SKIN © XR3X
x

Jump to content


* * * * * 3 votos

El Mito del Santuario


  • Por favor, entra en tu cuenta para responder
685 respuestas a este tema

#481 Rexomega

Rexomega

    Friend

  • 1,346 mensajes
Pais:
Espana
Signo:
Aries

Publicado 12 junio 2016 - 17:10

Saludos

 

Lo que me pasa con esta historia es curioso. Desde hace tiempo he querido hacer un review a de la primera temporada, pero acabó la segunda y todavía no lo hacía. Hace ya un tiempo acabó la tercera, y aunque tenía en mente dos comentarios, uno sobre el modo en que trataste todo el tema de Kanon y otro sobre la forma en que manejaste a Poseidón, los meses de ocupación me impidieron redactar el review a gusto. ¡Soy un desastre!

 

Sí que recuerdo que sentí la intensidad de enfrentarse a algo más durante la batalla con Poseidón. No simplemente contra un ser más poderoso, mucho menos la lucha que pudimos ver en manga y anime. Había límites, por supuesto, en una historia como Saint Seiya debe haber una esperanza de ganar o no hay historia, también tiene que estar (para bien o para mal sobre todo para mal) el discurso de Saori que no me creí hace diez años y tampoco me creo ahora, pero dentro de esos límites te supiste manejar. Mi mente navegaba al Episodio G, primera obra de Saint Seiya que, a pesar de todos mis recelos previos, me hizo pensar que había una diferencia entre la lucha entre un hombre y un dios y la lucha entre un hombre y otro hombre que es más poderoso. Tenía que compararlo con algo dentro de la franquicia para ser justo, y cumpliste de sobra, hasta llego a aceptar la idea de que el Episodio G moderado fue precuela de esta historia. 

 

También, al principio no me gustó que después de todo fuera necesario el cosmos de los demás, pero finalmente mi lado más pesado se fue a dormir y el resto de mi persona pudo entender que era una parte fundamental de la escena, el mensaje de Saori y lo que está por venir. Ayuda mucho que el combate final fuera desde el punto de vista de Saori, incentiva mucho y muy bien la idea de que es ella, la inútil que a lo largo de esta franquicia ha sido secuestrada o inutilizada más de 30 veces, es la que está luchando.

 

La saga de Poseidón, en general, fue tan bien llevada como fue posible. Se mejoraron las partes que debían ser mejoradas, se le dio todo el sentido posible a los actos de Kanon y las partes nuevas, ya sea por dinámicas o por épicas (Batalla de Rodorio FTW!), le dan todavía más puntos a la saga. Ir más allá era difícilmente posible sin cambiar la base de la historia de forma drástica. Aunque sea difícil competir con la primera temporada, que asienta el universo de la historia y la relación que une a los protagonistas, y la segunda que representa mi saga favorita, creo que se hace un buen trabajo cuando de una Guerra Santa que tuvo poco de guerra y poco de trascendente dentro de la historia original, se hace una buena historia capaz de hacernos querer leer cada uno de sus capítulos. 

 

Precisamente porque digo esto de esta forma, lamentando no haber hecho el comentario cuando tenía las ideas más frescas, es por lo que sospecho que re-hacer la saga de Hades será todo un acierto. 

 

Diré, sobre lo de Kanon, que me gustó que Saga siguiera siendo enfermedad. Los últimos sucesos de Saintia Sho, independientemente de lo que vayan a significar en un futuro, junto a algún que otro comentario, renacieron en mí ese continuo rechazo a la idea de que Saga fue poseído por el dios Ares. La importancia de la manzana dorada en el asunto fue una buena forma de lograr que realmente hubiese una relación entre Kanon y la posterior rebelión de Saga que no se sienta como algo que se le ocurrió después al autor, y con todo, si no me falla la memoria, te las apañaste para que la manzana no creara la segunda personalidad de Saga. Cosa que algún momento llegué a temer. Otra buena elección fue todo lo referente al pasado de Kanon. No me suena que en manga o anime se hubiera explicado por qué Kanon es malvado, solo que lo era, hasta que Atenea decide que es buena idea salvar a un tipo que se ahoga a mil kilómetros de donde está pero no mover ni una pestaña por el santo que la estaba salvando tiempo antes. Ese camino que Kanon recorrió para llegar a donde está, junto a todo lo que pasó y se dijo en los últimos capítulos de la temporada, puede llegar a justificar el cambio de pensamiento a media batalla... Y eso es bueno, porque Kanon recibiendo el tridente, más allá de si se le puede dar sentido o no, tiene más fuerza y puede aportar más al personaje a que lo haga Seiya.

 

¿Pensará lo mismo Milo en la nueva saga de Hades (en que Kanon se interpuso frente al tridente) o igual lo repasará con las agujas? Lo veremos... Antes de Vientos de Invierno, tal vez. 

 

Un último detalle sobre la saga. Coincido plenamente en que hiciste bien en resaltar las consecuencias que tuvo la Guerra Santa con Poseidón para con el mundo. La pregunta, tal vez insidiosa, que me queda es hasta qué punto dichas consecuencias serán relevantes en la historia y los personajes. No es que tengan por qué serlo, depende de cómo se vayan a desenvolver las futuras historias. Es solo algo que creo me planteé desde que leí el epílogo. 

 

***

 

Estoy al día con la saga actual, y debo decir que me está gustando, más allá de detalles puntuales sobre la forma que (in)convenientemente nunca recuerdo apuntar.

 

Al principio, todo fue extraño. Veía la misión de Yuan (¿es porque así se llama o porque te negabas a decirle Juan?) y Georg como si fuera una misión perdida de Resident Evil. La quinta entrega, en concreto. El misterio que rodeaba la trama y los escenarios, junto al interés que arrastro desde hace unos años de escribir o leer una historia sobre las intervenciones de los santos en la Historia que en el manga se mencionaron un par de veces, me hicieron seguir hasta que el par de santos de plata cumplieron su trágico rol, revelándonos que en esta lucha los santos sí pueden morir. Vhalar Morghulis. 

 

Desde esa batalla que nos presenta a los villanos, los hom... las Dríades (¿dependerán aquí también de revivir santos fantasmas?), pasamos al Santuario. Siempre tiene encanto verlo en un punto anterior a todos los sucesos de la historia original, empezando con el curioso cameo de Seiya. De toda esa parte lo que más me llamó la atención fue... Marin, que tendrás que esforzarte para que no me tome como algo extraño todo ese misterio que le das a la santa de Águila. Y dejando de lado eso, que todos se pregunten si Eris no es un mito. ¿La Guerra de Troya no sucedió dentro de tu continuidad?

 

Una anécdota curiosa: Tal y como puse en algún lugar del foro, durante un tiempo estuvo rondándome por la cabeza retomar la historia que escribía adaptando la saga de Eris, usando a los santos de plata como protagonistas. El primer capítulo iba a tener a un santo de Orión (Lesath de Orión), justamente ocupándose de criminales en una cierta ciudad, entre los cuales estaban unos que iban en un vehículo al que perseguía. Llevaba un tiempo sin contactar al Santuario, también, aunque en lugar de Milo la que venía a recriminarle era Shaina. Debería poner esto en el tema que hice (Pero... ¡Yo lo pensé primero!), pero de un modo u otro solo lo iban a entender quienes leen esta historia y quien la escribe :). 

 

A grandes rasgos, la primera batalla fue intensa, y ver una Guerra Santa que puede causar estragos en escenarios que son parte del mundo, no templos de dioses, me llama la atención. Si bien creo que la saga principal debe seguir con el PDV, aquí se siente hasta apropiado que no haya, y la historia no desfallece por carecer de una base original. ¡Al contrario! Tal y como ocurría con el prólogo de la saga de Poseidón, eso solo refuerza el interés en lo que va a ocurrir. Ya no estamos esperando a ver cómo "arreglas", "mejoras" o sencillamente "trasladas a texto" lo que otro nos ofreció (saga sustituta de las Galaxian Wars, o Batalla de Rodorio en lugar de Dohko diciéndoles a los santos que no se preocupen porque su diosa se esté ahogando), sino algo que tú nos vas a ofrecer. Ten confianza. 

 

¿Lo mejor de todo, lo que debes conservar? Que los santos de plata serán, al fin, protagonistas de algo. No sé por qué, hace tiempo que pienso que se puede escribir algo muy bueno con esa abandonada casta, qué bueno que Saga (doradista acérrimo, por lo que se ve, y no es que eso sea algo malo) piense igual aunque sea por su propia conveniencia y en contra de Milo. Aquí tuvimos a los santos de plata que se mueren, pero también a los que aún deben luchar, a uno que tiene aura de protagonista, y hasta a Orfeo. ¿Realmente los santos de plata serán como una familia tal y como pregonan? Se verá. 

 

Imagino que tendrás en cuenta qué no debe ocurrir en las batallas que estos sostendrán para que las posteriores derrotas de algunos frente a los santos de bronce tengan sentido, simplemente cumplo con mi sagrado deber de molestar avisar.

 

Seguramente iba a decir más cosas de la actual saga (como que hay que tener valor para escribir sobre el santo de Mesa, o que de algún modo dudo si Eris será Kyoko o Eri Aizawa), pero esto ya quedó demasiado largo. Será para otra ocasión. 


Editado por Rexomega, 30 noviembre 2016 - 12:23 .



#482 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

  • 10,826 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 02 julio 2016 - 14:06

Parto por responderle a Rexo:

1. Nah, tranquilo, se que igual lees, aunque aprecio un montón el review.

 

2. Bueno, fuiste tú quien planteó el desafío sobre como retratar a Poseidón, ¡me alegra haberlo conseguido de alguna manera! Fue difícil, no lo niego, pero sabía que debía haber una forma (ya que el G lo hizo) de mostrar a Pose no como un tipo poderoso, sino algo distinto.

Por otro lado, todos los volumenes han terminado con el PdV de Saori, porque para mí (si bien, tal vez no para Kuru) ella es tan o más prota que gente como Hyoga o Ikki. Es la representación de la esperanza, por lo que tiene sentido que sea el final.

 

3. Sí, como siempre digo, la saga de Pose fue MUY difícil de redactar, porque en su base es muy aburrida; ni el anime la mejoró. Se que es mi temporada más débil, pero la Batalla de Rodrio es la Batalla de Rodrio jaja

No, la manzana no creó la segunda personalidad de Saga, siempre la tuvo, solo la recuperó. Y sobre Kanon, claro, es para darle fuerza a su motivación en el futuro. Una motivación coherente, claro.

El epílogo tendrá consecuencias que se harán evidentes ya en el prólogo de Hades.

 

4. Le llamo Yuan porque sí, me niego a llamarle Juan jaja. Aparte su nombre en japonés se traduce como Yuan, aunque la autora lo confirmó con J, pero yo quería un chino ahí xD Pero sí, tuvo un rol trágico pero necesario junto a Georg. Sobre Marin nada puedo decir, aunque quizás a estas alturas a nadie sorprenda qué tengo planeado para ella... como los papás de Jon Snow xDDD

Sobre la Guerra de Troya tampoco puedo decir mucho, porque va a ser relevante más adelante. Solo puedo decir que la historia mitológica está modificada en mi fic en algunos asuntos.

 

5. :O

No es mi culpa, no pueden culparme, ¡no pueden probarlo!

Nah, curiosa coincidencia. La parte de la persecución la basé en una escena de Seiyay un motociclista en el animé original jaja

 

6. Tengo consciente lo que debo cuidar para lo que transcurre en "Fantasía del Soldado" con respecto a los Santos de Plata, que son una familia, tienen una relación que nadie más tiene. Muchas gracias por el review, Rexo. Saludos :)

 

-------------------------------------------------------

Sé que tardé mucho, pero ahora vamos con el siguiente capítulo.

 

CAPÍTULO 5

 

EL HAMBRE DEL GRITO

 

07:00 a.m. del 8 de Junio de 2010.

A decir verdad fue un riesgo gigantesco. Tomar el avión comercial para evitar sospechas solo le facilitó el desear arriesgarse más. No era lo correcto, y menos en una zona tan peligrosa como Bagdad. Claro, la guerra estaba en un punto muerto y los atentados habían disminuido, pero no dejaba de ser tremendamente arriesgado.

Aun así ella quería ayudar, donar parte de su fortuna a los diversos orfanatos, hablar en nombre de la casa real, o simplemente observar. Había billones de mujeres en el mundo, y solo una podía hacerle tomar un riesgo así de estúpido. Pero Orphée de Lira sencillamente no podía evitarlo.

 

En todo caso, primero se reunió con sus compañeros de misión en un café a las afueras de la ciudad para evaluar la situación. El líder, Babel de la constelación de Centauro, nació en las cercanías, y por eso su aspecto serio se tornó lúgubre incluso con el sol ya asomándose por el este. De los cuatro, fueron los primeros en llegar, y no solo contando a los miembros del Santuario. Tres cocineras que se turnaban en preparar el café y tomar las órdenes eran las únicas presencias humanas en toda la cuadra, por lo que pudo apreciar.

—Me pregunto qué les habrá pasado —dijo Babel, reemplazando un «hola», como era su costumbre, mientras bebía de una taza grande y comía pan con queso. Llevaba una camisa negra arremangada y con el cuello abierto, una cruz colgada de una cadena de plata, jeans azules y zapatos de cuero. Se había aplastado el cabello de fuego hacia atrás, y cargaba la Caja de Pandora en una maleta grande, igual que él—. La única razón por la que nos separamos era para rastrear el lugar, así que si tardan, que sea por un buen motivo —remató con su típico rostro impávido y ceñudo.

—Es posible —se limitó a decir Orphée. Solo se habían pasado tres minutos de la hora, pero Babel era férreo hasta en eso, y no valía la pena discutirle. Menos cuando cada dos o tres minutos dirigía una mirada lastimosa a una camarera con la cara agotada, o a las calles dañadas por la ventana.

Orphée prefirió pedir un té, y miró por enésima vez su reloj. Que esos dos llegaran tarde no le molestaba en absoluto, pero la reunión de ella empezaría de un momento a otro, y deseaba verla apenas acabase.

—Esto es demasiado —rezongó Babel, probando dos sorbos de café antes de continuar—. Es un sitio muy grande, lleno de calamidades; tal vez deberíamos ir un sitio donde pueda seguirse un rastro.

—El agua recuerda cosas —sugirió Orphée.

—¿El Tigris? —entendió el Centauro. Su expresión huesuda ni siquiera se molestó en mostrar un atisbo de sorpresa, a pesar de que nadie consideraba lo que Orphée pensara, en general—. Sí, podría ser…

—¡Ja, jaa, jaaa,! —interrumpió una risa estridente por la puerta, familiar para cualquiera que se hubiera sentado a almorzar alguna vez en el Santuario—, ¡entonces le dije, le dije al tipo que era un…! Oh, ya están aquí.

 

Aquel era uno de los hombres más grandes del Santuario en lo que a físico se refería. Mozes de Ceto venía con jeans ajustados y una camiseta musculosa de rayas negras y grises. Tenía enmarañado cabello negro, amplia espalda, piel bronceada y plagada de cicatrices; su nariz era gruesa como sus labios, y su barbilla grandota y pronunciada. Sus ojos azules, vivos y despiertos, solo se comparaban en intensidad con la fuerza de sus músculos hercúleos.

Junto a él, llegándole apenas a la altura del pecho, iba Asterion. Lucía una camisa marrón dentro de un pantalón de tela blanca, zapatos grises y un grueso cinturón con una hebilla que simulaba la cabeza de un perro. Por supuesto, le decían Sabueso, y era uno de los más extraños a la vez que leales al Santuario. Tenía cabello negro, liso y atado en una cola de caballo, mejillas delgadas y alargadas, y ojos verdes penetrantes y ágiles bajo cejas frondosas. Era esbelto, pero de músculos entrenados.

—Llegan tarde —reprendió Babel, con los ojos todavía en la ventana.

—Lo siento, Centauro, nos retrasó una multitud en las afueras de la ciudad, una falsa alarma de bomba —se excusó el Santo de Lebreles, antes de dirigirse a la dependienta para pedir un café en un perfecto inglés. Ni siquiera se molestó en dar un estrechón de manos a Orphée, aunque éste tampoco pensó en mover el brazo.

—Y bien, ¿cómo vamos a buscar al avatar de Eris? —dijo Mozes, con la risa todavía en la cara por la historia tan aparentemente interesante que contaba, sentado con los codos encima de la mesa.

—No subas tanto la voz —regañó Babel.

—¡Oh vamos, nadie entiende griego aquí!

—Tal vez, pero Eris se dice «Eris» en todos los idiomas. —El Centauro soltó un largo suspiro, y sorbió tres veces más de la taza. Golpeaba nerviosamente el piso con sus tacones—. A Orphée se le ocurrió algo.

—Buscar cerca del Tigris es una buen plan —intervino Asterion, sentándose junto a Mozes con un vaso pequeño de cappuccino.

—¿Te atreves a leer mi mente, Sabueso? —reprochó Orphée, con las manos empuñadas, soltando chispas por los ojos. Asterion podía responder que no, que nunca hacía eso con sus hermanos y que solo adivinaba, pero los Santos de Plata generalmente no eran tontos, y todos sabían que le encantaba usar sus habilidades y ser desagradable con ellas, en especial con aquellos con quienes no se sentía a gusto.

—Solo supuse que dirías algo así —contestó, tal como supuso, encogiéndose de hombros—. Siempre eres igual, Lyra, te gusta mucho meterte a las… aguas, ¿no? —preguntó con algo de malicia. ¿Acaso sabía? ¿Alguien los vio?—. Y como dije, tal vez tengas razón, así que tranquilo. El agua podría darnos respuestas.

—Virgo le dijo a Escorpio que había energías negativas aquí, pero no siento nada. —Mozes los miró a los tres intermitentemente, con semblante desconfiado—. Puede que ustedes no sean los más conversadores, pero tampoco sienten, ¿no?

—Primero deberíamos pensar cómo buscarían a esa “Madre” de la que…

 

Babel fue interrumpido por algo que le sacó una sonrisa y luego, rápidamente la grave preocupación. Los cuatro sintieron el cambio brusco en el flujo del Cosmos y una sombra oscura arropándolos. Tres de ellos se levantaron de sus sillas ante el susto de las dependientas, pero uno de ellos se quedó sentado.

—¿Sintieron eso? ¿Lo sintieron?

—¿De dónde vino? —Los ojos de Asterion brillaron de oro, quizás rastreaba los pensamientos de la gente cercana.

—Es lejos —reconoció Orphée—. Al norte.

—¡El Tigris! Muy bien, ¡oye, Babel, vamos! ¿Qué te…?

El Santo que los lideraba tenía la cabeza entre sus brazos y respiraba con dificultades, como quien llora demasiado. También la más joven de las meseras.

—¿Qué está pasando? ¡Babel!

—No otra vez… hay tanto fuego alrededor —sollozó el Centauro, rodeado repentinamente por un aura negra que no le correspondía—. Otra vez caen bombas por doquier…

—¡Babel! —gritó Mozes, con una mano en la frente. Había algo más.

Orphée sintió su corazón apesadumbrado, en su mente se agolpaban muchos recuerdos dolorosos en los que no deseaba percatar, culpa de la sombra que los arropaba lentamente, aunque el sol naciente los alumbraba todavía.

—¿Qué demonios está…? ¡Oh, no! —Asterion clavó sus ojos en el suelo, y Mozes y Orphée lo imitaron. ¿Qué era eso? Un temblor bajo el suelo, un ligero pero progresivo aumento en la temperatura, un agobio sofocante en el intervalo de un segundo a otro—. ¡¡¡Muévanse!!!

Cuando la explosión retumbó en el edificio, consumiendo los dos pisos, ya habían conseguido salir, esquivando los escombros ascendentes y las llamaradas. El poderoso Mozes sacó a dos de las mujeres, Orphée a la restante, y Asterion arrastró a Babel a toda velocidad.

El ruido fue abrumador, oprimía sus oídos y martilleaba en su cerebro, y el fuego bailaba tratando de atraparlos con sus brazos dorados. No fue solo la cafetería la que estalló, ni la cuadra, sino dos o tres decenas de edificios a lo largo de la calle, por el lado izquierdo. El cielo de grises y celestes se tornó negro, mientras las flamas ascendían y formaban una hilera casi tan extensa como el río. La gente gritaba y los que no murieron calcinados se revolcaban en el suelo hasta que su ropa se hiciera cenizas. «¿Un atentado?», pensó Orphée.

No. Eso era lo más obvio a pensar, y así saldría en los tabloides de la tarde, un ataque tempranero de las fuerzas de la Coalición para detener las supuestas armas de destrucción masiva. ¿Pero por qué así, tan de repente? ¿Y esa extraña sensación de pesar sobre ellos? ¡Por eso es que nunca nadie había oído de las Dríades!

Asterion tuvo la misma idea que él, al parecer. Encendieron sus Cosmos y los ampliaron en un alto radio para observar lo que el humo impedía a sus ojos. Donde sea que miraran había tristeza, angustia y mucho dolor, de los locales todavía en sus ropas de dormir, sobreviviendo muy pocos, todos heridos, despertados súbitamente por una seguidilla de explosiones controladas.

—Tres cuadras desde aquí, sobre el edificio verde —advirtió el Sabueso. Con suerte había terminado su oración cuando Mozes brincó sobre una casa y luego a otra, desplazándose a la ubicación ordenada. Así trabajaban, y a pesar de su edad, no podían hablar de una misión fallida.

 

—¡Ya los vi! —Mozes sonrió con aires de triunfo mientras era perseguido por los Santos de Lebreles y Lira, pero él sería el primero. Lamentablemente el buen Babel había quedado fuera de combate por algún trauma del pasado, cuando vivía entre soldados antes de que Shura lo llevara al Santuario. A Mozes no le afectaban esas cosas, ¡vivía el presente!

—Ja, ja, ja, ja, ja, ¿escuchaste eso, hermana? —reía un hombre vestido con una armadura roja adornada con hojas negras que le daban un aspecto irregular, hasta deforme, incluyendo el casco que cubría toda su cabeza menos la mandíbula desencajada. Era enjuto y pequeño, arqueaba la espalda para carcajear—. ¡Escucha como gritan, hermana!

—Parece que no hay nadie aquí —dijo una mujer de cabello corto, usando la misma armadura que su supuesto hermano, solo que negra con hojas rojas. Debajo no parecían llevar ningún tipo de ropa, y con el viento negro que humeaba de las casas podía verse su cuerpo cada vez que las hojas se elevaban. A diferencia de él, ella no llevaba el casco puesto, y mostraba sus labios finos, su piel pálida como la nieve, y sus ojos grises, ojerosos—. Si está aquí, ya habría salido sin daños.

—¿Estás segura? Es un ser humano, de todas formas.

—Protegido por “Madre” —replicó la mujer, justo cuando el Ceto aterrizó frente a ellos, que miraban el escenario vaporoso de Bagdad ocultos en la azotea—. Nada le pasará al cuerpo que desee ocupar. Sería más fácil con la Última Manzana.

—¡Oigan, ustedes! —alzó la voz Mozes para que sus compañeros pudieran seguir su rastro—. Pregunta protocolar: ¿ustedes causaron esto?

—Ja, ja, ja, ja —rio el hombre, relamiéndose los labios—. Tus gritos son de verdad una delicia.

—No directamente —contestó la mujer, esbozando una sonrisa.

—Buena respuesta, ahora la siguiente pregunta: ¿son Dríades?

—Je, je, je, parece que alguien nos conoce al fin. ¿Puedo matarlo, hermana?

—Haz lo que quieras, procura no llamar tanto la atención. ¡Llévense a la rata al lado oeste esta vez! —levantó la voz la mujer, dirigiéndose a gente invisible.

—¡Cuidado atrás, Mozes! —advirtió su compañero, siempre alerta, y gracias a eso esquivó un ataque traicionero —cómo detestaba ese tipo de ataques— de… una sombra. ¡Una sombra!

Asterion y Orphée llegaron a su lado. Ninguno llevaba las armaduras, pero con calañas traicioneras como esas, no valía la pena usarlas. No por eso dejaban de ser muy extrañas esas criaturas que aparecieron.

Tenían forma humana posiblemente, pero llevaban largas túnicas negras que los cubrían de pies a cabeza, dejando al descubierto uno o ambos ojos. En sí, las mismas túnicas parecían demasiado tenues, como si se traslucieran y solo fueran proyecciones de algo detrás. Y salieron desde el piso sin hacerle una sola grieta.

—Lo dicho. Sombras —escupió Mozes.

Las siluetas se alejaron desplazándose —sin movimientos de pie— hacia un bulto que yacía en un rincón en el techo, y solo en ese momento Mozes cayó en la cuenta de que no era un bolso o algo similar, sino un hombrecillo agazapado, viejo y sonriente, con los ojos rojos como la sangre y un… agujero en el pecho, ¡se veía de lado a lado!

—Deprisa, llévenlo hasta que lo encuentren —ordenó la mujer, mientras el otro contenía apenas su risa con la mano.

—No pueden ir al lado oeste —dijo Orphée, bastante alarmado, con la cara roja, empuñando fuertemente las manos—. ¡No pueden!

—Eso, sigan gritando, je, je, je, ¡ja, ja, ja!

—¡Silencio, Lyra! Parece que los gritos los fortalecen —meditó Asterion.

—¿Quieres acabar con ellos luego, hermano?

—Claro, claro. Abran bien las orejas, señores, ¡oigan mi linda VO…!

 

No consiguieron oír la última letra. El hombre gritó, y su aullido no pudo ser más intenso, casi les rompe los tímpanos de no ser por la barrera natural de Cosmos y sus buenos reflejos en las manos. Con el dolor también gritaron, pero no pudieron escucharlo, aunque Orphée vio al hombre llevarse aire a la boca, alimentándose de algo que solo él podía ver.

Mientras tanto, las sombras tomaron al hombre, mayor, canoso, rollizo, y vestido con camisa y chaquetón que debía estar muerto y que no opuso resistencia. Lo arrastraron y saltaron al humo negro que todavía sumía a la ciudad.

No tanto para su sorpresa, mezclados con el viento negro como una nube lluviosa, eran capaces de volar y se desplazaron al oeste, donde no debían ir, donde no debían estar. Allá estaba ella, y algunas autoridades importantes de diversos países que buscaban tanto paz como más conflicto.

—¡Síguelos! —bramó Mozes, antes de saltar sobre el hombre.

—¡No los dejes escapar! —ordenó Asterion, haciendo lo propio con la mujer que, junto con su hermano, brincaron desde el tejado.

Orphée hizo lo mismo y siguió la ruta de la nube negra mientras alrededor todo era un caos, y ni la policía se asomó, pues su edificio estuvo entre las víctimas. Así lo dirían los periódicos, una calamidad donde todo sobreviviente a un atentado terrorista —o un ataque norteamericano disfrazado como atentado terrorista—, gritaba y lloraba y clamaba el perdón de Dios, cuando lo que de verdad estaba detrás era un grupo de plantas humanoides que iban al lado oeste, a destruir más cosas con ayuda de ese hombre… Lo había visto en alguna parte, pero no recordaba dónde.

¡Y allá estaba ella! No podía permitirlo.

 

—¿Qué mierd* son ustedes? —preguntó Mozes, arrinconando a las Dríades en un callejón angosto y sin salida, desierto y harta el hastío de humo.

—Alala del Llanto de Guerra.

—Homados del Grito de Guerra, ja, ja, somos de la siembra de las Hisminas.

—Buscamos a nuestra Madre —añadió Alala, a quien se le veía gran parte de uno de sus pechos detrás de la armadura de hojas. Algunas caían al polvo y tardaban en crecer nuevamente—. A menos que sepas de alguien que haya sobrevivido sin daños a la explosión, y nos lo digas, no nos sirves, humano.

—Ah… sí, bueno, y… —balbuceó Mozes con los ojos atornillados en las generosas curvas de Alala, que no se daba por enterada.

—¡Nosotros sobrevivimos sin daños! —El Sabueso atacó por sorpresa desde arriba con su bota cargada de energía, que Homados repelió con un movimiento desganado de su mano mientras sonreía mostrando sus colmillos afilados.

Asterion, sin embargo, no se sorprendió de que su ataque no funcionara.

—Je, je, je, je, qué patético. Además no es verdad, su piel huele a quemado en los brazos y hombros, y esa camisa está manchada con sangre —notó el Dríade miserable, pero Asterion guio sus ojos a su compañero.

—¿Podrías dejar de pensar en eso?

—¿Ya empezaste? Es que solo mírala, es…

—… nuestra enemiga. ¿Y no que estabas comprometido?

—Con mi mano, por supuesto. Tenemos una estrecha relación.

—Vaya, hablan mucho al borde de la muerte —rezongó Alala, altiva—. ¿Ya podrías gritarles bien, hermano? Me están aburriendo, y no quisiera que ese otro humano rompiera al Químico.

—¿De quién…?

—El Químico. Ese hombrecillo que confundiste con un bolso —se adelantó Asterion, provocando un atisbo de sorpresa en sus contrincantes, la sonrisa del tipo se debilitó y los ojos de la mujer se abrieron grandes—. Ella lo manipula para que haga explotar cosas con sus propios deseos, brindándole su energía.

—¿Así que puedes usar tu truquito con ellos, eh?

—Pensé que no, pero emiten casi las mismas ondas que nosotros.

—Parece que estos no son humanos normales, hermana.

—Hm —asintió Alala, desplazándose un paso hacia atrás.

Homados se llevó las manos a la boca y lanzó un gran grito que quebró los cristales de la casa junto a ellos, un farol arriba, y arrastró la tierra formando un remolino. Pero no afectó a los Santos de Plata. Asterion, adelantándose a la jugada, alertó a su amigo y juntos proyectaron su Cosmos de forma defensiva a la sincronía exacta para que el sonido no los tocara. Homados se sorprendió, y Alala soltó un suspiro de resignación.

—Crezcan —dijo, y se oyó perfectamente aunque el eco del grito todavía no acababa. Hizo un movimiento con su mano, y una docena de sombras como las de antes surgió del piso y los encaró.

—Hermana, ¿qué haces? —protestó Homados—. Podría terminar fácilmente con todos ellos.

—No mientras haya un lector de pensamientos. Ellos acabarán fácilmente con esto —culminó Alala, y junto a su hermano atravesaron la pared cual fantasmas de película, como si no hubiera nada detrás de ellos.

—Oye, eso fue irrespetuoso, ¿no te parece?

—Las Dríades son fuertes, no te confíes. Apuesto que hasta tus brazos se estremecieron ante ese grito. Nuestra barrera casi se rompe.

—Ahora creen que estas criaturas pueden detenernos —dijo Mozes, evitando el golpe de una de las sombras casualmente arqueando su cuello—. Hm, pelean tal como los humanos, con golpes y patadas.

Era cierto, y además eran extremadamente hábiles, como si fueran de carne y hueso y estuvieran entrenados. Ciertamente, aunque tapados por esas largas túnicas, esos monstruos nacidos de la oscuridad se enfrascaron en una pelea de puños y patadas con una velocidad superior al mach con ambos, y eran muy ágiles también.

Al principio solo atinaron a defenderse, y gritaban cuando fallaban, pero a fin de cuentas sabían que tenían la ventaja. Siempre que lucharan codo a codo, aunque la situación se viera preocupante, podrían salir adelante, por el simple hecho de que siempre había sido así, y tenían plena confianza en ello. Solo era cosa de recibir un rato mientras analizaban a sus rivales, aunque fueran tan poderosos como Santos de Bronce novatos.

Lo primero que descubrieron fue que el humo proyectaba sombra, y donde no lo hacía, las sombras atacaban con menos fuerzas. También, aunque azarosos a simple vista, sus ataques seguían un patrón que Mozes adivinó tras recibir trece estocadas del mismo monstruo en un segundo, con el mismo ángulo descendente. Y ni siquiera respiraban, aunque tuvieran ojos e imitaciones de piernas y brazos, no eran humanos, eran cosas raras que existían para asustarlos.

¿Pero contra Santos de Plata? Eso no servía.

—¿Lo tienes? —preguntó a su compañero.

—Sí, sí, yo me encargo.

«Ah, el Millón de Fantasmas». Siempre era agradable ver esa técnica de mierd*, a Mozes le agradaba particularmente cuando el oponente se topaba con tres Santos de Lebreles rodeándolo, y uno por encima que lo sorprendía.

 

—Ah, estos gritos son deliciosos, deben estar sufriendo mucho —se relamió el Dríade, comiendo aire, mientras avanzaban por las calles alborotadas y caóticas de Bagdad sin mover las piernas, en completo silencio. Nadie los vio más que como simples hojas meciéndose por el viento.

—Deja de comer, tenemos mucho por hacer.

—No me he alimentado de gritos extraños, ni siquiera alguna exclamación asustada que pueda provenir del cuerpo de Madre. ¿Y tú tuviste éxito?

