¡¡Hola de nuevo, amigotes!!
No he tardado tanto en regresar, ¿verdad? Y además, lo hago con un capítulo más largo de lo habitual. ¡Me salió largo, muy largo! De hecho, como bien sabéis, si normalmente acostumbro a partir cada capítulo en tres partes, este sólo consta de dos y aun así supera la longitud media de lo que acostumbro a presentar. ¿Qué ha ocurrido? Inspiración, música inspiradora, me atrevería a decir.
En fin, aquí os lo dejo. Como siempre, gracias a quienes me apoyáis. Sin vosotros esto no sería posible.
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Capítulo XVI: Condenado al fracaso
El frío anormal que se había desatado en Rodorio le golpeaba el cuerpo sin remordimientos. Aquel era sin duda el poder de un caballero de oro, y ante tal manifestación de cosmos, sólo pudo reír.
-Así que ha venido, tal y como pensamos… Atlas de Acuario, el único que creímos que se percataría ha cumplido las expectativas –musitó con gesto divertido. A lo lejos, podía contemplarle junto a cuatro hombres más-. Veamos de cuánto es capaz…
Desde la acrótera de la biblioteca de la aldea, el desconocido alzó las manos para empezar a conjurar un hechizo sobre todo el Santuario; la lluvia negra que había caído comenzó a responder con voz pesada a la luz celeste que irradió.
Al límite
Alrededor de Atlas el suelo se agitó con levedad. El santo dorado fue el único en darse cuenta de que un cosmos desconocido había comenzado a arder. Algo agitado, comenzó a mirar en todas direcciones, gesto que le hizo ganar la atención de sus compañeros.
-¿Ocurre algo, misántropo? –preguntó Baltsarós mientras avanzaba hacia él.
-¿No lo sientes?
-¿De qué hablas?
-¿No has notado el temblor de suelo? –el silencio que obtuvo fue su respuesta.
Leo parecía sorprendido, pero no dudó de las palabras que acababa de escuchar; no en vano se decía que Atlas era quien mejor podía sentir el cosmos de todo el Santuario.
-Baltsarós, veo que has perdido facultades –bromeó con torpeza Acuario. Leo, que de pronto cambió su actitud, asintió al gesto que hizo su camarada con los brazos.
-¡Nos vamos! –exclamó el león mientras regresaba junto a Teris y los soldados.
-¿Cómo? –el joven aspirante de Pegaso pareció molesto. ¡No podía creer que le estuvieran echando tan descaradamente!-. ¡Ni hablar, yo quiero luchar!
El antipático Acuario, que hasta el momento había parecido ajeno a sus camaradas, se dio media vuelta para dirigirse a Teris. Su gesto se había tornado en pura dureza, y sus palabras no fueron más suaves.
-Si quieres morir, quédate conmigo –tan escueto fue, que el joven tragó saliva intentando que el dorado no se percatase de su congoja.
-¿Estás seguro de que no necesitas mi ayuda, Atlas? –intervino Baltsarós tratando de quitar peso a la tensa atmósfera, sin conseguir más que un gesto negativo de Acuario.
-Apenas logro sentir el cosmos de quien está ocasionando esto. Teneros cerca sólo me distraería. Además, no tienes armadura, y tu cuerpo actualmente no es más fuerte que el de esos que te acompañan.
-¿Armadura? –Cuestionó Teris-. ¿Eres un caballero?
-¿No eres muy listo, eh? –Le dijo Atlas con sorna-. Estás ante los caballeros de Acuario y Leo. Acata las órdenes que se te han dado si aprecias tu vida, muchacho. Seré yo quien os proteja por ahora –intimidado, el aprendiz bajó la cabeza. Toda euforia anterior fue destruida por Acuario, quien parecía saber de qué pie cojeaba el joven Teris.
A pesar de que ya partían hacia el corazón del Santuario, fueron sorprendidos por otro temblor que ahora sí notaron. Su violencia fue mucho mayor que antes, y precisamente por ella no hubo cosmos que rastrear. Atlas chistó frustrado, y dando la espalda al grupo avanzó. Para su sorpresa, la senda de hielo que había conjurado por Alisha y Kishut comenzó a difuminarse en el cielo, y decenas de mariposas negras empezaron a alzarse por toda la aldea.
-¿Qué demonios es esto? –preguntó Baltsarós sintiendo vida en cada uno de los insectos.
-¿A qué esperas? ¡Esto es de mi competencia! –ordenó Atlas malhumorado. El grupo comenzó a retirarse sin rechistar, dejándole en la soledad que había elegido para su combate.
-¡Cuídate, Atlas! –gritó Teris desde la lejanía ondeando el brazo.
