Antes que nada, quiero agradecer a todos los que leyeron mi Fic "La Guerra Definitiva" (sigo odiando ese nombre. Que nombre verdaderamente ESPANTOSO para un Fic XDDDDD) y han esperado por ésta reedición. A su vez, agradezco a quiénes me han ayudado a mejorar cómo escritor y me han dado reviews que sin dudas fueron las que me alentaron a reeditar la bosta que estaba escribiendo XDDDDD (¡¡por las reviews no voy a nombrarlos a todos porque temo olvidarme de alguno!!). ¡También agradezco a Killcrom por la ayuda para elegir otro título (más bonito, sin dudas) para ésta reedición! (¡Gracias por ayudarme a decidirme!)
Mención honorífica para -GranAbel- por ser el único que me puteó cuando decidí cerrar el anterior Fic XDDDDD (¡¡¡Gracias bro!!!)
Les cuento un poco de qué va la cosa: la historia será, en escencia, la misma, más empezará distinta (el primer capítulo será bastante paloma, en serio) y en algunos casos irá por otros caminos que me gustó explorar. Trataré de publicar un capítulo por semana (dudo, pero voy a tratar) así que ¡tendremos Fic para rato!
Gracias a todos de nuevo, y aquí va la cuestión:
Aclaro: la historia y sus personajes están basados en la serie Saint Seiya, del propietario y creador Masami Kurumada. Esta historia es sin fines de lucro (sino los estaría cag.ando XDDDDDDDD)
Saint Seiya: Voces Ancestrales - Los Ecos del SilencioLa seca y cálida noche de verano caía sobre la inmensidad de la espléndida ciudad de Atenas, la capital Helénica. El paulatino ocultamiento del imponente astro rey es acompañado por un leve descenso de la elevadísima temperatura que predominó durante el día. La luces del alumbrado público toman la ciudad poco a poco y aumentan su luminosidad a medida que la luz del Sol pierde potencia. Junto con ellos, los refinados carteles luminosos, que incrementan la luz en la principal avenida, agregan una considerable y exquisita gama de colores al centro de la ciudad más extensa de Grecia. Alrededor de Atenas se encumbran una vasta cantidad de colinas, que hacen del principal centro político, económico y cultural del estado Helénico una ciudad magnífica para el turismo.
En una zona cercana al Partenón de Atenas, se erigen una serie de colinas. Entre las mismas, hay una en particular; una la cual encuentra constantemente rodeada de nubes en su cima. Nadie sabe con certeza que es lo que allí se encuentra. Las nubes esconden algo; algo secreto... Algo que permanece allí desde tiempos inmemoriales. Según se dice, en esa colina, detrás de las nubes, se encuentra una fortaleza impenetrable. Una fortaleza divina. Casi mágica. “¡Es la fortaleza de la Diosa Athena!” dice algún habitante de Atenas, mientras el resto de las personas lo miran con extrañeza. “¡En ese lugar Athena y sus Santos de la esperanza se preparan para proteger al Mundo!”, dice otra persona en otro lugar de Atenas. “¡Durante siglos Athena ha protegido a la Tierra de los ataques de los Dioses sedientos de poder!”. Es habitual escuchar relatos semejantes en las calles de Atenas y con frecuencia las personas que relatan éstas aventuras son tratadas cómo dementes. Personas sin motivo de vida, que viven en una realidad alterada por su condición mental...
Sin embargo, éstos relatos pasados verbalmente durante siglos dejan en las personas que los escuchan, pero ignoran, una extraña sensación de curiosidad. Sensación de que tal vez éstos relatos tengan cierta veracidad...
CAPÍTULO 1:
Divino resplandor – Parte 1
Con excesiva dificultad se puso de pie una vez más, apoyándose en su báculo dorado. A su alrededor, aquellos que tantas veces la protegieron con fiereza se encontraban al borde mismo de la muerte, si no ya muertos, con sus cuerpos empapados en sangre; la misma sangre que estaba regada por todo el pavimento de cristal de la mansión del magnífico Rey del Olimpo. La esbelta figura femenina que alguna vez fuera efusivamente envidiada por las más hermosas damas y fanáticamente pretendida por los más ilustres caballeros, ahora era un cúmulo de heridas sumamente profundas, fracturas y sangrados internos y externos. El dolor que infringían dichas heridas haría llorar y lamentarse al más salvaje y audaz héroe mitológico. Su armadura ya no existía; lo único que quedaba era el báculo y apenas un pedazo del dorado escudo. Sin embargo, a pesar de estar desprotegida y del penetrante dolor ella se levantó y se mantuvo estoica defendiendo sus ideales de amor y justicia; pero más que nada, defendiendo a sus seres amados. Defendiéndolos del monumental e insuperable Rey de los Dioses; el musculoso y barbado Zeus.