—Nadie llora más o menos de la cuenta. Solo ese hombre del que hablaban, el de la cafetería. Muchos traumas juntos.

—¿Serán Santos? Los guerreros de Atenea como los que vimos anoche. Y si el que nos adelantó también lo es…

—¿Y qué? Son humanos, no hace diferencia si son niños o Santos de Oro.

—¡Santos de Plata! Con nombre y apellido, no sean irrespetuosos.

Las Dríades miraron atrás ante la manifestación de orgullo humano, y Alala no pudo evitar que a su hermano le destrozaran la nariz con el duro puñetazo de un hombre enorme que ni siquiera vestía algún tipo de protección.

Homados se estampó contra un árbol, y —con cierta elegancia— logró evitar un segundo asalto de Cetus. Asterion intentó lo propio con Alala, pero se ésta limitó a elevarse y a manifestar su confusión.

—¿Cómo es que siguen vivos, humanos?

—Por diferencia numérica —contestó Asterion con una sonrisa confiada—. Éramos demasiados para ellos.

—¡Ja, ja, ja, ja! Buena esa —congratuló Mozes, que lanzaba puñetazos a mach 3 con maniobras impecables, uno solo de esos golpes reventaría a un ballenato, y a sabiendas de eso, Homados evitaba o bloqueaba los ataques, sin alejar la mirada de su hermana en lo alto. Asterion se unió a la lucha con rayos de energía que el Dríade desvió o burló con desgano.

—Parece que sí son problemáticos, hermana.

—Y vamos a terminar atrayendo miradas, y si nos ve gente viva, será más difícil hallar a Madre. Me adelantaré, encárgate de ellos.

Alala, como en el mejor truco de magia, se deshizo en cientos de pequeños pétalos rojos tras una onda de sonido, que volaron llevados por el viento a donde Orphée y las sombras se habían dirigido.

Asterion trató de impedírselo, pero de un momento a otro, sus ojos pasaron de los pétalos a la fría tierra, donde se estrelló.

—¡¡¡Asterion!!!

«¿Qué pasó?», se preguntó el Sabueso, completamente confundido. Al girar la cabeza para encarar a su supuesto atacante, el mundo le dio vueltas y se manchó la nariz con la sangre que corrió desde sus orejas.

—Qué rayos… —musitó posiblemente, aunque no escuchó su propia voz.

—Ja, ja, ja, ja, ja, diablos, no hables tan fuerte que me dará acidez en la panza, ja, ja, ja —rio Homados, devorando el aire con apetencia.

Mozes, hastiado ante la actitud de su oponente y el no comprender qué había pasado con su compañero —solo lo vio brincar, y luego algo invisible lo arrojó al piso—, chocó los puños uno contra otro y reunió su Cosmos en ambos. Su técnica se llamaba Bombardero de Presión (Pressure Bomber), y con ella pensaba que sería suficiente acabar con ese demente que aducía comerse los gritos.

El primer golpe, con el puño izquierdo, era en vano, y usaba una imitación de energía para desconcertar al rival. Homados lo esquivó sin problemas con la quijada desencajada por un chiste desesperante, pero le aplastaría esa cara con su brazo más potente, el derecho, que llevaba la presión del Ceto.

—¡Cuidado, Mozes! —advirtió Asterion, y en esa décima de segundo en que tal vez pudo golpear a su rival, o ser asesinado por éste, unas lianas del piso le ataron las piernas y bajó la cabeza para verlas. Solo fue un parpadeo de tiempo, y por eso su golpe solo pudo romper una hombrera del enemigo —que se convirtió en hojas y tallos rotos—, y sacar una pierna de la enredadera. La otra, sin embargo, recibió una horrenda quebradura de huesos cuando la liana se tensó, y Mozes bramó de pesar.

—¡¡¡¡AHHHH!!!!

—Eso, eso, delicioso… y qué buen golpe, por cierto, hacía siglos que no veía a alguien golpear así —comentó Homados como si no tuviera importancia, mirando el boquete que el Bombardero de Presión hizo en una estatua, que dejó de existir.

Algunas personas, escapando de los supuestos bombardeos occidentales, se asomaron en la plaza donde luchaban, y exclamaron de horror al contemplar la fea escena de tortura en la bota de Mozes.

—D-demonios, bastardo… ¿qué diablos eres? —Mozes alargó los brazos y sujetó de los hombros al monstruo, esperando sin decir nada que su compañero entendiera su movimiento.

—¡Ahora voy! —Y por supuesto que era el caso. El Gran Colmillo (Grand Fang), era un proyectil creado desde el piso con una potente patada que generaba ondas en la tierra.

El misil, una roca de dos metros de largo, brotó como una planta, rozó la cara interna de los muslos de Mozes, e impactó de lleno en el estómago del Dríade, que fue impulsado en diagonal hacia atrás, todavía con su gesto bromista.

—¡Ouch, ja, ja, jaaaa!

—Ahora verás, cretino de mierd*. —Antes de que se alejara mucho y la onda generada del golpe le llegara a los oídos, atrapó a su víctima del tobillo, y lo impulsó con todas sus fuerzas hacia arriba, atrapándolo en un remolino generado por su Cosmos, aprovechando que en todo caso no podría moverse por las lianas que le rompían su propio pie.

—N-no puede ser… ¡Espera, Mozes!

Pero por primera vez en su vida, el Santo de Ceto no pudo —o quiso— oír a su compañero, desesperado por destrozar a ese monstruo que había hecho estallar decenas de hogares por medio del tal Químico. Utilizó su mejor truco, el Bombardero Propulsor, que culminaba en un golpe certero en la cabeza de la víctima hasta partirlo por la mitad si era necesario. Nunca había fallado.

Asterion, llevado por el agobio, saltó para rematar al Dríade antes de que llevara a cabo su plan, pero en el aire se dio cuenta de que había cambiado de idea. Su grito lo usaría con él, ¡y ya no podía evitarlo!

«¿Acaso cambió de idea recién? No pude leer su mente antes, ¿será así de impredecible?». El grito que recibió del monstruo cuando todavía no se estrellaba en el puño de Mozes le desgarró la camisa y le sacó hemorragias en todo el cuerpo. Por ese breve instante en que era arrojado hacia atrás por la misma técnica que antes le había roto los tímpanos, no pudo leer el próximo movimiento de su oponente, pues todo le daba vueltas. Así que no pudo advertir a su amigo.

Homados se estrelló en el puño cargado de Cosmos azul, y su sangre bañó a Mozes hasta el pecho. Era verde, como clorofila.

—A-ahora… grita p-para mí —tartamudeó el demonio, malherido, pero aun ridículamente sonriente. Abrió la boca, y una larga cepa espinosa brotó como una lengua y se enterró en el ojo izquierdo de Mozes, que jamás en su vida había gritado tan intensamente, y hasta Asterion, que poco oía, pudo sentir su pesar.

—¡M-Mozeeeees!

Homados cayó de rodillas, y se tambaleó para levantarse mientras el Ceto hacía la ruta contraria, con ambas manos en el sector izquierdo de la cara. Asterion llegó hasta él, y juntos recuperaron la verticalidad con los brazos en la espalda del otro, pero pronto la perderían otra vez.

—¿Qué diablos son ustedes las Dríades?

—Je, je, je, qué sabroso grito, p-pero no se sientan m-mal —afirmó el Dríade del Grito de Guerra, curvado y guardando el sable en su boca, pero seguro en su victoria. Claro, eso tenía sentido ahora—. D-desde el p-principio no era posible vencernos… no somos capaces de morir mientras Madre lo desee.

—¿Q-qué dices? —gruñó Asterion, pensando si atacar o no, pero la pérdida de sangre le estaba jugando una mala pasada.

 

Orphée arribó al sector oeste, en un edificio de las Naciones Unidas bastante dañados por las batallas, justo donde se detuvo la nube negra. Diversas emociones, deseos y responsabilidades se mezclaron en su cabeza. ¿Qué hacer cuando el tiempo era tan crítico? Ella estaba allí adentro, y él lo permitió a pesar de los riesgos solo por el peligro. Había decenas de personas allí, ya despiertas por los estragos al otro lado del Tigris, reuniéndose, hablando, rezongando… ¿Podría advertirles a todos? ¿Qué era lo primordial?

—No puedes hacer nada —susurró Alala, a su espalda. Olía a plantas, igual que el aroma que le inundó cuando se cruzaron sus memorias por sus ojos.

Orphée se volteó con un golpe de revés, pero la mujer se deshizo en pétalos rojos y se reconstruyó en la puerta del edificio, sigilosamente, como si siempre hubiera estado allí, cerca de la multitud. Lucía un vestido formal, y se había puesto hasta joyas en los oídos y dedos.

Con esa misma sinuosidad ingresó al inmueble. Orphée, haciéndose paso a toda prisa, la persiguió, y tuvo que sacarse a unos guardias de encima para apurar la marcha, aunque ellos ni siquiera lo notaron. Pero… también sabía que corría más lento que cualquier Santo de Plata, no estaba pensando claramente. Si llevara su Manto Sagrado podría detener a la mujer que, aunque avanzaba con pasos cortos, se desplazaba por el piso y subía las escaleras a altísima velocidad, como rocío. Su armadura estaba enterrada bajo la cafetería, y hubiera tardado mucho en buscarla y luego evitar otra tragedia. Sin embargo, eso pasaba de todas formas. Y todo porque su cabeza estaba en otra parte, en una de las mujeres que salía de un ascensor con un grupo de dirigentes y líderes políticos, a diez metros de él.

«Maldición». Solo bastó ese pequeño instante para que Alala se adelantara hasta el último piso. Inmóvil, Orphée miró a la única mujer, a la única persona que podía hacerle actuar así de imprudentemente con una mirada. En cinco segundos, en que dio dos pasos hacia ella, y uno hacia la escalera por donde la Dríade subió, se dio cuenta de que ya era tarde. Sintió el calor sofocante y el piso tembló.

—¿O-Orphée? —dijeron los labios de ella cuando se tambaleó, agarrada del brazo de una princesa oriental.

—¡Eurídiceeeee!

Encendió su Cosmos mientras brincaba hacia ella, y el mundo bajo sus pies estalló sin control. El Químico, recordó entonces, era un hombre que a fines de los 80’ fue cabeza de varios ataques con gases químicos cobrándose la vida de más de cinco mil kurdos. Y ella, Alala, lo manejaba, aceleraba sus deseos e imponía destrucción solo con una orden o un pensamiento. ¿Cómo era posible tal cosa?

 

—¿Qué diablos son ustedes? —preguntó Asterion, cayendo de rodillas. Su compañero ya estaba de cara contra el piso.

—No pueden matarnos, somos inmortales, existimos desde el principio de los tiempos asistiendo a nuestra Madre —respondió Homados, sonriendo con una pizca de orgullo—. Somos Dríades, manifestaciones físicas de las maldades de los seres humanos, y mientras tales cosas existan, nosotros viviremos.

Se decía que Pandora abrió una caja de la que salieron miles de demonios, dejando al interior solo a la entidad de la esperanza. Las Dríades eran los libertos.


Editado por -Felipe-, 02 julio 2016 - 15:53 .

25solfo.jpg

(by Placebo)


#483 girlandlittlebuda

girlandlittlebuda

    Souldgodiana de corazón

  • 2,250 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo

Publicado 09 julio 2016 - 00:23

Hola! Por recomendación de T-800 empecé a leer tu fic.

Antes de darte mis primeras impresiones,quiero felicitarte por dejar tan buen aporte a SS. Yo no escribo fan fics, pero se el esfuerzo que involucra escribir (generar una idea base y desarrollar otras, estructurarlas, investigar para complementarlas, etc.) y por eso creo que todo aquel que se atreve a hacerlo merece de antemano un reconocimiento.

Recientemente me hecho una viciosa de leer fan fics. Cada que tengo tiempo (o insomnio) acostumbro a visitar otra pagina (te imaginaras cual) y cuando una historia me gusta me la devoro literalmente en un día o dos (según el tamaño). Sin embargo, por lo que veo tu historia es bastante laaaarga. Así que me "programare" para leerla y dejarte como Athena manda un review por cada capitulo.

Ahora bien, paso a comentarte el Prólogo. Primero, a mi parecer hay unos errores de redacción (no muy graves aclaro) que confunden un poco. No te los citó porque estoy desde el cel y éste a veces me hace malas jugadas (estoy leyendote a escondidas, ya me regañaron por desvelarme). Te recomiendo que revises la parte del encuentro de Airos y Saga con el Patriarca.

Dejando eso de lado, te diré que hasta el momento me ha gustado tu versión de los hechos. Para mi el momento más memorable fue cuando Airos plasma su testamento. Su mini debate mental que tiene sobre lo que debí escribir y la conclusión a la que llega, (disculpa la expresión) en serio me llego esta parte! Como te darás cuenta, me gustan las partes emotivas.

Interesante la inclusión de Afro y Death Mask en la persecución de Aioros. Me pregunto cual será su consecuencia o impacto en la trama. No te comento sobre los combates porque no me siento con la capacidad para analizarlos. Sólo te diré que me agrado cuando Afro "activa el sistema de seguridad".

Finalmente, también te felicito por tus fan arts. Te toma mucho tiempo hacerlos?

Sin más, me despido y hasta el próximo capitulo.

ZVUEAsd.jpg?1

 

"Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final"


#484 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

  • 10,826 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 23 julio 2016 - 22:23

Muchas gracias por pasar a leer, compañera :)

 

Me agradan tus palabras sobre la dedicación para hacer fanfics, merecedora de respeto. Involucra imaginación, creatividad, salirse de los estándares y los marcos, crear una obra tan ficticia como la original; espero te animes a hacer tu propio fic algún día. Revisaré la parte que indicas para buscar los errores, gracias por avisar :D

 

Sí, toma un montón de tiempo hacer los fanarts; porque por naturaleza no soy bueno dibujando, ni menos pintando en el pc. Afortunadamente ahora voy a tener apoyo en ese campo, gracias al aporte de mi GF, que no solo es rápida, sino que muy eficiente ;)

 

Saludos, y de nuevo, gracias.

 

 

 

CAPÍTULO 6

 

EL PRECIO DE LA ORACIÓN

 

20:00 p.m. del 8 de Junio de 2010.

La vegetación alrededor producía un suave murmullo con las caricias de la intensa lluvia invernal, pero bajo el stupa del Watt E Kang, o «Templo del Mono», del conjunto Wiang Kum Kam junto al caudaloso río Ping, los trescientos diez monjes podían rezar tranquilamente, en completo silencio. Incluso con un oído privilegiado era difícil oír su respiración. Buscaban alcanzar la Iluminación; el Árbol de la Vida frente a ellos absorbía sus energías y canalizaba sus deseos, y los cinco elementos de la estructura de piedra y barro disminuían sus dudas.

Era uno de los sitios de buen karma más famosos del norte de Tailandia, pero las creencias religiosas no eran respetadas por todos. Por eso no fue de sorprender que tres semillas de la perdición crecieran junto al Árbol de la Vida, pues no creían en la obtención de una existencia mejor. En principio solo se manifestaron como enredaderas, pero una de ellas, la que representaba la riña, se disfrazó de monje y se sentó entre la multitud sin hacer sonidos, mientras las otras se deslizaban a buscar la fruta, la Última Manzana, que les daría una mejor pista, ya que obviamente su Madre no se hallaba en esas místicas tierras.

Fue muy simple: uno de los religiosos se tambalea y cae sobre otro, el más cercano a la Iluminación, dada su aura. Éste pierde sus avances y todo control sobre su conducta, y protesta con un escupitajo. El otro se defiende con un golpe en la nariz —muy rápido, por cierto—, y finalmente era cosa de repetir lo mismo a gran velocidad con todos los presentes. En cinco segundos, los monjes ya luchaban entre sí, excluyendo a Mache de la Riña, que observaba complacida.

En el interior del templo, las otras dos enredaderas tomaron forma corpórea, y se detuvieron frente a una gran puerta de piedra con unos garabatos inscritos que se les antojaron casi nostálgicos: un gran tronco, muchas hojas, raíces, y en las largas ramas laberínticas varias esferas flotantes que contenían a su vez nuevos árboles.

—Aquí valoran a las plantas —dijo Ioke del Embate en un susurro difícil de oír para otro que no fuera un hermano; era pequeño y de ojos rasgados, con largas orejas puntiagudas y cabello negro azabache, ataviado con una armadura de tonos negros y detalles lineales rojos que iniciaban en sus hombreras afiladas y culminaban en la falda que llegaba hasta sus pies—. Pero no adoran a Madre.

—No —asintió Alke de la Brutalidad. Era una mujer enorme, robusta, de labios gruesos y pechos prominentes, con una armadura tan recia que la hacía ver aún más voluminosa, que usaba para incrementar, entrenando, su propia masa. Sus ojos eran grises e inquisitivos, y su cabellera roja, nacía de una zona indistinguible en el casco carmesí—. Como dijo el señor Phonos, los humanos no han mejorado.

—¿Puedes abrirla?

—Imposible, ni con toda la presión de mi aura. Tal parece que algo cubre la superficie de esta pared… ¡Cosmos! —reconoció tras unos instantes de inspección profunda. Una barrera tenue de luz blanca, la manifestación del deseo vigilante.

—¿Alguno de los monjes es capaz de usar el Cosmos?

—Tal vez todos ellos. Son monjes guerreros con un gran dominio de su aura y energía interna.

—El Cosmos no abandona a su huésped totalmente después de su muerte, aunque apenas es perceptible para alguien que no tenga algo de divinidad.

—Sí, vamos a buscar a alguno.

 

En la ciudad de Chiang Mai se reúnen turistas de todas partes del globo para contemplar las majestuosidades místicas que ofrece la historia budista tailandesa. Se hallan viejos y nuevos templos por doquier, artesanía, naturaleza, y arte, y ni siquiera un grupo de guerreros de la paz puede evitar distraerse con las maravillas exóticas de la cultura, a pesar de la lluvia que en esa zona es cosa de todos los días, y que parece acariciar sus cabellos más que molestar.

Capella de Cochero era de larga melena roja, rostro cuadrado, nariz ganchuda y ojos negros; vestía con una chaqueta y pantalones de cuero, y llevaba varias cadenas en las muñecas y cuello. No dejaba de tomarse fotos desde que decidieron descansar por la jornada, y reía con todo el mundo a pesar de no tener idea del idioma. Lo acompañaba a todos lados Algol de Perseo, para controlar a su amigo y hacer algunas preguntas dados sus conocimientos de idiomas, aunque el tailandés no era su fuerte. Era de tez oscura, enmarañado cabello castaño, ojos grises y mentón pronunciado. Alto y esbelto, iba ataviado con gruesa ropa de gimnasio.

En la ribera del río, Marin observaba en silencio a las gaviotas bañándose. No se había quitado el antifaz, claro, aunque todo el mundo la mirara y le hiciera todo tipo de preguntas, a ella le era indiferente, y Daidalos tenía que admitir que era parte de lo que la hacía interesante. Llevaba jeans azules, botas negras de lana, y un chaleco del mismo material, de rayas blancas y azules, que le daba un poco más de masa a su ligero cuerpo. No quitaba la mano de la maleta donde guardaba la Caja de Pandora —de esas que en Rodrio hacían por montones— ni por un segundo. Pero a pesar de toda esa intriga que siempre la rodeaba, necesitaba saber algo, así que se acercó a ella y miró también el caudal, donde las gotas formaban ondas de las que nunca se podía estar seguro cuándo empezaban o terminaban.

—¿Todo bien, Marin?

—Sí.

Típica respuesta del Águila de Plata. Se decía que la única persona en sacarle varias palabras era su discípulo, un muchacho demasiado enérgico. Era bueno que él no tuviera ese tipo de alumnos, o perdería la paciencia con facilidad; Leda podía ser un chico complicado, pero sus compañeros lo apoyaban; similar era el caso de Spica. Shun era difícil también, aunque en una manera distinta. Pero en el Santuario todos hablaban del «mocoso japonés» de Marin, aunque Daidalos no había llegado a conocerlo más que de vista, una vez, haciendo mil flexiones de cabeza, colgado de una viga sobre un pozo.

«Ju, y me consideran estricto».

—Debo preguntarte algo.

—Lo sé.

—Bien, entonces. ¿Por qué me pediste venir?

Originalmente solo había tenido en cuenta a Capella y Algol; al primero por su gran oportunismo y ganas de luchar típicas de un joven Santo, y al segundo por su inteligencia y excepcionales habilidades. Marin llegó a su cabaña en el sector norte de la ciudadela para solicitar su participación en la misión. Parecía muy interesada, y eso no era particularmente una característica de ella… Pero Daidalos la aceptó con gusto, su perspicacia sería un gran añadido.

—Quiero saber si puedo confiar en ti.

—Ah, entiendo… ¿Qué?

Los Santos de Plata se consideraban hermanos entre sí. Reían, entrenaban, peleaban y a veces morían juntos; de hecho, si alguien era asesinado, fuera o no en el cumplimiento del deber, los otros le daban caza al enemigo por pura lealtad. Y no es que Marin fuera la «oveja negra» de la familia (para eso estaba Dío) pero, a veces, era más… como una prima lejana o algo así.

—No puedo decirte mucho más, Daidalos —admitió el Águila, y se oyó muy sincera. Parecía ocultar algo, pero a diferencia de todo lo demás, no era personal, y lucía muy importante—. Estoy aquí para cumplir con mi deber, pero muchas cosas podrían cambiar durante y tras esta batalla, y necesito saber en quién confiar.

—Puedes confiar en mí, Marin, y te lo demostraré si aquello que escondes es en favor de la diosa Atenea. Pero si es algo que pueda dañarla, espero que te abras pronto, o tal vez no puedas enfrentarlo sola.

—Es posible, sí —reconoció la chica, sin cambiar un ápice su voz, todavía con los ojos metálicos en el río. Daidalos se subió la cremallera de la americana, y al echarse vapor en las manos, captó la mirada inquisitiva de Algol, no muy lejos por la orilla. ¡No se le escapaba nada!

Intentó ignorarlo. No obligaría a Marin a que confiara en quienes él confiaba, ni ayudaría a Algol a saber algo que no le correspondía. A menos, por supuesto, que sí le correspondiese.

—Por ahora lo mejor será buscar un hostal para hospedarnos, la lluvia está relajante, pero no somos inmunes al catarro. ¡Algol! —incrementó Daidalos la voz, invitando al Santo de Perseo ¿Hallaste algún sitio?

—Capella encontró un hotel en… ¿Y eso? —se interrumpió Algol, cuando el aire cambió de repente, aunque ningún turista lo notó. Capella, bebiendo soda junto a una estatua, apoyó la mano rápidamente en su valija, y lo mismo hicieron ellos.

Cosmos. Un gran y asfixiante Cosmos se elevó desde el bosque, cruzando el río, quizás en alguno de los templos de la zona, dado el aura pura que sufría.

—¡Muévanse! —ordenó, y no había terminado de pronunciar la última sílaba cuando ya todos se habían puesto a correr por la orilla a tal velocidad que ante los ojos de la gente simplemente desaparecieron. Al mismo tiempo, iban dejando las maletas atrás y se colgaban las Cajas a la espalda. No era prudente usarlas todavía, pues sacaban a relucir un Cosmos que podía traerles problemas.

 

—¿Ahora sí entienden lo que digo? —preguntó Ioke, dejando en el piso el cuerpo inerte de un religioso al que le robó la lengua con una semilla. No era dado a subir la voz, pero en ese sitio tan silencioso, con tantos monjes agotados por la pelea que tuvieron entre sí gracias a una satisfecha Mache que se degustaba con la sangre derramada, era capaz de hacer hasta eco—. ¿Quién sabe abrir la puerta de allá atrás?

—¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué nos hacen esto? —indagó un hombre de edad avanzada, con dificultades para ponerse de pie, aunque mantenía un semblante dedicado de sosiego.

Pfff, si al final iban a morir todos, en todo caso —musitó Alke.

—Sí, pero es bueno que crean que no es el caso —susurró su hermano con voz rasposa, y su mirada era pura frialdad. Alzó las palabras otra vez—. Solo lo preguntaré una vez más: ¿quién sabe abrir la puerta de atrás?

Mache, de labios carnosos, una espesa mata de cabello verde, y una armadura que poco cubría más que parte de sus pechos, cintura y hombros, soltó una risita.

—Lo que hay allí solo trae penurias, contiene odio y confusión, propaga la ira y la perversidad —espetó el mismo anciano, poniéndose de pie y acomodándose la toga—. Esa cosa se quedará allí hasta que se pudra.

—Tonto humano —susurró Ioke, y ante esas palabras, Mache se desplazó en silencio hacia un costado con los labios manchados de sangre.

—Esto será delicioso —dijo la mujer.

—¡Mueran, humanos! —gritó Alke, y de las palmas de las manos de los tres salieron raíces, delgadas y verdes, cubiertas de espinas, que se extendieron por la sala con la velocidad de un suspiro, ramificándose más con cada pestañeo de los monjes, pacientes hasta la muerte.

 

Los Santos de Plata se adentraron a la jungla y vieron el templo de donde surgía el gran Cosmos valle abajo, pero no pudieron acercarse más y tuvieron que refugiarse tras rocas y árboles sin perder un segundo en el freno. ¡El aire se llenó de filosas y pequeñas espinas como dardos!

—¿Pero qué diablos es eso? —preguntó Capella, intentando mirar por una apertura en un tronco hasta que, alarmado, tuvo que retroceder cuando dos pinchos casi le perforan el ojo.

—¡Ten cuidado, idiota! —reprendió Algol, sacando su famoso y peligroso Escudo de Medusa de la Caja.

—Oh, eso estuvo cerca. ¿Pero de dónde salieron estas púas?

—Cada una está cubierta de poderoso Cosmos —reconoció Daidalos, detrás de una gruesa roca que ya empezaba a agujerearse ante la metralla—. Miren, hay más lluvia que antes.

—Están atravesando y dividiendo las gotas de lluvia —comprendió el Águila, sin perder la calma. A altísima velocidad se puso a golpear las espinas que le llegaban cerca, pero muchas le rozaron la piel.

Capella no tenía mucha suerte con sus Discos, y Algol bloqueaba todo, pero la presión le impedía avanzar. Daidalos avanzó tres pasos entre la lluvia con ambos brazos por delante, pero al tiempo tuvo que retroceder los mismos.

Marin, ágil y más escurridiza que ellos, avanzó a trompicones, pero la sangre ya manchaba completamente su ropa, y Daidalos se vio en la necesidad de detenerla antes de que fuera peor.

—¿A dónde vas?

—Hay gente sufriendo allí, ¿no oíste los gritos en el Cosmos?

—No importa que seas la más ágil aquí, Marin, ¡hasta para un Santo de Oro sería tarea difícil el pasar entre estas agujas! ¡Ah! —gritó cuando tres afiladas espinas consiguieron clavarse en sus pecho, cerca del corazón.

—¡Daidalos!

Marin lo protegió con su Meteoro, una veloz técnica que realmente pertenecía a otra constelación, pero que había tomado como suya desde que entrenaría a uno de los postulantes para esa armadura.

—Estoy bien —mintió, retrocediendo hasta otro árbol. El dolor que sentía era como si Milo lo hubiera golpeado tres veces con todas sus fuerzas; esos pinchos estaban cargados de un increíble Cosmos, y prácticamente cubrían el cielo como una plaga de mosquitos. ¿Qué clase de matanza se estada dando en el templo?

—Esperen, otro Cosmos se acerca —advirtió Algol, cuyo escudo parecía un alfiletero que adornaba la cara de Medusa—. No, son cinco.

—¿Quiénes son? —Se le apetecían muy poderosos, pero no tenían el aire de lucha y justicia de los Santos comunes, sino que de otro tipo, más puro e impávido, como el de Virgo.

Cinco sombras pasaron sobre ellos encerrados en burbujas de energía, sobre los árboles, y las espinas eran absorbidas por su luz. Ninguno de los cuatro tuvo ocasión de reaccionar antes de que uno de los extraños aterrizó en el centro de su grupo mientras los otros se adelantaban al templo.

Era un hombre calvo de ojos calmos y reflexivos, ataviado solo con una toga roja y una túnica blanca encima, descalzo. Tenía músculos muy desarrollados a pesar de su peligrosa escualidez, y su Cosmos era brillante y flameante, como los de un Santo, sin serlo.

—¡Auriga! —Capella se vistió con su Manto, decorado con decenas de discos cortantes, antes de que cualquiera se lo impidiera, y tomó uno para amedrentar al extraño—. ¿Quién es tú? —preguntó en inglés, lo mejor que pudo.

—Les pediré por favor que no se acerquen al templo —contestó el joven en el mismo idioma, sin aparentar pizca de temor, mientras la lluvia de agujas empezaba a amainar sobre ellos. No sonreía ni mostraba orgullo, era como una piedra a la que la cascada no podía dañar—. Parecen fuertes, así que mantengan a la gente lejos.

—¿A quiénes crees que les hablas? —se ofendió Algol—. ¡Somos Sa…!

—Los Elefantes Blancos nos haremos cargo —le interrumpió el joven con sublime suavidad, antes de desaparecer y unirse a los demás.

—¿Elefantes Blancos? —Había oído ese nombre, pero no tuvo tiempo para recordar de qué, pues el extraño ya había saltado con sus compañeros para esquivar las pocas espinas que se escapaban del centro de meditación, como las últimas balas de una ametralladora. Sin importar quién fuera, tenían que protegerlo si no era capaz de defenderse, y ayudar a quien fuese que sobreviviera al ataque.

Sin embargo, a metros de la gigantesca cúpula, se dieron cuenta de que ya se habían tardado. Los tales Elefantes Blancos crearon una barrera de luz alrededor del templo excesivamente dañado y agujereado para que nadie pasase, y el equipo de Daidalos solo pudo contemplar, a través de la puerta, el baño de sangre al que se sometió a un montón de monjes.

 

—¿Elefantes Blancos? —preguntó Alke, visiblemente confundida. Realmente no esperaba que alguien pasara a través de sus misiles, ni menos que tuvieran la vana ocurrencia de pelear con las Dríades y vengar la muerte de sus compañeros caídos.

—Abandonen este lugar sagrado —ordenó el que parecía líder, más experto que los otros, aunque se veían muy similares ante sus ojos.

—Estos daños les traerán el peor karma —dijo otro, con las manos en una extraña postura, «meditación», le llamaban. Una flama bailaba a su alrededor.

—Mache, llévate al anciano para abrir la puerta y tráenos el tesoro —ordenó Alke, y la Dríade acudió rauda para saborear la sangre en el camino—. Ioke, tú…

—Voy a mirar —cortó éste—. Necesito asesinar a quien se te escape.

—¿Escapárseme alguien? No digas tonterías.

—¿Deseas pelear tú sola contra nosotros cinco, criatura? —preguntó otro de los monjes guerreros, los Elefantes Blancos, un ejército divino. Ante la respuesta nula, el joven se precipitó de un salto—. Como desees.

Kan.

Uno de los guerreros se mantuvo en la retaguardia y conjuró una barrera de energía para bloquear la primera oleada de púas que salió de la palma de sus guantes, que se abrieron para dar paso a las espinas, y otro se adelantó con un puñetazo lleno de intensa voluntad, que clavó en el rostro de la mujer, aprovechando la breve duda tras ser repelido su ataque. Con el golpe, ella ni siquiera se inmutó, y por el contrario se escuchó el crujido de las falanges al romperse.

—¡Increíble! —exclamó el atacante, aunque su cara no cambió. Todavía en el aire, comenzó una seguidilla de patadas que chocaron con el cuerpo de hierro de la Dríade, que concentró un aura roja y chispeante en ambos brazos, pero súbitamente dos brazaletes dorados se ataron a sus muñecas.

—¿Qué son estas cosas? —Alke estudió casualmente los lazos mientras aún la golpeaban, como si ningún intento de dañarla la molestara mucho.

Otros dos religiosos, relegados a cierta distancia a ambos lados de la Dríade, la tenían atada con cadenas de energía que se alimentaban de su fuerza vital, y que sonaban tal como cadenas reales. Las pasaron bajo la tierra y jalaron con bríos. Eran los más fuertes físicamente entre los Elefantes Blancos, y gracias a ello pudieron apartar los brazos lejos de aquel que atacaba, pegándolos a su cintura.

—Nunca podrás moverte de nuevo, criatura.

—Limpiaremos esta tierra sagrada de tu aura de sangre.

—Ja, ja. —Los labios gruesos de la mujer se curvaron hacia arriba, y de sus ojos brotaron relámpagos escarlata como pruebas de su interés—. Muy bien, ¿qué más tienen, humanos?

—Las cadenas que te atan te debilitan lentamente, absorben la energía vital de aquellos con mal karma —informó el que atacaba, retrocediendo un instante para concentrar su energía—. La rueda gira, y las faltas se pagan en vida, con enfermedad y muerte.