-Así que por eso no sentía tu cosmos… -se dijo el guerrero sintiéndose rodeado por centenares de energías demasiado familiares.
Las mariposas, conforme iban ascendiendo, modificaban su trayectoria para arremolinarse en torno a la enorme biblioteca de la aldea. Sorprendido por lo cercano del enemigo, Atlas se dispuso a saltar hacia él. ¡Su intento fue frustrado, pues para su sorpresa estaba paralizado por completo!
-¡No podrás detenerme así! –El santo alzó su cosmos con toda la violencia que fue capaz para romper el sello invisible que le aprisionaba. El estallido de energía le arrojó al cielo, desde donde pudo ver a aquel que le había estado oteando. Aunque lejano y cubierto por un halo sombrío, le pudo dibujar sonriente.
-Me alegra que seas tan competidor –pensó el recién descubierto enemigo.
Las mariposas de ébano comenzaron a aglomerarse en torno al cuerpo del misterioso. A velocidad de vértigo, y antes de que Atlas pudiese propulsarse de nuevo, formaron una perfecta esfera a su alrededor, que tras emitir un destello de luz amoratada, acabó por destrozar el techo en que se asentaba. ¡Ahora, la esfera negra comenzaba a estilizarse encumbrando su paso hacia el cielo!
-¡Estallido de Gliese!
Atlas logró mantenerse en el aire mientras ejecutaba su fugaz técnica de combate. De sus brazos, despidió múltiples lanzas heladas que avanzaron poseídas por energía helada. Sin dilación, corrieron iracundas hacia el cilindro oscuro para resbalar por su superficie.
-¡Se ha cubierto por completo!
Las lanzas heladas se escurrieron la barrera del enemigo, yendo a estrellarse contra los edificios colindantes. Acuario temió por las vidas de los aldeanos. Había fallado en acabar con la amenaza de inmediato y ahora debía afrontar las consecuencias; un duelo en mitad del pueblo.
El muro nebuloso comenzó a girar con violencia proyectando haces de sombra por todos lados. Para sorpresa de Atlas, ninguno avanzó hacia él, sino que se estrellaron en distintos puntos de Rodorio alzando sombras como las que habían atacado instantes antes a los ciudadanos.
-¡No puede ser! ¡Está segando las sombras de los habitantes! –se dijo el santo mientras caía sobre el techo de una casa. Se preparó para congelarlas, pero acabó sorprendido al ver cómo éstas eran devoradas por la ovalada esfera, que volvió a deformarse como antes, creciendo hacia el firmamento y asentando su base entre centenares de libros abrasados.
Tras tomar la forma de un obelisco con vértice de base y catorce lados, los muros de la biblioteca se derrumbaron sumiendo todo en silencio. Como Atlas, los aldeanos miraban al ser aterrados. ¿Qué era aquella lanza de sombras? ¿Por qué estaba allí, profanando el territorio sagrado de Atenea? Uno de los hombres del pueblo se dio cuenta de la presencia de Atlas y comenzó a gritar esperanzado.
-¡No temáis! ¡Un santo dorado ha venido a salvarnos! –su voz pareció hacerse eco entre las gentes, que comenzaron a aclamarle. Atlas, por su parte, les miró con desprecio; allá donde guiase sus pupilas no veía más que seres de hipocresía amedrentados por el terror.
-Ahora sí, malditos… -pensó-. Ahora sí nos queréis…
-Es el destino de los santos de Atenea –le respondió una voz de incontables tonos que resonó en su cabeza.
-¿Quién eres? –preguntó Acuario desviando su atención.
-Noesis… -Ante la escueta respuesta, Atlas se sintió violado en su intimidad-. Eres nuestra presa, el único santo que ha sido capaz de percibirnos.
-¿”Percibirnos”? ¡No me hagas reír! ¡Estigma Invernal! –de repente, el pilar sombrío se vio estremecido por una masa de hielo que le envolvió, coloreando cada una de sus partes en un níveo fulgor.
-Noesis es pura intelección. Aunque destruyas nuestro cuerpo, no nos detendrás.
El pilar negro comenzó a arder destrozando las capas de escarcha poco a poco. Acuario lo había imaginado, así que no se inmutó; empezó a alejarse del enemigo saltando por los tejados.
-¿No deseas luchar aquí?
-¿Qué pretende? –pensó el dorado temeroso.
El resplandor ígneo de Noesis hizo temblar a Atlas, que se dio cuenta rápido de que el verdadero terror seguiría a aquella luz; un enorme rayo rojo avanzó hacia él destrozando todo a su paso y sumiéndolo en un incendio de llamas escarlata. Una buena ristra de edificios fueron calcinados, y el santo presumió decenas de muertes y heridos. Para su desgracia, las emociones de los ciudadanos comenzaron a afectar su aguzado sexto sentido. Todos corrían despavoridos y eso comenzó a desconcentrarle. ¡Le ahogaban sus pensamientos desesperanzados!
