… ¡Y esta sangre maldita es mi orgullo! —Adoptó una postura de combate, girando la cadera de manera que la mano izquierda quedase detrás mientras acumulaba más de esa niebla roja.

 

¡Crimson Thorn!

(Espinas Carmesí)

 

La niebla se transformó en una lluvia de espinas que volaron, transformando la noche oscura al tinto de ese líquido. Traspasaron sin piedad al enemigo, tirándolo al suelo en un instante.

 

 

Afrodita despertó de su coma inducido y pegó un bote en la silla. Se echó hacia atrás del impacto que le produjo semejante experiencia. Parecía que habían pasado horas, pero miró el reloj y seguía siendo la misma hora de antes. Eso debía apuntarlo en su cuaderno.


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#77 Αλάλα

Αλάλα

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Publicado 02 octubre 2017 - 17:02

¡Por qué! ¿Por qué actualizas justo cuando me quería dedicar a mi animación? xD

En fin, terminé una parte y me puse a leer ya con calma.

 

No creí ver a Afrodita por aquí en este fic, pero viendo la situación parece que encaja muy bien!

Ah, odio hacer los capítulos de transición, me quiero pasar a lo divertido y estos siempre me frenan, pero de todos modos, tú no pierdes el toque y Afrodita fue bastante vivo como personaje, verlo en su naturalidad como es el desayuno y peinarse, ¡muy bien hecho!

Aunque me fue hasta curiosa la escena con el patriarca, ya hasta daban ganas de decir, ¡digan algo! La verdad que el silencio con algunas personas es, más que incómodo, agotador.

 

Y bueno, estaba como en espera del desarrollo y esta vez fue un libro. Como vimos, tarea nada divertida para Afrodita, aunque más que nada ahora me pregunto cuál será la razón de esto xD ¿Qué habrá en la libreta que sea necesario conocer en este momento? (el de Afrodita, :v)

 

Ahora, seguiré en mi labor y que nada más me distraiga xD

Saludos!


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#78 T-800

T-800

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Publicado 02 octubre 2017 - 18:12

-Menos mal que los predecesores de Afrodita

 

no lo conocieron de lo contrario

 

habrían muerto de verguenza ajena---XD

 

 

-Deathmask en el capitulo se muestra como un

 

antiheroe comico  que se burla de lo fail que es su camarada

 

 

-Me pregunto si el patriarca conoce la mala reputación que tiene afro

 

y si es asi porque no hace algo por remediarlo

 

ya sea aconsejándolo  o expulsándolo o simplemente ejecutandolo



#79 -Felipe-

-Felipe-

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Publicado 03 octubre 2017 - 11:44

Un capítulo simplemente genial Penta. Nunca espere esta suerte d flash forward en la historia, usando un protagonista tan interesante, con tanto potencial como es Afrodita, demasiado incomprendido y atacado por razones insulsas (como puedo ver ya en esta misma página, una lástima, parece que no se ha podido apreciar del todo lo que hiciste con el personaje debido a una pésima interpretación del mismo y un background poco tolerante).

Lo representaste como uno esperaria, orgulloso, fiel, digno, algo inseguro pero a la vez sintiéndose muy superior a otros; aburrido con el papeleo y admirador del Pope, miy similar a la interpretación que Placebo y yo ya le damos en Mito/Anécdotas. De seguro servirá de inspiración.

Luego tenemos los cameos. Dohko un misterio, DM un pelmazo, Aspros que SI ES UN FAIL, por ejemplo.

Como dije, muy bueno e inesperado. Como es habitual (y hasta un poco más) perfectamente escrito, de tus mejores capítulos. Felicitaciones. Digno de un más que potencial ganador del premio a Mejor Escritor ;)

Editado por -Felipe-, 03 octubre 2017 - 11:47 .

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(by Placebo)


#80 ALFREDO

ALFREDO

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Publicado 05 octubre 2017 - 08:36

Hola Penta a pasado un buen tiempo desde la ultima visita tanto por tu fic como el mio, pero aqui estoy de regreso, retomando mis lecturas...

 

ARAMAR

Un cap transitivo, pero intenso. Seguimos con el entrenamiento que casi se da con Lugonis.

Me parecio un chapter interesante, ya q conocimos al curandero del santuario, q por sí. No entiendo por qué no lo hiciste santo. Quizás más adelante. Aun así me agrado, típica aptitud de los curanderos algo excéntricos y ermitaños con su personalidad.

Una cosa q no entendí, fue q dijiste q Hakurei salvo dos veces a Lugonis?. Cual fue la otra aparte de encontrarlo el otro día después del entrenamiento. Pensé q dijiste fue Luco.

Si hacemos un recorrido por los gaindens, notaremos q Hakurei y Krest son muy parecidos. Ambos de jóvenes eran impetuosos y de adultos seguían con esa esencia pero más resguardada, debido a la madurez y la experiencia. Pero eso no quiere decir q Haku no guarde respeto por la antigüedad, así q igual me pareció un poco acertado la interacción con Krest. Cosa q con este último no conocimos mucho de él en sus últimos días, de hecho, anciano se comporta como dohko algo sabio y amable cuando encuentra a Kardia. Aquí creo q es un poco más joven y está bastante amargado XD.

Una única observación q note es q usas mucho la palabra sin embargo, te recomiendo usar sinónimos y ver q palabras se repiten, se hace muy común repetir sin embargo. Pero puedes colocar “No obstante” o algún otro q no recuerdo en ese momento XD.

Bueno nos vemos por tu fic o el mio.


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FANFIC: La condenación de los caballeros de Athena

Capitulo 44 .-  desde el (06/04/2017)

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