—Ja, ja, ja, ja, tengo miles de años de vida, y jamás he pagado por nada, pues esa rueda debe girar solo para los mortales —dijo Alke, y su Cosmos se incrementó tanto que le hizo un boquete al techo por donde cayeron gotas de lluvia—. Sea que esté débil o no, no tiene importancia, pues me alimento de la violencia humana.

—¡No, nadie puede ir en contra de la rueda! —replicó uno de los monjes que la ataba, y sus pies se arrastraron hacia adelante cuando ella consiguió jalar.

—¡Imposible, ya debería estar sin energías! —se sorprendió el otro, y fue el primero en cambiar su semblante al de la incertidumbre.

—Ahora verás lo que haré con esa rueda si me la encuentro.

Le siguió una escena difícil de admirar, incluso para los Santos que esperaban fuera de la stupa. El monje reunió el Cosmos suficiente en su mano sana, y atacó con un gran impulso en el brinco, pero estando delante de la barrera conjurada por el de la retaguardia, no pudo evitar un ruidoso y sanguinario cabezazo de la sonriente Dríade que le destrozó el cráneo en dos partes a una velocidad que ninguno de los presentes logró captar.

—¡Imposible! ¡Toora! —gritó el que defendía, invocando cadenas que ataron los tobillos de la Dríade, enterrándola en el piso de piedra. El único que se mantuvo impasible fue el líder, que reunían energía detrás de la barrera.

—Sujétenla bien, no podrá moverse nunca más —musitó el de la izquierda.

—Ya siento los efectos del debilitamiento, y sigue siendo nada para mí. —Alke jaló la cadena de su derecha y ésta rompió el suelo. Con el brazo algo más libre elevó al monje que la sostenía por el aire, y lo estampó violentamente contra el piso, que se convirtió en un boquete enorme, estremeciendo incluso a los Santos de Plata de afuera.

—¡No te muevas, demonio! —ordenó el de la izquierda, temblando de pies a cabeza, perdiendo todo su autocontrol. El de la retaguardia usó todo su poder para mantener la barrera y detener a la enemiga, pero ya se estremecía.

Con la mano libre, Alke disparó una seguidilla de púas que cruzaron por el boquete, y luego cayó sobre sus posaderas, antes de jalar de la cadena izquierda.

—En nombre del eterno descanso de nuestros hermanos, de nuestro sagrado juramento, y también de Ganesha en su infinita sapiencia —rezó el mayor de los monjes con las palmas una contra otra, los ojos cerrados y una ansiosa llama dorada a su alrededor—, te bendecimos con el Exorcismo de los Devas, ¡así que desaparece, espíritu! —Estuvo durante toda la pelea reuniendo su Cosmos apartado de los demás, y al fin tenía su ataque completo.

Un increíble resplandor iluminó la oscuridad del aura de la Dríade, un ataque de sublime espiritualidad e intensa determinación, que se proyectó sobre Alke y la abrazó con luz, justo al tiempo en que le quebraba el cuello al monje de la izquierda con un codazo, tras destruir la cadena en microscópicas partículas de Cosmos.

 

—Ese ataque fue formidable —farfulló Algol, visiblemente sorprendido, lo que no era común.

—Al menos pudo matar a ese monstruo —dijo Capella, todavía tratando de cortar la barrera con sus discos.

—¿Matar? —espetó Marin, con desprecio—. Como dijiste, es un monstruo. —Los Santos de Plata se concentraron y sobresaltaron cuando entendieron lo que ocurría, y que luego, tras el desvanecer de la luz, pudieron comprobar.

Alke estaba completamente intacta, aunque todavía sentada, agotada por la absorción de energía de las cadenas, pero solo físicamente. Repentinamente algunas de las gotas de lluvia sobre el templo se afilaron y convirtieron en pinchos, los que la Dríade había arrojado anteriormente, y se estrellaron sobre el hombre de la barrera, que cayó fulminado sobre un charco de su sangre y algunos órganos que resbalaron de los agujeros en su cuerpo.

—Aunque no usan armaduras, los Elefantes Blancos son el grupo que se ocupa de Ganesha, un ejército divino cuyo poder no tiene nada que envidiarnos —recordó Daidalos, más para sus adentros que para sus compañeros, decidido al plan que llevaría a cabo apenas el escudo de energía invocado por el líder cayera. Antes de eso no podría hacer nada—. Ella es fuerte.

El anciano guerrero retrocedió hacia la puerta. Algol observó fijamente sus movimientos esperando un contraataque para activar a Medusa, pero al pestañear, descubrió que el Dríade pequeño, con un golpe que no fue capaz de seguir, le rebanó la cabeza, que rodó hasta la salida, empapándose bajo la lluvia.

Solo en ese momento la barrera cayó, al igual que las esperanzas en Tailandia, pero ninguno de los cuatro Santos de Plata ejerció movimiento. Esa Dríade, a pesar de debilitarse por las extrañas cadenas místicas, había derrotado fácilmente a cuatro de los monjes que pertenecían al ejército divino de Chiang Mai, y al quinto lo dejó para el remate de su compañero, usando estrategia, una impresionante fuerza bruta y voluntad cósmica.

¿Podía ser tan fuerte como un Santo de Oro? Eso era lo que estudiaban dos de los Santos de Plata, el Águila y Perseo. El Cochero ansiaba luchar hasta la muerte sin cuestionarse demasiado, pero Cefeo, el «Rey» de Etiopía, sabía perfectamente lo que debía hacer.

—Probablemente hay un tercero al interior del templo, acaben con él cuando salga —ordenó Daidalos, bajando al valle y dirigiéndose a la entrada empapada con el olor a sangre.

—¿A dónde vas?

—A matarla, desde luego —respondió el líder de la misión, con absoluta confianza en sus palabras.

—¿Q-qué? ¿Estás loco? Las Dríades son monstruosas, ni cinco monjes, que tienen poderes como nosotros, fueron rivales para esa cosa. ¿Qué esperas hacer?

—Puedo hacerlo, la destruiré mientras ustedes hacen su trabajo.

—Capella tiene razón, mejor pensemos en un plan, porque estamos en una gran desventaja.

—Algol, Capella, solo encárguense de que el tercero no salga, no sé en qué se metieron, pero no me parece nada bueno. Yo me ocupo de lo demás, no escapará. —¿Lo decía para ganarse la confianza de Marin, o realmente tenía fe en que tenía posibilidades contra esa bestia?

«Lo segundo, sí, definitivamente lo segundo», reflexionó el vigoroso Santo de Plata, esbozando una sonrisa mientras se detenía en la entrada, bajo la lluvia vehemente. Desde adentro no podían verlo con claridad, y en primera instancia hizo invisible su Cosmos, tal como le enseñó la maestra Caph en su entrenamiento.

 

—¡Aquí está!  —tronó Mache, con la piel parda por la sangre coagulada de su víctima, cargando una esfera dorada en su mano, una luminosa manzana de amarillo tallo y hojas color lima.

—La Última Manzana, aquella que nos guiará al cuerpo de su creadora, ja, ja, ja —rio Alke, todavía en el suelo, rodeada de cadáveres, como si ningún tipo de caos hubiera ocurrido—. Uf.

—¿Estás bien, hermana? —susurró Ioke, limpiándose los dedos de la mano con la que había decapitado al último Elefante Blanco—. Te robaron energía.

—Ya la estoy recuperando, en un minuto o dos estaré como nueva. Ahora lo mejor será reunirnos con los demás.

—Está bien. —Ioke se volteó y tomó la Última Manzana de las manos rojas de Mache, que todavía se degustaba con el sabor. Salió junto a los demás al lluvioso exterior de Tailandia, admirando el aura impresionante que salía de esa esfera de luz, el último rastro que dejó Madre antes de decidir bajar mientras ellos le buscaban un huésped apropiado—. Si no recuerdo mal, hay Santos en los alrededores, será mejor que tú te encargues de…

—¿¡Eh!? —se sobresaltó de pronto Alke, llamando la atención de los otros, que se fundieron en una expresión de asombro, pues de pronto había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. Solo pudieron oír un grito final—. ¡¡¡Ahhh, pero qué ray…!!!

—¡Alke! —Algo la había golpeado con tanta fuerza que la arrojó al bosque como un misil, o más bien alguien, una sombra de Plata que la persiguió antes de que pudieran reaccionar. Alguien con puños extremadamente poderosos. Ioke hizo el atisbo de perseguirla, pero tres guerreros, brillantes como la luna, aparecieron frente a él, irradiando un aura iracunda, llena de emociones vanas e inútiles. Mache gruñó como un perro con rabia—. ¿Y ustedes?

—Santos de Plata. Te invito a que abras bien los ojos ante lo que sucederá —amedrentó Algol, armado con Perseus, alzando el escudo blanco con la cabeza de medusa grabada en su superficie.

 

Mientras tanto, cerca del río Ping, Daidalos tomó del cuello a una mujer con algo de dubitación, debía comprender pronto que no era realmente una mujer, sino un espíritu, aunque su cuerpo y voz dijeran lo contrario.

—M-maldito humano —rezongó Alke, impresionada ante el ataque tan veloz y súbito de ese hombre.

—Necesito que respondas algunas preguntas antes de eliminarte de la faz de esta Tierra.

 

 

 

 

--------------------------------------------------------------------

También voy a dejar aquí unos fanarts realizados por mi polola (o novia, como le dicen algunos) sobre algunos de los protagonistas de esta obra, que tienen la belleza de que, a diferencia de los que pueda hacer Kuru o yo, son realistas (la gente tiene labios, distintas narices, y ojos, don Masami), y con su propio estilo. Los adjuntaré también en el volumen 3 del fic (Sueño Azul - Saga de Pose) que debería salir...

 

 

...pronto. Algún día. En esta vida.

 

Spoiler

 

 

Espero sus comentarios y reviews, gente :D


Editado por -Felipe-, 23 julio 2016 - 22:24 .

25solfo.jpg

(by Placebo)


#485 Πραχια δε ζεō

Πραχια δε ζεō

    Miembro de honor

  • 1,326 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Femenino
Signo:
Leo

Publicado 24 julio 2016 - 06:47

Oh yeah!!!!!!! En el otro escribí post muy pronto y es que ni me molesté en pasar por aquí. (Te tengo menos fe que a Okada).

 

Qué envidia del talento de la polola (qué palabra más... fea. Me gusta, la empezaré a usar). Genial que junte a Aiomi. Son tan leendos juntos :t439:

 

A Kurumada no le pidas que encima dibuje variedad de caras. Bastante que les cambia el pelo. Con lo poco original y creativo que es creando historias como para encima pedirle eso. No, no.

 

En breves tengo vacas y te dejaré mega review de lo que he leído (sigo haciéndole boicot a Poseidón por lo que le hiciste a Odín <_< )... en debe desde un año así. 

 

http://imgur.com/a/XzphZ


Editado por Πραχια δε ζεō, 24 julio 2016 - 07:28 .

jGQGvD5.png


#486 girlandlittlebuda

girlandlittlebuda

    Souldgodiana de corazón

  • 2,250 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo

Publicado 25 julio 2016 - 00:30

Hola! De nuevo estoy por aqui comentando tu fic. Esta vez el capítulo Seiya I.
Destacó lo que me llamó la atención:
a) Sustituir la máscara de Marin por un antifaz. Lo hiciste así porque es más "cómodo" o "funcional"?
b) Tu versión del porque Seiya no conocía los doce templos y la estatua de Athena.
C) Me encantó el Seiya incrédulo, curioso y osado que mostraste. Gracias a eso pudo conocer el reloj de los doce templos (en algunos fics he visto que lo llaman Meridia), hiciste una buena descripción, aunque me hubiera gustado que ahondaras en las emociones que puede provocarle a un niño tal descubrimiento, pero se compensa con el encuentro con Aioria.
D) Esa fue la parte que más me gustó. Si bien, como santos se les exige y somete a un exhaustivo entrenamiento físico, al ser guerreros de la diosa de la justicia también se requiere de un formación ética y Aioria viene a complementarla. Esas palabras que le mencionó fueron muy significativas. Un buen cierre del capítulo.

Agrego que ya revise el capítulo en el que se hace referencia al combate de Ikki Vs Shaka (si he de ser sincera es el que más me interesaba), pero prefiero reservarme por el momento mis observaciones y continuar con la historia.

Te seguiré leyendo y hasta la próxima.

ZVUEAsd.jpg?1

 

"Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final"


#487 girlandlittlebuda

girlandlittlebuda

    Souldgodiana de corazón

  • 2,250 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo

Publicado 29 julio 2016 - 00:38

Otra vez por aquí. Dejando review del capítulo Shun I.

Comienzo con los detalles que cambiaste y que me llamaron la atención:

1) La apariencia física de algunos personajes, por ejemplo la de Daidalos y Saori (por lo de la piel bronceada).
2) Por lo que entendí, los niños fueron enviados a sus respectivos lugares de entrenamiento por elección de Mitsumada y no por sorteo como se mostró en la serie original. Con esto queda fuera lo de "ese fue su destino"?
3) Un pequeño detalle que según yo "no cuadra" (no es relevante pero creo que le quita coherencia),es el decir que los padres de Saori siempre están de viaje (es mejor decir que murieron creo).
4) Ese Seiya "altanero", pero al que le doy un poco de razón. Como se atreve alguien a decidir el futuro de unos niños para ver cumplido su sueño con todo y que este gire en torno al bienestar de la humanidad? Leyendo un post posterior veo que aclaras que hay algo detrás, para saberlo seguiré leyendo.

Sobre lo que agregaste:

1) Los personajes Leda y Caph. Me gusto la personalidad de Leda, algo terco y podría parecer envidioso; sin embargo, al parecer Shun tiene cierta admiración por él.
2) La prueba del sacrificio. Me encantó cómo la mostastre, tu descripción detallada del como actúan las cadenas.

Mención aparte Shun. Lo percibo dependiente y a la vez decidido, tiene una convicción firme del porque desea ser un Santo y está dispuesto a proteger con su vida a otros. Aparentemente no difiere del original, pero ya vere como lo plasmaste más adelante.

Son todos mis comentarios para un buen capitulo

Saludos

ZVUEAsd.jpg?1

 

"Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final"


#488 girlandlittlebuda

girlandlittlebuda

    Souldgodiana de corazón

  • 2,250 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo

Publicado 02 agosto 2016 - 17:14

Review al capítulo Aiolia I

 

Aquí solo planteare dos dudas:

 

Por que lo titulaste Aiolia I? A mi parecer Aiolia no es protagonista de esta parte, solo funge como observador.

No hubiera sido mejor que modificaras un poco el entrenamiento, convicciones y forma de pelear de Cassios si el original no te parecía coherente? Lei tu explicación posterior

 

Y solo me queda decirte que describiste muy bien el combate; sin embargo lo sentí muy "mecánico" (perdón por la palabra). Como ya te habia mencionado, me gustan las escenas que me transmiten y despiertan emociones y este no fue el caso.

 

Disculpa por las observaciones, no se si te sirvan de algo. Es más a estas alturas, con todo lo que llevas publicado tal vez ya no sean necesarias. No obstante, seguiré leyendo tu fic.

 

SALUDOS


ZVUEAsd.jpg?1

 

"Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final"


#489 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

  • 10,826 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 02 agosto 2016 - 22:08

Oh yeah!!!!!!! En el otro escribí post muy pronto y es que ni me molesté en pasar por aquí. (Te tengo menos fe que a Okada).

 

Hoooola estimada Praxia. Lo siento, he estado un poco estancado, actualmente tengo 6 capítulos en el tintero, demasiado pocos, pero trataré de reducir el periodo entre capítulos a, al menos, dos veces por mes, y así tal vez algún día llegar a los más habituales, una vez por semana.

 

Sí, la verdad es que estoy encantado de tener a una gran dibujante de pareja. Abrió un tema de sus fanarts, por cierto. Más que al gato y al bicho, son otros a los que shippea jaja

 

Cierto, mi error por pedirle cosas a Kuru, tonto de mí. Genial que se venga un super review pero... ¿qué le hice a Odín? o.O

 

 

...He estado pensando meter a Albiore como un personaje aparte a Daidalos. Solo para que sepas, aunque no es todavía seguro xD

Gracias por el review :D

 

 

 

Ahora, littlegirlbuda.

Vamos por parte:

- Lo de la máscara es porque la Ley de la Máscara la encuentro absurda, ridículamente machista e incoherente. Si Marin usa antifaz es por algo que revelaré más adelante.

- Qué bueno que te haya gustado mi Seiya, aunque sí, tienes razón en que debí ahondar más en sus emociones de niño.

- El Santuario tiene incluso una Palaestra (y una Academia aparte) para aprender más cosas que solo las del guerrero.

- Los niños fueron enviados por el destino, aunque Mitsumasa tuvo que ver ahí, pero hay un destino presente. El sorteo se dio de todas maneras, aunque en otras circunstancias.

- Se me hizo muy cliché eso de que estaban muertos. Preferí que fueran los típicos multimillonarios que siempre están de viaje, para que Saori se encariñara más con su "abuelo", pero no tanto, para cuando se revelara como Atenea.

- A Leda no lo agregué. Es quien en el doblaje se conoció como "Reda", solo que utilicé el nombre que corresponde. Caph es una que me salió bien, sí.

- Los capítulos no se titulan por el protagonista del mismo, sino el PdV, el que observa. No usé a Seiya por dos motivos:

1. No me gustan los capítulos demasiado largos, ni cuando hay dos seguidos del mismo personaje, y sabía que después venía uno de Seiya, así que utilicé a otro.

2. Aiolia es uno de los protas (secundarios) de este primer volumen. A ese grupo, en principio, pertenecen Shaina, Hyoga e Ikki también. Preferí que se viera la acción desde lo que ve el público, no lo que ve Seiya, para darle espectacularidad y otro personaje explicara lo que sucede en lugar de Pegaso en medio de la pelea.

- No hay problema, no a todos les tiene que gustar lo mismo. Como siempre digo, acepto las críticas constructivas sin problema, y me ayudan a mejorar :)

 

Muchas gracias por comentar y seguir leyendo :)

 

-----------------------------------------------------

 

Bueno, vamos con otro capítulo.

 

 

CAPÍTULO 7

 

EL RESPETO DE LO SAGRADO

 

11:05 a.m. del 9 de Junio de 2013.

Un día entero y nada había conseguido. Bueno, nada aparte de detener a dos carteristas, evitar un choque y salvar a una anciana que, saliendo del supermercado, casi se resbala en unas escaleras por la intensa lluvia de la jornada. Le habían dicho que Kyoto, y Japón en general, era seguro, y de verdad estaba sorprendido. No hubo ni un solo ataque de lagartos gigantes o coloridos guerreros de la justicia.

«Qué publicidad más falsa», pensó Rigel con una sonrisa grata para disfrazar su preocupación. Era bueno que las Dríades no se hubieran aparecido, pero también significaba que el avatar de la supuesta Eris podía o no estar en Japón, y que podía o no regresar al Santuario. Pensó tres veces en llamar a su maestro, pero al fin desistió. Había decidido viajar solo a la misión, y se quedaría con eso, aunque se ganara toda una biblia de regaños después. Y Milo lo regañaría, no había duda de ello. ¿Qué tipo de Santo va a una misión tan peligrosa por sí solo? Más cuando los de Plata eran una familia, y todo eso.

Mientras tanto, lo mejor sería esperar. Paseó por las calles de Kyoto, llenas de turistas que apreciaban la historia, los templos budistas y sintoístas, el gran lago Biwa donde se pescaban truchas y se cultivaban perlas, y las flores. Las miles de flores que adornaban todo edificio, escultura o campo que viera. Algunas brillaban gracias a las gotas de lluvia que ya había cesado, y danzaban con el viento como si modelaran frente a la gente. Siendo griego, nacido en la villa Rodrio y criándose en el Santuario, Rigel estaba instruido en el cristianismo ortodoxo y en, por supuesto, la mitología griega, extinta como religión en el resto del mundo; pero siempre le llamaron mucho la atención las religiones orientales, hallaba una suerte de misticismo interesante en el sintoísmo, y eso le llevó a subir una larga escalera de piedra hacia el torii, como le llamaban a la encantadora puerta con forma de T. Por supuesto no siguió más allá, sabía perfectamente que ese portal marcaba la línea que separaba lo mundano de lo santo, y por más que el nombre del ejército para el que trabajaba dijera otra cosa, él no era de ese tipo de hombre sagrado.

La gente le rezaba a distintos espíritus de la naturaleza, se lavaba las manos y hacía ofrendas, o eso había oído, ya que no entendía una sola palabra. Era un evento fascinante, en esas personas había deseo y esperanza, con sus palmas unidas rogaban por un buen porvenir a los kami, y limpiaban su alma de impurezas, acompañados algunos de niños, que aprendían de espiritualidad y seguían una larguísima tradición cultural. Si a un dios se le apetecía destruir todo con el supuesto de que nadaban en la mugre —como aquella persistente deidad que surgía cada dos siglos—, Rigel ya tenía una prueba para decir lo contrario.

Daijyoubu desu ka?

Una mano le tocó el brazo, y se volteó rápidamente prendiendo la más chica de las cerillas de su Cosmos, sin ninguna razón. Había estado tan enfocado en sus pensamientos que debió parecer una estatua frente al santuario, y eso aumentó sus reflejos inconscientemente por si aparecía un enemigo. Así lo habían entrenado. Y no pudo estar más equivocado.

—Ah. —No tenía nada de enemigo. Apartó el brazo de una mujer con cierta brusquedad, e inmediatamente eso llevó palabras rápidas a sus labios, con distintas variantes, aunque ninguna fue bastante clara—. Oh, ¡lo siento mucho!

Sumimasen, kowakatta? —preguntó la mujer. Tenía cabello rojo, atado en un moño elegante, rasgados ojos negros con las pestañas pintadas, más preocupados que atemorizados, y apoyó su mano esta vez en su hombro, quizás pensando que algo le había sucedido, o que lo había asustado. Era baja y delgada, y vestía con una larga camisa blanca, una falda dividida de tono escarlata, y un par de sandalias. ¡Era una sacerdotisa del templo!

Y podía no tener idea de japonés (razón de que no supiera si la mujer estaba preguntándole si lo había asustado, si estaba enfermo, ebrio, o si deseaba una gran hamburguesa), pero sí sabía qué era lo indicado decir en un momento como ese, un salvavidas para todo momento.

Nihongo wa hanasemasen. —Eso significaba que no tenía la más remota idea de lo que ella o él mismo habían dicho—. Sumimasen. —Eso era «lo siento».

Por instinto sacudió la cabeza de arriba abajo, como hacían los japoneses al disculparse, pero lo intercaló con movimientos de lado a lado para negar. Al inicio eso causó que ella retrocediera, tal vez intimidada, y luego se llevara el dorso de la mano a la boca y comenzara a reír, muy agradable, y hasta tímidamente.

—¿Hablas inglés? —inquirió esta vez; aparte de su L sonando como R tenía un inglés casi impecable, y eso fue una pista más para hacerse una idea de su edad. Debía tener unos veinticuatro o veinticinco años, pero al mismo tiempo —como descubrió en todos los demás japoneses— lucía más joven que alguien de igual edad en occidente.

—Sí, lo siento, estaba pensando demasiado —se disculpó, con la intención de extender la mano rápidamente anulada. ¿Se hacía eso allá?

—¿No pasarás al templo? —invitó con una mano cordial a un costado, muy profesional en su trabajo, siempre sonriente.

—No, lo siento.

—No tienes que disculparte —replicó la mujer—. ¿Por qué no?

—¿Por qué no subo? —Esperó a que ella asintiera—. No estoy seguro, pero creo que sería irrespetuoso con esa gente si suba con ellos, pues no soy… —Tardó en buscar cómo se decía la palabra en el idioma, uno que tuvo que aprender solo, prácticamente, o en la Palaestra; Milo no era precisamente erudito en aquel tema—. No soy sintoísta.

—Eso no tiene importancia —negó, apoyándose con la cabeza—. Todos los dioses escuchan si tenemos una petición, creamos en ellos o no.

—¿En serio?

—Claro. Nadie tiene la culpa de que no lo criaran en la religión correcta o incorrecta, así que los dioses oyen si tienes un buen corazón y haces cosas buenas por los demás.

—¿El karma?

—Sí…, aunque no usamos ese término.

—Oh, lo siento. —Y bajó la cabeza otra vez. Eso llevó a una nueva risa, y el Santo de Plata comprendió que era una buena y sabia mujer. También entendió que ese era un sitio sagrado, que nada debía mancharlo, y le pareció irónico que en el refugio sagrado de los Santos, el Santuario, se entrenara para el combate.

Después de que ella subiera a hacer sus deberes, él pasó a comprar una soda, con una marca que se decía igual en todos los idiomas. Y ahora, ¿qué iba a hacer?

La respuesta llegó una hora después, cuando buscaba un sitio para almorzar.

 

—¡Es aquí! —anunció Ampelos. Mache había hecho bien su trabajo, trajo la Última Manzana a través de sus semillas, y gracias a eso evitó un derramamiento de sangre que solo lo habría ensuciado, y alejar las miradas. Era el Dríade del Lamento, bajo y encorvado, de ojos verdes y piel amarillenta, pero muy ágil y elegante en el combate, aunque prefería evitarlos—. La señora Ate estará feliz.

Junto a sus Semillas, y la Manzana bajo la capa con la que se había disfrazado, había recorrido nueve distritos de Kyoto, en Japón, sin éxito, y habían acordado que si llegaba a mediodía y no había hallado nada, legaría la fruta a Irak, con las hijas de la Pugna. Se había pasado por un par de minutos y decidió correr el riesgo en vez de esperar, e irónicamente eso le había dado frutos.

Había una suerte de competencia entre su señora Ate con la señora Hismina y el señor Phonos, buscando el cuerpo de Madre, aunque el señor Phonos se negara a admitirlo, pero tenía cierta gracia buscar la aguja entre el pajar de humanos, esos seres efímeros que tanto tenían y perderían cuando se convirtieran en huesos. Daba lástima verlos arrastrándose en sus últimos días, pero con el cuerpo de Madre sería diferente, viviría un poco menos de lo normal. Madre nunca se quedaba más de dos o tres años, y tras ese tiempo la cáscara que habitaba se secaba como hoja de otoño. Pero bien podían ser unas semanas, como ocurrió un par de veces en tantos siglos. Madre sencillamente se aburría y regresaba al Olimpo sin que nadie la notase, y él, Ampelos, escuchaba sus planes a través de su hija favorita, la señora Ate. Mientras tanto, debía cuidar al cuerpo y llevarlo al Útero, para que Madre lo habitara.

¡Pero qué lástima que fueran tantos!

En esa ciudad había un montón de gente que reía y posaba para sus aparatos electrónicos; que comía y rezaba. ¿Cómo iba a encontrarla entre tantos humanos? ¿Debía mostrar su verdadera forma para que se aterrorizaran y dispersaran? Eso, o matarlos a todos. Solo el cuerpo de Madre saldría vivo, antes de que los señores Phonos o Hismina pidieran la Manzana. No podría negarse, debía actuar rápido.

Un hombre vendía algo al medio de la calle, pedazos de carne entre panes, y le cortó el cuello para aprender el idioma. Pensó que tal vez no fue necesario, todos los humanos gritaban igual, fueran del país que fueran.

Alzó la voz, se quitó el disfraz y dejó que sus colores naturales lo llenaran. Llevaba su Hoja (Leaf), la armadura entregada desde la era mitológica por su Madre a todas las Dríades.

—Me llamo Ampelos —se presentó primero, había que ser cortés antes que nada, así le había enseñado la señora Ate—. Si corren los descuartizaré —amenazó después, levantando la Última Manzana, el último resquicio dejado por Madre desde el cielo. Invocó algunas Semillas también, sombras tenebrosas que podían matar a cualquier humano con un rasguño—. Solo necesito a una persona, alguien que se sienta atraída a esta fruta que tengo aquí. Que venga y me iré, o empezaré a matar a los demás, así que deprisa.

Subió unas escaleras donde se agrupaba mucha gente, y cruzó un portal rojo con el brazo estirado, analizando las reacciones de las distintas personas, todas ellas paralizadas, ante la Última Manzana. Ninguno se movía, tenían miedo; así debía ser.

—¿Q-quién es…? —preguntó tartamudeando una adolescente.

—¿Tú? —interrumpió Ampelos, observándola de arriba a abajo. Ninguno de sus familiares, todos lamentablemente cobardes, hizo algo para detenerlo. Ni la niña ni la fruta reaccionaron—. No eres. Mátenla.

Una de las Semillas fue presta a adelantarse y cumplir con el mandato. La tomó de un brazo entre gimoteos y sollozos de la gente, la chica estaba muda, y la sombra alzó el otro brazo para callarla para siempre por su tonta valentía.

Sin embargo, por alguna razón, mientras seguía avanzando, Ampelos no oyó gritos ni lamentos. Eso lo alimentaba, así que le llamó mucho la atención seguir con sed, y se volteó para averiguar lo que sucedía.

Un hombre de cabello blanco, vestido con algo plateado y muy brillante, le agarró el brazo a la Semilla, que emitía humo como si se quemara. Lo rodeaba fuego azul, y sus ojos desprendían ira.

—No la toques —ordenó en griego. ¿Se les permitía a los humanos ordenar a las Dríades?

—¿Quién eres tú? —preguntó Ampelos mientras su Semilla se calcinaba y la gente ahogaba un grito. La niña se alejó corriendo a los brazos de un familiar, y las demás Semillas lo rodearon, aunque él no pareció amedrentado.

—Santo de Plata de Atenea, Orión Rigel —se presentó.

 

Rigel vio la cara aterrorizada de la gente reunida, no solía haber violencia en Japón, ni menos plantas humanoides que asesinaban sin piedad. No llegó a tiempo para salvar a un hombre que yacía con el cuello rebanado de lado a lado en la calle, pero al menos deseaba salvar a esas personas. ¿Era bueno que vieran eso? ¿No era un sitio sagrado?

—Largo de aquí, monstruo, no se permite sangre en este lugar.

—Estoy de acuerdo, detesto la sangre, ¿pero por qué debería obedecerte? —preguntó con una gran y confiada sonrisa—. ¿Acaso eres ?

—¿A qué te refieres?

El Dríade detuvo con un brazo los atisbos de ataque de sus criaturas, siluetas con ojos, y con el otro le mostró una manzana dorada, una fruta resplandeciente como un sol pequeño. ¡Eso fue lo que intentaron destruir Yuan y Georg!

—No eres tú, así que de nada me sirves. Mátenlo.

Dame! —gritó alguien entre la multitud, la primera reacción de cualquiera de ellos que no fuera llorar o marcar con poca sutileza números en sus teléfonos, supuso que de emergencia.

Era la miko, la sacerdotisa de antes, que no le quitaba los ojos de encima a la fruta, aterrada por la energía que desprendía. Con lo mucho que valoraba la bondad, parecía lógico que esa manzana le causara tanta desconfianza.

—¿Hm? —se sorprendió Ampelos, verde y con cabello amarillo, vestido con una armadura negra y rayas lima. Lucía una larga falda y una pequeña capa, ambas ondearon cuando se volteó hacia la mujer.

Kenka shinaide! —gritó. Valiente, pero demasiado ingenua. La vida no solía ser justa, no era bella. Ella no deseaba peleas en ese lugar, lo había dejado claro, así que entonces, ¿qué debía hacer?

Kimi wa? —Esta vez el monstruo apuntó con la manzana hacia la chica, y la fruta emitió un chispazo rojo que no dejó indiferente a nadie. Esbozó una sonrisa siniestra en la cara, y no se molestó en hablar en otro idioma—. ¡Je, tráiganla!

Y al terminar la última letra ya todas las sombras habían saltado. Dos de ellos la tomaron por los brazos ante sus gritos, y Rigel los apartó con sendos empujones tras un largo y veloz brinco. La gente aprovechó el momento para sembrar el caos y alejarse despavoridos, pero Ampelos los detuvo elevando su Cosmos.

—Vieron demasiado, así que llorarán hasta que crean que fue una pesadilla —dijo a la gente, aparentemente, pero tenía los ojos en él, que escudaba a la mujer mientras las demás personas se tiraban al suelo a sollozar—. Esperarán ahí hasta que regrese por ustedes.

¡Una tristeza en masa!

Rigel dedujo las traducciones pertinentes. Las Dríades nunca antes se habían avistado hasta que Nesra de Pez Austral pudo huir gracias al sacrificio de dos Santos de Plata. Eso significaba que trabajaban en silencio, buscaban el cuerpo de Eris, sembraban la discordia, alguna que otra guerra, y regresaban al letargo.

Pero ahora Ampelos, en lugar de matarlos a todos allí, decidió un método nada eficiente para borrar memorias, básicamente ignorándolos y hacer tiempo para saltar hacia él, ya se había apartado del piso mientras Rigel pensaba. ¿Por qué dejaría de lado el ser descubierto por él? ¿O acaso no era por él? Las Semillas también se acercaban a gran velocidad, sin correr o subir, sino deslizándose por las escaleras.