-¡No puede ser! ¡Detente! –gritó desquiciado. Era cierto que odiaba a aquellos falsos ciudadanos, pero de ahí a permitir su muerte había una distancia tremenda.
-No te engañes, Atlas. ¿No deseas acaso la soledad?
Asumiendo su error, el santo trató de acercarse al enemigo. Quizá cuanto más cerca estuviera de él, menores serían los destrozos. Antes de poder regresar, sintió la parálisis en sus extremidades de nuevo. Esta vez, por más que alzó su cosmos, no pudo moverse. ¿Qué demonios era Noesis?
-Siente en tus carnes la Pesadilla de Nun, Acuario.
La vista del santo comenzó a nublarse, y hundido en la oscuridad más profunda, se sintió cayendo y atrapado dentro de sí. Un dolor punzante comenzó a agredirle pulso a pulso en el corazón. De repente, su cosmos se alteró de forma involuntaria. ¡Estaba siendo manipulado!
El resplandor dorado de su energía disipó la oscuridad, abriendo ante él una senda plagada de espectros de luz con forma humana. Allá donde su percepción llegase lo sentía. Aunque resistiéndose a caminar, Noesis le hizo avanzar entre ellas, que no dejaban de susurrar mensajes de todo tipo.
-¡Escapad, todos vamos a morir!
-Estamos malditos. En este pueblo, siempre caerá la desgracia…
-¡Sois nuestra esperanza! Os amamos, caballeros…
-¡Ellos deben protegernos! ¡Para eso nos hacen sufrir!
No era ninguna broma y lo sabía; Atlas estaba escuchando de aquellos entes los pensamientos de quienes se habían visto envueltos en la lucha. Uno tras otro, agresión tras agresión. De aquel bombardeo de pensamientos le dolía lo mismo un mensaje alentador que uno soez. Cualquiera hubiera caído presa de la desesperación siendo controlado y agredido mentalmente como estaba siéndolo. Sin embargo, guardó la calma; no en vano era un caballero de oro, se decía sin cesar.
-¡Lo sé! ¡Esto es patético! –dijo ahogando una risa conforme le obligaban a avanzar. ¿Qué pretendes, bestia?
-Tu mente es nuestra mente. Todos somos Noesis, el reflejo de la negación del uno primordial.
Varios pinchazos sacudieron el cerebro de Atlas, que comenzó a sangrar por la nariz y los oídos. El dolor le resultaba espantoso, pero no pensaba permitir al enemigo que le robase por completo la voluntad. ¡Ya le había robado bastante!
-Es sólo cuestión de tiempo. Tu individuación no es más que la falsa imagen de un ego imperfecto.
-¿Eso es lo que eres? –respondió con esfuerzo. Sus facciones comenzaron a desdibujarse entre gestos de agonía.
-Somos Noesis. Ni luz ni sombra…
El santo trató de retomar su cosmos, y aunque consiguió cierto control, de pronto comenzó a pensar que podía ser cierto. ¿Pero qué debía ser cierto? ¿Por qué destruir a Noesis?
-Eso es, Atlas. La ruptura del principio de individuación –Acuario gritó con impotencia. Había comenzado a perder la noción de su propio pensamiento. Apenas le quedaba tiempo y lo sabía. Sus propios recuerdos le obnubilaron, como despidiéndose de todo cuanto eran.
Siempre, desde su niñez, había gozado de un extraño don; podía saber cómo se encontraba todo aquel que le rodeaba. Muchas veces era reconfortante, pero otras tornaba en dolor. El pequeño Atlas se había preguntado tantas veces por qué, que ya la propia pregunta había perdido su significado. “¿Qué era aquello?” “¿Por qué puedo ver lo que ocurre en su interior?” Su respuesta acabó siendo la indiferencia hasta que se atrevió a mirar ahí donde no debía. Esos recuerdos dolorosos que le hicieron alzar el cosmos por primera vez…
Así que todo era el cosmos… Podía leer el cosmos, y su poder, según un hombre que llevaba una ostentosa armadura de oro, sería de utilidad a la diosa Atenea. Huérfano, no tenía nada que perder y siguió viviendo y entrenándose para que aquel extraño don no acabase consumiéndole. ¡Sentir lo que sienten los demás puede ser muy peligroso! Y de esa forma tan espeluznante era que Atlas percibía el cosmos…
-¿No se supone que yo tendría que ser salvado como Astrea e Iskandar? –se preguntó-. ¡Yo nunca pedí este don! ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Nunca! –sus gritos sonaron más fuerte que los mensajes de los entes. Entre voces, sólo escuchaba la locura de sus gritos.
