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Colección: Cuentos de Navidad


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6 respuestas a este tema

#1 Saouri

Saouri

    ~Oishii Nyan~


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Publicado 21 diciembre 2004 - 09:10

Estas fechas siempre han ido adornadas por la calidez de historias que invitan a compartir, a ser modestos y sobre todo más humildes.
Hace unos días pensé que sería una gran idea llamarles a participar en un Taller de Escritura, con tema de Navidad, pero dado el poco tiempo que queda, no lo hice.
Pero luego se me ha ocurrido que sería excelente plasmar aca nuestros cuentos de navidad favoritos, aquellos que son clásicos de la literatura, los de nuestra tradición oral o sencillamente, los que se nos han ocurrido o hasta hemos vivido.

Siéntanse libres de publicar sus preferidos en la Colección de Cuentos de Navidad.



#2 Saouri

Saouri

    ~Oishii Nyan~


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Publicado 21 diciembre 2004 - 09:14

La niña de los fósforos
Por Hans Christian Andersen


¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.



#3 Saouri

Saouri

    ~Oishii Nyan~


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Publicado 21 diciembre 2004 - 09:29

El expreso Polar
Chris van Allsburg


Era noche buena, hace muchos años. Yo estaba acostado en mi cama, sin moverme, sin permitir siquiera que las sábanas susurraran. Respiraba silencioso y pausado.
Aguardaba, anhelando escuchar un sonido. Un sonido que un amigo me había asegurado jamás escucharía: el tintineo de cascabeles del trineo de San Nicolás.
- No existe San Nicolás – había insistido un amigo. Pero yo sabía que estaba equivocado.

Muy tarde aquella noche, sí escuché sonidos, pero no de cascabeles. De la calle llegaban unos resoplidos de vapor y un chirriar de metales. Me asomé a la ventana. Había un tren detenido justo enfrente de mi casa.
Se veía envuelto en un manto de vapor. A su alrededor, los copos de nieve caían con suavidad. En la puerta abierta de uno de los vagones, estaba parado un conductor. Sacó de su chaleco un gran reloj de bolsillo; luego, levantó la mirada hasta mi ventana. Me puse la bata y las zapatillas. De puntillas, bajé las escaleras y salí de la casa.
- ¡Todos abordo! – gritó el conductor. Corrí hasta él.
- Bueno, - me dijo - ¿vienes?
- ¿A dónde? – pregunté.
- Pues, al Polo Norte, por supuesto – me respondió -. Este es el Expreso Polar.
Tomé la mano que me tendía y subí al tren.

Adentro, había muchos otros niños, todos en ropa de dormir. Cantamos canciones de Navidad y comimos caramelos rellenos con turrón tan blanco como la nieve. Bebimos basurao caliente, delicioso y espeso, como chocolates derretidos. Afuera, las luces de pueblos y aldeas titilaban en la distancia, mientras el Expreso Polar enfilaba hacia el norte.
Pronto, ya no se vieron luces. Nos internamos por bosques oscuros y fríos, donde vagaban lobos hambrientos y conejos de colas blancas huían de nuestro tren, que retumbaba en la quietud del agreste paraje.
Trepamos montañas tan altas que parecía como si fuéramos a rozar la Luna. Pero el Expreso Polar no aminoraba su marcha. Más y más rápido corríamos, remontando picos y atravesando valles, como una montaña rusa.

Las montañas se convirtieron en colinas. Las colinas, en planicies cubiertas de nieve. Cruzamos un desolado desierto de hielo, el Gran Casquete Polar. Unas luces aparecieron en la distancia. Semejaban las luces de un extraño transatlántico navegando en un mar congelado.

- Allá – dijo el conductor -, está el Polo Norte..
El Polo Norte. Era una ciudad enorme que se levantaba solitaria en la cima del mundo, llena de fábricas donde se hacían todos los juguetes de Navidad. Al principio, no vimos duendes.
- Se están reuniendo en el centro de la ciudad – explicó el conductor -. Allí, San Nicolás entregará el primer regalo de Navidad.
- ¿Quién recibirá el primer regalo? – preguntamos todos.
El conductor respondió:
- Él escogerá a uno de ustedes.
- ¡Miren! – gritó uno de los niños -. ¡Los duendes!