Rigel miró hacia atrás, a la chica que protegía y que había causado el destello de antes. ¿Acaso…? Pero siendo así, ¿debía actuar y manchar de sangre ese lugar sagrado para los japoneses? ¿No podría meter al Sumo Sacerdote en problemas políticos que nadie deseaba? ¿O lo estaba pensando demasiado?

Esquivó a Ampelos haciéndose a un costado a máxima velocidad, y tomó a la sacerdotisa en brazos mientras brincaba por encima de las sombras.

—No podemos… ¡Detente! —protestó ella.

—¿Qué? No voy a pelear.

—No es eso, ¡no es eso!

Debía huir con ella. Fuera o no el cuerpo que buscaban, era sospechosa, y la perseguirían para comprobar qué fue el destello rojo. Diez Semillas prepararon un nuevo asalto y los persiguieron brincando sobre los turistas y locales que sollozaban en el piso, y dos de las últimas, niñas muy pequeñas ambas, corrieron hacia la Miko cubiertas de lágrimas y mocos, con los brazos alzados.

Oka-sama!

Oka-san!

—¡No puede ser! —rezongó Rigel, impactado. Tras ese breve instante, tras ver a esas pequeñas acercarse a su madre entre llantos desconsolados, tras deducir que se encontrarían de frente con las siluetas, y que Ampelos ya intentaba seguirlos de nuevo, el Santo de Orión supuso que tendría que pedir perdón a todos los dioses y espíritus de Kyoto por la falta que cometería, pero estaba seguro de una cosa que le hacía arder el corazón con sus fuegos azules. «¡No se acercarán a esas niñas!».

El tiempo se detuvo mientras pasaba a sostener a la mujer solo con el brazo izquierdo, mientras con el derecho lejos de ella encendía sus Fuegos Fatuos. Calculó a quiénes tocaría a quiénes no, y los arrojó con los bríos de su corazón para calcinar a las sombras de avanzada y despedir a los de atrás directamente hacia el Dríade, que los evitó con un salto que de todas maneras lo retrasó, y volvió a atacar con la mirada perdida, los ojos parecía unidos a la chica que cargaba, estaba convencido de que era su Madre.

«Ridículo». Tal vez la conocía desde hacía poco, pero no podía ser el avatar de la diosa de la discordia. Era un error seguramente, pero no cambiaba las reglas del juego. Con ella en brazos no podría pelear cómodamente, menos mientras las niñas se sumaban al peso de su mano izquierda, saltando sobre su madre en cámara lenta, para Rigel. «No puedo pelear».

 

—¿Cuál es la principal misión de un Santo, entonces? —le preguntó Milo de Escorpión, todos los días durante cinco años. A veces cambiaba un poco el orden de las palabras, usaba sinónimos, añadía o quitaba letras, le agregaba el juramento de algún Santo histórico, o se quedaba con un escueto «¿y bien?», pero la pregunta no falló jamás al final de la jornada de entrenamiento.

La respuesta, eso sí, siempre debía ser igual.

—Proteger a Atenea, y a través de ella, la paz y seguridad de la humanidad. Solo eso importa.

—Muy bien —asintió una vez. Podía seguirle un discurso o dejarlo ahí, y un día fue el primer caso, era uno de los que mejor recordaba—. Ha habido muchos Santos a través de la historia que han fallado, se han rebelado, o se les ha olvidado esa simple misión, esa sencilla regla. Algunos modelos a seguir del combate se han sentido tan increíbles que prefirieron velar por ellos mismos antes de los demás; uno podía aducir que si se protegía a sí mismo y se hacía más fuerte, era mejor para los otros. Hubo un tarado en el siglo XVIII que se fue a beber a un bar mexicano llevando consigo a Atenea, una niña en esa época. Ni siquiera me gustaría recordar al Santo de Piscis del siglo XIII, que traicionó al Santuario a la primera oportunidad que tuvo, y por eso se lo comieron unas serpientes.

—¿Eso fue verdad?

—Eso dicen —se encogió de hombros su instructor, acariciando una roja manzana con la mano, como saboreándola con los dedos, eran su obsesión, en vez del café o los chocolates, o las pizzas como en las personas normales—. El caso es que si te haces Santo, es para llevar a cabo la misión que Atenea pidió, para eso te rompes la espalda todos los días y pones en riesgo tu vida. Si no, ¿para qué ser Santo de Atenea? Por eso digo que no seguir esa regla es ser idiota. Los Santos velan por las personas, por los seres humanos, todos por igual, sin importar qué hayan hecho o que serán en el futuro, pues Atenea tiene fe en todos ellos, cree en que alcanzarán esa bondad fundamental de nuestra raza.

—Aquí en el Santuario todos parecen regirse por esa regla… Solo me causa dudas el señor DeathM…

—¡El punto es…! —interrumpió Milo; para siempre Rigel recordaría cómo se ruborizó por tocar el tema del más peculiar de su generación, con el que se peleó a golpes frente a todo el Santuario varias veces cuando ninguno de los dos era Santo de Oro todavía.

—No olvidar la regla, ja, ja.

—No olvides la regla, Rigel —asintió su maestro—. Cuida a Atenea, tenla siempre en tu mente primero, pues eso te impulsará automáticamente a proteger a toda la gente, sea quienes sean.

 

Sea quienes sean. ¿Era la mujer que sostenía el avatar de Eris, la diosa de la discordia? ¿Estaba al tanto de ello? ¿Las niñas eran ilusiones para engañarlo? No, evidentemente, o al menos no parecía así en las lágrimas que lentamente caían por sus mejillas, comparadas con su velocidad de Plata.

Lo primero era su seguridad, nada más. Las Dríades lo seguirían si escapaba, y eso los alejaría de las personas, que aunque lloraran a mares, al menos seguirían vivas. Pero esas niñas y la mujer en sus brazos podían sufrir la muerte en caso de que algo saliera mal, como que la maldita manzana hubiera fallado, y no confiaba en la dulzura y sutileza de esas sombras. Así que debía correr. ¡Pero necesitaba tiempo! Y eso lo complicaba…

Vete —le dijo alguien. Nadie que pudiera ver, sabían en qué estaban todos ahí perfectamente, además le habían hablado a la velocidad del pensamiento.

—¿Quién…? —preguntó a su Cosmos. Había una presencia alrededor, pero esquivando a las primeras Semillas no pudo concentrarse para buscarla bien.

Vete con ellas, los detendré, y descubre qué sucede. —Era un Cosmos aliado, sin dudas, lucía de su parte… ¿Qué debía hacer?

Solo se le ocurrió una cosa, a sabiendas de lo más importante en ese preciso instante de tiempo.

—Gracias.

Para su sorpresa, el suelo se meció, arrastró a las personas del suelo hacia los lados, y se abrió desde el centro, desde las profundidades de la tierra. Dos enormes rocas curvas, cóncavas como el hocico de un monstruo o las manos de un gigante, brotaron y se cerraron alrededor de las sombras, aunque el Dríade logró esquivarlo, saltando hacia atrás. Un Cosmos impresionante brotaba desde las titánicas piedras, y solo una presencia irradiaba tal energía, aunque en la prisa por retroceder, Rigel no consiguió distinguir quién era. Había mucha gente reunida en una esquina de la calle, incluyendo una pareja de ancianos, tres niños, una mujer ciega, un tipo vestido de tenista, una empresaria, y una sacerdotisa. Todos ellos lloraban…

...Todos menos uno. Pero Rigel no tuvo tiempo de sacar conclusiones, por lo que, con las niñas en su espalda y la mujer en sus brazos, corrió envuelto en un resplandor plateado hacia el bosque de olmos, en una montaña lejana. Le pareció el mejor lugar, aunque supiera que fue una elección completamente al azar.


Editado por -Felipe-, 02 agosto 2016 - 22:08 .

25solfo.jpg

(by Placebo)


#490 Πραχια δε ζεō

Πραχια δε ζεō

    Miembro de honor

  • 1,326 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Femenino
Signo:
Leo

Publicado 04 agosto 2016 - 06:02

Este prólogo es tan genial in so many ways!!!!!!!!   :t424:  :t424:  :t424:  :t424:  Es que no puedo decir más, porque sonaría demasiado raro. 

 

Esas dos niñas... ya sé quiénes son.  :lol:

 

 

Lo de que Milo sea maestro de nadie, es raro (no creo que haya mucha deferencia de edad entre él y Rigel). Y lo de Cardinale, me mató. Al igual que el cambio de tema sobre Death...

 

 

PD: Al Dios tuerto, lo friendzoneaste bien feo.   La excusa de que esa saga es perfecta... no lo veo  :58:


jGQGvD5.png


#491 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

  • 10,826 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 16 agosto 2016 - 19:18

Cielos, pensar que había dicho que sería más recurrente. He estado un poco ocupado con los asuntos de la U.

 

Gracias por comentar, estimada Praxia. Me alegro que te guste tanto... y que supongas que sabes quiénes son esas niñas  :devil:

 

Como aclaración, en esta parte de la historia (año 2010) Rigel tiene 18 años y Milo 25, así que se llevan 7, que es bastante, en todo caso. Me alegra que notaras el detalle sobre Cardinale y DeathMask, pero... ¿qué hay sobre el guiño a Kardia? xD

 

Ah, y lo de Asgard.... yo pedí que uds votaran, rayos jaja

 

Gracias por comentar :D

 

 

--------------------------------------------------------------

CAPÍTULO 8

 

LA RAÍZ DE LA VIOLENCIA

 

22:05 p.m. del 8 de Junio de 2010; Chaing Mai, Tailandia.

Tres Santos de Plata amenazaban a Ioke y Mache, los dos Dríades que Cefeo dejó. El primero era bajo y flacucho, de mirada inquisitiva y una armadura pegada al cuerpo; poseía una manzana de oro, pero la guardaba con recelo con la mano en la espalda, usando una postura de pelea para disfrazar el sutil gesto. La otra, una Dríade manchada de sangre y postura canina, parecía hambrienta, y su plato sería la cabeza de Medusa enterrada en el escudo.

—Humanos —escupió Ioke en voz baja. Ya no parecía preocupado por la suerte de su compañera.

—¿Saben cuánta gente mataron, basura? —Capella dio un paso adelante, a la altura de Algol, con dos discos en las manos. No le importaba que alguien conociera el secreto de su técnica.

—Matamos humanos, ¿qué hay con eso?

—¡Bastardos!

—¡Vamos a tener que dejarlos! —gruñó Mache, tras recibir una inquisidora mirada de Ioke que acalló sus ansias. Dio un patadón al suelo, y las gotas de lluvia no solo acariciar la hierba, sino también sendas siluetas oscuras, guerreros oscuros que desprendían un aura de impulso, un anhelo ferviente de sobrevivir a costa de sus enemigos—. Estas son Semillas, y los acompañarán a la tumba.

En un abrir y cerrar de ojos, Ioke del Embate y Mache de la Riña dejaron de estar allí, escaparon a una velocidad increíble, abandonando a los espectros para enfrentarse a ellos, más de dos docenas de ellos perfectamente ordenados como un ejército lúgubre.

Pero a Marin de Águila, a pesar de su antifaz, no se le escapó que fueron tres los Dríades que escaparon en vez de dos.

 

—¿Por qué no me dejaste comérmelos? —rezongó Mache, saltando sobre la lluvia, evitando árboles, y subiendo y bando montes a alta velocidad, sin preocuparse de los distintos obstáculos—. Más aún, ¿por qué estamos corriendo? ¿Eh?

—Tranquila, hermana, vas a comer —respondió Ioke en un susurro, a toda prisa—. Pero no sé si será quien deseas.

—¿De qué estás hablando?

Ioke dobló el brazo hacia atrás y le dejó la Última Manzana a la Semilla que había escogido por puro azar.

—Tú, lleva esto a Ampelos o a la señora Ate. Es más importante que tu vida —afirmó, y el siervo asintió obediente, desapareciendo en una nube negra que se desvió al norte y se mezcló con las del cielo.

—No entiendo, ¿Por qué no nos vamos? ¿Por qué dejar algo tan importante en manos de…?

—Nos están siguiendo.

—¿Qué? —Mache cayó en la cuenta demasiado tarde. Eran muy rápidos esos tres, sentía su presencia breve sobre las ramas y las piedras—. ¿Vencieron a todas las Semillas? ¡Imposible! Una sola…

—Cae a la realidad, hermana, los Santos no son poca cosa, me quedó claro inmediatamente cuando uno de ellos golpeó así a Alke —reflexionó Ioke. No estaba nada a gusto con lo que ocurría—. Quizás los que están atrás de nosotros son más débiles que los monjes, y solo el que se escapó con nuestra hermana era un poco mejor, pero no debemos confiarnos.

—¿Temes por Madre?

—Siempre temo por Madre —contestó el Dríade, constantemente bajando su velocidad para que Mache se mantuviera a su lado—. Lo mejor será separarnos, hermana, de seguro dos de ellos, la mujer y el pelirrojo irán por un lado, y el moreno por el otro… Ese humano parecía superior a los demás, y ese escudo no me dio una buena espina.

—Ja, ja, ja, espina.

—Concéntrate, ya se pueden ver —dijo Ioke, mirando por el rabillo del ojo derecho—. Recuerda, debemos eliminar a todas las potenciales amenazas a Madre.

—¿Así que puedo comérmelos?

—Sí. Pero si te sigue el del escudo, no te confíes.

 

08:30 a.m. del 13 de Junio de 2010, Bagdad, Irak.

Al otro lado del río, Mozes de Ceto yacía sobre un lago rojo que brotaba del hueco que reemplazó a su ojo izquierdo reventado, y Asterion de Lebrel hacía todo lo posible por dar pelea contra ese monstruo, que a pesar de tener recibir de lleno el Bombardero Propulsor y el Gran Colmillo, seguía riendo y moviéndose con agilidad para esquivar sus ataques. Su casco estaba hecho trisas, y sacó a lucir su grasoso pelo gris.

—Ahora que aclaramos que desde el principio las Dríades tuvimos la ventaja, ¿qué crees que debería hacer? —preguntó Homados, atrapando el brazo de Asterion y torciéndolo hasta atrás. Todavía le sangraba la cabeza, pero no parecía importarle.

—¡¡Ahh!!

—Um, deleitoso —se relamió los labios el Dríade—. Bueno, ¿te mato de una vez? ¿O te hago gritar? Verás, me alimento de los gritos, y no estoy satisfecho aun.

—¿S-satisfecho? ¿De verdad comes gritos, bastardo? —Lo intentó otra vez con el Gran Colmillo, pero Homados lo desvió con su dedo, convertido en espina.

—Por supuesto, ha sido así desde la era del mito. No te imaginas qué festín me di durante el Holocausto.

—¡Hijo de…! ¡¡¡Ahhhhh!!! —Esta vez una púa, salida de la boca de Homados tal como hizo antes contra Mozes, se clavó en su estómago, lo que manchó de rojo sus pantalones.

No pudo prever ese ataque. No podía prever nada con el oído interno tan dañado como estaba por los alaridos de ese monstruo.

—Eso, eso, tal vez sea mejor no matarte todavía, tienes gritos deliciosos, con sabor a lo que sería para ustedes una lasaña, quizás.

El Sabueso cayó de rodillas, preguntándose si podría llamar a su Manto desde allí, pero no era capaz de concentrarse. Si solo tuviera algo de tiempo sería capaz de contraatacar, pero los ataques espinosos de la criatura se hicieron incesantes, y ya había tantas enredaderas alrededor que ni siquiera la gente se acercaba a esa plaza, ya demasiado ocupados con las explosiones por allí y por allá, así que tampoco tendría distracción alguna. No sabía qué hacer.

—M-m*erda…

—Ya se, será una muerte lenta. —Homados conjuró un sinfín de púas verdes y filosas, que danzaron y se entrelazaron entre sí hasta formar una gran enredadera, cuyo centro fue Asterion. Las puntas se apoyaron en su piel antes de que se diera cuenta, y supo que cualquier movimiento en falso sería fatal. Aunque… eso pasaría se moviera o no, ¿verdad?—. Lo harán poco a poco, y tus gritos serán mi desayuno. Cuando alguna te atraviese la garganta, entonces acabaré contigo con mi aullido, ¿te parece, perro de Atenea?

—Ugh… —Se detuvo cuando trató de tragar saliva. Una espina tocaba con suavidad su garganta.

—Eso pensé. ¡Empecemos!

¡Estrella de Fuego! (Photias Ásteri)

Ah, le encantaba esa técnica, aunque se había olvidado de que quien la usaba los estaba acompañando, y era el líder de la misión, además. La Estrella de Fuego era una lluvia de meteoritos que Babel de Centauro creaba con la fricción de su Cosmos con varias partículas de aire que manipulaba y lanzaba sobre varios oponentes, que en este caso fueron las ramas, que se quemaron a tiempo, llenando más de humo las calles de Bagdad de lo que ya estaban.

—¿Qué? ¡Imposible! Mis espinas no pueden quemarse así —clamó el Dríade.

—Lamento la demora, Sabueso —se excusó Babel, caminando entre flamas de oro y sangre, portando la armadura del Centauro, plateada con bordes rojos, con un rostro de absoluta seriedad, como era su costumbre, a paso firme—. Sería bueno que aprovecharas de descansar, me haré cargo hasta donde pueda.

Cuando Asterion se preguntó por qué no se estaba quemando junto con las ramas a pesar de estar tan cerca de él, notó que ya no tocaban su piel. Portaba ya la gran armadura de Lebreles, destellante con sus adornos de triángulos invertidos y su capa ignífuga.

—No pareces ser de los que chillan —rezongó el miserable, abriendo la boca más allá de límites humanos, su mandíbula inferior quedó a la altura de su pecho, pero su voz seguía intacta—. No me gusta… ese tipo de PERSON…

Nuevamente no pudo oír las últimas letras, pero no tanto por la potencia del grito, sino porque lo escuchó de lejos. El Tornado de Fuego de Babel elevó al Dríade a las alturas tras un rápido gancho derecho.

—No volverán a burlarse de nosotros así —musitó el Centauro, todavía algo avergonzado por su reacción antes. Sus recuerdos demasiado dolorosos en aquellas mismas tierras de medio oriente.

 

Chiang Mai, Tailandia.

La Dríade de la Riña se detuvo en un valle desolado, muy lejos del río y de la civilización. Al voltearse esbozó una mueca de disgusto y confusión, no esperaba la situación que veía, y su hambre se apagó por un instante.

—¿Qué? ¿Tú?

—¿Algún problema? —inquirió Marin, a sabiendas perfectamente del motivo de la incertidumbre de la mujer, que por puro instinto comenzó a conjurar raíces de espinos desde el fondo de la tierra.

—Pensé que sería el del escudo, deseaba comérmelo.

—Con él o conmigo el resultado sería el mismo. —El Águila de Plata miró en todas direcciones para cerciorarse de que estaban solos, y que sus compañeros luchaban lejos. Listo eso, hizo hervir su Cosmos.

 

Bagdad, Irak.

—B-Babel, ¿estás…? —balbuceó el Sabueso, poniéndose de pie mientras el Dríade se elevaba, llevado por el Tornado de Fuego.

—Estoy bien. Estas criaturas no encontraron el avatar aquí —añadió como era su costumbre, como si nada hubiese pasado, siempre tratando de poner el deber por sobre cualquier discusión vana—. Están destruyendo todo porque lo disfrutan.

—Ser testigos del caos, solo desear ver la calamidad —enumeró Asterion con la mirada arriba. El monstruo pronto arribaría—. Es cada vez más obvio que es Eris a quien buscamos.

—Tal vez —asintió el Centauro. Una enorme raíz filosa salida de la boca del demonio casi los perfora, pero lo esquivaron a tiempo, y él no cambió un ápice la expresión al hacerlo—. Había más Semillas en los alrededores, derribaron árboles, hicieron temblar casas, generaron disputas, todo con sutileza de asesino profesional, para que no se note que están aquí. Cualquier Santo de Bronce podría con diez de ellos al mismo tiempo con facilidad.

—Los interrogaste.

—No hablan, pero pueden asentir o negar ante la tortura ígnea. Aquellos que enfrentamos no son los complicados.

—Ja, ja, ja, no hay para qué esconder eso, Santos —dijo Homados del Grito de Guerra, aterrizando al fin al campo de batalla, la plaza que se llenó poco a poco de nuevas enredaderas. Entre cada palabra que pronunciaba parecía burlarse de ellos sacando larga la lengua—. Somos semillas de la señora Hismina, una de las nueve grandes Dríades, las Hamadríades. Contra cualquiera de ellas son prácticamente un séquito de moscas, nos dan vida y les servimos por la eternidad para que puedan permanecer con Madre, y por eso es que… ¡¡¡Ahhhh!!! ¡Mi leng…! ¡Ah!

—¿A qué saben tus gritos, demonio? —inquirió Babel con frialdad, aunque sus manos ardían tras calcinar la lengua del hablador. Estaba enfadado, antes había sido avergonzado públicamente por sus recuerdos de guerra, y no podía permitirse más debilidad—. Ya entendimos, las destruiremos a ellas también.

—¿N-no lo entiendes? —intentó hacerse entender Homados, con las manos en la boca rostizada—. No podemos morir, somos parte de este mundo, ni el gran Zeus ha podido oponerse ante los deseos de Madre. ¡Ja, ja, damos equilibrio a las… ahhh! —chilló otra vez, cuando una segunda serie de Estrellas de Fuego atravesó sus guantes y se deslizaron por su garganta.

Eran prácticamente árboles, y el fuego su gran debilidad. Babel tenía todas las ventajas, pensó Asterion con una sonrisa culpable.

—Se confiaron antes, y no llevaban armadura —dijo el Centauro, mirando el charco escarlata sobre el que estaba recostado el ahora tuerto Mozes—. Imaginaré que cambiarán las cosas.

—¿A dónde vas?

—A ayudar a Orphée. Ustedes podrán con éste, en realidad no son mejores que un Santo de Plata —aseguró Babel, ya alejándose hacia el norte, dándose todos los aires de liderazgo para esconder su vergüenza.

—Pero ganaremos.

—Él y-ya se fue… —musitó Homados, con la Hoja levemente chamuscada, como si tuviera pedazos de carbón incrustados—. Estás débil, y sin fuego no tienes cómo ganar, je, je, je, cof, cof, cof.

—No me dejaste terminar, basura —cortó Asterion. Sonrió, arqueó el cuello y el filoso sable de madera que Homados había deslizado bajo tierra para que atacara por detrás pasó de largo y casi le arranca un ojo al propio Dríade—. Ganaremos porque debemos ganar. ¡Por nuestros hermanos caídos!

Era bueno que ya pudiera leer limpiamente las ondas mentales del demonio, pero todavía quedaba comprobar la otra parte. ¿Podía quemar Cosmos o estaba ya demasiado agotado?

—¿¡Q-qué es esa energía!?

Un sonoro chispazo y una llama amarilla que se amplificó un metro lejos de su cuerpo le dio la respuesta que necesitaba. Con un Gran Colmillo desvió la atención del demonio al suelo, durante la mitad de un segundo, que fue todo lo que necesitó para multiplicarse y rodearlo, aunque se mantuviera siempre en la misma ubicación. Muchos años atrás había descubierto que el enemigo siempre lo buscaría entre todas las copias, menos en el original.

—¡Vibra, Cosmos! Recibirás la ira de un Millón de Fantasmas.

El truco era encauzar una hilera de dardos de energía en todos los sitios en que reposara uno de sus clones, y luego arrojarlos dando la impresión de que eran igualmente fuertes. La idea era que burlara los suficientes hasta que su equilibrio se rompiera o se detuviera en un punto ciego, y allí rematarlo con el verdadero ataque.

Entre cada sorteo, Homados lanzaba un aullido inmisericorde para romper las ilusiones, pero que se quedaba corto ante los estallidos de sus propios rayos de energía, despedidos por imágenes de Lebreles. Después de todo, un Santo de Plata con su Cosmos ardiendo y su determinación inquebrantable era capaz de superar el sonido, viniera este de un humano o un espíritu demoniaco.

 

Chiang Mai, Tailandia.

Al otro lado del valle, cruzando un sendero de diversos riachuelos al borde del desborde, el pequeño y letal Dríade del Embate se encontró en otro santuario de oración budista, con una stupa más pequeña y adornado con estatuas de elefantes de marfil. Frente a él llegaron raudos los otros dos Santos de Plata.

—Rayos, terminemos pronto con esto para ayudar al Águila —dijo Capella, sacando tres discos de su cinturón, hablando con su compañero, pero con los ojos en el demonio.

—Yo debí ir, no ella, no sé si podrá sola.

—¿Por qué no fuiste?

—Se me adelantó al doblar —se excusó Algol—; estoy seguro de que viró al mismo tiempo que este sujeto, me aventajó por una centésima de segundo.

—¿Al mismo tiempo? Imposible, ni siquiera para una…

—¿Ya dejaron de hablar? —interrumpió Ioke, impaciente—. Les cortaré la cabeza rápidamente.

De sus pies salían feroces raíces que se extendieron por todo el campo de batalla, pero ninguno de los dos Santos se sintió amedrentado. Conocían con toda claridad el rol de cada uno, tras tanto tiempo haciendo equipo en el Santuario.

De acuerdo, empieza.

—Sí, sí, ya lo sé —respondió Capella en voz alta en vez de telepáticamente, como era su costumbre. Se adelantó un paso y esperó un segundo el movimiento del enemigo con los brazos extendidos, portando los discos. Avanzó dos pasos e hizo la pausa, pero Ioke seguía inmóvil. Luego se acercó diez pasos y cortó el aire.

Ninguno de los dos había esperado lo que ocurrió, ni vieron cuándo ni cómo el escurridizo Dríade evitó el ataque horizontal, se escabulló, y le rompió los dedos de la mano derecha al Santo de Cochero, sacándole un quejido gutural.

Ioke siguió avanzando como si nada hubiera pasado, y éste sin perder tiempo hizo uso de la Cabeza Demoníaca de la Gorgona, que mezclaba ilusiones de serpientes con una patada estrepitosa, llena de su Cosmos, pero lo que percibió fue un rápido golpe en el estómago y tres rasguños en la cara, y solo lo supo por los efectos, jamás vio el ataque.

—Ju, serpientes, qué tontería —musitó con voz chillona.

«Es muy veloz», comprendieron ambos. Capella, girándose, arrojó sus Discos Cortantes, decenas de ellos, pero Ioke esquivó cada uno con una facilidad pasmosa, sorteando los misiles, convertido prácticamente en una sombra que se movía y saltaba de un lado a otro.

—¡No puede ser! —Capella aumentó la velocidad, los discos eran infinitos si su Cosmos estaba vivo, pero sin importar el número, el espíritu los esquivaba.

—No pierdas el foco, Capella, ¡vamos!

—Ju, tal vez no sean tanto peligro para Madre, pero de todas formas…

Tras esquivar todo lo que le dieron, golpeó cientos de veces a ambos Santos de Plata, que cada vez que veían el resultado de un impacto recibían uno contrario al otro lado del cuerpo, o a su compañero. Era excesivamente rápido e inmisericorde. Les quebró todos los dedos de las manos en un abrir y cerrar de ojos, y les atinó tantas veces que sus armaduras se trisaron.

—¡Maldita sea! —El plan de Algol era que Capella provocara a Ioke a atacar, y que golpeara el escudo para producir su efecto, pero si lo había hecho no lo había notado, lo que no despertaría a Medusa.

Ambos utilizaron sus técnicas especiales, la Cabeza Demoníaca, aunque con la variante de usar miles de patadas en lugar de serpientes —las ilusiones claramente no eran un recurso útil contra los espíritus, al menos ese—, y Capella el Carruaje Fugaz (Shooting Carriage), que lo convertía en un bólido de fuego amarillo con el que intentó aplastar a su contrincante mientras disparaba sus Discos, pero ninguna de sus técnicas funcionó, y los estaba agotando a pesar de no llevar ni un minuto de pelea. De un momento a otro, el Dríade estaba de pie sobre el stupa, Algol era atropellado por el Carruaje, o un Disco le cortaba una púa de su hombrera, y Capella era golpeado por un rayo de energía violeta proyectado por alguna de sus patadas que le rompía la armadura a cuajos. Y antes de que transcurriera el segundo, la escena se retomaba tal como antes.

Era como enhebrar un hilo fino en el ojal de una aguja mientras se trata de pinchar una mosca al mismo tiempo. Pero si era así de veloz, tanto que escapaba a la lógica humana… debía ser frágil por otro lado. De hecho, si bien sus golpes eran molestos y les hacían crujir los huesos, requería muchos de ellos para un efecto, y con tanto bien pudo haberlos asesinado con los primeros segundos. ¿Por qué no les había arrancado la cabeza como al monje?

«Por nuestras armaduras», entendió Algol. Los maravillosos Mantos creados por Atenea en la era mitológica que protegían a los guardianes de la paz, como Yuan y Georg, sus hermanos de guerra con los que tanto tiempo había pasado. Era por ellos por quienes luchaba también, por su descanso, ¡por su venganza!

Si llegaba a utilizar el hechizo de Medusa sería el fin, tener un arma así tenía un costo, pero las consecuencias eran maravillosas, especialmente cuando el rival era un espíritu milenario sin contacto con las costumbres humanas y la historia cultural más que para alimentarse de sus demencias.

Capella también lo entendió, y supieron exactamente lo que debían hacer. No había tiempo para quejas o protestas ante la oportunidad de la victoria. Claro que antes de ello, Ioke comenzó a aburrirse.

—Ya deben estar todos con la señora Ate —suspiró para sus adentros con la mano manchada de sangre, el arma con el que les golpeaba, aparentemente—. No es necesario demorar más esto.

—¡Algol!

—¡Ah! —tosió el Santo de Perseo gran parte de la caudalosa sangre que ya había acumulado en su boca cuando el Dríade le perforó el vientre. Fue limpio y excesivamente rápido, tocando sus órganos internos, pero no lo suficiente gracias a sus músculos abdominales, los que entrenó intensamente junto al Santo de Cruz del Sur. Por ahora debía desfallecer—. Capella, t-tu turno…

—¡Que gire mi Cosmos! —El Santo de Cochero dio un brinco con su aura en llamas, sin apagarse ante la lluvia, rompiendo los pocos cristales del templo y estremeciendo los árboles. Arrojó una centena de Discos, pero Ioke pasó a través de ellos sin problemas.

En ese momento solo quedaba la opción de defenderse, pero debía ser un método peculiar para ello. Levantó el brazo izquierdo y sujetó el codo con el diestro, y así se dedicó a bloquear solo los embates letales, pues los otros le perforaron los muslos y las rodillas. Con una de ellas se apartó del enemigo y bajó al suelo para dar tiempo a su compañero de recuperarse y concentrar su Cosmos. No iba a admitirlo abiertamente, pero él era superior, su técnica lo hacía tal vez el más peligroso entre los hermanos de Plata.

En ese estado de reflexión, Algol cayó en cuenta de las espinas que había por todo el campo de batalla, y empezó a armar el rompecabezas. Incluso en ese instante recibía impactos sutiles de parte de las ramas, que solo se sentían peor por culpa de la propia presión del Cosmos de Ioke, que además con sus golpes daba la impresión de que los embates se multiplicaban.

Cayó de rodillas, pero no disminuyó su Cosmos, y tampoco el de Capella. El Santo de Cochero reunió, sin que el Dríade lo notara, una gran porción de su aura muy especial en un solo platillo que arrojó directamente al cuello del espíritu, pero que éste evitó sin ningún problema. Por el contrario, se rio al convertir su brazo en una ametralladora de golpes incesantes que el brazo izquierdo de Auriga detuvo con cada vez más dificultades.

—Ju, qué forma de desperdiciar energía.

—¿De quién te vienes a reír, pu.to enano?

—Probablemente de tu cabeza, cuando la tenga en mi mano —alzó la voz el espíritu del Embate en la guerra, por primera vez, y sus ojos pequeños se abrieron con intensidad y sed de sangre. Le habían dado batalla, pero ya era hora del final, y amaba los finales.

—¡Algol…! ¿Ya…?

—¿Qué? ¿Hablas del escudo? Me sorprendería que consiguiese algo, incluso si pudiese convertirme en piedra como la leyenda, me desharía del hechizo en una breve porción de segundo.

—¿Lo sabe?

—Yo conocí a Medusa, ¡tonto humano!

Pero eso no cambiaba los planes. ¡Todo lo contrario! Como habían planeado sin decirse palabra, solo por la experiencia, al primer pestañeo largo de Algol, Auriga bajó la guardia un poco más al lado derecho, lo que por supuesto aprovechó Ioke con una patada velocísima y una buena ración de los misiles verdes, en el sector del hígado, cuyos daños casi hacen a Capella desmayarse del dolor.

 

Bagdad, Irak.