–Aún te levantas, hija mía –dijo teniéndole lástima a la Diosa- Tantos años mezclándote con ellos... Sus debilidades cómo el amor han obnubilado tu sano juicio de Diosa, Athena... –prosiguió con indignación en su tono de voz -¿¡Por qué es que te empecinas en defender a éstos humanos herejes!? –exclamó aquél que amontona las nubes, sin comprender las acciones de su hija.
Athena se mantenía en pie, casi inconsciente de dolor, incendiando lo poco que le quedaba de su dorada cosmoenergía. No pronunciaba ni una palabra. No mostraba expresión alguna en su rostro. Ni siquiera mostraba su dolor, ni su desesperación.
–¡¡Contéstame Athena!! –gritó el Dios del Relámpago, mientras miles de rayos celestes se acumulaban en sus poderosas manos. Athena mantenía su postura, sin contestar, lo cual enfurecía más a su padre. Zeus llevó sus manos hacia delante, pretendiendo atacar a la Diosa de la guerra. -¡¡Contéstame!! –volvió a rugir encolerizado el rey lanzando todos sus rayos hacia Athena, que musitó lo siguiente.
–S...Santos...
–¡¡Athena no!! –gritó acompañando su abrupto despertar, que lo hizo erguir su algo envejecido torso–. Era un sueño... –susurró respirando agitado. Tomó su cabeza, enterrando sus dedos en la larga cabellera grisácea oscura–. Ya van varias noches... varias noches que sueño con Athena... con ese día... –dijo mientras retiraba las blancas sábanas de seda de su humanidad. Movió sus piernas apoyando los pies sobre el frío suelo de mármol. Miró hacia la gran ventana ovalada a su derecha, notando que el oscuro cielo de madrugada comenzaba a aclarar muy levemente en el horizonte, más no llegaba a romper con la oscuridad reinante. Miró su reloj de pared dorado con manecillas de plata. –Las cinco treinta... en breve amanecerá...
Dejó caer pesadamente su aún medianamente somnoliento cuerpo sobre la almohada de plumas, quedando apoyado sobre su brazo izquierdo. Aunque envejecido, su cuerpo mostraba pronunciados músculos y cicatrices, cómo si de un veterano guerrero retirado se tratara. Cerró los ojos brevemente. Todavía tenía deseos de dormir, de disfrutar las delicias del sueño. Sin embargo, algo le hizo abrir los ojos nuevamente.
–¿Qué será ésta sensación que tengo? –se preguntó en voz alta-. ¿Qué es lo que significan éstos sueños?
Se levantó nuevamente y se acercó hasta la ventana de marcos dorados. La abrió para sentir la templada brisa pre matinal. Inspiró profundamente para llenarse los pulmones de tan tranquilizante céfiro. El aroma del verano de Atenas lo llenaba de vigor juvenil.
–El Santuario descansa aún. Sólo los guardias del turno nocturno se mantienen despiertos –se explicó a sí mismo–. Que hermosa vista tiene el santuario y las colinas circundantes en la madrugada. Las estrellas iluminan cómo nunca –prosiguió para sí.
El siempre alborotado Santuario, por las noches se transformaba en una fortaleza seriamente caracterizada por la serenidad. Ni siquiera los efímeros sonidos del aleteo de las aves que rondaban todavía y alguna risa aislada de los guardias de la rueda nocturna podían quebrantar el silencio sepulcral imperante.
Inspiró una vez más y dio media vuelta en dirección al cuarto de baño dónde, entre otras cosas, tomó una ducha. Luego del interior de un guardarropas rústico de madera tomó un pantalón negro y una franela de igual color para vestirse. También extrajo una bata azul con largas mangas y adornos de oro con la cual cubrió todo su cuerpo desde los hombros hasta sus pies. De una mesa de ébano a pocos pasos del ventanal tomó un casco adornado con gemas y tribales grabados en la superficie y lo colocó en su cabeza, ensombreciendo los azules grisáceos ojos para que nadie pudiera divisarlos.