Afuera, vimos cientos de duendes. Nuestro tren ya se acercaba al centro del Polo Norte y debía ir cada vez más despacio, porque las calles estaban llenas con los ayudantes de San Nicolás. Cuando no pudimos seguir avanzando, el Expreso Polar se detuvo y el conductor nos dejó bajar.
Nos abrimos paso entre la multitud, hasta el borde de un gran círculo despejado. Frente a nosotros se alzaba el trineo de San Nicolás. Los renos estaban inquietos. Cabeceaban y caracoleaban, haciendo sonar los cascabeles plateados que colgaban de sus arneses. Era un sonido mágico, como ninguno que hubiera escuchado antes. Del otro lado del círculo, los duendes se apartaros y San Nicolás apareció. Los duendes lo saludaron con un estallido de gritos y aplausos.

Avanzó hasta nosotros y me señaló diciendo:
- Que se acerque ese muchacho.
Saltó de su trineo. El conductor me ayudó a subir. Me senté en las rodillas de San Nicolás y él me preguntó:
- A ver, ¿qué te gustaría para Navidad?
Yo sabía que podía pedir cualquier regalo de Navidad que quisiera. Pero lo que más deseaba no estaba dentro del enorme saco de San Nicolás. Lo que yo quería, más que ninguna otra cosa en el mundo, era un cascabel plateado de su trineo. Cuando lo pedí, San Nicolás sonrió. Luego me abrazó y le ordenó a un duende que cortara a un cascabel del arnés de uno de los renos. El duende le alcanzó el cascabel. San Nicolás se puso de pie, y sosteniendo el cascabel muy en alto, anunció:
- ¡El primer regalo de Navidad!

Un reloj dio la media noche, al tiempo que se escuchaba la delirante aclamación de los duendes. San Nicolás me entregó el cascabel y yo lo puse en el bolsillo de mi bata. El conductor me ayudó a bajar del trineo.
San Nicolás animó a los renos, gritando sus nombres y haciendo chasquear su látigo. Tomaron impulso y el trineo se elevó en el aire. San Nicolás voló sobre nosotros, trazando un círculo; entonces desapareció en el frío y oscuro cielo polar.

Tan pronto como regresamos al Expreso Polar, los otros niños me pidieron ver el cascabel. Busqué en mi bolsillo, pero todo lo que encontré fue un agujero. Había perdido el cascabel plateado del trineo de San Nicolás.
- ¡Corramos afuera a buscarlo! – sugirió uno de los niños.
Pero en ese momento, el tren se estremeció y comenzó a moverse. Íbamos de regreso a casa.

Me rompió el corazón haber perdido el cascabel. Cuando el tren pasó frente a mi casa, me separé con tristeza de los otros niños y me quedé en la puerta, diciendo adiós.
El conductor gritó algo desde el tren en movimiento, pero no pude oír.
- ¿Qué? – pregunté.
Haciendo una bocina con sus manos repitió:
- ¡FELIZ NAVIDAD!
El Expreso Polar hizo sonar su potente silbato y se alejó a toda velocidad.

La mañana de Navidad mi hermana Sarah y yo abrimos nuestros regalos. Parecía que ya habíamos terminado cuando Sarah encontró una pequeña caja olvidada detrás del árbol. Tenía mi nombre. ¡Adentro estaba el cascabel plateado! Había una nota: “Encontré esto en el asiento de mi trineo. Remienda ese agujero en tu bolsillo”. Firmado: “Sr. N.”
Agité el cascabel. Repicó con el sonido más hermoso que mi hermana y yo hubiéramos escuchado jamás.
Pero mi madre comentó:
- Ay, ¡qué lástima!
- Sí – dijo mi papá –. No suena.

Ninguno de los dos había escuchado el sonido del cascabel.
Hubo un tiempo en que casi todos mis amigos podían escuchar el cascabel, pero con el pasar de los años, dejó de repicar para ellos.
También Sarah, cierta Navidad, ya no pudo escuchar su dulce sonido.
Aunque yo ya soy viejo, el cascabel aún suena para mi, como suena para toso aquellos que verdaderamente creen.