En cinco segundos Homados esquivó trescientos ocho rayos de energía de Fantasmas, y Asterion hizo lo propio contra ochenta espinas perforadoras. Al final, el demonio trastabilló y el Sabueso conectó un golpe en su cintura, otro dirigido a su hombro fue bloqueado, y el tercero, el que pertenecía al real y nunca había fallado, cumplió su cometido e hizo uso de gran parte de su Cosmos para despedirlo hacia arriba con un impacto en la barbilla que dejó una estela como media luna, verde tal cual hojas de sauce, y trizó su armadura. Ahora solo quedaba esperar.

Asterion cayó de rodillas, agotado, y las heridas de sus oídos se abrieron por la presión. Arriba, el espíritu descendió con la boca abierta, dejando el aire cubierto por una nube de sangre, listo para su mejor alarido al captar la única de las imágenes que dejaba sombra, su gran debilidad. Lo atravesaría con su lengua para terminar el trabajo mientras lo estremecía con las ondas de sonido.

Pero por supuesto, a diferencia de Homados y Alala, que se separaron sin importarles preocuparse uno de otro ante enemigos que subestimaron demasiado, él tenía ciega confianza en sus hermanos, en especial en el compañero de tantas luchas.

—¡Cetus! —llamó a brava voz a su Manto.

Le importaba un rábano quedar tuerto, era una cicatriz más de una colección que le encantaba, razón de que nunca visitara la Fuente a cargo de la Santo de Ave del Paraíso. Solo tuvo un problema por desangrarse, pero poco importaba ya. Mozes de Ceto pegó un grandioso brinco con su Cosmos concentrado en la mano derecha, y Homados tardó en captarlo. Solo atinó a chillar antes de tiempo, pero el Cetus se ocultó detrás de su escudo, y si antes quien estuvo indefenso fue Asterion, ese título acababa de pasar al atacante, que ahora sería víctima.

Y el Dríade del Grito de Guerra no pudo gritar cuando el Bombardero Propulsor pasó a través de su cráneo y lo partió en dos, convirtiéndolo en litros de repulsiva sangre verde que lo bañaron y minúsculas partículas negras que rápidamente se llevó el viento y se mezcló con el humo de los incendios que al fin se apagaban.

 

Chiang Mai, Tailandia.

—¡M-m*erdaaa! —maldijo el Santo de Cochero, girando hacia la derecha y atrás por el impacto, perseguido por el Dríade para rematarlo ahora que estaba sin guardia alguna.

—Tu postura fue pésima durante toda la pelea, dejaste descubierto el lado derecho —dijo Ioke, hundiéndose en sus palabras.

—¡No puedo ver esto! —protestó Algol. ¿Siquiera estaba en el plan decir una burrada así? Bueno, luego tendría tiempo Capella de burlarse, pues esa tontería era el movimiento improvisado para salvarle la vida y llevar a cabo el plan.

Fue en ese momento cuando ejecutó el movimiento más rápido de toda su vida, tanto que ni él mismo lo percibió. También fue cuando Algol cerró los ojos, de rodillas como si se rindiera, y cuando el sadismo evidente en los ojos del Dríade se manifestó en sus actos. En vez de rematarlo, tomó a Capella por las axilas, lo dobló y después de unos cuantos giros lo hizo estrellar de rodillas también, frente a Algol, mientras él se ubicaba detrás, de pie.

Así estaban las cosas. Algol de Perseo y Capella de Cochero frente a frente uno de otro, convertidos en salpicaderos de sangre, mientras el Dríade ponía el filo de un rosal a la altura del cuello del segundo, listo para rebanarle el pescuezo ante la mirada atónita de Algol, que obviamente debió abrir los ojos otra vez, para que todo calzara y funcionara bien.

—Veo que es un amigo preciado —sonrió el Dríade, con entusiasmo en los ojos, casi lo único humano que se veía tras esa armadura de cuerpo completo—. Te haré el favor de que seas lo último que vea.

—¿Qué? ¿Te crees un dios para ir concediendo tonterías?

—Soy algo similar, sí, también existo desde la era mitológica.

—¿Sí? Bueno, todo tiene un final también.

Y ambos Santos de Plata sonrieron cuando oyeron los dos silbidos a través del viento que esperaron por largo rato. Ioke abrió los ojos con horror cuando notó el cambio en el aire detrás de su cabeza.

«Ese movimiento rápido cuando le golpee el costado… ¿Lanzó un Disco en forma de búmeran en ese momento?», comprendió Ioke cuando el afilado platillo ya estaba a centímetros de su nuca. Pero eran humanos, no debían subestimarlo así.

Por eso, con su mejor sonrisa, agachó la cabeza a su máxima velocidad para que el Disco Cortante pasara de largo, y eso le indicó que el triunfo era suyo, pero fue buena batalla para calentar tras tantos años, de todos modos, pensó. Su poder se mantenía intacto desde la era mitológica.

—No cantes victoria —susurró Capella, también sonriente, muy cerca de su oído, pues estaba inclinado sobre su hombro. Las cosas saldrían a favor del Dríade del Embate si no fuera porque los Santos de Plata eran hermanos que se conocían a la perfección.

Cuando levantó la cabeza se encontró de golpe con la mirada perversa y de piedra de Medusa, sus ojos resplandeciendo de azul. Necesitaba un golpe poderoso para despertar su hechizo sobre los atacantes, y ese Disco, que tomó una parábola precisa para caer en picada sobre la nuca de Ioke, y en inclinación hacia el escudo, fue el golpe indicado.

El espíritu se convirtió en piedra mientras Capella cerraba los ojos. Sufriría algún efecto por tener la tontería llamada «retina», pero Algol lo curaría después. El problema, por supuesto, era que no había terminado de pensar la palabra «Algol» cuando la piedra empezó a deshacerse y el ente diabólico que se alimentaba de los pecados humanos se hizo paso nuevamente a la lluvia.

—Terminemos el trabajo —sentenció Algol, haciéndose rápidamente a un lado para que el segundo ataque pasara con limpieza, confiaba ciegamente en que llegaría con precisión, y el silbido que acarició sus cabellos se lo confirmó.

El primer Disco de Capella, el que había arrojado con todo su Cosmos y el Dríade había evitado, debía tardar en regresar, pero su trayectoria de llegada se la había indicado a Algol cuando lo golpeó —sin querer— con su Carruaje Fugaz. Solo bastó una patadita a una piedra para marcar el sitio donde Perseo debía recibir un impacto doloroso y caer de rodillas. Ese fue el misil que le cortó la cabeza a Ioke y la arrojó al viento, lo más lejos posible del templo.


Editado por -Felipe-, 16 agosto 2016 - 19:19 .

25solfo.jpg

(by Placebo)


#492 Πραχια δε ζεō

Πραχια δε ζεō

    Miembro de honor

  • 1,326 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Femenino
Signo:
Leo

Publicado 17 agosto 2016 - 13:14

Wiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii    :t602:


jGQGvD5.png


#493 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

  • 10,826 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 28 agosto 2016 - 12:48

Yeaaaahhhh!!!!

 

 

CAPÍTULO 9

 

EL PESO DE LA MEMORIA

 

—¿Estás segura? Son muchas —le dijo una vez, cuando ya no solo era verse en la ciudad y comer algo. Cuando empezaban algo más.

—Son solo piedras, Orphée —replicó ella con una risita dulce. Su cabello, de tonos amarillos platinados, se mecía desde la copa a la cintura. Era baja, pero eso le agradaba, pues al abrazarlo escuchaba los latidos de su corazón. Tenía una naricita puntiaguda, labios finos y ojos oscuros, nublados por larguísimas pestañas.

—¿No tendrás problemas en casa, Eurídice?

—Quizás, pero no podrán decir nada, ya están bastante ocupados odiándote, ¿no crees?… ¡Y deja de llamarme así, me estás poniendo una gran bandera mortal en la cabeza, ja, ja!

—Lo siento, Alexandra —se disculpó él, sin culpa en realidad, dejando las joyas con un sutil y veloz movimiento de muñeca entre los juguetes de un jardín de niños, tras dejar una carta para los funcionarios indicando que hicieran con ellas lo que deseasen—. Pero culpa a quien me llamó Orphée. Mientras me claves esos ojos, serás mi Eurídice.

 

08:30 a.m. del 8 de Junio de 2010; Bagdad, Irak.

Salió de los escombros, pero a dos cuadras del edificio. Bajo su cuerpo yacía la mujer que amaba, y alrededor otras ocho personas a las que pudo rescatar. Todos estaban inconscientes, con profusas magulladuras y los ternos y vestidos dañados. Sentía un molesto e incesante pitido en los oídos, todo le daba vueltas, pero eso no era impedimento para que rastreara el Cosmos del enemigo que falló en detener.

Alala del Llanto de Guerra. Si se apresuraba, tal vez podría encontrarla en los alrededores, o al menos a Ali Hassan Al-Mayid, más conocido como el Químico Ali, si es que no había terminado entre los escombros también. Pero tampoco podía abandonar a Alexandra allí, ni a esa gente. El vestido azul de su amada permanecía rasgado y ensombrecido por motas rojas, y sus joyas de plata estaban repartidas por la calle, que entonaba el sonido de las sirenas acercándose. No estaba en riesgo de muerte, pero si la dejaba allí…

Una mano delicada se posó en su mano y la aferró con poca fuerza. Su piel normalmente pálida estaba machada de barro; de los pocos anillos que conservaba tras regalar sus joyas, solo permanecía en sus dedos aquel con el sello de su familia, un par de hombres fornidos portando masas, apoyados en el escudo.

—¡Alexandra!

—V-vete, Orphée… encuentra a-al que hizo… e-esto… —musitó con poca facilidad, con la cara ensombrecida por las nubes negras del humo.

—Pero no puedo…

—¡Ve, Orphée! —interrumpió la princesa de la casa real—. C-cumple con tu deber… como Santo de Atenea.

—No sé a qué se refiere la señorita, pero yo la cuidaré —anunció un hombre herido de la frente, con acento alemán y un porte magnífico. Parecía que no todos habían caído inconscientes, al final. No era tan peligroso—. Haga lo que deba hacer.

—Gracias, señor Von Kampf —dijo la chica, sujetándose de su hombro—. Ve, Orphée. Estaré bien.

—Mi Eurídice… Está bien. Volveré.

—Lo sé. Siempre vuelves por mí.

Y siempre sería así, pensó mientras la dejaba con el gobernador Ludwig Von Kapf. Por ella, por la mujer única, la sola persona que pudo sembrar una pizca de duda en sus votos. No importaba si su familia, avergonzada, la encerraba en una torre como en los cuentos de hadas, la metían en un convento como amenazaron hacer, o si la mismísima muerte se interponía. Con la sola excepción de Alexandra decidiendo que se apartaran, siempre iría y volvería por ella.

Y justo en ese momento, cuando constató que la ambulancia había arribado y dejó de pensar, Orphée descubrió el aura de Alala, alejándose a toda velocidad por una pendiente al sur, en un camino opuesto al Tigris, convertida en rocío igual que sus Semillas, y oculta en la humareda.

“No puedes hacer nada”, le susurró antes de escapársele. Orphée demostraría que no podía estar más equivocada.

 

22:05 p.m. del 8 de Junio de 2010; Chiang Mai, Tailandia.

—M-maldito humano —insultó, sentada en el suelo.

—Necesito que respondas algunas preguntas antes de eliminarte de la faz de esta Tierra —dijo Daidalos, Santo de Plata de Cefeo.

Alke estaba disgustada y bastante confundida. ¿Cómo era posible que un humano le diera un golpe así de fuerte y sorpresivo para arrojarla volando tan lejos de sus hermanos? Estaban en medio de un gran bosque, bajo la lluvia, apartados de toda humanidad. Los únicos seres vivos aparte de ellos eran un par de aves blancas que revoloteaban entre las ramas.

—¿En serio piensas que podrás interrogarme? ¿A ?

—Me gustaría saber quién eres realmente, qué haces aquí, para quién trabajas, quién es Madre, y cuál es su misión —dijo Daidalos, haciendo caso omiso. Su rostro era severo a pesar de su juventud, y claramente tenía confianza en sí mismo, pues se había apartado para estar a solas con ella.

—¿Por qué crees que respondería a todo eso?

—Imagino que tendré que sacarte la información a la fuerza.

—Tu orgullo será tu perdición, ja, ja —rio la mujer, poniéndose de pie con algo de dificultad por la energía que le habían arrebatado los Elefantes Blancos de antes, proyectando una sombra turbadora sobre él—. Te responderé solo si me vas sorprendiendo, pero recuerda esto: entre cinco monjes fueron incapaces de hacerme sudar, ¿y tú decides venir solo? ¡Qué arrogante humano! —La mujer le sacaba más de medio cuerpo de altura, ¡y eso que era uno de los más altos del Santuario!

Aunque por supuesto eso no tenía importancia. Se había cansado de entrenar con Mozes y Algheti desde que eran niños.

—Te traje aquí para que nadie pueda escuchar tus gritos.

—Uhhh, qué rudo, ja, ja. Miles de años alimentándome de la brutalidad de la humanidad, pero jamás he sentido dolor. ¿¡Y tú vas a hacérmelo sentir a mí, Alke de la Brutalidad!?

La Dríade encendió su Cosmos y su Hoja liberó resplandores tan rojos como su cabello, que se erizó como el de una bestia. Los árboles se mecieron, se soltaron y elevaron algunas piedras de la hierba, el piso tembló, y hasta dio la impresión de que la lluvia se negaba a tocarla, se deslizaba a sus lados para no ser tocada por el aura explosiva de la mujer, que aulló antes de atacarlo con una velocidad que nada tenía que ver con su gran tamaño. Su puño rebosaba agresividad, calor y confianza, lo que llevó a Daidalos a decidir que definitivamente no podría bloquear el embate.

A duras penas consiguió hacerse a un lado sin ser tocado, pero el mismo aire producido lo arrastró diez metros hasta que topó con un tronco de pino, mientras otro era convertido en pequeñas astillas por el impresionante puñetazo.

Alke lo miró complacida. Se quitó los pedazos de madera con un manotazo, y retomó el asalto, esta vez con una velocidad mayor.

—Esquivaste una porción de mi poder, ¡buen comienzo!

«¿Trata de hacerme notar que es tan veloz que su masa no tiene importancia? Es como una bala de cañón».

Daidalos esquivó el ataque nuevamente subiendo a la copa del árbol, donde contempló la noche nublada unos instantes para olvidar los destellos escarlata que despedía la mujer. Escuchó un crujido ronco abajo, una décima de segundo después se encontró con la Dríade, que había derribado el árbol al subir corriendo por el mismo, aunque éste apenas había empezado su caída cuando lo tomó de un brazo y lo arrojó con la fuerza de un titán hacia una pequeña colina más al sur.

El Santo de Cefeo hizo una voltereta veloz y logró aterrizar con los pies en la tierra para contraatacar con un brinco. No importaba qué tan fuerte y veloz fuera la mujer, no podía volar, por lo que durante ese instante estaría atrapada por la fuerza de gravedad, por más que sonriera como si pudiera defenderse de cualquier cosa.

—Ja, ja, vamos, ¡pelea!

«No es una mujer», se recordó Daidalos. La regla decía que los hombres no debían golpear a las mujeres sin importar quiénes o como fueran, lo que se explicaba por motivos sociales, culturales y físicos. Pero su oponente no estaba regida por las leyes de los seres humanos, no tenía la supuesta delicadeza que las caracterizaba en los juicios, ni era más débil físicamente que un hombre. De hecho, era lo contrario.

Enfocó su Cosmos en sus manos, creó una suerte de esfera irregular de color rojo que liberaba pequeñas ascuas entre ellas, y la aplastó con un palmeo para conjurar un cuchillo pequeño, la Espada Real (Rigas Xífos), que podía ser lanzada a larga distancia para estallar al contacto.

Girando sobre su eje pudo disparar diversos cuchillazos con las palmas de las manos unidas, los brazos en vertical, que impactaron sobre Alke, sin que opusiera resistencia alguna. Fue lanzada entre los árboles, y la lluvia ayudó a camuflarla, por lo que Daidalos tuvo que perseguirla.

 

Bagdad, Irak.

La Caja de Pandora volaba inserta en un bólido de fuego, arrojado desde más allá del Tigris, donde sus compañeros luchaban contra el Grito de Guerra. Orphée comprendió que Babel había regresado a la batalla, y como buen líder, se ocupó de que sus colegas tuvieran acceso a su mejor estado en el combate, tras sacar las Cajas de bajo los escombros de la cafetería.

Algunas Semillas, al verlo correr detrás de ellas por las arenosas y sinuosas calles de Bagdad, se dispersaron y tomaron formas de siluetas, bajando a atacarlo desde varios flancos diferentes. Cuando tuvo al más cercano a dos metros, llamó a su armadura, y arremetió con su puño.

—¡Lyra! —De esa forma, al golpear al monstruo sombrío, su puño ya había sido cubierto por el guantelete plateado y con él pudo proyectar el mach 4 de rapidez, para así deshacerse de los que venían detrás.

Cinco Semillas se transformaron en polvo detrás de él, y las demás quedaron retrasadas por el impulso de sonido. Alala se adelantó convertida en una nube negra, y Orphée aprovechó la oportunidad para preparar la batalla. Su maestra, la antigua y ya fallecida Laskine de Lira, le enseñó que antes de la función debía tener todo listo para que nada fallara, todos los instrumentos y hasta la gente en sus puestos antes de la primera nota.

Así que se detuvo frente a una gran sinagoga, donde la gente normal por vez primera tomó atención en un hombre que se movía extremadamente rápido, y para que no vieran a las criaturas negras, desvió el camino, y trazó una ruta laberíntica a través de las calles interiores de la ciudad, serpenteando mercados, evitando plazas, y saltando edificios. Comprendió que las Semillas no se preocupaban de nadie más, lo seguían únicamente a él.

Desde una azotea, rastreó el Cosmos de Alala esperando a sus perseguidores, sacando su bella arpa que le daba nombre a la constelación, y que se guardaba en un estuche lateral de su falda en forma reducida, una llave con silueta de V o T, y que al abrirse revelaba las ocho cuerdas que aprendió a tocar a los tres años, sin pensar aun en convertirse en Santo. El destino, dirían algunos.

Al rasguear los hilos, conjuró una melodía rápida, de tonos graves y silencios cortos. Tras la última nota, una cuerda extra se tocaba por sí sola, e indicaba a donde se hallaba lo que deseaba su corazón. Los primeros días como Santo de Atenea lo llevaba siempre al Santuario, y luego de conocer a Alexandra, al palacio real griego. Le costó mucho manipular sus emociones para que el arpa lo orientara bien.

Se rasgó la cuerda E con un semitono bajo, y encontró la ruta perfecta para dar con el monstruo. La halló rumbo a la Al-Kadhimiya, una mezquita donde de mañana, día o noche se congregaban fieles islámicos de todo Irak, en un sitio donde tendría mucho llanto del que alimentarse. Era un edificio enorme y cuadrangular, de dos pisos, construido con piedra y cemento en distintas proporciones, y decorado por cuatro torres en las esquinas, largas como faros y coronadas por capillas. En el centro, el emblema de la construcción eran dos colosales domos de oro puro donde descansaban los cuerpos de los más famosos estudiosos iraquíes, brillante ante la luz parpadeante de la mañana, interrumpida por los primeros rastros nubosos del fuego más al sur.

Pero antes de eso se reunieron también sus enemigos, las Semillas que al fin le dieron caza y lo rodearon como si tuviera sentido. El número no importaba en la batalla contra un Santo de Plata, ni menos cuando se entonaba su melodía favorita. Le permitió generar relámpagos y rayos que llamaron la atención de Alala, a lo lejos, y Orphée aprovechó ese breve instante de vacilación para deslizarse por el edificio y desplazarse por diez más en un segundo, con su aura a tope, mientras las Semillas se deshacían en pequeñas partículas negras entre medio de los rayos blancos generados por su arpa, sin producirse ningún gris.

 

—De prisa, haz tu trabajo —apremió Alala, con la mirada clavada en la senda tormentosa que se esbozaba entre edificios, mercados y casas, iluminada por el sol al oriente, pero ensombrecida por el hollín al occidente.

Sentado en uno de los techos de oro, el Químico Ali, con el brillo de los ojos apagados y un gran boquete en el pecho, estaba rodeado de un aura oscura, de tonos rojos y negros. Sus brazos eran controlados por hilos casi invisibles como si fuera una marioneta; apoyó una mano en el piso, y encauzó un resplandor carmesí que calentó el cemento del techo.

—¡Alto!

Sus cabellos estaban alborotados, su piel humedecida de sudor, su respiración agitada por la prisa y su Cosmos alerta por si debía descender a los pisos inferiores, pero llegó justo a tiempo, como si la misma Atenea le hubiese indicado el camino.

Sin aterrizar todavía en la mezquita estudió la situación en el aire, frente a la Dríade y su títere. Éste ya estaba muerto, nada había por hacer con él, así que con los hilos de su arpa, que se estiraban tanto como su Cosmos lo permitiese y lucían filosos como diamantes, le cortó los dedos con un veloz rasgueo.

—¿Q-qué? ¿Cómo llegaste aquí tan rápido? —preguntó la mujer, dando un brinco atrás. El Químico cayó de espaldas como un cadáver cualquiera.

—Se acabó —le amedrentó.

—¿Es una broma? He hecho esto desde la era de los mitos.

—Sí, pero es primera vez que se les oponen los Santos, ¿me equivoco?

—Eres solo un Santo de Plata, no te sobreestimes. —Alala encendió su aura, una breve llama color ocaso que proyectaba melancolía—. ¿O acaso te tienes tanta confianza como para olvidar el pasado?

—¿Qué cosa?

—Hora de llorar, chico.

Otra vez lo mismo, como en la cafetería, pero mucho peor. Una trepidante serie de recuerdos, momentos dolorosos que deseó olvidar, acumulados desde su más tierna infancia, incluso situaciones y eventos que debían permanecer encerrados en su inconsciencia.

¿Cómo podía acordarse de ser tan pequeño, y estar recostado entre pilas de basura, abandonado bajo un cielo grisáceo? ¿O ser enterrado vivo bajo un árbol por uno de sus compañeros de orfanato, si apenas podía hablar? Una amiga murió en las aguas de Sunión durante una excursión tras una gran ola, algo que prefirió olvidar.

Luego su duro entrenamiento, los peores horrores del ser humano al perder su niñez para convertirse en guerrero. Despertar el Cosmos a través de enfrentar sus miedos, como ser atrapado en una oscura caja pequeña veinte metros bajo la tierra, lo cual por fin cobraba sentido. Se le taladraron los oídos con todo tipo de sonidos, los más crueles chillidos y desesperantes gemidos agónicos, para poder componer la música de su destino. Acostumbrarse al horror, la incertidumbre y el miedo otra vez era una tortura especial, mucho más íntima que el golpe físico.

¿Su vida había sido acaso un suplicio? ¿Eso deseaba enseñarle Alala?

 

Chiang Mai, Tailandia.

Daidalos se deslizó por la montaña y encontró más o menos lo que esperaba: la Dríade apenas rasguñada, esperándolo apoyada en un tronco que solo con el peso de sus músculos ya se tambaleaba.

—¿Eso es todo lo que tienes?

—Ya probé que tu resistencia es muy alta —contestó Cefeo sin hacer caso a la mofa, nada de lo que ocurría se había escapado de las posibilidades—. Pero me queda la duda, ¿eres la más fuerte de las Dríades?

Intentó sonar lo más «humilde» posible, pero Alke se lo tomó de otra forma.

—Ju, no te parecerá poca cosa cuando te aplaste.

—No sugerí eso. Quiero saber si realmente eres la más fuerte de las Dríades.

…de Eris, podría haber dicho, pero alargar el interrogatorio contra un rival así parecía la mejor opción.

—La más fuerte, sin duda. Pero nada comparado con las Hamadríades.

—¿Hamadríades?

—No voy a contarte la historia de mi vida, es demasiado larga. —Alke apartó al árbol de sí, en lugar de al revés, y el golpe sobre la tierra mojada hizo escapar a las aves cercanas, presas del temor del Cosmos que se desprendió de su cuerpo—. Así que prepárate.

—¡Que así sea! —En ese momento pudo contar las gotas de lluvia cercanas a su nariz, con solo dar un paso adelante. Golpeó las palmas y arrojó doscientas de las Espadas Reales a su oponente, que escapó a los primeros cien con solo mover algo su cuello, los brazos y las piernas, virtualmente quedándose en el mismo lugar mientras las hojas de energía estallaban al contacto con las malezas y las ramas.

Exactamente en el número ciento uno, la mujer se apartó y la encontró a dos metros de él, por la derecha, con el puño en alto. Casi quebrándose el cuello, Cefeo pudo evadirla, pero ya de antemano sabía que se aproximaba un nuevo gancho de derecha por el costado izquierdo, a su espalda, aprovechando el momentáneo punto ciego. Daidalos se defendió con un ataque veloz con el codo que la mujer evitó con facilidad, pero le permitió alejarse y subir de espaldas a un troco que había volado con la patada que la Dríade pegó en el momento del primer impacto, anticipándose a su defensa. Las demás Espadas pasaron de largo también. El lomo le crujió por el impacto que llegó de todas formas… como había esperado.

Brincó sobre dos más antes de que el primer tronco se estampara contra el suelo. Atacó los tres para que los estallidos formaran una cortina de humo, y luego se tomó de una rama cercana para alejarse. El Cosmos de Alke, un enorme bólido carmesí, lo persiguió de todas formas, a la manera tradicional, pero más rápido.

—¡Te tengooo!

La Dríade golpeó el aire, y la lluvia se deformó para crear un túnel por donde pasó una potente corriente que se dirigió a la cara de Daidalos, y que bloqueó con los brazos. Al bajarlos se topó de frente con un colosal puño. Evitó que le rompiera el casco —y toda la cara— con un salto, pero se estampó directo sobre el esternón, trisando el peto y arrojándolo sobre unos árboles que se despedazaron al contacto con su espalda, que ya le dolía bastante.

Al fin el primer tronco cayó al suelo, cerca de él, salpicándolo de lodo.

 

Bagdad, Irak.

El Santo de Lira gemía y sollozaba de rodillas, aferrado a la torre del noroeste con sus manos temblorosas, con el arpa en el suelo. Pero a diferencia de los fieles de abajo, reunidos ahora para llorar a mares, arrancarse los cabellos, rasgarse las ropas y rasguñarse los brazos ante el remolino ruin de sus memorias para alimentarla, él no derramaba ni una sola lágrima.

¡Y eso que Alala estaba usando gran parte de su poder justamente sobre él! ¿Qué clase de hombre era?

—Vaya que eres resistente, eres el primero que se opone a mi hechizo con tanta ferocidad.

—Ugh… ah… —se quejaba Orphée, agitando los brazos como si se ahogara en su oscuridad, resbalando lentamente por la curva del domo. Durante un instante trató de recuperar el instrumento del suelo, y Alala lo apartó a tiempo con una veloz patada. No sabía qué clase de poderes tenía el Santo de Lira, pero si usaba un objeto para canalizar su Cosmos no debía ser poco, aunque lo convertía en dependiente.

—Ja, ja, buen intento —elogió la Dríade, retrocediendo hasta el cadáver del anciano pirómano—. Por poco arruinas el plan perfecto de Madre, pero siempre hay métodos para canalizar los deseos de un muerto, con o sin dedos.

—N-no… Detente… ¡Ah! —gritó el Santo cuando incrementó la voracidad del tornado de recuerdos. Lo arrinconaban, lo apresaban y lo desesperaban; aunque se sucedían a la intensa velocidad de la mente humana, caía en cuenta en cada uno de sus memorias, y sufría cada evento como un suplicio separado, al mismo tiempo que aditivo.

—Hay una técnica milenaria entre los humanos llamada Ilusión Diabólica, que solo algunos con el Cosmos podrido y el alma al borde del infierno han conseguido imitar —relató Alala, atravesando el techo de oro con la cara del Químico, sacando a lucir una vez más su anhelo interno. La gente abajo ya empezaba a ahogarse en sus lágrimas, y el aire se calentó—. Una pobre imitación de las habilidades de Madre en las que estás sumido ahora. —La Dríade abrió una mano, y de la yema de sus dedos brotaron pequeñas espinas que se transformaron en raíces—. Si te dejo a tu suerte con la explosión, no podré verte, y quizás escapes, lo que a la señora Hismina no le gustará en absoluto cuando llegue.

—¿H-Hismina? —logró balbucear, pero la tragedia era demasiado como para desarrollar más su pregunta.

—Lo mejor con alguien como tú será asegurarse de que no molestes. ¡Muere! —Primero las raíces se elevaron hasta formar una arboleda que superó la altura de las torres, y que después cayeron en tropel sobre el desafortunado Santo, sedientas de sangre encontrando a su presa.

Pero las ramas nunca lo tocaron; pasaron a través de él como si se tratara de una sombra, igual que las Semillas que trabajaban para Alala. Su armadura de Plata era transparente, su piel tenue, y su temblor un delirio.

 

La Dríade se quedó petrificada unos momentos, mientras las raíces seguían embistiendo contra la silueta de su enemigo. Alimentándose de los llantos, tardó en concentrarse lo suficiente como para escuchar el delicado toque producido por la bella melodía que inundaba el aire de melancolía y pocas esperanzas. Al levantar la vista, encontró cuatro réplicas del Santo de Plata, todos en la misma postura, de pie sobre las torres de oro de la mezquita, tocando en cuatro distintos tonos de un solo compás, rodeados por la misma aura blanco níveo.

—¡No puede ser! —exclamó la mujer, alejándose del Químico, que ardía hasta quemarse la piel, aunque todavía no hacía estallar nada—. ¿Una ilusión?

—Tal parece que el verdadero peligro es tu hermano —dijo Orphée, o más bien seis otros aparte de los que tocaban, subiendo por la pendiente curva del domo con pasos sincronizados—. Tú te ocupas de causar sufrimiento en la gente, producir caos y encauzar el llanto, pero es Homados el que combate, y por eso huiste antes.

—¡Imposible! Te vi sufrir con tus recuerdos, ¿o fue también una ilusión? —Había otra pregunta más alarmante todavía—. ¿Es que acaso no sientes pesar ante la memoria del ruin pasado?

Con sus ramas atravesó y cortó cada una de las ilusiones que tuvo cerca, pero los de las torres seguían tocando, y ninguno parecía real, aunque el Cosmos de Plata abarcaba todo el edificio.

—Por supuesto que sí, me produce tristeza el pasado —confesó Orphée, dos docenas más de ellos rodeando a la Dríade mientras la música se aceleraba, aunque sin perder el aura de aflicción. Esa era su Obertura (Overture), la manera de advertir al oponente por si deseaba retirarse—. Pero para mí es como si fuesen de otro.

—¿C-cómo es eso posible? —balbuceó Alala, con la lengua afuera. La gente de abajo dejó de llorar, y se miraban unos a otros con extrañeza, lo que causaba que se le secara la boca, aparentemente—. La conexión con la historia es la esencia del ser humano. Es… —La Dríade carraspeó con fuerza, pero pronto continuó con aire confuso—. Es parte de su naturaleza. ¿¡Cómo puede alguien alejarse de ella!?

La mujer hizo arder su Cosmos y se deshizo de las ilusiones nuevamente con una llamarada que resquebrajó el techo de la mezquita, lo que hizo huir a la gente de abajo, que no aguantaban contemplar más daños en su ciudad.

—Me malentendiste —replicó Orphée, recordando la reacción de uno de sus compañeros, Babel de Centauro, cuyo Cosmos se alzaba como una llamarada a lo lejos, al sur—.Como ser humano poseo mis memorias, una historia que lamentar, un suplicio reminiscente, pero puedo vivirlo como ajeno si me ayuda a combatir más concentrado, porque mis recuerdos positivos superan por mucho a los negativos.

A pesar de su difícil entrenamiento, rememoraba a Laskine de Lira con alta estima, era una mujer noble pero estricta que hasta su último día en la Tierra le dio sabios consejos, y lo presionó para que diera el máximo posible. Y aunque su niñez fue cruda, aunque tanto sus compañeros de orfanato como del Santuario lo evitaban —o a la inversa—, había luchado hombro a hombro con ellos. Y en una misión en la que lo requirieron fue cuando conoció a su Eurídice, cuatro hermosos años atrás. ¿Para qué iba a lamentarse tanto por el pasado cuando su presente no tenía nada de malo? Ahora lo valoraba muchísimo más.

—¿Dónde está? —se preguntó Alala, mirando para todos lados, sin hallar al enemigo más escurridizo que se había encontrado en tantos siglos. Rastrear su aura era imposible, pues la misma música desviaba su atención de un lado a otro como si estuviese arriba de ella cada vez que bajaba la cabeza. A menos que…— ¡Imposible!