Marchó hacia la puerta de sus aposentos, dirigiéndose hacia la Sala Principal del Santuario, dónde se encontraba el trono de oro y almohadones de terciopelo rojizo perteneciente a su Diosa. Traspasó rápidamente la amplia habitación de piso de mármol blanco y altas paredes con ventanales en la parte más alta, sin detenerse en absoluto. Salió así de la enorme edificación, ubicada en uno de los puntos más altos del Santuario y de construcción típica del antiguo Imperio Griego. Descendió por la ancha escalinata, rodeada de hermosos campos de rosas tan rojas cómo la propia sangre y espinas tan afiladas cómo el más fuerte sable de guerrero. Prosiguió su camino encontrándose frente a una de las llamadas Casas Zodiacales, hogar de los más potentes y valerosos guerreros del Santuario; la última y más poderosa línea defensiva y ofensiva del Santuario: los Santos de Oro. Cada uno de ellos era protegido por una de las doce constelaciones Zodiacales y sus doradas armaduras, brillantes cómo el propio Sol, simbolizaban la forma de las mismas.
El hombre atravesó la Casa Zodiacal que precedía a su templo en la empinada colina, correspondiente a la constelación de Piscis, la doceava y última de todas. Recorrió una a una todas las vacías Casas Zodiacales. El destino aún no había revelado a los nuevos Santos Dorados, excepto uno: el joven Santo Taurino. Apenas había cumplido los quince años, pero antes de los doce ya había despertado la conciencia del cosmos; un sentido que maximizaba al mismo y lo llevaba al infinito: el Séptimo Sentido. Su designación fue inminente.
Llegando a la Casa de Tauro, el hombre se encontró con el joven moreno de grandes músculos y una altura que no era propia del común de los adolescentes de su edad. El joven se encontraba sentado en el suelo con sus piernas cruzadas, tal y cómo se sentaban los antiguos indios. La negra cascada que tenía cómo cabellera florecía desde su cabeza hasta la mitad de la espalda, cubriendo sus ojos que permanecían cerrados y sus facciones algo rústicas. Al sentir la presencia de su líder, interrumpió su meditación y se levantó para recibirlo.
–Gran Papa –dijo en cuánto su líder se encontró a pocos metros–. ¿Qué hace levantado a ésta hora? ¿Acaso sucedió algo en el Santuario de lo que yo deba enterarme mi señor? –preguntó con preocupación–.
–Tranquilo, Kérato –dijo el Gran Papa calmando al joven Santo–. Me he despertado y cómo no he podido volver a conciliar el sueño decidí recorrer el Santuario hasta que fuese la hora de despertar a mis jóvenes aprendices –explicó–. Lo que me sorprende es que tú estés despierto Kérato. Conociéndote supuse que aún dormirías plácidamente –dijo con una leve sonrisa.
–También me he despertado de repente –dijo algo sonrojado y avergonzado por el comentario-. Siento algo extraño. Algo que nunca había sentido antes.
–Así que tú también lo sentiste –hizo una larga pausa cerrando sus ojos, mientras el Taurino lo miraba expectante-. Hace ya un tiempo que estoy teniendo extraños sueños sobre una época pasada...
–¿Señor? –dijo cada vez más extrañado.
–Las estrellas en Star Hill no me han dado respuestas aún –miró hacia el techo de la casa de Tauro, cómo tratando de encontrar a las estrellas–. Pero... siento que en breve podrán concederme el dictamen que necesito.
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Entre los muros y por las calles del Santuario la luz del Sol comenzaba lentamente a crear contrastes de luz y sombra. Los soldados rasos que custodiaban el refugio en el turno nocturno llevaban a cabo el cambio de guardia. “¡Por Athena!” decían los que abandonaban sus puestos a la vez que golpeaban el puño con el que sostenían sus jabalinas de afiladas y puntiagudas hoja de plata contra la ligera armadura que protegía su corazón. “¡Hasta la muerte!” contestaban los que asumían la responsabilidad para el día golpeando intensamente la extremidad inferior de la jabalina, cubierta por un taco de bronce, contra el suelo haciendo rechinar el metal. Este era el saludo que siempre se escuchaba en los cambios de guardia. Alguno podría pensar que sólo se trataba de un formalismo protocolar; un procedimiento burocrático impuesto por los Papas o por la propia Athena. Más fueron los propios centinelas del Santuario los que implantaran desde tiempos inmemoriales éste saludo en honor y total devoción a la Diosa que los protegía. Y así era de esperar, pues todos ellos habían sido alguna vez aprendices de Santos que, por voluntad del caprichoso destino, no habían logrado obtener una armadura y, por ende, convertirse en verdaderos Santos. La gran mayoría de éstos aprendices desdichados se marchaba del Santuario con vergüenza y resentimiento, olvidando el juramento de lealtad a Athena y su causa. Sin embargo, estaban aquellos pocos que aún heridos en su orgullo se mantenían estoicos cumpliendo con placer su compromiso.