Su maestro ya sabía que Atlas, siendo niño, había sido azotado por tantos pensamientos que sólo podía defenderse como lo hizo; cerrando su corazón. ¿Dejarse herir por sentimiento ajenos? ¿Alegrarse por hechos que no pertenecieran a su vida? Crueldad por ambos lados. Sin embargo, él ya había sido tan herido que no cerró su corazón en realidad, sino que comenzó a odiar. Esa fue su respuesta.
-Somos Noesis, luz de Nun. Arderás en tu propio odio si no aceptas que somos Noesis, Atlas. No vas a gozar de la paz de la muerte…
-¡No he pedido este don! ¡No lo he pedido! –siguió gritando entre alaridos de desesperación.
-Siempre lo has usado. Desde que naciste sabiendo que a pesar del amor de tu madre, no eras oportuno. Otra cosa es que lo negaras. ¿Y tú eres quien mejor siente el cosmos de todo el Santuario? ¡No es cierto! Has olvidado tu don, Atlas de Acuario.
Atlas deseó que su armadura se alejase; que se desprendiese de aquel cuerpo manipulado que ahora jugaba con él. La prenda dorada emitió un resplandor compasivo, y el santo, aun sintiendo esa preocupación desesperada, le pudo dedicar una cálida sonrisa.
-Gracias –dijo. De repente, el santo se apuñaló el corazón con su propia mano. Toda aquella pesadilla oscura se desvaneció entre borbotones de sangre.
Tras recuperar el control de su cuerpo y mente, cayó de espaldas en medio de un charco rojo. El cielo era tan hermoso…
-Sólo por unos segundos; era el tiempo que logré recuperar mi cosmos antes. ¡Lo siento, Noesis! –explicó desde el suelo. Acumulando sus energías, logró alzarse mostrando a los aldeanos una espantosa herida en mitad de su pecho; una tan grande que no dejaba de rezumar vida. Aquellos hombres y mujeres dejaron de correr en desesperación. Atlas estaba sufriendo por y para ellos.
-¡Nosotros no deseamos la vida que se nos ha otorgado! –gritó para sus espectadores. Su voz sonó apagada, pero aun cargada de brío-. ¡Ven a mí, mi armadura!
A sus órdenes, la preciosa vestimenta de Acuario, que se había ensamblado, se separó recubriendo al dorado en instantes. De nuevo, su porte pasó a ser majestuoso, y el color divino de su prenda sólo fue mancillado por finos cauces de sangre que se empezaron a filtrar por su coraza.
-¿Por qué te empeñas en sufrir? –ignorando la pregunta, Atlas comenzó a cuestionarse por qué aquellas personas que le observaban no huían temerosas de perder la vida. No podía encontrar respuesta. ¿Acaso era cierto que abandonó su don tras la infancia?
-Según parece, este obelisco parasita sus pensamientos y se vale de ellos para atacarme. Conoce mi debilidad, pero… -pensó.
El cosmos de Atlas se expandió por toda la aldea, impregnándola de un frío glacial Hasta la esquina más recóndita de Rodorio comenzó a escarcharse poco a poco. Sólo le quedaba una cosa por hacer.
-¡Silencio del Mundo!
El viento gélido de su aura comenzó a congelarlo todo sin cesar, de forma irremisible, paso a paso. Incluso los aldeanos vieron como sus cuerpos comenzaron a helarse. Gritaron sin cesar, muchos de ellos incrédulos, pero Acuario no se dejó perturbar. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría hacerles si su intención era aislarlos de la batalla? Tal y como planeó, todas las estatuas humanas ahora estaban protegidas por su hielo eterno; aunque Noesis lanzara decenas de rayos de fuego, sería incapaz de herirles.
-No nos haces daño…
-No era mi intención herirte, sino aislar a estas personas bajo mi hielo eterno. Un hielo que no es frío, paradójicamente.
-Un hielo que es cristal –respondió el obelisco-. ¿Qué pretendes hacer? –dijo aunando su voz en un único tono andrógino.
-¿Por qué sus pensamientos no cesan de azotarme?
-Porque somos Noesis.
La mirada de Atlas salió de órbita. ¡No podía creer aquello! ¡El obelisco de sombras no parasitaba las mentes de nadie! ¡No era sino el puro reflejo de los habitantes de Rodorio!
-¿Cómo he sido tan estúpido? –se dijo. El santo temió que la única forma de derrotar a Noesis fuera precisamente esa… De repente, el pilar de sombras comenzó a incendiarse de nuevo.