—Ya es tarde —clamó Orphée, bajando a toda velocidad antes de propinar una férrea patada más veloz que el sonido a la Dríade, que tropezó y se derrumbó por la cuesta hasta aplastar un carro de frutas cuyos restos salpicaron la calle, y luego enterrarse en el piso de tierra con la cara manchada de sangre verde.

—¿E-estaba arriba? P-pero cómo…

Orphée se deslizó también con el cuerpo del Químico en el hombro hasta la gran puerta de pesado hierro de la mezquita. A su arpa plateada regresó la extensión de cuatro cuerdas que se habían amarrado a las torres del edificio, y así Alala pudo comprender la maniobra.

Con la fuerza titánica de esas líneas de diamantes, el Santo de Lira se había suspendido en el aire, ocultando las ataduras con sus ilusiones originales mientras entonaba su melodía desde arriba. Una jugada arriesgada que pudo resultarle muy cara si Alala hubiera mirado arriba, pues no habría tenido forma de defenderse ante un ataque directo de sus raíces.

—La patada fue una advertencia. Aunque seas un espíritu, no quisiera matar a una mujer.

—Pero qué tonto humano —escupió la Dríade, tanto las palabras como la sangre de su boca—. No puedes eliminarme, somos inmortales mientras ustedes los humanos tengan impurezas.

—Creencia que se deba probablemente a que nunca enfrentaron a los Santos.

—Patético —dijo Alala, y las raíces no solo salieron de sus dedos esta vez, sino también de los de sus pies y sus cabellos—. Arrogante ante la muerte.

—Te lo advertí, pero no me dejas alternativa. —Orphée encendió su aura tal como le habían enseñado, con una frecuencia a juego a la música que entonara. En este caso, la técnica que utilizó contra las Sombras, un Nocturno (Nocturne) de dolor y melancolía que se alimentaba de la noche en su alma.

Su Cosmos se transformaba en rayos y relámpagos blancos, y se proyectaba como una secuencia brusca de asaltos veloces desde el suelo. Siempre se le caía una lágrima cuando la ejecutaba, y como se alimentaba de la oscuridad de su corazón para enfrentar de igual a igual a la maldad, jamás pudo tocarla cerca de Alexandra.

 

Chiang Mai, Tailandia.

—D-demonios… —maldijo Daidalos, tratando sin haberlo premeditado de respirar con normalidad otra vez. Si no hubiera llevado a Cepheus, esa mujer habría acabado con él de igual manera que con los Elefantes Blancos.

—Y eso fue apenas un cuarto de mi poder. —Alke apoyó las manos en su cintura, y su cabello rojo se elevó, oponiéndose al llanto de las nubes por la partida de tanta gente de buen espíritu—. ¿Entiendes ahora la diferencia? En la cultura de la humanidad, un guerrero robusto, grande y vigoroso es sinónimo de impaciencia, de lentitud e ineptitud; pero no ocurre lo mismo con nosotras las Dríades, espíritus de miles de años nacidos de su propia estupidez. Soy más rápida e inteligente que tú, y como también soy más fuerte y resistente, esta batalla está decidida, sin mencionar que tu estilo de pelea, a larga distancia, es inútil contra mí.

Hizo tronar los dedos de la mano derecha y se inclinó para empezar una carrera, a su alrededor danzaba un aura demoníaca.

—Ja, ja, ja —rio Daidalos.

—Vamos, no seas tonto. Si te quedas quieto no sufrirás cuando te arranque la cabeza, será un golpe limpio.

—C-cometiste tres errores… Alke… ja, ja.

—¿Qué?

—Primero respóndeme algo: ¿a qué vinieron aquí?

Daidalos golpeó el suelo cuando la Dríade se disponía a responder lo típico, que no diría nada, se notaba en las sílabas que alcanzó a pronunciar antes que sus labios dibujaran una O al ser sorprendida por una cortina de humo de su parte.

—¡Eso no servirá de nada!

Asestó una Espada Real en su hombro, que apenas la estremeció, pero todas las demás fallaron absolutamente. Aunque por supuesto eso estaba en el rango de probabilidad. Se acercó nuevamente y se decidió por una patada feroz al cuello, ya no le convenía acordarse de sus trabas al enfrentar a la supuesta mujer.

Lo era, pero no tenía importancia. Alke lo bloqueó con el brazo, tan duro que le torció el tobillo, y contraatacó con un furibundo puñetazo que, descubrió sin tardanza, era falso. El verdadero golpe era de zurda, y llegó a su estómago, que se revolvió y le hizo toser sangre, junto con el evidente daño en esa zona de su Manto Sagrado. Repitió con un patadón en la zona del codo, que se lo torció.

Pero no retrocedió ni un solo centímetro, y conectó una Espada con la mano libre en su cabeza que le arrancó el yelmo, y hubiera hecho lo mismo con la primera capa de su piel blancuzca de no ser por una fantástica evitada.

Solo en ese momento se retiró hacia la rama de un árbol, uno de los muchos que seguían resistiendo a pesar de que otros tantos yacían sobre posas de agua o se deslizaban por la pendiente hacia el río.

—No puede ser, ese golpe fue más potente que el anterior —dijo Alke, más para sí que para Daidalos, estudiándose el puño como si se hubiera echado a perder de repente, y restándole importancia a la pérdida de su yelmo, que hizo a su cabello elevarse completamente a juego con su aura encendida—. ¿Qué falló?

—Primer error: no soy menos resistente que tú. Ya me adapté al combate. —Recordó que una semana antes, uno de sus alumnos, Shun, recibió un aporreo de Spika, mucho más fuerte físicamente, pero que tras ponerse serio y dejar de lado las trabas mentales, pudo adaptarse y recibir un puñetazo en la cara que solo le ayudó a girar para contraatacar con un golpe de revés que dejó inconsciente a su oponente. Así que servía igual para todo aquel que manejara el Cosmos.

Restauró la posición del húmero y se acomodó las costillas rotas, tardarían en sanar completamente pero al menos podría pelear. El tobillo sería más difícil. Luego, aprovechando la polvareda que ya se desvanecía, levantó una mano, concentró su Cosmos en su dedo, y disparó al cielo. El rayo de energía se perdió en las nubes.

—Ju, ju, ju, no eres tan patético después de todo, pero sigues con el mismo problema —explicó la Dríade, desapareciendo, y apareciendo después sobre el árbol contrario—. Solo extenderás tu agonía.

—Así que tenemos tiempo —sonrió Daidalos, satisfecho—. ¿Entonces serías tan amable de contarme a qué vinieron aquí?

—Buscamos a nuestra Madre, y en ese Templo estaba el objeto para hallarla.

—Ya veo. —¿Más preguntas? No, era mejor aprovechar el momento. Hacía tiempo que no tenía una batalla así, después de todo—. Ya que fuiste tan adorable…

—Continúa —siguió Alke tras su pausa insinuante, sonriente, disfrutando del incentivo de asesinarlo—. Y no trates de seducirme, por favor.

—Bah, las mujeres no son exactamente mi tipo —admitió sonriente—, pero tú ni siquiera llegas a eso. Ahora te diré tu segundo error. —Daidalos hizo estallar su Cosmos, de colores como sandías o el atardecer, y se preparó para el asalto—. O te lo mostraré, para ser más preciso.

—¿Q…? —La Dríade no alcanzó a pestañear cuando tuvo que levantar el brazo para bloquear su ataque, con los ojos cerrados y chocándose los dientes. El Santo de Cefeo continuó con dos Espadas Reales, y ninguna de las dos había llegado a puerto cuando se escabulló y plantó un puntapié en su canilla, que igualó sus estados por un instante.

—Las reglas culturales sobre el peso y la velocidad no aplican tampoco para los Santos.

 

Se enfrascaron entonces en una rauda y violenta lucha de puñetazos a súper velocidad, bajando por la pendiente, separándose él de ella solo cuando un árbol se interponía, aunque ella solo los aplastaba. Era en esos momentos cuando arrojaba las Espadas, que estallaban contra sus brazos, que usó a su vez para conectar sesenta y cinco guantazos en su pecho y hombro, doce codazos en su estómago, y cien de sus molestas patadas en sus muslos, pero ninguno tan potente como los anteriores, desaprovechando la intensidad para tomar velocidad.

—Disminuiste a propósito tu velocidad, ¡eres un engreído!

—Sí, pero dejémoslo entre nosotros.

Súbitamente, la Dríade frenó y replegó su Cosmos como una llamarada hasta que todos los troncos de alrededor fueron arrancados. Se desplazó a través de los espacios que dejaban, y le asestó un cabezazo que le quebró el yelmo en dos; sintió que su cerebro bien pudo salirse por la nuca.

Daidalos cayó de espaldas sobre el maloliente lodo, bajo la lluvia intensa, diez metros lejos del río, derramando un caudal de sangre desde su nariz.

—Se acabó. Estando tan cerca, tus Espadas no tienen la misma eficiencia, ¿no es así? Elegiste un pésimo estilo de batalla.

—O-oye, dime… ya que estás t-tan cerca y no debo esforzarme para oírte… ¿P-para quién trabajas? ¿Quién es la tal…? ¡Ahhh! —gritó cuando la mujer le pisó una rodilla, haciéndola crujir.

—Has hecho muchos esfuerzos para sacarme las respuestas. Pertenezco a la siembra del señor Phonos, uno de los nueve Hamadríades, hijos directos de Madre.

—Y-ya veo… Ja, ja, ja, ja.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó Alke, por primera vez en toda la batalla perdiendo su semblante de confianza, posiblemente al sentir el cambio en el flujo de Cosmos—. ¿Qué demonios…?

—Quería alargar la pelea hasta que tuviera todas las respuestas, p-pero ya no parece posible, ja, ja. —Se apartó de un salto de Alke, y un furioso relámpago rojo, como sangre cósmica, se estrelló sobre ella, sacándole un débil gemido, al fin.

La técnica característica de Cepheus que aprendió sin entrenar, representaba el augurio que llevó al rey de Etiopía cometer un pecado que, como Santo, tenía el deber de expiar. El Presagio Solar (Iliakós Promínyma) se disparaba al cielo con una gran porción de su Cosmos, y allí se acumulaba y crecía hasta que el destino se hacía presente, y caía azarosamente sobre el campo de batalla. Pero, como obviamente no era su estilo, tampoco era tan intensa para derrotar definitivamente a Alke.

Ésta fue repelida hacia atrás con sangre verde derramándose por su rostro, y Daidalos se abalanzó sobre ella, que atinó a hacer hervir su aura, sin rendirse.

—Si te acercas, estás muerto, ¿o crees que un ataque así me vencería?

—Cometiste un tercer error, Dríade. —Encima de ella a una distancia de un metro, Cefeo enfocó su Cosmos en su puño derecho, y estalló cual supernova, una estrella flamígera materializada en sus nudillos.

—¿¡Q-qué es este Cosmos!? —se horrorizó Alke. La profecía de que la haría gritar se cumpliría, y estaba al fin al tanto de ello. La Espada Real fue una técnica que inventó una hora atrás, más o menos, mientras se defendía de las espinas que habían salido del templo. Daidalos había comprendido al principio de la pelea que hubo dos razones por las cuales, durante la misma, Alke jamás lanzó ese ataque que creó una lluvia de misiles verdes que volaron sobre sus cabezas y se clavaron en su espalda.

Cuando eso ocurrió, notó que las púas eran diferentes entre sí y podían reducirse a tres tipos, lo que confirmó cuando tres Dríades salieron por la puerta de la gruta, así que se llevó a la más fuerte.

Recibió a propósito un impacto en la espalda para comparar las fuerzas con el de las agujas, y así descubrió la primera razón: en potencia física era muchísimo más poderosa que con esas raíces, y no se quedaba atrás en peligrosidad. Por eso se decidió a inventar esa técnica de nombre ridículo, Espada Real, para atacarla desde lejos y ver si arrojaba las púas para el contraataque, pero durante todo momento buscó la batalla directa.

Esa era la segunda razón: se especializaba en la pelea cuerpo a cuerpo, y solo usó esas espinas por ejecutarlas junto a sus hermanos. No daría el brazo a torcer en cuanto a su estilo de batalla, a diferencia de él, cuya técnica principal era la Piedra de Salomón (Solomón Pétra).

—El tercer error es que en realidad peleo igual que tú, ¡y te lo demostraré en nombre de los monjes que mataste tan salvajemente!

La Piedra de Salomón era básicamente un cañón a toda potencia que utilizaba al máximo el conjunto de su fuerza física con el vigor de su Cosmos y la ferocidad de su determinación. Lo cierto fue que Alke gritó pero solo durante un rato antes de que callara para siempre.

De la Dríade solo quedó un rastro de polvo negro que se esparció por sobre el colosal cráter que derribó plantas y estremeció la tierra, producto de su puñetazo, aquel cargado de sentimientos. El karma al fin había girado la rueda.

 

Bagdad, Irak.

—¡Orphée!

—Ah, Babel, gracias por la armadura —dijo el Santo de Lira, agotado por el gasto de Cosmos, sentado junto al cadáver del Químico, afinando las cuerdas.

—¿Y la mujer?

—Ya no hará daño a nadie. —Ni a Alexandra, ni a sus compañeros. Todos eran importantes a los ojos de un Santo, en voz alta, pero en sus adentros, solo tenía la imagen a salvo de su Eurídice, a quien deseaba ver, por lo que esperó al Santo de Centauro para dar su reporte—. ¿El hombre?

—Ya debe estar muerto a estas alturas —aseguró, ayudándolo a levantarse.

—Dijeron cientos de veces que no podían morir…

—Verborrea.

—No yo no estaría tan segura.

—¿Qué?

 

Ni siquiera alcanzaron a ponerse en guardia. Alala del Llanto de Guerra se reconstruyó de alguna forma y los golpeó simultáneamente con sus brazos, mucho más gruesos y cubiertos por un Cosmos más intenso que antes. No, era otra cosa.

Cuando recuperó la posición y Babel fue sorprendido por un veloz segundo asalto, Orphée se concentró en su entorno. La sombra de Alala no emitía Cosmos propio, sino que pertenecía a alguien más. Se desplazaba por el aire con los brazos estirados y los ojos en blanco, y de sus piernas y manos colgaban sendos hilos como los que ataban al Químico Ali, notó esta vez destellos de rubí en ellos.

Pero eso significa que no era ella quien manejaba al cadáver del terrorista. Un enemigo más allá de lo visible. Orphée tocó la secuencia necesaria a alta velocidad, veinte notas que el arpa y la armadura registraban como súplica, y la última le indicó el lugar donde se escondía el extraño. O la extraña, más bien. Detrás de un callejón, por donde salió al verse descubierta con pisadas lentas.

—Maldición, ¡arde! —Con las Estrellas de Fuego, Babel hizo arder el cadáver reanimado de Alala, pero no pudo destruirla. Ambos pudieron notar que los hilos hinchaban los músculos de la mujer, y desprendían centellas que incrementaban el volumen de su aureola roja.

—La encontré.

Era otra mujer, mucho más alta y esbelta que Alala, con curvas más marcadas y cabellos más pálidos, llegando a ser plateados, pero sin brillo. Su Hoja, totalmente negra, se componía de raíces gruesas como tentáculos que se entrelazaban para formar un peto revelador, giraban a la derecha para cubrir el seno derecho, y a la dirección opuesta para tapar desde el pecho izquierdo descubierto, pasando por el vientre y la espalda, hasta completar una falda que se alargaba por el lado zurdo. Las perneras y brazales eran asimétricos, a la derecha llegaban hasta un hombro y muslo, y al otro lado solo hasta el codo y la rodilla. Solo poseía una hombrera, en donde reposaba su cabello irregular, y no usaba casco alguno, sino solo un cintillo negro de tonos tan apagados como sus ojos grises, fríos.

—Ya, pudiste hallarme, bien hecho —correspondió con un tono de voz que indicaba cualquier cosa menos emoción. Desprendía el aura de un árbol seco.

—¿Tú eres… Hismina?

—Su segunda al mando, Kydoimos de la Confusión Bélica —asintió con cierta elegancia la mujer, justo cuando Babel saltaba por un lado y alistaba su Tornado de Fuego. La Dríade alzó la mano con un gesto mecánico, y las llamas se detuvieron a centímetros de su guante, como si las repelieran un conjunto de chispitas rojas como estrellas.

—¡No puede ser, mi fuego no sirve contra ella!

—¡Babel! —Era su líder, y su hermano, no podía dejarlo pelear solo contra alguien que emitía un Cosmos tan intenso como ella, aunque no fuera correcto en la orden de los Santos que profesaban la batalla uno contra uno. Tocó el Nocturno, no había razón para entonar la Obertura o mostrar caballerosidad, y el primer relámpago rasguñó apenas su cara, pero los demás se detuvieron frente a la otra mano de la Dríade, igualmente emitiendo chispazos de rubí aunque rasgueaba las cuerdas tan fuerte que si fueran normales ya estarían convertidas en partículas.

—¿Hm? Al principio esperaba matarlos con Alala, pero debo reunirme con Madre al norte, así que los dejaré tal como estaban. —Uno de los ojos de Kydoimos emitió un débil destello blanco, y su cabello se alzó esta vez verticalmente—. Pero un piromante es peligroso para nosotros, y tú pareces más fuerte que un humano común, así que terminaré con ustedes.

Con una uña, tan larga como las de Milo cuando se ponían rojas, tocó con suavidad la frente de Babel al lado suyo, que se mantenía en el aire lanzando fuego, y le hizo aullar de dolor arrojándolo sobre una casa que se derrumbó al contacto sobre él. Luego, con la mano libre, proyectó un destello de luz antes de desaparecer con el cuerpo de Alala como una sombra a la que se apaga la fuente de luz, como si no le importaba comprobar que conectaría su golpe en Orphée o no.

Y éste lo sabía, lo haría, no podría evitarlo. Kydoimos era mucho más fuerte y veloz que un Santo de Plata promedio, era evidente al primer atisbo.

Sin embargo, el ataque destruyó un escudo pentagonal de Plata, un brazo, y alcanzó con poca energía el pecho de Lyra, aunque de todas formas lo arrojó al piso con el cuerpo dolorido. La Dríade desapareció de un instante a otro.

—Ah… Mi.erda, no llegué tan… a t-tiempo —rezongó Mozes, con la cara manchada de sangre igual que el brazo roto, un ojo menos, y el cuerpo totalmente debilitado. Se derrumbó de rodillas poco después.

—¿Q-quién diablos era ese monstruo? —inquirió Asterion, arribando como un cojo, sujetándose el estómago.

—¡Ustedes! —se estremeció Orphée, acercándose hasta que le detuvieron con un gesto—. ¿Por qué…?

—No hagas preguntas idiotas, Lyra, y vete ya —cortó el Ceto, arrastrándose a la casa derrumbada donde yacía el Centauro, todavía con su Cosmos vivo.

—Somos hermanos, es todo lo que importa en la batalla —explicó Asterion, mirándolo de arriba a abajo—. Es fácil notar que estás en mejores condiciones que nosotros, así que tiene todo el sentido del mundo.

—Persíguela al norte, donde carajos sea eso —sugirió Mozes, sin importarle lo incompleto que estuviera, recuperando de los escombros el cuerpo de Babel mientras se oían las sirenas de policía, llegando tarde solo porque ellos combatían demasiado rápido—. Quizás están con los chinos, a donde fue Orión.

—Japoneses —corrigió el Sabueso.

—Y una m'erda.

No podía quedarse esperando a que se recuperaran, debía viajar tan pronto como fuese posible. Sin decir nada más, se alejó a trote —lo que sería a mach para un Santo de Plata— al sur, a pesar de que todos sabían que el aeropuerto estaba al este.

 

Chiang Mai, Tailandia.

—¡Marin! —llamaron los tres Santos de Plata a la vez cuando llegaron al valle desolado donde habían sentido el Cosmos del Águila desviarse. Dos de ellos, Perseo y Cochero, estaban demasiado débiles como para continuar la misión hasta un buen rato, y Cefeo no estaba en perfecto estado tampoco, pero al menos seguían vivos, y esperaban lo mismo de su misteriosa hermana.

Pero nunca dejaban de sorprenderse con ella, positiva o negativamente. En este caso ninguno supo con cuál reaccionar. Marin estaba sentada en la hierba frente al horizonte, parcialmente agotada dado su cabello alborotado y los rasguños en sus brazos, pero poco más que eso.

—Me alegro que estén bien —dijo ella, aunque su voz emitiera cualquier otro tipo de emoción.

—M-Marin, ¿dónde…?

—Se deshizo —respondió sin más, adelantándose a la pregunta completa—. Imagino que a todos les pasa lo mismo al morir.

Los otros pudieron haber asentido, pero sus mentes estaban ya demasiado ocupadas con otras preguntas.

—¿La venciste tú sola? —inquirió Capella, desconfiado, sin querer añadir el «¿y sin daños?»

—Fue un movimiento torpe. Apenas empezamos el combate, trastabilló y se perforó con sus propias espinas. —Marin se puso de pie y se volteó. Por lo que ellos sabían, ni Asterion podía adivinar si decía la verdad o no, y con ese antifaz era aún más difícil. Capella podía llegar a creerse eso para que su hermana no fuera superior a él, y Algol no se molestaba más de la cuenta teniendo en cuenta el poder de su escudo, así que un suspiro le confirmó que se había creído eso, o más bien que no quiso complicarse. Pero Daidalos…

—Marin.

—¿Sí?

¿Cómo era posible que le dijera que quería ganarse su confianza si ella misma no era sincera? ¿Qué clase de truco —tal vez sucio— había usado para vencer a la Dríade sin problemas? ¿Acaso traicionaba de alguna manera los principios del Sumo Sacerdote o Atenea? Lo que quería enseñarle era…

No. No tenía caso discutirlo allí.

—Nada.

—¿Y cuál es el plan ahora? —preguntó Algol, sentándose a descansar.

—Tú y Capella quédense aquí a recuperarse y terminen con las Semillas que estén dando vueltas. Luego repórtense con el señor Milo y el Santuario. Pronto te necesitaremos, Algol, así que no descanses demasiado.

—Claro —asintió éste con gracia. Si no hubiera sido su líder probablemente se hubieran puesto a discutir, pero respetaba estrictamente la línea de mando.

—Marin y yo iremos a Japón, el avatar de la tal Madre no está ni aquí ni en Bagdad, así que solo nos queda allá.

Japón, la tierra natal de Marin. ¿Qué más sorpresas podía encontrarse allí con ella? No quería desconfiar demasiado, pero…

—Daidalos —le llamó con una timidez inesperada mientras caminaban hacia el aeropuerto con las Cajas de Pandora en la espalda.

—¿Qué? —contestó con peor gana de la que deseaba. Era su compañera, su hermana, pero no podía evitar sentir que quizás era una…

—Por favor, ten fe. Por favor.

¿Era el comentario adecuado? Allí, en esas tierras sagradas de Tailandia, tras inventar una historia de una Dríade torpe, ¿se ponía a hablar de fe? Y, por alguna razón infinitamente extraña, él la tomó por perfectamente sincera.

—De acuerdo.

 

Bagdad, Irak.

—¡Orphée!

—Eurídice.

Se fundieron en un reconfortante abrazo que culminaron con un tierno beso en un corredor desierto del hospital. Tenía un brazo enyesado, pero con el otro sacó un pañuelo con el que limpió el sudor de la frente de Orphée, gesto que si hubiera visto cualquiera de la prensa que viera más allá de su cara todavía manchada, su falta de joyas, y su vestido rasgado, habría hecho arder a la familia real.

—L-lo siento, no llegué a tiempo antes y…

—¿Venciste? —le interrumpió, apoyando su cabeza en su pecho, todavía cansada, o tal vez solo un ademán llevado por los sentimientos—. ¿Lo detuviste?

—No harán daño a nadie más.

—Eso es lo que importa, Orphée. Sé que es difícil mantener el deber alejado del corazón, pero eso es lo que hace a los humanos.

Y allí estaba de nuevo, la razón de que fuera tan única. No había dicho nada de lo que tenía pensado y ya le había leído la mente con solo mirarlo.

—Nada va a cambiar lo que siento, Alexandra. Siempre estarás en primer lugar, es inevitable.

—Pero no por eso dejarás tu deber, eso es lo que hace a los Santos.

Otro abrazo. Otro beso, esta vez un poco más apasionado, como si ese fuera el último, aunque no estaba en los planes de ambos, para nada.

—No debí permitir que…

—Estas cosas suceden. Tomo mis propias decisiones, con los riesgos que eso conlleva, igual que tú.

—Sabes que no volveré contigo a Atenas.

—¿Por qué otra razón me besarías así? Es un beso de «hasta luego», no de esos de «permanecer».

—¿O sea que hay tipos de besos? —sonrió, aferrando la mano a quien regresó el gesto, aunque el suyo era mucho más maravilloso.

Un último abrazo. Culminó en un beso en la frente.

—Ve, Orphée de Lira. Sé un Santo.


Editado por -Felipe-, 06 noviembre 2016 - 13:43 .

25solfo.jpg

(by Placebo)


#494 girlandlittlebuda

girlandlittlebuda

    Souldgodiana de corazón

  • 2,250 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo

Publicado 29 agosto 2016 - 00:06

Hola! Paso a dejar mi review correspondiente al capitulo Seiya Il. Sin ahondar en la historia, sólo diré que me encantó cómo relatas el enfrentamiento entre Shaina y Seiya, la participación de Marin, cuando el protagonista usa por primer vez la armadura de pegaso. En fin todo.

Excelente descripción. Enhorabuena


Aunque me tarde, te seguiré leyendo.

Hasta luego.

ZVUEAsd.jpg?1

 

"Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final"


#495 Πραχια δε ζεō

Πραχια δε ζεō

    Miembro de honor

  • 1,326 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Femenino
Signo:
Leo

Publicado 03 septiembre 2016 - 09:12

Oh, yeah!!!!!!! Cuando un FF es tan esperado que el próximo capítulo de Assassin.  ^_^

 

Tan tierno O x E 

 

Me está encantando esta historia. Pero ya muero por saber qué pasó con Georg y Yuan.


jGQGvD5.png


#496 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

  • 10,826 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 28 septiembre 2016 - 20:40

Ok, ok, ok, ya que tanto lo pide el público (o sea, Praxia) xD

 

Por cierto, Georg y Yuan están muertos, no te hagas muchas ilusiones..... por ahora.

 

 

CAPÍTULO 10

 

EL FUEGO DE LA BATALLA

 

03:20 a.m. del 9 de Junio de 2010, Kyoto, Japón.

Allí estarían a salvo, al menos por un tiempo. Se ocultaron en lo profundo de un bosque de almeces y olmos al sur de Kyoto, en la prefectura de Yamashiro, en un monte verdoso oculto entre innumerables otros, más grandes. Allí podría resolver la suprema cantidad de dudas que le agobiaban, y tal vez tranquilizar a las tres mujeres que cargaba.

La madre de las niñas, una miko del templo que visitó Ampelos del Lamento, no dejaba de temblar entre los músculos de su brazo derecho, confundida, tratando de alcanzar con sus manos a las hijas que lloraban en su otro brazo. Balbuceaba algo inentendible en su idioma natal, y supuso que las frases que más se repetían eran «¿por qué yo?», y «¿quiénes eran?». Rigel no tenía las respuestas a la primera, pero sí a la segunda. A medias.

Probablemente la Última Manzana había tenido alguna falla al identificar a esa mujer como el avatar de la diosa de la discordia, o quizás sí lo era, pero no sabía por qué ni cómo ayudarla; solo sabía que lo haría. Y si seguían corriendo sin cesar, el Dríade podría identificar su Cosmos y perseguirlo.

—Debemos detenernos en alguna parte.

Demo! —protestó la mujer, llorando tanto como la hija menor, una chica de unos cuatro años, pelirroja como su mamá, de mejillas infladas, ojos de chocolate y un vestidito infantil y muy tradicional. La otra, quizás uno o dos años mayor, tenía ojos y largo cabello negro, un semblante lánguido y cansado, y vestía negros shorts y una remera blanca, con zapatillas deportivas.

—Si no nos detenemos, nos atraparán.

Oka-sama —suplicó la de cabello más corto, pellizcándose los ojos como si eso detuviera su llanto.

Wakatta… Ok.

Frenó la carrera en un puente curvo bajo la sombra sabia de las copas de los árboles, desde donde tenían una vista prodigiosa de las demás montañas, y percibían parcialmente algunos edificios de la ciudad al norte apenas como pequeños insectos. Sentía movimientos y caos allí, pero no producto de una matanza rencorosa, sino de una batalla entre dos frentes. ¿La persona que lo había ayudado, acaso?

Rigel se volteó y puso sus ojos verde grisáceos en el trío de chicas del que repentinamente había quedado a cargo. La madre abrazaba, sollozante, a sus hijas. Una de ellas enterró su cabeza en su regazo para llorar, mientras la otra, la mayor, clavaba sus ojos en él. ¿Qué había allí? ¿Ira? ¿Recelo? No podría saber, de cualquier manera, por el problema del idioma. O eso pensaba.

—¿Por qué hizo llorar mamá? —preguntó, sorprendiéndolo. Su hermanita se soltó de su madre, infló sus mejillas, y también le dedicó una mirada iracunda, aunque no emitió palabra.

—¿Habla inglés?

—R-recibimos muchos turistas, p-por lo que les enseño el idioma —contestó la miko con gemidos entrecortados, mientras abrazaba a ambas—. Kyōko lo maneja bien, pero Shōko apenas va aprendiendo.

—Así que así se llaman —sonrió Rigel. Se acercó a las niñas, cada una tomó una de las manos de su madre a la vez que breves e intermitentes gotitas de lluvia les causaban un pestañeo impreciso—. Bueno, Shōko, Kyōko, yoroshiku. Les prometo que voy a protegerlas a ustedes y a… su mamá.

—Ah, no me presenté, ¿verdad? —se sonrojó la mujer al ver la sonrisa de sus hijitas, un poco más confiadas. Las cicatrices de sus lágrimas surcaban sus mejillas, y trataba de espantar el miedo con la mirada de sus niñas—. S-soy Hanako, m-muchas gracias por… —Pero no duró demasiado.

—Tranquila, por favor, Hanako… san —añadió Rigel, dudoso—. Esas cosas se alimentan de los sentimientos negativos de la gente, así que debemos calmarnos o nos encontrarán.

—¿Pero quiénes eran? ¿Qué querían? ¿Por qué mataron a ese hombre?

—Es una larga historia.

—¿M-me buscan a mí?

—Ellos creen que sí. —Esa era la respuesta más precisa que se le ocurrió sin tener que mentir. El problema sería si seguía una pregunta peor.

—¿Por qué me siguen? —Y allí estaba la pregunta.

—Sería difícil de creer —contestó, escueto. ¿Podía realmente decirle así nada más que la buscaban por ser, tal vez, el avatar de una diosa griega súper malvada?—. Pero no te preocupes, saldremos de esto, Han… ¡Silencio las tres! —les calló.

Hanako se quedó de piedra. Shōko siguió gimoteando hasta que su hermana la calló con la mano presionando sus pequeños labios. Rigel concentró y agudizó sus sentidos, pensó haber oído algo inquietante, alguien que los vigilaba. Más de uno tal vez, que buscaban la oportunidad de atacar ocultos en las sombras de las hojas.

Encendió y extendió el radio de su Cosmos para percibir el mundo alrededor al menos a un par de metros. Una de las gotas de la llovizna que se hacía cada vez más intensa era muy diferente, desprendía un olor desagradable y tóxico, y la evitó justo antes de que se derramara sobre su cabello. ¡Había alguien arriba de ellos!

Yamete! —imploró la niña más pequeña cuando una silueta negra surgió de bajo sus pies, y Hanako la apartó justo a tiempo mientras Kyōko temblaba de pies a cabeza. Una segunda sombra tomó a la madre por la espalda y la separó de su hija menor, pero Rigel se desplazó velozmente con su mano cubierta de llamas azules.

La silueta corpórea, semitransparente, se evaporó al contacto con los Fuegos Fatuos, pero treinta sombras más brotaron para reemplazarlo. Ninguna de ellas tenía la presencia tóxica de antes, pero Rigel no podía desconcentrarse para buscarla; solo le restaba la opción de vencerlas rápidamente a la vez que impedía que alguna de las tres sufriera daños, pero en ese preciso segundo estaban todos separados por un bosque negro que le impedía ver bien, y la llovizna no le ayudaba nada con su ruido incesante. Ya alguno de ellos estaría a medio segundo de asesinar a Shōko o Kyōko.

 

Lo peor era la risa contenida que emitía Ricino de la Toxicidad, oculto en la copa del olmo más alto, todavía imperceptible. Tal vez ya no sería necesaria su saliva tras esa pelea.

O eso pensaba.

—Baila, fuego de la muerte. ¡Danza Fatua! (Fatuus Saltare).