#4 Sara

Sara

    Acostumbrarse es otra forma de morir

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Publicado 21 diciembre 2004 - 09:40

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Muy buena idea Saouri  thumbsup.gif

Aquí va uno que me enviaron una vez y me ha llamado mucho la atención.....

La Navidad de El Almanaque

CUENTO DE NAVIDAD PARA INCRÉDULOS

Hay muchos años atrapados en esta celosía. Lleva por dentro los detalles, las horas, los instantes precisos de todas las historias de todos los abuelos de la ribera oriental. Hoy, como de costumbre, se abre al mundo y los abalorios de la abuela flotan desadvertidos por las callejas y las gárgolas de aquel santuario en ruinas. Vacilan mucho las manos y la boca, pero siempre que se quiere un grito interno, abre la jaula y nos transforma en cuadros plásticos maquillados a la usanza de aquellas viejas consejas.

Te anaranjeaba la tarde el borde interior de los pómulos y sobre tus dientes se dibujaban las imágenes marinas repletas de estela y serena entrega. Todos recordamos la más dulce triquiñuela de nuestras mocedades; cada merced lleva la suya atada a las lágrimas en la noche de año nuevo. Cada tarantín de la calle retrotrae la mano tierna que roza a hurtadillas la piel de alguna muchacha, en medio de la multitud de nombres que dejan huella tras el pasar del tiempo. Yo siempre me ralentizaba cuando iba a tu encuentro, era el señor de los caramelos y vos montada en tu risa me dabas el asisito matinal de las frutas del mercado.

Aquí estás de nuevo -solía decirme- eres: diciembre. La página en blanco, un trago que fluye por ríos de gentes y secretos hermosos que se pasean por la plaza. Que maravillan el rostro bañado de aceites delineados en la majestuosidad de una mueca pícara por entre miles de ojos que destejen al tiempo. Pintores que añaden sonidos, a estos cuadros vivos de Rafael, en la pulcritud de su atardecer entre nosotros. Las gaitas, sus voces mágicas, Renato fabricando con sus dedos, todo el amor del poeta para acariciar la ciudad. El chino Jung que nos regala el silencio con la paz de su mirada. La tercera siesta, que es Bellorín en su asalto al salto y los bardos que recorren los sueños guiados por Blas, quien dispara al cielo versos que regresan en cometas furtivos sobre las paredes que se encienden como cuando amanece en tus ojos. Cada vez que llegas, me retrata profundo el ojo del tigre y tu beduina mirada como luna del desierto.

Si vos ahora queréis comprender por qué los incrédulos abundan en diciembre, podrás darte perfecta cuenta, que todo se debe precisamente a que los mercaderes no saben hacer otra cosa que vender para comprar tu alegría. Pero no creáis que en vano un pesebre es la luz del mundo; porque imagina por un momento que todo se hubiese desarrollado en un hotel cinco estrellas: como le pediría al que solo tiene esperanza que creyera en los milagros, si la última estrella que tenía para vender te la había guardado y, de tanto esperar por ti se murió. Por eso el angelito que me diste, todos los días me pregunta: A dónde se fue la dueña de mi imagen si vos te quedaste solamente con la soledad de mi espacio...A mí también me dolió, pero no te preocupes: Diciembre me dijo que este año me exoneraba del llanto, por lo tanto me das un abrazo y te devuelvo para siempre la alegría, que solamente una vez ensoñamos. Feliz navidad! Saboreo aún tus fresas y a estos incrédulos que nos miran.

Claro que no me dijeron quién era el autor  02.gif

Pero aún así, ahí está  04.gif
"Sé tú mismo, los demás puestos ya están ocupados"

#5 Saouri

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    ~Oishii Nyan~


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Publicado 21 diciembre 2004 - 10:07

Gracias Sarita!
Precisamente di con la página de Navidad en el Almanaque y de allí saqué la Niña de los Fósforos (para algunos La Niña de los Cerillos).

Y ese cuento de Navidad para Incrédulos, está genial!