La Hora del destino
El campanario de Némesis se izaba esplendoroso ante Minerva, que se dio media vuelta para avistar a sus huéspedes. Ambos, Kishut y Alisha, aún no sabían por qué la Hora les había hecho ir hasta la mismísima entrada recorriendo los templos previos.
-¡Kishut! –gritó Alisha dándose media vuelta. Había sentido algo extraño que no le había gustado nada.
-¿Qué ocurre, señorita? –el Patriarca trató de responderle con el mismo tono que antes la había tranquilizado. Para su sorpresa, la niña le daba la espalda, como dirigiendo su mirada al camino que habían tomado para llegar allí.
-Algo malo ha ocurrido. ¡Lo sé! –dijo reiterando varias veces su afirmación.
-Calma, por favor. Es por ello que os he traído hasta aquí –interrumpió Minerva. Aunque las Horas no suponían amenaza real para el ejército de Atenea, Kishut no acababa de confiar en ella-. ¿Pasamos? La señora Némesis aguarda dentro.
Las enormes hojas que daban paso al interior del campanario se abrieron despacio, emitiendo un estruendo tronador.
-Minerva, ¿cierto? –sorprendió Kishut.
-Así es –respondió la muchacha de coletas. A pesar de su aspecto infantil, no irradiaba para nada un aura acorde.
-¿Qué pretendes? –Alisha miró con esperanza a su mentor tras ver que al fin se había atrevido a preguntar.
-La señora Némesis tiene varias revelaciones importantes que hacer.
Al igual que su fachada, el recibidor del campanario tenía la capacidad de sobrecoger el corazón de quien se adentrara en él. Desde el suelo, envestido con losas de mármol verde y brillo pulcro, hasta las paredes, en cuyos frescos se podían apreciar verdaderas escenas míticas, todo era mágico.
-Es hermoso… –dijo el caballero dorado conforme iba adentrándose en la estancia-. Sólo la capilla Sixtina ha logrado impresionarme tanto.
-La señora Némesis tiene muy buen gusto, pero estas pinturas sí son bastante viejas. ¿No es sorprendente que aun siendo frescos no requieran restauración? –preguntó sin saber realmente muy bien lo que decía.
-Están muy bien conservados. ¿No serán recientes y te confundas? –el santo siguió su camino hacia la colosal escalera de caracol que tenía delante.
-No. Es la magia de mi señora.
-¡Kishut! –regañó Alisha, toda ruborizada. La niña no podía creer cómo su maestro andaba intimando con aquella desconocida. Ignorada, alzó el cuello para ver si llegaba a vislumbrar las campanas, pero acabó suspirando. ¡Sólo había escaleras y escaleras, y más escaleras para su pesar! La simple idea de tener que subirlas todas le dio dolor de piernas.
-Vamos, señorita; no es tanto –animó empezando el ascenso.
Recelosa, la muchacha esperó a que Minerva se alejase. El mal presagio que tenía le había puesto la mente en el Santuario y estaba demasiado inquieta. Alisha agarró a Kishut por la capa y tras darle un fuerte tirón, le insultó.
-¡Idiota!
-Señorita Atenea, no os he educado para que habléis así –Minerva observó a la pareja y recordó aquellos tiempos en que era una niña. No pudo evitar sonreírse.
-Ya casi llegamos –dijo al cabo de unos minutos de silencio.
La pequeña Atenea, tras haberse tirado todo el ascenso guiando la mano por la baranda de piedra, se dio cuenta de que las yemas de sus dedos lucían ahora negras. Tras gesticular con asco, murmuró algo para sí.
-¡Aquí es!
No había puerta alguna. El mismo suelo de tono verdoso que les había recibido se extendía ahora por un inmenso corredor plagado de columnas de ébano, que con filos de plata, dividían la sala en tres naves. La escalera de caracol acababa su recorrido justo en lo más profundo de la estancia y apenas se podía ver al fondo de la nave central un trono dorado. ¿Al final, allí donde ese lujoso asiento empezaba, podía discernirse una silueta?
El grupo continuó caminando. Mientras Minerva encabezaba la marcha, Alisha miraba a todos lados, impresionada por el sinfín de cuadros en las paredes; si en el nivel inferior los frescos ocupaban toda su superficie, en este, los cuadros apenas dejaban ver su color.
Por fin, Minerva se detuvo e hincó la rodilla en el suelo, reverenciando a aquella que se presumía su maestra, la diosa Némesis. Bajó la cabeza en señal de respeto, y con voz blanda, explicó la situación.
-Aquí están nuestros invitados, mi señora.
Kishut imitó a la Hora notando una energía majestuosa a todo su alrededor. Si hubiera podido ver el color del cosmos que le envolvía, habría jurado y perjurado tonos cálidos, matizados con chorros gélidos, y de plata. No se atrevió a pronunciar palabra alguna ante la acongojante presencia.