Rigel conjuró pequeñas lenguas ígneas en los diez dedos de sus manos, y las arrojó al aire más rápido que el descenso de dos brazos cortantes de Semillas a los cuellos de sus víctimas. Disparó cinco veces, siempre con precisión absoluta.

Una lluvia azul de fuego se mezcló con la transparente de agua, y en un abrir y cerrar de ojos todas las Semillas se quemaron en medio de retorcijones, sin que las humanas sufrieran algún rasguño.

—Imposible —susurró Ricino. A pesar de llevar una Hoja como las demás Dríades, y tener rostro, conducta y pensamientos humanos, su cuerpo contaba con cuatro brazos y cuatro piernas, lo que le daba la apariencia de un arácnido, y podía posarse sobre cualquier superficie, con o sin influencia de la gravedad.

—Tú… ¿Quién eres? —preguntó Hanako, todavía lejos de sus hijitas, y aun paralizada por la sorpresa de lo que ocurrió y sus ojos apenas pudieron captar más que como unas sombras saliendo del suelo solo para quemarse—. ¿Cómo hiciste…?

—Santo de Plata de Atenea, Rigel de Orión —se presentó el muchacho con cortesía, y su armadura desprendió destellos blancos.

—¿San…to? —preguntó Shōko, asombrada, con los ojos brillantes.

—¿Atenea? —añadió Kyōko, sonrojada ante toda la situación.

 

Rigel era más peligroso de lo que parecía, así que la Dríade brincó y tanto su larga falda como las alas semitransparentes en su espalda se abrieron. Disparó sus escupitajos, de color morado y toxicidad absoluta. ¡Debía llevar al avatar de Madre con la señora Ate y los demás!

—¡Cuidado! —advirtió Rigel. Hizo arder su Cosmos para atacar, pero luego tuvo que cambiarlo a defensa para protegerse de su saliva venenosa.

—¿¡Qué es ese monstruo!? —gritó Hanako, horrorizada.

Oka-san!

—Oka-samaaaa!

Lo demás sucedió a una velocidad que solo Santo y Dríade captarían. Pronto Rigel debió advertir que no solo lo afectarían a él, y fue demasiado lento como para interceptar cada golpe con sus Fuegos Fatuos. La más pequeña de las niñas corrió hacia su madre, y uno de sus escupitajos se disparó azarosamente hacia ellas; de todas formas, el avatar de Madre no moriría por algo así. La otra niña saltó y se interpuso en el camino, y el Santo de Orión tomó a las tres nuevamente, después de levantar una llamarada de Cosmos para huir.

La lluvia finalmente empezó a caer.

 

13:05 p.m. del 9 de Junio de 2010. Chamdo, China.

Siguió el rastro por horas. Había una sensación extraña en el aire, pero tan difusa que podía pasar como un mal presentimiento (sentimiento recurrente en él), o como simple aire viciado. El Santo de Oro Milo de Escorpión se hallaba en medio de un pequeño pueblo rodeado de montañas y las lejanas cordilleras que daban paso al Everest, al oeste de la prefectura de Chamdo, en China, y se detuvo a comer en un puesto sencillo para evaluar por enésima vez el maldito mapa del país, después de diez minutos intentando pedir un emparedado vegetariano y una manzana. ¡El chino era el idioma más insoportable que conocía; no entendía ni jota! Se preguntó si al menos tenían esa letra en su alfabeto.

Trazó con el dedo una línea imaginaria que pendía entre Kyoto y Bagdad, y de allí dibujó una pendiente sobre algunas migas hacia Chiang Mai. Lo confirmó de nuevo: la sombra desde donde se originaban los males que se habían dispersado por el mundo estaba allí, al suroeste de China, cerca de la frontera con Nepal.

Tal como Shaka había advertido, debía ser muy preciso, afinar al máximo sus sentidos. Ya el hecho de pararse para botar en el basurero el corazón de la manzana y desviarse un milímetro podía llevarlo a un lugar completamente erróneo. En todas las direcciones había rastros de Cosmos pérfido, muy débil, pero en solo uno de los caminos era un infinitesimal grado más intenso que debía seguir, rodeando edificios, evitando esteros y burlando a la misma gente. Además, lo estaban siguiendo, aunque fueran quienes fuesen, eran lo bastante prudentes como para no atacarlo todavía.

¿Qué debía hacer? Si alertaba a la gente causaría un caos que los convertiría en blancos fáciles. Pero si no hacía nada… ¡ni siquiera sabía quiénes eran! Tampoco podía desviarse demasiado del camino, la más breve desconcentración podía llevarlo lejos de su destino, así que mientras comía, intercambiaba miradas entre el mapa sobre la mesa plástica hacia un edificio de cúpula redonda frente a él, sobre el que debería brincar para continuar su camino.

«Ja, ja, y pensar que al maldito Virgo no le incomoda eso de la vista». Pero el Pope lo había aceptado como líder de la misión, y debía devolverle el gesto. Por eso rasguñó con un dedo afilado de la mano derecha la superficie granulada de la mesa, dibujando una flecha apuntando en la dirección que debía seguir, y con una uña de la izquierda, disparó sin ver y como por casualidad, un relámpago carmesí sobre su hombro que pasó entre la gente que hacía sus cosas sin ser notado, e impactó contra una figura oscura arrumada en un callejón. A su alrededor había otras Semillas, y se pusieron en guardia para enfrentar al enemigo que obviamente los había notado, pero antes de levantar los brazos, Milo de Escorpión ya los tenía amenazados con una pose de ataque-defensa que indicaba cualquier cosa menos que era un novato, como ellos para él. Todos sabían que no necesitaba decir nada para indicarles que si se movían serían polvo, pero aun así, el Santo abrió la boca.

—Lo siento, pero no soy del tipo de persona que espera pacientemente. —Una de las sombras retrocedió, topó contra un muro, notó el sutil crujir de huesos en el dedo extendido de Milo, y trató de volar para escapar, pero tanto él como sus pares sabían que sería inútil—. ¿Lo entiendes, cierto? El menor movimiento en falso significará una linda tumba, y lo mismo va para ustedes. Créanme, se reconocer esos pequeños estremecimientos, y mis Agujas son tan sensibles que pueden dispararse al sentir una alteración en su ritmo cardíaco, pero soy un hombre piadoso, de todas maneras. —Las Semillas estaban petrificadas, y con sus ojos, lo único humano en ellos aparte de su dudosa silueta, buscaban desesperados algo en las alturas—. Van a responderme algunas preguntas, no les tomará más de unos minutos de su preciado tiempo —sonrió Milo.

—No responderán, no saben hacerlo —se pronunció una voz, a su espalda.

Milo se volteó, y sus sentidos se afilaron para brincar a toda velocidad hacia un grupo de niños que jugaban en una fuente con sus teléfonos para apartarlos del camino de una monstruosa llamarada verdosa que casi los abrasa vivos. Los aparatos no sobrevivieron, pero ¿qué importaba?

Escuchó el vibrar en el piso al que siguieron los gritos en esa maldita lengua incoherente. Dejó a los niños en un puente a cien metros de distancia, y regresó para ayudar en la ciudad donde las Semillas habían comenzado a atacar. De todas formas, tenía tiempo de sobra.

Arrojó las Agujas Carmesí al aire mientras indicó a gritos, en su mejor inglés, que todos se largaran de ahí o regresaran a sus casas, o lo que fuera.

Get the fuck out of here!

—Vaya, de verdad eres un Santo de Oro, notaste el cambio en el ambiente e interceptaste mi fuego.

«¿Dónde diablos está?». Todavía había gente en los alrededores, paralizados mientras las oscuras Semillas de la supuesta Eris volaban por el aire como nubes negras, lo que causaba en el público una sensación de desosiego. ¿De verdad estaba pasando algo malo, o ese hombre solo gritaba demasiado? ¡Así se habían ocultado esos bastardos por tantos siglos!

—¡Sal de ahí, miserable!

—¿Para qué? —preguntó la voz que se oía como una pira ardiendo, similar a la que adornaba el centro del Templo del Escorpión—. El resultado será el mismo. Serás abrasado por mi fuego de la Discordia mientras deseas nunca haber decidido acercarte a mi Madre.

—Pff, ¿yo, morir? Vaya tarado…

Las Agujas Carmesí descendieron y se estrellaron precisamente sobre las nucas de las nubes que por un milisegundo tomaron forma corpórea, al tiempo que eran atravesados y vaporizados.

—Ja, ja, ja, cómo se esperaba de un Santo de Oro.

Milo no fue lo suficientemente rápido para evitar ese problema que para otro sería solo un detalle. Un hombre alto, calvo, vestido con una armadura roja hecha de hojas con raíces blancas trazándola como venas, se apareció sentado, con los brazos cruzados, donde Milo estuvo antes. Tenía una barbilla pronunciada, piel pálida, y nariz larguirucha; sus brazos y piernas lucían más largas que lo normal. Con un gesto sutil, giró la mesa con el mapa donde tenía dibujado el rastro que había seguido por tanto tiempo, y sencillamente la cubrió de flamas verdes con un chasquido de dedos.

«Qué tipo más encantador». Horas perdidas por culpa de un insecto vestido de planta, como si fuera cualquier cosa. Disfrutaría perforándolo.

—¿Vas a responder tú, entonces?

—Si es que puedo —masculló el Dríade, sonriente, con los ojos enterrados en la cara clavándolo contra el piso. Era una imagen peculiar, dado el caos que había alrededor, con gente corriendo hacia las montañas—. ¿Qué deseas preguntar?

—¿Eres un Dríade?

—Anturio del Ardor, Dríade nacido del señor Ponos.

—¿Me estabas siguiendo?

—Te has acercado demasiado a Madre, no puedo permitir que eso continúe.

—Así que iba bien encaminado. ¿Qué piensas hacer?

—Matarte, desde luego —concluyó. Era bastante cortés para ser una planta viviente y pirómana.

Milo esquivó fácilmente la primera llamarada, pero por alguna razón, no solo la humilde casa que estaba detrás se quemó, sino también su chaqueta de cuero, tal como si el fuego verde hubiera retornado.

—¿¡Pero qué demonios!? —exclamó, quitándose la prenda.

—Antes de acercarte a Madre, deberás pasar por el infierno.

 

04:30 a.m. del 9 de Junio de 2010, Kyoto, Japón.

Se escondió en un claro, al interior de un bosque, que le indicó Hanako. Allí había un templo sintoísta oculto por los innumerables árboles, la pesada lluvia y la capa nocturna.

Oka-san… —musitó Kyōko, con los ojos vidriosos y el rostro sudoroso, pálido, pero con las mejillas azules.

—Rigel-san, por favor… —suplicó Hanako cuando entraron al templo, muy pequeño y adornado con algunas estatuas, campanas y un altar polvoriento. Recostó a su hija mayor en sus brazos, mientras la menor se quedaba de pie a un lado, casi paralizada, agarrando con sus manitas temblorosas su vestido.

Rigel supo lo que tenía que hacer, y en cinco minutos regresó con un colchón de plumas que «tomó prestado» de una casa a los pies de la montaña. Con el calor de su Cosmos lo mantuvo impermeable a la lluvia, y así lo acomodó bajo Kyōko, afectada por la toxina del extravagante Ricino.

Oka-san… —sollozó Shōko, que logró moverse solo para sacar un par de túnicas del altar y cubrir el cuerpo de su hermana—. Oka-san…

—¿Qué tiene mi hija, Rigel-san? ¿Qué le hicieron? ¿Qué está…?

—Son Dríades, criaturas mitológicas que buscan sembrar el conflicto sobre la Tierra —contestó, sin más. ¿Para qué mentir?—. Mi deber como Santo es vencer a esas criaturas y evitar que generen el caos.

—¿Por eso viniste hasta aquí? ¿Pero por qué?

Rigel suspiró, y un trueno resonó tan fuerte que la pequeña y delicada Shōko se estremeció y abrazó el cuerpo afiebrado de su hermana, cuya piel se tornaba cada vez más azul pálido.

—Al parecer son hijos de la diosa de la Discordia, Eris, quien necesita de un cuerpo humano para manifestarse en la Tierra. Mi misión aquí es buscar ese avatar y llevarlo al Santuario.

—¿Y esa persona… soy yo? —preguntó Hanako, dejando su lacia cabellera  roja caer sobre el cuerpo de su hija, y sus tiernas lágrimas resbalar por sus rosadas mejillas. Una reacción inquietante para descubrir algo así de un segundo a otro.

«No. No le importa», comprendió Rigel. Estaba preocupada exclusivamente por Kyōko, y si era o no la futura esclava de Eris, pasaba a segundo plano.

—Mi hijita saltó para protegernos, y recibió una cosa azul de ese monstruo. ¡Mírala como está! ¿Qué tiene? Jamás había visto algo así.

—Seguramente es veneno, sentí un Cosmos muy corrosivo cuando casi cae sobre mí —explicó Rigel, arrodillándose junto a Hanako, y dejando que su aura azul rodeara sus manos—. No sé cuán grave puede ser, ni cuánto tardará en hacer el… —tragó saliva—, el efecto completo, pero se me ocurre algo para remediarlo, al menos por ahora.

—¡Haz lo que sea para salvar a mi hija, por favor!

—Si puedo quemar las toxinas en su interior tal vez pueda salvarse… pero es muy peligroso —reflexionó Rigel. ¿Qué otra opción tenía en todo caso? Los estaban buscando por todos lados, no podían moverse de allí a buscar medicina ni nada—. No, quizás lo mejor por ahora será aliviar su fiebre, calentaré su cuerpo para que no se enfríe por el veneno, hasta que estemos seguros y… vayamos al Santuario por ayuda —concluyó, sabiendo lo que se venía.

—¿El Santuario? ¿A qué te refieres? ¿Me vas a…?

—Allí está la Fuente, y la Santo de Ave del Paraíso es muy buena en lo que hace, de seguro tendrá algo para cu…

—¿Crees que soy esa tal Eris, no?

Hanako solo bajó la mirada con tristeza, pero Shōko le dedicó una llena de rencor y desaprobación, así que debió entender bastante bien lo que dijo a pesar de haber elegido de antemano palabras que una novata en el idioma no entendería, para que no supiera de qué hablaban.

—Soy un Santo de Atenea, y como tal, mi deber es proteger a las personas. Incluso si eres la Discordia no es tu culpa, y te protegeré como a cualquier otro, a la vez que impido que se apoderen de tu cuerpo. Al hablar del Santuario, es porque es el único lugar que se me ocurre donde curar a tu hija.

Sin perder más tiempo, Rigel encendió sus llamas azules y elevó sus palmas sobre el rostro de Kyōko, que no dejaba de suspirar. No importaba qué pasara, haría todo lo posible por ayudar a esa gente. ¡Por eso había entrenado tanto, nada más era tan importante!

 

Chamdo, China.

—¡Mis llamas te volverán cenizas, Santo de Atenea! —exclamó Anturio.

Milo disparó sus Agujas Carmesí, pero el fuego esmeralda se tragó los misiles como si fueran perdigones, y luego lo rodeó como un torbellino. La temperatura del aire se hizo pesada y sofocante, y dos veces tuvo que quitarse llamas del cabello.

—Muy bien, es fuerte, ya me quedó claro —se dijo.

Ya no había gente alrededor, pero muchos estaban en sus casas, humildes cabañas de piedra y madera bañadas por la luz del sol más allá de las montañas, por lo que la prioridad era mantener el fuego concentrado en él y evaluar hasta qué nivel llegaría la situación.

—Madre está lejos del alcance de los humanos. Alguien la rastreó hace unas horas con un Cosmos increíble; si no eres tú, haré de tu muerte algo más rápido.

La camiseta roja y los zapatos negros que con tanto esmero había lustrado esa mañana se calcinaron, pero Milo solo podía sonreír. Lo había subestimado, y al final parecía que tendría un buen rato.

—Qué agradable de tu parte, ¿pero qué te hace pensar que un poco de moco fogoso podría hacerme daño de verdad?

—¿Qué dices?

—Para nosotros los Santos de Atenea, que superamos entrenamientos casi infernales y vivimos bajo el Cosmos ardiente, esto parece una mala broma. —Milo alzó su brazo y lo concentró con su energía dorada, que alguna vez hacía años fue roja, color que logró conservar en sus técnicas—. Además vestimos Mantos de Oro, que brillan tan intensamente como el mismo sol. Esto no es nada. ¡Scorpius!

No había traído la Caja de Pandora, se había limitado a ordenar al escorpión dorado que lo acompañara bajo tierra, así que ante su llamado, la criatura de oricalco y gamanio resurgió de entre rocas y valles como una pequeña estrella y se desarmó en partes antes de unirse a su compañero de tantas batallas. Con ella había peleado contra el héroe de la mitología Héctor, reanimado por los dioses; había superado los desafíos del ejército del desierto; había encontrado las armaduras robadas por las Sombras de Reina de la Muerte; y había vencido a uno de los Gigantes del Tártaro, Drakón de Margarites. Un poco de calor era hasta reconfortante.

—¿Qué diablos pasa con esa armadura? Mis llamas no le hacen nada.

Milo se colocó el casco adornado por la cola de escorpión, y abanicó su capa para deshacerse sin problemas de las llamas verdes que lo consumían.

—Me has dado muchos problemas con eso de girar esa mesa, así que para no matarte haremos un trato, ¿sí? —Milo apuntó a la cara alargada del Dríade con su uña escarlata, y caminó lentamente mientras el otro retrocedía—. Me dirás qué es lo que se sume sobre estas tierras, qué es esta oscuridad que nos envuelve, y dónde está la esencia de la tal Madre para que termine con ella de una cain vez. Por supuesto, no necesito decir que debes confirmarme quién es tu mami, en realidad.

—Soy una Semilla del gran Ponos de la Tristeza, ¿crees que puedes hablarme así como así? ¡Mis hermanos y hermanas ya han dejado al borde de la muerte a un montón de Santos como tú!

—No… no como yo. Jamás como yo. —Milo apoyó su dedo en la frente del Dríade, que ya no pudo retroceder—. Por lo que veo eres un simple clavel, largo y rojo, la personificación de algún problema mental cultural, pero yo soy un Santo de Atenea, algo que está por encima de cualquier otra cosa, divina, mágica o lo que sea.

—E-este tipo… —masculló Anturio. Los Santos de Oro eran algo diferente completamente, estaban en otro nivel sin esforzarse.

—¡Habla!

—Si das un paso más, mis flamas te… —El Dríade del Ardor hizo el ademán de invocar nuevos fuegos nacidos de las raíces blancas de su Hoja, como si las hojas del mundo se quemaran y se consumieran hasta crear más fuego verde, pero Milo se limitó solo a cerrar los ojos.

—Quieto.

—¡No puede ser! —Sin quererlo, Anturio cumplió la orden con celeridad, sin poder hacer nada para evitarlo. Estaba paralizado de pies a cabeza, no como si lo hubieran congelado o electrocutado, sino infundido por un miedo terrible, un terror inaudito ante un cazador que ya ha hallado a su presa—. ¿Qué demonios…?

Restricción. Ahora, como dije antes, soy piadoso, pero no colmes mi poca paciencia —amenazó el Escorpión—. Tienes dos opciones: decirme qué es lo que estoy buscando, y dónde, para que puedas salir de esto lo suficientemente vivo, o la estupidez de intentar atacarme, lo que hará que te deje como colador. Contigo, creo que con ocho o nueve Agujas bastará.

—Maldito bastardo, ¡soy un Dríade! ¿Crees que puedes…? —Y en el breve y súbito instante en que movió un brazo hacia una postura de guardia, Milo proyectó la técnica principal de las quince estrellas: la Aguja Escarlata. Ocho golpes en varios sectores del cuerpo, especialmente en las piernas, para que cayera de rodillas.

—¿Qué decías?

—Ah… no puedo moverme, pero este dolor… ¡qué es este dolor tan intenso en mi c…! ¡Ah! Ni siquiera el señor Algos sería… ¡Uh!

—La Aguja Escarlata causa una picadura similar a la de los alacranes, e inyecta un veneno que puede llevarte a la locura o a la muerte. ¡Tú eliges qué ruta tomas!

Pero no le dio tiempo para escoger. A veces, sencillamente calculaba mal la cantidad de Agujas necesarias; con Anturio necesitaba tal vez solo tres.


25solfo.jpg

(by Placebo)


#497 Πραχια δε ζεō

Πραχια δε ζεō

    Miembro de honor

  • 1,326 mensajes
Pais:
Espana
Sexo:
Femenino
Signo:
Leo

Publicado 29 septiembre 2016 - 14:36

Pero qué mentirosho eres!!!!!!!!!!! Las niñas eran ELLAS!! Lo sabía, lo sabía.

 

Reitero lo de Georg y Yuan... volverán como Ghosts...  ^_^  ^_^

 

 

A ver cuando hago rev en forma, como debe ser, pero no te tardes taaaaaaanto en actualizar, por dior!!!!!!


jGQGvD5.png


#498 girlandlittlebuda

girlandlittlebuda

    Souldgodiana de corazón

  • 2,250 mensajes
Pais:
Mexico
Sexo:
Femenino
Signo:
Virgo

Publicado 01 octubre 2016 - 23:34

Hola!

Después de algún tiempo pasó a comentar tu fic. En esta ocasión el capítulo Saori I.

Primero. Te vuelvo a felicitar por tu excelente descripción de la batalla.

Segundo. Este Jabu sigue sin agradarme. A mi parecer mejor debió quedarse como guardaespaldas permanente de Saori en lugar de ser el santo de unicornio. Y es que su fidelidad está con la mujer y no con la Diosa.

Tercero. Me pregunto que repercusiones tendrá en la historia el que en lugar de Seiya apareciera Ban. O sólo fue para darle cámara a este Santo, el cual al parecer fue víctima del golpe.... Mejor no spoleo.

Cuarto. No percibo a Saori muy contenta con lo que le tocó ser (y eso que todavía no empieza lo bueno). Me queda la sensación de que ella y Athena no son la misma. Habrá que ver cómo la presentas más adelante.

Quinto. Buenos fan arts

Sigo leyendote. Hasta la próxima

ZVUEAsd.jpg?1

 

"Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar a partir de ahora y hacer un nuevo final"


#499 ALFREDO

ALFREDO

    Miembro de honor

  • 2,470 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Libra
Desde:
Iquique, Chile

Publicado 02 octubre 2016 - 12:52

Hola Felipe, como estás...

Sin querer volvi a retomar vuestra historia, pues habia perdido el hilo a tu fic, porque se me hacia muy confuso q no le pusieras nombre a los capitulos. De forma correlativa. 

 

Me puse a leer desde la pag actual de vuestro fic, y me encontre q ahora en el arco de Eris lo estas haciendo XD. Me resulta mas facinante esta parte de la historia, pues creo q la de las demas, solo podia hacer complementacion en el arco del santuario y poseidon. Pero aqui hay mas de donde explotar. 

 

Me gusto q le dieras mas protagonismo a los plateados y q los mantuvieras con vida, aunque no entiendo por qué algunos lo estan.. Aunque supongo q es normal, pues me adelanté varios caps XD

 

Otra cosa es me gusta mucho q extendieras mas el ejercito de Eris, dandole una jerarquia incluyendo a las Hamadriades principales como generales de las driades.. 

 

Aunque todavia no entiendo como es q Orfeo tiene participación en esta saga, si el viajo si mal recuerdo al inframundo antes o durante los años del G. Oh al menos eso pienso considerando q no apareció en todos los arcos posteriores es porque se fue mucho antes...

Inclusive tal parece Chimaki tampoco lo ha sacado, considerando q fue un fantasma, quizas mas adelante haga un guiño..

 

También lei dos caps de la pag 8, donde son Poseidon y Saori son los protagonistas. Déjame decirte q encontré muy buena vuestra forma de narrar, pero como exageras mucho de forma subjetiva q la trama se extendió bastante. Dándole mucho tiempo a los pensamiento de los personajes, en algo q ya sabemos como va a terminar.

 

Y algo un poco incongruente q vi, fue q mencionas q Julian puede usar su dunamis y Saori no, ya q su impedimento era q es humana, pero si Julian es mas humano q ella. Oh si lo tiene, será de forma fugaz, en menor control del q posesidon lo usa. Creo deberia ser alrevez o incluso ninguno de los dos. Pues están usando envoltorios humanos...

 

Pero saori a diferencia de Julian no tiene el problema de q su recipiente lo rechace, pues ella no comparte alma en ese cuerpo. De hecho a ahorita estoy dando un poco de enfasis a esa faceta de athena en mi fic, de como es nace así a los pies de una estatua sin intervención. Pero por loq sabemos es bastante complejo su nacimiento y falta mucho por explicar todavía. Ya q según se deduce del ND, tal parece era la primera vez q nacía así.

 

Lo q es seguro es q Saori tiene mas divinidad en ese estado de lo q Poseidon tiene posesionando a Julian.

Pues la sangre de saori, produce milagros como los god cloth y la de Poseidon en ese momento es la de Julian. Ha menos q consideres q el cosmos transmuta la sangre como lo hizo shiori considerando la sangre de Alone divina. Otra cosa es q dices q el Icor es dorado, pero creo q en los mitos era azul, aunque es mas ya de gustos XD

 

Bueno ya me extendi mucho y perdon si consideras detalles sin mucha importancia lo q te resalto, pero fue lo mas me llamó la atención. 

 

Saludos..


Editado por ALFREDO, 02 octubre 2016 - 12:55 .

fics2017_escena_sadica_by_bytalaris-dazo

FANFIC: La condenación de los caballeros de Athena

Capitulo 44 .-  desde el (06/04/2017)

Fichas de personajes


#500 -Felipe-

-Felipe-

    Bang

  • 10,826 mensajes
Pais:
Chile
Sexo:
Masculino
Signo:
Virgo

Publicado 22 octubre 2016 - 15:44

Pero qué mentirosho eres!!!!!!!!!!! Las niñas eran ELLAS!! Lo sabía, lo sabía.

 

Reitero lo de Georg y Yuan... volverán como Ghosts...  ^_^  ^_^

Sí, bueno, a veces hay que desviar la atención jaja Sobre esos dos, no sé, no sé.....

Sí, tardo demasiado en actualizar, mil disculpas, es difícil narrar sin una fuente base y con tantas obligaciones. Intentaré ir reduciendo la brecha.

Gracias por el review, mi estimada y ganadora Praxia :)

 

 

Hola!

Gracias. Sí, Jabu es fiel a Saori, no a la diosa Atenea. Es a ella (y su abuelo) a quienes les debe lealtad.

Les doy mucha cámara a los secundarios. Si aparece Ban en esta parte es para hacer referencia al Jabu vs Ban de la obra original, porque por si no lo sabes, este fic omite el Galaxian Wars.

Saori no está feliz con su destino, eso te puedo decir. Gracias por lo de los fanarts y el review, espero  sigas leyendo :D

 

 

Hola Felipe, como estás...

Hola! :D Bueno, no suelo decir estas cosas, pero creo que hay algo de injusticia en un par de críticas, y se deben justamente, creo, a que te saltaste una gran parte de la historia (cosa de gustos, y es que ya lleva mucho jaja). Lo demás, estoy de acuerdo, y te agradezco mucho por varias, porque me ayudan a mejorar.

Primero, en esta saga aparecen Santos de Plata ya muertos porque transcurre 3-4 años antes del primer capítulo. Es una precuela. Eso también explica tu duda sobre Orphée.

Segundo, sobre los capítulos de Pose y Saori, a mí nunca me ha gustado que un fic solo tenga pelea y más pelea, yo me meto muchísimo en la psiquis de los personajes (probablemente porque estudié psicología), eso les da trasfondo y motivación. También llevas un error, aunque es obvio que los buenos ganan, eso es cierto para casi todo fic, pero en este caso, NO SABES cómo va a terminar. Si narrara exactamente lo que pone el manga, o sin muchos cambios, no veo motivo para realizar este fic en primer lugar.

Tercero, puede que tengas razón, pero no es como yo lo veo. Saori es una humana con poderes, pero Julian simplemente no existe. Puede usar su Dynamis porque Pose está dentro de él, usándolo como quiere, con dominio completo de ese poder. Saori tiene que desarrollar sus habilidades, y quizás llegue a utilizar bien su Dynamis también, pero le tomará tiempo, como a los Santos y cualquier humano, desarrollar sus habilidades.

 

Por eso, para mí, Julian es más dios que Saori. Más aún, yo me esfuerzo activamente en hacer de Saori una humana, no una diosa. Lo de la God Cloth y demás, no ha pasado en mi fic ;) Sí, aquí el icor es dorado jaja

Gracias por pasar :D

 

 

 

Ahora, el siguiente capítulo es traído a ustedes por... Sake Kurumada.

 

 

CAPÍTULO 11

 

LA CAÍDA DEL TEMPLO

 

18:20 p.m. del 9 de Junio de 2010, Kyoto, Japón.

Durante el día, Rigel trajo varios tipos de alimentos, vigiló los alrededores, encendió algunas fogatas para aliviar el frío ambiente y cuidó a las tres chicas que habían dormido cubiertas por mantas. Una de ellas, la mayor de las niñas, pálida y con mejillas azules, yacía envenenada, pero estable gracias a los Fuegos Fatuos. Había pensado en quemar el veneno de su organismo a pesar de los riesgos toda la noche, pues aunque llevarlas al Santuario era la mejor opción para que Kyōko se salvara y se aclarara el asunto de Hanako, esas presencias exteriores lo hacían todo más difícil, y perdería tiempo. No sabía qué hacer.

Solo era consciente de que las protegería a toda costa.

—Entonces, ¿los dioses sí existen? —le preguntó Hanako tras regresar con Shōko del río, mientras la pequeña observaba a su hermana desde un rincón—. ¿De verdad existen? —repitió, y se acuclilló frente a la puerta con la mirada perdida.

Rigel recordó que habían tenido una conversación sobre los dioses horas antes, sobre que no importaba si se creía o no en ellos, mientras se fuera bueno, los dioses oirían y cumplirían sus deseos.

—Sí. Pensé que creía en ellos, Hanako-san.

—Como entidades espirituales, seres más allá de la comprensión, sin cuerpo o forma, sino como manifestaciones de nuestras virtudes, puros y angelicales… No pensé que serían así.

—Seres físicos. Tangibles y poderosos.

—Seres malvados y reales, Rigel-san. Esta tal Eris se apodera de mi cuerpo y busca destruir a las personas; no tiene compasión por nadie. ¿Así son los dioses, los que crearon a los seres humanos? No puedo creerlo.

—Lo entiendo, para todos es difícil asumir que los dioses griegos, al menos, tienen una apariencia real y una personalidad vengativa, caprichosa y malévola. De acuerdo a los mitos crearon a los seres humanos, pero nos ven como animales, y de cuando en cuando intentan sacrificarnos como a una plaga. De todas formas, para ellos el tiempo no es nada.

—Mis creencias…

—No quiere decir que no existan. —Rigel estuvo tentado a tomarle la mano, pero desistió a tiempo—. Que los dioses griegos sean reales, no niega la existencia de los espíritus en los que crees. Al contrario, eso explicaría la bondad y justicia en este planeta.

—Pero, ¿qué son esos dioses?

Esa sí que era una pregunta interesante. Curiosamente, la hizo una vez en su entrenamiento, y aunque no obtuvo respuesta, con los años llegó a una propia.

—Los veo como seres muy antiguos, anteriores incluso al tiempo, con poderes que superan a los humanos… No más que eso. No necesitan plegarias u oraciones, Hanako-san.

—Pero tú luchas para una diosa, ¿no? Y otra de ellas quiere… usarme…

La imagen de Hanako, con su cabello rojizo y túnica blanca, era perturbadora y triste, contrastando con la lluvia que de nueva cuenta comenzaba a caer.

—Atenea es algo diferente. Alguien, quiero decir —se corrigió, mientras los muros se oscurecían a juego con el sol ocultándose—. No le rezo ni le pido favores, ni nada. Ni siquiera sé cuán real es. —Milo lo mataría por decir eso, pero no estaba allí, afortunadamente—. En cualquier caso, Atenea no es como Eris; busca proteger, nunca destruir. Hasta podría verla como la líder de un ejército, o como una santa, pero no alguien a quien reverenciar.

—¿En qué crees, Rigel-san? —preguntó la mujer, levantando la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos y sus labios se curvaban apenas en una sonrisa tibia.

Ni siquiera lo meditó.

—En los humanos; en las personas. Son, a pesar de sus errores naturales, los que crean milagros con sus acciones, y no los dioses. La misma Atenea decidió reencarnar como humana hace siglos para sentir como nosotros. Por eso lucho bajo su estandarte, porque ella misma cree en la humanidad.

Hanako sonrió, y él al fin estrechó su mano.

 

9 de Junio de 2010. Ubicación desconocida.