#6 Saouri

Saouri

    ~Oishii Nyan~


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Publicado 25 diciembre 2004 - 20:33

RECUERDOS DE UNA MAÑANA DE NAVIDAD


No lo creí. Los ángeles tenían cosas más importantes que hacer con su tiempo que observar si yo era un niño bueno o malo. Aun con mi limitada sabiduría de un niño de siete años, había decidido que, en el mejor de los casos, el Ángel sólo podía vigilar a dos o tres muchachos a la vez... y ¿por qué habría de ser yo uno de éstos? Las ventajas, ciertamente, estaban a mi favor. Y, sin embargo, mamá, que sabía todo, me había repetido una y otra vez que el Ángel de la Navidad sabía, veía y evaluaba todas nuestras acciones y que no podíamos compararlo con cualquier cosa que pudiéramos entender nosotros, los ignorantes seres humanos. De todos modos, no estaba muy seguro de creer en el Ángel de la Navidad.

Todos mis amigos del barrio me dijeron que Santa Claus era el que llegaba la víspera de la Navidad y que nunca supieron de un ángel que llevara regalos. Mamá vivió en América durante muchos años y bendecía a su nueva tierra como su hogar permanente, pero siempre fue tan italiana como la polenta y, para ella, siempre sería un ángel. "Quién es este Santa Claus?", solía decir. "Y, ¿qué tiene que ver con la Navidad?".

Además, debo reconocer que nuestro ángel italiano me impresionaba mucho. Santa Claus siempre era más generoso e imaginativo. Les llevaba a mis amigos bicicletas, rompecabezas, bastones de caramelo y guantes de béisbol. Los ángeles italianos siempre llevaban manzanas, naranjas, nueces surtidas, pasas un pequeño pastel y unos pequeños dulces redondos de ‘orosuz’ que llamábamos bottone di prete (botones de sacerdote) porque se parecían a los botones que veíamos en la sotana del padrecito. Además, el Ángel siempre ponía en nuestras medias algunas castañas importadas, tan duras como las piedras. Debo admitir que nunca supe qué hacer con las castañas.

Finalmente se las dábamos a mamá para que las hirviera hasta que se sometieran y luego las pelábamos y las comíamos de postre después de la cena de Navidad. Parecía un regalo poco apropiado para un niño de seis o siete años. A menudo pensé que el Ángel de la Navidad no era muy inteligente.

Cuando cuestioné a mamá acerca de esto, ella solía contestar que no me correspondía a mí, "que todavía era un muchachito imberbe", poner en tela de juicio a un ángel, especialmente al Ángel de la Navidad.

En esta época navideña en particular, mi comportamiento de un siete años era todo menos ejemplar. Mis hermanos y hermanas, todos mayores que yo, por lo visto nunca causaban problemas. En cambio yo siempre estaba en medio de todos los problemas. A la hora de la comida aborrecía todo. Me obligaban a probar un poco di tutto (de todo) y cada comida se convertía en un reto... Felice, como me llamaba la familia, contra el mundo de los adultos. Yo era el que nunca me acordaba de cerrar la puerta del gallinero, el que prefería leer a sacar la basura y el que, sobre todo, reclamaba todo lo que mamá y papá hacían, sentían u ordenaban. En pocas palabras, era un niño malcriado.

Cuando menos un mes antes de la Navidad, mamá me advertía: "Te estás portando muy mal, Felice. Los ángeles de la Navidad no llevan regalo a los niños malcriados. Les llevan un palo de durazno para pegarte en las piernas. De modo que – me amenazaba – más vale que cambies tu comportamiento. Yo no puedo portarme bien por ti. Sólo tu puedes optar por ser un buen niño".

"¿Qué me importa? – contestaba yo - . De todos modos el ángel nunca me trae lo que quiero. "Y durante las siguientes semanas hacía muy poco para ‘mejorar mi comportamiento’.

Como sucede en la mayoría de los hogares, la Nochebuena era mágica. A pesar de que éramos muy pobres, siempre teníamos comida especial para la cena. Después de cenar nos sentábamos alrededor de la vieja estufa de leña que era el centro de nuestras vidas durante los largos meses de invierno y platicábamos y reíamos y escuchábamos cuentos. Pasábamos mucho tiempo planeando la fiesta del día siguiente, para la cual nos habíamos estado preparando toda la semana. Como éramos una familia católica, todos íbamos a confesarnos y después nos dedicábamos a decorar el árbol. La noche terminaba con una pequeña copa del maravilloso zabaglione de mamá. ¡No importaba que tuviera un poco de vino; la Navidad sólo llegaba una vez al año!.