Dentro de la guardia de soldados rasos había una jerarquía claramente definida por las vestimentas que vestían: aquellos cuyas vestimentas eran de color verde solían ser aprendices que jamás pudieron despertar el cosmos y se los llamaba simplemente Soldados Rasos. Por sobre éstos se encontraban los Soldados Rasos Especiales, marcados por sus vestimentas moradas. Fueron aprendices cuyo cosmos fue despertado más ninguna constelación los agració con su protección. Se dice que son tan fuertes cómo un Santo de Bronce. Finalmente, por sobre las dos categorías anteriores se encuentran los Soldados Rasos más poderosos de toda la tropa, aquellos de vestimentas azules que fueron alguna vez candidatos a vestir armaduras de Plata: los Soldados Rasos de Élite.
–Hermosa mañana ¿no te parece, Cisum? –dijo el soldado de castaña cabellera–.
–Ya lo creo que sí, Lars. Y será un día por demás caluroso –afirmó el de ojos marrones–.
–Los últimos días han sido bellísimos –dijo Lars mirando al cielo y tapándose el Sol de los ojos –. No ha llovido, pero tampoco ha habido las olas de calor típicas de aquí.
–Esperemos que así se mantenga el clima. Mañana es mi día libre y pienso irme a la playa –aseguró Cisum –.
–¿Playa? ¡Ja! Con qué facilidad te contentas compañero –se burló Lars. Cisum lo miró y sonrió.
–No necesito más que eso para ser feliz.
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Ya eran cerca de las ocho de la mañana y el Sol ya estaba instalado en el firmamento, iluminando cada recoveco de la fortaleza Ateniense. Luego de una extensa charla en la Casa de Tauro, Gran Papa continuó su marcha hacia dónde dormían sus aprendices acompañado por el joven Kérato. Recorrieron el extenso Santuario, saludando a su paso a los guardias que recién tomaban su posición. Los guardias mostraban su respeto, saludando a su líder con la frase “¡Por siempre fieles Gran Papa!”, a lo que el Pontífice respondía amablemente diciendo “Athena los glorifique”. La amabilidad del Gran Papa no hacía más que aumentar día a día el respeto que cada uno de los soldados le tenían. Lo respetaban cómo a un Dios.
Recorrieron largamente el santuario hasta llegar al pequeño bosque dónde se alojaban los aprendices. Era un pequeño lugar tupido de grandes y fuertes robles, entre los cuáles se erigían pequeñas casas de paredes y techos de madera. En éstas se alojaban los aprendices. Kérato siguió al Gran Papa pasando por dos casas y deteniéndose en la tercera.
–¡Despierten pequeños! –gritó el Gran Papa al tiempo que golpeaba suavemente la puerta de la casa –. Ya es hora de empezar a entrenar.
Esperaron un par de minutos, pero los aprendices del Pontífice no parecían dar señales.
–¿Seguro que están aquí señor? –preguntó Kérato –.
–Ya lo veremos –El gran Papa abrió la puerta. Grande fue su sorpresa cuando no encontró a los pequeños aprendices dentro de la casa–. ¡Esos niños! –gritó enfadado–. Otra vez se escaparon –dijo al tiempo que daba media vuelta en dirección contraria a la casa–. Debemos ir a buscarlos Kérato. Sé dónde se encuentran.
–¿Ya se habían escapado antes, verdad señor? –preguntó Kérato.
–Sí. –respondió haciendo una breve pausa–. Se escapan casi todos los días –dijo resignado mirando hacia el suelo–. Es por eso que te pedí que vinieras conmigo hoy Kérato. Tengo fe en que tu presencia en su entrenamiento de hoy les haga entender la importancia del mismo –explicó–.
Kérato lo miró extrañado. No concebía que el Gran Papa aún mantuviera a esos dos aprendices bajo su mando.
–Con todo respeto mi señor, ¿cómo puede ser que les permita ese comportamiento? –cuestionó el Taurino. El Gran Papa lo miró seriamente. Sabía que Kérato tenía razón. Más también estaba convencido del potencial de los pequeños.
–Tienen un potencial enorme, Kérato. Serán dos Santos que fortalecerán de forma increíble a nuestro ejército –respondió–. Pero ¿acaso tu no has tenido también tus travesuras de niño? –replicó.
Kérato se sonrojó y bajó la cabeza. Sonriendo respondió –Tiene usted razón Su Ilustrísima.