—¿Quién la tiene? —preguntó Ponos, apresurado, subiendo las escaleras que llevaban al Útero, el árbol que hizo pecar a la humanidad. Era robusto y alto, con una nariz chata y labios gruesos; su mirada estaba desprovista de emociones que no fueran el lamento, sus ojos entrecerrados eran ocultos por una mata de cabello gris que hacía juego con los bordes de su Hoja negra, como si estuviera de luto, que destacaba por las argollas en sus muñecas y tobillos. Era un Hamadríade, uno de los espíritus que lideraba al ejército de su Madre.

—¿La Última? —inquirió a su vez Emony, sentada sobre una de las enormes raíces negras. Usaba un delicado vestido de terciopelo, violeta y blanco, que no desentonaba con su apariencia infantil: su cabello rubio atado por moños, sus ojos azules y engreídos, su sonrisa que solo emitía falsa inocencia, y sus piecitos que se mecían al vaivén acompasado de una canción absurda; claro, era solo apariencia, ya que al igual que las demás Dríades, tenía millones de años—. Ni idea —cantó la niña como respuesta.

—Probablemente ya encontró a Madre —fue lo que apenas pudo entender Ponos de la vigorosa y rolliza mujer que se vanagloriaba de ser la más grande de las Hamadríades. Su cabello era negro y ondulado, sus labios gruesos y su nariz muy pequeña, tanto como sus ojos rasgados y ambiciosos. Sus pechos prominentes, olientes a frutos secos, apenas sostenían el peto verdusco como hojas de verano al que se ceñían las hombreras redondeadas, y por el lado de su falda, y hasta las perneras adornadas por claveles, chorreaba lo que devoraba con avidez.

—Limos, ¿cómo te atreves a comer frente al Útero? —le recriminó la voz sensual, casi cariñosa, pero estricta y firme, de quien bajaba la escaleras en dirección opuesta a Ponos. Una segunda líder para todos.

Si bien era cierto que todas las Hamadríades eran iguales para su Madre, Ate siempre fue la más cercana. Tenía orejas largas, ojos grandes, sensuales, igual que sus labios sonrientes y orgullosos que de vez en cuando eran acariciados tanto por sus dedos pálidos como su extenso cabello negro azabache. Con el paso de los siglos, los otros ocho Hamadríades se acostumbraron a la situación de que Ate intercediera ante los demás con su Madre, y llegaron a un punto a que la consideraron una figura de autoridad incluso entre ellas, aunque en el papel la diferencia no se notara.

—Me alimento del hambre, hermana, y hay que aprovechar esa hambruna al oeste de África —se defendió la aludida, antes de seguir devorando el aire con ansias plenas—. Además, ¿no tengo razón? La Última Manzana del Útero la encontró.

El árbol era inmenso, con una titánica copa verde, ramas blancas por doquier y un tronco del mismo color, tan grueso y antiguo como el tiempo; estaba decorado con innumerables frutos dorados, al parecer infinitos, y sus recias raíces perforaban la tierra, saliendo por los pilares dorados y el gigantesco templo. Una luz verde lima adormecía a las hojas desde su frondoso interior e iluminaba todo el recinto sagrado, enorgullecido tanto por el árbol como los dos gigantescas obeliscos.

—Sí, y por supuesto fue mi querido Ampelos, que como saben, es el más peligroso entre los Dríades —se enorgulleció Ate, sacando pecho, y nadie discutió esa afirmación—. La encontró en Japón, y todos los demás lo persiguen, como se podía esperar de él. Pero dime, Ponos, ¿qué es de Socordia? ¿Se recuperó? —añadió la Hamadríade con malicia, aunque ese fuera departamento de Emony, quien seguía jugando con sus pies. Esperaba que a la gorda y rastrera Dríade le tomara mucho tiempo el recuperarse.

—Murió —respondió Ponos, y ni Ate ni Limos fueron capaces de decir nada más que soltar un suspiro; la misma Emony se detuvo—. Esos Santos de Plata sí lo consiguieron, aunque obviamente se murieran también.

—¿Qué? Entonces… ¿es verdad? No… —Ate dejó de bajar las escaleras, paralizada—. Socordia murió.

—Lo de esa vez no fue un milagro humano —asintió Ponos, haciendo sonar sus argollas al estremecerse por sus propias palabras.

—¿Podemos morir? —fue la pregunta temerosa de Limos.

—Algos del Dolor, lo llamaban —dijo alguien detrás de una columna. Tenía voz áspera y rasposa, y su apariencia no era menos atemorizante, con su cabeza esquelética, sus cuencas vacías bajo una frente pálida y sobre la nariz endurecida; las guadañas que colgaban de su Hoja gris apagado eran tan filosas como el mejor acero posible, jamás creado, y sus botas jamás emitían ruido. A nadie le sorprendía ya, tras tantos milenios—. Pero Algos del Dolor ya no existe. De diez, solo restamos nueve.

—N-Neikos —saludó Ate, de todas formas. Neikos del Odio era el único de los ocho que jamás le dedicó la menor reverencia o atisbo de respeto. Ni a Ate, ni a nadie más que a su Madre.

—¿Lo recuerdan? Un Hamadríade como nosotros, que había sido asesinado, tal como les dije, pero ninguno de ustedes creyó. ¡Dijeron que desapareció!

—El dolor nunca se esfumó de los corazones de los hombres —le reprendió Limos, tal como hacía quinientos años, aunque esta vez se notaban las dudas en su corazón—. Eso significa que no abandonó este mundo, ¿verdad?

—Somos representaciones de los males, pero no ellos en sí mismos. A Madre le interesan más las calamidades en la Tierra que lo canalizadores. Fue muerto por un Santo de Atenea, pero no se preocupen, pronto lo pagarán él y toda su gente.

—¿Algos y Socordia realmente murieron? —preguntó Emony, poniéndose de pie de un salto.

—No solo ellos —respondió. Su barbilla huesuda casi se queda petrificada en su lugar—. Alke, Ioke y Mache fueron asesinadas por Santos; lo mismo le ocurrió a Alala y Homados, razón de que Phonos e Hismina no se presenten hoy, por el horror que les aflige.

—¿Qué? ¡Qué tonterías son esas!

—¿Los hermanos de la guerra muertos? —se estremeció Ate, con los ojos abiertos como platos—. No, ¿incluso Alke?

—¿Bastó que los Santos al fin nos descubrieran para empezar a acabar con nosotros? ¡Qué absurdo!

—No es absurdo, Limos, puesto que puedes confirmarlo con mirar a tu lado. —A la señal de Neikos, todos fijaron su atención en Ponos, que tras un escalofrío cayó de rodillas, hasta ser levantado por una fuerza sobrenatural que lo tomó de las axilas—. ¿Quién fue, hermano?

—A-Anturio acaba de fallecer también —lamentó Ponos, desviando la vista a un lado—. Se ha unido a Socordia.

—Y una cosa más: nunca olviden que ya nos descubrieron una vez, un solo Santo, y Algos pagó el precio. No se confíen con los Santos de Atenea.

—Tenemos al cuerpo que usará Madre, no tenemos por qué temer si ella despierta, hermano —soltó Ate, más fría su mente.

—No sabemos lo que ocurrirá si el Santuario sabe de nuestra presencia. Para ser exactos, estamos realmente en terreno oscuro, a pesar de los años que llevamos pisándolo. Incluso con Madre despierta, es de menester ser precavidos, y nosotros mismos deberemos de actuar.

—Ella nos dirá cómo debemos actuar, Neikos —se quejó Ate, aún confusa por la revelación. Se volteó hacia el Útero y elevó tanto la voz como los brazos—. Madre, ¿nos oye? Reina de la calamidad, Discordia del universo, ¡¿oye usted mi voz?!

Algunas ramas, gruesas como edificios y largas como si rasparan el cielo, se abrieron hacia los lados para que se dejara ver una luminosa esfera semitransparente, palpitante, en el que flotaba una bola de fuego incandescente, rodeada por un anillo marcado por runas antiguas, un idioma olvidado. De las cepas, decenas de manzanas se despegaron y dispersaron por el firmamento, una bóveda azul pero adornada por incontables estrellas.

—El conflicto se expande por el mundo —celebró Emony con una sonrisa radiante—. ¡Qué lindo!

—Las flores también se abren —meditó Ponos, bajando la cabeza—. ¿Qué nos está diciendo Madre, Ate?

—Que así como esas manzanas, debemos repartir dolor para alimentarnos, hermano, esparcirnos como semillas en el viento —contestó ella, ruborizada, con una mirada sensual, complacida—. Sabe que está pronta a poseer un cuerpo, para manifestarse en esta Tierra tan frágil ante la divinidad.

—Lástima que Hismina y Phonos se pierdan este espectáculo. ¿Dónde están Manía y Disnomia? —preguntó Limos, sin quitar la vista del brote de los retoños en las más altas copas.

—Nadie sabe —aseguró Emony, aunque Neikos sonrió por lo bajo con sus labios de hueso. Él tenía ojos sobre todos. Incluso si no en el cráneo.

—¿Qué desea su corazón, Madre? —preguntó Ate, sin bajar los brazos—. Ahora que tres semillas de Phonos, dos de Hismina y dos de Ponos han caído solo por amarte, mis fuerzas siguen intactas y tenemos acorralado al cuerpo que usted decidió la arropara.

—No seas engreída —dijo alguien. Pudo ser cualquiera.

—¿Qué debo hacer con los Santos si los encuentro? ¿Huir al igual que cada vez que nos manifestamos en esta Tierra, o exterminarlos para siempre? ¡Diosa que nació de la Noche, decida por nosotras, Madre que nos trajo al universo! Asuma su posición como reina de este mundo alimentado por el pecado de Pandora, y regrese a esta dimensión, ¡¡¡diosa Eris!!!

 

02:10 a.m. del 10 de Junio de 2010, Kyoto, Japón.

—¿No puede dormir, Hanako-san?

La respiración de Kyōko se había estabilizado, los ronquidos de Shōko solo habían empeorado, pero su madre no se dignaba a acoger el sueño, y Rigel era capaz de sentirlo incluso desde afuera; la preocupación fue la que le hizo entrar al templo, hallándola con el cabello desordenado sobre la cara empapada de sudor, y las manos temblorosas encima de las sábanas improvisadas.

—No me queda mucho.

—¿Disculpe?

—El mundo me abandonará, Rigel-san, no sé cómo, pero lo sé. Lo acabo de saber, como si fuera evidente. —Sus ojos, a la luz de las velas, se notaban húmedos, pero ni sus manos ni su mentón temblaban. Sin embargo, por su postura encorvada y la aflicción en su mirada, parecía sentir el dolor típico del nerviosismo y la angustia ante el futuro—. ¿Significa eso que pronto me convertiré en Eris?

—Te dije que te protegería, Hanako-san.

—Debo pedirte un favor —susurró esta vez la pelirroja. Su mirada se desvió hasta clavarse férreamente en los ojos de Rigel—. En caso de que desaparezca de este mundo bajo la voluntad de esa diosa…

—No ocurrirá, a ninguna de ustedes les sucederá nada. —Lo había jurado, y Milo no había entrenado a un mentiroso. Cuando hacía una promesa, era porque se veía capaz de cumplirla… aunque entendía su miedo.

—No desconfío de ti, Santo de Plata —musitó ella, como si hubiese leído sus pensamientos—. Pero sí de nuestros enemigos. Rigel-san, ellas no pueden quedarse sin su madre, no ante el mal que puede buscarlas por mi culpa.

Un trueno hizo a Hanako estremecer, dado lo nerviosa que estaba. El rayo iluminó el templo a través de los maderos. Tenía lógica su pensamiento, y eso que nunca había encarado una situación ni remotamente similar: en el caso de que un poco de su voluntad permaneciera en la mente de Eris, podía llevar a esta a buscar a las niñas personalmente. Sin embargo, Rigel no tenía muy claro qué es lo que estaba pidiéndole, así que buscó una pregunta difícil, asumiendo que fallara en su misión. Solo como hipótesis.

—Sé que es grosero inquirir sobre esto, pero… estas chicas…

—¿El padre?

Vaya que era perceptiva esa mujer. No había forma de que la abandonara a su suerte, ni menos a la niña pelirroja que durante la tarde había llegado incluso a abrazarlo, rogándole que protegiera a su madre.

—Sí.

—Nos separamos poco después de nacer Shōko, pero es un buen hombre. Se llama Takeo Zenhoshi, es dueño de un dojo al norte de Okinawa, que se traduce a tu idioma como “El de Espíritu Indomable”. Cuidará con fervor a ambas, y jamás las abandonará.

—Hanako-san. —Rigel se agachó y tomó sus manos nuevamente, algo nada protocolar para un Santo, pero no era como si no hubiera visto a Milo tomando manos de damas desde muy pequeño… tal vez no por las mismas razones—. Nada va a sucederte, ni a ellas. Es muy difícil vencer a los Santos.

—Pero si existe la remota posibilidad de una falla, y yo soy víctima de ello, entonces debes matarme, Rigel-san.

—¿Q-qué?

Y como si el mismísimo Zeus hubiera estado atento a la plática, un intenso trueno hizo sonar las campanillas, y un relámpago furioso iluminó la habitación. La pequeña Shōko se giró hacia el otro lado, buscando oscuridad.

—Me matarás. Ya lo estoy, de todas maneras. Es la única forma de proteger a mis hijas; no hay nada que enorgullezca más a nuestros antepasados que el altruismo, cuando es por seres quer…

—No morirás —la interrumpió—. E incluso si Eris se apodera de tu cuerpo, la sacaré a patadas. —¿Era eso violencia de género? ¿Por qué diablos se preguntó eso? Tal vez era una señal de que estaba tan seguro de salir victorioso, que podía permitirse dudas como esa—. Llévalas tu misma con su padre, Hanako-san, o a donde sea.

—Rigel…

Mientras se miraban, los rayos al fin cesaron y se sumieron en una penumbra acogedora, nada solitaria. Los segundos se alargaron y sus emociones se enlazaron.

 

10:40 a.m.

Se despertó de súbito cuando sintió la extraña presencia en los alrededores, buscando sin saber todavía dónde se ocultaban… aunque en realidad, Rigel no había dormido nada, solo se sumía en un estado de descanso fugaz, como Milo le había enseñado para estar lo más alerta posible en todo momento, incluso reposando los sentidos. La lluvia no había claudicado.

A su lado, las tres chicas bajo su guarda dormían cubiertas por mantas. La mayor de las niñas, pálida y con mejillas azules, yacía envenenada, pero estable gracias al aura de los Fuegos Fatuos.

Un murmullo sacudió una de las campanas colgadas del techo y la puerta se abrió un milímetro. Eso no era el viento. Rigel se puso de pie y ladeó la cabeza justo a tiempo para evitar un proyectil azul que se estrelló contra la muralla de fondo sin hacer más que un ruido como el de un escupitajo. Luego, a una velocidad superior, el Santo de Plata salió del templo justo a tiempo para conectar un gancho derecho sobre la extraña criatura que los había atacado antes, que lo envió en ascenso dejando una estela azul en el camino. Un Dríade con forma de araña, Ricino de la Toxicidad, del ejército de Ate.

—¿Qué? ¿Pudo golpearme a esa velocidad? ¡No pue…! —Sin terminar la oración, se topó con el Santo en el aire, que lo atravesaba con sus penetrantes ojos verdes, iracundos. Rigel soltó una llamarada sobre el Dríade que lo arrojó a la hierba con más intensidad y vehemencia que una caída natural—. Pero qué…

—Silencio. —Rigel aterrizó encima de la horrorosa criatura, y le aplastó el cuello con su bota plateada—. No quiero que despierten.

—Arg… ah…

—Entiendo que tu saliva es venenosa, ¿verdad? —susurró Rigel, quitándose el guante izquierdo con el que había golpeado al monstruo. El gamanio desprendía vapor y se agrietaba rápidamente; lo mismo ocurría con la bota, algo mojada por el mentón de Ricino—. Eres asqueroso.

—N-no seas engreído… —Con las patas de su Hoja (o quizás del Dríade mismo), atacó a la cintura de Rigel, pero éste las esquivó de un salto y disparó una vez más su Fuego Fatuo, pero a pesar de su difícil postura y situación, Ricino logró huir con un velocidad impresionante para su deforme y gran cuerpo.

—¿Crees que podrás huir? —Rigel intentó mantenerse sereno, pero aunque buscaba a su enemigo con un ojo, el otro lo tenía puesto en el Templo, vigilante ante un posible ataque a las mujeres que, supuestamente, todavía dormían—. Debes decirme cómo salvar a la niña a la que envenenaste, y solo así conseguirás sobrevivir.

—No puedes seguir mi Cosmos si sigues prestándole atención a las mujeres, no puedes verme gracias a mi velocidad, no puedes atacarme o serás envenenado, y de seguro no quemarás todo el bosque, ¿verdad?

—Malnacido…

—Vamos, déjame ir por la mujer, estoy seguro que a ella busca la señora Ate, así que hazte a un lado, ¡o mejor no lo hagas! —Debía moverse muy rápido, puesto que Rigel vio el ácido venenoso salir desde todas direcciones, troncos y las cumbres más altas.

«Se mueve demasiado rápido… ¿Acaso no le afectaron mis Fuegos Fatuos? Lo que significa que es bastante fuerte también».

—Bailen, llamas del infierno. —Invocó la Danza Fatua. Los escupitajos se transformaban en humos a su alrededor mientras los iba consumiendo, y poco a poco le molestaban en la vista, aunque poco importaba: Milo le había enseñado a guiarse completamente por el Cosmos.

Por supuesto, no podía quedarse a defender toda la vida, en algún instante tendría que atacar. La pregunta era cómo. La respuesta se asomó un segundo después, cuando notó la figura deforme de Ricino, contorsionándose para disparar entre las cepas, tal como una araña. Exactamente como una. La lluvia tenía mucho que ver en que sus ataques no dieran resultado.

—¿Rigel-san? —Apenas fue un murmullo débil, pero le hizo cambiar su plan, lo distrajo e interrumpió sus pensamientos.

Cuando se volteó, su pecho ardió de dolor al contacto con el ácido, y logró percibir cinco sombras como las que había vencido antes, salir del suelo y adentrarse en la casa, antes de que su cerebro procesara todo a gran velocidad.

«No. No, no, no, no. Prometí protegerlas». Mientras las criaturas entraban al templo y se oía el primer grito de Shōko, Ricino salía de su escondite y derramaba toxicidades a despojo, en caída libre sobre el Santo de Plata. Éste esperó hasta el último instante, se quitó la armadura corroída de un solo movimiento, y con ella bloqueó y golpeó a la criatura, además de impulsarse hacia atrás a tal velocidad que el sonido del impacto llegaría después que él.

Entró al templo como una bala de cañón, y quemó al vuelo a la primera Sombra que vio, la que alargaba su mano hacia Kyōko, demasiado enferma como para hacer algo más que suspirar aterrorizada. Rigel impactó contra el altar y lo hizo pedazos, pero con su Danza Fatua pudo atacar a los demás desde allí, sin tocarle un pelo a Hanako, que sujetaba a su hija menor, que empapaba su vestidito de lágrimas. Su Cosmos ardía, su deseo de protegerlas lo estaba fortaleciendo como nunca antes.

En ese momento, Rigel vio a Ricino entrar, derramando ácido en el camino, saltando con todas las patas abiertas. Pero él ya había previsto eso.

Alnilam, Alnitak, Mintaka, ¡brillen!

Esas eran las tres estrellas más hermosas de la constelación de Orión, y Rigel las invocó por igual ante la opresión del enemigo en ese sitio cerrado; uno donde el veloz Ricino no podría moverse con comodidad.

—¿Qué…? —No pudo preguntar más que eso el monstruo, antes de que sus labios fueran sellados por el Cinturón Fatuo (Fatuus Cingulum), una serie de anillos llameantes que imitaban el cinto que, en el mito, cargaba el mazo de Orión, y en el cielo, conformaban un asterismo en el centro de su constelación. Los extremos iban cargados en sus manos, y con el centro controlaba el largo de los lazos.

Limitando los movimientos de Ricino, lo sorprendió atándolo contra el piso, y luego tomó a las tres mujeres a una velocidad que dejaría estupefacto a un Santo de Oro. Salieron por el techo, y con sus Fuegos Fatuos (y tras pedir sincero perdón a los espíritus en los que Hanako creía), calcinó el templo con el monstruo debajo. Un ataque tan intenso que ni siquiera la lluvia pudo apagar las llamas.

 

10:45 a.m. del 10 de Junio de 2010. Seúl, Corea del Sur.

De camino a Japón, tras correr a toda prisa por horas (y atravesar con varios inconvenientes la ladera de la complicada Corea del Norte), Daidalos de Cefeo se detuvo a beber agua en un riachuelo mientras Marin de Águila lo miraba desde su asiento rocoso a dos metros de distancia. Acababa de revisar por enésima vez, con su mente, la raída libreta que significó su primera desobediencia al Santuario. No era capaz de enfrentar sus palabras sola, y su corazón le latía con fuerza cada vez que recordaba los versos dejados por el autor ante la tragedia y la traición; necesitaba compartir la información con alguien más, y Daidalos parecía la mejor opción. ¿Pero significaba eso que era la única? Dio un paso hacia adelante tras un breve y sin control titubeo.

—¿Qué sucede, Marin? —preguntó el hombretón antes de que Marin abriera la boca, lo que la tomó por sorpresa y detuvo su pisada con el talón a un centímetro del piso mojado.

—Yo…

—¡Ja, ja, ja, ja! —rio Daidalos con toda la fuerza de sus pulmones antes de bajar súbitamente la voz a un susurro melancólico—. Vaya, debo ser el primero en lograr usar tu truco contra ti, ¿eh? Cielos…

—Daidalos.

—Sé que ocultas algo importante, y tu tono de voz indica que te mueres por soltar el chisme. «¿Debería confiar en él?», te preguntas, pero yo no estoy seguro de poder tener tu confianza más allá de pelear contigo, por ti y mis demás hermanos… El problema es que eso es, básicamente, lo que todos hacemos.

Marin rodeó a Daidalos y contempló su sonrisa honesta, justiciera, valiente, incluso un poco paternal. Mantuvo siempre una mano tras su espalda, sujetando el cuadernillo de hojas grises.

—No. No todos.

—¿Qué sucede, Marin?

—Daidalos, respóndeme sinceramente a esto: si descubrieras que alguien de alta jerarquía en el Santuario, incluso nuestro líder, fuera un partidario del mal o un usurpador, ¿qué harías?

El rostro de Cefeo, áspero y moreno, se petrificó en una expresión de sobrio impacto. Una sombra le acarició los ojos, y su boca se abrió hasta formar una O.

—Lo que dices podría considerarse traición, hermana —dijo el Santo cuando recuperó la movilidad.

—Lo sé, pero tu Cosmos no parece desear atacarme.

—Eso sería demasiado impulsivo, y tengo un alumno que me ha enseñado a ser paciente. —Daidalos se puso de pie lentamente, enfrentando la llovizna suave de Corea, con los ojos negros clavados en su compañera—. ¿Por qué preguntas eso?

—Primero, responde.

—Los Santos de la diosa Atenea somos regidos por una jerarquía estricta, determinada a grandes rasgos por nuestro manejo del Cosmos. Se nos ha enseñado a respetar dicha jerarquía, y así lo he hecho durante los siete años que he llevado este Manto Sagrado. Obedecemos las órdenes de nuestros superiores sin dudar, pues la diosa lo ha decidido así, y el insinuar que uno de ellos es malvado, o peor aún, un usurpador —añadió Cefeo tras recordar a cierto Santo de Oro—, te pone en la mira de todos los que vestimos estas armaduras.

—¿Pero? —inquirió Marin tras una larga pausa de un Daidalos petrificado nuevamente. Todavía no había agresividad en su aura, y apenas había pestañado.

—Pero si descubriera que alguno de mis superiores es un imbécil que ha roto sus votos y lucha en contra de los ideales de Atenea, lo haría pedazos, incluso si eso significara renunciar al Santuario y ser tachado de rebelde.

Se oyó tan sincero que el Águila de Plata no pudo evitar soltar una risa que le costó contener, ni frenar un pensamiento repetido como eco por unos segundos. «Eso es lo que quería escuchar».

—Ten —dijo, sin más, y le entregó en las manos la libreta.

—¿Qué es esto? —preguntó Daidalos, de pronto atemorizado ante la súbita risa de alguien que no parecía programada para ello. Abrió el libro sin esperar la respuesta, en la página cuya esquina Marin había doblado para hacer de marcador.

 

24 de Abril. 2000.

Kinsasa parece en orden. Conoceremos al jefe de la aldea esta misma noche. El Sumo Sacerdote se ve descansado, el dolor de cabeza no había sido para preocuparse, al fin y al cabo. El aire africano le ayudará a relajarse.

De enemigos o eventos fuera de lo normal no ha habido rastro. Sin embargo, el Cosmos tiene un flujo anormal en esta región, rápido y levemente impetuoso.

 

Había una anotación más abajo, en un rincón, escrito por la misma persona, pero más desordenado, con mucho menos formalidad.

 

Temo por él.

 

—Esto… ¿qué es?

—La bitácora de Nicole de Altar, perdida desde hace diez años.

—¿Nicole de Altar? —Todos los Santos de Plata eran hermanos, y sin contar las elecciones temporales de líderes de misión, tenían el mismo rango e importancia. Sin embargo, había una excepción que todos conocían, pues el Comandante de Plata era así mismo el Oficial de la Biblioteca y el ayudante del Sumo Sacerdote. También había sido maestro de Saga de Géminis y muchísimos otros Santos durante varios años. Es decir, Nicole tuvo un puesto especial en la jerarquía hasta que pereció en la misión a Kinsasa de hacía diez años, producto de una enfermedad causada a través del Cosmos.

—Sí. Te lo diré de antemano, Daidalos: Nicole no murió de enfermedad, y el Sumo Sacerdote… no es Sion de Aries.

 

10:50 a.m. del 10 de Junio de 2010, Kyoto, Japón.

—Bien, eso fue difícil —dijo Rigel, tras dejar a Kyōko en brazos de la madre que también estaba a salvo, igual que la otra niña. Estaba agotado, usó demasiado Cosmos de una sola vez, pero lo había logrado. El Cosmos de esa criatura se había extinguido con el edificio, ¡las había protegido, tal como prometió!

Arigato! —exclamó Shōko, agarrándose a su pierna derecha sin importarle los rasguños en su ropa, que tanto la había preocupado antes. Rigel, cansado, con las manos sobre las rodillas, le sonrió de vuelta mientras las gotas acariciaban su rostro.

—F-fue un placer, ja, ja.

—Yo también te agradezco, Rig… ¡ah!

Ese breve quejido enmudeció al universo, incluso la robusta lluvia, casi tanto como a los sentidos de Rigel, que jamás reaccionaron ante el ataque. El silencio solo fue interrumpido un instante por el golpe seco del cuerpo de Hanako, atravesado a la altura del abdomen por un rayo de luz púrpura, pero luego retornó la extrema y desesperante quietud. No cayó en cámara lenta como pudiese pensarse, sino que fue angustiosamente rápido.

El Santo de Orión torció el cuello, y a lo lejos halló una criatura alada, que a toda velocidad se acercaba a las niñas cargando un objeto dorado en la mano; ellas aparentemente gritaban, pero no emitían ruido que Rigel oyera. Pensó en detenerlo, pero su mirada se desvió nuevamente a Hanako, y se arrastró hacia ella. A pesar de todo, ¿había fallado? ¿En serio?

—R-Rigel-san… —Cierto, ¡las niñas!

Por culpa del cansancio acumulado, el impacto, y la velocidad del Dríade volador, Rigel no pudo evitar que agarrara a ambas niñas (cuyos gritos al fin oyó), una con cada mano, y tomara vuelo arriba.

—¡¡¡Shōko, Kyōko!!! —Se preparó para brincar, pero una fuerza magnética que hizo a sus piernas pesar cientos de toneladas, lo estampó contra el suelo una vez más—. ¡Demonios, suéltenme!

La criatura se alejó hasta perderse entre las nubes grises que ocultaban al sol, y los gritos de las niñas fueron acallados por la tormenta, que de nuevo tomó fuerza.

—Mataste a mi hermano Ricino, Santo de Plata, pero al menos su llanto me ayudó a encontrarte —murmuró Ampelos del Lamento, el Dríade amarillento que había hecho sufrir a la gente en la ciudad, que había atacado en primer lugar, y del que habían huido. Su Cosmos se concentraba en su mano, con el que aplastaba a su enemigo contra el suelo—. Me alimento del lamento humano, así que la muerte de esa mujer ayudó bastante.

—T-tú… pensé que no matarían al… cuerpo de Eris… —rezongó Rigel, de cara contra el barro.

—Así que sabes de nuestra Madre. Pero los estudiamos mucho durante estas horas, la señal de la cáscara de Madre era de una persona pequeña, inocente en apariencia y pensamiento, no una mujer adulta. Es la obvia explicación.

—¿Qué? N-no puede… —«¡Una de las niñas!». La idea lo horrorizó, aunque también le dio fuerzas para erguirse de un salto.

—Al suelo, muchacho. —Y lo volvió a aplastar con un giro de su mano. ¡Era muy fuerte!—. Llora la pérdida de esa mujer, no tengo ganas de pelear contigo. Solo lamenta tu pérdida, intenta refugiarte en la idea de que una de esas niñas sobrevivirá.

—¡M-mºerda! Debo… —Las lágrimas se agolpaban en sus ojos.

—Ya, ríndete de una vez. Llora.

—¡No!

 

Una roca surgió del suelo, un monolito liso y empapado, entre los dos rivales. Por alguna razón, solo eso permitió a Rigel moverse libremente. Luego, un Cosmos magnífico se manifestó, y una silueta surgió entre los árboles, una Santo caminando a paso certero, iluminada por un aura índigo.

—Este Cosmos…, es el mismo Cosmos que nos salvó allá en la ciudad. —Se le antojaba muy familiar, aunque lejano.

—¿Tú otra vez? —preguntó Ampelos, aparentemente la conocía.

—Me costó mucho hallarte, eres bueno para perderte, pero tu rastro es tan asqueroso que es ineludible para mí.

—No puede ser… ¿Tú?

La mujer llevaba una venda negra sobre los ojos, y por eso la tomó por ciega el día anterior, pero no era eso. Era esbelta y muy alta, con una cintura delicada muy ajustada al peto, que se componía de un cuello largo, las piezas para los senos, y una serie de segmentos como plumas que se separaban en dos hasta conformar la falda, dando paso a una tercera tan larga que tocaba sus rodillas, adornado por el símbolo de la constelación. Sus piernas eran robustas, los tacones de las perneras las alargaban aún más de lo que ya eran, y de ellas salían pequeñas alas redondeadas; sus codos tenían el mismo diseño «emplumado», igual las curiosas hombreras, que en forma de media luna dejaban descubierto el espacio desde el área superior de los hombros hasta el cuello. Sus labios eran finos, su nariz redondeada, y su piel pálida como la luna llena. Su largo cabello rubio, oscuro y liso, se extendía hasta sus caderas, y no portaba casco, como era habitual.

—Rigel, largo de aquí. —Su voz era suave, pero no dejaba oportunidad para réplica—. Esa cosa vuela muy rápido, así que date prisa. Vine con varios soldados del Santuario, ellos se harán cargo de la mujer.

—¿P-por qué estás aquí? —¿Pero qué clase de preguntas estaba haciendo?

—¿Acaso importa? Vete ya.

—S-sí. —Miró a Hanako una última vez; ella le sonreía, pero con la pérdida de sangre, no le quedaba mucho más. Hubiera deseado que el tiempo se detuviera y pudieran conversar más, pero ambos sabían que no quedaba más. Y la seguridad de las niñas era la prioridad.

—S-sé que podrás, R-Rigel-san.

No fallaría una segunda vez, nunca jamás. Daría su vida todas las veces que fuesen necesarias por la vida de esas pequeñas, jamás las dejaría en segundo plano por alguien muriendo, ni a ningún otro inocente.

—Sí.

 

Estando ella allí, no tenía mucho que temer. Se decía que, entre los Ochenta y Ocho Santos, era la segunda más cercana a la divinidad, lo que tenía sentido pues era alumna del enigmático Santo de Oro de Virgo. Entre los Santos de Plata tal vez era también la más poderosa.

—Eres repugnante, demonio —dijo ella; con su Cosmos era capaz de cubrir el espacio hasta el cuerpo de Hanako, permitiendo que una decena de soldados se le acercaran y la llevaran lejos con su familia, e impidiendo a la vez que Ampelos fuera capaz de mover un músculo de amenaza.

—¿Intentarás pelear contra un Dríade de Ate? No me gusta hacerlo, pero parece que contigo será imposible evitar la lucha, ¡Mayura de Pavo!


Editado por -Felipe-, 22 octubre 2016 - 16:58 .

25solfo.jpg

(by Placebo)





0 usuario(s) están leyendo este tema

0 miembros, 0 invitados, 0 usuarios anónimos


Este tema ha sido visitado por 186 usuario(s)