En su ignorancia, Alisha no pudo sino mirar a los ojos a Némesis. No veía en ella más que a una mujer elegante con iris rojizos.
-¿Quién eres, mujer? –Kishut temió por un instante y miró a su protegida. Sin embargo, no ocurrió nada.
-¡Por favor! –La increpó Minerva-. ¡Inclínate ante la magnánima señora Némesis!
La diosa de la justicia vengadora se alzó de su trono desplegando unas inmensas alas de plumas de oro, que por el resplandeciente trono habían pasado desapercibidas. Tras estirarse, hundió sus ojos en la joven Alisha, que acabó inclinándose tras un gritito.
-¡Yo no…! –susurró la muchacha.
-Minerva, relájate –ordenó con su habitual tono agridulce-. Como puedes ver, esta niña se ha inclinado por voluntad propia ante mí –mintió-. Ahora, levantad y alzad vuestros rostros.
Kishut sabía que Némesis había usado su presencia para obligar a Alisha a que se arrodillase, pero agradeció que lo hubiese hecho con tal delicadeza. Como le ordenaron, levantó alzando la mirada poco a poco. Lo que vio le dejó aturdido; ¿no se suponía que los humanos habían sido creados a semejanza de los dioses? ¿Por qué Némesis, entonces, era tan distinta? Aquellas alas tan enormes, mil veces más bellas que las de la sagrada armadura de Sagitario, le robaron el corazón. Tras volver en sí y verle el rostro, no pudo sino corroborar la presencia divina que le atribuyó antes de verla. ¡Qué gesto tan varonil pero a la vez delicado! Sus labios, delgados y juveniles y aquella nariz afilada; esos ojos de fuego carmesí que le escudriñaron, y su cabellera, corta y de rizos danzantes. ¡Esta era la Némesis, que envestida en un peplo argenta, había solicitado verles!
-¿Así que vos sois quien ha ordenado el juicio a los santos de la Tierra? –dijo con un hilo de voz. Minerva contempló la escena sonriente; como victoriosa ante la congoja de los visitantes.
-¿Y dónde está Atenea? ¿Dónde habéis dejado vuestra presencia divina, niña? –regañó la divinidad tras asentir a la pregunta del Patriarca.
-¡Está delante de ti! –contestó desafiante. Aunque era patente el desdén y la prepotencia en todo su ser, a Némesis no parecía importarle.
-Santo de oro Kishut, deberíais aprender de esta niña, que no se deja intimidar por la falsedad de las apariencias. Su sinceridad en este momento me hacen verla con ternura; pero a la vez siento miedo de un fracaso cierto.
¿Fracaso? Esa palabra que tan presente había estado en la vida del dorado. Seguro que la diosa la había escogido a caso hecho para aludirle de forma pasiva. Sin embargo, ¿a dónde deseaba llegar?
-Señora Némesis, quisiera saber el motivo por el que nos habéis citado.
-Esa senda que ascendisteis hasta llegar a mi Santuario no era una invitación. Sin embargo, quisiera aprovechar este momento para hablar con los líderes del mundo.
-¿Que no era…? -el santo quedó paralizado-. ¿Entonces, los peldaños de la Iluminación…?
-Los peldaños de la Iluminación sólo existen más allá del Ateneo. Fuisteis engañado por una ilusión, caballero.
-¡No es posible! –exclamó conteniendo la rabia que sentía.
-Y es por eso por lo que estáis aquí. Más allá de mi juicio, la hora de la guerra Santa contra Hades está próxima. Más grave es aún que otra amenaza se cierne sobre vuestras vidas.
Alisha, silenciosa, se atrevió a rechistar alegando la imposibilidad de atacar el Santuario. Inmediatamente se dio cuenta de la estupidez que había dicho, tomando en cuenta las palabras de Atlas de Acuario. ¡Entonces eso era aquello que había sentido antes! El Santuario estaba en peligro.
-¿Qué amenaza es esa? –inquirió en tono serio. Por primera vez, Capricornio pudo ver a su protegida tomarse algo a pecho.
La divina Némesis descendió las escaleras de su trono caminando entre la pareja del Santuario. Su colosal altura infundió más respeto aún a Kishut.
-A lo largo de los siglos las guerras santas han acontecido en todo el mundo. Como diosa de la justicia retributiva que soy, he visto maldad y he juzgado en consecuencia. No me importa la humildad, los buenos actos, o cualquier gesto de caridad si tras él se oculta un propósito falso. Sin más, puedo leerlo, escudriñarlo y sentenciarlo –explicó conjurando una espada de luz en su diestra mientras miraba a Minerva. Tras clavarla en el suelo, se desprendió de ella un círculo ígneo alrededor de Kishut y Alisha. Continuó hablando-. No se trata de una guerra santa, sino de una guerra fratricida la que acaba de abrir sus puertas. ¡Y vosotros estáis tan ciegos!