Estoy seguro de que sucede con todos los niños, pero no era casi imposible dormir en la Nochebuena. Mi mente divagaba. No pensaba en las golosinas, sino que me preocupaba seriamente la posibilidad de que el ángel de la Navidad no llegara a mi casa o que se le acabaran los regalos. Me emocionaba mucho la posibilidad de que Santa Claus olvidara que éramos italianos y de cualquier modo nos visitara sin darse cuenta de que el Ángel ya me había visitado. ¡Así recibiría el doble de todo!

¿Por qué sucede que en la mañana de Navidad, por poco que se duerma la noche anterior, nunca resulta difícil despertar y levantarnos? Así ocurrió esa mañana en particular. Fue cuestión de minutos, después de escuchar los primeros movimientos, para que todos nos levantáramos y saliéramos disparados hacia la cocina y el tendedero donde estaban colgadas nuestras medias y debajo de éstas se encontraban nuestros brillantes zapatos recién lustrados.

Todo estaba tal como lo habíamos dejado la noche anterior. Excepto que las medias y los zapatos estaban llenos hasta el tope con los generosos regales del Ángel de la Navidad... es decir, todos excepto los míos. Mis zapatos, muy brillantes, estaban vacíos. Mis medias colgaban sueltas en el tendedero y también estaban vacías, pero de una de ellas salía una larga rama seca de durazno.

Alcancé a ver las miradas de horror en los rostros de mi hermano y mis hermanas. Todos nos detuvimos paralizados. Todos los ojos se dirigieron hacia mamá y papá y luego regresaron a mí.

- Ah, lo sabía – dijo mamá -. Al Ángel de la Navidad no se le va nada. El Ángel sólo nos deja lo que merecemos.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis hermanas trataron de abrazarme para consolarme, pero las rechacé con furia.

- Ni quería esos regalos tan tontos – exclamé -. Odio a ese estúpido Ángel. Ya no hay ningún Ángel de la Navidad.

Me dejé caer en los brazos de mamá. Ella era una mujer voluminosa y su regazo me había salvado de la desesperación y de la soledad en muchas ocasiones. Noté que ella también lloraba mientras me consolaba. También papá. Los sollozos de mis hermanas y los lloriqueos de mi hermano llenaron el silencio de la mañana.

Después de un rato, mi madre dijo, como si estuviera hablando con ella misma:

- Felice no es malo. Sólo se porta mal de vez en cuando. El Ángel de la Navidad lo sabe. Felice sería un niño bueno si hubiera querido, pero este año prefirió ser malo. No le quedó alternativa al Ángel. Tal vez el próximo año decida portarse mejor. Pero, por el momento, todos debemos ser felices de nuevo.

De inmediato todos vaciaron el contenido de sus zapatos y medias en mi regazo.

- Ten – me dijeron -, toma esto.

En poco tiempo otra vez la casa estaba llena de alegría, sonrisas y conversación. Recibí más de lo que cabía en mis zapatos y medias.

Mamá y papá habían ido a misa temprano, como de costumbre. Juntaron las castañas y empezaron a hervirlas durante muchas horas en una maravillosa agua llena de especias y había otra olla hirviendo entre las salsa. Los más delicados olores surgieron del horno como mágicas pociones. Todo estaba preparado para nuestra milagrosa cena de Navidad.

Nos alistamos para ir a la iglesia. Como era su costumbre, mamá nos revisó, uno por uno; ajustaba un cuello aquí, jalaba el cabello por allá, una caricia suave para cada uno... Yo fui el último. Mamá fijó sus enormes ojos castaños en los míos.

- Felice – me dijo -, ¿entiendes por qué el Ángel de la Navidad no pudo dejarte regalos?
- Sí – respondí.
- El Ángel nos recuerda que siempre tendremos lo que merecemos. No podemos evadirlo. Algunas veces resulta difícil entenderlo y nos duele y lloramos. Pero nos enseña lo que está bien hecho y lo que está mal y, así, cada año seremos mejores.