–No te sientas mal Kérato –le dijo a la vez que tomaba el hombro del Dorado. Acompáñame a Villa Rodorio ¿sí?.
–De acuerdo señor. Será un placer –respondió sonriendo el joven–.
Retomaron la marcha, pero ésta vez hacia Villa Rodorio, la pequeña localidad ubicada en las afueras del Santuario, en la misma colina en la que se ubicaba éste. Los habitantes de Rodorio vivían épocas de prosperidad cómo jamás antes se recordaban. Habían sido uno de los pocos poblados del Mundo que no había sufrido los embates de la última Guerra Santa que acabara con más del sesenta por ciento de la población Mundial.
–¡Y todo se lo debemos a Athena! ¡Salve la Diosa Athena! –gritó el líder máximo de la ciudad–.
–¡¡Salve!! –gritaron al unísono los pobladores–.
–Y así hoy, veinticuatro de Junio de dos mil doscientos veintiocho, conmemoramos el día en el que Athena finalmente erradicó de la Tierra toda amenaza divina y salvó no sólo a nuestro pueblo, sino a las pocas personas que lograron sobrevivir a la más sangrienta de las guerras jamás libradas entre los Dioses –culminó al tiempo que hacía una seña con la mano. Apenas dio esa señal, una banda de comenzó a tocar una exquisita pieza musical que hacía recordar al canto de las Musas. El lugar estalló en júbilo; la fiesta que abarcaba el día entero daba comienzo a las ocho treinta de la mañana entre calles adornadas con luces y guirnaldas de vivos colores. Si bien la villa se había modernizado, los habitantes habían mantenido la fisonomía antigua del lugar. El pueblo mantenía las calles y casas de adoquín, además de los faroles de luz a fuego. Todo esto maravillaba a Kérato, que provenía de la megalópolis brasileña Sao Paulo.
–Increíble que todavía existan pueblos así –dijo mientras admiraba el panorama–.
–¿Nunca has venido a Rodorio en los ocho años que has estado en el Santuario? –preguntó con sorpresa el Pontífice-.
–Jamás mi Señor –contestó aún fascinado–. ¿Cómo es que éste lugar es tan antiguo?
La gente de Rodorio siempre ha sido conservadora –explicó el Gran Papa–. Siempre se han propuesto a mantener el aire antiguo del pueblo. Y ésta costumbre la han pasado de generación en generación.
–Para mí que provengo de la gran ciudad, esto es verdaderamente fabuloso –contestó Kérato sonriendo–.
Recorrieron durante unos minutos las calles. Las personas que festejaban se tomaban unos minutos para saludar y mostrar su gran respeto por el Pontífice y Kérato, que de cuando en cuando se detenían a conversar con algunos pobladores. De pronto, el Gran Papa sintió unos agudos gritos lejanos.
–¡Ven aquí tonto! ¡No te escaparás Albius! –gritó un niño de unos siete años a lo lejos, persiguiendo a quién le robara sus dulces–. ¡¡Espera!!
–¡¡Alcánzame si puedes Dídimos!! –gritó el ladrón mientras reía sin cesar–. ¡¡Siempre eres tan lento!! –se burló.
–¡¡Cuando te agarre te mato Albius!! –amenazó el pequeño peliblanco–.
–¡¡Si es que puedes tortuguita!! –respondió Albius que corría mirando hacia atrás, cuando de repente–. ¡¡Ouch!! –se quejó al chocar contra lo que el pensó era una pared. Dejó caer los dulces robados al suelo y se rascó la frente en señal de dolor–. ¡¡Demonios!! ¿Quién puso una pared en la calle? –dijo mientras abría los ojos. Levantó la mirada, sólo para encontrarse con que había chocado contra un hombre. El brillo de la dorada armadura lo cegó momentáneamente. Cuando pudo recobrar la visión, su corazón se detuvo por el miedo que le causó ver al enorme Kérato y al Gran Papa frente a él.
–Así que aquí estaban, pequeños gemelitos –dijo a regañadientes el Gran Papa–.
Dídimos llegó segundos después y se detuvo al instante, mirando al dúo con los mismos nervios que su hermano gemelo.
–Albius, Dídimos, ¿puedo saber que hacen aquí? –inquirió el Pontífice–.
Los pequeños se mantuvieron callados. Albius tirado en el suelo y Dídimos parado detrás de su hermano, mirando ambos con los ojos abiertos al máximo a su Maestro y a Kérato con miedo, sorpresa y resignación. Sabían que les esperaba un castigo por haberse escapado otra vez.