El grabado del suelo mostró la situación en el Santuario, como si ese fuego que se había desligado del arma de Némesis fuese la esfera de cristal de una bruja. Toda la aldea Rodorio se veía congelada, pero en su centro, un obelisco de sombra hizo palidecer a Kishut, que no pudo reprimir su curiosidad.
-¿Qué se supone que es eso?
-La magia del número Nun en manos de un desquiciado.
-¿Acaso puede ser un traidor? –cuestionó Capricornio. A lo lejos, pudo ver a Atlas, encarando a la bestia de sombra.
-No soy vuestro oráculo, caballero. Averiguadlo vosotros mismos.
-¿Entonces por qué nos has traído aquí si no vas a contar nada? –Alisha deseó acabar la frase con un ingenioso insulto que acababa de pensar, pero se contuvo.
-¿No os ha contado esa niña de Virgo sobre su sentencia?
-¿La de Ánfora de Mesembria?
Kishut trató de rememorar con exactitud aquella palabra que Astrea dijo al dar su reporte. Si no había escuchado mal, era…
-La Hora que se le asignó estaba corrupta. Una fuerza ajena alteró el juicio que tenía preparado para ella –explicó la diosa alada-. Pero eso no es todo; de las diez Horas que contaba para aliviar la maldición de Hades, nueve de ellas han sufrido el mismo destino que Mesembria. Sólo esta que permanece a mi lado, Minerva de Auge, permanece pura.
-Eso quiere decir que…
-El juicio de Némesis está destinado al fracaso –interrumpió Minerva con pesar en sus facciones. La mirada de Auge irradiaba ira y dolor. ¿Por eso era que su cosmos se sentía tan inestable?-, no hay nada que hacer ya. La maldición no podrá ser eliminada y tendréis que lidiar con ella hasta el fin de vuestros días, y más allá de ellos. Incluso aquellos que hereden vuestro corazón la padecerán, marcados por un sino injusto.
La primera Hora lucía seria y tensa. Parecía que una lágrima furtiva fuese a escapar de sus ojos, y comprendiendo su situación, Némesis caminó hacia ella.
-Antes de que acabes corrompiéndote, sabes qué debes hacer.
-Señora Némesis, mi vida os pertenece desde que se me dio este poder.
-Y puesto que es así, te pido que uses tu poder para liberar a este hombre de su maldición. Eres la última.
-¡Un momento! –interrumpió Capricornio. Aunque no tenía dudas sobre Némesis, le resultó chocante el mensaje que acababa de escuchar-. ¿Qué es eso de que su vida os pertenece?
-Las Horas tenemos inmunidad ante vosotros, caballeros dorados. Némesis nos dio esa bendición para poder juzgaros sin ser asesinadas en caso de que se complicasen las cosas. A cambio, nuestra vida se desvanece en el instante exacto en que os juzgamos, a menos que hayamos sido corrompidas.
-¿Eso quiere decir que te vas a sacrificar por mí, muchacha? –Minerva guardó silencio.
La Hora primera caminó hacia Kishut, quedando ante la bella imagen del trono dorado. Alzó su mano y esbozó una sonrisa forzada.
-Muro de Cristal –susurró. Ante ella, una pared transparente brotó del suelo marcando distancia entre ambos-. Debería sacrificarme, caballero. ¡Pero no pienso morir hasta descubrir la verdad que hay tras esto! –gritó perdiendo su gesto infantil. Tras mirar a Némesis, Kishut quedó descolocado.
-¿Qué ocurre?
-La única Hora pura que queda se lamenta… ¡Qué actitud tan humana! –respondió.
Sin mediar más palabras, Némesis arqueó sus alas destrozando el muro de cristal y arrojando a Minerva al suelo. La ventisca que ocasionó también lanzó a Alisha y Kishut hacia atrás. Los fragmentos cristalinos caían al suelo interpretando una melodía disonante. La rebelde se alzó, herida de gravedad en el pecho. Sin dilación, convocó a su armadura, el Ánima de Auge.
Minerva fue envestida por su prenda blanca. El brillo que emitía, radiante, reflejó la figura de Némesis, cuyos ojos ardían en ira.
-Mi señora, lo siento, pero no puedo morir aún. Os ruego que lo comprendáis.