No estoy muy seguro de haber entendido en aquellos momentos lo que mamá quiso decirme. Sólo estaba seguro de que yo era amado; que me habían perdonado por cualquier cosa que hubiese hecho y que siempre me darían otra oportunidad.

Jamás he olvidado aquella Navidad tan lejana. Desde entonces, la vida no siempre ha sido justa ni tampoco me ha ofrecido lo que creí merecer, ni se me ha recompensado por portarme bien. A lo largo de los años he llegado a comprender que he sido egoísta, malcriado, imprudente y triviaá, en ocasiones, hasta cruel... pero nunca olvidé que cuando hay perdón, cuando las cosas se comparten, cuando se da otra oportunidad y amor sin límite, el Ángel de la Navidad siempre está presente y siempre es Navidad.


#7 Sara

Sara

    Acostumbrarse es otra forma de morir

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Publicado 28 diciembre 2004 - 22:21

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Bueno, se me ocurre que para ir esperando el año nuevo, sería bueno encontrar algo que hable acerca de él, una especie de historia, encontré esta reflexión, a ver qué les parece...

Paz hasta el final


Si al Año Viejo le pides que te cuente un cuento, lo único que hará será vivir intensamente los últimos instantes que llegan nuevecitos del futuro

¿Por qué sólo Navidad? Los cuentos de navidad incluyen algo fantasioso, mágico, prodigioso. Se habla siempre de una bondad milagrosa que acoge, bendice y alegra en momentos de tribulación y cambia lo oscuro en resplandor.

El año viejo es representado por un anciano de larga barba, próximo a morir. No tiene la panza de Santo Clos, ni carcajea estruendosamente. Su indumentaria no es roja sino blanca, como túnica de mortaja. Es el último presente, a punto de convertirse en pasado. Representa la recta final. El ocaso. La despedida.

En realidad podría tener muchas indumentarias. Podría ser un juglar que cantara gozosamente los bellos recuerdos de victorias y virtudes en momentos difíciles. O podría vestir la toga de la experiencia, en digna figura doctoral, ungida de sabiduría. O podría ser un brioso corredor alargando su antorcha, ya muy cerca del sitio del relevo.

El año viejo bien puede contar un cuento. ¿Cómo deben ser esos cuentos de fin de año? ¿Ya no hay fulgor de estrella? Sí. Es la que guía a los magos de oriente para que puedan llegar a Belén. Sólo que seguir esa estrella sería contar ya un cuento de año nuevo.

Si el mismo año viejo nos contara un cuento ¿qué contaría? Él es sólo memoria. No tiene proyecto. En realidad todos los cuentos que se cuentan están en el pasado. Lo original del cuento de año viejo será que cuenta un cuento que está en el presente. No usa entonces la memoria sino la vida misma que se le está extinguiendo. Parece que el año viejo ama sus momentos presentes.

¿Por qué cuentas tú cuentos en tiempo presente, Año Viejo? Porque el pasado sólo puede serlo por haber sido presente. Y lo que vendrá sólo podrá hacerlo si se convierte en momento presente. Lo único que realmente existe es el presente. Toda la vida es presente que pudo esperarse y después se recuerda. Pero cada momento es vida sólo cuando es vivido. wacko.gif

El pasado ya no nos pertenece y el futuro no es posesión sino anhelo. El único momento nuestro es este que pasa. Y que no puede ser narrado porque si lo narras no lo vives. Así, el cuento del año viejo se convirtió en vida, en realidad, en acontecimiento. Ya no contó sino se puso a saborear la vida en todos sus pequeños detalles. Los cuentos de año viejo no pueden leerse ni contarse ni escucharse. Su magia está en que el cuento se convierte en historia y la narración se hace vida.

Si al Año Viejo le pides que te cuente un cuento, lo único que hará será vivir intensamente los últimos instantes que llegan nuevecitos del futuro, sin que nadie los haya vivido, para sumergirse luego en el océano de los momentos ya vividos… Y es que el Año Viejo aprendió que el ahora es lo más parecido a la eternidad…

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"Sé tú mismo, los demás puestos ya están ocupados"




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