-¡Silencio! –Empuñando su espada, la diosa se preparó para arremeter-. ¿Acaso piensas que no lo sabía, criatura infame? ¡No puedes engañarme a mí, que he tratado de mostrártelo hasta el mismísimo final! El Santuario de Atenea necesita un líder fuerte y por ello te he mantenido a mi lado. ¡Eres la única hora sin mácula, y casualmente la asignada a este hombre, el líder! ¿Eres consciente de tu relevancia?
-Señora Némesis… -susurró Kishut asustado ante tal manifestación de cosmos. Alisha, al igual que él, no podía dejar de temblar. ¡La ira de los dioses era terrible!
-¡No perteneceré a nadie! ¡No lo haré hasta saber qué ha acabado con el don de mis hermanas, las Horas!
-¿Y crees que podrás escapar de aquí, burlándome a mí? ¡Insolente! -Al unísono con el eco de su voz, una corona de fuego se dibujó sobre la silueta de Minerva.
La Hora, sacudida por el tremendo calor que desprendía el círculo de llamas, cayó de rodillas. De repente, sintió la piel bajo su armadura arderle, quemarse entre escozor y humo.
Todavía sufriendo por aquel calor infernal, una lanza pírica le atravesó la espalda alzándola a media distancia del suelo. Todo bajo ella fue salpicado con sangre y los fragmentos de su Ánima. Todavía estaba viva, pero lo explícito de aquella herida era espeluznante.
-Cuando un humano pierde la noción de la responsabilidad, no queda más que el castigo. La desgracia de que yo pueda prolongar una tortura hasta el infinito sin llevarme tu vida se cierne sobre ti. ¿Aún piensas en cumplir ese propósito desleal que te obnubila la razón?
Kishut abrazó a Alisha tratando de evitar que viese lo cruel de la escena. Aun así, los pavorosos gritos de Minerva se fueron grabando en su cabeza, uno tras otro. Era imposible que gritando así, Minerva aún se mantuviese cuerda. Esos espeluznantes alaridos no hacían más que evocar piedad a capricornio.
-Señora Némesis… -se atrevió a decir alzándose entre pasos cortos y trémulos-. Confío en que hablando podremos zanjarlo todo. Por favor, déjela estar. Se lo ruego.
-¿Qué puede ser más dulce que arder y no morir? –dijo la santa diosa mirando al santo con una serenidad pavorosa. Tras unos instantes, asintió; aún sin retirar la lanza que la hería de gravedad, cesó de torturarla para indicar al dorado que actuase.
De pronto, todo el Santuario tembló. Kishut vio un hilo plateado que avanzaba de su corazón al de Alisha, y del de Alisha al de Némesis. Incluso pudo ver otro más recorriendo la distancia hacia él mismo; uno que venía de la malherida Minerva.
-¿Hilos? –se preguntó tras recuperarse del traspié. Una sacudida helada le erizó el vello de los brazos y la barba.
Las campanas comenzaron a sonar. Un ulular incesante empezó a acompañarlas en la cámara. Némesis alzó la vista sin inmutarse, pero Kishut y Alisha cayeron de rodillas, llevándose las manos a la cabeza. ¿Qué era aquel dolor? Fuera lo que fuese, a ambos comenzó a sangrarle la nariz.
Una esfera de oro apareció de la nada, descendiendo desde el alto techo hasta personarse ante ellos. El descomunal cosmos que comenzó a arder arrojó a Kishut y Alisha contra el trono de Némesis.
-¿Qué haces en mi Santuario? –cuestionó Némesis con voz inquisidora.
Envuelto en una oscura túnica, alguien se alzó despacio frente a los presentes. Tras volar con lentitud, tocó el suelo con los pies. De su espalda, seis vectores se irguieron tras un sonido brusco, tomando la forma de alas de plata de plumas filosas.
-He venido a velar por el destino –respondió con voz decrépita. De pronto, de sus alas surgieron miles y miles de hilos que formaron una barrera alrededor de Minerva.
Un grito celestial fue precedido de la corrupción que devoró el color de la mitad de la cámara de Némesis. Kishut corrió hacia Alisha para comprobar que la caída anterior no la hubiese herido. La niña, aunque sangrando por la frente, parecía ilesa. Ante la monocroma sarta de hilos que protegía a Auge, Némesis encaró a aquella criatura espantosa.
-¡Átropos! –dijo. ¡¿Qué significa este ultraje?!
Cuando la anciana se mostró sin tapujos, el santo de Capricornio comprendió la gravedad de la situación. ¡La misma diosa que casi acabó con la vida de Iskandar se había personado para llevar a cabo una tarea siniestra!
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¡Hasta la siguiente ocasión, compañeros! Espero que este verano avance más de lo normal. Ya sabéis que os responderé a los comentarios que me escribáis.
¡Abrazos!